Primera lectura.
Lectura del libro de Isaías 43, 16-21.
Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las
aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes:
caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. “No recordéis
lo antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está
brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes en el
yermo. Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque
pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi
pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza.
Textos
paralelos.
Is 40, 3:
Una voz grita: En el desierto preparad un camino al Señor; allanad en la estepa
una calzada para nuestro Dios.
Ex 14,
21-22: Moisés extendió la mano sobre el mar, el Señor hizo retirarse al mar con
un fuerte viento de levante que sopló toda la noche: el mar quedó seco y las
aguas se dividieron en dos. Los israelitas entraron por el mar a pie enjuto y
las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda.
¿No os
acordáis de lo pasado, ni caéis en la cuenta de lo antiguo?
Is 65, 17:
Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva; de lo pasado no haya
recuerdo ni venga pensamiento.
2 Co 5, 17:
Si uno es cristiano, es criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo.
Ap 21, 5:
El que estaba sentado en el trono dijo: Mira, renuevo el universo. Y añadió:
Escribe, que estas palabras mías son verdaderas y fidedignas.
Is 11, 16:
Y habrá una calzada para el resto de su pueblo que quede en Asiria, como la
tuvo Israel cuando subió a Egipto.
Llenaré
de agua el desierto.
Is 35, 6-7:
Saltará como ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará; porque ha brotado agua
en el desierto, torrentes en la estepa, el páramo será un estanque, lo reseco
un manantial.
Alumbraré
ríos en el yermo.
Ex 17, 6:
El Señor respondió a Moisés: Pasa delante del pueblo, acompañado de las
autoridades de Israel, empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y camina;
yo te espero allí, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca y saldrá agua para
que beba el pueblo.
Ese
pueblo que yo me he formado.
1 P 2, 9:
Pero vosotros sois raza escogida, sacerdocio real, nación santa y pueblo
adquirido para que se proclame las proezas del que os llamó de las tinieblas a
su maravillosa luz.
Notas exegéticas.
43 18 Los prodigios del pasado, travesía del mar y destrucción del ejército
egipcio, quedarán eclipsados por las maravillas, mayores aún, que Dios va a
realizar en el nuevo Éxodo.
Salmo
responsorial
Salmo 126 (125), 1b-6 (R: 3)
El
Señor ha estado grande con nosotros,
y
estamos alegres. R/.
Cuando
el Señor hizo volver a los cautivos de Sión,
nos
parecía soñar:
la
boca se nos llenaba de risas,
la
lengua de cantares. R/.
Hasta
los gentiles decían:
“El
Señor ha estado grande con ellos”.
El
Señor ha estado grande con nosotros,
y
estamos alegres. R/.
Recoge,
Señor, a nuestros cautivos
como
los torrentes del Negueb.
Los
que sembraban con lágrimas
cosechan
entre cantares. R/.
Al
ir, iba llorando,
llevando
la semilla;
al
volver, vuelve cantando,
trayendo
sus gavillas. R/.
Textos
paralelos.
Nos parecía estar soñando.
Jb 8, 21: Puede aún llenar tu boca de risas y tus labios de gritos
de júbilo.
Los paganos decían: ¡Grandes cosas ha hecho Yahvé en su favor!
Ez 36, 36: Y los pueblos que queden en vuestro contorno sabrán que
yo, el Señor, reedifico lo destruido y planto lo arrasado. Yo, el Señor, lo
digo y lo hago.
¡Sí, grandes cosas ha hecho por nosotros!
Lc 1, 49: Porque el poderoso ha hecho proezas su nombre es
sagrado.
Los que van sembrando con lágrimas.
Is 25, 8-9: Y aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará
las lágrimas de todos los rostros y alejará de la tierra entera el oprobio de
su pueblo – lo ha dicho el Señor –. Aquel día se dirá: Aquí está vuestro Dios,
de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y festejemos su salvación.
Ba 4, 23: Si os expulsó entre duelo y llantos, Dios mismo os
devolverá a mí con gozo y alegría sin término.
Ap 21, 4: Les enjugará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá
muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado.
Jr 31, 9: Si marcharon llorando, los conduciré entre consuelos,
los guiaré hacia torrentes, por vía llana y sin tropiezos. Seré un padre para
Israel, Efraín será mi primogénito.
Y vuelven cantando.
Is 65, 19: Me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya
no se oirán en ella gemidos ni llantos.
Trayendo sus gavillas.
Jn 12, 24: Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no
muere, queda solo; si muere da mucho fruto.
Jn 16, 20: Os aseguro que lloraréis y os lamentaréis mientras el
mundo se divierte; estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en
gozo.
Notas
exegéticas.
126 Para los repatriados que
luchaban con las dificultades de la restauración el regreso del destierro de
Babilonia prefigura el advenimiento de la era mesiánica.
126 1 (a) Traducción según griego,
siriaco y Jerónimo. Hebreo dice lit.: “A la vuelta de Yahvé, con la vuelta de
Sión”.
126 1 (b) Otras traducciones: aramea
“como curados”, griego “como quienes son consolados”; siriaco “como quienes se
alegran”.
126 4 Que, siempre secos, ver Jb 6,
15, se llenan bruscamente en invierno y fertilizan la tierra.
Segunda
lectura.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Filipenses
3, 8-14.
Hermanos:
Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del
conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo
considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, como una
justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la
justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él, y la
fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su
misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los
muertos. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto; yo lo persigo,
a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo. Hermanos, yo no
pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que
queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta,
hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.
Textos
paralelos.
No mediante mi justicia,
la que viene de la Ley.
Rm 10, 3: Pues no reconociendo
la justicia de Dios y queriendo afirmar la propia, no se sometieron a la
justicia de Dios.
Rm 1, 16: Yo no me avergüenzo
de la buena noticia, que es una fuerza divina de salvación para todo el que
cree – primero el judío, después el griego –.
Mediante la justicia que
viene de Cristo.
Ga 2, 16: Sabemos que el hombre
no alcanza la justicia por observar la ley, sino por creer en Jesucristo;
nosotros hemos creído en Cristo Jesús para alcanzar la justicia por la fe en
Cristo y no por cumplir la ley, pues por cumplir la ley nadie alcanza la
justicia.
Notas
exegéticas.
3 8 Término de honda raigambre
bíblica. No se trata de un descubrimiento intelectual, sino de un vínculo vital
íntimo, que será explicitado en los vv. 10-11.
3 9 La contraposición de estas dos
justicias es el tema central de las epístolas a los Gálatas y a los Romanos.
3 10 Lit. “convertido en la misma
forma que su muerte”. Los vv. 10-11 aplican al cristiano lo que se había dicho
de Cristo en el himno de 2, 6-11. “Conocer a Cristo”, “ganar a Cristo” (v.8),
“estar arraigado en Cristo” (v. 9) significa haber sido introducido en
acontecimientos del pasado cuya presencia y eficacia siguen activas.
3 11 Pablo no puede hablar aquí de
la resurrección (universal) que afectará a todos los hombres, buenos y malos,
compatible con la muerte eterna de estos últimos. Se refiere más bien a la
verdadera “resurrección”, la de los justos, que los sacará “de entre los
muertos” para llevarlos a vivir con Cristo.
3 12 (a) El complemento de este verbo,
sobreentendido tres veces, está incluido en las palabras precedentes: Cristo y
su resurrección.
3 12 (b) En el camino de Damasco.
Evangelio.
X Lectura
del santo evangelio según san Juan 8, 1-11.
En aquel tiempo,
Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el
templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas
y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio,
le dijeron:
-Maestro, esta mujer
ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear
a las adúlteras; tú, ¿qué dices?
Le preguntaban esto
para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el
dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
-El que esté sin
pecado, que le tire la primera piedra.
E inclinándose otra
vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno,
empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que
seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
-Mujer, ¿dónde están
tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?
Ella contestó:
-Ninguno, Señor.
Jesús dijo:
-Tampoco yo te
condeno. Anda, y en adelante no peques más.
Textos
paralelos.
Jesús se retiró al
monte de los Olivos.
Lc 21, 37-38: De día
enseñaba en el templo; de noche salía y se quedaba en el monte de los Olivos. Y
todo el pueblo madrugaba para escucharlo en el templo.
Una mujer
sorprendida en adulterio.
Lc 7, 37-50: Un
fariseo lo invitó a comer. Jesús entró en casa del fariseo y se recostó a la
mesa. En esto, una mujer pecadora pública, enterada de que estaba a la mesa en
casa del fariseo, acudió con un frasco de perfume de mirra, se colocó detrás, a
sus pies, y llorando se puso a bañarle los pies en lágrimas y a secárselos con
el cabello; le besaba los pies y se los ungía con la mirra. Al verlo, el
fariseo que lo había invitado se echó a pensar. Si este fuera profeta, sabría
quien y que clase de mujer lo está tocando, que es una pecadora. Jesús tomó la
palabra y le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. Contestó: “Dilo, maestro”.
Le dijo: “un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y
otro cincuenta. Como no podían pagar, les perdonó a los dos la deuda. ¿Quién de
los dos le tendrá más afecto?”. Contestó Simón: “Supongo que aquel a quien le
perdonó más”. Le replicó: “Has juzgado correctamente”. Y volviéndose hacia la
mujer, dijo a Simón: “¿Ves esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste
agua para lavarme los pies; ella me los ha bañado en lágrimas y los ha secado
con su cabello. Tú no me diste un beso;
desde que entré, ella no ha cesado de besarme los pies. Tú no me ungiste la
cabeza con perfume; ella me ha ungido los pies con mirra. Por eso te digo que
se le han perdonado muchos pecados, ya que siente tanto afecto. Que al que se
le perdona poco, poco afecto siente”. Y a ella le dijo: “Se te perdonan tus
pecados”. Los invitados empezaron a decirse: “¿Quién es este que hasta perdona
los pecados? Él le dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz”.
Nos mandó la Ley
apedrear a estas mujeres.
Lv 20, 10: Si uno
comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reo de
muerte.
Dt 22, 22-24: Si
sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos: el que se
acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad de ti. Si uno encuentra en
un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los
dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha
porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la
mujer de su prójimo. Así extirparás la maldad de ti.
Para tener de que
acusarle.
Mt 12, 10: Había
allí un hombre que tenía una mano paralizada. Le preguntaron, con intención de
acusarlo, si era lícito curar en sábado.
Lc 20, 20: Así que,
puestos al acecho, le enviaron unos agentes, fingiendo ser gente de bien, para
atraparlo en sus palabras y poderlo entregar a la autoridad y jurisdicción del
gobernador.
Arroje la primera
piedra.
Dt 17, 5: Sacarás a
las puertas a la mujer que cometió el delito y lo apedrearás hasta que muera.
Mt 7, 1-5: No
juzguéis y no seréis juzgados. Como juzguéis os juzgarán. La medida que uséis
para medir la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota en el ojo de tu
hermano y no reparas en la viga del tuyo? ¿Cómo te atreves a decir a tu
hermano, déjame sacarte la mota del ojo, mientras llevas una viga en el tuyo?
¿Nadie te ha
condenado?
Sal 103, 8: El Señor
es compasivo y clemente, paciente y misericordioso.
Sal 103, 13-14: Como
un padre siente ternura por sus hijos, así se enternece el Señor con sus
fieles. Pues él conoce nuestra condición y se acuerda de que somos barro.
Ez 33, 11: Pues
diles: Por mi vida – oráculo del Señor –, juro que no quiero la muerte del
malvado, sino que se cambie de conducta y viva. ¡Convertíos, cambiad de
conducta, malvados, y no moriréis, casa de Israel!
Ez 18, 32: Pues no
quiero la muerte de nadie – oráculo del Señor –. ¡Convertíos y viviréis!
Vete y no vuelvas a
pecar.
Jn 5, 14: Mas tarde
lo encuentra Jesús en el templo y le dice: Mira que te has curado. No vuelvas a
pecar, no te vaya a suceder algo peor.
Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.
8 6 Queda oscuro el
sentido de este gesto. Podría evocar Jr 17, 13 en su literalidad: “los que se
apartan de mí son inscritos en la tierra”.
8 7 Puede que Jesús
trate de evitar la trampa que le tienden, apelando a las exigencias legales (Dt
17, 5-7; Ex 23, 6-7) o sencillamente que recuerde a los acusadores su propia
condición de pecadores (Mt 7, 1-2).
Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión
crítica.
8 5 La norma figura en
Lv 20, 10 y Dt 22, 22, aunque en esos escritos no se dice que la muerte sea por
lapidación. Probablemente se asimiló al caso de ruptura de esponsales (Dt 22,
23s), y así en Ez 16, 40 aparece la lapidación como castigo del adultero. Más
tarde la Misná suavizó (¡) en ciertos casos, la pena contra la adúltera: debía
ser estrangulada, o quemada en la hoguera.
6 PARA PODER ACUSARLO:
la trampa parecía segura: si Jesús decía que se cumpliese el castigo quedaba
desmentida su fama de misericordioso; si perdonaba, desobedecía a la Ley. //
ESCRIBÍA: o trazaba signos (cf. nuestro “hacer garabatos”), posiblemente
con valor simbólico, como en Jr 17, 13: “Los que se apartan de mí serán
escritos en la tierra”, en el polvo (quizás sinónimo de la Morada de los
muertos.
7 De los que estaban
allí, el único INOCENTE era Jesús; pero no cogió piedras para lanzárselas. //
PRIMERO EN LANZAR… UNA PIEDRA: lit. primero contra ella lance piedra.
11 NO PEQUES MÁS: Jesús
no justifica el pecado, perdona a la mujer y le pide enmendarse.
Notas
exegéticas de la Biblia Didajé.
7,
534-8,11 Los fariseos intentaron tender una trampa a Jesús con una pregunta sobre
el castigo de una mujer que había sido sorprendida en adulterio. Si hubieran
defendido el apedreamiento, habría violado la ley romana, que prohibía a los
judíos ejercer castigos capitales; y si se hubiera opuesto, los fariseos
hubieran dicho que él iba contra la Ley de Moisés, que contemplaba un castigo
similar. En vez de es, Cristo devolvió la pregunta a los fariseos, invitándoles
a ser francos con su propio comportamiento. Cat. 2381 y 2400.
8,
7s. La
respuesta de Cristo no minimizó el pecado que ella había cometido, pero señaló
la contradicción de los que la acusaban; eran partidarios de apedrear a la
mujer tal y como la ley de Moisés mandaba, pero ellos también eran pecadores y
transgresores de la ley moral. Mas que condenarla, deberían haber ofrecido la
misma misericordia que ellos hubieran deseado. Siguió escribiendo… A
pesar de que solo se puede especular acerca de lo que Cristo estaba
escribiendo, hay una conexión con el dedo de Dios que escribió las tablas del
Monte Sinaí (Ex 31, 18) y con la condena escrita en los muros del palacio del
rey Baltasar (Dn 5, 5). Cat. 1589 y 2380.
8,
11 La
misericordia de Dios no condena, sino que reconoce compasivamente el
arrepentimiento y otorga el perdón. La experiencia del amor de Cristo concede
una oportunidad para seguir adelante en una nueva vida de santidad. Dios ofrece
su misericordia a todos los que, en espíritu de contrición, se acercan al
sacramento de la penitencia y la reconciliación en busca del perdón de los
pecados. Cat. 1451-1452.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
2381
El
adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona
el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del
otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el
contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los
hijos, que necesitan la unión estable de los padres.
2400
El
adulterio y el divorcio, la poligamia y la unión libre son ofensas graves a la
dignidad del matrimonio.
Concilio
Vaticano II.
Descendiendo a
consecuencias prácticas y muy urgentes, el Concilio inculca el respeto al hombre,
de modo que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como
otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para
vivirla dignamente para que no imiten a aquel rico que se despreocupó
totalmente del pobre Lázaro.
En nuestros días
principalmente, urge la obligación de acercarnos a cualquier otro hombre y
servirle activamente cuando llegue la ocasión, ya se trate de un anciano
abandonado por todos, de un trabajador extranjero injustamente despreciado, de
un desterrado o de un niño nacido de una unión ilegítima que sufre
inmerecidamente a causa de un pecado que él no ha cometido, del hambriento que
interpela nuestra conciencia, recordándonos la palabra del Señor: “Cuantas
veces hicisteis esto a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”
(Mt 25, 40).
Además, todo lo que
se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el
aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la
integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales
y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las
condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las
deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de mujeres y de
jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros
son tratados como meros instrumentos de lucho, no como personas libres y
responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios
que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican
que a quienes padecen la injusticia; y son toralmente contrarios al honor
debido al Creador.
Constitución Gaudium
et spes (1965), número 27.
Comentarios de los Santos Padres.
El Monte de los Olivos representa la grandeza de la
piedad y misericordia de Dios, ya que en griego “oleos” significa misericordia,
y Olivete se dice “oleon”.
Beda. Homilías sobre los Evangelios, 1, 25.
4a, pg. 374.
Mirad como el Señor en su respuesta pone a salvo la
justicia sin detrimento de la mansedumbre. No fue prendido aquel a quien un
lazo se tendía, sino que fueron presos primero quienes lo tendían: es que no
creían en aquel que podía librarlos de todos los ardides.
Agustín, Tratados sobre el Ev. de Juan, 33,
4. 4a, pg. 375.
Escribía en la tierra con el dedo, como indicando
que los nombres de aquellos tales había que escribirlos en la tierra, no en el
cielo, que era el lugar en el cual – según dijo a sus discípulos – debían
alegrarse de que sus nombres estuviesen escritos; o quizá quiso comunicar la
idea de humildad por el hecho de inclinar la cabeza; o escribió en la tierra
para indicar que ya había llegado el tiempo de que escribiese su ley en tierra
que diese fruto, no en piedra estéril, como antes.
Agustín, Concordancia de los evangelistas, 4,
10, 17. 4a, pg. 376.
El dedo de Dios escribió entonces y ahora; con el
dedo de Dios fue escrita la ley, y el dedo de Dios es Espíritu Santo.
Agustín, Sermones, 272 b, 5. 4a, pg. 376.
El que no se juzga primero a sí mismo no sabe juzgar
con rectitud a los otros; y aunque conozca lo que debe juzgar porque se le haya
dicho, no podrá juzgar con justicia lo que merece otro, ya que, al considerarse
inocente, no se aplicará a sí mismo ninguna regla de justo juicio.
Gregorio Magno, Libros morales, 14, 29, 34.
4a, pg. 377.
Manso y magnánimo y misericordioso es el Señor, pero
también es el Señor justo y veraz. Él te da tiempo para la corrección; pero tú
amas la dilación más que la enmienda. ¿Fuiste ayer malo? Se hoy bueno. ¿Has
pasado el día de hoy en el pecado? No sigas mañana. Tú siempre esperando y
prometiéndote muchísimo de la misericordia de Dios, como si el que te promete
el perdón, si te arrepientes, te hubiera prometido también vida más larga. (…)
Dios prometió perdón al arrepentido, pero tú no podrás leer que te prometió
vida larga.
Agustín. Tratados sobre el Ev. de Juan, 33,
6-7. 4a, pg. 380.
San Agustín
Solo quedan dos allí: la miserable y la Misericordia. Y el Señor, después
de haberles clavado en el corazón el dardo de su justicia, no se digna ni
siquiera mirar cómo van desapareciendo; aparta de ellos su vista y se pone a
escribir con el dedo en la tierra (Jn 8, 8). Sola aquella mujer e iros
todos, levantó sus ojos y los fijó en ella. (…) El Señor dio la sentencia de
condenación contra el pecado, no contra el hombre.
Comentarios sobre el evangelio de San Juan 33. I, pg. 376.
San Juan de Ávila
En este escondrijo mete al pecador que viene huyendo de la Justicia
divina. Y diciendo: “Yo morí por él, yo pagué lo que él debía, él me recibe en
sí mismo, yo lo transformo en mí”, no hay quien pueda sacar al pecador de ese
escondrijo. Y dícele el Señor lo que a la mujer adúltera: ¿Dónde están los que te
acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ni yo tampoco te condeno (Jn 8, 10-11), antes te hago
salva, y te glorificaré en mi eternidad.
Santísimo sacramento. OC III, pg. 685.
San Oscar Romero.
La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de
Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante
tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven
las reformas si van teñidas con tanta sangre... En nombre de Dios, pues, y en
nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más
tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la
represión...!
Homilía 23 marzo 1980. Al día siguiente san Oscar Romero fue
asesinado.
Francisco. Angelus. 17 de marzo de
2013.
Hermanos
y hermanas, buenos días.
Tras
el primer
encuentro del miércoles pasado, hoy puedo dirigirles nuevamente mi saludo a
todos. Y me alegra hacerlo en el domingo, en el día del Señor. Para nosotros
los cristianos, esto es hermoso e importante: reunirnos el domingo, saludarnos,
hablar unos con otros, como ahora aquí, en la plaza. Una plaza que, gracias a
los medios de comunicación, tiene las dimensiones del mundo.
En este
quinto domingo de Cuaresma, el evangelio nos presenta el episodio de la mujer
adúltera (cf. Jn 8,1-11), que Jesús salva de la condena a
muerte. Conmueve la actitud de Jesús: no oímos palabras de desprecio, no
escuchamos palabras de condena, sino solamente palabras de amor, de
misericordia, que invitan a la conversión: «Tampoco yo te condeno. Anda, y
en adelante no peques más» (v. 11). Y, hermanos y hermanas, el rostro de
Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Habéis
pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de
nosotros? Ésa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con
nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos
volver a Él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del Señor»,
dice el Salmo.
En estos
días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran
teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho
bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es
eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien. El Cardenal Kasper decía que
al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos
escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo
menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de
Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia... Recordemos al
profeta Isaías, cuando afirma que, aunque nuestros pecados fueran rojo
escarlata, el amor de Dios los volverá blancos como la nieve. Es hermoso, esto
de la misericordia.
Recuerdo
que en 1992, apenas siendo Obispo, llegó a Buenos Aires la Virgen de Fátima y
se celebró una gran Misa por los enfermos. Fui a confesar durante esa Misa. Y,
casi al final de la Misa, me levanté, porque debía ir a confirmar. Se acercó
entonces una señora anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La
miré y le dije: “Abuela —porque así llamamos nosotros a las personas ancianas—:
Abuela ¿desea confesarse?” Sí, me dijo. “Pero si usted no tiene pecados…” Y
ella me respondió: “Todos tenemos pecados”. Pero, quizás el Señor no la
perdona... “El Señor perdona todo”, me dijo segura. Pero, ¿cómo lo sabe usted,
señora? “Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría”. Tuve
ganas de preguntarle: Dígame, señora, ¿ha estudiado usted en la Gregoriana?
Porque ésa es la sabiduría que concede el Espíritu Santo: la sabiduría
interior hacia la misericordia de Dios.
No
olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y,
padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no
queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros,
a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos
cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón
misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser
misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en
sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre. Ahora todos juntos recemos el
Ángelus:
(Oración
del Ángelus).
Saludo
cordialmente a todos los peregrinos. Gracias por vuestra acogida y vuestras
oraciones. Os pido que recéis por mí. Doy un abrazo nuevamente a los fieles de
Roma y lo hago extensivo a todos vosotros; y lo hago extensivo a todos los que
habéis venido de diversas partes de Italia y del mundo, así como a los que se
han unido a nosotros a través de los medios de comunicación. He escogido el
nombre del Patrón de Italia, san Francisco de Asís, y esto refuerza mi vínculo
espiritual con esta tierra, donde, como sabéis, están los orígenes de mi
familia. Pero Jesús nos ha llamado a formar parte de una nueva familia: su
Iglesia, en esta familia de Dios, caminando juntos por los caminos del
Evangelio. Que el Señor os bendiga, que la Virgen os cuide. No olvidéis esto:
el Señor nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de
pedir perdón. Feliz domingo y buen almuerzo.
Francisco. Angelus. 13 de marzo de
2016.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El
Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma (cf. Jn 8, 1-11),
es tan bonito, a mí me gusta mucho leerlo y releerlo. Nos presenta el episodio
de la mujer adúltera, poniendo de relieve el tema de la misericordia de
Dios, que nunca quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
La escena ocurre en la explanada del Templo. Imagináosla allí, en el atrio [de
la basílica de San Pedro]. Jesús está enseñando a la gente, y llegan algunos
escribas y fariseos que conducen delante de Él a una mujer sorprendida en
adulterio. Esa mujer se encuentra así en el medio entre Jesús y la multitud
(cf. v. 3), entre la misericordia del Hijo de Dios y la violencia, la rabia de
sus acusadores. En realidad ellos no fueron al Maestro para pedirle su opinión
—era gente mala—, sino para tenderle una trampa. De hecho, si Jesús siguiera
la severidad de la ley, aprobando la lapidación de la mujer, perdería su
fama de mansedumbre y bondad que tanto fascina al pueblo; si en
cambio quisiera ser misericordioso, debería ir contra la ley, que Él
mismo dijo que no quería abolir sino dar cumplimiento (cf. Mt 5,
17). Y Jesús está en medio de esta situación.
Esta
mala intención se esconde bajo la pregunta que le plantean a Jesús: «¿Tú que
dices?» (v. 5). Jesús no responde, se calla y realiza un gesto misterioso:
«inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra» (v. 7). Quizás
hacía dibujos, algunos dicen que escribía los pecados de los fariseos... de
cualquier manera, escribía, estaba en otro lado. De este modo invita a todos
a la calma, a no actuar inducidos por la impulsividad, y a buscar la justicia
de Dios. Pero aquellos malvados insisten y esperan de él una respuesta.
Parecía que tenían sed de sangre. Entonces Jesús levanta la mirada y les dice:
«Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra» (v.
7). Esta respuesta desubica los acusadores, los desarma a todos en el sentido
estricto de la palabra: todos depusieron las «armas», o sea las piedras
listas para ser arrojadas, tanto las visibles contra la mujer, como las
escondidas contra Jesús. Y mientras el Señor sigue escribiendo en la
tierra, haciendo dibujos, no sé..., los acusadores se van uno tras otro, con la
cabeza baja, comenzando por los más ancianos que eran más conscientes de no
estar sin pecado. ¡Qué bien nos hace ser conscientes de que también nosotros
somos pecadores! Cuando hablamos mal de los otros —todas estas cosas que
nosotros conocemos bien—, ¡qué bien nos hará tener el coraje de hacer caer
en el suelo las piedras que tenemos para arrojárselas a los demás y pensar un
poco en nuestros pecados!
Se
quedaron allí solos la mujer y Jesús: la miseria y la
misericordia, una frente a la otra. Y esto cuántas veces nos sucede a
nosotros cuando nos detenemos ante el confesionario, con vergüenza, para hacer
ver nuestra miseria y pedir el perdón. «Mujer, ¿dónde están?» (v. 10), le dice
Jesús. Y basta esta constatación, y su mirada llena de misericordia y llena de
amor, para hacer sentir a esa persona —quizás por primera vez— que tiene una
dignidad, que ella no es su pecado, que ella tiene una dignidad de persona, que
puede cambiar de vida, puede salir de sus esclavitudes y caminar por una senda
nueva.
Queridos
hermanos y hermanas, esa mujer nos representa a todos nosotros, que somos
pecadores, es decir adúlteros ante Dios, traidores a su fidelidad. Y su
experiencia representa la voluntad de Dios para cada uno de nosotros: no
nuestra condena, sino nuestra salvación a través de Jesús. Él es la gracia
que salva del pecado y de la muerte. Él ha escrito en la tierra, en el polvo
del que está hecho cada ser humano (cf. Gén 2, 7), la
sentencia de Dios: «No quiero que tu mueras, sino que tú vivas». Dios no
nos clava a nuestro pecado, no nos identifica con el mal que hemos cometido.
Tenemos un nombre y Dios no identifica este nombre con el pecado que hemos
cometido. Nos quiere liberar y quiere que también nosotros lo queramos con Él.
Quiere que nuestra libertad se convierta del mal al bien, y esto es posible
—¡es posible!— con su gracia.
Que la
Virgen María nos ayude a confiarnos completamente a la misericordia de Dios,
para convertirnos en criaturas nuevas.
Francisco. Homilía. 3 de abril de
2022. Malta.
Jesús «al amanecer se presentó en el Templo y
toda la gente se acercó a él» (Jn 8,2). Así empieza el episodio de
la mujer adúltera. El escenario se muestra sereno: una mañana en el lugar
santo, en el corazón de Jerusalén. El protagonista es el pueblo de Dios,
que busca a Jesús, el Maestro, en el patio del templo. Desea escucharlo, porque
lo que Él dice ilumina y reconforta. Su enseñanza no tiene nada de abstracto,
toca la vida y la libera, la transforma y la renueva. Ese es el
“olfato” del pueblo de Dios, que no se conforma con el templo hecho de
piedras, sino que se reúne alrededor de la persona de Jesús. En esta página
se vislumbra al pueblo de los creyentes de todos los tiempos, el pueblo
santo de Dios, que aquí en Malta es numeroso y vivaz, fiel en la búsqueda del
Señor, vinculado a una fe concreta, vivida. Les doy las gracias por esto.
Jesús, ante el pueblo que acudía a Él, no tenía
prisa: «Se sentó —dice el Evangelio— y comenzó a enseñarles» (v. 2). Pero en
la escuela de Jesús hay lugares vacíos. Hay algunos ausentes: son la mujer y
sus acusadores. No se acercaron al Maestro como los demás, y las razones de
su ausencia son diferentes: los escribas y los fariseos creen que ya lo saben
todo, que no necesitan las enseñanzas de Jesús; la mujer, en cambio, es una
persona extraviada, que terminó por mal camino, buscando la felicidad por
senderos equivocados. Ausencias debidas, pues, a motivaciones diferentes, como
diferente es el desenlace de sus historias. Reflexionemos sobre estos ausentes.
En primer lugar, fijémonos en los acusadores
de la mujer. En ellos vemos la imagen de los que se jactan de ser
justos, observantes de la ley de Dios, personas buenas y honestas. No
tienen en cuenta sus propios defectos, pero están muy atentos a descubrir los
de los demás. Así se presentan ante Jesús; no con el corazón abierto para
escucharlo, sino «para ponerlo a prueba y poder acusarlo» (v. 6).
Es una actitud que refleja la interioridad de estas personas cultas y
religiosas, que conocen las Escrituras, asisten al templo, pero todo lo
subordinan a sus propios intereses, y no combaten contra los pensamientos
maliciosos que se agitan en sus corazones. A los ojos de la gente parecen
expertos de Dios, pero, precisamente ellos, no reconocen a Jesús; más aún, lo
ven como un enemigo que hay que quitar del medio. Para esto, le ponen
delante a una persona, como si fuera una cosa, llamándola con desprecio
«esta mujer» y denunciando su adulterio públicamente. Presionan para que la
mujer sea lapidada, descargando en ella la aversión que ellos sienten por la
compasión de Jesús. Y hacen todo esto amparados en su fama de hombres
religiosos.
Hermanos y hermanas, estos personajes nos
dicen que también en nuestra religiosidad pueden insinuarse la carcoma
de la hipocresía y la mala costumbre de señalar con el dedo.
En todo tiempo, en toda comunidad. Siempre se corre el peligro de
malinterpretar a Jesús, de tener su nombre en los labios, pero desmentirlo con
los hechos. Y esto también puede producirse elevando estandartes con la
cruz. ¿Cómo verificar, entonces, si somos discípulos en la escuela del
Maestro? Por nuestra mirada, por el modo en que miramos al prójimo y nos
miramos a nosotros mismos. Este es el punto para definir nuestra
pertenencia.
Por el modo en que miramos al prójimo: si lo
hacemos como Jesús nos muestra hoy, es decir, con una mirada de misericordia; o
de una manera que juzga, a veces incluso que desprecia, como los acusadores del
Evangelio, que se erigen como paladines de Dios, pero no se dan cuenta de que
pisotean a los hermanos. En realidad, el que cree que defiende la fe
señalando con el dedo a los demás tendrá incluso una visión religiosa, pero no
abraza el espíritu del Evangelio, porque olvida la misericordia, que es el
corazón de Dios.
Para entender si somos verdaderos discípulos del
Maestro, también es necesario examinar cómo nos miramos a nosotros mismos. Los
acusadores de la mujer están convencidos de que no tienen nada que aprender.
Ciertamente, su estructura exterior es perfecta, pero falta la
verdad del corazón. Son el retrato de esos creyentes de todos los
tiempos, que hacen de la fe un elemento de fachada, donde lo que se resalta
es la exterioridad solemne, pero falta la pobreza interior, que es el
tesoro más valioso del hombre. Para Jesús, en efecto, lo que cuenta es la
apertura y disponibilidad del que no siente que haya alcanzado la meta, sino
más bien que está necesitado de salvación. Entonces nos hace bien, cuando
estamos rezando y también cuando participamos en hermosas ceremonias
religiosas, preguntarnos si hemos sintonizado con el Señor. Podemos
preguntárselo directamente a Él: “Jesús, estoy aquí contigo, pero Tú, ¿qué
quieres de mí? ¿Qué quieres que cambie en mi corazón, en mi vida? ¿Cómo quieres
que vea a los demás?”. Nos hará bien rezar así, porque el Maestro no se
conforma con la apariencia, sino que busca la verdad del corazón. Y cuando le
abrimos el corazón en la verdad, puede hacer grandes cosas en nosotros.
Lo vemos en la mujer adúltera. Su
situación parece comprometida, pero ante sus ojos se abre un horizonte nuevo,
antes impensable. Cubierta de insultos, lista para recibir palabras implacables
y castigos severos, con asombro se ve absuelta por Dios, que le abre ante sí,
de par en par, un futuro inesperado: «¿Nadie te ha condenado? —le dijo Jesús—
Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar» (vv. 10.11). ¡Qué diferencia
entre el Maestro y los acusadores! Estos habían citado la Escritura para
condenar; Jesús, la Palabra de Dios en persona, rehabilita completamente a la
mujer, devolviéndole la esperanza. De esta situación aprendemos que cualquier
observación, si no está movida por la caridad y no contiene caridad, hunde
ulteriormente a quien la recibe. Dios, en cambio, siempre deja
abierta una posibilidad y sabe encontrar caminos de liberación y de
salvación en cada circunstancia.
La vida de esa mujer cambió gracias al perdón. Se
encontraron la Misericordia y la miseria. Misericordia y miseria estaban
allí. Y la mujer cambió. Incluso se podría pensar que, perdonada por Jesús,
aprendió a su vez a perdonar. Quizá haya visto en sus acusadores ya no personas
rígidas y malvadas, sino personas que le permitieron encontrar a Jesús. El
Señor desea que también nosotros sus discípulos, nosotros como Iglesia,
perdonados por Él, nos convirtamos en testigos incansables de la
reconciliación, testigos de un Dios para el que no existe la palabra
“irrecuperable”; de un Dios que siempre perdona, siempre. Dios siempre perdona.
Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Un Dios que sigue creyendo
en nosotros y nos brinda a cada momento la posibilidad de volver a empezar. No
hay pecado o fracaso que al presentarlo a Él no pueda convertirse en ocasión
para iniciar una vida nueva, diferente, en el signo de la misericordia. No hay
pecado que no pueda ir por este camino. Dios perdona todo. Todo.
Este es el Señor Jesús. Lo conocen
verdaderamente quienes experimentan su perdón. Quienes, como la mujer del
Evangelio, descubren que Dios nos visita valiéndose de nuestras llagas
interiores. Es precisamente allí donde al Señor le gusta hacerse presente,
porque no ha venido para los sanos sino para los enfermos (cf. Mt 9,12).
Y hoy es esta mujer —que ha conocido la misericordia en su miseria y que
regresa al mundo sanada por el perdón de Jesús— la que nos sugiere, como
Iglesia, que volvamos a empezar en la escuela del Evangelio, en la escuela del
Dios de la esperanza que siempre sorprende. Si lo imitamos, no nos
enfocaremos en denunciar los pecados, sino en salir en busca de los pecadores
con amor. No nos fijaremos en quienes están, sino que iremos a buscar a los que
faltan. No volveremos a señalar con el dedo, sino que empezaremos a ponernos
a la escucha. No descartaremos a los despreciados, sino que miraremos como
primeros aquellos que son considerados últimos. Esto, hermanos y hermanas, nos
enseña hoy Jesús con su ejemplo. Dejémonos asombrar por Él y acojamos su
novedad con alegría.
Benedicto XVI. Angelus. 21 de marzo
de 2010.
Queridos hermanos y hermanas:
Hemos llegado al quinto domingo de Cuaresma,
en el que la liturgia nos propone, este año, el episodio evangélico de Jesús
que salva a una mujer adúltera de la condena a muerte (Jn 8, 1-11).
Mientras está enseñando en el Templo, los escribas y los fariseos llevan ante
Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, para la cual la ley de Moisés
preveía la lapidación. Esos hombres piden a Jesús que juzgue a la pecadora con
la finalidad de "ponerlo a prueba" y de impulsarlo a dar un paso en
falso. La escena está cargada de dramatismo: de las palabras de Jesús depende
la vida de esa persona, pero también su propia vida. De hecho, los acusadores
hipócritas fingen confiarle el juicio, mientras que en realidad es precisamente
a él a quien quieren acusar y juzgar. Jesús, en cambio, está "lleno de
gracia y de verdad" (Jn 1, 14): él sabe lo que hay en el
corazón de cada hombre, quiere condenar el pecado, pero salvar al pecador, y
desenmascarar la hipocresía.
El evangelista san Juan pone de relieve un detalle: mientras los acusadores
lo interrogan con insistencia, Jesús se inclina y se pone a escribir con el
dedo en el suelo. San Agustín observa que el gesto muestra a Cristo como
el legislador divino: en efecto, Dios escribió la ley con su dedo en las
tablas de piedra (cf. Comentario al Evangelio de Juan, 33, 5).
Jesús, por tanto, es el Legislador, es la Justicia en persona. Y ¿cuál es su
sentencia? "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la
primera piedra". Estas palabras están llenas de la fuerza de la verdad,
que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una
justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo
precepto (cf. Rm 13, 8-10). Es la justicia que salvó
también a Saulo de Tarso, transformándolo en san Pablo (cf. Flp 3,
8-14).
Cuando los acusadores "se fueron retirando uno tras otro, comenzando
por los más viejos", Jesús, absolviendo a la mujer de su pecado, la
introduce en una nueva vida, orientada al bien: "Tampoco yo te condeno;
vete y en adelante no peques más". Es la misma gracia que hará decir al
Apóstol: "Una cosa hago: olvido lo que dejé detrás y me lanzo a lo que
está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios
me llama desde lo alto en Cristo Jesús" (Flp 3, 13-14). Dios
sólo desea para nosotros el bien y la vida; se ocupa de la salud de nuestra
alma por medio de sus ministros, liberándonos del mal con el sacramento de la
Reconciliación, a fin de que nadie se pierda, sino que todos puedan
convertirse.
En este Año
sacerdotal, deseo exhortar a los pastores a imitar al santo cura de Ars en
el ministerio del perdón sacramental, para que los fieles vuelvan a descubrir
su significado y belleza, y sean sanados nuevamente por el amor misericordioso
de Dios, que "lo lleva incluso a olvidar voluntariamente el pecado, con
tal de perdonarnos" (Carta
para la convocatoria del Año sacerdotal).
Queridos amigos, aprendamos del Señor Jesús a no juzgar y a no condenar
al prójimo. Aprendamos a ser intransigentes con el pecado —¡comenzando por el
nuestro!— e indulgentes con las personas. Que nos ayude en esto la santa
Madre de Dios, que, exenta de toda culpa, es mediadora de gracia para todo
pecador arrepentido.
Francisco. Ciclo de catequesis - Jubileo 2025.
Jesucristo, nuestra esperanza. II. La vida de Jesús. Los encuentros. 2. La
samaritana. «¡Dame de beber!» (Jn 4,7)
Queridos hermanos y hermanas:
Después
de haber meditado sobre el encuentro de Jesús con Nicodemo, quien había ido
a buscar a Jesús, hoy reflexionamos sobre aquellos momentos en los que parece
que Él nos estaba esperando justo allí, en esa encrucijada de nuestro camino.
Son encuentros que nos sorprenden, y al principio tal vez sentimos un poco de
desconfianza: tratamos de ser prudentes y entender lo que está sucediendo.
Esta probablemente fue también la experiencia de la mujer samaritana, de la
que se habla en el capítulo cuarto del Evangelio de Juan (cf. 4,5-26). Ella no
esperaba encontrar a un hombre en el pozo al mediodía, sino que esperaba no
encontrar a nadie. De hecho, va a buscar agua al pozo a una hora inusual,
cuando hace mucho calor. Quizá esta mujer se avergüenza de su vida, quizá se ha
sentido juzgada, condenada, incomprendida, y por eso se ha aislado, ha roto
las relaciones con todos.
Para ir a Galilea desde Judea, Jesús podría haber elegido otro camino y no
atravesar Samaria. Habría sido incluso más seguro, dadas las tensas relaciones
entre judíos y samaritanos. En cambio, ¡Él quiere pasar por allí y se detiene
en ese pozo justo a esa hora! Jesús nos espera y hace que lo encontremos
justo cuando pensamos que ya no hay esperanza para nosotros. El pozo, en el
antiguo Oriente Medio, es un lugar de encuentro, donde a veces se
conciertan matrimonios, es un lugar de compromiso. Jesús quiere ayudar a
esta mujer a comprender dónde buscar la verdadera respuesta a su deseo de ser
amada.
El tema del deseo es fundamental para entender este encuentro. Jesús es el primero en
expresar su deseo: «¡Dame de beber!» (v. 10). Con tal de entablar un diálogo,
Jesús se muestra débil, así hace que la otra persona se sienta cómoda, hace que
no se asuste. La sed es a menudo, también en la Biblia, la imagen del
deseo. Pero Jesús aquí tiene sed ante todo de la salvación de esa mujer. «El
que pedía de beber —dice San Agustín— tenía sed de la fe de esta mujer». [1]
Si Nicodemo había ido a Jesús de noche, aquí Jesús se encuentra con la
samaritana al mediodía, el momento en que hay más luz. De hecho, es un momento de
revelación. Jesús se da a conocer ante ella como el Mesías y, además,
arroja luz sobre su vida. La ayuda a releer de una manera nueva su
historia, que es complicada y dolorosa: ha tenido cinco maridos y ahora
está con un sexto que no es su marido. El número seis no es casual, sino
que suele indicar imperfección. Quizá sea una alusión al séptimo
esposo, el que finalmente podrá saciar el deseo de esta mujer de ser amada
de verdad. Y ese esposo solo puede ser Jesús.
Cuando se da cuenta de que Jesús conoce su vida, la mujer cambia el tema a la cuestión religiosa que dividía
a judíos y samaritanos. Esto nos pasa a veces también a nosotros cuando
rezamos: en el momento en que Dios toca nuestra vida con sus problemas, a
veces nos perdemos en reflexiones que nos dan la ilusión de una oración bien
hecha. En realidad, hemos levantado barreras de protección. Pero el
Señor es siempre más grande, y a aquella mujer samaritana, a la que según los
esquemas culturales ni siquiera debería haberle dirigido la palabra, le regala
la revelación más alta: le habla del Padre, que debe ser adorado en espíritu y
en verdad. Y cuando ella, sorprendida una vez más, observa que es mejor esperar
al Mesías para estas cosas, Él le dice: «Soy yo, el que habla contigo»
(v. 26). Es como una declaración de amor: Aquel a quien esperas soy yo;
Aquel que puede responder finalmente a tu deseo de ser amada.
En ese momento, la mujer corre a llamar a la gente del pueblo, porque es
precisamente de la experiencia de sentirse amada de donde surge la misión.
¿Y qué anuncio podría haber llevado sino su experiencia de ser comprendida,
acogida, perdonada? Es una imagen que debería hacernos reflexionar sobre
nuestra búsqueda de nuevas formas de evangelizar.
Como una persona enamorada, la samaritana olvida su ánfora a los pies de
Jesús. El peso de esa ánfora sobre su cabeza, cada vez que volvía a casa, le
recordaba su condición, su vida atribulada. Pero ahora el ánfora está depositada a los pies de
Jesús. El pasado ya no es una carga; ella está reconciliada. Y lo mismo nos
pasa a nosotros: para ir a anunciar el Evangelio, primero tenemos que dejar
la carga de nuestra historia a los pies del Señor, entregarle la carga de
nuestro pasado. Solo las personas reconciliadas pueden llevar el Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, ¡no perdamos la esperanza! Aunque nuestra
historia nos parezca pesada, complicada, tal vez incluso destrozada, siempre
tenemos la posibilidad de entregarla a Dios y comenzar de nuevo nuestro camino.
¡Dios es misericordia y siempre nos espera!
DOMINGO DE RAMOS.
Monición de entrada.-
Hola
amigos.-
Este
domingo es distinto, porque hemos empezado la misa en un sitio diferente y
además nos han dado unos ramos de olivo o unas palmas.
Así hoy
es la fiesta de los niños,
Como
hicieron los niños de la ciudad de David hemos venido a estar con Jesús con
ramos.
Señor, ten
piedad.
Tú que
estabas contento el Domingo de Ramos. Señor, ten piedad.
Tú que
regañaste a los que intentaban hacer callar a los niños. Cristo, ten piedad.
Tú que
entraste en Jerusalén como un pobre. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Para que esta Semana Santa Jesús ayude al Papa
Francisco y al Papa Benedicto. Te lo pedimos Señor.
Para que estos días los niños y los
mayores nos acordemos de pedirle perdón a Jesús. Te lo pedimos Señor.
Para que esta semana santa no nos
olvidemos de las personas que intentan entrar en Europa y Estados Unidos. Te lo
pedimos Señor.
Para que esta Semana Santa nos acordemos
de ti. Te lo pedimos Señor.
Despedida.
La misa ha terminado, pero no os olvidéis que
el jueves nos volveremos a encontrar para la misa de la cena del Señor, cuando
el sacerdote lavará los pies a los niños de tercero. No faltéis.
ORACIÓN JUNIORS CORBERA.
EXPERIENCIA.
Toma conciencia de la presencia de Dios. Entrelaza
tus manos, endereza tu espalda, cierra los ojos, respira profundamente,
acogiendo a Cristo en tu interior y expulsando tus pensamientos e
imaginaciones, vaciándote de ti mismo y llenándote de la presencia del Espíritu
Santo, descalzándote y pisando el suelo sagrado en el que se ha transformado el
lugar donde te encuentras.
Abre los ojos, mira tu dedo índice. Cierra los
otros. En las últimas 24 horas ¿a quién has acusado con el dedo del pensamiento
y la boca? ¿Y en los últimos 7 días? ¿Y el último mes? ¿Quién o quienes sufren
tu dedo?
Entrelaza las manos y dile a Dios que te ayude a
perdonarlo, a mantener tus dedos atados en los lazos del Amor.
Abre las manos y vuelve a fijarte en tu dedo
índice. ¿Quién te ha acusado en las últimas 24 horas, los últimos 7 días, el
último mes, en tu vida?
Entrelaza las manos. Piensa en tu madre, tu padre,
las personas que no te acusaron ni te señalaron, que corrigiéndote nunca
aplastaron tu autoestima, sino te tendieron la mano.
Abre las manos. ¿Quiénes necesitan de ellas para
levantarte?
Mira el vídeo:
https://www.youtube.com/watch?v=FpEzm1zvHvA
Vuelve a mirarlo las veces que necesites, pensando
en sus palabras.
+REFLEXIÓN.
Toma la Biblia y lee :
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 8, 1-11.
En aquel tiempo, Jesús se retiró
al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo
el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos
le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le
dijeron:
-Maestro, esta mujer ha sido
sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las
adúlteras; tú, ¿qué dices?
Le preguntaban esto para
comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo
en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
-El que esté sin pecado, que le
tire la primera piedra.
E inclinándose otra vez, siguió
escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por
los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí
delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
-Mujer, ¿dónde están tus
acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?
Ella contestó:
-Ninguno, Señor.
Jesús dijo:
-Tampoco yo te condeno. Anda, y
en adelante no peques más.
¿QUÉ DICE? la escena es clara y
descriptiva. Ante la acusación de los escribas y los fariseos, quienes
pretendían tenderle una trampa: si la condenaba a la lapidación los romanos
podían detenerlo por asumir una potestad, la condena a muerte, que era
competencia de ellos; y si no la condenaba entonces los escribas y fariseos
tenían un motivo para iniciar un proceso religioso por cuanto predicaba en
contra de la Ley. Jesús partiendo de esta que obligaba a detener, juzgar y condenar
al varón y la mujer, desenmascara sus intenciones y se presenta como el Dios
cuyo dedo escribió las Diez Palabras en las tablas de la Ley, que condena el
pecado y perdona al pecador, pero no con un perdón donde el pecador permanece
en una actitud pasiva, sino que le obliga a tomar cumplir toda le Ley. No le
dice “no cometas adulterio más” sino “no peques más”. Es decir, la levanta para
que le siga en el camino de la santidad. En un primer momento imagina la escena
con los personajes, el encuentro de miradas.
¿QUÉ TE DICE? Actualiza el relato
representándolo en tu interior desde distintas perspectivas: como acusador
personificando las personas a quienes criticas en la mujer; como acusado
recordando situaciones en las que lo has sido directa o indirectamente; como
cristiano que perdona y defiende a quien en una conversación critican o sufre
acoso.
COMPROMISO.
¿En qué lugar quieres
situarte en la vida? Practica la oración por las personas que consideras no
actúan correctamente, el ayuno de malos pensamientos, palabras y acciones
contra ellas, y la limosna de comprenderles y si tienes confianza corregirles
desde el amor, siguiendo el modelo de Cristo.
CELEBRACIÓN.
Escucha la canción de Johana Rojas De rodillas.
https://www.youtube.com/watch?v=CvJ5BwmX7fc
De rodillas te pido perdón
De rodillas te exalto mi Dios
De rodillas te entrego mi corazón
Porque tú mirada buena, misericordia me
recuerda
De rodillas te pido perdón
De rodillas te exalto mi Dios
De rodillas te entrego mi corazón