Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9
Esto dice el Señor:
-A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de
Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte. Si
yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para
advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su
culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú adviertes al malvado
que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás
salvado la vida.
Textos
paralelos.
A ti también, hijo
de hombre, te he hecho centinela.
Ez 3, 17-19: Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de
Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca, le darás la alarma de mi parte.
Si yo digo al malvado que es reo de muerte y tú no le das la alarma – es decir,
no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie su mala conducta y
conserve la vida –, entonces el malvado morirá por su culpa y a ti te pediré
cuenta de su sangre. Pero si tú pones en guardia al malvado, y no se convierte
de su maldad y de su mala conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú
habrás salvado la vida.
Notas
exegéticas.
33 10 El pueblo desalentado, se
declara abrumado por el peso de sus pecados e incapaz de librarse de él.
Ezequiel afirma como respuesta la posibilidad de una conversión. Este trozo,
vv. 10-20, es la reanudación del tema ya tratado en 18, 21-31.
Salmo
responsorial
Sal 94, 1-2.6-9
R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del
señor;
“No
endurezcáis vuestro corazón”.
Venid,
aclamemos al Señor,
demos
vítores a la Roca que nos salva;
entremos
a su presencia dándole gracias,
aclamándolo
con cantos. R/.
Entrad,
postrémonos por tierra,
bendiciendo
al Señor, creador nuestro.
Porque
él es nuestro Dios,
y
nosotros su pueblo,
el
rebaño que él guía. R/.
Ojalá
escuchéis hoy su voz:
“No
endurezcáis el corazón como en Meribá,
como
el día de Masá en el desierto;
cuando
vuestros padres me pusieron a prueba
y
me tentaron, aunque habían visto mis obras. R/.
Textos
paralelos.
Venid, cantemos gozosos a Yahvé.
Dt 32, 15: Comió Jacob hasta saciarse, / engordó mi cariño, y tiró
coces / - estabas gordo y cebado y corpulento - / y rechazó a Dios, su creador;
/ deshonró a su roca salvadora.
Porque él es nuestro Dios.
Sal 100, 3: Sabed que el Señor es Dios, / él nos hizo y somos
suyos, / pueblo suyo y ovejas de su aprisco.
Ez 34, 1-2a: Me dirigió la palabra el Señor: – Hijo de Adán,
profetiza contra los pastores de Israel.
Sal 23, 1-4: El Señor es mi pastor: nada me falta. / En verdes
praderas me hace recostar, / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis
fuerzas: / me guía por senderos oportunos / como pide su título. / Aunque
camine por cañadas oscuras, / nada temo: Tú vas conmigo; / tu vara y tu cayado
me sosiegan.
Sal 80, 2: Pastor de Israel, escucha: / tú que guías a José como a
un rebaño; / en tu trono de querubines resplandece.
No seáis tercos como en Meribá.
Ex 19, 5: Por tanto, si queréis obedecerme y guardar mi alianza,
entre todos los pueblos seréis mi propiedad, porque es mía toda la tierra.
Como el día de Masá en el desierto.
Hb 3, 7-11: Por eso dice el Espíritu Santo: Si escucháis hoy su
voz, no endurezcáis vuestros corazones como cuando la rebelión, en el día de la
prueba, en el desierto, cuando me pusieron a prueba vuestros padres, y me
provocaron, a pesar de haber visto mis obras cuarenta años. Por eso me indigné
contra aquella generación y dije: Siempre tienen el corazón extraviado; no
reconocieron mis caminos, por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi
descanso.
Sal 81, 9: Escucha, pueblo mío, que te amonesto, / Israel, ojalá
me escuches.
Ex 17, 5-7: [la comunidad israelita se queja contra Moisés por
carecer de agua, Dios interviene] “Pasa delante del pueblo, acompañado de las
autoridades de Israel, empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y camina;
yo te espero allí, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca y saldrá agua para
que beba el pueblo”. Moisés lo hizo ante las autoridades israelitas y llamó al
lugar Masá y Meribá, porque los
israelitas se habían careado y habían tentado al Señor, preguntando: “¿Está o
no está con nosotros el Señor?”.
Nm 20, 12-13: [la misma escena, pero Moisés golpea dos veces]. El
Señor dijo a Moisés y a Aarón: “Por no haberme creído, por no haber reconocido
mi santidad en presencia de los israelitas, no haréis entrar a esta comunidad
en la tierra que les voy a dar”. (Esta es Meribá, donde los israelitas se
carearon con el Señor, y él les mostró su santidad).
Dt 6, 16: No tentaréis al Señor, vuestro Dios, poniéndolo a
prueba, como lo tentasteis en Masá.
Dt 33, 8: Para tus leales los tumim y urim. / Los pusiste a prueba
en Masá. / los desafiaste en Meribá.
Nm 20, 2: Faltó agua al pueblo y se amotinaron contra Moisés y
Aarón.
Sal 78, 8: Para que no imitaran a sus antepasados: / generación
rebelde y contumaz, / generación de corazón inconstante, / de espíritu
desconfiado de Dios.
Sal 78, 37: Su corazón no era constante con él / ni eran fieles a
su alianza.
Dt 32, 5: Hijos degenerados, se portaron mal con él, / generación
malvada y pervertida.
Dt 32, 18: ¡Despreciaste a la Roca que te engendró, / y olvidaste
al Señor que te dio a luz!
Jb 21, 14: Ellos que decían a Dios: “Apártate de nosotros, / que
no nos interesan tus caminos”.
Sal 132, 8: ¡Levántate, Señor, ven a tu descanso, / ven con el
arca de tu poder! / Que tus sacerdotes se vistan de gala / y tus leales
vitoreen.
Sal 132, 14: Este es mi descanso para siempre, / aquí habitaré,
porque la quiero.
Nm 14, 30: No entraréis en la tierra donde juré que os
establecería. Solo exceptúo a Josué, hijo de Nun, y a Caleb, hijo de Jefoné.
Dt 12, 9: La ira del Señor se encendió contra ellos, y el Señor se
marchó.
Notas
exegéticas.
95 Himno procesional, recitado quizá
en la fiesta de las tiendas, ver Dt 31, 11.
95 1 Alusión repetida en el v. 8, a
la roca de donde brotó el agua en el desierto. Ex 19, 1s. o a la roca sobre la
que se hallaba edificado el Templo, 2 S 24, 18.
95 8 Meribá significa “disputa” y
Masá “tentación”.
Segunda
lectura.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10
Hermanos:
A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama
ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el “no cometerás adulterio, no
matarás, no robarás, no codiciarás”, y cualquiera de los otros mandamientos, se
resume en esto: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El amor no hace mal a su
prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.
Textos
paralelos.
Con nadie tengáis otra
deuda que la del mutuo amor.
Mt 22, 34-40: Al enterarse los
fariseos de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en un lugar;
y uno de ellos, le preguntó capciosamente: “Maestro, ¿cuál es el precepto más
importante de la ley?” Le respondió: “Amarás al Señor tu Dos de todo corazón,
con toda el alma, con toda tu mente. Este es el precepto más importante; pero
el segundo es equivalente: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos
preceptos sustentan la ley entera y los profetas”.
Jn 13, 34: Os doy un
mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado: amaos así
unos a otros.
Ga 5, 14: Pues la ley entera se
cumple con un precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
No adulterarás, no
matarás
Ex 20, 13-17: No matarás. / No
cometerás adulterio. / No robarás. / No darás testimonio falso contra tu
próximo. / No codiciarás los bienes de tu prójimo: no codiciarás la mujer de tu
prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea
de él.
Dt 5, 17-21: No matarás. / Ni
cometerás adulterio. / Ni robarás. / Ni darás testimonio falso contra tu
prójimo. / Ni pretenderás la mujer de tu prójimo. Ni codiciarás su casa, ni sus
tierras, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea
de él.
Amarás a tu prójimo.
Lv 19, 18: No serás vengativo
ni guardarás rencor a tus conciudadanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Yo soy el Señor.
Ga 5, 14:
La caridad es, por tanto,
la ley en su plenitud.
1 Co 13, 4-7: Pues la ley entera se cumple
con un precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Notas
exegéticas.
13 8
La
ley, en general, según parece, y no sólo la Ley mosaica.
13 9
(a) Adicción
(Vulgata): “No levantarás falso testimonio”.
13 9
(b) El
prójimo ya no es, como en Levítico, el miembro del mismo pueblo, sino todos los
miembros de la familia humana, unificada en Cristo, Ga 3, 28; Mt 25, 40.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a
sus discípulos:
-Si tu hermano peca contra ti,
repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede
confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la
comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un
pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra
quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se
ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en
los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo
en medio de ellos.
Textos
paralelos.
// Lc 17, 3: Estad en guardia:
Si tu hermano peca, repréndelo; si se arrepiente, perdónale.
Si tu hermano llega a pecar.
Lv 19, 17: No guardarás odio a
tu hermano. Reprenderás abiertamente a tu conciudadano y no cargarás con pecado
por su causa.
Ga 6, 1: Hermanos, si alguien
es sorprendido en un delito, vosotros, los espirituales, corregidlo con
modestia. Pero vigílate tú, no vayas a ser tentado tú también.
Todo asunto quede zanjado
por la palabra de dos o tres testigos.
Dt 19, 15: No es válido el
testimonio de uno solo contra nadie, en cualquier caso de pecado, culpa o
delito. Solo por la deposición de dos o tres testigos se podrá fallar una
causa.
Considéralo como al
pagano.
Rm 16, 17: Hermanos, os
recomiendo que vigiléis a los que siembran discordias y tropiezos contra la
doctrina que aprendisteis; evitadlos.
1 Co 5, 11: Concretamente os
escribí que no os juntarais con uno que lleva el nombre de hermano y es
inmoral, avaro, explotador, idólatra, difamador o borracho. Con ese ni comer.
Yo os aseguro que todo lo
que atéis.
Mt 16, 19: A ti te daré las
llaves del reino de Dios: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo;
lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
Jn 20, 23: A quienes les
perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les
quedan mantenidos.
De acuerdo en la tierra
para pedir algo.
Jn 15, 7: Si permanecéis en mí
y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis y os sucederá.
Jn 15, 16: No me elegisteis
vosotros; yo os elegí y os destiné a ir ay dar fruto, un fruto que permanezca;
así, lo que pidáis al Padre alegando mi nombre yo os lo concederé.
Donde dos o tres están
reunidos.
Mt 1, 23: Mira la virgen está
encinta, dará a luz un hijo que se llamará Emanuel (que significa
Dios-con-nosotros).
Mt 28, 20: Y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado.
Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.
Ex 20, 24: Hazme un altar de
tierra y en él ofrecerás tus holocaustos, tus sacrificios de comunión, tus
ovejas y tus vacas. En los lugares donde pronuncie mi nombre bajaré a ti y te
bendeciré.
Los dichos de Jesús.
Q 17, 3-4
3 Si tu hermano peca [contra ti],
repréndele; y si [se arrepiente], perdónale.
4 Y si peca contra ti siete veces
al día, perdónale siete veces.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
18 15 La precisión “contra ti”,
añadido por numerosos testigos, parece que se debe rechazar. Se trata de una
falta grave y pública que no se ha hecho necesariamente al que la corrige. El
caso del v. 21 es distinto.
18 17 (a) La “ekklesia”, es decir,
la asamblea de los hermanos.
18 17 (b) Personas “impuras” con las que
los judíos piadosos no podían tratar, ver 5, 46. Véase la excomunión en 1 Cor
5, 11.
18 18 Extensión a los ministros de la
Iglesia (a la que en primer lugar se dirige todo este discurso) de uno de los
poderes conferidos a Pedro.
Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión
crítica.
15-17 La Iglesia es esencialmente
santa; pero, mientras dure la historia humana, habrá en ella pecadores, a los
que habrá que corregir: primero la corrección en secreto, luego la corrección
privada ante testigos, finalmente la denuncia pública ante la autoridad
constituida en la Iglesia. Ese “tribunal” para dirimir cuestiones entre
hermanos, para absolver o condenar, es un elemento externo y visible de la
Iglesia. La comunidad judía de Qumrán tenía una norma semejante. (Qumrán, Regla
de la Comunidad, col. V, 26-VI,1).
15 SI TU HERMANO PECA (algunos
manuscritos añaden contra ti): cf. Lev 19, 17. HERMANO es el que
comparte la misma fe, un miembro de la comunidad de creyentes. // VETE A
CORREGIRLO: lit. vete, corrígelo. // “Escuchar” (y “no escuchar”: v. 16)
son semitismos: su significado es: “hacer caso”, “no hacer caso”. // GANASTE:
conseguiste que tu hermano siga perteneciendo a la comunidad.
16 TODA CAUSA (lit. toda
palabra; hebraísmo) …SOBRE [LA] DECLARACIÓN, lit. … sobre [la] bica.
17 CONSIDÉRALO COMO…: lit. sea
para ti como.
18 Mientras los vs. 15-17 expresan
una norma de comportamiento, este v. 18 es una entrega de poderes. Hay una
pequeña, pero importante, ruptura gramatical con lo que antecede: Jesús no
habla en singular, ni a cualquier seguidor suyo, sino en plural, y a un grupo
cualificado; son palabras que implican un poder jerárquico, una autoridad que
rige a la comunidad (un régimen de gobierno que los judíos contemporáneos de
Jesús conocían y entendían perfectamente). La Iglesia católica ha definido,
citando este versículo, que los católicos y sacerdotes son los únicos ministros
de la absolución sacramental (H. Denzinger – A. Schönmetzer, Enchiridion
Symboloru, Definitounum et Declarationum de rebus fidei et morum. Barcelona.
1973.
19 LO OBTENDRÁN: lit. les
sucederá para ellos.
20 EN MI NOMBRE: en el v. 5 era “epì
tôi onómati mou” (“apoyado en mi”, “por causa de mí”); ahora es “eis tò
emòn ónonta” (“teniéndome en cuenta a mí”, “para honrarme a mí”, “para
entregarse a mí”).
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé.
18, 20 Cristo está presente entre
nosotros de muchas maneras, incluso en la asamblea de los fieles (en la misa,
en los sacramentos, en su ministerio en el altar, en la palabra de Dios, y cada
vez que los fieles se reúnen para orar). Sin embargo, está presente de un modo
único en las especies sagradas de la Eucaristía. Es en este gran Sacramento
donde recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma, y la Divinidad de Cristo. Cat. 832,
833, 1088, 1373 y 2689.
Catecismo de la Iglesia Católica.
832 “Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las
legítimas comunidades locales de fieles, unidas a sus pastores. Estas, en el
Nuevo Testamento, reciben el nombre de Iglesias. En ellas se reúnen los fieles
por el anuncio del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del
Señor. En estas comunidades, aunque muchas veces sean pequeñas y pobres o vivan
dispersas, está presente Cristo, quien con su poder constituye a la Iglesia
una, santa, católica y apostólica” (C. Vaticano II, Lumen gentium, 26).
1088 “Para llevar a cabo una obra tan grande” – la dispensación o comunicación
de su obra de salvación –, “Cristo está siempre presente en su Iglesia,
principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la
misa, no solo en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de
los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sino también,
sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los
sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está
presente en su Palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la
Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente cuando la Iglesia
suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20)” (C.
Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 6).
1373 “Cristo Jesús murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede
por nosotros” (Rm 8, 34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf.
C. Vaticano II, Lumen gentium, 48): en su Palabra, en la oración de su
Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18, 20), en
los pobres, los enfermos, los presos (cf. Mt 25, 31-46), en los sacramentos de
los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro.
Pero, “sobre todo bajo las especies eucarísticas” (cf. C. Vaticano II, Sacrosanctum
concilium, 7).
Concilio Vaticano II
[El sentido de la fe y de los carismas en el pueblo cristiano]. El pueblo
santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo dando un
testimonio vivo de Él, sobre todo con la vida de fe y amor, y ofreciendo a Dios
un sacrificio de alabanza, fruto de unos labios que aclaman su nombre (cf. Hb
13, 15). La totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,
20.27) no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tna
peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando “desde
los obispos hasta el último de los laicos cristianos” (S. Agustín, de praed.
sact. 14, 27) muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de
moral. El Espíritu de la verdad suscita y sostiene ese sentido de la fe. Con
él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio al que obedece con
fidelidad, recibe, no ya una simple palabra humana, sino la palabra de Dios(cf.
1 Ts 2, 13). Así se adhiere indefectiblemente “a la fe transmitida a los santos
de una vez para siempre” (Jds 3), la profundiza con un juicio recto y la aplica
cada día más plenamente en la vida.
Lumen gentium, 12.
Los Santos Padres.
¿Qué debe hacer quien ha recibido una injuria? Lo que hemos escuchado
hoy: “Si tu hermano peca contra ti, corrígelo a solas”. Si descuidas el
hacerlo, peor eres tú. Él hizo la injuria y con ella se hirió con grave herida;
tú ¿desprecias la herida de tu hermano? Lo ves perecer o que ha parecido, ¿y lo
descuidas? Peor eres tú callando que él injuriando.
Agustín, Sermones, 82, 7. 4b, pg. 109.
Me parece bien que, después de las tres advertencias con que se condena a
uno como pagano y publicano, se añada: “En verdad os digo – evidentemente a los
que juzgan que alguien es pagano y publicano – que todo lo que atéis en la
tierra” y lo que sigue. En efecto, con razón fue atado el corregido en tres
ocasiones, pero que no atendió: el considerado como pagano y publicano. Por eso
precisamente, al ser atado y condenado, un hombre así permanece atado, y nadie
en el cielo puede disolver el juicio del hombre que lo ató. De la misma manera,
el que ha sido reprendido una sola vez y hace cosas merecedoras de ser ganado,
es liberado nuevamente gracias a la advertencia de quien lo ha ganado, y no
permanece ya atado con las cadenas de los pecados por los que fue corregido y
atado. Será juzgado libre por los que están en el cielo.
Orígenes, Comentarios al Ev. de Mateo, 13. 1b, pg. 111.
Ya veis cómo el Señor condenó al pecador a doble necesidad: al castigo de
aquí y al suplicio de allá. Mas si amenaza con el castigo de aquí es para que
no llegue el suplicio de allá, sino que se ablande más bien el obstinado por el
temor de la amenaza, por la expulsión de la Iglesia, por el peligro de ser
atado en la tierra y quedar también ligado en los cielos. Sabiendo esto, si no
al principio, por lo menos al pasar por tantos tribunales, es natural que el
hombre deponga su ira. De ahí haber establecido el Señor uno, dos y hasta tres
juicios, y no expulsar inmediatamente al culpable, pues si desoye al primer
tribunal, puede ceder al segundo; si también rechaza al segundo, aún le queda
el tercero. Si también a este rechaza, aún puede espantarle el castigo venidero
y la sentencia y justicia de Dios.
Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 60, 2. 1b, pg.
111-112.
Debemos practicar la armonía que viene de Dios, para que cuando estemos
reunidos en el nombre de Cristo, Él esté presente en medio de nosotros, Él, que
es la palabra de Dios, su sabiduría y su poder.
Orígenes, Comentarios al Ev. de Mateo, 14, 1. 1b, pg. 112.
No es el número de los que se reúnen, sino el poder de su piedad y de su
amor a Dios, lo que es eficaz.
Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 215. 1b,
pg. 113.
San Jerónimo.
15-17 Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado, etc. Si nuestro hermano ha
pecado contra nosotros y nos ha perjudicado en algo, tenemos la posibilidad,
más bien la obligación, de perdonarlo, porque se nos ha prescrito que
perdonemos sus deudas a nuestros deudores; pero si alguien hubiera pecado
contra Dios, no depende de nosotros. En efecto, la divina Escritura dice: Si
un hombre ha pecado contra un hombre, el sacerdote rogará por él; pero si ha
pecado contra Dios, ¿quién rogará por él?” (1 Samuel 2, 25). Nosotros, por
el contrario, indulgentes con las injurias que se hacen a Dios, manifestamos
odio por las ofensas que nos hacen. Y debemos corregir al hermano en privado no
sea que, si ha perdido una vez el pudor y la vergüenza, permanezca en pecado. Y
si nos escucha ganamos su alma y por la salud de otro procuramos también la
nuestra. Pero si se niega a escucharnos, que se llame a un hermano; si se niega
a escuchar a este, llámese a un tercero, ya sea para tratar de corregirlo ya
para amonestarlo delante de testigos. Pero si tampoco a ellos quiere
escucharlos, entonces hay que decirlo a muchos para que lo detesten y el que no
pudo ser salvado por la vergüenza se salve por las afrentas. Cuando dice: Considéralo
como pagano y publicano, muestra que se debe detestar más a aquel que bajo
el nombre de fiel hace obras propias de infieles que al que es abiertamente
gentil. En sentido tropológico [doctrina moral que se dirige a la reforma o
enmienda de las costumbres, rae.es] se llama publicanos a los que corren tras
las riquezas del mundo y exigen impuestos por medio de negocios ilícitos,
fraudes y robos, crímenes y perjurios.
18 Os aseguro que todo lo que atéis … Dio poder a los apóstoles para que supieran
quienes reciben tal condenación que la sentencia de los hombres es corroborada
por la sentencia divina y todo lo que sea atado en la tierra quedará atado en
el cielo.
19.20 También os digo… Todo lo dicho anteriormente nos había invitado a la concordia. Ahora nos
promete también un premio para que con mayor solicitud persigamos activamente
la paz; al decir que se encontrará en medio de dos o tres pensamos en el
ejemplo de aquel tirano que había tomado prisioneros a dos amigos. Uno de ellos
había vuelto a ver a su madre, dejando al otro como fianza. Quiso probarlos de
este modo, reteniendo a uno y dejando partir al otro, y cuando este volvió el
día fijado, lleno de admiración por su mutua fidelidad, les rogó que lo
admitieran como tercero [Cicerón. Sobre los deberes, III, 45). Podemos
igualmente interpretar esto en sentido espiritual; cuando el espíritu, el alma
y el cuerpo están de acuerdo y no se hacen la guerra teniendo deseos
encontrados, la carne y sus deseos contra el espíritu y el espíritu contra la
carne, obtendrán del Padre todo lo que le pidieren; sin ninguna duda la
petición es buena cuando elk cuerpo tiene los mismos deseos que el alma.
San Agustín.
Hay algo realmente
grave. Los hombres desprecian de tal modo la medicina del perdón, que no sólo
no perdonan cuando se les ofende, sino que tampoco quieren pedirlo cuando ellos
pecan. Penetró la tentación y se apoderó la ira de ellos. De tal manera les dominó
el deseo de venganza, que no sólo se apoderó de su corazón, sino que hasta la
lengua vomitó ultrajes y crímenes.
Miraos a vosotros
mismos. El mismo Cristo dice: Si peca tu hermano… El pagano es un
gentil; y gentil es aquel que no cree en Cristo. Si no escucha a la comunidad,
dale por muerto.
Pero he aquí que vive,
que entra en la Iglesia, que hace la señal de la cruz, que se arrodilla, que
ora y se acerca al altar. A pesar de todo eso, tenlo por pagano y publicano. No
hagas caso de esas falsas señales de vida. Esta muerto.
Aunque no nos sobrevenga
la muerte repentina, lo cierto es que no podemos vivir por largo tiempo. La
vida humana en su totalidad es breve: desde la infancia hasta la ancianidad.
Aunque Adán viviera todavía y debiera morir hoy, ¿qué hubiera ganado con haber
vivido tanto? A todo esto debes añadir que el mismo presente, aunque bullicioso
por naturaleza, resulta incierto por una especie de enfermedad radical. A
diario mueren hombres. Los vivos los llevan a enterrar, celebran sus funerales
y se prometen a sí mismos una larga vida. Nadie dice: “Me corregiré, no sea que
mañana esté yo como este a quien hemos acompañado al cementerio”. A vosotros os
agradan las palabras, pero yo busco los hechos. No me entristezcáis con
vuestras costumbres perversas, ya que mi deleite en la vida presente no es otro
que vuestra digna vida.
Sermón17, 6-7.
San Juan de Ávila.
Y también habéis de saber que declarar cuál escritura sea palabra de
Dios, para que por tal sea de todos creída, no pertenece a otro sino a la misma
Iglesia cristiana, cuya cabeza en la tierra, por divina ordenación, es el
Romano Pontífice. Y tener por cierto, como San Jerónimo dice, que “cualquier
persona que, fuera de esta Iglesia y casa de Dios, comiere el cordero de Dios,
profano es, no cristiano”. Y quienquiera que fuere hallado fuera de ella,
necesariamente ha de perecer, como los que no entraron en el arca de Noé fueron
ahogados con el diluvio (cf. Gn 7, 23). Esta es la Iglesia, a la cual manda el
Evangelio que oigamos, y que quien no la oyere tengamos por malo y por infiel
(cf. Mt 18, 17). Y esta es la Iglesia de la cual dice San Pablo que es coluna y
firmamento de la verdad (1 Tm 3, 15).
Audi, filia (II). I, pg. 635.
¿Pues qué remedio para que, si me hicieren mal, no me haga yo malo? Si
pecara contra ti tu hermano, dice nuestro Redemptor, vade, et corrige eum inter
te et illum; si te hiciere mal, no te tornes tú malo. ¡Gran locura es imitar la
locura del loco! – Al avariento duélele cuando le quitan la hacienda; al
regalado, cuando le hacen mal. ¿Qué hará el hombre a quien le hacen mal? –
Dolerse más del mal y pecado del otro que de su propio daño. – ¿Qué harás si te
hicieren mal? – No dalle de cuchilladas; no ponello a pleito; no levantar
bandos. – Vete a él y dile: “Catá que no tenéis razón de hacerme mal, por esto
y por esto”. Si te oyere, si recibiere tu razón, has ganado no tu hacienda, no
honra, sino su ánima; y si no te oyere, toma dos amigos tuyos y suyos,
corrígelo entre ti y ellos. Si no los oyere, dilo a la iglesia, al perlado
[clérigo que tiene algunas de las dignidades superiores en la iglesia, rae.es],
a la congregación; y si no te oyere, apártate de él como étnico y infiel.
Sermón Domingo 21 después de Pentecostés. OC III, pg. 299.
Pensasteis en una palabra de Cristo, que oísteis en el sermón: Si
perdonáredes a vuestros prójimos, vuestro Padre os perdonará a vosotros; y si
no perdonáredes, no os perdonará Dios (cf. Mt 18, 18). Cuando te paras a
pensar: “Gran cosa es el perdonar, pues que si no perdono no me perdona Dios...
Pues si lo que perdono, ¿qué dirán de mí?... Si no le perdono, no me perdona
Dios. Al fin quiero perdonar, porque Dios me perdone a mí”, comido has. Y el
que antes no podíades ver, comienza a parecer bien, y habláis al que no
hablábades, ni podíades ver más que al diablo; ya os comienza a parecer bien.
Comido habéis. Así como el mantenimiento del entendimiento es la verdad, así el
de la voluntad es la bondad, y bien estáis con la cosa que le queréis bien.
¿Qué ha comido tu entendimiento? Aquella verdad, pues que con tanta fuerza os
movéis a amar al que tanto aborrecíades.
Sermón Santísimo Sacramento. III, pg. 605.
San Oscar Romero. Homilía.
Qué vergüenza para mí, Pastor, y les pido perdón a mi comunidad, cuando
no haya podido desempeñar como servidor de ustedes mi papel de obispo. No soy
un jefe, no soy una manda más, no soy una autoridad que se impone. Quiero ser
el servidor de Dios y de ustedes. Y es en ese ambiente, en que Cristo está
llamando a la autenticidad, cuando este discurso de cómo debe ser la comunidad.
Yo puedo sacar de las tres lecturas el título de la homilía de hoy , como el
resumen del discurso de Cristo: La Iglesia, comunidad profética; la Iglesia,
comunidad sacramental; y la Iglesia, comunidad de amor. Esto es la Iglesia. Si
no la entendemos así, no sabemos lo que es Iglesia de Cristo. Estas tres
características son como el resumen de las tres lecturas de hoy.
Homilía, 10
de septiembre de 1978.
León XIV. Audiencia. 26 de agosto de 2026. Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 8. Las
motivaciones de la reforma litúrgica
Queridos hermanos y hermanas:
En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum
Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las razones por las cuales los
Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es
iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el Concilio que
el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28
de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La liturgia
—escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino
Papa León XIV. Angelus. 30 de
agosto de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buen día y feliz
domingo!
Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, que revela a sus
discípulos el Misterio de su pascua inminente: el Mesías —dice— «tenía que ir a
Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y
escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).
Esta afirmación está muy lejos de lo que esperaban de un
Mesías triunfante y poderoso, con cuya ayuda derrotarían y humillarían a sus
enemigos (cf. Sal 108,14). Ya habían tenido el modo, en el
tiempo transcurrido con Él, de maravillarse de muchos de sus gestos y palabras.
Pero este último mensaje, fue más allá de toda perspectiva. Pedro,
particularmente, manifiesta su desacuerdo y comienza a reprender a Jesús
diciéndole: «“¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”» (v. 22).
Apenas hacía un instante que había reconocido en Él al
«Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Ahora en cambio, sorprendido y quizá
decepcionado de lo que había escuchado, en contraste con la hermosa profesión
de fe que acababa de pronunciar, lo reprende. Parecería que le dice: “sí, creo
que tú eres el Mesías, pero ese no es el modo de salvar al mundo”. Es un
impulso de fervor, sin duda motivado por un amor sincero que, sin embargo, nos
hace reflexionar.
Tampoco para nosotros, es siempre fácil entender y
aceptar los caminos de Dios, especialmente cuando están muy alejados de los
nuestros. Entonces las tentaciones son, contra toda lógica de fe, pensar
que sea el Señor el que se equivoca o, peor aún, el que no nos escucha o
no se interesa por nosotros. Frente a esta incertidumbre Pedro, aun
dentro de su impulsividad, nos enseña dos cosas
importantes.
La primera es la de no interrumpir nunca, ni
siquiera en estos momentos, el diálogo con el Señor; más bien,
manifestarle con confianza nuestra dificultad para comprender lo que nos pide.
La segunda es la de no juzgar nunca el obrar de
Dios, sino más bien, ponernos a la escucha, con humildad, en la oración, de lo que nos está
revelando a través de su accionar, aun cuando no corresponde a nuestras
expectativas.
Y la grandeza del primero de los apóstoles se manifiesta
también en esto.
Jesús le responde: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v.
23), y les explica, a él y a los otros discípulos que, para seguir sus huellas,
deberán negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirlo (cf. v. 24). Pedro lo
hará después de haberlo escuchado, asumirá el desafío y permanecerá fiel a las
palabras del Cristo, al que ha reconocido como su redentor, por toda la
existencia, hasta el martirio.
Pidamos entonces al Señor que también nosotros
tengamos en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de
Pedro, diciéndole con humildad lo que sentimos realmente, aun cuando el corazón
está confuso; y, al mismo tiempo, que sepamos cultivar su docilidad,
aceptando aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas.
Que nos ayude María, que fue obediente a los designios de
Dios permaneciendo de pie junto a la cruz de su hijo Jesús.
Papa Francisco. Angelus. 10 de
septiembre de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, el Evangelio nos habla de la corrección fraterna (cf.
Mt 18, 15-20), que es una de las expresiones más grandes del amor, y también
una de las que requieren un mayor esfuerzo, porque no es fácil corregir a los
demás. Cuando un hermano en la fe comete una falta contra ti, tú, sin
rencor, ayúdalo, corrígelo. Ayudar corrigiendo.
Pero, por desgracia, lo primero que se suele crear en torno a quien se
equivoca son las habladurías, mediante las que todo el mundo se entera
del error, con todos los detalles, ¡menos el interesado! Esto no es justo,
hermanos y hermanas, esto no agrada a Dios. No me canso de repetir que los
chismes son una plaga en la vida de las personas y de las comunidades,
porque traen división, traen sufrimiento, traen escándalo, y nunca
ayudan a mejorar, a crecer. Un gran maestro espiritual, san Bernardo, decía
que la curiosidad estéril y las palabras superficiales son los primeros
peldaños de la escalera de la soberbia, que no conduce hacia lo alto, sino
hacia abajo, precipitando al hombre a la perdición y la ruina (cfr. Los
grados de la humildad y la soberbia).
Jesús, en cambio, nos enseña a comportarnos de otra manera. Esto es lo que
dice hoy: "Si tu hermano comete una falta contra ti, ve y
repréndelo entre tú y él a solas" (v. 15). Háblale
"cara a cara", háblale lealmente, para ayudarlo a entender en qué
se equivoca. Y esto hazlo por su bien, superando la vergüenza y
encontrando el verdadero valor, que no es hablar mal de él a sus espaldas, sino
decirle las cosas a la cara con mansedumbre y amabilidad.
Pero, podemos preguntarnos, ¿y si no es suficiente? ¿Y si no lo
entiende? Entonces hay que buscar ayuda. Pero, ¡cuidado! ¡No la del
grupito que chismea! Jesús dice: "Toma contigo una o dos
personas" (v. 16), refiriéndose a personas que realmente quieran ayudar a
ese hermano o a esa hermana que ha errado.
¿Y si sigue sin entender? Entonces, dice Jesús, involucra a la comunidad. Pero también en este
caso, seamos claros: no se trata de poner a la persona en la picota, de
avergonzarla públicamente, sino de unir los esfuerzos de todos para ayudarla a
cambiar. Señalar con el dedo a las personas no es bueno; de hecho, a
menudo hace más difícil que quien se ha equivocado reconozca su propio error.
Más bien, la comunidad debe hacerle sentir a él o a ella que, a la vez
que condena el error, está cerca de la persona con la oración y el afecto,
siempre dispuesta a ofrecer el perdón, la comprensión, y a empezar de nuevo.
Entonces, preguntémonos: ¿cómo trato a los que se equivocan contra mí?
¿Me lo guardo y acumulo resentimiento? “Me la pagarás”: esta expresión que
nos viene tantas veces, “me la pagarás”. ¿Hablo acerca de ello a espaldas del
otro?: “¿Sabes lo que ha hecho ese?”… ¿O soy valiente e intento
hablar con él o ella? ¿Rezo por él o ella, pido ayuda para hacer el bien? Y
nuestras comunidades, ¿se hacen cargo de los que caen, para que puedan volver a
levantarse y empezar una nueva vida? ¿Señalan con el dedo o abren sus brazos?
¿Qué haces tú? ¿Apuntas con el dedo o abres los brazos?
Que María, que siguió amando incluso cuando escuchaba a la gente condenar a
su Hijo, nos ayude a buscar siempre el camino del bien.
Papa Francisco. Angelus. 6 de
septiembre de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (cf. Mt 18, 15-20) está
tomado del cuarto discurso de Jesús en el relato de Mateo, conocido como
discurso “comunitario” o “eclesial”. El pasaje de hoy habla de la corrección
fraterna, y nos invita a reflexionar sobre la doble dimensión de la
existencia cristiana: la comunitaria, que exige la protección de la
comunión, es decir de la Iglesia, y la personal, que requiere la
atención y el respeto de cada conciencia individual.
Para corregir al hermano que se ha equivocado, Jesús sugiere una pedagogía
de recuperación. Y
siempre la pedagogía de Jesús es pedagogía de la recuperación; Él siempre busca
recuperar, salvar. Y esta pedagogía de la recuperación está articulada en
tres pasajes. Primero dice: «Ve y corrígele, a solas tú con él» (v.
15), es decir, no pongas su pecado delante de todos. Se trata de ir al
hermano con discreción, no para juzgarlo, sino para ayudarlo a darse cuenta de
lo que ha hecho. Cuántas veces hemos tenido esta experiencia: viene alguien y
nos dice: “Oye, en esto te has equivocado. Deberías cambiar un poco en esto”.
Tal vez al inicio nos da rabia, pero después se lo agradecemos porque es un
gesto de fraternidad, de comunión, de ayuda, de recuperación.
Y no es fácil poner en práctica esta enseñanza de Jesús, por varias
razones. Existe el temor de que el hermano o la hermana reaccionen mal;
a veces no hay suficiente confianza con él o ella... Y otros motivos.
Pero cada vez que hemos hecho esto, hemos sentido que era justo el camino del
Señor.
Sin embargo, puede suceder que, a pesar de mis buenas intenciones, la
primera intervención fracase. En este caso está bien no desistir y decir: “Que
se las arregle, yo me lavo las manos”. No, esto no es cristiano. No hay que
desistir, sino recurrir a la ayuda de algún otro hermano o hermana. Dice
Jesús: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto
quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos» (v. 16). Este es un
precepto de la Ley de Moisés (cf. Dt 19,15). Aunque parezca
contra el acusado, en realidad servía para protegerlo de falsos acusadores.
Pero Jesús va más allá: los dos testigos son requeridos no para acusar y
juzgar, sino para ayudar. “Pongámonos de acuerdo, tú y yo, vayamos a hablar
con éste, con ésta que se está equivocando, que está quedando mal. Pero vayamos
a hablarle como hermanos”. Este es el comportamiento de la recuperación que
Jesús quiere de nosotros. De hecho, Jesús considera que también puede
fracasar este enfoque —el segundo enfoque— con testigos, a diferencia de la
Ley de Moisés, para la cual el testimonio de dos o tres era
suficiente para la condena.
De hecho, incluso el amor de dos o tres hermanos puede ser insuficiente,
porque él o ella son testarudos. En este caso, añade Jesús, «díselo a la
comunidad» (v. 17), es decir, a la Iglesia. En algunas situaciones
toda la comunidad está involucrada. Hay cosas que no pueden dejar indiferentes
a los otros hermanos: se necesita un amor mayor para recuperar al hermano.
Pero, a veces, incluso esto puede no ser suficiente. Y Jesús dice: «Y si ni
a la comunidad hace caso, considéralo ya como al gentil y al publicano» (ibid.).
Esta expresión, aparentemente tan despectiva, en realidad nos invita a poner
a nuestro hermano de nuevo en las manos de Dios: sólo el Padre podrá
mostrar un amor más grande que el de todos los hermanos juntos. Esta
enseñanza de Jesús nos ayuda mucho, porque —pensemos en un ejemplo— cuando
nosotros vemos un error, un defecto, una equivocación, en tal hermano o
hermana, habitualmente la primera cosa que hacemos es ir a contárselo a los
demás, a chismorrear. Y los chismes cierran el corazón de la comunidad,
cierran la unidad de la Iglesia. El gran chismoso es el diablo, que
siempre está diciendo cosas feas de los demás, porque él es el mentiroso que
busca dividir a la Iglesia, de alejar a los hermanos y de no hacer comunidad.
Por favor, hermanos y hermanas, hagamos un esfuerzo para no chismorrear. ¡El
chismorreo es una peste más fea que el Covid! Hagamos un esfuerzo: nada de
chismes. Es el amor de Jesús, que acogió a publicanos y paganos, escandalizando
a las personas rígidas de la época. Por lo tanto, no se trata de una condena
sin apelación, sino del reconocimiento de que a veces nuestros intentos humanos
pueden fracasar, y que sólo estando ante Dios puede poner a nuestro hermano
ante su propia conciencia y la responsabilidad de sus actos. Y si no
funciona, silencio y oración por el hermano y la hermana que se equivocan, pero
nunca el chismorreo.
Que la Virgen María nos ayude a hacer de la corrección fraterna un hábito
saludable, para que en nuestras comunidades se puedan establecer siempre nuevas
relaciones fraternas, basadas en el perdón mutuo y, sobre todo, en la fuerza
invencible de la misericordia de Dios.
Papa Francisco. Angelus. 10 de
diciembre de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
Poco antes de entrar en esta iglesia donde se conservan
las reliquias de san Pedro Claver, he
bendecido las primeras piedras de dos instituciones destinadas a
atender a personas con grave necesidad y visité la casa de la señora Lorenza,
donde acoge cada día a muchos hermanos y hermanas nuestras para darles alimento
y cariño. Estos encuentros me han hecho mucho bien porque allí se puede
comprobar cómo el amor de Dios se hace concreto, se hace cotidiano.
Todos juntos rezaremos el Ángelus, recordando la
encarnación del Verbo. Y pensamos en María, que concibió a Jesús y lo trajo al
mundo. La contemplamos esta mañana bajo la advocación de Nuestra Señora
de Chiquinquirá. Como saben, durante un periodo largo de tiempo esta
imagen estuvo abandonada, perdió el color estaba rota y agujereada. Era tratada
como un trozo de saco viejo, usándola sin ningún respeto hasta que acabaron
desechándola.
Fue entonces cuando una mujer sencilla, que según la
tradición se llamaba María Ramos, la primera devota de la Virgen de
Chiquinquirá, vio en esa tela algo diferente. Tuvo el valor y la fe de colocar
esa imagen borrosa y rajada en un lugar destacado, devolviéndole su dignidad
perdida. Supo encontrar y honrar a María, que sostenía a su Hijo en sus brazos,
precisamente en lo que para los demás era despreciable e inútil.
De ese modo, se hizo paradigma de todos aquellos que, de
diversas maneras, buscan recuperar la dignidad del hermano caído por el dolor
de las heridas de la vida, de aquellos que no se conforman y trabajan por
construirles una habitación digna, por atender sus necesidades perentorias y,
sobre todo, rezan con perseverancia para que puedan recuperar el esplendor de
hijos de Dios que les ha sido arrebatado.
El Señor nos enseña a través del ejemplo de los humildes
y de los que no cuentan. Si a María Ramos, una mujer sencilla, le concedió la
gracia de acoger la imagen de la Virgen en la pobreza de esa tela rota, a
Isabel, una mujer indígena, y a su hijo Miguel, les dio la capacidad de ser los
primeros en ver trasformada y renovada esa tela de la Virgen. Ellos fueron los
primeros en mirar con ojos sencillos ese trozo de paño totalmente nuevo y ver
en éste el resplandor de la luz divina, que transforma y hace nuevas todas las
cosas. Son los pobres, los humildes, los que contemplan la presencia de
Dios, a quienes se revela el misterio del amor de Dios con mayor nitidez. Ellos,
pobres y sencillos, fueron los primeros en ver a la Virgen de Chinquinquirá y
se convirtieron en sus misioneros, anunciadores de la belleza y santidad de la
Virgen.
Y en esta iglesia le rezaremos a María, que se llamó a sí
misma «la esclava del Señor», y a san Pedro Claver, el «esclavo de los negros
para siempre», como se hizo llamar desde el día de su profesión solemne. Él
esperaba las naves que llegaban desde África al principal mercado de esclavos
del Nuevo Mundo. Muchas veces los atendía solamente con gestos, gestos
evangelizadores, por la imposibilidad de comunicarse, por la diversidad de los
idiomas. Pero una caricia trasciende todos los idiomas. Sin embargo, Pedro
Claver sabía que el lenguaje de la caridad, de la misericordia era comprendido
por todos. De hecho, la caridad ayuda a comprender la verdad y la verdad
reclama gestos de caridad: van juntas, no se pueden separar. Cuando sentía
repugnancia hacia ellos —porque pobrecitos venían en un estado que repugnaba—
Pedro Claver le besaba las llagas.
Austero y caritativo hasta el heroísmo, después de haber
confortado la soledad de centenares de miles de personas, no murió honrado, se
olvidaron de él y transcurrió los últimos cuatro años de su vida enfermo y en
su celda y en un espantoso estado de abandono. Así paga el mundo; Dios le pagó
de otra manera.
Efectivamente, san Pedro Claver ha testimoniado en modo
formidable la responsabilidad y el interés que cada uno de nosotros debe tener
por sus hermanos. Este santo fue, por lo demás, acusado injustamente de ser
indiscreto por su celo y debió enfrentar duras críticas y una pertinaz
oposición por parte de quienes temían que su ministerio socavase el lucrativo
comercio de los esclavos.
Todavía hoy, en Colombia y en el mundo, millones de
personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un
momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han
perdido todo, empezando por su dignidad y sus propios derechos.
María de Chiquinquirá y Pedro Claver nos invitan a
trabajar por la dignidad de todos nuestros hermanos, en especial por los pobres
y descartados de la sociedad, por aquellos que son abandonados, por los
emigrantes, por los que sufren la violencia y la trata. Todos ellos tienen su
dignidad y son imagen viva de Dios. Todos hemos sido creados a imagen y
semejanza de Dios, y a todos nosotros, la Virgen nos sostiene en sus brazos
como a hijos queridos.
Dirijamos nuestra oración a la Virgen Madre, para que nos
haga descubrir en cada uno de los hombres y mujeres de nuestro tiempo el rostro
de Dios.
Papa Francisco. Angelus. 7 de
septiembre de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo, tomado del capítulo 18 de Mateo, presenta el
tema de la corrección fraterna en la comunidad de los creyentes: es decir, cómo
debo corregir a otro cristiano cuando hace algo que no está bien. Jesús nos
enseña que si mi hermano cristiano comete una falta en contra de mí, me ofende,
yo debo tener caridad hacia él y, ante todo, hablarle personalmente,
explicándole que lo que dijo o hizo no es bueno. ¿Y si el hermano no me
escucha? Jesús sugiere una intervención progresiva: primero, vuelve a hablarle
con otras dos o tres personas, para que sea mayormente consciente del error que
cometió; si, con todo, no acoge la exhortación, hay que decirlo a la comunidad;
y si no escucha ni siquiera a la comunidad, hay que hacerle notar la fractura y
la separación que él mismo ha provocado, menoscabando la comunión con los
hermanos en la fe.
Las etapas de este itinerario indican el esfuerzo que el Señor pide a su
comunidad para acompañar a quien se equivoca, con el fin de que no se pierda. Es necesario, ante todo, evitar
el clamor de la crónica y las habladurías de la comunidad —esto es lo
primero, evitar esto—. «Repréndelo estando los dos a solas» (v. 15). La
actitud es de delicadeza, prudencia, humildad y atención respecto a quien ha
cometido una falta, evitando que las palabras puedan herir y matar al hermano.
Porque, vosotros lo sabéis, también las palabras matan. Cuando hablo mal,
cuando hago una crítica injusta, cuando «le saco el cuero» a un hermano con mi
lengua, esto es matar la fama del otro. También las palabras matan. Pongamos
atención en esto. Al mismo tiempo, esta discreción de hablarle estando solo
tiene el fin de no mortificar inútilmente al pecador. Se habla entre dos,
nadie se da cuenta de ello y todo se acaba. A la luz de esta exigencia es como
se comprende también la serie sucesiva de intervenciones, que prevé la
participación de algunos testigos y luego nada menos que de la comunidad. El
objetivo es ayudar a la persona a darse cuenta de lo que ha hecho, y que
con su culpa ofendió no sólo a uno, sino a todos. Pero también de ayudarnos
a nosotros a liberarnos de la ira o del resentimiento, que sólo hacen daño:
esa amargura del corazón que lleva a la ira y al resentimiento y que nos
conducen a insultar y agredir. Es muy feo ver salir de la boca de un
cristiano un insulto o una agresión. Es feo. ¿Entendido? ¡Nada de insultos!
Insultar no es cristiano. ¿Entendido? Insultar no es cristiano.
En realidad, ante Dios todos somos pecadores y necesitados de perdón.
Todos. Jesús, en efecto, nos dijo que no juzguemos. La corrección fraterna
es un aspecto del amor y de la comunión que deben reinar en la comunidad
cristiana, es un servicio mutuo que podemos y debemos prestarnos los unos a
los otros. Corregir al hermano es un servicio, y es posible y eficaz sólo si
cada uno se reconoce pecador y necesitado del perdón del Señor. La
conciencia misma que me hace reconocer el error del otro, antes aún me recuerda
que yo mismo me equivoqué y me equivoco muchos veces.
Por ello, al inicio de cada misa, somos invitados a reconocer ante el Señor
que somos pecadores, expresando con las palabra y con los gestos el sincero
arrepentimiento del corazón. Y decimos: «Ten piedad de mí, Señor. Soy pecador.
Confieso, Dios omnipotente, mis pecados». Y no decimos: «Señor, ten piedad de
este que está a mi lado, o de esta, que son pecadores». ¡No! «¡Ten piedad de
mí!». Todos somos pecadores y necesitados del perdón del Señor. Es el Espíritu
Santo quien habla a nuestro espíritu y nos hace reconocer nuestras culpas a la
luz de la palabra de Jesús. Es Jesús mismo que nos invita a todos a su mesa,
santos y pecadores, recogiéndonos de las encrucijadas de los caminos, de las
diversas situaciones de la vida (cf. Mt 22, 9-10). Y entre las
condiciones que unen a los participantes en la celebración eucarística, dos son
fundamentales, dos condiciones para ir bien a misa: todos somos pecadores y
a todos Dios da su misericordia. Son dos condiciones que abren de par en
par la puerta para entrar bien en la misa. Debemos recordar siempre esto antes
de ir al hermano para la corrección fraterna.
Pidamos esto por intercesión de la bienaventurada Virgen María, que mañana
celebraremos en la conmemoración litúrgica de su Natividad.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 4 de
septiembre de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Las lecturas bíblicas de la misa de este domingo coinciden en el tema de la
caridad fraterna en la comunidad de los creyentes, que tiene su fuente en la
comunión de la Trinidad. El apóstol san Pablo afirma que toda la Ley de Dios encuentra su
plenitud en el amor, de modo que, en nuestras relaciones con los demás, los
diez mandamientos y cada uno de los otros preceptos se resumen en esto: «Amarás
a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Rm 13, 8-10). El texto del
Evangelio, tomado del capítulo 18 de san Mateo, dedicado a la vida de la
comunidad cristiana, nos dice que el amor fraterno comporta también un
sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual, si mi hermano comete una
falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él y, ante todo, hablar con
él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha dicho o hecho no está
bien. Esta forma de actuar se llama corrección fraterna: no es una reacción a
una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano. Comenta san
Agustín: «Quien te ha ofendido, ofendiéndote, ha inferido a sí mismo una grave
herida, ¿y tú no te preocupas de la herida de tu hermano? ... Tú debes olvidar
la ofensa recibida, no la herida de tu hermano» (Discursos 82, 7).
¿Y si el hermano no me escucha? Jesús en el Evangelio de hoy indica una
gradualidad: ante todo vuelve a hablarle junto a dos o tres personas, para
ayudarle mejor a darse cuenta de lo que ha hecho; si, a pesar de esto, él
rechaza la observación, es necesario decirlo a la comunidad; y si tampoco no
escucha a la comunidad, es preciso hacerle notar el distanciamiento que él
mismo ha provocado, separándose de la comunión de la Iglesia. Todo esto indica
que existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada
uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la
corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular.
Otro fruto de la caridad en la comunidad es la oración en común. Dice Jesús: «Si dos de vosotros se
ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en
el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos» (Mt 18, 19-20). La oración personal es ciertamente
importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la
comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella
refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor. Dice
Orígenes que «debemos ejercitarnos en esta sinfonía» (Comentario al Evangelio
de Mateo 14, 1), es decir en esta concordia dentro de la comunidad cristiana.
Debemos ejercitarnos tanto en la corrección fraterna, que requiere mucha
humildad y sencillez de corazón, como en la oración, para que suba a Dios
desde una comunidad verdaderamente unida en Cristo. Pidamos todo esto por
intercesión de María santísima, Madre de la Iglesia, y de san Gregorio Magno,
Papa y doctor, que ayer hemos recordado en la liturgia.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 7 de septiembre de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Al final de esta solemne celebración eucarística deseo renovar a todos mi
saludo y mi agradecimiento. Sobre todo, deseo saludar y dar las gracias por su
acogida y su presencia al señor Silvio Berlusconi, presidente del Gobierno; al
subsecretario, Giovanni Letta, y a todas las autoridades civiles y militares
presentes. Por último, dirijamos de nuevo nuestra mirada a la "dulce Reina
de los sardos", venerada en esta colina de Bonaria.
A lo largo de los siglos, ¡cuántos personajes ilustres han venido a
rendirle homenaje! ¡Cuántos predecesores míos la han honrado con particular
afecto! El beato Pío IX decretó su coronación; san Pío X, hace cien años, la
proclamó patrona de toda Cerdeña; Pío XI atribuyó a la nueva iglesia el título
de basílica menor; Pío XII, hace cincuenta años, se hizo presente
espiritualmente aquí con un mensaje especial transmitido en directo por Radio
Vaticano; y el beato Juan XXIII, en 1960, envió una carta con ocasión de la
reapertura del santuario al culto, después de su restauración.
El primer Papa que visitó la isla después de 1650 años fue el siervo de
Dios Pablo VI, que estuvo
en el santuario el 24 de abril de 1970. También el amado Juan Pablo II oró
ante la sagrada imagen de la Virgen, el 20
de octubre de 1985. Siguiendo las huellas de los Papas que me han
precedido, también yo he elegido el santuario de Bonaria para realizar una
visita pastoral que quiere abrazar idealmente a toda Cerdeña.
A María hemos renovado hoy la consagración de la ciudad de Cágliari, de
Cerdeña y de cada uno de sus habitantes. Que la Virgen santísima siga velando
sobre todos y cada uno, para que el patrimonio de los valores evangélicos se transmita
íntegro a las nuevas generaciones y para que Cristo reine en las familias, en
las comunidades y en los diversos ámbitos de la sociedad. Que la Virgen proteja
en particular a cuantos, en este momento, necesitan más su intervención
maternal: los niños y los jóvenes, los ancianos y las familias, los enfermos y
todos los que sufren.
Conscientes del papel tan importante que desempeña María en la vida de cada
uno de nosotros, como hijos devotos festejamos hoy su nacimiento. Este
acontecimiento constituye una etapa fundamental para la Familia de Nazaret,
cuna de nuestra redención; un acontecimiento que nos concierne a todos, porque
cada uno de los dones que Dios le concedió a ella, nuestra Madre, se lo
concedió pensando también en cada uno de nosotros, sus hijos. Por eso, con
inmensa gratitud, pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Madre nuestra,
que proteja a todas las madres terrenas: a aquellas que, junto con su marido,
educan a sus hijos en un ambiente familiar armonioso; y a aquellas que, por muchas
razones, tienen que afrontar solas una tarea tan ardua. Que todas realicen con
entrega y fidelidad su servicio diario en la familia, en la Iglesia y en la
sociedad. Que la Virgen sea para todas apoyo, consuelo y esperanza.
Ante la mirada de María quiero recordar a las queridas poblaciones de
Haití, duramente probadas en los días pasados por tres huracanes. Ruego por las
víctimas, por desgracia numerosas, y por los que perdieron su vivienda. Estoy
cerca de toda la nación y deseo que le lleguen cuanto antes las ayudas
necesarias. Encomiendo a todos a la protección maternal de Nuestra Señora de
Bonaria.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 4 de
septiembre de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
El Año
de la Eucaristía se acerca ya a su conclusión. Se clausurará, el
próximo mes de octubre, con la celebración de la Asamblea ordinaria del Sínodo
de los obispos en el Vaticano, que tendrá por tema: "La Eucaristía, fuente
y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia". El amado Papa Juan
Pablo II convocó este Año especial dedicado al Misterio eucarístico, para
reavivar en el pueblo cristiano la fe, el asombro y el amor a este gran
Sacramento, que constituye el verdadero tesoro de la Iglesia.
¡Con cuánta devoción celebraba él la santa misa, centro de todas sus
jornadas! ¡Y cuánto tiempo transcurría en oración silenciosa y adoración ante
el Sagrario! Durante los últimos meses, la enfermedad lo configuró cada vez más
con Cristo sufriente. Conmueve pensar que en la hora de la muerte unió la
ofrenda de su vida a la de Cristo en la misa que se celebraba junto a su cama.
Su existencia terrena terminó en la octava de Pascua, precisamente en el centro
de este Año eucarístico, en el que se realizó el paso de su gran pontificado al
mío. Por tanto, desde el inicio de este servicio que el Señor me ha pedido,
reafirmo con alegría el carácter central del Sacramento de la presencia real de
Cristo en la vida de la Iglesia y en la de todo cristiano.
Con vistas a la Asamblea sinodal de octubre, los obispos que participarán
como miembros están examinando el "Instrumento
de trabajo" elaborado para ella. Pero deseo que toda la comunidad
eclesial se sienta implicada en esta fase de preparación inmediata, y participe
con la oración y la reflexión, valorando cualquier ocasión, acontecimiento y
encuentro.
También en la reciente Jornada mundial de
la juventud se hicieron muchísimas referencias al misterio de la
Eucaristía. Pienso, por ejemplo, en la sugestiva Vigilia
de la tarde del sábado 20 de agosto, en Marienfeld, que tuvo su momento
culminante en la adoración eucarística: una elección valiente, que hizo
converger la mirada y el corazón de los jóvenes en Jesús, presente en el
santísimo Sacramento. Además, recuerdo que durante aquellas memorables
jornadas, en algunas iglesias de Colonia, Bonn y Düsseldorf se tuvo adoración
continua, día y noche, con la participación de muchos jóvenes, que así pudieron
descubrir juntos la belleza de la oración contemplativa.
Confío en que, gracias al compromiso de pastores y fieles, en todas las
comunidades sea cada vez más asidua y fervorosa la participación en la
Eucaristía. Hoy quisiera exhortar, de modo especial, a santificar con alegría
el "día del Señor", el domingo, día sagrado para los cristianos. En
este marco, me complace recordar la figura de san Gregorio Magno, cuya memoria
litúrgica celebramos ayer. Este gran Papa dio una contribución de alcance histórico
a la promoción de la liturgia en sus diversos aspectos y, en particular, a la
celebración conveniente de la Eucaristía. Que su intercesión, juntamente con la
de María santísima, nos ayude a vivir en plenitud cada domingo la alegría de la
Pascua y del encuentro con el Señor resucitado.
DOMINGO XXIV T. O.
Monición de entrada.-
Buenos días:
Cuando empezamos la misa le pedimos perdón a
Jesús, nos damos la paz, en el Padrenuestro decimos perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Y comulgamos el cuerpo de Jesús, que en la
cruz nos perdonó.
Por eso es muy importante que vengamos a misa
con el deseo de perdonar a quienes no se han portado bien con nosotros.
Señor, ten piedad.-
Porque no aguantamos a los demás. Señor, ten
piedad.
Porque nos cuesta mucho perdonar. Cristo, ten piedad.
Porque queremos que Dios nos perdone, sin
nosotros perdonar. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Para que Dios ayude al Papa León a perdonar a
quienes no le quieren. Te lo pedimos, Señor.
Para que la Iglesia sea un lugar de
perdón. Te lo pedimos, Señor.
Para que los países se perdonen y termina las
guerras. Te lo pedimos, Señor.
Para que perdonemos a los que se portan mal
con nosotros. Te lo pedimos, Señor.
Para que nos perdonemos unos a los otros. Te
lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
María, queremos darte las gracias por que tú
eres un ejemplo de perdón, pues perdonaste a quienes mataron a tu Hijo Jesús.
