domingo, 13 de septiembre de 2026

Nº 224. 13 de septiembre de 2026.


 Primera lectura.

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 30-28,7 

Rencor e ira también son detestables, el pecador los posee. El vengativo sufrirá la venganza del Señor que llevará cuenta exacta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados? Si él, simple mortal, guarda rencor, ¿quién perdonará sus pecados? Piensa en tu final y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte y se fiel a los mandamientos. Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa.

 

Textos paralelos.

Perdona la ofensa a tu prójimo.

Mt 6, 12: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Y cuando reces, tus pecados te serán perdonados.

Mt 5, 23-24: Si mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene queja de ti, deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después ve a llevar tu ofrenda.

Si 6, 14-15: Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable.

¿Cómo pide perdón por sus propios pecados?

Mt 18, 23: Te digo que no siete veces, sino setenta y siete.

Recuerda la corrupción y la muerte.

Si 7, 36: En todas las acciones piensa en el desenlace y nunca pecarás.

Si 38, 20: Recuerda su ley, que es la tuya: el ayer, hoy tú.

Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa.

Ex 23, 4-5: Cuando encuentres extraviados el toro o el asno de tu enemigo, se los llevarás a su dueño. Cuando veas el asno de tu adversario caído bajo la carga, no pases de largo; préstale ayuda.

 

Notas exegéticas.

28 3 Es decir, la curación espiritual por el perdón de los pecados. Se puede observar la calidad moral de esta doctrina, que prepara las exigencias del NT.

 

Salmo responsorial

Sal 102, 1-4.9-12

 

R/. El Señor es compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia.

 

 

Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas

y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa,

y te colma de gracia y de ternura. R/.

 

No está siempre acusando

ni guarda rencor perpetuo;

no nos trata como merecen nuestros pecados

ni nos paga según nuestras culpas. R/.

 

Como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre los que lo temen;

como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

 

Textos paralelos.

Él, que todas tus culpas perdona.

Ex 15, 26: Si obedecéis al Señor, vuestro Dios, haciendo lo que él aprueba, escuchando sus mandatos y cumpliendo sus leyes, no os enviaré las enfermedades que he enviado a los egipcios, porque yo soy el Señor, que te cura.

Rescata tu vida de la fosa.

Sal 41, 13: Tú me has conservado mi integridad, / me establecerás en tu presencia para siempre.

Jb 42, 10: Cuando Job intercedió por sus compañeros, el Señor cambió su suerte y duplicó todas sus posesiones.

Tu juventud se renueva como la del águila.

Is 40, 31: Pero los que esperan en el Señor / renuevan sus fuerzas, / echan alas como águilas, / corren sin cansarse, / marchan sin fatigarse.

No se querella eternamente.

Sal 145, 8: El Señor es clemente y compasivo, / paciente y misericordioso.

Jr 3, 12: Ve y proclama este mensaje / hacia el norte: / Vuelve, Israel, apóstata /  – oráculo del Señor – , que no os pondré mala cara, / porque soy leal / y no guardo rencor eterno – oráculo del Señor –.

Is 52, 16: No estaré en pleito perpetuo / ni me irritaré por siempre, / porque ante mí sucumbirán el espíritu / y el aliento que yo he creado.

No nos trata según nuestros yerros.

Jon 4, 2: ¡Ah, Señor, ya me lo decía yo cuando estaba en mi tierra! Por algo me adelanté a huir a Tarsis; porque sé que eres “un Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso”, que te arrepientes de las amenazas.

Jl 2, 12: Pues ahora – oráculo del Señor –, / convertíos a mí / de todo corazón, con ayuno, / con llanto, con luto. / Rasgad los corazones / y no los vestidos; / convertíos al señor Dios vuestro; / que es compasivo y clemente, / paciente y misericordioso, / y se arrepiente de las amenazas.

 

Notas exegéticas.

103 8 Son los atributos del nombre de Yahvé, revelados a Moisés, Ex 34, 6, que todo el salmo desarrolla acentuando la misericordia y la bondad, preparando así 1 Jn 4, 8

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-8

Hermanos:

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de muertos y vivos.

 

Textos paralelos.

 Tampoco nadie muere para sí mismo.

Rm 8, 10-11: Pero vosotros no seguís el instinto, sino el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu del Mesías, no le pertenece. Pero si el Mesías está en vosotros, aunque el cuerpo muera por el pecado, el espíritu vivirá por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el que resucitó a Jesucristo de la muerte dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el Espíritu suyo que habita en vosotros.

Lc 20, 38: No es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven.

Ga 2, 19-20: Por medio de la ley morí a la ley para vivir para Dios. He quedado crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:

-Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta:

-No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con los criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones y que pagara así. El criado arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el Señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a sus verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

 

Textos paralelos.

// Lc 17, 4: Si siete veces al día te ofende y siete veces vuelve a ti diciendo que se arrepiente, perdónale.

// Mt 6, 12: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

¿Cuántas veces tengo que perdonar?

Lv 19, 17-18: No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”.

Lc 23, 34: Te digo Pedro que no cantará hoy el gallo antes de que hayas negado que me conoces.

Gn 4, 24: Si  la venganza de Caín valía por siete, / la de Lamec valdrá por setenta y siete.

El Reino de los Cielos es semejante a un rey.

Mt 25, 19: Pasado mucho tiempo se presentó el amo de los criados para pedirles cuentas.

Movido a compasión el señor de aquel siervo.

Lc 7, 42a: Supongo que aquel a quien le perdonó más.

Que le debía cien denarios.

Mt 24, 49: Se pone a pegar a los compañeros, a comer y beber con los borrachos.

Entonces fue y lo metió en la cárcel.

Rm 13, 7: No tengáis deudas con nadie, si no es la del amor mutuo. Pues el que ama al prójimo tiene cumplida la ley.

Siervo malvado, yo te perdoné a ti.

Mt 22, 7: El rey se encolerizó y, enviando sus tropas, acabó con aquellos asesinos e incendió su ciudad.

¿No debías tú también compadecerte?

Mt 5, 7: Dichosos los misericordiosos, / porque los tratarán con misericordia.

Mt 7, 3: ¿Por qué te fijas en la mota en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga del tuyo?

Lo entregó a los verdugos.

Mt 8, 29: ¡Hijo de Dios! ¿qué tienes con nosotros? ¿Has venido antes de tiempo para atormentarnos?

Mt 5, 26: Te aseguro que no saldrás hasta haber pagado el último céntimo.

Si no perdonáis de corazón.

Mt 6, 12-14: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes sucumbir a la prueba y líbranos del maligno.

Lc 23, 34: Jesús dijo: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Se repartieron su ropa echándola a suerte.

 

Los dichos de Jesús.

Q 17, 3-4

3 Si tu hermano peca [contra ti], repréndele; y si [se arrepiente], perdónale.

4 Y si peca contra ti siete veces al día, perdónale siete veces.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

18 21 A ejemplo de Dios y de Jesús Lc 23, 34 y como lo hacían ya entre sí los israelitas, Lv 19, 18-19, los cristianos deben perdonarse mutuamente, pero “el prójimo· se extiende a todo hombre, incluidos aquellos a los que hay que devolver bien por mal. Así el amor cubre multitud de pecados. Pr 10, 12 citado por 4, 20.

18 22 Otros entienden “hasta setenta y siete veces”.

18 24 Unos trescientos mil euros oro: suma escogida a propósito como exorbitante.

18 28 Unos cincuenta céntimos de euro oro.

18 32 Este elemento de la parábola recuerda los términos en que se expresa la quinta petición del Padre Nuestro.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

21 SE ACERCÓ PEDRO A DECIRLE: lit. habiéndose acercado el Pedro dijo a él. // La pregunta lit. es: ¿Cuántas veces pecará contra mi el hermano de mí y perdonaré a él? // HERMANO cf. 15. La parábola prolonga en cierto sentido la enseñanza anterior sobre el perdón: el perdón fraterno ha de ser a imagen y semejanza del perdón de Dios, que no lleva cuenta de las veces que perdona.

22 SETENTA Y SIETE. mejor que setenta veces siete.

23 UN REY: lit. un hombre (que es) rey. // El término lit. esclavo (s), que aparece repetidamente en la parábola, equivale a FUNCIONARIOS, empleados regios, casi ministros del gobierno.

24 DIEZ MIL TALENTOS: cantidad de dinero desorbitante (25, 15); equivale a nuestra expresión: “una millonada”, algo que es imposible pagar.

25 QUE LO VENDIESEN: la orden completa añadiría: “como esclavos”.

26 Lit. cayendo pues, el esclavo se postraba [ante] él diciendo.

28 COMPAÑEROS (como en los vs. siguientes): lit. co-esclavos o cosiervos; altos funcionarios reales. // CIEN DENARIOS (la palabra griega dênárion es un latinismo; del latín denarius vine también nuestra palabra dinero): un denario era el jornal diario de un trabajador ocasional en el campo (cf. 20, 2); aquí, CIEN DENARIOS tiene el matiz de “una cantidad ridícula” comparada con “la millonada” que debía el anterior. // SI ES QUE DEBES ALGO: lo que me debas, sea lo que sea; con un dejo de ironía, Jesús pinta al acreedor ni siquiera seguro de la cantidad que le debe el compañero.

29 CAYENDO [AL SUELO]: algunos manuscritos añaden, concretando: “a sus pies”.

35 DE CORAZÓN: lit. desde los corazones de vosotros.

 

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.

18, 22 El perdón siempre está disponible para cualquier persona que es´te arrepentida de sus pecados y tenga propósito de enmienda, es decir, la intención de no cometer un pecado en el futuro. El perdón de nuestros pecados también depende de nuestra voluntad de perdonar a los que nos hayan ofendido. Esta voluntad de perdonar debe ser incondicional y habitual (siete es el número bíblico de la totalidad y la integridad). Cat. 982, 2227 y 2845.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

982 No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. “No hay nadie, tan perverso y tan culpable que, si verdaderamente está arrepentido de sus pecados, no pueda contar con la esperanza cierta de perdón” (catecismo Romano). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).

2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf. Mt 18, 21-22). Si se trata de ofensas (de “pecados” según Lc 11, 4, o de “deudas” según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor” (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf. 1 Jn 3, 19-24). Se vive en la oración y, sobre todo, en la Eucaristía (cf. Mt 5, 23-24).

 

Concilio Vaticano II

El Señor Jesús, Maestro divino y modelo de toda perfección, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fueran, la santidad de vida, de la que Él es el autor y consumador: “Sed, pues, perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto” (Mt 5, 48; cf. Orígines, Comm. Rom. 7, 7 y Sto. Tomás, Summa Theologia, II-II, q. 184a.3). Él envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente y así amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y con todas sus fuerzas (cf. Mc 12, 30), y se amen unos a otros como Cristo los amó (cf. Jn 13, 34; 15, 12). Los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propios méritos, sino por su designio de gracia. El bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos. Por eso deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron. El Apóstol los anima a que vivan “como conviene a los santos” (Ef 5, 3), se revistan “como elegidos de Dios, santos y amados, de ternura entrañable, de bondad, humildad, modestia y paciencia” (Col 3, 12) y produzcan los frutos del Espíritu para llegar a ser santos (cf. Cal 5, 22; Rm 5, 22). Pero, como todos tropezamos muchas veces (cf. Sant 3, 2), tenemos siempre necesidad de la misericordia de Dios y debemos orar cada día: “Perdónanos nuestras deudas” (Mt 6, 223; S. Agustín, Retract. II, 18; Pío XII, Enc. Mystici Corporis (1943).

 

Los Santos Padres.

Nos enseña a imitar en todo su humildad y su bondad y, mediante el debilitamiento y la ruptura de los impulsos de nuestras pasiones, nos fortalece con el ejemplo de su clemencia. En efecto, Él determina, mediante la fe, el perdón de todos los pecados. Ciertamente los vicios de nuestra naturaleza no merecían el perdón; sin embargo el perdón es total porque el Señor incluso perdona los pecados cometidos contra Él, a condición de que volvamos mediante la confesión. [...] Nos enseña, debemos nosotros conceder el perdón sin peso ni medida, y no debemos pensar cuántas veces hay que perdonar, incluso no enojarnos contra los que pecan contra nosotros, siempre que exista motivo de enojo. En todo caso, esta constancia en perdonar nos enseña que no debe existir en nosotros ocasión de resentimiento, puesto que Dios nos perdona por completo todos nuestros pecados, por su don más que por su mérito. Tampoco conviene limitar con un número, como prescribía la Ley, el perdón que hemos de conceder, ya que Dios nos ha concedido un perdón sin medida mediante la gracia del Evangelio.

Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 18, 10. 1b, pg. 115.

Si la comparación es con un rey como este y que actúa de esta manera, ¿de quién debemos estar hablando sino del Hijo de Dios? Pues Él es el rey de los cielos. Y de la misma manera que Él mismo es la Sabiduría, y la Justicia y la Verdad, también Él mismo es el Reino.

Orígenes, Comentarios al Ev. de Mateo, 14, 7. 1b, pg. 116.

¿Cuál es, pues, el sentido final de la parábola? “Así hará también con vosotros mi Padre, si no perdonáis cada uno de corazón las ofensas de los otros”. No dice: “Vuestro Padre”, sino: “Mi Padre”. Porque no merece llamar Padre suyo a Dios un hombre tan malvado y sin entrañas.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 61, 4. 1b, pg. 121.

 

San Jerónimo.

23 Por eso el Reino de los cielos se parece… Es común en Siria y especialmente en Palestina agregar parábolas a cualquier conversación de modo que lo que el auditorio no puede retener por una simple instrucción, lo retenga por la comparación y los ejemplos. Si alguno de entre nosotros cometiera un adulterio, un homicidio, un sacrilegio, crímenes de más de diez mil talentos, por sus ruegos les serán perdonados siempre que él perdone faltas más leves; en cambio, si somos implacables con el que nos ha hecho una ofensa y por una palabra incisiva tenemos discordias interminables, ¿no nos parece que con justicia deberían meternos en la cárcel y siguiendo el ejemplo de nuestra conducta nos sea negado el perdón por nuestras faltas más graves?

35 Lo mismo hará…Sentencia temible si el juicio de Dios se acomoda y cambia de acuerdo a las disposiciones de nuestro espíritu. Si no perdonamos una pequeñez a nuestros hermanos, las cosas grandes no nos serán perdonadas por Dios.

 

San Agustín.

No te hastíes de perdonar siempre al que se arrepiente. Si no fueras también tú deudor, podrías ser impunemente un severo acreedor, pero si tienes un deudor, tú que eres también deudor y de quien no tiene deuda alguna, pon atención a lo que haces con el tuyo. Lo mismo hará Dios con el suyo.

Si te alegras cuando se te perdona teme el no perdonar.

Su corazón se alegró cuando le fue perdonada la deuda, pero no de manera que temiera al nombre del Señor su Dios.

¡Cuánto hemos de temer, hermanos, si tenemos fe, si creemos en el evangelio, si no creemos que el Señor es un mentiroso! Temamos, prestemos atención, tomemos precaución, perdonemos. ¿Pierdes acaso algo de aquello que perdonar? Otorgas perdón, no dinero.

Si te apena otorgar dinero al indigente, otorga el perdón al que se arrepiente.

¿Qué pierdes, si lo das? Sé lo que pierdes, sé lo que dejas; lo veo, pero lo abandonas para tu bien. Abandonas la ira, la indignación, alejas de tu corazón el odio hacia tu hermano.

Esté en vela la corrección, pero no dormite la benevolencia. Suaviza de vez en cuando la corrección con mansedumbre, pero haz la corrección. Una cosa es eliminarla por negligencia y otra suavizarla con la mansedumbre. Esté en vela la disciplina: perdona y castiga.

Sermón 114 A. 2-5

 

San Juan de Ávila.

Considerad, pues, a vos y considerad a Cristo y los bienes de él recebidos, y engendrarse ha en vuestro corazón un limpio y fortísimo amor con todos los prójimos, que ningún trabajo que por ellos pasáredes, y ningunos males que ellos os hagan, os lo puedan quitar; mas, ardiendo este amor como viva llama, vencerá siempre los males que hicieron con bienes que él haga. Y mirando que no los amáis por ellos, no los dejaréis de amar por las malas obras de ellos; mas considerando a Cristo en ellos, aunque os veáis desechada, no os airaréis; aunque recibáis mal por bienes, no os enrojaréis, porque los ojos que ternéis puestos en Cristo, por cuyo amor los amáis, os darán tanta luz que en ninguna cosa que los prójimos hagan sentiréis tropiezo.

Y este es el amor y respeto que a los prójimos habéis de tener, fundado en vos y fundado en Cristo. Y el que de estas fuentes no nace es muy flaco y luego se cansa. Y como casa edificada sobre movediza arena, a cualquier combate y ocasión da consigo en el suelo.

Audi filia (I). La Sagrada Escritura. OC I. Pgs. 474-475.

Si yo, siendo rey, te perdoné tan grande deuda: diez mil talentos; de igual a igual, siervo a siervo, ¿no perdonará cien dineros? No había misericordia de igual a igual, pues la hubo mayor con menor y en deudas grandes, y de que poca gente hace misericordia.

Dios nos perdona grandes deudas que son nuestros pecados y no ha menester Dios retorno de las buenas obras que nos hace; mas halo menester el prójimo, hanlo menester sus hijos. Tenéis un hijo en Salamanca; viene aquí un hombre de Salamanca, venís vos y lleváislo a vuestra casa y hacéisle mil servicios y regalos. ¿Por qué lo hacéis? “Porque tengo un hijo en Salamanca, y porque esto que yo hago con este hombre que lo haga él allá con mi hijo”. Si este hombre allá no hiciese otro tanto con vuestro hijo, terníades razón de quejaros de él. Las obras que Dios nos hace y el perdón de nuestros pecados que nos da, es con obligación y cargo que hagamos otro tanto con sus hijos, que son los prójimos.

Lecciones sobre 1 San Juan (l). Lección 23. OC II. Pg. 316.

Entended que las mercedes que Dios os hace son para que las gratifiquéis en vuestros prójimos, midiéndolos con la misma medida que fuistes medido de Dios. Y si ansí no lo hiciéredes, mediros ha Dios con la mesma medida que vos midiéredes a vuestros hermanos. ¡Justa justicia de Dios, de la cual dice David: Los cielos cantaron la justicia! (Sal 96, 6). Porque será tan justa y tan divina, que ellos y todas las cosas la aprobarán, y se tornarán lenguas para cantar. Si vos no queréis perdonar a vuestro prójimo, ¿cómo esperáis que os perdonará Dios? Si sois desabridos con él, ¿cómo esperáis que os consuele Dios?

Lecciones sobre 1 San Juan (II). Lección 22. OC II. Pg. 444

“El que dijere / a su prójimo / loco o necio, / no por castigallo / mas por injuriallo, / digno es / del fuego del infierno”. / Y, pues esto es así, / mira por ti / y ten caridad, / como Dios lo manda, / y ternás sana tu alma / de esta enfermedad; / porque quien ama / no quiere mal, /  ni sabe injuriar, / ni herir ni matar, / mas antes sufrir / sin volver mal por mal, / mas perdonar / de buena voluntad. / Y si aquesto / te parece recio, / más te parecerá / cuando Cristo te dirá: / “Vete al infierno / pues heciste mal / yo quieres perdonar. / Allí será el temblar.

Tratados menores. Doctrina cristiana. OC II. Pg. 817

Aunque no fuera sino por la reverencia de ellas, no le habías de tratar así. Porque sea castigo a los desagradecidos y ejemplo a mis criados, échenlo en la cárcel y entréguenlo a los atormentadores, y esté allí hasta que pague el postor cornado [moneda que circuló en Castilla desde Sancho IV hasta Isabel la Católica]. ¿Habéis oído? Dice Jesucristo. ¡Qué palabras! De esta manera que habéis oído, hará mi Padre celestial a todos vosotros si no perdonare cada uno de corazón a su prójimo? (Mt 18, 23-35). Consolado nos habéis y espantado. ¡Qué consuelo para adeudados y qué espanto para nuestra dureza! En ver vuestra misericordia nos hemos consolado y en ver vuestra dureza nos hemos espantado. – ¿Quién es este rey? – Dios. – ¿Sus criados? – Nosotros. Los talentos son hacienda, letras y ánima, etc.; aquello en quien tienes habilidad para servir a Dios, aquello es talento. ¿Tienes lengua? Entiende en hacer amistades. ¿Tienes lengua? Enseña al que no sabe. ¿Tienes hacienda? Provee al necesitado. No hay hombre que haya recebido de Dios talento.

Domingo 21 después de Pentecostés. OC III. Pg. 300.

–¿Cómo lo que una vez perdonáis, castigáis? – Cuando después que te ha castigado Dios, digo perdonado, haces un pecado, por la circunstancia del desagradecimiento del perdón, parece que vuelven todos los pecados perdonados. Ansí hará mi Padre celestial, dice Jesucristo, si no perdonáredes uno a otro de corazón. (cf. Mt 18, 32-35). Plega a Dios que nadie esté en tan gran pecado como éste, y si pecado hubiéremos de hacer, no sea éste.

– ¿Allí tan manso y aquí tan bravo? – No hay quien tan barato venda y tan caro compre como Dios. Si miras lo que te da y lo que te pide, no te pide sino: “¿Cómo yo te trato a ti, trata a tu prójimo”, y en esto es muy escrupuloso.

Domingo 21 después de Pentecostés. OC III. Pgs. 304-305.

El evangelio de hoy también habla de caridad. ¿No fuera razón, pues yo hube misericordia de ti, la hicieras tú a tu prójimo? (cf. Mt 18, 33); ¿No fuera bueno, pues yo te quiero bien, quieras tú bien a tu prójimo? Si esta ley guardáis, guardalla ha Dios de vos. Guarda Dios tanto esta ley, que el bien que os hace quiere lo hagáis a vuestro prójimo; ni en el cielo ni en la tierra la deja de guardar. Cuando uno fuere más alto delate de Dios, tanto es más bajo con sus prójimos; cuando es más privado [de privanza o primer lugar en la gracia y confianza de un príncipe o alto personaje, rae.es] con Dios, entonces queda hecho esclavo de sus prójimos. No como en las cortes, que, si uno es privado del rey, súbese a lo alto y olvídase de los pequenos.

25. Domingo 21 después de Pentecostés. OC III. Pg. 298.

 

San Oscar Romero. Homilía.

En Cristo Jesús, se realiza la paz de los hombres. Ojalá tanta sangre, tanto odio, tanta violencia, tantas diferencias, tantas divisiones entre los hombres las resolviéramos mirando todos hacia aquél que en la Cruz crucificó las diferencias y los odios y las violencias de todos los hombres. Y permitió que en su cuerpo descargaran como relámpagos, todas las iras y todas las violencias de los hombres, para que mirándolo a El, los hombres supieran usar su agresividad traduciéndola en bondad, en perdón, en alabanza a Dios Nuestro Señor.

Celebremos la Eucaristía hoy queridos hermanos, con esta gran petición: Señor, mira nuestros pueblos, mira nuestra hermana Nicaragua desangrándose, mira las divisiones dentro de nuestra misma Iglesia, mira Señor cuánto crimen, cuánta violencia a nuestro alrededor. Queremos ser la Iglesia comunidad de amor. Que nada apague este fuego, Señor, que tú quisiste encender y que se encenderá cada día que te miremos a Ti clavado en la cruz y en tu comprensión de brazos abiertos, sepamos perdonar, sepamos amar, sepamos abrazar a todos los hombres. Así sea

Homilía, 17 de septiembre de 1978.

 

León XIV.  Audiencia. 2 de septiembre de 2026. Catequesis - Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II IV. Constitución Pastoral Gaudium et spes (GS 1-10) 1. La Iglesia en escucha y al servicio del mundo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Con el encuentro de hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, con la que el Concilio Vaticano II se propuso profundizar en un tema fundamental, es decir, la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. San Juan XXIII, ya en el discurso de inauguración del 11 de octubre de 1962, quiso mostrar su desacuerdo con los «profetas de calamidades», que  «aun en su celo ardiente […] van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia» (Discurso Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 4.2). De ahí la tarea que se encomendó a los Padres conciliares: «En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia». (Gaudet Mater Ecclesia, 4.4).

Tres años después, la promulgación de Gaudium et spes reconocía en ese discernimiento un elemento esencial de la naturaleza de la Iglesia, describiendo como constitutiva su índole pastoral: de ahí la definición de “Constitución pastoral”. No se trata de optimismo ingenuo, sino de una renovada fidelidad al Misterio de Cristo que, encarnándose, elige compartir nuestra vida: Él «tenía que parecerse en todo a sus hermanos» (Heb 2,17; cf. 4,15) y se cargó de las consecuencias del pecado, muriendo «en rescate por todos» (1Tm 2,6). Ese hecho de compartir con la humanidad es el camino que Cristo pide a la Iglesia; por ello, la Constitución conciliar Gaudium et Spes se abre declarando que la Iglesia siente como propios «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1).

Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados, es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos, sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).

En ese sentido, la proximidad hacia la humanidad abre la puerta a una lectura más profunda de los acontecimientos e de la propia Revelación y, en la misma perspectiva, Gaudium et spes reclama el «deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). Esta Constitución conciliar ha llamado, por tanto, a la Iglesia a un compromiso de conversión, para dar testimonio de que no se mueve por «ambición terrena alguna», sino que «sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

No se trata, de hecho, de una disposición simplemente moral. El Papa Francisco nos recordó que para la Iglesia «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica […] Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 198).

La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que no siempre el ser humano es capaz de poner  «a su servicio»; o un conocimiento más claro de las «leyes dela vida social», pero acompañado de incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4); o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.

En una época marcada por profundos cambios, de los que se derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y los anhelos que lo habitan, señalando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Por ello, en la Iglesia, en todo nivel, en toda época debe realizarse la kenosis misericordiosa de Cristo que «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo […] hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2,6-8).

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza – gaudium et spes – sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.

 

León XIV.  Audiencia. 9 de septiembre de 2026. Catequesis - CatequesisLos documentos del Concilio Vaticano II. IV. Constitución pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 2. La dignidad humana: don y responsabilidad

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Gaudium et spes (GS), al dedicar el primer capítulo a la dignidad de la persona humana, subraya que esta es fundamento y condición de aquellos «valores que hoy disfrutan la máxima consideración», pero que necesitan no perder la relación con «su fuente divina», para sustraerse a las posibles distorsiones debidas a la «la corrupción del corazón humano» (GS, 11).

El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa, ciertamente, una de las páginas más significativas de la historia humana. Sin embargo, dicho camino no ha terminado, y en su recorrido se deben afrontar las contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización.

La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando que la dignidad humana brota del mismo ser de la persona. He tenido ocasión de reafirmarlo también en la reciente Encíclica Magnifica humanitas: «Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50).

La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se arraiga en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarlas y usarlas glorificando a Dios» (GS, 12).

En la fe podemos comprender el fundamento último de la dignidad de la persona, puesto que el Hijo, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).

La persona implica siempre relación, comunión y participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.

Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización. De hecho, por las decisiones en contra de su dignidad tomadas a lo largo de la historia, todavía existe hoy en el hombre una «división íntima» y «Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas». Sin embargo, esta condición frágil y limitada puede contemplarse con esperanza, pues «el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado.» (GS, 13).

La Constitución Gaudium et spes,  además, afirma que la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es «unidad de cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona: «No debe […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día», vigilando que este no « permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón» (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.

Por último, son tres las expresiones más significativas de la dignidad de la persona que la Gaudium et spes destaca: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida (n. 16); y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17).

Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última: aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la resurrección.

Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio.

 

Papa León XIV. Angelus. 13 de septiembre de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

La Palabra de Dios proclamada en la liturgia de este domingo nos ofrece algunos criterios fundamentales de pensamiento y de acción. Leemos en la Carta a los Romanos que todos los mandamientos «se resumen en este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Rm 13,9). San Pablo insiste en este punto con una imagen muy fuerte, presente también en el “Padre nuestro”. Escribe: «Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo» (v. 8).

Jesús nos ha enseñado a invocar y a practicar el perdón de las deudas. Sin embargo, hay una heredad que nos debemos los unos a los otros, sin quedar atrapados por ella: es la deuda de un amor mutuo. Toda la atención, el cuidado y el bien que hemos recibido nos hacen más libres y responsables.

En el Evangelio de este domingo, Jesús sugiere a cada comunidad cristiana al menos dos modos de ejercitar el amor mutuo. El primero es ser capaces de realizar la corrección fraterna. Es un arte delicado y muchas veces olvidado, que requiere franqueza y gradualidad. Hablarse con sinceridad —primero de tú a tú; después, si es preciso, entre dos o tres personas; finalmente, cuando sea necesario, con toda la comunidad— significa afrontar la realidad y transformar problemas y conflictos en pasos de crecimiento. La lamentación y la maledicencia son más fáciles, pero no generan nada y paralizan muchas situaciones. El Evangelio, sin embargo, nos educa a la libertad en la caridad.

Además, hay un segundo modo de amar fraternalmente, que para Jesús transforma incluso la oración: ponerse de acuerdo. No solamente cuando hay un conflicto, sino para pedir a Dios cualquier don. Dice el Señor: «Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá» (Mt 18,19). Esta promesa sugiere que podemos tener deseos comunes, dolores comunes, esperanzas comunes y, a través de la oración, crecer en la unidad. Sin la fe, cualquiera podría sentirse solo y sospechar de los demás, viéndolos como extraños y enemigos. Sin embargo, por gracia, somos hermanos y hermanas que pueden ponerse de acuerdo: encontrándose, perdonándose y escuchándose en el Señor.

Pidamos a María, quien tras el anuncio del ángel fue deprisa al encuentro de su prima Isabel para compartir la alegría y el cansancio del embarazo, que nos enseñe también a nosotros la gozosa deuda del amor fraterno.

 

Papa Francisco. Angelus. 17 de septiembre de 2023.

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy el Evangelio nos habla de perdón (cfr Mt 18,21-35). Pedro pregunta a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» (v. 21).

Siete, en la Biblia, es un número que indica plenitud, y por tanto Pedro es muy generoso en los presupuestos de su pregunta. Pero Jesús va más allá y le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (v. 22). Es decir, le dice que cuando se perdona no se calcula, que está bien perdonar ¡todo y siempre! Precisamente como hace Dios con nosotros, y como está llamado a hacer quien administra el perdón de Dios: perdonar siempre. Yo esto lo digo mucho a los sacerdotes, a los confesores: perdonad siempre como perdona Dios.

Jesús ilustra después esta realidad a través de una parábola, que también tiene que ver con los números. Un rey, después de que le suplicara, perdona a un siervo la deuda de 10.000 talentos: es un valor exagerado, inmenso, que oscila entre las 200 y las 500 toneladas de plata: exagerado. Era una deuda imposible de saldar, incluso trabajando una vida entera: y sin embargo ese señor, que hace referencia a nuestro Padre, lo perdona por pura «compasión» (v. 27). Este es el corazón de Dios: perdona siempre porque Dios es compasivo. No olvidemos cómo es Dios: es cercano, compasivo y tierno; así es la forma de ser de Dios. Después, este siervo, al cual se le había perdonado la deuda, no tiene ninguna misericordia con un compañero que le debe 100 denarios. También esta es una cifra consistente, equivalente a cerca de tres meses de sueldo - ¡como diciendo que perdonarnos entre nosotros cuesta! -, pero para nada comparable con la cifra precedente, que el señor había perdonado.

El mensaje de Jesús es claro: Dios perdona de forma incalculable, excediendo cualquier medida. Él es así, actúa por amor y por gratuidad. Dios no se compra, Dios es gratuito, es todo gratuidad. Nosotros no podemos repagarlo pero, cuando perdonamos al hermano o a la hermana, lo imitamos. Perdonar no es por tanto una buena acción que se puede hacer o no hacer: perdonar es una condición fundamental para quien es cristiano. Cada uno de nosotros, de hecho, es un “perdonado” o una “perdonada”: no olvidemos esto, nosotros somos perdonados, Dios ha dado la vida por nosotros y de ninguna forma podremos compensar su misericordia, que Él no retira nunca del corazón. Pero, correspondiendo a su gratuidad, es decir perdonándonos unos a otros, podemos testimoniarlo, sembrando vida nueva en torno a nosotros. Fuera del perdón, de hecho, no hay esperanza; fuera del perdón no hay paz. El perdón es el oxígeno que purifica el aire contaminado por el odio, el perdón es el antídoto que cura los venenos del rencor, es el camino para calmar la rabia y sanar tantas enfermedades del corazón que contaminan la sociedad.

Preguntémonos, entonces: ¿yo creo que he recibido de Dios el don de un perdón inmenso? ¿Advierto la alegría de saber que Él siempre está preparado para perdonarme cuando caigo, también cuando los otros no lo hacen, también cuando ni siquiera yo logro perdonarme a mí mismo? Él perdona: ¿creo que Él perdona? Y ¿sé perdonar a su vez a quien me ha hecho daño? Al respecto, quisiera proponeros un pequeño ejercicio: intentemos, ahora, cada uno de nosotros, pensar en una persona que nos ha herido, y pidamos al Señor la fuerza para perdonarla. Y perdonémosla por amor del Señor: hermanos y hermanas esto nos hará bien, nos devolverá la paz en el corazón.

María, Madre de Misericordia, nos ayude a acoger la gracia de Dios y a perdonarnos los unos a los otros.

 

Papa Francisco. Angelus. 13 de septiembre de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la parábola que leemos en el Evangelio de hoy, la del rey misericordioso (cf. Mt 18,21-35), encontramos dos veces esta súplica: «Ten paciencia conmigo que todo te lo pagaré» (vv. 26.29). La primera vez la pronuncia el siervo que le debe a su amo diez mil talentos, una suma enorme, hoy serían millones y millones de euros. La segunda vez la repite otro criado del mismo amo. Él también tiene deudas, no con su amo, sino con el siervo que tiene esa enorme deuda. Y su deuda es muy pequeña, quizá como el sueldo de una semana.

El centro de la parábola es la indulgencia que el amo muestra hacia el siervo más endeudado. El evangelista subraya que «el señor tuvo compasión —no olvidéis nunca esta palabra que es propia de Jesús: “Tuvo compasión”, Jesús siempre tuvo compasión—, tuvo compasión de aquel siervo, le dejó marchar y le perdonó la deuda» (v. 27). ¡Una deuda enorme, por tanto, una condonación enorme! Pero ese criado, inmediatamente después, se muestra despiadado con su compañero, que le debe una modesta suma. No lo escucha, le insulta y lo hace encarcelar, hasta que haya pagado la deuda (cf. v. 30), esa pequeña deuda. El amo se entera de esto y, enojado, llama al siervo malvado y lo condena (cf. vv. 32-34). “¿Yo te he perdonado tanto y tú eres incapaz de perdonar este poco?”.

Vemos en esta parábola dos actitudes diferentes: la de Dios, representado por el rey —que perdona tanto, porque Dios perdona siempre—, y la del hombre. En la actitud divina, la justicia está impregnada de misericordia, mientras que la actitud humana se limita a la justicia. Jesús nos exhorta a abrirnos valientemente al poder del perdón, porque no todo en la vida se resuelve con la justicia, lo sabemos. Es necesario ese amor misericordioso, que también es la base de la respuesta del Señor a la pregunta de Pedro que precede a la parábola, la pregunta de Pedro suena así: «Señor, dime, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (v. 21). Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (v. 22). En el lenguaje simbólico de la Biblia, esto significa que estamos llamados a perdonar siempre.

¡Cuánto sufrimiento, cuántas divisiones, cuántas guerras podrían evitarse, si el perdón y la misericordia fueran el estilo de nuestra vida! También en familia, también en familia. Cuántas familias desunidas que no saben perdonarse, cuántos hermanos y hermanas que tienen ese rencor en su interior. Es necesario aplicar el amor misericordioso en todas las relaciones humanas: entre los esposos, entre padres e hijos, dentro de nuestras comunidades, en la Iglesia y también en la sociedad y la política.

Hoy por la mañana mientras celebraba la misa me detuve, me llamó la atención una frase de la primera lectura del libro de Sirácida, la frase dice: «Acuérdate de las postrimerías, y deja ya de odiar» (Si 28,6). ¡Bonita frase! ¡Pero piensa en el final! Piensa que estarás en un ataúd... ¿y te llevarás el odio allí? Piensa en el final, ¡deja de odiar! Deja el rencor. Pensemos en esta conmovedora frase: «Acuérdate de las postrimerías, y deja ya de odiar». Y no es fácil perdonar porque en los momentos tranquilos uno dice: “Sí, pero éste me ha hecho todo tipo de cosas, pero yo también he hecho muchas. Mejor perdonar para ser perdonado”. Pero luego el rencor vuelve, como una molesta mosca en el verano que vuelve y vuelve y vuelve... Perdonar no es sólo algo momentáneo, es algo continuo contra este rencor, este odio que vuelve. Pensemos en el final, dejemos de odiar.

La parábola de hoy nos ayuda a comprender plenamente el significado de esa frase que recitamos en la oración del Padre nuestro: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6, 12). Estas palabras contienen una verdad decisiva. No podemos pretender para nosotros el perdón de Dios, si nosotros, a nuestra vez, no concedemos el perdón a nuestro prójimo. Es una condición: piensa en el final, en el perdón de Dios, y deja ya de odiar; echa el rencor, esa molesta mosca que vuelve y regresa. Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados.

Encomendémonos a la maternal intercesión de la Madre de Dios: que Ella nos ayude a darnos cuenta de cuánto estamos en deuda con Dios, y a recordarlo siempre, para tener el corazón abierto a la misericordia y a la bondad.

 

Papa Francisco. Angelus. 17 de septiembre de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje del Evangelio de este domingo (cf Mateo 18, 21-35) nos ofrece una enseñanza sobre el perdón, que no niega el mal sufrido sino que reconoce que el ser humano, creado a imagen de Dios, siempre es más grande que el mal que comete. San Pedro pregunta a Jesús «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?, ¿Hasta siete veces?» (v. 21). A Pedro le parece ya el máximo perdonar siete veces a una misma persona; y tal vez a nosotros nos parece ya mucho hacerlo dos veces. Pero Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (v. 22), es decir, siempre: tú debes perdonar siempre. Y lo confirma contando la parábola del rey misericordioso y del siervo despiadado, en la que muestra la incoherencia de aquel que primero ha sido perdonado y después se niega a perdonar.

El rey de la parábola es un hombre generoso que, preso de la compasión, perdona una deuda enorme —«diez mil talentos»: enorme— a un siervo que lo suplica. Pero aquel mismo siervo, en cuanto encuentra a otro siervo como él que le debe cien dinares —es decir, mucho menos—, se comporta de un modo despiadado, mandándolo a la cárcel. El comportamiento incoherente de este siervo es también el nuestro cuando negamos el perdón a nuestros hermanos. Mientras el rey de la parábola es la imagen de Dios que nos ama de un amor tan lleno de misericordia para acogernos y amarnos y perdonarnos continuamente.

Desde nuestro bautismo Dios nos ha perdonado, perdonándonos una deuda insoluta: el pecado original. Pero, aquella es la primera vez. Después, con una misericordia sin límites, Él nos perdona todos los pecados en cuanto mostramos incluso solo una pequeña señal de arrepentimiento. Dios es así: misericordioso. Cuando estamos tentados de cerrar nuestro corazón a quien nos ha ofendido y nos pide perdón, recordemos las palabras del Padre celestial al siervo despiadado: «siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No deberías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» (vv. 32-33). Cualquiera que haya experimentado la alegría, la paz y la libertad interior que viene al ser perdonado puede abrirse a la posibilidad de perdonar a su vez.

En la oración del Padre Nuestro Jesús ha querido alojar la misma enseñanza de esta parábola. Ha puesto en relación directa el perdón que pedimos a Dios con el perdón que debemos conceder a nuestros hermanos: «y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores» (Mateo 6, 12). El perdón de Dios es la seña de su desbordante amor por cada uno de nosotros; es el amor que nos deja libres de alejarnos, como el hijo pródigo, pero que espera cada día nuestro retorno; es el amor audaz del pastor por la oveja perdida; es la ternura que acoge a cada pecador que llama a su puerta. El Padre celestial —nuestro Padre— está lleno, está lleno de amor que quiere ofrecernos, pero no puede hacerlo si cerramos nuestro corazón al amor por los otros.

La Virgen María nos ayuda a ser cada vez más conscientes de la gratuidad y de la grandeza del perdón recibido de Dios, para convertirnos en misericordiosos como Él, Padre bueno, pausado en la ira y grande en el amor.

 

Papa Francisco. Angelus. 14 de septiembre de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El 14 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Alguna persona no cristiana podría preguntarnos: ¿por qué «exaltar» la cruz? Podemos responder que no exaltamos una cruz cualquiera, o todas las cruces: exaltamos la cruz de Jesús, porque en ella se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. Es lo que nos recuerda el evangelio de Juan en la liturgia de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito» (3, 16). El Padre «dio» al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz. ¿Por qué? ¿Por qué fue necesaria la cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. La cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En el Calvario, quienes se burlaban de Él, le decían: «si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (cf. Mt 27, 40). Pero era verdadero lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios estaba allí, en la cruz, fiel hasta el final al designio del amor del Padre. Y precisamente por eso Dios «exaltó» a Jesús (Flp 2, 9), confiriéndole una realeza universal.

Y cuando dirigimos la mirada a la cruz donde Jesús estuvo clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero. Por medio de la cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia «exalta» la Santa Cruz y también por eso nosotros, los cristianos, bendecimos con el signo de la cruz. En otras palabras, no exaltamos las cruces, sino la cruz gloriosa de Jesús, signo del amor inmenso de Dios, signo de nuestra salvación y camino hacia la Resurrección. Y esta es nuestra esperanza.

Mientras contemplamos y celebramos la Santa Cruz, pensamos con conmoción en tantos hermanos y hermanas nuestros que son perseguidos y asesinados a causa de su fidelidad a Cristo. Esto sucede especialmente allí donde la libertad religiosa aún no está garantizada o plenamente realizada. Pero también sucede en países y ambientes que en principio protegen la libertad y los derechos humanos, pero donde concretamente los creyentes, y especialmente los cristianos, encuentran obstáculos y discriminación. Por eso hoy los recordamos y rezamos de modo particular por ellos.

En el Calvario, al pie de la cruz, estaba la Virgen María (cf. Jn 19, 25-27). Es la Virgen de los Dolores, a la que mañana celebraremos en la liturgia. A ella encomiendo el presente y el futuro de la Iglesia, para que todos sepamos siempre descubrir y acoger el mensaje de amor y de salvación de la cruz de Jesús. Le encomiendo, en particular, a las parejas de esposos a quienes tuve la alegría de unir en matrimonio esta mañana, en la basílica de San Pedro.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 11 de septiembre de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

Antes de concluir esta solemne celebración eucarística, la oración del Ángelus nos invita a reflejarnos en María santísima para contemplar el abismo de amor del que proviene el sacramento de la Eucaristía. Gracias al «fiat» de la Virgen, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Meditando el misterio de la Encarnación, nos dirigimos todos, con la mente y el corazón, al santuario de la Santa Casa de Loreto, del que nos separan sólo pocos kilómetros. Toda la tierra marquisana está iluminada por la presencia espiritual de María en su histórico santuario, que embellece y dulcifica más aún estas colinas. A Ella encomiendo en este momento la ciudad de Ancona, la diócesis, Las Marcas e Italia entera, para que en el pueblo italiano esté siempre viva la fe en el misterio eucarístico que en cada ciudad y en cada pueblo, desde los Alpes hasta Sicilia, hace presente a Cristo Resucitado, fuente de esperanza y de consuelo para la vida cotidiana, especialmente en los momentos difíciles.

Hoy nuestro pensamiento se dirige también al 11 de septiembre de hace diez años. Al recordar al Señor de la Vida a las víctimas de los atentados perpetrados aquel día y a sus familiares, invito a los responsables de las naciones y a los hombres de buena voluntad a rechazar siempre la violencia como solución de los problemas, a resistir a la tentación del odio y a obrar en la sociedad inspirándose en los principios de la solidaridad, de la justicia y de la paz.

Finalmente, por intercesión de María santísima, ruego al Señor que recompense a cuantos han trabajado en la preparación y organización de este Congreso eucarístico nacional, y a ellos dirijo de corazón mi más vivo agradecimiento.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 14 de septiembre de 2008.

Queridos peregrinos,
queridos hermanos y hermanas

Cada día, la oración del Ángelus nos ofrece la posibilidad de meditar unos instantes, en medio de nuestras actividades, en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. A mediodía, cuando las primeras horas del día comienzan a hacer sentir el peso de la fatiga, nuestra disponibilidad y generosidad se renuevan gracias a la contemplación del “sí” de María. Ese “sí” limpio y sin reservas se enraiza en el misterio de la libertad del María, libertad plena y total ante Dios, sin ninguna complicidad con el pecado, gracias al privilegio de su Inmaculada Concepción.

Este privilegio concedido a María, que la distingue de nuestra condición común, no la aleja, más bien al contrario la acerca a nosotros. Mientras que el pecado divide, nos separa unos de otros, la pureza de María la hace infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de nosotros y deseosa de nuestro verdadero bien. Estáis viendo, aquí, en Lourdes, como en todos los santuarios marianos, que multitudes inmensas llegan a los pies de María para confiarle lo que cada uno tiene de más íntimo, lo que lleva especialmente en su corazón. Lo que, por miramiento o por pudor, muchos no se atreven a veces a confiar ni siquiera a los que tienen más cerca, lo confían a Aquella que es toda pura, a su Corazón Inmaculado: con sencillez, sin fingimiento, con verdad. Ante María, precisamente por su pureza, el hombre no vacila a mostrarse en su fragilidad, a plantear sus preguntas y sus dudas, a formular sus esperanzas y sus deseos más secretos. El amor maternal de la Virgen María desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz de verse tal como es y le inspira el deseo de convertirse para dar gloria a Dios.

María nos muestra de este modo la manera adecuada de acercarnos al Señor. Ella nos enseña a acercarnos a Él con sinceridad y sencillez. Gracias a Ella, descubrimos que la fe cristiana no es un fardo, sino que es como una ala que nos permite volar más alto para refugiarnos en los brazos de Dios.

La vida y la fe del pueblo creyente manifiestan que la gracia de la Inmaculada Concepción hecha a María no es sólo una gracia personal, sino para todos, una gracia hecha al entero pueblo de Dios. En María, la Iglesia puede ya contemplar lo que ella está llamada a ser. En Ella, cada creyente puede contemplar desde ahora la realización cumplida de su vocación personal. Que cada uno de nosotros permanezca siempre en acción de gracias por lo que el Señor ha querido revelar de su designio salvador a través del misterio de María. Misterio en el que estamos todos implicados de la más impresionante de las maneras, ya que desde lo alto de la Cruz, que celebramos y exaltamos hoy, Jesús mismo nos ha revelado que su Madre es Madre nuestra. Como hijos e hijas de María, aprovechemos todas las gracias que le han sido concedidas, y la dignidad incomparable que le procura su Concepción Inmaculada redunda sobre nosotros, sus hijos.

Aquí, muy cerca de la gruta, y en comunión especial con todos los peregrinos presentes en los santuarios marianos y con todos los enfermos de cuerpo o alma que buscan consuelo, bendecimos al Señor por la presencia de María en medio de su pueblo y a Ella dirigimos con fe nuestra oración:

“Santa María, tú que te apareciste aquí, hace ciento cincuenta años, a la joven Bernadette, ‘tú eres la verdadera fuente de esperanza’ (Dante, Par., XXXIII,12).

Como peregrinos confiados, llegados de todos los lugares, venimos una vez más a sacar de tu Inmaculado Corazón fe y consuelo, gozo y amor, seguridad y paz. ‘Monstra Te esse Matrem’. Muéstrate como una Madre para todos, oh María. Danos a Cristo, esperanza del mundo. Amén”.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 11 de septiembre de 2005.

Queridos hermanos y hermanas:

El próximo miércoles, 14 de septiembre, celebraremos la fiesta litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz. En el Año dedicado a la Eucaristía, esta fiesta adquiere un significado particular: nos invita a meditar en el profundo e indisoluble vínculo que une la celebración eucarística y el misterio de la cruz. En efecto, toda santa misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la "hora" de la muerte en la cruz ―escribió el amado Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia― «vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la santa misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella» (n. 4).

Por tanto, la Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la cruz es la conmovedora manifestación del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios salvó al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Por eso, la señal de la cruz es el gesto fundamental de nuestra oración, de la oración del cristiano.

Hacer la señal de la cruz ―como haremos ahora con la bendición― es pronunciar un sí visible y público a Aquel que murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo.

Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar en la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!". Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, como Tomás, llena de asombro, puede repetir: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28). La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la cruz, que no es un accidente, sino el paso a través del cual Cristo entró en su gloria (cf. Lc 24, 26) y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por eso, la liturgia nos invita a orar con confianza y esperanza: Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor, que con tu santa cruz redimiste al mundo!

María, presente en el Calvario junto a la cruz, está también presente, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (cf. Ecclesia de Eucharistia, 57). Por eso, nadie mejor que ella puede enseñarnos a comprender y vivir con fe y amor la santa misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos la sagrada comunión también nosotros, como María y unidos a ella, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación, y pronunciamos nuestro "amén", nuestro "sí" al Amor crucificado y resucitado.

 

DOMINGO XXV T. O.

 

Monición de entrada.-

Venimos a misa para estar de fiesta con Jesús.

Él es mucho más bueno de lo que podamos pensar.

Él es Dios que piensa de manera distinta a nosotros.

El Dios que está siempre muy cerca de nosotros.

 

Señor, ten piedad.-

Ayúdanos a no tener envidia. Señor, ten piedad.

Ayúdanos a querernos.  Cristo, ten piedad.

Ayúdanos a no pensar en nosotros. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Para que Dios ayude al Papa León. Te lo pedimos, Señor.

Para que la Iglesia reciba a todas las personas que quieren ayudar en ella.  Te lo pedimos, Señor.

Para que se valore el trabajo como camino para ser mejores personas. Te lo pedimos, Señor.

Para que se termine el paro. Te lo pedimos, Señor.

Para que no seamos envidiosos. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias por que eres buena con todas las personas y a todos nos quieres de la misma manera: como madre.