Primera lectura.
Lectura del libro de Samuel 16,
1b.6-7.10-13a
En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
-Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de
Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí.
Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo:
-Seguro que está su ungido ante el Señor.
Pero el Señor dijo a Samuel:
-No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura,
porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre
mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón.
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a
Jesé:
-El Señor no ha elegido a estos.
Entonces Samuel preguntó a Jesé:
-¿No hay más muchachos?
Y le respondió:
-Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño.
Samuel le dijo:
-Manda a buscarlo, que no nos sentaremos a la mesa mientras no
venga.
Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y
buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
-Levántate y úngelo de parte del Señor, porque es este.
Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus
hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
No mires su apariencia.
1 Sam 9, 2: Tenía un hijo
llamado Saúl, fornido y apuesto. No había entre los hijos de Israel nadie mejor
que él. De hombres para arriba, sobrepasaba a todo el pueblo.
1 Sam 10, 23: Corrieron a
sacarlo de allí, y compareció en medio del pueblo. Sobrepasaba a todos los del
pueblo del hombro para arriba.
Is 55, 8-9: Porque mis planes
no son vuestros planes, / vuestros caminos no son mis caminos, / - oráculo del
Señor -. / Cuanto dista el cielo de la tierra, / así distan mis caminos de los
vuestros, / y mis planes de vuestros planes.
Jb 10, 4: ¿Tienes acaso ojos de
carne?, / ¿ves las cosas como el hombre las ve?
Sal 147, 10s: No aprecia el
vigor de los caballos, / no estima los jarretes del hombre: / el Señor aprecia
a los que lo temen, / que confían en su misericordia.
Jr 11, 20: Señor del universo,
/ que juzgas rectamente; / que examinas las entrañas del corazón, / deja que yo
pueda ver / cómo te vengas de ellos, / pues a ti he confiado mi causa.
Pr 15, 11: El Señor conoce
Abismo y Perdición, / ¡Cuánto más el corazón humano!
Era rubio, de bellos
ojos.
Gn 39, 6: Él puso todo lo que
poseía en manos de José, sin preocuparse de otra cosa que del pan que comía.
José era de buen tipo y bello semblante.
2 S 14,25: No había en todo
Israel hombre más hermoso como Absalón, digno de tan grandes elogios. De la
punta del pie a la coronilla no había defecto alguno.
Lo ungió en presencia de
sus hermanos.
1 S 10, 6: Entonces vendrá
sobre ti el espíritu del Señor, profetizarás con ellos y te convertirás en otro
hombre.
Jc 3, 10: Vino sobre él el
espíritu del Señor y juzgó a Israel.
Notas
exegéticas.
16 Este episodio vincula la unción
de David con Samuel y parece proceder de la tradición profética, pero no tiene
relación con la historia siguiente. David será ungido en Hebrón por el pueblo
de Judá, 2 S 2, 4, y luego por los ancianos de Israel, 2 S 5, 2, y no volverá a
ser mencionada la unción referida aquí: según 17, 27, y a pesar de 16, 13,
Eliab la desconoce. Igual que el capítulo 9 para Saúl, este relato sirve de
prólogo a la historia de la “ascensión” de David al trono, que terminará en 2 S
5 con la instalación en Jerusalén del rey de Judá y de Israel. Esta
recopilación de tradiciones, en la que no faltan duplicados (16, 14-23 y 17, 55
– 18, 5; 187, 6-16 y 19, 8-10; 19, 1-7 y 20, 1-21; 21, 11-16 y 27, 24 y 27; 24
y 26) no es un conjunto desordenado, sino bien estructurado. El recuerdo de la
guerra que opuso a filisteos e israelitas sirve al narrador para jalonar el
relato (17, 1; 19, 8; 23,1; 28,1; 31,1; 2S 5, 25). Cada episodio es netamente
delimitado por movimientos de personajes, y el relato en conjunto avanza
oponiendo el declive de Saúl y la progresión de David, ver 2 S 3, 1 y 5, 10,
explicada mediante una fórmula que reaparece a intervalos como un estribillo:
“Yahvé estaba con él” (1 S 16, 28; 17, 37; 18, 12.14.28; 20, 13; 2 S 5, 10).
Toda esta historia está escrita para mayor gloria de David.
16 7 (a) La fórmula de rechazo,
aplicada aquí solo a Eliab, da pie para pensar que el autor se basa en una
tradición poco favorable al hermano mayor de David, ver 17, 28.
16 7 (b) Literalmente “los ojos”.
16 13 Sin ninguna señal exterior y
en conexión inmediata con la unción: el “espíritu de Yahvé” es aquí la gracia
impartida a una persona consagrada.
Salmo
responsorial
Salmo 22, 1-3a.3b-4.5.6
R/. El Señor es mi pastor, nada me falta.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en
verdes praderas me hace recostar,
me
conduce hacia fuentes tranquilas
y
repara mis fuerzas. R/.
Me
guía por el sendero justo,
por
el honor de su nombre.
Aunque
camine por cañadas oscuras,
nada
temo, porque tú vas conmigo:
tu
vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Tu
bondad y tu misericordia me acompañan
todos
los días de mi vida,
y
habitaré en la casa del Señor
por
años sin término. R/.
Textos
paralelos.
Yahvé
es mi pastor.
Ez 34,1-2: Me fue
dirigida esta palabra del Señor: “Hijo de hombre, profetiza contra los pastores
de Israel.
Jn 10, 11: Yo soy
el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas.
Me
conduce a fuentes tranquilas.
Jn 4, 4-5: Llegó
Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a
José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí
sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Is 40, 31: Pero los
que esperan en el Señor / renuevan sus fuerzas, / echan alas como las águilas,
/ corren y no se fatigan, / caminan y no se cansan.
Jr 31, 25: Pues
refrescaré las gargantas resecas y saciaré las gargantas hambrientas.
Pr 4, 11: Te
instruiré en el camino de la sabiduría, / te guiaré por la senda recta.
Sal 115,1: No a
nosotros, Señor, no a nosotros / sino a tu nombre da la glioria, / por tu
bondad, por tu lealtad.
Aunque
fuese por valle tenebroso.
Is 50, 10: Quien de
vosotros teme al Señor / y escucha la voz de su siervo, / aunque camine en
tinieblas, sin ninguna claridad, / que confíe en el nombre del Señor, / que se
apoye en su Dios.
Jb 10, 21-22: Antes
de que vaya, para no volver, / al país tenebroso, de sombras de muertos, / al
país lúgubre como la oscuridad, / con sombras de muertos, sin orden, / donde la
luz es pura oscuridad.
Preparas
ante mí una mesa.
Ex 16, 15b: Moisés
les dijo: “Es el pan que el Señor os da de comer”.
Sal 22, 27: Los
desvalidos comerán hasta saciarse, / alabarán al Señor los que lo buscan. /
¡Viva su corazón por siempre!
Mi
copa rebosa.
Sal 16, 5: El Señor
es el lote de mi heredad y mi copa, / mi suerte está en tu mano.
Sal 63, 6: Me
saciaré como de enjundia y de manteca, / y mis labios te alabarán jubilosos.
Habitaré
en la casa de Yahvé.
Sal 27, 4: Una cosa
pido al Señor, / eso buscaré: / habitar en la casa del Señor / por los días de
mi vida; / gozar de la dulzura del Señor,
/ contemplando su templo.
Notas
exegéticas.
23 La solicitud divina por los
justos, descrita bajo la doble imagen del pastor y del huésped que ofrece el
banquete mesiánico. Este salmo se aplica tradicionalmente a la vida
sacramental, especialmente al bautismo y la eucaristía.
23 4 “pues tu vienes”: adicción
probable par armonizar con 1 Sam 22 23 y subrayar la alusión al gesto davídico.
El texto primitivo sería: “Cerca de mí, tu vara, tu cayado están ahí”.
23 5 Conforme a la costumbre de la
hospitalidad oriental, Sal 92, 11; 192, 2; Qo 9, 8; Am 5, 5; Lc 7, 46.
23 6 “y habitaré” versiones:
“volveré a” hebr. (simple corrección vocálica.
Segunda
lectura.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14.
Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el señor. Vivid
como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz.
Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las
tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues da vergüenza decir las cosas que
ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, y
todo lo descubierto es luz. Por eso dice: “Despierta tú que duermes, levántate
de entre los muertos, y Cristo te iluminará.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
Porque en otro tiempo
fuisteis tinieblas.
Ef 4, 18: Con la razón a oscura
y alejados de la vida de Dios; por la ignorancia y la dureza de su corazón.
Jn 8, 12: Yo soy la luz del
mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la
vida.
Col 1, 12-13: Dando gracias a
Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo
en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, / y nos ha trasladado
/ al reino del Hijo de su amor.
2 Co 4, 6: Pues el Dios que
dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros
corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada
en el rostro de Cristo.
Ef 6, 14: Estad firmes; ceñid
la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia.
1 Ts 5, 4-5: Pero vosotros,
hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un
ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche
ni de las tinieblas.
Examinad que es lo que le
agrada a Dios.
Rm 12, 2: Y no os amoldéis a
este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis
discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo
perfecto.
Col 3, 10: Y os habéis
revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando
a imagen de su creador.
Pero, al ser denunciadas,
salen a la luz.
Jn 3, 20-21: Pues todo el que
obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por
sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea
que sus obras están hechas según Dios.
Notas
exegéticas:
5 8 El pasaje reagrupa las imágenes
tradicionales de la catequesis bautismal. Ya se ha visto el tema del
revestimiento (4, 22-24) y el de la imitación de Dios (5, 1). El contraste tinieblas/luz
es característico de los textos de Qumrán y del cristianismo primitivo (St 1,
17-18; 1 Pe 2, 9; 1 Jn 1, 5-7). Las exhortaciones positivas se ven
interrumpidas por “listas de vicios” que provienen igualmente de la enseñanza
habitual y que se encuentran en la literatura judía.
5 14 (a) Hablar con complacencia de tales
torpezas, dejándolas en su sospechosa oscuridad, no estaría bien, v. 3; pero
sacarlas a la luz pública para corregirlas es obra buena. La luz que así se
produce expulsa las tinieblas, porque es la luz de Cristo (final del v.).
5 14 (b) Esta cita parece tomada de algún
himno cristiano primitivo; un caso semejante en 1 Tm 3, 16. Sobre la fe
bautismal concebida como iluminación, ver Hb 6, 4;; 10, 32 (ver Rm 6, 4).
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 9, 1-41
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de
nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron:
-Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó:
-Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él
las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha
enviado; viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy
la luz del mundo.
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo
untó en los ojos al ciego y le dijo:
-Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes
solían verlo pedir limosna preguntaban:
-¿No es ese el que se sentaba a pedir?
Unos decían:
-El mismo.
Otros decían:
-No es él, pero se le parece.
Él respondía:
-Soy yo.
Y le preguntaban:
-¿Y cómo se te han abierto los ojos?
Él contestó:
-Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos
y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a
ver.
Le preguntaron:
-¿Dónde está él?
Contestó:
-No lo se.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el
día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le
preguntaban cómo había adquirido la vista. Él le contestó:
-Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.
Algunos de los fariseos comentaban:
-Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros replicaban:
-¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?
Estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
-Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
Él contestó:
-¿Qué es un profeta?
Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que
había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y le preguntaron:
-¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego?
¿Cómo es que ahora ve?
Sus padres contestaron:
-Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo ve
ahora, no lo sabemos; y quien le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo
sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos;
porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera
a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a
él”.
Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le
dijeron:
-Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
Contestó él:
-Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo.
Le preguntaron de nuevo:
-¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?
Les contestó:
-Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis
oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
-Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de
Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de
dónde viene.
Replicó él:
-Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin
embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores,
sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le
abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no
tendría ningún poder.
Le replicaron:
-Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a
nosotros?
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y
le dijo:
-¿Crees tú en el Hijo del hombre?
Él le contestó:
-¿Y quién es, para que crea en él?
Jesús le dijo:
-Lo estás viendo: el que te está hablando ese es.
Él dijo:
-Creo, Señor.
Y se postró ante él.
Dijo Jesús:
-Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no
ven, vean, y los que ven, se queden ciegos.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
-¿También nosotros estamos ciegos?
Jesús les contestó:
-Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís
“vemos”, vuestro pecado permanece.
Textos
paralelos.
Rabí, ¿quién pecó,…?
Jn 5, 14: Más tarde lo
encuentra Jesús en el templo y le dice: “Mira, has quedado sano; no peques más,
no sea que te ocurra algo peor”.
Lc 13, 2: Jesús respondió:
“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque
han padecido todo esto?
Se manifiesten en él las
obras de Dios.
Jn 5, 36: Pero él testimonio
que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido
llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha
enviado.
Mientras es de día
tenemos que trabajar.
Jn 11, 9-10: Jesús contestó:
“¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la
luz del mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.
Jn 12, 35-36: Jesús les
contestó: “Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes
de que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe a donde
va; mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz”. Esto
dijo Jesús y se fue y se escondió de ellos.
Jn 4, 34: Jesús les dice: “Mi
alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra”.
Mientras estoy en el
mundo, soy la luz del mundo.
Jn 8, 12: Jesús les habló de
nuevo diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en las
tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.
Vete a lavarte en la
piscina de Siloé.
Is 8, 6: Este pueblo desprecia
las aguas de Siloé que corren mansas, y desfallece ante Rasín y el hijo de
Romelías.
Era sábado el día en que
Jesús hizo barro.
Mt 12, 10: Había allí un hombre
que tenía una mano paralizada. Entonces preguntaron a Jesús para poder
acusarlo: “¿Esta permitido curar en sábado?”
Lc 13, 16: Y esta, que es hija
de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario
soltarla de tal ligadura en día de sábado?
Jn 14, 20: Entonces sabréis que
yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros.
¿Cómo puede un pecador
realizar semejantes signos?
Jn 3, 2: Este fue a ver a Jesús
de noche y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como
maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con
él”.
Que es un profeta.
Mt 16, 14: Ellos contestaron:
“Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los
profetas”.
Por miedo a los judíos.
Jn 7, 13: Pero nadie hablaba de
él en público por miedo a los judíos.
Jn 16, 2: Os excomulgarán de la
sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará
que da culto a Dios.
Llamaron por segunda vez
al hombre.
Jr 13, 16: Honrad al Señor,
vuestro Dios / antes de que se echen las sombras, / antes de que tropiecen
vuestros pies / por los montes apenas sin luz; / antes de que la luz que
esperáis / se convierta en sombras mortales, / se transforme en lóbregas tinieblas.
Sabemos que Dios no
presta atención a los pecadores.
Is 1, 15: Cuando extendéis las
manos / me cubro los ojos; / aunque multipliquéis las plegarias, / no os
escucharé. / Vuestras manos están llenas de sangre.
Pr 15, 29: El Señor está lejos
de los malvados / y escucha la oración de los honrados.
Has nacido todo entero en
pecado.
Jn 7, 49: Esta gente que no
entiende de la ley son unos malditos.
¿Tú crees en el Hijo del
hombre?
Mt 8, 20: Jesús respondió: “Las
zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene
donde reclinar la cabeza”.
¿Quién es, Señor, para
que crea en él?
Jn 9, 4: Mientras es de día
tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá
hacerlas.
Jn 4, 26: Jesús le dice: “Soy
yo, el que habla contigo”.
Es el que está hablando
contigo.
Jn 8, 12: Jesús les habló de
nuevo diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en
tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.
Para un juicio he venido.
Jn 1, 1: En el principio
existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Mt 13, 13: Por eso les hablo en
parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.
Jesús les respondió.
Mt 18, 14: Igualmente, no es
voluntad de vuestro Padre, que está en el cielo que pierda ni uno de estos
pequeños.
Si fuerais ciegos.
Jn 3, 36: El que cree en el
Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la
ira de Dios pesa sobre él.
Jn 12, 48: El que me rechaza y
no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado,
esa lo juzgará en el último día.
Vuestro pecado sigue en
vosotros.
Ez 34, 2: Hijo de hombre,
profetiza contra los pastores de Israel y dices: “¡Pastores!, esto dice el
Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben
los pastores apacentar las ovejas?”.
Jr 23, 1-3: ¡Ay de los pastores
que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! – oráculo del
Señor –. Por tanto, esto dice el Señor, Dios de Israel a los pastores que
pastorean a mi pueblo: “Vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir
sin preocuparos de ellas. Así que voy a pediros cuenta por la maldad de
vuestras acciones – oráculo del Señor –. Yo mismo reuniré el resto de mis
ovejas de todos los países adonde las expulsé y las volveré a traer a sus
deesas para que crezcan y se multipliquen.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
9 2 Según una concepción muy
difundida en el mundo antiguo, había una estrecha relación entre el pecado y
las dolencias físicas (Ex 9, 1-12; Sal 38, 2-6; Ez 18, 20). En el caso de males
de nacimiento, algunos rabinos atribuían la culpa a los padres, otros al propio
niño durante la gestación.
9 3 Jesús rechaza las teorías
corrientes sin preocuparse por proponer otra nueva. Constata sin más el hecho
de la dolencia y actúa para asegurar al hombre su plena integridad física.
Realiza además un signo (ver 2, 11) que manifestará a los hombres su origen
divino y les invitará a recibir la verdadera luz. El paso de la ceguera a la
visión simboliza el paso de la incredulidad y la muerte a la fe y a la vida. En
este sentido, el ciego (único ciego de nacimiento del NT) podrá ser considerado
prototipo de los que acceden a la fe.
9 4 (a) Var. “Tengo”. Pero el plural
está bien atestiguado y parece indicar que la comunidad cristiana consideraba
su actividad como una prolongación de la de Cristo. Ver Jn 14, 10-11.
9 4 (b) La vida de Jesús es como un día
de trabajo, Jn 5, 17, que concluye con la noche de la muerte. Ver Lc 13, 32; 9,
5. Esta declaración da por anticipado el sentido del milagro, ver 9, 37.
9 6 En la antigüedad se creía que la
saliva tenía propiedades curativas. Jesús utiliza un gesto conocido y le
transmite una nueva eficacia (ver Mc 7, 33; 8, 23).
9 7 El túnel de Ezequías estaba ya
olvidado (ver 2 Re 20, 20) y Siloé era considerada una fuente milagrosamente
enviada. Se sacaba agua de ella en la Fiesta de las Tiendas, ver Jn 7, 38. Para
Jn Jesús es el enviado del Padre.
9 14 Trabajo prohibido en sábado.
9 17 Ver Jn 4, 19. Primera etapa de
la interpretación del signo: Jesús es reconocido como un hombre de Dios, dotado
de un poder que sobrepasa las posibilidades humanas (Lc 24, 19).
9 18 Var.: “que aquel hombre hubiera
sido ciego y hubiera recobrado la vista”.
9 21 Om.: “Preguntadle”.
9 22 En la época de Jesús, el
judaísmo disponía de medidas para marginar a determinados delincuentes. Pero
fue a finales del s. I cuando apareció una auténtica excomunión de los
cristianos. Es probable que Jn haya proyectado en el pasado una medida reciente
(ver 12, 42; 16, 2)(, que posiblemente algunos de sus lectores habían padecido
ya.
9 24 Fórmula bíblica para conjurar a
alguien a que diga la verdad y repare una ofensa hecha a la majestad divina,
ver Jos 7, 19; 1 S 6, 5.
9 29 Ver 6, 42; 7, 27.42.52. La
importancia que alcanzó la Ley en el judaísmo contribuyó al crecimiento
ilimitado de la estima por Moisés como legislador. Los fariseos tendían a
considerarlo el maestro doctrinal por excelencia. En la medida en que Jesús
aparece como portavoz de la revelación total y definitiva, debía ser
necesariamente comparado con Moisés (ver 6, 32).
9 31 (a) Una verdad común (Is 1, 15; Sal
66, 18; 109, 7; Pr 15, 29; Jb 27, 9; 35, 13; Jn 15, 23-27; 1 Jn 3, 21-22).
9 31 (b) Jn asocia la característica
griega de la piedad y el ideal bíblico, que insistía más en la obediencia a
Dios.
9 32 El milagro del ciego de
nacimiento es probablemente para los evangelios el símbolo del bautismo, nuevo
nacimiento por el agua y el Espíritu, 3, 3-7. Las analogías entre 3, 1-21 y 9
son muchas.
9 33 Nueva etapa del itinerario de la
fe: el que fuera ciego, que había reconocido a Jesús como profeta (9, 17)
declara que hasta el momento nadie en Israel había sido un hombre de Dios como
él. Se han superado los viejos títulos.
9 35 Última etapa del itinerario: el
hombre curado ha ido hasta el final de su testimonio y ha sufrido persecución,
prefigurando así la situación que vivió la Iglesia de Juan (ver 15, 1-16, 4).
Jesús va a su encuentro y se le revela como Hijo del hombre, es decir, el que
viene a reunir a las personas y a elevarlas a la participación de la vida de
Dios (1, 51; 3, 14-15; 6, 62-63).
9 38 Om. de todo el v. 38 y del
comienzo del v. 39.
9 39 Los presuntuosos, que se fían de
sus propias luces, ver vv. 24-29.34, en contraposición a los humildes, cuyo
tipo es el ciego. Ver Dt 29, 3; Is 5, 9s; Jr 5, 21; Ez 12,2.
9 41 Si hubiesen sido ciegos a la
manera del que ha sido curado, estarían sin pecado; pero quienes se apoyan de
forma autosuficiente en lo que tienen no otorgarán su fe a Jesús, único que
puede arrancarles del pecado (ver. 3, 36).
Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión
crítica:
9 La curación del ciego es un
milagro-signo revelador, típico de la estructura interna del 4º Evangelio:
Jesús se revela con palabras y con hechos que los confirman en este caso, la
revelación es: “Yo soy la luz del mundo” (v. 5; 8, 12). Yo soy “la Vida que es
la luz de los hombres” (1, 14).
2 La pregunta de los discípulos
parte de la creencia en una unión causal estrecha entre pecado y enfermedad
física.
3 Jesús distingue el pecado, del
mal físico; la salvación incluye necesariamente la purificación del pecado //
Si damos a la partícula griega hina con subjuntivo, valor de imperativo,
podemos traducir: ni pecó este ni sus padres, pero ¡dejad que se manifieste
en él…” // Las obras maravillosas (las señales, las pruebas: v. 16) de Dios
en favor de Jesús.
5 Soy luz: cf. 8, 12.
6 Todo el capítulo describe, por
una parte, el itinerario hacia la fe (el ciego llega a ver v. 38); y por otra,
el itinerario inverso, el del endurecimiento (los fariseos acaban siendo más
ciegos que al principio: v. 41). El primer paso para la fe resulta paradójico:
cegar más; pero es que “la fe, cegando la luz (san Juan de la Cruz). Con
palabras de otro de nuestros clásicos: “Pudiendo con su sola palabra curarle,
tomó lodo y púsoselo en los ojos, haciendo colirio del que parecía estorbo.
Cogió tierra y amasóla con su saliva, con que la convirtió en un terrón del
cielo. y fue remedio la que ya fuera daño…. Abrióle los ojos cuando parecía se
los tapiaba” (B. Gracián). Es verdad que los antiguos atribuían poder curativo
a la saliva (cf. Mc 7, 33); y que recientemente ha sido identificado en la
saliva humano un analgésico natural (la apomorfina), más eficaz que la morfina;
pero ni en el gesto de aplicar la saliva a los ojos del ciego, ni en el de
lavarse en el estanque, hay relación de causa a efecto; ese milagro tenía una
significación sacramental más profunda (bautismo, Eucaristía, etc.).
7 El estanque de Siloé: en la parte sur de la ciudad
recogía el agua de la fuente de Guijón a través de un célebre canal
subterráneo, excavado en la roca en tiempo del rey Ezequías (s. VIII-VII a.C.).
// Enviado: el Enviado, como en hebreo (cf. Lc 13,4), deja más en
relieve el simbolismo: Jesús es el enviado del Padre (cf. 7, 28ss.),.
10 Se te curaron los ojos: lit. se abrieron de ti los
ojos; el mismo giro se usa en los vs. 11 (“untó de mí los ojos”),
17.21.26.30.32. “Abrir los ojos” es un semitismo; significa dar vista,
devolver la vista.
22 De la sinagoga como institución; o de las
sinagogas como asambleas o sitios de reunión. El verdadero problema no era
que Jesús no guardara el sábado, sino que los judíos ya estaban predispuestos
en contra de él.
24-34 Influjo de la voluntad en la fe
y en la negativa a creer. Se acaba insultando al ciego vidente, que, con ironía
popular, da una lección a sus jueces malintencionados.
27 Ese también nos está diciendo que en su
corazón el ciego ya era discípulo de Jesús.
31 No escucha, escucha: el vocablo griego puede
traducirse escuchar y obedecer (cf. 3, 29). Apophthegmata Patrum (s.VI)
recoge esta sentencia del abad de Miós de Beléi: “Obediencia por obediencia; si
uno obedece a Dios, Dios le obedece a él”.
32 Desde que el mundo es mundo: lit. desde la eternidad,
desde el “eón”, desde el siglo.
34 Respondieron así: cf. Mt 3, 15. // Mientras que
Jesús había afirmado que no se trataba de pecado personal del ciego (v. 3), la
actitud orgullosa de los fariseos hace que se erijan en jueces absolutos y lo
condenen como pecador. // Tú… empecatado: lit. en pecados tú naciste
todo.
35-38 Jesús acoge al rechazado por
Israel y hace que su conocimiento de fe crezca hasta la plena luz; su
itinerario espiritual fue: desde pensar que Jesús es un cualquiera (v.11),
a reconocer que es un profeta (v. 17), aceptar luego que es santo (v.
25) y enviado de Dios (v. 33); hasta, finalmente, confesar y adorar al
Hijo del Hombre como Señor y Dios (v. 38).
39 Aquí está la clave de para qué
el ciego llega a la luz mientras que los judíos se vuelven ciegos. // Para…
una decisión a favor o en contra de mí; para que los hombres hagan un
discernimiento y una elección. Otros entienden: para un juicio, e.d.,
para llevar a cabo un designio divino; o para una sentencia (suponiendo
que sean sinónimos los vocablos griegos kríma y krísis.
41 “Si fuerais ciegos de la vista natural, como lo era
ese hombre,…; pero tenéis otra ceguera peor, y no dejáis que os la cure. // Vuestro
pecado es la incredulidad (cf. 1,29) // A manera de inclusión con el v. 2,
el relato acaba dramáticamente. Jn 3, 19-21 explica ese juicio condenatorio:
“La condena se basa en esto: la luz ha venido al mundo, pero los hombres amaron
más la oscuridad que la luz”. Ante nuestra posibilidad de pecar contra la luz,
se comprende la exclamación de santa Teresa: “¡Dadnos, Señor, luz! Mirad que es
más menester lo que era al ciego de nacimiento, que este deseaba ver la luz y
no podía; ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, que mal tan incurable!”.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
9,1-41 El hombre ciego creyó en Cristo
a pesar de que no podía verlo, y sus ojos se abrieron. Aunque los fariseos
presenciaron la curación, estaban cegados por su enferma voluntad hacia Cristo
y sus enseñanzas. La ceguera espiritual puede resultar a menudo de dudas
voluntarias o involuntarias, y puede ser un grave pecado si se cultiva a
propósito. Cat. 1850, 1852, 1855, 1856-1859.
9,2 Cristo rechazó la idea de que la
ceguera del hombre había sido causada necesariamente por sus propios pecados o
por los de sus padres. La idea de que la enfermedad era resultado del pecado
era una concepción errónea habitual. A pesar de que toda enfermedad y muerte
tienen sus últimas raíces en nuestra naturaleza débil causada por el pecado
original y a veces por los pecados actuales. Dios permite las enfermedades
físicas y otros tipos de sufrimiento como medios de purificación y como una
oportunidad para unirse más a Cristo y a su cruz. En este caso en particular,
la desgracia del hombre ciego resultó ser una oportunidad para que Cristo
revelase la gloria de Dios. Cat. 1500-1502.
9,6 A menudo, Cristo utilizaba
gestos y cosas extraordinarias para obrar milagros que tenían un significado
espiritual. Los sacramentos son signos eficaces (que utilizan materia, forma y
ministerio) para conferir la sangre de Cristo, que llevan al alimento sobrenatural.
Cat. 1151, 1504.
9,7 En el sacramento del bautismo se
lavan nuestros pecados. El rito del bautismo tiene muchas referencias a las
cualidades vivificantes del agua. Cat. 985, 2813.
9,11 Como vimos anteriormente en la
historia de la mujer samaritana en el pozo (Jn 4, 7-42),, el lenguaje del
hombre ciego refleja su fe creciente y su comprensión de la identidad de
Cristo. Aquí, se refiere a Cristo como un hombre; y según avanza la narración
se refiere a él como un profeta, como venido de Dios y finalmente como Señor.
Cat. 202, 455, 2665.
9,22 Tenían miedo a los judíos: cf. Jn 7, 11-13. Excluir de
la sinagoga: este es el equivalente judío de la excomunión. Cat. 575, 596.
9.24 Da gloria a Dios: se trata de una fórmula para
obligar a confesar la verdad (Jos 7, 29). Usar el nombre de Dios en vano, o por
razón trivial, es un grave pecado contra el segundo mandamiento. Cat.
2149-2155.
9,34 La Iglesia enseña que (con la
única excepción de María) toda persona humana es concebida con el pecado
original como consecuencia del pecado de Adán. Esto no es lo mismo que el
pecado actual o personal deliberado. Tanto el pecado original como los pecados
actuales son perdonados en el sacramento del bautismo. Cat 397-408, 1263.
9,38 Cristo, luz del mundo, no
solamente abrió los ojos del hombre, sino que también iluminó su corazón y su
mente para que pudiera hacer una profesión de fe sincera de la divinidad de
Cristo, demostrando así cómo el sufrimiento y la curación pueden conducir a la
conversión. Cat 1501, 1505.
9,41 Cristo describió
intencionadamente la diferencia entre el hombre ciego y los fariseos. A
Aquellos que buscan humildemente la verdad se les da la luz de la verdad, pero
aquellos orgullosos que no ven necesidad de arrepentirse se ciegan a la verdad.
Cat 588.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
1850 El pecado es una falta contra la
razón, la verdad, la conciencia recta: es faltar al amor verdadero para con
Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes.
hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido
definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (S.
Agustín y Sto. Tomás de Aquino).
1500 La enfermedad y el sufrimiento se
han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana.
En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su
finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
1501 La enfermedad puede conducir a la
angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a
la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla
a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es.
Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a
Él.
1502 El hombre del Antiguo Testamento
vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (Sal
38) y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación
(Sal 6, 3). La enfermedad se convierte en camino de conversión (Sal 38, 5) y el
perdón de Dios inaugura la curación (Sal 32, 5). Israel experimenta que la
enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la
fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: “Yo, el Señor, soy el que te
sana” (Ex 15, 26). El profeta entrevé que el sufrimiento puede tener también un
sentido redentor por los pecados de los demás (Is 53, 11). Finalmente, Isaías
anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y
curará toda enfermedad (Is 33, 24).
1503 La compasión de Cristo hacia los
enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (Mt 4, 24) son
signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo· (Lc 7, 16) y de que el
Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino
también de perdonar los pecados (Mc 2, 5-12).
1504 A menudo Jesús pide a los
enfermos que crean (Mc 5, 24). Se sirve de signos para curar: saliva e
imposición de manos (Mc 7, 32), barro y ablución (Jn 9, 6-15). Los enfermos
tratan de tocarlo (Mc 3, 10), “pues salía de él una fuerza que los curaba a
todos” (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa “tocándonos” para
sanarnos.
1151 Signos asumidos por Cristo. En la predicación,
el Señor Jesús se sirve con frecuencia de los signos de la creación para dar a
conocer los misterios el Reino de Dios (Lc 8, 10). Realiza sus curaciones o
subraya su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos (Jn
9, 6). Da un sentido nuevo a los hechos y a los signos de la Antigua Alianza,
sobre todo al Éxodo y a la Pascua (Lc 9, 31), porque Él mismo es el sentido de
todos esos signos.
575 Muchas de las obras y de las
palabras de Jesús han sido, pues, un “signo de contradicción” (Lc 2, 34) para
las autoridades religiosas de Jerusalén, aquellas a las que en el Evangelio de
san Juan denomina con frecuencia “los judíos” (Jn 1, 19), más incluso que a la
generalidad del pueblo de Dios (Jn 7, 48-49).
Concilio Vaticano II
Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este
sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar
a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la
Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas.
Lumen gentium, 1.
San Agustín
Hemos escuchado la lectura acostumbrada del santo evangelio; pero bueno
será recordarla y preservar la memoria del sopor del olvido. Esta lectura,
además, aunque la conocemos desde hace mucho, nos ha producido el mismo deleite
que si la hubiéramos oído por primera vez. Cristo devolvió la vista a un ciego
de nacimiento; ¿qué hay en ello de maravilla? Cristo es el médico por
excelencia. [...] Mas aquella ceguera no se debió a la culpa de su s padres ni
a culpa personal, sino que existió para que se manifestaran las obras de Dios
en él. Porque, aunque todos hemos contraído el pecado original al nacer, no por
eso hemos nacido ciegos; aunque bien mirado, también nosotros nacimos ciegos.
¿Quién no ha nacido ciego, en verdad? Ciego de corazón. El Señor que había hecho
ambas cosas, los ojos y el corazón, curó igualmente las dos. [...] ¿Cuando lavó
este ciego el rostro de su corazón? Cuando, echado de la sinagoga por los
judíos, el Señor le abrió los ojos del alma; pues, habiéndole encontrado, le
dijo, según hemos oído: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? ¿Quién es, Señor, respondió,
para que crea en él? Ya veía con los ojos, pero aún no con el corazón.
Esperad; ahora le verá. Jesús le respondió: Soy yo, el que habla contigo. ¿Acaso
lo dudó? Inmediatamente se lavó su rostro. En efecto, estaba hablando con aquel
Siloé que significa enviado. Luego él era Siloé. El ciego de corazón se
le acercó, lo escuchó, lo creyó, lo adoró; lavó su rostro y vio. [...] Recibió
el lodo hecho con saliva, se le untaron los ojos, fue a Siloé, lavó allí su
rostro, creyó en Cristo, lo vio y escapó de aquel terrible juicio: Yo he
venido al mundo par aun juicio: para que los que no ven vean, y los que ven se
vuelvan ciegos.
Sermón 136,
1-3. I, pgs. 330-333.
Los Santos Padres.
¿Cómo será esta noche en la cual, cuando viniere, nadie podrá trabajar?
Conociendo lo que es el día, conocerás también la noche. ¿Quién nos dirá lo que
es el día? Él mismo: “Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo”. El
mismo es el día… El día este, que va de sol a sol, es de pocas horas; pero el
día de la presencia de Cristo dura hasta la consumación de los siglos.
San Agustín. Tratados sobre el Ev. de Juan, 44, 5-6.
¿Por qué recurrió a la saliva, en vez de al agua, para formar el barro?
Habría enviado entonces al ciego a la piscina de Siloé. Escupió en la tierra
para que no atribuyeran un poder milagroso al agua de aquella piscina y para
que tú entiendas que fue de su boca de donde salió la misteriosa energía que
regeneró los ojos del ciego y los abrió.
San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Juan, 57, 1.
Vete también tú a Siloé, es decir, a quien ha sido enviado por el Padre,
como está escrito: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me ha enviado”.
Deja que Cristo te lave, para que puedas ver. Acércate al bautismo, pues ya es
el tiempo oportuno; ven con rapidez, para que también tú puedas decir: “Fui, me
lavé y comencé a ver”; para que puedas decir como aquel que, después de
recobrar la vista, dijo: “La noche ha pasado y se acerca el día” (Rm 13,12).
San Ambrosio. Cartas, 9, 67, 4-6.
Este ciego fue una ocasión propicia para nuestro Señor: gracias a él ganó
a numerosos ciegos a quienes curó la ceguera del corazón.
S. Efrén de Nisibi. Comentario al Diatessaron, 16, 30.
San Juan de Ávila
Y si escondió lo tercero, que es la luz o color,
cuando aquella sagrada cara estaba amortiguada y escurecida, y aquellos ojos
lucientes se escurecían, ya que quería morir y después de muerto, ¿por qué fue
esto, sino por dar luz y color vivo a nuestras escuridades?, según él mismo lo
figuró, cuando de su saliva, que significa a él en cuanto Dios, y de la tierra,
que significa la humanidad, hizo lodo, que significa su abatida pasión, y con
aquella bajeza recibió vista el ciego (cf. Jn 9, 6-7), que significa el género
humano.
Audi, filia (I). I, pg. 531.
De aquí vemos que Jesucristo nuestro Redemptor,
para predicar su Evangelio, no se contentó con solamente milagros para
persuadirle, siendo tan grandes que dice él: Si opera non fecissem quae nemo
alius fecit, peccatum non haberent (Jn 15, 24) – A
saecula non est auditum, quia quis aperuit oculos caeci nati (Jn 9, 32), dice al
ciego.
Lecciones sobre la Epístola a los Gálatas. II, pg. 31-32.
Quamdiu sum in mundo, lux sum mundi (Jn 9, 5). (Ubi
supra).
Muy reverendo, etc.
Sermón del miércoles de la IV Semana de
Cuaresma. III, pg. 181.
[...] Dijo Jesucristo: Tal está un ánima sin mí, cual está este mundo sin
la lumbre y claridad del sol. Así como viéredes una lumbre, por vuestra vida
que os acordéis de Jesucristo, que es lumbre del mundo: Mientras estoy en el
mundo, luz soy del mundo.
Para que entendáis por qué el señor dijo estas palabras: Había acabado de
disputar cuando le quisieron los fariseos apedrear, y salióse del templo; y
está un ciego de su nacimiento a la pueta, y preguntándole sus discípulos: Maestro,
¿pecó este o sus padres, porque nació ciego? (Jn 9, 2). Entendieron que las
enfermedades venían por los pecados, porque, cuando sanó el otro, le dijo: No
quieras más pecar, porque no te acontezca otra cosa peor (Jn 5, 15).
Desengañóles de esto Jesucristo, porque no vienen todas las enfermedades por
pecados, sino para gloria y alabanza de Dios. Muchas veces castiga Dios a uno,
y no por pecados; esto se entiende que no le dan aquel castigo por pecados,
aunque en él haya pecados. Y como decía Job a sus amigos, y no lo entendieron;
que decía él: “No tengo pecado”, que claro está que no había de decir él esto,
sino decía: “No te castiga Dios en esto por pecados”. Muchas veces os envía
Nuestro Señor el trabajo, la enfermedad, la pobreza, y no en castigo de
pecados, sino por otra cosa, Pues por qué nació ciego? Por gloria y alabanza
del Señor (cf. Jn 9, 3).
No entendemos esta palabra. No te castiga Dios por los pecados, sino
porque lo honres y sea alabado. Invoca me in die tribulationis; eruam et
honorificabis me [invócame en los días de peligro; yo te libraré y tu
proclamarás mi gloria] (cf. Sal 49, 15). Cuando estuviéredes en la
tribulación, no llames a tus fuerzas, a tus trabajos, no a tu juicio, no a tu
discreción, porque yo te libraré y honrarme has tú. ¿Para qué me envía Dios tan
grandísimos trabajos, tantas necesidades, tan grandes enfermedades y tan peligrosas?
Para que en esas grandes necesidades, cumpliéndolas Él, en esos grandes
trabajos, remediándolos Él, gane mayor honra y sea más alabado; y porque en eso
hay más aparejo para que entre el remedio y mano del Señor y se vea claro que
Él es el remediador y el que curó esta llaga y no pudo ser otro.
A mí me conviene entender en los negocios a que mi Padre me envió, dijo Jesucristo (Jn 9, 4).
¡Quién mirase como es razón esto! ¡Quién se parase a pensar y dijese!: ¿A qué
me envió Dios a este mundo? ¿Qué hago? ¿En qué entiendo? ¿Cómo gasto el tiempo?
¿En qué me ejercito? No es razón pararnos en el camino. De priesa vamos; a
negocios de grande importancia vamos, no es razón para parar en cosas de poco
provecho.
-¿A qué os envió Dios a este mundo? ¿A ser rico? ¿A que tuvieses muchos
dineros, grandes rentas, dignidades? ¿A qué mandásedes? ¿A qué viváis en
regalos y a todo vuestro placer? – No. -
¿Pues a qué vinisteis? ¿Oh quien os preguntase cómo os va en aqueste negocio de
vuestras ánimas? ¿Cómo? ¿Negocio es este que tanto os va? El fiel hijo
Jesucristo dijo: Conviéneme obrar a lo que el Padre Eterno me envió, a curar
enfermos, cojos; alumbrar ciegos, consolar tristes, a medicinar llagados y a
remediar todos los males del mundo; a esto vine, a hacer esta obra, a que me
envió mi Padre. Luz, soy del mundo (Jn 9, 5). Este está ciego; yo lo
curaré, yo le daré vista, yo lo alumbraré.
[...] Yo en Jesucristo vine a este mundo, para que los que no ven,
vean, y los que no ven no vean. Si fuésedes ciegos, no terníades pecados. (cf.
Jn 9, 35-41), y quedaros heis ciegos. Si conociésedes que sois ciegos,
buscaríades remedio, pero porque pensáis que veis bien, no serés sanos. Pensáis
que sois santos, tenéisos por sabios, por letrados, por maestros, por doctores,
y por esto quedaréis ciegos y sin lumbre. Los que se conocieron flacos y
ciegos, necesitados e ignorantes, estos fueron sanos y recibieron la luz de
Dios. Somos graduados, doctores, maestros, ¿hemos de oír a un pobre que nunca
le vinos estudiar? ¿A uno de por ahí, que no le tiene el mundo en nada, hémonos
de bajar? ¿De éste hemos de tomar doctrina? Estos se quedaron ciegos y a
escuras; no se conocieron; no les dieron lumbre; quedáronse ansí.
Sermón del miércoles de la IV Semana de
Cuaresma. III, pgs. 184-186.
¡Que caminos, qué sendas llevaste, Señor, dende que
en este mundo entraste, tan llenos de luz, que dan sabiduría a los ignorantes, y calor a los
tibios!¡Cuánta verdad dijiste!; Quandiu sum in mundo, lux sum mundi [mientras
estoy en el mundo soy la luz del mundo] (Jn 9, 5). Luz fue tu
nacimiento, luz tu circuncisión, tu huir a Egipto, tu desechar honras; y esta
luz crece hasta hacer perfecto día (cf. Prov 4, 16).
El día perfecto hoy es y mañana, en los cuales
obras cosas tan admirables, que parezcan olvidar las pasadas; tan llenas de
luz, que parezcan obscurecer las que son muy lúcidas.
Sermón del Jueves Santo. III, pg. 407.
Tiene la primera [condición del alba], porque fue
mensajera de aquel luciente sol que fue el nacimiento del sol de justicia,
Jesucristo nuestro Redemptor. No solamente fue mensajera; mas una madre
por
parecer en todo al alba, que se dice ser madre del sol. Aportónos aquel día
saludable, día de perdón, día de descanso, cuando su bendicto Hijo anduvo por
este mundo: todo aquel tiempo fue día, porque día es todo el tiempo que el sol
anda sobre la tierra. Pues como Él fuese sol y luz, como y según Él lo dice: Quamdiu
sum in mundo, lux sum mundi (Jn 9, 5), síguese que era día todo aquel tiempo
que Jesucristo causó con su presencia.
Sermón Natividad de la Virgen. III, pg. 818.
No tenéis devoción, no lo deseáis. Engáñaos el
mundo a unos con honras, a otros con deleites, a otros con riquezas, a otros
con sedas y vestidos. Haceos de lo chico grande, de lo grande chico; habéis
hecho de establo cielo, de lo temporal eterno. No veis nada, andáis ciegos, y
lo bueno es que no lo conocéis, sino que pensáis que veis, no viendo nada;
pensáis que vais por buen camino, yendo errados. ¡Despertad, hermanos, de tan
profundo sueño. Por reverencia de Dios, poned lodo sobre vuestra ceguedad (cf.
Jn 9, 6); conocé quién sois, que eso quiere decir. Descobrid vuestras llagas a
Cristo y llegaos a Él conociéndolas. Pensad que todo el bien os ha de venir del
Sacramento, y no de vosotros; pensad que de allí os ha de venir la vista para
vuestra ceguedad, el alegría para vuestras tristezas, la misericordia para
vuestras miserias. Y desconfiá entretando de vuestras fuerzas y confiá de
Jesucristo; porque el que pensare que de otra parte le viene el bien, sino del
Sacramento, loco es y soberbio. Dice San Bernardo: “Comulga, ¡aba!, que con
Cristo vienen todos los bienes.
Sermón en la infraoctava del Corpus. III, pg. 555-556.
Echáronlo de sí los fariseos, y en echándolo encuentra
con Jesucristo y dijole: ¿Crees en el Hijo de Dios? Respondió el ciego: ¿Y
quién es, Señor, para que lo crea? Dijo Jesucristo, amador de los
bajos y de los que en sencillez lo quieren creer: Visto lo has, y yo soy que hablo
contigo. Cuando esto oyó el ciego, cayó en tierra y adoró a Nuestro Señor.
Dijo Jesucristo: In iudicium ego in hunc mundum veni, ut qui
non vicent, videant, et qui vident caeci fiant. Yo en juicio vine en este
mundo, para que los que no ven, vean, y los que ven no vena. Si fuésedes
ciegos, no terniades pecados (cf. Jn 9, 35-41), y quedaros heis ciegos.
Sermón del miércoles de la semana 4 de
Cuaresma. III, pgs. 186-187.
¡Oh manjar tan mal conocido! ¡No hay quien quiera
aparejarse para comello! ¿Qué malaventura es ésta, que esté entre nosotros la
hartura y que muramos de hambre? Creo que pasa hoy día lo que en el
advenimiento de Jesucristo, que aunque a unos hacía provecho su venida y
presencia, a otros dañaba. ¿No lo dijo así Jesucristo: In
hoc ego veni in hunc mundum, ut qui non vident, videant, et qui vident, caeci
fiant. Para esto, dice, vine al mundo, para que los que estén ciegos y no ven,
vean, y para que los que ven, no vean y se tornen ciegos (cf. Jn 9, 39). Y
así fue; que a unos parecía bien su doctrina y la recibían y la creían por
Dios; y otros se morían de envidia y lo blasfemaban. Ansi pasa agora a la
letra: unos hay que se mueren por comulgar y desean ver venida la hora en que
han de recibir a Jesucristo. Yo conocí una persona que me decía que deseaba el
día en que había de comulgar como la salud. Otros hay que los han de llevar por
fuerza, y les hacen comulgar a poder de penas y de excomuniones.
Sermón en la Infraoctava del Corpus. III, pg. pgs.
557-558.
Y si a uno le pusiesen una espada de Roldán o del
rey don Fernando, si el tal, en lugar de emplearla en hazañas, se anduviese
cortando melones y suelas de zapatos con ella, ¿qué os parece que merecía? Que
le quitasen la espada, pues tan mal usa de ella. ¡Oh espada mal empleada de
Roldán, con que pudiera hacer tales hazañas! Yo vine para que los que no ven,
vean; y los que ven, no vean (cf. Jn 9, 39). ¿Qué harán en el infierno los
malaventurados privados de la vida de Dios? Si no viniera y los llamara, no
tuvieran pecado (Jn 15, 22). Vistesme, oístesme, llaméos, convidéos con perdón, y me
ofrecí a pagar vuestros pecados, y lo hice. Que se le ponga todo eso que habéis
hecho por ellos en una balanza a su cargo. Que quien se pare a pensar lo mucho
que ha hecho por los hombres y lo poco que de ello nos aprovechamos, dirá que
nos ha dado la espada de Roldán y que la empleamos en cortar nabos. ¡Y que hay
personas que no vernían a comulgar si los excomulgasen! ¿Quién no tiene
devoción a este Sacratísimo Sacramento? Andá, que otro día nos veremos juntos:
aunque no esté yo tan alto como ahora, estarlo ha Jesucristo. Entonces oirán
los malaventurados aquella sentencia: Andad, malditos de mi Padre, al
fuego eterno (Mt 25, 41), pues no os quisistes aprovechar de mí.
Sermón del Santísimo Sacramento. III, pgs. 615-616.
Hinchábalos la soberbia e impedíales la vista
espiritual, como un hombre que tiene tan hinchada la cara que le impide el ver
corporal, de los cuales confiesa San Augustín, diciendo: Facies
mea inflata erat et non poteram verum videre. Huye de estos la lumbre y gracia
de Dios, porque con los humildes y sencillos es su
conversación (Pr 3, 32), y por justo juicio suyo hace lo que dijo: Yo en
juicio vine a este mundo, para que los que no ven vean, los que ven sean hechos
ciegos (Jn 9, 39). Él a alumbrar vino a todos; mas el que piensa que sabe y no
se rinde a la palabra de Dios como un niño a un maestro, huye de la luz del
Señor, porque él mismo con su soberbia lo alcanzó de sí.
Sermón de la Virgen de las Nieves. III, pg. 915.
Acuérdese vuestra reverencia del ciego que el Señor
sanó con lodo (cf. Jn 9, 6); y después, cuando decían si era él,
respondió no tomando la honra falsa, mas confesando su enfermedad y pobreza
pasada, y dijo: Yo era aquel pobre ciego, y agora veo (Jn 9, 25). No
habemos de haber por malo que nos digan quien fuimos, porque a gloria de
Cristo, pertenece esta confesión de nuestra enfermedad y a grande provecho
nuestro, porque ya aquí se celebra nuestro juicio, y ansí escapamos de allá. Y
no se canse en tornar por sí ni dar muchas desculpas de su inocencia, porque el
Señor dice: Vosotros callaréis, y el Señor peleará por vosotros (Ex 14, 14).
Carta a un religioso predicador. IV, pg. 22.
Y pídole por amor de nuestro Señor ut
non circumberaris omni vento doctrinae [no se deje llevar de cualquier
viento de doctrina], y que estime aquellos por cuyas manos ha recebido misericordia del
Señor, imitando al ciego, que ninguna persuasión humana le quitó el crédito
bueno de Aquel que le había curado de ceguedad perpetua; lo cual él tenía por
señal grande de la bondad de su Maestro, cuando decía: Si
peccator est, nescio: unim scio, quod cum caecus essem, modo video [Y no
sé si es pecador o no: solo sé que yo antes estaba ciego y ahora veo] (Jn 9, 25). Y aunque esto decía, bien creía que era justo, como
por su santa porfía parece y por la merced que el Señor le dio dándosele a
conocer en el templo en pago de la fe que defendía.
Carta para un
caballero, D. Antonio de Córdoba, de estos reinos que pretendía entrar en
religión estando enfermo. IV, pg 524.
Respuesta muy suficiente
me parece para vuestra merced, a las objeciones que le pusieren contra quien le
engendró: Si peccator est, nescio: unum scio, quia cum caecus essem, modo
video. Et si aliis non est apostoluis, mihi est [Yo no sé si es pecador
o no: solo sé que yo antes estaba ciego y ahora veo. Y si para otros no es
apóstol, para mí lo es], pues que he sentido la virtud de Dios salir de él
y tocarme y sanarme.
Carta a D. Antonio de
Córdoba. IV, pg. 525.
San Oscar Romero.
Somos pobres, los que tenemos fe somos los más pobres, pero
en la medida en que confesemos nuestra pobreza, Dios nos dará luz. Así como el
autosuficiente, el orgulloso, el que desprecia a los demás y los considera como
ciegos y se siente capaz de juzgar a todos porque él tiene la suprema verdad,
ese ya es un ciego. He venido a traer un juicio -dice Cristo- un juicio que no
necesito aplicarlo, ustedes mismos se lo están aplicando. El que crea en mí, ya
ve y recibe un juicio absolutorio. El que rechaza mi doctrina, el que me
rechaza a mí, el que rechaza mi Iglesia, el que rechaza mi predicación, ya se
juzga a sí mismo, está ciego.
Cuarto domingo de Cuaresma. 5 de marzo de 1978.
Papa León XIV. Audiencia general.
de marzo de 2026. Catequesis
- Los Documentos del Concilio Vaticano II - II. Constitución dogmática Lumen gentium. 2.
La Iglesia, realidad visible y espiritual
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy
seguimos profundizando en la Constitución
conciliar Lumen gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.
En el
primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta
sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja»
(n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien
podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y,
por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad
deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de
historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación
social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien
la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma
realidad. Por eso, la Lumen
gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien
compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación
y sin confusión.
La
primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una
comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que
comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio
y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la
vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización
institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia,
porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste
en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino
en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la
humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo
comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio
espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia
el cielo (LG, 8; CCC, 771).
La
dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se
superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a
la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.
Para
iluminar dicha condición eclesial, la Lumen
Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se
encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad,
percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se
sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el
toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación.
Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al
encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y
sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.
A la luz
de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la
miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas
concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se
cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de
sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la
presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto
XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las
estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción
del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso
a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una
Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de
Cristo, encarnada en la historia.
En esto
consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue
donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando
este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”:
Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y
actuando. Por eso, el Papa Francisco, en
la Evangelii
gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante
la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos
permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente
organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio
espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre
nosotros.
La
caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera
el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente
ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se
halle, atrae todo hacía sí» (Serm. 354,6,6).
Papa León XIV. Ángelus. 8 de marzo
de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El
diálogo entre Jesús y la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimiento
y la resurrección de Lázaro,
desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia, iluminan el camino de
quienes, en Pascua, recibirán el Bautismo e iniciarán una vida nueva. Estas
grandes páginas del Evangelio, que comenzamos a leer desde este domingo, se
ofrecen a los catecúmenos, pero al mismo tiempo son escuchadas nuevamente por
toda la comunidad, porque ayudan a convertirse en cristianos o, si ya lo
somos, a serlo con mayor autenticidad y alegría.
Jesús, en efecto, es la respuesta de Dios a nuestra
sed. El encuentro con Él, como le sugiere a la Samaritana, activa
en lo profundo de cada uno un «manantial que brotará hasta la Vida eterna»
( Jn 4,14). ¡Cuántas personas, en todo el mundo, buscan
todavía hoy esta fuente espiritual! «A veces me es accesible —escribía la joven
Etty Hillesum en su diario—. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando
ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo». [1] Queridos hermanos, no hay energía
mejor empleada que la que dedicamos a liberar el corazón. Por eso, la
Cuaresma es un don: entramos en la tercera semana y ya podemos intensificar el
camino.
En el
Evangelio también está escrito que «llegaron sus discípulos y quedaron
sorprendidos al ver [a Jesús] hablar con una mujer». (Jn 4,27). Les
cuesta tanto apropiarse de la misión, que el Maestro tiene que provocarlos:
«Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo:
Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega» (Jn 4,35).
El Señor también dice a su Iglesia: “Levanta los ojos y reconoce las
sorpresas de Dios”. En los campos, cuatro meses antes de la cosecha, casi
no se ve nada. Pero allí donde nosotros no vemos nada, la gracia ya está
actuando y los frutos están listos para ser recogidos. La mies es mucha;
quizá son pocos los obreros, porque están distraídos con otras actividades.
Jesús, en cambio, está atento. Aquella mujer samaritana, según las
costumbres, simplemente habría tenido que ser ignorada; sin embargo, Jesús le
habla, la escucha, le da confianza sin segundas intenciones y sin desprecio.
¡Cuántas
personas buscan en la Iglesia esa misma delicadeza, esa disponibilidad! Y qué
hermoso es cuando perdemos la noción del tiempo para prestar atención a quien
encontramos, tal como es. Jesús
incluso olvidaba comer, porque lo alimentaba la voluntad de Dios de llegar al
corazón de todos (cf. Jn 4,34). De ese modo, la Samaritana se
convierte en la primera de muchas evangelizadoras. Desde su aldea de
despreciados y marginados, muchos, gracias a su testimonio, salen al encuentro
de Jesús, y también en ellos la fe brota como agua pura.
Hermanas
y hermanos, pidamos hoy a María, Madre de la Iglesia, poder servir, con
Jesús y como Jesús, a la humanidad sedienta de verdad y de justicia. No es
tiempo de oposiciones entre un templo y otro, entre “nosotros” y “los otros”;
los adoradores que Dios busca son hombres y mujeres de paz, que lo adoran en
Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24).
Papa Francisco. Ángelus. 19 de
marzo de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy el Evangelio nos muestra a Jesús que devuelve la vista a un hombre
ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Pero este prodigio no es
bien recibido por varias personas y grupos. Veamos en detalle.
Pero primero quisiera deciros: hoy, tomad el Evangelio de Juan y leed
vosotros este milagro de Jesús, es hermoso el modo en el que Juan lo cuenta.
Capítulo 9, en dos minutos se lee. Muestra cómo procede Jesús y cómo procede
el corazón humano: el corazón humano bueno, el corazón humano tibio, el
corazón humano temeroso, el corazón humano valiente. Capítulo 9 del Evangelio
de Juan. Hacedlo hoy, os ayudará mucho. ¿Y de qué manera las personas acogen
este signo?
En primer lugar, están los discípulos de Jesús, que ante el ciego de
nacimiento terminan en el chismorreo: se preguntan si la culpa es de sus
padres o suya (cf. v. 2). Buscan un culpable; y nosotros muchas veces
caemos en esto que es tan cómodo: buscar un culpable, en lugar de plantearnos
preguntas exigentes en la vida. Y hoy podemos decir: ¿qué significa para
nosotros la presencia de esta persona? ¿qué nos pide a nosotros? Después,
una vez curado, las reacciones aumentan. La primera es la de los vecinos,
que se muestran escépticos: “Este hombre siempre ha sido ciego: ¡no es
posible que vea ahora, no puede ser él, es otro!”: escepticismo (cf. vv. 8-9).
Para ellos es inaceptable, mejor dejar todo como era antes (cf. v. 16) y no
meterse en este problema. Tienen miedo, temen a las autoridades
religiosas y no se pronuncian (cf. vv. 18-21). En todas estas
reacciones, emergen corazones cerrados frente al signo de Jesús, por varios
motivos: porque buscan un culpable, porque no saben sorprenderse,
porque no quieren cambiar, porque están bloqueados por el miedo.
Y muchas situaciones se parecen hoy a esta. Frente a algo que es precisamente
un mensaje de testimonio de una persona, es un mensaje de Jesús, nosotros
caemos en esto: buscamos otra explicación, no queremos cambiar, buscamos una
salida más elegante que aceptar la verdad.
El único que reacciona bien es el ciego: él, feliz de ver, testimonia lo que le ha sucedido de
la forma más sencilla: «Era ciego y ahora veo» (v. 25). Dice la verdad. Primero
se veía obligado a pedir limosna para vivir y sufría los prejuicios de la
gente: “es pobre y ciego de nacimiento, debe sufrir, debe pagar por sus pecados
o por los de sus antepasados”. Ahora, libre en el cuerpo y en el espíritu, da
testimonio de Jesús: no inventa nada y no esconde nada. “Era ciego y ahora
veo”. No tiene miedo de lo que dirán los otros: el sabor amargo de
la marginación ya lo ha conocido durante toda la vida, ya ha sentido sobre él
la indiferencia, el desprecio de los transeúntes, de quien lo consideraba como
un descarte de la sociedad, útil a lo sumo para la piedad de alguna limosna.
Ahora, curado, ya no teme esas actitudes de desprecio, porque Jesús le ha
dado plena dignidad. Y esto es claro, sucede siempre: cuando Jesús nos
sana, nos devuelve la dignidad, la dignidad de la sanación de Jesús, plena,
una dignidad que sale del fondo del corazón, que toma toda la vida; y Él en
sábado, delante de todos, le ha liberado y le ha donado la vista sin pedirle
nada, ni siquiera un gracias, y él da testimonio. Esta es la dignidad de una
persona noble, de una persona que se sabe curada y empieza de nuevo, renace;
ese renacer en la vida, del que se hablaba hoy en “A Sua Immagine”: renacer.
Hermanos, hermanas, con todos estos personajes el Evangelio de hoy nos pone
también a nosotros en medio de la escena, así que nos preguntamos: ¿qué
posición tomamos?, ¿qué hubiéramos dicho entonces? Y, sobre todo, ¿qué
hacemos hoy? ¿Sabemos, como el ciego, ver el bien y ser agradecidos por los
dones que recibimos? Me pregunto: ¿cómo es mi dignidad? ¿Cómo es tu
dignidad? ¿Testimoniamos a Jesús o difundimos críticas y sospechas? ¿Somos
libres frente a los prejuicios o nos asociamos a los que difunden negatividad y
chismes? ¿Estamos felices de decir que Jesús nos ama, que nos salva o, como
los padres del ciego de nacimiento, nos dejamos enjaular por temor a lo que
pensará la gente? Los tibios de corazón que no aceptan la verdad y no tienen la
valentía de decir: “No, esto es así”. Y también, ¿cómo acogemos las
dificultades y la indiferencia de los demás? ¿Cómo acogemos a las personas que
tienen tantas limitaciones en la vida, ya sean físicas, como este ciego; o
sociales, como los mendigos que encontramos por la calle? ¿Y esto lo
acogemos como una maldición o como ocasión para hacernos cercanos a ellos con
amor?
Hermanos y hermanas, pidamos hoy la gracia de sorprendernos cada día por
los dones de Dios y de ver las diferentes circunstancias de la vida, también
las más difíciles de aceptar, como ocasiones para obrar el bien, como hizo
Jesús con el ciego. Que la Virgen nos ayude en esto, junto a san José, hombre
justo y fiel.
Papa Francisco. Ángelus. 22 de
marzo de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El tema de la luz ocupa el centro de la liturgia de este
cuarto domingo de Cuaresma. El Evangelio (cfr. Juan 9,1-41)
nos cuenta el episodio de un hombre ciego de nacimiento, al que Jesús le
devuelve la vista. Este signo milagroso es la confirmación de la declaración
de Jesús que dice de Sí mismo: «Soy la luz del mundo» (v. 5), la luz que
ilumina nuestras tinieblas. Así es Jesús, irradia su luz en dos niveles, uno
físico y uno espiritual: primero, el ciego recibe la vista de
los ojos y, luego, es conducido a la fe en el «Hijo del
hombre» (v. 35), es decir, en Jesús. Es un itinerario. Sería bonito que hoy
tomaseis todos vosotros el Evangelio de San Juan, capítulo nueve, y leyeseis
este pasaje: es tan bello y nos hará tanto bien leerlo otra vez, o incluso dos
veces. Los prodigios que Jesús lleva a cabo no son gestos espectaculares,
sino que tienen la finalidad de conducir a la fe a través de un camino de
transformación interior.
Los doctores de la ley —que estaban allí, un grupo de ellos— se obstinan en
no admitir el milagro, y hacen preguntas maliciosas al hombre curado. Pero él
los desconcierta con la fuerza de la realidad: «Sólo sé una cosa: que era ciego
y ahora veo» (v. 25). Entre la desconfianza y la hostilidad de los que lo
rodean y lo interrogan incrédulos, él recorre un itinerario que lo lleva poco a
poco a descubrir la identidad de Aquél que le ha abierto los ojos y a confesar
su fe en Él. Al principio cree que es un profeta (cfr. v. 17); luego
lo reconoce como a alguien que viene de Dios (cfr. v. 33); finalmente,
lo acepta como el Mesías y se postra ante Él (cfr. vv. 36-38). Ha
entendido que, dándole la vista, Jesús ha “manifestado las obras de Dios” (cfr.
v. 3).
¡Ojalá tengamos nosotros esta experiencia! Con la luz de la fe, aquel
que era ciego descubre su nueva identidad. Es, ahora, una “nueva
criatura”, capaz de ver su vida y el mundo que lo rodea con una nueva luz,
porque ha entrado en comunión con Cristo, ha entrado en otra dimensión. Ya no
es un mendigo marginado por la comunidad; ya no es esclavo de la ceguera y los
prejuicios. Su camino de iluminación es una metáfora del camino de
liberación del pecado al que estamos llamados. El pecado es como un
oscuro velo que cubre nuestro rostro y nos impide ver con claridad tanto a
nosotros como al mundo; el perdón del Señor quita esta capa de sombra y
tiniebla y nos da una nueva luz. Que la Cuaresma que estamos viviendo sea
un tiempo oportuno y valioso para acercarnos al Señor, pidiendo su
misericordia, en las diversas formas que nos propone la Madre Iglesia.
El ciego curado, que ahora ve, sea con los ojos del cuerpo que con los del
alma, es una imagen de cada bautizado que, inmerso en la Gracia, ha sido
arrebatado a las tinieblas y puesto bajo la luz de la fe. Pero no es
suficiente recibir la luz: hay que convertirse en luz.
Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con
toda su vida. Los primeros cristianos, los teólogos de los primeros siglos,
decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, es el
“misterio de la luna”, porque daba luz pero no era una luz propia, era la luz
que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser el “misterio de la luna”:
dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor. San Pablo nos lo recuerda
hoy: «Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda
bondad, justicia y verdad» (Efesios 5, 8-9). La semilla de la
nueva vida puesta en nosotros en el Bautismo es como la chispa de un fuego, que
a los primeros que purifica es a nosotros, quemando el mal que llevamos en el
corazón, y nos permite que brillemos e iluminemos con la luz de Jesús.
Que María Santísima nos ayude a imitar al hombre ciego del Evangelio, para
que así podamos inundarnos con la luz de Cristo y encaminarnos con Él por el
camino de la salvación.
Papa Francisco. Ángelus. 25 de
marzo de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
Os saludo y gracias por esta cálida bienvenida aquí en Milán. ¡La niebla se
ha ido! Las malas lenguas dicen que va a llover... No sé, yo no lo veo todavía.
Muchas gracias por vuestro afecto, y os pido por favor vuestra oración.
Rezad por mí para que pueda servir al pueblo de Dios, servir al Señor y hacer
su voluntad. Y ahora os invito a rezar el Ángelus juntos, todos juntos.
Angelus Domini...
Papa Francisco. Ángelus. 30 de
marzo de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos presenta el episodio del hombre ciego de
nacimiento, a quien Jesús le da la vista. El largo relato inicia con un ciego
que comienza a ver y concluye —es curioso esto— con presuntos videntes que
siguen siendo ciegos en el alma. El milagro lo narra Juan en apenas dos
versículos, porque el evangelista quiere atraer la atención no sobre el milagro
en sí, sino sobre lo que sucede después, sobre las discusiones que suscita.
Incluso sobre las habladurías, muchas veces una obra buena, una obra de caridad
suscita críticas y discusiones, porque hay quienes no quieren ver la verdad. El
evangelista Juan quiere atraer la atención sobre esto que ocurre incluso en
nuestros días cuando se realiza una obra buena. Al ciego curado lo
interroga primero la multitud asombrada —han visto el milagro y lo
interrogan—, luego los doctores de la ley; e interrogan también a sus
padres. Al final, el ciego curado se acerca a la fe, y esta es la
gracia más grande que le da Jesús: no sólo ver, sino conocerlo a Él, verlo a Él
como «la luz del mundo» (Jn 9, 5).
Mientras que el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la
ley, al contrario, se
hunden cada vez más en su ceguera interior. Cerrados en su presunción,
creen tener ya la luz; por ello no se abren a la verdad de Jesús. Hacen
todo lo posible por negar la evidencia, ponen en duda la identidad del hombre
curado; luego niegan la acción de Dios en la curación, tomando como excusa que
Dios no obra en día de sábado; llegan incluso a dudar de que ese hombre haya
nacido ciego. Su cerrazón a la luz llega a ser agresiva y desemboca en
la expulsión del templo del hombre curado.
El camino del ciego, en cambio, es un itinerario en etapas, que parte del conocimiento
del nombre de Jesús. No conoce nada más sobre Él; en efecto dice: «Ese
hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos» (v. 11). Tras
las insistentes preguntas de los doctores de la ley, lo considera en un primer
momento un profeta (v. 17) y luego un hombre cercano a Dios (v.
31). Después que fue alejado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo
encuentra de nuevo y le «abre los ojos» por segunda vez, revelándole la propia
identidad: «Yo soy el Mesías», así le dice. A este punto el que había sido
ciego exclamó: «Creo, Señor» (v. 38), y se postró ante Jesús. Este es
un pasaje del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de mucha
gente, también la nuestra porque nosotros algunas veces tenemos momentos de
ceguera interior.
Nuestra vida, algunas veces, es semejante a la del ciego que se abrió a la
luz, que se abrió a Dios, que se abrió a su gracia. A veces, lamentablemente,
es un poco como la de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro
orgullo juzgamos a los demás, incluso al Señor. Hoy, somos invitados a
abrirnos a la luz de Cristo para dar fruto en nuestra vida, para eliminar los
comportamientos que no son cristianos; todos nosotros somos cristianos, pero
todos nosotros, todos, algunas veces tenemos comportamientos no cristianos,
comportamientos que son pecados. Debemos arrepentirnos de esto, eliminar
estos comportamientos para caminar con decisión por el camino de la santidad,
que tiene su origen en el Bautismo. También nosotros, en efecto, hemos sido
«iluminados» por Cristo en el Bautismo, a fin de que, como nos recuerda san
Pablo, podamos comportarnos como «hijos de la luz» (Ef 5,
9), con humildad, paciencia, misericordia. Estos doctores de la ley no tenían
ni humildad ni paciencia ni misericordia.
Os sugiero que hoy, cuando volváis a casa, toméis el Evangelio de Juan y
leáis este pasaje del capítulo 9. Os hará bien, porque así veréis esta senda de
la ceguera hacia la luz y la otra senda nociva hacia una ceguera más profunda.
Preguntémonos: ¿cómo está nuestro corazón? ¿Tengo un corazón abierto o un
corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia
el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna cerrazón que nace del
pecado, de las equivocaciones, de los errores. No debemos tener miedo. Abrámonos
a la luz del Señor, Él nos espera siempre para hacer que veamos mejor, para
darnos más luz, para perdonarnos. ¡No olvidemos esto! A la Virgen María
confiamos el camino cuaresmal, para que también nosotros, como el ciego curado,
con la gracia de Cristo podamos «salir a la luz», ir más adelante hacia la luz
y renacer a una vida nueva.
Benedicto XVI. Ángelus. 3 de abril de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de
gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para
con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare»,
nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada
de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los
que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto;
mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66,
10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el
Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La
pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen
de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35).
Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos
a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38). Conviene destacar cómo
una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe:
en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás;
luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo
proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se
encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no
quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías.
La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y
permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego
los vence el miedo del juicio de los demás.
Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros
a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos
iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad
destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad
de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el
Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De
hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del
hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la
luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el
conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue
revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la
existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en
el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a
comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar
por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo
que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la
Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama
que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la
caridad hacia el prójimo.
A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal,
para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo.
Benedicto XVI. Ángelus. 2 de marzo
de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san
Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el
domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del "agua
viva"; hoy, curando al ciego de nacimiento, se revela como "la luz
del mundo"; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se
presentará como "la resurrección y la vida". Agua, luz y vida: son
símbolos del bautismo, sacramento que "sumerge" a los creyentes
en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, liberándolos de la
esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.
Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,
1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por
descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres.
Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: "Ni este pecó ni
sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios" (Jn 9,
3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz
viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por
su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en
la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara
solemnemente: "Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (...)
Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo" (Jn 9, 4-5).
Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace
barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del
hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por
el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, "Adán"
significa "suelo", y el cuerpo humano está efectivamente compuesto
por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva
creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús
la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así,
al final del relato, Jesús y el ciego son "expulsados" por los
fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la
curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.
Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un
juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar,
porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema
de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento
de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda
cegado por su propio egoísmo.
Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos
la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo,
lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19,
14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al
engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.
DOMINGO 5 T.C.
Monición de entrada:
Bienvenidos a misa:
Hoy es el último domingo antes del domingo
Ramos, cuando vendremos a misa con ramas de olivo y palmera.
Los otros domingos hemos escuchado como Jesús
hablaba con una mujer que estaba en el pozo y curaba a un ciego.
Este domingo vamos a ver como hace muy
felices a tres amigos suyos: María, Marta y Lázaro.
Señor, ten piedad.
Tú que lloraste cuando se murió Lázaro.
Señor, ten piedad.
Tú que ayudaste a tus amigas María y
Marta. Cristo ten piedad.
Tú que devolviste a la vida a tu amigo
Lázaro. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por la Iglesia, para que hable a todos de
Jesús que da la vida. Te lo pedimos, Señor.
Por el Papa León, para que siga ayudándonos a
hacer felices a los demás. Te lo
pedimos, Señor.
Por las personas que están en los hospitales,
para que se curen. lo pedimos, Señor.
Por todos los que se van al cielo siendo
niños o jóvenes, para que estén allí. Te lo pedimos, Señor.
Por nosotros, para que llevemos vida a las
personas que están tristes. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias
Gracias Virgen María
porque hoy Jesús nos ha enseñado
que las personas que se mueren
se van al cielo.
Gracias porque llenas nuestro corazón
de mucho amor
y nos ayudas a llenarlo de amor.
BIBLIOGRAFÍA.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. BAC.
Madrid. 2016.
Biblia de Jerusalén. 5ª edición – 2018. Desclée De Brouwer. Bilbao. 2019.
Biblia del Peregrino. Edición de Luis Alonso Schökel. EGA-Mensajero.
Bilbao. 1995.
Nuevo Testamento. Versión crítica sobre el texto original griego de M.
Iglesias González. BAC. Madrid. 2017.
Lectura del libro de Samuel 16,
1b.6-7.10-13a
En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
-Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de
Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí.
Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo:
-Seguro que está su ungido ante el Señor.
Pero el Señor dijo a Samuel:
-No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura,
porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre
mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón.
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a
Jesé:
-El Señor no ha elegido a estos.
Entonces Samuel preguntó a Jesé:
-¿No hay más muchachos?
Y le respondió:
-Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño.
Samuel le dijo:
-Manda a buscarlo, que no nos sentaremos a la mesa mientras no
venga.
Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y
buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
-Levántate y úngelo de parte del Señor, porque es este.
Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus
hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
No mires su apariencia.
1 Sam 9, 2: Tenía un hijo
llamado Saúl, fornido y apuesto. No había entre los hijos de Israel nadie mejor
que él. De hombres para arriba, sobrepasaba a todo el pueblo.
1 Sam 10, 23: Corrieron a
sacarlo de allí, y compareció en medio del pueblo. Sobrepasaba a todos los del
pueblo del hombro para arriba.
Is 55, 8-9: Porque mis planes
no son vuestros planes, / vuestros caminos no son mis caminos, / - oráculo del
Señor -. / Cuanto dista el cielo de la tierra, / así distan mis caminos de los
vuestros, / y mis planes de vuestros planes.
Jb 10, 4: ¿Tienes acaso ojos de
carne?, / ¿ves las cosas como el hombre las ve?
Sal 147, 10s: No aprecia el
vigor de los caballos, / no estima los jarretes del hombre: / el Señor aprecia
a los que lo temen, / que confían en su misericordia.
Jr 11, 20: Señor del universo,
/ que juzgas rectamente; / que examinas las entrañas del corazón, / deja que yo
pueda ver / cómo te vengas de ellos, / pues a ti he confiado mi causa.
Pr 15, 11: El Señor conoce
Abismo y Perdición, / ¡Cuánto más el corazón humano!
Era rubio, de bellos
ojos.
Gn 39, 6: Él puso todo lo que
poseía en manos de José, sin preocuparse de otra cosa que del pan que comía.
José era de buen tipo y bello semblante.
2 S 14,25: No había en todo
Israel hombre más hermoso como Absalón, digno de tan grandes elogios. De la
punta del pie a la coronilla no había defecto alguno.
Lo ungió en presencia de
sus hermanos.
1 S 10, 6: Entonces vendrá
sobre ti el espíritu del Señor, profetizarás con ellos y te convertirás en otro
hombre.
Jc 3, 10: Vino sobre él el
espíritu del Señor y juzgó a Israel.
Notas
exegéticas.
16 Este episodio vincula la unción
de David con Samuel y parece proceder de la tradición profética, pero no tiene
relación con la historia siguiente. David será ungido en Hebrón por el pueblo
de Judá, 2 S 2, 4, y luego por los ancianos de Israel, 2 S 5, 2, y no volverá a
ser mencionada la unción referida aquí: según 17, 27, y a pesar de 16, 13,
Eliab la desconoce. Igual que el capítulo 9 para Saúl, este relato sirve de
prólogo a la historia de la “ascensión” de David al trono, que terminará en 2 S
5 con la instalación en Jerusalén del rey de Judá y de Israel. Esta
recopilación de tradiciones, en la que no faltan duplicados (16, 14-23 y 17, 55
– 18, 5; 187, 6-16 y 19, 8-10; 19, 1-7 y 20, 1-21; 21, 11-16 y 27, 24 y 27; 24
y 26) no es un conjunto desordenado, sino bien estructurado. El recuerdo de la
guerra que opuso a filisteos e israelitas sirve al narrador para jalonar el
relato (17, 1; 19, 8; 23,1; 28,1; 31,1; 2S 5, 25). Cada episodio es netamente
delimitado por movimientos de personajes, y el relato en conjunto avanza
oponiendo el declive de Saúl y la progresión de David, ver 2 S 3, 1 y 5, 10,
explicada mediante una fórmula que reaparece a intervalos como un estribillo:
“Yahvé estaba con él” (1 S 16, 28; 17, 37; 18, 12.14.28; 20, 13; 2 S 5, 10).
Toda esta historia está escrita para mayor gloria de David.
16 7 (a) La fórmula de rechazo,
aplicada aquí solo a Eliab, da pie para pensar que el autor se basa en una
tradición poco favorable al hermano mayor de David, ver 17, 28.
16 7 (b) Literalmente “los ojos”.
16 13 Sin ninguna señal exterior y
en conexión inmediata con la unción: el “espíritu de Yahvé” es aquí la gracia
impartida a una persona consagrada.
Salmo
responsorial
Salmo 22, 1-3a.3b-4.5.6
R/. El Señor es mi pastor, nada me falta.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en
verdes praderas me hace recostar,
me
conduce hacia fuentes tranquilas
y
repara mis fuerzas. R/.
Me
guía por el sendero justo,
por
el honor de su nombre.
Aunque
camine por cañadas oscuras,
nada
temo, porque tú vas conmigo:
tu
vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Tu
bondad y tu misericordia me acompañan
todos
los días de mi vida,
y
habitaré en la casa del Señor
por
años sin término. R/.
Textos
paralelos.
Yahvé
es mi pastor.
Ez 34,1-2: Me fue
dirigida esta palabra del Señor: “Hijo de hombre, profetiza contra los pastores
de Israel.
Jn 10, 11: Yo soy
el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas.
Me
conduce a fuentes tranquilas.
Jn 4, 4-5: Llegó
Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a
José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí
sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Is 40, 31: Pero los
que esperan en el Señor / renuevan sus fuerzas, / echan alas como las águilas,
/ corren y no se fatigan, / caminan y no se cansan.
Jr 31, 25: Pues
refrescaré las gargantas resecas y saciaré las gargantas hambrientas.
Pr 4, 11: Te
instruiré en el camino de la sabiduría, / te guiaré por la senda recta.
Sal 115,1: No a
nosotros, Señor, no a nosotros / sino a tu nombre da la glioria, / por tu
bondad, por tu lealtad.
Aunque
fuese por valle tenebroso.
Is 50, 10: Quien de
vosotros teme al Señor / y escucha la voz de su siervo, / aunque camine en
tinieblas, sin ninguna claridad, / que confíe en el nombre del Señor, / que se
apoye en su Dios.
Jb 10, 21-22: Antes
de que vaya, para no volver, / al país tenebroso, de sombras de muertos, / al
país lúgubre como la oscuridad, / con sombras de muertos, sin orden, / donde la
luz es pura oscuridad.
Preparas
ante mí una mesa.
Ex 16, 15b: Moisés
les dijo: “Es el pan que el Señor os da de comer”.
Sal 22, 27: Los
desvalidos comerán hasta saciarse, / alabarán al Señor los que lo buscan. /
¡Viva su corazón por siempre!
Mi
copa rebosa.
Sal 16, 5: El Señor
es el lote de mi heredad y mi copa, / mi suerte está en tu mano.
Sal 63, 6: Me
saciaré como de enjundia y de manteca, / y mis labios te alabarán jubilosos.
Habitaré
en la casa de Yahvé.
Sal 27, 4: Una cosa
pido al Señor, / eso buscaré: / habitar en la casa del Señor / por los días de
mi vida; / gozar de la dulzura del Señor,
/ contemplando su templo.
Notas
exegéticas.
23 La solicitud divina por los
justos, descrita bajo la doble imagen del pastor y del huésped que ofrece el
banquete mesiánico. Este salmo se aplica tradicionalmente a la vida
sacramental, especialmente al bautismo y la eucaristía.
23 4 “pues tu vienes”: adicción
probable par armonizar con 1 Sam 22 23 y subrayar la alusión al gesto davídico.
El texto primitivo sería: “Cerca de mí, tu vara, tu cayado están ahí”.
23 5 Conforme a la costumbre de la
hospitalidad oriental, Sal 92, 11; 192, 2; Qo 9, 8; Am 5, 5; Lc 7, 46.
23 6 “y habitaré” versiones:
“volveré a” hebr. (simple corrección vocálica.
Segunda
lectura.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14.
Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el señor. Vivid
como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz.
Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las
tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues da vergüenza decir las cosas que
ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, y
todo lo descubierto es luz. Por eso dice: “Despierta tú que duermes, levántate
de entre los muertos, y Cristo te iluminará.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
Porque en otro tiempo
fuisteis tinieblas.
Ef 4, 18: Con la razón a oscura
y alejados de la vida de Dios; por la ignorancia y la dureza de su corazón.
Jn 8, 12: Yo soy la luz del
mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la
vida.
Col 1, 12-13: Dando gracias a
Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo
en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, / y nos ha trasladado
/ al reino del Hijo de su amor.
2 Co 4, 6: Pues el Dios que
dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros
corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada
en el rostro de Cristo.
Ef 6, 14: Estad firmes; ceñid
la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia.
1 Ts 5, 4-5: Pero vosotros,
hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un
ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche
ni de las tinieblas.
Examinad que es lo que le
agrada a Dios.
Rm 12, 2: Y no os amoldéis a
este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis
discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo
perfecto.
Col 3, 10: Y os habéis
revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando
a imagen de su creador.
Pero, al ser denunciadas,
salen a la luz.
Jn 3, 20-21: Pues todo el que
obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por
sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea
que sus obras están hechas según Dios.
Notas
exegéticas:
5 8 El pasaje reagrupa las imágenes
tradicionales de la catequesis bautismal. Ya se ha visto el tema del
revestimiento (4, 22-24) y el de la imitación de Dios (5, 1). El contraste tinieblas/luz
es característico de los textos de Qumrán y del cristianismo primitivo (St 1,
17-18; 1 Pe 2, 9; 1 Jn 1, 5-7). Las exhortaciones positivas se ven
interrumpidas por “listas de vicios” que provienen igualmente de la enseñanza
habitual y que se encuentran en la literatura judía.
5 14 (a) Hablar con complacencia de tales
torpezas, dejándolas en su sospechosa oscuridad, no estaría bien, v. 3; pero
sacarlas a la luz pública para corregirlas es obra buena. La luz que así se
produce expulsa las tinieblas, porque es la luz de Cristo (final del v.).
5 14 (b) Esta cita parece tomada de algún
himno cristiano primitivo; un caso semejante en 1 Tm 3, 16. Sobre la fe
bautismal concebida como iluminación, ver Hb 6, 4;; 10, 32 (ver Rm 6, 4).
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 9, 1-41
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de
nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron:
-Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó:
-Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él
las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha
enviado; viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy
la luz del mundo.
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo
untó en los ojos al ciego y le dijo:
-Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes
solían verlo pedir limosna preguntaban:
-¿No es ese el que se sentaba a pedir?
Unos decían:
-El mismo.
Otros decían:
-No es él, pero se le parece.
Él respondía:
-Soy yo.
Y le preguntaban:
-¿Y cómo se te han abierto los ojos?
Él contestó:
-Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos
y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a
ver.
Le preguntaron:
-¿Dónde está él?
Contestó:
-No lo se.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el
día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le
preguntaban cómo había adquirido la vista. Él le contestó:
-Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.
Algunos de los fariseos comentaban:
-Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros replicaban:
-¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?
Estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
-Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
Él contestó:
-¿Qué es un profeta?
Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que
había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y le preguntaron:
-¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego?
¿Cómo es que ahora ve?
Sus padres contestaron:
-Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo ve
ahora, no lo sabemos; y quien le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo
sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos;
porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera
a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a
él”.
Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le
dijeron:
-Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
Contestó él:
-Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo.
Le preguntaron de nuevo:
-¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?
Les contestó:
-Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis
oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
-Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de
Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de
dónde viene.
Replicó él:
-Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin
embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores,
sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le
abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no
tendría ningún poder.
Le replicaron:
-Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a
nosotros?
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y
le dijo:
-¿Crees tú en el Hijo del hombre?
Él le contestó:
-¿Y quién es, para que crea en él?
Jesús le dijo:
-Lo estás viendo: el que te está hablando ese es.
Él dijo:
-Creo, Señor.
Y se postró ante él.
Dijo Jesús:
-Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no
ven, vean, y los que ven, se queden ciegos.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
-¿También nosotros estamos ciegos?
Jesús les contestó:
-Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís
“vemos”, vuestro pecado permanece.
Textos
paralelos.
Rabí, ¿quién pecó,…?
Jn 5, 14: Más tarde lo
encuentra Jesús en el templo y le dice: “Mira, has quedado sano; no peques más,
no sea que te ocurra algo peor”.
Lc 13, 2: Jesús respondió:
“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque
han padecido todo esto?
Se manifiesten en él las
obras de Dios.
Jn 5, 36: Pero él testimonio
que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido
llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha
enviado.
Mientras es de día
tenemos que trabajar.
Jn 11, 9-10: Jesús contestó:
“¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la
luz del mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.
Jn 12, 35-36: Jesús les
contestó: “Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes
de que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe a donde
va; mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz”. Esto
dijo Jesús y se fue y se escondió de ellos.
Jn 4, 34: Jesús les dice: “Mi
alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra”.
Mientras estoy en el
mundo, soy la luz del mundo.
Jn 8, 12: Jesús les habló de
nuevo diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en las
tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.
Vete a lavarte en la
piscina de Siloé.
Is 8, 6: Este pueblo desprecia
las aguas de Siloé que corren mansas, y desfallece ante Rasín y el hijo de
Romelías.
Era sábado el día en que
Jesús hizo barro.
Mt 12, 10: Había allí un hombre
que tenía una mano paralizada. Entonces preguntaron a Jesús para poder
acusarlo: “¿Esta permitido curar en sábado?”
Lc 13, 16: Y esta, que es hija
de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario
soltarla de tal ligadura en día de sábado?
Jn 14, 20: Entonces sabréis que
yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros.
¿Cómo puede un pecador
realizar semejantes signos?
Jn 3, 2: Este fue a ver a Jesús
de noche y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como
maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con
él”.
Que es un profeta.
Mt 16, 14: Ellos contestaron:
“Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los
profetas”.
Por miedo a los judíos.
Jn 7, 13: Pero nadie hablaba de
él en público por miedo a los judíos.
Jn 16, 2: Os excomulgarán de la
sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará
que da culto a Dios.
Llamaron por segunda vez
al hombre.
Jr 13, 16: Honrad al Señor,
vuestro Dios / antes de que se echen las sombras, / antes de que tropiecen
vuestros pies / por los montes apenas sin luz; / antes de que la luz que
esperáis / se convierta en sombras mortales, / se transforme en lóbregas tinieblas.
Sabemos que Dios no
presta atención a los pecadores.
Is 1, 15: Cuando extendéis las
manos / me cubro los ojos; / aunque multipliquéis las plegarias, / no os
escucharé. / Vuestras manos están llenas de sangre.
Pr 15, 29: El Señor está lejos
de los malvados / y escucha la oración de los honrados.
Has nacido todo entero en
pecado.
Jn 7, 49: Esta gente que no
entiende de la ley son unos malditos.
¿Tú crees en el Hijo del
hombre?
Mt 8, 20: Jesús respondió: “Las
zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene
donde reclinar la cabeza”.
¿Quién es, Señor, para
que crea en él?
Jn 9, 4: Mientras es de día
tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá
hacerlas.
Jn 4, 26: Jesús le dice: “Soy
yo, el que habla contigo”.
Es el que está hablando
contigo.
Jn 8, 12: Jesús les habló de
nuevo diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en
tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.
Para un juicio he venido.
Jn 1, 1: En el principio
existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Mt 13, 13: Por eso les hablo en
parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.
Jesús les respondió.
Mt 18, 14: Igualmente, no es
voluntad de vuestro Padre, que está en el cielo que pierda ni uno de estos
pequeños.
Si fuerais ciegos.
Jn 3, 36: El que cree en el
Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la
ira de Dios pesa sobre él.
Jn 12, 48: El que me rechaza y
no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado,
esa lo juzgará en el último día.
Vuestro pecado sigue en
vosotros.
Ez 34, 2: Hijo de hombre,
profetiza contra los pastores de Israel y dices: “¡Pastores!, esto dice el
Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben
los pastores apacentar las ovejas?”.
Jr 23, 1-3: ¡Ay de los pastores
que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! – oráculo del
Señor –. Por tanto, esto dice el Señor, Dios de Israel a los pastores que
pastorean a mi pueblo: “Vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir
sin preocuparos de ellas. Así que voy a pediros cuenta por la maldad de
vuestras acciones – oráculo del Señor –. Yo mismo reuniré el resto de mis
ovejas de todos los países adonde las expulsé y las volveré a traer a sus
deesas para que crezcan y se multipliquen.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
9 2 Según una concepción muy
difundida en el mundo antiguo, había una estrecha relación entre el pecado y
las dolencias físicas (Ex 9, 1-12; Sal 38, 2-6; Ez 18, 20). En el caso de males
de nacimiento, algunos rabinos atribuían la culpa a los padres, otros al propio
niño durante la gestación.
9 3 Jesús rechaza las teorías
corrientes sin preocuparse por proponer otra nueva. Constata sin más el hecho
de la dolencia y actúa para asegurar al hombre su plena integridad física.
Realiza además un signo (ver 2, 11) que manifestará a los hombres su origen
divino y les invitará a recibir la verdadera luz. El paso de la ceguera a la
visión simboliza el paso de la incredulidad y la muerte a la fe y a la vida. En
este sentido, el ciego (único ciego de nacimiento del NT) podrá ser considerado
prototipo de los que acceden a la fe.
9 4 (a) Var. “Tengo”. Pero el plural
está bien atestiguado y parece indicar que la comunidad cristiana consideraba
su actividad como una prolongación de la de Cristo. Ver Jn 14, 10-11.
9 4 (b) La vida de Jesús es como un día
de trabajo, Jn 5, 17, que concluye con la noche de la muerte. Ver Lc 13, 32; 9,
5. Esta declaración da por anticipado el sentido del milagro, ver 9, 37.
9 6 En la antigüedad se creía que la
saliva tenía propiedades curativas. Jesús utiliza un gesto conocido y le
transmite una nueva eficacia (ver Mc 7, 33; 8, 23).
9 7 El túnel de Ezequías estaba ya
olvidado (ver 2 Re 20, 20) y Siloé era considerada una fuente milagrosamente
enviada. Se sacaba agua de ella en la Fiesta de las Tiendas, ver Jn 7, 38. Para
Jn Jesús es el enviado del Padre.
9 14 Trabajo prohibido en sábado.
9 17 Ver Jn 4, 19. Primera etapa de
la interpretación del signo: Jesús es reconocido como un hombre de Dios, dotado
de un poder que sobrepasa las posibilidades humanas (Lc 24, 19).
9 18 Var.: “que aquel hombre hubiera
sido ciego y hubiera recobrado la vista”.
9 21 Om.: “Preguntadle”.
9 22 En la época de Jesús, el
judaísmo disponía de medidas para marginar a determinados delincuentes. Pero
fue a finales del s. I cuando apareció una auténtica excomunión de los
cristianos. Es probable que Jn haya proyectado en el pasado una medida reciente
(ver 12, 42; 16, 2)(, que posiblemente algunos de sus lectores habían padecido
ya.
9 24 Fórmula bíblica para conjurar a
alguien a que diga la verdad y repare una ofensa hecha a la majestad divina,
ver Jos 7, 19; 1 S 6, 5.
9 29 Ver 6, 42; 7, 27.42.52. La
importancia que alcanzó la Ley en el judaísmo contribuyó al crecimiento
ilimitado de la estima por Moisés como legislador. Los fariseos tendían a
considerarlo el maestro doctrinal por excelencia. En la medida en que Jesús
aparece como portavoz de la revelación total y definitiva, debía ser
necesariamente comparado con Moisés (ver 6, 32).
9 31 (a) Una verdad común (Is 1, 15; Sal
66, 18; 109, 7; Pr 15, 29; Jb 27, 9; 35, 13; Jn 15, 23-27; 1 Jn 3, 21-22).
9 31 (b) Jn asocia la característica
griega de la piedad y el ideal bíblico, que insistía más en la obediencia a
Dios.
9 32 El milagro del ciego de
nacimiento es probablemente para los evangelios el símbolo del bautismo, nuevo
nacimiento por el agua y el Espíritu, 3, 3-7. Las analogías entre 3, 1-21 y 9
son muchas.
9 33 Nueva etapa del itinerario de la
fe: el que fuera ciego, que había reconocido a Jesús como profeta (9, 17)
declara que hasta el momento nadie en Israel había sido un hombre de Dios como
él. Se han superado los viejos títulos.
9 35 Última etapa del itinerario: el
hombre curado ha ido hasta el final de su testimonio y ha sufrido persecución,
prefigurando así la situación que vivió la Iglesia de Juan (ver 15, 1-16, 4).
Jesús va a su encuentro y se le revela como Hijo del hombre, es decir, el que
viene a reunir a las personas y a elevarlas a la participación de la vida de
Dios (1, 51; 3, 14-15; 6, 62-63).
9 38 Om. de todo el v. 38 y del
comienzo del v. 39.
9 39 Los presuntuosos, que se fían de
sus propias luces, ver vv. 24-29.34, en contraposición a los humildes, cuyo
tipo es el ciego. Ver Dt 29, 3; Is 5, 9s; Jr 5, 21; Ez 12,2.
9 41 Si hubiesen sido ciegos a la
manera del que ha sido curado, estarían sin pecado; pero quienes se apoyan de
forma autosuficiente en lo que tienen no otorgarán su fe a Jesús, único que
puede arrancarles del pecado (ver. 3, 36).
Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión
crítica:
9 La curación del ciego es un
milagro-signo revelador, típico de la estructura interna del 4º Evangelio:
Jesús se revela con palabras y con hechos que los confirman en este caso, la
revelación es: “Yo soy la luz del mundo” (v. 5; 8, 12). Yo soy “la Vida que es
la luz de los hombres” (1, 14).
2 La pregunta de los discípulos
parte de la creencia en una unión causal estrecha entre pecado y enfermedad
física.
3 Jesús distingue el pecado, del
mal físico; la salvación incluye necesariamente la purificación del pecado //
Si damos a la partícula griega hina con subjuntivo, valor de imperativo,
podemos traducir: ni pecó este ni sus padres, pero ¡dejad que se manifieste
en él…” // Las obras maravillosas (las señales, las pruebas: v. 16) de Dios
en favor de Jesús.
5 Soy luz: cf. 8, 12.
6 Todo el capítulo describe, por
una parte, el itinerario hacia la fe (el ciego llega a ver v. 38); y por otra,
el itinerario inverso, el del endurecimiento (los fariseos acaban siendo más
ciegos que al principio: v. 41). El primer paso para la fe resulta paradójico:
cegar más; pero es que “la fe, cegando la luz (san Juan de la Cruz). Con
palabras de otro de nuestros clásicos: “Pudiendo con su sola palabra curarle,
tomó lodo y púsoselo en los ojos, haciendo colirio del que parecía estorbo.
Cogió tierra y amasóla con su saliva, con que la convirtió en un terrón del
cielo. y fue remedio la que ya fuera daño…. Abrióle los ojos cuando parecía se
los tapiaba” (B. Gracián). Es verdad que los antiguos atribuían poder curativo
a la saliva (cf. Mc 7, 33); y que recientemente ha sido identificado en la
saliva humano un analgésico natural (la apomorfina), más eficaz que la morfina;
pero ni en el gesto de aplicar la saliva a los ojos del ciego, ni en el de
lavarse en el estanque, hay relación de causa a efecto; ese milagro tenía una
significación sacramental más profunda (bautismo, Eucaristía, etc.).
7 El estanque de Siloé: en la parte sur de la ciudad
recogía el agua de la fuente de Guijón a través de un célebre canal
subterráneo, excavado en la roca en tiempo del rey Ezequías (s. VIII-VII a.C.).
// Enviado: el Enviado, como en hebreo (cf. Lc 13,4), deja más en
relieve el simbolismo: Jesús es el enviado del Padre (cf. 7, 28ss.),.
10 Se te curaron los ojos: lit. se abrieron de ti los
ojos; el mismo giro se usa en los vs. 11 (“untó de mí los ojos”),
17.21.26.30.32. “Abrir los ojos” es un semitismo; significa dar vista,
devolver la vista.
22 De la sinagoga como institución; o de las
sinagogas como asambleas o sitios de reunión. El verdadero problema no era
que Jesús no guardara el sábado, sino que los judíos ya estaban predispuestos
en contra de él.
24-34 Influjo de la voluntad en la fe
y en la negativa a creer. Se acaba insultando al ciego vidente, que, con ironía
popular, da una lección a sus jueces malintencionados.
27 Ese también nos está diciendo que en su
corazón el ciego ya era discípulo de Jesús.
31 No escucha, escucha: el vocablo griego puede
traducirse escuchar y obedecer (cf. 3, 29). Apophthegmata Patrum (s.VI)
recoge esta sentencia del abad de Miós de Beléi: “Obediencia por obediencia; si
uno obedece a Dios, Dios le obedece a él”.
32 Desde que el mundo es mundo: lit. desde la eternidad,
desde el “eón”, desde el siglo.
34 Respondieron así: cf. Mt 3, 15. // Mientras que
Jesús había afirmado que no se trataba de pecado personal del ciego (v. 3), la
actitud orgullosa de los fariseos hace que se erijan en jueces absolutos y lo
condenen como pecador. // Tú… empecatado: lit. en pecados tú naciste
todo.
35-38 Jesús acoge al rechazado por
Israel y hace que su conocimiento de fe crezca hasta la plena luz; su
itinerario espiritual fue: desde pensar que Jesús es un cualquiera (v.11),
a reconocer que es un profeta (v. 17), aceptar luego que es santo (v.
25) y enviado de Dios (v. 33); hasta, finalmente, confesar y adorar al
Hijo del Hombre como Señor y Dios (v. 38).
39 Aquí está la clave de para qué
el ciego llega a la luz mientras que los judíos se vuelven ciegos. // Para…
una decisión a favor o en contra de mí; para que los hombres hagan un
discernimiento y una elección. Otros entienden: para un juicio, e.d.,
para llevar a cabo un designio divino; o para una sentencia (suponiendo
que sean sinónimos los vocablos griegos kríma y krísis.
41 “Si fuerais ciegos de la vista natural, como lo era
ese hombre,…; pero tenéis otra ceguera peor, y no dejáis que os la cure. // Vuestro
pecado es la incredulidad (cf. 1,29) // A manera de inclusión con el v. 2,
el relato acaba dramáticamente. Jn 3, 19-21 explica ese juicio condenatorio:
“La condena se basa en esto: la luz ha venido al mundo, pero los hombres amaron
más la oscuridad que la luz”. Ante nuestra posibilidad de pecar contra la luz,
se comprende la exclamación de santa Teresa: “¡Dadnos, Señor, luz! Mirad que es
más menester lo que era al ciego de nacimiento, que este deseaba ver la luz y
no podía; ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, que mal tan incurable!”.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
9,1-41 El hombre ciego creyó en Cristo
a pesar de que no podía verlo, y sus ojos se abrieron. Aunque los fariseos
presenciaron la curación, estaban cegados por su enferma voluntad hacia Cristo
y sus enseñanzas. La ceguera espiritual puede resultar a menudo de dudas
voluntarias o involuntarias, y puede ser un grave pecado si se cultiva a
propósito. Cat. 1850, 1852, 1855, 1856-1859.
9,2 Cristo rechazó la idea de que la
ceguera del hombre había sido causada necesariamente por sus propios pecados o
por los de sus padres. La idea de que la enfermedad era resultado del pecado
era una concepción errónea habitual. A pesar de que toda enfermedad y muerte
tienen sus últimas raíces en nuestra naturaleza débil causada por el pecado
original y a veces por los pecados actuales. Dios permite las enfermedades
físicas y otros tipos de sufrimiento como medios de purificación y como una
oportunidad para unirse más a Cristo y a su cruz. En este caso en particular,
la desgracia del hombre ciego resultó ser una oportunidad para que Cristo
revelase la gloria de Dios. Cat. 1500-1502.
9,6 A menudo, Cristo utilizaba
gestos y cosas extraordinarias para obrar milagros que tenían un significado
espiritual. Los sacramentos son signos eficaces (que utilizan materia, forma y
ministerio) para conferir la sangre de Cristo, que llevan al alimento sobrenatural.
Cat. 1151, 1504.
9,7 En el sacramento del bautismo se
lavan nuestros pecados. El rito del bautismo tiene muchas referencias a las
cualidades vivificantes del agua. Cat. 985, 2813.
9,11 Como vimos anteriormente en la
historia de la mujer samaritana en el pozo (Jn 4, 7-42),, el lenguaje del
hombre ciego refleja su fe creciente y su comprensión de la identidad de
Cristo. Aquí, se refiere a Cristo como un hombre; y según avanza la narración
se refiere a él como un profeta, como venido de Dios y finalmente como Señor.
Cat. 202, 455, 2665.
9,22 Tenían miedo a los judíos: cf. Jn 7, 11-13. Excluir de
la sinagoga: este es el equivalente judío de la excomunión. Cat. 575, 596.
9.24 Da gloria a Dios: se trata de una fórmula para
obligar a confesar la verdad (Jos 7, 29). Usar el nombre de Dios en vano, o por
razón trivial, es un grave pecado contra el segundo mandamiento. Cat.
2149-2155.
9,34 La Iglesia enseña que (con la
única excepción de María) toda persona humana es concebida con el pecado
original como consecuencia del pecado de Adán. Esto no es lo mismo que el
pecado actual o personal deliberado. Tanto el pecado original como los pecados
actuales son perdonados en el sacramento del bautismo. Cat 397-408, 1263.
9,38 Cristo, luz del mundo, no
solamente abrió los ojos del hombre, sino que también iluminó su corazón y su
mente para que pudiera hacer una profesión de fe sincera de la divinidad de
Cristo, demostrando así cómo el sufrimiento y la curación pueden conducir a la
conversión. Cat 1501, 1505.
9,41 Cristo describió
intencionadamente la diferencia entre el hombre ciego y los fariseos. A
Aquellos que buscan humildemente la verdad se les da la luz de la verdad, pero
aquellos orgullosos que no ven necesidad de arrepentirse se ciegan a la verdad.
Cat 588.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
1850 El pecado es una falta contra la
razón, la verdad, la conciencia recta: es faltar al amor verdadero para con
Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes.
hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido
definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (S.
Agustín y Sto. Tomás de Aquino).
1500 La enfermedad y el sufrimiento se
han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana.
En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su
finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
1501 La enfermedad puede conducir a la
angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a
la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla
a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es.
Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a
Él.
1502 El hombre del Antiguo Testamento
vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (Sal
38) y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación
(Sal 6, 3). La enfermedad se convierte en camino de conversión (Sal 38, 5) y el
perdón de Dios inaugura la curación (Sal 32, 5). Israel experimenta que la
enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la
fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: “Yo, el Señor, soy el que te
sana” (Ex 15, 26). El profeta entrevé que el sufrimiento puede tener también un
sentido redentor por los pecados de los demás (Is 53, 11). Finalmente, Isaías
anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y
curará toda enfermedad (Is 33, 24).
1503 La compasión de Cristo hacia los
enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (Mt 4, 24) son
signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo· (Lc 7, 16) y de que el
Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino
también de perdonar los pecados (Mc 2, 5-12).
1504 A menudo Jesús pide a los
enfermos que crean (Mc 5, 24). Se sirve de signos para curar: saliva e
imposición de manos (Mc 7, 32), barro y ablución (Jn 9, 6-15). Los enfermos
tratan de tocarlo (Mc 3, 10), “pues salía de él una fuerza que los curaba a
todos” (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa “tocándonos” para
sanarnos.
1151 Signos asumidos por Cristo. En la predicación,
el Señor Jesús se sirve con frecuencia de los signos de la creación para dar a
conocer los misterios el Reino de Dios (Lc 8, 10). Realiza sus curaciones o
subraya su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos (Jn
9, 6). Da un sentido nuevo a los hechos y a los signos de la Antigua Alianza,
sobre todo al Éxodo y a la Pascua (Lc 9, 31), porque Él mismo es el sentido de
todos esos signos.
575 Muchas de las obras y de las
palabras de Jesús han sido, pues, un “signo de contradicción” (Lc 2, 34) para
las autoridades religiosas de Jerusalén, aquellas a las que en el Evangelio de
san Juan denomina con frecuencia “los judíos” (Jn 1, 19), más incluso que a la
generalidad del pueblo de Dios (Jn 7, 48-49).
Concilio Vaticano II
Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este
sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar
a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la
Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas.
Lumen gentium, 1.
San Agustín
Hemos escuchado la lectura acostumbrada del santo evangelio; pero bueno
será recordarla y preservar la memoria del sopor del olvido. Esta lectura,
además, aunque la conocemos desde hace mucho, nos ha producido el mismo deleite
que si la hubiéramos oído por primera vez. Cristo devolvió la vista a un ciego
de nacimiento; ¿qué hay en ello de maravilla? Cristo es el médico por
excelencia. [...] Mas aquella ceguera no se debió a la culpa de su s padres ni
a culpa personal, sino que existió para que se manifestaran las obras de Dios
en él. Porque, aunque todos hemos contraído el pecado original al nacer, no por
eso hemos nacido ciegos; aunque bien mirado, también nosotros nacimos ciegos.
¿Quién no ha nacido ciego, en verdad? Ciego de corazón. El Señor que había hecho
ambas cosas, los ojos y el corazón, curó igualmente las dos. [...] ¿Cuando lavó
este ciego el rostro de su corazón? Cuando, echado de la sinagoga por los
judíos, el Señor le abrió los ojos del alma; pues, habiéndole encontrado, le
dijo, según hemos oído: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? ¿Quién es, Señor, respondió,
para que crea en él? Ya veía con los ojos, pero aún no con el corazón.
Esperad; ahora le verá. Jesús le respondió: Soy yo, el que habla contigo. ¿Acaso
lo dudó? Inmediatamente se lavó su rostro. En efecto, estaba hablando con aquel
Siloé que significa enviado. Luego él era Siloé. El ciego de corazón se
le acercó, lo escuchó, lo creyó, lo adoró; lavó su rostro y vio. [...] Recibió
el lodo hecho con saliva, se le untaron los ojos, fue a Siloé, lavó allí su
rostro, creyó en Cristo, lo vio y escapó de aquel terrible juicio: Yo he
venido al mundo par aun juicio: para que los que no ven vean, y los que ven se
vuelvan ciegos.
Sermón 136,
1-3. I, pgs. 330-333.
Los Santos Padres.
¿Cómo será esta noche en la cual, cuando viniere, nadie podrá trabajar?
Conociendo lo que es el día, conocerás también la noche. ¿Quién nos dirá lo que
es el día? Él mismo: “Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo”. El
mismo es el día… El día este, que va de sol a sol, es de pocas horas; pero el
día de la presencia de Cristo dura hasta la consumación de los siglos.
San Agustín. Tratados sobre el Ev. de Juan, 44, 5-6.
¿Por qué recurrió a la saliva, en vez de al agua, para formar el barro?
Habría enviado entonces al ciego a la piscina de Siloé. Escupió en la tierra
para que no atribuyeran un poder milagroso al agua de aquella piscina y para
que tú entiendas que fue de su boca de donde salió la misteriosa energía que
regeneró los ojos del ciego y los abrió.
San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Juan, 57, 1.
Vete también tú a Siloé, es decir, a quien ha sido enviado por el Padre,
como está escrito: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me ha enviado”.
Deja que Cristo te lave, para que puedas ver. Acércate al bautismo, pues ya es
el tiempo oportuno; ven con rapidez, para que también tú puedas decir: “Fui, me
lavé y comencé a ver”; para que puedas decir como aquel que, después de
recobrar la vista, dijo: “La noche ha pasado y se acerca el día” (Rm 13,12).
San Ambrosio. Cartas, 9, 67, 4-6.
Este ciego fue una ocasión propicia para nuestro Señor: gracias a él ganó
a numerosos ciegos a quienes curó la ceguera del corazón.
S. Efrén de Nisibi. Comentario al Diatessaron, 16, 30.
San Juan de Ávila
Y si escondió lo tercero, que es la luz o color,
cuando aquella sagrada cara estaba amortiguada y escurecida, y aquellos ojos
lucientes se escurecían, ya que quería morir y después de muerto, ¿por qué fue
esto, sino por dar luz y color vivo a nuestras escuridades?, según él mismo lo
figuró, cuando de su saliva, que significa a él en cuanto Dios, y de la tierra,
que significa la humanidad, hizo lodo, que significa su abatida pasión, y con
aquella bajeza recibió vista el ciego (cf. Jn 9, 6-7), que significa el género
humano.
Audi, filia (I). I, pg. 531.
De aquí vemos que Jesucristo nuestro Redemptor,
para predicar su Evangelio, no se contentó con solamente milagros para
persuadirle, siendo tan grandes que dice él: Si opera non fecissem quae nemo
alius fecit, peccatum non haberent (Jn 15, 24) – A
saecula non est auditum, quia quis aperuit oculos caeci nati (Jn 9, 32), dice al
ciego.
Lecciones sobre la Epístola a los Gálatas. II, pg. 31-32.
Quamdiu sum in mundo, lux sum mundi (Jn 9, 5). (Ubi
supra).
Muy reverendo, etc.
Sermón del miércoles de la IV Semana de
Cuaresma. III, pg. 181.
[...] Dijo Jesucristo: Tal está un ánima sin mí, cual está este mundo sin
la lumbre y claridad del sol. Así como viéredes una lumbre, por vuestra vida
que os acordéis de Jesucristo, que es lumbre del mundo: Mientras estoy en el
mundo, luz soy del mundo.
Para que entendáis por qué el señor dijo estas palabras: Había acabado de
disputar cuando le quisieron los fariseos apedrear, y salióse del templo; y
está un ciego de su nacimiento a la pueta, y preguntándole sus discípulos: Maestro,
¿pecó este o sus padres, porque nació ciego? (Jn 9, 2). Entendieron que las
enfermedades venían por los pecados, porque, cuando sanó el otro, le dijo: No
quieras más pecar, porque no te acontezca otra cosa peor (Jn 5, 15).
Desengañóles de esto Jesucristo, porque no vienen todas las enfermedades por
pecados, sino para gloria y alabanza de Dios. Muchas veces castiga Dios a uno,
y no por pecados; esto se entiende que no le dan aquel castigo por pecados,
aunque en él haya pecados. Y como decía Job a sus amigos, y no lo entendieron;
que decía él: “No tengo pecado”, que claro está que no había de decir él esto,
sino decía: “No te castiga Dios en esto por pecados”. Muchas veces os envía
Nuestro Señor el trabajo, la enfermedad, la pobreza, y no en castigo de
pecados, sino por otra cosa, Pues por qué nació ciego? Por gloria y alabanza
del Señor (cf. Jn 9, 3).
No entendemos esta palabra. No te castiga Dios por los pecados, sino
porque lo honres y sea alabado. Invoca me in die tribulationis; eruam et
honorificabis me [invócame en los días de peligro; yo te libraré y tu
proclamarás mi gloria] (cf. Sal 49, 15). Cuando estuviéredes en la
tribulación, no llames a tus fuerzas, a tus trabajos, no a tu juicio, no a tu
discreción, porque yo te libraré y honrarme has tú. ¿Para qué me envía Dios tan
grandísimos trabajos, tantas necesidades, tan grandes enfermedades y tan peligrosas?
Para que en esas grandes necesidades, cumpliéndolas Él, en esos grandes
trabajos, remediándolos Él, gane mayor honra y sea más alabado; y porque en eso
hay más aparejo para que entre el remedio y mano del Señor y se vea claro que
Él es el remediador y el que curó esta llaga y no pudo ser otro.
A mí me conviene entender en los negocios a que mi Padre me envió, dijo Jesucristo (Jn 9, 4).
¡Quién mirase como es razón esto! ¡Quién se parase a pensar y dijese!: ¿A qué
me envió Dios a este mundo? ¿Qué hago? ¿En qué entiendo? ¿Cómo gasto el tiempo?
¿En qué me ejercito? No es razón pararnos en el camino. De priesa vamos; a
negocios de grande importancia vamos, no es razón para parar en cosas de poco
provecho.
-¿A qué os envió Dios a este mundo? ¿A ser rico? ¿A que tuvieses muchos
dineros, grandes rentas, dignidades? ¿A qué mandásedes? ¿A qué viváis en
regalos y a todo vuestro placer? – No. -
¿Pues a qué vinisteis? ¿Oh quien os preguntase cómo os va en aqueste negocio de
vuestras ánimas? ¿Cómo? ¿Negocio es este que tanto os va? El fiel hijo
Jesucristo dijo: Conviéneme obrar a lo que el Padre Eterno me envió, a curar
enfermos, cojos; alumbrar ciegos, consolar tristes, a medicinar llagados y a
remediar todos los males del mundo; a esto vine, a hacer esta obra, a que me
envió mi Padre. Luz, soy del mundo (Jn 9, 5). Este está ciego; yo lo
curaré, yo le daré vista, yo lo alumbraré.
[...] Yo en Jesucristo vine a este mundo, para que los que no ven,
vean, y los que no ven no vean. Si fuésedes ciegos, no terníades pecados. (cf.
Jn 9, 35-41), y quedaros heis ciegos. Si conociésedes que sois ciegos,
buscaríades remedio, pero porque pensáis que veis bien, no serés sanos. Pensáis
que sois santos, tenéisos por sabios, por letrados, por maestros, por doctores,
y por esto quedaréis ciegos y sin lumbre. Los que se conocieron flacos y
ciegos, necesitados e ignorantes, estos fueron sanos y recibieron la luz de
Dios. Somos graduados, doctores, maestros, ¿hemos de oír a un pobre que nunca
le vinos estudiar? ¿A uno de por ahí, que no le tiene el mundo en nada, hémonos
de bajar? ¿De éste hemos de tomar doctrina? Estos se quedaron ciegos y a
escuras; no se conocieron; no les dieron lumbre; quedáronse ansí.
Sermón del miércoles de la IV Semana de
Cuaresma. III, pgs. 184-186.
¡Que caminos, qué sendas llevaste, Señor, dende que
en este mundo entraste, tan llenos de luz, que dan sabiduría a los ignorantes, y calor a los
tibios!¡Cuánta verdad dijiste!; Quandiu sum in mundo, lux sum mundi [mientras
estoy en el mundo soy la luz del mundo] (Jn 9, 5). Luz fue tu
nacimiento, luz tu circuncisión, tu huir a Egipto, tu desechar honras; y esta
luz crece hasta hacer perfecto día (cf. Prov 4, 16).
El día perfecto hoy es y mañana, en los cuales
obras cosas tan admirables, que parezcan olvidar las pasadas; tan llenas de
luz, que parezcan obscurecer las que son muy lúcidas.
Sermón del Jueves Santo. III, pg. 407.
Tiene la primera [condición del alba], porque fue
mensajera de aquel luciente sol que fue el nacimiento del sol de justicia,
Jesucristo nuestro Redemptor. No solamente fue mensajera; mas una madre
por
parecer en todo al alba, que se dice ser madre del sol. Aportónos aquel día
saludable, día de perdón, día de descanso, cuando su bendicto Hijo anduvo por
este mundo: todo aquel tiempo fue día, porque día es todo el tiempo que el sol
anda sobre la tierra. Pues como Él fuese sol y luz, como y según Él lo dice: Quamdiu
sum in mundo, lux sum mundi (Jn 9, 5), síguese que era día todo aquel tiempo
que Jesucristo causó con su presencia.
Sermón Natividad de la Virgen. III, pg. 818.
No tenéis devoción, no lo deseáis. Engáñaos el
mundo a unos con honras, a otros con deleites, a otros con riquezas, a otros
con sedas y vestidos. Haceos de lo chico grande, de lo grande chico; habéis
hecho de establo cielo, de lo temporal eterno. No veis nada, andáis ciegos, y
lo bueno es que no lo conocéis, sino que pensáis que veis, no viendo nada;
pensáis que vais por buen camino, yendo errados. ¡Despertad, hermanos, de tan
profundo sueño. Por reverencia de Dios, poned lodo sobre vuestra ceguedad (cf.
Jn 9, 6); conocé quién sois, que eso quiere decir. Descobrid vuestras llagas a
Cristo y llegaos a Él conociéndolas. Pensad que todo el bien os ha de venir del
Sacramento, y no de vosotros; pensad que de allí os ha de venir la vista para
vuestra ceguedad, el alegría para vuestras tristezas, la misericordia para
vuestras miserias. Y desconfiá entretando de vuestras fuerzas y confiá de
Jesucristo; porque el que pensare que de otra parte le viene el bien, sino del
Sacramento, loco es y soberbio. Dice San Bernardo: “Comulga, ¡aba!, que con
Cristo vienen todos los bienes.
Sermón en la infraoctava del Corpus. III, pg. 555-556.
Echáronlo de sí los fariseos, y en echándolo encuentra
con Jesucristo y dijole: ¿Crees en el Hijo de Dios? Respondió el ciego: ¿Y
quién es, Señor, para que lo crea? Dijo Jesucristo, amador de los
bajos y de los que en sencillez lo quieren creer: Visto lo has, y yo soy que hablo
contigo. Cuando esto oyó el ciego, cayó en tierra y adoró a Nuestro Señor.
Dijo Jesucristo: In iudicium ego in hunc mundum veni, ut qui
non vicent, videant, et qui vident caeci fiant. Yo en juicio vine en este
mundo, para que los que no ven, vean, y los que ven no vena. Si fuésedes
ciegos, no terniades pecados (cf. Jn 9, 35-41), y quedaros heis ciegos.
Sermón del miércoles de la semana 4 de
Cuaresma. III, pgs. 186-187.
¡Oh manjar tan mal conocido! ¡No hay quien quiera
aparejarse para comello! ¿Qué malaventura es ésta, que esté entre nosotros la
hartura y que muramos de hambre? Creo que pasa hoy día lo que en el
advenimiento de Jesucristo, que aunque a unos hacía provecho su venida y
presencia, a otros dañaba. ¿No lo dijo así Jesucristo: In
hoc ego veni in hunc mundum, ut qui non vident, videant, et qui vident, caeci
fiant. Para esto, dice, vine al mundo, para que los que estén ciegos y no ven,
vean, y para que los que ven, no vean y se tornen ciegos (cf. Jn 9, 39). Y
así fue; que a unos parecía bien su doctrina y la recibían y la creían por
Dios; y otros se morían de envidia y lo blasfemaban. Ansi pasa agora a la
letra: unos hay que se mueren por comulgar y desean ver venida la hora en que
han de recibir a Jesucristo. Yo conocí una persona que me decía que deseaba el
día en que había de comulgar como la salud. Otros hay que los han de llevar por
fuerza, y les hacen comulgar a poder de penas y de excomuniones.
Sermón en la Infraoctava del Corpus. III, pg. pgs.
557-558.
Y si a uno le pusiesen una espada de Roldán o del
rey don Fernando, si el tal, en lugar de emplearla en hazañas, se anduviese
cortando melones y suelas de zapatos con ella, ¿qué os parece que merecía? Que
le quitasen la espada, pues tan mal usa de ella. ¡Oh espada mal empleada de
Roldán, con que pudiera hacer tales hazañas! Yo vine para que los que no ven,
vean; y los que ven, no vean (cf. Jn 9, 39). ¿Qué harán en el infierno los
malaventurados privados de la vida de Dios? Si no viniera y los llamara, no
tuvieran pecado (Jn 15, 22). Vistesme, oístesme, llaméos, convidéos con perdón, y me
ofrecí a pagar vuestros pecados, y lo hice. Que se le ponga todo eso que habéis
hecho por ellos en una balanza a su cargo. Que quien se pare a pensar lo mucho
que ha hecho por los hombres y lo poco que de ello nos aprovechamos, dirá que
nos ha dado la espada de Roldán y que la empleamos en cortar nabos. ¡Y que hay
personas que no vernían a comulgar si los excomulgasen! ¿Quién no tiene
devoción a este Sacratísimo Sacramento? Andá, que otro día nos veremos juntos:
aunque no esté yo tan alto como ahora, estarlo ha Jesucristo. Entonces oirán
los malaventurados aquella sentencia: Andad, malditos de mi Padre, al
fuego eterno (Mt 25, 41), pues no os quisistes aprovechar de mí.
Sermón del Santísimo Sacramento. III, pgs. 615-616.
Hinchábalos la soberbia e impedíales la vista
espiritual, como un hombre que tiene tan hinchada la cara que le impide el ver
corporal, de los cuales confiesa San Augustín, diciendo: Facies
mea inflata erat et non poteram verum videre. Huye de estos la lumbre y gracia
de Dios, porque con los humildes y sencillos es su
conversación (Pr 3, 32), y por justo juicio suyo hace lo que dijo: Yo en
juicio vine a este mundo, para que los que no ven vean, los que ven sean hechos
ciegos (Jn 9, 39). Él a alumbrar vino a todos; mas el que piensa que sabe y no
se rinde a la palabra de Dios como un niño a un maestro, huye de la luz del
Señor, porque él mismo con su soberbia lo alcanzó de sí.
Sermón de la Virgen de las Nieves. III, pg. 915.
Acuérdese vuestra reverencia del ciego que el Señor
sanó con lodo (cf. Jn 9, 6); y después, cuando decían si era él,
respondió no tomando la honra falsa, mas confesando su enfermedad y pobreza
pasada, y dijo: Yo era aquel pobre ciego, y agora veo (Jn 9, 25). No
habemos de haber por malo que nos digan quien fuimos, porque a gloria de
Cristo, pertenece esta confesión de nuestra enfermedad y a grande provecho
nuestro, porque ya aquí se celebra nuestro juicio, y ansí escapamos de allá. Y
no se canse en tornar por sí ni dar muchas desculpas de su inocencia, porque el
Señor dice: Vosotros callaréis, y el Señor peleará por vosotros (Ex 14, 14).
Carta a un religioso predicador. IV, pg. 22.
Y pídole por amor de nuestro Señor ut
non circumberaris omni vento doctrinae [no se deje llevar de cualquier
viento de doctrina], y que estime aquellos por cuyas manos ha recebido misericordia del
Señor, imitando al ciego, que ninguna persuasión humana le quitó el crédito
bueno de Aquel que le había curado de ceguedad perpetua; lo cual él tenía por
señal grande de la bondad de su Maestro, cuando decía: Si
peccator est, nescio: unim scio, quod cum caecus essem, modo video [Y no
sé si es pecador o no: solo sé que yo antes estaba ciego y ahora veo] (Jn 9, 25). Y aunque esto decía, bien creía que era justo, como
por su santa porfía parece y por la merced que el Señor le dio dándosele a
conocer en el templo en pago de la fe que defendía.
Carta para un
caballero, D. Antonio de Córdoba, de estos reinos que pretendía entrar en
religión estando enfermo. IV, pg 524.
Respuesta muy suficiente
me parece para vuestra merced, a las objeciones que le pusieren contra quien le
engendró: Si peccator est, nescio: unum scio, quia cum caecus essem, modo
video. Et si aliis non est apostoluis, mihi est [Yo no sé si es pecador
o no: solo sé que yo antes estaba ciego y ahora veo. Y si para otros no es
apóstol, para mí lo es], pues que he sentido la virtud de Dios salir de él
y tocarme y sanarme.
Carta a D. Antonio de
Córdoba. IV, pg. 525.
San Oscar Romero.
Somos pobres, los que tenemos fe somos los más pobres, pero
en la medida en que confesemos nuestra pobreza, Dios nos dará luz. Así como el
autosuficiente, el orgulloso, el que desprecia a los demás y los considera como
ciegos y se siente capaz de juzgar a todos porque él tiene la suprema verdad,
ese ya es un ciego. He venido a traer un juicio -dice Cristo- un juicio que no
necesito aplicarlo, ustedes mismos se lo están aplicando. El que crea en mí, ya
ve y recibe un juicio absolutorio. El que rechaza mi doctrina, el que me
rechaza a mí, el que rechaza mi Iglesia, el que rechaza mi predicación, ya se
juzga a sí mismo, está ciego.
Cuarto domingo de Cuaresma. 5 de marzo de 1978.
Papa León XIV. Audiencia general.
de marzo de 2026. Catequesis
- Los Documentos del Concilio Vaticano II - II. Constitución dogmática Lumen gentium. 2.
La Iglesia, realidad visible y espiritual
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy
seguimos profundizando en la Constitución
conciliar Lumen gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.
En el
primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta
sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja»
(n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien
podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y,
por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad
deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de
historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación
social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien
la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma
realidad. Por eso, la Lumen
gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien
compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación
y sin confusión.
La
primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una
comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que
comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio
y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la
vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización
institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia,
porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste
en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino
en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la
humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo
comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio
espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia
el cielo (LG, 8; CCC, 771).
La
dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se
superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a
la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.
Para
iluminar dicha condición eclesial, la Lumen
Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se
encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad,
percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se
sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el
toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación.
Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al
encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y
sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.
A la luz
de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la
miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas
concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se
cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de
sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la
presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto
XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las
estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción
del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso
a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una
Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de
Cristo, encarnada en la historia.
En esto
consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue
donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando
este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”:
Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y
actuando. Por eso, el Papa Francisco, en
la Evangelii
gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante
la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos
permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente
organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio
espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre
nosotros.
La
caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera
el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente
ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se
halle, atrae todo hacía sí» (Serm. 354,6,6).
Papa León XIV. Ángelus. 8 de marzo
de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El
diálogo entre Jesús y la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimiento
y la resurrección de Lázaro,
desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia, iluminan el camino de
quienes, en Pascua, recibirán el Bautismo e iniciarán una vida nueva. Estas
grandes páginas del Evangelio, que comenzamos a leer desde este domingo, se
ofrecen a los catecúmenos, pero al mismo tiempo son escuchadas nuevamente por
toda la comunidad, porque ayudan a convertirse en cristianos o, si ya lo
somos, a serlo con mayor autenticidad y alegría.
Jesús, en efecto, es la respuesta de Dios a nuestra
sed. El encuentro con Él, como le sugiere a la Samaritana, activa
en lo profundo de cada uno un «manantial que brotará hasta la Vida eterna»
( Jn 4,14). ¡Cuántas personas, en todo el mundo, buscan
todavía hoy esta fuente espiritual! «A veces me es accesible —escribía la joven
Etty Hillesum en su diario—. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando
ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo». [1] Queridos hermanos, no hay energía
mejor empleada que la que dedicamos a liberar el corazón. Por eso, la
Cuaresma es un don: entramos en la tercera semana y ya podemos intensificar el
camino.
En el
Evangelio también está escrito que «llegaron sus discípulos y quedaron
sorprendidos al ver [a Jesús] hablar con una mujer». (Jn 4,27). Les
cuesta tanto apropiarse de la misión, que el Maestro tiene que provocarlos:
«Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo:
Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega» (Jn 4,35).
El Señor también dice a su Iglesia: “Levanta los ojos y reconoce las
sorpresas de Dios”. En los campos, cuatro meses antes de la cosecha, casi
no se ve nada. Pero allí donde nosotros no vemos nada, la gracia ya está
actuando y los frutos están listos para ser recogidos. La mies es mucha;
quizá son pocos los obreros, porque están distraídos con otras actividades.
Jesús, en cambio, está atento. Aquella mujer samaritana, según las
costumbres, simplemente habría tenido que ser ignorada; sin embargo, Jesús le
habla, la escucha, le da confianza sin segundas intenciones y sin desprecio.
¡Cuántas
personas buscan en la Iglesia esa misma delicadeza, esa disponibilidad! Y qué
hermoso es cuando perdemos la noción del tiempo para prestar atención a quien
encontramos, tal como es. Jesús
incluso olvidaba comer, porque lo alimentaba la voluntad de Dios de llegar al
corazón de todos (cf. Jn 4,34). De ese modo, la Samaritana se
convierte en la primera de muchas evangelizadoras. Desde su aldea de
despreciados y marginados, muchos, gracias a su testimonio, salen al encuentro
de Jesús, y también en ellos la fe brota como agua pura.
Hermanas
y hermanos, pidamos hoy a María, Madre de la Iglesia, poder servir, con
Jesús y como Jesús, a la humanidad sedienta de verdad y de justicia. No es
tiempo de oposiciones entre un templo y otro, entre “nosotros” y “los otros”;
los adoradores que Dios busca son hombres y mujeres de paz, que lo adoran en
Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24).
Papa Francisco. Ángelus. 19 de
marzo de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy el Evangelio nos muestra a Jesús que devuelve la vista a un hombre
ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Pero este prodigio no es
bien recibido por varias personas y grupos. Veamos en detalle.
Pero primero quisiera deciros: hoy, tomad el Evangelio de Juan y leed
vosotros este milagro de Jesús, es hermoso el modo en el que Juan lo cuenta.
Capítulo 9, en dos minutos se lee. Muestra cómo procede Jesús y cómo procede
el corazón humano: el corazón humano bueno, el corazón humano tibio, el
corazón humano temeroso, el corazón humano valiente. Capítulo 9 del Evangelio
de Juan. Hacedlo hoy, os ayudará mucho. ¿Y de qué manera las personas acogen
este signo?
En primer lugar, están los discípulos de Jesús, que ante el ciego de
nacimiento terminan en el chismorreo: se preguntan si la culpa es de sus
padres o suya (cf. v. 2). Buscan un culpable; y nosotros muchas veces
caemos en esto que es tan cómodo: buscar un culpable, en lugar de plantearnos
preguntas exigentes en la vida. Y hoy podemos decir: ¿qué significa para
nosotros la presencia de esta persona? ¿qué nos pide a nosotros? Después,
una vez curado, las reacciones aumentan. La primera es la de los vecinos,
que se muestran escépticos: “Este hombre siempre ha sido ciego: ¡no es
posible que vea ahora, no puede ser él, es otro!”: escepticismo (cf. vv. 8-9).
Para ellos es inaceptable, mejor dejar todo como era antes (cf. v. 16) y no
meterse en este problema. Tienen miedo, temen a las autoridades
religiosas y no se pronuncian (cf. vv. 18-21). En todas estas
reacciones, emergen corazones cerrados frente al signo de Jesús, por varios
motivos: porque buscan un culpable, porque no saben sorprenderse,
porque no quieren cambiar, porque están bloqueados por el miedo.
Y muchas situaciones se parecen hoy a esta. Frente a algo que es precisamente
un mensaje de testimonio de una persona, es un mensaje de Jesús, nosotros
caemos en esto: buscamos otra explicación, no queremos cambiar, buscamos una
salida más elegante que aceptar la verdad.
El único que reacciona bien es el ciego: él, feliz de ver, testimonia lo que le ha sucedido de
la forma más sencilla: «Era ciego y ahora veo» (v. 25). Dice la verdad. Primero
se veía obligado a pedir limosna para vivir y sufría los prejuicios de la
gente: “es pobre y ciego de nacimiento, debe sufrir, debe pagar por sus pecados
o por los de sus antepasados”. Ahora, libre en el cuerpo y en el espíritu, da
testimonio de Jesús: no inventa nada y no esconde nada. “Era ciego y ahora
veo”. No tiene miedo de lo que dirán los otros: el sabor amargo de
la marginación ya lo ha conocido durante toda la vida, ya ha sentido sobre él
la indiferencia, el desprecio de los transeúntes, de quien lo consideraba como
un descarte de la sociedad, útil a lo sumo para la piedad de alguna limosna.
Ahora, curado, ya no teme esas actitudes de desprecio, porque Jesús le ha
dado plena dignidad. Y esto es claro, sucede siempre: cuando Jesús nos
sana, nos devuelve la dignidad, la dignidad de la sanación de Jesús, plena,
una dignidad que sale del fondo del corazón, que toma toda la vida; y Él en
sábado, delante de todos, le ha liberado y le ha donado la vista sin pedirle
nada, ni siquiera un gracias, y él da testimonio. Esta es la dignidad de una
persona noble, de una persona que se sabe curada y empieza de nuevo, renace;
ese renacer en la vida, del que se hablaba hoy en “A Sua Immagine”: renacer.
Hermanos, hermanas, con todos estos personajes el Evangelio de hoy nos pone
también a nosotros en medio de la escena, así que nos preguntamos: ¿qué
posición tomamos?, ¿qué hubiéramos dicho entonces? Y, sobre todo, ¿qué
hacemos hoy? ¿Sabemos, como el ciego, ver el bien y ser agradecidos por los
dones que recibimos? Me pregunto: ¿cómo es mi dignidad? ¿Cómo es tu
dignidad? ¿Testimoniamos a Jesús o difundimos críticas y sospechas? ¿Somos
libres frente a los prejuicios o nos asociamos a los que difunden negatividad y
chismes? ¿Estamos felices de decir que Jesús nos ama, que nos salva o, como
los padres del ciego de nacimiento, nos dejamos enjaular por temor a lo que
pensará la gente? Los tibios de corazón que no aceptan la verdad y no tienen la
valentía de decir: “No, esto es así”. Y también, ¿cómo acogemos las
dificultades y la indiferencia de los demás? ¿Cómo acogemos a las personas que
tienen tantas limitaciones en la vida, ya sean físicas, como este ciego; o
sociales, como los mendigos que encontramos por la calle? ¿Y esto lo
acogemos como una maldición o como ocasión para hacernos cercanos a ellos con
amor?
Hermanos y hermanas, pidamos hoy la gracia de sorprendernos cada día por
los dones de Dios y de ver las diferentes circunstancias de la vida, también
las más difíciles de aceptar, como ocasiones para obrar el bien, como hizo
Jesús con el ciego. Que la Virgen nos ayude en esto, junto a san José, hombre
justo y fiel.
Papa Francisco. Ángelus. 22 de
marzo de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El tema de la luz ocupa el centro de la liturgia de este
cuarto domingo de Cuaresma. El Evangelio (cfr. Juan 9,1-41)
nos cuenta el episodio de un hombre ciego de nacimiento, al que Jesús le
devuelve la vista. Este signo milagroso es la confirmación de la declaración
de Jesús que dice de Sí mismo: «Soy la luz del mundo» (v. 5), la luz que
ilumina nuestras tinieblas. Así es Jesús, irradia su luz en dos niveles, uno
físico y uno espiritual: primero, el ciego recibe la vista de
los ojos y, luego, es conducido a la fe en el «Hijo del
hombre» (v. 35), es decir, en Jesús. Es un itinerario. Sería bonito que hoy
tomaseis todos vosotros el Evangelio de San Juan, capítulo nueve, y leyeseis
este pasaje: es tan bello y nos hará tanto bien leerlo otra vez, o incluso dos
veces. Los prodigios que Jesús lleva a cabo no son gestos espectaculares,
sino que tienen la finalidad de conducir a la fe a través de un camino de
transformación interior.
Los doctores de la ley —que estaban allí, un grupo de ellos— se obstinan en
no admitir el milagro, y hacen preguntas maliciosas al hombre curado. Pero él
los desconcierta con la fuerza de la realidad: «Sólo sé una cosa: que era ciego
y ahora veo» (v. 25). Entre la desconfianza y la hostilidad de los que lo
rodean y lo interrogan incrédulos, él recorre un itinerario que lo lleva poco a
poco a descubrir la identidad de Aquél que le ha abierto los ojos y a confesar
su fe en Él. Al principio cree que es un profeta (cfr. v. 17); luego
lo reconoce como a alguien que viene de Dios (cfr. v. 33); finalmente,
lo acepta como el Mesías y se postra ante Él (cfr. vv. 36-38). Ha
entendido que, dándole la vista, Jesús ha “manifestado las obras de Dios” (cfr.
v. 3).
¡Ojalá tengamos nosotros esta experiencia! Con la luz de la fe, aquel
que era ciego descubre su nueva identidad. Es, ahora, una “nueva
criatura”, capaz de ver su vida y el mundo que lo rodea con una nueva luz,
porque ha entrado en comunión con Cristo, ha entrado en otra dimensión. Ya no
es un mendigo marginado por la comunidad; ya no es esclavo de la ceguera y los
prejuicios. Su camino de iluminación es una metáfora del camino de
liberación del pecado al que estamos llamados. El pecado es como un
oscuro velo que cubre nuestro rostro y nos impide ver con claridad tanto a
nosotros como al mundo; el perdón del Señor quita esta capa de sombra y
tiniebla y nos da una nueva luz. Que la Cuaresma que estamos viviendo sea
un tiempo oportuno y valioso para acercarnos al Señor, pidiendo su
misericordia, en las diversas formas que nos propone la Madre Iglesia.
El ciego curado, que ahora ve, sea con los ojos del cuerpo que con los del
alma, es una imagen de cada bautizado que, inmerso en la Gracia, ha sido
arrebatado a las tinieblas y puesto bajo la luz de la fe. Pero no es
suficiente recibir la luz: hay que convertirse en luz.
Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con
toda su vida. Los primeros cristianos, los teólogos de los primeros siglos,
decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, es el
“misterio de la luna”, porque daba luz pero no era una luz propia, era la luz
que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser el “misterio de la luna”:
dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor. San Pablo nos lo recuerda
hoy: «Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda
bondad, justicia y verdad» (Efesios 5, 8-9). La semilla de la
nueva vida puesta en nosotros en el Bautismo es como la chispa de un fuego, que
a los primeros que purifica es a nosotros, quemando el mal que llevamos en el
corazón, y nos permite que brillemos e iluminemos con la luz de Jesús.
Que María Santísima nos ayude a imitar al hombre ciego del Evangelio, para
que así podamos inundarnos con la luz de Cristo y encaminarnos con Él por el
camino de la salvación.
Papa Francisco. Ángelus. 25 de
marzo de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
Os saludo y gracias por esta cálida bienvenida aquí en Milán. ¡La niebla se
ha ido! Las malas lenguas dicen que va a llover... No sé, yo no lo veo todavía.
Muchas gracias por vuestro afecto, y os pido por favor vuestra oración.
Rezad por mí para que pueda servir al pueblo de Dios, servir al Señor y hacer
su voluntad. Y ahora os invito a rezar el Ángelus juntos, todos juntos.
Angelus Domini...
Papa Francisco. Ángelus. 30 de
marzo de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos presenta el episodio del hombre ciego de
nacimiento, a quien Jesús le da la vista. El largo relato inicia con un ciego
que comienza a ver y concluye —es curioso esto— con presuntos videntes que
siguen siendo ciegos en el alma. El milagro lo narra Juan en apenas dos
versículos, porque el evangelista quiere atraer la atención no sobre el milagro
en sí, sino sobre lo que sucede después, sobre las discusiones que suscita.
Incluso sobre las habladurías, muchas veces una obra buena, una obra de caridad
suscita críticas y discusiones, porque hay quienes no quieren ver la verdad. El
evangelista Juan quiere atraer la atención sobre esto que ocurre incluso en
nuestros días cuando se realiza una obra buena. Al ciego curado lo
interroga primero la multitud asombrada —han visto el milagro y lo
interrogan—, luego los doctores de la ley; e interrogan también a sus
padres. Al final, el ciego curado se acerca a la fe, y esta es la
gracia más grande que le da Jesús: no sólo ver, sino conocerlo a Él, verlo a Él
como «la luz del mundo» (Jn 9, 5).
Mientras que el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la
ley, al contrario, se
hunden cada vez más en su ceguera interior. Cerrados en su presunción,
creen tener ya la luz; por ello no se abren a la verdad de Jesús. Hacen
todo lo posible por negar la evidencia, ponen en duda la identidad del hombre
curado; luego niegan la acción de Dios en la curación, tomando como excusa que
Dios no obra en día de sábado; llegan incluso a dudar de que ese hombre haya
nacido ciego. Su cerrazón a la luz llega a ser agresiva y desemboca en
la expulsión del templo del hombre curado.
El camino del ciego, en cambio, es un itinerario en etapas, que parte del conocimiento
del nombre de Jesús. No conoce nada más sobre Él; en efecto dice: «Ese
hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos» (v. 11). Tras
las insistentes preguntas de los doctores de la ley, lo considera en un primer
momento un profeta (v. 17) y luego un hombre cercano a Dios (v.
31). Después que fue alejado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo
encuentra de nuevo y le «abre los ojos» por segunda vez, revelándole la propia
identidad: «Yo soy el Mesías», así le dice. A este punto el que había sido
ciego exclamó: «Creo, Señor» (v. 38), y se postró ante Jesús. Este es
un pasaje del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de mucha
gente, también la nuestra porque nosotros algunas veces tenemos momentos de
ceguera interior.
Nuestra vida, algunas veces, es semejante a la del ciego que se abrió a la
luz, que se abrió a Dios, que se abrió a su gracia. A veces, lamentablemente,
es un poco como la de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro
orgullo juzgamos a los demás, incluso al Señor. Hoy, somos invitados a
abrirnos a la luz de Cristo para dar fruto en nuestra vida, para eliminar los
comportamientos que no son cristianos; todos nosotros somos cristianos, pero
todos nosotros, todos, algunas veces tenemos comportamientos no cristianos,
comportamientos que son pecados. Debemos arrepentirnos de esto, eliminar
estos comportamientos para caminar con decisión por el camino de la santidad,
que tiene su origen en el Bautismo. También nosotros, en efecto, hemos sido
«iluminados» por Cristo en el Bautismo, a fin de que, como nos recuerda san
Pablo, podamos comportarnos como «hijos de la luz» (Ef 5,
9), con humildad, paciencia, misericordia. Estos doctores de la ley no tenían
ni humildad ni paciencia ni misericordia.
Os sugiero que hoy, cuando volváis a casa, toméis el Evangelio de Juan y
leáis este pasaje del capítulo 9. Os hará bien, porque así veréis esta senda de
la ceguera hacia la luz y la otra senda nociva hacia una ceguera más profunda.
Preguntémonos: ¿cómo está nuestro corazón? ¿Tengo un corazón abierto o un
corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia
el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna cerrazón que nace del
pecado, de las equivocaciones, de los errores. No debemos tener miedo. Abrámonos
a la luz del Señor, Él nos espera siempre para hacer que veamos mejor, para
darnos más luz, para perdonarnos. ¡No olvidemos esto! A la Virgen María
confiamos el camino cuaresmal, para que también nosotros, como el ciego curado,
con la gracia de Cristo podamos «salir a la luz», ir más adelante hacia la luz
y renacer a una vida nueva.
Benedicto XVI. Ángelus. 3 de abril de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de
gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para
con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare»,
nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada
de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los
que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto;
mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66,
10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el
Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La
pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen
de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35).
Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos
a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38). Conviene destacar cómo
una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe:
en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás;
luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo
proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se
encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no
quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías.
La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y
permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego
los vence el miedo del juicio de los demás.
Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros
a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos
iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad
destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad
de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el
Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De
hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del
hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la
luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el
conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue
revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la
existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en
el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a
comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar
por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo
que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la
Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama
que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la
caridad hacia el prójimo.
A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal,
para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo.
Benedicto XVI. Ángelus. 2 de marzo
de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san
Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el
domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del "agua
viva"; hoy, curando al ciego de nacimiento, se revela como "la luz
del mundo"; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se
presentará como "la resurrección y la vida". Agua, luz y vida: son
símbolos del bautismo, sacramento que "sumerge" a los creyentes
en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, liberándolos de la
esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.
Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,
1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por
descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres.
Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: "Ni este pecó ni
sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios" (Jn 9,
3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz
viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por
su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en
la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara
solemnemente: "Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (...)
Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo" (Jn 9, 4-5).
Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace
barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del
hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por
el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, "Adán"
significa "suelo", y el cuerpo humano está efectivamente compuesto
por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva
creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús
la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así,
al final del relato, Jesús y el ciego son "expulsados" por los
fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la
curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.
Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un
juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar,
porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema
de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento
de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda
cegado por su propio egoísmo.
Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos
la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo,
lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19,
14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al
engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.
DOMINGO 5 T.C.
Monición de entrada:
Bienvenidos a misa:
Hoy es el último domingo antes del domingo
Ramos, cuando vendremos a misa con ramas de olivo y palmera.
Los otros domingos hemos escuchado como Jesús
hablaba con una mujer que estaba en el pozo y curaba a un ciego.
Este domingo vamos a ver como hace muy
felices a tres amigos suyos: María, Marta y Lázaro.
Señor, ten piedad.
Tú que lloraste cuando se murió Lázaro.
Señor, ten piedad.
Tú que ayudaste a tus amigas María y
Marta. Cristo ten piedad.
Tú que devolviste a la vida a tu amigo
Lázaro. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por la Iglesia, para que hable a todos de
Jesús que da la vida. Te lo pedimos, Señor.
Por el Papa León, para que siga ayudándonos a
hacer felices a los demás. Te lo
pedimos, Señor.
Por las personas que están en los hospitales,
para que se curen. lo pedimos, Señor.
Por todos los que se van al cielo siendo
niños o jóvenes, para que estén allí. Te lo pedimos, Señor.
Por nosotros, para que llevemos vida a las
personas que están tristes. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias
Gracias Virgen María
porque hoy Jesús nos ha enseñado
que las personas que se mueren
se van al cielo.
Gracias porque llenas nuestro corazón
de mucho amor
y nos ayudas a llenarlo de amor.
