miércoles, 2 de septiembre de 2026

Nº 323. Domingo 23º T. Ordinario. 6 de septiembre de 2026.



Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9 

Esto dice el Señor:

-A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte. Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida.

 

Textos paralelos.

 A ti también, hijo de hombre, te he hecho centinela.

Ez 3, 17-19: Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca, le darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado que es reo de muerte y tú no le das la alarma – es decir, no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie su mala conducta y conserve la vida –, entonces el malvado morirá por su culpa y a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú pones en guardia al malvado, y no se convierte de su maldad y de su mala conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida.

 

Notas exegéticas.

33 10 El pueblo desalentado, se declara abrumado por el peso de sus pecados e incapaz de librarse de él. Ezequiel afirma como respuesta la posibilidad de una conversión. Este trozo, vv. 10-20, es la reanudación del tema ya tratado en 18, 21-31.

 

Salmo responsorial

Sal 94, 1-2.6-9

 

R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del señor;

“No endurezcáis vuestro corazón”.

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía. R/.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

“No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y me tentaron, aunque habían visto mis obras. R/.

Textos paralelos.

Venid, cantemos gozosos a Yahvé.

Dt 32, 15: Comió Jacob hasta saciarse, / engordó mi cariño, y tiró coces / - estabas gordo y cebado y corpulento - / y rechazó a Dios, su creador; / deshonró a su roca salvadora.

Porque él es nuestro Dios.

Sal 100, 3: Sabed que el Señor es Dios, / él nos hizo y somos suyos, / pueblo suyo y ovejas de su aprisco.

Ez 34, 1-2a: Me dirigió la palabra el Señor: – Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel.

Sal 23, 1-4: El Señor es mi pastor: nada me falta. / En verdes praderas me hace recostar, / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas: / me guía por senderos oportunos / como pide su título. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo: Tú vas conmigo; / tu vara y tu cayado me sosiegan.

Sal 80, 2: Pastor de Israel, escucha: / tú que guías a José como a un rebaño; / en tu trono de querubines resplandece.

No seáis tercos como en Meribá.

Ex 19, 5: Por tanto, si queréis obedecerme y guardar mi alianza, entre todos los pueblos seréis mi propiedad, porque es mía toda la tierra.

Como el día de Masá en el desierto.

Hb 3, 7-11: Por eso dice el Espíritu Santo: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones como cuando la rebelión, en el día de la prueba, en el desierto, cuando me pusieron a prueba vuestros padres, y me provocaron, a pesar de haber visto mis obras cuarenta años. Por eso me indigné contra aquella generación y dije: Siempre tienen el corazón extraviado; no reconocieron mis caminos, por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso.

Sal 81, 9: Escucha, pueblo mío, que te amonesto, / Israel, ojalá me escuches.

Ex 17, 5-7: [la comunidad israelita se queja contra Moisés por carecer de agua, Dios interviene] “Pasa delante del pueblo, acompañado de las autoridades de Israel, empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y camina; yo te espero allí, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca y saldrá agua para que beba el pueblo”. Moisés lo hizo ante las autoridades israelitas y llamó al lugar Masá y Meribá,  porque los israelitas se habían careado y habían tentado al Señor, preguntando: “¿Está o no está con nosotros el Señor?”.

Nm 20, 12-13: [la misma escena, pero Moisés golpea dos veces]. El Señor dijo a Moisés y a Aarón: “Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les voy a dar”. (Esta es Meribá, donde los israelitas se carearon con el Señor, y él les mostró su santidad).

Dt 6, 16: No tentaréis al Señor, vuestro Dios, poniéndolo a prueba, como lo tentasteis en Masá.

Dt 33, 8: Para tus leales los tumim y urim. / Los pusiste a prueba en Masá. / los desafiaste en Meribá.

Nm 20, 2: Faltó agua al pueblo y se amotinaron contra Moisés y Aarón.

Sal 78, 8: Para que no imitaran a sus antepasados: / generación rebelde y contumaz, / generación de corazón inconstante, / de espíritu desconfiado de Dios.

Sal 78, 37: Su corazón no era constante con él / ni eran fieles a su alianza.

Dt 32, 5: Hijos degenerados, se portaron mal con él, / generación malvada y pervertida.

Dt 32, 18: ¡Despreciaste a la Roca que te engendró, / y olvidaste al Señor que te dio a luz!

Jb 21, 14: Ellos que decían a Dios: “Apártate de nosotros, / que no nos interesan tus caminos”.

Sal 132, 8: ¡Levántate, Señor, ven a tu descanso, / ven con el arca de tu poder! / Que tus sacerdotes se vistan de gala / y tus leales vitoreen.

Sal 132, 14: Este es mi descanso para siempre, / aquí habitaré, porque la quiero.

Nm 14, 30: No entraréis en la tierra donde juré que os establecería. Solo exceptúo a Josué, hijo de Nun, y a Caleb, hijo de Jefoné.

Dt 12, 9: La ira del Señor se encendió contra ellos, y el Señor se marchó.

 

Notas exegéticas.

95 Himno procesional, recitado quizá en la fiesta de las tiendas, ver Dt 31, 11.

95 1 Alusión repetida en el v. 8, a la roca de donde brotó el agua en el desierto. Ex 19, 1s. o a la roca sobre la que se hallaba edificado el Templo, 2 S 24, 18.

95 8 Meribá significa “disputa” y Masá “tentación”.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10

Hermanos:

A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el “no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás”, y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

 

Textos paralelos.

Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor.

Mt 22, 34-40: Al enterarse los fariseos de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en un lugar; y uno de ellos, le preguntó capciosamente: “Maestro, ¿cuál es el precepto más importante de la ley?” Le respondió: “Amarás al Señor tu Dos de todo corazón, con toda el alma, con toda tu mente. Este es el precepto más importante; pero el segundo es equivalente: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos preceptos sustentan la ley entera y los profetas”.

Jn 13, 34: Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado: amaos así unos a otros.

Ga 5, 14: Pues la ley entera se cumple con un precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

No adulterarás, no matarás

Ex 20, 13-17: No matarás. / No cometerás adulterio. / No robarás. / No darás testimonio falso contra tu próximo. / No codiciarás los bienes de tu prójimo: no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.

Dt 5, 17-21: No matarás. / Ni cometerás adulterio. / Ni robarás. / Ni darás testimonio falso contra tu prójimo. / Ni pretenderás la mujer de tu prójimo. Ni codiciarás su casa, ni sus tierras, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.

Amarás a tu prójimo.

Lv 19, 18: No serás vengativo ni guardarás rencor a tus conciudadanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

Ga 5, 14:

La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud.

1 Co 13, 4-7: Pues la ley entera se cumple con un precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

 

Notas exegéticas.

13 8 La ley, en general, según parece, y no sólo la Ley mosaica.

13 9 (a) Adicción (Vulgata): “No levantarás falso testimonio”.

13 9 (b) El prójimo ya no es, como en Levítico, el miembro del mismo pueblo, sino todos los miembros de la familia humana, unificada en Cristo, Ga 3, 28; Mt 25, 40.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

 

Textos paralelos.

// Lc 17, 3: Estad en guardia: Si tu hermano peca, repréndelo; si se arrepiente, perdónale.

 Si tu hermano llega a pecar.

Lv 19, 17: No guardarás odio a tu hermano. Reprenderás abiertamente a tu conciudadano y no cargarás con pecado por su causa.

Ga 6, 1: Hermanos, si alguien es sorprendido en un delito, vosotros, los espirituales, corregidlo con modestia. Pero vigílate tú, no vayas a ser tentado tú también.

Todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.

Dt 19, 15: No es válido el testimonio de uno solo contra nadie, en cualquier caso de pecado, culpa o delito. Solo por la deposición de dos o tres testigos se podrá fallar una causa.

 

Considéralo como al pagano.

Rm 16, 17: Hermanos, os recomiendo que vigiléis a los que siembran discordias y tropiezos contra la doctrina que aprendisteis; evitadlos.

1 Co 5, 11: Concretamente os escribí que no os juntarais con uno que lleva el nombre de hermano y es inmoral, avaro, explotador, idólatra, difamador o borracho. Con ese ni comer.

Yo os aseguro que todo lo que atéis.

Mt 16, 19: A ti te daré las llaves del reino de Dios: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

Jn 20, 23: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos.

De acuerdo en la tierra para pedir algo.

Jn 15, 7: Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis y os sucederá.

Jn 15, 16: No me elegisteis vosotros; yo os elegí y os destiné a ir ay dar fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidáis al Padre alegando mi nombre yo os lo concederé.

Donde dos o tres están reunidos.

Mt 1, 23: Mira la virgen está encinta, dará a luz un hijo que se llamará Emanuel (que significa Dios-con-nosotros).

Mt 28, 20:  Y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.

Ex 20, 24: Hazme un altar de tierra y en él ofrecerás tus holocaustos, tus sacrificios de comunión, tus ovejas y tus vacas. En los lugares donde pronuncie mi nombre bajaré a ti y te bendeciré.

 

Los dichos de Jesús.

Q 17, 3-4

3 Si tu hermano peca [contra ti], repréndele; y si [se arrepiente], perdónale.

4 Y si peca contra ti siete veces al día, perdónale siete veces.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

18 15 La precisión “contra ti”, añadido por numerosos testigos, parece que se debe rechazar. Se trata de una falta grave y pública que no se ha hecho necesariamente al que la corrige. El caso del v. 21 es distinto.

18 17 (a) La “ekklesia”, es decir, la asamblea de los hermanos.

18 17 (b) Personas “impuras” con las que los judíos piadosos no podían tratar, ver 5, 46. Véase la excomunión en 1 Cor 5, 11.

18 18 Extensión a los ministros de la Iglesia (a la que en primer lugar se dirige todo este discurso) de uno de los poderes conferidos a Pedro.

 

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

15-17 La Iglesia es esencialmente santa; pero, mientras dure la historia humana, habrá en ella pecadores, a los que habrá que corregir: primero la corrección en secreto, luego la corrección privada ante testigos, finalmente la denuncia pública ante la autoridad constituida en la Iglesia. Ese “tribunal” para dirimir cuestiones entre hermanos, para absolver o condenar, es un elemento externo y visible de la Iglesia. La comunidad judía de Qumrán tenía una norma semejante. (Qumrán, Regla de la Comunidad, col. V, 26-VI,1).

15 SI TU HERMANO PECA (algunos manuscritos añaden contra ti): cf. Lev 19, 17. HERMANO es el que comparte la misma fe, un miembro de la comunidad de creyentes. // VETE A CORREGIRLO: lit. vete, corrígelo. // “Escuchar” (y “no escuchar”: v. 16) son semitismos: su significado es: “hacer caso”, “no hacer caso”. // GANASTE: conseguiste que tu hermano siga perteneciendo a la comunidad.

16 TODA CAUSA (lit. toda palabra; hebraísmo) …SOBRE [LA] DECLARACIÓN, lit. … sobre [la] bica.

17 CONSIDÉRALO COMO…: lit. sea para ti como.

18 Mientras los vs. 15-17 expresan una norma de comportamiento, este v. 18 es una entrega de poderes. Hay una pequeña, pero importante, ruptura gramatical con lo que antecede: Jesús no habla en singular, ni a cualquier seguidor suyo, sino en plural, y a un grupo cualificado; son palabras que implican un poder jerárquico, una autoridad que rige a la comunidad (un régimen de gobierno que los judíos contemporáneos de Jesús conocían y entendían perfectamente). La Iglesia católica ha definido, citando este versículo, que los católicos y sacerdotes son los únicos ministros de la absolución sacramental (H. Denzinger – A. Schönmetzer, Enchiridion Symboloru, Definitounum et Declarationum de rebus fidei et morum. Barcelona. 1973.

19 LO OBTENDRÁN: lit. les sucederá para ellos.

20 EN MI NOMBRE: en el v. 5 era “epì tôi onómati mou” (“apoyado en mi”, “por causa de mí”); ahora es “eis tò emòn ónonta” (“teniéndome en cuenta a mí”, “para honrarme a mí”, “para entregarse a mí”).

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.

18, 20 Cristo está presente entre nosotros de muchas maneras, incluso en la asamblea de los fieles (en la misa, en los sacramentos, en su ministerio en el altar, en la palabra de Dios, y cada vez que los fieles se reúnen para orar). Sin embargo, está presente de un modo único en las especies sagradas de la Eucaristía. Es en este gran Sacramento donde recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma, y la Divinidad de Cristo. Cat. 832, 833, 1088, 1373 y 2689.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

832 “Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas comunidades locales de fieles, unidas a sus pastores. Estas, en el Nuevo Testamento, reciben el nombre de Iglesias. En ellas se reúnen los fieles por el anuncio del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor. En estas comunidades, aunque muchas veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está presente Cristo, quien con su poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica” (C. Vaticano II, Lumen gentium, 26).

1088 “Para llevar a cabo una obra tan grande” – la dispensación o comunicación de su obra de salvación –, “Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no solo en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20)” (C. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 6).

1373 “Cristo Jesús murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8, 34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf. C. Vaticano II, Lumen gentium, 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos (cf. Mt 25, 31-46), en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo bajo las especies eucarísticas” (cf. C. Vaticano II, Sacrosanctum concilium, 7).

 

Concilio Vaticano II

[El sentido de la fe y de los carismas en el pueblo cristiano]. El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo dando un testimonio vivo de Él, sobre todo con la vida de fe y amor, y ofreciendo a Dios un sacrificio de alabanza, fruto de unos labios que aclaman su nombre (cf. Hb 13, 15). La totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20.27) no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tna peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando “desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos” (S. Agustín, de praed. sact. 14, 27) muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral. El Espíritu de la verdad suscita y sostiene ese sentido de la fe. Con él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio al que obedece con fidelidad, recibe, no ya una simple palabra humana, sino la palabra de Dios(cf. 1 Ts 2, 13). Así se adhiere indefectiblemente “a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre” (Jds 3), la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente en la vida.

Lumen gentium, 12.

 

Los Santos Padres.

¿Qué debe hacer quien ha recibido una injuria? Lo que hemos escuchado hoy: “Si tu hermano peca contra ti, corrígelo a solas”. Si descuidas el hacerlo, peor eres tú. Él hizo la injuria y con ella se hirió con grave herida; tú ¿desprecias la herida de tu hermano? Lo ves perecer o que ha parecido, ¿y lo descuidas? Peor eres tú callando que él injuriando.

Agustín, Sermones, 82, 7. 4b, pg. 109.

Me parece bien que, después de las tres advertencias con que se condena a uno como pagano y publicano, se añada: “En verdad os digo – evidentemente a los que juzgan que alguien es pagano y publicano – que todo lo que atéis en la tierra” y lo que sigue. En efecto, con razón fue atado el corregido en tres ocasiones, pero que no atendió: el considerado como pagano y publicano. Por eso precisamente, al ser atado y condenado, un hombre así permanece atado, y nadie en el cielo puede disolver el juicio del hombre que lo ató. De la misma manera, el que ha sido reprendido una sola vez y hace cosas merecedoras de ser ganado, es liberado nuevamente gracias a la advertencia de quien lo ha ganado, y no permanece ya atado con las cadenas de los pecados por los que fue corregido y atado. Será juzgado libre por los que están en el cielo.

Orígenes, Comentarios al Ev. de Mateo, 13. 1b, pg. 111.

Ya veis cómo el Señor condenó al pecador a doble necesidad: al castigo de aquí y al suplicio de allá. Mas si amenaza con el castigo de aquí es para que no llegue el suplicio de allá, sino que se ablande más bien el obstinado por el temor de la amenaza, por la expulsión de la Iglesia, por el peligro de ser atado en la tierra y quedar también ligado en los cielos. Sabiendo esto, si no al principio, por lo menos al pasar por tantos tribunales, es natural que el hombre deponga su ira. De ahí haber establecido el Señor uno, dos y hasta tres juicios, y no expulsar inmediatamente al culpable, pues si desoye al primer tribunal, puede ceder al segundo; si también rechaza al segundo, aún le queda el tercero. Si también a este rechaza, aún puede espantarle el castigo venidero y la sentencia y justicia de Dios.

Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 60, 2. 1b, pg. 111-112.

Debemos practicar la armonía que viene de Dios, para que cuando estemos reunidos en el nombre de Cristo, Él esté presente en medio de nosotros, Él, que es la palabra de Dios, su sabiduría y su poder.

Orígenes, Comentarios al Ev. de Mateo, 14, 1. 1b, pg. 112.

No es el número de los que se reúnen, sino el poder de su piedad y de su amor a Dios, lo que es eficaz.

Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 215. 1b, pg. 113.

 

San Jerónimo.

15-17 Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado, etc. Si nuestro hermano ha pecado contra nosotros y nos ha perjudicado en algo, tenemos la posibilidad, más bien la obligación, de perdonarlo, porque se nos ha prescrito que perdonemos sus deudas a nuestros deudores; pero si alguien hubiera pecado contra Dios, no depende de nosotros. En efecto, la divina Escritura dice: Si un hombre ha pecado contra un hombre, el sacerdote rogará por él; pero si ha pecado contra Dios, ¿quién rogará por él?” (1 Samuel 2, 25). Nosotros, por el contrario, indulgentes con las injurias que se hacen a Dios, manifestamos odio por las ofensas que nos hacen. Y debemos corregir al hermano en privado no sea que, si ha perdido una vez el pudor y la vergüenza, permanezca en pecado. Y si nos escucha ganamos su alma y por la salud de otro procuramos también la nuestra. Pero si se niega a escucharnos, que se llame a un hermano; si se niega a escuchar a este, llámese a un tercero, ya sea para tratar de corregirlo ya para amonestarlo delante de testigos. Pero si tampoco a ellos quiere escucharlos, entonces hay que decirlo a muchos para que lo detesten y el que no pudo ser salvado por la vergüenza se salve por las afrentas. Cuando dice: Considéralo como pagano y publicano, muestra que se debe detestar más a aquel que bajo el nombre de fiel hace obras propias de infieles que al que es abiertamente gentil. En sentido tropológico [doctrina moral que se dirige a la reforma o enmienda de las costumbres, rae.es] se llama publicanos a los que corren tras las riquezas del mundo y exigen impuestos por medio de negocios ilícitos, fraudes y robos, crímenes y perjurios.

18 Os aseguro que todo lo que atéis … Dio poder a los apóstoles para que supieran quienes reciben tal condenación que la sentencia de los hombres es corroborada por la sentencia divina y todo lo que sea atado en la tierra quedará atado en el cielo.

19.20 También os digo… Todo lo dicho anteriormente nos había invitado a la concordia. Ahora nos promete también un premio para que con mayor solicitud persigamos activamente la paz; al decir que se encontrará en medio de dos o tres pensamos en el ejemplo de aquel tirano que había tomado prisioneros a dos amigos. Uno de ellos había vuelto a ver a su madre, dejando al otro como fianza. Quiso probarlos de este modo, reteniendo a uno y dejando partir al otro, y cuando este volvió el día fijado, lleno de admiración por su mutua fidelidad, les rogó que lo admitieran como tercero [Cicerón. Sobre los deberes, III, 45). Podemos igualmente interpretar esto en sentido espiritual; cuando el espíritu, el alma y el cuerpo están de acuerdo y no se hacen la guerra teniendo deseos encontrados, la carne y sus deseos contra el espíritu y el espíritu contra la carne, obtendrán del Padre todo lo que le pidieren; sin ninguna duda la petición es buena cuando elk cuerpo tiene los mismos deseos que el alma.

 

San Agustín.

Hay algo realmente grave. Los hombres desprecian de tal modo la medicina del perdón, que no sólo no perdonan cuando se les ofende, sino que tampoco quieren pedirlo cuando ellos pecan. Penetró la tentación y se apoderó la ira de ellos. De tal manera les dominó el deseo de venganza, que no sólo se apoderó de su corazón, sino que hasta la lengua vomitó ultrajes y crímenes.

Miraos a vosotros mismos. El mismo Cristo dice: Si peca tu hermano… El pagano es un gentil; y gentil es aquel que no cree en Cristo. Si no escucha a la comunidad, dale por muerto.

Pero he aquí que vive, que entra en la Iglesia, que hace la señal de la cruz, que se arrodilla, que ora y se acerca al altar. A pesar de todo eso, tenlo por pagano y publicano. No hagas caso de esas falsas señales de vida. Esta muerto.

Aunque no nos sobrevenga la muerte repentina, lo cierto es que no podemos vivir por largo tiempo. La vida humana en su totalidad es breve: desde la infancia hasta la ancianidad. Aunque Adán viviera todavía y debiera morir hoy, ¿qué hubiera ganado con haber vivido tanto? A todo esto debes añadir que el mismo presente, aunque bullicioso por naturaleza, resulta incierto por una especie de enfermedad radical. A diario mueren hombres. Los vivos los llevan a enterrar, celebran sus funerales y se prometen a sí mismos una larga vida. Nadie dice: “Me corregiré, no sea que mañana esté yo como este a quien hemos acompañado al cementerio”. A vosotros os agradan las palabras, pero yo busco los hechos. No me entristezcáis con vuestras costumbres perversas, ya que mi deleite en la vida presente no es otro que vuestra digna vida.

Sermón17, 6-7.

San Juan de Ávila.

Y también habéis de saber que declarar cuál escritura sea palabra de Dios, para que por tal sea de todos creída, no pertenece a otro sino a la misma Iglesia cristiana, cuya cabeza en la tierra, por divina ordenación, es el Romano Pontífice. Y tener por cierto, como San Jerónimo dice, que “cualquier persona que, fuera de esta Iglesia y casa de Dios, comiere el cordero de Dios, profano es, no cristiano”. Y quienquiera que fuere hallado fuera de ella, necesariamente ha de perecer, como los que no entraron en el arca de Noé fueron ahogados con el diluvio (cf. Gn 7, 23). Esta es la Iglesia, a la cual manda el Evangelio que oigamos, y que quien no la oyere tengamos por malo y por infiel (cf. Mt 18, 17). Y esta es la Iglesia de la cual dice San Pablo que es coluna y firmamento de la verdad (1 Tm 3, 15).

Audi, filia (II). I, pg. 635.

¿Pues qué remedio para que, si me hicieren mal, no me haga yo malo? Si pecara contra ti tu hermano, dice nuestro Redemptor, vade, et corrige eum inter te et illum; si te hiciere mal, no te tornes tú malo. ¡Gran locura es imitar la locura del loco! – Al avariento duélele cuando le quitan la hacienda; al regalado, cuando le hacen mal. ¿Qué hará el hombre a quien le hacen mal? – Dolerse más del mal y pecado del otro que de su propio daño. – ¿Qué harás si te hicieren mal? – No dalle de cuchilladas; no ponello a pleito; no levantar bandos. – Vete a él y dile: “Catá que no tenéis razón de hacerme mal, por esto y por esto”. Si te oyere, si recibiere tu razón, has ganado no tu hacienda, no honra, sino su ánima; y si no te oyere, toma dos amigos tuyos y suyos, corrígelo entre ti y ellos. Si no los oyere, dilo a la iglesia, al perlado [clérigo que tiene algunas de las dignidades superiores en la iglesia, rae.es], a la congregación; y si no te oyere, apártate de él como étnico y infiel.

Sermón Domingo 21 después de Pentecostés. OC III, pg. 299.

Pensasteis en una palabra de Cristo, que oísteis en el sermón: Si perdonáredes a vuestros prójimos, vuestro Padre os perdonará a vosotros; y si no perdonáredes, no os perdonará Dios (cf. Mt 18, 18). Cuando te paras a pensar: “Gran cosa es el perdonar, pues que si no perdono no me perdona Dios... Pues si lo que perdono, ¿qué dirán de mí?... Si no le perdono, no me perdona Dios. Al fin quiero perdonar, porque Dios me perdone a mí”, comido has. Y el que antes no podíades ver, comienza a parecer bien, y habláis al que no hablábades, ni podíades ver más que al diablo; ya os comienza a parecer bien. Comido habéis. Así como el mantenimiento del entendimiento es la verdad, así el de la voluntad es la bondad, y bien estáis con la cosa que le queréis bien. ¿Qué ha comido tu entendimiento? Aquella verdad, pues que con tanta fuerza os movéis a amar al que tanto aborrecíades.

Sermón Santísimo Sacramento. III, pg. 605.

 

San Oscar Romero. Homilía.

Qué vergüenza para mí, Pastor, y les pido perdón a mi comunidad, cuando no haya podido desempeñar como servidor de ustedes mi papel de obispo. No soy un jefe, no soy una manda más, no soy una autoridad que se impone. Quiero ser el servidor de Dios y de ustedes. Y es en ese ambiente, en que Cristo está llamando a la autenticidad, cuando este discurso de cómo debe ser la comunidad. Yo puedo sacar de las tres lecturas el título de la homilía de hoy , como el resumen del discurso de Cristo: La Iglesia, comunidad profética; la Iglesia, comunidad sacramental; y la Iglesia, comunidad de amor. Esto es la Iglesia. Si no la entendemos así, no sabemos lo que es Iglesia de Cristo. Estas tres características son como el resumen de las tres lecturas de hoy.

Homilía, 10 de septiembre de 1978.

 

 

León XIV.  Audiencia. 26 de agosto de 2026. Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 8. Las motivaciones de la reforma litúrgica

Queridos hermanos y hermanas:

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La liturgia —escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino

 

Papa León XIV. Angelus. 30 de agosto de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buen día y feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, que revela a sus discípulos el Misterio de su pascua inminente: el Mesías —dice— «tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Esta afirmación está muy lejos de lo que esperaban de un Mesías triunfante y poderoso, con cuya ayuda derrotarían y humillarían a sus enemigos (cf. Sal 108,14). Ya habían tenido el modo, en el tiempo transcurrido con Él, de maravillarse de muchos de sus gestos y palabras. Pero este último mensaje, fue más allá de toda perspectiva. Pedro, particularmente, manifiesta su desacuerdo y comienza a reprender a Jesús diciéndole: «“¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”» (v. 22).

Apenas hacía un instante que había reconocido en Él al «Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Ahora en cambio, sorprendido y quizá decepcionado de lo que había escuchado, en contraste con la hermosa profesión de fe que acababa de pronunciar, lo reprende. Parecería que le dice: “sí, creo que tú eres el Mesías, pero ese no es el modo de salvar al mundo”. Es un impulso de fervor, sin duda motivado por un amor sincero que, sin embargo, nos hace reflexionar.

Tampoco para nosotros, es siempre fácil entender y aceptar los caminos de Dios, especialmente cuando están muy alejados de los nuestros. Entonces las tentaciones son, contra toda lógica de fe, pensar que sea el Señor el que se equivoca o, peor aún, el que no nos escucha o no se interesa por nosotros. Frente a esta incertidumbre Pedro, aun dentro de su impulsividad, nos enseña dos cosas importantes.   

La primera es la de no interrumpir nunca, ni siquiera en estos momentos, el diálogo con el Señor; más bien, manifestarle con confianza nuestra dificultad para comprender lo que nos pide.

La segunda es la de no juzgar nunca el obrar de Dios, sino más bien, ponernos a la escucha, con humildad, en la oración, de lo que nos está revelando a través de su accionar, aun cuando no corresponde a nuestras expectativas.

Y la grandeza del primero de los apóstoles se manifiesta también en esto.

Jesús le responde: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v. 23), y les explica, a él y a los otros discípulos que, para seguir sus huellas, deberán negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirlo (cf. v. 24). Pedro lo hará después de haberlo escuchado, asumirá el desafío y permanecerá fiel a las palabras del Cristo, al que ha reconocido como su redentor, por toda la existencia, hasta el martirio. 

Pidamos entonces al Señor que también nosotros tengamos en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro, diciéndole con humildad lo que sentimos realmente, aun cuando el corazón está confuso; y, al mismo tiempo, que sepamos cultivar su docilidad, aceptando aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas.

Que nos ayude María, que fue obediente a los designios de Dios permaneciendo de pie junto a la cruz de su hijo Jesús.

 

Papa Francisco. Angelus. 10 de septiembre de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, el Evangelio nos habla de la corrección fraterna (cf. Mt 18, 15-20), que es una de las expresiones más grandes del amor, y también una de las que requieren un mayor esfuerzo, porque no es fácil corregir a los demás. Cuando un hermano en la fe comete una falta contra ti, tú, sin rencor, ayúdalo, corrígelo. Ayudar corrigiendo.

Pero, por desgracia, lo primero que se suele crear en torno a quien se equivoca son las habladurías, mediante las que todo el mundo se entera del error, con todos los detalles, ¡menos el interesado! Esto no es justo, hermanos y hermanas, esto no agrada a Dios. No me canso de repetir que los chismes son una plaga en la vida de las personas y de las comunidades, porque traen división, traen sufrimiento, traen escándalo, y nunca ayudan a mejorar, a crecer. Un gran maestro espiritual, san Bernardo, decía que la curiosidad estéril y las palabras superficiales son los primeros peldaños de la escalera de la soberbia, que no conduce hacia lo alto, sino hacia abajo, precipitando al hombre a la perdición y la ruina (cfr. Los grados de la humildad y la soberbia).

Jesús, en cambio, nos enseña a comportarnos de otra manera. Esto es lo que dice hoy: "Si tu hermano comete una falta contra ti, ve y repréndelo entre tú y él a solas" (v. 15). Háblale "cara a cara", háblale lealmente, para ayudarlo a entender en qué se equivoca. Y esto hazlo por su bien, superando la vergüenza y encontrando el verdadero valor, que no es hablar mal de él a sus espaldas, sino decirle las cosas a la cara con mansedumbre y amabilidad.

Pero, podemos preguntarnos, ¿y si no es suficiente? ¿Y si no lo entiende? Entonces hay que buscar ayuda. Pero, ¡cuidado! ¡No la del grupito que chismea! Jesús dice: "Toma contigo una o dos personas" (v. 16), refiriéndose a personas que realmente quieran ayudar a ese hermano o a esa hermana que ha errado.

¿Y si sigue sin entender? Entonces, dice Jesús, involucra a la comunidad. Pero también en este caso, seamos claros: no se trata de poner a la persona en la picota, de avergonzarla públicamente, sino de unir los esfuerzos de todos para ayudarla a cambiar. Señalar con el dedo a las personas no es bueno; de hecho, a menudo hace más difícil que quien se ha equivocado reconozca su propio error. Más bien, la comunidad debe hacerle sentir a él o a ella que, a la vez que condena el error, está cerca de la persona con la oración y el afecto, siempre dispuesta a ofrecer el perdón, la comprensión, y a empezar de nuevo.

Entonces, preguntémonos: ¿cómo trato a los que se equivocan contra mí? ¿Me lo guardo y acumulo resentimiento? “Me la pagarás”: esta expresión que nos viene tantas veces, “me la pagarás”. ¿Hablo acerca de ello a espaldas del otro?: “¿Sabes lo que ha hecho ese?”… ¿O soy valiente e intento hablar con él o ella? ¿Rezo por él o ella, pido ayuda para hacer el bien? Y nuestras comunidades, ¿se hacen cargo de los que caen, para que puedan volver a levantarse y empezar una nueva vida? ¿Señalan con el dedo o abren sus brazos? ¿Qué haces tú? ¿Apuntas con el dedo o abres los brazos?

Que María, que siguió amando incluso cuando escuchaba a la gente condenar a su Hijo, nos ayude a buscar siempre el camino del bien.

 

Papa Francisco. Angelus. 6 de septiembre de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf. Mt 18, 15-20) está tomado del cuarto discurso de Jesús en el relato de Mateo, conocido como discurso “comunitario” o “eclesial”. El pasaje de hoy habla de la corrección fraterna, y nos invita a reflexionar sobre la doble dimensión de la existencia cristiana: la comunitaria, que exige la protección de la comunión, es decir de la Iglesia, y la personal, que requiere la atención y el respeto de cada conciencia individual.

Para corregir al hermano que se ha equivocado, Jesús sugiere una pedagogía de recuperación. Y siempre la pedagogía de Jesús es pedagogía de la recuperación; Él siempre busca recuperar, salvar. Y esta pedagogía de la recuperación está articulada en tres pasajes. Primero dice: «Ve y corrígele, a solas tú con él» (v. 15), es decir, no pongas su pecado delante de todos. Se trata de ir al hermano con discreción, no para juzgarlo, sino para ayudarlo a darse cuenta de lo que ha hecho. Cuántas veces hemos tenido esta experiencia: viene alguien y nos dice: “Oye, en esto te has equivocado. Deberías cambiar un poco en esto”. Tal vez al inicio nos da rabia, pero después se lo agradecemos porque es un gesto de fraternidad, de comunión, de ayuda, de recuperación.

Y no es fácil poner en práctica esta enseñanza de Jesús, por varias razones. Existe el temor de que el hermano o la hermana reaccionen mal; a veces no hay suficiente confianza con él o ella... Y otros motivos. Pero cada vez que hemos hecho esto, hemos sentido que era justo el camino del Señor.

Sin embargo, puede suceder que, a pesar de mis buenas intenciones, la primera intervención fracase. En este caso está bien no desistir y decir: “Que se las arregle, yo me lavo las manos”. No, esto no es cristiano. No hay que desistir, sino recurrir a la ayuda de algún otro hermano o hermana. Dice Jesús: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos» (v. 16). Este es un precepto de la Ley de Moisés (cf. Dt 19,15). Aunque parezca contra el acusado, en realidad servía para protegerlo de falsos acusadores. Pero Jesús va más allá: los dos testigos son requeridos no para acusar y juzgar, sino para ayudar. “Pongámonos de acuerdo, tú y yo, vayamos a hablar con éste, con ésta que se está equivocando, que está quedando mal. Pero vayamos a hablarle como hermanos”. Este es el comportamiento de la recuperación que Jesús quiere de nosotros. De hecho, Jesús considera que también puede fracasar este enfoque —el segundo enfoque— con testigos, a diferencia de la Ley de Moisés, para la cual el testimonio de dos o tres era suficiente para la condena.

De hecho, incluso el amor de dos o tres hermanos puede ser insuficiente, porque él o ella son testarudos. En este caso, añade Jesús, «díselo a la comunidad» (v. 17), es decir, a la Iglesia. En algunas situaciones toda la comunidad está involucrada. Hay cosas que no pueden dejar indiferentes a los otros hermanos: se necesita un amor mayor para recuperar al hermano. Pero, a veces, incluso esto puede no ser suficiente. Y Jesús dice: «Y si ni a la comunidad hace caso, considéralo ya como al gentil y al publicano» (ibid.). Esta expresión, aparentemente tan despectiva, en realidad nos invita a poner a nuestro hermano de nuevo en las manos de Dios: sólo el Padre podrá mostrar un amor más grande que el de todos los hermanos juntos. Esta enseñanza de Jesús nos ayuda mucho, porque —pensemos en un ejemplo— cuando nosotros vemos un error, un defecto, una equivocación, en tal hermano o hermana, habitualmente la primera cosa que hacemos es ir a contárselo a los demás, a chismorrear. Y los chismes cierran el corazón de la comunidad, cierran la unidad de la Iglesia. El gran chismoso es el diablo, que siempre está diciendo cosas feas de los demás, porque él es el mentiroso que busca dividir a la Iglesia, de alejar a los hermanos y de no hacer comunidad. Por favor, hermanos y hermanas, hagamos un esfuerzo para no chismorrear. ¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid! Hagamos un esfuerzo: nada de chismes. Es el amor de Jesús, que acogió a publicanos y paganos, escandalizando a las personas rígidas de la época. Por lo tanto, no se trata de una condena sin apelación, sino del reconocimiento de que a veces nuestros intentos humanos pueden fracasar, y que sólo estando ante Dios puede poner a nuestro hermano ante su propia conciencia y la responsabilidad de sus actos. Y si no funciona, silencio y oración por el hermano y la hermana que se equivocan, pero nunca el chismorreo.

Que la Virgen María nos ayude a hacer de la corrección fraterna un hábito saludable, para que en nuestras comunidades se puedan establecer siempre nuevas relaciones fraternas, basadas en el perdón mutuo y, sobre todo, en la fuerza invencible de la misericordia de Dios.

 

 

Papa Francisco. Angelus. 10 de diciembre de 2017.

Queridos hermanos y hermanas:

Poco antes de entrar en esta iglesia donde se conservan las reliquias de san Pedro Claver, he bendecido las primeras piedras de dos instituciones destinadas a atender a personas con grave necesidad y visité la casa de la señora Lorenza, donde acoge cada día a muchos hermanos y hermanas nuestras para darles alimento y cariño. Estos encuentros me han hecho mucho bien porque allí se puede comprobar cómo el amor de Dios se hace concreto, se hace cotidiano.

Todos juntos rezaremos el Ángelus, recordando la encarnación del Verbo. Y pensamos en María, que concibió a Jesús y lo trajo al mundo. La contemplamos esta mañana bajo la advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá. Como saben, durante un periodo largo de tiempo esta imagen estuvo abandonada, perdió el color estaba rota y agujereada. Era tratada como un trozo de saco viejo, usándola sin ningún respeto hasta que acabaron desechándola.

Fue entonces cuando una mujer sencilla, que según la tradición se llamaba María Ramos, la primera devota de la Virgen de Chiquinquirá, vio en esa tela algo diferente. Tuvo el valor y la fe de colocar esa imagen borrosa y rajada en un lugar destacado, devolviéndole su dignidad perdida. Supo encontrar y honrar a María, que sostenía a su Hijo en sus brazos, precisamente en lo que para los demás era despreciable e inútil.

De ese modo, se hizo paradigma de todos aquellos que, de diversas maneras, buscan recuperar la dignidad del hermano caído por el dolor de las heridas de la vida, de aquellos que no se conforman y trabajan por construirles una habitación digna, por atender sus necesidades perentorias y, sobre todo, rezan con perseverancia para que puedan recuperar el esplendor de hijos de Dios que les ha sido arrebatado.

El Señor nos enseña a través del ejemplo de los humildes y de los que no cuentan. Si a María Ramos, una mujer sencilla, le concedió la gracia de acoger la imagen de la Virgen en la pobreza de esa tela rota, a Isabel, una mujer indígena, y a su hijo Miguel, les dio la capacidad de ser los primeros en ver trasformada y renovada esa tela de la Virgen. Ellos fueron los primeros en mirar con ojos sencillos ese trozo de paño totalmente nuevo y ver en éste el resplandor de la luz divina, que transforma y hace nuevas todas las cosas. Son los pobres, los humildes, los que contemplan la presencia de Dios, a quienes se revela el misterio del amor de Dios con mayor nitidez. Ellos, pobres y sencillos, fueron los primeros en ver a la Virgen de Chinquinquirá y se convirtieron en sus misioneros, anunciadores de la belleza y santidad de la Virgen.

Y en esta iglesia le rezaremos a María, que se llamó a sí misma «la esclava del Señor», y a san Pedro Claver, el «esclavo de los negros para siempre», como se hizo llamar desde el día de su profesión solemne. Él esperaba las naves que llegaban desde África al principal mercado de esclavos del Nuevo Mundo. Muchas veces los atendía solamente con gestos, gestos evangelizadores, por la imposibilidad de comunicarse, por la diversidad de los idiomas. Pero una caricia trasciende todos los idiomas. Sin embargo, Pedro Claver sabía que el lenguaje de la caridad, de la misericordia era comprendido por todos. De hecho, la caridad ayuda a comprender la verdad y la verdad reclama gestos de caridad: van juntas, no se pueden separar. Cuando sentía repugnancia hacia ellos —porque pobrecitos venían en un estado que repugnaba— Pedro Claver le besaba las llagas.

Austero y caritativo hasta el heroísmo, después de haber confortado la soledad de centenares de miles de personas, no murió honrado, se olvidaron de él y transcurrió los últimos cuatro años de su vida enfermo y en su celda y en un espantoso estado de abandono. Así paga el mundo; Dios le pagó de otra manera.

Efectivamente, san Pedro Claver ha testimoniado en modo formidable la responsabilidad y el interés que cada uno de nosotros debe tener por sus hermanos. Este santo fue, por lo demás, acusado injustamente de ser indiscreto por su celo y debió enfrentar duras críticas y una pertinaz oposición por parte de quienes temían que su ministerio socavase el lucrativo comercio de los esclavos.

Todavía hoy, en Colombia y en el mundo, millones de personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y sus propios derechos.

María de Chiquinquirá y Pedro Claver nos invitan a trabajar por la dignidad de todos nuestros hermanos, en especial por los pobres y descartados de la sociedad, por aquellos que son abandonados, por los emigrantes, por los que sufren la violencia y la trata. Todos ellos tienen su dignidad y son imagen viva de Dios. Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y a todos nosotros, la Virgen nos sostiene en sus brazos como a hijos queridos.

Dirijamos nuestra oración a la Virgen Madre, para que nos haga descubrir en cada uno de los hombres y mujeres de nuestro tiempo el rostro de Dios.

 

Papa Francisco. Angelus. 7 de septiembre de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo, tomado del capítulo 18 de Mateo, presenta el tema de la corrección fraterna en la comunidad de los creyentes: es decir, cómo debo corregir a otro cristiano cuando hace algo que no está bien. Jesús nos enseña que si mi hermano cristiano comete una falta en contra de mí, me ofende, yo debo tener caridad hacia él y, ante todo, hablarle personalmente, explicándole que lo que dijo o hizo no es bueno. ¿Y si el hermano no me escucha? Jesús sugiere una intervención progresiva: primero, vuelve a hablarle con otras dos o tres personas, para que sea mayormente consciente del error que cometió; si, con todo, no acoge la exhortación, hay que decirlo a la comunidad; y si no escucha ni siquiera a la comunidad, hay que hacerle notar la fractura y la separación que él mismo ha provocado, menoscabando la comunión con los hermanos en la fe.

Las etapas de este itinerario indican el esfuerzo que el Señor pide a su comunidad para acompañar a quien se equivoca, con el fin de que no se pierda. Es necesario, ante todo, evitar el clamor de la crónica y las habladurías de la comunidad —esto es lo primero, evitar esto—. «Repréndelo estando los dos a solas» (v. 15). La actitud es de delicadeza, prudencia, humildad y atención respecto a quien ha cometido una falta, evitando que las palabras puedan herir y matar al hermano. Porque, vosotros lo sabéis, también las palabras matan. Cuando hablo mal, cuando hago una crítica injusta, cuando «le saco el cuero» a un hermano con mi lengua, esto es matar la fama del otro. También las palabras matan. Pongamos atención en esto. Al mismo tiempo, esta discreción de hablarle estando solo tiene el fin de no mortificar inútilmente al pecador. Se habla entre dos, nadie se da cuenta de ello y todo se acaba. A la luz de esta exigencia es como se comprende también la serie sucesiva de intervenciones, que prevé la participación de algunos testigos y luego nada menos que de la comunidad. El objetivo es ayudar a la persona a darse cuenta de lo que ha hecho, y que con su culpa ofendió no sólo a uno, sino a todos. Pero también de ayudarnos a nosotros a liberarnos de la ira o del resentimiento, que sólo hacen daño: esa amargura del corazón que lleva a la ira y al resentimiento y que nos conducen a insultar y agredir. Es muy feo ver salir de la boca de un cristiano un insulto o una agresión. Es feo. ¿Entendido? ¡Nada de insultos! Insultar no es cristiano. ¿Entendido? Insultar no es cristiano.

En realidad, ante Dios todos somos pecadores y necesitados de perdón. Todos. Jesús, en efecto, nos dijo que no juzguemos. La corrección fraterna es un aspecto del amor y de la comunión que deben reinar en la comunidad cristiana, es un servicio mutuo que podemos y debemos prestarnos los unos a los otros. Corregir al hermano es un servicio, y es posible y eficaz sólo si cada uno se reconoce pecador y necesitado del perdón del Señor. La conciencia misma que me hace reconocer el error del otro, antes aún me recuerda que yo mismo me equivoqué y me equivoco muchos veces.

Por ello, al inicio de cada misa, somos invitados a reconocer ante el Señor que somos pecadores, expresando con las palabra y con los gestos el sincero arrepentimiento del corazón. Y decimos: «Ten piedad de mí, Señor. Soy pecador. Confieso, Dios omnipotente, mis pecados». Y no decimos: «Señor, ten piedad de este que está a mi lado, o de esta, que son pecadores». ¡No! «¡Ten piedad de mí!». Todos somos pecadores y necesitados del perdón del Señor. Es el Espíritu Santo quien habla a nuestro espíritu y nos hace reconocer nuestras culpas a la luz de la palabra de Jesús. Es Jesús mismo que nos invita a todos a su mesa, santos y pecadores, recogiéndonos de las encrucijadas de los caminos, de las diversas situaciones de la vida (cf. Mt 22, 9-10). Y entre las condiciones que unen a los participantes en la celebración eucarística, dos son fundamentales, dos condiciones para ir bien a misa: todos somos pecadores y a todos Dios da su misericordia. Son dos condiciones que abren de par en par la puerta para entrar bien en la misa. Debemos recordar siempre esto antes de ir al hermano para la corrección fraterna.

Pidamos esto por intercesión de la bienaventurada Virgen María, que mañana celebraremos en la conmemoración litúrgica de su Natividad.

 

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 4 de septiembre de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas bíblicas de la misa de este domingo coinciden en el tema de la caridad fraterna en la comunidad de los creyentes, que tiene su fuente en la comunión de la Trinidad. El apóstol san Pablo afirma que toda la Ley de Dios encuentra su plenitud en el amor, de modo que, en nuestras relaciones con los demás, los diez mandamientos y cada uno de los otros preceptos se resumen en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Rm 13, 8-10). El texto del Evangelio, tomado del capítulo 18 de san Mateo, dedicado a la vida de la comunidad cristiana, nos dice que el amor fraterno comporta también un sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual, si mi hermano comete una falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él y, ante todo, hablar con él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha dicho o hecho no está bien. Esta forma de actuar se llama corrección fraterna: no es una reacción a una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano. Comenta san Agustín: «Quien te ha ofendido, ofendiéndote, ha inferido a sí mismo una grave herida, ¿y tú no te preocupas de la herida de tu hermano? ... Tú debes olvidar la ofensa recibida, no la herida de tu hermano» (Discursos 82, 7).

¿Y si el hermano no me escucha? Jesús en el Evangelio de hoy indica una gradualidad: ante todo vuelve a hablarle junto a dos o tres personas, para ayudarle mejor a darse cuenta de lo que ha hecho; si, a pesar de esto, él rechaza la observación, es necesario decirlo a la comunidad; y si tampoco no escucha a la comunidad, es preciso hacerle notar el distanciamiento que él mismo ha provocado, separándose de la comunión de la Iglesia. Todo esto indica que existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular.

Otro fruto de la caridad en la comunidad es la oración en común. Dice Jesús: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 19-20). La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor. Dice Orígenes que «debemos ejercitarnos en esta sinfonía» (Comentario al Evangelio de Mateo 14, 1), es decir en esta concordia dentro de la comunidad cristiana. Debemos ejercitarnos tanto en la corrección fraterna, que requiere mucha humildad y sencillez de corazón, como en la oración, para que suba a Dios desde una comunidad verdaderamente unida en Cristo. Pidamos todo esto por intercesión de María santísima, Madre de la Iglesia, y de san Gregorio Magno, Papa y doctor, que ayer hemos recordado en la liturgia.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 7 de septiembre de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

Al final de esta solemne celebración eucarística deseo renovar a todos mi saludo y mi agradecimiento. Sobre todo, deseo saludar y dar las gracias por su acogida y su presencia al señor Silvio Berlusconi, presidente del Gobierno; al subsecretario, Giovanni Letta, y a todas las autoridades civiles y militares presentes. Por último, dirijamos de nuevo nuestra mirada a la "dulce Reina de los sardos", venerada en esta colina de Bonaria.

A lo largo de los siglos, ¡cuántos personajes ilustres han venido a rendirle homenaje! ¡Cuántos predecesores míos la han honrado con particular afecto! El beato Pío IX decretó su coronación; san Pío X, hace cien años, la proclamó patrona de toda Cerdeña; Pío XI atribuyó a la nueva iglesia el título de basílica menor; Pío XII, hace cincuenta años, se hizo presente espiritualmente aquí con un mensaje especial transmitido en directo por Radio Vaticano; y el beato Juan XXIII, en 1960, envió una carta con ocasión de la reapertura del santuario al culto, después de su restauración.

El primer Papa que visitó la isla después de 1650 años fue el siervo de Dios Pablo VI, que estuvo en el santuario el 24 de abril de 1970. También el amado Juan Pablo II oró ante la sagrada imagen de la Virgen, el 20 de octubre de 1985. Siguiendo las huellas de los Papas que me han precedido, también yo he elegido el santuario de Bonaria para realizar una visita pastoral que quiere abrazar idealmente a toda Cerdeña.

A María hemos renovado hoy la consagración de la ciudad de Cágliari, de Cerdeña y de cada uno de sus habitantes. Que la Virgen santísima siga velando sobre todos y cada uno, para que el patrimonio de los valores evangélicos se transmita íntegro a las nuevas generaciones y para que Cristo reine en las familias, en las comunidades y en los diversos ámbitos de la sociedad. Que la Virgen proteja en particular a cuantos, en este momento, necesitan más su intervención maternal: los niños y los jóvenes, los ancianos y las familias, los enfermos y todos los que sufren.

Conscientes del papel tan importante que desempeña María en la vida de cada uno de nosotros, como hijos devotos festejamos hoy su nacimiento. Este acontecimiento constituye una etapa fundamental para la Familia de Nazaret, cuna de nuestra redención; un acontecimiento que nos concierne a todos, porque cada uno de los dones que Dios le concedió a ella, nuestra Madre, se lo concedió pensando también en cada uno de nosotros, sus hijos. Por eso, con inmensa gratitud, pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Madre nuestra, que proteja a todas las madres terrenas: a aquellas que, junto con su marido, educan a sus hijos en un ambiente familiar armonioso; y a aquellas que, por muchas razones, tienen que afrontar solas una tarea tan ardua. Que todas realicen con entrega y fidelidad su servicio diario en la familia, en la Iglesia y en la sociedad. Que la Virgen sea para todas apoyo, consuelo y esperanza.

Ante la mirada de María quiero recordar a las queridas poblaciones de Haití, duramente probadas en los días pasados por tres huracanes. Ruego por las víctimas, por desgracia numerosas, y por los que perdieron su vivienda. Estoy cerca de toda la nación y deseo que le lleguen cuanto antes las ayudas necesarias. Encomiendo a todos a la protección maternal de Nuestra Señora de Bonaria.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 4 de septiembre de 2005.

Queridos hermanos y hermanas:

El Año de la Eucaristía se acerca ya a su conclusión. Se clausurará, el próximo mes de octubre, con la celebración de la Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos en el Vaticano, que tendrá por tema: "La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia". El amado Papa Juan Pablo II convocó este Año especial dedicado al Misterio eucarístico, para reavivar en el pueblo cristiano la fe, el asombro y el amor a este gran Sacramento, que constituye el verdadero tesoro de la Iglesia.

¡Con cuánta devoción celebraba él la santa misa, centro de todas sus jornadas! ¡Y cuánto tiempo transcurría en oración silenciosa y adoración ante el Sagrario! Durante los últimos meses, la enfermedad lo configuró cada vez más con Cristo sufriente. Conmueve pensar que en la hora de la muerte unió la ofrenda de su vida a la de Cristo en la misa que se celebraba junto a su cama. Su existencia terrena terminó en la octava de Pascua, precisamente en el centro de este Año eucarístico, en el que se realizó el paso de su gran pontificado al mío. Por tanto, desde el inicio de este servicio que el Señor me ha pedido, reafirmo con alegría el carácter central del Sacramento de la presencia real de Cristo en la vida de la Iglesia y en la de todo cristiano.

Con vistas a la Asamblea sinodal de octubre, los obispos que participarán como miembros están examinando el "Instrumento de trabajo" elaborado para ella. Pero deseo que toda la comunidad eclesial se sienta implicada en esta fase de preparación inmediata, y participe con la oración y la reflexión, valorando cualquier ocasión, acontecimiento y encuentro.

También en la reciente Jornada mundial de la juventud se hicieron muchísimas referencias al misterio de la Eucaristía. Pienso, por ejemplo, en la sugestiva Vigilia de la tarde del sábado 20 de agosto, en Marienfeld, que tuvo su momento culminante en la adoración eucarística: una elección valiente, que hizo converger la mirada y el corazón de los jóvenes en Jesús, presente en el santísimo Sacramento. Además, recuerdo que durante aquellas memorables jornadas, en algunas iglesias de Colonia, Bonn y Düsseldorf se tuvo adoración continua, día y noche, con la participación de muchos jóvenes, que así pudieron descubrir juntos la belleza de la oración contemplativa.

Confío en que, gracias al compromiso de pastores y fieles, en todas las comunidades sea cada vez más asidua y fervorosa la participación en la Eucaristía. Hoy quisiera exhortar, de modo especial, a santificar con alegría el "día del Señor", el domingo, día sagrado para los cristianos. En este marco, me complace recordar la figura de san Gregorio Magno, cuya memoria litúrgica celebramos ayer. Este gran Papa dio una contribución de alcance histórico a la promoción de la liturgia en sus diversos aspectos y, en particular, a la celebración conveniente de la Eucaristía. Que su intercesión, juntamente con la de María santísima, nos ayude a vivir en plenitud cada domingo la alegría de la Pascua y del encuentro con el Señor resucitado.

 

DOMINGO XXIV T. O.

 

Monición de entrada.-

Buenos días:

Cuando empezamos la misa le pedimos perdón a Jesús, nos damos la paz, en el Padrenuestro decimos perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Y comulgamos el cuerpo de Jesús, que en la cruz nos perdonó.

Por eso es muy importante que vengamos a misa con el deseo de perdonar a quienes no se han portado bien con nosotros.

 

Señor, ten piedad.-

Porque no aguantamos a los demás. Señor, ten piedad.

Porque nos cuesta mucho perdonar.  Cristo, ten piedad.

Porque queremos que Dios nos perdone, sin nosotros perdonar. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.-

Para que Dios ayude al Papa León a perdonar a quienes no le quieren. Te lo pedimos, Señor.

Para que la Iglesia sea un lugar de perdón.  Te lo pedimos, Señor.

Para que los países se perdonen y termina las guerras. Te lo pedimos, Señor.

Para que perdonemos a los que se portan mal con nosotros. Te lo pedimos, Señor.

Para que nos perdonemos unos a los otros. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias por que tú eres un ejemplo de perdón, pues perdonaste a quienes mataron a tu Hijo Jesús.