lunes, 27 de julio de 2026

Nº 319. Domingo 19 T. O. 9 de agosto de 2026.

 


Primera lectura.

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a.11-13a. 

En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo: “Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor”. Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, se cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

 

Textos paralelos.

Allí se introdujo en la cueva.

Ex 33, 18: Entonces él pidió: “Enséñame tu gloria”.

Ex 34, 9: Y le dijo: “Si gozo de tu favor, venga mi Señor con nosotros, aunque seamos un pueblo testarudo; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya”.

Sal y permanece de pie en el monte.

Ex 13, 22: No se apartaba delante de ellos ni la columna de nube de día ni la columna de fuego de noche.

Ex 19, 16: Al tercer día por la mañana hubo truenos y relámpagos y una nube espesa en el monte, mientras el toque de la trompeta crecía en intensidad, y el pueblo se echó a temblar en el campamento.

Después del terremoto, fuego.

Gn 3, 8: Oyeron al Señor Dios, que se paseaba por el jardín tomando el fresco. El hombre y su mujer se escondieron entre los árboles del jardín, para que el Señor no los viera.

Al oírlo Elías enfundó su rostro.

Ex 3, 6: Y añadió: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”.

Ex 33, 20: Pero mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y quedar con vida.

 

Notas exegéticas.

19 8 Ver Ex 19 1. Elías, queriendo salvaguardar la alianza y restablecer la pureza dela fe, se dirige al lugar donde se ha revelado el verdadero Dios y donde se ha concluido la alianza. Relacionados por la teofanía del Horeb, Moisés y Elías lo estarán también en la Transfiguración de Cristo, teofanía del N.T. Las investigaciones arqueológicas recientes han descubierto en Kuntillet Ajrud, camino del Sinaí, una especie depuesto fortificado o estación para peregrinos israelitas, que, a comienzos del siglo XVIII a.C., acudían allí procedentes del Reino del Norte.

19 9 La “hendidura de la peña”, donde se metió Moisés durante la aparición divina.

19 12 Huracán, temblor de tierra, fuego, que en Ex 19 manifestaban la presencia de Yahvé, aquí no son más que los signos precursores de su paso, que está envuelto en el silencio. Es difícil la traducción precisa de la fórmula (Elías oye “la voz” de este silencio), pero se trata claramente de establecer la oposición entre este paso discreto de Yahvé y los terribles fenómenos cósmicos precedentes.

19 13 Ninguna creatura puede ver a la divinidad cara a cara: es preciso ocultar el rostro ante ella. Pero Ex 33 11 es una excepción.

 

 

Salmo responsorial

Sal 84, 9-14

 

R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia

y danos tu salvación.

 

Voy a escuchar lo que dice el Señor:

Dios anuncia la paz

a su pueblo y a sus amigos.

La salvación está cerca de los que lo temen,

y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,

la justicia y la paz se besan;

la fidelidad brota de la tierra,

y la justicia mira desde el cielo. R/.

 

El Señor nos dará la lluvia,

y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia marchará ante él,

y sus pasos señalarán el camino. R/.

 

Textos paralelos.

Su salvación se acerca a sus adeptos.

Ex 24, 16: Y la gloria del Señor descansaba sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube.

Ez 11, 23: La gloria del Señor se elevó sobre la ciudad y se detuvo en el monte, al oriente de la ciudad.

Ez 43, 2: Vi la gloria del Dios de Israel que venía de oriente, con estruendo de aguas caudalosos; la tierra reflejó su gloria.

La Gloria morará en nuestra tierra.

Jn 1, 14: La Palabra se hizo hombre / y acampó entre nosotros. / Contemplamos su gloria, / gloria como de Hijo único del Padre, / lleno de lealtad y fidelidad.

Sal 89, 15: Justicia y derecho sostienen su trono. / Lealtad y Fidelidad se presentan ante ti.

Sal 97, 2: Nubes y nubarrones lo rodean, / Justicia y Derecho sostienensu trono.

Is 45, 8: Cielos, destilad el rocío; / nubes, derramad la victoria; / ábrase la tierra y brote la salvación; / y con ella germine la justicia: / yo, el Señor, lo he creado.

Yahvé mismo dará prosperidad.

Sal 67, 7: La tierra ha dado su cosecha: / nos bendice Dios, nuestro Dios.

Za 8, 12: Sembrarán tranquilos, / la cepa dará su fruto, / la tierra dará su cosecha, / el cielo dará su rocío; / todo se lo lego / al resto de este pueblo.

Is 58, 8: Entonces romperá tu luz / como la aurora, / enseguida te brotará la carne sana; / te abrirá camino tu justicia. / detrás irá la gloria del Señor.

 

Notas exegéticas.

85 Este salmo promete a los repatriados la paz mesiánica anunciada por Isaías y Zacarías.

85 10 (a) “Sus adeptos”, lit. “los que le temen”.

85 10 (b) La gloria de Yahvé. Ex 24 16, que había abandonado el Templo y la ciudad santa, Ez 11 23, volverá al templo restaurado, Ez 43 2.

85 11 Los atributos divinos personificados vienen a instarurar el reinado de Dios en la tierra y en los corazones de los hombres.

85 14 La justicia divina abre el camino, ella es la condición de la paz y de la felicidad.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5.

Hermanos:

Digo la verdad en Cristo, no miento – mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo –: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos.

 

Textos paralelos.

Mi conciencia guiada por el Espíritu Santo.

2 Co 12, 7: Pues bien, par que no me envanezca, me han clavado en las canes un aguijón, un emisario de Satanás que me abofetea.

Ex 32, 32: Pero ahora, o perdonas su pecado o me borras del registro.

Separado de Cristo.

Ef 2, 12: Que entonces vivíais sin Mesías, excluidos de la ciudadanía de Israel, ajenos a la alianza y sus promesas, sin esperanza, sin Dios en el mundo.

El cual está por encima de todas las cosas.

Rm 1, 3 Acerca de su Hijo, nacido por línea carnal del linaje de David.

 

Notas exegéticas:

9 La afirmación de la justificación por la fe llevaba a Pablo a evocar la justicia de Abrahán. De igual modo, la afirmación de la salvación otorgada en el Espíritu por el amor de Dios le obliga a tratar el caso de Israel, infiel a pesar de las promesas de salvación que le hicieron. No se trata, pues, en estos casos del problema de la predestinación de los individuos a la gloria ni aun a la fe, sino del problema del papel histórico de Israel.

9 3 Es decir, objeto de maldición, ver Jos 6 17 y Lv 27 28. El término hebreo correspondiente (herem “anatema”) implica en el AT la destrucción total de los enemigos de Yahvé y de sus bienes (Dt 7, 26). En el NT encierra la idea de maldición. Quien es objeto de un anatema no solo es excluido de la comunidad, sino que él mismo es un maldito. Esta declaración de Pablo pone de manifestó el amor que sentía por el pueblo judío.

9 4 Los auténticos descendientes de Jacob-Israel Gn 32 29. De este privilegio brotan todos los demás: la adopción filial, la gloria de Dios que había en medio del pueblo, las alianzas con Abrahán, Jacob-Israel, Moisés, el culto tributado al único Dios verdadero: la Ley expresión de su voluntad; las promesas mesiánicas y la pertenencia al linaje de Cristo.

9 5 El contexto y el mismo ritmo de la frase suponen que la doxología se dirige a Cristo. Si es raro que Pablo dé a Jesús el título de Dios y le dirija una doxología, lo es porque de ordinario reserva este título para el Padre y porque considera las personas divinas, más que en el aspecto abstracto de su naturaleza en el aspecto concreto de sus funciones en la obra de salvación. Además, siempre tiene presente al Cristo histórico en su realidad concreta de Dios hecho hombre. Por eso le muestra subordinado, tanto en la obra de la creación como en la restauración escatológica, etc. Sin embargo, el título de Kyrios  recibido por Cristo en la resurrección es nada menos que el título divino dado a Yahvé en el AT. Para Pablo Jesús es esencialmente ·el ·”Hijo de Dios”, su “propio Hijo”, el “Hijo de su amor” que pertenece de derecho al mundo divino, de donde ha venido, enviado por Dios. Si ha sido investido del título de ·Hijo de Dios· de un modo nuevo por la resurrección no lo ha recibido en ese momento, porque ya preexistía de manera no sólo escriturística, sino ontológica. Él es la Sabiduría, la imagen por quien todo ha sido creado y por quien todo se recrea, porque él ha reunido en su persona la plenitud de la Divinidad y del mundo. En él ha concebido Dios todo su plan de salvación y él es también su fin, al igual que el Padre. Si el Padre resucita y juzga, también él resucita y juzga. En una palabra, es una de las Tres Personas asociadas en las fórmulas trinitarias.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente su hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida:

-¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó:

-Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.

Él le dijo:

-Ven.

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

-Señor, sálvame.

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

-¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:

-Realmente eres Hijo de Dios.

 

Textos paralelos.

// Mc 6, 45-52: Enseguida obligó a sus discípulos a embarcarse y pasar por delante a la otra orilla, a Betsaida, mientras él despedida a la multitud. Después de despedirse, subió al monte a orar. Anochecía y la barca estaba en medio del lago y él solo en la costa. Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, hacia la cuarta vela de la noche se acerca a ellos caminando sobre el agua, intentando adelantarlos. Al verlos caminar sobre el lago, creyeron que era un fantasma y dieron un grito. Pues todos lo vieron y se espantaron. Pero él al punto les habló y les dijo: “¡Ánimo!, soy yo, no temáis”. Subió a la barca con ellos y el viento cesó. Ellos no cabían en sí de estupor; pues no habían entendido lo de los panes, tenían la mente obcecada.

// Jn 6, 16-21: Al atardecer los discípulos bajaron hasta el lago. Montaron en la barca y atravesaron el lago hacia Cafarnaún. Había oscurecido y Jesús no los había alcanzado aún. Soplaba un viento recio y el lago se encrespaba. Cuando habían remado unos cinco o seis kilómetros, ven a Jesús que se acercaba al barco caminando sobre las aguas, y se asustaron. Él les dice: “Soy yo, no temáis”. Quisieron subirlo a bordo, y enseguida la barca tocó tierra, donde se dirigían.

Mientras despedía a la gente.

Mt 15, 39: Despidió a la multitud, montó en la barca y se dirigió al territorio de Magadán.

Mt 5, 1: Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos.

Subió al monte a solas.

Jn 6, 15: Jesús, conociendo que pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo.

Mc 1, 35: Muy de madrugada se levantó, salió y se dirigió a un lugar despoblado, donde estuvo orando.

La barca, que se hallaba ya muchos estadios.

Mt 8, 23-27: Cuando subía a la barca lo siguieron los discípulos. De pronto se levantó tal tempestad en el lago, que las olas cubrían la embarcación, mientras, él seguía durmiendo. Se acercaron y lo despertaron diciendo: “Señor, sálvanos, que nos hundimos”. Les dice: “¡Qué cobardes y desconfiados sois!”. Levantó, increpó a los vientos y al lago, y sobrevino una calma perfecta. Los hombres decía asombrados: “¿Qué clase de individuo es este, que le obedecen hasta los vientos y el lago?”.

Sal 107, 23-32: Se adentraron en naves por el mar, / comerciando por la extensión del océano. / Contemplaban las obras de Dios, / sus maravillas en lo profundo. / Mandó alzarse un viento tormentoso / que hinchaba el oleaje. / Subían a los cielos, bajaban al abismo, / el estomago revuelto por el mareo. / Rodaban y se tambaleaban como borrachos, / y no les valía su pericia. / Pero gritaron al Señor en su angustia / y los libró de la tribulación. / Apaciguó la tormenta en suave brisa / y enmudeció el oleaje. / Se alegraron de aquella bonanza, / y los condujo al ansiado puerto. / Den gracias al Señor por su misericordia, / por las maravillas que hace por los hombres. / Aclámenlo en la asamblea del pueblo, & alábenlo en el consejo de los ancianos.

Caminando sobre el mar.

Jb 9, 8: Él solo despliega el cielo / y camina sobre el dorso del mar.

Sal 77, 20: Tu camino por el mar, / un vado por las aguas caudalosas / y no quedaba rastro de tus huellas.

Is 43, 16: Así dice el Señor, / que abrió camino en el mar / y senda en las aguas impetuosas.

Al instante les habló así Jesús.

Ex 3, 14: Dios dijo a Moisés: “Soy el que soy. Esto dirás a los israelitas: “Yo soy” me envía a vosotros.

Tendió al punto la mano.

Mt 8, 25-26: Se acercaron y lo despertaron diciendo: “Señor, sálvanos, que nos hundimos”. Les dice: “¡Qué cobardes y desconfiados sois!”. Levantó, increpó a los vientos y al lago, y sobrevino una calma perfecta.

¿Por qué dudaste?

Mt 8,10: Al oírlo, Jesús se admiró y dijo a los que lo seguían: “Os aseguro, una fe semejante no he encntrado en ningún israelita”.

Se postraron ante él diciendo: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”.

Mt 4, 3: Se acercó el tentador y le dijo: “Si eres Hijo de Dios haz que estas piedras se conviertan en pan”.

Mt 16, 16: Respondió Simón Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

14 22 El sentido de este relato, muy impregnado de la piedad salmista, Sal 107 23-32, consiste esencialmente en presentar a Jesús ejerciendo el control divino sobre las aguas del caos, símbolos de las potencias del mal. Jesús tiene el poder de salvar a sus discípulos. La forma narrativa puede haber sido influida por los Testamentos de los 12 Patriarcas, Neftalí 6.

14 23 Los evangelistas, sobre todo Lucas, señalan a menudo que Jesús ora en la soledad o en la noche, en el momento de las comidas y en acontecimientos importantes: en el bautismo, antes de la elección de los Doce, de la enseñanza del Padrenuestro, y de la confesión de Cesárea, en la Transfiguración, en Getsemaní, en la cruz. Ora por sus verdugos, por Pedro, por sus discípulos y los que les seguirán. También ruega por sí mismo. Estas oraciones manifiestan una comunicación permanente con el Padre, quien nunca le abandona y le escucha siempre. Con este ejemplo, así como con su enseñanza, Jesús inculca a sus discípulos la necesidad y el modo de orar. Y ahora en la gloria, continua intercediendo por los suyos como lo prometió.

14 24 Var. “en medio del mar”.

14 25 De tres a seis de la mañana.

14 28 Tres episodios referentes a Pedro, este y 16, 16-20 y 17, 24-27, jalonan intencionadamente la parte histórica del libro de Mt, el evangelio de la Iglesia.

14 33 Ni marcos ni Jn reproducen esta aclamación de tono litúrgico (como el grito de Pedro en 14 30). Quizá es necesario, por tanto, relacionarla con el episodio de Pedro salvado del mar. Jesús es el Hijo de Dios por haber sacado del abismo a quienes estaban en él en la barca (probable símbolo de la Iglesia).

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica:

24 VENÍA DE FRENTE: lit. era frontero.

MUCHOS ESTADIOS: veinticinco o treinta, según Jn 6, 19; un “estadio” (medida griega de longitud): 185 metros.

25 [LA] HORA CUARTA DE LA NOCHE: desde las tres a las seis de la mañana. La división de la noche en cuatro partes era de origen romano: los cuatro turnos militares de guardia (las vigilias).

27 Es el centro del relato. Jesús se revela a los suyos con la fórmula Yo sy, que dice mucho más que la vulgar “soy yo”: es fórmula típica del AT referida a Yahveh (cf. Jn 4, 26). Se entiende, por eso, la confesión de fe de Pedro en los vs. 28 y 30 (“Señor”) y de los discípulos.

NO TENGÁIS MIEDO: si se quiere expresar mejor el matiz del imperativo griego de presente, la traducción puede ser: dejad de tener miedo, o basta de temer.

28 El versículo comienza, lit.: habiendo respondido empero a él el Pedro dijo.

SI TÚ ERES: el orden de palabras, que disuena unpoco en nuestros oídos, hace eco de la revelación de Jesús: Yo soy.

LAS OLAS (también en el versículo siguiente): lit. las aguas, que parece un plural a la manera hebrea.

30 EL VIENTO FUERTE: e.d., la fuerza del viento. (Algunos omiten la palabra fuerte).

33 Cf. Parecidas confesiones de fe en 16, 16; 27, 54; Mc 15, 39; Jn 1, 49. Aquí probablemente debería traducirse, como en las confesiones de fe en boca de los apóstoles: “… eres el Hijo de Dios” (Joüon). Jesús siempre distinguió su personal filiación di vina de la filiación de los demás; la intensidad de esa conciencia de Jesús, manifestada sobre todo ante los Doce, explica que la Iglesia primitiva encontrara en el título Hijo de Dios la fórmula más directa para confesar su fe en Jesucristo.

34 LLEGARON A LA COSTA, A GENESARET: lit. llegaron sobre la tierra hacia Genesaret, e.d., desembarcaron en Genesaret (en la orilla del lago, al noreste, entre Cafarnaún y Magdala).

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé:

14, 22-36 La barca de Pedro en el mar embravecido es una imagen de la Iglesia. A pesar de los numerosos obstáculos y luchas, la ayuda y la protección del Señor no faltarán nunca. La Iglesia de Cristo nunca será superada. La fórmula Señor, en griego Kyrios, repetida por Pedro (v. 28.30) es un título divino. Cat. 447-455.

14, 23 Con su ejemplo, Cristo enseñó a sus discípulos el valor de la oración personal. Cat. 2740.

14, 33 Es la primera ocasión en Mateo en la que los apóstoles se dirigen a Cristo con este título divino (Cat 454). Probablemente ellos no comprenden todavía el alcance de este título mesiánico, que interpretan simplemente desde las categorías de la tradición del Antiguo Testamento (donde el rey o el justo son hijos de Dios), sin alcanzar la radicalidad de la filiación divina de Jesús.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

448 Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con el resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: “¡Es el Señor!” (Jn 21, 7).

449 Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús porque Él es de condición divina y porque el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo en su gloria.

455 El nombre de Jesús significa la soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad. “Nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor! sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12, 3).

 

Concilio Vaticano II

Cuando Cristo se manifieste y tenga lugar la gloriosa resurrección de los muertos, el resplandor de Dios iluminará la ciudad del cielo y su luz será el Cordero. Entonces toda la Iglesia de los santos, en la suprema felicidad de la caridad, adorará a Dios y al Cordero que fue inmolado, proclamando juntos: “Bendición, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos, al que está sentado en el trono y al Cordero” (Ap 5, 13-14).

Constitución Lumen gentium, 51.

 

San Jerónimo.

22. Y obligó a los discípulos que subieran a la barca. Estas palabras muestran que los discípulos muy a pesar suyo se alejaron del señor, ya que en su amor por su Maestro no quieren separarse de él ni por un instante.

24 La barca en medio del mar era sacudida por las olas. Con razón los apóstoles se habían alejado del Señor a pesar de ellos, contra su voluntad; temían que estando él ausente podrían naufragar. Así mientras que el Señor se demora en la cumbre de la montaña, repentinamente se levanta un viento contrario que agita al mar. Los apóstoles están en peligro y hasta la venida de Jesús los amenaza el naufragio.

25 A la cuarta vigilia de la noche fue hacia ellos caminando sobre el mar. Las guardias y velas de los soldados están divididas en espacios de tres horas. Por tanto cuando el evangelista dice que el Señor fue a ellos a la cuarta vigilia de la noche, muestra que han estado en peligro toda la noche y que él les prestará uxilio al fina de la noche y en la consumación del mundo.

27 Pero enseguida Jesús les habló diciendo: Tened confianza, Yo soy; no temáis. Pone remedio a lo que interesaba en primer lugar; a los que tienen miedo les manda: tened confianza, no temáis. En cuanto a lo que sigue: Yo soy, sin especificar a quien es podía conocer por la voz que les era conocida a quien les hablaba en las oscuras tinieblas de la noche, o bien se acordaban de aquel que sabían había hablado a Moisés: Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros.

30 Gritó: ¡Señor, sálvame! Era ardiente la fe de su alma pero la gragilidad humana lo arrastraba hacia las profundidades. Es abandonado por un momento a la tentación para que aumente su fe y para que comprenda que ha sido salvado no por una oración fácil sino por el poder del Señor.

34. Y terminada la travesía llegaron a la región de Genesaret. Si supiéramos que significa Genesaret [“hortus principium”] en nuestra lengua, comprenderíamos como Jesús es la figura de sus apóstoles y la nave conduce a la Iglesia, liberada del naufragio de la persecución, a la orilla y la hace descansar en un puerto totalmente tranquilo.

 

San Agustín

 ¡Ea, hermanos!, acabemos el sermón. Contemplad el siglo como un mar: el viento es fuerte y la tempestad violenta. La concupiscencia es como una tempestad para cada uno. Amas a Dios: caminas sobre el mar, la hinchazón del siglo cae bajo tus pies. Amas al siglo: te engullirá. Sabe devorar a sus amadores, no soportarlos. Pero cuanto tu corazón fluctúe, invoca la divinidad de Cristo. ¿Pensáis que el viento contrario es la adversidad de este siglo? Cuando hay guerras, tumultos, hambre, peste; cuando aun a cada hombre privado le sobreviene una calamidad, se piensa que el viento es adverso y se estima que entonces hay que invocar a Dios. En cambio, cuando el mundo sonríe con la felicidad temporal, se estima que el viento no es contrario. Pero tú no has de mirar a la tranquilidad temporal; mira a tu concupiscencia. Mira si reina en ti la tranquilidad; mira si no te dobla un viento interior; eso has de mirar. Gran virtud es luchar contra la felicidad para que no te domine, para que no te corrompa, para que no te sumerja. Gran virtud es, repito, luchar con la felicidad. Gran felicidad es dejarse vencer por la felicidad. Aprende a conculcar el siglo: acuérdate de confiar en Cristo. Y si tu pie se mueve, si vacila, si no logras superar algo, si comienzas a hundirte di: ¡Señor, perezco; sálvame! Di: Perezco, para no perecer. Solo te libera de la muerte de la carne quien murió por ti en la carne.

  

Los Santos Padres.

Para entender la razón de estos sucesos hay que distinguir los tiempos. El hecho de que estuviera solo por la noche anticipa la soledad del Señor en la hora de la pasión, cuando los demás se dispersarían por el pánico. El hecho de que ordene a sus discípulos subir en la barca y cruzar el mar mientras Él despide a la muchedumbre, y una vez despedida, Él suba al monte, significa que les manda estar en la Iglesia y navegar por el mar, es decir, por el mundo hasta el momento en que Él, volviendo en su trono de gloria, confiera la salvación a todo el pueblo, que será el resto de Israel.

Hilario de Poitieres. Sobre el ev. de Mateo, 14. 13. Ib, pg. 33.

El desierto es, en efecto, padre de la tranquilidad, un puerto de calma que nos libra de todos los alborotos.

S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 50. 1b, pg. 33.

Entretanto, la barca que llevaba a los discípulos, esto es, la Iglesia, fluctúa y es sacudida por tempestades de tentaciones. Y no cesa el viento contrario, el diablo lo que la combate y trata de impedir que pare. Pero es aun mayor el que intercede por nosotros. Porque en esa fluctuación en que nos debatimos nos da confianza, viniendo a nosotros y confortándonos.

S. Agustín, Sermones¸ 75. Ib., pg. 34.

Camine, pues, sobre las aguas y así venga hasta ti aquella de quien se dijo: “Desearán ver tu rostro los magnates del pueblo”.

S. Agustín, Sermones,  75, 10. 1b, pg. 36.

Tal es la humana naturaleza. Muchas veces, triunfadora en lo grande, queda derrotada en lo pequeño.

S. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 50, 2. 1b, pg. 37.

La debilidad de la carne y el temor a la muerte le empujaron hasta la fatalidad de la negación. Pero gritó y pidió al Señor la salvación. Ese grito es la voz suplicante de su arrepentimiento. Puesto que el Señor todavía no había sufrido, cuando Pedro recurrió al arrepentimiento, obtuvo a tiempo el perdón de su negación porque Cristo sufriría más tarde por la redención de todos.

S. Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 14. 1b, pg. 37.

Le saca del oleaje y no le deja perecer, pues confiesa su debilidad y solicita el auxilio divino.

S. Agustín, Sermones, 75, 10. 1b, pg. 37.

Cuando el Señor salió de la barca, el viento y el mar se apaciguaron; esto indica que la paz y la tranquilidad de la Iglesia eterna tornarán después de su venida gloriosa. Puesto que Él vendrá y se manifestará, todos exclamarán: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”. Entonces todos los hombres contestarán clara y públicamente que el Hijo de Dios, no ya en la humildad de la carne, sino con la gloria del cielo, ha restaurado la paz de la Iglesia.

S. Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 4, 18. 1b, pg. 37.

  

San Juan de Ávila

Como mandarle Jesucristo que anduviese sobre las aguas, y con ver el milagro y experimentarle San Pedro, está tan flaca la fe en él, aunque confirmada por tan grande señal, que un ventecillo que ve venir le desbarata y le enflaquece su fe, y le pone en duda de una cosa que él había de tener por cierta cuanto la palabra de Dios pedía y el milagro de verse así andar sobre las aguas, que él experimentaba, en sí le daba, etc. Y pónenos ejemplo Dios en San Pedro; muestra en él tan poca fe y tan flaca, para que estimemos el don de su fe en mucho y para que le roguemos con los apóstoles diciendo: Adauge nobis fidem (Lc 17, 5). Y para que entendamos cuán débiles somos y cuán flacos somos de nuestra cosecha para tan alto don.

Lecciones sobre la Epístola a los Gálatas, 3, 7.

 

San Oscar Romero.

Y finalmente, queridos hermanos, la voz de Cristo se hace más íntima, es para nosotros los que formamos su Iglesia: He distinguido bien, al pueblo de Dios que ha de ser un día el pueblo de los santos del Altísimo. No se identifica con el pueblo profano al que la Iglesia ayuda. Es un pueblo más íntimo de Cristo, casi diríamos, el ropaje de Cristo. Somos sus obispos, sus sacerdotes, sus religiosos, sus catequistas, las comunidades que se alimentan de la palabra de Dios y tratan de seguir íntimamente al Señor. A nosotros más que a nadie, la palabra de Cristo se vuelve un imperativo para que seamos de verdad la Iglesia que ilumina como lámpara en la noche. La iglesia que no se confunde con otras luces para dar siempre la luz pura de Cristo, hermanos, una iglesia que transparente a Cristo Transfigurado. En una palabra, queridos hermanos, salvadoreños o extranjeros, todos somos pueblo de Dios. Hagamos, en medio del pueblo salvadoreño, un pueblo de Dios que de verdad sea la Iglesia del Divino Salvador. Así sea.

Día del Salvador del mundo. 6 de agosto de 1978.

 

Papa Francisco. Angelus. 13 de agosto de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio narra un prodigio particular de Jesús: Él, de noche, camina sobre las aguas del lago de Galilea para encontrarse con los discípulos que estaban realizando la travesía en barca (cfr Mt 14,22-33). Nos preguntamos, ¿por qué Jesús ha hecho esto? ¿Como si fuera un espectáculo? ¡No! Pero, ¿por qué? ¿Quizá por una necesidad urgente e imprevisible, para socorrer a los suyos que se encontraban bloqueados por el viento en contra? No, porque fue Él quien programó todo, les hizo salir por la noche, incluso – dice el texto – “obligándoles” (cfr v. 22). ¿Quizá para hacerles una demostración de grandeza y de poder? Pero esto no es propio de Él, que es tan sencillo. Entonces, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué quiso caminar sobre las aguas?

Detrás del caminar sobre las aguas hay un mensaje no inmediato, un mensaje para que acojamos nosotros. De hecho, en aquella época las grandes extensiones de agua eran consideradas sedes de fuerzas malignas no dominables por el hombre; especialmente si eran agitadas por la tempestad, los abismos eran símbolo del caos y hacían referencia a las oscuridades de los infiernos. Entonces, los discípulos se encontraban en el medio del lago en la oscuridad: en ellos está el miedo de ahogarse, de ser absorbidos por el mal. Y aquí llega Jesús, que camina sobre las aguas, es decir por encima de las fuerzas del mal, Él camina por encima de las fuerza del mal y dice a los suyos: «¡Ánimo!, que soy yo; no temáis» (v. 27). Es todo un mensaje que Jesús nos da. Este es el sentido del signo: los poderes malignos, que nos asustan y no logramos dominar, con Jesús se redimensionan inmediatamente. Él, caminando sobre las aguas, quiere decirnos: “no temas, yo pongo bajo los pies a tus enemigos” - bonito mensaje: “yo pongo bajo los pies a tus enemigos” -: ¡no las personas!, no son esos los enemigos, sino la muerte, el pecado, el diablo: estos son los enemigos de la gente, nuestros enemigos. Y Jesús estos enemigos los pisa por nosotros.

Cristo hoy repite a cada uno de nosotros: “¡Animo, soy yo, no temas!”. Ánimo, es decir, porque estoy yo, porque ya no estás solo en las aguas agitadas de la vida. Y entonces, ¿qué hacer cuando nos encontramos en mar abierto y a merced de vientos contrarios? ¿Qué hacer en el miedo, que es un mar abierto, cuando se ve solo oscuridad y nos sentimos perdidos? Debemos hacer dos cosas, que en el Evangelio hacen los discípulos. ¿Qué hacen los discípulos? Invocan y acogen a Jesús. En los momentos peores, más oscuros, de tempestad, invocar a Jesús y acoger a Jesús.

Los discípulos invocan a Jesús: Pedro camina un poco sobre las aguas hacia Jesús, pero después se asusta, se hunde y entonces grita: «¡Señor, sálvame!» (v. 30). Invoca a Jesús, llama a Jesús. Es bonita esta oración, con la cual se expresa la certeza de que el Señor puede salvarnos, que Él vence nuestro mal y nuestros miedos. Os invito a repetirla ahora todos juntos: ¡Señor, sálvame! Juntos, tres veces: ¡Señor sálvame, Señor sálvame, Señor sálvame!

Y después los discípulos acogen. Primero invocan, después acogen a Jesús en la barca. El texto dice que, apenas subió a bordo, «amainó el viento» (v. 32). El Señor sabe que la barca de la vida, así como la barca de la Iglesia, está amenazada por vientos contrarios y que el mar sobre el que navegamos a menudo está agitado. Él no nos salva de la fatiga de la navegación, es más – el Evangelio lo subraya – impulsa a los suyos a partir: es decir, nos invita a afrontar las dificultades, para que también estas se conviertan en lugares de salvación, ya que Jesús las vence, se conviertan en ocasiones para encontrarle a Él. El, de hecho, en nuestros momentos de oscuridad viene a nuestro encuentro, pidiendo ser acogido, como esa noche en el lago.

Por tanto, preguntémonos: en los miedos, en las dificultades, ¿cómo me comporto? ¿Voy adelante solo, con mis fuerzas, o invoco al Señor con confianza? ¿Y cómo va mi fe? ¿Creo que Cristo es más fuerte que las olas y que los vientos adversos? Pero, sobre todo: ¿navego con Él? ¿Lo acojo, le hago sitio en la barca de mi vida – nunca solo, siempre con Jesús - le confío el timón?

María, Madre de Jesús, Estrella del mar, nos ayude a buscar, en las travesías oscuras, la luz de Jesús.

 

Papa Francisco. Angelus. 9 de agosto de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje evangélico de este domingo (cfr. Mt 14, 22-33) narra cuando Jesús camina sobre las aguas del lago en tempestad. Después de haber dado de comer a la multitud con cinco panes y dos peces —como vimos el domingo pasado—, Jesús ordena a los discípulos subir a la barca y volver a la otra orilla. Él se despide de la gente y después sube a la colina, solo, para rezar. Se sumerge en la comunión con el Padre.

Durante la travesía nocturna del lago, la barca de los discípulos se queda bloqueada por una repentina tormenta de viento. Esto es habitual, en el lago. A un cierto punto, vieron a alguien que caminaba sobre las aguas que iba hacia ellos. Se turbaron pensando que era un fantasma y gritaron por el miedo. Jesús les tranquiliza: «¡Ánimo!, que soy yo; no temáis». Pedro entonces — Pedro, que era muy decidido — responde «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas». Un desafío. Y Jesús le dice: «¡Ven!». Pedro baja de la barca y da algunos pasos; después el viento y las olas le asustan y empieza a hundirse. «¡Señor, sálvame!», grita, y Jesús le agarra de la mano y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

Esta historia es una invitación a abandonarnos con confianza en Dios en todo momento de nuestra vida, especialmente en el momento de la prueba y la turbación. Cuando sentimos fuerte la duda y el miedo parece que nos hundimos, en los momentos difíciles de la vida, donde todo se vuelve oscuro, no tenemos que avergonzarnos de gritar, como Pedro: «¡Señor, sálvame!» (v. 30). Llamar al corazón de Dios, al corazón de Jesús: «¡Señor, sálvame!». ¡Es una bonita oración! Podemos repetirla muchas veces: «¡Señor, sálvame!». Y el gesto de Jesús, que enseguida tiende su mano y agarra la de su amigo, debe ser contemplado durante mucho tiempo: Jesús es esto, Jesús hace esto, Jesús es la mano del Padre que nunca nos abandona; la mano fuerte y fiel del Padre, que quiere siempre y solo nuestro bien. Dios no es el gran ruido, Dios no es el huracán, no es el incendio, no es el terremoto —como recuerda hoy también la historia del profeta Elías—; Dios es la brisa ligera —literalmente dice así: el “susurro de una brisa suave”— que no se impone sino que pide escuchar (cfr. 1 Re 19,11-13). Tener fe quiere decir, en medio de la tempestad, tener el corazón dirigido a Dios, a su amor, a su ternura de Padre. Jesús quería enseñar esto a Pedro y a los discípulos, y también hoy a nosotros.  En los momentos oscuros, en los momentos de tristeza, Él sabe bien que nuestra fe es pobre —todos nosotros somos gente de poca fe, todos nosotros, yo también, todos— y que nuestro camino puede ser perturbado, bloqueado por fuerzas adversas. ¡Pero Él es el Resucitado! No olvidemos esto: Él es el Señor que ha atravesado la muerte para ponernos a salvo. Incluso antes de que nosotros empecemos a buscarlo, Él está presente junto a nosotros. Y levantándonos de nuestras caídas, nos hace crecer en la fe. Quizá nosotros, en la oscuridad, gritamos: “¡Señor! ¡Señor!”, pensando que está lejos. Y Él dice: “¡Estoy aquí!”. ¡Ah, estaba conmigo! Así es el Señor.

La barca a merced de la tormenta es la imagen de la Iglesia, que en todas las épocas encuentra vientos contrarios, a veces pruebas muy duras: pensemos en ciertas persecuciones largas y amargas del siglo pasado, y también hoy, en algunas partes. En esas situaciones, puede tener la tentación de pensar que Dios la ha abandonado. Pero en realidad es precisamente en esos momentos que resplandece más el testimonio de la fe, el testimonio del amor, el testimonio de la esperanza. Es la presencia de Cristo resucitado en su Iglesia que dona la gracia del testimonio hasta el martirio, del que brotan nuevos cristianos y frutos de reconciliación y de paz por el mundo entero.

La intercesión de María nos ayude a perseverar en la fe y en el amor fraterno, cuando la oscuridad y las tempestades de la vida ponen en crisis nuestra confianza en Dios.

 

Papa Francisco. Angelus. 13 de agosto de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la página del Evangelio (Mt 14,22-33) describe el episodio de Jesús que, después de haber orado toda la noche a la orilla del lago de Galilea, se dirige hacia la barca de sus discípulos caminando sobre las aguas. La barca se encuentra en medio del lago, detenida por un fuerte viento contrario. Cuando ven a Jesús caminando sobre las aguas, los discípulos lo confunden con un fantasma y se llenan de miedo. Pero Él los tranquiliza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (v. 27). Pedro, con su ímpetu característico, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas»; y Jesús le responde: «Ven» (vv. 28-29). Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero, a causa del viento, se asusta y empieza a hundirse. Entonces grita: «¡Señor, sálvame!», y Jesús le tiende la mano y lo sostiene (vv. 30-31).

Este relato del Evangelio contiene un rico simbolismo y nos invita a reflexionar sobre nuestra fe, tanto como personas individuales como comunidad eclesial, también la fe de todos nosotros que estamos hoy aquí reunidos en la plaza. ¿Tiene fe esta comunidad eclesial? ¿Cómo es la fe de cada uno de nosotros y la fe de nuestra comunidad? La barca representa la vida de cada uno de nosotros, pero también la vida de la Iglesia; el viento contrario simboliza las dificultades y las pruebas. La súplica de Pedro: «Señor, mándame ir hacia ti» y su grito: «¡Señor, sálvame!» se parecen mucho a nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también al miedo y la angustia que acompañan los momentos más duros de nuestra vida y de nuestras comunidades, marcadas por fragilidades internas y dificultades externas.

A Pedro, en aquel momento, no le bastó la palabra firme de Jesús, que era como una cuerda tendida a la que podía aferrarse para afrontar las aguas hostiles y agitadas. Esto mismo puede sucedernos a nosotros. Cuando uno no se aferra a la palabra del Señor, para sentirse más seguro recurre a los horóscopos y a los adivinos, y comienza a hundirse. Eso significa que la fe no es lo suficientemente fuerte. El Evangelio de hoy nos recuerda que la fe en el Señor y en su palabra no nos abre un camino donde todo sea fácil y tranquilo; no nos libra de las tempestades de la vida. La fe nos da la seguridad de una Presencia, la presencia de Jesús, que nos impulsa a superar las tormentas de la existencia; la certeza de una mano que nos sostiene para ayudarnos a afrontar las dificultades, mostrándonos el camino incluso cuando reina la oscuridad. En definitiva, la fe no es una vía de escape de los problemas de la vida, sino que nos sostiene en el camino y le da sentido.

Este episodio es una imagen maravillosa de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca que, durante la travesía, debe afrontar también vientos contrarios y tempestades que amenazan con hacerla naufragar. Lo que la salva no es el valor ni las cualidades de quienes van en ella: la garantía contra el naufragio es la fe en Cristo y en su palabra. Esa es la garantía: la fe en Jesús y en su palabra. En esta barca estamos seguros, a pesar de nuestras miserias y debilidades, sobre todo cuando nos arrodillamos y adoramos al Señor, como hicieron los discípulos que, al final, «se postraron ante Él diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”» (v. 33). ¡Qué hermoso es decirle a Jesús estas palabras: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios»! Digámoslas juntos, todos: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».

Que la Virgen María nos ayude a permanecer firmes en la fe para resistir las tempestades de la vida, a permanecer en la barca de la Iglesia evitando la tentación de subir a las embarcaciones seductoras pero inseguras de las ideologías, las modas y los eslóganes.

Traducción: IA.

 

Papa Francisco. Angelus. 10 de agosto de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio de Jesús que camina sobre las aguas del lago (cf. Mt 14, 22-33). Después de la multiplicación de los panes y los peces, Él invitó a los discípulos a subir a la barca e ir a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud, y luego se retiró completamente solo a rezar en el monte hasta avanzada la noche. Mientras tanto en el lago se levantó una fuerte tempestad, y precisamente en medio de la tempestad Jesús alcanzó la barca de los discípulos, caminando sobre las aguas del lago. Cuando lo vieron, los discípulos se asustaron, pensando que fuese un fantasma, pero Él los tranquilizó: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo» (v. 27). Pedro, con su típico impulso, le pidió casi una prueba: «Señor, si eres Tú, mándame ir a ti sobre el agua»; y Jesús le dijo: «Ven» (vv. 28-29). Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas; pero el viento fuerte lo arrolló y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «Señor, sálvame» (v. 30), y Jesús extendió la mano y lo agarró.

Este relato es una hermosa imagen de la fe del apóstol Pedro. En la voz de Jesús que le dice: «Ven», él reconoció el eco del primer encuentro en la orilla de ese mismo lago, e inmediatamente, una vez más, dejó la barca y se dirigió hacia el Maestro. Y caminó sobre las aguas. La respuesta confiada y disponible ante la llamada del Señor permite realizar siempre cosas extraordinarias. Pero Jesús mismo nos dijo que somos capaces de hacer milagros con nuestra fe, la fe en Él, la fe en su palabra, la fe en su voz. En cambio Pedro comienza a hundirse en el momento en que aparta la mirada de Jesús y se deja arrollar por las adversidades que lo rodean. Pero el Señor está siempre allí, y cuando Pedro lo invoca, Jesús lo salva del peligro. En el personaje de Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo.

Es muy importante también la escena final. «En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios»!» (vv. 32-33). Sobre la barca estaban todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la «poca fe». Pero cuando a esa barca vuelve a subir Jesús, el clima cambia inmediatamente: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos, pequeños y asustados, se convierten en grandes en el momento en que se postran de rodillas y reconocen en su maestro al Hijo de Dios. ¡Cuántas veces también a nosotros nos sucede lo mismo! Sin Jesús, lejos de Jesús, nos sentimos asustados e inadecuados hasta el punto de pensar que ya no podemos seguir. ¡Falta la fe! Pero Jesús siempre está con nosotros, tal vez oculto, pero presente y dispuesto a sostenernos.

Esta es una imagen eficaz de la Iglesia: una barca que debe afrontar las tempestades y algunas veces parece estar en la situación de ser arrollada. Lo que la salva no son las cualidades y la valentía de sus hombres, sino la fe, que permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús siempre a nuestro lado, con su mano que nos sostiene para apartarnos del peligro. Todos nosotros estamos en esta barca, y aquí nos sentimos seguros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades. Estamos seguros sobre todo cuando sabemos ponernos de rodillas y adorar a Jesús, el único Señor de nuestra vida. A ello nos llama siempre nuestra Madre, la Virgen. A ella nos dirigimos confiados.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 7 de agosto de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de este domingo encontramos a Jesús que, retirándose al monte, ora durante toda la noche. El Señor, alejándose tanto de la gente como de los discípulos, manifiesta su intimidad con el Padre y la necesidad de orar a solas, apartado de los tumultos del mundo. Ahora bien, este alejarse no se debe entender como desinterés respecto de las personas o como abandonar a los Apóstoles. Más aún, como narra san Mateo, hizo que los discípulos subieran a la barca «para que se adelantaran a la otra orilla» (Mt 14, 22), a fin de encontrarse de nuevo con ellos. Mientras tanto, la barca «iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario» (v. 24), y he aquí que «a la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar» (v. 25); los discípulos se asustaron y, creyendo que era un fantasma, «gritaron de miedo» (v. 26), no lo reconocieron, no comprendieron que se trataba del Señor. Pero Jesús los tranquiliza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (v. 27). Es un episodio, en el que los Padres de la Iglesia descubrieron una gran riqueza de significado. El mar simboliza la vida presente y la inestabilidad del mundo visible; la tempestad indica toda clase de tribulaciones y dificultades que oprimen al hombre. La barca, en cambio, representa a la Iglesia edificada sobre Cristo y guiada por los Apóstoles. Jesús quiere educar a sus discípulos a soportar con valentía las adversidades de la vida, confiando en Dios, en Aquel que se reveló al profeta Elías en el monte Horeb en el «susurro de una brisa suave» (1 R 19, 12). El pasaje continúa con el gesto del apóstol Pedro, el cual, movido por un impulso de amor al Maestro, le pidió que le hiciera salir a su encuentro, caminando sobre las aguas. «Pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “¡Señor, sálvame!”» (Mt 14, 30). San Agustín, imaginando que se dirige al apóstol, comenta: el Señor «se inclinó y te tomó de la mano. Sólo con tus fuerzas no puedes levantarte. Aprieta la mano de Aquel que desciende hasta ti» (Enarr. in Ps. 95, 7: PL 36, 1233) y esto no lo dice sólo a Pedro, sino también a nosotros. Pedro camina sobre las aguas no por su propia fuerza, sino por la gracia divina, en la que cree; y cuando lo asalta la duda, cuando no fija su mirada en Jesús, sino que tiene miedo del viento, cuando no se fía plenamente de la palabra del Maestro, quiere decir que se está alejando interiormente de él y entonces corre el riesgo de hundirse en el mar de la vida. Lo mismo nos sucede a nosotros: si sólo nos miramos a nosotros mismos, dependeremos de los vientos y no podremos ya pasar por las tempestades, por las aguas de la vida. El gran pensador Romano Guardini escribe que el Señor «siempre está cerca, pues se encuentra en la razón de nuestro ser. Sin embargo, debemos experimentar nuestra relación con Dios entre los polos de la lejanía y de la cercanía. La cercanía nos fortifica, la lejanía nos pone a prueba» (Accettare se stessi, Brescia 1992, p. 71).

Queridos amigos, la experiencia del profeta Elías, que oyó el paso de Dios, y las dudas de fe del apóstol Pedro nos hacen comprender que el Señor, antes aún de que lo busquemos y lo invoquemos, él mismo sale a nuestro encuentro, baja el cielo para tendernos la mano y llevarnos a su altura; sólo espera que nos fiemos totalmente de él, que tomemos realmente su mano. Invoquemos a la Virgen María, modelo de abandono total en Dios, para que, en medio de tantas preocupaciones, problemas y dificultades que agitan el mar de nuestra vida, resuene en el corazón la palabra tranquilizadora de Jesús, que nos dice también a nosotros: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» y aumente nuestra fe en él.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 10 de agosto de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de san Marcos hay un pasaje en el que se narra que, después de días de estrés, el Señor dijo a los discípulos: "Venid conmigo a un lugar solitario y descansad un poco" (cf. Mc 6, 31). Y como la palabra de Cristo no está nunca vinculada solamente al momento en que la pronuncia, he aplicado también a mí esta invitación a los discípulos y he venido a este lugar hermoso y tranquilo para descansar un poco. Debo dar las gracias a mons. Egger y a todos sus colaboradores, a toda la ciudad de Bressanone y a la región, porque me han preparado este lugar tranquilo en el que durante estas dos semanas he podido relajarme, pensar en Dios y pensar en los hombres, y así recuperar nuevas fuerzas. ¡Que Dios os lo pague!

Tendría que dar las gracias a muchas personas individuales, pero haré algo más sencillo: os encomiendo a todos a la bendición de Dios. Él os conoce por nombre a cada uno de vosotros y su bendición alcanzará a cada uno personalmente. Esto pido de corazón, y que este sea mi agradecimiento para todos vosotros.

El Evangelio de este domingo nos lleva, de este lugar de reposo, a la vida cotidiana. Narra cómo, después de la multiplicación de los panes, el Señor va a la montaña para permanecer solo con el Padre. Entretanto, los discípulos están en el lago y con su mísera barquita se esfuerzan en vano por dominar el viento contrario. Este episodio tal vez se le presenta al evangelista como una imagen de la Iglesia de su tiempo: cómo esta barquita, que era la Iglesia de entonces, se hallaba en el viento contrario de la historia y cómo parecía que el Señor la había olvidado. También nosotros podemos ver allí una imagen de la Iglesia de nuestro tiempo, que en muchas partes de la tierra fatiga por avanzar a pesar del viento contrario y parece que el Señor está muy lejos. Pero el Evangelio nos da respuesta, consolación y ánimo y al mismo tiempo nos indica un camino. En efecto nos dice: sí, es verdad, el Señor está junto al Padre, pero precisamente por eso no está lejos, sino que ve a cada uno, porque quien está con Dios no se marcha, sino que está junto al prójimo. Y, en realidad, el Señor los ve y en el momento oportuno va hacia ellos. Y cuando Pedro, yendo a su encuentro corre el riesgo de ahogarse, él lo toma de la mano y lo pone a salvo, en la barca. El Señor también a nosotros nos toma continuamente de la mano: lo hace mediante la belleza de un domingo, mediante la liturgia solemne, en la oración con la que nos dirigimos a él, en el encuentro con la palabra de Dios, en múltiples situaciones de la vida diaria. Él nos toma de la mano. Y sólo si nosotros agarramos la mano del Señor, si nos dejamos guiar por él, nuestro camino será justo y bueno.

Por esto queremos rezarle, para que logremos encontrar siempre nuevamente su mano. Y al mismo tiempo esto implica una exhortación: que en su nombre, tendamos nuestra mano a los demás, a los que tienen necesidad, para guiarlos a través de las aguas de nuestra historia.

En estos días, queridos amigos, he vuelto a pensar también en la experiencia que viví en Sydney, donde encontré los rostros alegres de tantos muchachos y muchachas de todas las partes del mundo. Y así ha madurado en mí una reflexión sobre este acontecimiento que quisiera compartir con vosotros. En la gran metrópoli de la joven nación australiana aquellos jóvenes fueron un signo de alegría auténtica, a veces rumorosa pero siempre pacífica y positiva. A pesar de que fueron tantos, no causaron desórdenes ni ningún daño. Para estar alegres no necesitaron recurrir a modos descomedidos y violentos, al alcohol y a sustancias estupefacientes. Reinaba en ellos la alegría de encontrase y descubrir juntos un mundo nuevo. ¿Cómo no hacer una comparación con sus coetáneos que, en busca de falsas evasiones, consuman experiencias degradantes que desembocan no raramente en tragedias desconcertantes? Este es un producto típico de la llamada actualmente "sociedad del bienestar" que, para colmar un vacío interior y el aburrimiento que lo acompaña, induce a probar experiencias nuevas, más emocionantes, más "extremas". Incluso las vacaciones corren así el riesgo de disiparse siguiendo en vano espejismos de placer. Pero de este modo el espíritu no reposa, el corazón no experimenta alegría y no halla paz, al contrario, termina por estar todavía más cansado y triste que antes. Me he referido a los jóvenes, porque son los más sedientos de vida y experiencias nuevas, y por ello también los que corren mayor riesgo. Pero la reflexión vale para todos nosotros: la persona humana se regenera verdaderamente sólo en la relación con Dios, y a Dios se le encuentra aprendiendo a escuchar su voz en la quietud interior y en el silencio (cf. 1 R 19, 12).

Recemos para que en una sociedad en la que se corre cada vez más, las vacaciones sean días de verdadera distensión durante los cuales se sepa sacar momentos para el recogimiento y la oración, indispensables para encontrarse profundamente a sí mismos y a los demás. Lo pedimos por intercesión de María santísima, Virgen del silencio y de la escucha.

 

DOMINGO 20 T. O.

 

Monición de entrada.-

Buenos días:

La misa del domingo tiene que mostrar que somos la iglesia acogedora.

En ella no distinguimos a los que son del pueblo de los que son de otros pueblos.

Sino que todos formamos una familia, porque todos somos queridos por Dios.

 

Señor, ten piedad.-

Tú que has venido a buscar la oveja perdida. Señor, ten piedad.

Tú que en la cruz nos perdonaste a todos.  Cristo, ten piedad.

Tú que haces de todos un solo pueblo. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.-

Por el Papa León y nuestro obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Por la Iglesia, señal del amor de Dios a todas las personas, que lleva el Evangelio a otros países.  Te lo pedimos, Señor.

Por el pueblo judío, en el que nació Jesús. Te lo pedimos, Señor.

Por las personas de otros países que han venido a España. lo pedimos, Señor.

Por nosotros, que somos queridos por Jesús. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias porque siendo judía nos quieres a nosotros como hijos, aunque no seamos de tu país.