jueves, 28 de mayo de 2026

Nº 310. Santísima Trinidad. 31 de mayo de 2026.

 


Primera lectura.

Lectura del libro del Éxodo 34,4b-6.8-9 

En aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él proclamando:

-Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.

Moisés al momento se inclinó y se postró en tierra. Y le dijo:

-Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es u9npueblo de dura cerviz, perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.

 

Textos paralelos.

Moisés invocó el nombre de Yahvé.

Ex 33, 18-23: Entonces, Moisés exclamó: “Muéstrame tu gloria”. Y él le respondió: “Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero”. Y añadió: “Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida”. Luego dijo el Señor: “Aquí hay un sitio, junto a mí; ponte sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado”. Después, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás”.

Yahvé pasó delante de él y exclamó:

Ex 3, 14: Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel, “Yo soy” me envía a vosotros.

Yahvé Dios misericordioso y clemente.

Ex 20, 5: No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo el pecado de los padres en los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian. Pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y guardan mis preceptos.

Nm 14, 18: Señor, lento a la ira y rico en piedad, que perdona la culpa y el delito, pero no lo deja impune, que castiga la culpa de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.

Dt 5, 9-10: No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la culpa de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian, pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y observan mis preceptos.

Sal 86, 15: Pero tú, Señor, / Dios clemente y misericordioso, / lento a la cólera, rico en piedad y leal.

Jr 32, 18: Tú manifiestas tu amor a lo largo de generaciones, pero pides cuentas a los hijos de la culpa de los padres. Tú eres un Dios grande y fuerte: te llamas Señor del universo.

Na 1, 3: Camina sobre la tormenta y la tempestad, / la nube es el polvo de sus pies.

Jl 2, 13: Rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, / y convertíos al Señor vuestro Dios, / un Dios compasivo y misericordioso, / lento a la cólera y rico en amor, / que se arrepiente del castigo.

Jn 1, 14: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Si he obtenido tu favor.

Ex 32, 11-14: Entonces Moisés suplicó al Señor: “¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: “con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre”. Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

 

Notas exegéticas.

34 El capítulo 34, 1-28 es el relato de la tradición yahvista de la conclusión de la alianza, pero glosas en los vv. 2 y 4 hacen de él solo yna renovación de la alianza. Fuera de esas glosas y de los vv. 6-9 hay adiciones de los redactores.

34 6 No se sabe si el sujeto de “exclamó” es Yahvé o Moisés, pero, aunque lo que sigue parece una confesión de fe, Yahvé había prometido proclamar su nombre. Lo mejor es ver aquí la realización de la promesa de 33, 19-23. La cita de Nm 14, 17-18 lo confirma.

 

Salmo responsorial

Daniel 3, 52-56b.


R/. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres.

Bendito tu nombre, santo y glorioso. R/.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria. R/.

 

Bendito eres sobre el trono de tu reino. R/.

 

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines

sondeas los abismos. R/.

 

Bendito eres en la bóveda del cielo. R/.

 

Textos paralelos.

Bendigo seas, Señor, Dios de nuestros padres.

Dn 3, 26: Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres / digno de alabanza y glorioso, es tu nombre.

Bendito seas en el templo de tu santa gloria.

Is 6, 1: El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.

Sal 150, 1: Aleluya. Alabad al Señor en su templo, / alabadlo en su fuerte firmamento.

Sentado sobre querubines.

Ex 25, 18: Harás dos querubines cincelados en oro, para los dos extremos del propiciatorio.

2 S 6, 3: Pusieron el Arca de Dios en un carro nuevo y la llevaron desde la casa de Abinadab; en la colina. Uzá y Ajió hijos de Abinadab, conducían el carro nuevo.

 

Notas exegéticas.

3 52 (a) El cántico de bendición de los vv. 52-90, probablemente más antiguo que lo precedente, se caracteriza por un lirismo barroco que ha ido creciendo por acumulación.

3 52 (b) En distintos momentos, el grito utiliza verbos compuestos: “super-alabado”, “super-exaltado”, “super-glorificado”. Este estilo, inimitable en castellano, no ha sido reproducido en la traducción.

3 55 Es una de las formas de invocar a Yahvé en el arca de la Alianza, ver 1 S 4, 4. Sobre los querubines del templo de Jerusalén, ver Ex 25, 18; 1 R 6, 22-28; 2 Cro 3, 10-13.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 13, 11-13

Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso santo. Os saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor d Dios y la comunión del Espíritu Santo están siempre con vosotros.

 

Textos paralelos.

Con el beso santo.

Rm 16, 16: Saludaos unos a otros con el beso santo. Os saludan todas las Iglesias de Cristo.

1 Co 16, 20: Os saludan todos los hermanos. Saludaos mutuamente con el beso santo.

1 Ts 5, 26: Saludad a todos los hermanos con el beso santo.

 

Notas exegéticas:

13 12 Se trata del beso litúrgico, símbolo de la fraternidad cristiana.

13 13 Esta fórmula trinitaria, probablemente de origen litúrgico, ver también Mt 28, 19, tiene eco en diversos pasajes de las epístolas, donde las funciones repetitivas de la Tres personas se presentan, según las variaciones de los diversos contextos,  fórmulas ternarias que refuerzan el pensamiento trinitario. Comparar también la tríada de las virtudes teologales, 1 Co 13, 13.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

 

Textos paralelos.

Tanto amó Dios al mundo.

1 Jn 4, 9: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.

Gn 22, 13: Pero el ángel del señor le gritó desde el cielo: “¡Abrahán”. Él contestó: “Aquí estoy”. El ángel le ordenó: “No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo”. Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos de la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abrahán llamó aquel sitio: “El Señor ve”, por lo que se dice aún hoy: “En el monte el Señor es visto”.

Mt 21, 37: Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”.

Rm 8, 22: Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.

Para que el mundo se salve por él.

Jn 1, 9: El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.

Jn 12, 47: Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo.

2 Co 5, 19: Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de reconciliación.

Hch 4, 12: No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

3 15 La sección 3, 16-21 tiene su paralelo en 12, 46-50, pero parece de redacción más reciente. Un mismo tema joánico se ha desarrollado en dos perspectivas diferentes. Esta sección desarrolla una cristología “elevada”; la otra, que glosa a Dt 18, 15-18 , presenta simplemente a Cristo como el nuevo Moisés.

3 18 Para el judaísmo y muchos textos neotestamentarios, el juicio final es esperado para el fin de la historia. Para Jn el juicio tiene ya lugar cuando el hombre se encuentra en presencia de Jesús (especialmente de su cruz, 16, 11) y rechaza la revelación (3, 19-21).

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica

16-21 Muy en el estilo de Jn, la conversación [con Nicodemo] no concluye, sino que deriva hacia reflexiones meditativas del evangelista: la redención tiene su fuente en el amor de Dios a los hombres, y la realiza el Hijo entregando su vida: su finalidad es salvar; pero el hombre puede permanecer en la oscuridad y no creer en el Hijo.

16 De tal manera amó Dios… que entregó a su Hijo: la admiración de santa Teresa: “Bendito seáis por siempre”, venía de siglos: “El que a su propio Hijo no lo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo junto con él, no va también a regalarnos todo?” (Rm 8, 32). “Dios ha dado al hombre, “la tierra, el mar, y cuanto hay en ellos” […]. Pero, después de todo esto, se dio a sí mismo: “De tal manera amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito” para la vida de este mundo. Así, pues, ¿qué cosa grande hará un hombre si se ofrece a Dios, cuando el mismo Dios se ofreció antes a él” (Orígenes).

El mundo: en los escritos de san Juan es palabra polivalente: puede significar el universo (lo que un judío llamaría “el cielo y la tierra”), o la humanidad, el género humano; y este segundo significado se desdobla en dos: el conjunto de seres humanos, objeto del amor salvador de Dios (así en este pasaje), o el mundo malo, es decir, los seres humanos que, como seres libres, rechazan creer en Jesús, revelador del Padre (1 Jn 2, 15-17); compárese el término mundo en el lenguaje de san Pablo: 1 Cor 3, 19.

17 Condenar: lit. juzgar, en sentido peyorativo. Lio mismo que en otros textos de Jn, como en v. 18; 7, 51; 18, 31.

18-21 El misterio de la incredulidad de los hombres está en que, al no aceptar a Cristo, el mensaje del Evangelio se les convierte en motivo de condenación; el incrédulo se condena a sí mismo. Los tiempos gramaticales de los verbos indican, conforme al pensamiento de Jn, que la vida y la condenación eternas comienzan ya ahora, según que uno se decida en favor o en contra de Jesús. Esta decisión adelanta al tiempo presente la sentencia del juicio futuro (que Jn admite como tal: 5, 27-29).

18 El nombre: que tiene Jesús en los escritos de san Juan es “el Hijo” (cf. 1, 12).

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé:

3, 16 El acto que realizó Dios de mandar a su Hijo unigénito para nuestra redención y para otorgarnos vida eterna fue fruto de su amor supremo. De hecho, Dios Padre nos entregó a Cristo en la Encarnación precisamente para revelar su grandísimo amor. Aquellos que rechazan este regalo de Cristo, de amor y redención, se privan a sí mismos de la vida eterna. Aquellos que eligen caminar bajo la luz de Cristo obtendrán la felicidad en esta vida y vida eterna en la siguiente. Cat 219, 444, 454 y 458.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

219 El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Os 11, 1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos. Dios ama a su pueblo más que un esposo a su amada (Is 62, 14-15); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16).

444 Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su “Hijo amado” (Mt 3, 17). Jesús se designa a sí mismo como “el Hijo Único de Dios” (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna (Jn 10, 36). Pide la fe en “el Nombre del Hijo Único de Dios” (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título “Hijo de Dios”.

454 El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: Él es el Hijo único del Padre (Jn 1, 14) y Él mismo es Dios (Jn 1, 1). Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios (Hch 8, 37).

458 El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos el amor de Dios: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

198 Nuestra Profesión de Fe comienza por Dios, porque Dios es “el primero y el [...] último” (Is 44, 6), el principio y el fin de todo. El Credo comienza por Dios Padre, porque el Padre es la primera Persona divina de la Santísima Trinidad; nuestro Símbolo se inicia con la creación del cielo y de la tierra, ya que la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios.

232 Los cristianos son bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Antes responden “Creo” a la triple pregunta que les pide confesar su fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu: Fides omnium christianorum in Trinitate consistit (“La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad”, S. Cesareo de Arles).

233 Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no en los nombres de estos (Virgilio), pues no hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad.

234 El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial de la jerarquía de las verdades de fe. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia consigo. 

237 La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los misterios escondidos en Dios, “que no pueden ser conocido si no son revelados desde lo alto” (C. Vaticano I, Const. Dogm. Dei Filius, c. 4). Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

 

Concilio Vaticano II

No se debe infravalorar el hecho de que los dogmas fundamentales de la fe cristiana sobre la Trinidad y el Verbo de Dios, encarnado de la Virgen María, fueron definidos en Concilios ecuménicos celebrados en Oriente. Aquellas Iglesias han sufrido y sufren mucho para conservar esta fe.

Unitatis redintegratio, 14.

Todo el que ha sido llamado a la profesión de los consejos ha de procurar con empeño perseverar y progresar en la vocación a la que Dios le ha llamado, para que la Iglesia sea más santa y para la mayor gloria de la única e indivisible Trinidad, que en Cristo y por Cristo es la fuente y el origen de toda santidad.

Lumen gentium, 47.

Quera Dios y Padre de todos que la familia humana, observando con diligencia el principio de libertad religiosa en la sociedad, por la gracia de Cristo y el poder del Espíritu Santo, llegue a aquella sublime e indefectible “libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rm 8, 21).

Dignitatis humanae, 15.

 

San Agustín

Dios Padre no es Padre del Espíritu Santo, sino del Hijo; y Dios Hijo no es hijo del Espíritu Santo, sino del Padre; y Dios Espíritu Santo no es espíritu de solo el Padre o de solo el Hijo sino del Padre y del Hijo. [...] Por eso, según nuestra capacidad, y en cuanto se nos permite ver estas cosas por espejo y en enigma (1 Co 13, 12), especialmente a unos hombres como nosotros, se nos presenta en el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y del Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad. [...] El Padre es, pues, para el Hijo verdad, origen veraz; el Hijo es la verdad, nacida del Padre veraz; y el Espíritu Santo es la bondad, difundida por el Padre bueno y el Hijo bueno; y los tres son una divinidad igual, inseparable unidad.

 

Los Santos Padres.

Dios, al amar al mundo, dio al Hijo; no al adoptivo, sino al suyo, al unigénito. Se trata de lo que le es propio, del que ha nacido, del que es realmente Hijo. No hay creación ninguna, ni adopción, ni falsedad. Esta es la garantía del amor y la caridad de Dios; haber dado a su Hijo Unigénito para la salvación del mundo.

Hilario de Poitiers, Sobre la Trinidad, 6, 10. 4a, pg. 198.

Muchos de los más deshonestos, abusando de la bondad de Dios para con el género humano, a fin de cometer más pecados y sumergirse cada vez más en la pereza, hacen razonamientos como el que sigue: el infierno no existe, no hay castigos, Dios nos perdona todos los pecados... Pero os recuerdo que dos serán las venidas de Cristo. Una ya se ha producido, la otra sucederá en el futuro. La primera fue no para castigar nuestros pecados, sino para perdonarlos. La segunda, por el contrario, no será para perdonar, sino para juzgar el mal que hayamos cometido. Él dice de la primera: “No he venido para juzgar, sino para salvar el mundo”. Y de la segunda, en cambio: “Cuando venga el Hijo en la gloria de su Padre, pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda" (Mt 25, 31.33). “ Los unos irán a la vida, los otros al suplicio eterno” (Mt 25, 46). También la primera venida habría podido tener como fin el juicio, en estricto rigor de justicia... Mas, siendo indulgente, no quiso pedir cuentas, sino que ofreció el perdón. Si entonces hubiera hecho justicia, todos habrían sido castigados: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Rm 3, 23), dice el Apóstol. ¿Veis, así, cómo resplandece la infinita grandeza de la misericordia de Dios respecto al género humano?

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Juan, 28, 1. 4a, pgs. 199-200.

 

San Juan de Ávila

Mucha razón tiene Dios de quejarse, y sus pregoneros para reprehender a los hombres, de que tan olvidados estén de esta merced, digna que por ella se diesen gracias a Dios de noche y de día. Porque, como dice San Juan, así amó Dios al mundo que dio su unigénito Hijo, para que todo hombre que creyere en él y le amare no perezca, mas tenga la vida eterna (Jn 3, 16). Y en esta merced están encerradas las otras, como menores en la mayor, y efectos en causa. Claro es que quien dio el sacrificio contra los pecados, perdón de pecados dio cuanto es de su parte; y quien el Señor dio, también dio el señorío; y, finalmente, quien dio su Hijo, y tal hijo, dando a nosotros, y nacido para nosotros, no nos negará cosa que necesaria nos sea.

Audi, filia (II). I, pg. 578.

Y si a todas estas cosas estás sordo, no es razón que lo estés a las voces que Dios te da en el Evangelio, diciendo: En tanta manera amó Dios al mundo, que dio su único Hijo, para que todo el que creyere en Él no perezca, mas nos alcance la vida eterna (Jn 3, 16). Todas estas son señales de amor, y esta más que ninguna de todas ellas. como escribe aquel muy amado y amador de Dios, su evangelista San Juan, diciendo: En esto hemos conocido el amor que Dios nos tiene, que nos dio su Hijo para que vivamos por Él (1 Jn 4, 9). Y este beneficio con los demás son señales de grande amor que Dios nos tiene y como centellas que salen ¡afuera abrasado fuego de amor.

Tratado del amor de Dios. I, pg. 953.

No alcanza ningún entendimiento angélico qué tanto arda este fuego ni hasta donde llegue su virtud. No es el término hasta donde llegue solamente la muerte y la cruz; porque si, como le mandaron padecer una muerte, le mandaran millares de muertes, para todo tenía amor ( cf. Jn 3, 17). Y si lo que le mandaron hacer por la salud de todos los hombres, le mandaran hacer por cada uno de ellos, así lo hiciera por cada uno como por todos. Y si, como estuvo aquellas tres horas penando en la cruz, fuera menester estar allí hasta el día del juicio, amor había para todo, si nos fuera necesario. De manera que mucho más amó que padeció; muy mayor amor le quedaba encerrado en las entrañas de lo que nos mostró acá de fuera en sus llagas.

Tratado del amor de Dios. I, pg. 962.

Y, ¿qué justicia es que haga yo pecador y pague Jesucristo? – La justicia nació de la misericordia. Dice David: Todos los caminos de Dios, son misericordia y verdad (Sal 24, 10); primero misericordia y luego verdad: Sic Deus dilegit mundum, ut Filium suum unigenitum daret: ut omnis qui credit in eum, non pereat, sed habeat vitam aeternam (Tanto amó Dios al mundo..., Jn 3, 16). “Estos hombres no me pueden pagar, aunque los eche en el infierno”. No tienen caudal para eso. No quiero yo venganza: que todos mueran y, con todo, no basta para hacerme condigno. Envió a su Hijo unigénito. Solo Dios pudo pagar de justicia condigna la ofensa que a Dios se había hecho. Si Dios es ofendido, de ser ofendido persona tan altísima, resulta ser la pena infinita, porque es Dios infinito. La maldad es hecha contra Dios: nazca la paga de la grandeza de Dios. Así amónos, que usó con nosotros de tan gran misericordia que nos dio a su Hijo.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 150.

¿Qué sienten vuestras orejas cuando oís decir: Ansí amó Dios al mundo, que dio a su Hijo que tenía, y sabiendo que le había de costar la vida lo que había de hacer por el mundo? ¡Que sea yo amado de Dios! ¡Que parezca tan bien mi ánima a Dios, que le es tan preciosa, que, porque no se pierda, envió a su único Hijo que muriese por ella!

Sermón del lunes de Pentecostés. III, pg. 381.

Grande gloria fue esta de Dios, y muy ilustre parécese (sic) su perfección y bondad, pues amó tanto al mundo, que le diese su unigénito Hijo (Jn 3, 16) para remedio de él, y que lo entregase a muerte para que los pecadores fuesen justificados, y los enemigos reconciliados, y los que estaban desheredados del cielo recobrasen la herencia perdida. ¿Quién dirá que estos beneficios pueden crecer, ni que hay más amor que enseñar a los hombres, ni que hay más que pedir ni desear?

Sermón en la infraoctava del Corpus. III, pg. 697.

Hanse cantado en el evangelio de la misa, etc. Son palabras dulces, y más por estar en la boca de Cristo. Quiere decir: No envió Dios al mundo a su Hijo para juzgar y condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17). Gana lo debe de tener, pues que tal pieza envía; gana tiene de esa joya, pues que tanto precio da por ella. Por vuestra vida, que los que sabéis latín leáis este capítulo. Paréceme que son las más dulces que hay en el Evangelio.

Sermón del lunes de Pentecostés. III, pg. 379.

Por la salud de sus vasallos nace pobre, y llora, y pasa trabajos, y derrama su sangre: posuit animam suam pro ovibus suis, pro nobis omnibus tradidit illum (Dio su vida por sus ovejas; lo entregó por nosotros, cf. Jn 3, 16). Ninguno se podía salvar sino naciendo y muriendo Él. Y así mirad qué debéis a Jesucristo, que, si os son perdonados todos vuestros pecados, por Él os son perdonados; y si tenéis gracia, por Él os la dieron; si tienen merecimiento y valor vuestros trabajos, por Jesucristo nuestro Señor es.

Sermón de la Epifanía. III, pgs. 81-82.

Decirlo he, Señor; ¡bendígante los cielos y la tierra! “Yo haré que feo ames y hermoso te parezca”. No hay más, fue casamiento por amores. Quísonos bien el Padre, que tal casamiento y Hijo nos dio. Sic Deus dilexit mundum, ut Filium suum unigenitum daret (Tanto amó Dios al mundo,..., cf. Jn 3, 16). Quísonos bien el Padre, quísonos bien el Hijo, que tal consintió; quísonos bien el Espíritu Santo, que tal ordenó.  [...] ¡Bendito seas, Señor, que el que hizo el vaso lo vino a soldar, y aquel a cuyo molde se hizo, Él mismo le vino a remediar y enmoldar!

Sermón de la Anunciación de Nuestra Señora. III, pg. 873.

Señor, cosa recia dicir a un ladrón: el juez viene. Huirá, como hizo Adam, que, en oyendo la voz del Señor, echó a huir. Señor, ¿ a qué venís? Él mesmo lo dice por San Juan: Non enim misit... (Jn 3, 17). Viene el Rey y trae consigo el reino, para que si alguno hobiere avariento que le parezco poco venir Dios a él, y le muevan y se aficione más [que a] Dios a otras cosas, trae Dios muchas riquezas, y viene a hacernos grandes mercedes, y dice: Por eso no me dejéis de recibir, que yo os traigo todo lo que podéis querer y desear, y mucho más.

Sermón domingo III de Adviento. III, pg. 38.

Dios de a vuestras señorías muy buenas Pascuas y mucha gracia del Espíritu Santo. Cábenos hoy de predicar unas palabras que las escribió el Espíritu Santo por boca del evangelista San Juan. Hanse cantado en el evangelio de la misa, etc. Son palabras dulces, y más por estar en la boca de Cristo. Quiere decir: No envió Dios al mundo a su Hijo para juzgar y condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17). Gana lo debe de tener, pues que tal pieza envía; gana tiene de esa joya, pues que tanto precio da por ella. Por vuestra vida, que los que sabéis latín leáis este capítulo. Paréceme que son las más dulces que hay en el Evangelio.

Sermón lunes de Pentecostés. III, pg. 379.

Esta locura y presumpción, esta confianza en nuestras fuerzas nos tiene echados a perder. Al fin perdióse el hombre por la hora, y vino a ser más bajo que bestia. Y en la séptima edad, desque los hombres eran tratados como bestias de los pecados, envía Dios al Salvador de los perdidos, no para que los juzgue y los castigue – non enim misit Deus Filium suum,... (Jn 3, 17).

Sermón lunes de Pentecostés. III, pg. 382.

¡Oh abismo de infinita bondad, del cual tal dádiva sale el mundo, que así lo ames, que des a tu ungénito Hijo, para que todo hombre que cree en Él y le ama no prerezca, mas tenga la vida eterna (Jn 3, 16). Alábente los cielos con todo lo que en ellos está, y la tierra y la mar con todo su arreo, porque tú, tan grande, has amado tan grandemente a los que eran dignos de desamor.

Carta a unas mujeres devotas que padecián trabajos. IV, pg. 264.

¡Qué cosa es considerar cómo, estando Dios enojado con los hombres, y no sin causa, mas con muy sobrada y tan justa, que muy justamente nos pudiera enviar a tormentos eternos, quiso antes salvarnos y perdonarnos que condenarnos, y tomar por hijos a los que habían sido malos esclavos! ¡Oh bondad sin término, y cuán sin término nos amaste, cuando, tanto amaste al mundo, que diste a tu único Hijo para que todo hombre que en Él creyere se salve (cf. Jn 3, 16).

Carta para la villa de Utrera. IV, pg. 366-367.

Mas, ¡oh Señor!, ¡y quién osará quejarse de ti porque lo tratas con rigor, pues luego le atapas la boca con que así amaste al mundo, que a tu Unigénito diste (cf. Jn 3, 16), para que a poder de trabajos, dolores y muerte que de Él cargase, el mundo evitase los del infierno y gozase del cielo? ¿Quién, Señor, se osará quejar, viendo reciamente tratados a tus más amados, y que andan a porfía en tu palacio los favores y los dolores, y que digan, mandándolo tú, a uno de tus favoridos: ¿Por qué eras acepto a Dios fue necesario que la tentación te probase? (Tob 12, 13). Pues si con esta carga das tu gracia, amor y cielo, y a ti mismo, no nos quejemos, no, del contrapeso, pues es Dios el peso.

Carta a un caballero amigo suyo. IV, pg. 450.

 

San Oscar Romero.

Toda esta vida de fe que nos congrega todos los domingos, toda esa religión del corazón del hombre, toda esa ansia en la búsqueda de Dios, encuentra este domingo su respuesta. Repito, como quien tiene la dicha de encontrarse allá donde nace el río que se convierte en torrente que hace brotar energías, vida, fecundidad por todas partes. Por eso, podemos llamar esta homilía de hoy: el Dios de nuestra fe. Este Dios de nuestra fe es un fenómeno que en muchos hombres y sociedades se ha degenerado. De allí que hoy tenemos necesidad de tomar una conciencia clara de este Dios tal como nos lo presenta la fe iluminada por la palabra del mismo Dios que bondadosamente se ha querido revelar y que en las tres lecturas de hoy nos ofrece una imagen muy exacta. [...] Esto es, hermanos, la realidad de nuestro peregrinar actual por la vida, pero ante todo que no se nos olvide que este peregrinar de nuestra historia en medio de tantas vicisitudes, va acompañada de aquel Dios de Moisés, de aquel Dios de nuestro Señor Jesucristo y de este Dios que está presente en nuestra comunidad porque es el amor del Padre, la gracia de nuestro Señor Jesucristo y la comunión en el Espíritu Santo. Nuestra fe proclamémosla ahora, limpia de toda falsa idea de Dios, para creer y con amor agradecer al Dios presente en nuestro pueblo.

Homilía, 21 de mayo de 1978.

 

Papa León XIV. Regina Caeli. 24 de mayo de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En esta solemnidad de Pentecostés estamos llamados a contemplar el don del Espíritu Santo, derramado en abundancia sobre la Iglesia naciente y, hoy, nuevamente dispensado a sus miembros, como luz y fuerza que los acompaña en cada momento de la vida.

Podemos detenernos en una imagen del Espíritu que nos da la liturgia de hoy: el Espíritu abre las puertas. En efecto, el Evangelio nos dice que estaban «cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos» (Jn 20,19) y, al mismo tiempo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra que el Espíritu llegó como una ráfaga de viento (cf. Hch 2,2), que abriendo las puertas impulsó a los discípulos a salir a anunciar la Buena Noticia de Cristo resucitado.

Hoy también nos podemos preguntar: ¿qué puertas abre el Espíritu Santo?

La primera puerta es la del mismo Dios, en el sentido en que nos abre el acceso al misterio de Dios, así como se ha revelado en Jesucristo. Con el don de su Espíritu, Dios nos concede la verdadera fe, nos hace comprender el sentido de las escrituras, se nos muestra cercano y nos permite participar de su misma vida. El Espíritu Santo nos ayuda a tener una experiencia de Dios personal; a encontrarlo en Jesús y no sólo en la observancia de una ley; a reconocerlo en nosotros y a descubrir los signos de su presencia en la vida ordinaria

La segunda puerta es la del cenáculo, es decir de la Iglesia. Sin el fuego del Espíritu, la Iglesia permanece prisionera del miedo, temerosa ante los desafíos del mundo, cerrada en sí misma y por tanto también incapaz de entrar en diálogo con los tiempos que cambian. El Espíritu abre las puertas de la Iglesia para que pueda acoger y recibir a todos, incluso a aquellos que le han cerrado las puertas a Dios, a los demás, a la esperanza, a la alegría de vivir. Como recordaba el Papa Francisco, estamos llamados a ser «una Iglesia que bendice y anima […] Iglesia con las puertas abiertas para todos» (Homilía de la Misa de apertura de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 4 octubre 2023).

Por último, el Espíritu Santo abre las puertas de nuestros corazones, ayudándonos a vencer las resistencias, los egoísmos, las desconfianzas y los prejuicios, y haciéndonos capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros. En donde está el Espíritu del Señor nace la fraternidad entre las personas, los grupos, los pueblos de la tierra, y todos hablan el único lenguaje del amor, que une y armoniza las diferencias.

Hermanos y hermanas, incluso en nuestros días, especialmente en este día de Pentecostés, debemos invocar al Espíritu Santo, para que abra todas las puertas que aún permanecen cerradas. Necesitamos redescubrir a Dios como Padre que nos ama; edificar una Iglesia en donde todos se sientan en casa; y hacer crecer un mundo fraterno en el que reine la paz entre todos los pueblos.

Como los primeros discípulos, nos confiamos a la intercesión de la Virgen María, Morada del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia.

 

Papa León XIV. Audiencia general. 20 de mayo de 2026. Los documentos del Concilio Vaticano II. III. Constitución Sacrosantum Concilium. 9. La liturgia en el misterio de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC).

Al elaborar esta Constitución, los Padres conciliares quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este misterio: es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra de nuestra Redención» (SC, 2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios (cf. 1Pt 2,9).

Como ha puesto de manifiesto la triple renovación —bíblica, patrística y litúrgica— que ha atravesado la Iglesia a lo largo del siglo XX, el Misterio en cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio salvífico de Dios, oculto desde la eternidad y revelado en Cristo, según la afirmación de San Pablo (cf. Ef 3,3-6). He aquí, pues, el Misterio cristiano: el acontecimiento pascual, es decir, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia se nos hace sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en la asamblea reunida «en su nombre» (Mt 18,20) estamos inmersos en este Misterio.

Cristo mismo es el principio interior del misterio de la Iglesia, el pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz. En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica y asocia a la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cf. SC, 7). Así es como, según San Agustín (cf. Serm., 277), al celebrar la Eucaristía, la Iglesia «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe»: se convierte en el Cuerpo de Cristo, «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22). Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión.

En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio de los ritos y de las oraciones» (SC, 48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe —según el célebre dicho lex orandi, lex credendi— y, al mismo tiempo, plasma la identidad eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como recordó san Juan Pablo II (Carta apostólica Vicesimus quintus annus, 9).

Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se comprende por qué se la ha definido como «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC, 10). Es cierto que la acción de la Iglesia no se limita únicamente a la liturgia; sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta «cumbre». En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior».

Esto significa también que está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», realizando nuestro «culto espiritual» (Rom 12,1).

De este modo, «la liturgia edifica día a día a los que están dentro de la Iglesia para ser templo santo en el Señor» (SC, 2), y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos. De hecho, está habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la unidad de todo el género humano en Cristo. Como decía el Papa Francisco: «El mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9)» (Carta apostólica Desiderio desideravi, 5).

Queridísimos, dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis.

 

Papa Francisco. Angelus. 4 de junio de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, Solemnidad de la Santísima Trinidad, el Evangelio está tomado del diálogo de Jesús con Nicodemo (cfr. Jn 3,16-18). Nicodemo era un miembro del Sanedrín, apasionado por el misterio de Dios; reconoce en Jesús a un maestro divino y, por la noche, a escondidas, va a hablar con Él. Jesús lo escucha y comprende que es un hombre que está en un proceso de búsqueda. Entonces, primero lo sorprende, respondiéndole que para entrar en el Reino de Dios es preciso renacer; y después le desvela el corazón del misterio diciéndole que Dios ha amado tanto a la humanidad que ha enviado a su Hijo al mundo. Jesús, el Hijo, nos habla del Padre y de su inmenso amor.

Padre e Hijo. Es una imagen familiar que, si lo pensamos, echa por tierra nuestro imaginario sobre Dios. Efectivamente, la palabra “Dios” nos sugiere una realidad singular, majestuosa y distante, mientras que oír hablar de un Padre y un Hijo nos reconduce a casa. Sí, podemos pensar en Dios a través de la imagen de una familia reunida en torno a la mesa donde se comparte la vida. Por lo demás, la mesa, que al mismo tiempo es altar, es un símbolo junto al que ciertos iconos representan a la Trinidad. Es una imagen que nos habla de un Dios comunión. Padre, Hijo y Espíritu Santo: comunión.

¡Pero no es solo una imagen, es realidad! Es realidad porque el Espíritu Santo, el Espíritu que el Padre mediante Jesús ha infundido en nuestros corazones (cfr. Gal 4,6) nos hace gustar, nos hace experimentar la presencia de Dios: presencia siempre cercana, compasiva y tierna. El Espíritu Santo hace con nosotros como Jesús con Nicodemo: nos introduce en el misterio del nuevo nacimiento -el nacimiento de la fe, de la vida cristiana-, nos desvela el corazón del Padre y nos hace partícipes de la vida misma de Dios.

La invitación que nos dirige, podríamos decir, es la de sentarnos a la mesa con Dios para compartir su amor. Esta es la imagen. Esto es lo que sucede en cada Misa, en el altar de la mesa eucarística, donde Jesús se ofrece al Padre y se ofrece por nosotros. Sí, así es, hermanos y hermanas, nuestro Dios es comunión de amor, y así nos lo ha revelado Jesús. ¿Y saben qué podemos hacer para recordarlo? El gesto más simple, que hemos aprendido de niños: la señal de la cruz. Con el gesto más simple, con esta señal de la cruz, trazando la cruz sobre nuestro cuerpo, recordamos cuánto nos ha amado Dios, hasta dar la vida por nosotros; y nos repetimos que su amor nos envuelve completamente, de arriba abajo, de izquierda a derecha, como un abrazo que no nos abandona nunca. Al mismo tiempo, nos comprometemos a testimoniar a Dios-amor, creando comunión en su nombre. Ahora, cada uno de nosotros, y todos juntos, hagamos la señal de la cruz [hace la señal de la cruz].

De este modo, hoy podemos preguntarnos: ¿testimoniamos a Dios-amor? ¿O bien Dios-amor se ha convertido para nosotros en un concepto, algo que ya hemos escuchado pero que ya no nos mueve y ya no provoca la vida? Si Dios es amor, ¿nuestras comunidades lo testimonian? ¿Nuestras comunidades saben amar? Y nuestra familia, ¿sabemos amar en familia? ¿Tenemos siempre la puerta abierta, sabemos acoger a todos, y subrayo a todos, acoger como hermanos y hermanas? ¿Ofrecemos a todos el alimento del perdón de Dios y el vino de la alegría evangélica? ¿Se respira aire de casa, o nos parecemos más a una oficina o a un lugar reservado donde solo entran los elegidos? Dios es amor, Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y ha dado la vida por nosotros, por eso hacemos la señal de la cruz.

Que María nos ayude a vivir la Iglesia como una casa en la que se ama de manera familiar, para gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.            

 

 

Papa Francisco. Angelus. 7 de junio de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El evangelio de hoy (cfr. Juan 3, 16-18), fiesta de la Santísima Trinidad, muestra —en el lenguaje sintético del apóstol Juan — el misterio del amor de Dios al mundo, su creación. En el breve diálogo con Nicodemo, Jesús se presenta como Aquel que lleva a cabo el plan de salvación del Padre para el mundo. Afirma: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (v. 16). Estas palabras indican que la acción de las tres Personas divinas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— es todo un único plan de amor que salva a la humanidad y al mundo. Es un plan de salvación, para nosotros.

Dios creó el mundo bueno, bello, pero después del pecado el mundo está marcado por la maldad y la corrupción. Nosotros, hombres y mujeres, somos pecadores, todos; por lo tanto, Dios podría intervenir para juzgar el mundo, para destruir el mal y castigar a los pecadores. En cambio, Él ama al mundo, a pesar de sus pecados; Dios nos ama a cada uno de nosotros incluso cuando cometemos errores y nos distanciamos de Él. Dios Padre ama tanto al mundo que, para salvarlo, da lo más precioso que tiene: su único Hijo, que da su vida por la humanidad, resucita, vuelve al Padre y, junto con Él, envía el Espíritu Santo. La Trinidad es por lo tanto Amor, totalmente al servicio del mundo, al que quiere salvar y recrear. Y hoy pensando en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ¡pensemos en el amor de Dios! Y sería bueno que nos sintiéramos amados: “¡Dios me ama!”. Este es el sentimiento de hoy.

Al afirmar Jesús que el Padre ha dado a su Hijo unigénito, recordamos espontáneamente a Abraham, quien ofrecía a su hijo Isaac, como narra el Libro del Génesis (cf. 22, 1-14): ésta es la “medida sin medida” del amor de Dios. Y pensemos también en cómo Dios se revela a Moisés: lleno de ternura, misericordioso y piadoso, lento en la ira y lleno de gracia y fidelidad (cf. Ex 34,6). El encuentro con este Dios animó a Moisés, quien, como nos dice el libro del Éxodo, no tuvo miedo de interponerse entre el pueblo y el Señor, diciéndole: «Aunque sea un pueblo de dura cerviz, perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos por herencia tuya» (v. 9). Y así hizo Dios enviando a su Hijo. ¡Somos hijos en el Hijo con la fuerza del Espíritu Santo! ¡Somos la herencia de Dios!

Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de hoy nos invita a dejarnos fascinar una vez más por la belleza de Dios; belleza, bondad e inagotable verdad. Pero también belleza, bondad y verdad humilde, cercana, que se hizo carne para entrar en nuestra vida, en nuestra historia, en mi historia, en la historia de cada uno de nosotros, para que cada hombre y mujer puedan encontrarla y obtener la vida eterna. Y esto es la fe: acoger a Dios-Amor, acoger a este Dios-Amor que se entrega en Cristo, que hace que nos movamos en el Espíritu Santo; dejarnos encontrar por Él y confiar en Él. Esta es la vida cristiana. Amar, encontrar a Dios, buscar a Dios; y Él nos busca primero, Él nos encuentra primero.

Que la Virgen María, morada de la Trinidad, nos ayude a acoger con un corazón abierto el amor de Dios, que nos llena de alegría y da sentido a nuestro camino en este mundo, orientándolo siempre hacia la meta que es el Cielo.

 

Papa Francisco. Regina Caeli. 11 de junio de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Las lecturas bíblicas de este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, nos ayudan a entrar en el misterio de la identidad de Dios. La segunda lectura presenta las palabras de buenos deseos que san Pablo dirige a la comunidad de Corinto: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Corintios 13, 13). Esta —digamos— «bendición» del apóstol es fruto de su experiencia personal del amor de Dios, ese amor que Cristo resucitado le había revelado, que transformó su vida y le “empujó” a llevar el Evangelio a las gentes. A partir de esta experiencia suya de gracia, Pablo puede exhortar a los cristianos con estas palabras: «alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir, […] vivid en paz» (v. 11). La comunidad cristiana, aun con todos los límites humanos, puede convertirse en un reflejo de la comunión de la Trinidad, de su bondad, de su belleza. Pero esto —como el mismo Pablo testimonia— pasa necesariamente a través de la experiencia de la misericordia de Dios, de su perdón.

Es lo que le ocurre a los judíos en el camino del éxodo. Cuando el pueblo infringió la alianza, Dios se presentó a Moisés en la nube para renovar ese pacto, proclamando el propio nombre y su significado. Así dice: «Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Éxodo 34, 6). Este nombre expresa que Dios no está lejano y cerrado en sí mismo, sino que es Vida y quiere comunicarse, es apertura, es Amor que rescata al hombre de la infidelidad. Dios es «misericordioso», «piadoso» y «rico de gracia» porque se ofrece a nosotros para colmar nuestros límites y nuestras faltas, para perdonar nuestros errores, para volver a llevarnos por el camino de la justicia y de la verdad. Esta revelación de Dios llegó a su cumplimiento en el Nuevo Testamento gracias a la palabra de Cristo y a su misión de salvación. Jesús nos ha manifestado el rostro de Dios, Uno en la sustancia y Trino en las personas; Dios es todo y solo amor, en una relación subsistente que todo crea, redime y santifica: Padre e Hijo y Espíritu Santo.

Y el Evangelio de hoy «nos presenta» a Nicodemo, el cual, aun ocupando un lugar importante en la comunidad religiosa y civil del tiempo, no dejó de buscar a Dios. No pensó: «He llegado», no dejó de buscar a Dios; y ahora ha percibido el eco de su voz en Jesús. En el diálogo nocturno con el Nazareno, Nicodemo comprende finalmente ser ya buscado y esperado por Dios, ser amado personalmente por Él. Dios siempre nos busca antes, nos espera antes, nos ama antes. Es como la flor del almendro; así dice el Profeta: «florece antes» (cf. Jeremías 1,11-12). Así efectivamente habla Jesús: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16). ¿Qué es esta vida eterna? Es el amor desmesurado y gratuito del Padre que Jesús ha donado en la cruz, ofreciendo su vida por nuestra salvación. Y este amor con la acción del Espíritu Santo ha irradiado una luz nueva sobre tierra y en cada corazón humano que le acoge; una luz que revela los rincones oscuros, las durezas que nos impiden llevar los frutos buenos de la caridad y de la misericordia.

Nos ayude la Virgen María a entrar cada vez más, con todo nuestro ser, en la Comunión trinitaria, para vivir y testimoniar el amor que da sentido a nuestra existencia.

 

Papa Francisco. Angelus. 15 de junio de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la solemnidad de la santísima Trinidad, que presenta a nuestra contemplación y adoración la vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: una vida de comunión y de amor perfecto, origen y meta de todo el universo y de cada criatura, Dios. En la Trinidad reconocemos también el modelo de la Iglesia, en la que estamos llamados a amarnos como Jesús nos amó. Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el amor el distintivo del cristiano, como nos dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35). Es una contradicción pensar en cristianos que se odian. Es una contradicción. Y el diablo busca siempre esto: hacernos odiar, porque él siembra siempre la cizaña del odio; él no conoce el amor, el amor es de Dios.

Todos estamos llamados a testimoniar y anunciar el mensaje de que «Dios es amor», de que Dios no está lejos o es insensible a nuestras vicisitudes humanas. Está cerca, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas. Nos ama tanto y hasta tal punto, que se hizo hombre, vino al mundo no para juzgarlo, sino para que el mundo se salve por medio de Jesús (cf. Jn 3, 16-17). Y este es el amor de Dios en Jesús, este amor que es tan difícil de comprender, pero que sentimos cuando nos acercamos a Jesús. Y Él nos perdona siempre, nos espera siempre, nos quiere mucho. Y el amor de Jesús que sentimos, es el amor de Dios.

El Espíritu Santo, don de Jesús resucitado, nos comunica la vida divina, y así nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de participación. Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se aman y se ayudan unos a otros, es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quieren y comparten los bienes espirituales y materiales, es un reflejo de la Trinidad.

El amor verdadero es ilimitado, pero sabe limitarse para salir al encuentro del otro, para respetar la libertad del otro. Todos los domingos vamos a misa, juntos celebramos la Eucaristía, y la Eucaristía es como la «zarza ardiendo», en la que humildemente habita y se comunica la Trinidad; por eso la Iglesia ha puesto la fiesta del Corpus Christi después de la de la Trinidad. El jueves próximo, según la tradición romana, celebraremos la santa misa en San Juan de Letrán, y después haremos la procesión con el Santísimo Sacramento. Invito a los romanos y a los peregrinos a participar, para expresar nuestro deseo de ser un pueblo «congregado en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (san Cipriano). Os espero a todos el próximo jueves, a las 19.00, para la misa y la procesión del Corpus Christi.

Que la Virgen María, criatura perfecta de la Trinidad, nos ayude a hacer de toda nuestra vida, en los pequeños gestos y en las elecciones más importantes, un himno de alabanza a Dios, que es amor.

 

Benedicto XVI. Angelus.  19 de junio de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

Mientras nos preparamos para concluir esta celebración, la hora del mediodía nos invita a dirigirnos en oración a la Virgen María. También en esta tierra, nuestra Madre santísima es venerada en muchos santuarios, antiguos y modernos. A ella os encomiendo a todos vosotros y a toda la población de San Marino y Montefeltro, de manera particular a las personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu. Un pensamiento de especial agradecimiento dirijo en este momento a todos los que han colaborado en la preparación y organización de esta visita. ¡Gracias de corazón!

Me alegra recordar que hoy en Dax, Francia, es proclamada beata sor Margarita Rutan, Hija de la Caridad. En la segunda mitad del siglo XVIII, trabajó con gran empeño en el hospital de Dax, pero, en las trágicas persecuciones que siguieron a la Revolución, fue condenada a muerte por su fe católica y por su fidelidad a la Iglesia.

Participo espiritualmente en la alegría de las Hijas de la Caridad y de todos los fieles que, en Dax, participan en la beatificación de sor Margarita Rutan, testigo luminosa del amor de Cristo a los pobres.

Por último, deseo recordar que mañana se celebra la Jornada mundial del refugiado. En esta circunstancia, este año se celebra el sexagésimo aniversario de la adopción de la Convención internacional que tutela a quienes son perseguidos y se ven forzados a huir de sus propios países. Invito, por tanto, a las autoridades civiles y a todas las personas de buena voluntad a garantizar acogida y condiciones dignas de vida a los refugiados, esperando que puedan volver a su patria libremente y con seguridad.

 

Benedicto XVI. Regina Caeli.  18 de mayo de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

En el corazón de mi visita pastoral a Génova, hemos llegado a la hora de la habitual cita dominical del Ángelus, y mi pensamiento vuelve naturalmente al santuario de Nuestra Señora de la Guardia, a donde fui a orar esta mañana. A ese oasis de montaña acudió muchas veces en peregrinación el Papa Benedicto XV, vuestro ilustre conciudadano, quien pidió que se colocara una reproducción de la querida imagen de la Virgen de la Guardia en los jardines vaticanos. Y como hizo mi venerado predecesor Juan Pablo II, en su primera peregrinación apostólica a Génova, también yo he querido iniciar mi visita pastoral con el homenaje a la celestial Madre de Dios, que desde lo alto del monte Figogna vela por la ciudad y por todos sus habitantes.

Refiere la tradición que a Benedetto Pareto, preocupado porque no sabía cómo responder a la invitación de construir una iglesia en aquel lugar tan distante de la ciudad, la Virgen, en su primera aparición, le dijo: "Confía en mí. No te faltarán los medios. Con mi ayuda todo te resultará fácil. Sólo mantén firme tu voluntad".

"Confía en mí". Esto nos lo repite hoy María. Una antigua oración, muy arraigada en la tradición popular, nos impulsa a dirigirle con confianza estas palabras, que hoy hacemos nuestras: "Acuérdate, oh Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorado tu auxilio, reclamado tu socorro, haya sido abandonado".

Con esta certeza invocamos la asistencia materna de la Virgen de la Guardia para vuestra comunidad diocesana, sus pastores, las personas consagradas, los fieles laicos: los jóvenes, las familias, los ancianos. A ella le pedimos que vele, de manera especial, por los enfermos y todos los que sufren, y que haga fructíferas las iniciativas misioneras que se están realizando para llevar a todos el anuncio del Evangelio. Juntos encomendamos a María a toda la ciudad, con su población tan variada, sus actividades culturales, sociales y económicas; así como los problemas y los desafíos de nuestro tiempo, y el compromiso de cuantos cooperan con vistas al bien común.

Mi mirada se extiende ahora a toda la Liguria, salpicada de iglesias y santuarios marianos, puestos como una corona entre el mar y las montañas. Juntamente con vosotros, doy gracias a Dios por la fe firme y tenaz de las generaciones pasadas que, en el curso de los siglos, han escrito páginas memorables de santidad y de civilización humana.

Liguria, y en particular Génova, es desde siempre una tierra abierta al Mediterráneo y al mundo entero: ¡Cuántos misioneros han partido de este puerto hacia América y otras tierras lejanas! ¡Cuántas personas han emigrado de aquí a otros países, tal vez pobres en recursos materiales, pero ricas en fe y en valores humanos y espirituales, que después han trasplantado en los lugares a donde han llegado!

Que María, Estrella del mar, siga brillando sobre Génova; que María, Estrella de la esperanza, continúe guiando el camino de los genoveses, especialmente de las nuevas generaciones, a fin de que, con su ayuda, sigan la ruta correcta en el mar a menudo tempestuoso de la vida.

 

Benedicto XVI. Regina Caeli. 15 de mayo de 2005.

Queridos hermanos y hermanas: 

Hoy la liturgia celebra la solemnidad de la santísima Trinidad, para destacar que a la luz del misterio pascual se revela plenamente el centro del cosmos y de la historia:  Dios mismo, Amor eterno e infinito. Toda la revelación se resume en estas palabras:  "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16); y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla, sino más bien exaltando sus potencialidades. Jesús nos ha revelado el misterio de Dios:  él, el Hijo, nos ha dado a conocer al Padre que está en los cielos, y nos ha donado el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo. La teología cristiana sintetiza la verdad sobre Dios con esta expresión:  una única sustancia en tres personas. Dios no es soledad, sino comunión perfecta. Por eso la persona humana, imagen de Dios, se realiza en el amor, que es don sincero de sí.

Contemplamos el misterio del amor de Dios participado de modo sublime en la santísima Eucaristía, sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, representación de su sacrificio redentor. Por eso me alegra dirigir hoy, fiesta de la santísima Trinidad, mi saludo a los participantes en el Congreso eucarístico de la Iglesia italiana, que se ha inaugurado ayer en Bari. En el corazón de este año dedicado a la Eucaristía, el pueblo cristiano se reúne en torno a Cristo presente en el santísimo Sacramento, fuente y cumbre de su vida y de su misión. En particular, cada parroquia está llamada a redescubrir la belleza del domingo, día del Señor, en el que los discípulos de Cristo renuevan en la Eucaristía la comunión con Aquel que da sentido a las alegrías y a los trabajos de cada día. "Sin el domingo no podemos vivir":  es lo que profesaban los primeros cristianos, incluso a costa de su vida, y lo mismo estamos llamados a repetir nosotros hoy.

En espera de ir personalmente el próximo domingo a Bari para la celebración eucarística, desde ahora me uno espiritualmente a este importante acontecimiento eclesial. Invoquemos juntos la intercesión de la Virgen María, para que estas jornadas de tan intensa oración y adoración a Cristo Eucaristía enciendan en la Iglesia italiana un renovado ardor de fe, de esperanza y de caridad. A María quisiera encomendarle también a todos los niños, los adolescentes y los jóvenes que en este período hacen la primera comunión o reciben el sacramento de la confirmación. Con esta intención, recemos ahora el Ángelus, reviviendo con María el misterio de la Anunciación.

 

DOMINGO DEL CORPUS CHRISTI

 

Monición de entrada.-

Hoy es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Él dijo a los apóstoles: “Hace esto, la consagración, en memoria mía”.

Y es lo que hacemos todos los días en la misa.

Además la colecta será para Cáritas, para que den a los pobres.

Y Jesús sale por la calle acompañado de las niñas y niños de primera comunión.

 

 Señor, ten piedad.-

Tú, el pan de vida. Señor, ten piedad.

Tú, el vino de vida.  Cristo, ten piedad.

Tú, el cuerpo y la sangre de vida. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.-

Jesús,  te pido por el Papa León y el obispo Enrique; para la oración ante el sagrario les ayude mucho. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por todos los cristianos; para que nos queramos y sigamos rezando muchas veces juntos. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por Cáritas; para que nos ayude a querer a los pobres. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por las personas que no tienen comida; para que les ayudemos. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros; para que siempre tengamos hambre de recibirte en la comunión. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias porque tú fuiste la primera que llevó a Jesús. Esta tarde las niñas y niños de primera comunión vamos a acompañar al sacerdote que lleva a Jesús. Que nunca Jesús se separe de nosotros y nosotros de Él.