Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el
mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento
que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados.
Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose
encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a
hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. Residían
entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo
el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados,
porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos
y admirados, diciendo:
-¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo
es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre
nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y
Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de
Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos
como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de
las grandezas de Dios en nuestra propia lengua.
Textos
paralelos.
Al llegar el día de
Pentecostés.
Ex 23, 14: Tres
veces al año me has de festejar.
Un ruido como una
impetuosa ráfaga de viento.
Hch 4, 31: Al
terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos
el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.
Jn 3, 8: El viento
sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de donde viene ni adónde va.
Así es todo el que ha nacido del Espíritu.
Sal 108, 30: Daré
gracias al Señor a boca llena, / y en medio de las muchedumbres te alabaré.
Sal 33, 6: La
palabra del Señor hizo el cielo, / el aliento de su boca, sus ejércitos.
Jn 20, 22: Y dicho
esto sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”.
Entonces se quedaron
todos llenos de Espíritu Santo.
Hch 1, 5: Porque
Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo
dentro de no muchos días.
Lc 1, 15: Pues será
grande a los ojos del Señor, no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu
Santo ya en el vientre materno.
Hch 1, 8: En cambio,
recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la
tierra.
Hombres piadosos,
venidos de todas las naciones.
Mt 28, 19: Id, pues,
y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo.
Col 1, 23: A
condición de que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en
la esperanza del Evangelio que habéis escuchado; el mismo que se proclama en la
creación entera bajo el cielo, del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor.
Oía hablar en su
propia lengua.
Gn 11, 7: [La torre
de Babel] Bajemos, pues, y confundamos allí su lengua, de modo que ninguno
entienda la lengua del prójimo.
Les oigamos
proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.
1 Co 14, 23: Por
tanto, si se reúne toda la comunidad en el mismo lugar y todos hablan en
lenguas, y entran en ella personas no iniciadas o no creyentes, ¿no dirán que
estáis locos?
Notas
exegéticas.
2 1 (a) Es decir, concluido el
periodo de cincuenta días entre la Pascua y Pentecostés. Pentecostés, que
primeramente fue la fiesta de la siega se había convertido también en la fiesta
de la renovación de la Alianza. Este nuevo valor litúrgico pudo inspirar la escenificación
de Lucas, que evoca la entrega de la Ley del Sinaí.
2 1 (b) No la asamblea de los ciento
veinte de 1, 15-26, sino el grupo apostólico presentado en 1, 13-14.
2 2 (a) Hay afinidad entre el
Espíritu ye l viento: la misma palabra significa “espíritu” y “soplo”.
2 2 (b) Probablemente la misma
vivienda que en 1, 13-14, lugar de reunión y de oración del grupo apostólico.
2 3 Según uno de sus aspectos el
milagro de Pentecostés es afín al carisma de la glosolalia, frecuente en los
comienzos de la Iglesia. Sus antecedentes se hallan en el antiguo profetismo
israelita, ver Nm 11, 25-29 y Joel 3, 1-5, citado por Pedro, vv. 17s.
2 5 “hombres piadosos”. Sin. El
texto occ.: “los judíos que residían en Jerusalén eran hombres venidos de todas
las naciones que hay bajo el cielo”. Los demás textos combinan “hombres
piadosos” y “judíos”.
2 6 La glosolalia utilizaba palabras
en lenguas extranjeras para cantar las alabanzas de Dios. Lucas ve en este
hablar en todas las lenguas del mundo la restauración de la unidad perdida en
Babel, símbolo y anticipación maravillosa de la misión universal de los
apóstoles.
2 11 (a) Los “prosélitos” son los
que, sin ser judíos de origen, han abrazado la religión judía y aceptado la
circuncisión, constituyéndose así en miembros del pueblo elegido. “Judíos” y
“prosélitos” no son, pues, nuevas denominaciones de los pueblos: son palabras
que califican a los que se acaba de enumerar.
2 11 (b) Esta enumeración de los
pueblos del mundo mediterráneos, que en conjunto se describe de este a oeste y
de norte a sur, sin duda se inspira en el antiguo calendario astrológico,
conocido por otros documentos, en el que los pueblos se hallaban relacionados
con los signos del zodiaco y enumerados por su orden. Lucas pudo haberlo
adoptado como una descripción cómoda de la oikumené de entonces. No se
explica bien la mención de Judea y ha suscitado desde la antigüedad varios
intentos de corrección.
Salmo
responsorial
Salmo 103 (102), 1.24.29.30.31.34.
R/. Envía
tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice,
alma mía, al Señor:
¡Dios
mío, qué grande eres!
Cuántas
son tus obras, Señor;
la
tierra está llena de tus criaturas. R/.
Les
retiras el aliento, y expiran
y
vuelven a ser polvo;
envías
tu espíritu, y los creas,
y
repueblas la faz de la tierra. R/.
Gloria
a Dios para siempre,
goce
el Señor con sus obras;
que
le sea agradable mi poema,
y
yo me alegraré con el Señor. R/.
Textos
paralelos.
¡Cuán
numerosas son tus obras, Yahvé!
Sal 8, 2: ¡Señor,
Dios nuestro / qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Les
retiras tu soplo y expiran.
Gn 3, 19: Comerás
el pan con el sudor de tu frente, / hasta que vuelvas a la tierra, / porque de
ella fuiste sacado; / pues eres polvo y al polvo volverás”.
Qo 12, 7: Y el
polvo vuelva a la tierra que fue, y el espíritu vuelva al Dios que lo dio.
Y
retornan al polvo que son.
Sal 90, 3: Tú
reduces el hombre a polvo, / diciendo: “Retornad, hijos de Adán”.
Si
envías tu aliento, son creados.
Gn 1,2: La tierra
estaba informe y vacía: la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras
el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.
Gn 2, 7: Entonces
el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz
aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo.
Hch 2, 2: De
repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba
fuertemente, y llenó toda la casa donde estaban sentados.
En
sus obras Yahvé se regocije.
Gn 1, 31: Vio Dios
todo lo que había hecho, y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el
día sexto.
¡Que
le sea agradable mi poema!
Sal 7, 18: Yo daré
gracias al Señor por su justicia, / tañendo para el nombre del Señor altísimo.
Notas
exegéticas.
104 (103) Este himno sigue el mismo
orden que la cosmogonía de Gn 1.
104 30 El espíritu de Dios
interviene en el origen del ser y de la vida.
Segunda
lectura.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Corintios 13, 3b-7.12-13
Hermanos:
Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, sino por el Espírtiu
Santo. Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de
ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un
mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la
manifestación del Espíritu para el bien común. Pues, lo mismo que el cuerpo es
uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser
muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos
y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para
formar un cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Textos
paralelos.
Nadie movido por el
Espíritu de Dios, puede decir.
Jn 14, 26: Pero el Paráclito,
el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe
todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
1 Jn 4, 1-3: No os fieis de
cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos
falsos profetas han salido del mundo. En esto podréis conocer el Espíritu de
Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y
todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo.
Jesús es el Señor.
Hch 2, 21: Y todo el que
invocaré el nombre del Señor se salvará.
Hch 2, 36: Por lo tanto, con
toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien
vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
Rm 10, 9: Porque, si profesas
con tus labios que Jesús es el Señor, y crees con tu corazón que Dios lo
resucitó de entre los muertos, serás salvo.
Flp 2, 11: Y toda lengua
proclame: / Jesucristo es Señor, / para gloria de Dios Padre.
El cuerpo humano, aunque
tiene muchos miembros, es uno.
Rm 12, 4-5: Pues, así como en
un solo cuerpo tenemos muchos miembros y no todos los miembros cumplen la misma
función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada
cual existe en relación con los otros miembros.
No obstante su
pluralidad.
Ef 4, 4-6: Un Dios, Padre de
todos, que está sobre todos, actúa pr medio de todos y está en todos. A cada
uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.
Pues, así también es
Cristo.
Ga 3, 28: No hay judío y
griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en
Cristo Jesús.
Col 3, 11: Donde no hay griego
y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino
Cristo, que lo es todo, y en todos.
Flm 16: Y no como esclavo, como
un hermano querido, que si lo es mucho para mí, cuánto más para ti, humanamente
y en el Señor.
Notas
exegéticas:
12 6 Nótese la presentación
trinitaria del pensamiento.
12 12 (a) Aunque utilice el apólogo
clásico que compara a la sociedad con un cuerpo que teniendo miembros diversos
es uno, Pablo, no se inspira en él para su doctrina sobre el Cuerpo de Cristo.
Esta brota más bien de su peculiar modo de entender el amor como la base de la
existencia cristiana. En efecto, él veía a los creyentes como partes de una
unidad orgánica, y el cuerpo humano le brindaba una imagen perfecta de la
diversidad articulada en la unidad. El designa aquí a “Cristo” como la realidad
que corresponde a ese hombre nuevo. Como cuerpo suyo, la Iglesia es la
presencia física de Cristo en el mundo en la medida en que prolonga su
ministerio. Esta doctrina, de tan gran realismo, que ya aparece en 1 Co, se
repite y amplía en las epístolas de la cautividad. Es cierto que la
reconciliación de los hombres, que son miembros de Cristo se realiza siempre en
el Cuerpo de Cristo crucificado según la carne y vivificado por el Espíritu.
Pero la unidad de ese Cuerpo que reúne a todos los cristianos en el mismo Espíritu
y su identificación con la iglesia adquieren mayor relieve. Así personalizado
este cuerpo tiene en adelante a Cristo por cabeza, por influencia sin duda de
la idea de Cristo cabeza de las potestades, Col 2, 10. Finalmente llega hasta
englobar en cierto modo todo el universo reunido bajo el dominio del Kyrios.
12 12 (b) Como el cuerpo humano da unidad
a la pluralidad de los miembros, así Cristo, principio unificador de su
Iglesia, da unidad a todos los cristianos en su cuerpo.
12 13 Literariamente este v. es un
paréntesis: no forma parte del relato-parábola, sino que ofrece una explicación
teológica que remite al bautismo y a la eucaristía. El primer miembro es
paralelo de 10, 2: todos quedaron vinculados a Moisés al ser bautizados en la
nube y en el mar: “Bebieron la misma bebida espiritual” (10, 4) era una alusión
a la eucaristía.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 20, 19-23.
Al anochecer de aquel día, el
primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas
cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les
dijo:
-Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó
las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al
Señor. Jesús repitió:
-Paz a vosotros.
Y, dicho esto, sopló sobre
ellos y les dijo:
-Recibid el Espíritu Santo; a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos.
Textos
paralelos.
// Lc 24, 36-49: Estaban
hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
“Paz a vosotros”. Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo creían ver un
espíritu. Y él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro
corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta
de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Dicho
esto, les mostró las manos y los pies. ¡Pero como no acababan de creer por la
alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo de comer?”. Ellos le
ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les
dijo: “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario
que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos
acerca de mí”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las
Escrituras. Y les dijo: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de
entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para
el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la
promesa de mi Padre: vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta
que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto.
Se presentó Jesús en
medio de ellos.
Jn 14, 27: La paz os dejo mi
paz os doy; no os la doy como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón
ni se acobarde.
Jn 16, 33: Os he hablado de
esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened
valor, yo he vencido al mundo.
Lc 24, 16: Pero sus ojos no
eran capaces de reconocerlo.
Los discípulos se
alegraron al ver al Señor.
Jn 15, 11: Os he hablado de
esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Jn 16, 22: También vosotros
ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y
nadie os quitará vuestra alegría.
Como el Padre me envió.
Jn 17, 18: Como tú me enviaste
al mundo, así yo los envío también al mundo.
Mt 28, 19: Id, pues, y haced
discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo.
Mc 16, 15: Él les preguntó: “¿Y
vosotros, quién decís que soy yo?”.
Dicho esto, sopló y les
dijo.
Lc 24, 49: Mirad, yo voy a
enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros por vuestra parte,
quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto.
Hch 1, 8: En cambio, recibiréis
la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis
testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra.
Jn 1, 33: Yo no lo conocía,
pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar
el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
¡A quienes perdonéis los
pecados…
Mt 16, 19: Te daré las llaves
del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos,
y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.
Mt 18, 18: En verdad os digo que todo lo
que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en
la tierra, quedará desatado en los cielos.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
20 20 Lc 24, 39 tiene una perspectiva
más apologética. Aquí se trata de poner de relieve la continuidad entre el
Jesús que ha sufrido y el que está para siempre con ellos (ver Hb 2, 18). El
Señor glorioso de la Iglesia no es otro que Jesús crucificado.
20 22 El soplo de Jesús simboliza al
Espíritu (en hebreo: soplo) principio de vida. Igual verbo raro que en Gn 2, 7:
Cristo resucitado da a los discípulos el Espíritu que realiza como una
recreación de la humanidad. Poseyendo desde ahora este principio de vida el
hombre ha pasado de la muerte a la vida y no morirá jamás. Es el principio de
una escatología ya realizada. Para Pablo (al menos en sus primeras cartas) esta
recreación de la humanidad no se producirá hasta la vuelta de Cristo.
20 23 Jn hace suya una fórmula
tradicional que es necesario entender en la medida de lo posible, en el marco
de su propia teología: los discípulos perdonarán o retendrán los pecados en la
medida en que prolonguen la misión de Jesús en el mundo. Las tradiciones
católica y ortodoxa piensan que el poder de perdonar los pecados incumbe a los
miembros del colegio apostólico, al que se encomienda en comunión con Jesús, la
tarea pastoral. Para la tradición reformada, este poder y esta tarea pastoral
compiten a todos los discípulos, es decir: a los creyentes de todos los tiempos
y no a Pedro en particular o a un determinado orden sacerdotal. Escuchando su
testimonio los hombres creerán (serán perdonados sus pecados) o se
escandalizarán (se juzgarán a si mismos; sus pecados quedarán retenidos).
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
19 El primero de [la] semana.
Estando candadas …. las puertas
llegó…: el
cuerpo glorioso y “espiritualizado” de Jesús queda fuera de las leyes físicas
del mundo material (cf. 1 Cor 15, 44).
20 Les enseñó… las heridas de las manos y
del costado, signos de identificación; el resucitado es el mismo que fue
crucificado. Y las huellas transfiguradas del sufrimiento anterior ya no causan
tristezas.
21-22 Para la impresión de que
resurrección, ascensión, venida del Espíritu y misión de la Iglesia sucedieron
en el mismo día, cf. Lc 24, 51.
Lc 24, 51 El final de Lc está redactado
como si todo hubiera sucedido el mismo día, casi en el mismo instante;
no sólo por razones de brevedad y síntesis, sino porque la resurrección de
Jesús, su exaltación a la derecha del Padre, su reconocimiento como Señor por
la Iglesia naciente, el envío del Espíritu Santo, y la misión universal, son
realidades teológicamente inseparables. En concreto, la resurrección gloriosa
es ya, esencialmente, ascensión; si esta no “añadió” nada a la humanidad
glorificada de Jesús, para los discípulos, en cambio, si fue un hecho
nuevo, que puso fin a la etapa de la comunicación de Cristo perceptible por los
sentidos; y fue además una revelación nueva sobre cuál era, a partir de
entonces, la “situación” de su maestro.
Me envió: el tiempo verbal griego
(perfecto) equivale a “me envió y continúo siendo enviado”.
Sopló: como en una nueva creación, es
necesario “el aliento” (el espíritu) de Dios.
Espíritu Santo: aliento divino, dador de vida
sobrenatural, como el soplo que infundió vida al primer hombre (cf. Gn 2, 7).
sin duda hay que sobreentender dos artículos determinados en el texto griego (“el
Espíritu el Santo), usados por Jn otras veces (cf. 14, 20). Jesús
les comunica el Espíritu Santo, primeramente para suscitar y reafirmar en ellos
la fe en su resurrección (para que vean, e.d., para que crean); y luego,
para hacer que otros vean, quitando la ceguera del pecado.
23 Es verdad de fe definida que las
palabras de Jesús en estos versículos “hay que entenderlas de la potestad de
perdonar y de retener los pecados en el sacramento de la penitencia” (DS 1703 y
1670). “Atar (retener) y desatar” se aplican aquí, concretamente, a los
pecados.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
20, 19-23 Cristo tiene un cuerpo
glorificado con las marcas de la crucifixión en su forma gloriosa como signo de
rotunda victoria. Los cuerpos de los justos serán glorificados del mismo modo
en el juicio final. Cat 645, 659, 690, 1042, 1060.
20, 22-23 Inmediatamente después de la
Resurrección, el último signo de la victoria sobre el pecado y la muerte,
Cristo instituyó el sacramento de la penitencia y la reconciliación otorgando a
los Apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados en su nombre.
Soplando sobre los Apóstoles – denominado a veces como “El Pentecostés de Juan”
– fue un presagio de la venida del Espíritu Santo. Por lo tanto, ellos
recibieron el Espíritu Santo de Cristo y así están facultados para actuar en su
nombre. Para los Apóstoles, los primeros sacerdotes ordenados, el poder de
perdonar los pecados fue una parte vital en su papel de santificar al pueblo.
Al enviarlos al mundo, Jesús les mandó continuar su misión de curación
espiritual a través de los sacramentos del Bautismo y la Penitencia. Creer en
el perdón de los pecados es una declaración esencial del Credo de los Apóstoles
y el Credo de Nicea, que se rezan en la liturgia de la Iglesia. Cat. 730, 858,
976-980, 1287, 1485-1488.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
645 Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas
mediante el tacto y el compartir la comida. Les invita así a reconocer que él
no es un espíritu, pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado
con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y
crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión. Este cuerpo
auténtico y real posee, sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de
un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede
hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere porque su humanidad
ya no está retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino
del Padre. Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de
aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero o “bajo otra figura”
(Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para
suscitar la fe.
659 “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y
se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado
desde el instante de su resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y
sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre.
690 Jesús es Cristo, “ungido”, porque el Espíritu es su Unción y, todo lo que
sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud. Cuando por fin Cristo
es glorificado, puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que
creen en Él: Él les comunica su Gloria, es decir, el Espíritu Santo que lo
glorifica. La misión conjunta se desplegará desde entonces en los hijos
adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de
adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en Él. La noción de la unción
sugiere que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de
la misma manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la
razón ni los sentidos conocen intermediario, así es inmediato el contacto del
Hijo con el Espíritu, de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo con
el Espíritu, de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe
tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto, no hay
parte alguna que esté privada del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la
confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que
las aceptan, viniendo el Espíritu desde todas partes delante de los que se
acercan por la fe” (S. Gregorio de Nisa, Adversus Macedonianos de Spiritu
Sancto).
730 Por fin llega la hora de Jesús: Jesús entrega su espíritu en las manos
del Padre en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo
que, “resucitado de los muertos por la gloria del Padre” (Rm 6, 4), en seguida
da a sus discípulos el Espíritu Santo exhalando sobre ellos su aliento. A
partir de esa hora, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la
misión de la Iglesia: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,
21).
731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la
Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se
manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud. Cristo, el
Señor, derrama profusamente el Espíritu.
732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el
Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en Él: en la
humildad de la carne y en la fe, participan ya en la comunión de la Santísima
Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en
los “últimos tiempos”, el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero
todavía no consumado.
733 “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8.16) y el Amor que es el primer don, contiene
todos los demás. Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5).
734 Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el
primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La comunión
con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a
los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.
735 Él nos da entonces las “arras” o las “primicias” de nuestra herencia: la
vida misma de la Santísima Trinidad que es amar “como él nos ha amado”. Este
amor (la caridad que se menciona en 1 Co 13) es el principio de la vida nueva
en Cristo, hecha posible porque hemos “recibido una fuerza, la del Espíritu
Santo” (Hch 1, 8).
747 El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros,
construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el sacramento de la comunión
de la Santísima Trinidad con los hombres.
Concilio Vaticano II
Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la
tierra, fue envidado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que
santificara continuamente a la Iglesia y de esta manera los creyentes pudieran
ir al Padre a través de Cristo en el mismo Espíritu. Él es el Espíritu de vida,
la fuente de agua que mana para la vida eterna. Por Él, el Padre da la vida a
los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite en Cristo sus cuerpos
mortales. El Espíritu habita en la iglesia y en los corazones de los creyentes
como en un templo, ora en ellos y da testimonio de que son hijos adoptivos. Él
conduce la Iglesia a la verdad total, la une en la comunión y el servicio, la
construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la adorna
con sus frutos. Con la fuerza del Evangelio, el Espíritu rejuvenece a la
Iglesia, la renueva sin cesar y la lleva a la unión perfecta con su esposo. En
efecto, el Espíritu y lka Esposa dicen al Señor Jesús: “¡Ven!” (Ap 22, 17). Así
toda la Iglesia aparece como el pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo (cf. S. Cipriano, S. Agustín y S. Juan Damasceno).
Lumen gentium, 4.
San Agustín
Lo que es el alma respecto al cuerpo del hombre, eso mismo es el Espíritu
Santo respecto al cuerpo de Cristo que es la Iglesia. El Espíritu Santo obra en
la Iglesia lo mismo que el alma en todos los miembros de un único cuerpo.
Sermón 267. I, pg. 650.
¿Y quién dice “Jesús es el Señor” del modo que lo dio a entender el
Apóstol sino aquel que le ama? Muchos lo pronuncian con la lengua y lo arrojan
del corazón y de sus obras, según lo que afirma de ellos el Apóstol: Confiesan
conocer a Dios, pero lo niegan con sus hechos (Tit 1, 16). Por tanto, si
con los hechos se puede negar, también con ellos se puede afirmar. Nadie, pues,
puede decir Señor Jesús de forma provechosa con la mente, con la palabra, con
la obra, con el corazón, con la boca, con los hechos, sino es en el Espíritu
Santo; y de este modo solo lo puede decir el que ama. De este modo decían a los
apóstoles: Señor Jesús. Y si lo decían sin fingimiento, confesándolo con
su voz, con su corazón y con sus hechos, es decir, si lo decían con la verdad,
era porque amaban ciertamente. Y ¿cómo podían amar, sino por el Espíritu Santo?
Con todo, a ellos se les mandaba amarle y guardar sus mandamientos para recibir
al Espíritu Santo, sin cuya presencia en sus almas no podían amar ni guardar
sus mandamientos. No queda más que decir que quien ama tiene consigo al
Espíritu Santo y que teniéndole, merece tenerle más abundantemente, y que
teniéndole con mayor abundancia es más intenso el amor. Los discípulos tenían ya consigo el Espíritu
Santo prometido por el Señor, sin el cual no podían llamarle “Señor”; pero no
lo tenían aún con la plenitud que el Señor prometía. Lo tenían y no lo tenían,
porque aún no lo tenían con la plenitud que debían tenerlo. Lo tenían en
pequeña cantidad, y había de serles dado con mayor abundancia. Lo que tenían
ocultamente, y debían recibirlo manifiestamente, porque es un don mayor del
Espíritu Santo hacer que ellos se diesen cuenta de lo que tenían. [...] ¿Por
qué esa donación manifiesta fue doble? Quizá en atención a los dos preceptos del
amor: el amor de Dios y el amor del prójimo.
Comentarios sobre el evangelio de san Juan 74, 1-2. I, pgs. 652-653.
Los Santos Padres.
[Los discípulos de Cristo] recibieron [el Espíritu]
en tres ocasiones: antes de que Cristo fuera glorificado en la pasión; después
de haber sido glorificado por la resurrección, y después de ascender al cielo.
S. Gregorio Nacianceno, Discurso sobre Pentecostés. IVb, pg. 458.
La causa por la que otorga el Espíritu Santo
primero en la tierra, después de su resurrección, y luego lo envía desde el
cielo, es, a mi juicio, porque la caridad, que ha sido derramada en nuestros
corazones por el Don, nos impulsa al amor de Dios y al amor del prójimo, según
aquellos dos preceptos de los cuales dependen la ley y los profetas. Para
significar esto, el Señor Jesús dio dos veces el Espíritu Santo: la una, en la
tierra, para significar el amor al prójimo; la segunda, desde el cielo, para indicar
el amor de Dios.
S. Agustín, Sobre la Santísima Trinidad, 15, 6, 46. IVb,
pg. 458.
¿Y por medio de quien y por quién era necesario que
el Espíritu fuera concedido sino por medio del Hijo, a quien pertenece el
Espíritu? ¿Cuándo habríamos sido capaces de recibirlo, sino cuando el Logos ha
llegado a ser hombre?
Atanasio, Discursos contra los arrianos, 1. IVb, pg. 460.
San Juan de Ávila
Todos estos [los sacerdotes] tienen por oficio encaminar las ánimas para
el cielo. Sicut misit me Pater, et ego mitto vos (Jn 20, 21). Y, por
tanto, yo saco la conclusión que han de ser ejemplares, y que, si no lo son, se
perderán; porque, si el rey criase un capitán, no satisfaría si fuese soledado.
Ideo vos estis lux mundi, sal terrae (cf. Mt 5, 14.13).
Plática a sacerdotes. I, pg. 852.
Ítem, el mismo Señor dijo a sus apóstoles, cuando instituyó el sacramento
de la penitencia: Cuyos pecados perdonáredes, son perdonados (Jn 20,
23), etc. Y, por consiguiente, se da gracia y justicia por este sacramento,
pues no puede haber perdón de pecados sin que se dé la gracia, la cual es
significada y contenida en todos los siete sacramentos de la Iglesia; y se da a
quien bien los recibe, y con mayor abundancia que la disposición de quien los
recibe, por ser obras privilegiadas, que por la misma obra que son, dan gracia.
Por lo cual debe ser en gran manera reverenciados y usados, como la Iglesia
católica lo cree y nos lo enseña.
Audi, filia (II). I, pg. 630.
No es Dios de flojos; no los cuenta Dios por hijos: Habitabunt recti
cum vultu tuo (Sal 139, 14). ¿Qué hace que me siento con gran flaqueza?
Buscá el remedio donde os vino la llaga; buscad la gracia de Dios: Él os la
dará, que él dio la ley de la gracia para cumplirla: Gavisi sunt discipuli,
viso Domino (Jn 20, 20).
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 189.
Y luego tras este preámbulo, podrá decirles cómo el fin del sacerdote es
sacar almas de pecado, y que para esto Cristo les instituyó en la Iglesia,
según aquello de San Juan, capítulo 20, como el Padre me envió, así os envío
a vosotros. Y pues Cristo fue enviado a sacar almas de pecado, así también
ellos son enviados.
Para el sermón a los clérigos. II, pg. 1044.
Que hallaréis en la Santa Madre Iglesia de tradiciones que no están
escriptas en los Evangelistas, como es la forma de consagrar. Por eso nos dijo
nuestro Señor: “Allá os doy mi Espíritu Santo” (cf. Jn 20, 22); y donde
se infunde este Espíritu Santo y la práctica que procede del Espíritu Santo,
habla Dios y es tradición de Dios. Y por eso, lo que los santos Padres,
alumbrados por el Espíritu Santo, ordenaron, es ordenado de Dios; y por eso se
escribió poco, porque lo remitió a aquellos que fuesen ayuntados en el Espíritu
Santo.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 334.
Materia necesaria y materia voluntaria, ambas son materias. Si queréis
confesar los pecados veniales por las claves del sacramento, son perdonados,
porque son pecados. Nuestro Señor dijo: Los pecados que perdonáredes serán
perdonados (Jn 20, 23), pecados también se entiende veniales, y es materia
voluntaria.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II; pg. 165.
Mirad que dijo Dios a los sacerdotes: Cuyos pecados perdonáredes,
serán perdonados (Jn 20, 23). Dice el confesor: “Yo te absuelvo de todos
pecados”. Asíos a esta palabra: que veis ahí los remedios que Dios dejó para
los que le ofendieren.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 339.
-Por pecado venial no se quita la amistad con Dios; y si pecaste
mortalmente, remedio hay. ¿Quebrantaste la palabra de la castidad, la de no
jurar? Palabra hay con que se suelde y remedie. ¿Qué palabra? Arrepentíos y
confesaos, y con esta palabra se remediará el mal de la otra. Conviene a saber:
Quorum remiseritis peccata (Jn 20, 23). Que, si por pecar habéis de
perder el esperanza, San Pedro Pecó y David. Levantaos, que Dios os da la mano.
Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 456.
–¿Qué día es este? – Día de consolación. – ¿Qué día es hoy? – Hoy es el
día cuando el Consolador vino del cielo a la tierra. – ¿Qué día es hoy, padre?
Este día es tan grande, de tanta dignidad, que quien en él no tiene parte, no
la tiene en ningún otro día de Jesucristo; ya que la muerte de Jesucristo ganó
perdón de pecados, pero sin la gracia que hoy se da, no te aprovecha nada. Ven
acá, ¿qué te aprovecharía que gastases toda tu hacienda por tener una medicina
que mucho vale, si después de habida no la quieres tomar? ¿Qué aprovecha la
medicina no tomada para tu enfermedad? Quedarte has enfermo y hacerte han que
pagues la medicina. Lo que Jesucristo obró, la muerte que Jesucristo pasó, la
costa que hizo, la medicina que obró para tu enfermedad, si quieres tomarla
sanarás, quedarás libre del todo; si no la quieres tomar, haránte que paguen en
el infierno lo que Jesucristo pasó. Si la recibes, Jesucristo quedará muy
contento y pagado de todo cuanto pasó en este mundo; pero si no quieres tener
parte con este día, si no quieres recibir el Espíritu Santo; “Si alguno no
tuviere el Espíritu de Cristo, este tal no es de Jesucristo”, no se puede
salvar (cf. Rm 8, 9).
Salió la sacratísima Virgen a ellos como solía, y esforzólos y dijoles:
“¿Por qué tenéis poca fe en vuestro Maestro y mi Hijo? Él os consolará como lo
ha prometido. ¿No sabéis amados hijos y discípulos de mi sacratísimo Hijo, que
la Ley que se dio en el monte Siná se dio desde a cincuenta días que subieron
de Egipto? Cincuenta días ha que padeció Jesucristo mi Hijo y os sacó del
captiverio del pecado; hoy vendrá el Espíritu Santo. ¿No sabéis también que de
cincuenta años era el jubileo en que los captivos eran libres, y las cosas
vendidas, volvía a sus dueños, y era año de alegría y gran regocijo, año de
perdón, donde se soltaban las deudas? Así, a cincuenta días después de la
pasión vendrá el jubileo, vendrá el Esíritu Santo Consolador, que os remediará
del captiverio en que estáis. Dios os perdonará las deudas, no sólo a vosotros,
pero a todos; porque determinado está que a la misma hora que dio Dios vida al
cuerpo, que le dio Dios ánima, a esa misma hora dará ánima a nuestra ánima. A
las nueve vendrá, no os desmayéis, tened confianza, que vendrá. Sentaros.
Como un desposado que da joyas a su esposa; pero no es aquel desposorio
sino señales: darle manillas en los brazos, darle zarcillos [arete o anillo
de metal, casi siempre precioso, que como adorno llevan algunas mujeres
atravesado en el lóbulo de cada una de las orejas, rae.es] en las orejas.
Así hace el Espíritu Santo: da joyas, da manillas y ajorcas [especie de argolla
(aro grueso, anillo de matrimonio) de oro, plata u otro metal, usada en las
muñecas, brazos o tobillos, rae.es] de
virtudes y de buenas obras en entre ambos brazos, para que el pecador, tan bien
aderezado, le abrace. Da también zarcillos en las orejas, pidiendo atención
para obedecer a lo que al oído allá dentro le dijere; pero no es éste el
matrimonio. Dale los siete dones suyos. Todas estas dádivas son arras y ajuar y
preparación para la venida; dones son el desposado, pero el abrazo no sé qué
es.
Es fuego que quema todas estas cosas y las deshace para que nos puedan
empecer [dañar, rae.es], como a pajuelas. No es más esto delante del
fuego del Espíritu Santo que una pajita liviana, echada en una grandísima
hoguera. Cuando tengas el Espíritu Santo, Él mata todo lo que daña; pero si hay
pajitas, señal es que no hay fuego que las queme. Si estás hermano, sometido a
tus vicios, si estás inclinado a maldades, si tienes en tu corazón pensamientos
de liviandad, si tienes fantasía, todo esto estorba; y todo esto quema el
Espíritu Santo cuando viene, y no hay cosa que no se le resista. Cuando viene
el Espíritu Santo, no basta nadie a resistirle. Ni la mozuela loca que su vida
no era otra cosa sino un continuo pensamiento en cómo se vestiría, y como se
pondría galana, y como se había de afeitar la cara Cuando el Espíritu Santo
viene, hace que la mozuela se huelgue de andar templada en el vestido; ya
escoge las lágrimas como agua maravillosa para la cara, ya tiene humildad,
porque vino el Espíritu Santo.
Esfuerza, hermano, que hoy es día de perdón; hoy se admiten todos; si
quieren conocer sus culpas y dolerse de ellas y confesarse, no hay más. Y tú,
mancebo, ¿piensas que no puedes dejar de pecar y que no te puedes apartar de
ello? Prueba y apártate que hoy es día de perdón; hoy se da fuerza para vender
y derribar aquello que te derribaba; hoy se dan fuerzas, si tú las quieres
tomar para vencer tus pasiones; hoy es el día en el cual prometió Dios de
quitar el corazón de piedra, de quitar la sequedad del alma; hoy es el día en
que da corazones blandos, corazones arrepentidos; hoy es el día en que dará
corazones aparejados para llorar vuestros pecados y saberlos conocer; hoy es el
día en que os dará un soplo, no en las orejas, no en los oídos, no en nada de lo que acá fuera, sino
dentro de vuestros corazones, u9n soplo que os dé vida, un soplo que os dé
fortaleza, un soplo que os dé castidad, un soplo que os dé humildad, un soplo
que os dé caridad y amor y todas las virtudes, un soplo que refresque vuestras
ánimas.
Plegue el Espíritu Santo, por los merecimientos de Jesucristo, y por
aquella sangre que derramó en la cruz por nosotros, tenga por bien venir en
nuestros corazones y sanar nuestras ánimas, alumbrar nuestros entendimientos,
para que conozcamos a Dios, y enderezar nuestra voluntad para solamente amar a
Dios y se olvidar de las cosas del suelo, y soportar nuestra carne, y darnos
humildad, castidad y caridad para con nuestros prójimos, y darnos sus siete
dones, para que teniendo su gracia nos dé la gloria.
Sermón del Lunes de Pentecostés. III, pgs. 378-386
A cuando se os muere algún hijo chiquito, que lloráis y dais gritos. ¿Y
de qué lloráis? Si el niño supiese hablar, diría: “¿No lloréis, madre, mas
gozaos de mi bien, que voy a gozar a Dios”. ¿Qué sentiremos de esta subida de
Cristo a lo alto? Dijo en otra parte a la Magdalena: Decid a mis hermanos
que subo al Padre mío y al Padre vuestro, al Dios mío y al Dios vuestro (cf.
Jn 20, 19).
Sermón del Jueves de la Ascensión. III, pg. 229.
Sicut me misit (cf. Jn 20, 21). No fue desamor de mi Padre, ni mío, enviaros a predicar
mi nombre, poneros a fuerza e violencia del mundo. Para tan gran hecho gran
ayuda: Accipite Spiritum Sanctum (Jn 20, 23). Extraña largueza, que
aquel poder que hasta aquel punto ante Dios quería dar a entender que Dios le
tenía, no usó de él: que un hombre pueda abrir e cerrar el cielo.
Sermón del martes de Pascua. III, pg. 227.
Y a quien le pareciere pequeña la autoridad de ellos, oiga la palabra de
Cristo nuestro Redemptor, que dice: Cuyos pecados perdonáredes, serán
perdonados; y los que retuviéredes, serán retenidos (Jn 20, 23). En las
cuales palabras instituyó el santísimo sacramento de la Penitencia.
Sermón del Santísimo Sacramento. III, pg. 657.
Pues ansí lo hizo Jesucristo con nosotros, que nos dio poder para que
negocien con nosotros todo lo que a su hacienda y honra tocare, y que por
soberbio, por sucio, por abominable, por endiablado que sea el hombre, por
deshonra que haya hecho a Dios y con ellos al hombre, dirá Dios: “Id a un
sacerdote, pues le he dado poder para que de mi parte os perdone y absuelva de
todos vuestros pecados, y él os perdonará en mi nombre”. - ¿Quién lo dijo,
padre? ¿Es por ventura Escoto, es San Agustín? – Más que eso, es el mismo
Jesucristo. ¡Bendito Él sea! Amén. A quien perdonáredes sus pecados, serles
han perdonados, etc. (Jn 20, 23).
Sermón de la Octava del Corpus. III, pg. 784.
Cierto es que nació en pobreza y aspereza, y de la misma manera vivió, y
con crecimiento de esto murió. Y habiendo Él traído la embajada del Padre con
este tan humilde aparato, no se agradará que su embajador, pues es de rey
celestial, vaya con aparato de mundo, pues dijo por San Joan: Sicut misit me
Pater, et ego mittam vos (Jn 20, 21). El corazón ardiendo en celo de la
honra del Padre y de la salvación de las ánimas le trajo al mundo. Y aquel gran
fuego del celo de la casa de Dios quemó todo el aparato mundano, que, pesado
con justas balanzas, no es sino pajas, y donde hay fuego de amor de Dios, luego
son quemadas con gran ligereza. No piense vuestra señoría persuadir a nadie
reformación, si él no va reformado.
A un obispo de Córdoba. IV, pg. 603.
Diga misa cada día, aunque no sienta devoción, y confiese a no más tardar
de tres a tres días, con profundo conocimiento de sus males y crédito que son
muy más y mayores que él conoce y con entera fe y devoción en este sacramento,
por la palabra del Señor: Quorum remiseritis peccata, etc. (Jn 20, 23),
y si Dios le da luz con que se conozca y fe para esta palabra, serle ha este
sacramento grandísima dulcedumbre y seguridad. Si alguna persona le importunare
mucho que la confiese, hágalo con aquel aparejo como cuando va a decir misa; y
no querría que fuesen mujeres ni que fuesen muchos, sino a alguna cosa
particular que pareca mandarla Dios.
A un predicador. IV, pg. 39.
San Oscar Romero.
Sentimos que nos reprocha nuestras cobardías, pero somos capaces de
superar esas cobardías. Sentimos que sopla fuertemente para hacernos más
valientes y somos cobardes y hasta traidores y mentimos cuando él es el
Espíritu de la verdad. No debían llamarse cristianos aquellos que han recibido
el Espíritu Santo y lo están tratando a bofetadas porque sólo viven de la
mentira, de la injusticia, de la calumnia, de la violencia y de todo aquello
que es reprimir la vida del Espíritu.
Homilía, 14 de mayo de 1978.
Papa León XIV. Regina Caeli. 17 de
mayo de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy, en
muchos países del mundo, se celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor.
La
imagen de Jesús que —como narra el texto bíblico (cf. Hch 1,1)—,
elevándose desde la tierra sube al cielo, puede hacernos percibir este Misterio
como un acontecimiento lejano. En realidad, no es así. Nosotros, de
hecho, estamos unidos a Jesús como los miembros a la cabeza, en un solo
cuerpo, y su ascensión al cielo nos atrae también, con Él, hacia
la plena comunión con el Padre. San Agustín decía a este propósito: «El que
la cabeza vaya delante es garantía para los miembros» (Sermón 265,
1.2).
Toda
la vida de Cristo es un dinamismo ascendente, que abraza y envuelve, a través de su humanidad, todo el escenario del
mundo, elevando y redimiendo al hombre de su condición de pecado, llevando luz,
perdón y esperanza allí donde había tinieblas, injusticia y desesperación, para
llegar a la victoria definitiva de la Pascua, en la que el Hijo de Dios
«muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida» (Prefacio
de Pascua I).
La
Ascensión, entonces, no nos
muestra una promesa lejana, sino un vínculo vivo, que nos atrae también
a nosotros hacia la gloria celestial, ampliando y elevando —ya desde esta
vida— nuestro horizonte y acercando cada vez más nuestro modo de pensar, de
sentir y de actuar a la medida del corazón de Dios.
Nosotros
conocemos el camino de este itinerario ascendente (cf. Jn 14,1-6). Lo encontramos
en Jesús, en la entrega de su vida, en sus ejemplos y en sus enseñanzas,
como también vemos sus huellas en la Virgen María y en los santos:
aquellos que la Iglesia ofrece como modelo universal y aquellos —como le
gustaba decir al Papa Francisco— «de la puerta de al lado» (Exhort.
ap. Gaudete
et exsultate, 7), con los que vivimos cada día —papás, mamás, abuelos,
personas de todas las edades y condiciones—, que con alegría y compromiso se
esfuerzan sinceramente por vivir según el Evangelio.
Con
ellos, con su apoyo y gracias a su oración, podemos aprender también
nosotros a subir día a día hacia el cielo, haciendo objeto de nuestros
pensamientos, como dice san Pablo, “todo lo que es verdadero, justo,
amable” (cf. Flp 4,8) y poniendo en práctica, con la ayuda
de Dios, lo que hemos «oído y visto» (v. 9), haciendo crecer, en
nosotros y en nuestro entorno, la vida divina que recibimos en el bautismo
y que nos impulsa constantemente hacia lo alto, hacia el Padre, y difundiendo
en el mundo frutos preciosos de comunión y de paz.
Que nos
ayude la Virgen María, Reina del Cielo, que en todo momento ilumina y guía
nuestro caminar.
Papa León XIV. Audiencia general. 13
de mayo de 2026. Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium.
9. La Virgen María, modelo de la Iglesia
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
El Concilio
Vaticano II quiso dedicar el último capítulo de la Constitución
dogmática sobre la Iglesia a la Virgen María (cfr Lumen
gentium, 52-69). Ella «proclamada como miembro excelentísimo y
enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la
misma en la fe y en la caridad» (n. 53). Estas palabras nos invitan a
comprender cómo en María, que bajo la acción del Espíritu Santo ha acogido y
generado al Hijo de Dios hecho carne, se puedan reconocer tanto el modelo,
como el miembro excelente y la madre de toda la comunidad eclesial.
Al dejarse moldear por la obra de la Gracia, venida a cumplirse en Ella, y
al acoger el don del Altísimo con su fe y su amor virginal, María es el
modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser: criatura de la
Palabra del Señor y madre de los hijos de Dios, generados en la docilidad a
la acción del Espíritu Santo. En cuanto que, además, es la creyente por
antonomasia, donde se nos ofrece la forma perfecta de la apertura
incondicional al misterio divino en la comunión del pueblo santo de Dios,
María es miembro excelente de la comunidad eclesial. En cuanto que,
finalmente, genera hijos en el Hijo, amados en el eterno Amado venido entre
nosotros, María es madre de toda la Iglesia, que a Ella puede
dirigirse con filial confianza, en la certeza de ser escuchada, custodiada y
amada.
Se podría expresar el conjunto de estas características de la Virgen María
hablando de Ella como de la mujer icono del Misterio. Con el término
mujer se evidencia la concreción histórica de esta joven hija de Israel,
a quien se le ha dado la extraordinaria experiencia de convertirse en madre
del Mesías. Con la expresión icono se subraya que en Ella se cumple el
doble movimiento de descenso y ascenso: en Ella resplandecen tanto la
elección gratuita por parte de Dios, como el libre consentimiento de
la fe en Él. María es por tanto la mujer icono del Misterio, es decir del diseño
divino de salvación, en una época oculto y revelado en plenitud en
Jesucristo.
El Concilio nos ha dejado una clara enseñanza sobre el lugar reservado a la
Virgen María en la obra de la Redención (cfr Lumen
gentium, 60-62). Ha recordado que el único Mediador de
salvación es Jesucristo (cfr 1 Tm 2,5-6) y que su Madre
Santísima «no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de
Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder» (LG,
60). Al mismo tiempo, «la Santísima Virgen, predestinada desde toda la
eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, […]
cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la
obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de
restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el
orden de la gracia» (ibid.,
61).
En la Virgen María se refleja también el misterio de la Iglesia: en Ella el pueblo de Dios encuentra
representado su origen, su modelo y su patria. En la Madre del Señor la
Iglesia contempla el propio misterio, no solo porque se reencuentra el modelo
de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza
esponsal, a la que está llamada, sino también y sobre todo porque reconoce
en ella el propio arquetipo, la figura ideal de lo que está
llamada a ser.
Como se puede ver, las reflexiones sobre la Virgen María recogidas en
la Lumen
gentium, nos enseñan a amar a la Iglesia y a servir en ella al
cumplimiento del Reino de Dios que está por venir y que se realizará
plenamente en la gloria.
Dejémonos pues interpelar por tal modelo sublime que es María, Virgen y Madre, y pidámosle a Ella que nos
ayude con su intercesión a responder a cuanto se nos pide a través de su
ejemplo: ¿vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia?
¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a
su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre
de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?
Hermanas y hermanos, el Espíritu Santo, que descendió sobre María e
invocado por nosotros con humildad y confianza, nos done vivir plenamente estas
realidades maravillosas. Y, después de haber profundizado en la Constitución Lumen
gentium, pidamos a la Virgen que nos conceda este don: crezca en todos
nosotros el amor por la Santa Madre Iglesia. ¡Así sea!
Papa Francisco. Regina Caeli. 28 de mayo de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, solemnidad de Pentecostés, el Evangelio nos lleva al Cenáculo, donde
los apóstoles se habían refugiado tras la muerte de Jesús (Jn 20,19-23).
El Resucitado, en la tarde de Pascua, se presenta precisamente en aquella
situación de miedo y angustia y, soplando sobre ellos, les dice: “Reciban el
Espíritu Santo” (v. 22). Así, con el don del Espíritu, Jesús quiere liberar
a los discípulos del miedo, de ese miedo que los mantiene encerrados en
sus casas, y los libera para que puedan salir y convertirse en testigos y
anunciadores del Evangelio. Detengámonos un poco sobre esto que hace el
Espíritu: libera del miedo.
Los discípulos habían cerrado las puertas, dice el Evangelio, “por miedo”
(v. 19). La muerte de Jesús les había desanimado, sus sueños se habían hecho
añicos, sus esperanzas se habían desvanecido. Y se habían encerrado. No solo
en aquella pequeña habitación, sino en su interior, en su corazón. Quisiera
subrayar esto: encerrados. ¿Cuántas veces nos encerramos
en nosotros mismos? ¿Cuántas veces, por alguna situación difícil, por algún
problema personal o familiar, por el sufrimiento que padecemos o por el mal que
respiramos a nuestro alrededor, corremos el riesgo de caer poco a poco en la
pérdida de la esperanza y nos falta el valor para seguir adelante? Muchas
veces sucede esto. Entonces, como los apóstoles, nos encerramos en nosotros
mismos, atrincherándonos en el laberinto de las preocupaciones.
Hermanos y hermanas, este “encerrarnos en nosotros mismos” sucede cuando,
en las situaciones más difíciles, permitimos que el miedo tome el control y
levante la voz dentro de nosotros. Cuando entra el miedo, nosotros nos
cerramos. La causa, entonces, es el miedo: miedo a
no ser capaces de enfrentar algo, a estar solos ante las batallas cotidianas, a
arriesgarse y luego decepcionarse, a tomar decisiones equivocadas.
Hermanos, hermanas, el miedo bloquea, el miedo paraliza. Y
también aísla: pensemos en el miedo hacia el otro, al
extranjero, al diferente, al que piensa distinto. E incluso puede haber miedo
a Dios: miedo a que me castigue, a que se enfade conmigo... Si damos
espacio a estos falsos miedos, se cierran las puertas: las puertas del
corazón, las puertas de la sociedad, ¡e incluso las puertas de la Iglesia!
Donde hay miedo, hay cerrazón. Y eso no está bien.
El Evangelio, sin
embargo, nos ofrece el remedio del Resucitado: el Espíritu Santo.
Él libera de las prisiones del miedo. Al recibir el Espíritu —lo celebramos
hoy—, los apóstoles abandonan el Cenáculo y salen al mundo para perdonar los
pecados y proclamar la Buena Nueva. Gracias a Él, se vencen los miedos y se
abren las puertas. Porque esto es lo que hace el Espíritu: nos hace
sentir la cercanía de Dios y así su amor echa fuera el temor, ilumina el
camino, consuela, sostiene en la adversidad. Ante los temores y las
cerrazones invoquemos al Espíritu Santo para nosotros, para la Iglesia y
para el mundo entero: para que un nuevo Pentecostés ahuyente los miedos que nos
asaltan y reavive el fuego del amor de Dios.
Que María Santísima, la primera que fue colmada del Espíritu Santo,
interceda por nosotros.
Papa Francisco. Regina Caeli. 31
de mayo de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Ahora que la plaza está abierta, podemos volver.
¡Es un placer!
Hoy celebramos la gran fiesta de Pentecostés, en
memoria de la efusión del Espíritu Santo sobre la primera Comunidad Cristiana.
El Evangelio de hoy (cf. Juan 20, 19-23) nos remite a la tarde de Pascua y nos
muestra a Jesús resucitado que se aparece en el Cenáculo, donde se refugiaron
los discípulos. Tenían miedo. «Se presentó en medio de ellos y les dijo: “La
paz con vosotros”» (v. 19). Estas primeras palabras que pronuncia el
Resucitado: «La paz con vosotros», se deben considerar más que un
saludo: expresan el perdón, el perdón concedido a los discípulos que, a
decir verdad, lo habían abandonado. Son palabras de reconciliación y perdón. Y
nosotros también, cuando deseamos la paz a los demás, estamos dando el
perdón y pidiendo perdón también. Jesús ofrece su paz precisamente a estos
discípulos que tienen miedo, a los que les cuesta creer lo que han visto, es
decir, la tumba vacía, y que subestiman el testimonio de María Magdalena y de
las otras mujeres. Jesús perdona, siempre perdona, y ofrece su paz a sus
amigos. No lo olvidéis: Jesús nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros
los que nos cansamos de pedir perdón.
Al perdonar y reunir a los discípulos en torno a Sí
mismo, Jesús hace de ellos una Iglesia, su Iglesia, que es una comunidad
reconciliada y lista para la misión. Reconciliados y listos para la misión. Cuando
una comunidad no está reconciliada, no está lista para la misión: está lista
para discutir dentro de sí misma, está lista para las [discusiones]
internas. El encuentro con el Señor Resucitado transforma la existencia de los
Apóstoles y los convierte en valientes testigos. De hecho, inmediatamente
después dice: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (v. 21). Estas
palabras dejan claro que los Apóstoles son enviados a prolongar la misma misión
que el Padre ha confiado a Jesús. «Os envío»: no es tiempo de encerrarse, ni
de lamentarse: de lamentarse recordando los “buenos tiempos”, el tiempo
pasado con el Maestro. La alegría de la Resurrección es grande, pero es
una alegría expansiva, que no debe guardarse para sí mismo, es para
darla. En los domingos del Tiempo pascual escuchamos primero este
mismo episodio, luego el encuentro con los discípulos de Emaús,
seguidamente el Buen Pastor, los discursos de despedida y la promesa
del Espíritu Santo: todo ello está orientado a fortalecer la fe de los
discípulos —y también la nuestra— en vista de la misión.
Y precisamente para animar la misión, Jesús da a
los Apóstoles su Espíritu. El Evangelio dice: «Sopló sobre ellos y les
dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (v. 22). El Espíritu Santo es fuego que
quema los pecados y crea hombres y mujeres nuevos; es fuego de amor con
el que los discípulos pueden “incendiar el mundo”, ese amor tierno que
prefiere a los pequeños, a los pobres, a los excluidos... En los sacramentos
del Bautismo y de la Confirmación hemos recibido el Espíritu Santo con sus dones:
sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios.
Este último don —el temor de Dios— es precisamente lo contrario del miedo
que antes paralizaba a los discípulos: es el amor al Señor, es la
certeza de su misericordia y bondad, es la confianza de que podemos avanzar
en la dirección indicada por Él, sin perder nunca su presencia y su apoyo.
La fiesta de Pentecostés renueva la conciencia de
que la presencia vivificante del Espíritu Santo habita en nosotros. También nos da
el coraje de salir de las cuatro paredes protectoras de nuestros “cenáculos”,
de los grupos pequeños, sin acomodarnos en una vida tranquila o encerrarnos en
hábitos estériles. Ahora elevemos nuestros pensamientos a María. Ella
estaba allí, con los Apóstoles, cuando vino el Espíritu Santo, protagonista con
la primera Comunidad de la admirable experiencia de Pentecostés, y le rogamos
que obtenga para la Iglesia el ardiente espíritu misionero.
Papa Francisco. Regina Caeli. 4 de
junio de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, fiesta de Pentecostés, se publica mi Mensaje
para la próxima Jornada Misionera Mundial, que se celebra cada año en el
mes de octubre. El tema es: La misión en el corazón de la fe cristiana.
El Espíritu Santo sostenga la misión de la Iglesia en el mundo entero y
dé fuerza a todos los misioneros y misioneras del Evangelio. El espíritu
done paz al mundo entero; sane las llagas de la guerra y del
terrorismo, que también esta noche, en Londres, ha golpeado a civiles
inocentes: rezamos por las víctimas y sus familiares. Os saludo a todos
vosotros, peregrinos provenientes de Italia y de tantas partes del mundo, que
habéis participado en esta celebración. En particular a los grupos de la Renovación
Carismática Católica, que celebra el 50° aniversario de su fundación, y
también a los hermanos y hermanas de otras confesiones cristianas que se unen a
nuestra oración. Saludo a las Hijas de María Auxiliadora de los países
latinoamericanos. Saludo y doy las gracias al coro y la orquesta de los jóvenes
de Carpi, que han interpretado algunos cantos durante esta Santa Misa, en
colaboración con la Capilla Sixtina. Invocamos ahora la materna intercesión de
la Virgen María. Ella nos obtenga la gracia de ser fuertemente
animados por el Espíritu Santo, para dar testimonio de Cristo con franqueza
evangélica.
Papa Francisco. Regina Caeli. 8 de junio de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La fiesta de Pentecostés conmemora la efusión del Espíritu Santo sobre los
Apóstoles reunidos en el Cenáculo. Como la Pascua, es un acontecimiento que
tuvo lugar durante la preexistente fiesta judía, y que se realiza de modo
sorprendente. El libro de los Hechos de los Apóstoles describe los signos y los
frutos de esa extraordinaria efusión: el viento fuerte y las llamas de fuego;
el miedo desaparece y deja espacio a la valentía; las lenguas se desatan y
todos comprenden el anuncio. Donde llega el Espíritu de Dios, todo renace y se
transfigura. El acontecimiento de Pentecostés marca el nacimiento de la
Iglesia y su manifestación pública; y nos impresionan dos rasgos: es una
Iglesia que sorprende y turba.
Un elemento fundamental de Pentecostés es la sorpresa.
Nuestro Dios es el Dios de las sorpresas, lo sabemos. Nadie se esperaba ya
nada de los discípulos: después de la muerte de Jesús formaban un
grupito insignificante, estaban desconcertados, huérfanos de su
Maestro. En cambio, se verificó un hecho inesperado que suscitó admiración:
la gente quedaba turbada porque cada uno escuchaba a los discípulos hablar en
la propia lengua, contando las grandes obras de Dios (cf. Hch 2,
6-7.11). La Iglesia que nace en Pentecostés es una comunidad que suscita
estupor porque, con la fuerza que le viene de Dios, anuncia un mensaje nuevo
—la Resurrección de Cristo— con un lenguaje nuevo —el lenguaje universal del
amor. Un anuncio nuevo: Cristo está vivo, ha resucitado; un lenguaje nuevo:
el lenguaje del amor. Los discípulos están revestidos del poder de lo alto y
hablan con valentía —pocos minutos antes eran todos cobardes, pero ahora
hablan con valor y franqueza, con la libertad del Espíritu Santo.
Así está llamada a ser siempre la Iglesia: capaz de sorprender anunciando a
todos que Jesús el Cristo ha vencido la muerte, que los brazos de Dios están
siempre abiertos, que su paciencia está siempre allí esperándonos para
sanarnos, para perdonarnos. Precisamente para esta misión Jesús resucitado
entregó su Espíritu a la Iglesia.
Atención: si la Iglesia está viva, debe sorprender siempre.
Sorprender es característico de la Iglesia viva. Una Iglesia que no tenga la
capacidad de sorprender es una Iglesia débil, enferma, moribunda, y debe ser
ingresada en el sector de cuidados intensivos, ¡cuanto antes!
Alguno, en Jerusalén, hubiese preferido que los discípulos de Jesús,
bloqueados por el miedo, se quedaran encerrados en casa para no crear turbación.
Incluso hoy muchos quieren esto de los cristianos. El Señor resucitado, en
cambio, los impulsa hacia el mundo: «Como el Padre me ha enviado, así también
os envío yo» (Jn 20, 21). La Iglesia de Pentecostés es una
Iglesia que no se resigna a ser inocua, demasiado «destilada». No, no se
resigna a esto. No quiere ser un elemento decorativo. Es una Iglesia que no
duda en salir afuera, al encuentro de la gente, para anunciar el mensaje que se
le ha confiado, incluso si ese mensaje molesta o inquieta las conciencias,
incluso si ese mensaje trae, tal vez, problemas; y también, a veces, nos
conduce al martirio. Ella nace una y universal, con una identidad precisa,
pero abierta, una Iglesia que abraza al mundo pero no lo captura; lo deja
libre, pero lo abraza como la columnata de esta plaza: dos brazos que se abren
para acoger, pero no se cierran para retener. Nosotros, los cristianos
somos libres, y la Iglesia nos quiere libres.
Nos dirigimos a la Virgen María, que en esa mañana de Pentecostés estaba en
el Cenáculo, y la Madre estaba con los hijos. En ella la fuerza del Espíritu
Santo realizó verdaderamente «obras grandes» (Lc 1, 49). Ella misma
lo había dicho. Que Ella, Madre del Redentor y Madre de la Iglesia, nos alcance
con su intercesión una renovada efusión del Espíritu de Dios sobre la Iglesia y
sobre el mundo.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 12 de junio de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
La solemnidad de Pentecostés, que hoy celebramos, concluye el tiempo
litúrgico de Pascua. En efecto, el Misterio pascual —la pasión, muerte y
resurrección de Cristo y su ascensión al Cielo— encuentra su cumplimiento en la
poderosa efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos junto con
María, la Madre del Señor, y los demás discípulos. Fue el «bautismo» de la
Iglesia, bautismo en el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 5). Como
narran los Hechos de los Apóstoles, en la mañana de la fiesta
de Pentecostés, un estruendo como de viento llenó el Cenáculo, y sobre cada uno
de los discípulos se posaron lenguas como de fuego (cf. Hch 2,
2-3). San Gregorio Magno comenta: «Hoy el Espíritu Santo descendió con sonido
repentino sobre los discípulos y cambió las mentes de seres carnales dentro de
su amor, y mientras aparecían en el exterior lenguas de fuego, en el interior
los corazones se volvieron llameantes, pues, acogiendo a Dios en la visión
del fuego, ardieron suavemente de amor» (XXX, 1: CCL 141, 256). La voz
de Dios diviniza el lenguaje humano de los Apóstoles, los cuales se
volvieron capaces de proclamar de modo «polifónico» el único Verbo divino. El
soplo del Espíritu Santo llena el universo, genera la fe, arrastra a la verdad,
prepara la unidad entre los pueblos. «Al oírse este ruido acudió la
multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia
lengua» de las «maravillas de Dios» (Hch 2, 6.11).
El beato Antonio Rosmini explica que «en el día del Pentecostés de los
cristianos Dios promulgó... su ley de caridad, escribiéndola por medio del
Espíritu Santo no sobre tablas de piedra, sino en el corazón de los Apóstoles,
y comunicándola después a toda la Iglesia por medio de los Apóstoles» (Catechismo
disposto secondo l'ordine delle idee., n. 737, Turín 1863). El
Espíritu Santo, «Señor y dador de vida» —como rezamos en el Credo—,
está unido al Padre por el Hijo y completa la revelación de la Santísima
Trinidad. Proviene de Dios como soplo de su boca y tiene el poder de
santificar, abolir las divisiones y disolver la confusión debida al pecado.
Incorpóreo e inmaterial, otorga los bienes divinos, sostiene a los seres
vivos, para que actúen en conformidad con el bien. Como Luz inteligible da
significado a la oración, da vigor a la misión evangelizadora, hace arder los
corazones de quien escucha el alegre mensaje, inspira el arte cristiano
y la melodía litúrgica.
Queridos amigos, el Espíritu Santo, que crea en nosotros la fe en el
momento de nuestro Bautismo, nos permite vivir como hijos de Dios, conscientes
y convencidos, según la imagen del Hijo Unigénito. También el poder de perdonar
los pecados es don del Espíritu Santo; de hecho, al aparecerse a los Apóstoles
la tarde de Pascua, Jesús sopló su aliento sobre ellos y dijo: «Recibid el
Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,
23). A la Virgen María, templo del Espíritu Santo, encomendamos la Iglesia,
para que viva siempre de Jesucristo, de su Palabra, de sus mandamientos, y bajo
la acción perenne del Espíritu Paráclito anuncie a todos que «¡Jesús es Señor!»
(1 Co 12, 3).
Benedicto XVI. Regina Caeli. 11 de mayo de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la solemnidad
de Pentecostés, antigua fiesta judía en la que se recordaba la Alianza
sellada por Dios con su pueblo en el monte Sinaí (cf. Ex 19).
Se convirtió también en fiesta cristiana precisamente por lo que sucedió en esa
ocasión, cincuenta días después de la Pascua de Jesús. Leemos en los Hechos
de los Apóstoles que los discípulos estaban reunidos en oración en el
Cenáculo cuando descendió sobre ellos con fuerza el Espíritu Santo, como viento
y fuego. Entonces se lanzaron a anunciar en muchas lenguas la buena nueva de la
resurrección de Cristo (cf. Hch 2, 1-4). Ese fue el «bautismo
en el Espíritu Santo», que había sido anunciado por Juan Bautista: «Yo os
bautizo en agua —decía a las multitudes—, pero aquel que viene detrás de mí es
más fuerte que yo. (...) Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,
11).
En efecto, toda la misión de Jesús estaba orientada a donar el Espíritu de
Dios a los hombres y a bautizarlos en su "baño" de regeneración. Esto
se realizó con su glorificación (cf. Jn 7, 39), es decir,
mediante su muerte y resurrección. Entonces el Espíritu de Dios se derramó
de modo sobreabundante, como una cascada capaz de purificar todos los
corazones, de apagar el incendio del mal y de encender en el mundo el fuego del
amor divino.
Los Hechos de los Apóstoles presentan Pentecostés como
cumplimiento de esa promesa y, por tanto, como coronamiento de toda la misión
de Jesús. Él mismo, después de su resurrección, ordenó a los discípulos que
permanecieran en Jerusalén, porque —dijo— «vosotros seréis bautizados en el
Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hch 1, 5); y añadió:
«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la
tierra» (Hch 1, 8).
Por tanto, Pentecostés es, de modo especial, el bautismo de la
Iglesia que emprende su misión universal comenzando por las calles de
Jerusalén, con la prodigiosa predicación en las diversas lenguas de la
humanidad. En este bautismo de Espíritu Santo son inseparables las
dimensiones personal y comunitaria, el "yo" del discípulo y el
"nosotros" de la Iglesia. El Espíritu consagra a la persona y, al
mismo tiempo, la convierte en miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo,
partícipe de la misión de testimoniar su amor. Y esto se realiza mediante los
sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo y la Confirmación.
En mi Mensaje
para la próxima Jornada mundial de la juventud de 2008 propuse a los
jóvenes que redescubran la presencia del Espíritu Santo en su vida y, por
tanto, la importancia de estos sacramentos. Hoy quisiera extender esta
invitación a todos: redescubramos, queridos hermanos y hermanas, la belleza de
haber sido bautizados en el Espíritu Santo; volvamos a tomar conciencia de
nuestro Bautismo y de nuestra Confirmación, manantiales de gracia siempre
actual.
Pidamos a la Virgen María que obtenga también hoy para la Iglesia un
renovado Pentecostés, que infunda en todos, de modo especial en los jóvenes, la
alegría de vivir y testimoniar el Evangelio.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 15 de
mayo de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
Ante todo, pido disculpas por mi gran retraso. He tenido la gracia de poder
ordenar hoy, día del Espíritu Santo, a veintiún sacerdotes para la diócesis de
Roma. Y, como es natural, esta cosecha de Dios dura también un poco de tiempo.
¡Gracias por vuestra comprensión!
Acaba de concluir esta
celebración eucarística, durante la cual he tenido la alegría de ordenar a
veintiún nuevos sacerdotes. Es un acontecimiento que marca un momento
importante de crecimiento para nuestra comunidad. En efecto, recibe vida de los
ministros ordenados, sobre todo mediante el servicio de la palabra de Dios y de
los sacramentos. Por tanto, se trata de un día de fiesta para la Iglesia de
Roma. Y para los nuevos sacerdotes este es, de modo especial, su Pentecostés:
les renuevo mi saludo y oro para que el Espíritu Santo acompañe siempre su ministerio.
Demos gracias a Dios por el don de los nuevos presbíteros, y pidamos para que
en Roma, así como en el mundo entero, florezcan y maduren numerosas y santas
vocaciones sacerdotales.
La feliz coincidencia entre Pentecostés y las ordenaciones presbiterales me
invita a destacar el vínculo indisoluble que existe, en la Iglesia, entre el
Espíritu y la institución. Ya aludí a él el sábado pasado, al tomar posesión de
la cátedra de Obispo de Roma, en San Juan de Letrán. La cátedra y el
Espíritu son realidades íntimamente unidas, como lo son el carisma y el
ministerio ordenado. Sin el Espíritu Santo, la Iglesia se reduciría a
una organización meramente humana, agobiada por sus mismas estructuras.
Pero, a su vez, en los planes de Dios, el Espíritu se sirve habitualmente
de las mediaciones humanas para actuar en la historia. Precisamente por esto, Cristo,
que constituyó su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles reunidos en
torno a Pedro, la enriqueció también con el don de su Espíritu, para que a
lo largo de los siglos la conforte (cf. Jn 14, 16) y la
guíe hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13). Ojalá
que la comunidad eclesial permanezca siempre abierta y dócil a la acción del
Espíritu Santo para ser entre los hombres signo creíble e instrumento eficaz de
la acción de Dios.
Encomendemos este deseo a la intercesión de la Virgen María, a quien hoy
contemplamos en el misterio glorioso de Pentecostés. El Espíritu Santo, que en
Nazaret había descendido sobre ella para convertirla en Madre del Verbo
encarnado (cf. Lc 1, 35), ha descendido hoy sobre la Iglesia
naciente reunida en torno a ella en el Cenáculo (cf. Hch 1,
14). Invoquemos con confianza a María santísima, para que obtenga una renovada
efusión del Espíritu sobre la Iglesia de nuestros días.
DOMINGO
DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Monición de entrada.-
Dios nos invita a la misa.
Y comenzamos la misa en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Hoy es la fiesta de la Santísima Trinidad,
el domingo que dedicamos a pensar en ella.
En Dios que es una familia de personas que
se quieren desde siempre y para siempre.
Señor, ten piedad.-
A ti el Hijo
de Dios vivo te pedimos. Señor, ten piedad.
A ti la cara
viva de Dios Padre, te pedimos. Cristo,
ten piedad.
A ti el que
tiene el Espíritu Santo, te pedimos. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa Francisco y el obispo Enrique; para que los tres
estéis siempre en sus corazones. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por todos los cristianos;
para que estemos unidos y nos queramos. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por los musulmanes y los
judíos; para que les ayudes a querer mucho a Dios. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por los que no creen en
ti; para que les ayudes a querer a los demás. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros; para que
seamos una sola familia. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
María, queremos darte las gracias por
decir sí a Dios y así hacer que el Hijo de Dios pudiese tener una cara como la
nuestra.
BIBLIOGRAÍA.
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Madrid. 2016.
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Merino Rodríguez, Marcelo, dr. ed. en español. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia.
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