Primera lectura.
Lectura del libro del
Éxodo 22, 20-26
Esto dice el Señor:
No maltratarás ni
oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de
Egipto. No explotarás a viudas ni a forasteros. Si los explotas y gritan a mí,
yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira y os mataré a espada; vuestras
mujeres quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a alguien
de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero
cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo
devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su
cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé,
porque yo soy compasivo.
Textos paralelos.
No maltratarás al forastero.
Ex 12, 48: La misma ley
vale para el indígena y para el inmigrante que vive con vosotros.
Lv 19, 33: Cuando un
emigrante se establezca con vosotros en vuestro país, no lo oprimiréis.
Dt 10, 18s: Hace
justicia al huérfano y a la viuda, ama al emigrante, dándole pan y vestido.
Dt 24, 17s.: No
defraudarás el derecho del emigrante y del huérfano ni tomarás en prenda las
ropas de la viuda; recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que allí te redimió
el Señor, tu Dios; por eso yo te mando hoy cumplir esta ley. Cuando sigues la
mies de tu campo y olvides en el suelo una gavilla, no vuelvas a recogerla; déjasela
al emigrante, al huérfano y a la viuda, y así bendecirá el Señor todas tus
tareas. Cuando varees tu olivar, no repases las ramas; déjaselas al emigrante,
al huérfano y a la viuda. Cuando vendimies tu viña, no rebusques los racimos;
déjaselos al emigrante, al huérfano y a la viuda. Acuérdate que fuiste esclavo
en Egipto; por eso yo te mando hoy cumplir esta ley.
Dt 27, 19: ¡Maldito
quien defraude de sus derechos / al emigrante, al huérfano y a la viuda!
Si lo vejas y claman
a mí, yo escucharé su clamor.
Is 1, 17: Cesad de obrar
mal, / aprended a obrar bien; / buscad el derecho, / enderezad al oprimido; /
defended al huérfano, / proteged a la viuda.
Si tomas en prenda el
manto de tu prójimo.
Dt 24, 10-13: Si haces
un préstamo cualquiera a tu hermano, no entres en su casa a recobrar la prenda;
espera afuera, y el prestatario saldrá a devolverte la prenda. Y si es pobre,
no te acostarás sobre la prenda; se la devolverás a la caída del sol, y así él
se acostará sobre su manto y te bendecirá, y tuyo será el mérito ante el Señor,
tu Dios.
Dt 24, 17: No
defraudarás el derecho del emigrante y del huérfano ni tomarás en prenda las
ropas de la viuda.
Notas exegéticas.
22 25 En las ruinas de la fortaleza de Mesad Hasbavyabu situada cerca de
Yavne-Yam (entre Jaifa y Asdod), se descubrió un texto del siglo VII a.C., en
el que un segador reclama a un oficial de justicia el manto que le había sido
confiscado: “Tu siervo había segado y ya había terminado, y esos días antes del
sabbat entrojaba el grano:… entonces llegó Hoshayahu, hijo de Shobay, y tomó el
manto de tu siervo, cuando había terminado mi siega. Hace ya varios días que
tomó el manto de tu siervo, y todos mis hermanos podrán ser testigos, ellos que
siegan conmigo durante el calor (de la siega) … Verdaderamente soy inocente de
toda culpa. Haz, pues, que me sea devuelto el manto”.
Salmo responsorial
Salmo 17, 1-4.47.51b
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. R/.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi
libertador. R/.
Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi
baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.
Viva el Señor, bendita sea un Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu ungido. R/.
Textos paralelos.
Yahvé, mi roca y mi baluarte.
Gn 49, 24: Pero el arco se les queda rígido / y les tiemblan manos y
brazos / ante el Campeón de Jacob, / el Pastor y Piedra de Israel.
Dt 32, 4: Él es la Roca, sus obras son perfectas, / sus caminos son
justos; / es un Dios fiel, sin maldad, / es justo y recto.
Dt 32, 15: Como Jacob hasta saciarse, / engordó mi cariño, y tiró coces
/ -estabas gordo y cebado y corpulento – / y rechazó a Dios creador: / deshonró
a su Roca salvadora.
Dt 32, 18: ¡Despreciaste a la Roca que te engendró, / y olvidaste al
Dios que te dio a luz!
Dt 32, 37: Dirá: “¿Dónde están sus dioses / o la roca donde se
refugiaba?”
Dt 33, 17: Bello como cría de vaca, / con grandes cuernos de búfalo, /
con ellos embestirá a los pueblos / y acosará a los confines de la tierra. /
Así son las miríadas de Efraín, / así son los millares de Manasés.
Invoco a Yahvé, digno de alabanza.
Lc 1, 69: Nos ha suscitado una eminencia salvadora / en la Casa de
David, su siervo.
¡Viva Yahvé, bendita mi Roca!
Sal 18, 47: ¡Viva el Señor, bendita sea mi Roca! ¡Sea ensalzado mi Dios
y Salvador!
Notas exegéticas.
18 Esta oda triunfal se compone de una oración de acción de gracias,
vv. 5-28, y un cántico real de victoria, vv. 23-51, con final mesiánico. La
recensión paralela de 2 S 22 permite corregir el texto, a menudo defectuoso.
18 2 Verso omitido en manuscrito hebreo y colocado en 2 S 22 al final
del v. 3. Lo unimos al v. 2, que es el único donde se habla a Dios en segunda
persona.
18 3 (a) Los salmos llaman frecuentemente a Yahvé la Roca de Israel:
baluarte de sus fieles y, ante todo, del linaje davídico. Ver Mt 16, 18.
18 3 (b) Lit. “cuerno”, símbolo de poder y de vigor, a veces con alcance
mesiánico.
18 51 Final litúrgico que recuerda las promesas de victoria y salvación
hechas a la dinastía davídica.
Segunda lectura.
Lectura de la carta del
apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 5c-10
Hermanos:
Sabéis cómo nos
comportamos entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro
ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación,
con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos
los creyentes de Macedonia y de Acaya. No solo ha resonado la palabra del Señor
en Macedonia y en Acaya desde nuestra comunidad, sino que además vuestra fe en
Dios se ha difundido por doquier, de modo que nosotros no teníamos necesidad de
explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la visita que os
hicimos: cómo os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos, para servir al
Dios vivo y verdadero, y vivir, aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el
cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo
futuro.
Textos paralelos.
Os hicisteis imitadores
nuestros y del Señor.
2 Ts 3, 7: Y así hermanos, en medio de necesidades y tribulaciones nos
consuela vuestra fe.
Mt 13, 20-21: El sembrado en terreno pedregoso es el que escucha el
discurso y lo acoge enseguida con gozo; pero no echa raíz y resulta efímero.
Llega la tribulación o persecución por el mensaje, y falla.
Hch 17, 1-9: Atravesando Anfípolis y Apolonia llegaron a Tesalónica,
donde había una sinagoga judía. Según costumbre, Pablo se dirigió a ella y,
durante tres sábados, discutía con ellos, citando la Escritura, explicándola y
mostrando que el Mesías tenía que padecer y resucitar al tercer día, y que ese
Jesús que les anunciaba era el Mesías. Alguno de ellos se dejaron convencer y
se asociaron a Pablo y Silas; también gran número de prosélitos, griegos y no
pocas mujeres influyentes. Llenos de envidia, los judíos reclutaron algunos
maleantes del arroyo, amotinaron a la plebe y perturbaron el orden de la ciudad
y se presentaron en casa de Jasón con el intento de hacer comparecer a Pablo y
Silas ante la asamblea del pueblo. Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y
algunos hermanos a la presencia de los magistrados. Y grietaron: “Estos, que
han revuelto el mundo, se han presentado aquí y Jasón los ha acogido. Todos
estos actúan contra los edictos del emperador y afirman que hay otro rey,
Jesús”. Al oírlo, la multitud y los magistrados se asustaron, exigieron una
caución [garantía o protección prestada a alguien, rae.es] a Jasón y los
soltaron.
Rm 14, 17: El reinado de Dios no consiste en comidas ni en bebidas,
sino en la justicia y la paz y el gozo del Espíritu Santo.
Ga 5, 22-23: Por el contrario el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz,
paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio. Contra eso
no hay ley que valga.
Partiendo de vosotros, en efecto, ha resonado la palabra del
Señor.
2 Co 9, 2: Nos consta de vuestra buena disposición y presumo de ella
ante los macedonios, diciéndoles que Acaya está preparada desde el año pasado y
que vuestro fervor ha espoleado a muchos más.
Vuestra fe en Dios.
Rm 1, 8: Ante todo, por medio de Jesucristo, doy gracias a mi Dios por
todos vosotros, porque vuestra fe se anuncia en todo el mundo.
Convertisteis a Dios, tras haber abandonado los ídolos.
Hch 3, 19: Arrepentíos y convertíos para que se os borren los pecados.
Hch 14, 15: Hombres, ¿qué hacéis? Nosotros somos hombres, de vuesgtra
misma condición, y os anunciamos que hay que abandonar los ídolos para
convertirse al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto
contienen.
Para servir al Dios vivo y verdadero.
Jr 10, 10: En cambio, el Señor / es Dios verdadero, / Dios vivo y rey
de los siglos: / bajo su cólera tiembla la tierra, / las naciones no soportan
su ira.
1 Ts 4, 16-17: Pues el Señor mismo, al sonar una orden, a la voz del
arcángel y al toque de la trompeta divina, bajará del cielo; entonces
resucitarán primero los cristianos; después nosotros, los que quedemos vivos,
seremos arrebatados con ellos en nubes por el aire, al encuentro del Señor, y
así estaremos siempre con el Señor.
Resucitó de entre los muertos y que nos salva de la ira venidera.
Mt 3, 7: Al ver que muchos fariseos y saduceos acudían a que los
bautizase, les dijo: “¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar de la
condena que se avecina?
Rm 1, 17: En ella se manifiesta esa justicia de Dios que libera
exclusivamente por la fe. Según aquel texto El que es justo por creer salvará la vida.
Rm 2, 5-6: Con tu contumacia y tu corazón impenitente te acumulas la
cólera para el día de la cólera, cuando se pronunciará la justa sentencia de
Dios, que pagará a cada uno según sus obras.
Notas exegéticas.
1 5 Variante:
“el evangelio de Dios” o “de nuestro Dios”. – El Evangelio no es solamente la
predicación, es toda la economía nueva de la salvación. Ga 1, 6 (b), cuya
eficacia asegura el Espíritu.
1 6 (a) Los
tesalonicenses han imitado a Cristo y a los apóstoles porque, como ellos, han
sufrido a causa del Evangelio (1 Co 4, 16). Más tarde (2, 14) les dirá Pablo
que ellos han imitado a las iglesias de Judea, es decir, que también han sufrido
la persecución a causa del Evangelio. Se ve, pues, que en los primeros escritos
paulinos, “imitar” no significa “tratar de reproducir las actitudes o las
virtudes morales de alguien”. Para el discípulo de Cristo se trata de aceptar
la condición de “Siervo sufriente”, que fue la de Jesús: “Si a mí me han
perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20).
1 6 (b) El
término “palabra” (lógos) adquirió sentido técnico en la literatura cristiana primitiva.
Aparece varias veces en los evangelios, especialmente en la explicación de la
parábola del sembrador y en textos relacionados con ella. Sin complemento es
casi sinónimo de “Evangelio”. El término es precisado con frecuencia mediante
un complemento: “palabra de Dios” o “palabra del Señor”, indicando así el
origen divino de la palabra dirigida a los hombres por otros hombres. Pablo
trata aquí el mismo tema que los sinópticos en la explicación de la parábola
del sembrador: la palabra solo da fruto entre quienes la acogen con alegría, a
pesar de los sufrimeintos y las persecuciones. Tal actitud de adhesión total
únicamente es posible si esta palabra es reconocida como palabra de Dios, y no sola como una palabra sobre dios, con la que algunos
predicadores podrían expresar sus propias convicciones religiosas.
1 7 Macedonia
y Acaya eran dos provincias de la administración romana de Grecia. La expresión
equivale, pues, a “Grecia entera”.
1 8 Aun
teniendo en cuenta la exageración, se entiende de que la vida de los
cristianos, conforme al Evangelio, asegura por sí misma la difusión de su fe:
es una forma de la palabra de Dios.
1 10 Los
vv. 9-10 parecen recapitular en un resumen muy denso frases repetidas en la
predicación. Dos datos centrales constituían el evangelio predicado por Pablo:
una vigorosa afirmación del monoteísmo y una cristología que insistía en el
retorno del Señor resucitado. – Nótese el título “su Hijo” aplicado a Jesús
desde la primera carta de Pablo.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 34-40
-Maestro, ¿cuál es el
mandamiento principal de la ley?
Él le dijo:
-Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el
principal y primero. El segundo es semejante a él;: “Amarás a tu prójimo como a
ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas.
Textos paralelos.
|
Mateo 22, 34-40: |
Marcos 12, 28-31: |
Lucas 10, 25-28: |
|
En
aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los
saduceos, se reunieron en un lugar y
uno
de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
-Maestro, ¿cuál es
el mandamiento principal de la ley?
Él le dijo: -Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el
principal y primero.
El segundo es semejante a él;:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se
sostienen toda la Ley y los Profetas. |
Un letrado que oyó la discusión y apreció
lo acertado de la respuesta se acercó y le preguntó:
-¿Cuál es el mandamiento más importante?
Respondió Jesús: -El más importante es: Escucha Israel, el
Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón,
con toda el alma, con toda la mente, con todas tus fuerzas.
El Segundo es: Amarás al prójimo como a ti
mismo.
No hay mandamiento mayor que estos. |
En
esto un jurista se levantó y, para ponerlo a prueba, le preguntó:
-Maestro,
¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?
Le
contestó: -¿Qué
está escrito en la Ley?, ¿qué es lo que lees?
Replicó:
-Amarás
al Señor tu Dios de todo corazón, con toda el alma, con toda la mente,
y al prójimo como a ti mismo.
Le
respondió: -Has
respondido correctamente: hazlo y vivirás.
. |
Mas los fariseos al enterarse de que había tapado la
boca a los saduceos.
// Jn 13, 34-35: Os doy un mandamiento nuevo, que os
améis unos a otros como yo os he amado así unos a otros. En esto conocerán que
sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros.
¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?
Dt 6, 5: Amarás al Señor, tu Dios, con toda el alma,
con todas las fuerzas.
Jos 22, 5: Cumplid a la letra los mandatos y leyes
que os dio Moisés, siervo del Señor: amar al Señor, vuestro Dios, caminar por
sus sendas, cumplir sus mandamientos y adherirse a él, sirviéndole con todo el
corazón y toda el alma.
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Lv 19, 18: No serás vengativo ni guardarás rencor a
tus ciudadanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.
Lv 19, 33-34: Cuando un emigrante se establezca con
vosotros en vuestro país, no lo oprimiréis
Rm 13, 8-10: No tengáis deudas con nadie, si no es
la del amor mutuo. Pues el que ama al prójimo tiene cumplida la ley. De hecho,
el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier
otro precepto, se resume en este: Amarás al prójimo como a ti mismo.
Gn 5, 14: Pues la ley entera se cumple con un
precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
22 35 (a) En Mt los vv. 35-40 forman parte de los relatos de conflictos de Jesús
con sus adversarios. En Mc y en Lc el carácter polémico está más mitigado. La
originalidad de este sumario evangélico sobre la ley no está en las ideas del
amor a Dios y al prójimo conocidas en el Antiguo Testamento, sino en el hecho
de que Jesús las relaciona dándoles la misma importancia y, sobre todo, en la
simplificación y la concentración de toda la ley en estos dos mandamientos.
22 35 (b) Adicción: “un legista”, tomado sin duda de Lc 19, 25.
22 39 Estos dos preceptos del amor a Dios y al prójimo se hallan igualmente
unidos en la Didajé 1, 2, que podría recoger así un tratado judío sobre
Dos Caminos. – Las palabras “como a ti mismo” significan que hay que amar al
prójimo totalmente “con todo el corazón” (v. 37). No hay que ver aquí una
recomendación a amarse antes a uno mismo para amar después o igualmente al prójimo.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.
34 TODOS
A UNA: en un grupo; o todos en el mismo sitio. Cf. la expresión “estaban
unidos”, en Hch 2, 44-45.
35 EXPERTO
EN LA LEY: sinónimo de escriba (cf. Hch 5, 21), según algunos, su
categoría era inferior a la de maestros de la ley o profesor (nomodidáskalos).
36 MÁS
IMPORTANTE: lit. grande (lo mismo que en el v. 38); es un semitismo – “el
más grande”; grado positivo de comparación, en vez de superlativo –. Es,
también, lenguaje de escuela teológica en el rabinismo. Hay mandamientos
“graves” (=grandes) y “leves” (=pequeños).
37 DIJO:
lit. decía.
39 [EL]
SEGUNDO mandamiento no es igual ni equivalente al primero, sino
PARECIDO a él; ¡el primero siempre es el primero!
Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.
22, 34-40 Los fariseos preguntan a Cristo cuál es el precepto más importante (había
613 preceptos en la ley judía). Cristo no menciona ninguno de los diez
mandamientos, sino el gran precepto del amor, que presupone fidelidad a los
diez mandamientos. Los mandamientos sólo pueden tener verdadero significado
cuando están iluminados por los dos grandes mandamientos del amor. Cat. 1824,
2055 y 2083.
Catecismo de la Iglesia Católica.
1824 Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los
mandamientos de Dios y de Cristo: “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis
mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn 15, 9).
2055 Cuando le hacen la pregunta: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?”
(Mt 22, 36), Jesús responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con
toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El
segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos
mandamientos penden toda la Ley y los profetas” (Mt 22, 37-40). El Decálogo
debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad,
plenitud de la Ley: “En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás,
no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a
tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es,
por tanto, la ley en su plenitud”. (Rm 13, 9-10).
2083 Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en estas palabras:
“Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu
mente” (Mt 22, 37). Estas palabras siguen inmediatamente a la llamada solemne:
“Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6, 4). Dios nos
amó primero. El amor del Dios único es recordado en la primera de las “diez
palabras”. Los mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que
el hombre está llamado a dar a su Dios.
Concilio Vaticano II
El mandamiento de la ley es amor a Dios de todo
corazón y al prójimo como a uno mismo (cf. Mt 22, 37-40). Cristo hizo suyo este
mandamiento de la caridad al prójimo y lo enriqueció con un nuevo sentido al
hacerse una sola cosa con los hermanos en cuanto objeto de amor, pues dijo:
“Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos pequeños, a mí me lo
hicisteis” (Mt 25, 40. El mismo, asumiendo la naturaleza humana, unió consigo a
todo el genero humano mediante cierta solidaridad sobrenatural, hasta
constituir como una familia, e hizo de la caridad el signo distintivo de sus
discípulos, pronunciando estas palabras: “En esto conocerán todos que sois mis
discípulos, si os amáis mutuamente” (Jn 13, 35).
Apostolicam actuositatem, 8.
San Jerónimo.
34-37 Cuando los fariseos se enteraron… Son adversarios entre ellos, pero se ponen
de acuerdo para tentar a Jesús. Lo que un poco más arriba habían sido
confundidos, cuando les pidió que le mostraran un denario, al ver derribado al
partido contrario, deberían de haber advertido, con ese ejemplo, que ya no
debían tender trampas, pero la mala voluntad y la envidia nutrían su descaro.
No le pregunta sobre los mandamientos sino cuál es el primero y el más
grande de los mandamientos. Como todos los mandamientos de Dios son grandes,
cualquiera fuera la respuesta, encontrarían pretexto para calumniarlo,
afirmando que entre todos, otro era el mayor. El que sabe y pregunta, no por
deseo de aprender sino por afán de averiguar si sabe el que debe responder, a
semejanza de los fariseos viene no como discípulo sino como tentador.
San Agustín.
Los tres primeros mandamientos de la ley de Dios se refieren a Dios
mismo; al hombre los siete restantes. Si amas a Dios no adorarás a ningún otro
ni tomarás en vano su nombre, y le dedicarás el sábado para que descanse en ti
cuando te hace descansar. Si, por el contrario, amas al prójimo, honrarás a tus
padres y no adulterarás, ni matarás, ni dañarás a nadie con tu falso
testimonio, ni robarás, ni desearás la mujer o los bienes de cualquier otra
persona. Y por ello, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda
tu alma y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
No te envió a cumplir muchos preceptos: ni siquiera diez, ni siquiera
dos; la sola caridad los cumple todos. Pero la caridad es doble: hacia Dios y
hacia el prójimo. Hacia Dios, ¿en qué medida? Con todo. ¿A qué se
refiere ese todo? No al oído, o a la nariz, o a la mano, o al pie. ¿Con
qué puede amarse de forma total? Con todo el corazón, con toda el alma, con
toda la mente. Amarás la fuente de la vida con todo lo que en ti tiene
vida. Si, pues, debo amar a Dios con todo lo que en mí tiene vida, ¿qué me
reservo para poder amar a mi prójimo? Cuando se te dio el precepto de amar al
prójimo no se te dijo: “con todo el corazón, con toda el alma y con toda tu
mente”, sino como a ti mismo. Has de amar a Dios con todo tu ser, porque
es mejor que tú, y al prójimo como a ti mismo, porque es lo que eres tú.
Diciéndote que ames a tu Dios con todo tu ser, se te dio al mismo tiempo
la norma de cómo has de amarte a ti mismo. ¿Quieres amarte a ti mismo? Ama a
Dios con todo tu ser, pues allí te encontrarás a ti, para que no te pierdas en
ti mismo. Si te amas a ti en ti, has de caer también de ti y larga ha de ser tu
búsqueda fuera de ti.
Sermón 179 A, 3-5. Pg. 1457.
San Juan de Ávila.
12. Manda Dios que le amemos con todo nuestro corazón y con toda nuestra
voluntad, y con todas nuestras fuerzas (Mt 22. 37); y mi corazón que me ame
a mí y no cure de Dios ni de los prójimos. Dice Dios Aprended de mí que soy
manso y humilde de corazón (Mt 11, 29), y dice mi corazón que no me humille
a nadie ni me subjete.
Plática 16. A las monjas de Zafra. OC I. Pg. 894.
Esta es palabra más frecuente en su boca, y debía de ser en su corazón,
como hombre tan bien enseñando de su Maestro, que dijo: Que nos amásemos
unos a otros como él nos amó.
Entre todos los mandamientos le llama Dios a este “mi mandamiento”: Éste
es mi mandamiento: que os améis unos a otros (Jn 15, 12). Ésta es la
palabra que más veces repetía San Juan, y no nos haría mal a nosotros, los
predicadores, que desprendiésemos de este glorioso evangelista y apóstol a
encomendar a las gentes este mandamiento: que en gran manera tengan cuenta con
él.
Lecciones sobre 1 San Juan, 21.OC II. Pg. 296.
Siendo el mandamiento de amor a Dios mayor y primero, ¿por qué nos
encomienda Dios con tanta eficacia que amemos al prójimo, y le llama: Este
es nmi mandamiento? ¿Por qué?”. No sin causa: por la dificultad que en él
hay. Porque donde hay más dificultad, es más razón que se pongan más fuerzas;
adonde hay más estorbos para pasar adelante, allí es menester mayor
amonestación y fuerzas. No se encomienda tanto el amor del prójimo porque sea
mayor mandamiento que el mandamiento de amar a Dios, sino por más dificultoso.
¿Había un hombre de correrse [avergonzarse, confundirse, rae.es] en que le dice
Dios: “Yo te mando que me ames como Señor?”. “¿Qué menester yo que me mandéis
Vos que os ame, y que me amenacéis si no os amo? ¿Y eso había yo menester,
teniendo tanta razón de os amar? ¿Qué soy yo tan tibio y tan desamorado para
con vos, que hay menester que me mandéis que os ame? ¡Afréntome yo de eso!”.
Bastábamos a nosotros saber quién es Dios, para derretirnos en su amor.
Esto no era menester que Dios nos lo mandase. Mas amar al prójimo, es menester
que Dios nos lo mande una y muchas veces; que nos amenace si no lo hacemos,
porque el prójimo es cosa pesada y va el amor hacia él repugnante. Las
corrientes del amor son a bondad o a la hermosura, o al bienhechor. El prójimo
no tiene esto; o, ya que tenga alguna cosa, no es perfectamente. “¿Cómo amaré
al prójimo que no tiene bondad, o si la tiene es poquita? Y si es feo, ¿cómo lo
amaré? ¿Y si me hace mal, ¿cómo le haré bien? ¿Cómo le podré amar por esas
dificultades que en él hay y otras?”. ¡Lo encarga Dios tanto! Por muy
escrupuloso que seáis, no hallaréis cosa en Dios que os estorbe en amar. […] Si
ama un hombre la tierra, es terreno; si la vanidad, es hecho vano; y si a Dios
amas, dijo San Agustín, “oso decir que Dios eres por participación”.
Lecciones sobre el evangelio de San Juan. 21.
OC II. Pgs.
299-300
Amarás a Dios con toda tu ánima (Mt 22, 37); quiere decir con la parte
sensitiva. ¿Mucho os parece que es poner nosotros la vida por nuestros
prójimos? Mayor cosa es ponerla Dios por nosotros. ¡Cómo miramos lo que Dios
nos pide y nos parece cosa recia, y no miramos lo que Él nos dio! Amónos Dios
tanto, tan de verdad, que en testimonio que nos quería bien puso su vida por
nosotros. Porque supo de había de haber gente tan desconfiada de la
misericordia de Dios, quiso morir por nosotros para matar a nuestros enemigos.
Como Sansón, que, cuando murió, mató a todos sus enemigos (cf. Jue 16, 30).
Muchos filisteos mató Sansón viviendo, pero más mató muriendo. Cristo murió y,
muriendo, mató a todos nuestros enemigos, que son lso pecados. ¡Qué prueba nos
dio para tener confianza! Desconfiar los hombres de la misericordia de Dios,
después de la muerte de Cristo, blasfemias grandes. No pidáis a Dios cositas,
ni penséis que os ha de negar lo que le pidiéredes: que, pues os dio lo mucho,
que es su vida, no os negará lo poco.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). Lección 27. Pg. 306.
Luego, si Dios puso su vida por mí, ¿qué mucho es que la ponga yo por mis
prójimos, por los cuales Él también la puso? Mas, porque no miramos lo que Él
hizo, sino lo que nos manda, hácenos recio; que, si cuando nos dicen que amemos
a nuestros prójimos hasta poner la vida por ellos, mirásemos que el mesmo que
eso manda lo hizo primero por nosotros, no parecería tan áspero.
Lecciones sobre 1 San Juan (II). Lección 22. OC II. Pg. 438.
Haz de hacer con él lo que querrías que hiciesen por ti. Quien quisiere
contentar a Dios esto ha de hacer, esta luz ha menester tener.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). Lección 4. OC II. Pg. 128.
Aunque el amor de Dios sea mayor, no falta causa para encargar y
encomendar tanto el del prójimo por la mayor dificultad que tiene de ser
cumplida. Que amar a Dios no parece hacerle fuerza ninguna al corazón, porque
se va naturalmente a él como a su corriente, por las grandes razones que se
muestran en Dios de bondad y de ser deseado. Lo cual todo convida al corazón
humano y tira por él que lo ame: tanto, que es grandísima vergüenza de los
hombres ver que haya mandamiento, y debajo de pena o de galardón, para amar a
Dios. En esto se muestra grandísimamente la miseria humana. Esta fuerza a ser
amando no hay en el prójimo: no es la razón tan violenta, en el cual hay tantas
cosas malas y pesadas y recias de sufrir. Y ansí parece correr de nuestro
corazón el amor al prójimo hacia arriba y muy forzado. Por lo cual fue menester
encomendarlo tanto, y animar y esforzar mucho a él, como a cosa
dificultosísima; y ansí lo es, que no es pequeño don de Dios el amor del
prójimo. Mas Dios de si mesmo se está amando. Que no era menester decir, sino
“Dios hay”, para que nunca las criaturas racionales lo dejaran de amar; porque todo
cuanto en Él hay es amable, y ninguna cosa hay en su divino ser que no sea
amable.
Lecciones sobre 1 San Juan (II).
Lección 21. OC
II. Pg. 434.
En esto
conocemos la caridad y amor de Dios: en que puso su ánima por nosotros. De ahí pendent
leges et prophetae (Mt 22, 40). Pues esto hizo Dios con nosotros, debemos
nosotros poner nuestras vidas por nuestros hermanos.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). Lección 22. OC II. Pg. 311.
Ley es creer y amar. Ve ahí toda la ley y profetas (Mt 22, 40); y
quien guarda los mandamientos de Dios, está en él.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). Lección 24. OCII. Pg. 340.
Amar a Dios con todo el corazón es
amalle con toda nuestra voluntad y querer; amalle con todo nuestro
entendimiento es con todo nuestro pensar y entender; y amalle con toda nuestra
ánima es con todos nuestros sentidos (porque “anima” en la Sagrada Escriptura
quiere decir esta parte sensitiva), que quiere decir que amemos a Dios,
hermanos, con el ver y con el oír, con el hablar y con el andar: esto es amar a
Dios con toda su ánima. Y añade otro evangelista: con todas tus fuerzas, que
quiere decir que ames a Dios, hermano, con la casa, con la viña, con el dinero
y con toda vuestra hacienda, que esto es todas tus fuerzas.
23. Domingo 17 después de Pascua. 2. OC III. Pg. 279.
No os engañe nadie; ninguno tiene más santidad de cuanto es junto con el
Santo de los santos, que es Dios; y ninguno se junta con él sino por el amor, y
quien más ama, más junto está. Y esta es la piedra con que el soberano Artífice
toca los corazones de los hombres, y es la señal con que Él, como el águila,
examina a sus verdaderos hijos, recibiendo por suyos a los [que], confortados
los ojos del ánima con los resplandecientes y encendidos rayos que de Dios a
ellos descienden, imitaren según su manera al dechado de su amor infinito, que
es Dios, no espantándose ni teniendo por imposible su mandamiento, en que manda
amemos a Dios pues él primero nos amó (Dt 6, 5; Mt 22, 37; 1 Jn 4, 10). Mi
mandamiento es éste, que os améis unos a otros, así como yo os amé (Jn 15, 12).
De donde parece que, pues Jesucristo nuestro Señor es más cercano, en cuanto
hombre, a la Divinidad, fuego infinito de amor, y tiene alteza sobre todos los
hombres y sobre todos los ángeles, ha de ser mayor que todos ellos en el amor,
pues lo es en la santidad y en la cercanía con Dios. Y así como a uno que mucho
sabe le llaman Sabiduría, así a Él le llaman Amor, solo porque, según Dios, le
tiene mayor que se puede pensar.
30. En la Infraoctava del Corpus, 2. OC III. Pg. 643.
Acaece muchas veces, en el bien obrar; que muchas veces tenemos una
pereza, una mala gana de hacer una buena obra, y cuando la comenzamos envíanos
Dios devoción y buenos propósitos; y por eso ninguno, aunque tibio se sienta,
aunque pesado, deje de hacer buenas obras, porque es Dios tan misericordioso,
que quien a Él se llega no le deja frío ni hambriento. Los que se dan muchas
veces a la oración, experimenten esto y verán cuán gran verdad es; que se
llegan hambrientos a la mesa de Dios y van hartos.
Amad a Dios más que a vos, y a vuestro prójimo como a vos mismo: que si
vos deseáis ir al cielo, des[e]éis que él vaya; si deseáis que Dios os perdone,
desead también que le perdone a él. Y regla general os doy: mirad, lo que
querríades que con vos se hiciese y cómo os tratasen los otros, y si errábades
contra algún prójimo, querríades que os perdonase, y haced así a vuestro
prójimo y así lo amaréis.
22. Domingo 12 después de Pentecostés, 10. OC III. Pg. 268.
Cosa es digna de consideración y de llorar cómo siendo el mandamiento de
la caridad del prójimo semejable al mandamiento de amar a Dios (cf. Mt 22, 39),
y siguiendo después, lo haya hecho el descuido y desamor de los hombres de tan
poca estima, que no sólo no lo anteponen a los otros, pero aun no lo igualan, y
ponen a la postre [a lo último, al fin, rae.es] de todos.
36. Vísperas del Corpus, 30. OC III. Pg. 459.
San Oscar Romero. Homilía.
Comunidad de vida, comunidad de fe, comunidad de amor y caridad. No nos
apartemos de allí, esta es nuestra Iglesia. Pero desde su vida, desde su
caridad, desde su fe, la Iglesia no puede adormecerse ante tantas injusticias.
Y precisamente porque es comunidad de vida, de fe y de amor de Dios que exige
como prueba de ese amor, el amor y la justicia entre los hombres, tiene que ser
una Iglesia que reclama, a pesar de caer repugnante. Tiene que ser una Iglesia
que no pone su confianza en las fuerzas de la tierra, y por eso inmediatamente
nos acercamos al altar de Jesucristo, allí está El, vida eterna en el cual
creemos, del cual vivimos, en El esperamos, por eso estamos en Misa.
Acerquémonos ya, pues, al altar del Señor... Creemos en un solo Dios,
Padre todopoderoso...
Homilía 22 de octubre de 1978.
León XIV. Audiencia. 14 de octubre de 2026.
Se suspendió por intervención quirúrgica del Papa.
Papa León XIV. Angelus. 18 de
octubre de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio proclamado en la liturgia de hoy (Mt
22,15-21) nos presenta una de las enseñanzas más famosas de Jesús: «¡Devuelvan
al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios!» (cf. v. 21). Por eso
es importante situarla en el contexto en el que fue pronunciada originalmente.
El evangelista Mateo describe una situación hostil hacia
Jesús: los fariseos se pusieron de acuerdo para ver cómo Jesús caía en una
trampa con alguna de sus afirmaciones (cf. v. 15) y deciden enviar a algunas
personas a interrogarlo sobre un tema polémico: «¿Es lícito o no pagar el
tributo al César?» (v. 17). La respuesta del Maestro es astuta, porque lo
mantiene fuera de la trampa y desenmascara la hipocresía de quienes quieren
hacerlo caer. Les pide la moneda del tributo, es decir, un denario. Ellos se la
dan, y Jesús dice: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le
responden: «Del César». Entonces afirma: «¡Devuelvan al César lo que es del
César, y a Dios lo que es de Dios!» (vv. 17-21).
En Jesús contemplamos a un Dios que no teme a la
historia, sino que, por el contrario, viene a vivir en ella. Su
Reino no elimina los cargos ni las responsabilidades humanas. Sin embargo, nos
pide que vivamos sin concesiones, libres de malas ambiciones e intereses
injustos, anteponiendo ante todo el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt
6,33). En este sentido, llama la atención el elogio que esas mismas personas le
dirigen a Jesús, aunque movidas por malas intenciones: «Maestro, sabemos que
eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y no te dejas influir
por nadie, porque no te fijas en la apariencia de la gente» (v. 16).
Queridos hermanos, este es precisamente el perfil de quien
“devuelve al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”: ser
sinceros, sin temor ni hipocresía, libres para hacer el bien. Oremos al
Señor para que nos ayude a ser así. Y confiémonos a la intercesión de la Virgen
María.
Papa Francisco. Angelus. 29 de
octubre de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos habla del mayor de los mandamientos (cfr. Mt
22, 34-40). Un doctor de la ley interroga Jesús sobre este tema, y Él responde
con el “gran mandamiento del amor”: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu mente [… y] a tu prójimo como a ti
mismo» (vv. 37.39). Amor a Dios y al prójimo, inseparables el uno del otro.
Detengámonos un momento para reflexionar sobre esto.
El primero: el hecho que el amor al Señor viene antes que nada nos recuerda
que Dios siempre nos precede, nos anticipa con su infinita
ternura (cfr. 1 Jn 4,19), con Su cercanía, con Su misericordia,
porque Él siempre está cerca, es tierno y misericordioso. Un niño aprende a
amar en el regazo de la mamá y del papá, y nosotros lo hacemos en los brazos de
Dios: dice el Salmo (131,2), «como un niño tranquilo en el regazo de su madre»,
así debemos sentirnos en los brazos de Dios. Y allí, absorbemos el cariño del
Señor; allí encontramos el amor que nos empuja a donarnos con generosidad. Lo
recuerda San Pablo cuando dice que la caridad de Cristo tiene en sí una
fuerza que nos empuja a amar (cfr. 2 Cor 5,14). Y todo comienza a
partir de Él. No puedes amar seriamente a los demás si no tienes esta raíz,
que es el amor de Dios, el amor de Jesús.
El segundo aspecto que se desprende del mandamiento del amor. Vincula el
amor a Dios al amor al prójimo y significa que, amando a los hermanos,
nosotros reflejamos, como espejos, el amor del Padre. Reflejar el amor
de Dios, aquí está el centro de la cuestión; amarle a Él, a quien no
vemos, a través del hermano, a quien vemos (cfr. 1 Jn 4,20). Un día,
un periodista preguntó a santa Teresa de Calcuta si creía que estaba cambiando
el mundo con lo que hacía, y ella le respondió: «¡Yo no! ¡Yo nunca pensé en
cambiar el mundo! Solamente intenté ser una gota de agua limpia en la que
pudiera brillar el amor de Dios» (Conferencia de prensa para la entrega del
Nobel por la Paz, 1979). Así fue como ella, tan pequeña, pudo hacer tanto
bien: reflejando, al igual que una gota, el amor de Dios. Y si, a veces,
mirándola a ella y a otros santos, llegamos a pensar que son héroes
inimitables, pensemos en esa pequeña gota – el amor es una gota que puede
cambiar muchas cosas. ¿Y cómo se hace eso? Dando el primer paso, siempre. A
veces no es fácil dar el primer paso, olvidar cosas, dar el primer paso –
hagámoslo. Esta es la gota: dar el primer paso.
Por eso, queridos hermanos y hermanas, pensando en el amor de Dios que
siempre nos precede, podemos preguntarnos: ¿soy agradecido al Señor, que es
el primero en amarme? ¿Siento el amor de Dios y Le estoy agradecido? Y: ¿intento
reflejar su amor? ¿me esfuerzo por amar a mis hermanos y hermanas, por dar
este segundo paso?
Que la Virgen María nos ayude a vivir el gran mandamiento del amor en
nuestra vida cotidiana: amar y dejarnos amar por Dios y amar a nuestros
hermanos
Papa Francisco. Ángelus. 25 de
octubre de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la página evangélica de hoy (cfr. Mt 22, 34-40), un doctor de la
Ley pregunta a Jesús cuál es «el mandamiento mayor» (v. 36), es decir el
mandamiento principal de toda la Ley divina. Jesús responde sencillamente:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu
mente”» (v. 37). Y a continuación añade: «El segundo es semejante a éste:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39).
La respuesta de Jesús retoma y une dos preceptos fundamentales, que Dios
ha dado a su pueblo mediante Moisés (cfr Dt 6, 5; Lv 19, 18).
Y así supera la trampa que le han tendido para «ponerle a prueba» (v.
35). Su interlocutor, de hecho, trata de llevarlo a la disputa entre
los expertos de la Ley sobre la jerarquía de las prescripciones. Pero Jesús
establece dos fundamentos esenciales para los creyentes de todos los
tiempos, dos fundamentos esenciales de nuestra vida. El primero es que la
vida moral y religiosa no puede reducirse a una obediencia ansiosa y forzada.
Hay gente que trata de cumplir los mandamientos de forma ansiosa o forzada, y
Jesús nos hace entender que la vida moral y religiosa no puede reducirse a una
obediencia ansiosa y forzada, sino que debe tener como principio el amor.
El segundo fundamento es que el amor debe tender juntos e inseparablemente
hacia Dios y hacia el prójimo. Esta es una de las principales novedades de
la enseñanza de Jesús y nos hace entender que no es verdadero amor de Dios
el que no se expresa en el amor al prójimo; y, de la misma manera, no es
verdadero amor al prójimo el que no se deriva de la relación con Dios.
Jesús concluye su respuesta con estas palabras: «De estos dos mandamientos
penden toda la Ley y los Profetas» (v. 40). Esto significa que todos los
preceptos que el Señor ha dado a su pueblo deben ser puestos en relación con el
amor de Dios y del prójimo. De hecho, todos los mandamientos sirven para
realizar, para expresar ese doble amor indivisible. El amor por Dios se
expresa sobre todo en la oración, en particular en la adoración.
Nosotros descuidamos mucho la adoración a Dios. Hacemos la oración de acción de
gracias, la súplica para pedir alguna cosa…, pero descuidamos la adoración.
Adorar a Dios es precisamente el núcleo de la oración. Y el amor por el
prójimo, que se llama también caridad fraterna, está hecho de cercanía,
de escucha, de compartir, de cuidado del otro. Y muchas veces nosotros
descuidamos el escuchar al otro porque es aburrido o porque me quita tiempo, o
de llevarlo, acompañarlo en sus dolores, en sus pruebas… ¡Pero siempre
encontramos tiempo para chismorrear, siempre! No tenemos tiempo para
consolar a los afligidos, pero mucho tiempo para chismorrear. ¡Estad
atentos! Escribe el apóstol Juan: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no
puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4, 20). Así se ve la unidad de estos
dos mandamientos.
En el Evangelio de hoy, una vez más, Jesús nos ayuda a ir a la fuente viva
y que brota del Amor. Y tal fuente es Dios mismo, para ser amado totalmente en
una comunión que nada ni nadie puede romper. Comunión que es un don para
invocar cada día, pero también compromiso personal para que nuestra vida no se
deje esclavizar por los ídolos del mundo. Y la verificación de nuestro
camino de conversión y de santidad está siempre en el amor al prójimo. Esta
es la verificación: si yo digo “amo a Dios” y no amo al prójimo, no va bien. La
verificación de que yo amo a Dios es que amo al prójimo. Mientras haya un
hermano o una hermana a la que cerremos nuestro corazón, estaremos todavía
lejos del ser discípulos como Jesús nos pide. Pero su divina misericordia
no nos permite desanimarnos, es más nos llama a empezar de nuevo cada día para
vivir coherentemente el Evangelio.
Que la intercesión de María Santísima nos abra el corazón para acoger el
“mayor mandamiento”, el doble mandamiento del amor, que resume toda la ley de
Dios y de la que depende nuestra salvación.
Papa Francisco. Angelus. 29 de
octubre de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este domingo la liturgia nos presenta un pasaje evangélico breve, pero
muy importante (cf. Mateo 22, 34-40). El evangelista Mateo cuenta que
los fariseos se reúnen para poner a prueba a Jesús. Uno de ellos, un doctor de
la ley, le dirige esta pregunta: «Maestro ¿cuál es el mandamiento mayor de la
Ley?» (v. 36). Es una pregunta insidiosa, porque en la ley de Moisés se
mencionan más de seiscientos preceptos. ¿Cómo distinguir, entre todos esos,
el gran mandamiento? Pero Jesús no duda y responde: «Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Y añade:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo». (vv. 37.39)
Esta respuesta de Jesús no se da por sentada, porque, entre los múltiples
preceptos de la ley judía, los más importantes eran los diez Mandamientos,
comunicados directamente por Dios a Moisés, como condiciones del pacto de
alianza con el Pueblo. Pero Jesús quiere hacer entender que sin el amor por
Dios y por el prójimo no hay verdadera fidelidad a esta alianza con el Señor.
Tú puedes hacer muchas cosas buenas, cumplir tantos preceptos, tantas cosas
buenas, pero si tú no tienes amor, eso no sirve.
Lo confirma otro texto del Libro del Éxodo, llamado «código de la alianza»,
donde se dice que no se puede estar en la Alianza del Señor y maltratar a
aquellos que gozan de su protección. Y, ¿quiénes son estos que gozan de su
protección? Dice la Biblia: la viuda, el huérfano y el extranjero, el migrante,
es decir las personas más solas e indefensas. (cf. Éxodo 11,
20-21). Respondiendo a aquellos fariseos que le habían preguntado, Jesús intenta
también ayudarles a poner orden en su religiosidad, a reestablecer aquello
que verdaderamente cuenta y aquello que es menos importante. Dice Jesús: «De
estos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas» (Mateo 22,
40). Son los más importantes y los demás dependen de estos dos. Y Jesús vivió
precisamente así su vida: predicando y obrando aquello que verdaderamente
cuenta y es esencial, es decir, el amor. El amor da impulso y
fecundidad a la vida y al camino de fe: sin amor, tanto la vida como la fe
permanecen estériles.
Aquello que Jesús propone en esta página evangélica es un ideal estupendo,
que corresponde al deseo más auténtico de nuestro corazón. De hecho, hemos
sido creados para amar y ser amados. Dios, que es amor, nos ha creado para
hacernos partícipes de su vida, para ser amados por Él y para amarlo y para
amar con Él a todas las demás personas. Este es el «sueño» de Dios para el
hombre. Y para realizarlo necesitamos de su gracia, necesitamos recibir en
nosotros la capacidad de amar que proviene de Dios mismo. Jesús se ofrece a nosotros
en la Eucaristía precisamente por esto. En ella nosotros recibimos a Jesús en
la expresión máxima de su amor, cuando Él se ofreció a sí mismo al Padre para
nuestra salvación. Que la Virgen Santa nos ayude a acoger en nuestra vida el
«gran mandamiento» del amor de Dios y del prójimo. De hecho, incluso si lo
conocemos desde que éramos niños, no terminaremos nunca de convertirnos a ello
y de ponerlo en práctica en las diversas situaciones en las que nos
encontramos.
Papa Francisco. Angelus. 26 de
octubre de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el
amor a Dios y al prójimo. El evangelista Mateo relata que algunos fariseos se
pusieron de acuerdo para poner a prueba a Jesús (cf. 22, 34-35). Uno de ellos,
un doctor de la ley, le hizo esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento
principal de la ley?» (v. 36). Jesús, citando el libro del Deuteronomio, le
dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda
tu mente. Este mandamiento es el principal y primero» (vv. 37-38). Y hubiese
podido detenerse aquí. En cambio, Jesús añadió algo que no le había preguntado
el doctor de la ley. Dijo: «El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo» (v. 39). Tampoco este segundo mandamiento Jesús lo inventa,
sino que lo toma del libro del Levítico. Su novedad consiste precisamente en
poner juntos estos dos mandamientos —el amor a Dios y el amor al prójimo—
revelando que ellos son inseparables y complementarios, son las dos
caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se
puede amar al prójimo sin amar a Dios. El Papa Benedicto nos dejó un bellísimo
comentario al respecto en su primera encíclica Deus
caritas est, (nn. 16-18).
En efecto, el signo visible que el cristiano puede mostrar para
testimoniar al mundo y a los demás, a su familia, el amor de Dios es el amor a
los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no
porque está en la cima de la lista de los mandamientos. Jesús no lo puso en
el vértice, sino en el centro, porque es el corazón desde el cual todo debe
partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia.
Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios
que es santo, comprendía también el deber de hacerse cargo de las personas más
débiles, como el extranjero, el huérfano, la viuda (cf. Ex 22, 20-26). Jesús
conduce hacia su realización esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su
carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor.
Ahora, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y
la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida religiosa, la vida
de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que
encontramos. No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en
los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida,
especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida de la
fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi
fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.
En medio de la tupida selva de preceptos y prescripciones —a los legalismos
de ayer y de hoy— Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros: el
rostro del Padre y el del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos: no
son preceptos y fórmulas; nos entrega dos rostros, es más, un solo rostro,
el de Dios que se refleja en muchos rostros, porque en el rostro de cada
hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está
presente la imagen misma de Dios. Y deberíamos preguntarnos, cuando encontramos
a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Dios:
¿somos capaces de hacer esto?
De este modo Jesús ofrece a cada hombre el criterio fundamental sobre el
cual edificar la propia vida. Pero Él, sobre todo, nos donó el Espíritu Santo,
que nos permite amar a Dios y al prójimo como Él, con corazón libre y generoso.
Por intercesión de María, nuestra Madre, abrámonos para acoger este don del
amor, para caminar siempre en esta ley de los dos rostros, que son un rostro
solo: la ley del amor.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 24 de
octubre de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
En la liturgia de este domingo, el apóstol san Pablo nos invita a
considerar el Evangelio «no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como
Palabra de Dios» (1 Ts 2, 13). De este modo podemos acoger con fe
las advertencias que Jesús dirige a nuestra conciencia, para asumir un
comportamiento acorde con ellas. En el pasaje de hoy, amonesta a los
escribas y fariseos, que en la comunidad desempeñaban el papel de maestros,
porque su conducta estaba abiertamente en contraste con la enseñanza que
proponían a los demás con rigor. Jesús subraya que ellos «dicen, pero no
hacen» (Mt 23, 3); más aún, «lían fardos pesados y se los cargan a la
gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para
empujar» (Mt 23, 4). Es necesario acoger la buena doctrina, pero se
corre el riesgo de desmentirla con una conducta incoherente. Por esto Jesús
dice: «Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen»
(Mt 23, 3). La actitud de Jesús es exactamente la opuesta: él es el
primero en practicar el mandamiento del amor, que enseña a todos, y puede
decir que es un peso ligero y suave precisamente porque nos ayuda a llevarlo
juntamente con él (cf. Mt 11, 29-30).
Pensando en los maestros que oprimen la libertad de los demás en nombre de
su propia autoridad, san Buenaventura indica quién es el auténtico Maestro,
afirmando: «Nadie puede enseñar, ni obrar, ni alcanzar las verdades conocibles
sin que esté presente el Hijo de Dios» (Sermo I de Tempore, Dom. XXII
post Pentecosten, Opera omnia, IX, Quaracchi, 1901, p. 442). «Jesús se
sienta en la “cátedra” como el Moisés más grande, que extiende la Alianza a
todos los pueblos» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 93). ¡Él es
nuestro verdadero y único Maestro! Por ello, estamos llamados a seguir al Hijo
de Dios, al Verbo encarnado, que manifiesta la verdad de su enseñanza a través
de la fidelidad a la voluntad del Padre, a través del don de sí mismo. Escribe
el beato Antonio Rosmini: «El primer maestro forma a todos los demás maestros,
del mismo modo que forma a los discípulos, porque [tanto unos como otros]
existen sólo en virtud de ese tácito pero poderosísimo magisterio» (Idea
della Sapienza, 82, en: Introduzione alla filosofia, vol. II, Roma 1934, p.
143). Jesús condena enérgicamente también la vanagloria y asegura que obrar
«para que los vea la gente» (Mt 23, 5) pone a merced de la aprobación
humana, amenazando los valores que fundan la autenticidad de la persona.
Queridos amigos, el Señor Jesús se presentó al mundo como siervo, se
despojó totalmente de sí mismo y se rebajó hasta dar en la cruz la más
elocuente lección de humildad y de amor. De su ejemplo brota la propuesta de
vida: «El primero entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23, 11).
Invoquemos la intercesión de María santísima y pidamos, de modo especial, por
aquellos que en la comunidad cristiana están llamados al ministerio de la
doctrina, para que testimonien siempre con obras las verdades que transmiten
con la palabra.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 26 de
octubre de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Con la celebración
eucarística en la basílica de San Pedro ha concluido esta mañana la XII
Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, que ha tenido por
tema "La
Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia". Toda
Asamblea sinodal es una experiencia fuerte de comunión eclesial, pero esta aún
más porque en el centro de su atención se ha puesto lo que ilumina y guía a la
Iglesia: la Palabra de Dios, que es Cristo en persona. Y hemos vivido cada
jornada en escucha religiosa, percibiendo toda la gracia y la belleza de ser sus
discípulos y servidores. Según el significado original del término
"iglesia", hemos experimentado la alegría de ser convocados por la
Palabra y, especialmente en la liturgia, nos hemos encontrado en camino dentro
de ella, como en nuestra tierra prometida, que nos hace gustar anticipadamente
el reino de los cielos.
Un aspecto sobre el que se ha reflexionado mucho es la relación entre la
Palabra y las palabras, es decir, entre el Verbo divino y las Escrituras que lo
expresan. Como enseña el concilio Vaticano II en la constitución Dei
Verbum (n. 12), una buena exégesis bíblica exige tanto el método
histórico-crítico como el teológico, porque la Sagrada Escritura es Palabra de
Dios con palabras humanas. Esto implica que todo texto debe leerse e
interpretarse teniendo presentes la unidad de toda la Escritura, la tradición
viva de la Iglesia y la luz de la fe.
Aunque es verdad que la Biblia es también una obra literaria, más aún, el
gran código de la cultura universal, también es verdad que no debe ser
despojada del elemento divino, sino que debe leerse en el mismo Espíritu con
que fue compuesta. La exégesis científica y la lectio divina son, por
tanto, necesarias y complementarias para buscar, a través del significado
literal, el espiritual, que Dios quiere comunicarnos hoy.
Al concluir la Asamblea sinodal, los patriarcas de las Iglesias orientales
han realizado un llamamiento, que hago mío, para llamar la atención de la
comunidad internacional, de los líderes religiosos y de todos los hombres y
mujeres de buena voluntad sobre la tragedia que está teniendo lugar en algunos
países de Oriente, donde los cristianos son víctimas de intolerancia y de
crueles violencias, asesinados, amenazados y obligados a abandonar sus casas y
a vagar en busca de refugio.
En este momento pienso sobre todo en Irak e India. Estoy seguro de que las
antiguas y nobles poblaciones de esas naciones, en el curso de siglos de
convivencia respetuosa, han aprendido a apreciar la contribución que las
pequeñas pero laboriosas y cualificadas minorías cristianas dan al crecimiento
de la patria común. Estas minorías no piden privilegios, sino que sólo desean
seguir viviendo en su país junto a sus conciudadanos, como han hecho siempre. A
las autoridades civiles y religiosas afectadas les pido que no escatimen
esfuerzo alguno para que se restablezcan la legalidad y la convivencia civil y
los ciudadanos honrados y leales sepan que pueden contar con una adecuada
protección por parte de las instituciones del Estado.
Asimismo, deseo también que los responsables civiles y religiosos de todos
los países, conscientes de su papel de guía y referencia para las poblaciones,
realicen gestos significativos y explícitos de amistad y de consideración hacia
las minorías, cristianas o de otras religiones, y se haga de la defensa de sus
derechos legítimos una cuestión de honor.
Me complace, además, daros a conocer también a vosotros lo que acabo de
anunciar en la santa misa: en octubre del año próximo tendrá lugar en Roma la
II Asamblea especial del Sínodo para África. Antes de eso, si Dios quiere en el
mes de marzo, tengo intención de viajar a África, visitando en primer lugar
Camerún, donde entregaré a los obispos del continente el Instrumentum
laboris del Sínodo, y después Angola, con ocasión del v centenario de la
evangelización de ese país.
Encomendemos los sufrimientos a los que me he referido, como también las
esperanzas que todos llevamos en el corazón, en particular las perspectivas del
Sínodo de África, a la intercesión de María santísima.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 23 de
octubre de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
Con la celebración eucarística de hoy en la plaza de San Pedro se ha
clausurado la Asamblea
del Sínodo de los obispos. Al mismo tiempo, se ha concluido el Año
de la Eucaristía, que el amado Papa Juan Pablo II había inaugurado en
octubre de 2004. A los queridos y venerados padres sinodales, con los que he
compartido tres semanas de intenso trabajo en un clima de comunión fraterna,
les renuevo la expresión de mi cordial gratitud. Sus reflexiones, testimonios,
experiencias y propuestas sobre el tema: "La Eucaristía, fuente y cumbre
de la vida y de la misión de la Iglesia", han sido recogidos para la
elaboración de una exhortación postsinodal que, teniendo en cuenta las diversas
realidades del mundo, ayude a delinear el rostro de la comunidad
"católica", llamada a vivir unida, en la pluralidad de las culturas,
el misterio central de la fe: la Encarnación redentora, cuya presencia viva es
la Eucaristía.
Además, hoy, como muestran los tapices expuestos en la fachada de la
basílica vaticana, he
tenido la alegría de proclamar cinco nuevos santos, que, al final del Año
eucarístico, me complace indicar como frutos ejemplares de la comunión de vida
con Cristo. Son José
Bilczewski, arzobispo de Lvov de los latinos; Cayetano
Catanoso, presbítero, fundador de la congregación de las religiosas
Verónicas de la Santa Faz; Segismundo
Gorazdowski, sacerdote polaco, fundador de la congregación de las
Religiosas de San José; Alberto
Hurtado Cruchaga, presbítero de la Compañía de Jesús, chileno; y el
religioso capuchino Félix
de Nicosia. Cada uno de estos discípulos de Jesús fue formado interiormente
por su presencia divina, acogida, celebrada y adorada en la Eucaristía.
Además, cada uno de ellos cultivó, con diversos matices, una tierna y filial
devoción a María, la Madre de Cristo. Estos nuevos santos, que contemplamos en
la gloria celestial, nos invitan a recurrir en todas las circunstancias a la
protección materna de la Virgen, para avanzar cada vez más por el camino de la
perfección evangélica, sostenidos por la constante unión con el Señor,
realmente presente en el sacramento de la Eucaristía.
De ese modo, podremos vivir la vocación a la que todo cristiano está
llamado, es decir, la de ser "pan partido para la vida del mundo",
como nos recuerda oportunamente la Jornada mundial de las misiones, que
celebramos hoy. El nexo entre la misión de la Iglesia y la Eucaristía es muy
significativo. En efecto, la acción misionera y evangelizadora es la difusión
apostólica del amor, que se concentra en el santísimo Sacramento. Quien acoge a
Cristo en la realidad de su Cuerpo y Sangre no puede quedarse con este don para
sí mismo; se siente impulsado a compartirlo mediante el testimonio valiente del
Evangelio, el servicio a los hermanos que atraviesan dificultades y el perdón
de las ofensas. Además, para algunos la Eucaristía es germen de una llamada
específica a abandonarlo todo para ir a anunciar a Cristo a los que aún no lo
conocen.
A María santísima, Mujer eucarística, le encomendamos los frutos
espirituales del Sínodo y del Año de la Eucaristía. Que ella vele por el camino
de la Iglesia y nos enseñe a crecer en la comunión con el Señor Jesús, para ser
testigos de su amor, en el que reside el secreto de la alegría.
TODOS LOS SANTOS.
Monición de entrada.-
Bienvenidos:
Hoy es un día para estar muy contentos.
Porque en esta misa nos acordamos de todos
los santos.
Todos los que fueron amigos de Jesús y están
con Él en el cielo.
Ellos se portaron muy bien con Dios y con las
personas.
Y así acordarnos de ellos y de como se
portaron nos ayuda a nosotros a ser buenos amigos de Jesús.
Señor, ten piedad.-
Tú eres el Santo. Señor, ten piedad.
Tú nos llamas a ser santos. Cristo, ten piedad.
Tú eres el premio de todos los santos. Señor,
ten piedad.
Peticiones.-
Por el Papa León, para que siga ayudándonos a
ser santos. Te lo pedimos, Señor.
Por la Iglesia para que haya muchos
santos. Te lo pedimos, Señor.
Por los que mandan, para que ayuden a que
haya paz. Te lo pedimos, Señor.
Por los pobres, los enfermos, los que tienen
hambre y los que tienen que esconderse por ser amigos de Jesús, para que
sientan muy cerca de Jesús. Te lo pedimos, Señor.
Por los que estamos en misa, para que
acordándonos de los santos, intentemos ser mejores amigos de Jesús. Te lo
pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
