Primera lectura.
Lectura
del libro de Isaías 58, 7-10.
Esto dice el Señor:
-Parte tu pan con los hambrientos, hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá
tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la
justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te
responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”. Cuando alejes de ti la
opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo
tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad
como el mediodía.
Textos
paralelos.
Tus justas acciones te
precederán.
Is 52, 12: No saldréis apresuraros ni os iréis huyendo, pues en
cabeza marcha el Señor, y en la retaguardia, el Dios de Israel.
Y lo oscuro de ti será como mediodía.
Jn 8, 12: De nuevo les habló Jesús: Yo soy la luz del mundo, quien
me siga no caminará en tinieblas, antes tendrá la luz de la vida.
Notas
exegéticas.
58 10 Lit: “si das al hambriento du
talma (griego: el pan de tu alma) y el alma afligida dejas saciada”. Pero la
palabra nefes, generalmente traducida por alma, también designa el
deseo, el apetito, de modo que son posibles matices diversos. El contexto, sin
embargo, justifica nuestra traducción.
Salmo
responsorial
Sal 112 (111), 4-9
El
justo brilla en las tinieblas como una luz. R/.
En
las tinieblas brilla como una luz
el
que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso
el que se apiada y presta,
y
administra rectamente sus asuntos. R/.
Porque
jamás vacilará.
El
recuerdo del justo será perpetuo.
No
temerá las malas noticias,
su
corazón está firme en el Señor. R/.
Su
corazón está seguro, sin temor.
Reparte
limosna a los pobres;
su
caridad dura por siempre
y
alzará la frente con dignidad. R/.
Textos
paralelos.
En las tinieblas ilumina
a los rectos, tierno, clemente y justo.
Sal 37, 6: Hará salir tu
justicia como la aurora, tu derecho como el mediodía.
Sal 97, 11: Amanece la luz para
el honrado y la alegría para los rectos de corazón.
Is 58, 10: Si das tu pan al
hambriento y sacias el estómago del indigente, surgirá tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad se volverá mediodía.
Feliz el hombre que se
apiada presta.
Pr 13, 9: La luz de los
honrados es alegre, la lámpara de los malvados se apaga.
Sal 111, 6: Mostró a su pueblo
la eficacia de su acción dándole la heredad de los paganos.
Notas
exegéticas.
112 Expresiones aplicadas a Dios en
el salmo precedentes son aplicadas aquí al justo.
112 4 De aplica así al justo lo que
en otros pasajes se dice de Dios, Sal 18, 29; 27, 1. También se traduce: “Una
luz brilla en las tinieblas para el justo; tierno y clemente es el hombre
recto”.
112 9 Otros: “para su gloria (lit.
“en gloria”) se alza su frente”.
Segunda
lectura.
Lectura
de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5.
Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el
misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca
entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este
crucificado. También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi
palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la
manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la
sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Textos
paralelos.
Fui a vosotros a
anunciaros el misterio de Dios no confié mi mensaje al prestigio de la palabra.
2 Co 11, 6: Si en elocuencia
soy profano, no lo soy en conocimiento, como os lo he demostrado siempre y en
todo.
Solo quería manifestaros
mi saber acerca de Jesucristo.
Ga 3, 1: ¡Gálatas insensatos!
¿quién os ha hechizado? Vosotros, a cuya vista han descrito a Cristo
crucificado.
Ga 6, 14: Lo que es a mí, Dios
me libre de gloriarme, si no es de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el
cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.
En la demostración del
Espíritu y su poder.
2 Co 12, 12: La marca de mi
apostolado se definió entre vosotros: en la constancia, signos, prodigios y
milagros.
Hch 1, 8: Pero recibiréis la
fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis testigos míos en
Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo.
Notas
exegéticas.
2 1 Var.: “el testimonio de Dios”.
2 2 Lit: “Jesús Ungido” (o “Jesús
Mesías”). Para los judíos, un Mesías crucificado era un escándalo.
2 3 Expresión bíblica estereotipada.
2 4 Alusión a los milagros y a la
efusión del Espíritu que acompañaron a la predicación de Pablo. – El texto es
gramaticalmente difícil, como se percibe en las discrepancias de la tradición
textual. El sentido, sin embargo, es claro.
2 5 Los discursos de la sabiduría
humana son persuasivos por sí mismos. Producen en los oyentes una adhesión
puramente humana. Esto es lo que Pablo rechaza. Su palabra es ciertamente una
demostración, porque manifiesta la acción del Espíritu; pero exige una adhesión
de un orden distinto: del Espíritu.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 5, 13-16.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal
se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que
la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una
ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para
meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a
todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean
vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.
Textos paralelos.
|
Mc 9, 50; 4, 21 |
Mt 5, 13.15 |
Lc 14, 34-35; 8, 16 |
|
Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis?
Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros.
Les decía:
-¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la
cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? |
Vosotros sois la sal de la tierra.
Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sierve más que
para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta
en lo alto del monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino
para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. |
La sal es buena, pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No
sirve ni para el campo ni para el estercolero, se tira afuera.
El que tenga oídos para oír, que oiga.
Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o la mete
debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entren
vean la luz. |
Vosotros sois la sal de la tierra.
Lv 2, 13: Toda oblación la sazonarás con sal; no
permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios en ninguna de tus
oblaciones; todas tus ofrendas llevarán sal.
Nm 18, 19: Es una alianza de sal, para siempre,
delante del Señor, para ti y tu descendencia.
Col 4, 6: Vuestra conversación sea siempre agradable
con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar a cada uno.
Vosotros sois la luz del mundo.
Jn 8, 12: Jesús les habló de nuevo diciendo: “Yo soy
la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la
luz de la vida”.
Una ciudad en la cima del monte
Is 2, 2: En los días futuros estará firme el monte
de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las
colinas. Hacía él confluirán las naciones.
Debajo del celemín.
Lc 11, 33: Nadie enciende una lámpara y la pone en
un lugar oculto o debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que los que
entran vean la luz.
Vean vuestras buenas obras.
Jn 3, 21: En cambio, el que obra la verdad se acerca
a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Jn 15, 8: Con esto recibe gloria mi Padre, con que
deis fruto abundante, así seréis discípulos míos.
Alaben a vuestro Padre.
1 Co 10, 31: Así pues, ya comáis, ya bebáis o hagáis
lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
5 13 La sal proporciona sabor a los
alimentos (Jb 6, 6) y tiene la propiedad de conservarlos (Ba 6, 27). De ahí que
pueda significar el valor duradero de un contrato como una “alianza de sal·;
pacto perpetuo (2 Cro 13, 5). Mt interpreta la palabra de Jesús afirmando que
el creyente debe conservar y “dar sabor” al mundo de los hermanos en su alianza
con Dios. De lo contrario no sirve para nada y los discípulos merecerán “ser
tirados afuera”.
5 15 En la antigüedad, el celemín era
un pequeño mueble de tres o cuatro patas. Solo se trataría aquí, pues, de
esconder la lámpara debajo de este mueblo, algo así como debajo del lecho de Mc
4, 21p, no de apagarla cubriéndola con un celemín moderno. Hoy diríamos tal vez
“debajo del arca” (ese mueble que suele haber en las casas de pueblo).
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.
13-16 Cf. LG 34 y 36 sobre los
cristianos en el mundo. // LA verdadera SAL..., LA verdadera Luz
(TÍTULO QUE Jesús se da a sí mismo en Jn 8, 12 y 9, 5). La sal y la luz se
aplicaban metafóricamente al antiguo Israel y a la Ley. Comparado este texto
con el paralelo de Mc, se entiende en línea del renunciamiento (la sal era
imprescindible en los sacrificios antiguos: cf. Lv 2, 13); e.d., siendo el pobre,
manso, misericordioso, etc. de las bienaventuranzas, el discípulo de Jesús
será LA SAL DE LA TIERRA. O dicho a la inversa, con las palabras de Orígenes:
“·Si yo creo en mi Señor Jesucristo, él me transformará en sal”. // SI... LA
SAL SE VOLVIERA INSÍPIDA: más exactamente: si se hiciere (la condición
está formulada en el texto griego como posible) loca, e.d., si se vuelve
inservible. // SE DARÁ SABOR: el texto griego de Mt y de Lc no habla de salar o
sazonar la sal, sino la comida. // PARA SER ECHADA AFUERA...: LIT, tirada
fuera sea pisoteada por los hombres.
15 EL CELEMÍN (el griego módios es
un latinismo: modius): medida de capacidad para áridos; aquí no se alude
al contenido (casi nueve litros), sino al recipiente (una especie de artesa
pequeña). // PARA QUE ILUMINE, o: y de esta manera ilumina. El seguidor
de Jesús “ha de ser vela encendida que a todos resplandece y solo para si arde
a sí [mismo] se gasta y a los demás alumbra” (Quevedo).
16 VEAN... Y GLORIFIQUEN: glorificar
a Dios es reconocerlo como el Dios verdadero, que actúa en quienes viven según
el espíritu de las bienaventuranzas (cf. Ef 5, 8-9 y 1 Pe 2, 12). La gloria,
el resplandor que reviste cualquier intervención divina entre los
hombres (“todo lo que es iluminado se convierte en luz”: Ef 5, 14), es signo de
su presencia activa en los cristianos y provoca en los paganos de buena
voluntad admiración y reconocimiento de la santidad divina. “Los buenos, entre
los malos, con su vida y obras predican más que los que predican en los
púlpitos, pues más es obrar que hablar “ (san Francisco Javier).
Notas exegéticas de la Biblia
Didajé.
5, 13-16 Sal de la tierra... luz del mundo: estos elementos
describen la misión divina. La sal da sabor a los alimentos y los preserva de
la putrefacción. El papel de un cristiano en el mundo es sacar como la sal, el
mejor sabor de los prójimos, conduciéndolos hacia Cristo. Mediante su testimonio
personal, los fieles se convierten en el esplendor del cielo. La luz de las
velas en el bautismo nos recuerda al cristiano nuevo, después de haber sido
iluminado por Cristo, para ser luz del mundo. Cat. 1243, 2044 y 2821.
Catecismo de la Iglesia Católica.
1243 La vestidura blanca simboliza
que el bautizado se ha “revestido de Cristo”: ha resucitado con Cristo. El cirio
que se enciende es el Cirio Pascual, significa que Cristo ha iluminado al
neófito. En Cristo, los bautizados son “la luz del mundo” (Mt 5, 14).
2044 La fidelidad de los bautizados es
una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de
la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de
verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por
el testimonio de vida de los cristianos. “El mismo testimonio de la vida
cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces
para atraer a los hombres a la fe y a Dios” (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam
Actuositatem, 6).
Concilio Vaticano II
Coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las
estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que
todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien
favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo,
impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas. Con este
proceder simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para la siembra de
la palabra divina, y a la Iglesia se le abren más de par en par las puertas por
las que introducir en el mundo el mensaje de la paz.
Lumen gentium, 36
San Agustín
Quien obra por Cristo y según Cristo, para no ser
alabado más que en Cristo, es un candelero. Alumbre a todos, vean algo que
imitar; no sean perezosos ni áridos; les es útil el ver; no sean videntes con
los ojos y ciegos en el corazón.
El Señor no mandó que se ocultasen las buenas obras,
sino que no se pensase en la alabanza humana al realizarla. [...] Que no
esperen ninguna otra recompensa ni deseen ningún otro bien superior y
celestial. Si lo hacen solo para ser alabados, caen bajo la prohibición del
Señor: Guardaos de realizar. ¿Cómo? Para ser vistos por ellos. Guardaos
de realizar este fruto: el ser bustos por los hombres.
Una cosa es buscar tu propia alabanza y otra buscar
en el bien obrar la alabanza de Dios. Cuando buscas tu alabanza, te has quedado
en la mirada de los hombres; cuando buscas la alabanza de Dios, has adquirido
la gloria eterna. Obremos así, no para ser vistos por los hombres; es decir,
obremos de tal manera que no busquemos la recompensa de la mirada humana. Al
contrario, obremos de tal manera que busquemos la gloria de Dios en quienes nos
vena y nos imiten, y caigamos en la cuenta que si él no nos hubiera hecho así,
nada seríamos.
Sermón 338.
Los Santos Padres.
Creo que como la sal preserva la carne de corromperse en mal olor y
gusanos y hace que sea utilizable por más tiempo, y si no, no duraría, de la
misma manera los discípulos de Cristo sostienen este mundo y vencen sobre el
mal olor de los pecados que proceden de la idolatría y la fornicación.
Orígenes, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 91. 1a, pg. 145.
Llama sal a la prudencia, de la que está llena la palabra evangélica, que
una vez sembrada en nuestras almas establece en nosotros la palabra de la
sabiduría y que por su sabor agradable y su gracia se le parece. Por eso, del mismo modo que sin sal no es
comestible ni el pan ni el pescado, de igual modo sin la inteligencia de la
instrucción apostólica toda alma es sosa, insulsa y no grata ante Dios.
Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 41. 1a,
pg. 146.
El Señor les hizo ver que toda la humana naturaleza estaba insípida y
totalmente podrida por sus pecados. De ahí justamente que de ellos exija
aquellas virtudes que señaladamente son necesarias y útiles para el
aprovechamiento de los otros.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 6. 1a, pg.
146.
El que es manso, modesto, misericordioso y justo no encierra para sí solo
estas virtudes, sino que hace que estas bellas fuentes se derramen también
copiosamente para provecho de los demás. Del mismo modo el limpio de corazón,
el pacífico y el que es perseguido por causa de la verdad dispone también su
vida para utilidad común.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 6. 1a, pg.
146.
San Juan de Ávila
Muy lejos, padres, estamos de aquella santidad que
nuestro oficio demanda; y si esto no cognocemos, ciegos estamos. Más limpios y
resplandecientes hemos de ser, dice San Crisóstomo, que los rayos del sol. Luz
del mundo y sal de la tierra nos llama Cristo (Mt 5, 13-14): lo primero, porque
el sacerdote es un espejo y una luz en al cual se han de mirar los del pueblo
y, viéndola, cognozcan las tinieblas que en ellos andan y remuerda en su
corazón diciendo: “¿Por qué no soy yo bueno como aquel sacerdote?”. Y llámanse sal, porque han de estar
convertidos en sabrosísimo gusto de Dios: tanto, que el que los tocare con la
habla y conversación, por derramado que esté y degustado de las cosas de Dios,
cobre el gusto de ellas y pierda el gusto de las cosas malas.
Plática a sacerdotes. I, pg. 791.
Si está un lego cristiano en pecado, ha de ser el
eclesiástico tantos rayos de luz, que alumbre las tinieblas de aquel cristiano
que está en pecado; que si le viere su buena vida, le dé tanta confusión que
diga: “¿Cómo aquel hombre, como yo, vive tan bien y yo tan mal?”. Que atine con
la claridad que el eclesiástico tiene; como cuando de noche ven en una poca de
lumbre, atinen acuyá está. que así atine el cristiano que estuviere en
tinieblas con la lumbre de tal eclesiástico. Por eso les llamó el Señor luz del
mundo y sal de la tierra y ciudad puesta en alto (Mt 5, 13-14), que es refugio y
amparo de los cristianos.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 130.
La honra de los ministros de Cristo es seguir a su
Señor, no solo en lo interior sino también en lo exterior; para así como (Él),
viviendo en el mundo, fue luz que desengañó a los mundanos y les dio a entender
con su palabra y, ejemplo que había otra vida muy más excelente, la cual se
había de desear y ganar con el desprecio de esta, así ellos fuesen luz del
mundo y sal de la tierra (Mt 5, 13-14), que diesen a entender que su reino no
es de este mundo, y con su ejemplo moviesen al pueblo flaco a despreciar las
cosas de acá.
Reformación del estado eclesiástico. II, pg. 500.
Y de esta manera, tratándose cada año en el sínodo
obispal, y de tres en tres años en el concilio provincial, lo que conviene a la
disciplina eclesiástica, en breve tiempo estará tal el estado eclesiástico, que
sea con verdad luz del mundo y sal de la tierra (Mt 5, 13-14).
Porque así como la luna participa de la lumbre del sol, y toda la tierra, y los
manjares se hacen sabrosos con echar en ellos la sal, así el estado secular
vive en luz y toma gusto en la guarda de los mandamientos de Dios y de su
Iglesia si el estado eclesiástico es el que debe; como, por el contrario,
recibe malas influencias de los malos ejemplos de los eclesiásticos.
De la veneración que se debe a los concilios. II, pg. 625.
La primera, que sean luz del mundo, siendo
ejemplares; que no se contenten con ser buenos para sí, sino para los tros. Y
esto se puede confirmar con autoridades, como aquella, Mateo 5: Vos
estis lux mundi; Vos estis sal terrae (Mt 5, 13-14).
Para el sermón a los clérigos. II, pg. 1045.
Por manera que Dios es luz que alumbra, sabiduría
que no puede ser engañada, verdad que ni tiene obscuridad ni tiene opiniones.
De esa manera de ser luz dice San Mateo: Vos estis luz mundi (Mt 5, 14).
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 126.
Deben los prelados tener memoria de lo que el Señor
les manda por Isaías (c. 57), diciendo Auferte offendicula de via
populi mei (Is 57, 14, Quitad los tropiezos del camino de mi pueblo); y de lo que
por el mismo profeta se les dice: Preparate viam populo: planum facite iter, et
eligite lapides, et elevate signum ad populum (Is 62, 10, Allanad el camino
del pueblo, terraplenes, terraplenad la calzada, alzad bandera sobre los
pueblos); que por eso son ciudades puestas sobre el monte y velas sobre el
candelero, y merecieron oír de la boca del Señor: Vos estis lux mundi (Mt 5, 14).
Algunas advertencias al sínodo de Toledo. II, pg. 745.
Y así la Iglesia es cosa manifiesta y clara, que
aun los ciegos, si no quieren a sabiendas cegarse, encontraran con ella. Esta
es la ciudad puesta en lo alto (cf. Mt 5, 14), señal que aun
desde lejos atinan a ella los caminantes. Si ella estuviera escondida, todo
estuviera escondido; porque ella es la que da luz a todo.
Sermón del Jueves Santo. III, pg. 413.
Todos estos tienen por oficio encaminar las ánimas
para el cielo. Sicut misit me Pater, et ego mitto vos (Jn 20, 21). Y, por
tanto, yo saco la conclusión que han de ser ejemplares, y que, si no lo son, se
perderán; porque, si el rey criase un capitán, no satisfaría si fuese solado. Ideo
vos estis lux mundi, salt terrae (cf. Mt 5, 14.13), etc. Pero
entra agora la duda cómo ha de ser ese ejemplo; porque hic
labor et dolor [Éste es un trabajo duro y penoso]. Lo que se os puede decir, hermanos,
es que, si sois clérigo, habéis de vivir, hablar y tratar y conversar, etc., taliter
[de
tal manera] que provoquéis a otros a servir a Dios. La candela, cuando la
encienden, no es para matalla y ponella debajo del medio
celemín, ut ait Christus (Mt 5, 15) y ansí, en ordenándoos, sois candela que
habéis de dar lumbre.
Plática a los sacerdotes. I, pg. 852.
Y no solamente estas personas [una persona que
tiene mando o estado de aprovechar a otros], mas generalmente todo cristiano
debe cumplir lo que está escrito: Ten cuidado de la buena fama (Eclo 41, 15). No
porque ha de parar en ella, mas porque ha de ser tal un cristiano que,
quienqueira que oyere o viere su vida, dé a Dios gloria como lo solemos dar
viendo una rosa o un árbol con fructo y frescura. Esto es lo que mandó el santo
Evangelio, que luzca nuestra luz delante de los hombres, de manera que
viendo nuestras buenas obras, den gloria al celestial Padre (Mt 5, 16), del
cual procede todo lo bueno.
Audi, filia (II), II, pg. 544-455.
Lo tercero, tener en grandísima veneración los
doctores aprobados por la Iglesia, y lo que enseñaron y sintieron, y los
ejemplos de su vida y de los demás santos canonizados por la santa Iglesia,
porque a ellos puso Dios por candelas encendidas con el fuego del Espíritu
Santo sobre el candelero de la Iglesia par alumbrarla
(cf. Mt 5, 15).
Dialogus inter confessarium et paenitentem. II, pg. 795.
También resplandece el espíritu, y hay muestras de
cómo son hijos de Dios: hay obras grandes, que muestran grande caridad y
descubren grande tesoro: Videant opera vestra bona et glorificent
patrem vestrum qui in caelis est (Mt 5, 16).
Lecciones sobre la Epístola a los Gálatas. II, pg. 96.
Et in Evangelio: Sic luceat lux vestra coram
hominibus, ut videant, etc. (Mt 5, 16). Habéis de dar tan buen ejemplo
entre los malos, que de ver vuestra vida se confundan.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pgs.
128-129.
Así como de ver un árbol hermoso y con fructa
alaban a Dios que lo crió, así digan: “¡Bendito sea Dios, que tan viertuoso te
hizo!”. El pecar desonra a los hombres: Sic luceat...” (Mt 5, 16).
Gloria del Padre es la bondad del hijo; y gloria de Dios la virtud del
cristiano. Procurad de ser buenos, siquiera porque no se pierda Dios esta
honra.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 218.
El pecar deshonra a los hombres, que no el traerse
llanamente y dejar las vanidades. Sic luceat... (Mt 5, 16). No nos encomienda
aquí, Jesucristo la buena fama por los atavíos, sino por las virtudes, por las
cuales es glorificado Dios en vos.
Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 388.
Porque aun aquellos pecados que condenó la razón
natural, y la ley de los moros y el mesmo mundo, abundan en muchos de los
cristianos; y, en lugar de lo que el Señor nos mandó que luciesen nuestras
obras para que los que las viesen glorificasen a nuestro Padre celestial (cf.
Mt 5, 16), como a fuente de toda luz y todo bien que se devisaba en nosotros,
han sido tan feas y llenas de obscuridad, que han infamado a nuestro Dios entre
los infieles, dándoles causa que piensen, como gente ciega, que, si el Señor fuera
bueno, no fueran los criados tan malos.
Causas y remedios de las herejías. II, pg. 537.
Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es
perfecto (cf. Mt 5, 46-48) y haced obras que imiten a su bondad, de las cuales
el mundo se admire, y den gloria a vuestro Padre, que está en los
cielos (Mt 5, 16), por veros a vosotros, aunque andéis en el mundo como ellos
andan, que no vivís según el mundo, mas en la vida sois celestiales.
En la infraoctava del Corpus. III, pg. 731.
Sed, pues, hermanos tales, que vuestra vida
glorifique a vuestro Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16); sed
tales, que deis testimonio que sois hijos de Dios, y que esperáis su reino, que
nunca se acaba.
Para la villa de Utrera. IV, pg. 731.
San Oscar Romero.
La Iglesia necesita de cada uno de nosotros y de todos en
conjunto. Cada cristiano tiene que ser como una antorcha, y el conjunto de
cristianos, tiene que ser como una ciudad en la Montaña.
Homilía. 5 de febrero de 1978.
Papa León XIV. Ángelus. 1 de febrero de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En la
liturgia de hoy se proclama una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús
anuncia a toda la humanidad: el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12).
Estas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la
historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del
Hijo, con el poder del Espíritu Santo.
En el
monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los
corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace
buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable. Sólo Dios
puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf.
vv. 3-4), porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito.
Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9),
porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios
encuentran alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf.
vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución,
Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso
Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (v. 12).
Estas
Bienaventuranzas son una paradoja sólo para quien considera que Dios es
diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean
siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor.
Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos,
podría creer que Jesús sea un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente
en la falta de fe en Cristo; Él es el pobre que comparte su vida con todos,
el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz y es perseguido
hasta la muerte en cruz.
De este
modo, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los
vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. El Hijo mira
al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como
decía el Papa Francisco, «los profesionales de la ilusión. No hay que
seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» (Ángelus, 17 febrero
2019). Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta
como desesperado.
Queridos
hermanos y hermanas, las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la
felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se
compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o
en relaciones que nos acompañan. De hecho, es “a causa de Cristo” (cf. v.
11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría
de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia
constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.
Las
Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón
(cf. Lc 1,51-52). Por eso pidamos la intercesión de la Virgen María, sierva del
Señor, que todas las generaciones llaman bienaventurada.
León XIV. Audiencia general. 28
de enero de 2026. Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II - I. Constitución
dogmática Dei Verbum 3. Un único depósito
sagrado. La relación entre la Escritura y la Tradición.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y
bienvenidos!
Continuando con la lectura de la Constitución
conciliar Dei Verbum sobre la
Revelación divina, hoy reflexionamos sobre la relación entre la Sagrada
Escritura y la Tradición. Podemos tomar como fondo dos escenas evangélicas.
En la primera, que tiene lugar en el Cenáculo, Jesús, en su gran
discurso-testamento dirigido a los discípulos, afirma: «Os he dicho estas cosas
mientras estoy todavía con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que
el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo
os he dicho. […] Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la
verdad completa» (Jn 14,25-26; 16,13).
La segunda escena nos lleva, en cambio, a las
colinas de Galilea. Jesús resucitado se muestra a los discípulos, que están
sorprendidos y dudosos, y les da una consigna: «Id y haced discípulos a todas
las naciones, […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20).
En ambas escenas es evidente la íntima relación entre la palabra pronunciada
por Cristo y su difusión a lo largo de los siglos.
Es lo que afirma el Concilio Vaticano II recurriendo
a una imagen sugerente: «La Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición están
estrechamente unidas y se comunican entre sí. Puesto que ambas proceden de la
misma fuente divina, forman en cierto modo un todo y tienden al mismo fin»
(Dei Verbum, 9). La
Tradición eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la
Iglesia, que custodia, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n. 113) remite, a este
respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: «La Sagrada Escritura está
escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos materiales», es
decir, en el texto sagrado.
Siguiendo las palabras de Cristo que hemos citado
anteriormente, el Concilio afirma que «la Tradición de origen apostólico
progresa en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo» (DV, 8). Esto ocurre con la
plena comprensión mediante «la reflexión y el estudio de los creyentes»,
a través de la experiencia que nace de «una inteligencia más profunda de las
cosas espirituales» y, sobre todo, con la predicación de los sucesores de
los apóstoles que han recibido «un carisma seguro de la verdad». En
resumen, «la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y
transmite a todas las generaciones todo lo que cree» (ibíd.).
Famosa es, a este respecto, la expresión de San
Gregorio Magno: «La Sagrada Escritura crece con quienes la leen». [1] Y
ya San Agustín había afirmado que «una sola es la discurso de Dios que se
desarrolla en toda la Escritura y una sola es el Verbo que resuena en boca de
tantos santos». [2] La
Palabra de Dios, por lo tanto, no está fosilizada, sino que es una realidad
viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición. Esta última,
gracias al Espíritu Santo ( ), la comprende en la riqueza de su verdad y la
encarna en las coordenadas cambiantes de la historia.
Sugestivo, en esta línea, es lo que proponía el
santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman, en su obra titulada El
desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmaba que el cristianismo, tanto
como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal y
como indicó el mismo Jesús con las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29):
una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior. [3]
El apóstol Pablo exhorta repetidamente a su
discípulo y colaborador Timoteo: «Timoteo, guarda el depósito que se
te ha confiado» (1 Tm 6,20; cf. 2 Tm 1,12.14). La Constitución
dogmática Dei Verbum se hace eco
de este texto paulino cuando dice: «La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura
constituyen un único depósito de la Palabra de Dios confiado a la
Iglesia», interpretado por «el magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se
ejerce en nombre de Jesucristo» (n. 10). «Depósito» es un
término que, en su matriz original, es de naturaleza jurídica e impone al
depositario el deber de conservar el contenido, que en este caso es la fe, y de
transmitirlo intacto.
El «depósito» de la Palabra de Dios está también
hoy en manos de la Iglesia y todos nosotros, en los distintos ministerios
eclesiales, debemos seguir custodiándolo en su integridad, como una
estrella polar para nuestro camino en la complejidad de la historia y de la
existencia.
En conclusión, queridos hermanos, escuchemos de
nuevo la Dei Verbum, que exalta la
interconexión entre la Sagrada Escritura y la Tradición: ambas —afirma— están
tan unidas y entrelazadas entre sí que no pueden subsistir independientemente,
y juntas, según su propio modo, bajo la acción de un solo Espíritu Santo,
contribuyen eficazmente a la salvación de las almas (cfr n. 10).
______________________________________________
[1] Homilías sobre Ezequiel I, VII, 8: PL 76,
843D.
[2] Enarrationes in Psalmos 103, IV, 1
[3] Cfr. J.H. Newman, Lo sviluppo della dottrina
cristiana, Milán 2003, p. 104.
Papa Francisco. Ángelus. 9 de
febrero de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de hoy (cf. Mateo 5, 13-16), Jesús dice a
sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra [...]. Vosotros sois la luz
del mundo» (vv. 13,14). Utiliza un lenguaje simbólico para indicar a los que
tienen intención de seguirlo ciertos criterios de presencia y testimonio vivo
en el mundo.
Primera imagen: la sal. La sal es el elemento que da
sabor y conserva y preserva los alimentos de la corrupción. Por lo tanto, el
discípulo está llamado a mantener alejados de la sociedad los peligros, los
gérmenes corrosivos que contaminan la vida de las personas. Se trata de
resistir a la degradación moral y el pecado, dando testimonio de los valores de
honestidad y fraternidad, sin ceder a los halagos mundanos del arribismo, el
poder y la riqueza. Es «sal» el discípulo que, a pesar de los fracasos
diarios ―porque todos los tenemos―, se levanta del polvo de sus propios
errores, comenzando de nuevo con coraje y paciencia, cada día, para buscar
el diálogo y el encuentro con los demás. Es «sal» el discípulo que no
busca el consentimiento y la alabanza, sino que se esfuerza por ser una
presencia humilde y constructiva, en fidelidad a las enseñanzas de Jesús
que vino al mundo no para ser servido, sino para servir. ¡Y hay mucha necesidad
de esta actitud!
La segunda imagen que Jesús propone a sus discípulos es la de la
luz: «Vosotros sois la luz del mundo». La luz dispersa la
oscuridad y nos permite ver. Jesús es la luz que ha disipado las tinieblas,
pero aún permanecen en el mundo y en las personas. Es la tarea del cristiano
dispersarlas haciendo brillar la luz de Cristo y proclamando su Evangelio.
Es una irradiación que también puede provenir de nuestras palabras, pero debe
fluir sobre todo de nuestras «buenas obras» (v. 16). Un discípulo y una
comunidad cristiana son luz en el mundo cuando encaminan a los demás hacia
Dios, ayudando a cada uno a experimentar su bondad y misericordia. El
discípulo de Jesús es luz cuando sabe vivir su fe fuera de los espacios
estrechos, cuando ayuda a eliminar los prejuicios, a eliminar la calumnia y a
llevar la luz de la verdad a situaciones viciadas por la hipocresía y la
mentira. Hacer luz. Pero no mi luz, es la luz de
Jesús: somos instrumentos para que la luz de Jesús llegue a todos.
Jesús nos invita a no tener miedo de vivir en el mundo, aunque a veces haya
condiciones de conflicto y pecado en él. Frente a la violencia, la injusticia, la opresión, el
cristiano no puede encerrarse en sí mismo o esconderse en la seguridad de su
propio recinto; la Iglesia tampoco puede encerrarse en sí misma, no puede
abandonar su misión de evangelización y servicio. Jesús, en la última cena,
pidió al Padre que no sacara a los discípulos del mundo, que los dejara allí en
el mundo, que los protegiera del espíritu del mundo. La Iglesia se prodiga con
generosidad y ternura por los pequeños y los pobres: este no es el espíritu del
mundo, esta es su luz, es la sal. La Iglesia escucha el grito de los últimos y
de los excluidos, porque es consciente de que es una comunidad peregrina
llamada a prolongar en la historia la presencia salvadora de Jesucristo.
Que la Santísima Virgen nos ayude a ser sal y luz en medio del pueblo,
llevando la Buena Nueva a todos, con la vida y la palabra.
Papa Francisco. Ángelus. 5 de
febrero de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En estos domingos la liturgia nos propone el llamado Discurso de la
montaña, en el Evangelio de Mateo. Después de haber presentado el domingo
pasado las Bienaventuranzas, hoy destaca las palabras de Jesús que describe la
misión de sus discípulos en el mundo (cf. Mateo 5, 13-16). Él
utiliza las metáforas de la sal y de la luz y sus palabras son dirigidas a los
discípulos de cada época, por lo tanto también a nosotros.
Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las
buenas obras. Y dice:
«Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas
obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5,
16). Estas palabras subrayan que nosotros somos reconocibles como verdaderos
discípulos de Aquel que es la Luz del mundo, no en las palabras, sino de
nuestras obras. De hecho, es sobre todo nuestro comportamiento que —en el
bien y en el mal— deja un signo en los otros. Tenemos por tanto una tarea y una
responsabilidad por el don recibido: la luz de la fe, que está en
nosotros por medio de Cristo y de la acción del Espíritu Santo, no debemos
retenerla como si fuera nuestra propiedad. Sin embargo estamos llamados a
hacerla resplandecer en el mundo, a donarla a los otros mediante las buenas
obras. ¡Y cuánto necesita el mundo de la luz del Evangelio que transforma,
sana y garantiza la salvación a quien lo acoge! Esta luz debemos llevarla
con nuestras buenas obras.
La luz de nuestra fe, donándose, no se apaga sino que se refuerza. Sin
embargo puede disminuir si no la alimentamos con el amor y con las obras de
caridad. Así la
imagen de la luz se encuentra con la de la sal. La página evangélica, de hecho,
nos dice que, como discípulos de Cristo, somos también «la sal de la tierra (v.
13)». La sal es un elemento que, mientras da sabor, preserva la comida de la
alteración y de la corrupción —¡en la época de Jesús no había frigoríficos!—.
Por lo tanto, la misión de los cristianos en la sociedad es la de dar
“sabor” a la vida con la fe y el amor que Cristo nos ha donado, y al mismo
tiempo tiene lejos los gérmenes contaminantes del egoísmo, de la envidia, de
la maledicencia, etc. Estos gérmenes arruinan el tejido de nuestras
comunidades, que deben, sin embargo, resplandecer como lugares de acogida,
de solidaridad, de reconciliación. Para unirse a esta misión, es necesario que
nosotros mismos seamos los primeros liberados de la degeneración que corrompe
de las influencias mundanas, contrarias a Cristo y al Evangelio; y esta
purificación no termina nunca, se hace continuamente, ¡se hace cada día!
Papa Francisco. Ángelus. 9 de
febrero de 2014.
Hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de este domingo, que está inmediatamente después de las
Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la
tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Esto nos
maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas
palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla...
Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente
como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres
de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois
misericordiosos... seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.
Para comprender mejor estas imágenes, tengamos presente que la Ley judía
prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como
signo de alianza. La luz, para Israel, era el símbolo de la revelación
mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos,
nuevo Israel, reciben, por lo tanto, una misión con respecto a todos los
hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda a la
humanidad. Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos
llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos
«sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como
lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una
caridad genuina. Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y
apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa
misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa!
Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla,
conservarla. El cristiano debería ser una persona luminosa, que
lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de
Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano
apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que
no lleva la luz, una vida sin sentido. Pero yo os quisiera preguntar ahora:
¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada?
¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? [la gente responde: ¡Encendida!] ¡Lámpara
encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los
demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana.
Benedicto XVI. Ángelus. 6 de enero de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio de este domingo el Señor Jesús dice a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,
13.14). Mediante estas imágenes llenas de significado, quiere transmitirles el
sentido de su misión y de su testimonio. La sal, en la cultura de Oriente
Medio, evoca varios valores como la alianza, la solidaridad, la vida y la
sabiduría. La luz es la primera obra de Dios creador y es fuente de la vida; la
misma Palabra de Dios es comparada con la luz, como proclama el salmista:
«Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,
105). Y también en la liturgia de hoy, el profeta Isaías dice: «Cuando ofrezcas
al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las
tinieblas, tu oscuridad como el mediodía» (58, 10). La sabiduría resume en sí
los efectos benéficos de la sal y de la luz: de hecho, los discípulos del Señor
están llamados a dar nuevo «sabor» al mundo, y a preservarlo de la corrupción,
con la sabiduría de Dios, que resplandece plenamente en el rostro del Hijo,
porque él es la «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,
9). Unidos a él, los cristianos pueden difundir en medio de las tinieblas de
la indiferencia y del egoísmo la luz del amor de Dios, verdadera sabiduría que
da significado a la existencia y a la actuación de los hombres.
El próximo 11 de febrero, memoria de Nuestra Señora de Lourdes,
celebraremos la Jornada mundial del enfermo. Es ocasión propicia para
reflexionar, para rezar y para acrecentar la sensibilidad de las comunidades
eclesiales y de la sociedad civil hacia los hermanos y las hermanas enfermos.
En el Mensaje
para esta Jornada, inspirado en una frase de la primera carta de
san Pedro: «Por sus llagas habéis sido curados»» (2, 24), invito a todos a
contemplar a Jesús, el Hijo de Dios, que sufrió, murió, pero resucitó. Dios se
opone radicalmente a la prepotencia del mal. El Señor cuida del hombre en cada
situación, comparte el sufrimiento y abre el corazón a la esperanza.
Exhorto, por tanto, a todos los agentes sanitarios a reconocer en el enfermo no
sólo un cuerpo marcado por la fragilidad, sino ante todo una persona, a la que
es preciso dar toda la solidaridad y ofrecer respuestas adecuadas y competentes.
En este contexto recuerdo, además, que hoy se celebra en Italia la «Jornada por
la vida». Espero que todos se esfuercen por hacer que crezca la cultura de
la vida, para poner en el centro, en cualquier circunstancia, el valor del ser
humano. Según la fe y la razón, la dignidad de la persona no se puede
reducir a sus facultades o a las capacidades que pueda manifestar y, por tanto,
no disminuye cuando la persona es débil, inválida y necesitada de ayuda.
Queridos hermanos y hermanas, invocamos la intercesión maternal de la
Virgen María, para que los padres, los abuelos, los profesores, los sacerdotes
y cuantos trabajan en la educación formen a las generaciones jóvenes en la
sabiduría del corazón, para que lleguen a la plenitud de la vida.
GUIÓN MISA NIÑOS. DOMINGO VI T.O.
Monición de entrada.-
Bienvenidos a misa:
Venimos a misa porque queremos ser amigos de
Jesús.
Queremos escuchar a Jesús y tenerle por
maestro.
Él es el buen maestro, que nos enseña con el
corazón.
Señor ten piedad.-
Tú eres la Palabra de Dios. Señor, ten
piedad.
Tú eres la Ley de Dios. Cristo, ten piedad.
Tú eres el Hijo de Dios. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa Francisco y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por la Iglesia, para que sus
leyes nazcan del Evangelio. Te lo
pedimos, Señor.
Jesús, te pido los que no conocen a Jesús,
para que te conozcan. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido las personas que hacen las
leyes, para que las hagan pensando en todos. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros, para que vivamos
como nos pides. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
