Primera lectura.
Lectura del libro del
Apocalipsis 7, 2-4.9-14
Yo, Juan, vi a otro
ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz
potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar,
diciéndoles:
-No dañéis a la tierra
ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de
nuestro Dios.
Oí también el número de
los sellados, ciento cuarenta y cuatro mi9l, de todas las tribus de Israel.
Después de esto vi a una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de todas
las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delate del trono y delante del
Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan
con voz potente:
-¡La victoria es de
nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero!
Y todos los ángeles que
estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes
cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo:
-Amén. La alabanza y la
gloria y la sabiduría y la acción desgracias y el honor y el poder y la fuerza
son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Y uno de los ancianos me
dijo:
-Estos que están
vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?
Yo le respondí:
-Señor mío, tú lo
sabrás.
Él me respondió:
-Estos son los que
vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la
sangre del Cordero.
Textos paralelos.
No causéis daño ni a la tierra ni al mar.
Ez 9, 4: Con los avíos
de escribano a la cintura, y le dijo el Señor: “Recorre la ciudad, atraviesa
Jerusalén y marca en la frente a los que se lamentan afligidos por las
abominaciones en que en ella se cometen”.
Is 44, 5: Uno dirá: Soy
del Señor; otro se pondrá el nombre de Jacob; otro se tatuará en el brazo: “Del
Señor”, y se apellidará Israel.
Selló la frente de
los siervos.
Ap 3, 12: Al vencedor lo
haré columna en el templo de mi Dios y no volverá a salir; en ella grabaré el
nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, de la nueva Jerusalén
que baja del cielo, desde mi Dios, y mi nombre nuevo.
Ap 22, 4: Y verán su
rostro y llevarán en la frente su nombre.
Los marcados con el
sello.
Ex 12, 7-14: Con algo de
la sangre rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis
comido. Esa noche comeréis la sangre, asada a fuego, acompañada de pan sin
fermentar y verduras amargas. No comeréis de ella nada crudo ni cocido en agua,
sino asado a fuego: con cabeza, patas y entrañas. No dejaréis restos para la
mañana siguiente, y si sobra algo, lo quemaréis. Y lo comeréis así: la cintura
ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a
toda prisa, porque es la Pascua del Señor. Esa noche atravesaré todo el
territorio egipcio dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de
animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. La
sangre será vuestra contraseña en las casas donde estéis: cuando vea la sangre,
pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora cuando yo pase hiriendo a
Egipto. Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis fiesta al
Señor. Ley perpetua para todas las generaciones.
Ap 14, 1: Vi al Cordero
que estaba en el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban
su nombre y el nombre del Padre grabado en la frente.
Después miré y pude
ver una muchedumbre inmensa.
Ap 15, 2-5: Vi una
especie de mar transparente veteado de fuego. Los que han vencido a la fiera, a
su imagen y al número de su nombre estaban junto al mar transparente con las
cítaras de Dios. Cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del
Cordero: Grandes y admirables son tus obras, Señor Dios todopoderoso; justos y
ciertos tus caminos, Rey de las naciones. ¿Quién no te respetará, Señor, quién
no dará gloria a tu nombre? Tú solo eres santo, y todas las naciones vendrán a
adorarte en tu presencia, porque se han revelado tus decisiones. Después vi
cómo se abría el templo, la tienda del testimonio en el cielo.
Gn 15,5: Y el Señor lo
sacó afuera y le dijo: “Mira el cielo; cuenta las estrellas si puedes”. Y
añadió: “Así será tu descendecia”.
Ap 5, 9: Cantaban un
cántico nuevo: Eres digno de recibir el rollo y soltar sus sellos, porque
fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza,
lengua, pueblo y nación.
Estos son los que
llegan de la gran tribulación.
Ap 15, 2: Vi una especie
de mar transparente veteado de fuego. Los que han vencido a la fiera, a su
imagen y al número de su nombre estaban junto al mar transparente con las
cítaras de Dios.
Dn 12, 1: Entonces e
levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos
difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces
se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro.
Ap 1, 5: Y de parte de
Jesucristo, el testigo fidedigno, el primogénito de los muertos, el Señor de
los reyes del Mundo. Al que nos amó y nos libró con su sangre de nuestros
pecados.
Ap 22,14: Dichosos los
que lavan sus vestidos, pues tendrá a su disposición el árbol de la vida y
entrarán por las puertas en la ciudad.
Gn 49, 11: [Judá] Ata su
burro a una viña, / las crías a un majuelo; / lava su ropa en vino / y su
túnica en sangre de uvas.
Las han blanqueado
con la sangre del Cordero.
Ex 19, 10: El Señor le
dijo [a Moisés]: ·Vuelve a tu pueblo, purifícalos hoy y mañana, que se laven la
ropa.
Notas exegéticas.
7 2 La escena se inspira en Ez 9. El término “sello” puede entenderse
como una marca de propiedad (las personas que lo reciben pertenecen a Dios) o
como una señal de salvación (como en Ez 9: un sello que distingue a quienes
Dios protege). Estos dos aspectos no se excluyen entre sí, como lo muestra la
utilización de la palabra “sello” (atestiguada a partir del siglo II, pero
quizá ya en 2 Co 1, 22) para designar el bautismo.
7 4 El cuadrado de doce (el número sagrado), multiplicado por mil: la
multitud de los fieles de Cristo, pueblo de Dios, nuevo Israel, Ga 6, 16.
Marcados con el sello divino. Rm 4, 11 escaparán por fin de las plagas
esperadas: ver Ex 12, 7-14.
7 9 (a) Esta vez se trata de la muchedumbre de los mártires cristianos en
posesión ya de la felicidad celestial.
7 9 (b) Las palmas del triunfo, que evocan la fiesta alegre de las
Tiendas, Lv 23, 33-34 (en el v. 15 la tienda de Dios vendrá a ser la morada de
esa muchedumbre).
7 14 (a) Para el diálogo introductorio, ver Za 6, 4-5 y también 4, 4-15.
7 14 (b) Las persecuciones, cuyo prototipo era la de Nerón. Se trata de la
prueba escatológica, una de cuyas manifestaciones eran precisamente las
persecuciones.
7 14 (c) La sangre simbolizaba la eficacia de la muerte de Jesús. Aquí es
aceptado este don por los que reciben sus efectos.
Salmo responsorial
Salmo 24 (23), 1-6.
Esta es la generación
que busca tu rostro, Señor. R/.
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R/.
¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro
corazón,
que no confía en los ídolos. R/.
Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Esta es la generación que busca al Señor,
que busca tu rostro, Dios de Jacob. R/.
Textos paralelos.
De Yahvé es la tierra y
cuanto la llena.
Is 66, 1-2: Así dice el Señor: / El cielo es mi trono, / y la tierra,
el estrado de mis pies: / ¿qué templo podréis construirme / o qué lugar para mi
descanso? / Todo esto lo hicieron mis manos, / y existió todo esto / - oráculo
del Señor –. / Pero en ese pondré mis ojos: / en el humilde y el abatido / que
se estremece ante mis palabras.
Sal 80, 12: Extendió sus sarmientos hasta el mar / y sus brotes hasta
el Río Grande.
Dt 10, 14: Cierto: del Señor son los cielos, hasta el último cielo; la
tierra y todo cuanto la habita.
1 Co 10, 26: Pues del Señor es la tierra y cuanto contiene.
Is 42, 5: Así dice el Señor Dios, / que creyó y desplegó el cielo, /
afianzó la tierra con su vegetación, / dio el respiro al pueblo que la habita /
y el aliento a los que se mueven en ella.
Sal 75, 4: Aunque tiemble la tierra con sus habitantes / yo he
afianzado sus columnas.
La que acude en presencia del Dios de Jacob.
Sal 27, 8-9: “Buscad mi rostro”. / Mi corazón te dice: / – Yo busco tu
rostro, Señor; / no me ocultes tu rostro. / No apartes con ira a tu siervo, /
que tú eres mi auxilio; / no me rechaces, no me abandones, / Dios de mi
salvación.
Notas exegéticas.
24 Los versículos 7-10 pueden referirse al traslado del arca en
tiempo de David, 2 S 6, 12-16. El comienzo vv.1-6 parece posterior, ver Sal 15;
el creador del universo es también el amigo que acoge al justo.
Segunda lectura.
Lectura de la primera
carta del apóstol san Juan 3, 1-3
Queridos hermanos:
Mirad qué amor nos ha
tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos
conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no
se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos
semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta
esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
Textos paralelos.
Mirad que amor nos ha
tenido el Padre.
Rm 8, 14-17: Cuantos se dejan llevar del Espíritu de Dios son hijos de
Dios. Y no habéis recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor,
sino un espíritu de hijos que nos permite clamar: Abba, Padre. El Espíritu
atestigua nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Si somos hijos, también
somos herederos; herederos de Dios, coherederos con Cristo; si compartimos su
pasión compartimos su gloria.
Rm 8, 29-30: A los que escogió de antemano los destinó a reproducir la
imagen de su Hijo, de modo que fuera él el primogénito de muchos hermanos. A
los que había destinado los llamó, a los que llamó los hizo justos, a los que
hizo justos los glorificó.
Jn 1, 12: Pues la ley se promulgó por medio de Moisés, / la lealtad y
fidelidad se realizaron por Jesucristo.
Ef 1, 5: Por Jesucristo, según el designio de su voluntad, / nos
predestinó a ser sus hijos adoptivos.
Porque no le reconoció a él.
Jn 15, 21: Todo eso os lo hará a causa de mi nombre, / porque no
conocen al que me envió.
Jn 16, 3: Y eso lo harán porque no conocen al Padre ni a mí.
Jn 17, 25: Sabemos que, cuando se manifieste.
Col 3, 4: Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces vosotros
apareceréis gloriosos junto a él.
Flp 3, 21: El cual transformará nuestro cuerpo humilde en la forma de
su cuerpo glorioso, con la eficacia con que puede someterse todo.
Rm 8, 39: Ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar
del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.
1 Co 13, 12: Ahora vemos como enigmas en un espejo, entonces veremos
cara a cara. Ahora conozco a medias, entonces conoceré tan bien como soy
conocido.
Quien tiene esta esperanza en él.
Mt 5, 48: Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto.
1 Jn 2, 6: Quien dice que permanece con él ha de proceder como él
procedió.
Notas exegéticas.
3 1 (a) Omitido:
“pues ¡lo somos!”; y variante (Vulgata): “y que lo seamos”.
3 1 (b) El
verbo “(re) conocer”, empleado dos veces, no está en perfecto, sino primero
presente y después en aoristo, para señalar mejor el aspecto incoativo del
conocimiento. El mundo, incapaz de descubrir en Dios al Padre que nos ha
revelado su amor en su Hijo no puede conocer a los cristianos en su condición
de hijos de Dios.
3 2 (a) Juan
distingue dos etapas en la condición filial de los creyentes: el estado
inicial, a partir del comienzo de la vida cristiana y su cumplimiento
escatológico, en la perfecta semejanza al Hijo de Dios.
3 2 (b) La
conjunción “porque” no va unida probablemente a “seremos semejantes a él”, sino
a “Sabemos”: la certeza que ya tenemos de ver un día al Hijo de Dios en su
gloria nos asegura que llegaremos a ser plenamente semejantes a él. En consecuencia no se trata directamente
de una visión transformadora, como en el helenismo.
3 3 Jesús.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a.
En aquel
tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus
discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
-Bienaventurados
los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados
los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados
los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados
los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los
cielos.
Bienaventurados
vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por
mi causa.
Alegraos
y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Textos paralelos.
|
Mateo 5, 1-12a |
Lucas 6, 20-23 |
|
-Bienaventurados los pobres
en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque
ellos serán consolados. Bienaventurados los que
tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios
de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por
la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los
perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los
cielos. Bienaventurados vosotros
cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi
causa. Alegraos y regocijaos, porque
vuestra recompensa será grande en el cielo. |
Dirigiendo
la mirada a los discípulos, les decía: -Dichosos
los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos
los que ahora pasáis hambre, porque os saciaréis. Dichosos
los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos
cuando os odien los hombres y os destierren y os insulten y denigren vuestro
nombre a causa de este Hombre. Saltad entonces de alegría, que vuestro
premio en el cielo es abundante. Lo mismo trataron vuestros padres a los
profetas. Pero
ay de vosotros, los ricos, porque recibís vuestro consuelo; Ay
de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque pasaréis hambre; ay de los
que ahora reís, porque lloraréis y haréis duelo; Ay
de vosotros cuando todos hablen bien de vosotros. Lo mismo trataron vuestros
padres a los falsos profetas. |
Sus discípulos se acercaron.
Sb 2, 16: Nos considera de mala ley / y se aparta de
nuestras sendas como si contaminasen; / proclama dichoso el destino del justo /
y se gloría de tener por padre a Dios.
Si 14, 20: Dichoso el hombre que piensa en la
Sabiduría / y pretende la Prudencia.
Si 25, 7-12: Mi corazón guarda nueve
bienaventuranzas / y mi boca proclamará la décima: / Dichoso el que se alegra
con sus hijos, / el que no tiene que servir a un inferior; / dichoso el marido
de mujer sensata, / el que no tiene que arar con buey y asno; / dichoso el que
vive para ver la derrota de sus rivales, / el que no resbala con la lengua; /
dichoso el que encuentra un amigo / y el que no habla a oídos sordos; / qué
grande es quien alcanza sabiduría, / pero nadie como quien respeta al Señor; /
el temor del Señor lo supera todo, / el que lo posee es incomparable.
Dichosos
los humildes.
Sal 37, 11: Pero los marginados poseerán una tierra
/ y disfrutarán de gran prosperidad.
Gn 13, 15: [El Señor a Abrahán] Todo el país que
contemplas te lo daré a ti y a tu descendencia para siempre.
Lv 25, 23: La tierra no se venderá sin derecho a
retracto [derecho que compete a ciertas personas para quedarse, por el tanto de
su precio, con la cosa vendida a otro, rae.es], porque es mía, y en lo mío sois
emigrantes y criados.
Dichosos los que lloran.
Tb 13, 14: Malditos los que te odian. Benditos para
siempre los que te aman.
Si 48, 24: Con espíritu poderoso previó el futuro, /
y consoló a los afligidos de Sión; / anunció el futuro hasta el final / y los
secretos antes de que sucediesen.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia.
Sal 126, 5: Los que siembran con lágrimas / cosechan
con júbilo.
Is 61. 2-3: Para proclamar / el año de gracia del
Señor, / el día del desquite de nuestro Dios; / para consolar a los afligidos,
/ los afligidos de Sión; / para cambiar su ceniza en corona / su luto en
perfume de fiesta, / su abatimiento en traje de gala.
Is 40, 1: Consolad, consolad a mi pueblo, / dice
vuestro Dios:
Sal 107, 5-8: Pasaban hambre y sed / y desfallecía
su aliento. / Pero gritaron al Señor en su angustia, / y los libró de la
tribulación. / Los guió por un camino llano / para que dieran con su poblado. /
Den gracias al Señor por su misericordia / por las maravillas que hace por los
hombres.
Dichosos los misericordiosos.
Is 51, 1: Escuchadme, / los que vais tras la
justicia, / los que buscáis al Señor: / Mirad la roca de donde os tallaron, /
la cantera de donde os extrajeron.
Am 8, 11-12: Aquel día levantaré / la choza caída de
David; / tapiaré sus brechas, / levantaré sus ruinas / hasta reconstruirla como
era antaño; / para que conquisten el resto de Edom / y todos los pueblos / que
llevaron mi nombre / – oráculo del Señor, / que lo cumplirá –.
Lc 1, 53: Colma de bienes a los hambrientos / y
despide vacío a los ricos.
Dichosos los limpios de corazón.
Sal 37, 19: No se agostarán en la mala estación, /
en plena carestía se saciarán.
Pr 9, 5: Venid a comer de mis manjares / y a beber
el vino que he mezclado.
Si 24, 21: Hijo mío, teme al Señor y al rey; / no
provoques a ninguno de los dos.
Dichosos los que trabajan por la paz.
Jn 6, 35: Jesús le contestó: “Yo soy el pan de vida;
el que acude a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed”.
Gn 20, 5: Pero, Señor, ¿vas a matar a un inocente?
Si él me dijo que era hermana, y ella que era su hermano. Lo he hecho de buena fe
y con las manos limpias.
Sal 24, 3-4: ¿Quién puede subir al monte del Señor?
/ ¿quién podrá estar en el recinto sacro? / El de manos inocentes y puro
corazón, / el que no acude a los ídolos / ni jura en falso.
Sal 11, 7: Porque el Señor es justo y ama la
justicia; / los rectos verán su rostro.
Pr 22, 11: El rey ama un corazón limpio / y aprecia
un hablar atractivo.
Ex 33, 20: Pero mi rostro no lo puedes ver, porque
nadie puede verlo y quedar con vida.
Hb 12, 14: Buscad la paz con todos y la santificación,
sin la cual nadie puede ver a Dios.
Sal 34, 14: Guarda tu lengua del mal, / tus labios
de la falsedad.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia
Pr 12, 20:
Taimada es la mente que maquina el mal, / quien aconseja la paz vive contento.
Za 8, 16: Esto es lo que tenéis que hacer: / Decir
la verdad al prójimo, / juzgar con integridad en los tribunales.
Os 11, 1: Cuando Israel era niño, lo amé, / y desde
Egipto llamé a mi hijo.
Dichosos seréis cuando os injurien.
1 P 3, 14: Y si padecéis por la justicia, dichosos
vosotros: No les tengáis miedo ni os turbéis.
Is 51, 7: Escuchadme los entendidos en derecho, / el
pueblo que lleva mi ley / en el corazón: / no temáis la afrenta de los hombres,
/ no desmayéis por sus oprovios.
Hch 5, 41: Ellos se marcharon del tribunal contentos
por haber sido considerados dignos de sufrir desprecio por su nombre.
Flp 1, 29: Pues a vosotros se os ha concedido la
gracia, no solo de creer en Cristo, sino de padecer por él.
Alegraos y regocijaos:
Col 1, 25: Por disposición de Dios he sido nombrado
ministro de ella a vuestro servicio, para dar cumplimiento al proyecto de Dios.
Hb 10, 34: Compartisteis las penas de los
encarcelados, aceptasteis gozosos que os privaran de vuestros bienes, sabiendo
que poseíais bienes mayores y permanentes.
St 1, 2: Hermanos míos, cuando pasáis por pruebas
variadas, tenedlo por grande dicha.
Gn 15, 1: Después de estos sucesos, Abrán recibió en
una visión la palabra del Señor: “No temas, Abrán; yo soy tu escudo y tu paga
será abundante”.
De la misma manera persiguieron a los profetas
anteriores a vosotros.
Si 2, 8: Los que respetáis al Señor, confiad en él,
/ que no retendrá vuestro salario hasta mañana.
Mt 23, 34: Mirad, para eso os estoy enviando
profetas, doctores y letrados: a unos los matáis y crucificáis, a otros los
azotáis en vuestras sinagogas y los persegúis de ciudad en ciudad.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
5 1 Una de las colinas próximas a Cafarnaún.
5 3 (a) El Antiguo Testamento empleaba a ves fórmulas de felicitación como estas,
a propósito de piedad, de sabiduría, de propiedad. Felicitaciones de carácter
sapiencial se han descubierto en Qumrán. Jesús, recuerda, en el espíritu de los
profetas, que también los pobres participan de estas “bendiciones”; las tres
primeras “bienaventuranzas” declaran que hombres considerados de ordinario como
desgraciados y malditos son felices, ya que son aptos para recibir la bendición
del Reino. Las felicitaciones siguientes apuntan más directamente a la actitud
moral del hombre. Otras bienaventuranzas de Jesús: Mt 11, 6; 13, 16; 16, 17.
5 3 (b) También podría traducirse “los que tienen disposición de pobre”. Cristo
recoge la palabra “pobre” con el matiz moral perceptible ya en Sofonías hecho
aquí explícito por la expresión “de espíritu”, ausente en Lc 6, 20. Indefensos
y oprimidos los “pobres” o “los humildes” están a punto para el Reino de los
Cielos; tal es el tema de las felicitaciones. La “pobreza” viene a parecerse a
la “infancia espiritual”, necesaria para entrar en el Reino (el misterio revelado
a los “pequeños”, nêpioi. A los “pobres”, ptôjoi, corresponden
también los “humildes” tapeinoi, los “últimos” opuestos a los
“primeros”, los “pequeños” opuestos a los “grandes”. Si bien la fórmula de Mt
5, 3 subraya el espíritu de pobreza tanto en el rico como en el pobre, a
lo que Cristo se refiere generalmente es a una pobreza efectiva, en especial
para sus discípulos. El mismo da ejemplo de pobreza y de humildad. Se
identifica con los pequeños y los desdichados. O “los mansos·. Tomado del Sal
37, 11 según el griego. – El v. 4 podría no ser más que una glosa del v. 3: su
omisión dejaría en siete el número de las felicitaciones.
5 5 Lit. “los que están en duelo”. No se trata de los melancólicos, sino
probablemente de quienes todavía esperan el Consuelo definitivo (Lc 2, 25
[Simeón y Ana]), única situación que liberará a la gente de su aflicción.
5 6 Seguramente no se trata de la justicia divina (es decir, de la salvación
escatológica [al final de los tiempos]), pues Jesús siempre aconseja la espera
vigilante. Tampoco de la justicia social en la tierra, sino de la justicia de
las obras de una vida cristiana cada vez más perfecta, que es la fuente de la
justicia entre las personas.
5 12 Los discípulos son los sucesores de los profetas.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.
5 1-2 AQUEL GENTÍO: lit. las (artículo con valor de pronombre
demostrativo) multitudes (plural que puede reflejar un uso griego
tardío). // Sentarse e instruir (sentarse para enseñar): expresión
gráfica en los escreitos rabínicos para resumir la actividad de un rabino. //
TOMANDO LA PALABRA: lit., con fórmula del AT: habiendo abierto la boca de
él. Después de la proclamación, viene la enseñanza cagtequética
(cf. Hb 2, 42) para los seguidores de Jesús. Este discurso inaugural es
programático: habla de reforma interior, de las actitudes internas necesarias
para este nuevo tipo de existencia, o nuevo estilo de vida, llamado
“salvación”, “reino de Dios”, “vida nueva”, “civilización del amor” (término de
Pablo VI). “Las bienaventuranzas no tienen como objeto, propiamente, unas
normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y
disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no coinciden con
los mandamientos. Pero no hay separación o discrepancia entre bienaventuranzas
y mandamientos, pues ambos se refieren al bien, a la vida eterna. [Las
bienaventuranzas] son, ante todo, promesas de las que también se derivan, de
forma indirecta, indicaciones normativas para la vida moral. En su profundidad
original son una especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por
esto, son invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida con él” (Juan
Pablo II).
3 LOS
QUE TIENEN ESP´RIITU DE POBRES: lit. los pobres (en cuanto) al
espíritu. Esos POBRES son los anawîm del AT: conscientes de su
radical necesidad de Dios, ponen solo en Él su confianza; son los humildes, más
bien que los que carecen de bienes materiales (san León Magno). Esos pobres pueden
ser ricos, como el rey David, que “llámase pobre, aunque está claro que era
rico, porque no tenía en la riqueza su voluntad […]; si fuera realmente pobre,
y de la voluntad no lo fuera, no era verdaderamente pobre” (san Juan de la
Cruz). Cf. en Eclesiástico 31, 8-11 la bienaventuranza del rico que usa bien
sus riquezas. En cambio, puede existir un triunfalismo de la pobreza, no
evangélico: en Qumrán (p.ej. en 1 QM col. 14, 7) “pobres de espíritu” parece
ser título honorífico que se atribuía a si misma la comunidad. // SUYO ES EL
REINO DE LOS CIELOS: “Si uno se pregunta en qué sentido el reino de los cielos
es suyo, se puede responder: porque suyo es Cristo, ya que Él es el reino
mismo” (Orígenes).
4 SERÁN
CONSOLADOS por Dios; ejemplo de la llamada voz pasiva “teológica” (como en los
vv. 6.7 y 9): “Dios los consolará”, “Dios los saciará” (v. 6), “Dios
los llamará hijos suyos” (v. 9).
5 Los
que son MANSOS, no precisamente porque les haya tocado en suerte un
temperamento tranquilo sobre la mansedumbre), HEREDARÁN LA TIERRA prometida por
Dios (cf. 1 Pe 1, 3-5).
6 La
única verdadera JUSTICIA: puede ser el veredicto divino liberador que, en
retorno, hace posible nuestra justicia, e.d., nuestra fidelidad a la
voluntad de Dios (cf. v. 20 y 1, 19). Aquí se trata, probablemente, de esta
última.
7 “El
que tuviere los males ajenos por suyos, a semejanza de madre que está más
enferma y llorosa con la enfermedad de su unigénito hijo que el mismo hijo que
padece el mal, este es el buen misericordioso” (san Juan de Ávila). // OBTENDRÁ
MISERICORDIA: lit. serán objeto de misericordia, se tendrá misericordia
con ellos: Dios se apiadará de ellos (voz pasiva “teológica”.
8 LOS
DE CORAZÓN LIMPIO: lit. los limpios (en cuanto) al corazón; los
leales a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres campos:
la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor a la verdad y la ortodoxia
de la fe. Existe una ilación entre la pureza de corazón, del cuerpo y de la fe
(Cat. 2518). La actitud de tales personas es la “no doblez” (cf. el capítulo 6
sobre la pureza de intención). // VERÁN A DIOS: experimentaron su favor y se
transformarán en imagen de Dios. Según san Juan de la cruz “los limpios de
corazón son llamados por nuestro Salvador bienaventurados; lo cual es tanto
como decir enamorados, pues que bienaventuranza no se da por menos que amor”.
Y, llamando “limpios” a quienes no viven según los sentidos, afirma en otro
pasaje que no solo VERÁN A DIOS en otra vida, sino que lo encuentran aquí y en
todo: “Este tal, ya limpio de corazón, en todas las cosas halla noticia de Dios
gozosa, casta, pura, espiritual, alegre y amorosa”.
9 “Ser
llamado” (semitismo): ser. En escritos rabínicos se aplica a los
israelitas esta expresión, o la equivalente “ser (ser llamados) hijos del Lugar
(santo)”.
10 LOS
PERSEGUIDOS: expresando mejor el matiz del tiempo verbal griego (perfecto),
tenemos: “Los que, perseguidos en el pasado, llevan ahora las huellas de
aquella persecución”. // POR CAUSA DE [LA] JUSTICIA: por ser fieles a Dios (a
Jesucristo: cf. “por mi causa” en el v. 11). PORQUE SUYO ES EL REINO DE LOS
CIELOS: la frase forma inclusión con el v. 3, y cierra así la unidad literaría
de esta serie de bendiciones, que son todas explicitación de la primera; los pobres
son: los que sufren, los mansos, los pacificadores, los perseguidos, etc.
11 CALUMNIAS:
la tradición manuscrita occidental dice literalmente: y digan toda clase de
maldad contra vosotros mintiendo (es decir, calumniando).
12 Para
ESTREMECEROS DE GOZO, cf. Lc 1, 47. Jesús considera a sus discípulos como
sucesores de LOS PROFETAS del AT. // EN LOS CIELOS: giro semítico reverencial: ante
Dios; “Dios os recompensará”.
Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.
5,1 En la montaña: la enseñanza de la montaña comienza con las bienaventuranzas (“los
estados de mayor bendición o felicidad”), situadas en el centro de la buena
noticia. Se pronuncian en la montaña que recuerda el monte Sinaí, donde Dios
entregó la Ley a Moisés. La montaña es un lugar sobresaliente de revelación y
encuentro de Dios con el hombre. En el Sermón de la Montaña, Cristo proclamó la
nueva Ley, que lleva a cumplimiento la antigua. Las bienaventuranzas cumplen
las promesas de Dios a Abrahán y a su pueblo elegido, les dirigen a la “tierra
prometida” del reino de los cielos. Las bienaventuranzas son en el fondo un
retrato del rostro de Jesucristo. Asimismo, expresan la vocación de cada
persona en actos y disposiciones características de quien vive una vida
cristiana. Cat. 581, 1716-1729, 2763-2764.
5,3 Gregorio de Nisa (año 394) equiparó la pobreza de espíritu con la
humildad. Más en general, se refiere en el Antiguo Testamento a los anawîm,
los pobres de Yahvé, aquellos israelitas que, viviendo rectamente,
buscaba a Dios en me dijo de las dificultades y tribulaciones (cf. Is 11, 4).
Los pobres no son aquí tanto una clase social cuanto una clase o un modo de
vida de fe. Esta bienaventuranza está en tiempo presente (de ellos es el
reino), para indicar que la felicidad propuesta se encuentra ya aquí, en
medio del sufrimiento de la tierra, porque se está en el camino hacia la
felicidad eterna. Cat. 544, 1716, 2546.
5,4 Los mansos¸ son aquellos que tratan de imitar a Cristo, manso y humilde de corazón,
mostrando paciencia, reprimiendo la ira. Cat. 716, 1716.
5,5 los que lloran incluye a aquellos que sufren por amor a otros afligidos, por la realidad
del pecado y por el consiguiente distanciamiento de Dios que produce. Cat.
1716.
5,6 Los que tienen hambre y sed de justicia son aquellos que, imitando a Jesús, cuyo
alimento es hacer la voluntad del Padre, tienen un sentido de urgencia tanto
para vivir el Evangelio como para comunicarlo a otros. Cat. 1716.
5, 7 Los misericordiosos son los compasivos en relación al sufrimiento y necesidades de los
demás. En imitación de Cristo compasivo, ayudan a los que sufren y necesitan el
bien del Evangelio. Cat. 716, 2447.
5, 8 Los limpios de corazón albergan pureza en la intención de conformar sus voluntades y sus mentes
con las de Dios. Dan especial importancia a la caridad y a la castidad como
virtud liberadora que conduce a la oración contemplativa. Ellos verán a Dios:
se trata de una referencia al cielo, donde los salvados contemplan a Dios cara
a cara en la visión beatífica. Cat 1720, 1722, 1967, 2518, 2639.
5, 9 Los que trabajan por la paz no solo buscan su propia reconciliación con
Dios y con el prójimo, sino también tratan de ayudar a los demás a
reconciliarse y sembrar la paz en todas las relaciones. Cat. 2503, 2330.
5, 10 Los perseguidos son verdaderos discípulos que perseveran firmemente en la fe y sufren
por su fidelidad a Cristo. Cat. 886, 1716, 1967.
5, 12 La invitación a seguir a Cristo implica la aceptación alegre de la
miseria y la persecución por su causa. Cat. 520.
Catecismo de la Iglesia Católica.
581 La misma Palabra de Dios, que
resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace
oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley
sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva:
“Habéis oído también que se dijo a los antepasados [...] pero yo os digo (Mt 5,
33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas “tradiciones
humanas” (cf. Mc 7, 8) de los fariseos
que “anulan la Palabra de Dios”.
764 “Este Reino se manifiesta a los
hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (C. Vaticano
II, Lumen gentium, 5). Acoger la palabra de Dios es acoger “el Reino”
(Ib.).
1716 Las bienaventuranzas están en el
centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas
al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no solo a la
posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.
1717 Las bienaventuranzas dibujan el
rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles
asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones
y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas
que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las
bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la
Virgen María y de todos los santos.
1718 Las bienaventuranzas responden al
deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto
en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único de lo puede
satisfacer. “Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género
humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes
de que sea plenamente enunciada” (S. Agustín, De moribus Ecclesiae
catholicae, 1, 3, 4). “¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al
buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi
alma, porque mi cuerpo vive en mi alma y mi alma vive de ti” (S. Angustín, Confessiones,
10, 20, 29). “Solo Dios sacia” (Sto. Tomás de Aquino. In Symbolum
Apostolorum scilicet Credo in Deum expositio, c. 15: Opera omnia, v.
27).
1719 Las bienaventuranzas descubren la
meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos
llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno
personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que
han acogido la promesa y viven de ella en la fe.
1721 Porque Dios nos ha puesto en el
mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza
nos hace participar de la naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4) y de la vida eterna
(cf. Jn 17, 3). Con ella el hombre entra en la gloria de Cristo (cf. Rm 8, 18)
y en el gozo de la vida trinitaria.
1722 “Bienaventurados los limpios de
corazón porque ellos verán a Dios” Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable
gloria, “nadie verá a Dios y seguirá viviendo”, porque el Padre es inaccesible;
pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta
conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios [...] “porque lo que es
imposible para los hombres es posible para Dios” (S. Ireneo de Lyon, Adversus
haereses, 4,20, 5).
1723 La bienaventuranza prometida nos
coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón
de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos
enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en
la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como
las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino solo en
Dios, fuente de todo bien y de todo amor.
2546 “Bienaventurados los pobres en el
espíritu” (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de
gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes
pertenece ya el Reino (cf. Lc 6, 20).
2518 La sexta bienaventuranza
proclama: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”
(Mt 5, 8). Los “corazones limpios” designan a los que han ajustado su
inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios,
principalmente en los tres dominios: la caridad (cf. 1 Ts 4, 3-9), la castidad
o rectitud sexual (1 Ts 4, 7) y la ortodoxia de la fe (Tt 1, 15). Existe un
vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe.
2519 A los “limpios de corazón” se les
promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él. La pureza de
corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede
ver según Dios, recibir al otro como un “prójimo”; nos permite considerar el
cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo,
una manifestación de la belleza divina.
2305 La paz terrenal es imagen y fruto
de la paz de Cristo, el “Príncipe de la paz” mesiánica (Is 9, 5). Por la
sangre de su cruz “dio muerte al odio en su carne”, reconcilió con Dios a los
hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de
su unión con Dios (C. Vaticano II, Lumen gentium, 1). “Él es nuestra
paz” (Ef 2, 14). Declara “bienaventurados a los que construyen la paz “ (Mt 5,
9).
1967 La Ley evangélica “da
cumplimiento”, purifica, supera y lleva a su perfección a la Ley antigua. En
las “Bienaventuranzas” da cumplimiento a las promesas divinas
elevándolas y ordenándolas al “Reino de los cielos”. Se dirige a los que están
dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los
afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando
así los caminos sorprendentes del Reino.
Concilio Vaticano II
Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de
majestad y acompañado de sus ángeles (cf. Mt 25, 31) y, destruida la muerte, le
son sometidos todas las cosas (cf. 1 Co
15, 26-27), de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya
difuntos, se purifican; otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando
claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es; mas todos, en forma y grado
diverso, vivimos unidos en una misma caridad para con Dios y para con el
prójimo y cantamos idéntico himno de gloria a nuestro Dios. Pues todos los que
son de Cristo por poseer su Espíritu constituyen una misma Iglesia y mutuamente
se unen a Él (cf. Ef 4, 16). La unión de los viadores con los hermanos que se
durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien,
según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes
espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están íntimamente unidos a
Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen
el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples
maneras a su más dilatada edificación.
Lumen gentium, 49
Los Santos Padres.
Ha colocado la posesión del reino de los cielos en aquellos que tienen
humildad de espíritu, es decir, en los que se acuerdan de ser hombres...:
conscientes de que nada les pertenece, de que no poseen nada, sino que todos
poseen el mismo don del único Padre que les hace llegar a la vid ay les ofrece
los mismos medios para ser felices.
Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 4, 2. 1a, 133.
No se refiere aquí al llanto de los muertos según la ley común de la
naturaleza, sino a los muertos por sus pecados y vicios. Así lloró Samuel a
Saúl, porque Dios se había arrepentido de haberlo ungido rey de Israel; así el
apóstol Pablo dice que llora y se aflige por los que después de sus
fornicaciones e inmundicias no han hecho penitencia.
Jerónimo, Comentario al Ev. de Mateo, 1, 5, 5. 1a, 134.
Rían, pues, los carnales e iracundos y peleen por los bienes terrenos y
temporales, más “bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”,
de la que no podrán ser desposeídos.
Agustín, Sermón del Señor en la Montaña, 1, 2, 4. 1a, 135.
Seguidamente determina también aquí unj premio sensible, diciendo:
“Porque ellos serán saciados”. Realmente, todo el mundo piensa que es la
avaricia la que nos hace ricos; pero el Señor afirma que es verdad lo
contrario: la que nos hace ricos es la justicia. Si obras, pues, justamente, no
has de temer la pobreza ni temblar por el hambre. Porque quienes lo pierden
todo son los que viven de rapiñas. El que ama la justicia tiene seguro cuanto
posee. Ahora bien, si quienes no codician lo ajeno gozan de esa prosperidad,
mucho más los que dan hasta de lo propio.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 4. 1a, 137.
Los hombres practican la misericordia como hombres, pero alcanzan
misericordia del Dios del universo. No es lo mismo la misericordia humana que
la divina. Entre ellos existe la misma distancia que entre la maldad y la
bondad.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 4. 1a, 138.
No se te permitirá ver con el corazón impuro lo que no se ve sino con el
corazón puro.
Agustín, Sermones, 53. 1a, pg. 139.
Pacífico es el que muestra a los otros que la aparente contradicción de
las Escrituras es la armonía de las antiguas con las nuevas, de la ley con los
profetas, de los Evangelios entre ellos. Por esto imitando al Hijo de Dios “se
llamarán hijo”, recibiendo por su pobra “el Espíritu de filiación adoptiva”.
Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 38. 1a,
pg. 141.
San Jerónimo.
5, 1 Viendo la muchedumbre subió al monte. El Señor sube a los montes para atraer
consigo a las multitudes hacia las alturas, pero las multitudes no tienen
fuerza para subir. Lo siguen los discípulos pero aun a ellos les habla no de
pie sino sentado y como retenido.
Siguiendo la letra, algunos hermanos muy simplistas piensan que predicó
las bienaventuranzas y todo lo que sigue en el monte de los Olivos. Pero en
modo alguno es así. Por lo que precede y lo que sigue, deducimos que fue en un
lugar de Galilea: el monte Tabor, según pensamos, o algún otro monte elevado.
5, 3 Bienaventurados los pobres de espíritu. Para que nadie piense que el Señor predica la
pobreza soportada a veces por necesidad, añadió: de espíritu, para que
entendieras aquí la humildad, no la indigencia. Bienaventurados los pobres
de espíritu que movidos por el Espíritu Santo son pobres voluntariamente.
5, 4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra en herencia. No la tierra de Judá ni la
tierra de este mundo, no la tierra maldita que produce espinas y cardos, la que
posen sobre todo los más crueles guerreros, sino la tierra que desea el
Salmista: Espero ver los bienes del Señor en la tierra de los vivientes (Sal
26, 13).
5, 5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. No se refiere aquí al llanto por
los muertos según la ley común de la naturaleza, sino a los muertos por sus
pecados y vicios. Así lloró Samuel a Saúl, porque Dios se había arrepentido de
haberlo ungido rey de Israel (cf. 1 S 15, 11); así el apóstol Pablo dice que
llora y se aflige por los que después de sus fornicaciones e inmundicias no han
hecho penitencia (cf. 2 Co 12, 21).
5, 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. No nos basta con querer la
justicia, si no tenemos hambre de justicia, por medio de este ejemplo se nos
quiere hacer comprender que nunca somos suficientemente justos y que siempre
debemos tener hambre de las obras de justicia.
5, 7 Bienaventurados los misericordiosos. La misericordia no se manifiesta solo en las
limosnas sino también con ocasión de todo pecado de un hermano, si llevamos las
cargas los unos de los otros (cf. Ga 6, 2).
5, 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Aquellos a quienes la conciencia
no les reprocha ningún pecado. El puro es visto por el corazón puro; el templo
de Dios no puede estar manchado.
5, 9 Bienaventurados los que trabajan por la paz. Los que hacen reinar la paz
primero en su corazón, luego entre los hermanos separados. ¿De qué sirve que
otros sean pacificados por ti, si en tu corazón hay guerras a causa de los
vicios?
5, 10 Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia. Especifica diciendo: por
causa de la justicia, pues muchos sufren persecución por causa de sus
pecados, y no son justos. Observa también que la octava bienaventuranza de la
verdadera circuncisión termina por el martirio.
5, 11 Bienaventurados seréis cuando os maldigan. La maldición que hay que despreciar y que nos
merece la bienaventuranza es la que es proferida falsamente por la boca del que
maldice; de ahí la definición particular de esta bienaventurada maldición: Toda
maldición proferida con mentira contra vosotros a causa de mí. Donde se
trata de la causa de Cristo, entonces hay que desear la maldición.
5, 12 Alegraos y regocijaos. No sé quién de nosotros podría realizar esto: ver nuestra fama destrozada
por la calumnia y alegrarnos en el Señor. No lo puede el que busca la
vanagloria. Debemos pues alegrarnos y regocijarnos para que la recompensa nos
sea preparada en el cielo. Leemos en un libro esta frase elegantemente
expresada: No busques la gloria y no te afligirás cuando seas olvidado
(Eclesiástico 9, 16).
San Agustín.
Dichosos los pobres de espíritu. El reino de los cielos será tuyo más tarde;
ahora se pobre de espíritu. ¿Quieres que sea tuyo el reino de los cielos más
tarde? Considera de quién eres tú ahora. Se pobre de espíritu. Nadie que se
infla es pobre de espíritu; luego el humilde es pobre de espíritu. El reino de
los cielos está arriba, pero “quien se humilla será ensalzado” (Lc 14, 11).
Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra. Ya estás pensando en poseer la tierra. ¡Cuidado, no seas poseído
por ella! La poseerás si eres manso; de lo contrario, serás poseído. En esto
consiste el ser manso: en no poner resistencia a Dios, de manera que en lo
bueno que haces sea él quién te agrade, no tu mismo; y en lo malo que sufras no
te desagrade el, sino tú a ti mismo.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados. El llanto significa la tarea; la
consolación, la recompensa. Quienes lloran ahora por ser peregrinos, luego se
gozarán de ser consolados.
Dichosos quienes tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Seremos saciados con aquello de lo que ahora sentimos hambre y
sed. Sienta hambre y sed nuestro hombre interior, pues también él tiene su
alimento y su bebida. Yo soy – dijo Jesús – el pan que ha bajado del
cielo (Jn 6, 41). He aquí el pan adecuado al que tiene hambre. Desea
también la bebida correspondiente: En ti se halla la fuente de la vida
(Sal 35, 10).
Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. Hazla y se te dará; hazla tú con otro para que se te haga
contigo, pues abundas y escaseas. Oyes que un mendigo, hombre también, te pide
algo; tú mismo eres mendigo de Dios. Te piden a ti y pides tú también. Lo que
hagas con quien te pide a ti, eso mismo hará Dios con quien le pide a él. Estás
lleno y estás vacío; llena de tu plenitud el vacío del pobre para que tu
vaciedad se llene de plenitud de Dios.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Este es el fin de nuestro amor;
fin con que llegamos a la perfección no fin con el que nos acabamos. Todo lo
que obramos, lo que obramos bien, nuestros esfuerzos, nuestras laudables ansias
e inmaculados deseos, se acabarán cuando lleguemos a la visión de Dios.
Entonces no buscaremos más. ¿Qué puede buscar quien tiene a Dios? O ¿qué le
puede bastar a quien no le basta Dios? Queremos ver a Dios, buscamos verlo y
ardemos por conseguirlo. ¿Quién no? Pero mira lo que se dijo: Dichos los
limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Hemos llegado a los limpios
de corazón: a ellos se les prometió la visión de Dios. Y no sin motivo, pues
allí están los ojos con que se ve a Dios. Hablando de ellos dice el apóstol
Pablo: Iluminados los ojos de vuestro corazón (Ef 1, 18). Al presente,
motivo a la debilidad, esos ojos son iluminados por la fe; luego, ya vigorosos,
serán iluminados por la realidad misma.
Sermón
53, 1-6 Pg.
762.
San Juan de Ávila.
Aprended, pues, sierva de Cristo, de vuestro maestro y señor, aquesta
santa bajeza, para que seáis ensalzada, porque palabra suya es Quien se
humillare, será ensalzado (Lc 14, 11). E tened en vuestra ánima aquesta pobreza,
porque de ella se entiende: Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3). E tened por cierto
que, pues Jesucristo nuestro Señor fue por camino de humildad ensalzado, el que
no la tuviera fuera va de camino; e débese desengañar con lo que dice San
Agustín: “Si me preguntardes cuál es el camino del cielo, responderos he que la
humildad; o si otra vez me lo preguntares, responderos he lo mismo e si mil
veces me lo preguntardes, mil veces os responderé que no ha otro camino si no
humildad”. E porque creo que deseáis agradar al Señor teniendo aquesta santa
bajeza, es razón que se os diga el modo que para ello tendréis.
Audia, filia [I], 35. OC I. Pg. 452.
Pues, doncella, en cualquier cosa que en vuestro prójimo vieredes, mirad
que es lo que vos sentís, o querríades que otros sintiesen de vos, si aquello
os acaeciese y con aquellos ojos que pasan por vos, compadeceos de él, y
remedialdo en cuanto pudiéredess; y sea medida de Dios con esta piadosa medida
que vos midiéredes, según su palabra: Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Y así habéis sacado
conocimiento del próximo de vuestro propio conocimiento y seréis piadosa para
con todos.
Audia, filia [II]. Capítulo 95. OC I. Pg. 742.
Bienaventurados los pobres. El que fuere tan humilde que tuviere claro
conocimiento cómo de sí mesmo es nada y amare mucho su desprecio, dando de
corazón la honra a Dios y no queriendo nada para sí de estima ni de riqueza
temporal, este será pobre de espíritu.
Bienaventurados los mansos. El que se hallare libre no solo del deseo de
venganza, mas aun de la turbación de la ira, dándose suave y afable a los
rencillosos, sus injuriadores, como si no hubiera sido injuriado, este es manso
de corazón.
Bienaventurados los que lloran. El que huyere los deleites presentes y
tomare el gemido por música, abrazando los trabajos con mayor afición que los
mundanos sus falsos placeres, ese es lloroso bienaventurado.
Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia. El que con fervor de espíritu
hiciere el deber en todas las cosas y tuviere mayor deseo del manjar espiritual
que los muy golosos tiene del manjar corporal, este tiene hambre y sed de
justicia.
Bienaventurados los misericordiosos. Cualquiera que tuviere los males ajenos por
suyos propios, a semejanza de madre, que está más enferma y llorosa por la
enfermedad de su hijo que por el mesmo que padece el mal, ese será
misericordioso.
Bienaventurados los limpios de corazón. El que tuviere perfecta limpieza de alma y
mortificare en todo sus pasiones, virtud en que consiste la verdadera santidad
que agrada a Dios, ese, sin duda, es limpio de corazón.
Bienaventurados los pacíficos. El que tuviere tan sosegados sus movimientos
que estén sujetos a la razón, y fuere tan conforme en su voluntad con la de
Dios que, procurando esta paz su alma, la deseare y solicitare en los prójimos
aunque sea a costa de muchos trabajos, ese es verdaderamente pacífico.
Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia. El que padeciere por defensa de
la virtud y justicia hasta sufrir martirio, si fuere necesario, por Dios,
procurando siempre su mayor gloria, aunque todo el mundo se levante contra él,
de este tal con verdad se dice que parece persecución por la justicia.
En estos ocho grados, por donde se camina y sube a la alteza de la
perfección evangélica, consiste la bienaventuranza de esta vida y la firme
esperanza de la eterna felicidad que esperamos.
Breve exposición de las Bienaventuranzas por
el Padre Maestro Juan de Ávila, predicador del Andalucía. OC II. Pgs. 809-810.
Ansí dijo nuestro Señor: Bienaventurado el que tiene hambre y sed de
justicia; quiere decir, quien tiene grandísimo deseo de ser bueno.
Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia. No quiere decir
aquí que, porque el alcalde me ahorque, por eso seré bienaventurado. No; sino
que: bienaventurado el que padece persecución por hacer lo que debe.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). OC II. Pg. 262.
San Ambrosio dice que la palabra de la piedad hace tanto en quien la
guarda, que, aunque tenga flaquezas de la carne, mas no lo dejará Dios perder.
He aquí por qué no le dejará Dios caer; y si cayese le ayudará a levantar.
Justa cosa es hacer misericordia con aquellos que la hacen con sus prójimos. No
que el que hiciere misericordia, si no dejó el vicio, sino que se ha de tener
esperanza que Dios le trairá a buen estado y conocimiento, porque no se pierda.
Sácaselo luego de aquí que tener entrañas de misericordia, tener compasión y
deseo de remediar males de prójimos, es grande señal de hijos de Dios.
Lecciones sobre 1 San Juan (II). OC II. Pg. 446.
Viva con cuidado de no hacer cosa que no deba contra su prójio y mire si
le puede ayudar en alguna cosa, como limosna, consuelo, o favor o cualquiera
otra cosa; hágalo, porque Bienaventurados los misericordiosos; y, Juicio sin
misericordia será hecho a quien no hiciere misericordia (St 2, 13).
Reglas muy provechosas para andar en el
camino de Nuestro Señor. OC II. Pg. 845.
Pues ved aquí el bien que esperan los hijos de Dios, para el cual se
santifican y se alimpian de las cosas de la tierra, quitando de ellas su
afición; como Él es santo, limpísimo que ninguna cosa ama, sino por si. Pues,
si hemos de ser semejantes al Santo, conviene que nos santifiquemos, y si del
limpio, que nos alimpiemos.
Lecciones sobre 1 San Juan (II). OC II pg. 422.
Porque los limpios de corazón verán a Dios y gozarán de la divina
contemplación. Por lo cual ternéis grandísimo cuidado de no perder tiempo, sino
traed el corazón ocupado siempre en buenos deseos y pensamientos; huid de las
malas conversaciones y compañías, no se os dé nada faltar al mundo por que
cumpláis con Dios.
Diálogus inter confesarium et paenitentem. OC II. Pg. 781.
Bienaventurados los pobres de espíritu.
Conocé vuestra pobreza, buscá remedio. ¡Veisos morir y no queréis dar
voces a Dios! Pedilde fuerzas para no le ofender. ¡Qué lastima es perderse
ánimas que tan caro costaron, tan de balde!
Ciclo temporal. Sermones de tiempo. 3. En
vísperas de Navidad. OC III. Pg. 64.
¡Bienaventurado el que no se arrima en sí mesmo ni halla adarme de
riquezas en sí mesmo, ni en sus fuerzas, ni en su poder! También toca esta
palabra a los romanos. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu, en su
discreción, no en su razón; en todo se halla pobre, en todo tener necesidad de
Dios; a Él van por consejo, de Él mendigan lo que han menester y sin Él no
hallan remedio en otra parte, de Él mendigan lo que les falta, de Él piden
limosna en todas sus necesidades! Estos son bienaventurados. Y malaventurado
del hinchado, codicioso, amador de honra, amador de riquezas, vano y arrimado
en cosas vanas.
Ciclo temporal. Sermones de tiempo. Miércoles
de la semana 4 de Cuaresma. OC III. Pg. 187.
Ansí, pues, hemos de hacer; confesarnos por flacos y desmayados, por
estériles, miserables, porque no sabemos, ni podemos, ni valemos, etc. Si estás
en pie, engreído, no podemos entrar en el cielo. Si alegamos nuestras virtudes,
todo nada, etc. Entra, entra, conociéndote y apocándote y desconfiando como
Abraham. Estos son los bienaventurados pobres de espíritu. No quiero riquezas
engañosas, dijo Salomón, porque por ventura me engañarían y te niegue (cf. Prov
30, 9).
Ciclo santoral. Sermones de Nuestra Señora.
Natividad de la Virgen. OC III. Pg. 827.
¡Oh humildad! ¡Oh pobreza, cuán amada sois de este Señor que os
santifica, tomándoos en su misma persona, para después llamar bienaventurados a
los humildes y pobres de espíritu.
Ciclo santoral. Sermones de santos. San José.
OC III. Pg.
1025.
¿Qué es lo que tenéis? – Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est
regnum caelorum. Es un reino donde han de reinar y ser reyes; no de reino
que se acaba, sino de reino para siempre.
Beati mites, quoniam ipsi possidebunt terram. Dalles ha también una tierra.
Pues, ¿por qué ya le llamáis cielo y ya tierra? Llámase tierra, porque no será
como los bienes de acá, que ya los tiene el hombre y ya no tiene nada; mas
dalles ha un bien que será firme como la tierra, que así como no se mueve, ansí
ellos no lo perderán. Bien que no es oro, sino el que crió el oro; no deleite
sucio, sino deleite celestial.
Beati pacifici, quoniam filii Dei vocabuntur. Llamarse han hijos de Dios,
estarán etnre los hijos de Dios, en compañía de los ángeles y con Dios,. Acá se
llaman hijos de Dios que no han heredado. Allá srán hijos de Dios que habrán
heredado.
Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt. También les dará ver a Dios.
Denle gracias los ángeles para siempre jamás, que hemos de ver a Dios como Él
es y gozar de Dios, aquel piélago de infinitas perfecciones, aquel retablo y
dechado donde sale todo el bien. Que hemos de comer el manjar que l mismo Dios
come a su mesa.
Beati misericordes. Llámase misericordia que se da a los que usan misericordia, y es
misericordia que excede a toda misericordia.
Beati qui lugent. Llámase consolación que se da a los que en esta vida fueron
desconsolados; halago para los afligidos. Por eso decía San Bernardo:
“Bienaventuradas lágrimas que han de limpiar las manos de Dios”. Luego, pues
que tal consolación y tal regalo esperamos, no se nos hagan recios los trabajos
de esta vida. ¡Qué regalos, qué ánimos,
que acallamientos, qué arrullos hará Dios”.
Ciclo santoral. Sermones de Santos. Festividad de Todos
los Santos. OC III. Pgs.1068-1069.
¿Queréis que os diga quién es Dios? Una cosa limpísima y que mira mucho
que tengamos los corazones limpios, y así dice Él: Bienaventurados los limpios
de corazón, porque ellos verán a Dios. También en el Apocalipsi dice: No
entrarán en aquella ciudad los que no fueren limpios (cf. Ap 21, 27).
Ciclo temporal. Sermones de tiempo. Viernes
de la semana 3 de Cuaresma. OC III. Pg. 155.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios en el
cielo. Y los ojos del cuerpo que, para darle contentamiento a Él, en la tierra
le han de mirar, de este limpio corazón han de salir.
Ciclo temporal Sermones del Santísimo
Sacramento. Víspera del Corpus. OC III. Pg. 471.
Unos y otros procuren de llevar los corazones (a los cuales Dios mira)
tan limpios, que los ojos corporales con que al Señor miraren les den vista
agradable con que Él se contente; pues que así como los limpios de corazón han
de ver a Dios en el cielo con espiritual vista, así la vista corporal, que da
contentamiento al Señor en la tierra, de limpieza de corazón han de salir. Y
porque en esta limpieza va mucho, y poca gente sabe alcanzarla por vía de
contrición sola y propósito de confesión, nos aconseja la santa Iglesia, sigún
hemos dicho en otro sermón, que desde el domingo pasado nos aparejemos con
buenas obras y pura confisión de nuestros pecados para recibir a nuestro Señor
y celebrar dignamente su fiesta, y gozar de los fructos de su pasión.
Ciclo temporal. Sermones del Santísimo
Sacramento. Víspera del Corpus. OC III. Pg. 510.
Campo hay donde la gente común oye al Señor (cf. Lc 6, 17), y monte donde
los más fuertes suben a le oír (cf. 5, 1); y he visto algunos dejar de ser
medianamente buenos porque no son perfectamente tales.
A un señor de título. OC IV. Pg. 107.
Bienaventurados aquellos que lloran, que ellos serán consolados. Lloremos,
señora; quiero decir, pasemos adversidades, que el consuelo prometido por
Cristo no nos faltará. Fiemos a Dios nuestras penas, que Él las tornará en
placeres.
A una mujer devota que padecía trabajos. OC IV. Pg. 247.
Siempre que alzáremos el corazón a mirar a Dios, cáigansenos los ojos
luego de empacho, estando lastimados y sentidos, porque dejamos de hacer lo que
un tan grande amigo nuestro nos mandó. Estos son los bienaventurados llorosos a
quien promete Cristo consolación, y de estos dice Dios por un profeta que vive
Él, que en la hora que el pecador gimiere su pecado, que no se acordará más de
él (cf. Ez 33, 11) para castigallo.
A una religiosa. OC IV. Pg. 701.
Mas pues su bendita boca llama bienaventurados a los que lloran, a los
que padecen hambre y sed, a los que padecen persecuciones y toda su vida no fue
sino un continua martirio, ¿qué duda nos queda a los que somos discípulos
suyos, sino que firmemente creamos que éste es el camino de la salud? No
dudéis, hermanas muy amadas, de seguir la luz, que es Cristo; que, sin falta,
si vais por donde Él fue iréis a donde Él fue; porque palabra suya tenemos de
adonde Él estuviere, estará su sirviente (cf. Jn 12, 26). No miréis de quien o
por quién vienen los trabajos, como hacen los que dicen: Si Dios me los
enviase, sufrirlo hía; mas vienen de fulano y fulano ¿por qué los he de sufrir?
A unas mujeres devotas que padecían trabajos.
OC IV. Pg. 263.
Y así conviene que en esperar sus mercedes, y en todo, andemos subjetos a
su voluntad, aunque Él no ande a la nuestra; y andar contentos con el hambre,
pues son llamados bienaventurados los que han hambre y sed de justicia. ¿Y cuál
justicia más justa que amar una ánima a su creador? ¿Y no dejará de dar este
amor a aquel que tan juntamente lo pide? No perdáis, pues, vuestra hambre de
las ansias de amor; mas pasad vuestra hambre con esperanza de la hartura, que
acá o allá os veréis junta con el que desea vuestra ánima, y los senos de ella
tan llenos del bálsamo de la vida que aviva los celestiales y cuanto vive, que
todos vuestros huesos digan: Bendice, alma mía, al Señor (Sal 102, 1s).
A una devota suya. OC IV. Pg. 433.
Quien esta misericordia tiene con su prójimo, seguramente se puede llegar
al conocimiento de Cristo, y será Él remediado, porque los misericordiosos
alcanzarán misericordia.
A un señor de estos reinos. OC IV. Pg. 90.
El que prometió a sus apóstoles en pago de las injusticias, miserias e
persecuciones que por Él padeciesen. Y, por ser tan grandes, les manda que no
estén tristes, sino alegres en medio de las persecuciones; y con esperanza de
gozar de Dios, llevan con ligereza la carga de los trabajos.
Quinta parte. A una religiosa. OC IV. Pg. 727.
San Oscar Romero. Homilía.
Celebremos esta eucaristía, hermanos. La Iglesia de El Paisnal está
convertida esta mañana en una catedral, porque la catedral es donde el obispo,
centro de la unidad de toda la diócesis, eleva la hostia y el cáliz, que es
Cristo, en señal de unidad de todo un pueblo, toda la Arquidiócesis, al Señor,
para pedirle a Dios que a cambio de este sacrificio de Cristo en el altar, al
que se unen los sacrificios de todos los que trabajan por el Reino de Dios, nos
bendiga, nos haga santos, con esa santidad moderna de los cristianos
comprometidos con la hora actual. Que de aquí salgamos pues, hermanos, más
animosos y que aquellos que todavía no se han acercado (tal vez a través de la
radio les llega esta voz) sepan que desde la tumba del Padre Grande ha salido
un grito de la Arquidiócesis: Cristianos, ¡valor! No importan las horas difíciles,
porque también para nosotros, si somos fieles, se oirá la voz del Apocalipsis,
que se acaba de cantar como liturgia de la palabra: "Estos son los que
vinieron de la gran tribulación y ahora gozan la alegría de los elegidos del
Padre". Así sea.
Homilía 1 de noviembre de 1977.
León XIV. Audiencia. 21 de octubre de 2026. Catequesis - Los documentos del Concilio
Vaticano II. IV. Constitución pastoral Gaudium et spes 6. El compromiso con la
familia en la sociedad de hoy (GS, 47-52)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y
bienvenidos!
Lo primero que quiero decirles es: ¡gracias! Gracias por
el apoyo de sus oraciones. Gracias a Dios por su generosidad. Renovemos todos
nuestra confianza en la bondad y la misericordia de Dios.
La constitución
pastoral Gaudium et spes (GS)
del Concilio
Vaticano II, después de haber explicado, en la primera parte, la dignidad
de la persona y su vocación en el mundo, en la segunda parte aborda, «a la luz
del Evangelio y de la experiencia humana», algunos de los problemas
contemporáneos más urgentes (cfr. GS,
46). En primer lugar, la atención se centra en el matrimonio y la familia, con
la convicción de que «el bienestar de la persona y de la sociedad humana y
cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y
familiar» (GS,
47).
Con este fin, la constitución no se limita simplemente
a reiterar los valores y los fines del matrimonio, sino que plantea una
concepción renovada del mismo como «íntima comunidad conyugal de vida y amor»
(GS,
48). Integrando la dimensión jurídica del matrimonio como contrato, se
reconoce el fundamento de esta unión en el «pacto conyugal», entendido como
el «acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente» (ibid.).
La donación recíproca del hombre y de la mujer, «de modo que ya no son dos,
sino una sola carne» (Mt 19,6), motiva la exigencia de la «plena
fidelidad» y de la «indisoluble unidad» de los cónyuges; y encuentra una
expresión viva en la procreación y en la educación de los hijos (cfr. GS,
48). Reflejo de la Trinidad divina, el amor conyugal y parental, a través del
Sacramento del matrimonio, «se rige y enriquece por la virtud redentora de
Cristo», para que los cónyuges puedan amarse el uno a la otra «como Él mismo
amó a la Iglesia y se entregó por ella» (ibid.).
Después de haber iluminado la realidad del matrimonio con
la luz del amor de Cristo, que es la verdad del amor humano y divino, Gaudium
et spes dirige la atención al amor conyugal y la fecundidad
matrimonial. El amor conyugal no se limita al atractivo erótico —que también
forma parte de él—, sino que abarca toda la voluntad de los esposos, reavivando
su afecto y expresándose mediante sentimientos y gestos de ternura (cfr GS,
49). Este amor abarca el bien de toda la persona del hombre y de la mujer,
iguales en dignidad; impregna toda la vida de los cónyuges y encuentra
expresión en los actos exclusivamente propios del matrimonio (cfr ibid.).
La especial intimidad de los esposos significa el amor integral de persona a
persona, favorece el don recíproco y enriquece su mutua alegría (cfr ibid.).
La fecundidad del amor conyugal, además, se expresa
en la procreación de los hijos, «el don más excelente del matrimonio» (GS,
50). Transmitiendo y educando la vida humana, que nunca debe ser descartada,
los esposos se convierten en «cooperadores del amor de Dios Creador y como sus
intérpretes» (ibid.).
Llamados a esta responsabilidad humana y cristiana, deben regirse por un
juicio recto por lo que se refiere a su propio bien y al de sus hijos, ya
nacidos o todavía por venir. Este juicio que, en último término, los esposos
deben formar personalmente ante Dios, exige que su conciencia se ajuste a la
ley divina, interpretada por el Magisterio de la Iglesia a la luz del Evangelio
(cfr ibid.).
La valorización de la comunión amorosa y de la fecundidad
procreativa en el matrimonio lleva al Concilio
a excluir que pueda haber «contradicción verdadera entre las leyes divinas de
la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal (GS,
51); y a afirmar, en cambio, que «cuando se trata de conjugar el amor conyugal
con la responsable transmisión de la vida» se debe mantener en un contexto de
verdadero amor «el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación» (ibid.).
De ello se sigue que «la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con
el máximo cuidado», rechazando «el aborto y el infanticidio»; y que «los mismos
actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana,
deben ser respetados con gran reverencia» (ibid.).
La enseñanza de la Gaudium
et spes sobre la comunidad conyugal y familiar llega así a subrayar la función
social de la familia, que define como «escuela del más rico humanismo»
y «fundamento de la sociedad» (GS,
52), recordando a todos aquellos que tienen responsabilidades sociales,
especialmente en el ámbito político y cultural, el deber de «contribuir
eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia» (ibid.).
Queridísimos, este compromiso es más urgente que nunca.
La Iglesia lo sabe bien, como demuestra la solicitud pastoral de los Papas que
se han sucedido después del último Concilio,
hasta la doble Asamblea sinodal querida por el Papa Francisco,
sobre la que han dialogado, recientemente, los jefes de las Iglesias Orientales
Católicas y los presidentes de las Conferencias Episcopales. Que la Sagrada
Familia de Nazaret nos ilumine en el camino y proteja a las familias de todo el
mundo.
Papa León XIV. Angelus. 18 de
octubre de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio proclamado en la liturgia de hoy (Mt
22,15-21) nos presenta una de las enseñanzas más famosas de Jesús: «¡Devuelvan
al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios!» (cf. v. 21). Por eso
es importante situarla en el contexto en el que fue pronunciada originalmente.
El evangelista Mateo describe una situación hostil hacia
Jesús: los fariseos se pusieron de acuerdo para ver cómo Jesús caía en una
trampa con alguna de sus afirmaciones (cf. v. 15) y deciden enviar a algunas
personas a interrogarlo sobre un tema polémico: «¿Es lícito o no pagar el
tributo al César?» (v. 17). La respuesta del Maestro es astuta, porque lo
mantiene fuera de la trampa y desenmascara la hipocresía de quienes quieren
hacerlo caer. Les pide la moneda del tributo, es decir, un denario. Ellos se la
dan, y Jesús dice: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le
responden: «Del César». Entonces afirma: «¡Devuelvan al César lo que es del
César, y a Dios lo que es de Dios!» (vv. 17-21).
En Jesús contemplamos a un Dios que no teme a la
historia, sino que, por el contrario, viene a vivir en ella. Su
Reino no elimina los cargos ni las responsabilidades humanas. Sin embargo, nos
pide que vivamos sin concesiones, libres de malas ambiciones e intereses
injustos, anteponiendo ante todo el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt
6,33). En este sentido, llama la atención el elogio que esas mismas personas le
dirigen a Jesús, aunque movidas por malas intenciones: «Maestro, sabemos que
eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y no te dejas influir
por nadie, porque no te fijas en la apariencia de la gente» (v. 16).
Queridos hermanos, este es precisamente el perfil de
quien “devuelve al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”:
ser sinceros, sin temor ni hipocresía, libres para hacer el bien. Oremos al
Señor para que nos ayude a ser así. Y confiémonos a la intercesión de la Virgen
María.
Papa Francisco. Angelus. 1 de
noviembre de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz fiesta!
Hoy celebramos la solemnidad de Todos los Santos. A la luz de esta fiesta,
detengámonos un poco a pensar acerca de la santidad, en particular en dos
características de la verdadera santidad: es un don -es un regalo, no se
puede comprar- y, al mismo tiempo, es un camino. Un don y un camino.
En primer lugar, es un don. La santidad es un don de Dios que hemos
recibido en el Bautismo: si lo dejamos crecer, puede cambiar completamente
nuestra vida (cf. Exhortación apostólica Gaudete
et exsultate, 15). Los santos no son héroes inalcanzables o lejanos,
sino que son personas como nosotros, nuestros amigos, cuyo punto de partida es
el mismo don que nosotros hemos recibido: el Bautismo. De hecho, si lo pensamos
bien, seguro que hemos conocido a algunos de ellos, algún santo cotidiano,
alguna persona justa, alguna persona que vive la vida cristiana en serio, con
simplicidad… aquellos que a mí me gusta llamar “los santos de la puerta de al
lado”, que viven con normalidad entre nosotros. La santidad es un don que se
ofrece a todos para tener una vida feliz. Y, al fin y al cabo, cuando recibimos
un don, ¿cuál es nuestra primera reacción? Precisamente que nos ponemos
felices, porque significa que alguien nos ama; y el don de la santidad nos hace
felices porque Dios nos ama.
Todo don, sin embargo, debe ser acogido, y conlleva la responsabilidad de
dar una respuesta, un “gracias”. Pero ¿cómo se dice este “gracias”? Es una
invitación a esforzarse para que no sea desperdiciado. Todos los bautizados
hemos recibido la misma llamada a "mantener y perfeccionar con su vida la
santidad que hemos recibido" (Lumen
gentium, 40). Y por eso llegamos al segundo punto: la santidad es un camino,
un camino que hay que recorrer juntos, ayudándonos unos a otros, unidos a esos
excelentes compañeros de ruta que son los Santos.
Ellos son nuestros hermanos y nuestras hermanas mayores, con los que
siempre podemos contar: los santos nos sostienen y, cuando en la ruta erramos
el camino, con su presencia silenciosa nunca dejan de corregirnos; son amigos
sinceros, en los que podemos confiar, porque ellos desean nuestro bien. En sus
vidas encontramos un ejemplo, de sus oraciones recibimos ayuda y amistad, y con
ellos nos enlazamos en un vínculo de amor fraternal.
La santidad es un camino, es un don. Entonces, podemos preguntarnos:
¿recuerdo que he recibido el don del Espíritu Santo, que me llama a la santidad
y me ayuda a llegar a ella? ¿Le doy las gracias al Espíritu Santo por esto, por
el don de la santidad? ¿Siento a los santos cerca de mí, hablo con ellos, me
dirijo a ellos? ¿Conozco la historia de algunos de ellos? Nos hace bien conocer
la vida de los santos y motivarnos con sus ejemplos. Y nos hace muy bien
dirigirnos a ellos en la oración.
Que María, Reina de todos los Santos, nos haga sentir la alegría del don
recibido y aumente en nosotros el deseo de la meta eterna.
Papa Francisco. Ángelus. 1 de
noviembre de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En esta solemne fiesta de Todos los Santos, la Iglesia nos invita a
reflexionar sobre la gran esperanza, la gran esperanza que se funda en
la Resurrección de Cristo: Cristo ha resucitado y también nosotros estaremos
con Él. Los santos y los beatos son los testigos más autorizados de la
esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre
alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas que
Jesús predicó y que hoy resuenan en la liturgia (cf. Mt 5,1-12a). Las
Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad. Me
refiero ahora a dos Bienaventuranzas, la segunda y la tercera.
La segunda es esta: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos
serán consolados" (v. 4). Parecen palabras contradictorias, porque el
llanto no es un signo de alegría y felicidad. Motivos de llanto y de
sufrimiento son la muerte, la enfermedad, las adversidades morales, el pecado y
los errores: simplemente la vida cotidiana, frágil, débil y marcada por las
dificultades. Una vida a veces herida y probada por la ingratitud y la
incomprensión. Jesús proclama bienaventurados a los que lloran por estas
situaciones y, a pesar de todo, confían en el Señor y se ponen a su
sombra. No son indiferentes ni tampoco endurecen sus corazones en el dolor,
sino que esperan con paciencia en el consuelo de Dios. Y ese consuelo lo
experimentan ya en esta vida.
En la tercera Bienaventuranza Jesús afirma: "Bienaventurados los
mansos, porque ellos heredarán la tierra" (v. 5). Hermanos y hermanas
¡la mansedumbre! La mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí
mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).
Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo
escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus
demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y
dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás.
Estas personas, que la mentalidad mundana no aprecia, son en cambio preciosas a
los ojos de Dios, que les da en herencia la tierra prometida, es decir, la vida
eterna. También esta bienaventuranza comienza aquí abajo y se cumplirá en
el Cielo, en Cristo. La mansedumbre. En este momento de la vida, también
mundial, donde hay tanta agresividad...Y también en la vida cotidiana, lo
primero que sale de nosotros es la agresión, la defensa. Necesitamos
mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no
agredir: mansedumbre.
Queridos hermanos y hermanas, elegir la pureza, la mansedumbre y la
misericordia; elegir confiarse al Señor en la pobreza de espíritu y en la
aflicción; esforzarse por la justicia y la paz, todo esto significa ir a
contracorriente de la mentalidad de este mundo, de la cultura de la posesión,
de la diversión sin sentido, de la arrogancia hacia los más débiles. Los santos
y los beatos han seguido este camino evangélico. La solemnidad de hoy, que
celebra a Todos los Santos, nos recuerda la vocación personal y universal a la
santidad, y nos propone los modelos seguros de este camino, que cada uno
recorre de manera única, de manera irrepetible. Basta pensar en la inagotable
variedad de dones e historias concretas que se dan entre los santos y las
santas: no son iguales, cada uno tiene su personalidad y ha desarrollado su
vida en la santidad según su propia personalidad y cada uno de nosotros puede
hacerlo, ir por ese camino. Mansedumbre, mansedumbre por favor e iremos a la
santidad.
Esta inmensa familia de fieles discípulos de Cristo tiene una madre, la
Virgen María. Nosotros la veneramos con el título de Reina de todos los Santos,
pero es sobre todo la Madre, que enseña a cada uno a acoger y seguir a su Hijo.
Que nos ayude a alimentar el deseo de santidad recorriendo el camino de las
Bienaventuranzas.
Papa Francisco. Angelus. 1 de
noviembre de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena fiesta!
La solemnidad de Todos los Santos es «nuestra» fiesta: no porque nosotros
seamos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Los
santos no son figuritas perfectas, sino personas atravesadas por Dios. Podemos
compararlas con las vidrieras de las iglesias, que dejan entrar la luz en
diversas tonalidades de color. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que
han recibido la luz de Dios en su corazón y la han transmitido al mundo, cada
uno según su propia «tonalidad».
Pero todos han sido transparentes, han luchado por quitar las manchas y las
oscuridades del pecado, para hacer pasar la luz afectuosa de Dios. Este es el
objetivo de la vida: hacer pasar la luz de Dios y también el objetivo de
nuestra vida.
De hecho, hoy en el Evangelio Jesús se dirige a los suyos, a todos
nosotros, diciéndonos «bienaventurados» (Mateo 5, 3). Es la palabra con
la cual inicia su predicación, que es «Evangelio», Buena Noticia porque es el
camino de la felicidad. Quien está con Jesús es bienaventurado, es feliz. La
felicidad no está en tener algo o en convertirse en alguien, no, la felicidad
verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Vosotros creéis esto?
Debemos ir adelante, para creer en esto. Entonces, los ingredientes para una
vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los
humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los demás y por los
propios errores, permanecen mansos, luchan por la justicia, son misericordiosos
con todos, custodian la pureza del corazón, obran siempre por la paz y
permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal
con el bien. Estas son las bienaventuranzas.
No exigen gestos asombrosos, no son para superhombres, sino para quien vive
las pruebas y las fatigas de cada día, para nosotros. Así son los santos:
respiran como todos el aire contaminado del mal que existe en el mundo, pero en
el camino no pierden nunca de vista el recorrido de Jesús, aquel indicado en
las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana.
Hoy es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada por este
mapa: no sólo los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas «de la
puerta de al lado», que tal vez hemos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta
de familia, de tantas personas sencillas, escondidas que en realidad ayudan a
Dios a llevar adelante el mundo. ¡Y existen muchos hoy! Son tantos. Gracias a
estos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a llevar adelante el
mundo, que viven entre nosotros, saludemos a todos con un fuerte aplauso. Ante
todo —dice la primera bienaventuranza— son «los pobres de espíritu» (Mateo
5, 3). ¿Qué significa? Que no viven para el éxito, el poder y el dinero; saben
que quien acumula tesoros para sí no se enriquece ante Dios (cf. Lucas 12,
21). Creen en cambio que el Señor es el tesoro de la vida y el amor al prójimo
la única verdadera fuente de ganancia. A veces estamos descontentos por algo
que nos falta o preocupados si no somos considerados como quisiéramos;
recordemos que no está aquí nuestra felicidad, sino en el Señor y en el amor:
sólo con Él, sólo amando se vive como bienaventurado.
Quisiera finalmente citar otra bienaventuranza, que no se encuentra en el
Evangelio, sino al final de la Biblia y habla del conclusión de la vida:
«Dichosos los muertos que mueren en el Señor» (Apocalipsis 14, 13).
Mañana estaremos llamados a acompañar con la oración a nuestros difuntos,
para que gocen siempre del Señor. Recordemos con gratitud a nuestros seres
queridos y oremos por ellos.
Que la Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, interceda por
nuestro camino de santidad y por nuestros seres queridos que nos han precedido
y han partido ya para la Patria celestial.
Papa Francisco. Angelus. 1 de
noviembre de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Los dos primeros días del mes de noviembre constituyen para todos nosotros
un intenso momento de fe, de oración y reflexión sobre las «cosas últimas» de
la vida. En efecto, celebrando a Todos los santos y conmemorando a Todos los
fieles difuntos, la Iglesia peregrina en la tierra vive y expresa en la
liturgia el vínculo espiritual que la une a la Iglesia del cielo. Hoy alabamos
a Dios por la multitud innumerable de santos y santas de todos los tiempos:
hombres y mujeres comunes, sencillos, a veces «últimos» para el mundo, pero
«primeros» para Dios. Al mismo tiempo, recordamos a nuestros queridos difuntos
visitando los cementerios: es motivo de gran consuelo pensar que ellos están en
compañía de la Virgen María, de los Apóstoles, de los mártires y de todos los
santos y santas del paraíso.
Así, la solemnidad de hoy nos ayuda a considerar una verdad fundamental de
la fe cristiana, que profesamos en el «Credo»: la comunión de los santos.
¿Qué significa esto: la comunión de los santos? Es la comunión que nace de la
fe y une a todos los que pertenecen a Cristo, en virtud del Bautismo. Se trata
de una unión espiritual —¡todos estamos unidos!— que la muerte no rompe, sino
que prosigue en la otra vida. En efecto, subsiste un vínculo indestructible
entre nosotros, los que vivimos en este mundo, y cuantos cruzaron el umbral de
la muerte. Nosotros, aquí abajo en la tierra, junto con aquellos que entraron
en la eternidad, formamos una sola y gran familia. Se mantiene esta
familiaridad.
Esta maravillosa comunión, esta maravillosa unión común entre tierra y
cielo se realiza del modo más elevado e intenso en la liturgia y, sobre todo,
en la celebración de la Eucaristía, que expresa y realiza la más profunda unión
entre los miembros de la Iglesia. En efecto, en la Eucaristía encontramos a
Jesús vivo y su fuerza, y a través de Él entramos en comunión con nuestros
hermanos en la fe: los que viven con nosotros aquí en la tierra y los que nos
precedieron en la otra vida, la vida sin fin. Esta realidad nos colma de
alegría: es hermoso tener tantos hermanos y hermanas en la fe que caminan a
nuestro lado, nos sostienen con su ayuda y junto a nosotros recorren el mismo
camino hacia el cielo. Y es consolador saber que hay otros hermanos que ya
llegaron al cielo, que nos esperan y rezan por nosotros, para que juntos
podamos contemplar eternamente el rostro glorioso y misericordioso del Padre.
En la gran asamblea de los santos, Dios ha querido reservar el primer lugar
a la Madre de Jesús. María está en el centro de la comunión de los santos, como
protectora especial del vínculo de la Iglesia universal con Cristo, del vínculo
de la familia. Ella es la Madre, es Madre nuestra, nuestra Madre. Es la guía
segura de quien quiera seguir a Jesús por el camino del Evangelio, porque es la
primera discípula. Ella es la Madre solícita y atenta, a quien confiar todos
los deseos y dificultades.
Invoquemos juntos a la Reina de Todos los santos, para que nos ayude a
responder con generosidad y fidelidad a Dios, que nos llama a ser santos como
Él es santo (cf. Lv 19, 2; Mt 5, 48).
Papa Benedicto XVI. Angelus. 1 de
noviembrede 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
La solemnidad de Todos los Santos es ocasión propicia para elevar la mirada
de las realidades terrenas, marcadas por el tiempo, a la dimensión de Dios, la
dimensión de la eternidad y de la santidad. La liturgia nos recuerda hoy que la
santidad es la vocación originaria de todo bautizado (cf. Lumen
gentium, 40). En efecto, Cristo, que con el Padre y con el Espíritu es
el único Santo (cf. Ap 15, 4), amó a la Iglesia como a su esposa y se
entregó por ella con el fin de santificarla (cf. Ef 5, 25-26). Por esta
razón, todos los miembros del pueblo de Dios están llamados a ser santos, según
la afirmación del apóstol san Pablo: «Esta es la voluntad de Dios: vuestra
santificación» (1 Ts 4, 3). Así pues, se nos invita a mirar a la Iglesia
no sólo en su aspecto temporal y humano, marcado por la fragilidad, sino como
Cristo la ha querido, es decir, como «comunión de los santos» (Catecismo de
la Iglesia católica, n. 946). En el Credo profesamos la Iglesia
«santa», santa en cuanto que es el Cuerpo de Cristo, es instrumento de
participación en los santos Misterios —en primer lugar, la Eucaristía— y
familia de los santos, a cuya protección se nos encomienda en el día del
Bautismo. Hoy veneramos precisamente a esta innumerable comunidad de Todos los
Santos, los cuales, a través de sus diferentes itinerarios de vida, nos indican
diversos caminos de santidad, unidos por un único denominador: seguir a Cristo
y configurarse con él, fin último de nuestra historia humana. De hecho, todos
los estados de vida pueden llegar a ser, con la acción de la gracia y con el
esfuerzo y la perseverancia de cada uno, caminos de santificación.
La conmemoración de los fieles difuntos, a la que se dedica el día 2 de
noviembre, nos ayuda a recordar a nuestros seres queridos que nos han dejado, y
a todas las almas que están en camino hacia la plenitud de la vida,
precisamente en el horizonte de la Iglesia celestial, a la que la solemnidad de
hoy nos ha elevado. Ya desde los primeros tiempos de la fe cristiana, la
Iglesia terrena, reconociendo la comunión de todo el Cuerpo místico de
Jesucristo, ha cultivado con gran piedad la memoria de los difuntos y ha
ofrecido sufragios por ellos. Nuestra oración por los muertos es, por tanto, no
sólo útil sino también necesaria, porque no sólo les puede ayudar, sino que al
mismo tiempo hace eficaz su intercesión en favor nuestro (cf. Catecismo
de la Iglesia católica, n. 958). También la visita a los cementerios, a
la vez que conserva los vínculos de afecto con quienes nos han amado en esta
vida, nos recuerda que todos tendemos hacia otra vida, más allá de la muerte.
Por eso, el llanto debido a la separación terrena no ha de prevalecer sobre
la certeza de la resurrección, sobre la esperanza de llegar a la
bienaventuranza de la eternidad, «momento pleno de satisfacción, en el cual la
totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad» (Spe
salvi, 12). En efecto, el objeto de nuestra esperanza consiste en gozar
en la presencia de Dios en la eternidad. Lo prometió Jesús a sus discípulos,
diciendo: «Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará
vuestra alegría» (Jn 16, 22).
A la Virgen María, Reina de todos los santos, encomendamos nuestra
peregrinación hacia la patria celestial, mientras invocamos para nuestros
hermanos y hermanas difuntos su maternal intercesión.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 1 de
noviembre de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy con gran alegría la fiesta de Todos los Santos. Al visitar
un jardín botánico, nos sorprende la variedad de plantas y flores, y resulta
natural pensar en la fantasía del Creador, que ha transformado la tierra en un
maravilloso jardín. Experimentamos un sentimiento análogo cuando consideramos
el espectáculo de la santidad: el mundo se nos presenta como un
"jardín", donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable
fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de
toda lengua, pueblo y cultura.
Cada uno es diferente del otro, con la singularidad de la propia
personalidad humana y del propio carisma espiritual. Pero todos llevan grabado
el "sello" de Jesús (cf. Ap 7, 3), es decir, la huella de su
amor, testimoniado a través de la cruz. Todos viven felices, en una fiesta sin
fin, pero, como Jesús, conquistaron esta meta pasando por fatigas y pruebas
(cf. Ap 7, 14), afrontando cada uno su parte de sacrificio para
participar en la gloria de la resurrección.
La solemnidad de Todos los Santos se fue consolidando durante el primer
milenio cristiano como celebración colectiva de los mártires. En el año 609, en
Roma, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón, dedicándolo a la Virgen María y
a todos los mártires. Por lo demás, podemos entender este martirio en
sentido amplio, es decir, como amor a Cristo sin reservas, amor que se expresa
en la entrega total de sí a Dios y a los hermanos. Esta meta espiritual, a la
que tienden todos los bautizados, se alcanza siguiendo el camino de las
"bienaventuranzas" evangélicas, que la liturgia nos indica en la
solemnidad de hoy (cf. Mt 5, 1-12). Es el mismo camino trazado por Jesús
y que los santos y santas se han esforzado por recorrer, aun conscientes de sus
límites humanos.
En su existencia terrena han sido pobres de espíritu, han sentido dolor por
los pecados, han sido mansos, han tenido hambre y sed de justicia, han sido
misericordiosos, limpios de corazón, han trabajado por la paz y han sido
perseguidos por causa de la justicia. Y Dios los ha hecho partícipes de su
misma felicidad: la gustaron anticipadamente en este mundo y, en el más allá,
gozan de ella en plenitud. Ahora han sido consolados, han heredado la tierra,
han sido saciados, perdonados, ven a Dios, de quien son hijos. En una palabra:
"de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5, 3.10).
En este día sentimos que se reaviva en nosotros la atracción hacia el
cielo, que nos impulsa a apresurar el paso de nuestra peregrinación terrena.
Sentimos que se enciende en nuestro corazón el deseo de unirnos para siempre a
la familia de los santos, de la que ya ahora tenemos la gracia de formar parte.
Como dice un célebre canto espiritual: "Cuando venga la multitud de
tus santos, oh Señor, ¡cómo quisiera estar entre ellos!".
Que esta hermosa aspiración anime a todos los cristianos y les ayude a
superar todas las dificultades, todos los temores, todas las tribulaciones.
Queridos amigos, pongamos nuestra mano en la mano materna de María, Reina de
todos los santos, y dejémonos guiar por ella hacia la patria celestial, en
compañía de los espíritus bienaventurados "de toda nación, pueblo y
lengua" (Ap 7, 9). Y unamos ya en la oración el recuerdo de
nuestros queridos difuntos, a quienes mañana conmemoraremos.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 1 de noviembre
de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos, que nos hace gustar la
alegría de formar parte de la gran familia de los amigos de Dios o, como
escribe san Pablo, de "participar en la herencia de los santos en la
luz" (Col 1, 12). La liturgia vuelve a proponer la expresión, llena
de asombro, del apóstol san Juan: "Mirad qué amor nos ha tenido el
Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1 Jn 3, 1).
Sí, ser santos significa realizar plenamente lo que ya somos en cuanto
elevados, en Cristo Jesús, a la dignidad de hijos adoptivos de Dios (cf. Ef
1, 5; Rm 8, 14-17). Con la encarnación del Hijo, con su muerte y
resurrección, Dios quiso reconciliar consigo a la humanidad y hacerle partícipe
de su misma vida. Quien cree en Cristo, Hijo de Dios, renace "de lo
alto", es regenerado por obra del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 1-8).
Este misterio se realiza en el sacramento del bautismo, mediante el cual la
madre Iglesia da a luz a los "santos".
La vida nueva, recibida en el bautismo, no está sometida a la corrupción y
al poder de la muerte. Para quien vive en Cristo, la muerte es el paso de la
peregrinación terrena a la patria del cielo, donde el Padre acoge a todos sus
hijos, "de toda nación, raza, pueblo y lengua", como leemos hoy en el
libro del Apocalipsis (Ap 7, 9). Por eso, es muy significativo y
apropiado que, después de la fiesta de Todos los Santos, la liturgia nos haga
celebrar mañana la conmemoración de todos los Fieles Difuntos. La
"comunión de los santos", que profesamos en el Credo, es una realidad
que se construye aquí en la tierra, pero que se manifestará plenamente cuando
veamos a Dios "tal cual es" (1 Jn 3, 2). Es la realidad de una
familia unida por profundos vínculos de solidaridad espiritual, que une a los
fieles difuntos a cuantos son peregrinos en el mundo. Un vínculo misterioso
pero real, alimentado por la oración y la participación en el sacramento de la
Eucaristía. En el Cuerpo místico de Cristo las almas de los fieles se
encuentran, superando la barrera de la muerte, oran unas por otras y realizan
en la caridad un íntimo intercambio de dones. En esta dimensión de fe se
comprende también la práctica de ofrecer por los difuntos oraciones de
sufragio, de modo especial el sacrificio eucarístico, memorial de la Pascua de
Cristo, que abrió a los creyentes el paso a la vida eterna.
Uniéndome espiritualmente a cuantos van a los cementerios para rezar por
sus difuntos, también yo, mañana por la tarde, acudiré a orar a la cripta
vaticana, ante las tumbas de los Papas, que forman una corona en torno al
sepulcro del apóstol san Pedro, y recordaré de modo especial al amado Juan
Pablo II. Queridos amigos, ojalá que la tradicional visita de estos días a las
tumbas de nuestros difuntos sea una ocasión para pensar sin temor en el
misterio de la muerte y mantener la incesante vigilancia que nos prepara para
afrontarlo con serenidad. Que en esto nos ayude la Virgen María, Reina de los
santos, a la que ahora nos dirigimos con confianza filial.
DOMINGO 32 T. O.
Monición de entrada.-
El día en el que nos bautizaron el sacerdote dio una vela con luz al
padrino.
La vela quería decir la fe.
Que tiene que estar encendida, es decir:
Tenemos que ser siempre amigos de Jesús.
También en el altar hay velas encendidas.
Y así queremos decirle a Jesús que somos amigos de Él.
Señor, ten piedad.-
Llévanos a ti. Señor, ten piedad.
Ilumínanos.
Cristo, ten piedad.
Ábrenos tu puerta. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por el Papa León, para que siendo la luz de Jesús. Te lo pedimos, Señor.
Por la Iglesia para que sepa enseñarnos las palabras de Jesús. Te lo pedimos, Señor.
Por los que mandan en la Iglesia, para que hagan cosas buenas para los
pueblos. Te lo pedimos, Señor.
Por los que mandan, para que acepten que les digan lo que hacen mal. Te lo
pedimos, Señor.
Por los que no se portan bien en su casa, para que cambien. Te lo pedimos,
Señor.
Por nosotros, para que seamos siempre amigos de Jesús. Te lo pedimos,
Señor.
Acción de gracias.-
María, gracias por ayudarnos a ser buenos amigos de Jesús y llevar la luz a
los demás.
