domingo, 1 de noviembre de 2026

Nº 331. 1 de noviembre de 2026.

 


Primera lectura.

Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4.9-14

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles:

-No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.

Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mi9l, de todas las tribus de Israel. Después de esto vi a una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delate del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente:

-¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero!

Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo:

-Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción desgracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Y uno de los ancianos me dijo:

-Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?

Yo le respondí:

-Señor mío, tú lo sabrás.

Él me respondió:

-Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.

 

Textos paralelos.

 No causéis daño ni a la tierra ni al mar.

Ez 9, 4: Con los avíos de escribano a la cintura, y le dijo el Señor: “Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén y marca en la frente a los que se lamentan afligidos por las abominaciones en que en ella se cometen”.

Is 44, 5: Uno dirá: Soy del Señor; otro se pondrá el nombre de Jacob; otro se tatuará en el brazo: “Del Señor”, y se apellidará Israel.

Selló la frente de los siervos.

Ap 3, 12: Al vencedor lo haré columna en el templo de mi Dios y no volverá a salir; en ella grabaré el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, de la nueva Jerusalén que baja del cielo, desde mi Dios, y mi nombre nuevo.

Ap 22, 4: Y verán su rostro y llevarán en la frente su nombre.

Los marcados con el sello.

Ex 12, 7-14: Con algo de la sangre rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la sangre, asada a fuego, acompañada de pan sin fermentar y verduras amargas. No comeréis de ella nada crudo ni cocido en agua, sino asado a fuego: con cabeza, patas y entrañas. No dejaréis restos para la mañana siguiente, y si sobra algo, lo quemaréis. Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua del Señor. Esa noche atravesaré todo el territorio egipcio dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. La sangre será vuestra contraseña en las casas donde estéis: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora cuando yo pase hiriendo a Egipto. Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis fiesta al Señor. Ley perpetua para todas las generaciones.

Ap 14, 1: Vi al Cordero que estaba en el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban su nombre y el nombre del Padre grabado en la frente.

Después miré y pude ver una muchedumbre inmensa.

Ap 15, 2-5: Vi una especie de mar transparente veteado de fuego. Los que han vencido a la fiera, a su imagen y al número de su nombre estaban junto al mar transparente con las cítaras de Dios. Cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero: Grandes y admirables son tus obras, Señor Dios todopoderoso; justos y ciertos tus caminos, Rey de las naciones. ¿Quién no te respetará, Señor, quién no dará gloria a tu nombre? Tú solo eres santo, y todas las naciones vendrán a adorarte en tu presencia, porque se han revelado tus decisiones. Después vi cómo se abría el templo, la tienda del testimonio en el cielo.

Gn 15,5: Y el Señor lo sacó afuera y le dijo: “Mira el cielo; cuenta las estrellas si puedes”. Y añadió: “Así será tu descendecia”.

Ap 5, 9: Cantaban un cántico nuevo: Eres digno de recibir el rollo y soltar sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación.

Estos son los que llegan de la gran tribulación.

Ap 15, 2: Vi una especie de mar transparente veteado de fuego. Los que han vencido a la fiera, a su imagen y al número de su nombre estaban junto al mar transparente con las cítaras de Dios.

Dn 12, 1: Entonces e levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro.

Ap 1, 5: Y de parte de Jesucristo, el testigo fidedigno, el primogénito de los muertos, el Señor de los reyes del Mundo. Al que nos amó y nos libró con su sangre de nuestros pecados.

Ap 22,14: Dichosos los que lavan sus vestidos, pues tendrá a su disposición el árbol de la vida y entrarán por las puertas en la ciudad.

Gn 49, 11: [Judá] Ata su burro a una viña, / las crías a un majuelo; / lava su ropa en vino / y su túnica en sangre de uvas.

Las han blanqueado con la sangre del Cordero.

Ex 19, 10: El Señor le dijo [a Moisés]: ·Vuelve a tu pueblo, purifícalos hoy y mañana, que se laven la ropa.

 

Notas exegéticas.

7 2 La escena se inspira en Ez 9. El término “sello” puede entenderse como una marca de propiedad (las personas que lo reciben pertenecen a Dios) o como una señal de salvación (como en Ez 9: un sello que distingue a quienes Dios protege). Estos dos aspectos no se excluyen entre sí, como lo muestra la utilización de la palabra “sello” (atestiguada a partir del siglo II, pero quizá ya en 2 Co 1, 22) para designar el bautismo.

7 4 El cuadrado de doce (el número sagrado), multiplicado por mil: la multitud de los fieles de Cristo, pueblo de Dios, nuevo Israel, Ga 6, 16. Marcados con el sello divino. Rm 4, 11 escaparán por fin de las plagas esperadas: ver Ex 12, 7-14.

7 9 (a) Esta vez se trata de la muchedumbre de los mártires cristianos en posesión ya de la felicidad celestial.

7 9 (b) Las palmas del triunfo, que evocan la fiesta alegre de las Tiendas, Lv 23, 33-34 (en el v. 15 la tienda de Dios vendrá a ser la morada de esa muchedumbre).

7 14 (a) Para el diálogo introductorio, ver Za 6, 4-5 y también 4, 4-15.

7 14 (b) Las persecuciones, cuyo prototipo era la de Nerón. Se trata de la prueba escatológica, una de cuyas manifestaciones eran precisamente las persecuciones.

7 14 (c) La sangre simbolizaba la eficacia de la muerte de Jesús. Aquí es aceptado este don por los que reciben sus efectos.

 

Salmo responsorial

Salmo 24 (23), 1-6.

 

Esta es la generación

que busca tu rostro, Señor. R/.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos.  R/.

 

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes y puro corazón,

que no confía en los ídolos. R/.

 

Ese recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.

Esta es la generación que busca al Señor,

que busca tu rostro, Dios de Jacob. R/.

 

Textos paralelos.

 De Yahvé es la tierra y cuanto la llena.

Is 66, 1-2: Así dice el Señor: / El cielo es mi trono, / y la tierra, el estrado de mis pies: / ¿qué templo podréis construirme / o qué lugar para mi descanso? / Todo esto lo hicieron mis manos, / y existió todo esto / - oráculo del Señor –. / Pero en ese pondré mis ojos: / en el humilde y el abatido / que se estremece ante mis palabras.

Sal 80, 12: Extendió sus sarmientos hasta el mar / y sus brotes hasta el Río Grande.

Dt 10, 14: Cierto: del Señor son los cielos, hasta el último cielo; la tierra y todo cuanto la habita.

1 Co 10, 26: Pues del Señor es la tierra y cuanto contiene.

Is 42, 5: Así dice el Señor Dios, / que creyó y desplegó el cielo, / afianzó la tierra con su vegetación, / dio el respiro al pueblo que la habita / y el aliento a los que se mueven en ella.

Sal 75, 4: Aunque tiemble la tierra con sus habitantes / yo he afianzado sus columnas.

La que acude en presencia del Dios de Jacob.

Sal 27, 8-9: “Buscad mi rostro”. / Mi corazón te dice: / – Yo busco tu rostro, Señor; / no me ocultes tu rostro. / No apartes con ira a tu siervo, / que tú eres mi auxilio; / no me rechaces, no me abandones, / Dios de mi salvación.

 

Notas exegéticas.

24 Los versículos 7-10 pueden referirse al traslado del arca en tiempo de David, 2 S 6, 12-16. El comienzo vv.1-6 parece posterior, ver Sal 15; el creador del universo es también el amigo que acoge al justo.

 

Segunda lectura.

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3

Queridos hermanos:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.

 

Textos paralelos.

 Mirad que amor nos ha tenido el Padre.

Rm 8, 14-17: Cuantos se dejan llevar del Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y no habéis recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos que nos permite clamar: Abba, Padre. El Espíritu atestigua nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios, coherederos con Cristo; si compartimos su pasión compartimos su gloria.

Rm 8, 29-30: A los que escogió de antemano los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, de modo que fuera él el primogénito de muchos hermanos. A los que había destinado los llamó, a los que llamó los hizo justos, a los que hizo justos los glorificó.

Jn 1, 12: Pues la ley se promulgó por medio de Moisés, / la lealtad y fidelidad se realizaron por Jesucristo.

Ef 1, 5: Por Jesucristo, según el designio de su voluntad, / nos predestinó a ser sus hijos adoptivos.

Porque no le reconoció a él.

Jn 15, 21: Todo eso os lo hará a causa de mi nombre, / porque no conocen al que me envió.

Jn 16, 3: Y eso lo harán porque no conocen al Padre ni a mí.

Jn 17, 25: Sabemos que, cuando se manifieste.

Col 3, 4: Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces vosotros apareceréis gloriosos junto a él.

Flp 3, 21: El cual transformará nuestro cuerpo humilde en la forma de su cuerpo glorioso, con la eficacia con que puede someterse todo.

Rm 8, 39: Ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.

1 Co 13, 12: Ahora vemos como enigmas en un espejo, entonces veremos cara a cara. Ahora conozco a medias, entonces conoceré tan bien como soy conocido.

Quien tiene esta esperanza en él.

Mt 5, 48: Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto.

1 Jn 2, 6: Quien dice que permanece con él ha de proceder como él procedió.

 

Notas exegéticas.

3 1 (a) Omitido: “pues ¡lo somos!”; y variante (Vulgata): “y que lo seamos”.

3 1 (b) El verbo “(re) conocer”, empleado dos veces, no está en perfecto, sino primero presente y después en aoristo, para señalar mejor el aspecto incoativo del conocimiento. El mundo, incapaz de descubrir en Dios al Padre que nos ha revelado su amor en su Hijo no puede conocer a los cristianos en su condición de hijos de Dios.

3 2 (a) Juan distingue dos etapas en la condición filial de los creyentes: el estado inicial, a partir del comienzo de la vida cristiana y su cumplimiento escatológico, en la perfecta semejanza al Hijo de Dios.

3 2 (b) La conjunción “porque” no va unida probablemente a “seremos semejantes a él”, sino a “Sabemos”: la certeza que ya tenemos de ver un día al Hijo de Dios en su gloria nos asegura que llegaremos a ser plenamente semejantes a él. En consecuencia no se trata directamente de una visión transformadora, como en el helenismo.

3 3 Jesús.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a.

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

-Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

Textos paralelos.

 

Mateo 5, 1-12a

Lucas 6, 20-23

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

-Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

 

 

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

Dirigiendo la mirada a los discípulos, les decía:

 

-Dichosos los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece.

 

 

 

 

Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque os saciaréis.

 

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

 

 

 

 

 

 

Dichosos cuando os odien los hombres y os destierren y os insulten y denigren vuestro nombre a causa de este Hombre.

 

 

 Saltad entonces de alegría, que vuestro premio en el cielo es abundante. Lo mismo trataron vuestros padres a los profetas.

 

Pero ay de vosotros, los ricos, porque recibís vuestro consuelo;

Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque pasaréis hambre; ay de los que ahora reís, porque lloraréis y haréis duelo;

Ay de vosotros cuando todos hablen bien de vosotros. Lo mismo trataron vuestros padres a los falsos profetas.

Sus discípulos se acercaron.

Sb 2, 16: Nos considera de mala ley / y se aparta de nuestras sendas como si contaminasen; / proclama dichoso el destino del justo / y se gloría de tener por padre a Dios.

Si 14, 20: Dichoso el hombre que piensa en la Sabiduría / y pretende la Prudencia.

Si 25, 7-12: Mi corazón guarda nueve bienaventuranzas / y mi boca proclamará la décima: / Dichoso el que se alegra con sus hijos, / el que no tiene que servir a un inferior; / dichoso el marido de mujer sensata, / el que no tiene que arar con buey y asno; / dichoso el que vive para ver la derrota de sus rivales, / el que no resbala con la lengua; / dichoso el que encuentra un amigo / y el que no habla a oídos sordos; / qué grande es quien alcanza sabiduría, / pero nadie como quien respeta al Señor; / el temor del Señor lo supera todo, / el que lo posee es incomparable.

 Dichosos los humildes.

Sal 37, 11: Pero los marginados poseerán una tierra / y disfrutarán de gran prosperidad.

Gn 13, 15: [El Señor a Abrahán] Todo el país que contemplas te lo daré a ti y a tu descendencia para siempre.

Lv 25, 23: La tierra no se venderá sin derecho a retracto [derecho que compete a ciertas personas para quedarse, por el tanto de su precio, con la cosa vendida a otro, rae.es], porque es mía, y en lo mío sois emigrantes y criados.

Dichosos los que lloran.

Tb 13, 14: Malditos los que te odian. Benditos para siempre los que te aman.

Si 48, 24: Con espíritu poderoso previó el futuro, / y consoló a los afligidos de Sión; / anunció el futuro hasta el final / y los secretos antes de que sucediesen.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia.

Sal 126, 5: Los que siembran con lágrimas / cosechan con júbilo.

Is 61. 2-3: Para proclamar / el año de gracia del Señor, / el día del desquite de nuestro Dios; / para consolar a los afligidos, / los afligidos de Sión; / para cambiar su ceniza en corona / su luto en perfume de fiesta, / su abatimiento en traje de gala.

Is 40, 1: Consolad, consolad a mi pueblo, / dice vuestro Dios:

Sal 107, 5-8: Pasaban hambre y sed / y desfallecía su aliento. / Pero gritaron al Señor en su angustia, / y los libró de la tribulación. / Los guió por un camino llano / para que dieran con su poblado. / Den gracias al Señor por su misericordia / por las maravillas que hace por los hombres.

Dichosos los misericordiosos.

Is 51, 1: Escuchadme, / los que vais tras la justicia, / los que buscáis al Señor: / Mirad la roca de donde os tallaron, / la cantera de donde os extrajeron.

Am 8, 11-12: Aquel día levantaré / la choza caída de David; / tapiaré sus brechas, / levantaré sus ruinas / hasta reconstruirla como era antaño; / para que conquisten el resto de Edom / y todos los pueblos / que llevaron mi nombre / – oráculo del Señor, / que lo cumplirá –.

Lc 1, 53: Colma de bienes a los hambrientos / y despide vacío a los ricos.

Dichosos los limpios de corazón.

Sal 37, 19: No se agostarán en la mala estación, / en plena carestía se saciarán.

Pr 9, 5: Venid a comer de mis manjares / y a beber el vino que he mezclado.

Si 24, 21: Hijo mío, teme al Señor y al rey; / no provoques a ninguno de los dos.

Dichosos los que trabajan por la paz.

Jn 6, 35: Jesús le contestó: “Yo soy el pan de vida; el que acude a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed”.

Gn 20, 5: Pero, Señor, ¿vas a matar a un inocente? Si él me dijo que era hermana, y ella que era su hermano. Lo he hecho de buena fe y con las manos limpias.

Sal 24, 3-4: ¿Quién puede subir al monte del Señor? / ¿quién podrá estar en el recinto sacro? / El de manos inocentes y puro corazón, / el que no acude a los ídolos / ni jura en falso.

Sal 11, 7: Porque el Señor es justo y ama la justicia; / los rectos verán su rostro. 

Pr 22, 11: El rey ama un corazón limpio / y aprecia un hablar atractivo.

Ex 33, 20: Pero mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y quedar con vida.

Hb 12, 14: Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie puede ver a Dios.

Sal 34, 14: Guarda tu lengua del mal, / tus labios de la falsedad.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia

 Pr 12, 20: Taimada es la mente que maquina el mal, / quien aconseja la paz vive contento.

Za 8, 16: Esto es lo que tenéis que hacer: / Decir la verdad al prójimo, / juzgar con integridad en los tribunales.

Os 11, 1: Cuando Israel era niño, lo amé, / y desde Egipto llamé a mi hijo.

Dichosos seréis cuando os injurien.

1 P 3, 14: Y si padecéis por la justicia, dichosos vosotros: No les tengáis miedo ni os turbéis.

Is 51, 7: Escuchadme los entendidos en derecho, / el pueblo que lleva mi ley / en el corazón: / no temáis la afrenta de los hombres, / no desmayéis por sus oprovios.

Hch 5, 41: Ellos se marcharon del tribunal contentos por haber sido considerados dignos de sufrir desprecio por su nombre.

Flp 1, 29: Pues a vosotros se os ha concedido la gracia, no solo de creer en Cristo, sino de padecer por él.

Alegraos y regocijaos:

Col 1, 25: Por disposición de Dios he sido nombrado ministro de ella a vuestro servicio, para dar cumplimiento al proyecto de Dios.

Hb 10, 34: Compartisteis las penas de los encarcelados, aceptasteis gozosos que os privaran de vuestros bienes, sabiendo que poseíais bienes mayores y permanentes.

St 1, 2: Hermanos míos, cuando pasáis por pruebas variadas, tenedlo por grande dicha.

Gn 15, 1: Después de estos sucesos, Abrán recibió en una visión la palabra del Señor: “No temas, Abrán; yo soy tu escudo y tu paga será abundante”.

De la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Si 2, 8: Los que respetáis al Señor, confiad en él, / que no retendrá vuestro salario hasta mañana.

Mt 23, 34: Mirad, para eso os estoy enviando profetas, doctores y letrados: a unos los matáis y crucificáis, a otros los azotáis en vuestras sinagogas y los persegúis de ciudad en ciudad.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

5 1 Una de las colinas próximas a Cafarnaún.

5 3 (a) El Antiguo Testamento empleaba a ves fórmulas de felicitación como estas, a propósito de piedad, de sabiduría, de propiedad. Felicitaciones de carácter sapiencial se han descubierto en Qumrán. Jesús, recuerda, en el espíritu de los profetas, que también los pobres participan de estas “bendiciones”; las tres primeras “bienaventuranzas” declaran que hombres considerados de ordinario como desgraciados y malditos son felices, ya que son aptos para recibir la bendición del Reino. Las felicitaciones siguientes apuntan más directamente a la actitud moral del hombre. Otras bienaventuranzas de Jesús: Mt 11, 6; 13, 16; 16, 17.

5 3 (b) También podría traducirse “los que tienen disposición de pobre”. Cristo recoge la palabra “pobre” con el matiz moral perceptible ya en Sofonías hecho aquí explícito por la expresión “de espíritu”, ausente en Lc 6, 20. Indefensos y oprimidos los “pobres” o “los humildes” están a punto para el Reino de los Cielos; tal es el tema de las felicitaciones. La “pobreza” viene a parecerse a la “infancia espiritual”, necesaria para entrar en el Reino (el misterio revelado a los “pequeños”, nêpioi. A los “pobres”, ptôjoi, corresponden también los “humildes” tapeinoi, los “últimos” opuestos a los “primeros”, los “pequeños” opuestos a los “grandes”. Si bien la fórmula de Mt 5, 3 subraya el espíritu de pobreza tanto en el rico como en el pobre, a lo que Cristo se refiere generalmente es a una pobreza efectiva, en especial para sus discípulos. El mismo da ejemplo de pobreza y de humildad. Se identifica con los pequeños y los desdichados. O “los mansos·. Tomado del Sal 37, 11 según el griego. – El v. 4 podría no ser más que una glosa del v. 3: su omisión dejaría en siete el número de las felicitaciones.

5 5 Lit. “los que están en duelo”. No se trata de los melancólicos, sino probablemente de quienes todavía esperan el Consuelo definitivo (Lc 2, 25 [Simeón y Ana]), única situación que liberará a la gente de su aflicción.

5 6 Seguramente no se trata de la justicia divina (es decir, de la salvación escatológica [al final de los tiempos]), pues Jesús siempre aconseja la espera vigilante. Tampoco de la justicia social en la tierra, sino de la justicia de las obras de una vida cristiana cada vez más perfecta, que es la fuente de la justicia entre las personas.

5 12 Los discípulos son los sucesores de los profetas.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

5 1-2 AQUEL GENTÍO: lit. las (artículo con valor de pronombre demostrativo) multitudes (plural que puede reflejar un uso griego tardío). // Sentarse e instruir (sentarse para enseñar): expresión gráfica en los escreitos rabínicos para resumir la actividad de un rabino. // TOMANDO LA PALABRA: lit., con fórmula del AT: habiendo abierto la boca de él. Después de la proclamación, viene la enseñanza cagtequética (cf. Hb 2, 42) para los seguidores de Jesús. Este discurso inaugural es programático: habla de reforma interior, de las actitudes internas necesarias para este nuevo tipo de existencia, o nuevo estilo de vida, llamado “salvación”, “reino de Dios”, “vida nueva”, “civilización del amor” (término de Pablo VI). “Las bienaventuranzas no tienen como objeto, propiamente, unas normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no coinciden con los mandamientos. Pero no hay separación o discrepancia entre bienaventuranzas y mandamientos, pues ambos se refieren al bien, a la vida eterna. [Las bienaventuranzas] son, ante todo, promesas de las que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones normativas para la vida moral. En su profundidad original son una especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por esto, son invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida con él” (Juan Pablo II).

3 LOS QUE TIENEN ESP´RIITU DE POBRES: lit. los pobres (en cuanto) al espíritu. Esos POBRES son los anawîm del AT: conscientes de su radical necesidad de Dios, ponen solo en Él su confianza; son los humildes, más bien que los que carecen de bienes materiales (san León Magno). Esos pobres pueden ser ricos, como el rey David, que “llámase pobre, aunque está claro que era rico, porque no tenía en la riqueza su voluntad […]; si fuera realmente pobre, y de la voluntad no lo fuera, no era verdaderamente pobre” (san Juan de la Cruz). Cf. en Eclesiástico 31, 8-11 la bienaventuranza del rico que usa bien sus riquezas. En cambio, puede existir un triunfalismo de la pobreza, no evangélico: en Qumrán (p.ej. en 1 QM col. 14, 7) “pobres de espíritu” parece ser título honorífico que se atribuía a si misma la comunidad. // SUYO ES EL REINO DE LOS CIELOS: “Si uno se pregunta en qué sentido el reino de los cielos es suyo, se puede responder: porque suyo es Cristo, ya que Él es el reino mismo” (Orígenes).

4 SERÁN CONSOLADOS por Dios; ejemplo de la llamada voz pasiva “teológica” (como en los vv. 6.7 y 9): “Dios los consolará”, “Dios los saciará” (v. 6), “Dios los llamará hijos suyos” (v. 9).

5 Los que son MANSOS, no precisamente porque les haya tocado en suerte un temperamento tranquilo sobre la mansedumbre), HEREDARÁN LA TIERRA prometida por Dios (cf. 1 Pe 1, 3-5).

6 La única verdadera JUSTICIA: puede ser el veredicto divino liberador que, en retorno, hace posible nuestra justicia, e.d., nuestra fidelidad a la voluntad de Dios (cf. v. 20 y 1, 19). Aquí se trata, probablemente, de esta última.

7 “El que tuviere los males ajenos por suyos, a semejanza de madre que está más enferma y llorosa con la enfermedad de su unigénito hijo que el mismo hijo que padece el mal, este es el buen misericordioso” (san Juan de Ávila). // OBTENDRÁ MISERICORDIA: lit. serán objeto de misericordia, se tendrá misericordia con ellos: Dios se apiadará de ellos (voz pasiva “teológica”.

8 LOS DE CORAZÓN LIMPIO: lit. los limpios (en cuanto) al corazón; los leales a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres campos: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor a la verdad y la ortodoxia de la fe. Existe una ilación entre la pureza de corazón, del cuerpo y de la fe (Cat. 2518). La actitud de tales personas es la “no doblez” (cf. el capítulo 6 sobre la pureza de intención). // VERÁN A DIOS: experimentaron su favor y se transformarán en imagen de Dios. Según san Juan de la cruz “los limpios de corazón son llamados por nuestro Salvador bienaventurados; lo cual es tanto como decir enamorados, pues que bienaventuranza no se da por menos que amor”. Y, llamando “limpios” a quienes no viven según los sentidos, afirma en otro pasaje que no solo VERÁN A DIOS en otra vida, sino que lo encuentran aquí y en todo: “Este tal, ya limpio de corazón, en todas las cosas halla noticia de Dios gozosa, casta, pura, espiritual, alegre y amorosa”.

9 “Ser llamado” (semitismo): ser. En escritos rabínicos se aplica a los israelitas esta expresión, o la equivalente “ser (ser llamados) hijos del Lugar (santo)”.

10 LOS PERSEGUIDOS: expresando mejor el matiz del tiempo verbal griego (perfecto), tenemos: “Los que, perseguidos en el pasado, llevan ahora las huellas de aquella persecución”. // POR CAUSA DE [LA] JUSTICIA: por ser fieles a Dios (a Jesucristo: cf. “por mi causa” en el v. 11). PORQUE SUYO ES EL REINO DE LOS CIELOS: la frase forma inclusión con el v. 3, y cierra así la unidad literaría de esta serie de bendiciones, que son todas explicitación de la primera; los pobres son: los que sufren, los mansos, los pacificadores, los perseguidos, etc.

11 CALUMNIAS: la tradición manuscrita occidental dice literalmente: y digan toda clase de maldad contra vosotros mintiendo (es decir, calumniando).

12 Para ESTREMECEROS DE GOZO, cf. Lc 1, 47. Jesús considera a sus discípulos como sucesores de LOS PROFETAS del AT. // EN LOS CIELOS: giro semítico reverencial: ante Dios; “Dios os recompensará”.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.

5,1 En la montaña: la enseñanza de la montaña comienza con las bienaventuranzas (“los estados de mayor bendición o felicidad”), situadas en el centro de la buena noticia. Se pronuncian en la montaña que recuerda el monte Sinaí, donde Dios entregó la Ley a Moisés. La montaña es un lugar sobresaliente de revelación y encuentro de Dios con el hombre. En el Sermón de la Montaña, Cristo proclamó la nueva Ley, que lleva a cumplimiento la antigua. Las bienaventuranzas cumplen las promesas de Dios a Abrahán y a su pueblo elegido, les dirigen a la “tierra prometida” del reino de los cielos. Las bienaventuranzas son en el fondo un retrato del rostro de Jesucristo. Asimismo, expresan la vocación de cada persona en actos y disposiciones características de quien vive una vida cristiana. Cat. 581, 1716-1729, 2763-2764.

5,3 Gregorio de Nisa (año 394) equiparó la pobreza de espíritu con la humildad. Más en general, se refiere en el Antiguo Testamento a los anawîm, los pobres de Yahvé, aquellos israelitas que, viviendo rectamente, buscaba a Dios en me dijo de las dificultades y tribulaciones (cf. Is 11, 4). Los pobres no son aquí tanto una clase social cuanto una clase o un modo de vida de fe. Esta bienaventuranza está en tiempo presente (de ellos es el reino), para indicar que la felicidad propuesta se encuentra ya aquí, en medio del sufrimiento de la tierra, porque se está en el camino hacia la felicidad eterna. Cat. 544, 1716, 2546.

5,4 Los mansos¸ son aquellos que tratan de imitar a Cristo, manso y humilde de corazón, mostrando paciencia, reprimiendo la ira. Cat. 716, 1716.

5,5 los que lloran incluye a aquellos que sufren por amor a otros afligidos, por la realidad del pecado y por el consiguiente distanciamiento de Dios que produce. Cat. 1716.

5,6 Los que tienen hambre y sed de justicia son aquellos que, imitando a Jesús, cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre, tienen un sentido de urgencia tanto para vivir el Evangelio como para comunicarlo a otros. Cat. 1716.

5, 7 Los misericordiosos son los compasivos en relación al sufrimiento y necesidades de los demás. En imitación de Cristo compasivo, ayudan a los que sufren y necesitan el bien del Evangelio. Cat. 716, 2447.

5, 8 Los limpios de corazón albergan pureza en la intención de conformar sus voluntades y sus mentes con las de Dios. Dan especial importancia a la caridad y a la castidad como virtud liberadora que conduce a la oración contemplativa. Ellos verán a Dios: se trata de una referencia al cielo, donde los salvados contemplan a Dios cara a cara en la visión beatífica. Cat 1720, 1722, 1967, 2518, 2639.

5, 9 Los que trabajan por la paz no solo buscan su propia reconciliación con Dios y con el prójimo, sino también tratan de ayudar a los demás a reconciliarse y sembrar la paz en todas las relaciones. Cat. 2503, 2330.

5, 10 Los perseguidos son verdaderos discípulos que perseveran firmemente en la fe y sufren por su fidelidad a Cristo. Cat. 886, 1716, 1967.

5, 12 La invitación a seguir a Cristo implica la aceptación alegre de la miseria y la persecución por su causa. Cat. 520.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

581 La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: “Habéis oído también que se dijo a los antepasados [...] pero yo os digo (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas “tradiciones humanas”  (cf. Mc 7, 8) de los fariseos que “anulan la Palabra de Dios”.

764 “Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (C. Vaticano II, Lumen gentium, 5). Acoger la palabra de Dios es acoger “el Reino” (Ib.).

1716 Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no solo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.

1717 Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

1718 Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único de lo puede satisfacer. “Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada” (S. Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4). “¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive en mi alma y mi alma vive de ti” (S. Angustín, Confessiones, 10, 20, 29). “Solo Dios sacia” (Sto. Tomás de Aquino. In Symbolum Apostolorum scilicet Credo in Deum expositio, c. 15: Opera omnia, v. 27).

1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4) y de la vida eterna (cf. Jn 17, 3). Con ella el hombre entra en la gloria de Cristo (cf. Rm 8, 18) y en el gozo de la vida trinitaria.

1722 “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y seguirá viviendo”, porque el Padre es inaccesible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios [...] “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4,20, 5).

1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino solo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.

2546 “Bienaventurados los pobres en el espíritu” (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino (cf. Lc 6, 20).

2518 La sexta bienaventuranza proclama: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Los “corazones limpios” designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en los tres dominios: la caridad (cf. 1 Ts 4, 3-9), la castidad o rectitud sexual (1 Ts 4, 7) y la ortodoxia de la fe (Tt 1, 15). Existe un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe.

2519 A los “limpios de corazón” se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él. La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

2305 La paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo, el “Príncipe de la paz” mesiánica (Is 9, 5). Por la sangre de su cruz “dio muerte al odio en su carne”, reconcilió con Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios (C. Vaticano II, Lumen gentium, 1). “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14). Declara “bienaventurados a los que construyen la paz “ (Mt 5, 9).

1967 La Ley evangélica “da cumplimiento”, purifica, supera y lleva a su perfección a la Ley antigua. En las “Bienaventuranzas” da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al “Reino de los cielos”. Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.

 

Concilio Vaticano II

Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de sus ángeles (cf. Mt 25, 31) y, destruida la muerte, le son  sometidos todas las cosas (cf. 1 Co 15, 26-27), de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es; mas todos, en forma y grado diverso, vivimos unidos en una misma caridad para con Dios y para con el prójimo y cantamos idéntico himno de gloria a nuestro Dios. Pues todos los que son de Cristo por poseer su Espíritu constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen a Él (cf. Ef 4, 16). La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación.

Lumen gentium, 49

 

Los Santos Padres.

Ha colocado la posesión del reino de los cielos en aquellos que tienen humildad de espíritu, es decir, en los que se acuerdan de ser hombres...: conscientes de que nada les pertenece, de que no poseen nada, sino que todos poseen el mismo don del único Padre que les hace llegar a la vid ay les ofrece los mismos medios para ser felices.

Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 4, 2. 1a, 133.

No se refiere aquí al llanto de los muertos según la ley común de la naturaleza, sino a los muertos por sus pecados y vicios. Así lloró Samuel a Saúl, porque Dios se había arrepentido de haberlo ungido rey de Israel; así el apóstol Pablo dice que llora y se aflige por los que después de sus fornicaciones e inmundicias no han hecho penitencia.

Jerónimo, Comentario al Ev. de Mateo, 1, 5, 5. 1a, 134.

Rían, pues, los carnales e iracundos y peleen por los bienes terrenos y temporales, más “bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”, de la que no podrán ser desposeídos.

Agustín, Sermón del Señor en la Montaña, 1, 2, 4. 1a, 135.

Seguidamente determina también aquí unj premio sensible, diciendo: “Porque ellos serán saciados”. Realmente, todo el mundo piensa que es la avaricia la que nos hace ricos; pero el Señor afirma que es verdad lo contrario: la que nos hace ricos es la justicia. Si obras, pues, justamente, no has de temer la pobreza ni temblar por el hambre. Porque quienes lo pierden todo son los que viven de rapiñas. El que ama la justicia tiene seguro cuanto posee. Ahora bien, si quienes no codician lo ajeno gozan de esa prosperidad, mucho más los que dan hasta de lo propio.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 4. 1a, 137.

Los hombres practican la misericordia como hombres, pero alcanzan misericordia del Dios del universo. No es lo mismo la misericordia humana que la divina. Entre ellos existe la misma distancia que entre la maldad y la bondad.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 4. 1a, 138.

No se te permitirá ver con el corazón impuro lo que no se ve sino con el corazón puro.

Agustín, Sermones, 53. 1a, pg. 139.

Pacífico es el que muestra a los otros que la aparente contradicción de las Escrituras es la armonía de las antiguas con las nuevas, de la ley con los profetas, de los Evangelios entre ellos. Por esto imitando al Hijo de Dios “se llamarán hijo”, recibiendo por su pobra “el Espíritu de filiación adoptiva”.

Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 38. 1a, pg. 141.

 

San Jerónimo.

5, 1 Viendo la muchedumbre subió al monte. El Señor sube a los montes para atraer consigo a las multitudes hacia las alturas, pero las multitudes no tienen fuerza para subir. Lo siguen los discípulos pero aun a ellos les habla no de pie sino sentado y como retenido.

Siguiendo la letra, algunos hermanos muy simplistas piensan que predicó las bienaventuranzas y todo lo que sigue en el monte de los Olivos. Pero en modo alguno es así. Por lo que precede y lo que sigue, deducimos que fue en un lugar de Galilea: el monte Tabor, según pensamos, o algún otro monte elevado.

5, 3 Bienaventurados los pobres de espíritu. Para que nadie piense que el Señor predica la pobreza soportada a veces por necesidad, añadió: de espíritu, para que entendieras aquí la humildad, no la indigencia. Bienaventurados los pobres de espíritu que movidos por el Espíritu Santo son pobres voluntariamente.

5, 4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra en herencia. No la tierra de Judá ni la tierra de este mundo, no la tierra maldita que produce espinas y cardos, la que posen sobre todo los más crueles guerreros, sino la tierra que desea el Salmista: Espero ver los bienes del Señor en la tierra de los vivientes (Sal 26, 13).

5, 5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. No se refiere aquí al llanto por los muertos según la ley común de la naturaleza, sino a los muertos por sus pecados y vicios. Así lloró Samuel a Saúl, porque Dios se había arrepentido de haberlo ungido rey de Israel (cf. 1 S 15, 11); así el apóstol Pablo dice que llora y se aflige por los que después de sus fornicaciones e inmundicias no han hecho penitencia (cf. 2 Co 12, 21).

5, 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. No nos basta con querer la justicia, si no tenemos hambre de justicia, por medio de este ejemplo se nos quiere hacer comprender que nunca somos suficientemente justos y que siempre debemos tener hambre de las obras de justicia.

5, 7 Bienaventurados los misericordiosos. La misericordia no se manifiesta solo en las limosnas sino también con ocasión de todo pecado de un hermano, si llevamos las cargas los unos de los otros (cf. Ga 6, 2).

5, 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Aquellos a quienes la conciencia no les reprocha ningún pecado. El puro es visto por el corazón puro; el templo de Dios no puede estar manchado.

5, 9 Bienaventurados los que trabajan por la paz. Los que hacen reinar la paz primero en su corazón, luego entre los hermanos separados. ¿De qué sirve que otros sean pacificados por ti, si en tu corazón hay guerras a causa de los vicios?

5, 10 Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia. Especifica diciendo: por causa de la justicia, pues muchos sufren persecución por causa de sus pecados, y no son justos. Observa también que la octava bienaventuranza de la verdadera circuncisión termina por el martirio.

5, 11 Bienaventurados seréis cuando os maldigan. La maldición que hay que despreciar y que nos merece la bienaventuranza es la que es proferida falsamente por la boca del que maldice; de ahí la definición particular de esta bienaventurada maldición: Toda maldición proferida con mentira contra vosotros a causa de mí. Donde se trata de la causa de Cristo, entonces hay que desear la maldición.

5, 12 Alegraos y regocijaos. No sé quién de nosotros podría realizar esto: ver nuestra fama destrozada por la calumnia y alegrarnos en el Señor. No lo puede el que busca la vanagloria. Debemos pues alegrarnos y regocijarnos para que la recompensa nos sea preparada en el cielo. Leemos en un libro esta frase elegantemente expresada: No busques la gloria y no te afligirás cuando seas olvidado (Eclesiástico 9, 16).

 

San Agustín.

Dichosos los pobres de espíritu. El reino de los cielos será tuyo más tarde; ahora se pobre de espíritu. ¿Quieres que sea tuyo el reino de los cielos más tarde? Considera de quién eres tú ahora. Se pobre de espíritu. Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es pobre de espíritu. El reino de los cielos está arriba, pero “quien se humilla será ensalzado” (Lc 14, 11).

Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra. Ya estás pensando en poseer la tierra. ¡Cuidado, no seas poseído por ella! La poseerás si eres manso; de lo contrario, serás poseído. En esto consiste el ser manso: en no poner resistencia a Dios, de manera que en lo bueno que haces sea él quién te agrade, no tu mismo; y en lo malo que sufras no te desagrade el, sino tú a ti mismo.

Dichosos los que lloran, porque serán consolados. El llanto significa la tarea; la consolación, la recompensa. Quienes lloran ahora por ser peregrinos, luego se gozarán de ser consolados.

Dichosos quienes tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Seremos saciados con aquello de lo que ahora sentimos hambre y sed. Sienta hambre y sed nuestro hombre interior, pues también él tiene su alimento y su bebida. Yo soy – dijo Jesús – el pan que ha bajado del cielo (Jn 6, 41). He aquí el pan adecuado al que tiene hambre. Desea también la bebida correspondiente: En ti se halla la fuente de la vida (Sal 35, 10).

Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. Hazla y se te dará; hazla tú con otro para que se te haga contigo, pues abundas y escaseas. Oyes que un mendigo, hombre también, te pide algo; tú mismo eres mendigo de Dios. Te piden a ti y pides tú también. Lo que hagas con quien te pide a ti, eso mismo hará Dios con quien le pide a él. Estás lleno y estás vacío; llena de tu plenitud el vacío del pobre para que tu vaciedad se llene de plenitud de Dios.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Este es el fin de nuestro amor; fin con que llegamos a la perfección no fin con el que nos acabamos. Todo lo que obramos, lo que obramos bien, nuestros esfuerzos, nuestras laudables ansias e inmaculados deseos, se acabarán cuando lleguemos a la visión de Dios. Entonces no buscaremos más. ¿Qué puede buscar quien tiene a Dios? O ¿qué le puede bastar a quien no le basta Dios? Queremos ver a Dios, buscamos verlo y ardemos por conseguirlo. ¿Quién no? Pero mira lo que se dijo: Dichos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Hemos llegado a los limpios de corazón: a ellos se les prometió la visión de Dios. Y no sin motivo, pues allí están los ojos con que se ve a Dios. Hablando de ellos dice el apóstol Pablo: Iluminados los ojos de vuestro corazón (Ef 1, 18). Al presente, motivo a la debilidad, esos ojos son iluminados por la fe; luego, ya vigorosos, serán iluminados por la realidad misma.

Sermón 53, 1-6 Pg. 762.

 

San Juan de Ávila.

Aprended, pues, sierva de Cristo, de vuestro maestro y señor, aquesta santa bajeza, para que seáis ensalzada, porque palabra suya es Quien se humillare, será ensalzado (Lc 14, 11). E tened en vuestra ánima aquesta pobreza, porque de ella se entiende: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3). E tened por cierto que, pues Jesucristo nuestro Señor fue por camino de humildad ensalzado, el que no la tuviera fuera va de camino; e débese desengañar con lo que dice San Agustín: “Si me preguntardes cuál es el camino del cielo, responderos he que la humildad; o si otra vez me lo preguntares, responderos he lo mismo e si mil veces me lo preguntardes, mil veces os responderé que no ha otro camino si no humildad”. E porque creo que deseáis agradar al Señor teniendo aquesta santa bajeza, es razón que se os diga el modo que para ello tendréis.

Audia, filia [I], 35. OC I. Pg. 452.

Pues, doncella, en cualquier cosa que en vuestro prójimo vieredes, mirad que es lo que vos sentís, o querríades que otros sintiesen de vos, si aquello os acaeciese y con aquellos ojos que pasan por vos, compadeceos de él, y remedialdo en cuanto pudiéredess; y sea medida de Dios con esta piadosa medida que vos midiéredes, según su palabra: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Y así habéis sacado conocimiento del próximo de vuestro propio conocimiento y seréis piadosa para con todos.

Audia, filia [II]. Capítulo 95. OC I. Pg. 742.

Bienaventurados los pobres. El que fuere tan humilde que tuviere claro conocimiento cómo de sí mesmo es nada y amare mucho su desprecio, dando de corazón la honra a Dios y no queriendo nada para sí de estima ni de riqueza temporal, este será pobre de espíritu.

Bienaventurados los mansos. El que se hallare libre no solo del deseo de venganza, mas aun de la turbación de la ira, dándose suave y afable a los rencillosos, sus injuriadores, como si no hubiera sido injuriado, este es manso de corazón.

Bienaventurados los que lloran. El que huyere los deleites presentes y tomare el gemido por música, abrazando los trabajos con mayor afición que los mundanos sus falsos placeres, ese es lloroso bienaventurado.

Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia. El que con fervor de espíritu hiciere el deber en todas las cosas y tuviere mayor deseo del manjar espiritual que los muy golosos tiene del manjar corporal, este tiene hambre y sed de justicia.

Bienaventurados los misericordiosos. Cualquiera que tuviere los males ajenos por suyos propios, a semejanza de madre, que está más enferma y llorosa por la enfermedad de su hijo que por el mesmo que padece el mal, ese será misericordioso.

Bienaventurados los limpios de corazón. El que tuviere perfecta limpieza de alma y mortificare en todo sus pasiones, virtud en que consiste la verdadera santidad que agrada a Dios, ese, sin duda, es limpio de corazón.

Bienaventurados los pacíficos. El que tuviere tan sosegados sus movimientos que estén sujetos a la razón, y fuere tan conforme en su voluntad con la de Dios que, procurando esta paz su alma, la deseare y solicitare en los prójimos aunque sea a costa de muchos trabajos, ese es verdaderamente pacífico.

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia. El que padeciere por defensa de la virtud y justicia hasta sufrir martirio, si fuere necesario, por Dios, procurando siempre su mayor gloria, aunque todo el mundo se levante contra él, de este tal con verdad se dice que parece persecución por la justicia.

En estos ocho grados, por donde se camina y sube a la alteza de la perfección evangélica, consiste la bienaventuranza de esta vida y la firme esperanza de la eterna felicidad que esperamos.

Breve exposición de las Bienaventuranzas por el Padre Maestro Juan de Ávila, predicador del Andalucía. OC II. Pgs. 809-810.

Ansí dijo nuestro Señor: Bienaventurado el que tiene hambre y sed de justicia; quiere decir, quien tiene grandísimo deseo de ser bueno. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia. No quiere decir aquí que, porque el alcalde me ahorque, por eso seré bienaventurado. No; sino que: bienaventurado el que padece persecución por hacer lo que debe.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). OC II. Pg. 262.

San Ambrosio dice que la palabra de la piedad hace tanto en quien la guarda, que, aunque tenga flaquezas de la carne, mas no lo dejará Dios perder. He aquí por qué no le dejará Dios caer; y si cayese le ayudará a levantar. Justa cosa es hacer misericordia con aquellos que la hacen con sus prójimos. No que el que hiciere misericordia, si no dejó el vicio, sino que se ha de tener esperanza que Dios le trairá a buen estado y conocimiento, porque no se pierda. Sácaselo luego de aquí que tener entrañas de misericordia, tener compasión y deseo de remediar males de prójimos, es grande señal de hijos de Dios.

Lecciones sobre 1 San Juan (II). OC II. Pg. 446.

Viva con cuidado de no hacer cosa que no deba contra su prójio y mire si le puede ayudar en alguna cosa, como limosna, consuelo, o favor o cualquiera otra cosa; hágalo, porque Bienaventurados los misericordiosos; y, Juicio sin misericordia será hecho a quien no hiciere misericordia (St 2, 13).

Reglas muy provechosas para andar en el camino de Nuestro Señor. OC II. Pg. 845.

Pues ved aquí el bien que esperan los hijos de Dios, para el cual se santifican y se alimpian de las cosas de la tierra, quitando de ellas su afición; como Él es santo, limpísimo que ninguna cosa ama, sino por si. Pues, si hemos de ser semejantes al Santo, conviene que nos santifiquemos, y si del limpio, que nos alimpiemos.

Lecciones sobre 1 San Juan (II). OC II pg. 422.

Porque los limpios de corazón verán a Dios y gozarán de la divina contemplación. Por lo cual ternéis grandísimo cuidado de no perder tiempo, sino traed el corazón ocupado siempre en buenos deseos y pensamientos; huid de las malas conversaciones y compañías, no se os dé nada faltar al mundo por que cumpláis con Dios.

Diálogus inter confesarium et paenitentem. OC II. Pg. 781.

Bienaventurados los pobres de espíritu.

Conocé vuestra pobreza, buscá remedio. ¡Veisos morir y no queréis dar voces a Dios! Pedilde fuerzas para no le ofender. ¡Qué lastima es perderse ánimas que tan caro costaron, tan de balde!

Ciclo temporal. Sermones de tiempo. 3. En vísperas de Navidad. OC III. Pg. 64.

¡Bienaventurado el que no se arrima en sí mesmo ni halla adarme de riquezas en sí mesmo, ni en sus fuerzas, ni en su poder! También toca esta palabra a los romanos. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu, en su discreción, no en su razón; en todo se halla pobre, en todo tener necesidad de Dios; a Él van por consejo, de Él mendigan lo que han menester y sin Él no hallan remedio en otra parte, de Él mendigan lo que les falta, de Él piden limosna en todas sus necesidades! Estos son bienaventurados. Y malaventurado del hinchado, codicioso, amador de honra, amador de riquezas, vano y arrimado en cosas vanas.

Ciclo temporal. Sermones de tiempo. Miércoles de la semana 4 de Cuaresma. OC III. Pg. 187.

Ansí, pues, hemos de hacer; confesarnos por flacos y desmayados, por estériles, miserables, porque no sabemos, ni podemos, ni valemos, etc. Si estás en pie, engreído, no podemos entrar en el cielo. Si alegamos nuestras virtudes, todo nada, etc. Entra, entra, conociéndote y apocándote y desconfiando como Abraham. Estos son los bienaventurados pobres de espíritu. No quiero riquezas engañosas, dijo Salomón, porque por ventura me engañarían y te niegue (cf. Prov 30, 9).

Ciclo santoral. Sermones de Nuestra Señora. Natividad de la Virgen. OC III. Pg. 827.

¡Oh humildad! ¡Oh pobreza, cuán amada sois de este Señor que os santifica, tomándoos en su misma persona, para después llamar bienaventurados a los humildes y pobres de espíritu.

Ciclo santoral. Sermones de santos. San José. OC III. Pg. 1025.

¿Qué es lo que tenéis? – Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum. Es un reino donde han de reinar y ser reyes; no de reino que se acaba, sino de reino para siempre.

Beati mites, quoniam ipsi possidebunt terram. Dalles ha también una tierra. Pues, ¿por qué ya le llamáis cielo y ya tierra? Llámase tierra, porque no será como los bienes de acá, que ya los tiene el hombre y ya no tiene nada; mas dalles ha un bien que será firme como la tierra, que así como no se mueve, ansí ellos no lo perderán. Bien que no es oro, sino el que crió el oro; no deleite sucio, sino deleite celestial.

Beati pacifici, quoniam filii Dei vocabuntur. Llamarse han hijos de Dios, estarán etnre los hijos de Dios, en compañía de los ángeles y con Dios,. Acá se llaman hijos de Dios que no han heredado. Allá srán hijos de Dios que habrán heredado.

Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt. También les dará ver a Dios. Denle gracias los ángeles para siempre jamás, que hemos de ver a Dios como Él es y gozar de Dios, aquel piélago de infinitas perfecciones, aquel retablo y dechado donde sale todo el bien. Que hemos de comer el manjar que l mismo Dios come a su mesa.

Beati misericordes. Llámase misericordia que se da a los que usan misericordia, y es misericordia que excede a toda misericordia.

Beati qui lugent. Llámase consolación que se da a los que en esta vida fueron desconsolados; halago para los afligidos. Por eso decía San Bernardo: “Bienaventuradas lágrimas que han de limpiar las manos de Dios”. Luego, pues que tal consolación y tal regalo esperamos, no se nos hagan recios los trabajos de esta vida.  ¡Qué regalos, qué ánimos, que acallamientos, qué arrullos hará Dios”.

Ciclo santoral. Sermones de Santos. Festividad de Todos los Santos. OC III. Pgs.1068-1069.

¿Queréis que os diga quién es Dios? Una cosa limpísima y que mira mucho que tengamos los corazones limpios, y así dice Él: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. También en el Apocalipsi dice: No entrarán en aquella ciudad los que no fueren limpios (cf. Ap 21, 27).

Ciclo temporal. Sermones de tiempo. Viernes de la semana 3 de Cuaresma. OC III. Pg. 155.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios en el cielo. Y los ojos del cuerpo que, para darle contentamiento a Él, en la tierra le han de mirar, de este limpio corazón han de salir.

Ciclo temporal Sermones del Santísimo Sacramento. Víspera del Corpus. OC III. Pg. 471.

Unos y otros procuren de llevar los corazones (a los cuales Dios mira) tan limpios, que los ojos corporales con que al Señor miraren les den vista agradable con que Él se contente; pues que así como los limpios de corazón han de ver a Dios en el cielo con espiritual vista, así la vista corporal, que da contentamiento al Señor en la tierra, de limpieza de corazón han de salir. Y porque en esta limpieza va mucho, y poca gente sabe alcanzarla por vía de contrición sola y propósito de confesión, nos aconseja la santa Iglesia, sigún hemos dicho en otro sermón, que desde el domingo pasado nos aparejemos con buenas obras y pura confisión de nuestros pecados para recibir a nuestro Señor y celebrar dignamente su fiesta, y gozar de los fructos de su pasión.

Ciclo temporal. Sermones del Santísimo Sacramento. Víspera del Corpus. OC III. Pg. 510.

Campo hay donde la gente común oye al Señor (cf. Lc 6, 17), y monte donde los más fuertes suben a le oír (cf. 5, 1); y he visto algunos dejar de ser medianamente buenos porque no son perfectamente tales.

A un señor de título. OC IV. Pg. 107.

Bienaventurados aquellos que lloran, que ellos serán consolados. Lloremos, señora; quiero decir, pasemos adversidades, que el consuelo prometido por Cristo no nos faltará. Fiemos a Dios nuestras penas, que Él las tornará en placeres.

A una mujer devota que padecía trabajos. OC IV. Pg. 247.

Siempre que alzáremos el corazón a mirar a Dios, cáigansenos los ojos luego de empacho, estando lastimados y sentidos, porque dejamos de hacer lo que un tan grande amigo nuestro nos mandó. Estos son los bienaventurados llorosos a quien promete Cristo consolación, y de estos dice Dios por un profeta que vive Él, que en la hora que el pecador gimiere su pecado, que no se acordará más de él (cf. Ez 33, 11) para castigallo.

A una religiosa. OC IV. Pg. 701.

Mas pues su bendita boca llama bienaventurados a los que lloran, a los que padecen hambre y sed, a los que padecen persecuciones y toda su vida no fue sino un continua martirio, ¿qué duda nos queda a los que somos discípulos suyos, sino que firmemente creamos que éste es el camino de la salud? No dudéis, hermanas muy amadas, de seguir la luz, que es Cristo; que, sin falta, si vais por donde Él fue iréis a donde Él fue; porque palabra suya tenemos de adonde Él estuviere, estará su sirviente (cf. Jn 12, 26). No miréis de quien o por quién vienen los trabajos, como hacen los que dicen: Si Dios me los enviase, sufrirlo hía; mas vienen de fulano y fulano ¿por qué los he de sufrir?

A unas mujeres devotas que padecían trabajos. OC IV. Pg. 263.

Y así conviene que en esperar sus mercedes, y en todo, andemos subjetos a su voluntad, aunque Él no ande a la nuestra; y andar contentos con el hambre, pues son llamados bienaventurados los que han hambre y sed de justicia. ¿Y cuál justicia más justa que amar una ánima a su creador? ¿Y no dejará de dar este amor a aquel que tan juntamente lo pide? No perdáis, pues, vuestra hambre de las ansias de amor; mas pasad vuestra hambre con esperanza de la hartura, que acá o allá os veréis junta con el que desea vuestra ánima, y los senos de ella tan llenos del bálsamo de la vida que aviva los celestiales y cuanto vive, que todos vuestros huesos digan: Bendice, alma mía, al Señor (Sal 102, 1s).

A una devota suya. OC IV. Pg. 433.

Quien esta misericordia tiene con su prójimo, seguramente se puede llegar al conocimiento de Cristo, y será Él remediado, porque los misericordiosos alcanzarán misericordia.

A un señor de estos reinos. OC IV. Pg. 90.

El que prometió a sus apóstoles en pago de las injusticias, miserias e persecuciones que por Él padeciesen. Y, por ser tan grandes, les manda que no estén tristes, sino alegres en medio de las persecuciones; y con esperanza de gozar de Dios, llevan con ligereza la carga de los trabajos.

Quinta parte. A una religiosa. OC IV. Pg. 727.

 

San Oscar Romero. Homilía. 

Celebremos esta eucaristía, hermanos. La Iglesia de El Paisnal está convertida esta mañana en una catedral, porque la catedral es donde el obispo, centro de la unidad de toda la diócesis, eleva la hostia y el cáliz, que es Cristo, en señal de unidad de todo un pueblo, toda la Arquidiócesis, al Señor, para pedirle a Dios que a cambio de este sacrificio de Cristo en el altar, al que se unen los sacrificios de todos los que trabajan por el Reino de Dios, nos bendiga, nos haga santos, con esa santidad moderna de los cristianos comprometidos con la hora actual. Que de aquí salgamos pues, hermanos, más animosos y que aquellos que todavía no se han acercado (tal vez a través de la radio les llega esta voz) sepan que desde la tumba del Padre Grande ha salido un grito de la Arquidiócesis: Cristianos, ¡valor! No importan las horas difíciles, porque también para nosotros, si somos fieles, se oirá la voz del Apocalipsis, que se acaba de cantar como liturgia de la palabra: "Estos son los que vinieron de la gran tribulación y ahora gozan la alegría de los elegidos del Padre". Así sea.

 Homilía 1 de noviembre de 1977.

 

León XIV.  Audiencia. 21 de octubre de 2026.  Catequesis - Los documentos del Concilio Vaticano II. IV. Constitución pastoral Gaudium et spes 6. El compromiso con la familia en la sociedad de hoy (GS, 47-52)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Lo primero que quiero decirles es: ¡gracias! Gracias por el apoyo de sus oraciones. Gracias a Dios por su generosidad. Renovemos todos nuestra confianza en la bondad y la misericordia de Dios.

La constitución pastoral Gaudium et spes (GS) del Concilio Vaticano II, después de haber explicado, en la primera parte, la dignidad de la persona y su vocación en el mundo, en la segunda parte aborda, «a la luz del Evangelio y de la experiencia humana»,  algunos de los problemas contemporáneos más urgentes (cfr. GS, 46). En primer lugar, la atención se centra en el matrimonio y la familia, con la convicción de que «el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS, 47).

Con este fin, la constitución no se limita simplemente a reiterar los valores y los fines del matrimonio, sino que plantea una concepción renovada del mismo como «íntima comunidad conyugal de vida y amor» (GS, 48). Integrando la dimensión jurídica del matrimonio como contrato, se reconoce el fundamento de esta unión en el «pacto conyugal», entendido como el «acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente» (ibid.). La donación recíproca del hombre y de la mujer, «de modo que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6), motiva la exigencia de la «plena fidelidad» y de la «indisoluble unidad» de los cónyuges; y encuentra una expresión viva en la procreación y en la educación de los hijos (cfr. GS, 48). Reflejo de la Trinidad divina, el amor conyugal y parental, a través del Sacramento del matrimonio, «se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo», para que los cónyuges puedan amarse el uno a la otra «como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (ibid.).

Después de haber iluminado la realidad del matrimonio con la luz del amor de Cristo, que es la verdad del amor humano y divino, Gaudium et spes dirige la atención al amor conyugal y la fecundidad matrimonial. El amor conyugal no se limita al atractivo erótico —que también forma parte de él—, sino que abarca toda la voluntad de los esposos, reavivando su afecto y expresándose mediante sentimientos y gestos de ternura (cfr GS, 49). Este amor abarca el bien de toda la persona del hombre y de la mujer, iguales en dignidad; impregna toda la vida de los cónyuges y encuentra expresión en los actos exclusivamente propios del matrimonio (cfr ibid.). La especial intimidad de los esposos significa el amor integral de persona a persona, favorece el don recíproco y enriquece su mutua alegría (cfr ibid.).

La fecundidad del amor conyugal, además, se expresa en la procreación de los hijos, «el don más excelente del matrimonio» (GS, 50). Transmitiendo y educando la vida humana, que nunca debe ser descartada, los esposos se convierten en «cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes» (ibid.). Llamados a esta responsabilidad humana y cristiana, deben regirse por un juicio recto por lo que se refiere a su propio bien y al de sus hijos, ya nacidos o todavía por venir. Este juicio que, en último término, los esposos deben formar personalmente ante Dios, exige que su conciencia se ajuste a la ley divina, interpretada por el Magisterio de la Iglesia a la luz del Evangelio (cfr ibid.).

La valorización de la comunión amorosa y de la fecundidad procreativa en el matrimonio lleva al Concilio a excluir que pueda haber «contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal (GS, 51); y a afirmar, en cambio, que «cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida» se debe mantener en un contexto de verdadero amor «el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación» (ibid.). De ello se sigue que «la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado», rechazando «el aborto y el infanticidio»; y que «los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia» (ibid.).

La enseñanza de la Gaudium et spes sobre la comunidad conyugal y familiar llega así a subrayar la función social de la familia, que define como «escuela del más rico humanismo» y «fundamento de la sociedad» (GS, 52), recordando a todos aquellos que tienen responsabilidades sociales, especialmente en el ámbito político y cultural, el deber de «contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia» (ibid.).

Queridísimos, este compromiso es más urgente que nunca. La Iglesia lo sabe bien, como demuestra la solicitud pastoral de los Papas que se han sucedido después del último Concilio, hasta la doble Asamblea sinodal querida por el Papa Francisco, sobre la que han dialogado, recientemente, los jefes de las Iglesias Orientales Católicas y los presidentes de las Conferencias Episcopales. Que la Sagrada Familia de Nazaret nos ilumine en el camino y proteja a las familias de todo el mundo.

 

Papa León XIV. Angelus. 18 de octubre de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio proclamado en la liturgia de hoy (Mt 22,15-21) nos presenta una de las enseñanzas más famosas de Jesús: «¡Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios!» (cf. v. 21). Por eso es importante situarla en el contexto en el que fue pronunciada originalmente.

El evangelista Mateo describe una situación hostil hacia Jesús: los fariseos se pusieron de acuerdo para ver cómo Jesús caía en una trampa con alguna de sus afirmaciones (cf. v. 15) y deciden enviar a algunas personas a interrogarlo sobre un tema polémico: «¿Es lícito o no pagar el tributo al César?» (v. 17). La respuesta del Maestro es astuta, porque lo mantiene fuera de la trampa y desenmascara la hipocresía de quienes quieren hacerlo caer. Les pide la moneda del tributo, es decir, un denario. Ellos se la dan, y Jesús dice: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le responden: «Del César». Entonces afirma: «¡Devuelvan al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios!» (vv. 17-21).

En Jesús contemplamos a un Dios que no teme a la historia, sino que, por el contrario, viene a vivir en ella. Su Reino no elimina los cargos ni las responsabilidades humanas. Sin embargo, nos pide que vivamos sin concesiones, libres de malas ambiciones e intereses injustos, anteponiendo ante todo el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6,33). En este sentido, llama la atención el elogio que esas mismas personas le dirigen a Jesús, aunque movidas por malas intenciones: «Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y no te dejas influir por nadie, porque no te fijas en la apariencia de la gente» (v. 16).

Queridos hermanos, este es precisamente el perfil de quien “devuelve al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”: ser sinceros, sin temor ni hipocresía, libres para hacer el bien. Oremos al Señor para que nos ayude a ser así. Y confiémonos a la intercesión de la Virgen María.

 

Papa Francisco. Angelus. 1 de noviembre de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz fiesta!

Hoy celebramos la solemnidad de Todos los Santos. A la luz de esta fiesta, detengámonos un poco a pensar acerca de la santidad, en particular en dos características de la verdadera santidad: es un don -es un regalo, no se puede comprar- y, al mismo tiempo, es un camino. Un don y un camino.

En primer lugar, es un don. La santidad es un don de Dios que hemos recibido en el Bautismo: si lo dejamos crecer, puede cambiar completamente nuestra vida (cf. Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, 15). Los santos no son héroes inalcanzables o lejanos, sino que son personas como nosotros, nuestros amigos, cuyo punto de partida es el mismo don que nosotros hemos recibido: el Bautismo. De hecho, si lo pensamos bien, seguro que hemos conocido a algunos de ellos, algún santo cotidiano, alguna persona justa, alguna persona que vive la vida cristiana en serio, con simplicidad… aquellos que a mí me gusta llamar “los santos de la puerta de al lado”, que viven con normalidad entre nosotros. La santidad es un don que se ofrece a todos para tener una vida feliz. Y, al fin y al cabo, cuando recibimos un don, ¿cuál es nuestra primera reacción? Precisamente que nos ponemos felices, porque significa que alguien nos ama; y el don de la santidad nos hace felices porque Dios nos ama.

Todo don, sin embargo, debe ser acogido, y conlleva la responsabilidad de dar una respuesta, un “gracias”. Pero ¿cómo se dice este “gracias”? Es una invitación a esforzarse para que no sea desperdiciado. Todos los bautizados hemos recibido la misma llamada a "mantener y perfeccionar con su vida la santidad que hemos recibido" (Lumen gentium, 40). Y por eso llegamos al segundo punto: la santidad es un camino, un camino que hay que recorrer juntos, ayudándonos unos a otros, unidos a esos excelentes compañeros de ruta que son los Santos.

Ellos son nuestros hermanos y nuestras hermanas mayores, con los que siempre podemos contar: los santos nos sostienen y, cuando en la ruta erramos el camino, con su presencia silenciosa nunca dejan de corregirnos; son amigos sinceros, en los que podemos confiar, porque ellos desean nuestro bien. En sus vidas encontramos un ejemplo, de sus oraciones recibimos ayuda y amistad, y con ellos nos enlazamos en un vínculo de amor fraternal.

La santidad es un camino, es un don. Entonces, podemos preguntarnos: ¿recuerdo que he recibido el don del Espíritu Santo, que me llama a la santidad y me ayuda a llegar a ella? ¿Le doy las gracias al Espíritu Santo por esto, por el don de la santidad? ¿Siento a los santos cerca de mí, hablo con ellos, me dirijo a ellos? ¿Conozco la historia de algunos de ellos? Nos hace bien conocer la vida de los santos y motivarnos con sus ejemplos. Y nos hace muy bien dirigirnos a ellos en la oración.

Que María, Reina de todos los Santos, nos haga sentir la alegría del don recibido y aumente en nosotros el deseo de la meta eterna.

 

Papa Francisco. Ángelus. 1 de noviembre de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta solemne fiesta de Todos los Santos, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la gran esperanza, la gran esperanza que se funda en la Resurrección de Cristo: Cristo ha resucitado y también nosotros estaremos con Él. Los santos y los beatos son los testigos más autorizados de la esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas que Jesús predicó y que hoy resuenan en la liturgia (cf. Mt 5,1-12a). Las Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad. Me refiero ahora a dos Bienaventuranzas, la segunda y la tercera.

La segunda es esta: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" (v. 4). Parecen palabras contradictorias, porque el llanto no es un signo de alegría y felicidad. Motivos de llanto y de sufrimiento son la muerte, la enfermedad, las adversidades morales, el pecado y los errores: simplemente la vida cotidiana, frágil, débil y marcada por las dificultades. Una vida a veces herida y probada por la ingratitud y la incomprensión. Jesús proclama bienaventurados a los que lloran por estas situaciones  y, a pesar de todo, confían en el Señor y se ponen a su sombra. No son indiferentes ni tampoco endurecen sus corazones en el dolor, sino que esperan con paciencia en el consuelo de Dios. Y ese consuelo lo experimentan ya en esta vida.

En la tercera Bienaventuranza Jesús afirma: "Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra" (v. 5). Hermanos y hermanas ¡la mansedumbre! La mansedumbre es característica de Jesús, que dice de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Mansos son aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. No pretenden someterlo ni menospreciarlo, no quieren sobresalir y dominarlo todo, ni imponer sus ideas e intereses en detrimento de los demás. Estas personas, que la mentalidad mundana no aprecia, son en cambio preciosas a los ojos de Dios, que les da en herencia la tierra prometida, es decir, la vida eterna. También esta bienaventuranza  comienza aquí abajo y se cumplirá en el Cielo, en  Cristo. La mansedumbre. En este momento de la vida, también mundial, donde hay tanta agresividad...Y también en la vida cotidiana, lo primero que sale de nosotros es la agresión, la defensa. Necesitamos mansedumbre para avanzar en el camino de la santidad. Escuchar, respetar, no agredir: mansedumbre.

Queridos hermanos y hermanas, elegir la pureza, la mansedumbre y la misericordia; elegir confiarse al Señor en la pobreza de espíritu y en la aflicción; esforzarse por la justicia y la paz, todo esto significa ir a contracorriente de la mentalidad de este mundo, de la cultura de la posesión, de la diversión sin sentido, de la arrogancia hacia los más débiles. Los santos y los beatos han seguido este camino evangélico. La solemnidad de hoy, que celebra a Todos los Santos, nos recuerda la vocación personal y universal a la santidad, y nos propone los modelos seguros de este camino, que cada uno recorre de manera única, de manera irrepetible. Basta pensar en la inagotable variedad de dones e historias concretas que se dan entre los santos y las santas: no son iguales, cada uno tiene su personalidad y ha desarrollado su vida en la santidad según su propia personalidad y cada uno de nosotros puede hacerlo, ir por ese camino. Mansedumbre, mansedumbre por favor e iremos a la santidad. 

Esta inmensa familia de fieles discípulos de Cristo tiene una madre, la Virgen María. Nosotros la veneramos con el título de Reina de todos los Santos, pero es sobre todo la Madre, que enseña a cada uno a acoger y seguir a su Hijo. Que nos ayude a alimentar el deseo de santidad recorriendo el camino de las Bienaventuranzas.

 

Papa Francisco. Angelus. 1 de noviembre de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena fiesta!

La solemnidad de Todos los Santos es «nuestra» fiesta: no porque nosotros seamos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Los santos no son figuritas perfectas, sino personas atravesadas por Dios. Podemos compararlas con las vidrieras de las iglesias, que dejan entrar la luz en diversas tonalidades de color. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han recibido la luz de Dios en su corazón y la han transmitido al mundo, cada uno según su propia «tonalidad».

Pero todos han sido transparentes, han luchado por quitar las manchas y las oscuridades del pecado, para hacer pasar la luz afectuosa de Dios. Este es el objetivo de la vida: hacer pasar la luz de Dios y también el objetivo de nuestra vida.

De hecho, hoy en el Evangelio Jesús se dirige a los suyos, a todos nosotros, diciéndonos «bienaventurados» (Mateo 5, 3). Es la palabra con la cual inicia su predicación, que es «Evangelio», Buena Noticia porque es el camino de la felicidad. Quien está con Jesús es bienaventurado, es feliz. La felicidad no está en tener algo o en convertirse en alguien, no, la felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Vosotros creéis esto? Debemos ir adelante, para creer en esto. Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los demás y por los propios errores, permanecen mansos, luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, obran siempre por la paz y permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal con el bien. Estas son las bienaventuranzas.

No exigen gestos asombrosos, no son para superhombres, sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día, para nosotros. Así son los santos: respiran como todos el aire contaminado del mal que existe en el mundo, pero en el camino no pierden nunca de vista el recorrido de Jesús, aquel indicado en las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana.

Hoy es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada por este mapa: no sólo los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas «de la puerta de al lado», que tal vez hemos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, escondidas que en realidad ayudan a Dios a llevar adelante el mundo. ¡Y existen muchos hoy! Son tantos. Gracias a estos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a llevar adelante el mundo, que viven entre nosotros, saludemos a todos con un fuerte aplauso. Ante todo —dice la primera bienaventuranza— son «los pobres de espíritu» (Mateo 5, 3). ¿Qué significa? Que no viven para el éxito, el poder y el dinero; saben que quien acumula tesoros para sí no se enriquece ante Dios (cf. Lucas 12, 21). Creen en cambio que el Señor es el tesoro de la vida y el amor al prójimo la única verdadera fuente de ganancia. A veces estamos descontentos por algo que nos falta o preocupados si no somos considerados como quisiéramos; recordemos que no está aquí nuestra felicidad, sino en el Señor y en el amor: sólo con Él, sólo amando se vive como bienaventurado.

Quisiera finalmente citar otra bienaventuranza, que no se encuentra en el Evangelio, sino al final de la Biblia y habla del conclusión de la vida: «Dichosos los muertos que mueren en el Señor» (Apocalipsis 14, 13).

Mañana estaremos llamados a acompañar con la oración a nuestros difuntos, para que gocen siempre del Señor. Recordemos con gratitud a nuestros seres queridos y oremos por ellos.

Que la Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, interceda por nuestro camino de santidad y por nuestros seres queridos que nos han precedido y han partido ya para la Patria celestial.

 

Papa Francisco. Angelus. 1 de noviembre de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Los dos primeros días del mes de noviembre constituyen para todos nosotros un intenso momento de fe, de oración y reflexión sobre las «cosas últimas» de la vida. En efecto, celebrando a Todos los santos y conmemorando a Todos los fieles difuntos, la Iglesia peregrina en la tierra vive y expresa en la liturgia el vínculo espiritual que la une a la Iglesia del cielo. Hoy alabamos a Dios por la multitud innumerable de santos y santas de todos los tiempos: hombres y mujeres comunes, sencillos, a veces «últimos» para el mundo, pero «primeros» para Dios. Al mismo tiempo, recordamos a nuestros queridos difuntos visitando los cementerios: es motivo de gran consuelo pensar que ellos están en compañía de la Virgen María, de los Apóstoles, de los mártires y de todos los santos y santas del paraíso.

Así, la solemnidad de hoy nos ayuda a considerar una verdad fundamental de la fe cristiana, que profesamos en el «Credo»: la comunión de los santos. ¿Qué significa esto: la comunión de los santos? Es la comunión que nace de la fe y une a todos los que pertenecen a Cristo, en virtud del Bautismo. Se trata de una unión espiritual —¡todos estamos unidos!— que la muerte no rompe, sino que prosigue en la otra vida. En efecto, subsiste un vínculo indestructible entre nosotros, los que vivimos en este mundo, y cuantos cruzaron el umbral de la muerte. Nosotros, aquí abajo en la tierra, junto con aquellos que entraron en la eternidad, formamos una sola y gran familia. Se mantiene esta familiaridad.

Esta maravillosa comunión, esta maravillosa unión común entre tierra y cielo se realiza del modo más elevado e intenso en la liturgia y, sobre todo, en la celebración de la Eucaristía, que expresa y realiza la más profunda unión entre los miembros de la Iglesia. En efecto, en la Eucaristía encontramos a Jesús vivo y su fuerza, y a través de Él entramos en comunión con nuestros hermanos en la fe: los que viven con nosotros aquí en la tierra y los que nos precedieron en la otra vida, la vida sin fin. Esta realidad nos colma de alegría: es hermoso tener tantos hermanos y hermanas en la fe que caminan a nuestro lado, nos sostienen con su ayuda y junto a nosotros recorren el mismo camino hacia el cielo. Y es consolador saber que hay otros hermanos que ya llegaron al cielo, que nos esperan y rezan por nosotros, para que juntos podamos contemplar eternamente el rostro glorioso y misericordioso del Padre.

En la gran asamblea de los santos, Dios ha querido reservar el primer lugar a la Madre de Jesús. María está en el centro de la comunión de los santos, como protectora especial del vínculo de la Iglesia universal con Cristo, del vínculo de la familia. Ella es la Madre, es Madre nuestra, nuestra Madre. Es la guía segura de quien quiera seguir a Jesús por el camino del Evangelio, porque es la primera discípula. Ella es la Madre solícita y atenta, a quien confiar todos los deseos y dificultades.

Invoquemos juntos a la Reina de Todos los santos, para que nos ayude a responder con generosidad y fidelidad a Dios, que nos llama a ser santos como Él es santo (cf. Lv 19, 2; Mt 5, 48).

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 1 de noviembrede 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad de Todos los Santos es ocasión propicia para elevar la mirada de las realidades terrenas, marcadas por el tiempo, a la dimensión de Dios, la dimensión de la eternidad y de la santidad. La liturgia nos recuerda hoy que la santidad es la vocación originaria de todo bautizado (cf. Lumen gentium, 40). En efecto, Cristo, que con el Padre y con el Espíritu es el único Santo (cf. Ap 15, 4), amó a la Iglesia como a su esposa y se entregó por ella con el fin de santificarla (cf. Ef 5, 25-26). Por esta razón, todos los miembros del pueblo de Dios están llamados a ser santos, según la afirmación del apóstol san Pablo: «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4, 3). Así pues, se nos invita a mirar a la Iglesia no sólo en su aspecto temporal y humano, marcado por la fragilidad, sino como Cristo la ha querido, es decir, como «comunión de los santos» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 946). En el Credo profesamos la Iglesia «santa», santa en cuanto que es el Cuerpo de Cristo, es instrumento de participación en los santos Misterios —en primer lugar, la Eucaristía— y familia de los santos, a cuya protección se nos encomienda en el día del Bautismo. Hoy veneramos precisamente a esta innumerable comunidad de Todos los Santos, los cuales, a través de sus diferentes itinerarios de vida, nos indican diversos caminos de santidad, unidos por un único denominador: seguir a Cristo y configurarse con él, fin último de nuestra historia humana. De hecho, todos los estados de vida pueden llegar a ser, con la acción de la gracia y con el esfuerzo y la perseverancia de cada uno, caminos de santificación.

La conmemoración de los fieles difuntos, a la que se dedica el día 2 de noviembre, nos ayuda a recordar a nuestros seres queridos que nos han dejado, y a todas las almas que están en camino hacia la plenitud de la vida, precisamente en el horizonte de la Iglesia celestial, a la que la solemnidad de hoy nos ha elevado. Ya desde los primeros tiempos de la fe cristiana, la Iglesia terrena, reconociendo la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, ha cultivado con gran piedad la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios por ellos. Nuestra oración por los muertos es, por tanto, no sólo útil sino también necesaria, porque no sólo les puede ayudar, sino que al mismo tiempo hace eficaz su intercesión en favor nuestro (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 958). También la visita a los cementerios, a la vez que conserva los vínculos de afecto con quienes nos han amado en esta vida, nos recuerda que todos tendemos hacia otra vida, más allá de la muerte.

Por eso, el llanto debido a la separación terrena no ha de prevalecer sobre la certeza de la resurrección, sobre la esperanza de llegar a la bienaventuranza de la eternidad, «momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad» (Spe salvi, 12). En efecto, el objeto de nuestra esperanza consiste en gozar en la presencia de Dios en la eternidad. Lo prometió Jesús a sus discípulos, diciendo: «Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16, 22).

A la Virgen María, Reina de todos los santos, encomendamos nuestra peregrinación hacia la patria celestial, mientras invocamos para nuestros hermanos y hermanas difuntos su maternal intercesión.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 1 de noviembre de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy con gran alegría la fiesta de Todos los Santos. Al visitar un jardín botánico, nos sorprende la variedad de plantas y flores, y resulta natural pensar en la fantasía del Creador, que ha transformado la tierra en un maravilloso jardín. Experimentamos un sentimiento análogo cuando consideramos el espectáculo de la santidad: el mundo se nos presenta como un "jardín", donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura.

Cada uno es diferente del otro, con la singularidad de la propia personalidad humana y del propio carisma espiritual. Pero todos llevan grabado el "sello" de Jesús (cf. Ap 7, 3), es decir, la huella de su amor, testimoniado a través de la cruz. Todos viven felices, en una fiesta sin fin, pero, como Jesús, conquistaron esta meta pasando por fatigas y pruebas (cf. Ap 7, 14), afrontando cada uno su parte de sacrificio para participar en la gloria de la resurrección.

La solemnidad de Todos los Santos se fue consolidando durante el primer milenio cristiano como celebración colectiva de los mártires. En el año 609, en Roma, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón, dedicándolo a la Virgen María y a todos los mártires. Por lo demás, podemos entender este martirio en sentido amplio, es decir, como amor a Cristo sin reservas, amor que se expresa en la entrega total de sí a Dios y a los hermanos. Esta meta espiritual, a la que tienden todos los bautizados, se alcanza siguiendo el camino de las "bienaventuranzas" evangélicas, que la liturgia nos indica en la solemnidad de hoy (cf. Mt 5, 1-12). Es el mismo camino trazado por Jesús y que los santos y santas se han esforzado por recorrer, aun conscientes de sus límites humanos.

En su existencia terrena han sido pobres de espíritu, han sentido dolor por los pecados, han sido mansos, han tenido hambre y sed de justicia, han sido misericordiosos, limpios de corazón, han trabajado por la paz y han sido perseguidos por causa de la justicia. Y Dios los ha hecho partícipes de su misma felicidad: la gustaron anticipadamente en este mundo y, en el más allá, gozan de ella en plenitud. Ahora han sido consolados, han heredado la tierra, han sido saciados, perdonados, ven a Dios, de quien son hijos. En una palabra: "de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5, 3.10).

En este día sentimos que se reaviva en nosotros la atracción hacia el cielo, que nos impulsa a apresurar el paso de nuestra peregrinación terrena. Sentimos que se enciende en nuestro corazón el deseo de unirnos para siempre a la familia de los santos, de la que ya ahora tenemos la gracia de formar parte. Como dice un célebre canto espiritual: "Cuando venga la multitud de tus santos, oh Señor, ¡cómo quisiera estar entre ellos!".

Que esta hermosa aspiración anime a todos los cristianos y les ayude a superar todas las dificultades, todos los temores, todas las tribulaciones. Queridos amigos, pongamos nuestra mano en la mano materna de María, Reina de todos los santos, y dejémonos guiar por ella hacia la patria celestial, en compañía de los espíritus bienaventurados "de toda nación, pueblo y lengua" (Ap 7, 9). Y unamos ya en la oración el recuerdo de nuestros queridos difuntos, a quienes mañana conmemoraremos.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 1 de noviembre de 2005.

Queridos hermanos y hermanas: 

Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos, que nos hace gustar la alegría de formar parte de la gran familia de los amigos de Dios o, como escribe san Pablo, de "participar en la herencia de los santos en la luz" (Col 1, 12). La liturgia vuelve a proponer la expresión, llena de asombro, del apóstol san Juan:  "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1 Jn 3, 1). Sí, ser santos significa realizar plenamente lo que ya somos en cuanto elevados, en Cristo Jesús, a la dignidad de hijos adoptivos de Dios (cf. Ef 1, 5; Rm 8, 14-17). Con la encarnación del Hijo, con su muerte y resurrección, Dios quiso reconciliar consigo a la humanidad y hacerle partícipe de su misma vida. Quien cree en Cristo, Hijo de Dios, renace "de lo alto", es regenerado por obra del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 1-8). Este misterio se realiza en el sacramento del bautismo, mediante el cual la madre Iglesia da a luz a los "santos".

La vida nueva, recibida en el bautismo, no está sometida a la corrupción y al poder de la muerte. Para quien vive en Cristo, la muerte es el paso de la peregrinación terrena a la patria del cielo, donde el Padre acoge a todos sus hijos, "de toda nación, raza, pueblo y lengua", como leemos hoy en el libro del Apocalipsis (Ap 7, 9). Por eso, es muy significativo y apropiado que, después de la fiesta de Todos los Santos, la liturgia nos haga celebrar mañana la conmemoración de todos los Fieles Difuntos. La "comunión de los santos", que profesamos en el Credo, es una realidad que se construye aquí en la tierra, pero que se manifestará plenamente cuando veamos a Dios "tal cual es" (1 Jn 3, 2). Es la realidad de una familia unida por profundos vínculos de solidaridad espiritual, que une a los fieles difuntos a cuantos son peregrinos en el mundo. Un vínculo misterioso pero real, alimentado por la oración y la participación en el sacramento de la Eucaristía. En el Cuerpo místico de Cristo las almas de los fieles se encuentran, superando la barrera de la muerte, oran unas por otras y realizan en la caridad un íntimo intercambio de dones. En esta dimensión de fe se comprende también la práctica de ofrecer por los difuntos oraciones de sufragio, de modo especial el sacrificio eucarístico, memorial de la Pascua de Cristo, que abrió a los creyentes el paso a la vida eterna.

Uniéndome espiritualmente a cuantos van a los cementerios para rezar por sus difuntos, también yo, mañana por la tarde, acudiré a orar a la cripta vaticana, ante las tumbas de los Papas, que forman una corona en torno al sepulcro del apóstol san Pedro, y recordaré de modo especial al amado Juan Pablo II. Queridos amigos, ojalá que la tradicional visita de estos días a las tumbas de nuestros difuntos sea una ocasión para pensar sin temor en el misterio de la muerte y mantener la incesante vigilancia que nos prepara para afrontarlo con serenidad. Que en esto nos ayude la Virgen María, Reina de los santos, a la que ahora nos dirigimos con confianza filial.

 

DOMINGO 32 T. O.

 

Monición de entrada.-

El día en el que nos bautizaron el sacerdote dio una vela con luz al padrino.

La vela quería decir la fe.

Que tiene que estar encendida, es decir:

Tenemos que ser siempre amigos de Jesús.

También en el altar hay velas encendidas.

Y así queremos decirle a Jesús que somos amigos de Él.

 

Señor, ten piedad.-

Llévanos a ti. Señor, ten piedad.

Ilumínanos.  Cristo, ten piedad.

Ábrenos tu puerta. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Por el Papa León, para que siendo la luz de Jesús. Te lo pedimos, Señor.

Por la Iglesia para que sepa enseñarnos las palabras de Jesús.  Te lo pedimos, Señor.

Por los que mandan en la Iglesia, para que hagan cosas buenas para los pueblos. Te lo pedimos, Señor.

Por los que mandan, para que acepten que les digan lo que hacen mal. Te lo pedimos, Señor.

Por los que no se portan bien en su casa, para que cambien. Te lo pedimos, Señor.

Por nosotros, para que seamos siempre amigos de Jesús. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, gracias por ayudarnos a ser buenos amigos de Jesús y llevar la luz a los demás.