miércoles, 4 de febrero de 2026

296. 5º Tiempo Ordinario.

 


Primera lectura.

Lectura del libro de Isaías 58, 7-10.

Esto dice el Señor:

-Parte tu pan con los hambrientos, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”. Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.

 

Textos paralelos.

 Tus justas acciones te precederán.

Is 52, 12: No saldréis apresuraros ni os iréis huyendo, pues en cabeza marcha el Señor, y en la retaguardia, el Dios de Israel.

Y lo oscuro de ti será como mediodía.

Jn 8, 12: De nuevo les habló Jesús: Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, antes tendrá la luz de la vida.

 

Notas exegéticas.

58 10 Lit: “si das al hambriento du talma (griego: el pan de tu alma) y el alma afligida dejas saciada”. Pero la palabra nefes, generalmente traducida por alma, también designa el deseo, el apetito, de modo que son posibles matices diversos. El contexto, sin embargo, justifica nuestra traducción.

 

Salmo responsorial

Sal 112 (111), 4-9

 

El justo brilla en las tinieblas como una luz. R/.

En las tinieblas brilla como una luz

el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,

y administra rectamente sus asuntos. R/.

 

Porque jamás vacilará.

El recuerdo del justo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,

su corazón está firme en el Señor.   R/.

 

Su corazón está seguro, sin temor.

Reparte limosna a los pobres;

su caridad dura por siempre

y alzará la frente con dignidad. R/.

 

Textos paralelos.

En las tinieblas ilumina a los rectos, tierno, clemente y justo.

Sal 37, 6: Hará salir tu justicia como la aurora, tu derecho como el mediodía.

Sal 97, 11: Amanece la luz para el honrado y la alegría para los rectos de corazón.

Is 58, 10: Si das tu pan al hambriento y sacias el estómago del indigente, surgirá tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.

Feliz el hombre que se apiada presta.

Pr 13, 9: La luz de los honrados es alegre, la lámpara de los malvados se apaga.

Sal 111, 6: Mostró a su pueblo la eficacia de su acción dándole la heredad de los paganos.

 

Notas exegéticas.

112 Expresiones aplicadas a Dios en el salmo precedentes son aplicadas aquí al justo.

112 4 De aplica así al justo lo que en otros pasajes se dice de Dios, Sal 18, 29; 27, 1. También se traduce: “Una luz brilla en las tinieblas para el justo; tierno y clemente es el hombre recto”.

112 9 Otros: “para su gloria (lit. “en gloria”) se alza su frente”.

 

Segunda lectura.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5.

Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

 

Textos paralelos.

Fui a vosotros a anunciaros el misterio de Dios no confié mi mensaje al prestigio de la palabra.

2 Co 11, 6: Si en elocuencia soy profano, no lo soy en conocimiento, como os lo he demostrado siempre y en todo.

Solo quería manifestaros mi saber acerca de Jesucristo.

Ga 3, 1: ¡Gálatas insensatos! ¿quién os ha hechizado? Vosotros, a cuya vista han descrito a Cristo crucificado.

Ga 6, 14: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme, si no es de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.

En la demostración del Espíritu y su poder.

2 Co 12, 12: La marca de mi apostolado se definió entre vosotros: en la constancia, signos, prodigios y milagros.

Hch 1, 8: Pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo.

 

Notas exegéticas.

2 1 Var.: “el testimonio de Dios”.

2 2 Lit: “Jesús Ungido” (o “Jesús Mesías”). Para los judíos, un Mesías crucificado era un escándalo.

2 3 Expresión bíblica estereotipada.

2 4 Alusión a los milagros y a la efusión del Espíritu que acompañaron a la predicación de Pablo. – El texto es gramaticalmente difícil, como se percibe en las discrepancias de la tradición textual. El sentido, sin embargo, es claro.

2 5 Los discursos de la sabiduría humana son persuasivos por sí mismos. Producen en los oyentes una adhesión puramente humana. Esto es lo que Pablo rechaza. Su palabra es ciertamente una demostración, porque manifiesta la acción del Espíritu; pero exige una adhesión de un orden distinto: del Espíritu.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.

 

Textos paralelos.

 

Mc 9, 50; 4, 21

Mt 5, 13.15

Lc 14, 34-35; 8, 16

 

 

 

Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis?

 

 

Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros.

 

 

 

 

 

Les decía:

 

 

 

-¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?

Vosotros sois la sal de la tierra.

 

Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sierve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

 

 

 

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto del monte.

 

 

 

 

 

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa.

 

 

 

La sal es buena, pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve ni para el campo ni para el estercolero, se tira afuera.

 

 

 

 

 

 

 

 

El que tenga oídos para oír, que oiga.

 

Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o la mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entren vean la luz.

Vosotros sois la sal de la tierra.

Lv 2, 13: Toda oblación la sazonarás con sal; no permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios en ninguna de tus oblaciones; todas tus ofrendas llevarán sal.

Nm 18, 19: Es una alianza de sal, para siempre, delante del Señor, para ti y tu descendencia.

Col 4, 6: Vuestra conversación sea siempre agradable con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar a cada uno.

Vosotros sois la luz del mundo.

Jn 8, 12: Jesús les habló de nuevo diciendo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

Una ciudad en la cima del monte

Is 2, 2: En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacía él confluirán las naciones.

Debajo del celemín.

Lc 11, 33: Nadie enciende una lámpara y la pone en un lugar oculto o debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que los que entran vean la luz.

Vean vuestras buenas obras.

Jn 3, 21: En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Jn 15, 8: Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante, así seréis discípulos míos.

Alaben a vuestro Padre.

1 Co 10, 31: Así pues, ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

5 13 La sal proporciona sabor a los alimentos (Jb 6, 6) y tiene la propiedad de conservarlos (Ba 6, 27). De ahí que pueda significar el valor duradero de un contrato como una “alianza de sal·; pacto perpetuo (2 Cro 13, 5). Mt interpreta la palabra de Jesús afirmando que el creyente debe conservar y “dar sabor” al mundo de los hermanos en su alianza con Dios. De lo contrario no sirve para nada y los discípulos merecerán “ser tirados afuera”.

5 15 En la antigüedad, el celemín era un pequeño mueble de tres o cuatro patas. Solo se trataría aquí, pues, de esconder la lámpara debajo de este mueblo, algo así como debajo del lecho de Mc 4, 21p, no de apagarla cubriéndola con un celemín moderno. Hoy diríamos tal vez “debajo del arca” (ese mueble que suele haber en las casas de pueblo).

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

13-16 Cf. LG 34 y 36 sobre los cristianos en el mundo. // LA verdadera SAL..., LA verdadera Luz (TÍTULO QUE Jesús se da a sí mismo en Jn 8, 12 y 9, 5). La sal y la luz se aplicaban metafóricamente al antiguo Israel y a la Ley. Comparado este texto con el paralelo de Mc, se entiende en línea del renunciamiento (la sal era imprescindible en los sacrificios antiguos: cf. Lv 2, 13); e.d., siendo el pobre, manso, misericordioso, etc. de las bienaventuranzas, el discípulo de Jesús será LA SAL DE LA TIERRA. O dicho a la inversa, con las palabras de Orígenes: “·Si yo creo en mi Señor Jesucristo, él me transformará en sal”. // SI... LA SAL SE VOLVIERA INSÍPIDA: más exactamente: si se hiciere (la condición está formulada en el texto griego como posible) loca, e.d., si se vuelve inservible. // SE DARÁ SABOR: el texto griego de Mt y de Lc no habla de salar o sazonar la sal, sino la comida. // PARA SER ECHADA AFUERA...: LIT, tirada fuera sea pisoteada por los hombres.

15 EL CELEMÍN (el griego módios es un latinismo: modius): medida de capacidad para áridos; aquí no se alude al contenido (casi nueve litros), sino al recipiente (una especie de artesa pequeña). // PARA QUE ILUMINE, o: y de esta manera ilumina. El seguidor de Jesús “ha de ser vela encendida que a todos resplandece y solo para si arde a sí [mismo] se gasta y a los demás alumbra” (Quevedo).

16 VEAN... Y GLORIFIQUEN: glorificar a Dios es reconocerlo como el Dios verdadero, que actúa en quienes viven según el espíritu de las bienaventuranzas (cf. Ef 5, 8-9 y 1 Pe 2, 12). La gloria, el resplandor que reviste cualquier intervención divina entre los hombres (“todo lo que es iluminado se convierte en luz”: Ef 5, 14), es signo de su presencia activa en los cristianos y provoca en los paganos de buena voluntad admiración y reconocimiento de la santidad divina. “Los buenos, entre los malos, con su vida y obras predican más que los que predican en los púlpitos, pues más es obrar que hablar “ (san Francisco Javier).

 

Notas exegéticas de la Biblia Didajé.

5, 13-16 Sal de la tierra... luz del mundo: estos elementos describen la misión divina. La sal da sabor a los alimentos y los preserva de la putrefacción. El papel de un cristiano en el mundo es sacar como la sal, el mejor sabor de los prójimos, conduciéndolos hacia Cristo. Mediante su testimonio personal, los fieles se convierten en el esplendor del cielo. La luz de las velas en el bautismo nos recuerda al cristiano nuevo, después de haber sido iluminado por Cristo, para ser luz del mundo. Cat. 1243, 2044 y 2821.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

1243 La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha “revestido de Cristo”: ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende es el Cirio Pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son “la luz del mundo” (Mt 5, 14).

2044 La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. “El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios” (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 6).

 

Concilio Vaticano II

Coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas. Con este proceder simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para la siembra de la palabra divina, y a la Iglesia se le abren más de par en par las puertas por las que introducir en el mundo el mensaje de la paz.

Lumen gentium, 36

 

San Agustín

Quien obra por Cristo y según Cristo, para no ser alabado más que en Cristo, es un candelero. Alumbre a todos, vean algo que imitar; no sean perezosos ni áridos; les es útil el ver; no sean videntes con los ojos y ciegos en el corazón.

El Señor no mandó que se ocultasen las buenas obras, sino que no se pensase en la alabanza humana al realizarla. [...] Que no esperen ninguna otra recompensa ni deseen ningún otro bien superior y celestial. Si lo hacen solo para ser alabados, caen bajo la prohibición del Señor: Guardaos de realizar. ¿Cómo? Para ser vistos por ellos. Guardaos de realizar este fruto: el ser bustos por los hombres.

Una cosa es buscar tu propia alabanza y otra buscar en el bien obrar la alabanza de Dios. Cuando buscas tu alabanza, te has quedado en la mirada de los hombres; cuando buscas la alabanza de Dios, has adquirido la gloria eterna. Obremos así, no para ser vistos por los hombres; es decir, obremos de tal manera que no busquemos la recompensa de la mirada humana. Al contrario, obremos de tal manera que busquemos la gloria de Dios en quienes nos vena y nos imiten, y caigamos en la cuenta que si él no nos hubiera hecho así, nada seríamos.

Sermón 338.

 

Los Santos Padres.

Creo que como la sal preserva la carne de corromperse en mal olor y gusanos y hace que sea utilizable por más tiempo, y si no, no duraría, de la misma manera los discípulos de Cristo sostienen este mundo y vencen sobre el mal olor de los pecados que proceden de la idolatría y la fornicación.

Orígenes, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 91. 1a, pg. 145.

Llama sal a la prudencia, de la que está llena la palabra evangélica, que una vez sembrada en nuestras almas establece en nosotros la palabra de la sabiduría y que por su sabor agradable y su gracia se le parece.  Por eso, del mismo modo que sin sal no es comestible ni el pan ni el pescado, de igual modo sin la inteligencia de la instrucción apostólica toda alma es sosa, insulsa y no grata ante Dios.

Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 41. 1a, pg. 146.

El Señor les hizo ver que toda la humana naturaleza estaba insípida y totalmente podrida por sus pecados. De ahí justamente que de ellos exija aquellas virtudes que señaladamente son necesarias y útiles para el aprovechamiento de los otros.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 6. 1a, pg. 146.

El que es manso, modesto, misericordioso y justo no encierra para sí solo estas virtudes, sino que hace que estas bellas fuentes se derramen también copiosamente para provecho de los demás. Del mismo modo el limpio de corazón, el pacífico y el que es perseguido por causa de la verdad dispone también su vida para utilidad común.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 6. 1a, pg. 146.

 

San Juan de Ávila

Muy lejos, padres, estamos de aquella santidad que nuestro oficio demanda; y si esto no cognocemos, ciegos estamos. Más limpios y resplandecientes hemos de ser, dice San Crisóstomo, que los rayos del sol. Luz del mundo y sal de la tierra nos llama Cristo (Mt 5, 13-14): lo primero, porque el sacerdote es un espejo y una luz en al cual se han de mirar los del pueblo y, viéndola, cognozcan las tinieblas que en ellos andan y remuerda en su corazón diciendo: “¿Por qué no soy yo bueno como aquel sacerdote?”. Y llámanse sal, porque han de estar convertidos en sabrosísimo gusto de Dios: tanto, que el que los tocare con la habla y conversación, por derramado que esté y degustado de las cosas de Dios, cobre el gusto de ellas y pierda el gusto de las cosas malas. 

Plática a sacerdotes. I, pg. 791.

Si está un lego cristiano en pecado, ha de ser el eclesiástico tantos rayos de luz, que alumbre las tinieblas de aquel cristiano que está en pecado; que si le viere su buena vida, le dé tanta confusión que diga: “¿Cómo aquel hombre, como yo, vive tan bien y yo tan mal?”. Que atine con la claridad que el eclesiástico tiene; como cuando de noche ven en una poca de lumbre, atinen acuyá está. que así atine el cristiano que estuviere en tinieblas con la lumbre de tal eclesiástico. Por eso les llamó el Señor luz del mundo y sal de la tierra y ciudad puesta en alto (Mt 5, 13-14), que es refugio y amparo de los cristianos.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 130.

La honra de los ministros de Cristo es seguir a su Señor, no solo en lo interior sino también en lo exterior; para así como (Él), viviendo en el mundo, fue luz que desengañó a los mundanos y les dio a entender con su palabra y, ejemplo que había otra vida muy más excelente, la cual se había de desear y ganar con el desprecio de esta, así ellos fuesen luz del mundo y sal de la tierra (Mt 5, 13-14), que diesen a entender que su reino no es de este mundo, y con su ejemplo moviesen al pueblo flaco a despreciar las cosas de acá.

Reformación del estado eclesiástico. II, pg. 500.

Y de esta manera, tratándose cada año en el sínodo obispal, y de tres en tres años en el concilio provincial, lo que conviene a la disciplina eclesiástica, en breve tiempo estará tal el estado eclesiástico, que sea con verdad luz del mundo y sal de la tierra (Mt 5, 13-14). Porque así como la luna participa de la lumbre del sol, y toda la tierra, y los manjares se hacen sabrosos con echar en ellos la sal, así el estado secular vive en luz y toma gusto en la guarda de los mandamientos de Dios y de su Iglesia si el estado eclesiástico es el que debe; como, por el contrario, recibe malas influencias de los malos ejemplos de los eclesiásticos.

De la veneración que se debe a los concilios. II, pg. 625.

La primera, que sean luz del mundo, siendo ejemplares; que no se contenten con ser buenos para sí, sino para los tros. Y esto se puede confirmar con autoridades, como aquella, Mateo 5: Vos estis lux mundi; Vos estis sal terrae (Mt 5, 13-14).

Para el sermón a los clérigos. II, pg. 1045.

Por manera que Dios es luz que alumbra, sabiduría que no puede ser engañada, verdad que ni tiene obscuridad ni tiene opiniones. De esa manera de ser luz dice San Mateo: Vos estis luz mundi (Mt 5, 14). 

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 126.

Deben los prelados tener memoria de lo que el Señor les manda por Isaías (c. 57), diciendo Auferte offendicula de via populi mei (Is 57, 14, Quitad los tropiezos del camino de mi pueblo); y de lo que por el mismo profeta se les dice: Preparate viam populo: planum facite iter, et eligite lapides, et elevate signum ad populum (Is 62, 10, Allanad el camino del pueblo, terraplenes, terraplenad la calzada, alzad bandera sobre los pueblos); que por eso son ciudades puestas sobre el monte y velas sobre el candelero, y merecieron oír de la boca del Señor: Vos estis lux mundi (Mt 5, 14).

Algunas advertencias al sínodo de Toledo. II, pg. 745.

Y así la Iglesia es cosa manifiesta y clara, que aun los ciegos, si no quieren a sabiendas cegarse, encontraran con ella. Esta es la ciudad puesta en lo alto (cf. Mt 5, 14), señal que aun desde lejos atinan a ella los caminantes. Si ella estuviera escondida, todo estuviera escondido; porque ella es la que da luz a todo.

Sermón del Jueves Santo. III, pg. 413.

Todos estos tienen por oficio encaminar las ánimas para el cielo. Sicut misit me Pater, et ego mitto vos (Jn 20, 21). Y, por tanto, yo saco la conclusión que han de ser ejemplares, y que, si no lo son, se perderán; porque, si el rey criase un capitán, no satisfaría si fuese solado. Ideo vos estis lux mundi, salt terrae (cf. Mt 5, 14.13), etc. Pero entra agora la duda cómo ha de ser ese ejemplo; porque hic labor et dolor [Éste es un trabajo duro y penoso]. Lo que se os puede decir, hermanos, es que, si sois clérigo, habéis de vivir, hablar y tratar y conversar, etc., taliter [de tal manera] que provoquéis a otros a servir a Dios. La candela, cuando la encienden, no es para matalla y ponella debajo del medio celemín, ut ait Christus (Mt 5, 15) y ansí, en ordenándoos, sois candela que habéis de dar lumbre.

Plática a los sacerdotes. I, pg. 852.

Y no solamente estas personas [una persona que tiene mando o estado de aprovechar a otros], mas generalmente todo cristiano debe cumplir lo que está escrito: Ten cuidado de la buena fama (Eclo 41, 15). No porque ha de parar en ella, mas porque ha de ser tal un cristiano que, quienqueira que oyere o viere su vida, dé a Dios gloria como lo solemos dar viendo una rosa o un árbol con fructo y frescura. Esto es lo que mandó el santo Evangelio, que luzca nuestra luz delante de los hombres, de manera que viendo nuestras buenas obras, den gloria al celestial Padre (Mt 5, 16), del cual procede todo lo bueno.

Audi, filia (II), II, pg. 544-455.

Lo tercero, tener en grandísima veneración los doctores aprobados por la Iglesia, y lo que enseñaron y sintieron, y los ejemplos de su vida y de los demás santos canonizados por la santa Iglesia, porque a ellos puso Dios por candelas encendidas con el fuego del Espíritu Santo sobre el candelero de la Iglesia par alumbrarla (cf. Mt 5, 15).

Dialogus inter confessarium et paenitentem. II, pg. 795.

También resplandece el espíritu, y hay muestras de cómo son hijos de Dios: hay obras grandes, que muestran grande caridad y descubren grande tesoro: Videant opera vestra bona et glorificent patrem vestrum qui in caelis est (Mt 5, 16).

Lecciones sobre la Epístola a los Gálatas. II, pg. 96.

Et in Evangelio: Sic luceat lux vestra coram hominibus, ut videant, etc. (Mt 5, 16). Habéis de dar tan buen ejemplo entre los malos, que de ver vuestra vida se confundan.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pgs. 128-129.

Así como de ver un árbol hermoso y con fructa alaban a Dios que lo crió, así digan: “¡Bendito sea Dios, que tan viertuoso te hizo!”. El pecar desonra a los hombres: Sic luceat...” (Mt 5, 16). Gloria del Padre es la bondad del hijo; y gloria de Dios la virtud del cristiano. Procurad de ser buenos, siquiera porque no se pierda Dios esta honra.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 218.

El pecar deshonra a los hombres, que no el traerse llanamente y dejar las vanidades. Sic luceat... (Mt 5, 16). No nos encomienda aquí, Jesucristo la buena fama por los atavíos, sino por las virtudes, por las cuales es glorificado Dios en vos.

Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 388.

Porque aun aquellos pecados que condenó la razón natural, y la ley de los moros y el mesmo mundo, abundan en muchos de los cristianos; y, en lugar de lo que el Señor nos mandó que luciesen nuestras obras para que los que las viesen glorificasen a nuestro Padre celestial (cf. Mt 5, 16), como a fuente de toda luz y todo bien que se devisaba en nosotros, han sido tan feas y llenas de obscuridad, que han infamado a nuestro Dios entre los infieles, dándoles causa que piensen, como gente ciega, que, si el Señor fuera bueno, no fueran los criados tan malos.

Causas y remedios de las herejías. II, pg. 537.

Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (cf. Mt 5, 46-48) y haced obras que imiten a su bondad, de las cuales el mundo se admire, y den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 16), por veros a vosotros, aunque andéis en el mundo como ellos andan, que no vivís según el mundo, mas en la vida sois celestiales.

En la infraoctava del Corpus. III, pg. 731.

Sed, pues, hermanos tales, que vuestra vida glorifique a vuestro Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 16); sed tales, que deis testimonio que sois hijos de Dios, y que esperáis su reino, que nunca se acaba.

Para la villa de Utrera. IV, pg. 731.

 

San Oscar Romero.

La Iglesia necesita de cada uno de nosotros y de todos en conjunto. Cada cristiano tiene que ser como una antorcha, y el conjunto de cristianos, tiene que ser como una ciudad en la Montaña.

Homilía. 5 de febrero de 1978.

 

Papa León XIV. Ángelus.  1 de febrero de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En la liturgia de hoy se proclama una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús anuncia a toda la humanidad: el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Estas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo.

En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable. Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios encuentran alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (v. 12).

Estas Bienaventuranzas son una paradoja sólo para quien considera que Dios es diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor. Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús sea un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente en la falta de fe en Cristo; Él es el pobre que comparte su vida con todos, el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz y es perseguido hasta la muerte en cruz.

De este modo, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. El Hijo mira al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como decía el Papa Francisco, «los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» (Ángelus, 17 febrero 2019). Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta como desesperado.

Queridos hermanos y hermanas, las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan. De hecho, es “a causa de Cristo” (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.

Las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón (cf. Lc 1,51-52). Por eso pidamos la intercesión de la Virgen María, sierva del Señor, que todas las generaciones llaman bienaventurada.

 

León XIV. Audiencia general. 28 de enero de 2026. Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II - I. Constitución dogmática Dei Verbum 3. Un único depósito sagrado. La relación entre la Escritura y la Tradición.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuando con la lectura de la Constitución conciliar Dei Verbum sobre la Revelación divina, hoy reflexionamos sobre la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. Podemos tomar como fondo dos escenas evangélicas. En la primera, que tiene lugar en el Cenáculo, Jesús, en su gran discurso-testamento dirigido a los discípulos, afirma: «Os he dicho estas cosas mientras estoy todavía con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. […] Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa» (Jn 14,25-26; 16,13).

La segunda escena nos lleva, en cambio, a las colinas de Galilea. Jesús resucitado se muestra a los discípulos, que están sorprendidos y dudosos, y les da una consigna: «Id y haced discípulos a todas las naciones, […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). En ambas escenas es evidente la íntima relación entre la palabra pronunciada por Cristo y su difusión a lo largo de los siglos.

Es lo que afirma el Concilio Vaticano II recurriendo a una imagen sugerente: «La Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición están estrechamente unidas y se comunican entre sí. Puesto que ambas proceden de la misma fuente divina, forman en cierto modo un todo y tienden al mismo fin» (Dei Verbum, 9). La Tradición eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la Iglesia, que custodia, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n. 113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: «La Sagrada Escritura está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos materiales», es decir, en el texto sagrado.

Siguiendo las palabras de Cristo que hemos citado anteriormente, el Concilio afirma que «la Tradición de origen apostólico progresa en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo» (DV, 8). Esto ocurre con la plena comprensión mediante «la reflexión y el estudio de los creyentes», a través de la experiencia que nace de «una inteligencia más profunda de las cosas espirituales» y, sobre todo, con la predicación de los sucesores de los apóstoles que han recibido «un carisma seguro de la verdad». En resumen, «la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que cree» (ibíd.).

Famosa es, a este respecto, la expresión de San Gregorio Magno: «La Sagrada Escritura crece con quienes la leen». [1] Y ya San Agustín había afirmado que «una sola es la discurso de Dios que se desarrolla en toda la Escritura y una sola es el Verbo que resuena en boca de tantos santos». [2] La Palabra de Dios, por lo tanto, no está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición. Esta última, gracias al Espíritu Santo ( ), la comprende en la riqueza de su verdad y la encarna en las coordenadas cambiantes de la historia.

Sugestivo, en esta línea, es lo que proponía el santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman, en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmaba que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal y como indicó el mismo Jesús con las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior. [3]

El apóstol Pablo exhorta repetidamente a su discípulo y colaborador Timoteo: «Timoteo, guarda el depósito que se te ha confiado» (1 Tm 6,20; cf. 2 Tm 1,12.14). La Constitución dogmática Dei Verbum se hace eco de este texto paulino cuando dice: «La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia», interpretado por «el magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo» (n. 10). «Depósito» es un término que, en su matriz original, es de naturaleza jurídica e impone al depositario el deber de conservar el contenido, que en este caso es la fe, y de transmitirlo intacto.

El «depósito» de la Palabra de Dios está también hoy en manos de la Iglesia y todos nosotros, en los distintos ministerios eclesiales, debemos seguir custodiándolo en su integridad, como una estrella polar para nuestro camino en la complejidad de la historia y de la existencia.

En conclusión, queridos hermanos, escuchemos de nuevo la Dei Verbum, que exalta la interconexión entre la Sagrada Escritura y la Tradición: ambas —afirma— están tan unidas y entrelazadas entre sí que no pueden subsistir independientemente, y juntas, según su propio modo, bajo la acción de un solo Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas (cfr n. 10).

______________________________________________

[1] Homilías sobre Ezequiel I, VII, 8: PL 76, 843D.

[2] Enarrationes in Psalmos 103, IV, 1

[3] Cfr. J.H. Newman, Lo sviluppo della dottrina cristiana, Milán 2003, p. 104.

 

Papa Francisco. Ángelus. 9 de febrero de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy (cf. Mateo 5, 13-16), Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra [...]. Vosotros sois la luz del mundo» (vv. 13,14). Utiliza un lenguaje simbólico para indicar a los que tienen intención de seguirlo ciertos criterios de presencia y testimonio vivo en el mundo.

Primera imagen: la sal. La sal es el elemento que da sabor y conserva y preserva los alimentos de la corrupción. Por lo tanto, el discípulo está llamado a mantener alejados de la sociedad los peligros, los gérmenes corrosivos que contaminan la vida de las personas. Se trata de resistir a la degradación moral y el pecado, dando testimonio de los valores de honestidad y fraternidad, sin ceder a los halagos mundanos del arribismo, el poder y la riqueza. Es «sal» el discípulo que, a pesar de los fracasos diarios ―porque todos los tenemos―, se levanta del polvo de sus propios errores, comenzando de nuevo con coraje y paciencia, cada día, para buscar el diálogo y el encuentro con los demás. Es «sal» el discípulo que no busca el consentimiento y la alabanza, sino que se esfuerza por ser una presencia humilde y constructiva, en fidelidad a las enseñanzas de Jesús que vino al mundo no para ser servido, sino para servir. ¡Y hay mucha necesidad de esta actitud!

La segunda imagen que Jesús propone a sus discípulos es la de la luz: «Vosotros sois la luz del mundo». La luz dispersa la oscuridad y nos permite ver. Jesús es la luz que ha disipado las tinieblas, pero aún permanecen en el mundo y en las personas. Es la tarea del cristiano dispersarlas haciendo brillar la luz de Cristo y proclamando su Evangelio. Es una irradiación que también puede provenir de nuestras palabras, pero debe fluir sobre todo de nuestras «buenas obras» (v. 16). Un discípulo y una comunidad cristiana son luz en el mundo cuando encaminan a los demás hacia Dios, ayudando a cada uno a experimentar su bondad y misericordia. El discípulo de Jesús es luz cuando sabe vivir su fe fuera de los espacios estrechos, cuando ayuda a eliminar los prejuicios, a eliminar la calumnia y a llevar la luz de la verdad a situaciones viciadas por la hipocresía y la mentira. Hacer luz. Pero no mi luz, es la luz de Jesús: somos instrumentos para que la luz de Jesús llegue a todos.

Jesús nos invita a no tener miedo de vivir en el mundo, aunque a veces haya condiciones de conflicto y pecado en él. Frente a la violencia, la injusticia, la opresión, el cristiano no puede encerrarse en sí mismo o esconderse en la seguridad de su propio recinto; la Iglesia tampoco puede encerrarse en sí misma, no puede abandonar su misión de evangelización y servicio. Jesús, en la última cena, pidió al Padre que no sacara a los discípulos del mundo, que los dejara allí en el mundo, que los protegiera del espíritu del mundo. La Iglesia se prodiga con generosidad y ternura por los pequeños y los pobres: este no es el espíritu del mundo, esta es su luz, es la sal. La Iglesia escucha el grito de los últimos y de los excluidos, porque es consciente de que es una comunidad peregrina llamada a prolongar en la historia la presencia salvadora de Jesucristo.

Que la Santísima Virgen nos ayude a ser sal y luz en medio del pueblo, llevando la Buena Nueva a todos, con la vida y la palabra.

 

Papa Francisco. Ángelus. 5 de febrero de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estos domingos la liturgia nos propone el llamado Discurso de la montaña, en el Evangelio de Mateo. Después de haber presentado el domingo pasado las Bienaventuranzas, hoy destaca las palabras de Jesús que describe la misión de sus discípulos en el mundo (cf. Mateo 5, 13-16). Él utiliza las metáforas de la sal y de la luz y sus palabras son dirigidas a los discípulos de cada época, por lo tanto también a nosotros.

Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las buenas obras. Y dice: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5, 16). Estas palabras subrayan que nosotros somos reconocibles como verdaderos discípulos de Aquel que es la Luz del mundo, no en las palabras, sino de nuestras obras. De hecho, es sobre todo nuestro comportamiento que —en el bien y en el mal— deja un signo en los otros. Tenemos por tanto una tarea y una responsabilidad por el don recibido: la luz de la fe, que está en nosotros por medio de Cristo y de la acción del Espíritu Santo, no debemos retenerla como si fuera nuestra propiedad. Sin embargo estamos llamados a hacerla resplandecer en el mundo, a donarla a los otros mediante las buenas obras. ¡Y cuánto necesita el mundo de la luz del Evangelio que transforma, sana y garantiza la salvación a quien lo acoge! Esta luz debemos llevarla con nuestras buenas obras.

La luz de nuestra fe, donándose, no se apaga sino que se refuerza. Sin embargo puede disminuir si no la alimentamos con el amor y con las obras de caridad. Así la imagen de la luz se encuentra con la de la sal. La página evangélica, de hecho, nos dice que, como discípulos de Cristo, somos también «la sal de la tierra (v. 13)». La sal es un elemento que, mientras da sabor, preserva la comida de la alteración y de la corrupción —¡en la época de Jesús no había frigoríficos!—. Por lo tanto, la misión de los cristianos en la sociedad es la de dar “sabor” a la vida con la fe y el amor que Cristo nos ha donado, y al mismo tiempo tiene lejos los gérmenes contaminantes del egoísmo, de la envidia, de la maledicencia, etc. Estos gérmenes arruinan el tejido de nuestras comunidades, que deben, sin embargo, resplandecer como lugares de acogida, de solidaridad, de reconciliación. Para unirse a esta misión, es necesario que nosotros mismos seamos los primeros liberados de la degeneración que corrompe de las influencias mundanas, contrarias a Cristo y al Evangelio; y esta purificación no termina nunca, se hace continuamente, ¡se hace cada día!

 

Papa Francisco. Ángelus. 9 de febrero de 2014.

Hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este domingo, que está inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Esto nos maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla... Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois misericordiosos... seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.

Para comprender mejor estas imágenes, tengamos presente que la Ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como signo de alianza. La luz, para Israel, era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, nuevo Israel, reciben, por lo tanto, una misión con respecto a todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda a la humanidad. Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina. Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa! Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla, conservarla. El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que no lleva la luz, una vida sin sentido. Pero yo os quisiera preguntar ahora: ¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? [la gente responde: ¡Encendida!] ¡Lámpara encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana.

 

Benedicto XVI. Ángelus.  6 de enero de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de este domingo el Señor Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Mediante estas imágenes llenas de significado, quiere transmitirles el sentido de su misión y de su testimonio. La sal, en la cultura de Oriente Medio, evoca varios valores como la alianza, la solidaridad, la vida y la sabiduría. La luz es la primera obra de Dios creador y es fuente de la vida; la misma Palabra de Dios es comparada con la luz, como proclama el salmista: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119, 105). Y también en la liturgia de hoy, el profeta Isaías dice: «Cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía» (58, 10). La sabiduría resume en sí los efectos benéficos de la sal y de la luz: de hecho, los discípulos del Señor están llamados a dar nuevo «sabor» al mundo, y a preservarlo de la corrupción, con la sabiduría de Dios, que resplandece plenamente en el rostro del Hijo, porque él es la «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). Unidos a él, los cristianos pueden difundir en medio de las tinieblas de la indiferencia y del egoísmo la luz del amor de Dios, verdadera sabiduría que da significado a la existencia y a la actuación de los hombres.

El próximo 11 de febrero, memoria de Nuestra Señora de Lourdes, celebraremos la Jornada mundial del enfermo. Es ocasión propicia para reflexionar, para rezar y para acrecentar la sensibilidad de las comunidades eclesiales y de la sociedad civil hacia los hermanos y las hermanas enfermos. En el Mensaje para esta Jornada, inspirado en una frase de la primera carta de san Pedro: «Por sus llagas habéis sido curados»» (2, 24), invito a todos a contemplar a Jesús, el Hijo de Dios, que sufrió, murió, pero resucitó. Dios se opone radicalmente a la prepotencia del mal. El Señor cuida del hombre en cada situación, comparte el sufrimiento y abre el corazón a la esperanza. Exhorto, por tanto, a todos los agentes sanitarios a reconocer en el enfermo no sólo un cuerpo marcado por la fragilidad, sino ante todo una persona, a la que es preciso dar toda la solidaridad y ofrecer respuestas adecuadas y competentes. En este contexto recuerdo, además, que hoy se celebra en Italia la «Jornada por la vida». Espero que todos se esfuercen por hacer que crezca la cultura de la vida, para poner en el centro, en cualquier circunstancia, el valor del ser humano. Según la fe y la razón, la dignidad de la persona no se puede reducir a sus facultades o a las capacidades que pueda manifestar y, por tanto, no disminuye cuando la persona es débil, inválida y necesitada de ayuda.

Queridos hermanos y hermanas, invocamos la intercesión maternal de la Virgen María, para que los padres, los abuelos, los profesores, los sacerdotes y cuantos trabajan en la educación formen a las generaciones jóvenes en la sabiduría del corazón, para que lleguen a la plenitud de la vida.

 

GUIÓN MISA NIÑOS. DOMINGO VI T.O.

 

Monición de entrada.-

Bienvenidos a misa:

Venimos a misa porque queremos ser amigos de Jesús.

Queremos escuchar a Jesús y tenerle por maestro.

Él es el buen maestro, que nos enseña con el corazón.

 

Señor ten piedad.-

Tú eres la Palabra de Dios. Señor, ten piedad.

Tú eres la Ley de Dios. Cristo, ten piedad.

Tú eres el Hijo de Dios. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Jesús,  te pido por el Papa Francisco y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por la Iglesia, para que sus leyes nazcan del Evangelio.  Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido los que no conocen a Jesús, para que te conozcan. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido las personas que hacen las leyes, para que las hagan pensando en todos. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros, para que vivamos como nos pides. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias por esta semana por todas las cosas buenas que nos han pasado, por nuestra familia y las personas que nos enseñan los mandamientos de Jesús.