Primera lectura.
Lectura del libro de la
Sabiduría 6, 12-16
Radiante e inmarcesible
es la sabiduría, la ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la
encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por
ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta. Meditar sobre ella es
prudencia consumada y el que vela por ella pronto se ve libre de
preocupaciones. Pues ella misma va de un lado a otro buscando a los que son
dignos de ella: los aborda benigna por los caminos y les sale al encuentro en
cada pensamiento.
Textos paralelos.
La sabiduría es radiante e inmarcesible.
Pr 8, 17: Yo amo a los
que me aman, / los que madrugan por mí me encuentran.
Si 6, 27: Rastréala,
búscala y la alcanzarás; / cuando la poseas, ya no la sueltes.
Se deja ver
fácilmente por aquellos que la aman.
Mt 7, 7-11: Pedid y os
darán, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán; pues quien pide recibe,
quien busca encuentra, a quien llama le abren. ¿Quién de vosotros, si su hijo
le pide pan, le da una piedra?, ¿o si le pide pescado, le da una culebra? Pues
si vosotros, con lo malo que sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos,
¡cuánto más dará vuestro Padre del cielo cosas buenas a los que se las pidan!
Se adelanta a
manifestarse a los que la desean.
Si 6, 36: Observa quien
es inteligente, y madruga para visitarlo, / que tus pies desgasten sus
umbrales.
Si 39, 5: Se propone
madrugar por el Señor, su creador, y reza delante del Altísimo, / abre la boca
para suplicar pidiendo perdón de sus pecados.
Pues ella misma va
buscando a los que son dignos.
Pr 1, 20-21: La sensatez
pregona por las calles, / en las plazas levanta la voz
Pr 8, 2-23: La sensatez
pregona, / la Prudencia levanta la voz, / en puestos elevados junto al camino,
/ plantada en medio de las sendas, / junto a las puertas, a la boca de la
ciudad, / en los accesos a los portales grita: / A vosotros, caballeros, os
pregono / y dirijo la voz a los plebeyos; / los incautos, aprended sagacidad; /
los necios, aprended a tener juicio. / Escuchad, que hablo sin rodeos, / abro
los labios con sinceridad; / mi paladar repasa la verdad / y mis labios
aborrecen el mal; / todas mis palabras son justas, / ninguna es desatinada ni
tortuosa; / son claras para que el que entiende / y rectas para el que
comprende. / Recibid mi corrección y no plata, / un saber más precioso que el
oro; / porque la sensatez vale más que los corales / y ninguna joya se le puede
comparar. / Yo, Sensatez, soy vecina de la Sagacidad / y consigo el trato de
Reflexión / (odiar el mal es respetar al Señor). / Orgullo y soberbia, mal
camino y boca falsa, / los detesto. / Son míos el consejo y el acierto, / son
míos la prudencia y el valor. / Por mí reinan los reyes / y los príncipes dan
decretos justos, / por mí gobiernan los gobernantes / y los nobles dan
sentencias justas. / Yo amo a los que me aman, / los que madrugan por mí me encuentran.
/ Yo traigo riqueza y gloria, / fortuna sólida y justicia; / mi fruto es mejor
que el oro puro, / mi renta vale más que la plata. / Camino por la vía de la
justicia / y sigo las sendas del derecho, / para legar riquezas a mis amigos /
y colmar sus tesoros. / El Señor me creó como primera de sus tareas, / antes de
sus obras; / desde antiguo, desde siempre fue formada, / desde el principio,
antes del origen de la tierra.
Is 65,1-2: Yo ofrecía
respuesta / a los que no preguntaban, / salía al encuentro / de los que me
buscaban; / decía: “Aquí estoy, aquí estoy· / al pueblo que no invocaba mi
nombre. / Tenía mis manos extendidas / todo el día hacía un pueblo rebelde, /
que andaba por el mal camino, / siguiendo sus antojos.
Is 65, 24: Antes de que
me llamen / yo les responderé, / aún estarán hablando / y los habré escuchado.
Se les muestra
benévola por los caminos.
Si 15, 2: Ella le saldrá
al encuentro como una madre / y lo recibirá como la esposa de la juventud.
1 Jn 4, 10: En esto
consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos
amó y envió a su Hijo para expiar nuestros pecados.
Notas exegéticas.
6 12 La palabra “sabiduría” designa ahora no tanto una doctrina (v.9)
cuanto la verdad divina que brilla a través de aquella y que solicita al hombre
interiormente.
Salmo responsorial
Salmo 63 (62), 1-8
Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios
mío. R/.
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.
¡Como te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida
te alabarán mis labios. R/.
Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R/.
En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con
júbilo. R/.
Textos paralelos.
De David. Cuando estaba en
el desierto de Judá.
1 S 22-24: David marcho de allí a esconderse en el refugio de Adulán.
Cuando se enteraron sus parientes y toda su familia, fueron allá. Se le
juntaron unos cuatrocientos hombres, gentes en apuros o llena de deudas o
desesperados de la vida. David fue su jefe De allí marcho a Mispá, de Moab, …
Dios, tú mi Dios, yo te
busco.
Sal 36, 8-10: ¡Qué inapreciable es tu lealtad, oh dios! / Los humanos
se acogen / a la sombra de tus alas, / se nutren de la enjundia de tu casa, /
les das a beber del torrente de tus delicias; / porque en ti está la fuente
viva, / y a tu luz vemos la luz.
Mi ser tiene sed de ti.
Sal 42, 2: Como ansía la cierva corrientes de agua, / así mi alma te
ansía, oh Dios. / Mi alma está sedienta de Dios, / del Dios vivo: / ¿cuándo
entraré a ver / el rostro de Dios?
Así como te veía en el santuario.
Sal 143, 6: Extiendo hacia ti las manos / y la garganta como tierra
reseca.
Mis labios te alabarán jubilosos.
Sal 36, 9: Se nutren de la enjundia de tu casa, / les das a beber del
torrente de tus delicias.
Notas exegéticas.
63 1 Este salmo ha sido aplicado a David errante por el desierto. Quizá
ha sufrido retoques en función de esta relectura.
63 2 Versiones: “por ti madrugo”.
Segunda lectura.
Lectura de la primera
carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 4,
13-18.
No queremos que ignoréis
hermanos, la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no
tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo
Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto. Esto es lo que
os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros, los que quedemos hasta
la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues el mismo
Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del
cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros,
los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al
encuentro del Señor, por los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.
Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.
Textos paralelos.
Para que no os entristezcáis.
Ef 2, 12: Que entonces vivíais sin Mesías, excluidos de la ciudadanía
de Israel, ajenos a la alianza y sus promesas, sin esperanza y sin Dios en el
mundo.
Col 1, 27: A los cuales quiso Dios dar a conocer la espléndida riqueza
que significa ese secreto para los paganos: Cristo para vosotros, esperanza de
gloria.
Si creemos que Jesús murió y resucitó de la misma manera Dios.
Rm 1, 4: A partir de la resurrección, establecida por el Espíritu Santo
Hijo de Dios con poder.
Rm 8, 11: Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita
en vosotros, el que resucitó a Jesucristo de la muerte dará vida a vuestros
cuerpos mortales, por el Espíritu suyo que habita en vosotros.
Rm 10, 5: Refiriéndose a la justicia de la ley, Moisés escribe: el que
la cumpla vivirá por ella.
Se llevará consigo a quienes murieron en Jesús.
1 Cor 15, 23: Cada uno en su turno: la primicia es Cristo, después,
cuando él vuelva, los cristianos.
1 Cor 15, 51: Os comunico un secreto: no todos moriremos, pero todos
nos transformaremos.
El mismo Señor bajará del cielo con clamor.
2 Ts 1, 7: Pretendiendo ser doctores de la ley, sin saber lo que dicen
ni entender lo que dogmatizan.
Mt 24, 30-31: Entonces aparecerá en el cielo el estandarte del Hijo del
Hombre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán al Hijo del Hombre llegar
en las nubes del cielo, con gloria y poder. Despachará a sus ángeles a reunir,
con un gran toque de trompeta, a los elegidos de los cuatro vientos, de un
extremo a otro del cielo.
Entonces, los que murieron siendo creyentes.
1 Co 15, 32: Si por motivos humanos luché con las fieras en Éfeso, ¿de
qué me sirvió? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana
moriremos.
Jn 14, 2-3: En casa de mi Padre hay muchas estancias; si no os lo
habría dicho, pues voy a prepararos un puesto. Cuando vaya y os lo tenga
preparado, volveré a llevaros conmigo, para que estéis donde yo estoy.
Jn 17, 24: Padre, los que me confiaste, quiero que estén conmigo, / donde yo estoy; para que contemplen
mi gloria; / la que me diste, porque me amaste antes de la creación del mundo.
Después nosotros, los que vivamos.
Dn 7, 13: Seguí mirando, y en la visión nocturna vi venir en las nubes
del cielo una figura humana, que se acercó al anciano y fue presentada ante él.
Notas exegéticas.
4 13 (a) Respondiendo
a inquietudes o dudas de algunos convertidos, que consideraban desfavorecidos a
los difuntos, porque iban a estar ausentes en la venida del Señor, Pablo
reafirma la enseñanza fundamental sobre la resurrección de los muertos, con el
fin de afianzar la fe y la esperanza de todos.
4 13 (b) Lit.:
“los que se han acostado, dormido”. El eufemismo, muy natural, es corriente en
el AT y en el NT, como asimismo entre los griegos. Igualmente la resurrección
es un “despertar”. Otra traducción posible del final del v. 14: “los que
murieron; por Jesús, Dios los llevará consigo.
4 14 La
frase parece rota. Se esperaría: “… de la misma manera creemos que Dios…”.
4 15 (a) Es
difícil precisar el alcance de esta “palabra” (ver quizá Mt 24 que debe
compararse con los vv. 15-17). Quizá sea simplemente un recurso a la autoridad
del Señor; ver Dn 7, 1-13.16.
4 15 (b) Los
que todavía estén con vida en el día de la Parusía, entre los cuales se coloca
Pablo por hipótesis, expresando un deseo, pero no una certeza.
4 16 La
voz de la trompeta, las nubes (características de las teofanías, ver Ex 13, 22)
son rasgos de la literatura apocalíptica.
4 17 (a) Omitido:
“los que quedemos”.
4 17 (b) Para
esta descripción, Pablo es deudor de las imágenes tradicionales de la
apocalíptica judía. La voz, la trompeta, la bajada del cielo y las nubes son
expresiones características. Se trata del revestimiento literario de una
determinada concepción del mundo y de sus relaciones con Dios. Su alcance ha de
ser valorado desde el plano del símbolo, no desde la realidad histórica. La
escena está inspirada en la teofanía del Sinaí de Ex 19, 9-25. En efecto, ya en
el judaísmo, la ultima venida de Dios debería ser semejante a su primera
manifestación solemne.
4 17 (c) Los
muertos serán los primeros en responder a la señal, resucitando. Se les unirán
los que sobrevivan y todos juntos serán llevados al encuentro del Señor; luego
le escoltarán en el juicio que inaugura su reino sin fin. Lo esencial es el
rasgo final: vivir siempre con él. En esto consiste la salvación, la gloria, el
reino que Jesús concede a los que ha elegido.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 1-13
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola:
-Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus
lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco
eran prudentes. Las necias, al tomar la lampara, no se proveyeron de aceite; en
cambio, las prudentes se llevaron aluzas de aceite con las lámparas. El esposo
tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz:
“¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!” Entonces se despertaron todas
aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a
las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero
las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y
nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a
comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al
banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras
vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os
digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.
Textos paralelos.
Lc 12, 35-38: Tened la cintura ceñida y encendidos
los candiles. Imitad a unos que aguardan a que el amo vuelva de una boda, para
abrirle en cuanto llegue y llame. Dichosos los criados a quienes el amo, al
llegar, los encuentre velando: os aseguro que se ceñirá, los hará recostarse a
la mesa y les irá sirviendo. Y si llega al segundo o al tercer turno de vela y
los encuentra así, dichosos ellos.
Mas a medianoche se oyó un grito.
1 Ts 4, 15: Acerca de los difuntos quiero que no
sigáis enla ignorancia, para que no os aflijáis como los demás que no esperan.
Se levantaron y dispusieron sus lámparas.
Pr 13, 9: La luz de los honrados es alegre, / la
lámpara de los malvados se apaga.
Jb 18, 5: La luz del malvado se apaga / y no brilla
la llama de su hogar.
Llegaron las otras vírgenes.
Lc 13, 25: Apenas se levante el amo de casa y cierre
la puerta, os pondréis por fuera a golpear la puerta, diciendo: Señor, ábrenos,
él os contestará. No sé de donde venís.
Os aseguro que no os conozco.
Mt 7, 23: Y yo entonces les declararé: Nunca os
conocí, apartaos de mí, malhechores.
Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.
Mt 24, 42: Así pues, velad porque no sabéis el día
que llegará vuestro Señor.
Mc 13, 33: ¡Atención, estad despiertos, porque no
conocéis el día ni la hora!
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
25 Esta
parábola, como la precedente, se refiere al retraso del Señor. Sin embargo, no
subraya la mala conducta de los siervos (como la anterior), sino el deber de
estar preparado cuando suene el grito que anuncia la llegada del esposo. Las
muchachas son necias o prudentes, como los que construyen sobre roca o bien
sobre arena (7, 24-27).
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.
25 1-13 La era mesiánica presentada en la imagen de una fiesta de bodas, aparece
también en 9, 15; 22, 1-14; cf. Ap 19, 7-9; el encuentro de Cristo-esposo y la
Iglesia-esposa. Mientras llega ese encuentro cada cristiano, y toda la Iglesia,
debe estar vigilante.
1 DIEZ
DONCELLAS QUE forman el cortejo de la novia. // ANTORCHAS: o teas, más
exacto que “lámparas”. // AL ENCUENTRO DEL ESPOSO: varios manuscritos
importantes, y varios escritores de la Iglesia antigua leyeron: “del esposo y
de la esposa”.
5-6 COMO SE RETRASABA EL ESPOSO: ¿De quién, pues, fue la “culpa” de que les
entrara SUEÑO A TODAS? // SE DURMIERON: lit. en imperfecto (puede indicar un
sueño prolongado). // HUBO UN GRITO: lit. grito ha habido (tiempo verbal
griego de perfecto, en vez de aoristo).
9 EL
ACEITE puede simbolizar varias cosas. San Agustín veía en este caso la caridad;
según él, las “cinco necias” se olvidaron de proveerse de caridad; fueron al
encuentro del esposo con el corazón vacío, como quien va a una boda cualquiera.
Para otros intérpretes el aceite = las buenas obras. La respuesta de las “cinco
sensatas”, sería egoísta si solo se tratara de aceite material, pero tiene un
sentido profundo: se trata de salvación o condenación personal¸ y
nadie puede presuponer QUE… OS [LO] COMPRÉIS: ¿a estas horas? Recordemos que el
día para los judíos “comenzaba” al ponerse el sol.
10 BANQUETE:
lit. bodas. // Y SE CANDÓ (lit. fue cerrada con llave) LA PUERTA:
es el dato más dramático de toda la parábola.
11-12 A un cristiano no lo salva automáticamente el hecho de pertenecer
a la Iglesia, comunidad de salvación, ni el estar invitado a la boda celeste.
Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.
25, 1-13 La imagen de Dios esposo se emplea en el Antiguo Testamento para
describir la relación de alianza entre Dios y su pueblo (ver Oseas 2, 4-25;
Ezequiel 16, 23; Jeremías 2-3). En este pasaje de Mateo, Jesús, el Señor,
aunque asume el papel de esposo escatológico; sin embargo, de un modo original
con respecto a la imagen del Antiguo Testamento, los fieles creyentes ocupan
ahora el lugar de vírgenes acompañantes de la esposa, que aguardan la llegada
del Esposo. Catecismo de la Iglesia Católica 672, 796 y 1618.
Catecismo de la Iglesia Católica.
672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del
establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel, que, según
los profetas (Is 11, 1-9) debía traer a todos los hombres el orden definitivo
de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el
tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía
por la “tribulación” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (Ef 5, 16) que afecta
también a la Iglesia (1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1
Jn 2, 18; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (Mt 25, 1-13).
796 El tema de Cristo Esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y
anunciado por Juan Bautista (Jn 3, 29). El Señor se designo a sí mismo como “el
Esposo” (Mc 2, 19). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de
su Cuerpo, como una Esposa “desposada” con Cristo Señor para “no ser con él más
que un solo Espíritu”. Ella es la Esposa inmaculada del Cordero Inmaculado (Ap
22, 17; Ef 1, 4) a la que Cristo “amó y por la que se entregó a fin de
santificarla” (Ef 5, 26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de
la que no cesa de cuidar como de su propio cuerpo (cf. Es 5, 29).
1618 Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el
primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales (Lc 14, 26).
Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han
renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que
vaya (cf. Ap 14, 4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de
agradarle (cf. 1 Co 7, 32), para ir al encuentro del Esposo que viene (cf. Mt
25, 6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que
Él es el modelo.
Concilio Vaticano II.
Aunque la Iglesia, por virtud del Espíritu Santo, se
ha mantenido como esposa fiel de su Señor y nunca ha dejado de ser un signo de
salvación en el mundo, sabe, sin embargo, muy bien que, en el correr de los
siglos, no han faltado entre sus miembros (cf. S. Ambrosio) religiosos o laicos
que han sido infieles al Espíritu Santo. Tampoco, en este tiempo nuestro, se
oculta a la Iglesia hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella
proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio.
Cualquiera que sea el juicio que la historia emita sobre estos defectos, debemos
ser conscientes de ellos y combatirlos con valentía para que no vayan en
detrimento de la difusión del Evangelio. Igualmente, la Iglesia conoce, por su
experiencia de siglos, cuánto tiene continuamente que madurar todavía en el
cultivo de su relación con el mundo. Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia,
como Madre, sin cesar “exhorta a sus hijos a la purificación y renovación para
que brille con mayor claridad el signo de Cristo sobre la faz de la tierra” (C.
Vaticano II, Lumen gentium, 15).
Gaudium et spes, 43.
Los Santos Padres.
Todo este discurso se relaciona con el día del Señor, cuando sean
desvelados los pensamientos secretos de los hombres mediante la investigación
del juicio de Dios, y la verdadera fe en Dios consiga la recompensa de una firme
esperanza. Efectivamente, en la oposición entre las cinco (vírgenes) prudentes
y las cinco necias se establece la división entre los creyentes y los que no
tienen fe, como imagen por la que Moisés recibió los diez mandamientos escritos
en las dos tablas y la doble página, la de la izquierda y la de la derecha.
Allí se encuentra consignado lo perteneciente a cada una de ellas,
estableciendo así la división entre los buenos y los malos, aunque reunidos en
un solo testamento.
Las vírgenes prudentes son las almas que utilizando el tiempo de que
disponen para realizar obras buenas, se han preparado para ir por primera vez
al encuentro del Señor. Las necias, por el contrario, son las almas, relajadas
y perezosas, que solo se han preocupado de las cosas presentes y, olvidando las
promesas divinas, no han hecho crecer ninguna esperanza en la resurrección.
El retraso del esposo es el tiempo del arrepentimiento. El sueño de las
vírgenes que esperan es el descanso de los fieles y la muerte temporal de todos
en el tiempo de la penitencia. El grito de medianoche, entre la ignorancia
general, es la voz de la trompeta que precede a la venida del Señor (cf. 1 Ts
4, 16) y despierta a todos para que vayan al encuentro del Señor. Las lámparas
que se cogen son el retorno de las almas a los cuerpos, y la luz es la
conciencia que resplandece por las buenas obras, encerrada en los pequeños
vasos de los cuerpos.
Nadie puede apoyarse en las obras y méritos ajenos, es necesario que cada
uno compre aceite para su propia lámpara.
Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 27. 1b, pgs. 265-266.
¿Qué significa ir al encuentro con el esposo? Ir con el corazón, esperar
su venida.
Estas cinco y cinco vírgenes son la totalidad de las almas de los
cristianos. Se trata no de cualesquiera almas, sino de las que poseen la fe
católica y parecen tener buenas obras en la Iglesia. Con todo, de ellas, cinco
son prudentes y cinco necias.
Este es el camino excelente, es decir, la caridad, que con razón se halla
significado en el aceite.
Los hombres pueden poner dentro el aceite, pero no pueden crear el olivo.
Tengo aceite; ¿acaso lo creaste tú? Es un don de Dios. Tienes aceite; llévalo
contigo. Algo es, llévalo contigo. Tenlo en tu interior, agrada allí a
Dios.
Igualmente dice a los discípulos: “Estén vuestros lomos ceñidos y
vuestras lámparas encendidas”. En los lomos ceñidos se significan la
virginidad, en las lámparas encendidas, las buenas obras.
¿Qué significa, pues, “les entró el sueño a todas”? Existe otro sueño del
que nadie puede evadirse. ¿No os acordáis de lo que dice el Apóstol: “No
quiero, hermanos, que ignoréis a propósito de los que duermen” (1 Ts 4, 13), es
decir, de los que han muerto? ¿Por qué se les llama durmientes, sino porque en
su día resucitarán? Luego “se durmieron todas”. Sea virgen prudente, sea virgen
necia, todas sufren el sueño de la muerte.
Buscaban lo que había sido su costumbre, es decir, brillar con el aceite
ajeno, caminar a la caza de alabanzas ajenas.
Agustín, Sermones, 93. 1b, pg. 266.
Es necesario que el que desempeña una función sagrada no tenga tacha ni
en el cuerpo ni en el alma.
Como las insensatas no han traído nada, su alma comienza a desdibujarse y
como a apagarse y a ser llevada hacia un delirio, pensando que serán
compadecidas gracias a la virtud de los otros. Por eso son rechazadas cuando
las otras les dicen: “No hay suficiente para nosotras y para vosotros”. La
virtud de cada uno a a duras penas basta para la salvación del alma, porque
incluso los que son sabios cometen transgresiones de muchas maneras.
Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 280. 1b.
Pg. 271-272.
San Jerónimo.
25. 1.2. Por eso el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes. Estas diez vírgenes abarcan a
todos los hombres que parecen creer en Dios y se jactan de su conocimiento de
las Sagradas Escrituras, tanto miembros de la Iglesia como judíos y herejes.
Todos son llamados vírgenes porque se glorían del conocimiento del Dios único y
su espíritu no ha sido violado por múltiples idolatrías. Tienen aceite las
vírgenes que unen a la fe el ornamento de las obras; no tienen aceite las que
parecen profesar la fe en el Señor pero descuidan la práctica de las virtudes.
5.
Como el esposo se hacía esperar. Pues el tiempo que transcurre entre la
primera y la segunda venida del Señor no es breve. Todas se adormecieron, es
decir, murieron, pues la muerte de los santos es llamada sueño. En consecuencia
se dice también se durmieron, porque después serán despertadas.
6. A media noche. De pronto, como en plena noche, cuando todos están tranquilos y el sueño
es más pesado, resonarán el clamor de los ángeles y las trompetas de las
Virtudes que lo preceden anunciando la venida de Cristo. Digamos algo que tal
vez pueda ser útil al lector. Según la tradición judía, Cristo vendrá a media noche,
como en el tiempo de los egipcios, cuando se celebró la Pascua y vino el
exterminador, pasó el Señor sobre las casas y los postes de nuestros dinteles
fueron consagrados por la sangre del cordero. Por eso, pienso, se ha mantenido
la tradición apostólica de que en la vigilia pascual no está permitido despedir
antes de la media noche al pueblo que espera la venida de Cristo.
7.
Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y prepararon sus lámparas. Todas
las vírgenes se levantaron y prepararon cada una su lámpara, es decir los
sentidos, en los que recibían el aceite de la ciencia para alimentar las obras
virtuosas que brillarían ante el verdadero juez.
8.
¿Podríais darnos un poco de aceite…? Al lamentarse de que sus lámparas
se apagan muestran que ellas brillan todavía un poco y, sin embargo, no tienen
la luz indeficiente ni las obras que permanecen para siempre. Si alguien, pues,
tiene un alma virginal y es amante de la pureza no debe contentarse con la
mediocridad que pronto se marchita, se seca en cuanto aparece el calor, sino
que debe buscar las virtudes perfectas para tener la luz eterna.
9.
No va a alcanzar para nosotras y para vosotras. Esta respuesta no está
inspirada por la avaricia sino por el temor. Cada uno recibirá la recompensa
por sus propias obras y en el día del juicio las virtudes de unos no podrán
remediar los vicios de los otros. Y, como en los tiempos de la cautividad de
Babilonia Jeremías no pudo ayudar a los pecadores y se le dice: No ores por
este pueblo (Jeremías 7, 16), así será terrible aquel día en el que cada
uno tendrá que preocuparse por sí mismo.
Id, mejor, donde se vende y compradlo para vosotroas. Este aceite se vende, se compra
a gran precio y se adquiere con mucho esfuerzo. Según nos parece, consiste en
las limosnas, la práctica de todas las virtudes y los consejos de los maestros.
10. Llegó el esposo. Habiendo pasado ya el tiempo de comprar y llegado el día del juicio, no
hay lugar para la penitencia como dice el salmista: “¿Quién te alabará en el
infierno?”. Ya no es posible hacer nuevas obras sino que se verán obligados
a dar cuenta de las de su pasado.
Llegó el esposo. Después del día del juicio ya no hay lugar para las obras de bien y de
justicia.
Señor, Señor, ábrenos. Excelente profesión de fe es, ciertamente, este título del Señor y su
repetición es prueba de su fe. Pero ¿de qué sirve invocar con la voz al que se
niega con las obras?
Os aseguro que no os conozco. El Señor conoce a los qué son suyos y a
quien lo ignora, él lo ignora (2 Tm 2, 19). El Señor no conoce a los
que obran la iniquidad. aunque sean vírgenes y se gloríen de serlo en los dos
sentidos: la pureza del cuerpo y la profesión de la verdadera fe; sin embargo,
porque no tienen el aceite de la ciencia, les basta como castigo el ser ignorados
por el esposo.
13. Vigilad entonces. Siempre te advierto, prudente lector, que no des tu asentimiento a las
interpretaciones supersticiosas y que son dadas brevemente según el gusto de
los que las imaginan, sino considera lo que precede, los textos intermedios y
lo que sigue y relaciona todo lo que está escrito. De aquí que cuando agrega: Vigilad,
porque no sabéis el día ni la hora, comprendamos que todo lo que ha dicho
sobre los dos que estaban en el campo y los dos que estaban moliendo (Mt 24,
40-41), sobre el padre de familia que confió sus bienes a un servidor (Mt 24,
45), y sobre las diez vírgenes (Mt 28, 1-2), son parábolas premonitoras, a fin
de que, dado que nosotros, los hombres, ignoramos el día del juicio, nos
preparemos cuidadosamente la luz de las buenas obras, no sea que el juez venga
sin que nos demos cuenta.
San Agustín.
Aquellas vírgenes simbolizan las almas. En realidad no eran solo cinco,
pues eran símbolo de millares de ellas. Además, ese número cinco comprende
tanto varones como mjures, pues ambos sexos están representados por una mujer,
es decir, por la Iglesia. Y a ambos sexos, esto es, a la Iglesia, se la llama
virgen: Os he desposado con un único varón para presentaros a Cristo cual
virgen casta (2 Cor 11,2).
Pocos poseen la virginidad de la carne, poro todos deben poseer la del
corazón. La virginidad de la carne consiste en la pureza del cuerpo; la del
corazón en la incorruptibilidad de la fe.
Luego las cinco vírgenes simbolizan las almas que han de entrar en el
reino de Dios.
Y no carece de motivo el que se haya elegido el número cinco, porque
cinco son los sentidos del cuerpo conocidísimos de todos. Cinco son las puertas
por las que las cosas entran al alma mediante el cuerpo; o por los ojos, o por
el oído, o por el olfato, o por el gusto, o por el tacto; por uno de ellos
entra cualquier cosa que apetezcas desordenadamente.
Es preciso que te encuentres dentro de aquellas vírgenes. Entonces no
temerás las palabras: “Que nadie entre”. Así se dirá y se hará, pero una vez
que hayas entrado tú. Nadie cerrará la puerta ante tus narices; mas cuando
hayas entrado, se cerrarán las puertas de Jerusalén y se asegurarán sus
cerrojos.
¿Quiénes son las vírgenes necias? También ellas son cinco. Son las almas
que conservan la continencia de la carne, evitando toda corrupción, procedente
de los sentidos que acabo de mencionar. Evitan ciertamente la corrupción, venga
de donde venga, pero no presentan el bien que hacen los ojos de Dios en la
propia conciencia, sino que intentan agradar con él a los hombres, siguiendo el
parecer ajeno. Van a la caza de los favores del populacho y, por lo mismo, se
hacen viles, cuando no les basta su conciencia y buscan ser estimadas por
quienes las contemplan. Evidentemente no llevan el aceite consigo, aceite que
es el hecho de gloriarse, en cuanto que procura brillo y esplendor.
Las necias encienden ciertamente sus lámparas; pare ce que lucen sus
obras, pero decaen en su llama y se apagan, porque no se alimentan con el
aceite interior.
Mas he aquí que el esposo ha de venir; todas se levantarán, pero no todas
han de entrar. Faltarán las obras a las vírgenes necias, por no tener el aceite
de la conciencia, y no encontrarán a quién comprar lo que solían venderles los
aduladores.
Cuando se alejan con el corazón, cuando piensan en tales cosas, cuando
dejan de mirar a la meta y volviéndose atrás recuerdan sus méritos pasados, es
como si fueran a los vendedores; pero entonces ya no encuentran a los
protectores, ya no encuentran a quienes las alababan entonces y las estimulaban
a hacer el bien, no por la fortaleza de la buena conciencia, sino por el
estímulo de la lengua ajena.
Comentario al salmo 147, 10-11. Pg. 1531.
San Juan de Ávila.
Cuando queremos decir una cosa con mucho afecto, la decimos dos veces,
como las doncellas locas. Domine, Domine, aperi nobis (Mt 15, 11).
Lecciones sobre 1 San Juan (I). Lección 17. OC II. Pg. 266.
Encareciónos antes San Juan esta gracia y merced que el Señor nos hizo en
tomarnos por hijos. Podía alguno decir: “Pues, ¿cómo hace el mundo tan poco
caso de nosotros, siendo hijos de Dios?”. A esto dice San Juan: “no os
espantéis; porque el mundo no nos conoce, y no conociéndonos, no es
mucho tenernos en poco. Y ¿sabéis por qué no nos conoce? Porque no conoce a
Dios, que es nuestro Padre. Y el conocer tómase por estimar y hacer
bien, que es manera de hablar de la Escriptura. Como se dice de las virgines
fatuas: No os conozco (cf. Mt 25, 12).
Lecciones sobre 1 San Juan (II). Lección 17. OC II. Pg. 418.
Así, quiso que la palabra poderosa suya se predicase en semejanzas y
bajas comparaciones; y así esta palabra, por la cual tanto nos quiso encomendar
que velásemos, predicónosla en una semejanza, y así nos dice en el Evangelio: Semejante
es el reino de los cielos a diez vírgines (Mt 25, 1-13). – ¿Qué es el reino
de los cielos? – Es la gloria; la cristiandad se llama reino de los cielos. Y
porque hemos de ser semejantes a los que están en el cielo, hemos de hacer la
volutnad de Dios como ellos, y hemos de vivir como ellos, y hemos de ser como
ellos, en las costumbres. Semejante es el reino de los cielos – la
cristandad – a diez vírgines, cinco eran de
ella [s] cuerdas y cinco locas; y parece que esperaban un día que habían de ir
a ciertos desposorios para salir a recebir a un desposado. Ellas eran las que
estaban desposadas con él. – ¿Quién son? La cristiandad, a las cuales dijo el
esposo: “Mirad que estéis aparejadas para entrar conmigo en las bodas, que yo
verné”. – ¿Qué ha de ser el aparejo que han de tener? – Parece que el esposo
era amigo de lumbre; quiere que le aguarden con luz. Catad ahí el aparejo. Las
cinco metieron provisión, tomaron aceite en sus alcuzas; las otras cinco
no se curaron de tomarlo. A media noche, cuando el sueño era más profundo,
suena una gran voz, que debía de ser de trompeta. Despiertan todas. – ¿Qué es?
– Poderosa voz de virtud. Vienen las cuerdas muy galanas, muy compuestas
con sus lámparas encendidas, muy proveídas de aceite. Vienen las necias, las
que no habían sabido conocer su locura, hasta que fue menester la cordura, y
hállanse burladas.
Lo que no allegaste en la mocedad, ¿cómo lo hallarás en la enfermedad? Lo
que no ganaste, lo que no sembraste, ¿cómo lo cogerás? Piger dixit, etc.
No quieren trabajar por el frío; él mendigará el verano (cf. Prov 20,
4). Dénoslo a entender Dios. Hermano, ¿cómo se pasan nuestros días?, ¿en qué
gastamos nuestro tiempo? ¿IUr a la plaza? ¿Volver a comer? ¿Tornar a la plaza y
tornar a cenar? Catad que nos es dado este tiempo para que alleguemos en él;
catad que sí aquí no allegamos, que si en esta vida, que nos es dada para
ganar, no allegamos, mendigaremos en la otra. Si acá no tomamos olio, en la
otra vida no ternemos luz. El esposo es amigo de la luz, ¿y qué tales nos
hallaremos si nos halla a escuras? No nos veamos, Señor, por tu bondad y por
quien tú eres, en tanto trabajo. No nos venga tan grande daño; no pase por
nosotros tan grande engaño, que nos hallemos desproveídos, y que nos hallemos
sin lumbre, y perdamos de entrar con el esposo. Mendigará el que no se
proveyere, y no hallará quien le dé aceite. “Andad, que lo que tenemos es
tasado; no es razón que, por daros a vosotras, nos quedemos nosotras sin él.
Andad, buscá”. No oigan nuestras orejas tal palabra, por tu misericordia.
¡Desdichada de aquel ánima cuyas orejas tal han de oír! ¿No es razón de velar,
no es razón de estar siempre proveídos? “Andá, no tenemos para las nuestras y
vuestras lámparas”.
Ciclo santoral. Sermones de Santos. 10. Santa
Catalina. OC
III. Pgs. 1074-1075.
Está esta semana muy recogido para recebir el Espíritu Santo. Está con
cuidado. Mira aquellos criados que estaban esperando a su señor cuando viniese
de las bodas (Lc 12, 36). No seas como aquellas vírgenes locas y necias (cf. Mt
25, 2ss), no estés dormido ni emborrachado en cosas de este mundo; mas imita a
las vírgenes prudentes en el cuidado y ornato y en tener aceite de misericordia
para ti primero, teniendo mucha cuenta con tu ánima y reformación de tu
corazón. Busca estos días el rincón y guárdalo.
Ciclo temporal. Sermones del Espíritu Santo.
27. Domingo infraoctava de la Ascensión. OC III. Pg. 329.
¿No son ambos religiosos? ¿No están ambos en una cama, en un reposo, en
una contemplación? – Pero si dentro tenían envidia, si deseo de honra, si
malquerencia, y si el corazón carcomido, si no aman a Dios sobre todas las
cosas, e si están sin el olio dentro en el corazón, sin blandura, sin
misericordia para con los prójimos, lámparas son sin aceite (cf. Mt 25,
3) los contemplativos sin caridad. Los que estarán en la atahona [molino
de harina cuya rueda se mueve con caballería] (Mt 24, 41) son los que andáis
tan llenos de ocupaciones y tan olvidados de vosotros mismos, que no tenéis
cuenta con vuestras ánimas y olvidáis las conciencias, como si no hubiese Dios
y como si no tuviésedes ánimas. Dende la mañana entienden en la hacienda, en el
pleito, en la ganancia, en el cómo será esto y cómo aquello.
Ciclo temporal. Sermones de tiempo. Domingo I
de Adviento. OC
III. Pg. 32.
Pero ¡no se hace nada! Habíamos de estar los ojos tan largos esperando
para recibirle, con nuestras lámparas encendidas, con mucho aceite, como buenas
vírgines. Ecce Sponsus veni, exite obviam ei (Mt 25, 6). Cuando el rey
viene a alguna ciudad, no oiréis otra cosa por doquiera que vais sino: “El rey
viene”. Si vas por esta calle: “El rey viene”; si por la otra, “El rey viene”.
Y viene Jesucristo cinco mil veces cada día, desde el cielo a la tierra, tantas
veces como misas se dice en todo el mundo, ¡y estaisos tan tibios que, si viene
a mano, por no dejar de dormir o otra cosa que no pese una paja, no vienes a
verlo a la Iglesia!
Ciclo temporal. Sermones del Santísimo
Sacramento. 41. En la Infraoctava del Corpus. OC III. Pg. 557.
Las doncellas locas por eso no fueron, porque aguardaron a
proveerse tarde dde lo que habían de proveer temprano. Era menester tener
proveído de aceite, y acordaron a la media noche a decir: Daca aceite. A
la burla agora acordáis; proveyérades os con tiempo. Van a llamar a la puerta
del esposo y díceles: En verdad que no os conozco (cf. Mt 25, 8ss). No
es tiempo aquél de socorro. Ya es tarde. Lo que no allegase en la niñez, ¿cómo
lo hallarás en la vejez? ¿Quién guarda allá? Lo que en esta vida no se pide a
Dios, ¿en otra como se hallará? Si no queréis el día del juicio oír: No os
conozco, pedildo ahora. dad a nuestro Señor Dios la gloria antes que
anochezca, antes que os veáis cercados de las tinieblas de la justicia de Dios;
dad gloria a este Señor, y si le habéis ofendido; pedilde perdón; dad a vos
deshonra, que habéis sido malo, que habéis sido traidor y desobediente; y a la
que os ha hecho y hace mil cuentos de bienes, antes que anochezca, llamemos a
nuestra Madre y supliquémosle se acuerde agora para entonces.
Ciclo temporal. Sermones de tiempo. Domingo I
de Adviento. OC
III. Pg. 21-22.
Señor, criásteisla vos, habéisla dado la vida hasta esta hora; sabéis vos
muy bien quien es, y hasta sus más secretos pensamientos son a vos manifiestos;
sabéis lo que ha de hacer, sabéis cuándo ha de morir; sabéis si la habéis de
echar en el infierno y llevar al cielo, ¿y preguntáis quien es aquella?
Declaradnos, Señor, esta vuestra pregunta, porque parece es semejable a la
respuesta terrible que daréis a las vírgines locas: En verdad os digo que no
os conozco (Mt 25, 12).
Ciclo temporal Sermón del Santísimo
Sacramento. Víspera del Corpus. OC III: Pg.455.
Las vírgenes locas no son conocidas de Dios porque no llevaban la unción del olio
de su santísima gracia en los vasos de la conciencia (cf. Mt 25, 12), y
hermoseadas con otras obras, y faltas de caridad. Y porque así como por la
faz conocemos a uno, y la conciencia no buena no es agradable a los ojos de
Dios, dícese que Dios no conoce la tal persona, porque no aprueba la
conciencia, de la cual está ausente la hermosura de la celestial gracia.
Ciclo santoral. Sermones de Nuestra Señora.
Asunción de María. OC III. Pg. 936,
Fuego del cielo venga sobre la hacienda si por entender en ella se ha de
perder el ánima y cuerpo para siempre. Nam quid prodest honini, etc. (cf.
Mt 25, 41), y aquella: Nescio, vos. Et clausa est ianua (Mt 25, 12.10;
Lc 13, 25).
Ciclo temporal. Sermones de tiempo. Domingo
19 después de Pentecostés. OC III: Pg. 290.
Tinieblas exteriores se llaman, porque no habrá Dios apra los consolar, sino para los
castigar. Ideo, candente igne, non videbit lucem, etc. (Mt 22, 13). Ibi
erit fletus, etc.: que llorarán porque nacieron, porque pecaron, porque no
conocieron el tiempo que les fue dado para alcanzar misericordia. Rechinarán y
regañarán con los dientes, porque no remediaron con tiempo tan gran mal, pues
pudieron y fue en su mano. Y entonces, aunque quieras, no podrás, etc.
Ciclo temporal. Sermones de tiempo. Domingo
19 después de Pentecostés. OC III. Pg. 296.
Vigilate itaque. Palabras son tomadas del evangelio de San Mateo, capítulo 23. En romance
dicen: Velad (Mt 25, 13). Pues que así es; pues que se pasa, velad. Dum
medium silentium tenerent onmia, et nox esset. A la medianoche, en lo más
profundo del sueño, de las reales sillas dice el Sabio que vino la
Palabra omnipotente de Dios (cf. Sab 18, 14-15). A la media noche, cuando
dormimos, cuando más fuerza tiene el sueño, en lo profundo de la obscuridad,
envió Dios su palabra.
Ciclo santoral. Sermones de santos. Santa
Catalina. OC
III. Pg. 1073.
Vivid en un santo recelo, si habéis de poner en guarda lo que nuestro
Señor os ha dado; si habéis de ganar cinco talentos con los cinco que os
dieron (cf. Mt 25, 14ss); si habéis de tener óleo en vuestra lámpara (cf.
Mt 25, 1ss), no unos pocos años, sino hasta que suene la voz de la muerte en
vuestras orejas: ¡El Esposo viene, salidlo a recebir!
A una monja, hija suya espiritual. OC IV. Pg. 548.
Así que, señor, ejercítese vuestra merced en esta consideración; haga
cuenta que oye aquella voz: Ecce sponsus venit! Deus ester venit! (Mt
25, 6), y enciérrese dentro de su corazón y ábralo para recebir aquello que de
tal relámpago suele venir. Y pida al mesmo Señor que, por aquella mesma bondad
que tal merced le hizo de ponerse en sus manos, por aquella mesma le dé sentido
para saber estimarlo, reverenciarlo y amarlo como es razón. Importúnele que no
permita Él que esté vuestra merced en presencia de tal Majestad y sin
reverencia, y temor y amor.
A un sacerdote. OC IV. Pg. 42.
Sea, pues, la primera regla de su vida esta, que, en recordando de noche
del sueño, le parezca que oye en sus orejas aquella voz: Ecce sponsus venit,
exite obviam ei! (Mt 25, 6). Y puede haber de recibir a un amigo,
especialmente si es gran señor, tiene suspenso y cuidadoso al que lo ha de
recebir, ¿cuánto más razón es que del todo nos ocupe el corazón este Huésped
que aquel día hemos de recebir, siendo tna alto y tan a nosotros conjunto, que
es adorado de ángeles y hermano nuestro? Y con esta consideración rece sus Horas,
y después póngase de reposo y espacio, a lo menos por hora y media, a más
profundamente considerar quien es el que ha de recebir, y espántese de que un
gusano hediondo haya de tratar tan familiarmente a su Dios, y pregúntele:
Señor, ¿quién te ha traído a manos de un tal pecador y otra vez a destiello y
portal y pesebre de Betlem? (cf. Lc 5, 8).
A un sacerdote. OC IV. Pg. 49.
No conviene fatigar la cabeza con el recogimiento, porque este negocio es
de pura gracia del Señor. Paréceme que antes de la oración de vuestra merced
lea algún libro que trate de lo que quiere después pensar, porque con esto se
recoge un poco el corazón. Y es mal hecho dejar la comunión, aunque falte la
devoción, como quien se quiere llegar al fuego si no etá caliente. Nunca pase
de ocho días, y si hubiere alguna necesidad o mucha hambre de Él, recíbale
alguna vez en la semana. El aparejo ha de ser la buena orden que tenga en toda
la vida y semana, según uno decía, que nunca hacía particular preparación para
comulgar, porque cada día hacía todo lo que podía. Mas bien será que haya más
templanza en la cena la noche antes y particular pensamiento de esta palabra: Ecce
sponsus venit (Mt 25, 6); ecce Rex tuus venit tibi (Mt 21, 5); praeopara
in occursum Dei tui (cf. Sal 58, 6). Y Cristo sea tu luz.
A un desconsolado porque no hallaba la paz
que quería. OC
IV. Pg. 394.
Otro hará esas cosas o vuestra merced otra vez. nunc, domie mi, te
ipsum rege, inspice, et vias tuas diligenter scrutare, et quia parum habes
olei, responde petentibus: Ne forte non sufficiat nobis et vobis? (cf. Mt
25, 9). Y con este temor religioso, aun en lo bueno, y con llamar a nuestro
Señor ex corde, y con que no pierda su estudio, podrá agora pasar este
paso peligroso sin lesión. Lo cual conceda Cristo por su sangre.
A un caballero que fue a estudiar a
Salamanca. OC
IV. Pg. 489.
¡El Altísimo quiere venir a ti! Abrimos luego a quien llama [a] nuestra
puerta, y veces hay que por nuestro mal, ¡y dejamos estar nuestro Señor
llamando a la puerta de nuestro corazón para entrar cargado de bienes, y
hacemos sordos y no le queremos abrir! Justicia terná el día postrero en cerrar
Él la puerta de su misericordia y decir: No os conozco, a los que
llamaren: Señor, Señor, ábrenos (Mt 25, 11s). Pues no es mucho que
desprecie entonces al que agora le desprecia a Él.
A una señora. OC IV. Pg. 219.
Nuestros pecados son muchos; nuestra flaqueza grande, nuestros enemigos,
fuertes, astutos y muchos, y que mal nos quieren, lo que en ello nos va es
perder o ganar a Dios para siempre. ¿Por qué entre tantos peligros estamos
seguros y entre tantas llagas sin dolor de ellas? ¿Por qué no buscamos remedio
antes que anochezca y se cierren las puertas de nuestro remedio, cuando las
doncellas locas den voces y les sea dicho: No os conozco? (Mt 25, 12).
A un señor de estos reinos. OC IV. Pg. 90.
Las doncellas locas, doncellas eran; mas por no tener óleo en sus
vasos, oyeron de la boca del Señor aquella terrible palabra: En verdad
os digo que no os conozco (Mt 25, 12). ¿Y que es el vaso, sino el
corazón? ¿Y qué el óleo, sino el espíritu de la verdad, que
mantiene y ceba las buenas obras, si buenas han de ser delante de Dios?
A una señora. OV IV. Pg. 187.
San Oscar Romero. Homilía.
La hora que la antigua teología llamó con una palabra griega muy
simbólica, la "parusía". Era la palabra griega con que se designaba
el aparecimiento de un Dios oculto o la llegada de un emperador, de un
gobernante a una ciudad y se le preparaba un gran recibimiento. Se le llamaba
la parusía. Aquí también, la Biblia mencionando la venida del Mesías, la
segunda venida a juzgar a la historia. La venida de Cristo cuando viene a
recoger nuestra vida en la hora de nuestra muerte es la parusía, es el
encuentro, es la espera de la vida que va a culminar en un encuentro. Dichoso
si estábamos prevenidos con las lámparas de la fe encendidas con aceite de
caridad y de buenas obras. ¡Ay, de nosotros si a la hora de la parusía Cristo
nos encuentra con la lámpara apagada y sin aceite con el alma en pecado, con la
vida desprevenida!
Homilía 12 de noviembre de 1978.
León XIV. Audiencia. 28 de octubre de 2026. Los documentos del Concilio Vaticano II.
IV. Constitución Gaudium et spes. 7. La relación entre
la fe y la cultura (GS, 53-62)
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y
bienvenidos!
El Concilio
Vaticano II no podía dejar de hablar de la cultura y de sus relaciones con
la fe cristiana. Lo hace en el segundo capítulo de la segunda parte de la Constitución
pastoral Gaudium et spes (GS).
La Iglesia católica siempre se ha preocupado por
acompañar la predicación del Evangelio con la creación de escuelas de todo
tipo, destinadas a promover la formación humana, cultural y espiritual de
hombres y mujeres de los cinco continentes. Las universidades medievales
nacieron, como sabemos, en el seno de la Iglesia, y contribuyeron de manera
decisiva al desarrollo de la civilización occidental. Al mismo tiempo, el
progreso de la cultura y de los conocimientos plantea interrogantes siempre
nuevos y más profundos que estimulan a los creyentes a dar razón de su fe (cf.
1 Pe 3,15-17). Por último, en cuanto expresiones de la dimensión espiritual del
ser humano, las diversas manifestaciones de la cultura contribuyen a abrir las
mentes a las preguntas permanentes sobre el sentido del mundo y de la
existencia humana, preparando así el camino para acoger el Evangelio de
Jesucristo.
La relación entre la fe y la cultura encuentra su
fundamento principal en la Encarnación: si la Palabra divina se hizo carne y
habitó entre nosotros (cf. Jn 1,14), también la fe es una realidad
encarnada, entretejida con la cultura en la que está inmersa. La fe está
llamada, asimismo, a hacerse cultura, es decir, a llegar a la
persona en su entorno vital, constituido por palabras humanas, tradiciones,
sentido religioso, arte y poesía, pensamiento y ciencia. Como solía repetir san
Juan Pablo II, «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente
acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida».
La fe puede encarnarse en cualquier cultura, porque no
se identifica de manera específica con ninguna de ellas. Habita en ellas y
las configura desde dentro según la «forma» de Jesucristo, es decir, mediante
la caridad, el servicio y el reconocimiento filial de la paternidad de Dios.
Así, la Iglesia descubre en las diversas culturas todo lo que hay en ellas de bueno,
bello y verdadero, para encarnar y transmitir el mensaje del Evangelio. Al
mismo tiempo, puesto que ha sido «enviada a todos los pueblos sin distinción de
épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o
nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o
reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad
de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura;
comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes
culturas» (GS,
58).
La Iglesia promueve la cultura porque esta es un bien en
sí misma y un servicio al ser humano y al cumplimiento de su vocación en la
tierra. Por esta razón, Gaudium
et spes exhorta a la comunidad internacional a procurar que todos
puedan acceder a los bienes culturales fundamentales, superando el
analfabetismo y la falta de instrucción. Todos aquellos que tienen
capacidad para acceder a los estudios superiores —afirma con valentía el
Concilio— deben contar con las condiciones necesarias para poder hacerlo
efectivamente. Asimismo, es «deber de todos procurar que se reconozca y
promueva la participación propia y necesaria de la mujer en la vida cultural»
(GS,
60).
Además, Gaudium
et spes sostiene la necesidad de orientar la enseñanza hacia cierta
unidad del saber, aunque las condiciones de vida, al haber cambiado, puedan
hacer más difícil esta tarea (cf. GS,
61). Los cristianos son los primeros que deben esforzarse por realizar esta
unidad sapiencial, ante todo en sí mismos. Aunque hayan recibido de la
Revelación las respuestas a las grandes preguntas de la existencia, esto no los
dispensa de una paciente formación intelectual y cultural. Por el contrario,
sus conocimientos humanos y científicos deben avanzar al mismo paso que los
contenidos de su fe, que han de profundizar continuamente a medida que avanza
su edad y según el nivel de sus estudios.
El Concilio dirige una exhortación particular a los
teólogos: «Los que se dedican a las ciencias teológicas [...] empéñense en
colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo en común sus
energías y puntos de vista. La investigación teológica siga profundizando en la
verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los
hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno conocimiento de la
fe» (GS,
62).
Hermanos y hermanas, la Constitución
Gaudium et spes nos recomienda no vivir la fe con un espíritu de
contraposición u hostilidad hacia el mundo, la cultura y sus expresiones
humanas. Al contrario, nos exhorta con estas palabras: «Vivan los fieles en
muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y esfuércense por
comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la cultura» (GS,
62).
Alcanzar una síntesis madura y responsable entre la
fe y la cultura es, en efecto, una condición necesaria para perseverar
en la vocación cristiana, y también un requisito indispensable para dar
testimonio de la fe ante el mundo y comunicarla a los demás de manera creíble.
Papa León XIV. Angelus. 1 de
noviembre de 2026.
Queridos hermanos y hermanas:
¡Feliz domingo!
La solemnidad de Todos los Santos, que hoy
celebramos, nos invita a experimentar la alegría de esa innumerable familia
de hombres y mujeres que, siguiendo al Señor Jesús, hicieron de su vida un don
a Dios y al prójimo y que, en los diferentes caminos de santificación, anhelaron
«el océano del amor infinito», según una bella expresión del Papa Benedicto XVI
(Carta enc. Spe
salvi, 12).
La liturgia de la Palabra de esta fiesta los describe
como una «muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones,
razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9). Hoy, de hecho, celebramos a todos
los santos: a aquellos que la Iglesia ha reconocido como tales y también a
tantos que no lo han sido, pero que Dios conoce. Como nos recuerda el Evangelio
de hoy (Mt 5,1-12), se trata de pobres de espíritu, pero ricos
en el amor de Dios. Tienen rostros surcados por las lágrimas, pero consolados
en la oración. Son mansos frente a la violencia y recompensados
por el Padre. Hambrientos de justicia y saciados en lo más
profundo de su conciencia. Dispuestos al perdón y abrazados por
la misericordia. Desarmados en el corazón, pero protegidos por
Dios. Constructores de paz, a quienes Dios llama por su nombre. Perseguidos
y ofendidos, pero fuertes en la fe y en la caridad.
Es totalmente cierto que resulta imposible “contar” la
multitud de estos hermanos y hermanas, y no solo en términos numéricos: la
santidad, de hecho, no se puede reducir a ningún cálculo, porque así
es el bien que todos los santos han difundido a su alrededor en el
mundo. Al contemplarlos con admiración, nos preguntamos: estas personas, con
la gracia de Dios, ¿qué hicieron? Esencialmente, gestos y decisiones de
amor, que superan los cálculos de la codicia y la prepotencia del mal que a
veces parece prevalecer. Los santos y las santas son el signo más hermoso y
más fuerte del Reino de Dios que viene; es más —como enseña Jesús—, que ya está
entre nosotros (cf. Lc 17,20-21). Además, esta multitud bienaventurada
abarca los más variados orígenes, culturas y situaciones de vida: la santidad
no es un privilegio para unos pocos, sino una vocación universal que nos
interpela a cada uno de nosotros allí donde vivimos. Este es el mensaje lleno
de esperanza de la fiesta de hoy: Dios ve el bien que nosotros no vemos,
conoce historias que nosotros no conocemos, llega a corazones a los que
nosotros no tenemos acceso.
Que la Virgen María, bienaventurada por haber creído en
la palabra del Señor, acompañe nuestros pasos en el camino de la santidad, para
que no nos cansemos de construir la paz, tanto en los hechos más importantes
como en los más sencillos de la vida cotidiana.
Papa Francisco. Angelus. 12 de noviembre
de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de hoy nos ofrece una historia que se refiere al sentido de
la propia vida. Es la parábola de las diez vírgenes, llamadas a salir al
encuentro del esposo (cf. Mt 25,1-13). Vivir es esto: una gran
preparación para el día, cuando seremos llamados a salir al encuentro de
¡Jesús! En la parábola, sin embargo, de esas diez vírgenes, cinco son
prudentes y cinco necias. Veamos en qué consisten la sabiduría y la necedad. La
sabiduría de la vida y la necedad de la vida.
Todas esas damas de honor están allí para acoger al esposo, es decir,
quieren encontrarse con él, como también nosotros deseamos una feliz
realización de la vida: la diferencia entre la sabiduría y la necedad no
está, pues, en la buena voluntad. Tampoco radica en la prontitud
con la que llegan al encuentro: todas estaban allí. La diferencia
entre las sabias y las necias es otra: la preparación. El texto
dice: las sabias "junto con sus lámparas, tomaron también aceite" (v.
4); las necias, en cambio, no. He aquí la diferencia: el aceite. ¿Y cuál
es una de las características del aceite? Que no se ve: está dentro de
las lámparas, no llama la atención, pero sin él las lámparas no tienen luz.
Nos miramos a nosotros mismos y vemos que nuestra vida corre el mismo
riesgo: tantas veces estamos muy atentos a las apariencias, lo que nos
importa es cuidar bien nuestra imagen, dar una buena impresión ante los demás.
Pero Jesús dice que la sabiduría de la vida está en otra dimensión: en
cuidar aquello que no se ve, pero que es más importante, cuidar el corazón.
El cuidado de la vida interior. Significa saber detenerse para
escuchar el corazón, atender los pensamientos y los sentimientos. ¿Cuántas
veces no sabemos lo que pasó dentro de nuestros corazones ese día? ¿Qué pasa
dentro de cada uno de nosotros? La sabiduría significa saber dar espacio
al silencio, para ser capaces de escuchar a nosotros y a los demás.
Significa saber renunciar al tiempo pasado delante de la pantalla del
teléfono para mirar la luz en los ojos de los demás, en el propio corazón, en
la mirada de Dios hacia nosotros. Significa, no dejarse atrapar por el
activismo, sino dedicar tiempo al Señor, a la escucha de su Palabra.
Y el Evangelio nos da el consejo adecuado para no descuidar el aceite de
la vida interior, "el aceite del alma": nos dice que es
importante prepararlo. Y en el relato, vemos que las vírgenes ya tienen
las lámparas, pero deben preparar el aceite: deben ir a los vendedores,
comprarlo, colocarlo en las lámparas... (cf. vv. 7.9). Así es para nosotros: la
vida interior no se improvisa, no es una cuestión de un momento, de vez en
cuando, de una vez para siempre; la vida interior hay que prepararla
dedicando un poco de tiempo cada día, con constancia, como se hace para
cada cosa importante.
Entonces, podemos preguntarnos: ¿qué estoy preparando en este momento de
la vida? Dentro de mí, ¿qué estoy preparando? Quizá estoy intentando ahorrar
algo, estoy pensando en una casa o en un coche nuevo, en
proyectos concretos... Son cosas buenas, no son cosas feas. Pero, ¿estoy
pensando también en dedicar tiempo al cuidado del corazón, a la oración, al
servicio a los demás, al Señor que es la meta de la vida? En definitiva,
¿cómo está el aceite de mi alma? Que cada uno de nosotros se pregunte lo
siguiente: ¿cómo está el aceite de mi alma? ¿Lo alimento y lo conservo bien?
Que la Virgen nos ayude a custodiar el aceite de la vida interior.
Papa Francisco. Ángelus. 8 de
noviembre de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El pasaje evangélico de este domingo (Mt 25,1-13) nos invita a
continuar la reflexión sobre la vida eterna que iniciamos con motivo de la
Fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de los fieles difuntos. Jesús
narra la parábola de las diez vírgenes invitadas a una fiesta de bodas, símbolo
del Reino de los cielos.
En tiempos de Jesús existía la costumbre de que las bodas se celebraran de
noche; por lo tanto, el cortejo de los invitados debía llevar lámparas
encendidas. Algunas
damas de honor son necias: toman las lámparas, pero no llevan consigo el
aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas también llevan el
aceite. El novio tarda, tarda en llegar y todas se adormentan. Cuando una voz
advierte que el novio está llegando, las necias, en ese momento, se dan cuenta
de que no tienen aceite para sus lámparas; se lo piden a las prudentes, que
responden que no pueden darlo, porque no sería suficiente para todas. Mientras
las necias van a comprar aceite, llega el novio. Las muchachas prudentes entran
con él en el salón del banquete y se cierra la puerta. Las otras llegan
demasiado tarde y son rechazadas.
Está claro que con esta parábola Jesús quiere decirnos que debemos estar
preparados para el encuentro con Él. No solo para el encuentro final, sino
también para los pequeños y grandes encuentros de cada día en vista de ese
encuentro, para el cual no basta la lámpara de la fe, también se
necesita el aceite de la caridad y de las buenas obras. La fe que
verdaderamente nos une a Jesús es la que, como dice el apóstol Pablo, «actúa
por la caridad» (Ga 5, 6). Ser sabios y prudentes significa no
esperar hasta el último momento para corresponder a la gracia de Dios, sino
hacerlo activamente de inmediato, empezar ahora. “Yo ... sí, luego me
convertiré” — “¡Conviértete hoy! ¡Cambia tu vida hoy!” — “Sí, sí: mañana”. Y lo
mismo dice mañana, y así nunca llegará. ¡Hoy! Si queremos estar preparados
para el último encuentro con el Señor, debemos cooperar con él a partir de
ahora y realizar buenas acciones inspiradas en su amor.
Sabemos que, lamentablemente, sucede que nos olvidamos de la meta de
nuestra vida, es decir, la cita definitiva con Dios, perdiendo así el sentido
de la espera y absolutizando el presente. Cuando uno absolutiza el
presente, solo mira el presente, pierde el sentido de la espera, que es
tan hermoso y tan necesario, y también nos saca de las contradicciones del
momento. Esta actitud —cuando se pierde el sentido de la espera— excluye
cualquier perspectiva del más allá: hacemos todo como si nunca tuviéramos que
partir para la otra vida. Y entonces sólo nos preocupa poseer, destacar,
tener una buena colocación... Y cada vez más. Si nos dejamos guiar por
lo que nos parece más atractivo, por lo que me gusta, por la
búsqueda de nuestros intereses, nuestra vida se vuelve estéril; no
acumulamos ninguna reserva de aceite para nuestra lámpara, y se apagará
antes del encuentro con el Señor. Debemos vivir el hoy, pero el hoy que va
hacia el mañana, hacia ese encuentro, el hoy lleno de esperanza. Si, por el
contrario, estamos atentos y hacemos el bien correspondiendo a la gracia de
Dios, podemos esperar serenamente la llegada del novio. El Señor también
puede venir mientras dormimos: esto no nos preocupa, porque tenemos la reserva
de aceite acumulada con las buenas obras de cada día, acumulada con esa
espera del Señor, que venga lo antes posible y que venga para llevarme con Él.
Invoquemos la intercesión de María Santísima, para que nos ayude
a vivir, como hizo ella, una fe activa: esta es la lámpara luminosa con la
que podemos atravesar la noche más allá de la muerte y alcanzar la gran fiesta
de la vida.
Papa Francisco. Angelus. 12 de
noviembre de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este domingo, el Evangelio (cf Mateo 25, 1-13) nos indica las
condiciones para entrar en el Reino de los cielos y lo hace con la parábola de
las diez vírgenes: se trata de las jóvenes que estaban encargadas de acoger y
acompañar al novio en la ceremonia de boda y, como en esa época era costumbre
celebrar de noche, las mujeres estaban equipadas con lámparas. La parábola dice
que cinco de estas vírgenes son prudentes y cinco son necias: de hecho, las
prudentes llevaron con ellas el aceite para las lámparas, mientras que las
necias no lo llevaron. El novio tarda en llegar y todas se adormilaron. A
medianoche se anuncia la llegada del novio; entonces las vírgenes necias se dan
cuenta de que no tenían aceite para las lámparas y se lo piden a las prudentes.
Pero estas responden que no pueden dárselo, porque no habría suficiente para
todas. Mientras las necias van en busca de aceite, llega el novio; las vírgenes
prudentes entran con él en la sala del banquete y se cierra la puerta. Las
cinco necias regresan demasiado tarde, llaman a la puerta, pero la respuesta
es: «En verdad os digo que no os conozco» (v. 12) y se quedan fuera.
¿Qué quiere enseñarnos Jesús con esta parábola? Nos recuerda que debemos
permanecer listos para el encuentro con Él. Muchas veces, en el Evangelio,
Jesús insta a velar y lo hace también al final de este relato. Dice así: «Velad
pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (v. 13). Pero con esta parábola
nos dice que velar no significa solamente no dormir, sino estar preparados;
de hecho, todas las vírgenes se duermen antes de que llegue el novio, pero al
despertarse algunas están listas y otras no. Aquí está, por lo tanto, el
significado de ser sabios y prudentes: se trata de no esperar al último
momento de nuestra vida para colaborar con la gracia de Dios, sino de hacerlo
ya ahora. Sería hermoso pensar un poco: un día será el último. Si fuera
hoy, ¿cómo estoy preparado, preparada? Debo hacer esto y esto… prepararse como
si fuera el último día: esto hace bien.
La lámpara es el símbolo de la fe que ilumina nuestra vida, mientras que el aceite es el
símbolo de la caridad que alimenta y hace fecunda y creíble la luz de la fe.
La condición para estar listos para el encuentro con el Señor no es
solo la fe, sino una vida cristiana rica en amor y caridad hacia el prójimo.
Si nos dejamos guiar por aquello que nos parece más cómodo, por la
búsqueda de nuestros intereses, nuestra vida se vuelve estéril, incapaz de
dar vida a los otros y no acumulamos ninguna reserva de aceite para la
lámpara de nuestra fe; y ésta —la fe— se apagará en el momento de la venida
del Señor o incluso antes. Si en cambio estamos vigilantes y buscamos
hacer el bien, con gestos de amor, de compartir, de servicio al prójimo en
dificultades, podemos estar tranquilos mientras esperamos la llegada del
novio: el Señor podrá venir en cualquier momento, y tampoco el sueño de la
muerte nos asusta, porque tenemos la reserva de aceite, acumulada con las
obras buenas de cada día. La fe inspira a la caridad y la caridad custodia a
la fe.
Que la Virgen María nos ayude a hacer nuestra fe cada vez más operante
por medio de la caridad; para que nuestra lámpara pueda resplandecer ya
aquí, en el camino terrenal y después para siempre, en la fiesta de bodas en el
paraíso.
Papa Francisco. Angelus. 9 de
noviembre de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy la liturgia recuerda la Dedicación de la basílica lateranense, que es
la catedral de Roma y que la tradición define «madre de todas las iglesias de
la ciudad y del mundo». Con el término «madre» nos referimos no tanto al
edificio sagrado de la basílica, sino a la obra del Espíritu Santo que se
manifiesta en este edificio, fructificando mediante el ministerio del obispo de
Roma en todas las comunidades que permanecen en la unidad con la Iglesia que él
preside.
Cada vez que celebramos la dedicación de una iglesia, se nos recuerda
una verdad esencial: el templo material hecho de ladrillos es un signo de la
Iglesia viva y operante en la historia, esto es, de ese «templo
espiritual», como dice el apóstol Pedro, del cual Cristo mismo es «piedra viva
rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios» (1 P 2,
4-8). Jesús, en el Evangelio de la liturgia de hoy, al hablar del templo revela
una verdad sorprendente: que el templo de Dios no es solamente el edificio
hecho con ladrillos, sino que es su Cuerpo, hecho de piedras vivas. En
virtud del Bautismo, cada cristiano forma parte del «edificio de Dios» (1
Cor 3, 9), es más, se convierte en la Iglesia de Dios. El edificio
espiritual, la Iglesia comunidad de los hombres santificados por la sangre de
Cristo y por el Espíritu del Señor resucitado, pide a cada uno de nosotros ser
coherentes con el don de la fe y realizar un camino de testimonio cristiano. Y
no es fácil, lo sabemos todos, la coherencia en la vida, entre la fe y el
testimonio; pero nosotros debemos seguir adelante y buscar cada día en nuestra
vida esta coherencia. «¡Esto es un cristiano!», no tanto por lo que dice, sino
por lo que hace, por el modo en que se comporta. Esta coherencia que nos da
vida es una gracia del Espíritu Santo que debemos pedir. La Iglesia, en el
origen de su vida y de su misión en el mundo, no ha sido más que una comunidad
constituida para confesar la fe en Jesucristo Hijo de Dios y Redentor del
hombre, una fe que obra por medio de la caridad. ¡Van juntas! También hoy la
Iglesia está llamada a ser en el mundo la comunidad que, arraigada en Cristo
por medio del bautismo, profesa con humildad y valentía la fe en Él,
testimoniándola en la caridad.
A esta finalidad esencial deben orientarse también los elementos
institucionales, las estructuras y los organismos pastorales; a esta finalidad
esencial: testimoniar la fe en la caridad. La caridad es precisamente la
expresión de la fe y también la fe es la explicación y el fundamento de la
caridad. La fiesta de hoy nos invita a meditar sobre la comunión de todas las
Iglesias, es decir, de esta comunidad cristiana. Por analogía nos estimula a
comprometernos para que la humanidad pueda superar las fronteras de la
enemistad y de la indiferencia, para construir puentes de comprensión y de
diálogo, para hacer de todo el mundo una familia de pueblos reconciliados entre
sí, fraternos y solidarios. De esta nueva humanidad la Iglesia misma es signo y
anticipación cuando vive y difunde con su testimonio el Evangelio, mensaje de
esperanza y reconciliación para todos los hombres.
Invoquemos la intercesión de María santísima, a fin de que nos ayude a
llegar a ser, como ella, «casa de Dios», templo vivo de su amor.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 6 de
noviembre de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Las lecturas bíblicas de la liturgia de este domingo nos invitan a
prolongar la reflexión sobre la vida eterna, iniciada con ocasión de la
Conmemoración de todos los fieles difuntos. Sobre este punto es neta la diferencia entre quien
cree y quien no cree, o —se podría igualmente decir— entre quien espera
y quien no espera. San Pablo escribe a los Tesalonicenses: «No queremos que
ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no
tienen esperanza» (1 Ts 4, 13). La fe en la muerte y resurrección de
Jesucristo marca, también en este campo, un momento decisivo. Asimismo, san
Pablo recuerda a los cristianos de Éfeso que, antes de acoger la Buena Nueva,
estaban «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2, 12). De hecho, la
religión de los griegos, los cultos y los mitos paganos no podían iluminar
el misterio de la muerte, hasta el punto de que una antigua inscripción
decía: «In nihil ab nihilo quam cito recidimus», que significa: «¡Qué
pronto volvemos a caer de la nada a la nada!». Si quitamos a Dios, si
quitamos a Cristo, el mundo vuelve a caer en el vacío y en la oscuridad. Y
esto se puede constatar también en las expresiones del nihilismo contemporáneo,
un nihilismo a menudo inconsciente que lamentablemente contagia a muchos
jóvenes.
El Evangelio de hoy es una célebre parábola, que habla de diez muchachas
invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del reino de los cielos, de la vida
eterna (cf. Mt 25, 1-13). Es una imagen feliz, con la que sin
embargo Jesús enseña una verdad que nos hace reflexionar; de hecho, de aquellas
diez muchachas, cinco entran en la fiesta, porque, a la llegada del esposo,
tienen aceite para encender sus lámparas; mientras que las otras cinco se
quedan fuera, porque, necias, no han llevado aceite. ¿Qué representa este
«aceite», indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín
(cf. Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo
del amor, que no se puede comprar, sino que se recibe como don, se conserva en
lo más íntimo y se practica en las obras. Aprovechar la vida mortal para
realizar obras de misericordia es verdadera sabiduría, porque, después de
la muerte, eso ya no será posible. Cuando nos despierten para el juicio
final, este se realizará según el amor practicado en la vida terrena (cf. Mt
25, 31-46). Y este amor es don de Cristo, derramado en nosotros por el Espíritu
Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una
lámpara para atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran
fiesta de la vida.
A María, Sedes Sapientiae, pidamos que nos enseñe la verdadera
sabiduría, la que se hizo carne en Jesús. Él es el camino que conduce de esta
vida a Dios, al Eterno. Él nos ha dado a conocer el rostro del Padre, y así nos
ha donado una esperanza llena de amor. Por esto, la Iglesia se dirige a la
Madre del Señor con estas palabras: «Vita, dulcedo, et spes nostra».
Aprendamos de ella a vivir y morir en la esperanza que no defrauda.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 9 de noviembre
de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia nos invita a celebrar hoy la Dedicación de la basílica de San
Juan de Letrán, llamada "madre y cabeza de todas las Iglesias de la urbe y
del orbe". En efecto, esta basílica fue la primera en ser construida
después del edicto del emperador Constantino, el cual, en el año 313, concedió
a los cristianos la libertad de practicar su religión. Ese mismo emperador donó
al Papa Melquíades la antigua propiedad de la familia de los Laterani, y allí
hizo construir la basílica, el baptisterio y patriarquio, es decir, la
residencia del Obispo de Roma, donde habitaron los Papas hasta el período
aviñonés. El Papa Silvestre celebró la dedicación de la basílica hacia el año
324, y el templo fue consagrado al Santísimo Salvador; sólo después del siglo
VI se le añadieron los nombres de san Juan Bautista y san Juan Evangelista, de
donde deriva su denominación más conocida. Esta fiesta al inicio sólo se
celebraba en la ciudad de Roma; después, a partir de 1565, se extendió a todas
las Iglesias de rito romano. De este modo, honrando el edificio sagrado, se
quiere expresar amor y veneración a la Iglesia romana que, como afirma san
Ignacio de Antioquía, "preside en la caridad" a toda la comunión
católica (Carta a los Romanos, 1, 1).
En esta solemnidad, la Palabra de Dios recuerda una verdad esencial: el
templo de ladrillos es símbolo de la Iglesia viva, la comunidad cristiana, que
ya los apóstoles san Pedro y san Pablo, en sus cartas, consideraban como
"edificio espiritual", construido por Dios con las "piedras
vivas" que son los cristianos, sobre el único fundamento que es
Jesucristo, comparado a su vez con la "piedra angular" (cf. 1 Co
3, 9-11. 16-17; 1 P 2, 4-8; Ef 2, 20-22). "Hermanos: sois
edificio de Dios", escribe san Pablo, y añade: "El templo de Dios es
santo: ese templo sois vosotros" (1Co 3, 9.17). La belleza y la
armonía de las iglesias, destinadas a dar gloria a Dios, nos invitan también a
nosotros, seres humanos limitados y pecadores, a convertirnos para formar un
"cosmos", una construcción bien ordenada, en estrecha comunión con
Jesús, que es el verdadero Santo de los Santos.
Esto sucede de modo culminante en la liturgia eucarística, en la que la ecclesia,
es decir, la comunidad de los bautizados se reúne para escuchar la Palabra de
Dios y alimentarse del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En torno a esta doble mesa
la Iglesia de piedras vivas se edifica en la verdad y en la caridad, y es
plasmada interiormente por el Espíritu Santo, transformándose en lo que recibe,
conformándose cada vez más a su Señor Jesucristo. Ella misma, si vive en la
unidad sincera y fraterna, se convierte así en sacrificio espiritual agradable
a Dios.
Queridos amigos, la fiesta de hoy celebra un misterio siempre actual: Dios
quiere edificarse en el mundo un templo espiritual, una comunidad que lo adore
en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23-24). Pero esta celebración también
nos recuerda la importancia de los edificios materiales, en los que las
comunidades se reúnen para alabar al Señor. Por tanto, toda comunidad tiene el
deber de conservar con esmero sus edificios sagrados, que constituyen un
valioso patrimonio religioso e histórico. Por eso, invoquemos la intercesión de
María santísima, para que nos ayude a convertirnos, como ella, en "casa de
Dios", templo vivo de su amor.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 6 de
noviembre de 2005.
El 18 de noviembre de 1965 el concilio
ecuménico Vaticano II aprobó la constitución dogmática Dei
Verbum, sobre la divina revelación, que constituye uno de los pilares
de todo el edificio conciliar. Este documento trata de la Revelación y de su
transmisión, de la inspiración y de la interpretación de la sagrada Escritura y
de su importancia fundamental para la vida de la Iglesia.
Recogiendo los frutos de la renovación teológica precedente, el Vaticano II
pone en el centro a Cristo, presentándolo como "mediador y plenitud de
toda la Revelación" (n. 2). En efecto, el Señor Jesús, Verbo hecho carne,
muerto y resucitado, realizó la obra de salvación, por medio de gestos y
palabras, y manifestó plenamente el rostro y la voluntad de Dios, de modo que
hasta su vuelta gloriosa no se debe esperar ninguna nueva
revelación pública (cf. n. 3). Los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, son los
depositarios del mensaje que Cristo encomendó a su Iglesia, para que se
transmitiera íntegro a todas las generaciones. La sagrada Escritura del Antiguo
y el Nuevo Testamento y la sagrada Tradición contienen este mensaje, cuya
compresión progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo. Esta
misma Tradición permite conocer el canon íntegro de los Libros sagrados y hace
que se comprendan correctamente y sean operantes; así, Dios, que habló a los
patriarcas y a los profetas, no cesa de hablar a la Iglesia y, por medio de
ella, al mundo (cf. n. 8).
La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio; y en su camino se
orienta siempre según el Evangelio. La constitución conciliar Dei
Verbum ha dado un fuerte impulso a la valoración de la palabra de Dios;
de allí ha derivado una profunda renovación de la vida de la comunidad
eclesial, sobre todo en la predicación, en la catequesis, en la teología, en la
espiritualidad y en las relaciones ecuménicas. En efecto, la palabra de Dios,
por la acción del Espíritu Santo, guía a los creyentes hacia la plenitud de la
verdad (cf. Jn 16, 13). Entre los múltiples frutos de esta primavera
bíblica me complace mencionar la difusión de la antigua práctica de la lectio
divina, o "lectura espiritual" de la sagrada Escritura. Consiste
en reflexionar largo tiempo sobre un texto bíblico, leyéndolo y releyéndolo,
casi "rumiándolo", como dicen los Padres, y exprimiendo, por decirlo
así, todo su "jugo", para que alimente la meditación y la
contemplación y llegue a regar como linfa la vida concreta. Para la lectio
divina es necesario que la mente y el corazón estén iluminados por el
Espíritu Santo, es decir, por el mismo que inspiró las Escrituras; por eso, es
preciso ponerse en actitud de "escucha devota".
Esta es la actitud típica de María santísima, como lo muestra
emblemáticamente el icono de la Anunciación: la Virgen acoge al Mensajero
celestial mientras medita en las sagradas Escrituras, representadas
generalmente por un libro que María tiene en sus manos, en su regazo o sobre un
atril. Esta es también la imagen de la Iglesia que ofrece el mismo Concilio en
la constitución Dei
Verbum: "Escucha con devoción la palabra de Dios..."
(n. 1). Oremos para que, como María, la Iglesia sea dócil esclava de la Palabra
divina y la proclame siempre con firme confianza, de modo que "todo el
mundo, (...) oyendo crea, creyendo espere y esperando ame" (ib.).
DOMINGO XXXIII T.
O.
Mientras esperamos el Día de Jesús venimos los domingos a misa.
En misa nos damos cuenta de todas las cosas que Jesús nos ha dado.
Sobre todo de la semilla de la fe.
Él nos la ha dado para que la cuidemos y hagamos crecer.
Y así, como la semilla se convierte en árbol y el árbol da fruta.
Nosotros también tenemos que dar fruta, es decir, portarnos bien.
Señor, ten piedad.-
Porque somos perezosos cuando nos piden ayuda. Señor, ten piedad.
Porque nos cuesta ayudar. Cristo,
ten piedad.
Porque siempre tenemos excusas para ayudar. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por el Papa León, para que siga ayudándonos a
crecer en la fe. Te lo pedimos, Señor.
Por la Iglesia para que nos ayude a dar
fruto. Te lo pedimos, Señor.
Por las niñas y los niños, para que todos
tengamos las mismas oportunidades. Te lo pedimos, Señor.
Por los que mandan, para que ayuden a que el
dinero se reparta bien. Te lo pedimos, Señor.
Por nosotros, para que no seamos perezosos a
la hora de ir a misa, hacer los deberes o ayudar a nuestros padres. Te lo
pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
