Lectura de la profecía de Zacarías 9,
9-10
Esto dice el Señor:
-¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey,
justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna.
Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; romperá el arco
guerrero y proclamará la paz a los pueblos. Su dominio irá de mar a mar, desde
el Río hasta los extremos del país.
Textos
paralelos.
Humilde y montado en
un asno.
Mt 21, 5: Decid a la
Hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica,
en un pollino, hijo de acémila”.
Mt 11,29: Tomad mi
yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis
descanso para vuestras almas.
Mi 5, 9:
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos
de Dios.
Será suprimido el
arco de guerra.
Os 2, 20: Aquel día
haré una alianza en su favor, / con las bestias del campo, / con las aves del
cielo, / y los reptiles del suelo. / Quebraré arco y espada / y eliminaré la
guerra del país, / y haré que duerman seguros.
Él proclamará la paz
a las naciones.
Is 11, 6: Habitará
el lobo con el cordero, / el leopardo se tumbará con el cabrito, / el ternero y
el león pacerán juntos: / un muchacho será su pastor.
Su dominio alcanzará
de mar a mar.
Sal 72, 8: Domine de
mar a mar, / del Gran Río al confín de la tierra.
Notas
exegéticas.
9 9 (a) No en el sentido de que él
administra justicia, sino en el sentido de que será objeto de la “justicia” de
Yahvé, es decir, de su poderosa protección.
9 9 (b) El Mesías será “humilde” (‘anî),
cualidad que So 3, 12 atribuía al pueblo futuro. Renunciando al boato de los
reyes históricos, el rey mesiánico tendrá la antigua montura de los príncipes,
Gn 49, 11; Jc 5, 20; 10, 4; 12, 14. Compárese también con 1 Re 1, 5. Nuestro Señor cumplió esta profecía el
día de Ramos.
9 10 (a) “suprimirá”, griego,
“suprimiré”, hebreo. Las tribus del Norte se unen a Judá en el reino mesiánico,
ver Jr 3, 18.
9 10 (b) Es decir, del Mediterráneo
al mar Muerto y del Éufrates al extremo sur.
Pentecostés dará su pleno sentido a esta expresión.
Salmo
responsorial
Sal 145 (144) 1.8-9.13b-14
R/. Bendeciré
tu nombre por siempre,
Dios
mío, mi rey.
Te
ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré
tu nombre, por siempre jamás.
Día
tras día, te bendeciré
y
alabaré tu nombre por siempre jamás. R/.
El
Señor es clemente y misericordioso,
lento
a la cólera y rico en piedad;
el
Señor es bueno con todos,
es
cariñoso con todas sus criaturas. R/.
Que
todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que
te bendigan tus fieles.
Que
proclamen la gloria de tu reinado,
que
hablen de tus hazañas. R/.
El
Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso
en todas sus acciones.
El
Señor sostiene a los que van a caer,
endereza
a los que ya se doblan. R/.
Textos
paralelos.
Te
ensalzaré, Dios mío, mi Rey.
Sal 44, 5: Mi rey y
mi Dios eres tú, / que das la victoria a Jacob.
Es
Yahvé clemente y misericordioso.
Sal 103, 8: El
Señor es compasivo y misericordioso, / lento a la ira y rico en clemencia.
Bueno
es Yahvé para con todos.
Sal 103, 13: Como
un padre siente ternura por sus hijos, / siente el Señor ternura por los que lo
temen.
Fiel
es Yahvé en todo lo que dice.
Ap 11, 15: Y el
séptimo ángel tocó la trompeta y hubo grandes voces en el cielo: “¡El reino del
mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Cristo, y reinará por los siglos de los
siglos!”.
Sal 94, 18: Cuando
pensaba que iba a tropezar, / tu misericordia, Señor, me sostenía.
Sal 146, 8: El
Señor abre los ojos al ciego, / el Señor endereza a los que ya se doblan, / el
Señor ama a los justos.
Notas exegéticas.
145 Salmo alfabético que toma
prestados segmentos de otros salmos.
145 13 Las versiones conservan el
verso nún, omitido en el hebreo.
Segunda
lectura.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 9.11-13
Hermanos:
Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el
Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu
de Cristo no es de Cristo. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre
los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús
también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita
en vosotros. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir
según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu
dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.
Textos
paralelos.
Mas vosotros no vivís según la carne.
1 Jn 2, 14-16: Os he escrito,
hijos, porque conocéis al Padre. Os he escrito, padres, porque ya conocéis al
que existía desde el principio. Os he escrito, jóvenes, porque sois fuertes y
la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno. No améis
al mundo ni lo que hay en el mundo. si alguno ama al mundo, no está en él el
amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo – la concupiscencia de la carne,
y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero –, eso no procede
del Padre, sino que procede del mundo.
Rm 7, 5-6: Mientras estábamos
en la carne las pasiones pecaminosas, avivadas por la ley, actuaban en nuestros
miembros a fin de que diéramos frutos para la muerte, ahora, en cambio, tras
morir a aquella realidad en la que nos hallamos prisioneros, hemos sido
liberados de la ley, de modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no
la caducidad de la letra.
Y si el Espíritu de aquel
que resucitó.
Rm 5, 12: Por tanto, lo mismo
que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así
la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Dará también la vida a
vuestros cuerpos mortales.
Rm 6, 4: Por el bautismo fuimos
sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre
los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida
nueva.
Rm 8, 11: Y si el Espíritu del
que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó
de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos
mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Pero si con el Espíritu
hacéis morir las obras.
Gn 6, 3: Dijo entonces el
Señor: “Mi espíritu no durará para siempre en el hombre, porque es carne, solo
vivirá ciento veinte años”.
Ga 6, 8: El que siembra para la
carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del
Espíritu cosechará vida eterna.
Ef 4, 22-24: Despojaos del hombre
viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras;
renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana
creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.
Notas
exegéticas:
8 11 La resurrección de los
cristianos se halla en estrecha dependencia de la de Cristo. Y el Padre los
resucitará a su vez por el mismo poder y el mismo don del Espíritu. Esta
transformación se prepara desde ahora en una vida nueva que hace de ellos hijos
a imagen del Hijo, incorporación a Cristo resucitado que se realiza por la fe y
el bautismo.
8 13 Aquí “cuerpo” (soma) es sinónimo de “carne” (sarx) y designa un genero de vida
centrado en uno mismo.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 11, 25-30
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
-Te doy gracias, Padre, Señor
del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos, y se la has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido
bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os
aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo
es llevadero y mi carga ligera.
Textos
paralelos.
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Mt 11, 25-30 |
Lc 10, 21-22 |
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En aquel tiempo,
tomó la palabra Jesús y dijo: -Te doy gracias,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los
sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te
ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al
Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien
el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos
los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre
vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis
descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. |
En aquella hora,
se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: Te doy gracias,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estás cosas a los
sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así
te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce
quién es el hijo, ni quien es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo
se lo quiera revelar. |
Si 51, 1: Te doy gracias, Señor
y Rey / te alabo, oh Dios mi salvador, / a tu nombre doy gracias.
Si 51, 10: Clamé al Señor. “Tú
eres mi Padre, / no me abandones el día de la tribulación, / cuando acosan los
orgullosos y estoy indefenso. / Alabaré tu nombre sin cesar / y te cantaré
himnos de acción de gracias.
Si 51, 12: Por eso te daré
gracias y te alabaré, / bendeciré el nombre del Señor.
Sal 136, 26: Dad gracias al
Dios del cielo: / porque es eterna su misericordia.
Tb 7, 12: Pero Tobías insistió: “No comeré ni beberé
hasta que tomes una decisión sobre lo que te he pedido”. Ragüel respondió: “De
acuerdo. Te la doy por esposa según lo prescrito por la ley de Moisés. Dios
ordena que sea tuya. Recíbela. Desde ahora sois marido y mujer. Tuya es desde
hoy para siempre. Hijo, que el Señor del cielo os ayude esta noche y os conceda
misericordia y paz.
Se las has revelado a la
gente sencilla.
Mt 13. 11: Él les contestó: “A
vosotros se os ha dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos
no”.
Jn 7, 48-49: ¿Hay algún jefe o
fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos
malditos.
1 Co 1, 26-29: Y si no, fijaos
en vuestra asamblea hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni
muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha
escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido
Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo,
lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que
nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
Sí, Padre, pues tal es tu
decisión.
Sb 2, 13: Presume de conocer a
Dios / y se llama a sí mismo hijo de Dios.
Dn 7, 14: A él se le dio poder,
honor y reino. / Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. / Su
poder es un poder eterno, no cesará. / Su reino no acabará.
Nadie conoce al Hijo
sino.
Jn 3, 11: En verdad en verdad
te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto,
pero no recibís nuestro testimonio.
Jn 3, 35: El Padre ama al Hijo y
todo lo ha puesto en su mano.
Jn 10, 15: Igual que el Padre
me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Jn 1, 18: A Dios nadie lo ha
visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado
a conocer.
Venid a mí todos los que
estáis fatigados y sobrecargados.
Ex 33, 14: Respondió el Señor:
“Iré yo en persona y te daré el descanso”.
Si 24, 19: Venid a mí los que
me deseáis, / y saciaos de mis frutos.
Si 51, 27: Ven con vuestros
ojos lo poco que he trabajado, / y qué descanso tan grande he encontrado.
Is 10, 27a: Aquel día, su carga
caerá de tus hombros y su yugo de tu cuello.
Is 28, 12: Quien les había
dicho: / “Esto es el reposo: haced reposar al cansado; / en esto está el
descanso, / – pero no quisieron
escuchar.
Tomad vosotros mi yugo.
Os 10, 11: Efraín había sido
una ternera domesticada, / le gustaba trillar. / Yo pasé mi mano por su fuerte
cerviz: / “Unciré a Efraín, Judá abrirá el surco, / Jacob rastrillará con él”.
Nm 12, 3: Moisés era un hombre
muy humilde, más que nadie sobre la faz de la tierra.
Jr 6, 16: Esto dice el Señor: /
Paraos en los caminos a mirar, / preguntad por las rutas antiguas: / dónde está
el buen camino y seguidlo, / y así encontraréis reposo. / Pero dijeron: “No lo
seguiremos”.
Porque mi yugo es suave.
Pr 3, ,17: Sus caminos son
deleitosos, / todas sus sendas prosperan.
Sal 34,19: El Señor está cerca
de los atribulados, / salva a los abatidos.
Ga 5, 1: Para la libertad nos
ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a
someteros a yugos de esclavitud.
Hch 15, 10: ¿Por qué, pues,
ahora intentas tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos
discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar?
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
11 25 No estando este pasaje en
estrecha conexión con el contexto en que Mt lo ha insertado (ver su lugar
diferente en Lc), “estas cosas” no se refieren a lo que precede, sino que se
deben entender de los “misterios del Reino”, revelados a los “pequeños”, los
discípulos, pero ocultos a los “sabios”, los fariseos y sus doctores.
11 26 Esta expresión evoca la voz del
Padre en el bautismo y la cita de Is 42, 1 en 12, 18.
11 27 La profesión de las relaciones
íntimas con Dios y la invitación a hacerse discípulo evocan no pocos pasajes de
los libros sapienciales. Jesús se atribuye así el papel de la Sabiduría, pero
de una manera eminente, no ya como una personificación, sino como una persona,
“el Hijo” por excelencia del “Padre”. Este pasaje de tono propio de San Juan expresa
en el fondo más primitivo de la tradición sinóptica, lo mismo que en Jn, la
conciencia clara que Jesús tenía de su filiación divina. Su estructura puede
haber sido influida por Si 51 en este tema de las relaciones de privilegio con
Dios.
11 28 Por el peso de la Ley y de las
observaciones farisaicas que la recargan más todavía.
11 29 (a) “yugo de la Ley” es una metáfora
frecuente entre los rabinos la explota ya en el contexto de sabiduría con la
idea de trabajo fácil y aliviador.
11 29 (b) Epítetos clásicos de los
“Pobres” del AT. Jesús reivindica su actitud religiosa y se considera
autorizado para hacerse su maestro de sabiduría, como estaba anunciado del
Siervo. De hecho es para ellos para quienes ha pronunciado las Bienaventuranzas
y otras muchas instrucciones de su Buena Nueva.
11 30 La imagen del yugo, con
raigambre en el AT, designaba por lo general en el judaísmo (Jeremías y Oseas)
la Ley de Dios escrita y oral (Eclesiástico). Este yugo no era siempre
experimentado como una carga, pues la “alegría del yugo” era conocida en el
judaísmo.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
25-27 Quien con plena naturalidad y
normalidad habla es el “Jesús histórico”. No usa fórmulas dogmáticas de Nicea,
Éfeso o Calcedonia, pero dice lo mismo con una cristología indirecta: cuando
habla, vive, actúa, ora, etc., lo hace con la autoconciencia de quien sabe que
es Hijo de Dios en sentido singular y exclusivo. Si el mero apelativo
“hijo” no acredita por sí mismo la identidad con la naturaleza divina del
Padre, la anterior afirmación queda confirmada por la forma como Jesús se
muestra a lo largo de su vida terrena: igual conocimiento, igual poder de hacer
milagros, de perdonar pecados, de juzgar a vivos y muertos, que el que tiene el
Padre.
25 TE ALABO….: comienza una típica berakah
judía (oración de alabanza y acción de gracias). Jesús sabe no solo que es
conocido por Dios, sino que, en cierto modo, es el objeto único del
conocimiento divino; y responde al Padre con esta berakah, proclamando
“las maravillas de Dios” (L. Bouyer). ¿Cuáles son esas maravillas? El
conocimiento de Dios Padre por parte de [LOS] PEQUEÑUELOS (los discípulos), que
por revelación divina han conocido secretos de Dios, ocultos para [LOS] SABIOS
Y ENTENDIDOS (los escribas). La línea de pensamiento es la del Magnificat de
María. Grandes intérpretes de la Biblia, como san Jerónimo o san Agustín,
experimentaron en sí mismos como Dios no revela sus secretos más que a los que
se hacen pequeños. La Sagrada Escritura “me pareció indigna de compararse con
la dignidad de la prosa ciceroniana. Mi hinchazón huía su manera de decir, y mi
agudeza no penetraba en su sentido más profundo. Y, sin embargo, era esa
Escritura cuya inteligencia crece a medida que uno se hace párvulo; pero yo
rehusaba hacerme párvulo: hinchado de orgullo, me parecía grande” (San
Agustín).
26 SÍ, PADRE… TE AGRADÓ: el texto
griego es calco de una frase semítica: sí, el Padre porque así complacencia
hubo en presencia de ti (perífrasis reverencial). Complacencia:
agrado divino; la misma palabra que traducimos por “beneplácito” divino en el
himno de los ángeles en Belén, Lc 2, 14.
27 “La expresión Dios Padre nunca
ha sido revelada a nadie. Cuando el mismo Moisés preguntó a Dios quien era,
escuchó otro nombre (cf. Ex 3, 14). A nosotros se nos ha revelado este nombre
en el Hijo, pues este nombre de hijo implica el nombre nuevo de Padre”
(Tertuliano).
28 VENID: el texto griego usa el
adverbio aquí, con valor y forma de imperativo plural.
LOS QUE… SOBRECARGADOS, los
agobiados bajo la carga de la Ley tal como la interpretaban los “sabios y
entendidos” son, principalmente, los pobres de las Bienaventuranzas, o los
pequeñuelos del v. 25, personas sin prestigio social o religioso, tal vez
incultos y desconocedores de la Ley y, por tanto, según los rabinos, incapaces
de salvarse.
29-30 En contraste, la ley de
Jesús (su YUGO y su CARGA, en términos rabínicos, corrientes en los primeros
siglos) es suave; él la lleva por nosotros. El yugo que imponen los hombres
aplasta y molesta, el yugo de Dios libera. Pero la razón decisiva para aceptar
la invitación al discipulado (APRENDED: adquirir práctica, más que teoría; DE
MÍ, en el trato con el Maestro) no es la enseñanza sino el Maestro que
la imparte: lo más íntimo y secreto de Cristo, su CORAZÓN, está lleno del
espíritu del siervo en Isaías. El verdadero pobre bíblico que
vive las bienaventuranzas, sometido a solo el Padre, en quien solamente confía,
es Jesús, MANSO Y HUMILDE DE CORAZÓN. “¡Quién pudiera tener millones de lenguas
para pregonar por todas partes quién es Jesucristo! Cuán paciente es en
nuestras ofensas, cuán piadoso en llamar a los que van perdidos, cuán madre en
curar las llagas que por apartarse de Él se hicieron, y cuán padre en
proveerlos, guiarlos y favorecerlos!” (san Juan de Ávila). Aun para los
rabinos, Jesús debería entrar en la categoría de los “discípulos de Abrahán”,
que ellos caracterizaban por tres cosas: “una mirada buena, un espíritu manso,
un alma humilde” (Abot 15, 19).
DESCANSO: la paz mesiánica,
síntesis de las promesas divinas; brota del conocimiento íntimo del Padre, que
el Hijo comunica a los que entran en su escuela y toman su yugo juntamente con
él (Schez. Navarro).
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
11, 25 Cristo se refiere principalmente
aquí no a los niños, sino a aquellos que, llenos de confianza filial, aceptan
con humildad a Cristo y sus enseñanzas (los pobres de espíritu, que confían en
la providencia de Dios para proveer a sus necesidades). Al decir “sí” al Padre,
Cristo afirmó su perfecta sumisión a la voluntad del Padre. Cat 153, 544, 2603,
2701, 2785.
11, 27 El Padre trasciende todo el
conocimiento y experiencia humanos; por lo tanto, cualquier esfuerzo humano por
conceptualizarlo queda infinitamente lejos de la realidad. El creyente humilde
que tiene un corazón puro verá el rostro de Dios en Jesucristo, imagen perfecta
del Padre. Cat. 151, 240, 473, 2563, 2779.
11, 29 Cristo es especialmente
compasivo hacia los que sufren y están apesadumbrados. “Nadie se sienta sin
familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia para todos, especialmente
para cuantos están cansados y agobiados” (Familiaris consortio, 85). 459
y 1658.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
544 El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo
acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva
a los pobres” (Lc 4, 18). Los declara bienaventurados porque “de ellos es el
Reino de los cielos” (Mt 5, 3); a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha
dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11,
25). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres;
conoce el hambre (cf. Mc 2, 23-26), la sed (cf. Jn 4, 6-7) y la privación (cf.
Lc 9, 58). Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del
amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25,
31-46).
2603 Los evangelistas han conservado las dos oraciones más explícitas de
Cristo durante su ministerio. Cada una de ellas comienza precisamente con la
acción de gracias. En la primera (cf. Mt 11, 25-27), Jesús confiesa al Padre,
le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los
que se creen doctos y los ha revelado a los “pequeños” (los pobres de las
Bienaventuranzas). Su conmovedor “¡Sí, Padre!”, expresa el fondo de su corazón,
su adhesión al querer del Padre, que fue un eco del “Fiat” de su Madre en el
momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda
la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre “al
misterio de la voluntad” del Padre (cf. Ef 1, 9).
2604 La segunda oración nos la transmite san Juan (cf. Jn 11, 41-42), antes de
la resurrección de Lázaro.
2701 La oración vocal es un elemento indispensable de la vida cristiana. A los
discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su Maestro este les enseña
una oración vocal: el “Padre Nuestro”. Jesús no solamente ha rezado las
oraciones litúrgicas de la sinagoga; los Evangelios nos lo presentan elevando
la voz para expresar su oración personal, desde la bendición exultante del
Padre (cf. Mt 11, 25-26), hasta la agonía de Getsemaní (cf. Mc 14, 36).
2785 [Orar a nuestro padre debe desarrollar en nosotros la disposición
fundamental de] un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como
niños; porque es a “los pequeños” a los que el Padre se revela (Mt 11, 25). “Es
una mirada a Dios y solo a Él, un gran fuego de amor. El alma se hunde y se
abisma allí en la santa dilección [voluntad honesta] y habla con Dios como con su propio Padre,
muy familiarmente, en una ternura, de piedad en verdad entrañables” (S. Juan
Casiano).
240 Jesucristo ha revelado que Dios es “Padre” en un sentido nuevo: no lo es
solo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que
recíprocamente solo es Hijo en relación a su Padre: “Nadie conoce al Hijo sino
el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se
lo quiera revelar” (Mt 11, 27).
2779 Antes de hacer nuestra la primera exclamación de la Oración del Señor,
conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de
“este mundo”. La humildad nos hace reconocer que “nadie conoce al Padre, sino
el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27), es decir “a
los pequeños” (Mt 11, 25). La purificación del corazón concierne a imágenes
paternales o maternales, correspondientes a nuestra historia personal y
cultural, y que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre
trasciende las categorías del mundo creado. Transferir a Él, o contra Él,
nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar
al Padre es entrar en su misterio, tal como es, y tal como el Hijo nos lo ha
revelado.
Concilio Vaticano II
Así como Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza y la
persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para
comunicar a los hombres los frutos de la salvación. Cristo Jesús “a pesar de su
condición divina... se despojo de su rango y tomó la condición de esclavo” (Flp
2, 6) y por nosotros “se hizo pobre a pesar de ser rico” (2 Co 8, 9). También
la Iglesia, aunque necesite recursos humanos para realizar su misión, sin
embargo, no existe para buscar la gloria de este mundo, sino para predicar,
también con su ejemplo, la humildad y la renuncia. Cristo fue enviado por el
Padre “a anunciar la Buena Noticia a los pobres... a sanar a los de corazón
destrozado” (Lc 4, 18), “a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 9, 10).
Del mismo modo la Iglesia abraza con amor a todos los que sufren bajo el peso
de la debilidad humana; más aún, descubre en los pobres y en los que sufren la
imagen de su Fundador pobre y sufriente, se preocupa de aliviar su miseria y
busca servir a Cristo en ellos.
Lumen gentium, 8.
Los Santos Padres.
Jesús alaba y glorifica al Padre, pues ha visto con antelación el
trasvase de la Palabra a los gentiles a causa de la infidelidad de Israel y a
favor nuestro, beneficiados por ello. Da gracias a su Padre, el Señor del cielo
y la tierra, habiéndose encarnado como esclavo. Habla sobre el Placer del Padre
en ocultar el misterio sobre sí mismo a Israel, al pueblo sabio, y revelarlo a
los gentiles, que en un primer momento no entendían nada. Por ello se demuestra
que no olvidó Dios lo que iba a suceder ni fracasó la venida de Cristo en la
finalidad que le había sido dispuesta, sino que Dios lo sabía con antelación y
ordenó con antelación la gracia y el arrepentimiento.
Orígenes, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 239. 1a, pg. 306-307.
“Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí”, no a fabricar el mundo,
no a crear todo lo visible e invisible, no a hacer milagros en el mismo mundo y
a resucitar a los muertos, sino “que soy manso y humilde de corazón”. ¿Quieres
ser grande? Comienza por lo ínfimo. ¿Piensas construir un gran edificio en
altura? Piensa primero en el cimiento de la humildad. Y cuanta mayor mole
pretende alguien imponer al edificio, cuanto más elevado sea el edificio, tanto
más profundo cava el cimiento. Cuando el edificio se construye, sube a lo alto;
pero quien cava cimientos se hunde en la zanja. Luego el edificio se humilla
antes de elevarse y después de la humillación se remonta hasta el remate.
Agustín. Sermón 69. 1a, pg. 309-310.
Efectivamente, os estoy librando de la esclavitud de la Ley, bajo la que
habéis soportado muchos trabajos, pues no podíais cumplirla fácilmente, y
vosotros mismos os procurabais la carga máxima de los pecados, tanto más
cuantas más observancias prácticas os tocaba guardar, en conformidad con la
Ley.
Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 149. 1a,
pg. 310.
San Jerónimo.
25. En aquel tiempo tomando Jesús la palabra dijo: Yo te bendigo (confiteor)
Padre, Señor del cielo y de la tierra. La confesión no siempre significa penitencia,
sino también acción de gracias como leemos muy frecuentemente en los salmos.
Que lo oigan los que acusan falsamente al Salvador de ser no hijo sino criatura
de Dios; él llama a Dios Padre suyo, lo llama Señor del cielo y de la tierra.
Si él también es criatura y la criatura puede llamar Padre a su Creador, fue
una necedad no llamarlo también Señor suyo del cielo y de la tierra, o Padre
suyo y del cielo y de la tierra.
Porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has
revelado a los pequeños. Da gracias y exulta de gozo en su Padre porque ha revelado a los
apóstoles los misterios de su venida, ignorados por los escribas y fariseos,
que se consideran sabios y son inteligentes a sus propios ojos. La Sabiduría
se ha acreditado por sus hijos.
26. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Habla al Padre con ternura para que lleve a buen término los beneficios
comenzados en sus apóstoles.
27.
Todo me ha sido entregado por mi Padre. Entiende en sentido místico al Padre que
entrega y al Hijo que recibe. De otro modo, si queremos entenderlo según
nuestra fragilidad, cuando comienza atener el que recibe, comienza a no tener
el que ha dado. En todas las cosas que le han sido entregadas no hay que
entender el cielo y la tierra, los elementos y lo demás que él mismo hizo y
creó, sino aquellos que por medio del Hijo tienen acceso al Padre, los que
antes fueron rebeldes y luego comenzaron a conocer a Dios.
Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo,
y aquel a quien el Hijo lo quiere revelar. Avergüéncese Eunomio [obispo arriano] que se
jacta de conocer al Padre y al Hijo como ellos se conocen a sí mismos. Pero si
insiste y se consuela en su locura a causa de lo que sigue: y aquel a quien
el Hijo lo quiera revelar, una cosa es conocer lo que se conoce por igualdad
de naturaleza y otra, conocer por la dignación del que revela.
28. Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré. Enorme es el peso del pecado, y
el profeta Zacarías lo atestigua diciendo que la iniquidad está sentada sobre
una mesa de plomo. También se lamenta el salmista diciendo: Mis culpas son
como un peso que supera mis fuerzas. O en todo caso a los que oprimía el
yugo de la Ley, los invita a la gracia del Evangelio.
30.
Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. ¿Cómo puede ser más ligero el
Evangelio que la Ley cuando la Ley condena el homicidio y el Evangelio la ira?
¿Cómo la gracia del Evangelio es más fácil si la Ley castiga el adulterio y el
Evangelio la concupiscencia? En la Ley hay muchos preceptos que según enseña manifiestamente
el Apóstol son imposibles de cumplir. En la Ley se exigen obras y el que las
hace vivirá por ellas. El Evangelio requiere la buena voluntad y aun cuando
esta no alcanzará su efecto, con todo no se verá privada de recompensa. El
Evangelio prescribe hacer lo que podemos: por ejemplo no ceder a la
concupiscencia, lo cual depende de nosotros. La Ley no castiga el deseo de la
voluntad, castiga el efecto: no cometas adulterio. Imagina a una virgen que
durante la persecución ha sido violada. Según el Evangelio, como ella no ha
pecado voluntariamente se la recibe como virgen. Según la Ley, se la rechaza
como corrupta.
San Agustín.
Duro y pesado parece el precepto del Señor, según el cual quien quiera
seguirle ha de negarse a sí mismo. Pero no es duro y pesado lo que manda aquel
que presta su ayuda para que se realice
lo que ordena. Pues también es cierto lo que se dice en el salmo: Por las
palabras de tus labios he seguido los caminos duros (Sal 16, 4). Y es
verdadero también lo que dijo el mismo Señor: Mi yugo es llevadero y mi
carga ligera (Mt 11, 30). El amor hace que sea ligero lo que los preceptos
tienen de duro. Sabemos lo que es capaz de hacer el amor.
Considerad cuánto se fatigan los amantes y, no obstante, no sienten la
fatiga; y mayor es el esfuerzo cuando alguien se lo prohíbe. Si, pues, los
hombres son tales cuales son sus amores, de ninguna otra cosa debe preocuparse
uno en la vida, sino de elegir lo que se ha de amar. Estando así las cosas, ¿de
qué te extrañas de que quien ama a Cristo y quiere seguirlo, por fuerza del
mismo amor se niegue a sí mismo? Si amándose a sí mismo, el hombre se pierde,
negándose se reencuentra al instante.
Sermón 344, 1-2. II, pg. 1011
San Juan de Ávila.
¿Qué cosas escondió Dios a los sabios y prudentes y las reveló a los
chiquillos? Muchas, y una de ellas es la que descubrió a este santo
bienaventurado, San Francisco. Descubrióle este secreto: que lo hizo amigo de
mendigar, de pedir [por] amor de Dios. No ha habido quien tan amigo haya sido
de la pobreza. Descubrióle Dios que era gran arte ésta para venir a tener
grandes riquezas, el mendigar; y no era tanto esto para el cuerpo como para el
ánima; y si bien miramos en ello, no hay día que no vamos a la puerta a
mendigar, diciendo: “Señor, danos pan; pan, Señor”. Panem nostrum, etc. El
pan nuestro de cada día dánosle hoy.
Sermón de San Francisco de Asís, 1.III. Pg. 1044..
¿Quién es este “yo” que tengo que negar? Ese
ser prudente, esa sabiduría, ese pensar que sabéis lo que os cumple, ese pensar
que sois gran letrado y que os lo sabéis vos todo, eso habéis de dejar. Aun si
fuese en hacer zapatos, o en hacer una cosa, o en cualquier otro oficio, bien,
aun en eso sufriese; pero en las cosas que tocan a vuestra salvación, en este
negocio de ir al cielo, es cómo estaréis en la gracia de Dios, cómo ayunaréis,
como rezaréis, no lo podéis saber. Dejar tenéis vuestro saber; en todo lo que
sea de servir a Dios no penséis que lo sabéis; negar tenéis vuestro saber para
haber de entenderlo. No hay medio para que Dios se os descubra y os enseñe qué
cosa es tener amor con Dios y con los prójimos, qué cosa es tener humildad y
castidad y mansedumbre, y para que os enseñe qué es hablar cosas de Dios, sino
negar vuestro saber y arrimaos al saber de Dios. Pensar que no sabéis lo que os
cumple, sino poneros todo en las manos de Dios. pensáis que noes más de hablar.
¡Desventurados de vosotros! Hablamos y no entendemos lo que decimos ini
las cosas que afirmamos. ¡Cuántas veces hablamos del amor de Dios sin saber
que cosa es! ¡Cuántas veces hablamos de la humildad, sin tenerla ni saber qué
es! No podemos apreciar ni tener esas cosas en lo que son. ¿Qué cosa es
caridad, humildad, mansedumbre y todas las cosas que son del espíritu de Dios?
No las entiende el hombre animal sin Dios; todo lo que es dones y frutos del
Espíritu Santo no las alcanza el hombre animal sino ayudado del mismo espíritu
de Dios.
Sermón
de San Francisco de Asís, 1. III.Pg.
1047.
De la soberbia todos los
males, de la humildad todos los bienes. Por el contrario, los desasosiegos de
la soberbia vienen, por vengar, por cumplir con fausto vano. Desdichado del
soberbio que pierde a Dios, pierde el descanso[1]
Sermón
de la Visitación de la Virgen, 9.
III. Pg. 890.
Cristo sea su luz. Y guárdese de saber más por especulación de cosas de
oración que por práctica, que el Señor es maestro de los niños: Et abscondit
se et sua prudentibus (cf. Mt 11, 25).
Carta a un amigo suyo, a quien Dios había llamado por medio de su
predicación a la vida espiritual. IV, pg. 530.
El mesmo que os dice: Omnes, qui laboratis et onerati estis, venite ad
me, et ego reficiam vos (Mt 11, 28). No se asiente en vuestro juicio que
vuestras fuerzas son las que pueden guardar los caminos duros, ni que
pueden vencer tan fuertes enemigos. Como el hombre tiene fuerzas y favores de
Dios, gracia suya, hecha a vos por los merecimientos de Jesucristo, nuestro
Redemptor, ya que conozcáis que es fuerza de Dios, no os engañéis pensando que
os ha sido comunicada por vuestra justicia, por vuestros merecimientos, sino
por los de Jesucristo; que ya no fuera gracia, si por vuestras obras se os
diera (Rm 11, 6).
Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 374.
He aquí que Cristo promete consolación, aun en este mundo, y más valerosa
que la carnal, cierto tanto, que dejan por el mismo. Dice: Venid a mí todos
los que trabajáis y estáis cargados, que yo os recrearé; y: Tomad mi yugo sobre
vosotros, y aprendé de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis
holganza para vuestras ánimas (Mt 11, 28-29). Pues siendo esto así, ¿qué es
la causa por la que los atrae más el delite poco y flaco, y sucio en mano de
mundo que el bueno, mayor y fuerte en mano de Cristo? ¿Quitóle, por dicha,
Cristo el ser deleite por tener en su mano? E ceguedad para llorar, ¡que diga a
voces el mundo: “Catad que faltos”; la carne: “Catad que ensucio”; y el diablo:
“Catad que engaños”; y Cristo: “Catad que hartos; y que haya más que sigan a
quien ensucia y engaña, y falta que a Cristo que harta! Y no miran los ciegos
que los engaña el demonio, como mal mercader que hace muestra, y desvía parte
del paño bueno para vender a escuras lo malo, y da a beber al principio un poco
de vino bueno, para después dar vino que mate.
Exposición de las bienaventuranzas. II, pg. 806.
Si os viene el desconsuelo, compadeceros: que habéis de cumplir la ley de
Dios. Vengaos el consuelo que tiene tanta gracia, y que os dará con que podáis
hacer lo que antes os parecía imposible. Sabed que para imitarlo a Él, todos
tomamos gratiam pro gratia, pellem pro pelle [gracia tras gracia,
pellejo tras pellejo] (Job 10, 11). Modo de hablar de la Escriptura. De
balde recebimos gracia, ¿dónde os viene el temor? El que me quisiere seguir,
tome su cruz y sígame (Mt 16, 24). De ahí hallaréis el consuelo: Venid a
mí los que trabajáis y estáis cargados y yo os descargaré. Mi yugo es suave y
mi carga liviana (Mt 11, 28.30).
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 190.
Y conociendo tú, Señor sapientísimo, como criador nuestro, que nuestra
inclinación es tener descanso y deleite, y que un ánima no puede estar mucho
tiempo sin buscar consolación, buena o mala, nos convidas con los santos
deleites que en ti hay, para que no nos perdamos por buscar deleites en las
criaturas. Voz tuya es, Señor: Venid a mí todos los que trabajáis y estáis
cargados, que yo os recrearé (Mt 11, 28).
Audi, filia (II). I, pg. 558.
Y así convenía que el remediador de los hombres fuese muy humilde, pues
que la raíz de todos los males es la soberbia. Y queriendo dar a entender
cuánto nos convenga esta santa y verdadera humildad. Él se hace particularmente
maestro de ella, y se nos pone por ejemplo de ella, diciendo: Aprended de
mí, que soy manso y humilde corazón (Mt 11, 29); porque, viendo los hombres
a su maestro tan sabio encomendar tan particularmente esta virtud, trabajasen
por la tener; e viendo que un señor tan grande no atribuye el bien a sí mismo,
ninguno haya tan desvariado que tal maldad ose hacer.
Audi, filia (I). I, pg. 452.
Y queriendo dar a entender el Señor cuánto nos convenga tener esta santa
y verdadera humildad, se hace particularmente maestro de ella, y se nos pone
por ejemplo de ella, diciendo: Aprended de mi, que soy manso y humilde de
corazón (Mt 11, 29). Para que, viendo los hombres a un maestro tan sabio
encomendar tan particularmente esta virtud, trabajen por tener, y viendo que un
Señor tan alto no atribuye el bien a sí mismo, ninguno haya tan desvariado que
tal maldad ose hacer.
Audi, filia (II). I, pg. 671.
¿Quién tan humilde como el bendito Señor, que dice: Aprended de mí,
que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Y por eso fue oído según
estaba profetizado en su persona: No quitó el Señor su faz de mí, y cuando
clamé a él me oyó (cf. Sal 21, 5). Y el mismo Señor dice en el Evangelio: Gracias
te hago, Padre, que siempre de oyes (Jn 11, 41-42).
Audi, filia (II). I, pg. 723.
Dice Dios: Aprehended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt
11, 29), y dice mi corazón que no me humille a nadie ni me subjete. Veis aquí
un corazón contrario a Dios. – ¿Por qué me pusiste contrario a ti? – A la fe
pusisteos vos. Porque el hombre perdió la justicia original tenemos este mal, y
pluguiera a Dios que no hubiéramos añadido sobre culpa original.
Plática a las clarisas de Montilla. I, pg. 894.
Estos otros, misericordiosos, que no saben reñir ni enojarse ni hacer mal
a nadie, si no es ya, a cabo de mil años, movidos por solo celo y honra de
Dios, que imitan aquel Señor y anda dando voces: Aprended de mí que soy
manso... (Mt 11, 29). Como gente que se precia de tener maestro, siguen su
mansedumbre, su paciencia, su sufrimiento, su blandura.
Lecciones sobre la Epístola a los Gálatas, II, pg. 90.
Habemos de ser compañeros de Dios, cuanto a la humanidad de Jesucristo: Aprended
de mí... (Mt 11, 29).
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 122-123.
Pues sabed que hemos de imitar a Cristo y hemos de andar como Él anduvo.
Lo primero en obras, lo otro en padecer. Él dijo: Aprended de mí, que soy
manso y humilde corazón (Mt 11, 29).
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 172.
Breve es el puerto que hay que subir en el camino de Dios, y después de
él probamos lo que está escrito: Te guiaré por el camino de la sabiduría;
cuando camines, tus pasos no vacilarán (Prov 4, 11s). Y entonces prueba el
hombre que es suave el yugo de Cristo (Mt 11, 30), pues Él da la mano a
los que han sufrido las tentaciones por Él, y consuela a los llorosos, y
medicina los corazones quebrantados. ¡Dicho trabajo, aunque otro consuelo no
sucediese, sino el que se pasa por tener en pie la bandera de Cristo, queriendo
más sufrir los golpes pesados de la tentación que gozar de la mala paz,
teniendo guerra con Dios!
Carta a un caballero que se fue a estudiar a Salamanca y allí le hicieron
retor (D. Antonio de Córdoba), 1549. IV, pg. 480.
De aquí vernéis a concluir ser verdad lo que dijo Cristo, que su yugo
era suave y su carga ligera (cf. Mt 11, 30), porque andando el hombre
ocupado en este amor, es tan grande placer ver que su amado está lleno de
gloria y que nadie se le puede quitar, que de aquí le nace andar pacífico y
ligero, llevando cualesquiera cargas que se ofrecen con poca pesadumbre, porque
a quien verdaderamente ama, bastante paga le es de sus trabajos ver contento a
su Amado. En este amor estaba ocupado el glorioso Agustino, cuando, preguntado
por Dios que tanto le quería, respondió muy encendido: “Señor, ámaos tanto,
que, si vos fuérades Agustino y yo fuera Dios, os tornara a vos Dios, y me
volviera a mí Agustino”.
Carta a una religiosa. IV, pg. 707.
San Oscar Romero. Homilía.
Queridos hermanos, el mensaje de hoy es precioso y vale la pena que
ahora, viviendo todas las vivencias de nuestra semana; las pobrezas de nuestra
vida, nuestra situación sin trabajo, no con un conformismo que adormece, sino
con la fuerza de lucha que da la fe; pero con una fuerza que se apoya en Dios,
nos acerquemos al altar del Señor. Y allí junto al sacrificio de Cristo, el
Pobre por excelencia, el único que sufrió siendo rico, desnudo en una cruz y
muere necesitado de todo. La pobreza verdadera del que encuentra en Dios su
amparo. En Ti Señor, he puesto mi esperanza y no quedaré nunca confundido. Esta
es la Eucaristía que vamos a celebrar. La Eucaristía de los pobres, la
Eucaristía de los que todo lo confían en Dios, la Eucaristía de los que no
saben odiar sino perdonar. La Eucaristía de los que saben que todos necesitamos
de Dios y pedimos unos por otros, como los pobrecitos del Señor para alcanzar
de Dios la riqueza que solamente da a los sencillos y humildes, y niega a los
soberbios y orgullosos.
Homilía, 9
de julio de 1978.
Papa León XIV. Audiencia general. 24
de junio de 2026. Catequesis
- Los documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 4. El
misterio eucarístico
Papa León XIV. Angelus. 28 de
junio de 2026.
Hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
También en el Evangelio de hoy (Mt 10,37-42), escuchamos
algunas exhortaciones de Jesús para seguirlo y ser testigos de su Reino. No
se trata de actos exteriores, sino de comprometer todo nuestro ser en una
relación de amor con Él. Y para dar fruto, el amor requiere al menos
tres cosas: el desprendimiento, la pérdida y
la hospitalidad.
Ante todo, el desprendimiento. Jesús dice: «El que ama a
su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a
su hija más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). En el momento en que comienza
a enviar en misión a sus apóstoles, el Señor los quiere libres de cualquier
atadura. Pero vale para todos el hecho de que también los afectos más
importantes encuentran su plenitud gracias al amor que Cristo nos da.
Pensemos, por ejemplo, en la vida matrimonial: sólo se la puede vivir
plenamente “dejando” la casa de los padres (cf. Mt 19,6) para
comprometerse en la relación conyugal. Pensemos también en el crecimiento de
los hijos: se les ayuda a realizarse y a ser felices educándolos para valerse
por sí mismos y tomar sus decisiones. Dice san Agustín: «Es cosa triste
perder lo que amas; pero a veces también el agricultor pierde lo que siembra»
(Sermón 330, 2). Sólo “perdiendo” esa semilla, arrojada en la
tierra, podrá verla florecer.
En este sentido, el amor es también pérdida. Nos cuesta
comprenderlo, especialmente en un mundo en el que perder parece ser una
debilidad y se vive obsesionado por tener y poseer. Sin embargo, el amor da
fruto sólo en la entrega: cuando estamos dispuestos a perder un poco de
nuestro yo para hacer espacio al otro, a perder un poco de tiempo para escuchar
a un amigo, a perder un poco de comodidad para compartir una situación de
dificultad. Quien retiene la vida sólo para sí mismo —dice el Evangelio— en
realidad la pierde (cf. v. 39), porque esta no se abre a la alegría del amor y
se vuelve estéril. Por eso Jesús nos invita a abrazar la Cruz: Él se ofreció,
se perdió a sí mismo y, precisamente así, nosotros hemos podido recibir su vida
en abundancia. Del mismo modo, si vivimos en la lógica del don, también
nosotros seremos capaces de engendrar vida nueva en nuestras relaciones.
Y finalmente, la hospitalidad. El amor, en
efecto, se expresa en elecciones y acciones concretas, en un compromiso
hecho de pequeños gestos cotidianos, como el de ofrecer un vaso de agua a
quien tiene sed (cf. v. 42). Jesús, al enviar a sus discípulos delante de Él,
les pide que vayan sin provisiones, es decir, necesitados, porque de este modo
podrán suscitar hospitalidad en aquellos que encuentren a su paso. Y así,
recibiendo a quien viene en nombre de Jesús, lo recibe a Él y al Padre
celestial que lo ha enviado. El amor al Señor pasa siempre por la manera
fraterna en que acogemos a los demás.
Queridos amigos, recemos a la Virgen María, que amó a su Hijo sabiendo
también perderlo; que ella nos ayude a ser testigos humildes y alegres del
amor de Cristo.
Papa León XIV. Angelus. 29 de
junio de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Celebramos hoy la solemnidad
de los santos Pedro y Pablo, patronos de Roma. Esta fiesta recuerda el
vínculo originario que une, en comunión de fe y de caridad, a la Iglesia que
está en Roma con todas las demás Iglesias del mundo.
El testimonio de estos dos Apóstoles es casi un sello del Nuevo Testamento.
La sangre que derramaron en esta ciudad revela hasta dónde llega el amor de
Dios que el Señor Jesús nos ha dado. Sí, por su palabra y su martirio, el
Evangelio de Cristo, por así decirlo, echó raíces en Roma, manifestando
precisamente aquí, en la capital del imperio, su capacidad de renovación: un
nuevo conocimiento de Dios y de la infinita dignidad de todo ser humano, una
nueva experiencia de la fuerza, no como dominio, sino como servicio a la vida.
También hoy el Señor, muerto y resucitado por amor, se hace presente
en sus testigos; llega a los centros y a las periferias, a las capitales y a
las regiones más remotas, con las voces, los rostros y las decisiones valientes
de quienes han respondido a su invitación: “¡Sígueme!”. Así, este día de
fiesta nos involucra en la misión de Pedro y Pablo, es decir, en la misión de
Jesús mismo. Dios confía en nosotros, que somos pecadores perdonados por Él,
en nosotros, que no somos perfectos, para que brille en nuestras historias su
gracia y se revele su fuerza, que transforma el mal en bien.
Queridos amigos, quizá Pedro y Pablo no podrían haber sido más distintos el
uno del otro. Distintos por procedencia, por formación, por carácter; no sólo
antes, sino también después de haber sido llamados, y su único Señor no los
uniformó. El Evangelio es comprendido y anunciado por cada uno de ellos con un
acento específico; y el Espíritu Santo, inspirando a los autores bíblicos,
quiso que no se ocultaran sus divergencias, que de hecho se nos narran como una
buena noticia. En el colegio de los Apóstoles, Pedro y Pablo no fueron, sin
embargo, adversarios. Al contrario, llegaron a ser casi el símbolo de muchas
otras diversidades que el único Espíritu compone en unidad. Así, los patronos
de la Iglesia de Roma vivieron el trabajo intenso de la comunión, la conocieron,
la sirvieron y la anunciaron como sacramento de la vida divina. Su testimonio
contribuyó de manera determinante a que la presencia cristiana en la historia
esté orientada no al dominio, sino al servicio, a la unidad y a la
reconciliación.
Que el Señor nos conceda, por intercesión de los santos Pedro y Pablo,
apreciar cada vez más la catolicidad de la Iglesia, reconocer su valor al
servicio del encuentro fraterno entre las personas y los pueblos, evitar todo
lo que desgasta o hiere la comunión, perseverar en el camino ecuménico y en el
diálogo atento y franco con todos.
María, Reina de los Apóstoles, proteja siempre al Pueblo de Dios, en Roma y
en el mundo entero.
Papa Francisco. Angelus. 9 de
julio de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, el Evangelio contiene una oración muy hermosa de Jesús, que se dirige
al Padre diciendo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber
ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los
pequeños» (Mt 11,25). ¿A qué cosas se refiere Jesús? ¿Y quiénes son
estos pequeños a los que tales cosas han sido reveladas? Detengámonos en esto:
en las cosas por las que Jesús alaba al Padre y en los pequeños que saben
acogerlas.
Las cosas por
las que Jesús alaba al Padre. Poco antes, el Señor ha recordado algunas de sus
obras: «Los ciegos ven […] los leprosos son purificados […] y la Buena Noticia
es anunciada a los pobres» (Mt 11,5); y ha revelado su significado
diciendo que son los signos del obrar de Dios en el mundo. El mensaje,
entonces, está claro: Dios se revela liberando y sanando al hombre -no
olvidemos esto: Dios se revela liberando y sanando al hombre- y lo hace con
un amor gratuito, un amor que salva. Por esto Jesús alaba al
Padre, porque su grandeza consiste en el amor y no actúa nunca fuera del amor.
Pero esta grandeza en el amor no es comprendida por quien
presume de ser grande y se fabrica un dios a su propia imagen: un dios potente,
inflexible, vengativo. En otras palabras, estos presuntuosos no consiguen
acoger a Dios como Padre; quien es orgulloso y está lleno de sí mismo,
preocupado solo por sus propios intereses -estos son los
presuntuosos-, está convencido de que no necesita a nadie. Jesús nombra, a este
respecto, a los habitantes de tres ciudades ricas de aquel tiempo: Corozaín,
Betsaida y Cafarnaúm, donde ha realizado numerosas curaciones, pero
cuyos habitantes han permanecido indiferentes a su predicación. Para ellos, los
milagros han sido tan solo eventos espectaculares, útiles para ser noticia
y alimentar las charlas; una vez agotado este interés pasajero, los han dejado
de lado, quizá para ocuparse de otra novedad del momento. No han sabido
acoger las grandes cosas de Dios.
Los pequeños,
en cambio, saben acogerlas, y Jesús alaba al Padre por ellos: “Te alabo”
-dice- porque has revelado el Reino de los Cielos a los pequeños. Lo alaba por
los simples, que tienen el corazón libre de la presunción y del amor propio.
Los pequeños son aquellos que, como los niños, se sienten necesitados y no
autosuficientes, están abiertos a Dios y dejan que sus obras los asombren.
¡Ellos saben leer sus signos y maravillarse por los milagros de su amor! Yo
os pregunto a cada uno de vosotros, y también a mí mismo: ¿nosotros sabemos
maravillarnos de las cosas de Dios, o las tomamos como cosas pasajeras?
Hermanos y hermanas, nuestra vida, si lo pensamos bien, está
llena de milagros: llena de gestos de amor, signos de la bondad de Dios.
Sin embargo, ante ellos, también nuestro corazón puede acostumbrarse y
permanecer indiferente, curioso pero incapaz de asombrarse, de dejarse
“impresionar”. Un corazón cerrado, un corazón blindado, no tiene capacidad
para sorprenderse. ‘Impresionar’ es un bonito verbo que hace pensar en la
película de un fotógrafo. Esta es la actitud correcta ante las obras de Dios: fotografiar
en la mente sus obras para que se impriman en el corazón, a fin de
revelarlas en la vida mediante muchos gestos de bien, de modo que la
“fotografía” de Dios-amor se haga cada vez más luminosa en nosotros y a través
de nosotros.
Y ahora preguntémonos, todos nosotros: en la marea de noticias que nos
sumerge, ¿sé detenerme en las grandes cosas de Dios, las que Dios hace, como
nos muestra Jesús hoy? ¿He perdido la capacidad de asombrarme? ¿Me dejo
maravillar como un niño por el bien que cambia el mundo silenciosamente, o he
perdido la capacidad de asombrarme? ¿Y bendigo al Padre cada día por sus obras?
Que María, que exultó en el Señor, nos haga capaces de asombrarnos de su amor y
de alabarlo con simplicidad.
Papa Francisco. Angelus. 5 de julio
de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El pasaje evangélico de este domingo (cfr. Mt 11, 25-30)
está dividido en tres partes: primero Jesús alza un himno de
bendición y de agradecimiento al Padre, porque ha revelado a los pobres y a
los sencillos el misterio del Reino de los cielos; después desvela la
relación íntima y singular que hay entre Él y el Padre; y finalmente invita
a acudir a Él y a seguirlo para encontrar alivio.
El primer lugar, Jesús alaba al Padre, porque ha ocultado los
secretos de su Reino, de su verdad, «a sabios e inteligentes» (v. 25). Los
llama así con un velo de ironía, porque presumen que son sabios, inteligentes,
y por tanto tienen el corazón cerrado, muchas veces. La verdadera
sabiduría también viene del corazón, no es solamente entender ideas: la
verdadera sabiduría entra también en el corazón. Y si tú sabes muchas cosas
pero tienes el corazón cerrado, tú no eres sabio. Jesús dice que los misterios
de su Padre han sido revelados a los «pequeños», a los que se abren con
confianza a su Palabra de salvación, abren el corazón a la Palabra de
salvación, sienten la necesidad de Él y esperan todo de Él. El corazón
abierto y confiado hacia el Señor.
Después, Jesús explica que ha recibido todo del Padre, y lo llama
«mi Padre», para afirmar la unicidad de su relación con Él. De hecho, solo
entre el Hijo y el Padre hay total reciprocidad: el uno conoce al otro, el
uno vive en el otro. Pero esta comunión única es como una flor que brota, para
revelar gratuitamente su belleza y su bondad. Y de aquí la invitación de
Jesús: «Venid a mí…» (v. 28). Él quiere donar lo que toma del Padre.
Quiere donarnos la verdad, y la verdad de Jesús es siempre gratuita: es un don,
es el Espíritu Santo, la Verdad.
Como el Padre tiene una preferencia por los «pequeños», también Jesús se
dirige a los «fatigados y sobrecargados». Es más, se pone Él mismo en medio de
ellos, porque Él es el «manso y humilde de corazón» (v. 29), así dice que es.
Como en la primera y en la tercera bienaventuranza, la de los humildes o pobres
de espíritu; y la de los mansos (cfr. Mt 5, 3-5): la
mansedumbre de Jesús. Así Jesús, «manso y humilde», no es un modelo para los
resignados ni simplemente una víctima, sino que es el Hombre que vive «de
corazón» esta condición en plena trasparencia al amor del Padre, es decir al
Espíritu Santo. Él es el modelo de los «pobres de espíritu» y de todos los
otros “bienaventurados” del Evangelio, que cumplen la voluntad de Dios y
testimonian su Reino.
Y después, Jesús dice que si vamos a Él encontraremos descanso: el «descanso»
que Cristo ofrece a los cansados y oprimidos no es un alivio solamente
psicológico o una limosna donada, sino la alegría de los pobres de ser
evangelizados y constructores de la nueva humanidad. Este es el alivio: la
alegría, la alegría que nos da Jesús. Es única, es la alegría que Él
mismo tiene. Es un mensaje para todos nosotros, para todos los hombres de buena
voluntad, que Jesús dirige todavía hoy en el mundo, que exalta a quien se hace
rico y poderoso. Cuántas veces decimos: “¡Ah, quisiera ser como ese, como esa,
que es rico, tiene mucho poder, no le falta nada!”. El mundo exalta al rico y
poderoso, no importa con qué medios, y a veces pisando a la persona humana y su
dignidad. Y esto lo vemos todos los días, los pobres pisados. Y es un mensaje para
la Iglesia, llamada a vivir las obras de misericordia y a evangelizar a los
pobres, a ser mansos, humildes. Así el Señor quiere que sea su Iglesia, es
decir nosotros.
María, la más humilde y la más alta entre las criaturas, implore a Dios
para nosotros la sabiduría del corazón, para que sepamos discernir sus signos
en nuestra vida y ser partícipes de esos misterios que, ocultos a los
soberbios, son revelados a los humildes.
Papa Francisco. Angelus. 9 de
julio de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
¡Buenos días!
En el Evangelio de hoy Jesús dice: «Venid a mí todos los que estáis
fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mateo 11, 28).
El Señor no reserva esta frase para alguien, sino que la dirige a “todos” los
que están cansados y oprimidos por la vida. ¿Y quién puede sentirse excluido en
esta invitación? Jesús sabe cuánto puede pesar la vida. Sabe que
muchas cosas cansan al corazón: desilusiones y heridas del pasado, pesos que
hay que cargar e injusticias que hay que soportar en el presente,
incertidumbres y preocupaciones por el futuro.
Ante todo esto, la primera palabra de Jesús es una invitación a moverse
y reaccionar: “venid”. El error, cuando las cosas van mal, es permanecer
donde se está, tumbado ahí. Parece evidente, pero ¡qué difícil es
reaccionar y abrirse! No es fácil. En los momentos oscuros surge de
manera natural estar con uno mismo, pensar en cuánto sea injusta la vida, en
cuánto son ingratos los demás y qué malo es el mundo y demás. Algunas veces
hemos padecido esta fea experiencia. Pero así, cerrados dentro de nosotros,
vemos todo negro. Entonces incluso llega a familiarizarse con la tristeza,
que se hace de casa: esa tristeza que nos postra, es una cosa fea esta
tristeza. Jesús en cambio quiere sacarnos fuera de estas “arenas
movedizas” y por eso dice a cada uno: “¡ven!” —“¿Quién?”— “tú, tú,
tú...”. La vía de salida está en la relación, en tender la mano y en levantar
la mirada hacia quien nos ama de verdad.
Efectivamente salir solo no basta, es necesario saber dónde ir. Porque
muchas metas son ilusorias: prometen descanso y distraen solo un poco, aseguran
paz y dan diversión, dejando luego en la soledad de antes, son “fuegos
artificiales”. Por eso Jesús indica dónde ir: “venid a mí”. Muchas veces,
ante un peso de la vida o una situación que nos duele, intentamos hablar con
alguien que nos escuche, con un amigo, con un experto... Es un gran bien hacer
esto, ¡pero no olvidemos a Jesús! No nos olvidemos de abrirnos a Él y
contarle la vida, encomendarle personas y situaciones. Quizás hay
“zonas” de nuestra vida que nunca le hemos abierto a Él y que han permanecido
oscuras, porque no han visto nunca la luz del Señor. Cada uno de nosotros
tiene la propia historia. Y si alguien tiene esta zona oscura, buscad a Jesús,
id a un misionero de la misericordia, id a un sacerdote, id... Pero id a
Jesús, y contadle esto a Jesús. Hoy Él dice a cada uno: “¡Ánimo, no te
rindas ante los pesos de la vida, no te cierres ante los miedos y los pecados,
sino ven a mí!”. Él nos espera, nos espera siempre, no para resolvernos
mágicamente los problemas, sino para hacernos fuertes en nuestros problemas.
Jesús no nos quita los pesos de la vida, sino la angustia del corazón;
no nos quita la cruz, sino que la lleva con nosotros. Y con Él cada peso se
hace ligero (cf. v. 30) porque Él es el descanso que buscamos. Cuando
en la vida entra Jesús, llega la paz, la que permanece en las pruebas, en los
sufrimientos. Vayamos a Jesús, démosle nuestro tiempo, encontrémosle
cada día en la oración, en un diálogo confiado y personal;
familiaricemos con su Palabra, redescubramos sin miedo su perdón, saciémonos
con su Pan de vida: nos sentiremos amados y consolados por Él. Es Él mismo
quien lo pide, casi insistiendo. Lo repite una vez más al final del Evangelio
de hoy: «Aprended de mí [...] y hallaréis descanso para vuestras almas»
(v. 29). Aprendamos a ir hacia Jesús y, mientras que en los meses estivales
buscamos un poco de descanso de lo que cansa al cuerpo, no olvidemos encontrar
el verdadero descanso en el Señor. Nos ayude en esto la Virgen María
nuestra Madre, que siempre cuida de nosotros cuando estamos cansados y
oprimidos y nos acompaña a Jesús.
Papa Francisco. Angelus. 6 de
julio de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de este domingo encontramos la invitación de Jesús. Dice
así: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,
28). Cuando Jesús dice esto, tiene ante sus ojos a las personas que encuentra
todos los días por los caminos de Galilea: mucha gente sencilla, pobres,
enfermos, pecadores, marginados... Esta gente lo ha seguido siempre para
escuchar su palabra —¡una palabra que daba esperanza! Las palabras de Jesús dan
siempre esperanza— y también para tocar incluso sólo un borde de su manto.
Jesús mismo buscaba a estas multitudes cansadas y agobiadas como ovejas sin
pastor (cf. Mt 9, 35-36) y las buscaba para anunciarles el
Reino de Dios y para curar a muchos en el cuerpo y en el espíritu. Ahora los
llama a todos a su lado: «Venid a mí», y les promete alivio y consuelo.
Esta invitación de Jesús se extiende hasta nuestros días, para llegar a
muchos hermanos y hermanas oprimidos por precarias condiciones de vida, por
situaciones existenciales difíciles y a veces privados de válidos puntos de
referencia. En los países más pobres, pero también en las periferias de los
países más ricos, se encuentran muchas personas cansadas y agobiadas bajo el
peso insoportable del abandono y la indiferencia. La indiferencia: ¡cuánto
mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y peor, ¡la
indiferencia de los cristianos! En los márgenes de la sociedad son muchos
los hombres y mujeres probados por la indigencia, pero también por la
insatisfacción de la vida y la frustración. Muchos se ven obligados a emigrar
de su patria, poniendo en riesgo su propia vida. Muchos más cargan cada día
el peso de un sistema económico que explota al hombre, le impone un «yugo»
insoportable, que los pocos privilegiados no quieren llevar. A cada uno de
estos hijos del Padre que está en los cielos, Jesús repite: «Venid a mí, todos
vosotros». Lo dice también a quienes poseen todo, pero su corazón está vacío y
sin Dios. También a ellos Jesús dirige esta invitación: «Venid a mí». La
invitación de Jesús es para todos. Pero de manera especial para los que sufren
más.
Jesús promete dar alivio a todos, pero nos hace también una invitación, que
es como un mandamiento: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que
soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). El «yugo» del
Señor consiste en cargar con el peso de los demás con amor fraternal. Una
vez recibido el alivio y el consuelo de Cristo, estamos llamados a su vez a
convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y
humilde, a imitación del Maestro. La mansedumbre y la humildad del corazón
nos ayudan no sólo a cargar con el peso de los demás, sino también a no cargar
sobre ellos nuestros puntos de vista personales, y nuestros juicios, nuestras
críticas o nuestra indiferencia.
Invoquemos a María santísima, que acoge bajo su manto a todas las personas
cansadas y agobiadas, para que a través de una fe iluminada, testimoniada en la
vida, podamos ser alivio para cuantos tienen necesidad de ayuda, de ternura, de
esperanza.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 3 de
julio de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy en el Evangelio el Señor Jesús nos repite unas palabras que conocemos
muy bien, pero que siempre nos conmueven: «Venid a mí todos los que estáis
cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis descanso para
vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,
28-30). Cuando Jesús recorría los caminos de Galilea anunciando el reino de
Dios y curando a muchos enfermos, sentía compasión de las muchedumbres, porque
estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,
35-36). Esa mirada de Jesús parece extenderse hasta hoy, hasta nuestro
mundo. También hoy se posa sobre tanta gente oprimida por condiciones de
vida difíciles y también desprovista de válidos puntos de referencia para
encontrar un sentido y una meta a la existencia. Multitudes extenuadas
se encuentran en los países más pobres, probadas por la indigencia; y
también en los países más ricos son numerosos los hombres y las mujeres
insatisfechos, incluso enfermos de depresión. Pensemos en los
innumerables desplazados y refugiados, en cuantos emigran arriesgando
su propia vida. La mirada de Cristo se posa sobre toda esta gente,
más aún, sobre cada uno de estos hijos del Padre que está en los cielos, y
repite: «Venid a mí todos…».
Jesús promete que dará a todos «descanso», pero pone una condición: «Tomad
sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». ¿En qué consiste este «yugo», que en
lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia? El «yugo» de Cristo
es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos
(cf. Jn 13, 34; 15, 12). El verdadero remedio para las
heridas de la humanidad —sea las materiales, como el hambre y las
injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar—
es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el
amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la
arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez
mayor, para asegurarse el éxito a toda costa. También por respeto al medio
ambiente es necesario renunciar al estilo agresivo que ha dominado en los
últimos siglos y adoptar una razonable «mansedumbre». Pero sobre todo en
las relaciones humanas, interpersonales, sociales, la norma del respeto y de la
no violencia, es decir, la fuerza de la verdad contra todo abuso, es la que
puede asegurar un futuro digno del hombre.
Queridos amigos, ayer celebramos una particular memoria litúrgica de María
santísima, alabando a Dios por su Corazón Inmaculado. Que la Virgen nos
ayude a «aprender» de Jesús la humildad verdadera, a tomar con decisión su yugo
ligero, para experimentar la paz interior y ser, a nuestra vez, capaces de
consolar a otros hermanos y hermanas que recorren con fatiga el camino de la
vida.
DOMINGO
XV T.O.
Monición de entrada.-
En
la misa la Biblia es muy importante.
Porque
la misa es Palabra de Dios.
El
mismo Jesús que está con nosotros es la Palabra de Dios hecha carne.
Si
estamos bien dispuestos y atentos, la Palabra de Dios hará que seamos buenos
amigos de Jesús.
Señor, ten piedad.-
Porque a veces
somos tierra dura. Señor, ten piedad.
Porque a veces
somos campo de piedras. Cristo, ten
piedad.
Porque a veces
estamos llenos de zarzas. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa Francisco y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por las personas que
tienen la tea de sembrar la palabra de Dios. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nuestras maestras y
nuestros maestros. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido las personas que trabajan
en los campos. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros, que leemos
la Biblia en casa y escuchamos tu Palabra en la misa. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
María, queremos darte las gracias por
que eres un ejemplo de mujer que escucha la Palabra de Dios y la guarda en su
corazón.
