Lectura
del libro del Génesis 12, 1-4a.
En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
-Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia
la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré
famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan,
maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias del
mundo.
Abrán marchó, como le había dicho el Señor.
Textos
paralelos.
Sb 10, 5: Cuando la confusión
de los pueblos malvados, / ella se fijó en el justo Abrahán, lo conservó
intachable ante Dios / y lo mantuvo firme a pesar del amor a su hijo.
Hch 7, 2-3: [Esteban]
respondió: “Hermanos y hermanas, escuchad. El Dios de la gloria se apareció a
nuestro padre Abrahán cuando estaba en Mesopotamia; antes de establecerse en
Jarán, y le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que te
mostraré”.
Hb 11, 8s: Por la fe obedeció
Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad.
Salió sin saber adónde iba. Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió
hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba. Por
la fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas.
Por ti se bendecirán
todos los linajes de la tierra.
Jr 4, 2: Si jurases “¡Por vida
del Señor!” / con verdad, justicia y derecho, / todas las naciones se
bendecirían, / se darían parabienes entre sí / utilizando el nombre del Señor.
Si 44, 21: [Abrahán] Por eso
Dios le prometió con juramento / bendecir a las naciones por su descendencia, /
multiplicaré como el polvo de la tierra, / exaltar su estirpe como las
estrellas, / y darle una herencia de mar a mar, / desde el Río hasta los confines
de la tierra.
Hch 3, 25: Vosotros sois los
hijos de los profetas; los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros
padres, cuando le dijo a Abrahán: ·En tu descendencia serán bendecidas todas
las familias de la tierra”.
Ga 3, 8: En efecto, la
Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le
adelantó a Abrahán la buena noticia de que por ti serán benditas todas las
naciones.
Notas
exegéticas.
12 (a) Titulo que debe entenderse de
forma neutra: relatos en torno a los patriarcas.
12 (b) Los relatos sobre Abrahán tal
como se presentan en el Génesis, son una “teología de la promesa”, la doble
promesa divina de descendencia y del don de la tierra son los ejes centrales en
torno a los cuales de un modo u otro se organiza todo lo que los escritores
sagrados tienen que decir sobre el patriarca.
12 (c) Los capítulos 12-13 pertenece
a lo esencia de las tradiciones yahvistas, pero no todo se sitúa en el mismo
nivel de la tradición o de su fijación escrita. Muy probablemente una breve
noticia de salida de Jarán y de llegada a Canaán, especie de itinerario, con la
orden divina de abandonar Jarán, 12, 1-4, y un primer punto de asentamiento
alrededor de Betel, 12, 8; 13, , son el núcleo central de la tradición. El
itinerario continua con el relato de la separación de Abrahán y Lot, 13 3 s.
Promesas de descendencia y de bendición 12, 2-3, y luego del don de la tierra,
12, 7, han podido ser añadidas en un estadio relativamente antiguo de la
tradición, lo mismo que el relato de la bajada a Egipto, 12, 10-20, relato que
no habla de Lot, con 13, 1-4. Un desarrollo más reciente puede ser la promesa
solemne de 13, 14-17. A los autores sacerdotales se deben algunos complementos
en los que se insiste en la riqueza de Abrahán y de Lot, motivo de su
separación. 12, 4-5; 13, 2.4-5. Si tal ha podido ser el desarrollo de los dos
capítulos, la doble promesa de descendencia y del don de la tierra vienen a
ocupar un lugar cada vez más preponderante. Rompiendo todos sus vínculos
terrenos. Abrahán sale para un país desconocido, con su mujer estéril, 11 30,
porque Dios le ha llamado y le ha prometido una posteridad. Primer acto de fe
de Abrahán que volverá a expresarse cuando le sea renovada la promesa, 15 5-6+,
y que Dios pondrá a prueba reclamándole a Isaac, fruto de esta promesa, 22 +.
La existencia y el porvenir del pueblo elegido dependen de este acto absoluto
de fe. Hb 11, 8-19. No se trata solamente de su descendencia carnal, sino de
todos aquellos a quienes la misma fe hará hijos de Abrahán, como enseña san
Pablo, Rm 4; Ga 3, 7
12 3 La fórmula se repite (con la
palabra “nación” o “linaje” en 18 18; 22 18; 26 45; 28 14. En sentido estricto,
significa (ver v. 2 y 48 20; Jr 29 22): “las gentes dirán: ‘Bendito seas como
Abrahán’”. Pero Si 44 21, la tradición de los LXX y el NT han entendido: “En ti
serán benditas todas las naciones”.
Salmo
responsorial
Sal 32, 4-5.18-20.22
Que
tu misericordia, Señor,
venga
sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R/.
La
palabra del Señor es sincera,
y
todas sus acciones son leales;
él
ama la justicia y el derecho,
y
su misericordia llena la tierra. R/.
Los
ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en
los que esperan su misericordia,
para
librar sus vidas de la muerte
y
reanimarlos en tiempo de hambre. R/.
Nosotros
aguardamos al Señor:
él
es nuestro auxilio y escudo.
Que
tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como
lo esperamos de ti. R/.
Textos
paralelos.
Pues recta es la palabra de Yahvé.
Dt 32, 4: Él es la
Roca, sus obras son perfectas, / sus caminos son justos, / es un Dios fiel, sin
maldad; / es justo y recto.
Sal 89, 15:
Justicia y derecho sostienen tu trono, / misericordia y fidelidad te preceden.
Los
ojos de Yahvé sobre sus adeptos.
Sal 32, 8: Te
instruiré y te enseñaré / el camino que has de seguir, / fijaré en ti mis ojos.
Sal 34, 16: Los
ojos del Señor miran a los justos, / sus oídos escuchan sus gritos.
Esperamos
anhelantes a Yahvé.
Sal 115, 9: Israel
confía en el Señor; / él es su auxilio y escudo.
Notas
exegéticas.
33 18 Lit. “los que le temen”.
Segunda
lectura.
Lectura
de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1,
8b-10.
Querido hermano:
Toma parte en los padecimientos por el evangelio, según la fuerza
de Dios. Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras
obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús
desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de
nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y
la inmortalidad por medio del evangelio.
Textos
paralelos.
Nos ha llamado a una vocación santa.
Tt 3, 5: No por las obras de
justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos
salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo.
Rm 8, 28: Por otra parte,
sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien, a los cuales les
ha llamado conforme a su designio.
Rm 16, 25s: Al que puede
consolidaros según mi Evangelio y el mensaje de Jesucristo que proclamo,
conforme a la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos
eternos y manifestado ahora mediante las Escrituras proféticas, dado a conocer
según disposición del Dios eterno para que todas las gentes llegaran a la
obediencia de la fe a Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los
siglos de los siglos. Amén.
Esta gracia se ha hecho
patente ahora.
Tt 2, 11: Pues se ha
manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.
3, 4: Más cuando se manifestó
la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre.
Rm 6, 9: Pues sabemos que
Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya
no tiene dominio sobre él.
Rm 8, 2: Pues la ley del
Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la
muerte.
Hb 2, 14-15: Por tanto, lo
mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también
participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al
señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por medio de la
muerte, pasaban la vida entera como esclavos.
Notas
exegéticas:
1 9 La palabra designa en primer
lugar la llamada de los cristianos a la salvación, ver Rm 1 6-7; 8, 28; 1 Co 1
2.24; Col 3 15; Ef 1 18; 4 4; Flp 3, 14 etc., y luego, por metonimia, el estado
(vocación) al que son llamados los cristianos. Ambos sentidos son igualmente
posibles.
1 10 Este término [manifestación] ver
1 Tm 6 14+, designa aquí el ministerio de Jesús.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 17, 1-9.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a
Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se
transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus
vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés
y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
-Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres,
haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los
cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
-Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.
Escuchadlo.
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos
de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
-Levantaos, no temáis.
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a
Jesús, solo. Cuando bajaban del monte Jesús les mandó:
-No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del
hombre resucite de entre los muertos.
Textos
paralelos.
|
Mc 9, 2-9 |
Mt 17, 1-9 |
Lc 9, 28-36 |
|
Seis días más tarde Jesús
toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solos a un
monte alto, y se transfiguró delante de
ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede
dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y
Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la
palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a
hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía
qué decir, pues estaban asustados. Se formó una nube que los
cubrió y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo, el amado,
escuchadlo”. De pronto, al mirar
alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban del monte, les ordenó que no
contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara
de entre los muertos. |
En aquel tiempo,
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos
aparte a un monte alto. Se transfiguró
delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se
volvieron blancos como la luz. De repente se les
aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces,
tomó la palabra y dijo a Jesús: -Señor, ¡qué bueno
es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para
Moisés y otra para Elías. Todavía estaba
hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la
nube decía: -Este es mi Hijo,
el amado, en quien me complazco. Escuchadlo. Al oírlo, los
discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y,
tocándolos, les dijo: -Levantaos, no
temáis. Al alzar los ojos,
no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del
monte Jesús les mandó: -No contéis a
nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. |
Unos ocho días después de
estas palabras, tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte
para orar. Y, mientras oraba, el aspecto
de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. De repente, dos hombres
conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria,
hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus
compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los
dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de
él, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos
tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía lo
que decía. Todavía estaba diciendo esto,
cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al
entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el Elegido,
escuchadlo”. Después de oírse la voz, se
encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y,
por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto. |
Tomó consigo a Pedro, a
Santiago y a su hermano Juan.
2 Pe 1, 16-18: Pues no nos
fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la
venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares
de su grandeza. Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la
sublime Gloria se le transmitió aquella voz: “Este es mi Hijo amado, en quien
me he complacido”. Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que
nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada.
Se transfiguró.
Ex 24, 13-16: Se levantó
Moisés, con Josué, su ayudante, y subieron a la montaña de Dios. A los ancianos
les dijo: “Quedaos aquí hasta que volvamos; Aarón y Jur están con vosotros, el
que tenga algún asunto que se lo traiga a ellos”. Subió, pues, Moisés a la
montaña; la nube cubría la montaña. La gloria del Señor descansaba sobre la
montaña del Sinaí y la nube cubrió la montaña durante seis días. Al séptimo día
llamó a Moisés desde la nube.
Blancos como la luz.
Mt 28, 3: Su aspecto era de
relámpago y su vestido blanco como la nieve.
Todavía estaba hablando.
Ex 19, 16: Al tercer día, al
amanecer, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre la montaña; se oía
un fuerte sonido de trompeta y toda la gente que estaba en el campamento se
echó a temblar.
Mt 24, 30: Entonces aparecerá
el Hijo del hombre sobre nubes del cielo con gran poder y gloria.
Salió de la nube una voz.
Mt 3, 17: Y vino una voz de los
cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
Mt 12, 18: “Mirad a mi siervo,
mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para
que anuncie el derecho de las naciones”.
Gn 22, 2 (LXX): Dijo Dios:
“Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria, y
ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré”.
Dt 18, 15-19: El Señor, tu
Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como
yo. A él lo escucharéis.
Is 42, 1: Mirad a mi siervo, /
a quien sostengo; / mi elegido, / en quien me complazco. / He puesto mi
espíritu sobre él, / manifestará la justicia a las naciones.
Dn 10, 9: Entonces oí el sonido
de sus palabras y, al oírlo, caí de bruces, en un letargo, con el rostro en
tierra.
Ha 3, 2 (LXX): Señor, he oído
tu fama. / En medio de los años, realízala; / en medio de los años,
manifiéstala; / en el terremoto acuérdate de la misericordia.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
1-13 Para los discípulos, que acaban
de oír que el Mesías realizaría su misión mediante el sufrimiento, la
transfiguración de Jesús tenía una funciónpedagógica: sostener su fe con una
experiencia de gloria, breve anticipación de lo que verían cuando el Hijo del
Hombre resucitara de entre los muertos (v. 9). Como todos los misterios de la
vida terrena de Jesús, también la Transfiguración está relacionada con la
Encarnación: en ella asumió nuestrta carne para poder transfigurarla.
Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión
crítica:
1 Pedro, Santiago y Juan. cf. referencias bíblicas en Mc
5, 37.
2 Se transfiguró: o fue transfigurado (por Dios; voz pasiva “teológica”).
3 Moisés, junto con Elías,
representan la revelación del AT, la alianza antigua.
4 Tomando Pedro la palabra: cf. 3, 15. Lo que lit. dice
Pedro es: Señor, hermoso (o bueno) es nosotros aquí estar. Como el verbo
“einai” a veces equivale a “permanecer” (p.ej. v. 17; 2,13), y en el
griego del NT es corriente la indeterminación de grados de comparación, las
palabras de Pedro suenan así: “Lo mejor [que podemos hacer] es
quedarnos aquí”. ¿Pensaba Pedro en la fiesta de los Tabernáculos, cuyo rito
principal era hacer o poner cabañas de ramaje y habitar en ellas
(Ex 23,16; Lv 23,33-36; Dt 16,13)? Probablemente como le ocurrió en otras
ocasiones, “no sabía lo que decía” (lo anotan expresamente Mc 9, 6 y Lc 9, 33).
5 Estaba hablando, cuando una
nube… (lit. él
hablante, mira, nube,…). En las teofanías más importantes del AT la nube
indica la presencia de Dios que se manifiesta. Es un elemento de las
tradiciones judías sobre la fiesta de los Tabernáculos, junto con la gloria
o esplendor de Dios (v. 2). Cabaña y nube. Dios habita entre los suyos y
los protege.
Los cubrió (probablemente solo a Jesús y a
sus dos interlocutores) con su sombra; o los envolvió.
Este es mi Hijo… (cf. Mc 1,1), en quien me
complazco: el tiempo verbal griego es aoristo.
7 No tengáis miedo: dejad de tener miedo, no
sigáis teniendo miedo (imperativo griego negativo de presente).
8 Más que… solo: lit. sino a él en persona a
Jesús solo.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
17, 1-13 En la Transfiguración aparece la
divinidad de Cristo de una manera extraordinaria. Moisés y Elías recuerdan dos
montañas sagradas: el monte Sinaí y el Horeb, respectivamente y representan la
Ley y los Profetas. Cristo, en el centro, se muestra como el referente de toda
la revelación de Dios. Cat. 444 y 554.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
444 Los evangelios narran dos
momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del
Padre lo designa como “Hijo amado” (Mt 3, 17; 17, 5).
554 A partir del día en que Pedro
confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro “comenzó a
mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir y ser condenado a
muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21). Pedro rechazó este anuncio, los
otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio
misterioso de la transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres
testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de
Jesús se pusieron fulgurantes como luz. Moisés y Elías aparecieron y le
“hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén” (Lc 9, 31).
Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: “Este es mi
Hijo, mi elegido, escuchadle” (Lc 9, 35).
Concilio Vaticano II
Vino, pues, el Hijo, enviado por el Padre, que nos
eligió en Él antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser sus hijos
adoptivos porque quiso instaurar todas las cosas en Él. Cristo, por tanto, para
cumplir la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos,
nos reveló su misterio y nos redimió con su obediencia. La Iglesia, o el reino
de Cristo presenta ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder
de Dios.
Lumen gentium 3.
Los Santos Padres.
Y cuando se transfiguró su rostro brilló como el sol porque se manifestó
a los hijos de la luz que habían abandonado las obras de las tinieblas y fueron
revestidos de la armas de la luz (cf. Ef 5, 8); ya no eran hijos de las
tinieblas ni de la noche, sino que eran hijos del día, comportándose
honradamente como a pleno día. Jesús, una vez manifestado, ya no brillará
simplemente como un sol, sino que les demostrará que Él es “el sol de
justicia”.
Orígenes. Comentarios al Ev. de Mateo, 12, 37.
Los dos [Moisés y Elías] se enfrentaron valientemente a tiranos: Moisés
al de Egipto, Elías a Acab, y en favor de hombres ingratos y rebeldes. Porque
los dos se vieron en extremo peligro por culpa justamente de los mismos a
quienes habían salvado. Los dos trataron de librar al pueblo de la idolatría, y
los dos eran hombres privados. El uno era mudo y de escasa voz; el otro de
trato rústico. Los dos, seguidores de la suma perfección de la pobreza puesto
que ni Moisés poseía nada, ni menos Elías. ¿Qué tenía este fuera de una piel de
oveja?
San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 56, 2.
Puede que la nube luminosa sea también el Espíritu Santo, que da sombra a
los justos y habla proféticamente, pues es Dios quien actúa en esa nube: “Este
es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido”. Incluso me atrevería a decir
que esta nube es también nuestro salvador.
Orígenes. Comentarios al Ev. de Mateo, 12, 42.
Escuchad al que han anunciado los misterios de la Ley y han cantado la
voz de los profetas. Escuchad al que ha redimido al mundo con su sangre, ha
arado al diablo y le ha arrebatado sus armas; ha roto la cédula del pecado y el
pacto de la prevaricación. Escuchad al que abre el camino del cielo y por el
suplicio de la cruz os prepara la escala para subir al reino.
San León Magno, Sermones, 51, 7.
Es que la soledad, la altura, el silencio grande, la transfiguración del
Señor, llena de tanto estremecimiento; aquella luz purísima, aquella nube que
los cubría, todo hubo de contribuir a infundirles un gran terror.
San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 56, 2.
San Agustín
En ella está el Señor, la Ley y los profetas; pero el Señor como Señor;
la ley en Moisés; la profecía en Elías, en condición de servidores, de
ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y
escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban.
El que me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré. Y como si te preguntase: “Dado
que le amas, ¿qué le vas a dar?”. Y me mostraré a él. ¡Gran don y gran
promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué
no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico, pero si no
tienes a Dios, ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a Dios, ¿qué no
tiene?
Ahora, no obstante, dice: “Desciende [Pedro] a trabajar a la tierra, a
servir a la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra.
Descendió la Vida para encontrar la muerte; bajó el Pan para sentir hambre;
bajó el Camino para cansarse en el camino; descendió el manantial para sentir
sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas. Ten caridad, predica la
verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad.
Comentario al salmo 90, II 6-7[1].
San Juan de Ávila
Sea el primero, que la tal revelación o espíritu no
venga sola, mas acompañada de la Escriptura de Dios, contenida en el Viejo y
Nuevo Testamento, y nuevas cosas conforme a la enseñanza y vida de Cristo y de
los santos pasados. De esta manera leemos que, cuando apareció Cristo en el
monte Tabor, no fue solo, mas con copia de abonados testigos (cf. Mt 17, 1ss).
No porque Él los hobiese menester, pues es verdad inmutable, de cuya
participación reciben firmeza todas las otras verdades, mas por darnos a entender que así como en otras cosas Él padeció y hizo
por nuestro ejemplo que mirando a Él no había necesidad de hacerlo, así
trayendo testigos el que no los hubo menester, se nos da a entender que no
debemos recebir cosa ninguna de aquestas, si no trae por testigos al Viejo
Testamento, con sus profetas, que son figurados en Moisén y Elías, y al Nuevo y
doctrina apostólica, figurado en San Pedro, San Juan y Santiago, que presentes
estaban.
Audi, filia (I). I, pg. 485.
Y cierto, si con esos ojos miráredes a Cristo, no
os parecerá feo, como a los canales, que en su pasión le despreciaban; mas con
los santos apóstoles que en el monte Tabor le miraron, pareceros ha su
cara resplandeciente como el sol, y sus vestiduras blancas como la nieve (Mt 18, 2), y tan
blancas que, como dice San Marcos, ningún batanero sobre la tierra los pudiera
emblanquecer tan bien (Mc 9, 2), lo cual significa que nosotros, que
somos dichos vestidura de Cristo (Is 49, 18), porque le rodeamos
y ataviamos con creerle y alabarle, y amarle, somos tan blanqueados por Él, que
ningún hombre sobre la tierra nos pudiera dar la hermosura que Él nos dio.
Parézcaos Él como el sol, y las almas por Él redimidas blancas
como la nieve. Aquellas , digo, que confesando y conociendo y aborreciendo su propia
fealdad, piden ser hermoseadas y lavadas en esta piscina de sangre del
Salvador, de la cual salen tan hermoseadas por Él que basten para enamorar a
Dios, y que les sean cantadas con gran verdad las palabras ya dichas: Deseará
el Rey tu hermosura.
Audi, filia (I). I, pg. 532.
Y, cierto, si con otros ojos mirásedes a Cristo, no
os parecería feo, como aa los carnales que en su pasión le despreciaban; mas,
con los santos apóstoles, que en el monte Tabor lo miraban, pareceros ha su
rostro resplandeciente como el sol, y sus vestiduras blancas como la nieve (Mt 17, 2).
Audi, filia (II), pg. 780.
Y aunque a toda Escriptura de Dios hayáis de
inclinar vuestra oreja con muy gran reverencia, mas inclinada con muy mayor y
particular devoción y humildad a las benditas palabras del Verbo de Dios hecho
carne, abriendo vuestras orejas del cuerpo y del ánima a cualquier palabra de
este Señor, particularmente dado a nosotros por maestro, por voz del Eterno
Padre, que dijo: Este es mi amado Hijo, en el cual me he
aplacido, a él oíd (Mt 17, 5). Sed estudiosa de leer y oír con atención y deseo de
aprovechar estas palabras de Jesucristo. E sin duda hallaréis en ellas una
excelente eficacia que obre en vuestra ánima, la cual no la hallaréis en todas
las cosas, que desde el principio del mundo Dios ha hablado ni ha de hablar
hasta el fin de él.
Audi, filia (I). I, pg. 476.
T aunque a toda la Escritura de Dios hayáis de
inclinar vuestra oreja con igual crédito de fe, porque toda ella es palabra de
una misma suma Verdad, mas debéis tener particular respecto de os aprovechar de
las benditas palabras que en la tierra habló el verdadero Dios hecho carne,
abriendo con devota atención vuestras orejas de cuerpo y de ánima a cualquier
palabra de este Señor, dado a nosotros por especial maestro, por voz del Eterno
Padre, que dijo: Este es mi muy amado Hijo, en el cual me he
agradado; a él oíd (Mt 17, 5). Sed estudiosa de leer y oír aquellas palabras, y sin dubda
hallaréis en ellas una singular medicina y poderosa eficacia para lo que a
vuestra anima toda, cual no hallaréis en todas las otras que desde el principio
del mundo Dios haya hablado.
Audi, filia (II). I, pg. 633.
Una vez quiso el Señor de este mundo enseñar la
hermosura de su cuerpo en el monte Tabor (cf.. Mt 17, 2), y quedaron los que le
vieron tan aficionados y tan satisfechos, que tuvieron por gran bienaventuranza
cebar siempre sus ojos en tal hermosura, aunque ni bebieran, ni comieran, ni
tuvieran otra riqueza. Y cierto, nosotros haríamos lo que ellos hicieron si
viésemos lo que ellos vieron y se quitase el Señor su velo que allí le encubre
para que le pudiésemos ver faz a faz. Y si esto no hace, no es por privarnos de
tanto placer, mas por darnos ocasión de mayor provecho.
Sermón vísperas del Corpus. III, pg. 454.
Y así como Él es lucidísimo y hermosísimo sol, así
la parara ella resplandeciente, semejante a Él, como fue figurado cuando se
transfiguró en el monte Tabor, y le resplandeció la cara como el sol, y
fueron hechas sus vestiduras blancas como la nieve (Mt 17, 2).
Nosotros nos vestimos de Cristo, como dice San Pablo (cf. Gal
3, 27), porque nuestros bienes son gloria suya y lo atavían y honran, pues son
testimonio de su grande bondad, con que nos lo dio, y el gran valor de su
sangre, con que nos lo mereció (cf. 1 Cor 12, 27). Y estas vestiduras
que
atavían su cuerpo, y aun se llaman su cuerpo, que somos nosotros cuando nos
transformamos en Él, participamos del resplandor que recibió en su cara cuando
se transformó siendo emblanquecido más que la nieve, como David lo deseaba y
pedía, diciendo: Rociarme has, Señor, con hisopo, y seré limpio; lo cual se hace
cuando nos limpian de pecados mortales; lavarme has, y seré
emblanquecido más que la nieve (Sal 50, 9), cuando se nos limpian de pecados
veniales.
Sermón del Santísimo Sacramento. III, pg. 671.
Y después de recebido el anillo, que hermosea un
aparte del cuerpo, vístela su benditísimo Hijo de vestidura de muy blanca
holanda, la cual color es la que usa en el cielo y significa la gracia, sin la
cual el ánima está desnuda y ennegrecida, sigún Cristo lo dice: Aconséjote
que te vistas de vestiduras blancas, porque no aparezca tu desnudez (cf. Ap 3, 18). Y
también significa a la gloria , que es gracia acabada y preciosa vestidura del
ánima, que se dará a los que bien vivieren, sigún lo ha prometido Jesucristo
nuestro Señor, diciendo: Andarán conmigo y con vestiduras blancas (cf. Ap 3, 4). Y
así los ángeles que aparecieron a los santos apóstoles en el día de la
ascensión del Señor, vestiduras blancas traían (Hch 1,
10); y cuando el Señor quiso declarar su gloria en el monte Tabor, fueron
sus vestiduras hechas blancas como la nieve (cf. Mt 17, 2) con gloria.
Sermón fiesta de la Asunción de María. III, pg. 984-985.
Este es el Señor, por el cual el Padre nos mira con
agraciados ojos, por vernos hechos miembros de Aquel de quien el Padre mismo
dio testimonio diciendo: Este es mi Hijo muy amado, en el cual yo me he
agradado (Mt 17, 5). Y así como la desgracia de Adán se extendió a los que
venían de él, así mucho más el amor y agradamiento que Dios Padre tiene en su
Hijo es cosa universal y general para
todos, chicos y grandes, que se quisieren juntar e encorporar en el mismo Hijo.
Sermón de Jueves Santo. III, pg. 426.
Mas diréis: ¿Por que le llama escondrijo? Por cierto con
mucha razón; porque así como la faz divina no es escondrijo, sino cosa
luciente, según la divinidad, así la faz de Cristo, Dios y hombre, se llama escondrijo
según
la humanidad, y esto no cuando en el monte Tabor resplandeció su faz, como sol y
sus vestiduras como luz (Mt 17, 2), mas cuando se desfiguró en el mone
Calvario y parecieron sus vestiduras y carne bermejas con la sangre que de Él
salía en precio de nuestro rescate.
Carta a un su devoto. IV, pg. 273.
Si en la noche del nacimiento del Señor llevaron a
vuestra merced al monte Calvario y le dieron compasión del Crucificado y
lágrimas con que lavar sus pies, de creer es que agora, en Cuaresma y cerca del
tiempo en que se representa su pasión, la terná el Señor por tan moradora de
aquel monte, que de allí no la deje salir. Bien está allí, señora. Dígale al
señor como San Pedro: Bien es que nos estemos aquí (Mt 17, 4), y será
mejor petición. Porque él deseaba el monte donde había el descanso; en estotro
hay trabajo; y por esto lo postrero es señal de mayor amor, pues no en el
descansar, mas en el penar se demuestra y emplea el amor del Señor.
A una señora. IV, pg. 459.
También parecía grande amor querer estar San Pedro
en el monte a la golosina de la transfiguración de Jesucristo (cf. Mt 17, 4), y
era propio amor e interés, pues lo quería vestido de gloria y no penado en la
cruz.
A un mancebo. IV, pg. 610.
El dechado que el Padre Eterno ha dado a todo
género de personas para que acierten a servir a Dios según su contento, es su
benditísimo Hijo Jesucristo nuestro Señor, cuya doctrina y vida ha de ser el
nivel de la nuestra y ha de ser la que nos ha de juzgar en el día postrero. Y
así en el monte Tabor sonó la voz: Este es mi Hijo muy amado; a Él oíd (Mt 17, 5). Y el
mismo Señor, dado por maestro en la doctrina, amonesta muchas veces a la
imitación de su vida, así en obrar virtudes como en la mortificación de la
cruz, aun hasta perder por su amor en ella la vida.
A un señor de este reino, siendo asistente de
Sevilla. IV, pg. 58.
San Oscar Romero.
La Cuaresma transfigura, la Cuaresma renueva al hombre. Ojalá
que todo el pueblo santo de Dios al celebrar después de la Cuaresma, la Pascua
de la muerte y la resurrección de Cristo, sintamos que todo aquel amor que lo
llevó al Calvario y toda aquella vida que exhala de todos sus poros, no como un
transfigurado de la tierra sino como quien posee la plenitud de la vida eterna
para darlo a los hombres, sea nuestro amor, sea nuestra vida la de Cristo
Nuestro Señor, que en esto consiste ser bautizado, ser cristiano. Y la Cuaresma
no es otra cosa que revivir nuestro compromiso bautismal que nos identificó con
el Cristo que por nosotros murió y que para nosotros resucitó.
Segundo domingo de Cuaresma. 19 de febrero de 1978.
Papa León XIV. Ángelus. 22 de
febrero de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!
Hoy,
primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de Jesús que, guiado por el
Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo (cf. Mt 4,1-11).
Después de ayunar durante cuarenta días, siente el peso de su humanidad: el
hambre a nivel físico y las tentaciones del diablo a nivel moral. Enfrenta la
misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino y, resistiendo
al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas.
La
liturgia, con esta Palabra de vida, nos invita a considerar la Cuaresma como un
itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna,
podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida
una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y
curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella, y de comprometernos
a hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor,
que es la única fuente de felicidad verdadera.
Es
verdad, se trata de un camino exigente, y existe el riesgo de que nos
desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de satisfacción menos
agotadores, como la riqueza, la fama y el poder (cf. Mt 4,3-8).
Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres
sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan
inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.
Por
eso, san Pablo VI enseñaba
que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece,
purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte «que tiene como
término el amor y el abandono en el Señor» (Const. ap. Paenitemini,
17 febrero 1966, I). De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace
conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y
vivir, con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con Él y entre
nosotros.
En este
tiempo de gracia, practiquémosla generosamente, junto con la oración y las
obras de misericordia; demos espacio al silencio, apaguemos un poco los
televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la Palabra
de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu
Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en las
familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo
a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los
enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con
quienes carecen de lo necesario. Entonces, como dice san Agustín, “nuestra
oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de
la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal,
alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la
paz” (cf. Sermón 206,3).
A la
Virgen María, Madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba, le confiamos
nuestro camino cuaresmal.
León XIV. Audiencia general. 18 de febrero de 2026.
Catequesis - Los
Documentos del Concilio Vaticano II - I. Constitución
dogmática Lumen gentium 1. El misterio de la
Iglesia, sacramento de la Unión con Dios y de la unidad de todo el género
humano
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.
El Concilio
Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando
quiso describir la Iglesia se preocupó, ante todo, de explicar de dónde
proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución
dogmática Lumen gentium, aprobada el 21 de noviembre de 1964,
tomó de las Cartas de San Pablo el término “misterio”. Eligiendo este
vocablo no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a
veces comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”.
Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la Carta
a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba
escondida y que ahora ha sido revelada.
Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las
criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se
llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la
asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se
relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de
Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales
(cf. Ef 2,14). Para San Pablo el misterio es la
manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se
da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta
incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.
La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no
son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus
corazones. En esa
condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo,
venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos
celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como
atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del
amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el
término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen
haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este
misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.
Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por Dios, no puede, sin
embargo, limitarse a un grupo de personas, sino que está destinada a
convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Por eso, el Concilio
Vaticano II, al inicio de la Constitución Lumen
gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o
sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano» (n. 1). Con el uso del término “sacramento” y la
consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia
de la humanidad expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al
mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido
la Iglesia es un signo. Además, al término “sacramento” se añade también el de
“instrumento”, precisamente para indicar que la Iglesia es un signo
activo. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su
actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es mediante la
Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir en sí mismo a las personas y de
reunirlas entre ellas.
La unión con Dios encuentra su reflejo en la unión de las personas humanas. Es esta la experiencia de la
salvación. No es casualidad que en la Constitución Lumen
gentium en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de
la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utiliza de nuevo la descripción de la
Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”: «Porque Cristo –
dice el Concilio – levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos
(cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió
sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que
es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha
del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia
y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes
de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».
Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la
Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la
identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por
pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios
peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una
humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación
entre los pueblos.
Papa Francisco. Ángelus. 5 de
marzo de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este segundo Domingo de Cuaresma se proclama el Evangelio de la Transfiguración:
Jesús lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan a un monte y se revela ante ellos
en toda su belleza de Hijo de Dios (cf. Mt 17,1-9).
Detengámonos un momento en esta escena y preguntémonos: ¿En qué consiste
esta belleza? ¿Qué ven los discípulos? ¿Un efecto especial? No, no es eso. Ven
la luz de la santidad de Dios resplandecer en el rostro y en los vestidos de
Jesús, imagen perfecta del Padre. Se revela la majestad de Dios, la belleza de
Dios. Pero Dios es Amor, y, por lo tanto, los discípulos han visto con sus
ojos la belleza y el esplendor del Amor divino encarnado en Cristo.
¡Tuvieron un anticipo del paraíso! ¡Qué sorpresa para los discípulos! ¡Habían
tenido ante sus ojos durante tanto tiempo el rostro del Amor y no se habían
dado cuenta de lo hermoso que era! Solo ahora se dan cuenta y con tanta
alegría, con inmensa alegría.
Jesús, en realidad, con esta experiencia los está formando, los está
preparando para un paso todavía más importante. Poco después, en efecto, deberán
saber reconocer en Él la misma belleza, cuando suba a la cruz y su rostro
sea desfigurado. A Pedro le cuesta entender: quisiera detener el
tiempo, poner la escena en “pausa”, estar allí y alargar esta experiencia
maravillosa; pero Jesús no lo permite. Su luz, de hecho, no se puede reducir a
un “momento mágico”. Así se convertiría en algo falso, artificial, que se
disuelve en la niebla de los sentimientos pasajeros. Al contrario, Cristo es la
luz que orienta el camino, como la columna de fuego para el pueblo en el
desierto (cf. Ex 13,21). La belleza de Jesús no aparta a
los discípulos de la realidad de la vida, sino que les da la fuerza para seguirlo hasta
Jerusalén, hasta la cruz. La belleza de Cristo no es alienante, te lleva
siempre adelante, no hace que te escondas: ¡sigue adelante!
Hermanos, hermanas, este Evangelio traza también para nosotros un camino:
nos enseña lo importante que es estar con Jesús, incluso cuando no
es fácil entender todo lo que dice y lo que hace por nosotros. De hecho, es
estando con él como aprendemos a reconocer en su rostro la belleza luminosa del
amor que se entrega, incluso cuando lleva las marcas de la cruz. Y es en su
escuela donde aprendemos a captar la misma belleza en los rostros de las
personas que cada día caminan junto a nosotros: los familiares, los amigos, los
colegas, quienes en diversos modos cuidan de nosotros. ¡Cuántos rostros
luminosos, cuántas sonrisas, cuántas arrugas, cuántas lágrimas y cicatrices
hablan de amor en torno a nosotros! Aprendamos a reconocerlos y a llenarnos el
corazón con ellos. Y después pongámonos en marcha, para llevar también a los
demás la luz que hemos recibido, con las obras concretas del amor (cf. 1
Jn 3,18), sumergiéndonos con más generosidad en las tareas cotidianas,
amando, sirviendo y perdonando con más entusiasmo y disponibilidad. La
contemplación de las maravillas de Dios, la contemplación del rostro de Dios,
de la cara del Señor, nos debe empujar al servicio a los demás.
Podemos preguntarnos: ¿Sabemos reconocer la luz del amor de Dios en nuestra
vida? ¿La reconocemos con alegría y gratitud en los rostros de las personas que
nos quieren? ¿Buscamos en torno a nosotros las señales de esta luz, que nos
llena el corazón y lo abre al amor y al servicio? ¿O preferimos los fuegos
fatuos de los ídolos, que nos alienan y nos cierran en nosotros mismos? La gran
luz del Señor y la luz falsa, artificial de los ídolos. ¿Qué prefiero yo?
Que María, que ha custodiado en el corazón la luz de su Hijo, también en la
oscuridad del Calvario, nos acompañe siempre en el camino del amor.
Papa Francisco. Ángelus. 1 de
marzo de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este primer domingo de Cuaresma, el Evangelio (cf. Mateo 4,
1-11) relata que Jesús, después de su bautismo en el río Jordán, «fue llevado
por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (v. 1). Se prepara
para comenzar su misión como anunciador del Reino de los Cielos y, como Moisés
y Elías (cf. Éxodo 24, 18; I Reyes 19, 8) en
el Antiguo Testamento, lo hace con un ayuno de cuarenta días. Entra en
“Cuaresma”.
Al final de este período de ayuno, el tentador, el diablo, irrumpe e
intenta poner a Jesús en dificultades tres veces. La primera tentación se
inspira en el hecho de que Jesús tiene hambre; el diablo le sugiere: «Si eres
Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (v. 3). Un desafío.
Pero la respuesta de Jesús es clara: «Está escrito: No sólo de pan vive el
hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (4, 4). Hace
referencia a Moisés, cuando recuerda al pueblo el largo viaje realizado en el
desierto, en el que aprendió que su vida depende de la Palabra de Dios
(cf. Deuteronomio 8, 3).
Entonces el diablo lo intenta por segunda vez (vv. 5-6), se hace aún más
astuto, citando las Sagradas Escrituras él mismo. La estrategia es clara: si
tienes tanta confianza en el poder de Dios, entonces experiméntalo, ya que la
propia Escritura afirma que serás socorrido por los ángeles (v. 6). Pero,
incluso en este caso, Jesús no se deja confundir, porque quien cree sabe que a
Dios no se le somete a prueba, sino que se confía en su bondad. Por lo tanto, a
las palabras de la Biblia, interpretadas instrumentalmente por Satanás, Jesús
responde con otra cita: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios»
(v. 7).
Finalmente, el tercer intento (vv. 8-9) revela el verdadero pensamiento del
diablo: como la venida del Reino de los Cielos marca el comienzo de su derrota,
el maligno quiere desviar a Jesús de su misión, ofreciéndole una perspectiva de
mesianismo político. Pero Jesús rechaza la idolatría del poder y la gloria
humana y, al final, expulsa al tentador diciéndole «Apártate, Satanás, porque
está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto» (v. 10). Y en
este punto, los ángeles se acercaron a Jesús, fiel a la consigna del Padre,
para servirle (cf. v. 11).
Esto nos enseña una cosa: Jesús no dialoga con el diablo.
Jesús responde al diablo con la Palabra de Dios, no con su palabra.
En la tentación muchas veces empezamos a dialogar con la tentación, a dialogar
con el diablo: “Sí, pero puedo hacer esto..., luego me confieso, luego esto,
luego lo otro...”. Nunca se habla con el diablo. Jesús hace
dos cosas con el diablo: lo expulsa o, como en este caso, responde con la
Palabra de Dios. Tened cuidado: nunca dialoguéis con la
tentación, nunca dialoguéis con el diablo.
También hoy Satanás irrumpe en la vida de las personas para tentarlas con
sus propuestas tentadoras; mezcla las suyas con las muchas voces que tratan de
domar la conciencia. Desde muchos lugares llegan mensajes que invitan a la
gente a “dejarse tentar” para experimentar la embriaguez de la transgresión. La
experiencia de Jesús nos enseña que la tentación es el intento de tomar caminos
alternativos a los de Dios: “Pero haz esto, no hay ningún problema, ¡luego Dios
te perdona! Pero tómate un día de alegría...” – “¡Pero es un pecado!” – “No, no
es nada”. Caminos alternativos, caminos que nos dan la sensación de
autosuficiencia, de disfrutar de la vida como un fin en sí misma. Pero todo
esto es ilusorio: pronto nos damos cuenta de que cuanto más nos alejamos de
Dios, más impotentes y desamparados nos sentimos ante los grandes problemas de
la existencia.
Que la Virgen María, la Madre de Aquel que quebró la cabeza a la serpiente,
nos ayude en este tiempo de Cuaresma a estar vigilantes ante las tentaciones, a
no someternos a ningún ídolo de este mundo, a seguir a Jesús en la lucha contra
el mal; y también nosotros saldremos vencedores como Jesús.
Papa Francisco. Ángelus. 12 de
marzo de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la narración
de la Transfiguración de Jesús (cf. Mateo 17, 1-9). Se lleva
aparte a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, Él subió con ellos a un monte
alto, y allí ocurrió este singular fenómeno: el rostro de Jesús «se puso
brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (v. 2).
De tal manera el Señor hizo resplandecer en su misma persona la gloria divina
que se podía percibir con la fe en su predicación y en sus gestos milagrosos. Y
la transfiguración es acompañada, en el monte, con la aparición de Moisés y de
Elías, «que conversaban con él» (v. 3).
La “luminosidad” que caracteriza este evento extraordinario simboliza el
objetivo: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que puedan
comprender claramente quién es su Maestro. Es un destello de luz que se abre de
repente sobre el misterio de Jesús e ilumina toda su persona y toda su
historia.
Ya en marcha hacia Jerusalén, donde deberá padecer la condena a muerte por
crucifixión, Jesús quiere preparar a los suyos para este escándalo —el
escándalo de la cruz—, para este escándalo demasiado fuerte para su fe y, al
mismo tiempo, preanunciar su resurrección, manifestándose como el Mesías, el
Hijo de Dios. Y Jesús les prepara para ese momento triste y de tanto dolor. En
efecto, Jesús estaba demostrando ser un Mesías diverso respecto a lo que se
esperaba, a lo que ellos imaginaban sobre el Mesías, como fuese el Mesías: no
un rey potente y glorioso, sino un siervo humilde y desarmado; no un señor de
gran riqueza, signo de bendición, sino un hombre pobre que no tiene donde
apoyar su cabeza; no un patriarca con numerosa descendencia, sino un célibe sin
casa ni nido. Es de verdad una revelación de Dios invertida, y el signo más
desconcertante de esta escandalosa inversión es la cruz. Pero precisamente a
través de la cruz Jesús alcanzará la gloriosa resurrección, que será
definitiva, no como esta transfiguración que duró un momento, un instante.
Jesús transfigurado sobre el monte Tabor quiso mostrar a sus discípulos su
gloria no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde
lleva la cruz. Quien muere con Cristo, con Cristo resurgirá. Y la cruz es la
puerta de la resurrección. Quien lucha junto a Él, con Él triunfará. Este es el
mensaje de esperanza que la cruz de Jesús contiene, exhortando a la fortaleza
en nuestra existencia. La Cruz cristiana no es un ornamento de la casa o un
adorno para llevar puesto, la cruz cristiana es un llamamiento al amor con el
cual Jesús se sacrificó para salvar a la humanidad del mal y del pecado. En
este tiempo de Cuaresma, contemplamos con devoción la imagen del crucifijo,
Jesús en la cruz: ese es el símbolo de la fe cristiana, es el emblema de Jesús,
muerto y resucitado por nosotros. Hagamos que la cruz marque las etapas de
nuestro itinerario cuaresmal para comprender cada vez más la gravedad del
pecado y el valor del sacrificio con el cual el Redentor nos ha salvado a todos
nosotros. La Virgen Santa supo contemplar la gloria de Jesús escondida en su
humanidad. Nos ayude a estar con Él en la oración silenciosa, a dejarnos
iluminar por su presencia, para llevar en el corazón, a través de las noches
más oscuras, un reflejo de su gloria.
Papa Francisco. Ángelus. 16 de
marzo de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy el Evangelio nos presenta el acontecimiento de la Transfiguración. Es
la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el
desierto, el domingo pasado; la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó
consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un
monte alto» (Mt 17, 1). La montaña en la Biblia representa el lugar
de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el sitio de la oración,
para estar en presencia del Señor. Allí arriba, en el monte, Jesús se muestra a
los tres discípulos transfigurado, luminoso, bellísimo; y luego aparecen Moisés
y Elías, que conversan con Él. Su rostro estaba tan resplandeciente y sus
vestiduras tan cándidas, que Pedro quedó iluminado, en tal medida que quería
permanecer allí, casi deteniendo ese momento. Inmediatamente resuena desde lo
alto la voz del Padre que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo:
«Escuchadlo» (v. 5). ¡Esta palabra es importante! Nuestro Padre que dijo a los
apóstoles, y también a nosotros: «Escuchad a Jesús, porque es mi Hijo
predilecto». Mantengamos esta semana esta palabra en la cabeza y en el corazón:
«Escuchad a Jesús». Y esto no lo dice el Papa, lo dice Dios Padre, a todos: a
mí, a vosotros, a todos, a todos. Es como una ayuda para ir adelante por el
camino de la Cuaresma. «Escuchad a Jesús». No lo olvidéis.
Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús,
estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y toman en serio sus
palabras. Para escuchar a Jesús es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como
hacían las multitudes del Evangelio que lo seguían por los caminos de
Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un
maestro itinerante, proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le
había dado el Padre, a lo largo de los caminos, recorriendo trayectos no
siempre previsibles y a veces poco libres de obstáculos. Seguir a Jesús para
escucharle. Pero también escuchamos a Jesús en su Palabra escrita, en el
Evangelio. Os hago una pregunta: ¿vosotros leéis todos los días un pasaje del
Evangelio? Sí, no… sí, no… Mitad y mitad… Algunos sí y algunos no. Pero es
importante. ¿Vosotros leéis el Evangelio? Es algo bueno; es una cosa buena
tener un pequeño Evangelio, pequeño, y llevarlo con nosotros, en el bolsillo,
en el bolso, y leer un breve pasaje en cualquier momento del día. En cualquier
momento del día tomo del bolsillo el Evangelio y leo algo, un breve pasaje. Es
Jesús que nos habla allí, en el Evangelio. Pensad en esto. No es difícil, ni
tampoco necesario que sean los cuatro: uno de los Evangelios, pequeñito, con
nosotros. Siempre el Evangelio con nosotros, porque es la Palabra de Jesús para
poder escucharle.
De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos
significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso.
Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio
de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del
Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El
encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña»
y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos
afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material
y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos
llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios,
compartiendo la gracia recibida. Y esto es curioso. Cuando oímos la Palabra de
Jesús, escuchamos la Palabra de Jesús y la tenemos en el corazón, esa Palabra
crece. ¿Sabéis cómo crece? ¡Donándola al otro! La Palabra de Cristo crece en
nosotros cuando la proclamamos, cuando la damos a los demás. Y ésta es la vida
cristiana. Es una misión para toda la Iglesia, para todos los bautizados, para
todos nosotros: escuchar a Jesús y donarlo a los demás. No olvidarlo: esta
semana, escuchad a Jesús. Y pensad en esta cuestión del Evangelio: ¿lo haréis?
¿Haréis esto? Luego, el próximo domingo me diréis si habéis hecho esto: llevar
un pequeño Evangelio en el bolsillo o en el bolso para leer un breve pasaje
durante el día.
Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para
continuar con fe y generosidad este itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un
poco más a «subir» con la oración y escuchar a Jesús y a «bajar» con la caridad
fraterna, anunciando a Jesús.
Al término de la oración mariana, el Santo Padre, tras saludar a los grupos
presentes, dirigió las siguientes palabras.
Os invito a recordar en la oración a los pasajeros y a la tripulación del
avión de Malasia y a sus familiares. Estamos cerca de ellos en este difícil
momento.
A todos deseo un feliz domingo y un buen almuerzo. ¡Hasta la vista!
Benedicto XVI. Ángelus. 20 de marzo de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias al Señor que me ha permitido vivir en los días pasados los
ejercicios espirituales, y me siento agradecido a cuantos me han manifestado su
cercanía con la oración. Este domingo, segundo de Cuaresma, se suele denominar
de la Transfiguración, porque el Evangelio narra este misterio de la vida de
Cristo. Él, tras anunciar a sus discípulos su pasión, «tomó consigo a Pedro, a
Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se
transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus
vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 1-2). Según los
sentidos, la luz del sol es la más intensa que se conoce en la naturaleza,
pero, según el espíritu, los discípulos vieron, por un breve tiempo, un
esplendor aún más intenso, el de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la
historia de la salvación. San Máximo el Confesor afirma que «los vestidos que
se habían vuelto blancos llevaban el símbolo de las palabras de la Sagrada
Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas» (Ambiguum 10:
pg 91, 1128 b).
Dice el Evangelio que, junto a Jesús transfigurado, «aparecieron Moisés y
Elías conversando con él» (Mt 17, 3); Moisés y Elías, figura de la
Ley y de los Profetas. Fue entonces cuando Pedro, extasiado, exclamó: «Señor,
¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti,
otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17, 4). Pero san Agustín
comenta diciendo que nosotros tenemos sólo una morada: Cristo; él «es la
Palabra de Dios, Palabra de Dios en la Ley, Palabra de Dios en los Profetas» (Sermo
De Verbis Ev. 78, 3: pl 38, 491). De hecho, el Padre mismo proclama:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17,
5). La Transfiguración no es un cambio de Jesús, sino que es la revelación de
su divinidad, «la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en
luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz» (Jesús de
Nazaret, Madrid 2007, p. 361). Pedro, Santiago y Juan, contemplando la
divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se
canta en un antiguo himno: «En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en
la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote
crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo
que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre» (Kontákion eis ten
metamórphosin, en: Menaia, t. 6, Roma 1901, 341).
Queridos amigos, participemos también nosotros de esta visión y de este don
sobrenatural, dando espacio a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios.
Además, especialmente en este tiempo de Cuaresma, os exhorto, como escribe el
siervo de Dios Pablo vi, «a responder al precepto divino de la penitencia con
algún acto voluntario, además de las renuncias impuestas por el peso de la vida
diaria» (const. ap. Pænitemini, 17 de febrero de 1966, iii, c:
aas 58 [1966] 182). Invoquemos a la Virgen María, para que nos ayude a escuchar
y seguir siempre al Señor Jesús, hasta la pasión y la cruz, para participar
también en su gloria.
Benedicto XVI. Ángelus. 17 de febrero de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Ayer se concluyeron aquí, en el palacio apostólico, los
ejercicios espirituales durante los cuales, como todos los años, se unieron en
la oración y en la meditación el Papa y sus colaboradores de la Curia romana.
Doy las gracias a cuantos nos han acompañado espiritualmente: el Señor los
recompense por su generosidad.
Hoy, segundo domingo de Cuaresma, prosiguiendo el camino
penitencial, la liturgia, después de habernos presentado el domingo pasado el
evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar
sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte.
Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de
Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la
luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una
parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la
tentación; por otra, lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra
humanidad. De este modo, podríamos decir que estos dos domingos son como dos
pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua,
más aún, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en
el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.
El monte —tanto el Tabor como el Sinaí— es el lugar de la
cercanía con Dios. Es el espacio elevado, con respecto a la existencia diaria,
donde se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde
se está en la presencia del Señor, como Moisés y Elías, que aparecen junto a
Jesús transfigurado y hablan con él del "éxodo" que le espera en
Jerusalén, es decir, de su Pascua.
La Transfiguración es un acontecimiento de oración: orando, Jesús se sumerge en
Dios, se une íntimamente a él, se adhiere con su voluntad humana a la voluntad
de amor del Padre, y así la luz lo invade y aparece visiblemente la verdad de
su ser: él es Dios, Luz de Luz. También el vestido de Jesús se vuelve blanco y
resplandeciente. Esto nos hace pensar en el Bautismo, en el vestido blanco que
llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz,
anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el
símbolo de las vestiduras blancas (cf. Ap 7, 9. 13).
Aquí está el punto crucial: la Transfiguración es
anticipación de la resurrección, pero esta presupone la muerte. Jesús
manifiesta su gloria a los Apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para
afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través
de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios. La voz del Padre, que
resuena desde lo alto, proclama que Jesús es su Hijo predilecto, como en el
bautismo en el Jordán, añadiendo: "Escuchadlo" (Mt 17,
5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirlo por
el camino de la cruz, llevando en el corazón, como él, la esperanza de la
resurrección. Spe salvi, salvados en esperanza. Hoy podemos decir:
"Transfigurados en esperanza".
Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconozcamos
en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de
Cristo, y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el
itinerario de la Cuaresma.
DOMINGO 3º TIEMPO DE CUARESMA. MISA DE NIÑOS.
Monición de entrada.-
Hola:
Igual que Jesús se encontró con una chica que
iba a sacar agua del pozo.
Hoy Jesús se encuentra con nosotros.
Y también nos da a beber un agua que quita la
sed.
Este agua es la Palabra de Dios y la
comunión.
Señor
ten piedad.-
Porque no hacemos caso de las promesas del
bautismo. Señor, ten piedad.
Porque hemos hecho de nuestro corazón un pozo
sin agua. Cristo, ten piedad.
Porque nos hemos olvidado de ti, la fuente de
agua viva. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa León y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por los cristianos, para que
tengamos sed de ti. Te lo pedimos,
Señor.
Jesús, te pido por los que no te conocen,
para que te encuentren. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por los que piensan que la
felicidad es tener cosas y se olvidan que la felicidad es estar contigo y las
personas que nos quieren. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros, para que te
conozcamos mejor y aprendamos a vivir
como tu vivías. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
María, queremos darte las gracias por
ayudarnos en esta misa a abrir los ojos del corazón y ver en la comunión a
Jesús.
[1] Pío de Luis, OSA. Comentarios
de san Agustín a las lecturas litúrgicas (NT). Selección de textos e
introducción. Estudio Agustiniano. Valladolid. 1986.

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