sábado, 9 de mayo de 2026

Nº 307. Domingo 6º Tiempo Pascual. 10 de mayo de 2026. San Juan de Ávila.

 


Primera lectura.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 8, 5-8.14-17

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

 

Textos paralelos.

Felipe bajó a una ciudad de Samaría.

Hch 6, 5: La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.

Hch 21, 8: Al día siguiente, partimos de allí y llegamos a Cesarea; entramos en la casa de Felipe, el evangelista, uno de los Siete, y nos quedamos con él.

Veían los signos que realizaba.

Mt 8, 29: Y le dijeron a gritos: “Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”.

Hubo una gran alegría en aquella ciudad.

Hch 2, 46: Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan de las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón.

Al enterarse los apóstoles.

Hch 11, 1: Los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios.

Hch 11, 22: Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño.

Les enviaron a Pedro y a Juan.

Lc 8, 51: Al llegar a la casa, no dejó entrar con él más que a Pedro, Santiago y Juian y al padre de la niña y la madre.

Oraron por ellos.

Hch 1, 5: Porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Únicamente habían sido bautizados.

Hch 2, 28: Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro.

Hch 1, 5: Porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Imponían las manos.

1 Tm 4, 14: No descuides el don que hay en ti, que te fue dado por intervención profética con la imposición de manos del presbiterio.

 

Notas exegéticas.

8 5 (a) Var.: “la ciudad de Samaría”, “la ciudad de Cesarea”. No se trata seguramente de la misma ciudad de Samaría, convertida en ciudad helenística (Sebaste). Aquí se trata de una evangelización de los samaritanos en el sentido judío de la palabra: de los hermanos de raza y religión, pero separados de la comunidad de Israel y caídos en la herejía (Jn 4, 9).

8 5 (b) El Mesías, al que también esperaban los samaritanos, ver Jn 4, 25.

8 8 Como en Lc 1, 14 la alegría es mencionada con frecuencia en Hechos. Se trata de la alegría de los tiempos mesiánicos del gozo de la salvación en la fe.

8 17 El Espíritu recibido por la Iglesia de Jerusalén es comunicado así a los samaritanos bautizados, al tiempo que la misión de Felipe recibe de Pedro y Juan, enviados de los apóstoles, su carácter plenamente apostólico.

 

Salmo responsorial

Salmo 65


R/. Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera;

tocad en honor de su nombre,

cantad himnos a su gloria.

Decid a Dios: “¡Qué temibles son tus obras! R/.

Que se postre ante ti la tierra entera,

que toquen en tu honor,

que toquen para tu nombre.

Venid a ver las obras de Dios,

sus temibles proezas en favor de los hombres. R/.

 

Transformó el mar en tierra firme,

a pie atravesaron el río.

Alegrémonos en él.

Con su poder gobierna eternamente. R/.

 

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,

os contaré lo que ha hecho conmigo.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica

ni me retiró su favor. R/.

 

Textos paralelos.

Cantad a su nombre glorioso.

Ef 1, 12-14: Para que seamos alabanza de su nombre / quienes antes esperábamos en el Mesías. / En él también vosotros, / después de haber escuchado la palabra de la verdad /– el evangelio de vuestra salvación –, / creyendo en él / habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.  / Él es la prenda de nuestra herencia, / mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, / para alabanza de su gloria.

La tierra entera se postre ante ti.

Sal 18, 45: Me escuchaban y me adulaban / los extranjeros buscaban mi favor.

Sal 81, 16: Los que aborrecen al Señor lo adularán, / y su suerte quedará fijada.

Convirtió el mar en tierra firme.

Sal 114, 3: El mar, al verlos, huyó; / el Jordán se echó atrás.

Is 44, 27: Digo al océano: “Vuélvete árido”, / yo secaré tus corrientes.

Sal 50, 2: Desde Sión, la hermosa, / Dios resplandece.

 

Notas exegéticas.

66 Esta liturgia de acción de gracias por la comunidad (cuyo jefe o portavoz habla a partir del v. 13) recuerda por el estilo y el horizonte universalista la segunda parte de Isaías (capítulos 40-55).

66 6 El paso del Mar de las Cañas, Ex 14-15, y el del Jordán, Jos 3: dos grandes sucesos “típicos” de la historia de Israel, igualmente unidos en Sal 74, 13-15; 144.

 

Segunda lectura.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18

Queridos hermanos:

Glorificad a Cristo con vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo. Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal. Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios. Muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu.

 

Textos paralelos.

Al contrario, dad culto al Señor, Cristo.

Pr 3, 25: No temerás el terror repentino / ni el ataque de los malvados cuando llegue.

Is 8, 13: Al Señor del universo llamaréis santo. / Sea él el objeto de vuestro temor y de vuestro terror.

 

Notas exegéticas:

3 15 “Señor”; var. “Dios”, - “esperanza”; adicción: “y fe”. – Los cristianos dan testimonio de que pertenecen a Cristo frente a los gentiles que ignoran toda esperanza. Tuvieron ocasión para ello en las persecuciones locales.

3 18 (a) Todo este pasaje contiene los elementos de una antigua profesión de fe: muerte de Cristo, bajada a los infiernos, resurrección, asiento a la derecha de Dios, juicio de los vivos y los muertos.

3 18 (b) Om.: “a Dios” – “los pecados”; Vulg.: “nuestros pecados”.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

 

Textos paralelos.

Si me amáis guardaréis mis mandamientos.

1 Jn 4, 3: Y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo.

Dt 6, 4-9: Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en los portales.

Yo le pediré al Padre.

Jn 7, 11: A mitad de la fiesta subió Jesús al templo y se puso a enseñar.

Os dará un Paráclito.

Jn 11, 1: Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana.

Sb 6, 16: Pues ella misma va de un lado a otro / buscando a los que son dignos de ella; / los aborda benigna por los caminos / y les sale al encuentro en cada pensamiento.

1 Jn 2, 1: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.

Porque no lo ve ni lo conoce.

Jn 1, 10: En el mundo estaba; / el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

Estará con vosotros.

2 Jn 1, 2: Gracias a la verdad que permanece en nosotros y que nos acompañará para siempre.

Volveré a vosotros.

Sal 27, 10: Si mi padre y mi madre me abandonan, / el Señor me recogerá.

Is 49, 14-15: Sión decía: “Me ha abandonado el Señor, / mi dueño me ha olvidado”. / ¿Puede una madre olvidar al niño que le amamanta, / no tener compasión del hijo de sus entrañas? / Pues, aunque ella se olvidará, yo no te olvidaré.

Dentro de poco el mundo ya no me verá.

Jn 7, 34: Me buscaréis y no me encontraréis, y donde yo estoy vosotros no podéis venir.

Jn 8, 21: De nuevo les dijo: “Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros”.

Porque yo vivo y también vosotros viviréis.

Jn 16, 16: Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver.

Jn 6, 57: Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Yo estoy en mi Padre.

Jn 10, 30: Yo y el Padre somos uno.

Vosotros en mí y yo en vosotros.

Jn 17, 11: Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti, Padre Santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.

Jn 17, 21: Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que me has enviado.

Jn 17, 22: Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno.

El que tiene mis mandamientos.

Pr 8, 17: Yo amo a los que me aman, / los que madrugan por mí me encuentran.

Y l que me ame.

Jn 16, 27: Pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.

Jn 17, 26: Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos.

Será amado por mi Padre.

St 4, 14: ¡Si ni siquiera sabéis qué será del día de mañana! ¿Qué es vuestra vida? Pues sois vapor que aparece un instante y después desaparece.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

14 15: Var: “guardad mis mandamientos”. Jesús afirma, como Dios, su derecho a ser amado y obedecido.

14 16 Primero de los cinco textos sobre el Espíritu (Paráclito, Espíritu de verdad, Espíritu santo) en el discurso de después de la cena. Enviado por el Padre (o por Cristo) después de la marcha de Jesús permanecerá para siempre junto a los discípulos para recordar y completar la enseñanza de Cristo, conduciendo a los discípulos por los caminos de la verdad y explicándoles el sentido de los acontecimientos futuros. Él glorificará a Cristo en el sentido de que atestiguará que su misión venía efectivamente de Dios y que el mundo, engañado por su Príncipe, el “padre de la mentira” se ha equivocado no creyendo en él conforme a las tradiciones judías, el Cristo-Paráclito (Abogado) nos defendía en el tribunal del Padre contra las acusaciones de Satán, el Acusador gracias a su sacrificio expiatorio. En el discurso de la Cena el Espíritu Paráclito ejerce más bien la “paráclesis”, las exhortaciones de las que se ha hablado en los Hechos y las Cartas de Pablo.

14 17 La expresión proviene de Qumrán donde se contraponía “espíritu de verdad” y “espíritu de error” para designar dos tendencias inherentes al hombre. Aquí el Espíritu de verdad está personalizado (confrontar con 2 Jn 1-2, texto que calca el de Jn 14, 17c.

14 18 No se trata ya del retorno de Cristo tal como se concebía en 14, 1-3, sino deuna presencia puramente espiritual de Cristo-Sabiduría juntamente con el Padre.

14 19 Mientras que el mundo, entregado exclusivamente a sus medios de conocimiento, será incapaz de percibir a Jesús más allá de su muerte, los discípulos experimentarán la presencia de Cristo resucitado (“porque yo vivo”) y compartirán su nueva vida, lo mismo que quienes crean a partir del testimonio de ellos. Para Jn este conocimiento y esta participación constituyen la vida eterna.

14 20 (a) Los profetas designaban así el tiempo de las grandes intervenciones divinas. El “día” puede designar aquí todo el tiempo que seguirá a la resurrección de Jesús.

14 20 (b) Las relaciones entre Jesús y sus discípulos son análogas a las que le unen con el Padre.

14 21 En este versículo, quien habla es Cristo-Sabiduría.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica

15 Guardar mis mandamientos – o “mi doctrina”, o “mis palabras”– es creer en Jesús.

16-17 Paráclito: intercesor; en griego, pará-klêtos, como en latín ad-vocatus, significa lit. “el-que-es-llamado-en-ayuda”; de ahí, abogado, defensor (ayuda en el orden intelectual); en la Iglesia latina se tradujo por consolador, y no está mal traducido, porque eso sería en este caso si damos al adjetivo verbal griego sentido activo. En la tradición rabínica tardía, uno de los títulos del Mesías es el Consolador. El Espíritu Santo nos asiste desde dentro, nos ayuda inspirando; será otro intercesor en favor de nosotros, otro consolador, que prolongará en la tierra la acción del primero: Cristo.

Que esté: lit. para que esté, partícula griega hína equivalente a un relativo.

Ese Espíritu de la verdad es enviado por el Padre a los creyentes en Jesús, mientras que el mundo (en sentido peyorativo, no puede recibirlo, por haberse cerrado a Cristo y su palabra. En su nueva forma de existencia “espiritual” el creyente está confortado y defendido por la presencia divina en su interior.

Estará: algunos manuscritos leen está.

20 Aquel día: cuando resucite de entre los muertos.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé:

14, 15 El amor no son solamente palabras o sentimientos interiores, el amor auténtico se manifiesta con acciones. Estos mandamientos a los que Cristo se refiere comprenden la totalidad del mensaje evangélico. Cat. 2068; 2074-2075.

14, 16 Paráclito: esto se traduce a veces como “defensor”, literalmente 2el que está llamado a nuestro lado”. Al decir otro, se sobrentiende que Cristo ha sido el primer Paráclito. El Espíritu Santo servirá como intercesor ante Dios. El Espíritu Santo está presente y activo tanto en la Iglesia en cuanto comunidad como en sus miembros individuales. Por tanto, tanto la Iglesia como cada persona bautizada, pueden ser llamados justamente “templos del Espíritu Santo” (Jn 14, 23). Gracias a esta morada, aquellos que poseen fe verdadera en Cristo también conocerán al Espíritu Santo. La secuencia que se reza en la liturgia de Pentecostés incluye una oración de invitación al Espíritu Santo: “¡Ven, Espíritu Santo, manda un rayo de tu lumbre desde el cielo!”. Cat. 687, 692, 729, 2466, 2615.

14, 17 Cristo prometió que el Padre enviaría el Espíritu Santo sobre los apóstoles para ayudarles a recordar todo lo que Cristo había hecho y enseñado. Aquellos que aman a Cristo recibirán el amor del Padre y se convertirán en templos del Espíritu Santo. Los apóstoles no entendieron muy bien esto, pero el Espíritu Santo les otorgaría sabiduría y coraje una vez que hubieran cumplido su pasión, muerte y resurrección. Cat 690, 1197, 2300, 2671.

14, 18 La presencia espiritual de Cristo permanece en la tierra incluso después de la ascensión. Está presente en la Iglesia, en su palabra, en la liturgia, en la oración comunitaria, y en sus sacerdotes, de un modo extraordinario está presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad en la Eucaristía bajo la apariencia de pan y vino, que está reservado en el sagrario dentro de todas las iglesias católicas. Cat 521, 788.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

2068 El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos (Decretum de iustificatione). Y el Concilio Vaticano II afirma que: “Los obispos, como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor [...] la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación” (Lumen gentium, 24).

2074 Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y gaurdamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12).

2075 “¿Qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?” – “Sí [...] quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 16-17).

692 Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el “Paráclito”, literalmente “aquel que es llamado junto a uno”, advocatus (Jn 14, 16). “Paráclito” se traduce habitualmente por “Consolador”, siendo Jesús el primer consolador. El mismo Señor llama al Espíritu Santo “Espíritu de Verdad”.

729 Solamente cuando ha llegado la hora en que va a ser glorificado, Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres: El Espíritu de verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de Él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo, lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

2615 En el Espíritu Santo, la oración cristiana es comunión de amor con el Padre, no solamente por medio de Cristo, sino también en Él.

788 Cuando fueron privados los discípulos de su presencia visible, Jesús no los dejó huérfanos. Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos, les envió su Espíritu. Por eso, la comunión con Jesús se hizo en cierto modo más intensa: “Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo” (C. Vaticano II, Lumen gentium, 7).

Concilio Vaticano II

Mas lo que el Señor ha predicado una vez o lo que en Él se ha obrado para la salvación del género humano, debe proclamarse y extenderse hasta los últimos confines de la tierra, comenzando desde Jerusalén, de modo que lo que una vez se obró para todos en orden a la salvación, alcance su efecto en todos a través de los tiempos.

Para conseguir esto plenamente, Cristo envió desde el Padre al Espíritu Santo para que realizara desde dentro su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a su propia expansión. Sin duda, el Espíritu Santo actuaba ya en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés vino sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación de la fe, por la Iglesia de la Nueva Alianza que habla en todas las lenguas, comprende y abraza en la caridad a todas las lenguas, superando así la dispersión de Babel.

Decreto “Ad gentes divinitus”, 3-4. 

 

San Agustín

Dice el Señor: Todavía un poco y el mundo ya no me verá (Jn 14, 19). ¿Qué decir? ¿Es que entonces le veía el mundo? En efecto, con el nombre de “mundo” quiere indicar a aquellos de quienes habló antes, diciendo con referencia al Espíritu Santo: A quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce (Jn 14, 17). El mundo, es verdad, veía con los ojos de la carne a quien se había hecho visible mediante la carne, pero no veía a la Palabra que se ocultaba en la carne; veía al hombre, pero no veía a Dios; veía el vestido, pero no al hombre vestido. Mas como después de su resurrección mostró a los discípulos también la carne, no solo para que la vieran, sino para que la tocaran, pero no quiso manifestarla a los que no eran de los suyos. 

¿Qué significa: Porque yo vivo, también vosotros viviréis? ¿Por qué se refiere a sí mismo en el presente y a ellos en el futuro, sino porque les prometió que poseerían también la vida del cuerpo, pero un cuerpo resucitado, cual aquella en la que él les iba a preceder? Y como estaba tan próxima su resurrección, utilizó el presente para indicar esa inmediatez; refiriéndose a ellos, en cambio, no dijo: “vivís”, sino viviréis, puesto que la suya se difiere hasta el fin del mundo.

[...] El que tiene mis mandatos y los observa es quien me ama (Jn 14, 21): el que los tiene en su memoria y los observa en su vida; el que los tiene presentes en sus palabras y los observa en sus costumbres; quien los tiene porque los escucha y los observa practicándolos, o quien los tiene porque los lleva a la práctica y los observa perseverando en ellos.

Comentarios sobre el evangelio de San Juan 75, 2-5. I, pgs. 584-586.

 

Los Santos Padres.

Continuamente necesitamos obras, y no palabras vanas y fastuosas. A todos resulta fácil decir y prometer, pero no es tan fácil dar cumplimiento... Os he ordenado que os améis los unos a los otros para que hagáis a unos y a otros lo que yo os hice. La obediencia a estas palabras y la sumisión al amado manifiestan vuestro amor.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Juan, 75, 1. IVb, 190.

No porque uno diga que ama a Dios obtendrá inmediatamente la gloria del verdadero amor, ya que la fuerza la virtud no está en las solas palabras, ni la belleza de la piedad para con Dios se expresa con desnudas palabras, sino que se reconoce por las buenas obras y por una actitud de obediente escucha.

Cirilo de Alejandría, Comentario al Ev. de Juan, 9, 1. IVb, 190.

Tengamos bien presente que, sin el Espíritu Santo, nosotros no podemos amar a Cristo ni guardar sus mandamientos, y que tanto menos podremos hacerlo cuanto menos de Él tengamos, y que lo haremos con tanta mayor plenitud cuanto más de Él participemos.

Agustín, Tratados sobre el Ev. de Juan, 74, 1-2. IVb, pg. 195.

“Pero vosotros me veréis”. Es como si dijera: “Vendré a vosotros, pero no de la misma forma que antes, cuando estaba con vosotros todos los días”.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Juan, 75, 2. IVb, pg. 197.

 

San Juan de Ávila

“Poco ha que os dije: Yo rogaré al Padre, y daros ha otro consolador (Jn 14, 16); mas no penséis que he de rogar por vosotros, como acaece rogar uno a su amigo que dé algo a otros, con los cuales aquel rogado está mal; y lo que les da es solamente porque ama mucho al que se lo ruega; y quédanse los otros desamados y desagradables como antes se estaban. No es así, porque por haberme amado y creído, mi Padre os quiere bien, y le parecéis bien; y tenéis licencia, como gente amada con propio amor y que tiene propia gracia y justicia, para entrar vosotros delante su acatamiento, y pedirle lo que habéis menester en mi nombre. Y lo que yo por vosotros ruego es como por gente amada, a la cual el Padre hace mercedes, porque yo las pido, y porque para vosotros las pido”.

Audi, filia (II). I, pgs. 732-733.

Mas mirad que el mundo malo, a quien no hemos de oír, no es este mundo que vemos y que Dios creó, mas en la ceguedad y maldad y vanidad, que los hombres apartados de Dios inventaron, rigiéndose por su parecer y no por la lumbre y gracia de Dios, siguiendo su voluntad propria y no sujetándose a la de su Criador; y poniendo su amor en las honras y deleites y bien presentes, siéndoles dados no para pegarse al corazón en ellos, mas para usar de ellos recibiéndolos y sirviendo con ellos al Señor que los dio. Esto son los mundanos tan miserables que de ellos dice Cristo nuestro Señor: El mundo no puede recebir el Espíritu de la verdad (Jn 14, 17), porque, si este corazón malo y vano no echa de sí, no podrá recebir la verdad del Señor. Porque es tan grande la contrariedad que hay del uno al otro, que quien de Cristo y de su espíritu quisiere ser, es necesario que no sea del mundo; y quien del mundo quisiere ser, a Cristo no ha perdido.

Audi, filia (I). I, pg. 410-411.

Y el que tiene mis mandamientos y los guarda, aquel es el que ama (Jn 14, 21), dando claramente a entender, que quien no guarda sus palabras, no tiene su amor ni amistad, porque, como dice San Agustín, “no puede uno amar al rey, cuyo mandamiento aborrece”.

Audi, filia (I), I, pg. 480.

Y por el mesmo San Juan dice: Et ego rogabo Patrem, etc. (Jn 14, 6-17). No puede el mundo recebir el Espíritu Santo, porque Dios y el mundo son capitales enemigos. Tan largamente se ha probado esto, tantas veces nos lo ha dicho Dios, que plega a Él que, tantas veces dicho, sea por hombre creído.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 204.

Mirad la diversidad de corazones. El mundo no nos estima. ¿Esto no es verdad? ¿A quién estiman por de mejor linaje, al hijo del rey o aun hijo de Dios? Porque el mundo no nos conoce ni conoce a Dios. San Juan: Et ego rogabo, Patrem, etc. (Jn 14, 16-17). Y San Pablo para ad Corintios: Animalis autem homo non percipit ea que sunt Spiritus Dei; stultitia enim est illi et non potest intelligere quia spiritualiter examinatur (1 Cor 2, 14). El hombre animal no puede entender las cosas que son del Espíritu de Dios; tiene necesidad y no puede entender, porque está examinado espiritualmente.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pgs. 269-270.

Y por el mesmo San Juan: Et ego rogabo Patrem, etc. (Jn 14, 16-17). No puede el mundo recebir el Espíritu Santo, porque Dios y el mundo son enemigos capitales. Tan largamente se ha probado esto, tantas veces nos lo ha dicho Dios, que plega a Dios que sea de los hombres creído, y no sirva solamente de acusador en el Juicio.

Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 379.

Fue Jesucristo al cielo, dice San Pablo, a parecer delante del gesto del Padre, para ofrecelle su pasión y recabarnos el Espíritu Santo.

Domingo infraoctava de la Ascensión, 29 mayo 1552. Pg. 334.

Nuestro Redemptor encargó a sus sagrados apóstoles muchas cosas, y que las guardase, so pena de perder su amistad; y tanto es esto verdad que quien no guarda lo que Cristo manda, va perdido sin ningún remedio. Y porque por ventura los discípulos no tenían en tanto las palabras de Cristo por ser suyas, tanto como si fueran de Dios, dijoles Cristo: “Y porque no penséis que son mías estas palabras y que de mí digo lo que digo. Las palabras que os he dicho y habéis oído, no son mías, sino de mi Padre, que me envió; tenedlas en mucha reverencia y acatamiento, y guardadlas, pues sabéis cuyas son”.

Domingo de Pentecostés. En la profesión de una monja. Pg. 351-552.

Nadie puede entender esto ni alcanzarlo sino quien tuviere Espíritu Santo. “Consolados habéis estado conmigo; alegres habéis estado con mi presencia, enseñados con mi doctrina, fuertes con mi presencia. Yo me voy, y rogaré a mi Padre que os envíe otro consolador en mi nombre”. Hasta aquí yo os he consolado; yo me iré, y yéndome yo, os enviaré otro Consolador, otra persona”, – ¡Oh poderoso Dios! ¿Quién es este Consolador que habéis de enviar? – Espíritu de verdad, que morará en vosotros, que os enseñará verdades, no opiniones, no engaños.

Domingo de Pentecostés. Pg. 365.

¿Queréis más? ¿Estáis contentos? ¿Andaréis ya echando mano de las sombras, buscando dineros, buscando honras, deseando subir y valer, y buscar oficios? ¿Queréis más? Dice San Bernardo: “¡Oh endurecidos corazones a quien tal cuchillo no corta, y tal fuego no enciende, y tal bondad no mueve, y amansa y ablanda!”. Viniendo el Hijo y el Padre, también el Espíritu Santo. No te llames huérfano de aquí adelante porque el mundo no te hace honra, porque el mundo no te favorece, porque no tienes prosperidades y riquezas de acá. – ¿Quédate más, Señor, quédate más que dar? – Yo regaré al Padre, y enviaros ha otro Consolador.

O.c. Pg. 366.

Representaría Jesucristo, en cuanto hombre, delante del Padre, mostraría el testimonio de nuestra redempción, mostraría las señales de los clavos y el costado partido de la lanzada, y diría: “Padre mío, habed compasión de aquellas ovejuelas que en el mundo están sin pastor; están flaquillas, están tristes, envialdes, Padre mío, vuestro Espíritu, por los dolores que por ellos pasé. Ellos están esperando el Consolador que yo les dije que les había de enviar: enviádselo, Padre mío, por mi amor; no les haya salido en vano su esperanza. Mira, Padre, a tal Hijo, y no le niegues lo que te pidiere; ámalos, Padre mío. Por mis merecimientos merecen ellos ser consolados; consuélalos, Padre, envíales el Espíritu Santo”.

Martes de Pentecostés. Pg. 397-398.

No penséis, amigo, que tanto uno ama a Dios cuanto siente de Él y cuanto en aquel estado de su devoción piensa él que ama, sino cuanto fuere fundado en virtudes, en caridad y en guardar sus mandamientos (cf. Jn 14, 15.21). Este tal es verdadero amador y amigo.

Carta a un mancebo. IV, pg. 608.

Estas cosas tan claras no las conoce el mundo, porque él está en ceguedad, y como el Señor dice: No puede recibir el Espíritu Santo, porque no te conoce ni ve (cf. Jn 14, 17). Pues ¡Triste del mundo! Si no puede recibir al Espíritu Santo, forzosa cosa es que reciba al espíritu malo. Y de aquí le vienen los males: que, como gente guiada por espíritu de error y maldad, hacen cosas conforme a su corazón. Mas sentencia firme es de Dios que el mundo se pasa y sus codicias, y que el que hace la voluntad del Señor vive y permanece para siempre (1 Jn 2, 17).

A un su conocido. IV, pg. 557.

 

San Oscar Romero.

Queridos hermanos, en las vísperas de Pentecostés, en este día del trabajo, yo les invito a que hagamos de nuestro trabajo, cualquiera que sea, no un motivo de divisiones, de contiendas, de rivalidades. Todos los trabajos son honrados, todas las situaciones sociales son buenas cuando se dejan arrastrar por esta corriente que nos eleva por Cristo hasta Dios, y de Dios baja llena de amor a los hombres. Por eso, Cristo pone como señal de pertenecer a esta corriente, de permanecer a esta vida de Dios, una condición indispensable: "si me amáis, guardaréis mis mandamientos". Y al final del Evangelio dice: "El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama". Aquí está el secreto de la verdadera dinámica. Aquí está la verdadera fuerza del cristianismo: EL AMOR.

Por eso no me cansaré, hermanos, aún cuando las fuerzas revolucionarias que solamente lo esperan todo de metralletas y de cosas que no pueden sembrar paz, sino odio y rencor; que quieren criticar a la Iglesia porque sólo predica el amor; o de aquellos lenguajes que no quieren entender el amor que la Iglesia predica porque es un amor dinámico, no es un amor de muerte, no es un amor de conformismo; es amor que lucha. Y en el primero de mayo yo les quiero decir a los obreros: que está bien la lucha de sus reivindicaciones, pero no las hagan consistir sólo en las débiles fuerzas de sus brazos y de sus organizaciones. Quiero leerles este pensamiento del Papa Pablo VI cuando en "la Evangelización del mundo actual" dice esto: "La Iglesia se esfuerza por insertar siempre la lucha cristiana por la liberación en el designio de salvación que Ella anuncia". Quiere decir, que todas esas luchas de liberación en las cuales están empeñados los obreros, las organizaciones, cualquier gente que se agrupa para defender un derecho humano, una liberación, la Iglesia "no la mira con indiferencia" fíjense bien - "no la mira con indiferencia". Pero no quiere decir que se identifique con ella. Lo que la Iglesia hace es asumir el esfuerzo liberador de los hombres e insertarlo en la salvación que Ella predica. Porque Ella sabe que toda salvación, que toda liberación, que toda reivindicación de obreros, campesinos, gente que quiera trabajar, no tiene eficacia, no tendrá éxito si no se incorpora a la gran salvación que la Iglesia predica. La Iglesia es la liberadora por excelencia, porque Ella predica la obra de Cristo.

Homilía, 30 de abril de 1978.

 

Papa León XIV. Regina Caeli. 3 de mayo de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Como la Iglesia primitiva, en el tiempo pascual volvemos a escuchar palabras de Jesús que despliegan su pleno significado a la luz de su pasión, muerte y resurrección. Lo que los discípulos antes no entendían o les provocaba turbación, ahora vuelve a su memoria, les hace arder el corazón y les da esperanza.

El Evangelio proclamado este domingo nos introduce en el diálogo del Maestro con los suyos durante la última cena. En particular, escuchamos una promesa que nos involucra ya desde ahora en el misterio de su resurrección. Jesús dice: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes» (Jn 14,3). Los apóstoles descubren así que en Dios hay lugar para cada uno. Dos de ellos lo habían experimentado durante su primer encuentro con Jesús, en el río Jordán, cuando Él se había dado cuenta de que lo seguían y los había invitado a quedarse esa tarde en su casa (cf. Jn 1,39). También ahora, frente a la muerte, Jesús habla de una casa, esta vez muy grande: es la casa del Padre suyo y Padre nuestro, donde hay lugar para todos. El Hijo se describe como el siervo que prepara las habitaciones, para que cada hermano y hermana, al llegar, encuentre lista la suya y se sienta desde siempre esperado y finalmente encontrado.

Queridos hermanos, en el viejo mundo todavía estamos en camino, lo que atrae la atención son los lugares exclusivos, las experiencias al alcance de unos pocos, el privilegio de entrar donde ningún otro puede hacerlo. En cambio, en el mundo nuevo donde el Resucitado nos lleva, lo más valioso está al alcance de todos. Pero no por eso pierde atracción. Al contrario, lo que está abierto a todos ahora causa alegría; la gratitud toma el puesto de la competición; la acogida elimina la exclusión; la abundancia ya no genera desigualdad. Sobre todo, nadie se confunde con otro, nadie está perdido. La muerte amenaza con borrar el nombre y la memoria, pero en Dios cada uno es finalmente uno mismo. En verdad, este es el lugar que buscamos toda la vida, en ocasiones dispuestos a todo con tal de lograr un poco de atención y de reconocimiento.

Tengan fe”, nos dice Jesús. ¡Este es el secreto! «Crean en Dios y crean también en mí» (Jn 14,1). Precisamente esta fe libera nuestro corazón de la ansiedad por tener y obtener, del engaño de tener que correr tras un puesto de prestigio para valer algo. Cada uno posee ya un valor infinito en el misterio de Dios, que es la verdadera realidad. Amándonos los unos a los otros como Jesús nos ha amado, nos damos esta certeza. Es el mandamiento nuevo: anticipamos así el cielo en la tierra, revelamos a todos que la fraternidad y la paz son nuestro destino. De hecho, en el amor, en medio de una multitud de hermanos, cada uno descubre que es único.

Recemos pues a María Santísima, Madre de la Iglesia, para que toda comunidad cristiana sea una casa abierta a todos y atenta a cada uno.

 

Papa León XIV. Audiencia general. 29 de abril de 2026. El Viaje apostólico a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy deseo hablar sobre el viaje apostólico que realicé del 13 al 23 de abril visitando cuatro países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.

Desde el inicio de mi pontificado, había pensado en un viaje a África. Doy gracias al Señor, que me ha permitido realizarlo como Pastor para visitar y animar al pueblo de Dios, y vivirlo como mensaje de paz en un momento histórico marcado por guerras y graves y frecuentes violaciones del derecho internacional. Expreso mi más sincero agradecimiento a los obispos y a las autoridades civiles que me han acogido, así como a todos aquellos que han colaborado en la organización.

La providencia quiso que la primera etapa fuera precisamente el país donde se encuentran los lugares de san Agustín, es decir, Argelia. Así, por una parte, he podido comenzar desde las raíces de mi identidad espiritual; y, por otra parte, me ha sido posible atravesar y consolidar puentes muy importantes para el mundo y la Iglesia de hoy: el puente con la época fecundísima de los Padres de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; el puente con el continente africano.

En Argelia he recibido una acogida no solamente respetuosa, sino también cordial, y hemos podido comprobar de primera mano y mostrar al mundo que es posible vivir juntos como hermanos y hermanas, incluso de religiones distintas, cuando nos reconocemos hijos del mismo Padre misericordioso. Asimismo, ha sido una ocasión propicia para entrar en la escuela de san Agustín: con su experiencia de vida, sus escritos y su espiritualidad, él es maestro en la búsqueda de Dios y de la verdad. Su testimonio es hoy de gran importancia para los cristianos y para cualquier persona.

En los siguientes tres países que he visitado, la población es, en cambio, de mayoría cristiana, y, por tanto, me he sumergido en un ambiente de fiesta de la fe, de acogida calurosa, favorecida también por el carácter típico de la gente africana. Al igual que mis predecesores, yo también he experimentado un poco de lo que le sucedía a Jesús con las multitudes de Galilea: Él las veía sedientas y hambrientas de justicia, y les anunciaba: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que trabajan por la paz…” Y reconociendo su fe, decía: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo” (cfr. Mt 5,1-16).

La visita a Camerún me ha permitido reforzar el llamamiento a comprometernos juntos con la reconciliación y la paz, porque también este país, desgraciadamente, está marcado por tensiones y violencia. Me alegro de haber ido a Bamenda, en la zona anglófona, donde he animado a trabajar juntos por la paz. Camerún es llamado “África en miniatura”, con referencia a la variedad y a la riqueza de su naturaleza y de sus recursos; pero también podemos entender esta expresión en el sentido de que en Camerún encontramos las grandes necesidades de todo el continente africano: la necesidad de una distribución equitativa de las riquezas; de dar espacio a los jóvenes, superando la corrupción endémica; de promover el desarrollo integral y sostenible, oponiendo a las varias formas de neocolonialismo una cooperación internacional con visión de futuro. Doy las gracias a la Iglesia en Camerún y a todo el pueblo camerunés, que me ha acogido con tanto amor; y rezo para que el espíritu de unidad que se ha manifestado durante mi visita se mantenga vivo y guíe las decisiones y las acciones futuras.

La tercera etapa del viaje ha sido Angola, gran país al sur del ecuador, de tradición cristiana multisecular, ligada a la colonización portuguesa. Como muchos países africanos, después de haber alcanzado la independencia, Angola ha atravesado un periodo difícil, que en su caso ha sido ensangrentado por una larga guerra interna. En el crisol de esta historia, Dios ha guiado y purificado la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio, de la promoción humana, de la reconciliación y de la paz. ¡Iglesia libre para un pueblo libre! En el santuario mariano de Mamã Muxima – que significa “Madre del corazón” – he sentido latir el corazón del pueblo angoleño. Y en los varios eventos he visto con alegría muchas religiosas y religiosos de todas las edades, profecía del Reino de los cielos en medio de su gente; he visto catequistas que se dedican enteramente al bien de la comunidad; he visto rostros de ancianos esculpidos por fatigas y sufrimientos, y que transparentan la alegría del Evangelio; he visto mujeres y hombres danzar al ritmo de cantos de alabanza al Señor resucitado, fundamento de una esperanza que resiste a las desilusiones causadas por las ideologías y las promesas vanas de los poderosos.

Esta esperanza exige un compromiso concreto, y la Iglesia tiene la responsabilidad, con el testimonio y el anuncio valiente de la Palabra de Dios, de reconocer los derechos de todos y de promover su respeto efectivo. He podido asegurar a las autoridades civiles angoleñas, y también a las de los otros países, la voluntad de la Iglesia Católica de seguir ofreciendo esta contribución, especialmente en los campos sanitario y educativo.

El último país que he visitado es Guinea Ecuatorial, en el 170°. aniversario de la primera evangelización. Con la sabiduría de la tradición y a la luz de Cristo, el pueblo guineano ha atravesado los acontecimientos de su historia, y, en los pasados días, en presencia del Papa, ha renovado con gran entusiasmo su voluntad de caminar unido hacia un futuro de esperanza.

No puedo olvidar lo sucedido en la cárcel de Bata, en Guinea Ecuatorial: los reclusos cantaron a pleno pulmón un canto de agradecimiento a Dios y al Papa, pidiéndole que rece “por sus pecados y su libertad”. Nunca había visto nada semejante. Y luego han rezado conmigo el Padre Nuestro, bajo una lluvia torrencial. ¡Un signo auténtico del Reino de Dios! Y, siempre bajo la lluvia, comenzó el gran encuentro con la juventud en el estadio de Bata. Una fiesta de alegría cristiana, con testimonios conmovedores de jóvenes que han encontrado en el Evangelio el camino para un crecimiento libre y responsable. Esta fiesta culminó con la celebración eucarística del día siguiente, que coronó dignamente la visita a Guinea Ecuatorial y todo el viaje apostólico.

Queridos hermanos y hermanas, la visita del Papa es, para las poblaciones africanas, una ocasión para hacer oír sus voces, para expresar la alegría de ser pueblo de Dios y la esperanza en un futuro mejor, de dignidad para cada uno y para todos. Me alegro de haberles dado esta oportunidad, y, al mismo tiempo, doy gracias al Señor por lo que ellos me han dado: una riqueza inestimable para mi corazón y mi ministerio.

 

Papa Francisco. Regina Caeli.  14 de mayo de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy, sexto domingo de Pascua, nos habla del Espíritu Santo, que Jesús llama Paráclito (cfr. Jn 14,15-17). Paráclito es una palabra que proviene del griego, y que significa al mismo tiempo el que consuela y abogado. El Espíritu Santo nunca nos deja solos, está junto a nosotros, como un abogado que asiste al imputado estando a su lado. Y nos sugiere cómo defendernos de quien nos acusa. Recordemos que el gran acusador es siempre el diablo, que pone dentro de uno el deseo del pecado, los pecados, la maldad. Reflexionemos sobre estos dos aspectos: su cercanía y su ayuda contra quien nos acusa.

Su cercanía: el Espíritu Santo, dice Jesús, “permanece con vosotros y estará en vosotros” (cfr. v. 17). No nos abandona nunca. El Espíritu Santo quiere quedarse con nosotros: no es un huésped de paso que viene a hacernos una visita de cortesía. Es un compañero de vida, una presencia estable, es Espíritu y desea morar en nuestro espíritu. Es paciente y está con nosotros también cuando caemos. Se queda porque nos ama de verdad, no finge querernos para luego dejarnos solos en medio de las dificultades. No, es leal, es transparente, es auténtico.

Es más, sin nos encontramos en una situación de prueba, el Espíritu Santo nos consuela, trayéndonos el perdón y la fuerza de Dios. Y cuando nos pone ante nuestros errores y nos corrige, lo hace con suavidad: en su voz, que habla al corazón, están siempre presentes el timbre de la ternura y el calor del amor. Cierto, el Espíritu Paráclito es exigente, porque es un verdadero amigo, fiel, que no esconde nada, que nos sugiere qué cambiar y cómo crecer. Pero cuando nos corrige jamás nos humilla y nunca infunde desánimo; por el contrario, nos transmite la certeza de que con Dios podemos lograrlo, siempre. Esta es su cercanía. ¡Es una hermosa certeza!

Segundo aspecto, el Espíritu Paráclito es nuestro abogado, nos defiende. Nos defiende de quien nos acusa: de nosotros mismos cuando no nos queremos y no nos perdonamos, llegando quizá incluso a decirnos que somos unos fracasados buenos para nada; del mundo, que descarta a quien no responde a sus esquemas y sus modelos; del diablo, que es el “acusador” por excelencia (cfr. Ap 12,10) y el que divide, y que hace todo lo posible para que nos sintamos incapaces e infelices.

Ante todos estos pensamientos acusatorios, el Espíritu Santo nos sugiere cómo responder. ¿De qué modo? El Paráclito, dice Jesús, es Aquel que nos enseña y nos recuerda todo lo que Jesús nos ha dicho (cfr.  Jn 14,26). Él nos recuerda las palabras del Evangelio, y nos permite así responder al diablo acusador no con palabras nuestras, sino con las palabras mismas del Señor. Sobre todo, nos recuerda que Jesús hablaba siempre del Padre que está en los cielos, que nos lo ha dado a conocer y nos ha revelado su amor por nosotros, que somos sus hijos. Si invocamos al Espíritu, aprenderemos a acoger y recordar la realidad más importante de la vida. ¿Y cuál es esta realidad más importante de la vida? Que somos hijos amados de Dios. Somos hijos amados de Dios: esta es la realidad más importante, y el Espíritu Santo nos la recuerda.

Hermanos y hermanas, preguntémonos hoy: ¿Invocamos al Espíritu Santo, le rezamos con frecuencia? ¡No nos olvidemos de Él, que está junto a nosotros, es más, en nuestro interior! Y asimismo, ¿prestamos atención a su voz, tanto cuando nos anima como cuando nos corrige? ¿Respondemos con las palabras de Jesús a las acusaciones del mal, a los “tribunales” de la vida? ¿Nos acordamos de que somos hijos amados de Dios? Que María nos haga dóciles a la voz del Espíritu Santo y sensibles a su presencia.

 

Papa Francisco. Regina Caeli. 3 de mayo de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cf. Juan 14, 15-21) presenta dos mensajes: el cumplimiento de los mandamientos y la promesa del Espíritu Santo.

Jesús vincula el amor a Él con el cumplimiento de los mandamientos, y en esto insiste en su discurso de despedida: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (v. 15); «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama» (v. 21). Jesús nos pide que le amemos, pero explica: este amor no se agota en un deseo de Él, o en un sentimiento, no, requiere la disponibilidad a seguir su camino, es decir, la voluntad del Padre. Y esta se resume en el mandamiento del amor mutuo —el primer amor [en la actuación]— dado por el mismo Jesús: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado» (Juan 13, 34). No dijo: “Amadme como os he amado”, sino “amaos recíprocamente como yo os he amado”. Nos ama sin pedirnos nada a cambio. El amor de Jesús es un amor gratuito, nunca nos pide nada a cambio. Y quiere que este amor gratuito suyo se convierta en la forma concreta de vida entre nosotros: esta es su voluntad.

Para ayudar a los discípulos a recorrer este camino, Jesús promete que rogará al Padre que envíe «otro Paráclito» (v. 16), es decir, un Consolador, un Defensor que tome su lugar y les dé la inteligencia para escuchar y el valor para observar sus palabras. Este es el Espíritu Santo, que es el don del amor de Dios que desciende al corazón del cristiano. Después de que Jesús muriera y resucitara, su amor se da a aquellos que creen en Él y son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El Espíritu mismo los guía, los ilumina, los fortalece, para que cada uno pueda caminar en la vida, incluso en medio de la adversidad y la dificultad, en las alegrías y las penas, permaneciendo en el camino de Jesús. Esto es posible precisamente permaneciendo dócil al Espíritu Santo, de modo que, a través de su presencia activa, no sólo consuele sino que transforme los corazones, abriéndolos a la verdad y al amor.

Frente a la experiencia del error y del pecado —por la que todos pasamos—, el Espíritu Santo nos ayuda a no sucumbir y nos hace acoger y vivir plenamente el sentido de las palabras de Jesús: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (v. 15). Los mandamientos no se nos han dado como una especie de espejo en el que vemos reflejadas nuestras miserias e incoherencias. No, no son así. La Palabra de Dios se nos da como Palabra de vida, que transforma el corazón, la vida, que renueva, que no juzga para condenar, sino que cura y tiene como fin el perdón. La misericordia de Dios es así. Una palabra que ilumina nuestros pasos. ¡Y todo esto es obra del Espíritu Santo! Es el Don de Dios, es Dios mismo, que nos ayuda a ser personas libres, personas que quieren y saben amar, personas que han comprendido que la vida es una misión para proclamar las maravillas que el Señor realiza en aquellos que confían en Él.

Que la Virgen María, modelo de la Iglesia que sabe escuchar la Palabra de Dios y acoger el don del Espíritu Santo, nos ayude a vivir el Evangelio con alegría, sabiendo que el Espíritu nos sostiene, fuego divino que caldea nuestros corazones e ilumina nuestros pasos.

  Regina Coeli, 17 de mayo de 2020.

 

Papa Francisco. Regina Caeli. 21 de mayo de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy (cf. Juan 14, 15-21), continuación del domingo pasado, nos lleva a ese momento conmovedor y dramático que es la Última cena de Jesús con sus discípulos. El evangelista Juan recoge de boca y del corazón del Señor sus últimas enseñanzas, antes de la pasión y de la muerte. Jesús promete a sus amigos, en ese momento triste, oscuro, que, después de Él, recibirán «otro Paráclito» (v. 16). Esta palabra significa otro “Abogado”, otro Defensor, otro Consolador: «el Espíritu de la verdad» (v. 17); y añade: «no os dejaré huérfanos: volveré a vosotros» (v. 18). Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: Él, resucitado y glorificado, vive en el Padre y, al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en esta su nueva venida se revela nuestra unión con Él y con el Padre: «comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (v. 20).

Meditando estas palabras de Jesús, nosotros hoy percibimos ser el Pueblo de Dios en comunión con el Padre y con Jesús mediante el Espíritu Santo. En este misterio de comunión, la Iglesia encuentra la fuente inagotable de la propia misión, que se realiza mediante el amor. Jesús dice en el Evangelio de hoy: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (v. 21). Es el amor que nos introduce en el conocimiento de Jesús, gracias a la acción de este “Abogado” que Jesús nos ha enviado, es decir el Espíritu Santo. El amor a Dios y al prójimo es el mandamiento más grande del Evangelio. El Señor hoy nos llama a corresponder generosamente a la llamada evangélica, al amor, poniendo a Dios en el centro de nuestra vida y dedicándonos al servicio de los hermanos, especialmente a los más necesitados de apoyo y consuelo.

Si existe una actitud que nunca es fácil, no se da por descontado tampoco para una comunidad cristiana, es precisamente la de saberse amar, de quererse en el ejemplo del Señor y con su gracia. A veces los contrastes, el orgullo, las envidias, las divisiones dejan la marca también en el rostro bello de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y sin embargo es precisamente allí que el maligno “mete la pata” y nosotros a veces nos dejamos engañar. Y quienes lo pagan son las personas espiritualmente más débiles. Cuántas de ellas —y vosotros conocéis algunas— cuántas de ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuántas personas se han alejado, por ejemplo de alguna parroquia o comunidad por el ambiente de chismorreos, de celos, de envidias que han encontrado ahí. También para un cristiano saber amar no es nunca un dato adquirido una vez para siempre; cada día se debe empezar de nuevo, se debe ejercitar porque nuestro amor hacia los hermanos y las hermanas que encontramos se haga maduro y purificado por esos límites o pecados que lo hacen parcial, egoísta, estéril e infiel. Cada día se debe aprender el arte de amar. Escuchad esto: cada día se debe aprender el arte de amar, cada día se debe seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día se debe perdonar y mirar a Jesús, y esto, con la ayuda de este “Abogado”, de este Consolador que Jesús nos ha enviado que es el Espíritu Santo.

La Virgen María, perfecta discípula de su Hijo y Señor, nos ayude a ser cada vez más dóciles al Paráclito, al Espíritu de verdad, para aprender cada día a amarnos como Jesús nos ha amado.

 

Papa Francisco. Regina Caeli.  25 de mayo de 2014.

Señor Presidente Mahmoud Abbas, en este lugar donde nació el Príncipe de la paz, deseo invitarle a usted y al Señor Presidente Shimon Peres, a que elevemos juntos una intensa oración pidiendo a Dios el don de la paz. Ofrezco la posibilidad de acoger este encuentro de oración en mi casa, en el Vaticano.

Todos deseamos la paz; muchas personas la construyen cada día con pequeños gestos; muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de intentar edificarla. Y todos tenemos el deber, especialmente los que están al servicio de sus pueblos, de ser instrumentos y constructores de la paz, sobre todo con la oración.

Construir la paz es difícil, pero vivir sin ella es un tormento. Los hombres y mujeres de esta tierra y del todo el mundo nos piden presentar a Dios sus anhelos de paz.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Mientras nos preparamos para concluir esta celebración, dirigimos nuestro pensamiento a María Santísima, que precisamente aquí en Belén dio a luz a su hijo Jesús. La Virgen es la persona que más ha contemplado a Dios en el rostro humano de Jesús. Ayudada por José, lo envolvió en pañales y lo recostó en el pesebre.

A Ella encomendamos esta tierra y todos los que la habitan, para que vivan con justicia, con paz y fraternidad. Encomendamos también los peregrinos que aquí llegan para beber de las fuentes de la fe cristiana, algunos de los cuales están presentes también en esta Santa Misa.

Vela, Oh Madre, por las familias, los jóvenes, los ancianos. Vela por todos los que han perdido la fe y la esperanza; consuela a los enfermos, los encarcelados y todos los que sufren; sostén a los Pastores y a toda la Comunidad de los creyentes, para que sean “sal y luz” en esta tierra bendita; fortalece las instituciones educativas, en particular la Bethlehem University.

Contemplando a la Sagrada Familia aquí, en Belén, mi pensamiento se dirige espontáneamente a Nazaret, adonde espero ir, si Dios quiere, en otra ocasión. Abrazo desde aquí a los fieles cristianos que viven en Galilea y aliento la realización del Centro Internacional para la Familia en Nazaret.

Encomendamos a la Virgen Santa la suerte de la humanidad, para que se le abra al mundo un horizonte nuevo y prometedor de fraternidad, solidaridad y paz.

 

Benedicto XVI. Regina Caeli.  29 de mayo de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra que, tras una primera violenta persecución, la comunidad cristiana de Jerusalén, a excepción de los Apóstoles, se dispersó en las regiones circundantes y Felipe, uno de los diáconos, llegó a una ciudad de Samaría. Allí predicó a Cristo resucitado y numerosas curaciones acompañaron su anuncio, de forma que la conclusión del episodio es muy significativa: «La ciudad se llenó de alegría» (Hch 8, 8). Cada vez nos impresiona esta expresión, que esencialmente nos comunica un sentido de esperanza; como si dijera: ¡es posible! Es posible que la humanidad conozca la verdadera alegría, porque donde llega el Evangelio, florece la vida; como un terreno árido que, regado por la lluvia, inmediatamente reverdece. Felipe y los demás discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo, hicieron en los pueblos de Palestina lo que había hecho Jesús: predicaron la Buena Nueva y realizaron signos prodigiosos. Era el Señor quien actuaba por medio de ellos. Como Jesús anunciaba la venida del reino de Dios, así los discípulos anunciaron a Jesús resucitado, profesando que él es Cristo, el Hijo de Dios, bautizando en su nombre y expulsando toda enfermedad del cuerpo y del espíritu.

«La ciudad se llenó de alegría». Leyendo este pasaje, espontáneamente se piensa en la fuerza sanadora del Evangelio, que a lo largo de los siglos ha «regado», como río benéfico, a tantas poblaciones. Algunos grandes santos y santas han llevado esperanza y paz a ciudades enteras: pensemos en san Carlos Borromeo en Milán, en el tiempo de la peste; en la beata madre Teresa de Calcuta; y en tantos misioneros, cuyos nombres Dios conoce, que han dado la vida por llevar el anuncio de Cristo y hacer que florezca entre los hombres la alegría profunda. Mientras los poderosos de este mundo buscaban conquistar nuevos territorios por intereses políticos y económicos, los mensajeros de Cristo iban por todas partes con el objetivo de llevar a Cristo a los hombres y a los hombres a Cristo, sabiendo que sólo él puede dar la verdadera libertad y la vida eterna. También hoy la vocación de la Iglesia es la evangelización: tanto de las poblaciones que todavía no han sido «regadas» por el agua viva del Evangelio; como de aquellas que, aun teniendo antiguas raíces cristianas, necesitan linfa nueva para dar nuevos frutos, y redescubrir la belleza y la alegría de la fe.

Queridos amigos, el beato Juan Pablo II fue un gran misionero, como lo documenta también una muestra preparada estos días en Roma. Él relanzó la misión ad gentes y, al mismo tiempo, promovió la nueva evangelización. Confiamos una y otra a la intercesión de María santísima. Que la Madre de Cristo acompañe siempre y en todas partes el anuncio del Evangelio, para que se multipliquen y se amplíen en el mundo los espacios en los que los hombres reencuentren la alegría de vivir como hijos de Dios.

 

Benedicto XVI. Regina Caeli.  27 de abril de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

Acaba de concluir en la basílica de San Pedro la celebración durante la cual he ordenado a veintinueve nuevos sacerdotes. Cada año, este es un momento de gracia especial y de gran fiesta: savia renovada penetra en el tejido de la comunidad, tanto eclesial como civil. Si la presencia de los sacerdotes es indispensable para la vida de la Iglesia, del mismo modo es valiosa para todos. En los Hechos de los Apóstoles se lee que el diácono Felipe llevó el Evangelio a una ciudad de Samaria; la gente acogió con entusiasmo su predicación, viendo también los signos prodigiosos que realizaba en favor de los enfermos: "La ciudad se llenó de alegría" (Hch 8, 8).

Como he recordado a los nuevos presbíteros durante la celebración eucarística, este es el sentido de la misión de la Iglesia y en particular de los sacerdotes: sembrar en el mundo la alegría del Evangelio. Donde se anuncia a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo y se lo acoge con corazón abierto, la sociedad, aunque tenga muchos problemas, se transforma en "ciudad de la alegría", como reza el título de un célebre libro referido a la obra de la madre Teresa de Calcuta. Por tanto, mi deseo para los nuevos sacerdotes, por los cuales os invito a todos a rezar, es este: que en sus lugares de destino difundan la alegría y la esperanza que brotan del Evangelio.

En realidad, este es también el mensaje que llevé en los días pasados a Estados Unidos, en un viaje apostólico que tenía por lema estas palabras: "Christ our Hope", "Cristo, nuestra esperanza". Doy gracias a Dios porque bendijo abundantemente esta singular experiencia misionera y me concedió convertirme en instrumento de la esperanza de Cristo para esa Iglesia y para ese país. Al mismo tiempo, le doy gracias porque yo mismo fui confirmado en la esperanza por los católicos estadounidenses; en efecto, constaté una gran vitalidad y la voluntad decidida de vivir y testimoniar la fe en Jesús. El miércoles próximo, durante la audiencia general, hablaré más ampliamente de mi visita a Estados Unidos.

Hoy muchas Iglesias orientales celebran, según el calendario juliano, la gran solemnidad de Pascua. Deseo expresar a estos hermanos y hermanas nuestros mi fraterna cercanía espiritual. Los saludo cordialmente, pidiendo a Dios uno y trino que los confirme en la fe, los llene de la luz resplandeciente que brota de la resurrección del Señor y los consuele en las difíciles situaciones en las que a menudo deben vivir y testimoniar el Evangelio. Os invito a todos a uniros a mí para invocar a la Madre de Dios, a fin de que el camino del diálogo y de la colaboración, emprendido desde hace tiempo, lleve pronto a una comunión más completa entre todos los discípulos de Cristo, para que sean un signo cada vez más luminoso de esperanza para toda la humanidad.

 

Benedicto XVI. Regina Caeli. 1 de mayo de 2005.

Amadísimos hermanos y hermanas: 

Me dirijo a vosotros por primera vez desde esta ventana, que la amada figura de mi predecesor ha hecho familiar a innumerables personas en el mundo entero. Y pensamos también en la otra ventana. De domingo en domingo, Juan Pablo II, fiel a una cita que se transformó en una amable costumbre, acompañó durante más de un cuarto de siglo la historia de la Iglesia y del mundo, y nosotros seguimos sintiéndolo más cercano que nunca.

Mi primer sentimiento es, una vez más, de gratitud a quienes me han sostenido con la oración durante estos días, y a cuantos, desde todas las partes del mundo, me han enviado mensajes de felicitación.

Quisiera saludar con particular afecto a las Iglesias ortodoxas, a las Iglesias ortodoxas orientales y a las Iglesias orientales católicas, que precisamente este domingo celebran la resurrección de Cristo. A estos queridos hermanos nuestros les dirijo el tradicional anuncio de alegría: Christós anesti! Sí, Cristo ha resucitado; en verdad, ha resucitado. Deseo de corazón que la celebración de la Pascua sea para ellos una oración coral de fe y de alabanza a Aquel que es nuestro Señor común, y que nos llama a recorrer con decisión el camino hacia la comunión plena.

Hoy iniciamos el mes de mayo con una memoria litúrgica muy arraigada en el pueblo cristiano, la de San José Obrero. Y, como sabéis, yo me llamo José. Fue instituida por el Papa Pío XII, de venerada memoria, precisamente hace cincuenta años, para destacar la importancia del trabajo y de la presencia de Cristo y de la Iglesia en el mundo obrero. Es necesario testimoniar también en la sociedad actual el "evangelio del trabajo", del que habló Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens. Deseo que jamás falte el trabajo, especialmente a los jóvenes, y que las condiciones laborales sean cada vez más respetuosas de la dignidad de la persona humana.

Pienso con afecto en todos los trabajadores, y saludo a los que están reunidos en la plaza de San Pedro, pertenecientes a numerosas asociaciones. En particular, saludo a los amigos de las Asociaciones cristianas de trabajadores italianos (ACLI), que este año celebran el sexagésimo aniversario de su fundación, y les deseo que sigan viviendo la opción de "fraternidad cristiana" como valor que es preciso encarnar en el ámbito del trabajo y de la vida social, para que la solidaridad, la justicia y la paz sean los pilares sobre los que se construya la unidad de la familia humana.

Por último, dirijo mi pensamiento a María:  a ella está dedicado particularmente el mes de mayo. Con la palabra, y más aún con el ejemplo, el Papa Juan Pablo II nos ha enseñado a contemplar a Cristo con los ojos de María, especialmente valorando la oración del santo rosario. Con el canto del Regina caeli encomendemos a la Virgen todas las necesidades de la Iglesia y de la humanidad.

 

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR.

 

Monición de entrada.-

Este domingo es el domingo de la Ascensión de Jesús.

Han pasado cuarenta días desde que resucitó el domingo de Pascua.

Y hoy nos acordamos de cuando se fue a una montaña.

Allí, delante de los once apóstoles, subió al cielo.

Pero no se fue para no volver.

Porque Jesús vuelve cada vez que estamos en misa.

 

 Señor, ten piedad.-

Tú que has subido al cielo.  Señor, ten piedad.

Tú que estás sentado con el Padre.  Cristo, ten piedad.

Tú que bajas para estar con nosotros. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.-

Jesús,  te pido por el Papa León y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por la Iglesia, a quien le mandaste enseñar tus palabras; para que lo haga sin miedo. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por los que mandan en las naciones; para que tengan sentimientos de paz. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por las personas que sufren; para que se sientan consoladas por ti. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por las niñas y niños que estas semanas están tomando la primera comunión; para que no se separen de ti.  Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros; para que ilumines nuestro corazón. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María. queremos darte las gracias porque nos enseñas a tener siempre en nuestro corazón a Jesús, escuchándole, yendo a misa y queriendo a los demás.