Lectura del libro del Deuteronomio 8,
2-3.14b-16a
Moisés habló al pueblo diciendo:
-Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho
recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y
conocer lo que hay en tu corazón: si observas tus preceptos o no. Él te
afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no
conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan
vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios. No
olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de
esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con
serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó
agua para ti de una roca de pedernal, que te alimentó en el desierto con un
maná que no conocían tus padres.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
Para conocer las
intenciones que llevabas.
Dt 29, 4-5: Yo os he
conducido cuarenta años por el desierto; no se os gastaron los vestidos que
llevabais ni se os estropearon las sandalias de los pies; no comisteis pan ni
bebisteis vino ni licor; para que reconozcáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.
Te alimentó con el
maná.
Ex 16, 14: Cuando se
evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino,
como escamas, parecido a la escarcha sobre la tierra.
Yahvé tu Dios que te
sacó de Egipto.
Si 10, 12: Principio
de la soberbia es alejarse del Señor / y apartar el corazón del Creador.
Jr 2, 6: No fueron
capaces de preguntarse: / “¿Dónde está el Señor, / que nos trajo de Egipto, /
que nos guió por el desierto, / por estepas y barrancos, / por tierra sedienta
y oscura, / tierra que nadie atraviesa, / en donde nadie se asienta.
Nm 21, 6: El Señor
envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron
muchos de Israel.
Hizo brotar para ti
agua de la roca más dura.
Ex 17, 5-6:
Respondió el Señor a Moisés: “Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos
de los ancianos de Israel; empuja el bastón con el que golpeaste el Nilo y
marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y
saldrá agua para que beba el pueblo”.
Nm 20, 11: Moisés
alzó la mano y golpeó la roca con la vara dos veces, y brotó agua tan abundante
que bebió toda la comunidad y las bestias.
Notas
exegéticas.
8 En contraste con los profetas, que
consideraban la permanencia en el desierto como una época ideal el Dt presenta
aquí los cuarenta años como una prueba. El redactor sacerdotal de Nm 26-35 lo
verá como un castigo.
8 3 Yahvé, que puede crear todo con
su palabra, da vida a los israelitas, con los mandamientos (miswâ) que
salen (môsa) de su boca. Sobre este texto, citado por Mt 4,4 (las
tentaciones del desierto), véase Am 8, 11.
Salmo
responsorial
Sal 147, 12-15.19-20
R/. Glorifica
al Señor, Jerusalén.
Glorifica
al Señor, Jerusalén;
alaba
a tu Dios, Sión.
Que
ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y
ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.
Ha
puesto paz en tus fronteras,
te
sacia con flor de harina.
Él
envía su mensaje a la tierra,
y
su palabra corre veloz. R/.
Anuncia
su palabra a Jacob,
sus
decretos y mandatos a Israel;
con
ninguna nación obró así,
ni
les dio a conocer sus mandatos. R/.
Textos
paralelos.
Que
refuerza los cerrojos de tus puertas.
Jr 33, 10: Esto
dice el Señor: En este lugar del que decís que es una ruina, sin hombres ni
ganados, en todos los poblados de Judá y en las calles desoladas de Jerusalén,
sin hombres, sin habitantes, y sin ganados, volverá a escucharse la voz de la
alegría y de la fiesta.
Is 65, 18:
Regocijaos, alegraos por siempre / por lo que voy a crear: / yo creo a
Jerusalén “alegría”, / y a su pueblo, “júbilo”.
Sal 48, 14: Fijaos
en sus baluartes, / observad sus palacios, / para poder decirle a la próxima
generación.
Lv 26, 6: Yo traeré
la paz al país y dormiréis sin que nadie perturbe vuestro sueño; haré
desaparecer del país las fieras, y la espada no traspasará vuestras fronteras.
Sal 81, 17: Los
alimentaría con flor de harina; / los saciaría con miel silvestre.
Que
envía a la tierra su mensaje.
Sal 29, 3: La voz
del Señor sobre las aguas, / el Dios de la gloria ha tronado, / el Señor sobre
las aguas torrenciales.
Sal 33, 9: Porque
él lo dijo, y existió; / él lo mandó y todo fue creado.
Sal 107, 20: Envió
su palabra para curarlos, / para salvarlos de la perdición.
Is 55, 10-11: Como
bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, / y no vuelven allá sino después de
empapar la tierra, / de fecundarla y hacerla germinar, / para que dé semilla al
sembrador / y pan al que come.
Revela
a Jacob sus palabras.
Dt 4, 7-9: Porque
¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos
como toda esta ley que yo os propongo hoy? Pero, ten cuidado y guárdate bien de
olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu conversión
mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos.
Hch 14, 16: En las
generaciones pasadas, permitió que cada pueblo anduviera por su camino.
Notas
exegéticas.
147 (a) Aunque este salmo forma una
unidad, algunas versiones (entre ellas la Vulgata) lo cortan en dos por el v.
12. El poeta enlaza a Yahvé como libertador de Israel, Creador, amigo de los
“pobres”.
147 (b) “Aleluya” griego: unido por
el hebreo al salmo anterior.
147 12 Los Padres han aplicado esta
segunda parte del salmo a la nueva Jerusalén, militante o triunfante.
147 15 Aquí es presentada la palabra
divina como mensajera, casi como hipóstasis.
147 20 El hebreo añade aquí
“Aleluya”; omitido por el griego. Igualmente en lod dos salmos siguientes.
Segunda
lectura.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 16-17
Hermanos: El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión
de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de
Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo,
pues todos comemos del mismo pan.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
El que se gloríe,
gloríese en el Señor.
Jr 9, 22-23: Esto dice el
Señor: / “Que el sabio no presuma de su saber, / ni el fuerte de su fuerza, /
ni el rico de su riqueza. / Quien presuma, presuma de esto: / de tener
entendimiento y conocerme, / de saber que yo soy el Señor, / que pone en práctica
la lealtad, / la justicia y el derecho en el país. / Estas son las cosas que me
gustan / - oráculo del Señor –“.
1 Co 1, 31: Y así – como está escrito –; el
que se gloríe que se gloríe en el Señor.
Notas
exegéticas:
10 16 La norma que Pablo se impone
es: no construir sobre los fundamentos puestos por otros, Rm 15, 20 ss.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 6, 51-58
En aquel tiempo, dijo Jesús a
los judíos:
-Yo soy el pan vivo que ha
bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo
daré es mi carne por la vida del mundo.
Disputaban los judíos entre sí:
-¿Cómo puede este darnos a
comer su carne?
Entonces Jesús les dijo:
-En verdad, en verdad os digo:
si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida
en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en
él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del
mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del
cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come
este pan vivirá para siempre.
Textos
paralelos.
El pan que yo le voy a
dar.
Lc 22, 19: Y tomando pan,
después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo:
“Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”.
1 Co 11, 24: Y pronunciando la
Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por
vosotros. Haced esto en memoria mía”.
Permanece en mí y yo en
él.
Jn 15, 4-5: Permaneced en mí, y
yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, sino permanece en
la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros
los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante,
porque sin mí no podéis hacer nada.
El que me coma vivirá por
mí.
Jn 5, 26: Porque, igual que el
Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también el Hijo tener vida en sí
mismo.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
6 51 (a) Referencias a Gn 3, 22: “y
comiendo de él viva para siempre”. Con su enseñanza, Cristo-Sabiduría nos da
acceso de nuevo al árbol de la vida del que Adán había sido privado. Ya nunca
más seremos arrojados del paraíso.
6 51 (b) La última sección del discurso
está dedicada explícitamente al sacramento de la eucaristía. Aunque se
reconozca generalmente el colorido joánico del pasaje, no es imposible, que
estos versículos sean un añadido posterior a la redacción del resto de este capítulo
o, al contrario, que Jn se haya valido aquí de una tradición más antigua.
6 51 (c) Se sobreentiende: “dada” o
“entregada” (como precisan muchos manuscritos). Este giro conciso recuerda a 1
Co 14, 24: “Este es mi cuerpo que se da por vosotros”, ver Lc 22 19. Alusión a
la Pasión. Pero Juan sustituye el término “cuerpo” por “carne”, que designaba
al hombre en su condición débil y de mortalidad. En el judaísmo, la expresión
más compleja “la carne y la sangre” significaba lo mismo.
6 54 (a) Este verbo (trogo)
significa principalmente “roer”, “rumiar”, “masticar”. Juan utiliza un
vocabulario esencialmente realista para caracterizar la participación en la
Eucaristía. Pone así en guardia a sus lectores ante una interpretación
docetista del ministerio de Jesús. Según la costumbre judía, los alimentos de
la cena pascual debían ser cuidadosamente masticados.
6 54 (b) La Eucaristía es el fermento de
la reconciliación para los creyentes.
6 56 “Estar en”, y más todavía
“permanecer en”, con bastantes variantes en cuanto a los sujetos y
complementos, es uno de los rasgos propios del lenguaje joánico. La relación de
presencia interior que así se expresa está evidentemente determinada por la
naturaleza de las realidades o personas en cuestión: una es siempre mayor que
la otra, sobre todo si se trata de una persona divina. Esto se observa
particularmente si la relación es recíproca, como aquí.
6 57 La Eucaristía comunica a los
fieles la vida que el Hijo recibe del Padre.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
50-51 De modo que… no muera: Ese pan eucarístico “es medicina
de inmortalidad, antídoto que impide morir y hace vivir” (Ignacio de Antioquía,
Eph 20, 2).
Mi carne: mi naturaleza humana, mi
humanidad.
Por la vida: en favor de la vida, para que
los hombres tengan vida. El anuncio de la Eucaristía es claro y sin
ambigüedades, hasta provocar el escándalo. El texto del v. 51 parece un eco de
la fórmula de los Sinópticos para la institución de la Eucaristía bajo la especie
de pan, acentuando su aspecto redentor, de sacrificio.
53 No podéis tener: lit. no tenéis (tiempo
presente gramatical con valor de futuro).
54-58 “Masticar”: el verbo griego podría considerarse simple sinónimo de
“comer” (así en 13, 18 citando el Sal 41, 10); pero lo más probable es que aquí
conserve su significado específico de mascar, roer, quizá para
rechazar interpretaciones puramente espiritualistas, propias del docetismo, de
estas frases. Recuérdese también la norma tradicional para la cena del cordero
pascual: había que masticarlo bien. El realismo de la carne y la
sangre dice también la totalidad de la persona de Jesús bajo el aspecto de
su corporalidad que se entrega al sacrificio; Jesús está verdaderamente
presente en esta carne y esa sangre. El que come esa carne y bebe
esa sangre no sólo come una materia dotada de determinada fuerza, sino al mismo
Jesús.
57 Creer las palabras de Jesús, en
vez de escandalizarse, produce ganas de vivir, hambre y sed de recibirlo como
alimento y bebida; es la experiencia de san Ignacio de Antioquía: “Quiero
conseguir el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo nacido del linaje de
David, y quiero como bebida su sangre, que es caridad incorruptible” (Rom 7,
2). El término comparativo “como” parece afectar más bien a “la fuente
de vida” que a “la misión”; la traducción se ciñe al orden del texto griego.
Jesús ha sido enviado por el Padre a imagen del Padre que da vida.
Gracias a: o, mediante, en virtud
de; como vivimos gracias a los alimentos.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
6, 51 Cristo, a través de su pasión,
muerte y resurrección, ofrece la redención de toda la humanidad. Además la
santidad movida por al Eucaristía trae vida al mundo. En el Padrenuestro
rezamos: “Danos hoy nuestro pan de cada día”, una referencia no sólo a nuestras
necesidades temporales, sino más específicamente a la propia eucaristía.
Catecismo de la Iglesia Católica 728, 1355, 1406-1407 y 2837.
6, 53 Muchas personas de la multitud,
al oír a Cristo hablando de comer su carne, tomaron sus palabras como una
invitación al canibalismo. Cristo se refería a comer su carne y beber su sangre
de una manera sacramental. En la Eucaristía, que él instituiría en la Última
Cena, el pan y el vino se convertirían en su cuerpo y sangre para alimento
espiritual de los fieles. Al instituir el sacerdocio, Cristo dio a sus
apóstoles y a sus sucesores el poder de hacer lo mismo. En el discurso, enseñó
sobre su presencia real en la Eucaristía. La palabra que la Iglesia utiliza
para describir el cambio que tiene lugar cuando el sacerdote consagra el pan y
el vino en Misa es transustanciación, en la que la sustancia del pan y
el vino cambia en el cuerpo y sangre de Cristo
pero los accidentes o apariencias no. La vida que confiere la Eucaristía
pertenece a la vida sobrenatural que nos une cada vez más a Cristo y nos
prepara para la eternidad en el cielo. Cat 787, 1382-1384, 1391-1392, 1406 y
1509.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
1355 En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la
fracción del pan, los fieles reciben “el pan del cielo” y “el cáliz de la
salvación”, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó “para la vida del
mundo” (Jn 6, 51). “Porque este pan y este vino han sido, según la expresión
antigua, eucaristizados, llamaos alimento a este alimento Eucaristía y nadie
puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que enseña entre
nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo
nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo” (S. Justino, Apología,
1).
1407 La eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, pues en
ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su sacrificio de alabanza
y acción de gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por medio
de este sacrificio derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es
la Iglesia.
787 Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida , les reveló
el misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus
sufrimientos. Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre Él y los que
le sigan: “Permaneced en mí, como yo en vosotros. Yo soy la vid y vosotros los
sarmientos” (Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su
propio cuerpo y el nuestro: “¿Quién come mi carne y bebe mi sangre permanece en
mí y yo en él” (Jn 6, 56).
1382 La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en el
que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión
en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio
eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con
Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se
entregó por nosotros.
1384 El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento
de la Eucaristía: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo
del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53).
1391 La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en
la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En
efecto, el Señor dice: “Quién come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y
yo en él” (Jn 6, 56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete
eucarístico: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo en el
Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57). “ Cuando en las
fiestas los fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena
Nueva, se nos han dado las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María:
‘¡Cristo ha resucitado!’ He aquí que ahora también la vida y la resurrección
son comunicadas a quien recibe a Cristo” (C. Vaticano II, Presbyterorum
ordinis, 5).
1392 Lo que el alimento material reduce en nuestra vida corporal, la comunión
lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la
Sangre de Cristo resucitado, “vivificada por el Espíritu Santo y vivificante”,
conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este
crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentada por la comunión
eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte,
cuando nos sea dada como viático.
Concilio Vaticano II
En la fracción del pan eucarístico compartimos realmente el Cuerpo del
Señor, que nos eleva hasta la comunión con Él y entre nosotros. “Puesto que el
pan es uno, aunque muchos, somos un solo cuerpo todos los que participamos de
un mismo pan” (1 Cor 10, 17). Así todos somos miembros de su Cuerpo (cf. 1 Cor
12, 27) “y cada uno miembro del otro” (Rm 12, 5).
Lumen gentium, 7.
San Agustín
Cuando se come a Cristo, se come la vida. No se le da muerte para
comerlo; al contrario, él da la vida a los muertos. Cuando se le come, da
fuerzas, pero él no mengua. Por tanto, hermanos, no temamos comer este pan por
miedo a que se acabe y no encontremos después que tomar. Comamos a Cristo:
aunque comido, vive, puesto que habiendo muerto resucitó. Ni siquera lo
partimos en trozos cuando lo comemos. Así acontece, en efecto, en el
sacramento. Los fieles saben cómo comen la carne de Cristo: cada uno recibe su
parte, razón por la que a esa gracia llamamos “partes”. Se le come en
porciones, pero permanece todo entero; en el sacramento se le come en
porciones, pero permanece íntegro en el cielo, íntegro en tu corazón. ïntegro
estaba junto al Padre cuando vino a la Virgen; la llenó, pero sin apartarse de
él. Venía a la carne para que los hombres lo comieran, y, a la vez, permanecía
íntegro en el Padre, para alimentar a los ángeles. Para que lo sepáis, hermanos
– los que ya lo sabéis; y quienes no lo sabéis debéis saberlo –, cuando Cristo
se hizo hombre, el hombre comió pan de los ángeles (Sal 77, 25). ¿En
base a qué, cómo, por qué camino, por mérito de quien, por qué dignidad iba a
comer el hombre pan de los ángeles si no se hubiera hecho hombre el creador de
los ángeles? Comámosle, pues, tranquilos, no se agota lo que comemos; comámoslo
para no agotarnos nosotros. Pero, ¿cómo ha de ser comido Cristo? Cómo él mismo
lo indica: quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él
(Jn 6, 57). Así, pues, si él permanece en mí y yo en él, es entonces cuando me
come y me bebe; quien, en cambio, no permanece en mí ni yo en él, aunque reciba
el sacramento, lo que consigue es un gran tormento. Si, pues, os separáis hasta
el punto de no tomar el cuerpo ni la sangre del Señor, es de temer que muráis;
en cambio, si lo recibís y bebéis indignamente, es de temer que comáis y bebáis
vuestra condenación. Al obrar el bien y al vivir bien, él os llenará. Examinad
vuestra conciencia. Vuestra boca se llenará de alabanza y gozo de Dios.
Sermón 132
A. I, pgs. 670-671.
Los Santos Padres.
Este alimento, provechoso y adecuado para el niño
recien formado y recién nacido, es dispensado por Dios – padre nutricio de
todos los nacidos y regenerados – como el maná, celeste alimento de los
ángeles, que manaba del cielo para los antiguos hebreos. Cuando el Padre,
amante y benigno para con el hombre, derramó el rocío del Logos, se convirtió
Él mismo en alimento espiritual para los sencillos. He aquí los excelentes
alimentos que el Señor nos ofrece con largueza: nos da su carne y derrama su
sangre. Admirable misterio.
Clemente de Alejandría. El pedagogo I. 4a, pg. 332.
Cuando oramos, somos todos mendigos de Dios,
estamos en pie a la puerta del padre de familia; más aún, nos postramos y
gemimos suplicantes, queriendo recibir algo, y este algo es Dios mismo. ¿Qué
pide el mendigo? Pan. ¿Y qué es lo que pides tú a Dios sino a Cristo que dice:
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”?
Agustín. Sermones, 83. 4a, pg. 332.
No los tengas como pan y vino sin más; según la
declaración del Señor son cuerpo y sangre de Cristo. Y aunque el sentido te
sugiera eso, la fe debe darte la certeza. No juzgues el hecho por lo que te
dicte el gusto, sino que, después de ser considerado digno del cuerpo y sangre
de Cristo, debes estar plenamente convencido desde la fe, sin dudar.
Cirio de Jerusalén. Las catequesis, 4. 4a., pg. 334.
El que come la santa carne de Cristo tiene vida
eterna, pues esa carne tiene en sí al mismo Verbo, que por naturaleza es vida.
Cirilo de Alejandría. Comentario al Ev. de Juan, 4. 4a, pg. 334.
Es evidente que no hablaba de una vida sin más,
sino de aquella, gloriosa e inefable. Pues todos, infieles o no iniciados,
viven, a pesar de no haber comido aquella carne. ¿Ves que no se trata de esta
vida, sino de aquélla? Lo que quiere decir es que resucitarán. Mas no se
refiere a la común resurrección, pues todos resucitarán igualmente, sino a
aquella eximia y gloriosa resurrección que será acompañada de premio.
Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Juan, 47. 4a, pg. 338.
San Juan de Ávila
El Apóstol dice que Cristo es nuestra vida (cf. Col 3, 4); mas por
esto no se sigue que los justos no viven, pues que dice el Señor: El que
come a mí, vive por mí (Jn 6, 58). Y no ternía razón de hombre quien, por
oír que Dios es hermosura de la rosa, o fortaleza del león, o cosas de esta
manera, negase tener estas criaturas hermosura y fortaleza distintas de las de
Dios. La Escritura dice: Dios es vida tuya, y longura de tus días (Dt
30, 20); el cual modo de hablar quiere decir que Dios es causa eficiente
de estas cosas, y el que nos las da.
Audi, filia (II), 39. I, pg. 737.
Llamalde a boca llena cuestión curiosa: ese conocimeinto está acá, como
en el cielo. Dice Sant Juan: Quien come mi carne y bebe mi sangre, habet
vitam aeternam, tiene la vida eterna (Jn 6, 55). ¿No dijera: terná la vida
eterna? ¿Por qué se llama vida eterna estar en gracia? Porque el que dignamente
comulga, conoce a Dios y le ama. Si se llama vida, ¿por qué eterna? Porque si
vos no la matáis, no hayáis miedo que se muera. Vuestra vida morirá; la gracia
no se muere si vos no la matáis. Y esta gracia es principio de la vida eterna,
aunque imperfecta.
Lecciones sobre 1 San Juan (I), 7. II, pg. 155.
Pregunta: si alguna persona pidiese a su prelado o cura que lo comulgase
muchas veces en el año, si el tal prelado o cura es obligado a comulgarlo
cuantas veces lo pidiere, no habiendo legítimo impedimento.
Mi parecer (salvo mejor juicio) es que, no habiendo legítimo impedimento,
el prelado (en nombre del prelado entiendo cualquiera que tiene cargo de
administrar el santísimo sacramento de la eucaristía) es obligado a darlo, a su
súbdito cuantas veces le pidiere. Lo uno, por razón del nombre, que es
sacerdote: que da cosas sagradas o sacramentos; ¿y cuál mejor ni tal como el de
la comunión? Lo segundo, por razón del amor que debe tener a Dios. Si le
ama, apaciente sus ovejas (Jn 21, 17). ¿Y qué pasto? El que el mismo Dios
dice: Mi carne es verdaderamente manjar (Jn 6, 56). Y el que este
santísimo sacramento niega es injusto, porque le niega lo que con tanta
justicia se le debe, como Santo Tomás dice: que “el cristiano tiene tanto
derecho para pedir el santísimo sacramento, que ni su prelado, se lo puede
negar; cuánto más debe el que con devoción se lo pide”. Es cruel, porque quita
el pan a su hijo, al cual es obligado a mantener con manjar espiritual, mucho
más que el pare carnal a su hijo con pan material.
Miscelánea breve. II, pg. 861.
Veamos que te da por virtud de este sacramento. Innumerables son sus
efectos y virtudes; mas la primera y más principal es hacerse semejante el
hombre a Dios en la pureza de la vida, y después en la bienaventuranza de la
gloria, que es hacer al hombre divino, deificada su ánima y haciéndola
participante de las costumbres y naturaleza de Dios. Y, porqué esta es una tan
gran cosa que parece increíble oye cómo así lo dice el mesmo Dios: El que
come, dice Él, mi carne y bebe mi sangre, él está en mí y yo en él (Jn
6, 57).
Meditación del beneficio que nos hizo el Señor en el sacramento de la
Eucaristía. II,
pg. 759.
De tras medidas se hizo este pan, de la flor de lo mejor de la harina,
que quiere decir que hay allí tres cosas que son metro y mesura de todas las
otras cosas, y que cuanto las cosas todas del mundo más se allegan a ellas, más
perfectamente se hacen. – ¿Qué hay allí en el Sacramento? – ¡Oh Señor, y quien
nunca de otra cosa se acordase! ¿Qué hay
allí? Dios sobre todas las cosas. – Mirad, también está en todas partes.
– Es verdad, pero tan maravillosamente como allí. - ¿Qué más hay allí? – El anima
de Jesucristo, que es flor de todas las ánimas, más alta que los serafines
en esencia, aunque más baja en naturaleza. – ¿Qué más hay allí? – La carne de
Jesucristo, flor de todas las carnes. – ¿Qué hay allí? – Tres excelencias, tres
sustancias y una persona. - ¿Qué pan es éste? – ¡Y qué pan es este cocido
en el rescoldo!, que quiere decir que parece tan bajo Jesucristo, que no
parece, a lo de fuera, sino un puro hombre, tan trabajado, qué desde que nació
en este mundo hasta el punto que murió nunca tuvo una hora de descanso: ¡qué de
hambre, qué de desnudez, qué de frío, qué de necesidades padeció!
En la Infraoctava del Corpus. 49, 3. III. Pg. 636.
Porque, ¿qué quiere decir: Si alguno comiere de este pan, vivirá para
siempre (Jn 6, 52) sino: “por virtud de este pan la muerte está muerta para
siempre¨.
En la
Infraoctava del Corpus. 43, 2.
III. Pg. 569.
Aquí el Señor se amansa con nuestros pecados; aquí da fuerza a nuestra
ánima para que de aquí adelante no caiga en ellos; aquí sana nuestras
enfermedades e imperfecciones. Aquí nos junta consigo; aquí se nos da Él mismo
en prendas de que viviremos para siempre en él; porque es la levadura que se
echó en las tres medidas de harina (Mt 13, 33) para que el pan fuese
sazonado y fuese gustoso el Señor; y fuera de este sacratísimo cuerpo no hay
vida ni salud, en las buenas obras; no hay gracia, ni gloria, ni bien alguno.
Porque ansí como la fuente del hambre es el sol y en el mar se juntan las
aguas, así en este poderosísimo Señor están juntos todos los bienes, y quien lo
recibe puede decir Todos los bienes vinieron con Él (cf. Sb 7, 11). Y
esté sin miedo de la muerte, pues ha recebido la Vida, y espere de gozar de la
dulce y verdadera promesa de Jesucristo que dicen las palabras del tema: El
que come de este pan vivirá para siempre (Jn 6, 52).
Ibid.
43, 52. III. Pgs. 585-586.
– Padre, abajaos un poco. – Que me place. Cuando tú piensas que has
comulgado, no sea el comulgar sin que pienses: “¡Señor! ¡Qué tanto me amaste,
que derramaste vuestra Sangre por mí! ¡Que sin buscaros, me llamastes, y sin
rogároslo yo, me hicistes, y me distes tantos bienes y más que me tenéis
aparejados!”. Cuanto esto has pensado, ¿no queda tu ánima contenta? ¿Qué es eso
que has comido? Páratelo a desmenuzar, que así lo han de comer; no lo tragues
entero, que te hará mal. Que por eso mandaba Dios en la ley que no le
ofreciesen el carnero todo entero, sino que lo partieran por padres (cf. Lv 9).
Quiere decir, que para que te aproveche el Cordero pascual, que es Cristo, no
lo has de tragar a bulo todo junto, sino que lo partas. Una coyuntura es cómo
nació pobre, otra sus trabajos, otra cómo fue azotado, otra crucificado, otra
sepultado No lo tragues entero, piénsalo bien, rúmialo; que aunque seas de
hierro y de piedra, te derretirá el corazón y comerás y sacarás provecho[1].
O.c. Santísimo
Sacramento, 46, 15. III. Pg. 607.
San Oscar Romero.
l Corpus viene a recordar precisamente nuestro deber de este punto de fe.
Si creemos de verdad que Cristo, en la Eucaristía de nuestra Iglesia, es el pan
vivo que alimenta al mundo, y que yo soy el instrumento como cristiano que creo
y recibo esa hostia y la debo llevar al mundo, tengo la responsabilidad de ser
fermento de la sociedad, de transformar este mundo tan feo. Eso sí sería
cambiar el rostro de la patria, cuando de veras inyectáramos la vida de Cristo
en nuestra sociedad, en nuestras leyes, en nuestra política, en todas las
relaciones. ¿Quién lo va a hacer? ¡Ustedes! Si no lo hacen ustedes los
cristianos salvadoreños, no esperen que El Salvador se componga. Sólo El
Salvador será fermentado en la vida divina, en el reino de Dios, si de verdad
los cristianos de El Salvador se proponen a no vivir una fe tan lánguida, una
fe tan miedosa, una fe tan tímida; sino que de verdad como decía aquel santo
-creo que San Juan Crisóstomo-: "Cuando comulgas, recibes fuego; debías de
salir respirando la alegría, la fortaleza de transformar el mundo."
Homilía, 28 de mayo de 1978.
Papa León XIV. Angelus. 31 de mayo
de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Con
la solemnidad
de Pentecostés, hace una semana, concluyó el Tiempo Pascual. Al celebrar
hoy el Misterio de Dios Trinidad, se nos ofrece la oportunidad de reflexionar
sobre el camino recorrido, partiendo de su centro, que es la vida de Dios
que se nos ha entregado en Jesucristo. Esta vida es una comunión dinámica,
inagotable, fecunda, de la que ahora participamos: el Espíritu que une al
Padre y al Hijo ha sido derramado en nuestros corazones, de modo que en el
mundo toma forma la Iglesia, sacramento de comunión, espacio de encuentro, de
amor y de vida en el que el cielo y la tierra ya se tocan.
El
Evangelio de la liturgia de hoy (Jn 3,16-18) nos presenta a
Nicodemo, una figura destacada en Israel que sintió una profunda atracción por
Jesús. En efecto, fue a buscarlo —de noche, para no ser visto—, deseoso de
conocer mejor a este misterioso Maestro y de hacerle preguntas. Al recibirlo,
el Señor dio importancia a su búsqueda. Lo sorprendió, sugiriéndole que también
para un adulto es posible renacer; le dejó entrever que la vida de Dios
habría podido transformar su vida. Jesús habló a Nicodemo del Espíritu
Santo, iluminó su noche con la verdad que en la fiesta de hoy resuena en todas
nuestras iglesias: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para
que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (v. 16). Y
también: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que
el mundo se salve por él» (v. 17).
Queridos
amigos, en el Misterio de Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo, estamos en
casa, tal y como Nicodemo se sintió en casa junto a Jesús. La vida de
Dios es maravillosa y cautivadora, da paz a nuestro corazón, a menudo tan
inquieto, y nos permite encontrarnos como hermanos y hermanas en la alegría
del Espíritu. La Trinidad nos hace amar todo y a todos; descubrimos
que cada criatura está hecha para la comunión, la relación, el encuentro.
Y, por contraste, comprendemos por qué las divisiones, las polarizaciones y
el desprecio de la diversidad traen al mundo destrucción, tristeza y aridez.
Nicodemo
formaba parte del Sanedrín, el Consejo de los jefes de Israel. Cuando oyó en el
Sanedrín palabras de desprecio hacia Jesús, invitó a todos a escucharlo antes
de condenarlo. Había recibido de Dios, a través del mismo Cristo, el Espíritu
de la comunión, que abre el corazón a la nueva verdad y a la verdadera novedad.
Quien no acoge a este Espíritu envejece pronto, sumido en la queja; se
encuentra solo, nunca tiene el ánimo festivo. Hoy, en cambio, queridos hermanos
y hermanas, es fiesta. La fiesta de Dios es nuestra fiesta. Por eso san Pablo
escribe a los corintios: «Por lo demás, hermanos, alegraos, trabajad por
vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios
del amor y de la paz estará con vosotros» (2 Co 13,11).
Y ahora,
con la oración del Ángelus, nos dirigimos a la Virgen María; que en su “sí” a
la divina Voluntad florezca también nuestro “sí” al amor de la Santísima
Trinidad.
Papa León XIV. Audiencia general. 27
de mayo de 2026. Los documentos del Concilio Vaticano II. III.
Constitución Sacrosanctum Concilium 2. La reforma de la liturgia:
tradición y desarrollo
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En
la Encíclica Mediator
Dei, el Venerable Pío XII escribe
que «la Iglesia, en realidad, es un organismo vivo, y por eso crece y se
desarrolla también en lo que toca a la sagrada liturgia, adaptándose a las
circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo
y acomodándose a ellas» (I,V).
En plena
continuidad con este principio, el Concilio
Vaticano II en el Proemio de la Constitución Sacrosanctum
Concilium (SC) reconoce «que le corresponde de un modo
particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia» (n. 1). De hecho,
la asamblea conciliar se había reunido con el objetivo de «acrecentar de día en
día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de
nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo
aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y
fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia»
(ibid.).
En aquel
momento histórico se advertía fuertemente la necesidad de una renovación de las
formas rituales, mediante las que desde hacía siglos la Iglesia había realizado
la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al
movimiento litúrgico se había madurado la convicción, expresada posteriormente
por san Juan
Pablo II, de que «existe, en efecto, un vínculo estrechísimo y orgánico
entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la
Iglesia. La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa también en la liturgia,
vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida» (Carta Dominicae
Cenae, 13).
Para
favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia
dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum
Concilium indica, por lo tanto, con una fórmula muy eficaz la
dirección a seguir: «Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso» (SC,
23).
El Papa Benedicto XVI acogió
en esta declaración de intenciones el «programa de reforma» de los Padres
conciliares, «en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y el
futuro. No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso. En
realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y
por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es
como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende
hacia la desembocadura» (Discurso
a los participantes en el Congreso por el 50° aniversario de la fundación del
Instituto litúrgico pontificio de San Anselmo, 6 de mayo de 2011).
El Concilio afirma
la legitimidad de ese proceso arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo
dentro de la liturgia «una parte que es inmutable por ser la institución
divina» de «otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo
pueden y aún deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que
no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a
ser menos apropiados» (SC,
21).
A lo
largo de los siglos se han producido constantemente cambios de este tipo, con
el fin de consentir a los fieles una fructuosa participación, por medio de las
acciones rituales, en el ministerio pascual de Cristo, fundamento de la fe
cristiana. El culto de la Iglesia, por lo tanto, se ha “encarnado” en las
formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso
de transformarlas. La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de
evangelización. Hoy es necesario renovar esta energía en continuidad con la
auténtica y viva tradición católica, es decir, según una dinámica dirigida
a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad.
Se
comprende entonces por qué los Padres conciliares recomendaron la revisión de
los ritos, cuando responda a «una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia»,
se lleve a cabo «después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas
se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (SC,
23). Por el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe ir siempre precedida
por «una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral» (ibid.).
El Magisterio conciliar, de este modo, invita a evitar desorientar a los
fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en
materia litúrgica, por iniciativa propia (cf. SC,
22). El progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete en
absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla.
Exhorto, por lo tanto, a todos aquellos que están
llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, en particular a
los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a
custodiar siempre ese respeto de los textos y de los ordenamientos de la
liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad y de entrega a Dios,
manifestando humildad frente a su grandeza y fidelidad sincera a la comunión
eclesial.
Papa Francisco. Angelus. 14 de
junio de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Solemnidad
del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi. En la
segunda lectura de la liturgia de hoy, San Pablo describe la celebración
eucarística (cf. 1 Corintios 10, 16-17). Hace énfasis en
dos efectos del cáliz compartido y el pan partido: el efecto místico y
el efecto comunitario.
En primer lugar el Apóstol afirma: «¿La copa de bendición que bendecimos,
¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es
comunión con el cuerpo de Cristo?» (v. 16). Estas palabras expresan el
efecto místico o podemos decir el efecto espiritual
de la Eucaristía: se trata de la unión con Cristo, que se ofrece a sí
mismo en el pan y el vino para la salvación de todos. Jesús está presente en
el sacramento de la Eucaristía para ser nuestro alimento, para ser asimilado y
convertirse en nosotros en esa fuerza renovadora que nos devuelve la energía y
devuelve el deseo de retomar el camino después de cada pausa o después de cada
caída. Pero esto requiere nuestro asentimiento, nuestra voluntad
de dejarnos transformar, nuestra forma de pensar y actuar; de lo
contrario las celebraciones eucarísticas en las que participamos se reducen a
ritos vacíos y formales. Y muchas veces se va a misa porque se tiene que
ir, como un acto social, respetuoso, pero social. El misterio, sin embargo,
es otra cosa: es Jesús presente que viene a alimentarnos.
El segundo efecto es el comunitario y lo expresa San Pablo con estas
palabras: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos»
(v. 17). Se trata de la comunión mutua de los que participan en la
Eucaristía, hasta el punto de convertirse en un solo cuerpo, como lo es el pan
que se parte y se distribuye. Somos comunidad, alimentados por el cuerpo y la
sangre de Cristo. La comunión con el cuerpo de Cristo es un signo efectivo de
unidad, de comunión, de compartir. No se puede participar en la Eucaristía
sin comprometerse a una fraternidad mutua, que sea sincera. Pero el
Señor sabe bien que nuestra fuerza humana por sí sola no es suficiente para
esto. Sabe, por otro lado, que entre sus discípulos siempre existirá la
tentación de la rivalidad, la envidia, los prejuicios, la división... Todos
conocemos estas cosas. Por eso también nos ha dejado el Sacramento de su
presencia real, concreta y permanente, para que, permaneciendo unidos a
Él, podamos recibir siempre el don del amor fraterno. «Permaneced en mi
amor» (Juan 15, 9), decía Jesús; y esto es posible gracias a la
Eucaristía. Permanecer en la amistad, en el amor.
Este doble fruto de la Eucaristía: el primero, la unión con Cristo y, el
segundo, la comunión entre los que se alimentan de Él, genera y renueva
continuamente la comunidad cristiana. Es la Iglesia que hace la Eucaristía,
pero es más fundamental que la Eucaristía haga a la Iglesia, y le
permita ser su misión, incluso antes de cumplirla. Este es el
misterio de la comunión, de la Eucaristía: recibir a Jesús para que nos
transforme desde adentro y recibir a Jesús para que haga de nosotros la unidad
y no la división.
Que la Santa Virgen nos ayude a acoger siempre con asombro y gratitud el
gran regalo que nos ha hecho Jesús al dejarnos el Sacramento de su Cuerpo y su
Sangre.
Papa Francisco. Angelus. 18 de
junio de 2017.
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
En Italia y en muchos países se celebra en este domingo la fiesta del
Cuerpo y la Sangre de Cristo, se usa a menudo el nombre en latín: Corpus
Domini o Corpus Christi. Cada domingo la comunidad
eclesial se reúne alrededor de la Eucaristía, sacramento instituido por Jesús
en la Última cena. Aun así, cada año tenemos la alegría de celebrar la fiesta
dedicada a este Misterio central de la fe, para expresar en plenitud nuestra
adoración a Cristo que se dona como alimento y bebida de salvación.
La página evangélica de hoy, de san Juan, es una parte del discurso sobre
el “pan de vida” (cf 6, 51-58). Jesús afirma: «Yo soy el pan vivo,
bajado del cielo […] El pan que yo voy a dar, es mi carne por la vida del
mundo» (v. 51). Él quiere decir que el Padre lo ha mandado al mundo como
alimento de vida eterna, y que por esto Él se sacrificará a sí mismo, su carne.
De hecho Jesús, en la cruz, donó su cuerpo y derramó su sangre. El Hijo del
hombre crucificado es el verdadero Cordero pascual, que hace salir de la
esclavitud del pecado y sostiene en el camino hacia la tierra prometida. La
Eucaristía es sacramento de su carne dada para hacer vivir el mundo; quien se
nutre con este alimento permanece en Jesús y vive para Él. Parecerse a Jesús
significa ser en Él, convertirse en hijos en el Hijo.
En la Eucaristía Jesús, como hizo con los discípulos de Emaús, se acerca a
nosotros, peregrinos en la historia, para alimentar en nosotros la fe, la
esperanza y la caridad; para consolarnos en las pruebas; para sostenernos en el
compromiso por la justicia y la paz. Esta presencia solidaria del Hijo de Dios
está por todos lados: en las ciudades y en los campos, en el norte y en el sur
del mundo, en los países de tradición cristiana y en los de primera
evangelización. Y en la Eucaristía Él se ofrece a sí mismo como fuerza
espiritual para ayudarnos y poner en práctica su mandamiento —amarnos como Él
nos ha amado—, construyendo comunidades acogedoras y abiertas a las necesidades
de todos, especialmente de las personas más frágiles, pobres y necesitadas.
Alimentarnos con Jesús Eucaristía significa también abandonarnos con
confianza a Él y dejarnos guiar por Él. Se trata de acoger a Jesús en lugar del
propio “yo”. De esta
forma, el amor gratuito recibido por Jesús en la comunión eucarística, con la
obra del Espíritu Santo alimenta el amor por Dios y por los hermanos y las
hermanas que encontramos en el camino de cada día. Alimentados con el Cuerpo
de Cristo, nosotros nos hacemos cada vez más y concretamente el Cuerpo místico
de Cristo. Nos lo recuerda el apóstol Pablo: «La copa de bendición que
bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos
¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan
y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Corintios 10,
16-17). La Virgen María, que siempre ha estado unida a Jesús Pan de vida,
nos ayude a redescubrir la belleza de la Eucaristía, a alimentarnos con fe,
para vivir en comunión con Dios y con los hermanos.
Papa Francisco. Angelus. 22 de
junio de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En Italia y en muchos otros países se celebra en este domingo la fiesta del
Cuerpo y Sangre de Cristo —se usa a menudo el nombre en latín: Corpus
Domini o Corpus Christi. La comunidad eclesial se reúne en
torno a la Eucaristía para adorar el tesoro más precioso que Jesús le ha
dejado.
El Evangelio de Juan presenta el discurso sobre el «pan de vida»,
pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, en el cual afirma: «Yo
soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,
51). Jesús subraya que no vino a este mundo para dar algo, sino para darse a
sí mismo, su vida, como alimento para quienes tienen fe en Él. Esta
comunión nuestra con el Señor nos compromete a nosotros, sus discípulos, a
imitarlo, haciendo de nuestra vida, con nuestras actitudes, un pan partido
para los demás, como el Maestro partió el pan que es realmente su carne. Para
nosotros, en cambio, son los comportamientos generosos hacia el prójimo los que
demuestran la actitud de partir la vida para los demás.
Cada vez que participamos en la santa misa y nos alimentamos del Cuerpo de
Cristo, la presencia de Jesús y del Espíritu Santo obra en nosotros,
plasma nuestro corazón, nos comunica actitudes interiores que se traducen en
comportamientos según el Evangelio. Ante todo la docilidad a la Palabra
de Dios, luego la fraternidad entre nosotros, el valor del testimonio
cristiano, la fantasía de la caridad, la capacidad de dar
esperanza a los desalentados y acoger a los excluidos. De este modo
la Eucaristía hace madurar un estilo de vida cristiano. La caridad de Cristo,
acogida con corazón abierto, nos cambia, nos transforma, nos hace capaces de
amar no según la medida humana, siempre limitada, sino según la medida de Dios.
¿Y cuál es la medida de Dios? ¡Sin medida! La medida de Dios es sin medida.
¡Todo! ¡Todo! ¡Todo! No se puede medir el amor de Dios: ¡es sin medida! Y
así llegamos a ser capaces de amar también nosotros a quien no nos ama:
y esto no es fácil. Amar a quien no nos ama... ¡No es fácil! Porque si nosotros
sabemos que una persona no nos quiere, también nosotros nos inclinamos por no
quererla. Y, en cambio, no. Debemos amar también a quien no nos ama. Oponernos
al mal con el bien, perdonar, compartir, acoger. Gracias a Jesús y a su
Espíritu, también nuestra vida llega a ser «pan partido» para nuestros
hermanos. Y viviendo así descubrimos la verdadera alegría. La alegría de
convertirnos en don, para corresponder al gran don que nosotros hemos recibido
antes, sin mérito de nuestra parte. Esto es hermoso: nuestra vida se hace
don. Esto es imitar a Jesús. Quisiera recordar estas dos cosas. Primero: la
medida del amor de Dios es amar sin medida. ¿Está claro esto? Y nuestra vida,
con el amor de Jesús, al recibir la Eucaristía, se hace don. Como ha sido la
vida de Jesús. No olvidar estas dos cosas: la medida del amor de Dios es amar
sin medida; y siguiendo a Jesús, nosotros, con la Eucaristía, hacemos de
nuestra vida un don.
Jesús, Pan de vida eterna, bajó del cielo y se hizo carne gracias a la fe
de María santísima. Después de llevarlo consigo con inefable amor, Ella lo
siguió fielmente hasta la cruz y la resurrección. Pidamos a la Virgen que
nos ayude a redescubrir la belleza de la Eucaristía, y a hacer de ella el
centro de nuestra vida, especialmente en la misa dominical y en la adoración.
Benedicto XVI. Angelus. 26 de
junio de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, en Italia y en otros países, se celebra el Corpus Christi, la
fiesta de la Eucaristía, el Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, que él
instituyó en la Última Cena y que constituye el tesoro más precioso de la
Iglesia. La Eucaristía es como el corazón palpitante que da vida a todo el
cuerpo místico de la Iglesia: un organismo social basado en el vínculo
espiritual pero concreto con Cristo. Como afirma el apóstol san Pablo: «Porque
el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos
comemos del mismo pan» (1 Co 10, 17). Sin la Eucaristía la Iglesia
sencillamente no existiría. La Eucaristía es, de hecho, la que hace
de una comunidad humana un misterio de comunión, capaz de llevar a Dios al
mundo y el mundo a Dios. El Espíritu Santo, que convierte el pan y el vino
en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, transforma también en miembros del cuerpo
de Cristo a cuantos lo reciben con fe, de forma que la Iglesia es realmente
sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre sí.
En una cultura cada vez más individualista, como lo es la cultura en la que
estamos inmersos en las sociedades occidentales, y que tiende a difundirse en
todo el mundo, la Eucaristía constituye una especie de «antídoto», que actúa en
la mente y en el corazón de los creyentes y que siembra continuamente en ellos la lógica de la
comunión, del servicio, del compartir, es decir, la lógica del Evangelio.
Los primeros cristianos, en Jerusalén, eran un signo evidente de este nuevo
estilo de vida, porque vivían en fraternidad y ponían en común sus bienes, para
que nadie fuese indigente (cf. Hch 2, 42-47). ¿De qué derivaba todo
esto? De la Eucaristía, es decir, de Cristo resucitado, realmente presente en
medio de sus discípulos y operante con la fuerza del Espíritu Santo. Y también
en las generaciones siguientes, a través de los siglos, la Iglesia, a pesar
de los límites y los errores humanos, ha seguido siendo en el mundo una fuerza
de comunión. Pensemos especialmente en los periodos más difíciles, de
prueba: en lo que significó, por ejemplo, para los países sometidos a regímenes
totalitarios, la posibilidad de congregarse en la misa dominical. Como decían
los antiguos mártires de Abitinia: «Sine Dominico non possumus», sin el
«Dominicum», es decir, sin la Eucaristía dominical no podemos vivir. Pero el
vacío producido por la falsa libertad puede ser también muy peligroso, y
entonces la comunión con el Cuerpo de Cristo es medicina de la inteligencia y
de la voluntad, para volver a encontrar el gusto de la verdad y del bien común.
Queridos amigos, invoquemos a la Virgen María, a quien mi predecesor, el
beato Juan Pablo II, definió «Mujer eucarística» (Ecclesia
de Eucharistia, 53-58). Que en su escuela también nuestra vida llegue
a ser plenamente «eucarística», abierta a Dios y a los demás, capaz de
transformar el mal en bien con la fuerza del amor, orientada a favorecer la
unidad, la comunión y la fraternidad.
Benedicto XVI. Angelus. 25 de mayo de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
En Italia y en diversos países se celebra hoy la solemnidad del Corpus
Christi, que en el Vaticano y en otras naciones ya se celebró el jueves
pasado. Es la fiesta de la Eucaristía, don maravilloso de Cristo, que en la
última Cena quiso dejarnos el memorial de su Pascua, el sacramento de su Cuerpo
y de su Sangre, prenda de su inmenso amor por nosotros.
Hace una semana, nuestra mirada se centraba en el misterio de la santísima
Trinidad; hoy, estamos invitados a fijarla en la Hostia santa: es Dios mismo,
es el Amor mismo. Esta es la belleza de la verdad cristiana: el Creador y Señor
de todas las cosas se hizo "grano de trigo" para ser sembrado en
nuestra tierra, en los surcos de nuestra historia; se hizo pan para ser
partido, compartido, comido; se hizo nuestro alimento para darnos la vida,
su misma vida divina. Nació en Belén, que en hebreo significa "Casa
del pan"; y, cuando comenzó a predicar a las multitudes, reveló que el
Padre lo había mandado al mundo como "pan vivo, bajado del cielo",
como "pan de vida".
La Eucaristía es escuela de caridad y solidaridad. Quien se alimenta del
Pan de Cristo no puede permanecer indiferente ante quienes, también en nuestros
días, carecen del pan de cada día. Muchos padres de familia a duras penas
logran conseguirlo para sí y para sus hijos. Es un problema cada vez más
urgente, que la comunidad internacional no logra resolver del todo. La
Iglesia no sólo reza: "danos hoy nuestro pan de cada día", sino que,
siguiendo el ejemplo de su Señor, se compromete de todos los modos posibles a
"multiplicar los cinco panes y los dos peces" con innumerables
iniciativas de promoción humana y de comunión, para que a nadie le falte lo
necesario para vivir.
Queridos hermanos y hermanas, que la fiesta del Corpus Christi sea
una ocasión para incrementar esta atención concreta a los hermanos,
especialmente a los pobres. Que nos obtenga esta gracia la Virgen María, cuya
carne y sangre tomó el Hijo de Dios, como repetimos en un célebre himno
eucarístico, al que pusieron música los más grandes compositores: "Ave
verum corpus, natum de Maria Virgine", y que concluye con la
invocación: "O Iesu dulcis, o Iesu pie, o Iesu fili Mariae!".
María, que, al llevar en su seno a Jesús, fue el "sagrario" vivo
de la Eucaristía, nos comunique su misma fe en el santo misterio del Cuerpo y
la Sangre de su Hijo divino, para que sea verdaderamente el centro de nuestra
vida. En torno a ella nos volveremos a encontrar el próximo sábado 31 de mayo,
a las 20.00 horas, en la plaza de San Pedro, para una celebración especial como
conclusión del mes mariano.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 29 de
mayo de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
Con esta
solemne celebración litúrgica concluye el XXIV Congreso eucarístico de
la Iglesia que está en Italia. He deseado estar presente en este gran
testimonio de fe en la divina Eucaristía. Me alegra deciros ahora que en verdad
me ha impresionado mucho vuestra ferviente participación. Con profunda devoción
os habéis reunido todos en torno a Jesús Eucaristía, al final de una intensa
semana de oración, reflexión y adoración. Nuestro corazón está lleno de
gratitud a Dios y a cuantos han contribuido a la realización de un
acontecimiento eclesial tan extraordinario, un acontecimiento particularmente
significativo porque se celebra en el marco del Año de la Eucaristía, que ha
tenido en el Congreso su momento culminante.
Antes de la bendición final, recemos ahora el Angelus Domini,
contemplando el misterio de la Encarnación, con el que el misterio de la
Eucaristía está íntimamente relacionado. En la escuela de María, "Mujer
eucarística", como solía invocarla el amado Papa Juan Pablo II, acojamos
en nosotros mismos la presencia viva de Jesús, para llevarlo a todos con amor
servicial. Aprendamos a vivir siempre en comunión con Cristo crucificado y
resucitado, dejándonos guiar por la Madre celestial suya y nuestra. Así,
nuestra existencia, alimentada por la Palabra y por el Pan de vida, llegará a
ser totalmente eucarística, y se convertirá en acción de gracias al Padre por
Cristo en el Espíritu Santo.
DOMINGO
11 T. O.
Monición de entrada.-
Hemos venido a misa no solo porque
queremos, sino porque Jesús en nuestro corazón nos ha dicho que vengamos.
Porque él es nuestro pastor, que nos
cuida.
Y él como hizo con los apóstoles nos envía
a los sacerdotes, para que ellos nos alimenten con la Palabra de Dios y el
cuerpo y la sangre de Jesús.
Señor, ten piedad.-
Tú, que nos
perdonaste. Señor, ten piedad.
Tú, que nos
diste la vida. Cristo, ten piedad.
Tú, que nos
diste tu sangre. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa Francisco y el obispo Enrique; para que les ayudes a
cuidarnos. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por la Iglesia; para que
cure a las personas que sufren. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por las personas que
están solas; para que tus amigos les quitemos la soledad estando con ellas. Te
lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por las personas que
mandan; para que cuiden de las personas pobres. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros; para que
ayudemos a los demás sin esperar nada a cambio. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
María, queremos darte las gracias porque
eres madre que cuida de nosotros, sobre todo cuando estamos tristes.
BIBLIOGRAFÍA.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. BAC.
Madrid. 2016.
Biblia de Jerusalén. 5ª edición – 2018. Desclée De Brouwer. Bilbao. 2019.
Biblia del Peregrino. Edición de Luis Alonso Schökel. EGA-Mensajero.
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Nuevo Testamento. Versión crítica sobre el texto original griego de M.
Iglesias González. BAC. Madrid. 2017.
Biblia Didajé con comentarios del Catecismo de la Iglesia Católica. BAC.
Madrid. 2016.
Merino Rodríguez, Marcelo, dr. ed. en español. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia.
Nuevo Testamento. 1. Evangelio según san Mateo. Ciudad Nueva. Madrid. 2009.
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