lunes, 29 de junio de 2026

Nº 313. 28 de junio de 2026.

 


Primera lectura.

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 8-11.14-16a. 

Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba. Ella dijo a su marido:

-Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse.

Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó. Entonces se preguntó Eliseo:

-¿Qué podemos hacer por ella?

Respondió Guejazí, su criado:

-Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano.

Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada. Eliseo le dijo:

-El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo.

Palabra de Dios.

 

Textos paralelos.

Eliseo pasó un día por Sunen.

1 R 1, 3: Buscando una muchacha hermosa por todo el territorio de Israel, encontraron a Abisag, la sunamita, y la llevaron al rey.

La llamó y ella se detuvo a la entrada.

Gn 18, 10: [El ángel a Abraham] Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”. Sara estaba escuchando detrás de la entrada de la tienda.

 

Notas exegéticas.

4 19 El mobiliario era lujoso para una época en la que la gente se sentaba, comía y dormía en el suelo.

4 16 (a) El anuncio del nacimiento de un hijo a la sunamita recuerda el del nacimiento de Isaac en Gn 18, 1-15. En los dos relatos, el feliz e inesperado acontecimiento aparece como recompensa por la hospitalidad dispensada al mensajero divino.

 

Salmo responsorial

Sal 88, 2-3.16-19


R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,

anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

Porque dijiste: “La misericordia es un edificio eterno”,

más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:

caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;

tu nombre es su gozo cada día,

tu justicia es su orgullo. R/.

 

Porque tú eres su honor y su fuerza,

y con tu favor realzas nuestro poder.

Porque el Señor es nuestro escudo,

y el Santo de Israel nuestro rey. R/.

 

 

Textos paralelos.

 Dichoso el pueblo que sabe aclamarte.

Sal 47, 1: Pueblos todos, batid palmas, / aclamad a Dios con gritos de júbilo.

El Santo de Israel nuestro rey.

Is 6, 3: Y se gritaban uno a otro diciendo: “¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!”.

Sal 47, 10: Los príncipes de los gentiles se reúnen / con el pueblo del Dios de Abrahán, / porque de Dios son los grandes de la tierra, / y él es excelso.

 

Notas exegéticas.

89 El preludio seguido de la evocación de la alianza davídica y de un himno al Creador introduce un oráculo mesiánico por contraste, la evocación de las humillaciones nacionales. El salmo concluye con una oración. El binomio “amor-lealtad” es una constante del salmo.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-4.8-11

Hermanos:

Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

 

Textos paralelos.

 Cuantos fuimos bautizados en Cristo.

Ga 3, 27: Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.

Fuimos incorporados a su muerte.

Col 2, 12: Por el bautismo fuiste sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos.

Col 2, 13: Y a vosotros que estabais muertos por vuestros pecados y la incircuncisión de vuestra carne, os vivificó con él.

Tt 3, 5-7: No por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna.

1 P 3, 21-22: Aquello era también un símbolo del bautismo que actualmente os está salvando, que no es purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia, por la resurrección de Jesucristo, el cual fue al cielo, está sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles, potestades y poderes.

Mediante la portentosa actuación del Padre:

Rm 1, 4: Constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor.

Ex 24, 16: La gloria del Señor descansaba sobre la montaña del Sinaí y la nube cubrió la montaña durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube.

Si hemos muerto con Cristo.

2 Tm 2, 11: Es palabra digna de crédito: Pues si morimos con él, también viviremos con él.

Hch 13, 34: Y que lo resucitó de la muerte para nunca volver a la corrupción, lo tiene expresado así: “Os cumpliré las promesas santas y seguras hechas a David”.

1 Co 15, 26: El último enemigo en ser destruido será la muerte.

2 Tm 1, 10: La cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.

Hb 2, 14: Por tanto, lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo.

Ap 1, 18: El viviente; estuve muerto, pero ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo.

De una vez para siempre.

Hb 7, 27: El que no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

 

Notas exegéticas:

6 3 Esta doctrina no es específicamente paulina. Se supone conocida incluso en una comunidad que Pablo no ha evangelizado. Para otros, se trataría de una simple pregunta retórica y, por tanto, la enseñanza sería nueva.

6 4 (a) Var.: “porque fuimos”.

6 4 (b) El bautismo no se opone a la fe, sino que la acompaña y la expresa en el plano sensible por el eficaz simbolismo de su rito. Por eso, Pablo les atribuye los mismos efectos. La “inmersión· (sentido etimológico de “bautizar”) en el baño del agua sepulta al pecador en la muerte de Cristo de la que sale por la resurrección con él como “nueva criatura”, “hombre nuevo”, miembro del Cuerpo único animado del único Espíritu. Esta resurrección que no será total y definitiva más que al final de los tiempos se realiza ahora por una vida nueva según el Espíritu. Además del simbolismo más especialmente paulino de muerte y de resurrección, este rito primordial de la vida cristiana es presentado en el NT como un baño que purifica, como un nuevo nacimiento, como una iluminación. Sobre bautismo de agua y bautismo del Espíritu ver Hch 1, 5: estos dos “unción” y “sello” de 2 Co 1, 21. Según 1 Pe 3, 21 el arca de Noé fue tipo del bautismo.  

6 10 Cristo, sin ser pecador, pertenecía a la esfera del pecado por su cuerpo de carne semejante al nuestro; hecho espiritual sólo pertenece a la esfera divina. Así el cristiano, si bien mora provisionalmente en la carne, vive ya del Espíritu.

6 11 (a) Mejor que “consideraos como muertos”. La traducción ofrecida descarta una interpretación puramente psicológica. No se trata de pensar que uno está muerto, sino de tomar en serio, como un dato objetivo, el hecho de uno está muerto.

6 11 (b) Texto recibido y Vulgata “Cristo Jesús Señor nuestro”.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a apóstoles:

-El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y, el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.

 

Textos paralelos.

 El que ama a su padre.

//Lc 14, 26-27: Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

Dt 33, 9: Que dijo de su padre y de su madre: “No los he visto”, / a sus hermanos no reconoció, / y de sus hijos no quiso saber. / Porque observaron tu palabra / y vigilaron sobre tu alianza.

 El que no tome su cruz.

// Mt 16, 24-25: Entonces dijo a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”.

// Mc 8, 34-35: Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Lc 9, 23-24: Entonces decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”.

Lc 17, 33: El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.

Jn 12, 25: El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.

Quien a vosotros acoge, a mí me acoge.

// Mt 18, 5: El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.

// Mc 9, 37: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

// Lc 9, 48: El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante.

Quien acoja a un profeta.

// Lc 10, 16: Quien a vosotros escucha, a mí me escucha: quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.

Jn 12, 44-45: Jesús gritó diciendo: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado”.

Jn 13, 20: En verdad, en verdad os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado.

1 R 17, 15: Ella [la viuda de Sarepta] se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.

Mt 18, 4: El que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos.

Y todo aquel que dé de beber:

2 Re 4, 10: Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse.

Mt 25, 35: Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis.

Mc 9, 41: Y el que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

10 37 El término griego filein (amar) no es el que, en los evangelios sinópticos, denota el amor a Dios y al prójimo (agapón). En Mt tiene de ordinario un sesgo peyorativo. Esta palabra de Jesús a la que Lc 14, 26 le da una forma más dura, pone de relieve que los lazos familiares, aunque legítimos, pueden ser un obstáculo en el camino de quienes quieren seguir a Cristo. En esta frase, de forma más arcaica que en Mc y Lc, “encontrar” se ha de entender con el matiz de “ganar, obtener, procurarse”.

10 40 En estos tres versículos encontramos probablemente la estructura de la Iglesia mateana. En la cúspide la autoridad apostólica se describe mediante una fórmula jurídica judía para indicar la transmisión de poderes, pero que aquí se relaciona con Dios. Luego los que enseñan y los testigos que han resistido heroicamente en las persecuciones. Finalmente los pequeños.

10 42 Algunos ven en estos pequeños a los apóstoles (sentido sugerido por Mc 9, 51), bien sea a todos los discípulos como testigos del Reino de Dios (sentido indicado por la precisión “por ser discípulo), bien sea (más probable), en el seno de la comunidad de discípulos, a los más humildes, desheredados y quizá desfavorecidos debido a la persecución (sentido dominante en 18, 5-10), aunque en un contexto de vida comunitaria, no de persecución).

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

37 EL QUE QUIERE AL PADRE….: Lc 14, 26s. Estamos en la esfera del primer mandamiento (aunque el verbo griego empleado no es el del amor de caridad – agapáô –, sino el de afecto natural: philéô): “Nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” (Dt 6, 4-5). Jesús reclama para sí un amor equivalente.

38 “Seguir detrás” es pleonástico [dos palabras con el mismo significado seguidas para que tengan más fuerza]: seguir (helenístico) + detrás (semítico).

39 “Encontrar la vida” (lit., con doble semitismo, encontrar el alma) es salvarse, asegurar la vida. “Perder la vida” (lit. perder el alma) es, aquí, morir violentamente. Como si dijera: “El que reserva su vida, no se salva; se salva el que arriesga la vida hasta morir mártir”.

40 Con el enviado de Jesús va Jesús mismo; con él va la paz de Cristo, o la condena fuera de Cristo. “Recibir” puede ser sinónimo de obedecer, si detrás está el verbo arameo qbl (que significa recibir, y es también escuchar, obedecer).

41-52 A TÍTULO DE: lit. a nombre de; fórmula rabínica, que puede traducirse: por ser…. El ambiente de estas frases es judío: los apóstoles son “profetas” y “justos” (la bina PROFETA-JUSTO aparece en 13, 17 y 23,29). ESTOS PEQUEÑUELOS (25, 40.45): los discípulos de Jesús, en Mc 9, 41, parece referirse solo al grupo de los Doce.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.

10, 37 Para contestar a la llamada de Cristo al discipulado, todo debe ser pospuesto, incluso el afecto a nuestra familia, por importante que sea. A medida que los niños maduran, su percepción a la llamada personal que les hace Cristo se hace más fuerte, y deben discernir cuidadosamente la vocación a la que son llamados. Los padres y demás miembros de la familia pueden también ofrecer orientación a sus hijos en este discernimiento. Cat. 2232.

10, 38 Ser discípulo de Cristo significa compartir su cruz (Cat. 1506). Todos los cristianos debemos estar dispuestos a dar testimonio de Cristo y a sufrir por él. Cat. 1225.

10, 40 El ministerio de los apóstoles, tanto en su predicación como en su ministerio sacramental, era una extensión del ministerio de Cristo. Los ministros ordenados de la Iglesia ejercen su servicio mediante la enseñanza, el culto divino, y el gobierno pastoral. Cat. 858, 888, 893-894.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

2232 Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús.

1506 Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su cruz. Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los pobres. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde.

858 Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio llamó a los que él quiso y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar. Desde entonces, serán sus enviados (es lo que significa la palabra griega apóstoloi). En ellos continua su propia misión.

 

Concilio Vaticano II

Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a todos los hombres confiada y constantemente, se anuncia al Dios vivo y a Jesucristo, a quien Él envió para la salvación de todos, para que los no cristianos, por el Espíritu Sano que abre sus corazones, creyendo se conviertan libremente al Señor y se adhieran sinceramente a Él, quien, siendo el camino, la verdad y la vida, colma todas sus expectativas espirituales, más aún, las supera infinitamente. Hay que considerar esta conversión como ciertamente inicial, pero suficiente para que el hombre perciba que, arrancado del pecado, es introducido en el misterio del amor de Dios, que le llama a entablar una relación personal con Él en Cristo.

Decreto Ad gentes divinitius, 13.

 

Santos Padres.

Cuando nos renovamos mediante el lavado del bautismo y del poder del Verbo nos apartamos de los pecados de nuestro origen, de sus tentadores, y seccionados como una especie de tala por la espada de Dios, nos alejamos de nuestro padre y de nuestra madre, y despojándonos del hombre vieje con sus pecados e incredulidad y renovados en el cuerpo y en el alma por el Espíritu debemos odiar nuestra conducta inveterada e innata.

Hilario de Poitiers. Sobre el Ev. de Mateo, 10. I a, pg. 286.

Con este modo de hablar quería el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos. Porque viendo que su fuerza y poder era tan grande que podía separar de ellos a sus hijos, desistieran de oponérseles, como quienes intentaban una empresa imposible.

No hay más íntimo al hombre que la propia vida. Pues bien, si aun a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo lo contrario del que aman, será como si no me amaras.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 35, 2. I a., pg. 287.

Aquí llama pérdida del alma, figuradamente, a su separación del cuerpo. “Quien encuentre su ida”, esto es, quien prefiere la vida pasajera de acá y la tiene por ganancia, sufre algo peor que la muerte, pues su destino es la pena de una muerte eterna.

Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 128. I a., pg. 128.

 

San Jerónimo.

37. El que ama a su padre o a su madre, más que a mí no es digno de mí, etc. Dado que antes había dicho: No he venido a traer la paz sino espada y enfrentar al hombre contra su padre, su madre, su suegra, para que nadie anteponga la piedad familiar a la religión, agrega: El que ama a su padre o a su madre más que a mí; también leemos en el Cantar de los cantares: Ordena en mí el amor. Este orden es necesario para todo afecto. Ama a tu padre, ama a tu madre, ama a tus hijos después de Dios. Si fuera necesario poner a la par el amor de los padres y de los hijos con el amor de Dios y no es posible conservar ambos, odiar a los suyos es piedad para con Dios. Por tanto no prohibió amar al padre y a la madre sino que agregó expresamente: el que ama a su padre y a su madre más que a mí.

38. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. En otro Evangelio está escrito: El que no toma su cruz, cada día. Para que no pensemos que el ardor de la fe puede bastar una sola vez se nos enseña que es necesario llevar la cruz siempre, para que siempre mostremos nuestro amor por Cristo.

40. Quien os recibe a vosotros a mí me recibe, y quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado. Magnífico orden. Envía a predicar, enseña que no hay que temer los peligros, subordina el afecto a la religión. Más arriba les había quitado el oro, arrancado el dinero de su cinto. Dura condición de los evangelistas. ¿Cómo proveer a los gastos, a lo necesario para la vida? Atempera el rigor de las exigencias con la esperanza de las promesas y dice: Quien os recibe a vosotros a mí me recibe, y quien me recibe a mí recibe a Aquel que me envío, para que cada uno de los creyentes al recibir a los apóstoles piense que es a Cristo a quien recibe.

41. El que recibe a un profeta por ser profeta recibirá la recompensa de un profeta, etc. El que recibe a un profeta y comprende que él habla de las cosas futuras, ese recibirá la recompensa de un profeta. 

42. Quien reciba a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Pero otro podría excusarse diciendo: Mi pobreza me lo impide, la indigencia no me permite ofrecer hospitalidad. El deshace esta excusa por medio de un precepto muy leve: ofrecer de todo corazón un vaso de agua fresca. Dice de agua fresca, no caliente,  a fin de que aún para el agua caliente no busque la excusa de la pobreza, de la falta de leña.

 

San Agustín.

En la vida toda tentación es una lucha entre dos amores: el amor del mundo y el amor de Dios; el que vence de los dos atrae hacia sí, como gravedad, a su amante. A Dios llegamos con el afecto, no con alas o con los pies. Y, al contrario, nos atan la tierra los afectos contrarios, no nudos o cadena alguna corporal. Cristo vino a transformar el amor y a hacer de un amante de la tierra un amante de la vida celestial; por nosotros se hizo hombre quien nos hizo hombrees. Dios asumió al hombre para hacer de los hombres dioses.

He aquí el combate que tenemos delante: la lucha contra la carne, contra el diablo, contra el mundo.

Ardiendo de este amor o, mejor, para que ardamos en él, dice: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, y quien no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. No ha eliminado el amor a los padres, a la esposa, a los hijos, sino que lo ha colocado en el lugar que le corresponde. No dijo: “Quien ama”, sino: Quien ama más que a mí. Es lo que dice la Iglesia en el Cantar de los Cantares: Ordenó en mí, el amor (Ct 2, 4). Ama a tu padre, pero no más que al Señor; ama a quien te ha engendrado, pero no más que a quien te ha creado.

Ama, pues, a tu padre, pero no por encima de Dios; ama a tu madre, pero no por encima de la Iglesia, que te engendró para la vida eterna.

Pues si tanto ha de amarse a quienes te engendraron para la muerte, ¡con qué amor han de ser amados quienes te engendraron para que llegues a la vida eterna y permanezcas por la eternidad! Ama a tu esposa, ama a tus hijos según Dios, inculcándoles que adoren contigo a Dios. Una vez que te hayas unido a él, no has de temer separación alguna. Por tanto, no debes amar más que a Dios a quienes con toda certeza amas mal, si descuidas el llevarlos a Dios contigo.

 

San Juan de Ávila.

¿Qué quiere decir in nomine prophetae, in nomine iusti? Que, aunque no sean santos, ni lo sepan claramente, basta recibirlos y favorecerlos por este título, para que Dios se tenga por obligado a pagaros, aunque no lo sean. 

Lecciones sobre la Epístola a los Gálatas. OC II. BAC. Madrid. 2013. Pg. 87.

Así como el lugar donde el inmenso Dios ha de morar en nosotros ha de ser estimarle, reverenciarle y amarle sin tasa y sobre toda medida, amándole sobre todas las cosas de la tierra y el cielo, y amándole más que nos mismos, si tú, cristiano, no das a Dios tu corazón ensanchado con la grandeza y anchura de aquesta reverencia y amor, quiéreslo meter en lugar pequeño, quiéreslo poseer con amor pequeño, y Él quéjase y dice: El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí (Mt 10, 37).

Víspera del Corpus, 46. Obras Completas 3, Sermones. BAC. Madrid. 2015. Pg. 507.

Sus grados tiene el amor: hiere y ata, y es insaciable. Herido está el corazón del amor de Dios cuando se enseñorea tanto del hombre, que a todos los otros amores éste sobrepuja, y cumple lo que el Señor en el Evangelio pidió: El que ama a  padre y madre, mujer, hijos y hermanos; y: Si alguno viene a mí y no aborrece padre y madre, mujer, hijos y hermanos y aun a sí mismo, no puede ser discípulo mío. La ley de la Bondad divinal pide, y con mucha justicia, que así como ella es en sí cosa infinita, así sea preciada de hombres y ángeles sobre todas las cosas de manera que le haga decir con san Pablo: ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? Ni tribulación, ni angustia, ni hambre, ni desnudez, ni peligro, ni persecución, ni espada que mate; mas en todas estas cosas sobrepujamos por amor de aquel que nos amó.

Ascensión de María, 13. Ib. Pg. 951.

Este Señor ensalza tanto a los suyos, juntándolos consigo mismo, a semejanza de un cuerpo con una cabeza, que el bien que hacen ellos lo hace Él con ellos; y por esta parte, de lo que si era de poco valor es preciosísimo y meritorio de vida eterna, aunque sea rezar un Ave María, aunque [sea] dar por amor de Dios un jarro de agua fría u otra cosa menor, con que sea buena y hecha por hombre que está en gracia, encorporado con el Cuerpo de Jesucristo y que goza de renombre de miembro vivo suyo, y que en valor se llama Cristo.

Santísimo Sacramento, 24. Ib. Pg. 541.

 

Papa León XIV. Audiencia general. 24 de junio de 2026. Catequesis - Los documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 4. El misterio eucarístico

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Seguimos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) sobre la Liturgia.

Cuando san Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados el misterio del Cuerpo de Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos escuchado: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Cor 12, 27). Y añade: «Recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad. […] Sed lo que veis y recibid lo que sois» (Sermón 272).

Justo después de haber evocado la Última Cena de Jesús, la Constitución sobre la Liturgia habla de la Eucaristía con estos acentos agustinianos. Para los cristianos, formar parte de la mesa del Señor significa que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Recibiéndolo en su Palabra y en la Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos en el Cuerpo cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre (cfr Col 1, 18), el cual nos prepara un lugar en los cielos (cfr Jn 14, 3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el Pan del camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en el que «Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).

La asamblea litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él» (SC, 48). En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del sacrificio espiritual de los cristianos (cfr Hb 13, 16; Rm 12, 1), en cuanto camino de la unión con Dios y de la unión recíproca. Al participar en ella, aprenden a que «se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (ibid.). Así, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo de vida del mismo Señor Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo. Este don nos hace entrar, por esto, en la dinámica de la unidad, que ofrece un poderoso antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo, nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro corazón (cfr SC, 47).

Queridos, cuando participamos en la Eucaristía somos invitados a escuchar la Palabra de Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor, donde Él mismo se ofrece al Padre. Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, «están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto» (SC, 56).

En lo que se refiere a la Palabra, es necesario recordar que no se trata solamente de adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras, sino de recibir la Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12), dirigida por Dios a todos y al mismo tiempo a cada uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan eucarístico y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo. «La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 55).

El Concilio Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» (SC, 51). La reforma litúrgica ha traducido esta petición en ese tesoro que es el Leccionario, es decir, el libro que recoge todas las Lecturas bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la fuente más pura de la Tradición viviente, que combina la «sana tradición» con «el camino a un progreso legítimo» (SC, 23).

El inicio del capítulo II de la Constitución sobre la Liturgia está entretejido con referencias al gran río de la Tradición, que va desde los Padres de la Iglesia hasta nosotros. Lo cito: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (SC, 47).

Queridos hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente de vida divina y dejémonos transformar por el misterio que celebramos.

 

 

Papa León XIV. Angelus. 21 de junio de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 10,26-33) Jesús, al enviar a los discípulos a la misión, les dirige esta exhortación: «Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea» (v. 27).

Establece una relación entre lo que escuchamos “al oído”, es decir, en lo secreto del corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del Evangelio es ante todo compartir un encuentro personal con Él, único para cada quien.

La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo que hemos contemplado: “contemplata aliis tradere” (cf. Summa Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad 2).

Sin embargo, no hay que pensar en el “contemplar” como una experiencia exclusiva, reservada a algunos santos o a los monjes y a los ermitaños. Todos podemos hacerlo, esforzándonos por dedicar, entre los compromisos de cada día, momentos de quietud para permanecer en silencio ante Dios, escuchar su voz, encomendarle nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, y revisar con Él nuestra vida. Esto nos hace, cada vez más, personas de fe sólida y consciente, y por consiguiente apóstoles creíbles y libres, hombres y mujeres capaces de reflejar la luz del Evangelio en todos los ambientes y en todas las situaciones de la vida, testimoniándolo también allí donde su valor no es comprendido ni es aceptado.

San Mateo —autor del pasaje bíblico al que nos referimos—escribía para comunidades que no tenían una vida fácil. Debían afrontar hostilidad y persecuciones, como sucede aún hoy a muchos cristianos en tantos lugares de la tierra, y además había una gran tentación de desanimarse y dejarse vencer por el cansancio o el miedo.

Tanto hoy como ayer, es difícil permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la mansedumbre, al desánimo con la perseverancia. Por eso es necesario que profundicemos en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él (cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y seguir transmitiendo a todos, en cualquier circunstancia, su mensaje de esperanza, de amor y de paz. ¡Al mundo le hace mucha falta!

Que la Virgen María nos ayude a ser discípulos misioneros del Señor Jesús, cada uno conforme a su propia vocación.

 

Papa Francisco. Angelus. 2 de julio de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy Jesús dice: «El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta» (Mt 10,41). Tres veces la palabra “profeta”. Pero, ¿quién es el profeta? Hay quien lo imagina como una especie de mago que predice el futuro; pero esta es una idea supersticiosa y el cristiano no cree en las supersticiones, como la magia, las cartas, los horóscopos o cosas similares. Entre paréntesis: muchos, muchos cristianos van a que les lean las manos… ¡Por favor! Otros pintan al profeta solo como un personaje del pasado, que existió antes de Cristo para preanunciar su llegada. Y Jesús mismo hoy habla de la necesidad de acoger a los profetas; por lo tanto, existen todavía, pero, ¿quiénes son? ¿Quién es el profeta?

Profeta, hermanos y hermanas, es cada uno de nosotros: de hecho, con el Bautismo todos recibimos el don y la misión de la profecía (cf. Catequismo de la Iglesia Católica 1268). Profeta es aquel que, en virtud del Bautismo, ayuda a los demás a leer el presente bajo la acción del Espíritu Santo. Esto es muy importante: leer el presente no como una crónica, sino bajo la acción del Espíritu Santo, que nos ayuda a comprender los proyectos de Dios y a corresponderlos. En otras palabras, el profeta es aquel que muestra Jesús a los demás, que da testimonio de Él, que nos ayuda a vivir el hoy y a construir el mañana según sus planes. Por lo tanto, todos somos profetas, testigos de Jesús «para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social» (Lumen Gentium, 35). El profeta es un signo vivo que muestra Dios a los demás, el profeta es un reflejo de la luz de Cristo en el camino de los hermanos. Y entonces, podemos preguntarnos: Yo, que fui “elegido profeta” en el Bautismo, ¿hablo y, sobre todo, vivo como testigo de Jesús? ¿Llevo un poco de su luz a la vida de alguien? ¿Yo me interrogo sobre esto? ¿Me pregunto cómo va mi testimonio, como va mi profecía?

El Señor en el Evangelio pide acoger a los profetas; por lo tanto, es importante que nos acojamos unos a otros como tales, como portadores de un mensaje de Dios, cada uno según su estado y su vocación y hacerlo allí donde vivimos, es decir, en la familia, en la parroquia, en las comunidades religiosas, en los demás ámbitos de la Iglesia y de la sociedad. El Espíritu ha distribuido dones de profecía en el santo Pueblo de Dios: he aquí por qué está bien escuchar a todos. Por ejemplo, cuando hay que tomar una decisión importante, viene bien sobre todo rezar, invocar al Espíritu, pero después escuchar y dialogar, con la confianza de que cada uno, incluso el más pequeño, tiene algo importante que decir, un don profético que compartir. Así se busca la verdad y se difunde un clima de escucha de Dios y de los hermanos, en el que las personas no se sienten acogidas solo si dicen lo que me gusta, sino que se sienten aceptadas y valoradas como dones por lo que son.

¡Pensemos en cuántos conflictos se podrían evitar y resolver así, poniéndose en escucha de los demás con el sincero deseo de comprenderse! Preguntémonos entonces: ¿Yo sé acoger a los hermanos y a las hermanas como dones proféticos? ¿Creo que los necesito? ¿Los escucho con respeto, con el deseo de aprender? Porque cada uno de nosotros necesita aprender de los demás, cada uno de nosotros necesita aprender de los demás.

Que María, Reina de los Profetas, nos ayude a ver y a acoger el bien que el Espíritu ha sembrado en los demás.

 

Papa Francisco. Angelus. 28 de junio de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo, el Evangelio (cf. Mateo 10, 37-42) expresa con fuerza la invitación a vivir plenamente y sin vacilación nuestra fidelidad al Señor. Jesús pide a sus discípulos que tomen en serio las exigencias del Evangelio, incluso cuando esto requiere sacrificio y esfuerzo.

Lo primero que les exige a quienes le siguen es poner el amor a Él por encima del amor familiar. Dice: «El que ama a su padre o a su madre, […] a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). Jesús ciertamente no pretende subestimar el amor a los padres y a los hijos, pero sabe que los lazos de parentesco, si se ponen en primer lugar, pueden desviar del verdadero bien. Lo vemos: ciertas corrupciones en los gobiernos se dan precisamente porque el amor por la parentela es mayor que el amor por la patria y ponen en los cargos a los parientes. Lo mismo con Jesús: cuando el amor [por los familiares] es mayor que [el amor por] Él, no va bien. Todos podríamos dar muchos ejemplos a este respecto. Sin mencionar las situaciones en las que los lazos familiares se mezclan con elecciones opuestas al Evangelio. Cuando, por el contrario, el amor a los padres y a los hijos está animado y purificado por el amor del Señor, entonces se hace plenamente fecundo y produce frutos de bien en la propia familia y mucho más allá de ella. En este sentido, dice Jesús la frase. Recordemos también cómo reprende Jesús a los doctores de la ley que privan a sus padres de lo necesario con el pretexto de dárselo al altar, de dárselo a la Iglesia (cf. Mc 7,8-13). ¡Los reprende! El verdadero amor a Jesús requiere verdadero amor a los padres, a los hijos, pero si primero buscamos el interés familiar, esto siempre nos lleva por el camino equivocado.

Luego dice Jesús a sus discípulos: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (v. 38). Se trata de seguirlo por el camino que Él mismo ha recorrido, sin buscar atajos. No hay amor verdadero sin cruz, es decir, sin un precio a pagar en persona. Y lo dicen muchas madres, muchos padres que se sacrifican tanto por sus hijos y soportan verdaderos sacrificios, cruces, porque aman. Y si se lleva con Jesús, la cruz no da miedo, porque Él siempre está a nuestro lado para apoyarnos en la hora de la prueba más dura, para darnos fuerza y coraje. Tampoco es necesario inquietarse por preservar la vida, con una actitud temerosa y egoísta. Jesús amonesta: «El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí —es decir, por amor, por amor a Jesús, por amor al prójimo, por servir a los demás—, la encontrará» (v. 39). Es la paradoja del Evangelio. Pero también tenemos, gracias a Dios, muchos ejemplos. Lo vemos en estos días. ¡Cuánta gente, cuánta gente lleva cruces para ayudar a otros! Se sacrifica para ayudar a quienes lo necesitan en esta pandemia. Pero, siempre con Jesús, se puede hacer. La plenitud de la vida y la alegría se encuentra al entregarse por el Evangelio y por los hermanos, con apertura, aceptación y benevolencia.

De este modo, podemos experimentar la generosidad y la gratitud de Dios. Nos lo recuerda Jesús: «Quien a vosotros acoge, a mí me acoge […]. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños […] no perderá su recompensa» (vv. 40; 42). La generosa gratitud de Dios Padre tiene en cuenta hasta el más pequeño gesto de amor y de servicio prestado a nuestros hermanos. En estos días, un sacerdote me contó que se había conmovido porque un niño de la parroquia se le acercó y le dijo: “Padre, estos son mis ahorros, una cosa pequeña, es para sus pobres, para aquellos que hoy lo necesitan a causa de la pandemia”. ¡Pequeña cosa, pero grande! Es una gratitud contagiosa que nos ayuda a cada uno de nosotros a mostrar gratitud hacia aquellos que se preocupan por nuestras necesidades. Cuando alguien nos ofrece un servicio, no debemos pensar que todo nos es debido. No, muchos servicios se realizan de forma gratuita. Pensad en el voluntariado, que es una de las mejores cosas que tiene la sociedad italiana. Los voluntarios... ¡Y cuántos de ellos dejaron sus vidas en esta pandemia! Se hace por amor, simplemente por servicio. La gratitud, el reconocimiento, es en primer lugar una señal de buenos modales, pero también es una característica distintiva del cristiano. Es un simple pero genuino signo del reino de Dios, que es el reino del amor gratuito y generoso.

Que María Santísima, que amó a Jesús más que a su propia vida y lo siguió hasta la cruz, nos ayude a ponernos siempre ante Dios con el corazón abierto, dejando que su Palabra juzgue nuestro comportamiento y nuestras opciones.

 

Papa Francisco. Angelus. 2 de julio de 2017.

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia nos presenta las últimas frases del discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo (cf. 10, 37), con el cual Jesús instruye a los doce apóstoles en el momento en el que, por primera vez les envía en misión a las aldeas de Galilea y Judea. En esta parte final Jesús subraya dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero, que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo; el segundo, que el misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y mediante él, el amor del Padre celestial. Estos dos aspectos están conectados, porque cuanto más está Jesús en el centro del corazón y de la vida del discípulo, más “transparente” es este discípulo ante su presencia. Van juntos, los dos.

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí...» (v. 37), dice Jesús. El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro. Cualquier discípulo, ya sea un laico, una laica, un sacerdote, un obispo: la relación prioritaria. Quizás la primera pregunta que debemos hacer a un cristiano es: «¿Pero tú te encuentras con Jesús? ¿Tú rezas a Jesús?». La relación. Se podría casi parafrasear el Libro del Génesis: Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa (cf. Génesis 2, 24). Quien se deja atraer por este vínculo de amor y de vida con el Señor Jesús, se convierte en su representante, en su “embajador”, sobre todo con el modo de ser, de vivir. Hasta el punto en que Jesús mismo, enviando a sus discípulos en misión, les dice: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mateo 10, 40). Es necesario que la gente pueda percibir que para ese discípulo Jesús es verdaderamente “el Señor”, es verdaderamente el centro de su vida, el todo de la vida. No importa si luego, como toda persona humana, tiene sus límites y también sus errores —con tal de que tenga la humildad de reconocerlos—; lo importante es que no tenga el corazón doble —y esto es peligroso. Yo soy cristiano, soy discípulo de Jesús, soy sacerdote, soy obispo, pero tengo el corazón doble. No, esto no va.

No debe tener el corazón doble, sino el corazón simple, unido; que no tenga el pie en dos zapatos, sino que sea honesto consigo mismo y con los demás. La doblez no es cristiana. Por esto Jesús reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo. Y aquí nuestra experiencia de sacerdotes nos enseña una cosa muy bonita, una cosa muy importante: es precisamente esta acogida del santo pueblo fiel de Dios, es precisamente ese «vaso de agua fresca» (v. 42) del cual habla el Señor hoy en el Evangelio, dado con fe afectuosa, ¡que te ayuda a ser un buen sacerdote! Hay una reciprocidad también en la misión: si tú dejas todo por Jesús, la gente reconoce en ti al Señor; pero al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte y purificarte de los compromisos y a superar las tentaciones. Cuanto más cerca esté un sacerdote del pueblo de Dios, más se sentirá próximo a Jesús, y un sacerdote cuanto más cercano sea a Jesús, más próximo se sentirá al pueblo de Dios.

La Virgen María experimentó en primera persona qué significa amar a Jesús separándose de sí misma, dando un nuevo sentido a los vínculos familiares, a partir de la fe en Él. Con su materna intercesión, nos ayude a ser libres y felices misioneros del Evangelio.

 

SANTOS PEDRO Y PABLO.

 

Monición de entrada.-

Hoy es la fiesta de los santos Pedro y Pablo.

Pedro fue un pescador de Galilea a quien Jesús eligió para ser apóstol y cuidar de toda la Iglesia.

Él murió en una cruz en Roma y lo enterraron en el Vaticano, donde vive el Papa.

Y Pablo fue primero una persona que no quería a los amigos de Jesús, pero después de encontrarse con Él se hizo muy amigo suyo.

También murió en Roma.

Nuestra comunidad de fe, esperanza y amor se apoya en las enseñanzas de los dos.

 

 Señor, ten piedad.-

Tú, que perdonaste a Pedro. Señor, ten piedad.

Tú, que hiciste a Pablo amigo tuyo.  Cristo, ten piedad.

Tú, que has elegido al Papa León sucesor de san Pedro. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.

Jesús,  te pido por el Papa León, para que le ayudes mucho. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido la Iglesia para que sea querida. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por los cristianos que tienen que esconderse, para que les ayudes a seguir siendo cristianos. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros para que seamos obedientes a las enseñanzas del Papa y los obispos. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias por el Papa León, que con sus palabras y su ejemplo nos ayuda a ser buenos cristianos y hace que los cristianos estemos unidos a Jesús.

 

DOMINGO 14 T.O.

Monición de entrada.-

¿Qué somos nosotros?

La misa de este domingo nos ayudará a responder a la pregunta.

Porque somos personas como los demás, pero que tenemos a Jesús en la Iglesia y en nuestro corazón.

 

 Señor, ten piedad.-

En ti confiamos. Señor, ten piedad.

A ti vamos.  Cristo, ten piedad.

De ti esperamos. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.-

Jesús,  te pido por el Papa León y el obispo Enrique; para que les ayudes mucho. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por la iglesia; para que te quiera mucho. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por los países que están en guerra; para que confíen más en las palabras que en las pistolas. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido los que están cansados; para que les ayudemos. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros; para que encontremos en ti el amigo que nos ayuda. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias por que cuando te rezamos sentimos que nos ayudas, sobre todo cuando estamos tristes y cansados.

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