Primera lectura.
Lectura del segundo libro de los Reyes 4,
8-11.14-16a.
Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que
le insistió en que se quedase a comer; y, desde entonces, se detenía allí a
comer cada vez que pasaba. Ella dijo a su marido:
-Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene
siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y
pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando
venga pueda retirarse.
Llegó el día en que Eliseo se acercó por allí y se retiró a la
habitación de arriba, donde se acostó. Entonces se preguntó Eliseo:
-¿Qué podemos hacer por ella?
Respondió Guejazí, su criado:
-Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano.
Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la
entrada. Eliseo le dijo:
-El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
Eliseo pasó un día
por Sunen.
1 R 1, 3: Buscando
una muchacha hermosa por todo el territorio de Israel, encontraron a Abisag, la
sunamita, y la llevaron al rey.
La llamó y ella se
detuvo a la entrada.
Gn 18, 10: [El
ángel a Abraham] Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara
habrá tenido un hijo”. Sara estaba escuchando detrás de la entrada de la
tienda.
Notas
exegéticas.
4 19 El mobiliario era lujoso para
una época en la que la gente se sentaba, comía y dormía en el suelo.
4 16 (a) El anuncio del nacimiento
de un hijo a la sunamita recuerda el del nacimiento de Isaac en Gn 18, 1-15. En
los dos relatos, el feliz e inesperado acontecimiento aparece como recompensa
por la hospitalidad dispensada al mensajero divino.
Salmo
responsorial
Sal 88, 2-3.16-19
R/. Cantaré
eternamente las misericordias del Señor.
Cantaré
eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré
tu fidelidad por todas las edades.
Porque
dijiste: “La misericordia es un edificio eterno”,
más
que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/.
Dichoso
el pueblo que sabe aclamarte:
caminará,
oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu
nombre es su gozo cada día,
tu
justicia es su orgullo. R/.
Porque
tú eres su honor y su fuerza,
y
con tu favor realzas nuestro poder.
Porque
el Señor es nuestro escudo,
y
el Santo de Israel nuestro rey. R/.
Textos
paralelos.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte.
Sal 47, 1: Pueblos
todos, batid palmas, / aclamad a Dios con gritos de júbilo.
El
Santo de Israel nuestro rey.
Is 6, 3: Y se
gritaban uno a otro diciendo: “¡Santo, santo, santo es el Señor del universo,
llena está la tierra de su gloria!”.
Sal 47, 10: Los
príncipes de los gentiles se reúnen / con el pueblo del Dios de Abrahán, /
porque de Dios son los grandes de la tierra, / y él es excelso.
Notas
exegéticas.
89 El preludio seguido de la
evocación de la alianza davídica y de un himno al Creador introduce un oráculo
mesiánico por contraste, la evocación de las humillaciones nacionales. El salmo
concluye con una oración. El binomio “amor-lealtad” es una constante del salmo.
Segunda
lectura.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-4.8-11
Hermanos:
Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su
muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo
mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos muerto con Cristo, creemos
que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de
entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.
Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien
vive, vive para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos
para Dios en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
Cuantos fuimos bautizados en Cristo.
Ga 3, 27: Cuantos habéis sido
bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.
Fuimos incorporados a su
muerte.
Col 2, 12: Por el bautismo
fuiste sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza
de Dios que lo resucitó de los muertos.
Col 2, 13: Y a vosotros que
estabais muertos por vuestros pecados y la incircuncisión de vuestra carne, os
vivificó con él.
Tt 3, 5-7: No por las obras de
justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos
salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo,
que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro
Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos
de la vida eterna.
1 P 3, 21-22: Aquello era
también un símbolo del bautismo que actualmente os está salvando, que no es
purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena
conciencia, por la resurrección de Jesucristo, el cual fue al cielo, está
sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles, potestades y
poderes.
Mediante la portentosa
actuación del Padre:
Rm 1, 4: Constituido Hijo de
Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los
muertos: Jesucristo nuestro Señor.
Ex 24, 16: La gloria del Señor
descansaba sobre la montaña del Sinaí y la nube cubrió la montaña durante seis
días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube.
Si hemos muerto con
Cristo.
2 Tm 2, 11: Es palabra digna de
crédito: Pues si morimos con él, también viviremos con él.
Hch 13, 34: Y que lo resucitó
de la muerte para nunca volver a la corrupción, lo tiene expresado así: “Os
cumpliré las promesas santas y seguras hechas a David”.
1 Co 15, 26: El último enemigo
en ser destruido será la muerte.
2 Tm 1, 10: La cual se ha
manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que
destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del
Evangelio.
Hb 2, 14: Por tanto, lo mismo
que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó
Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de
la muerte, es decir, al diablo.
Ap 1, 18: El viviente; estuve
muerto, pero ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de
la muerte y del abismo.
De una vez para siempre.
Hb 7, 27: El que no necesita
ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero
por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez
para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
Notas
exegéticas:
6 3 Esta doctrina no es
específicamente paulina. Se supone conocida incluso en una comunidad que Pablo
no ha evangelizado. Para otros, se trataría de una simple pregunta retórica y,
por tanto, la enseñanza sería nueva.
6 4 (a) Var.: “porque fuimos”.
6 4 (b) El bautismo no se opone a la
fe, sino que la acompaña y la expresa en el plano sensible por el eficaz
simbolismo de su rito. Por eso, Pablo les atribuye los mismos efectos. La
“inmersión· (sentido etimológico de “bautizar”) en el baño del agua sepulta al
pecador en la muerte de Cristo de la que sale por la resurrección con él como
“nueva criatura”, “hombre nuevo”, miembro del Cuerpo único animado del único
Espíritu. Esta resurrección que no será total y definitiva más que al final de
los tiempos se realiza ahora por una vida nueva según el Espíritu. Además del
simbolismo más especialmente paulino de muerte y de resurrección, este rito
primordial de la vida cristiana es presentado en el NT como un baño que
purifica, como un nuevo nacimiento, como una iluminación. Sobre bautismo de
agua y bautismo del Espíritu ver Hch 1, 5: estos dos “unción” y “sello” de 2 Co
1, 21. Según 1 Pe 3, 21 el arca de Noé fue tipo del bautismo.
6 10 Cristo, sin ser pecador,
pertenecía a la esfera del pecado por su cuerpo de carne semejante al nuestro;
hecho espiritual sólo pertenece a la esfera divina. Así el cristiano, si bien
mora provisionalmente en la carne, vive ya del Espíritu.
6 11 (a) Mejor que “consideraos como
muertos”. La traducción ofrecida descarta una interpretación puramente
psicológica. No se trata de pensar que uno está muerto, sino de tomar en serio,
como un dato objetivo, el hecho de uno está muerto.
6 11 (b) Texto recibido y Vulgata
“Cristo Jesús Señor nuestro”.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 10, 37-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a
apóstoles:
-El que quiere a su padre o a
su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija
más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es
digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y, el que pierda su vida por
mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me
recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es
profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es
justo tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un
vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en
verdad os digo que no perderá su recompensa.
Textos
paralelos.
El que ama a su padre.
//Lc 14, 26-27: Si alguno viene
a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus
hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Dt 33, 9: Que dijo de su padre
y de su madre: “No los he visto”, / a sus hermanos no reconoció, / y de sus
hijos no quiso saber. / Porque observaron tu palabra / y vigilaron sobre tu
alianza.
El que no tome su cruz.
// Mt 16, 24-25: Entonces dijo
a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí
mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá;
pero el que la pierda por mí, la encontrará”.
// Mc 8, 34-35: Y llamando a la
gente y a sus discípulos les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se
niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida,
la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.
Lc 9, 23-24: Entonces decía a
todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su
cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el
que pierda su vida por mi causa la salvará”.
Lc 17, 33: El que pretenda
guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.
Jn 12, 25: El que se ama a sí
mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará
para la vida eterna.
Quien a vosotros acoge, a
mí me acoge.
// Mt 18, 5: El que acoge a un
niño como este en mi nombre me acoge a mí.
// Mc 9, 37: El que acoge a un
niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge
a mí, sino al que me ha enviado.
// Lc 9, 48: El que acoge a
este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me
ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante.
Quien acoja a un profeta.
// Lc 10, 16: Quien a vosotros
escucha, a mí me escucha: quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me
rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.
Jn 12, 44-45: Jesús gritó
diciendo: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el
que me ve a mí, ve al que me ha enviado”.
Jn 13, 20: En verdad, en verdad
os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí, y el que me recibe a mí
recibe al que me ha enviado.
1 R 17, 15: Ella [la viuda de
Sarepta] se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su
familia.
Mt 18, 4: El que se haga
pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos.
Y todo aquel que dé de
beber:
2 Re 4, 10: Construyamos en la
terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una
silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse.
Mt 25, 35: Porque tuve hambre y
me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me
hospedasteis.
Mc 9, 41: Y el que os dé a
beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no quedará
sin recompensa.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
10 37 El término griego filein (amar)
no es el que, en los evangelios sinópticos, denota el amor a Dios y al prójimo
(agapón). En Mt tiene de ordinario un sesgo peyorativo. Esta palabra de
Jesús a la que Lc 14, 26 le da una forma más dura, pone de relieve que los
lazos familiares, aunque legítimos, pueden ser un obstáculo en el camino de
quienes quieren seguir a Cristo. En esta frase, de forma más arcaica que en Mc
y Lc, “encontrar” se ha de entender con el matiz de “ganar, obtener,
procurarse”.
10 40 En estos tres versículos
encontramos probablemente la estructura de la Iglesia mateana. En la cúspide la
autoridad apostólica se describe mediante una fórmula jurídica judía para
indicar la transmisión de poderes, pero que aquí se relaciona con Dios. Luego
los que enseñan y los testigos que han resistido heroicamente en las
persecuciones. Finalmente los pequeños.
10 42 Algunos ven en estos pequeños a
los apóstoles (sentido sugerido por Mc 9, 51), bien sea a todos los discípulos
como testigos del Reino de Dios (sentido indicado por la precisión “por ser
discípulo), bien sea (más probable), en el seno de la comunidad de discípulos,
a los más humildes, desheredados y quizá desfavorecidos debido a la persecución
(sentido dominante en 18, 5-10), aunque en un contexto de vida comunitaria, no
de persecución).
Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión
crítica.
37 EL QUE QUIERE AL PADRE….: Lc 14,
26s. Estamos en la esfera del primer mandamiento (aunque el verbo griego
empleado no es el del amor de caridad – agapáô –, sino el de afecto
natural: philéô): “Nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu
Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” (Dt 6, 4-5).
Jesús reclama para sí un amor equivalente.
38 “Seguir detrás” es pleonástico
[dos palabras con el mismo significado seguidas para que tengan más fuerza]: seguir
(helenístico) + detrás (semítico).
39 “Encontrar la vida” (lit., con
doble semitismo, encontrar el alma) es salvarse, asegurar la
vida. “Perder la vida” (lit. perder el alma) es, aquí, morir
violentamente. Como si dijera: “El que reserva su vida, no se salva; se
salva el que arriesga la vida hasta morir mártir”.
40 Con el enviado de Jesús va Jesús
mismo; con él va la paz de Cristo, o la condena fuera de Cristo. “Recibir”
puede ser sinónimo de obedecer, si detrás está el verbo arameo qbl (que
significa recibir, y es también escuchar, obedecer).
41-52 A TÍTULO DE: lit. a nombre
de; fórmula rabínica, que puede traducirse: por ser…. El ambiente de
estas frases es judío: los apóstoles son “profetas” y “justos” (la bina
PROFETA-JUSTO aparece en 13, 17 y 23,29). ESTOS PEQUEÑUELOS (25, 40.45): los
discípulos de Jesús, en Mc 9, 41, parece referirse solo al grupo de los Doce.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé.
10, 37 Para contestar a la llamada de
Cristo al discipulado, todo debe ser pospuesto, incluso el afecto a nuestra
familia, por importante que sea. A medida que los niños maduran, su percepción
a la llamada personal que les hace Cristo se hace más fuerte, y deben discernir
cuidadosamente la vocación a la que son llamados. Los padres y demás miembros
de la familia pueden también ofrecer orientación a sus hijos en este
discernimiento. Cat. 2232.
10, 38 Ser discípulo de Cristo
significa compartir su cruz (Cat. 1506). Todos los cristianos debemos estar
dispuestos a dar testimonio de Cristo y a sufrir por él. Cat. 1225.
10, 40 El ministerio de los apóstoles,
tanto en su predicación como en su ministerio sacramental, era una extensión
del ministerio de Cristo. Los ministros ordenados de la Iglesia ejercen su
servicio mediante la enseñanza, el culto divino, y el gobierno pastoral. Cat.
858, 888, 893-894.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
2232 Los vínculos familiares, aunque
son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una
madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de
Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta
llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso
convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús.
1506 Cristo invita a sus discípulos a
seguirle tomando a su vez su cruz. Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre
la enfermedad y sobre los pobres. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde.
858 Jesús es el enviado del Padre.
Desde el comienzo de su ministerio llamó a los que él quiso y vinieron donde
él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar.
Desde entonces, serán sus enviados (es lo que significa la palabra griega apóstoloi).
En ellos continua su propia misión.
Concilio
Vaticano II
Dondequiera que Dios abre la
puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a todos los hombres
confiada y constantemente, se anuncia al Dios vivo y a Jesucristo, a quien Él
envió para la salvación de todos, para que los no cristianos, por el Espíritu
Sano que abre sus corazones, creyendo se conviertan libremente al Señor y se
adhieran sinceramente a Él, quien, siendo el camino, la verdad y la vida, colma
todas sus expectativas espirituales, más aún, las supera infinitamente. Hay que
considerar esta conversión como ciertamente inicial, pero suficiente para que
el hombre perciba que, arrancado del pecado, es introducido en el misterio del
amor de Dios, que le llama a entablar una relación personal con Él en Cristo.
Decreto Ad gentes divinitius,
13.
Santos
Padres.
Cuando nos renovamos mediante el
lavado del bautismo y del poder del Verbo nos apartamos de los pecados de
nuestro origen, de sus tentadores, y seccionados como una especie de tala por
la espada de Dios, nos alejamos de nuestro padre y de nuestra madre, y
despojándonos del hombre vieje con sus pecados e incredulidad y renovados en el
cuerpo y en el alma por el Espíritu debemos odiar nuestra conducta inveterada e
innata.
Hilario de Poitiers. Sobre el
Ev. de Mateo, 10. I a, pg. 286.
Con este modo de hablar quería
el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal
vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos. Porque viendo que su
fuerza y poder era tan grande que podía separar de ellos a sus hijos, desistieran
de oponérseles, como quienes intentaban una empresa imposible.
No hay más íntimo al hombre que
la propia vida. Pues bien, si aun a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo
lo contrario del que aman, será como si no me amaras.
Juan Crisóstomo, Homilías
sobre el Ev. de Mateo, 35, 2. I a., pg. 287.
Aquí llama pérdida del alma,
figuradamente, a su separación del cuerpo. “Quien encuentre su ida”, esto es,
quien prefiere la vida pasajera de acá y la tiene por ganancia, sufre algo peor
que la muerte, pues su destino es la pena de una muerte eterna.
Cirilo de Alejandría, Fragmentos
sobre el Ev. de Mateo, 128. I a., pg. 128.
San
Jerónimo.
37. El que ama a su padre o a su
madre, más que a mí no es digno de mí, etc. Dado que antes había dicho: No he
venido a traer la paz sino espada y enfrentar al hombre contra su padre, su
madre, su suegra, para que nadie anteponga la piedad familiar a la religión,
agrega: El que ama a su padre o a su madre más que a mí; también leemos
en el Cantar de los cantares: Ordena en mí el amor. Este orden es
necesario para todo afecto. Ama a tu padre, ama a tu madre, ama a tus hijos
después de Dios. Si fuera necesario poner a la par el amor de los padres y de
los hijos con el amor de Dios y no es posible conservar ambos, odiar a los
suyos es piedad para con Dios. Por tanto no prohibió amar al padre y a la madre
sino que agregó expresamente: el que ama a su padre y a su madre más que a
mí.
38. El que no toma su cruz y me
sigue no es digno de mí. En otro Evangelio está escrito: El que no toma su cruz, cada día. Para
que no pensemos que el ardor de la fe puede bastar una sola vez se nos enseña
que es necesario llevar la cruz siempre, para que siempre mostremos nuestro
amor por Cristo.
40. Quien os recibe a vosotros a
mí me recibe, y quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado. Magnífico
orden. Envía a predicar, enseña que no hay que temer los peligros, subordina el
afecto a la religión. Más arriba les había quitado el oro, arrancado el dinero
de su cinto. Dura condición de los evangelistas. ¿Cómo proveer a los gastos, a
lo necesario para la vida? Atempera el rigor de las exigencias con la esperanza
de las promesas y dice: Quien os recibe a vosotros a mí me recibe, y quien
me recibe a mí recibe a Aquel que me envío, para que cada uno de los
creyentes al recibir a los apóstoles piense que es a Cristo a quien recibe.
41. El que recibe a un profeta
por ser profeta recibirá la recompensa de un profeta, etc. El que recibe a
un profeta y comprende que él habla de las cosas futuras, ese recibirá la
recompensa de un profeta.
42. Quien reciba a un justo por ser
justo, recibirá recompensa de justo. Pero otro podría excusarse diciendo: Mi
pobreza me lo impide, la indigencia no me permite ofrecer hospitalidad. El
deshace esta excusa por medio de un precepto muy leve: ofrecer de todo corazón
un vaso de agua fresca. Dice de agua fresca, no caliente, a fin de que aún para el agua caliente no
busque la excusa de la pobreza, de la falta de leña.
San
Agustín.
En la vida toda tentación es una
lucha entre dos amores: el amor del mundo y el amor de Dios; el que vence de
los dos atrae hacia sí, como gravedad, a su amante. A Dios llegamos con el
afecto, no con alas o con los pies. Y, al contrario, nos atan la tierra los
afectos contrarios, no nudos o cadena alguna corporal. Cristo vino a
transformar el amor y a hacer de un amante de la tierra un amante de la vida
celestial; por nosotros se hizo hombre quien nos hizo hombrees. Dios asumió al
hombre para hacer de los hombres dioses.
He aquí el combate que tenemos
delante: la lucha contra la carne, contra el diablo, contra el mundo.
Ardiendo de este amor o, mejor,
para que ardamos en él, dice: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí
no es digno de mí, y quien no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. No
ha eliminado el amor a los padres, a la esposa, a los hijos, sino que lo ha
colocado en el lugar que le corresponde. No dijo: “Quien ama”, sino: Quien
ama más que a mí. Es lo que dice la Iglesia en el Cantar de los Cantares: Ordenó
en mí, el amor (Ct 2, 4). Ama a tu padre, pero no más que al Señor; ama a
quien te ha engendrado, pero no más que a quien te ha creado.
Ama, pues, a tu padre, pero no
por encima de Dios; ama a tu madre, pero no por encima de la Iglesia, que te
engendró para la vida eterna.
Pues si tanto ha de amarse a
quienes te engendraron para la muerte, ¡con qué amor han de ser amados quienes
te engendraron para que llegues a la vida eterna y permanezcas por la eternidad!
Ama a tu esposa, ama a tus hijos según Dios, inculcándoles que adoren contigo a
Dios. Una vez que te hayas unido a él, no has de temer separación alguna. Por
tanto, no debes amar más que a Dios a quienes con toda certeza amas mal, si
descuidas el llevarlos a Dios contigo.
San Juan de Ávila.
¿Qué quiere decir in nomine prophetae, in nomine iusti? Que,
aunque no sean santos, ni lo sepan claramente, basta recibirlos y favorecerlos
por este título, para que Dios se tenga por obligado a pagaros, aunque no lo
sean.
Lecciones
sobre la Epístola a los Gálatas. OC II. BAC. Madrid. 2013. Pg. 87.
Así como el lugar donde el inmenso Dios ha de morar en nosotros ha de ser
estimarle, reverenciarle y amarle sin tasa y sobre toda medida, amándole sobre
todas las cosas de la tierra y el cielo, y amándole más que nos mismos, si tú,
cristiano, no das a Dios tu corazón ensanchado con la grandeza y anchura de
aquesta reverencia y amor, quiéreslo meter en lugar pequeño, quiéreslo poseer
con amor pequeño, y Él quéjase y dice: El que ama a padre o madre más que a
mí, no es digno de mí (Mt 10, 37).
Víspera
del Corpus, 46. Obras Completas 3, Sermones. BAC. Madrid. 2015. Pg. 507.
Sus grados tiene el amor: hiere y ata, y es insaciable. Herido está
el corazón del amor de Dios cuando se enseñorea tanto del hombre, que a todos
los otros amores éste sobrepuja, y cumple lo que el Señor en el Evangelio
pidió: El que ama a padre y madre,
mujer, hijos y hermanos; y: Si alguno viene a mí y no aborrece padre y
madre, mujer, hijos y hermanos y aun a sí mismo, no puede ser discípulo mío. La
ley de la Bondad divinal pide, y con mucha justicia, que así como ella es en sí
cosa infinita, así sea preciada de hombres y ángeles sobre todas las cosas de
manera que le haga decir con san Pablo: ¿Quién nos apartará del amor de
Cristo? Ni tribulación, ni angustia, ni hambre, ni desnudez, ni peligro, ni
persecución, ni espada que mate; mas en todas estas cosas sobrepujamos
por amor de aquel que nos amó.
Ascensión
de María, 13. Ib. Pg. 951.
Este Señor ensalza tanto a los suyos, juntándolos consigo mismo, a
semejanza de un cuerpo con una cabeza, que el bien que hacen ellos lo hace Él
con ellos; y por esta parte, de lo que si era de poco valor es preciosísimo y
meritorio de vida eterna, aunque sea rezar un Ave María, aunque [sea]
dar por amor de Dios un jarro de agua fría u otra cosa menor, con que
sea buena y hecha por hombre que está en gracia, encorporado con el Cuerpo de
Jesucristo y que goza de renombre de miembro vivo suyo, y que en valor se llama
Cristo.
Santísimo Sacramento, 24. Ib.
Pg. 541.
Papa León XIV. Audiencia general. 24
de junio de 2026. Catequesis
- Los documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 4. El
misterio eucarístico
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Seguimos
con las catequesis sobre los documentos del Concilio
Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum
Concilium (SC) sobre la Liturgia.
Cuando
san Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados el misterio del Cuerpo de
Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos escuchado: «Vosotros sois el
cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Cor 12,
27). Y añade: «Recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois,
respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo
de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu
“Amén” responda a la verdad. […] Sed lo que veis y recibid lo que sois» (Sermón
272).
Justo
después de haber evocado la Última Cena de Jesús, la Constitución sobre la
Liturgia habla de la Eucaristía con estos acentos agustinianos. Para los
cristianos, formar parte de la mesa del Señor significa que «sean instruidos
con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den
gracias a Dios» (SC, 48). Recibiéndolo en su Palabra y en la
Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos en el Cuerpo
cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre
(cfr Col 1, 18), el cual nos prepara un lugar en los cielos
(cfr Jn 14, 3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino
que viene. Es el Pan del camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta
el día beato en el que «Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).
La
asamblea litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo por manos del sacerdote, sino
juntamente con él» (SC, 48).
En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del sacrificio espiritual de los
cristianos (cfr Hb 13, 16; Rm 12, 1), en
cuanto camino de la unión con Dios y de la unión recíproca. Al participar en
ella, aprenden a que «se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión
con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (ibid.).
Así, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo
de vida del mismo Señor Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo.
Este don nos hace entrar, por esto, en la dinámica de la unidad, que ofrece
un poderoso antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo,
nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro corazón (cfr SC,
47).
Queridos,
cuando participamos en la Eucaristía somos invitados a escuchar la Palabra de
Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor, donde Él mismo se ofrece al Padre.
Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia
eucarística, «están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de
culto» (SC, 56).
En lo
que se refiere a la Palabra, es necesario recordar que no se trata solamente
de adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras, sino de recibir la
Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12), dirigida por Dios a todos y
al mismo tiempo a cada uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan
eucarístico y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en
Cristo. «La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así
como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico»
(Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 55).
El
Concilio Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor amplitud los tesoros de la
Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las
partes más significativas de la Sagrada Escritura» (SC,
51). La reforma litúrgica ha traducido esta petición en ese tesoro que es
el Leccionario, es decir, el libro que recoge todas las Lecturas
bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la
fuente más pura de la Tradición viviente, que combina la «sana tradición» con
«el camino a un progreso legítimo» (SC, 23).
El
inicio del capítulo II de la Constitución sobre la Liturgia está entretejido
con referencias al gran río de la Tradición, que va desde los Padres de la
Iglesia hasta nosotros. Lo cito: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche
que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre,
con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de
la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y
Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad,
banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se
nos da una prenda de la gloria venidera» (SC,
47).
Queridos
hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente de vida divina y dejémonos
transformar por el misterio que celebramos.
Papa León XIV. Angelus. 21 de
junio de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En el Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 10,26-33) Jesús, al
enviar a los discípulos a la misión, les dirige esta exhortación: «Lo que les
digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo
desde la azotea» (v. 27).
Establece una relación entre lo que escuchamos “al oído”, es decir, en lo
secreto del corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del
Evangelio es ante todo compartir un encuentro personal con Él, único para
cada quien.
La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se
basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra
respuesta. Santo Tomás
de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo
que hemos contemplado: “contemplata aliis tradere” (cf. Summa
Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad 2).
Sin embargo, no hay que pensar en el “contemplar” como una
experiencia exclusiva, reservada a algunos santos o a los monjes y a los
ermitaños. Todos podemos hacerlo, esforzándonos por dedicar, entre los
compromisos de cada día, momentos de quietud para permanecer en silencio ante
Dios, escuchar su voz, encomendarle nuestras alegrías y nuestras
preocupaciones, y revisar con Él nuestra vida. Esto nos hace, cada
vez más, personas de fe sólida y consciente, y por consiguiente apóstoles
creíbles y libres, hombres y mujeres capaces de reflejar la luz del
Evangelio en todos los ambientes y en todas las situaciones de la vida,
testimoniándolo también allí donde su valor no es comprendido ni es aceptado.
San Mateo —autor del pasaje bíblico al que nos referimos—escribía para
comunidades que no tenían una vida fácil. Debían afrontar hostilidad y persecuciones,
como sucede aún hoy a muchos cristianos en tantos lugares de la tierra, y
además había una gran tentación de desanimarse y dejarse vencer por el
cansancio o el miedo.
Tanto hoy como ayer, es difícil permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús
y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la
mansedumbre, al desánimo con la perseverancia. Por eso es necesario que profundicemos
en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él
(cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii
gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y seguir
transmitiendo a todos, en cualquier circunstancia, su mensaje de esperanza, de
amor y de paz. ¡Al mundo le hace mucha falta!
Que la Virgen María nos ayude a ser discípulos misioneros del Señor Jesús,
cada uno conforme a su propia vocación.
Papa Francisco. Angelus. 2 de
julio de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de hoy Jesús dice: «El que recibe a un profeta porque es
profeta, tendrá recompensa de profeta» (Mt 10,41). Tres veces la
palabra “profeta”. Pero, ¿quién es el profeta? Hay quien lo imagina
como una especie de mago que predice el futuro; pero esta es una idea
supersticiosa y el cristiano no cree en las supersticiones, como la magia, las
cartas, los horóscopos o cosas similares. Entre paréntesis: muchos, muchos
cristianos van a que les lean las manos… ¡Por favor! Otros pintan al profeta
solo como un personaje del pasado, que existió antes de Cristo para preanunciar
su llegada. Y Jesús mismo hoy habla de la necesidad de acoger a los profetas; por
lo tanto, existen todavía, pero, ¿quiénes son? ¿Quién es el profeta?
Profeta, hermanos y hermanas, es cada uno de nosotros: de hecho, con
el Bautismo todos recibimos el don y la misión de la profecía (cf. Catequismo
de la Iglesia Católica 1268). Profeta es aquel que, en virtud
del Bautismo, ayuda a los demás a leer el presente bajo la acción del Espíritu
Santo. Esto es muy importante: leer el presente no como una crónica,
sino bajo la acción del Espíritu Santo, que nos ayuda a comprender los
proyectos de Dios y a corresponderlos. En otras palabras, el profeta es
aquel que muestra Jesús a los demás, que da testimonio de Él, que nos
ayuda a vivir el hoy y a construir el mañana según sus planes. Por lo
tanto, todos somos profetas, testigos de Jesús «para que la virtud del
Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social» (Lumen
Gentium, 35). El profeta es un signo vivo que muestra Dios a los
demás, el profeta es un reflejo de la luz de Cristo en el camino de los
hermanos. Y entonces, podemos preguntarnos: Yo, que fui “elegido profeta”
en el Bautismo, ¿hablo y, sobre todo, vivo como testigo de Jesús? ¿Llevo
un poco de su luz a la vida de alguien? ¿Yo me interrogo sobre esto? ¿Me
pregunto cómo va mi testimonio, como va mi profecía?
El Señor en el Evangelio pide acoger a los profetas; por lo tanto, es importante que
nos acojamos unos a otros como tales, como portadores de un mensaje de Dios,
cada uno según su estado y su vocación y hacerlo allí donde vivimos, es
decir, en la familia, en la parroquia, en las comunidades religiosas, en los
demás ámbitos de la Iglesia y de la sociedad. El Espíritu ha distribuido dones
de profecía en el santo Pueblo de Dios: he aquí por qué está bien escuchar a
todos. Por ejemplo, cuando hay que tomar una decisión importante, viene
bien sobre todo rezar, invocar al Espíritu, pero después escuchar y
dialogar, con la confianza de que cada uno, incluso el más pequeño, tiene
algo importante que decir, un don profético que compartir. Así se busca la
verdad y se difunde un clima de escucha de Dios y de los hermanos, en el que
las personas no se sienten acogidas solo si dicen lo que me gusta, sino que se
sienten aceptadas y valoradas como dones por lo que son.
¡Pensemos en cuántos conflictos se podrían evitar y resolver así,
poniéndose en escucha de los demás con el sincero deseo de comprenderse! Preguntémonos entonces: ¿Yo sé
acoger a los hermanos y a las hermanas como dones proféticos? ¿Creo que los
necesito? ¿Los escucho con respeto, con el deseo de aprender? Porque cada uno
de nosotros necesita aprender de los demás, cada uno de nosotros necesita
aprender de los demás.
Que María, Reina de los Profetas, nos ayude a ver y a acoger el bien que el
Espíritu ha sembrado en los demás.
Papa Francisco. Angelus. 28 de
junio de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este domingo, el Evangelio (cf. Mateo 10, 37-42)
expresa con fuerza la invitación a vivir plenamente y sin vacilación nuestra
fidelidad al Señor. Jesús pide a sus discípulos que tomen en serio las
exigencias del Evangelio, incluso cuando esto requiere sacrificio y esfuerzo.
Lo primero que les exige a quienes le siguen es poner el amor a
Él por encima del amor familiar. Dice: «El que ama a su padre o a su madre,
[…] a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (v. 37). Jesús
ciertamente no pretende subestimar el amor a los padres y a los hijos, pero
sabe que los lazos de parentesco, si se ponen en primer lugar, pueden desviar
del verdadero bien. Lo vemos: ciertas corrupciones en los gobiernos
se dan precisamente porque el amor por la parentela es mayor que el amor por
la patria y ponen en los cargos a los parientes. Lo mismo con Jesús: cuando
el amor [por los familiares] es mayor que [el amor por] Él, no va bien.
Todos podríamos dar muchos ejemplos a este respecto. Sin mencionar las
situaciones en las que los lazos familiares se mezclan con elecciones opuestas
al Evangelio. Cuando, por el contrario, el amor a los padres y a los
hijos está animado y purificado por el amor del Señor, entonces se hace
plenamente fecundo y produce frutos de bien en la propia familia y mucho más
allá de ella. En este sentido, dice Jesús la frase. Recordemos también cómo
reprende Jesús a los doctores de la ley que privan a sus padres de lo necesario
con el pretexto de dárselo al altar, de dárselo a la Iglesia (cf. Mc 7,8-13).
¡Los reprende! El verdadero amor a Jesús requiere verdadero amor a los
padres, a los hijos, pero si primero buscamos el interés familiar, esto siempre
nos lleva por el camino equivocado.
Luego dice Jesús a sus discípulos: «El que no toma su cruz y me sigue no
es digno de mí» (v. 38). Se trata de seguirlo por el camino que Él mismo ha
recorrido, sin buscar atajos. No hay amor verdadero sin cruz, es decir,
sin un precio a pagar en persona. Y lo dicen muchas madres, muchos
padres que se sacrifican tanto por sus hijos y soportan verdaderos sacrificios,
cruces, porque aman. Y si se lleva con Jesús, la cruz no da miedo,
porque Él siempre está a nuestro lado para apoyarnos en la hora de la prueba
más dura, para darnos fuerza y coraje. Tampoco es necesario inquietarse por
preservar la vida, con una actitud temerosa y egoísta. Jesús amonesta: «El
que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí —es
decir, por amor, por amor a Jesús, por amor al prójimo, por servir a los
demás—, la encontrará» (v. 39). Es la paradoja del Evangelio. Pero también
tenemos, gracias a Dios, muchos ejemplos. Lo vemos en estos días. ¡Cuánta
gente, cuánta gente lleva cruces para ayudar a otros! Se sacrifica para
ayudar a quienes lo necesitan en esta pandemia. Pero, siempre con Jesús, se
puede hacer. La plenitud de la vida y la alegría se encuentra al entregarse por
el Evangelio y por los hermanos, con apertura, aceptación y benevolencia.
De este modo, podemos experimentar la generosidad y la gratitud de Dios.
Nos lo recuerda Jesús: «Quien a vosotros acoge, a mí me acoge […]. Y todo aquel
que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños […] no
perderá su recompensa» (vv. 40; 42). La generosa gratitud de Dios Padre tiene
en cuenta hasta el más pequeño gesto de amor y de servicio prestado a nuestros
hermanos. En estos días, un sacerdote me contó que se había conmovido porque un
niño de la parroquia se le acercó y le dijo: “Padre, estos son mis ahorros, una
cosa pequeña, es para sus pobres, para aquellos que hoy lo necesitan a causa de
la pandemia”. ¡Pequeña cosa, pero grande! Es una gratitud contagiosa que nos
ayuda a cada uno de nosotros a mostrar gratitud hacia aquellos que se preocupan
por nuestras necesidades. Cuando alguien nos ofrece un servicio, no debemos
pensar que todo nos es debido. No, muchos servicios se realizan de forma
gratuita. Pensad en el voluntariado, que es una de las mejores cosas que tiene
la sociedad italiana. Los voluntarios... ¡Y cuántos de ellos dejaron sus vidas
en esta pandemia! Se hace por amor, simplemente por servicio. La gratitud, el
reconocimiento, es en primer lugar una señal de buenos modales, pero también es
una característica distintiva del cristiano. Es un simple pero genuino signo
del reino de Dios, que es el reino del amor gratuito y generoso.
Que María Santísima, que amó a Jesús más que a su propia vida y lo siguió
hasta la cruz, nos ayude a ponernos siempre ante Dios con el
corazón abierto, dejando que su Palabra juzgue nuestro comportamiento y
nuestras opciones.
Papa Francisco. Angelus. 2 de
julio de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia nos presenta las últimas frases del discurso misionero del
capítulo 10 del Evangelio de Mateo (cf. 10, 37), con el cual Jesús instruye a
los doce apóstoles en el momento en el que, por primera vez les envía en misión
a las aldeas de Galilea y Judea. En esta parte final Jesús subraya dos aspectos
esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero, que su
vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo; el segundo, que
el misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y mediante él, el amor
del Padre celestial. Estos dos aspectos están conectados, porque cuanto más
está Jesús en el centro del corazón y de la vida del discípulo, más “transparente”
es este discípulo ante su presencia. Van juntos, los dos.
«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí...» (v.
37), dice Jesús. El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce
amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo,
no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin
gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige
una relación prioritaria con el maestro. Cualquier discípulo, ya sea un
laico, una laica, un sacerdote, un obispo: la relación prioritaria. Quizás la
primera pregunta que debemos hacer a un cristiano es: «¿Pero tú te encuentras
con Jesús? ¿Tú rezas a Jesús?». La relación. Se podría casi parafrasear
el Libro del Génesis: Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se
une a Jesucristo, y se hacen una sola cosa (cf. Génesis 2, 24). Quien se
deja atraer por este vínculo de amor y de vida con el Señor Jesús, se
convierte en su representante, en su “embajador”, sobre todo con el modo de
ser, de vivir. Hasta el punto en que Jesús mismo, enviando a sus discípulos en
misión, les dice: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a
mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mateo 10, 40). Es necesario que la
gente pueda percibir que para ese discípulo Jesús es verdaderamente “el
Señor”, es verdaderamente el centro de su vida, el todo de la vida.
No importa si luego, como toda persona humana, tiene sus límites y
también sus errores —con tal de que tenga la humildad de reconocerlos—; lo
importante es que no tenga el corazón doble —y esto es peligroso. Yo soy
cristiano, soy discípulo de Jesús, soy sacerdote, soy obispo, pero tengo el
corazón doble. No, esto no va.
No debe tener el corazón doble, sino el corazón simple, unido; que no
tenga el pie en dos zapatos, sino que sea honesto consigo mismo y con
los demás. La doblez no es cristiana. Por esto Jesús reza al Padre para que
los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el
espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo. Y aquí nuestra
experiencia de sacerdotes nos enseña una cosa muy bonita, una cosa muy
importante: es precisamente esta acogida del santo pueblo fiel de Dios, es
precisamente ese «vaso de agua fresca» (v. 42) del cual habla el Señor hoy
en el Evangelio, dado con fe afectuosa, ¡que te ayuda a ser un buen
sacerdote! Hay una reciprocidad también en la misión: si tú dejas todo
por Jesús, la gente reconoce en ti al Señor; pero al mismo tiempo te ayuda a
convertirte cada día a Él, a renovarte y purificarte de los compromisos y a
superar las tentaciones. Cuanto más cerca esté un sacerdote del pueblo
de Dios, más se sentirá próximo a Jesús, y un sacerdote cuanto más cercano sea
a Jesús, más próximo se sentirá al pueblo de Dios.
La Virgen María experimentó en primera persona qué significa amar a Jesús
separándose de sí misma, dando un nuevo sentido a los vínculos familiares, a
partir de la fe en Él. Con su materna intercesión, nos ayude a ser libres y
felices misioneros del Evangelio.
SANTOS
PEDRO Y PABLO.
Monición de entrada.-
Hoy
es la fiesta de los santos Pedro y Pablo.
Pedro
fue un pescador de Galilea a quien Jesús eligió para ser apóstol y cuidar de
toda la Iglesia.
Él
murió en una cruz en Roma y lo enterraron en el Vaticano, donde vive el Papa.
Y
Pablo fue primero una persona que no quería a los amigos de Jesús, pero después
de encontrarse con Él se hizo muy amigo suyo.
También
murió en Roma.
Nuestra
comunidad de fe, esperanza y amor se apoya en las enseñanzas de los dos.
Señor, ten piedad.-
Tú, que
perdonaste a Pedro. Señor, ten piedad.
Tú, que
hiciste a Pablo amigo tuyo. Cristo, ten
piedad.
Tú, que has
elegido al Papa León sucesor de san Pedro. Señor, ten piedad.
Peticiones.
Jesús,
te pido por el Papa León, para que le ayudes mucho. Te lo pedimos,
Señor.
Jesús, te pido la Iglesia para que sea
querida. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por los cristianos que
tienen que esconderse, para que les ayudes a seguir siendo cristianos. Te lo
pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros para que
seamos obedientes a las enseñanzas del Papa y los obispos. Te lo pedimos,
Señor.
Acción de gracias.-
María, queremos darte las gracias por el
Papa León, que con sus palabras y su ejemplo nos ayuda a ser buenos cristianos
y hace que los cristianos estemos unidos a Jesús.
DOMINGO 14 T.O.
Monición
de entrada.-
¿Qué
somos nosotros?
La
misa de este domingo nos ayudará a responder a la pregunta.
Porque
somos personas como los demás, pero que tenemos a Jesús en la Iglesia y en
nuestro corazón.
Señor, ten piedad.-
En ti confiamos. Señor, ten piedad.
A ti vamos.
Cristo, ten piedad.
De ti esperamos. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús, te
pido por el Papa León y el obispo Enrique; para que les ayudes mucho. Te lo
pedimos, Señor.
Jesús, te pido por la iglesia; para que te quiera
mucho. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por los países que están en guerra;
para que confíen más en las palabras que en las pistolas. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido los que están cansados; para que les
ayudemos. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros; para que encontremos en
ti el amigo que nos ayuda. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-

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