Primera lectura.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11
En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y
enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de
haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el
Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles
numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y
hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se
alejaran de Jerusalén, sino:
-Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que habéis
oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con
Espíritu Santo dentro de no muchos días.
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
-Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?
Les dijo:
-No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre
ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del
Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”.
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que
una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se
iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les
dijeron:
-Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo
Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevando al cielo, volverá como lo
habéis visto marcharse al cielo.
Textos
paralelos.
El primer libro lo
dediqué
Lc 1, 1-4: Puesto
que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se
han cumplido entre nosotros, como nos lo transmitieron los que fueron desde el
principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos
por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente
desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has
recibido.
Jesús hizo y enseñó.
Hch 1, 22: [Elección
de Matías como apóstol] comenzado en el bautismo de Juan hasta el día que nos
fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su
resurrección.
Después de haber
dado instrucciones.
Mt 28, 19-20: Id,
pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que yo os
he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los
tiempos.
Lc 24, 49: Mirad, yo
voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra
parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo
alto.
A los apóstoles que
había elegido.
Lc 24, 51: Y estaban
siempre en el templo bendiciendo a Dios.
1 Tm 3, 16: En
verdad es grande le misterio de piedad, el cual fue manifestado en la carne, /
justificado con el Espíritu, / mostrado a los ángeles, / proclamado en las
naciones, / creído en el mundo, / recibido en la gloria.
Después de su
pasión, se les presentó.
Hch 10, 40-41: Pero
Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a
todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos
comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.
Hch 13, 31: Durante
muchos días, se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén,
y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo.
Dejándose ver de
ellos.
Mt 28, 10: No
temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galelea; allí me verán.
Lc 24, 42-43: Ellos
le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
No os vayáis de
Jerusalén.
Lc 24, 49: Mirad, yo
voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra
parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo
alto.
Hch 2, 33: A este
Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Aguardad la promesa
del Padre.
Ga 3, 14: Y esto,
para que la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús y
para que recibiéramos por la fe la promesa del Espíritu.
Ef 1, 13: Bendito
sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, / que nos ha bendecido
Seréis bautizados
con Espíritu Santo.
Hch 11, 16: [Pedro
ante los apóstoles] entonces me acordé de lo que el Señor había dicho: “Juan
bautizó con agua, pero vosotros eréis bautizados con Espíritu Santo”.
Lc 3, 16: Juan
respondió dirigiéndose a todos: “Yo os bautizo con agua; pero vbiene el que es
más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él
os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.
No es cosa vuestra
conocer el tiempo y el momento.
Dn 2, 21: Él hace
cambiar los tiempos y las estaciones, / y quita y pone a los reyes, / da la
sabiduría a los sabios / y la inteligencia a los inteligentes.
Mt 24, 36: En cuanto
al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo,
sino solo el Padre.
El Padre ha fijado
con su propia autoridad.
1 Ts 5, 1-2: En l
referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis que os escriba, pues
vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la
noche.
Recibiréis la fuerza
que os hará ser mis testigos.
Is 32, 15: Hasta que
se derrame sobre nosotros / un espíritu de lo alto, / y el desierto se
convierta en un vergel, / y el vergel parezca un bosque.
En Jerusalén, en
toda Judea y Samaría.
Lc 24, 47-48: Y en
su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los
pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigo de estos.
Mt 28, 19: Id, pues,
y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo.
Dicho esto fue
levantado.
2 Re 2, 11: Mientras
ellos iban conversando por el camino, de pronto, un carro de fuego con caballos
de fuego los separó a uno del otro. Subió Elías al cielo en la tempestad.
Lc 24, 50-51: Y los
sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus mantos, los bendijo. Y mientras
los bendecía, se separó de ellos y fue llevado hacia el cielo.
Mc 16, 19: Después
de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de
Dios.
Mientras estaban
mirando.
Jn 20, 17: Jesús le
dice: “No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis
hermanos y diles: ·Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios
vuestro”.
Rm 10, 6: En cambio,
la justicia que procede de la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién
subirá al cielo?, es decir, para hacer bajar a Cristo.
Ef 4, 8-10: Por eso
dice la Escritura: Subió a lo alto llevando cautivos / y dio dones a los
hombres. Decir subió supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el
que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el
universo.
Se les presentaron
dos hombres.
1 Pe 3, 22: El cual
fue al cielo, sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles,
potestades y poderes.
Lc 24, 4: Mientras
estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos
refulgentes. Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y
ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”.
Volverá tal como lo
habéis visto marchar.
Hch 3, 20: Para que
vengan tiempos de consuelo de parte de Dios y envíe a Jesús, el Mesías que os
estaba destinado.
Za 14, 4: Aquel día
se plantarán sus pies sobre el monte de los Olivos, al este de Jerusalén.
Notas
exegéticas.
1 1 El Evangelio de Lucas.
1 2 (a) Se subraya la acción del
Espíritu en los comienzos de la misión de los apóstoles como en los comienzos
del ministerio de Jesús.
1 2 (b) El texto occ. no menciona
aquí la Ascensión.
1 3 (a) Este texto parece no
avenirse con el evangelio de Lucas. Aquí hay una separación de cuarenta días
entre la resurrección y la ascensión. Este espacio de tiempo puede entenderse
como una duración-tipo de la iniciación a la enseñanza del Resucitado o como el
tiempo límite para sentar las bases de la autoridad de los primeros testigos.
1 3 (b) El Reino de Dios: será el
gran tema de la predicación de los apóstoles como lo había sido de la
predicación de Jesús.
1 4 Para Lucas Jerusalén es el
centro predestinado de la obra de la salvación, el punto terminal de la misión
terrestre de Jesús y el punto inicial de la misión universal de los apóstoles.
1 5 El bautismo en el Espíritu
anunciado ya por Juan el Bautista y prometido aquí por Jesús se inaugurará con
la efusión de Pentecostés. Los apóstoles, conforme a la orden de Cristo,
seguirán administrando el bautismo de agua como rito de iniciación al Reino
mesiánico, pero lo conferirán “en el nombre de Jesús” y por la fe en la obra
realizada por Cristo, dispondrá en lo sucesivo del poder eficaz de perdonar los
pecados y de dar el Espíritu Santo. Se ve aparecer por otra parte y en conexión
con este Bautismo cristiano de agua, otro rito, el de la imposición de manos,
que se ordena a una comunicación visible y carismática del Espíritu, análoga a
la de Pentecostés; rito que está en el origen del sacramento de la
Confirmación. Al lado de estos sacramentos cristianos, siguió practicándose por
algún tiempo y por algunos fieles, imperfectamente instruidos, el bautismo de
Juan.
1 6 (a) Hch 1, 6 reanuda el hilo del
relato interrumpido en Lc 24, 49.
1 6 (b) El establecimiento del Reino
mesiánico se les representa aún a los apóstoles como una restauración de la
realeza davídica.
1 7 Insertando su plan de salvación
en la historia humana, Dios ha dispuesto desde toda la eternidad “su tiempo y
su momento”, primero, el tiempo de la preparación, luego en la “plenitud de los
tiempos” el momento escogido para la venida de Cristo que inaugura la era de la
salvación, después el tiempo que transcurre hasta la Parusía, finalmente
precedido por los “últimos días” el “Día” escatológico y el Juicio final.
1 8 (a) El Espíritu, tema
especialmente predilecto de San Lucas, ante todo aparece como un Poder, enviado
de junto a Dios por Cristo para la difusión de la Buena Nueva. El Espíritu
otorga los carismas, que garantizan la predicación: don de lenguas, de
milagros, de profecía, de sabiduría; comunica fuerza para anunciar a Jesucristo
a pesar de las persecuciones, finalmente interviene en las decisiones de
capital importancia admisión de los gentiles en la Iglesia, supresión para
ellos de observancias legales, misión de Pablo a través del mundo gentil. Pero
los Hechos conocen también el don del Espíritu recibido en el bautismo y que
concede el perdón de los pecados.
1 8 (b) La misión esencial de los
apóstoles es dar testimonio de la resurrección de Jesús y también toda su vida
pública.
1 8 (c) La misión de los apóstoles
se extiende al universo. Las etapas aquí señaladas dibujan, a grandes rasgos,
el esquema geográfico de los Hechos: Jerusalén, que era el punto de llegada del
Evangelio, es ahora el punto de partida.
1 9 La nube forma parte del marco de
la teofanía del AT y del NT. Es característica de la Parusía del Hijo del
hombre.
1 11 El glorioso advenimiento de la
Parusía.
Salmo
responsorial
Salmo 46
R/. Dios
asciende entre aclamaciones: el Señor, al son de trompetas.
Pueblos
todos, batid palmas,
aclamad
a Dios con gritos de júbilo;
porque
el Señor altísimo es terrible,
emperador
de toda la tierra. R/.
Dios
asciende entre aclamaciones;
el
Señor, al son de trompetas:
tocad
para Dios, tocad;
tocad
para nuestro Rey, tocad. R/.
Porque
Dios es el rey del mundo:
tocad
con maestría.
Dios
reina sobre las naciones,
Dios
se sienta en su trono sagrado. R/.
Textos
paralelos.
¡Pueblos
todos, tocad palmas!
So 3, 14-15:
Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, / regocíjate y disfruta con todo
tu ser, hija de Jerusalén. / El Señor ha revocado tu sentencia, / ha expulsado
a tu enemigo. / El rey de Israel, el Señor, / está en medio de ti, / no temas
mal alguno.
Porque
Yahvé, el Altísimo, es terrible.
Ex 15, 18: El Señor
reina por siempre jamás.
Is 52, 7: Qué
hermosos son sobre los montes / los pies del mensajero que proclama la paz, /
que anuncia la buena noticia, / que pregona la justicia, / que dice a Sión:
“¡Tu Dios reina!”.
Sube
Dios entre aclamaciones.
Nm 23, 21: No he
encontrado maldad en Jacob, / ni ha descubierto infortunio en Israel. / El
Señor su Dios está con él, / y en él se oye proclamar a un rey.
Sal 24, 7-10:
¡Portones!, alzad los dinteles, / que se alcen las puertas eternales: / va a
entrar el Rey de la gloria. / -¿Quién es ese Rey de la gloria? / El Señor,
héroe valeroso, / el Señor valeroso en la batalla. / ¡Portones!, alzad los
dinteles, / que se alcen las puertas eternales: / va a entrar el Rey de la
gloria. / -¿Quién es ese Rey de la gloria? / - El Señor, Dios del universo, /
él es el Rey de la gloria.
Sal 68, 19: Subiste
a la cumbre llevando cautivos, / te dieron tributo de hombres, / para que
también los rebeldes / habitase con el Señor Dios.
Sal 89, 16: Dichoso
el pueblo que sabe aclamarte: / caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro.
Sal 98, 6: Con
clarines y al son de trompetas, / aclamad al Rey, y Señor.
Reina
Dios sobre las naciones.
Jr 10, 7: ¿Quién no
ha de temer, / si eres el rey de las naciones? / Es algo que tú mereces, / pues
entre todos los sabios / y todos los reyes paganos, / nadie se te puede
comparar.
Sal 72, 11:
Póstrense ante él todos los reyes, / y sírvanle todos los pueblos.
Notas
exegéticas.
47 Himno escatológico, el primero de
los “salmos del Reino”, ver salmos 93s.: desarrolla la aclamación “Yahvé es
Rey”. El Rey de Israel sube al Templo con un cortejo triunfal, en medio de
aclamaciones rituales. Sal 33, 3 Su gobierno se extiende a todos los pueblos,
que vendrán a sumarse al pueblo elegido.
47 7 “nuestro Dios” griego: “Dios”
hebreo.
Segunda
lectura.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23
Hermanos:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé
espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de
vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama,
cual la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la
extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según
la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de
entre los muertos, y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo
principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido,
no solo en este mundo, sino en el futuro. Y “todo lo puso bajo sus pies” y lo
dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que
llena todo en todos.
Textos
paralelos.
Al Padre de la gloria.
Ef 3, 14-16: Por eso doblo las
rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en
la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser
robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior.
Os concede espíritu de
sabiduría.
Ex 24, 16: La gloria del Señor
descansaba sobre la montaña del Sinaí y la nube cubrió la montaña durante seis
días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube.
Para conocerle
perfectamente.
1 Jn 5, 20: Pero sabemos que el
Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al
Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el
Dios verdadero y la vida eterna.
Ilumine los ojos de
vuestro corazón.
2 Co 4, 6: Pues el Dios que
dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros
corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada
en el rostro de Cristo.
Notas
exegéticas:
1 17 Este “espíritu” designa lo que
hoy entendemos por “gracia” (actual).
1 18 Las acepciones morales y
espirituales de “corazón” en el AT. Gn 8, 21 siguen vigentes en el NT. Dios
conoce el corazón. El hombre ha de amar a Dios de todo corazón. Dios ha
depositado en el corazón del hombre el don de su Espíritu. También Cristo
habita en el corazón. Los corazones sencillos, rectos, puros están abiertos sin
limitaciones a la presencia y acción de Dios. Y los creyentes tienen un solo
corazón y una sola alma.
1 21 Nombres de las potencias
cósmicas frecuentes en la literatura judía apócrifa. Sin someter a crítica la
existencia de esos seres celestes, Pablo se limita a encuadrarlos bajo el
dominio de Cristo. Al asociarlas con los ángeles de la tradición bíblica y con
el don de la Ley las integra en la historia de la salvación con una
calificación moral cada vez más peyorativa, que concluye convirtiéndolas en
potencias demoniacas.
1 23 A la Iglesia, cuerpo de Cristo,
se le puede llamar plenitud en el sentido de que abarca todo el mundo nuevo,
que participa, en cuanto marco de la humanidad de la regeneración universal
bajo la autoridad de Cristo, Señor y Cabeza. La expresión adverbial “todo en
todo” intenta sugerir una amplitud ilimitada.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 28, 16-20
En aquel tiempo, los once
discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al
verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les
dijo:
-Se me ha dado todo poder en el
cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.
Textos
paralelos.
Al verlo, lo adoraron.
Mt 8, 10: Al oírlo, Jesús quedó
admirado y dijo a los que lo seguían: “En verdad os digo que en Israel no he
encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente
y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos”.
Me ha sido dado todo
poder.
2 Cro 36 23: Así dice Ciro, rey
de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la
tierra. Él me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Quien de
entre vosotros pertenezca a ese pueblo puede volver. ¡Que el Señor, su Dios,
esté con él.
Dn 7, 14: A él se le dio poder,
honor y reino. / Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. / Su
poder es un poder eterno, no cesará. / Su reino no acabará.
Jn 3, 35: El Padre ama al Hijo
y todo lo ha puesto en su mano.
Mt 16, 16: Simón Pedro tomó la
palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.
Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes.
Lc 24, 47: Y en su nombre se
proclamará la conversión para el perdón de todos los pecados a todos los
pueblos, comenzando por Jerusalén.
Hch 2, 38: Pedro les contestó:
“Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el
Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don el Espíritu
Santo”.
Hch 1, 8: En cambio, recibiréis
la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis
testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra.
Dt 34, 9: José, hijo de Nun
estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las
manos, los hijos de Israel lo obedecieron e hicieron como el Señor había
mandado a Moisés.
Enseñándoles a guardar.
Jos 22, 2: Y les dijo: “Habéis
cumplido todo lo que os mandó Moisés, siervo del Señor, y a mí también me
habéis obedecido en todo lo que os he mandado.
Yo estaré con vosotros.
Nm 35, 34: No contaminéis la
tierra en que habitáis, porque yo habito en medio de ella, pues yo, el Señor,
tengo mi morada en medio de los hijos de Israel.
Mt 1, 23: Mirad: la virgen
concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa
“Dios-con-nosotros”.
Mt 18, 20: Porque donde dos o
tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Jn 14, 18-21: No os dejaré
huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero
vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo
estoy en mi Padre, y vosotros en mi y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos
y los guarda, ese me ama; y el que ma ama será amado por mi Padre, y yo también
lo amaré y me manifestaré a él.
Dn 2, 44: Durante ese reinado,
el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido, ni su dominio
pasará a otro pueblo, sino que destruirá y acabará con todos los demás reinos,
y él durará por siempre.
Dn 12, 12: Dichoso el que
aguarde hasta que pase mil trescientos treinta y cinco días.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
28 17 Otra traducción autorizada por
la gramática: “ellos que habían dudado”. – Sobre estas dudas que Mt tiene que
mencionar aquí por no haber narrado otra aparición a los discípulos.
28 18 En estas últimas instrucciones
de Jesús, con la promesa que les sigue, está condensada la misión de la Iglesia
apostólica. El Cristo glorioso ejerce tanto en la tierra como en el cielo el
poder sin límites que ha recibido de su Padre. Sus discípulos ejercerán “pues”
este poder en nombre de él por el bautismo y la formación de los cristianos. Su
misión es universal, después de haber sido anunciada primeramente al pueblo de
Dios como pedía el plan divino, la salvación debe ser en adelante ofrecida a
todas las naciones. En esta obra de conversión universal, por larga y laboriosa
que pueda ser, el Resucitado estará viva y operante con los suyos.
28 19 Es posible que esta fórmula se
resienta, en su precisión, del uso litúrgico establecido más tarde en la
comunidad primitiva. Es sabido que los Hechos hablan de bautizar “en el nombre
de Jesús”. Mas tarde se habrá hecho explícita la vinculación del bautizado con
las tres personas de la Trinidad. Sea lo que fuere de estas variaciones
posibles la realidad profunda sigue siendo la misma. El bautismo vincula con la
persona de Jesús Salvador: ahora bien, toda la obra de salvación procede del
amor del Padre y culmina con la efusión del Espíritu.
28 20 Con estas palabras el Resucitado
realiza su promesa de la presencia divina en el AT. No solo asegura dones
particulares o una presencia continua, sino una asistencia eficaz “día tras
día”, incluso en la persecución. Por otra parte, esta presencia es análoga a la
del Paráclito joánico.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
16-20 Las apariciones de Jesús,
revelaciones de su gloria, no tuvieron como destinatarios a cualquiera, sino a
los testigos elegidos por Dios. Este Jesús todopoderoso, es el mismo de corazón
manso y humilde que hablaba en 1, 27-30; ambas escenas siguen en realidad el
mismo esquema: a) una orden o invitación de Jesús (“… les había ordenado”,
“venid a mí”); b) un encargo apremiante (“id…, bautizad…, enseñado…”, “venid a
mí”); b) reafirmado con una promesa consoladora (“sigo estando con vosotros”,
“hallaréis descanso… mi carga es ligera”).
17 aunque algunos dudaron (o aunque otros dudaron): e.d., tuvieron un momento de
vacilación. Las manifestaciones de Jesús resucitado, por lo mismo que eran
revelación, no forzaban a nadie a creer; la fe es acto libre, una adhesión
libre.
18-20 Para bien de toda la Iglesia,
Cristo concedió a los apóstoles: a) El magisterio autoritativo (“Se me dio toda
autoridad… por lo tanto, id…”), no para impartir cualquier enseñanza, sino para
“hacer discípulos” de Cristo, b) El magisterio infalible, por su asistencia
ininterrumpida y perenne “todos los días hasta el fin del mundo”, c) La íntima
conexión entre la predicación del Evangelio, fe y bautismo. Aún dicen más estos
vs.; la Iglesia: 1) Forma una comunidad universal 2) de discípulos de Jesús 3)
que observan lo que el Señor ha mandado, 4) a la que se agregan mediante la fe
y el signo eficaz del bautismo, 5) y en la que viven orientados hacia la
manifestación definitiva del señorío de Jesucristo sobre toda la creación.
18 Se me dio (o, si se entiende como aoristo
ingresivo: aba de dárseme) es voz pasiva “teológica”. Dios me
dio, Dios acaba de darme.
Toda autoridad posible (sin artículo). Quien
habla es “el Hijo del Hombre”, recientemente entronizado por Dios en la
resurrección, como dueño del universo: realeza de Cristo por “derecho de
conquista”.
19 Este es uno de los textos que
sirvieron al concilio de Trento (DS 1526-1527) para definir la validez y
necesidad de nuestra preparación a la gracia de la justificación; a impulsos de
Dios y con su ayuda, el hombre se abre a la fe por la predicación, y se mueve
libremente hacia Dios.
El original dice lit.: habiendo
ido, pues, haced discípulos …, con lo cual el peso de la frase, y lo
más importante en la orden de Jesús, recae directamente sobre la frase, y lo
más importante en la orden de Jesús, recae directamente sobre haced
discípulos. La sintaxis está violentada, pues los discípulos no son los
pueblos, propiamente, sino los individuos, y porque sigue una concordancia ad
sensum: bautizándolos (el texto griego pasa del neutro plural al
masculino plural) en el nombre (lit. al nombre) del…:
consagrándolos al culto y servicio de Dios, que es Padre, y es Hijo y es
Espíritu Santo. Otros significados menos probables de esta frase apretada: relacionándolos
con…, o bautizándolos a la intención de…., o bautizándolos
invocando el nombre de…. Cf. Hch 2, 38; 1 Cor 1, 13; t, 11; Didajé 7, 1-3.
Sobre la mención del Espíritu
Santo en el bautismo, cf. en Hch 19, 1-6 la extrañeza de Pablo, porque ni
siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo, lo cual supone la referencia al
Espíritu Santo en la fórmula bautismal; o, al menos, en la enseñanza impartida
al catecúmeno, o en su profesión de fe al ser bautizado.
20 Enseñándoles… Todo lo que os
mandé: la
predicación apostólica no debía solamente dar testimonio de la resurrección de
Jesús, sino también transmitir las enseñanzas de Jesús en su vida terrena.
Yo sigo estando o, con significado de futuro: estaré,
seguiré estando.
Hasta el fin del mundo: en sentido temporal: hasta el
final de los tiempos.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
28, 17 A pesar de todas las
predicaciones y apariciones de Cristo, los discípulos dudaban todavía de la
resurrección. Esta duda evidencia que la resurrección física de Cristo tuvo
lugar verdaderamente y no fue un engaño conspirativo o una extravagante
expresión de la fe de los discípulos. Cat. 644-645.
28, 18 Al ser hijo de Dios, Cristo
poseía la facultad de delegar o compartir su poder con sus apóstoles y sus
sucesores, que confieren la gracia mediante los sacramentos y actúan en nombre
de Cristo. Cat. 1444-1445, 2049-2051, 2156, 2165.
28, 19 La Iglesia es misionera por
naturaleza, ya que fue Cristo quien envió a sus apóstoles a ir al mundo
proclamando el Evangelio, al decirles “haced discípulos a todos los pueblos”.
Llamamos a la iglesia “católica” (“universal” porque Cristo, a través de la Iglesia,
busca la salvación de todos los pueblos. La gracia de la redención llega a las
personas a través de los sacramentos de la Iglesia, comenzando por el Bautismo.
Cristo está con nosotros de muchas maneras, pero especialmente a través de los
sacramentos de la Iglesia. También está presente en la doctrina de la Iglesia,
que él protege de todo error (Cat. 767, 2, 1257, 189, 831, 730, 1122, 788,
860). En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: esta
fórmula trinitaria que nos dejó Cristo constituye el inicio de toda oración
cristiana, incluyendo la oración litúrgica de la Iglesia. La solemnidad de la
Santísima Trinidad, a menudo llamada Domingo de la Trinidad, se celebra el
domingo después de Pentecostés. Cat 189, 232, 1122, 1276, 2156.
28, 20 La promesa de Cristo de
permanecer con la Iglesia se cumple con su presencia mística entre nosotros y
en los sacramentos, especialmente la Eucaristía; también se manifiesta en el
Espíritu Santo, que protege del error al magisterio de la Iglesia. Cat. 1-2,
80-83, 849-850, 1223, 2743.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
659 “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y
se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19).l El cuerpo de Cristo fue
glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las
propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo
disfruta para siempre. Pero durante cuarenta días en los que él come y bebe
familiarmente con sus discípulos les instruye sobre el Reino, su gloria aún
queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de
Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina
simbolizada por la nube y por el cielo donde él se sienta para siempre a la
derecha de Dios. Solo de manera completamente excepcional y única, se muestra a
Pablo “como un abortivo” (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a
este en apóstol (1 Co 9, 1; Ga 1, 16).
660 El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se
transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: “Todavía [...] no
he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro
Padre, a mi Dios y vuestro Dios (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de
manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la
derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y trascendente de la
Ascensión marca la transición de una a otra.
661 Esta última etapa permanece estrechamente ligada a la primera, es decir,
a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que “salió del
Padre” puede “volver al Padre”: Cristo. “Nadie ha subido al cielo sino el que
bajo del cielo, el Hijo del hombre (Jn 3, 13). Dejada a sus fuerzas naturales,
la humanidad no tiene acceso a la “Casa del Padre” (Jn 14, 2), a la vida y a la
felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, “ha
querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su
Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino” (Prefacio
de la Ascensión del Señor).
662 “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,
32). La elevación en la cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión
al Cielo. En su comienzo, Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y
eterna, “no [...] penetró en un Santuario hecho por mano de hombre [...], sino
en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor
nuestro (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio.
“De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya
que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hb 7, 25). Como “Sumo
Sacerdote de los bienes futuros” (Hb 9, 11), es el centro y el oficiante
principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos” (Ap 4, 6-11).
664 Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del
Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre:
“A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas
le sirvieron. Su imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido
jamás” (Dn 7, 14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en
los testigos del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo
Niceno-Constantinopolitano).
665 La Ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de
Jesús en el dominio celestial de Dios de donde ha de volver, aunque mientras
tanto lo esconde a los ojos de los hombres.
644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de
Jesús, resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu: “No
acaban de creer a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás
conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea
referida por Mateo, “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28, 18). Por esto la
hipótesis según la cual la Resurrección habría sido un “producto” de la fe (o
de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su
fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina – de la
experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.
1445 Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien
excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a
quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la
suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación
con Dios.
2156 El sacramento del Bautismo es conferido “en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). En el Bautismo, el nombre del Señor
santifica al hombre, y el cristiano recibe su nombre en la Iglesia.
189 La primera “Profesión de fe” se hace en el Bautismo. El “Símbolo de la
fe” es ante todo el símbolo bautismal. Puesto que el Bautismo es dado
“en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19), las
verdades de fe profesadas en el Bautismo son articuladas según su referencia a
las tres personas de la Santísima Trinidad.
232 Los cristianos son bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Antes responden “Creo” a la triple pregunta que
les pide confesar su fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu: Fides
omnium christianorum in Trinitate consistit (“La fe de todos los cristianos
se cimenta en la Santísima Trinidad”). (S. Cesareo de Arles).
1122 Cristo envió a sus Apóstoles para que, “en su nombre proclamasen a todas
las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (Lc 24, 47). “Haced
discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). La misión de bautizar, por tanto la
misión sacramental, está implicada en la misión de evangelizar, porque el
sacramento es preparado por la Palabra de Dios y por la fe que es
consentimiento a esta Palabra: “El pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la
palabra de Dios vivo [...]. Necesita la predicación de la palabra para el
ministerio mismo de los sacramentos. En efecto, son sacramentos de la fe que
nace y se alimenta de las palabras” (C. Vaticano II. Decreto Presbyterorum
ordinis, 4).
Concilio Vaticano II
El Señor Jesús, ya desde el comienzo, llamó “a sí a los que quiso y
designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13).
Así, los Apóstoles fueron la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen
de la jerarquía sagrada. Después, cuando humo completado en sí mismo el
misterio de nuestra salvación y la restauración de todas las cosas con su
muerte y resurrección, el Señor, habiendo recibido toda potestad en el cielo y
en la tierra, antes de ascender al cielo (cf. Hch 1, 11), fundó su Iglesia como
sacramento de salvación y envió a los Apóstoles al mundo entero, como él había
sido enviado por el Padre (cf. Jn 20, 21), mandándoles: “Id, pues, enseñad a
todas las gentes, bautizándolas en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,
enseñándoles a observar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19). “Id por el
mundo entero a predicar el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere
bautizado, se salvará; mas el que no creyere, se condenará” (Mc 16, 15). De ahí
proviene el deber de la Iglesia de propagar la fe y la salvación de Cristo.
Decreto Ad gentes divinitus, 5.
San Agustín
Hoy celebramos la Ascensión del Señor al cielo. No escuchemos en vano las
palabras: “Levantemos el corazón”, y subamos con él, con corazón íntegro, según
lo que enseña el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas
de arriba donde está sentado Cristo a la derecha del Padre; gustad las cosas de
arriba, no las de la tierra (Col 3, 1-2). La necesidad de obrar seguirá en
la tierra; pero el deseo de la ascensión ha de estar en el cielo. Aquí la
esperanza, allí la realidad. [...] Prestad atención a los mismos asuntos
humanos y considerad que si alguien espera tomar mujer es porque aún no la
tiene. Pues si ya la tiene, ¿qué espera? Se casa efectivamente con la mujer con
la que esperaba hacerlo y no esperará ya más tal cosa. La esperanza llega a su término
felizmente, cuando se hace presente la realidad. [...] Por tanto, amadísimos,
acabáis de oír la invitación a levantar el corazón; al mismo corazón se debe el
que pensemos en la vida futura. Vivamos santamente aquí para vivir allí. [...]
Él nos dará lo prometido; tenemos esa certeza porque nos dejó una garantía.
Escribió el evangelio; nos dará lo prometido. Más es lo que nos ha dado ya.
¿Acaso vamos a pensar que no nos dará la vida futura quien nos dio su
muerte?... Caminemos confiados hacia esa esperanza porque es veraz quien ha
hecho la promesa; pero vivamos de tal manera que podamos decirle con la frente
bien alta: “Cumplimos lo que nos mandaste, danos lo que nos prometiste”.
Sermón
395. I, pgs.
609-610.
Los Santos Padres.
Esta es, a mi parecer, la última aparición en
Galilea, cuando los envió a bautizar. Y si algunos dudaron, admiremos también
aquí la sinceridad de los evangelistas, pues ni en el último momento ocultan
sus propios defectos. Sin embargo, aun estos, a su vista, hubieron de quedar
fortificados en la fe.
San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 90, 2. 1b, pg.
380.
“Enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he
mandado”. Notable precepto. Mandó a sus discípulos que primero enseñaran a
todas las naciones, luego que las bautizaran en el sacramento de la fe y una
vez recibida la fe y el bautismo, que les enseñaran lo que debían observar. Y
para que no pensemos que sus mandamientos no tienen importancia y son pos
agregó: “Todo lo que yo os he mandado”, a fin de que los que han creído, que
han sido bautizados en la Trinidad, cumplan todos sus preceptos”.
San Jerónimo. Comentario al Ev. de Mateo, 4, 28, 1-20. 1b,
pg. 380.
Lo que sí les manda es que vayan por todo el orbe
de la tierra, encomendándoles la enseñanza cristiana esencial: el
bautismo. [...] Mas no nos contentemos con temer y
estremecernos, sino convirtámonos mientras es tiempo y Levantémonos de la
maldad. Porque, si queremos, podemos hacerlo. Muchos lo hicieron antes de la
gracia; mucho mejor lo podremos hacer nosotros después de la gracia.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 90, 2. 1b, pg.
381.
San Juan de Ávila
Y si esto es así, menester es buscar donde se pasó la Iglesia que estaba
en los santos apóstoles y en los cristianos de su tiempo, y de la que dice el
Señor: Ecce ego vobiscum sum usque ad consummationem seculi (he aquí
que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los tiempos, Mt 28, 20);
y: Super hanc petram aedificabo ecclesiam meam, et portae inferi non
prevalebunt adversus eam (Sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las
puertas del infierno no prevalecerán contra ellas, Mt 16, 18). Claro es
que, muertos los apóstoles, la Iglesia no se pasó a la gente que adoraba
ídolos, sino a la que recibió la fe de Cristo, enseñanda por los apóstoles y
permaneció en ella. Y, si estos en quien sucedió fueron engañados, no ha habido
Iglesia en todo este tiempo en la tierra, ,siendo imposible, de ley ordinaria
de Dios, que haya habido tiempo, aunque muy breve, que haya estado sin ella,
pues el Señor dijo que estaría con ella omnibus diebus (Mt 28, 20).
Causas y remedios de las herejías. Tercera causa. II, pg. 543.
Nuestro deseo parece que se inclina a tener presente a Jesucristo en
forma mortal, para que lo viéramos con ojos de carne y gozáramos de la
conversación, mas él a otra parte parece que tira: voy al que me envió.
Dice Si me amásedes, gozaros hiades porque me voy al Padre, que el
verdadero amor más mira el bien del amado que el contentamiento propio. Yo voy
glorioso al cielo. Voy a reinar allá.
¿Sabéis que me quiere parecer? A cuando se os muere algún hijo chiquito,
que lloráis y dais gritos. ¿Y de qué lloráis? Si el niño supiese hablar diría:
“No lloréis, madre, mas gozaos de mi bien, que voy a gozar de Dios”. ¿Qué
sentiremos de esta subida de Cristo a lo alto? Dijo en otra parte a la
Magdalena: Decid a mis hermanos que subo al Padre mío y al Padre vuestro, al
Dios mío y al Dios vuestro.
No entendáis tampoco que está asentado, como nos sentamos, que estar
asentado es de pesadumbre y de hombre que está cansado: estar en pie es el
propósito del hombre. No habéis de entender que están asentados: no hay sillas
allá. - Pues, ¿qué quiere decir estar asentados? – Que están descansando,
porque quien tanto trabajo era menester que descansase. Aquel descanso y
aquella firmeza que en él tiene que nadie se lo puede quitar es el estar
asentado a la mano derecha del Padre.
¿Cuál pensáis que es la gloria propia de los bienaventurados? Pocos están
aquí que lo sepan. ¿Pensáis vosotros que la gloria del cielo es descansar allí,
ni tener mal vecino, ni tentación, ni
sinsabor? No es eso. ¿Sabéis cuál es? Y plega a Dios que por vuestra vida no os
parezca poco el que no sabe de amor no entenderá qué cosa es la gloria. En
viendo aquel Dios, deséolo para mí, y para él deséole tan grandes bienes, que
no hay lengua que los pueda decir; amándole más que a mí, deséole más bienes
que para mí: deséole vida, descanso, hermosura y, finalmente infinitud de
bienes. Y como ven los bienaventurados que tiene Dios todos aquellos bienes que
le deseaba, y más que le puede desear, ansí como se los desena más que para sí
y se gozan más de los bienes de Dios, que si ellos mismos los tuviesen; y de
esta manera se entiende que están sentados a la mesa de Dios comiendo de lo
mismo que come Dios. Este es el descanso sobre todo descanso, éste es el
deleite donde se juntan tanto las voluntades, donde hay un amor tan encendido,
que ni ojo lo vio, ni oreja lo oyó, ni a corazón de hombre subió lo que Dios
tiene aparejado para los que le aman (cf. 1 Cor 2, 9), lo cual consiste en
amar a Dios para ti y amar a ti para Dios, y a ti y a Dios para sí. - ¿Qué bien es ése? ¿Qué gozo es ése? – El
mismo gozo de Dios. Alégrate, siervo de Dios, dice Dios, que has sido
fiel; entra en el gozo de tu Señor (cf. Mt 25, 23) a gozar de lo que goza
él, a vivir de lo que vive él, a ser un espíritu con él y a ser Dios por
participación.
Si entendiésemos que hemos de ir al cielo, ese caso haríamos de lo
próspero que de lo adverso. ¿Qué se me da riquezas, pues espero las riquezas
del cielo? ¿Qué se me da de trabajos, pues se han de acabar presto y luego he
de ir a descansar?
Padres religiosos, ¿tenéis en la religión novicios? ¿En qué se ha de
ocupar el novicio? ¿Sabéis en qué? En trabajar de ser tal que al cabo del año
digan los padres profesos: “Bueno es para la religión; digno es de nuestra
compañía”. A la letra pasa así. ¡Oh Dios mío!, ¿quién dirá a esta gente el
engaño en que vive? - ¿Cuántos años habéis? (Toda esta vida es año de
probación, año de noviciado, para que se vea si sois dignos de ser morador del
cielo). ¿Qué castidad habéis guardado en este tiempo?, ¿qué humildad?, ¿qué
amor de Dios y de los prójimos?
San Juan
de Ávila. Jueves de la Ascensión. En un monasterio de religiosos. Granada o
Sevilla. III, pgs. 228-241.
Dice: “Si
me amásedes, gozaros híades porque me voy al Padre” (Jn 14, 28), que es
verdadero amor mas mira al bien del amado que el contentamiento propio. Yo voy
glorioso al cielo. Voy a reinar allá, porque todo el poder me es dado, en el
cielo y en la tierra (Mt 28, 18): desde allá lo mandaré todo, el cielo y la
tierra, y el mar y el infierno. Porque voy a dignidad tan alga, ¿por qué os
entristecéis?”. - ¿Sabéis a qué me quiere parecer? A cuando se os muere algún
hijo chiquito, que lloráis y dais gritos. ¿Y de qué lloráis? Si el niño supiese
hablar, diría: “No looréis, madre, mas gozaos de mi bien, que voy a gozar de
Dios”. ¿Qué sentiremos de esta subida de Cristo a lo alto? Dijo en otra parte a
la Magdalena: Decid a mis hermanos que subo al Padre mío y al Padre vuestro,
al Dios mío y al Dios vuestro (cf. Jn 20, 19).
Sermón
del Jueves de la Ascensión. III,
pgs. 228-229.
Mas
porque su morada según el cuerpo en este destierro convenía – sigún la
ordinación de Dios – que fuese por pocos años y en pequeña parte de la tierra,
y habla de tener en todo el mundo hijos que mantener, ordenó su amor que ya
subido – resucitado y glorioso – a las alturas del cielo, descendiese a la
tierra, no a aquesta parte ni a aquella, sino a todo el mundo universo donde
hijos tuviese, y no por tiempo de treinta años, sino por todo el tiempo que el
mundo durare, hecho manjar de ellos su divina palabra, más firme que el cielo y
la tierra: Yo con vosotros estoy todos los días hasta que el mundo se acabe (Mt
28, 20).
Sermón
en la infraoctava del Corpus,
III, pg. 719.
San Oscar Romero.
El evangelio de hoy dice, repitiendo las palabras de Cristo: "Sabed
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". ¡Qué
consuelo este más grande! Yo estoy con vosotros. Pero un joven me preguntaba.
¿Dónde está? yo lo quisiera ver. Sí lo ves -le digo- es la Iglesia, es el
predicador, es el confesor que absuelve pecados, es la mano del sacerdote que
bautiza, es la palabra y el consejo, la presencia de un cristiano, de un pueblo
en misa, es Cristo el que está aquí en la Catedral y en todas las comunidades
donde hoy la fe de los cristianos los une en tomo del altar, Cristo que está en
la hostia que voy a levantar para que la adoremos. "Yo estoy con vosotros
todos los días hasta la consumación del mundo".
Homilía, 7 de mayo de 1978.
Papa León XIV. Regina Caeli. 10 de
mayo de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En el
Evangelio de hoy, hemos escuchado algunas palabras que Jesús dirige a sus
discípulos durante la Última Cena. Mientras transforma el pan y el vino en el
signo vivo de su amor, Cristo dice: «si ustedes me aman, cumplirán mis
mandamientos» (Jn 14,15). Esta afirmación nos libra de un
malentendido, es decir, de la idea de que somos amados si guardamos los
mandamientos: nuestra justicia sería entonces un condicionante para el amor de
Dios. Por el contrario, el amor de Dios es la condición para nuestra
justicia. Guardamos verdaderamente los mandamientos, según la
voluntad de Dios, si reconocemos su amor por nosotros, tal como Cristo
lo revela al mundo. Las palabras de Jesús son, pues, una invitación a la
relación, no un chantaje ni una puesta en duda.
Por eso
el Señor nos manda que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado (cf. Jn 13,34):
es el amor de Jesús el que hace nacer el amor en nosotros. Cristo
mismo es el criterio, la regla del amor verdadero; aquel que es fiel
para siempre, puro e incondicional. Aquel que no conoce ni el “pero” ni el
“quizá”, aquel que se entrega sin querer poseer, aquel que da vida sin
pedir nada a cambio. Dado que Dios nos ama primero, también nosotros
podemos amar; y cuando amamos verdaderamente a Dios, nos amamos verdaderamente
unos a otros. Sucede como con la vida: sólo quien la ha recibido puede vivir, y
así, sólo quien ha sido amado puede amar. Los mandamientos del Señor
son, por tanto, una forma de vida que nos sana de los amores falsos; son un
estilo espiritual, que es camino hacia la salvación.
Precisamente
porque nos ama, el Señor no nos deja solos en las pruebas de la vida:
nos promete al Paráclito, es decir, al Abogado defensor, el «Espíritu de la
Verdad» (Jn 14,17). Es un don que «el mundo no puede recibir» (ibíd.),
mientras se obstine en el mal que oprime al pobre, excluye al débil y mata al
inocente. Mientras que, quien corresponde al amor que Jesús tiene hacia todos,
encuentra en el Espíritu Santo un aliado que nunca falla: «Ustedes, en cambio,
lo conocen, —dice Jesús—, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes»
(ibíd.). Siempre y en todas partes podemos entonces dar testimonio de
Dios, que es amor: esta palabra no significa una idea de la mente humana, sino
la realidad de la vida divina, por la cual todas las cosas han sido creadas de
la nada y redimidas de la muerte.
Al
ofrecernos el amor verdadero y eterno, Jesús comparte con nosotros su identidad
de Hijo amado: «yo estoy en mi
Padre, y […] ustedes están en mí y yo en ustedes» (v. 20). Esta comunión de
vida tan envolvente desmiente al acusador, es decir, al adversario del
Paráclito, el espíritu contrario a nuestro defensor. De hecho, mientras que el
Espíritu Santo es fuerza de verdad, este acusador es «padre de la mentira» (Jn 8,44),
que quiere enfrentar al hombre con Dios y a los hombres entre sí: justo lo
contrario de lo que hace Jesús, salvándonos del mal y uniéndonos como pueblo de
hermanos y hermanas en la Iglesia.
Queridos
amigos, llenos de gratitud por este don, confiémonos a la intercesión de la
Virgen María, Madre del Amor Divino.
Papa León XIV. Audiencia general. 6
de mayo de 2026. Los
documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución dogmática Lumen gentium.
8. La Iglesia, peregrina en la historia hacia la patria celestial
Hermanos
y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy nos
detenemos en una parte del cap. VII de la Constitución
del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, y meditamos sobre una de sus
características distintivas: la dimensión escatológica.
Efectivamente, en esta historia terrena, la Iglesia camina siempre orientada
hacia la meta final, que es la patria celeste. Se trata de una dimensión
esencial que, sin embargo, a menudo descuidamos o minimizamos, porque estamos
demasiado concentrados en lo inmediatamente visible y en las dinámicas más
concretas de la vida de la comunidad cristiana.
La
Iglesia es el pueblo de Dios en camino en la historia; el fin de todo su obrar
es el Reino de Dios (cfr. LG,
9). Jesús dio comienzo a la Iglesia precisamente anunciando este Reino de amor,
de justicia y de paz (cfr LG 5).
Por ello, estamos llamados a considerar la dimensión comunitaria y cósmica
de la salvación en Cristo, y a dirigir la mirada a ese horizonte final,
para medir y evaluar todo desde esa perspectiva.
La
Iglesia vive en la historia al servicio de la llegada del Reino de Dios al
mundo. Ella anuncia a todos y
siempre las palabras de esta promesa, recibe un anticipo en la celebración
de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía, pone en práctica y
experimenta su lógica en las relaciones de amor y de servicio. Asimismo,
sabe que es lugar y medio donde la unión con Cristo se realiza “más
estrechamente” (LG,
48), y, al mismo tiempo, reconoce que la salvación puede ser donada por Dios en
el Espíritu Santo también fuera de sus límites visibles.
En este
sentido, la Constitución Lumen
Gentium realiza una afirmación importante: la Iglesia es
“sacramento universal de salvación” (LG,
48), esto es, signo e instrumento de esa plenitud de vida y de paz
prometida por Dios. Esto significa que ella no se identifica perfectamente
con el Reino de Dios, pero es su germen e inicio, porque el cumplimiento
será dado a la humanidad y al cosmos solamente al final. Por eso, los
creyentes en Cristo caminan por esta historia terrena, marcada por la
maduración del bien pero también por injusticias y sufrimientos, sin caer en
ilusiones ni en la desesperanza: viven orientados por la promesa recibida de
«Aquel que hace nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Por tanto, la
Iglesia realiza su misión entre el “ya” del inicio del Reino de Dios en Jesús,
y el “aún no” del cumplimiento prometido y esperado. La Iglesia custodia una
esperanza que ilumina el camino, y tiene también la misión de pronunciar
palabras claras para rechazar todo lo que mortifica la vida e impide su
desarrollo, y para tomar posición a favor de los pobres, los explotados, las
víctimas de la violencia y de la guerra y de todos los que sufren en el cuerpo
y en el espíritu (cfr. Compendio
de la doctrina social de la Iglesia, n. 159).
Signo y
sacramento del Reino, la Iglesia es el pueblo de Dios peregrino en la tierra
que, a partir de la promesa final, lee e interpreta según el Evangelio los
dinamismos de la historia, denunciando el mal en todas sus formas y anunciando,
con palabras y obras, la salvación que Cristo quiere realizar para toda la
humanidad y su Reino de justicia, de amor y de paz. La Iglesia, por tanto,
no se anuncia a sí misma; al contrario, en ella todo debe remitir a la
salvación en Cristo.
Desde
esta perspectiva, la Iglesia está llamada a reconocer humildemente la
fragilidad humana y la caducidad de sus propias instituciones, que, aun estando
al servicio del Reino de Dios, llevan la imagen de este siglo que pasa
(cfr. LG, 48). Ninguna de las instituciones eclesiales puede ser
absolutizada; es más, como viven en la historia y en el tiempo, están llamadas
a una conversión constante, a la renovación de las formas y a la reforma de las
estructuras, a la continua regeneración de las relaciones, de modo que
puedan responder verdaderamente a su misión.
En el
horizonte del Reino de Dios se debe comprender también la relación entre los
cristianos que están cumpliendo hoy su misión y todos los que ya han concluido
su existencia terrena y están en un estadio de purificación o de
bienaventuranza. Lumen
gentium afirma que todos los cristianos forman una única Iglesia,
que existe una comunión y una coparticipación de los bienes espirituales
fundada en la unión con Cristo de todos los creyentes, una fraterna
sollicitudo entre la Iglesia terrena y la Iglesia celeste: esa
comunión de los santos que se experimenta en especial en la liturgia
(cfr. LG,
49-51). Rezando por los difuntos y siguiendo las huellas de quienes ya vivieron
como discípulos de Jesús, también nosotros recibimos ayuda en nuestro camino y
reforzamos la adoración a Dios: marcados por el único Espíritu y unidos en la
única liturgia, junto con aquellos que nos han precedido en la fe, alabamos y
damos gloria a la Santísima Trinidad.
Agradezcamos
a los Padres conciliares el habernos recordado esta dimensión tan importante y
tan hermosa de nuestro ser cristianos, y tratemos de cultivarla en nuestra
vida.
Saludo
cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los
sacerdotes recién ordenados de los Legionarios de Cristo, a sus familias y
comunidades que los acompañan. Pidamos al Señor que nos dé una mirada
sobrenatural de la realidad, para que, arraigados en la fe y con firme
esperanza, sepamos vivir orientados hacia el Reino de Dios, sin dejarnos
absorber por lo pasajero ni por las dificultades del camino. Que el Espíritu
Santo nos conceda reconocer su presencia en la historia, servir con amor a los
demás y ser signos vivos de su salvación en medio del mundo. Que Dios los
bendiga. Muchas gracias.
Papa Francisco. Regina Caeli. 21 de mayo de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy en Italia y en muchos otros países se celebra la Ascensión del Señor.
Es una fiesta que conocemos bien, pero que puede hacer surgir algunas
preguntas, al menos dos. La primera: ¿por qué celebrar la partida de Jesús
de la tierra? ¡Parecería que su despedida sea un momento triste, no
precisamente algo por lo que estar alegre! ¿Por qué celebrar una partida?
Primera pregunta. Segunda pregunta: ¿qué hace ahora en el cielo? Primera
pregunta: ¿por qué celebrar? Segunda pregunta: ¿qué hace Jesús en el cielo?
Por qué celebramos. Porque con
la Ascensión sucedió algo nuevo y hermoso: Jesús ha llevado nuestra
humanidad, nuestra carne al cielo - ¡es la primera vez! - es decir la ha
llevado a Dios. Esa humanidad, que había tomado en la tierra, no se ha quedado
aquí. Jesús resucitado no era un espíritu, no, tenía su cuerpo humano,
la carne, los huesos, todo, y ahí, en Dios, estará para siempre. Podemos decir
que desde el día de la Ascensión Dios mismo ha “cambiado”: ¡desde entonces ya
no es solo espíritu, sino que por todo lo que nos ama lleva en sí nuestra
misma carne, nuestra humanidad! El lugar que nos espera está indicado, nuestro
destino está ahí. Así escribía un antiguo Padre en la fe: «¡Espléndida
noticia! Aquel que se ha hecho hombre por nosotros […], para hacernos sus
hermanos, se presenta como hombre delante del Padre, para llevar consigo a
todos aquellos que están unidos a él» (S. Gregorio de Nisa, Discurso
sobre la resurrección de Cristo, 1). Hoy celebramos “la conquista del
cielo”: Jesús que vuelve al Padre, pero con nuestra humanidad. Y así el cielo
es ya un poco nuestro. Jesús ha abierto la puerta y su cuerpo está ahí.
La segunda pregunta: ¿qué hace Jesús en el cielo? Él está por
nosotros delante del Padre, le muestra continuamente nuestra humanidad,
muestra las llagas. A mí me gusta pensar que Jesús, delante del Padre, reza
así, enseñándole las llagas. “Esto es lo que he sufrido por los hombres:
¡haz algo!”. Le enseña el precio de la redención, y el Padre se conmueve. Esto
es algo que me gusta pensar. Así reza Jesús. Él no nos ha dejado solos.
De hecho, antes de ascender nos dijo, como dice el Evangelio hoy: «Y he aquí que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo» (Mt 28,20).
Está siempre con nosotros, nos mira, está «siempre vivo para interceder» (Hb 7,25)
en nuestro favor. Para enseñar las llagas al Padre, por nosotros. En una
palabra, Jesús intercede; está en el mejor “lugar”, delante del Padre suyo y
nuestro, para interceder por nosotros.
La intercesión es fundamental. También nos ayuda a nosotros esta fe: nos
ayuda a no perder la esperanza, a no desanimarnos. Delante del Padre hay
alguien que le enseña las llagas e intercede. La Reina del cielo nos ayude a
interceder con la fuerza de la oración.
Papa Francisco. Regina Caeli. 24
de mayo de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la
solemnidad de la Ascensión del Señor. El pasaje del Evangelio (cfr. Mateo 28,
16-20) nos muestra a los apóstoles que se reúnen en Galilea, en el «monte que
Jesús les había indicado» (v. 16). Allí tiene lugar el último encuentro del
Señor Resucitado con los suyos, en el monte. El “monte” tiene una fuerte
carga simbólica. En un monte Jesús proclamó las Bienaventuranzas (cf.
Mateo 5, 1-12); en los montes se retiraba a orar (cf. Mateo 14, 23);
allí acogía a las multitudes y curaba los enfermos (cf. Mateo 15, 29).
Pero en esta ocasión, en el monte, ya no es el Maestro que actúa y enseña,
cura, sino el Resucitado que pide a los discípulos que actúen y anuncien
encomendándoles el mandato de continuar su obra.
Les confiere la misión para todos los pueblos.
Dice: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo
lo que yo os he mandado» (vv. 19-20). El contenido de la misión encomendada
a los Apóstoles es el siguiente: proclamar, bautizar, enseñar y recorrer el
camino trazado por el Maestro, es decir, el Evangelio vivo. Este mensaje de
salvación implica, en primer lugar, el deber de dar testimonio —sin testimonio
no se puede anunciar— al que también estamos llamados nosotros, discípulos de
hoy, para dar razón de nuestra fe. Ante una tarea tan exigente, y pensando en
nuestras debilidades, nos sentimos inadecuados, como seguramente los mismos
Apóstoles se sintieron. Pero no debemos desanimarnos, recordando las palabras
que Jesús les dirigió antes de ascender al Cielo: «Yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo» (v. 20).
Esta promesa asegura la presencia constante y
consoladora de Jesús entre nosotros. Pero, ¿cómo se realiza esta presencia? A
través de su Espíritu, que lleva a la Iglesia a caminar por la historia como
compañera de camino de cada hombre. Ese Espíritu, enviado por
Cristo y el Padre, obra la remisión de los pecados y santifica a todos aquellos
que, arrepentidos, se abren con confianza a su don. Con la promesa de
permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos, Jesús inaugura el estilo
de su presencia en el mundo como el Resucitado. Jesús está presente en el
mundo pero con otro estilo, el estilo del Resucitado, es decir, una presencia
que se revela en la Palabra, en los sacramentos, en la acción constante e
interior del Espíritu Santo. La fiesta de la Ascensión nos dice que Jesús,
aunque ascendió al cielo para morar gloriosamente a la derecha del Padre, está
todavía y siempre entre nosotros: de ahí viene nuestra fuerza, nuestra
perseverancia y nuestra alegría, precisamente de la presencia de Jesús entre
nosotros con el poder del Espíritu Santo.
Que la Virgen María nos acompañe en nuestra senda
con su protección materna: aprendamos de ella la delicadeza y el valor para ser
testigos en el mundo del Señor resucitado.
Papa Francisco. Regina Caeli. 28
de mayo de 2017.
Hemos escuchado lo que Jesús Resucitado dice a los discípulos antes de su
ascensión: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mateo 28,
18). El poder de Jesús, la fuerza de Dios. Este tema atraviesa las
Lecturas de hoy: en la primera Jesús dice que no corresponde a los discípulos
conocer «el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad», pero
les promete a ellos la «fuerza del Espíritu Santo» (Hechos de los
Apóstoles 1, 7-8); en la segunda san Pablo habla de la «soberana
grandeza de su poder para con nosotros» y de la «eficacia de su fuerza
poderosa» (Efesios 1, 19). Pero, ¿en qué consiste esta fuerza,
este poder de Dios?
Jesús afirma que es un poder «en el cielo y en la tierra». Es sobre
todo el poder de unir el cielo y la tierra. Hoy celebramos este
misterio, porque cuando Jesús subió al Padre nuestra carne humana cruzó el
umbral del cielo: nuestra humanidad está allí, en Dios, para siempre. Allí está
nuestra confianza, porque Dios no se separará nunca del hombre. Y nos
consuela saber que en Dios, con Jesús, está preparado para cada uno de nosotros
un lugar: un destino de hijos resucitados nos espera y por esto vale realmente
la pena vivir aquí abajo buscando las cosas de allí arriba donde se encuentra
nuestro Señor (cf. Colosenses 3, 1-2). Esto es lo que ha
hecho Jesús, con su poder de unir para nosotros la tierra y el cielo.
Pero este poder suyo no terminó una vez que subió al cielo; continúa
también hoy y dura para siempre. De hecho, precisamente antes de subir al
Padre, Jesús dijo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo» (Mateo 28, 20). No es una forma de hablar, una simple
tranquilización, como cuando antes de salir hacia un largo viaje se dice a los
amigos: “pensaré en vosotros”. No, Jesús está realmente con nosotros y por
nosotros: en el cielo muestra al Padre su humanidad, nuestra humanidad; muestra
al Padre sus llagas, el precio que ha pagado por nosotros; y así «está siempre
vivo para interceder» (Hebreos 7, 25) a nuestro favor. Esta es la
palabra-clave del poder de Jesús: intercesión. Jesús tomado por el Padre intercede
cada día, cada momento por nosotros. En cada oración, en cada petición
nuestra de perdón, sobre todo en cada misa, Jesús interviene: muestra al
Padre los signos de su vida ofrecida —lo he dicho—, sus llagas, e
intercede, obteniendo misericordia para nosotros. Él es nuestro
“abogado” (cf. 1 Juan 2, 1) y, cuando tenemos alguna “causa”
importante, hacemos bien en encomendársela, en decirle: “Señor Jesús, intercede
por mí, intercede por nosotros, intercede por esa persona, intercede por esa
situación...”.
Esta capacidad de intercesión, Jesús nos la ha donado también a nosotros, a
su Iglesia, que tiene el poder y también el deber de interceder, de rezar por
todos. Podemos preguntarnos, cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Yo rezo?
Y todos, como Iglesia, como cristianos, ¿ejercitamos este poder llevando a
Dios las personas y las situaciones?”. El mundo lo necesita. Nosotros
mismos lo necesitamos. En nuestras jornadas corremos y trabajamos mucho, nos
comprometemos con muchas cosas; pero corremos el riesgo de llegar a la noche
cansados y con el alma cargada, parecidos a un barco cargado de mercancía que
después de un viaje cansado regresa al puerto con ganas solo de atracar y de
apagar las luces. Viviendo siempre entre tantas carreras y cosas que hacer,
nos podemos perder, encerrarnos en nosotros mismos y convertirnos en
inquietos por nada. Para no dejarnos sumergir por este “dolor de vivir”,
recordemos cada día “lanzar el ancla a Dios”: llevemos a Él los
pesos, las personas y las situaciones, confiémosle todo. Esta es la fuerza
de la oración, que une cielo y tierra, que permite a Dios entrar en nuestro
tiempo.
La oración cristiana no es una forma para estar un poco más en paz con uno
mismo o encontrar alguna armonía interior; nosotros rezamos para llevar todo a
Dios, para encomendarle el mundo: la oración es intercesión. No es
tranquilidad, es caridad. Es pedir, buscar, llamar (cf. Mateo 7,
7). Es involucrarse para interceder, insistiendo asiduamente con Dios los unos
por los otros (cf. Hechos de los Apóstoles 1, 14). Interceder
sin cansarse: es nuestra primera responsabilidad, porque la oración es la
fuerza que hace ir adelante al mundo; es nuestra misión, una misión que al
mismo tiempo supone cansancio y dona paz. Este es nuestro poder: no prevalecer
o gritar más fuerte, según la lógica de este mundo, sino ejercitar la fuerza
mansa de la oración, con la cual se pueden también parar las guerras y obtener
la paz. Como Jesús intercede siempre por nosotros ante el Padre, así
nosotros sus discípulos no nos cansemos nunca de rezar para acercar la tierra y
el cielo.
Después de la intercesión emerge, del Evangelio, una segunda
palabra-clave que revela el poder de Jesús: el anuncio. El Señor
envía a los suyos a anunciarlo con el único poder del Espíritu Santo: «Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mateo 28, 19). ¡Id!
Es un acto de extrema confianza en los suyos: ¡Jesús se fía de nosotros, cree
en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos! Nos envía
a pesar de nuestras faltas; sabe que no seremos nunca perfectos y que, si
esperamos convertirnos en mejores para evangelizar, no empezaremos nunca.
Para Jesús es importante que desde enseguida superemos una gran
imperfección: la cerrazón. Porque el Evangelio no puede estar encerrado y sellado, porque el amor de
Dios es dinámico y quiere alcanzar a todos. Para anunciar, entonces, es
necesario ir, salir de sí mismo. Con el Señor no se puede estar quietos,
acomodados en el propio mundo y en los recuerdos nostálgicos del pasado;
con Él está prohibido acomodarse en las seguridades adquiridas. La
seguridad para Jesús está en el ir, con confianza: allí se revela su fuerza.
Porque el Señor no aprecia las comodidades y el confort, sino que
incomoda y relanza siempre. Nos quiere en salida, libres de las tentaciones
de conformarse cuando estamos bien y tenemos todo bajo control.
“Id”, nos dice también hoy Jesús, que en el Bautismo ha concedido a cada
uno de nosotros el poder del anuncio. Por eso ir en el mundo con el Señor
pertenece a la identidad del cristiano. No es solo para los sacerdotes, las
monjas, los consagrados: es de todos los cristianos, es nuestra identidad. Ir
en el mundo con el Señor: esta es nuestra identidad. El cristiano no está
quieto, sino en camino: con el Señor hacia los otros. Pero el cristiano no
es un velocista que corre locamente o un conquistador que debe llegar antes que
los otros. Es un peregrino, un misionero, un “maratonista con esperanza”:
manso pero decidido en el caminar; confiado y al mismo tiempo activo;
creativo pero siempre respetuoso; ingenioso y abierto, trabajador y
solidario. ¡Con este estilo recorremos las calles del mundo!
Como para los discípulos de los orígenes, nuestros lugares de anuncio son
las calles del mundo: es sobre todo allí que el Señor espera ser conocido hoy. Como
en los orígenes, desea que el anuncio sea llevado no con la nuestra, sino con
su fuerza: no con la fuerza del mundo, sino con la fuerza límpida y
mansa del testimonio alegre. Y esto es urgente, ¡hermanos y hermanas! Pidamos
al Señor la gracia de no fosilizarnos en cuestiones no centrales, sino
dedicarnos plenamente a la urgencia de la misión. Dejemos a otros los
chismorreos y las falsas discusiones de quien se escucha solo a sí mismo, y
trabajemos concretamente por el bien común y por la paz; arriesguémonos
con valentía, convencidos de que hay más alegría en el dar que en el recibir
(cf. Hechos de los Apóstoles 20, 35). El Señor resucitado y
vivo, que siempre intercede por nosotros, sea la fuerza de nuestro ir, la
valentía de nuestro caminar.
Papa Francisco. Regina Caeli. 1 de junio de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Ascensión de Jesús al
cielo, que tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua. Los Hechos de los
apóstoles relatan este episodio, la separación final del Señor Jesús de sus
discípulos y de este mundo (cf. Hch 1, 2.9). El Evangelio de
Mateo, en cambio, presenta el mandato de Jesús a los discípulos: la invitación
a ir, a salir para anunciar a todos los pueblos su mensaje de salvación
(cf. Mt 28, 16-20). «Ir», o mejor, «salir» se
convierte en la palabra clave de la fiesta de hoy: Jesús sale hacia
el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo.
Jesús sale, asciende al cielo, es decir, vuelve al Padre, que
lo había mandado al mundo. Hizo su trabajo, por lo tanto, vuelve al Padre. Pero
no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros,
de una forma nueva. Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada
de los Apóstoles —y también nuestra mirada— a las alturas del cielo para
mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre. Él mismo había dicho
que se marcharía para prepararnos un lugar en el cielo. Sin embargo, Jesús permanece
presente y activo en las vicisitudes de la historia humana con el poder y los
dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: aunque no lo
veamos con los ojos, Él está. Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos
levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos
perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y cada mujer que sufre.
Está cerca de todos nosotros, también hoy está aquí con nosotros en la plaza;
el Señor está con nosotros. ¿Vosotros creéis esto? Entonces lo decimos juntos:
¡El Señor está con nosotros!
Jesús, cuando vuelve al cielo, lleva al Padre un regalo. ¿Cuál es el
regalo? Sus llagas. Su cuerpo es bellísimo, sin las señales de los
golpes, sin las heridas de la flagelación, pero conserva las llagas. Cuando
vuelve al Padre le muestra las llagas y le dice: «Mira Padre, este es el
precio del perdón que tú das». Cuando el Padre contempla las llagas de
Jesús nos perdona siempre, no porque seamos buenos, sino porque Jesús ha pagado
por nosotros. Contemplando las llagas de Jesús, el Padre se hace más
misericordioso. Este es el gran trabajo de Jesús hoy en el cielo: mostrar al
Padre el precio del perdón, sus llagas. Esto es algo hermoso que nos impulsa a
no tener miedo de pedir perdón; el Padre siempre perdona, porque mira las
llagas de Jesús, mira nuestro pecado y lo perdona.
Pero Jesús está presente también mediante la Iglesia, a quien Él
envió a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la
orden de partir: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos»
(Mt 28, 19). Es un mandato preciso, no es facultativo. La comunidad
cristiana es una comunidad «en salida». Es más: la Iglesia nació «en salida».
Y vosotros me diréis: ¿y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque
están siempre «en salida» con la oración, con el corazón abierto al mundo, a
los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la
oración y la unión a las llagas de Jesús.
A sus discípulos misioneros Jesús dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros
todos los días, hasta el final de los tiempos» (v. 20). Solos, sin Jesús, no
podemos hacer nada. En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas,
nuestros recursos, nuestras estructuras, incluso siendo necesarias. Sin
la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, incluso
bien organizado, resulta ineficaz. Y así vamos a decir a la gente quién
es Jesús.
Y junto con Jesús nos acompaña María nuestra Madre. Ella ya está en la casa
del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como
Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 5 de junio de 2011.
Queridos hermanos:
Antes de concluir esta
solemne celebración, deseo daros las gracias por vuestra intensa y devota
participación, con la que habéis querido también expresar vuestro amor por la
familia y vuestro compromiso por favorecerla –como ha recordado hace un momento
Mons. Župan, al que también doy las gracias de corazón.
Estoy aquí hoy para confirmaros en la fe; éste es el don que os traigo: la
fe de Pedro, la fe de la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, vosotros me dais a mí
esta misma fe, enriquecida por vuestra experiencia, por vuestras alegrías y por
vuestros sufrimientos. En particular, vosotros me dais vuestra fe vivida en
familia, para que yo la conserve en el patrimonio de toda la Iglesia.
Yo sé que vosotros encontráis gran fuerza en María, Madre de Cristo y Madre
nuestra. Por eso, en este momento, nos dirigimos a ella, espiritualmente
orientados hacia su Santuario de Marija Bistrica, y le confiamos todas las
familias croatas: los padres, los hijos, los abuelos; el camino de los esposos,
el compromiso educativo, el trabajo profesional y en el hogar. E invocamos su
intercesión para que las administraciones públicas sostengan siempre la
familia, célula del organismo social.
Queridos hermanos y hermanas, precisamente el próximo año, celebraremos el
VII Encuentro Mundial de las Familias, en Milán. Confiemos a María la
preparación de este importante evento eclesial.
En este momento, nos unimos en la oración también con todos aquellos que,
en la Catedral de Burgo de Osma, en España, celebran la beatificación de Juan
de Palafox y Mendoza, luminosa figura de obispo del siglo diecisiete en México
y España; fue un hombre de vasta cultura y profunda espiritualidad, gran
reformador, Pastor incansable y defensor de los indios. El Señor conceda
numerosos y santos pastores a su Iglesia como el beato Juan.
Saludo con afecto a los fieles de lengua eslovena. Os agradezco vuestra
presencia. El Señor os bendiga.
Saludo con afecto a los fieles de lengua serbia. Os agradezco vuestra
presencia. El Señor os bendiga.
Saludo con afecto a los fieles de lengua macedonia. Os agradezco vuestra
presencia. El Señor os bendiga.
Saludo con afecto a los fieles de lengua húngara. Os agradezco vuestra
presencia. El Señor os bendiga.
Saludo con afecto a los fieles de lengua albanesa. Os agradezco vuestra
presencia. El Señor os bendiga.
Saludo con afecto a los fieles de lengua alemana. Os agradezco vuestra
presencia. El Señor os bendiga.
Queridas familias, no temáis. El Señor ama la familia y está con vosotros.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 4 de mayo de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy se celebra en varios países, entre los cuales Italia, la solemnidad de
la Ascensión de Cristo al cielo, misterio de la fe que el libro de los Hechos
de los Apóstoles sitúa cuarenta días después de la resurrección
(cf. Hch 1, 3-11); por eso, en el Vaticano y en algunas
naciones del mundo ya se celebró el jueves pasado. Después de la Ascensión, los
primeros discípulos permanecieron reunidos en el Cenáculo, en torno a la Madre
de Jesús, en ferviente espera del don del Espíritu Santo, prometido por Jesús
(cf. Hch 1, 14). En este primer domingo de mayo, mes mariano,
también nosotros revivimos esta experiencia, experimentando más intensamente la
presencia espiritual de María. La plaza de San Pedro se presenta hoy como un
"cenáculo" al aire libre, lleno de fieles, en gran parte miembros de
la Acción católica italiana, a los cuales me dirigiré después de la oración
mariana del Regina caeli.
En sus discursos de despedida a los discípulos, Jesús insistió mucho en la
importancia de su "regreso al Padre", coronamiento de toda su misión.
En efecto, vino al mundo para llevar al hombre a Dios, no en un plano ideal
—como un filósofo o un maestro de sabiduría—, sino realmente, como pastor que
quiere llevar a las ovejas al redil. Este "éxodo" hacia la patria
celestial, que Jesús vivió personalmente, lo afrontó totalmente por nosotros.
Por nosotros descendió del cielo y por nosotros ascendió a él, después de
haberse hecho semejante en todo a los hombres, humillado hasta la muerte de
cruz, y después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios.
Precisamente por eso, el Padre se complació en él y lo "exaltó" (Flp 2,
9), restituyéndole la plenitud de su gloria, pero ahora con nuestra humanidad.
Dios en el hombre, el hombre en Dios: ya no se trata de una verdad teórica,
sino real. Por eso la esperanza cristiana, fundamentada en Cristo, no es un
espejismo, sino que, como dice la carta a los Hebreos, "en
ella tenemos como una ancla de nuestra alma" (Hb 6, 19), una
ancla que penetra en el cielo, donde Cristo nos ha precedido.
¿Y qué es lo que más necesita el hombre de todos los tiempos, sino esto:
una sólida ancla para su vida? He aquí nuevamente el sentido estupendo de la
presencia de María en medio de nosotros. Dirigiendo la mirada a ella, como los
primeros discípulos, se nos remite inmediatamente a la realidad de Jesús: la
Madre remite al Hijo, que ya no está físicamente entre nosotros, sino que nos
espera en la casa del Padre. Jesús nos invita a no quedarnos mirando hacia lo
alto, sino a estar juntos, unidos en la oración, para invocar el don del
Espíritu Santo. En efecto, sólo a quien "nace de lo alto", es decir,
del Espíritu Santo, se le abre la entrada en el reino de los cielos (cf. Jn 3,
3-5), y la primera "nacida de lo alto" es precisamente la Virgen
María. Por tanto, nos dirigimos a ella en la plenitud de la alegría pascual.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 8 de
mayo de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, en muchos países, entre ellos Italia, se celebra la solemnidad de
la Ascensión del Señor al cielo. En esta fiesta la comunidad
cristiana está invitada a dirigir la mirada a Aquel que, cuarenta días después
de su resurrección, ante el asombro de los Apóstoles, "fue elevado en
presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos" (Hch 1,
9). Por tanto, estamos llamados a renovar nuestra fe en Jesús, la única
ancla verdadera de salvación para todos los hombres. Al subir al cielo,
volvió a abrir el camino hacia nuestra patria definitiva, que es el paraíso. Ahora,
con la fuerza de su Espíritu, nos sostiene en nuestra peregrinación diaria
en la tierra.
Este domingo se celebra la Jornada
mundial de las comunicaciones sociales sobre el tema:
"Los medios de comunicación al servicio de la comprensión entre los
pueblos". En la actual época de la imagen, los medios de comunicación
social constituyen efectivamente un extraordinario recurso para promover la solidaridad
y el entendimiento de la familia humana. Hemos tenido recientemente una prueba
extraordinaria de ello con ocasión de la muerte y de las solemnes exequias de
mi amado predecesor Juan Pablo II. Sin embargo, todo depende del modo como se
usan. Estos importantes medios de comunicación pueden favorecer el conocimiento
recíproco y el diálogo, o, al contrario, alimentar los prejuicios y el
desprecio entre las personas y entre los pueblos; pueden contribuir a difundir
la paz o a fomentar la violencia. Por eso, es preciso apelar siempre a la
responsabilidad personal; es necesario que todos desempeñen su papel para
asegurar en todas las formas de comunicación objetividad, respeto de la
dignidad humana y atención al bien común. De este modo, se contribuye a
derribar las barreras de hostilidad que aún dividen a la humanidad, y se pueden
consolidar los vínculos de amistad y amor que son signos del reino de Dios en
la historia.
Volvamos al misterio cristiano de la Ascensión. Después de subir el Señor
al cielo, los discípulos se reunieron en oración en el Cenáculo, con la Madre
de Jesús (cf. Hch 1, 14), invocando juntos al Espíritu Santo,
que los revestiría de fuerza para dar testimonio de Cristo resucitado
(cf. Lc 24, 49; Hch 1, 8). Toda comunidad
cristiana, unida a la Virgen santísima, revive en estos días esa singular
experiencia espiritual en preparación de la solemnidad de Pentecostés.
También nosotros nos dirigimos ahora a María con el canto del Regina
caeli, implorando su protección sobre la Iglesia, y especialmente sobre
cuantos se dedican a la obra de evangelización mediante los medios de
comunicación social.
DOMINGO
PENTECOSTÉS. 28 de mayo de 2023.
Monición de entrada.-
Hoy es la fiesta de Pentecostés.
Este domingo termina el tiempo Pascual.
Y Jesús nos da su Espíritu Santo.
El Espíritu Santo que anunciaron los
libros del Antiguo Testamento.
El Espíritu Santo que ayuda a la Iglesia.
El Espíritu Santo que nos hace venir a
misa.
El Espíritu Santo que nos ayuda a ser
amigos de Jesús.
Señor, ten piedad.-
Que el
Espíritu Santo nos haga amigos de Jesús.
Señor, ten piedad.
Que el
Espíritu Santo limpie nuestro corazón.
Cristo, ten piedad.
Que el
Espíritu Santo haga nuevo nuestro corazón. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa León y el obispo Enrique; para que sean iluminados
por el Espíritu Santo. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por la Iglesia; para que
ayude a las personas que vivimos en la tierra. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por los que mandan en las
naciones; para que tengan sentimientos de paz y justicia. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por todas las personas;
para que el Espíritu Santo nos abra el corazón para tenerte dentro. Te lo
pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nuestro mundo; para
que el Espíritu Santo le de esperanza.
Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros; para que
ayudados por el Espíritu Santo demos buen ejemplo de cristianos. Te lo pedimos,
Señor.
Acción de gracias.-

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