Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 8, 5-8.14-17
En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les
predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía
Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban
viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y
muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando
los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había
recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta
allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no
había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor
Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
Textos
paralelos.
Felipe bajó a una
ciudad de Samaría.
Hch 6, 5: La
propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y
de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás,
prosélito de Antioquía.
Hch 21, 8: Al día
siguiente, partimos de allí y llegamos a Cesarea; entramos en la casa de
Felipe, el evangelista, uno de los Siete, y nos quedamos con él.
Veían los signos que
realizaba.
Mt 8, 29: Y le
dijeron a gritos: “Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí
a atormentarnos antes de tiempo?”.
Hubo una gran
alegría en aquella ciudad.
Hch 2, 46: Con
perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan
de las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón.
Al enterarse los apóstoles.
Hch 11, 1: Los apóstoles y los hermanos de
Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de
Dios.
Hch 11, 22: Llegó la noticia a oídos de la
Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la
acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al
Señor con todo empeño.
Les enviaron a Pedro y a Juan.
Lc 8, 51: Al llegar a la casa, no dejó entrar
con él más que a Pedro, Santiago y Juian y al padre de la niña y la madre.
Oraron por ellos.
Hch 1, 5: Porque Juan bautizó con agua, pero
vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días.
Únicamente habían sido bautizados.
Hch 2, 28: Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro.
Hch 1, 5: Porque Juan bautizó con agua, pero
vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días.
Imponían las manos.
1 Tm 4, 14: No descuides el don que hay en ti,
que te fue dado por intervención profética con la imposición de manos del
presbiterio.
Notas
exegéticas.
8 5 (a) Var.: “la ciudad de
Samaría”, “la ciudad de Cesarea”. No se trata seguramente de la misma ciudad de
Samaría, convertida en ciudad helenística (Sebaste). Aquí se trata de una
evangelización de los samaritanos en el sentido judío de la palabra: de los
hermanos de raza y religión, pero separados de la comunidad de Israel y caídos
en la herejía (Jn 4, 9).
8 5 (b) El Mesías, al que también
esperaban los samaritanos, ver Jn 4, 25.
8 8 Como en Lc 1, 14 la alegría es
mencionada con frecuencia en Hechos. Se trata de la alegría de los tiempos
mesiánicos del gozo de la salvación en la fe.
8 17 El Espíritu recibido por la
Iglesia de Jerusalén es comunicado así a los samaritanos bautizados, al tiempo
que la misión de Felipe recibe de Pedro y Juan, enviados de los apóstoles, su
carácter plenamente apostólico.
Salmo
responsorial
Salmo 65
R/. Aclamad
al Señor, tierra entera.
Aclamad
al Señor, tierra entera;
tocad
en honor de su nombre,
cantad
himnos a su gloria.
Decid
a Dios: “¡Qué temibles son tus obras! R/.
Que
se postre ante ti la tierra entera,
que
toquen en tu honor,
que
toquen para tu nombre.
Venid
a ver las obras de Dios,
sus
temibles proezas en favor de los hombres. R/.
Transformó
el mar en tierra firme,
a
pie atravesaron el río.
Alegrémonos
en él.
Con
su poder gobierna eternamente. R/.
Los
que teméis a Dios, venid a escuchar,
os
contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito
sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni
me retiró su favor. R/.
Textos
paralelos.
Cantad
a su nombre glorioso.
Ef 1, 12-14: Para
que seamos alabanza de su nombre / quienes antes esperábamos en el Mesías. / En
él también vosotros, / después de haber escuchado la palabra de la verdad /– el
evangelio de vuestra salvación –, / creyendo en él / habéis sido marcados con
el sello del Espíritu Santo prometido. /
Él es la prenda de nuestra herencia, / mientras llega la redención del pueblo
de su propiedad, / para alabanza de su gloria.
La
tierra entera se postre ante ti.
Sal 18, 45: Me
escuchaban y me adulaban / los extranjeros buscaban mi favor.
Sal 81, 16: Los que
aborrecen al Señor lo adularán, / y su suerte quedará fijada.
Convirtió
el mar en tierra firme.
Sal 114, 3: El mar,
al verlos, huyó; / el Jordán se echó atrás.
Is 44, 27: Digo al
océano: “Vuélvete árido”, / yo secaré tus corrientes.
Sal 50, 2: Desde
Sión, la hermosa, / Dios resplandece.
Notas
exegéticas.
66 Esta liturgia de acción de
gracias por la comunidad (cuyo jefe o portavoz habla a partir del v. 13)
recuerda por el estilo y el horizonte universalista la segunda parte de Isaías
(capítulos 40-55).
66 6 El paso del Mar de las Cañas,
Ex 14-15, y el del Jordán, Jos 3: dos grandes sucesos “típicos” de la historia
de Israel, igualmente unidos en Sal 74, 13-15; 144.
Segunda
lectura.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18
Queridos hermanos:
Glorificad a Cristo con vuestros corazones, dispuestos siempre
para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero
con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os
calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en
Cristo. Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que
sufrir haciendo el mal. Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para
siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios.
Muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu.
Textos
paralelos.
Al contrario, dad culto
al Señor, Cristo.
Pr 3, 25: No temerás el terror
repentino / ni el ataque de los malvados cuando llegue.
Is 8, 13: Al Señor del universo llamaréis
santo. / Sea él el objeto de vuestro temor y de vuestro terror.
Notas
exegéticas:
3 15 “Señor”; var. “Dios”, -
“esperanza”; adicción: “y fe”. – Los cristianos dan testimonio de que
pertenecen a Cristo frente a los gentiles que ignoran toda esperanza. Tuvieron
ocasión para ello en las persecuciones locales.
3 18 (a) Todo este pasaje contiene los
elementos de una antigua profesión de fe: muerte de Cristo, bajada a los
infiernos, resurrección, asiento a la derecha de Dios, juicio de los vivos y
los muertos.
3 18 (b) Om.: “a Dios” – “los pecados”;
Vulg.: “nuestros pecados”.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 14, 15-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a
sus discípulos:
-Si me amáis, guardaréis mis
mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté
siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo,
porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con
vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro
de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo
viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en
vosotros. El que acepta mis mandamientos los guarda, ese me ama; y el que me
ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.
Textos
paralelos.
Si me amáis guardaréis
mis mandamientos.
1 Jn 4, 3: Y todo espíritu que
no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que
iba a venir; pues bien, ya está en el mundo.
Dt 6, 4-9: Escucha, Israel: el
Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios,
con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tus fuerzas. Estas palabras
que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y
hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las
atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás
en las jambas de tu casa y en los portales.
Yo le pediré al Padre.
Jn 7, 11: A mitad de la fiesta
subió Jesús al templo y se puso a enseñar.
Os dará un Paráclito.
Jn 11, 1: Había caído enfermo
un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana.
Sb 6, 16: Pues ella misma va de
un lado a otro / buscando a los que son dignos de ella; / los aborda benigna
por los caminos / y les sale al encuentro en cada pensamiento.
1 Jn 2, 1: Hijos míos, os
escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que
abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.
Porque no lo ve ni lo
conoce.
Jn 1, 10: En el mundo estaba; /
el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Estará con vosotros.
2 Jn 1, 2: Gracias a la verdad
que permanece en nosotros y que nos acompañará para siempre.
Volveré a vosotros.
Sal 27, 10: Si mi padre y mi
madre me abandonan, / el Señor me recogerá.
Is 49, 14-15: Sión decía: “Me
ha abandonado el Señor, / mi dueño me ha olvidado”. / ¿Puede una madre olvidar
al niño que le amamanta, / no tener compasión del hijo de sus entrañas? / Pues,
aunque ella se olvidará, yo no te olvidaré.
Dentro de poco el mundo
ya no me verá.
Jn 7, 34: Me buscaréis y no me
encontraréis, y donde yo estoy vosotros no podéis venir.
Jn 8, 21: De nuevo les dijo:
“Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no
podéis venir vosotros”.
Porque yo vivo y también
vosotros viviréis.
Jn 16, 16: Dentro de poco ya no
me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver.
Jn 6, 57: Como el Padre que
vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come
vivirá por mí.
Yo estoy en mi Padre.
Jn 10, 30: Yo y el Padre somos
uno.
Vosotros en mí y yo en
vosotros.
Jn 17, 11: Ya no voy a estar en
el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti, Padre Santo,
guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como
nosotros.
Jn 17, 21: Para que todos sean
uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que me has enviado.
Jn 17, 22: Yo les he dado la
gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno.
El que tiene mis
mandamientos.
Pr 8, 17: Yo amo a los que me
aman, / los que madrugan por mí me encuentran.
Y l que me ame.
Jn 16, 27: Pues el Padre mismo
os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.
Jn 17, 26: Les he dado a
conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en
ellos, y yo en ellos.
Será amado por mi Padre.
St 4, 14: ¡Si ni siquiera
sabéis qué será del día de mañana! ¿Qué es vuestra vida? Pues sois vapor que
aparece un instante y después desaparece.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
14 15: Var: “guardad mis mandamientos”.
Jesús afirma, como Dios, su derecho a ser amado y obedecido.
14 16 Primero de los cinco textos
sobre el Espíritu (Paráclito, Espíritu de verdad, Espíritu santo) en el
discurso de después de la cena. Enviado por el Padre (o por Cristo) después de
la marcha de Jesús permanecerá para siempre junto a los discípulos para recordar
y completar la enseñanza de Cristo, conduciendo a los discípulos por los
caminos de la verdad y explicándoles el sentido de los acontecimientos futuros.
Él glorificará a Cristo en el sentido de que atestiguará que su misión venía
efectivamente de Dios y que el mundo, engañado por su Príncipe, el “padre de la
mentira” se ha equivocado no creyendo en él conforme a las tradiciones judías,
el Cristo-Paráclito (Abogado) nos defendía en el tribunal del Padre contra las
acusaciones de Satán, el Acusador gracias a su sacrificio expiatorio. En el
discurso de la Cena el Espíritu Paráclito ejerce más bien la “paráclesis”,
las exhortaciones de las que se ha hablado en los Hechos y las Cartas de Pablo.
14 17 La expresión proviene de Qumrán
donde se contraponía “espíritu de verdad” y “espíritu de error” para designar
dos tendencias inherentes al hombre. Aquí el Espíritu de verdad está
personalizado (confrontar con 2 Jn 1-2, texto que calca el de Jn 14, 17c.
14 18 No se trata ya del retorno de
Cristo tal como se concebía en 14, 1-3, sino deuna presencia puramente
espiritual de Cristo-Sabiduría juntamente con el Padre.
14 19 Mientras que el mundo, entregado
exclusivamente a sus medios de conocimiento, será incapaz de percibir a Jesús
más allá de su muerte, los discípulos experimentarán la presencia de Cristo
resucitado (“porque yo vivo”) y compartirán su nueva vida, lo mismo que quienes
crean a partir del testimonio de ellos. Para Jn este conocimiento y esta
participación constituyen la vida eterna.
14 20 (a) Los profetas designaban así el
tiempo de las grandes intervenciones divinas. El “día” puede designar aquí todo
el tiempo que seguirá a la resurrección de Jesús.
14 20 (b) Las relaciones entre Jesús y sus
discípulos son análogas a las que le unen con el Padre.
14 21 En este versículo, quien habla
es Cristo-Sabiduría.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
15 Guardar mis mandamientos –
o “mi doctrina”, o “mis palabras”– es creer en Jesús.
16-17 Paráclito: intercesor; en griego, pará-klêtos,
como en latín ad-vocatus, significa lit. “el-que-es-llamado-en-ayuda”;
de ahí, abogado, defensor (ayuda en el orden intelectual); en la Iglesia
latina se tradujo por consolador, y no está mal traducido, porque eso
sería en este caso si damos al adjetivo verbal griego sentido activo. En la
tradición rabínica tardía, uno de los títulos del Mesías es el Consolador.
El Espíritu Santo nos asiste desde dentro, nos ayuda inspirando; será otro
intercesor en favor de nosotros, otro consolador, que prolongará en la
tierra la acción del primero: Cristo.
Que esté: lit. para que esté,
partícula griega hína equivalente a un relativo.
Ese Espíritu de la verdad es
enviado por el Padre a los creyentes en Jesús, mientras que el mundo (en
sentido peyorativo, no puede recibirlo, por haberse cerrado a Cristo y su
palabra. En su nueva forma de existencia “espiritual” el creyente está
confortado y defendido por la presencia divina en su interior.
Estará: algunos manuscritos leen está.
20 Aquel día: cuando resucite de entre los
muertos.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
14, 15 El amor no son solamente
palabras o sentimientos interiores, el amor auténtico se manifiesta con
acciones. Estos mandamientos a los que Cristo se refiere comprenden la
totalidad del mensaje evangélico. Cat. 2068; 2074-2075.
14, 16 Paráclito: esto se traduce a veces como
“defensor”, literalmente 2el que está llamado a nuestro lado”. Al decir otro,
se sobrentiende que Cristo ha sido el primer Paráclito. El Espíritu Santo
servirá como intercesor ante Dios. El Espíritu Santo está presente y activo
tanto en la Iglesia en cuanto comunidad como en sus miembros individuales. Por
tanto, tanto la Iglesia como cada persona bautizada, pueden ser llamados
justamente “templos del Espíritu Santo” (Jn 14, 23). Gracias a esta morada,
aquellos que poseen fe verdadera en Cristo también conocerán al Espíritu Santo.
La secuencia que se reza en la liturgia de Pentecostés incluye una oración de
invitación al Espíritu Santo: “¡Ven, Espíritu Santo, manda un rayo de tu lumbre
desde el cielo!”. Cat. 687, 692, 729, 2466, 2615.
14, 17 Cristo prometió que el Padre
enviaría el Espíritu Santo sobre los apóstoles para ayudarles a recordar todo
lo que Cristo había hecho y enseñado. Aquellos que aman a Cristo recibirán el
amor del Padre y se convertirán en templos del Espíritu Santo. Los apóstoles no
entendieron muy bien esto, pero el Espíritu Santo les otorgaría sabiduría y
coraje una vez que hubieran cumplido su pasión, muerte y resurrección. Cat 690,
1197, 2300, 2671.
14, 18 La presencia espiritual de
Cristo permanece en la tierra incluso después de la ascensión. Está presente en
la Iglesia, en su palabra, en la liturgia, en la oración comunitaria, y en sus
sacerdotes, de un modo extraordinario está presente en cuerpo, sangre, alma y
divinidad en la Eucaristía bajo la apariencia de pan y vino, que está reservado
en el sagrario dentro de todas las iglesias católicas. Cat 521, 788.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
2068 El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los
cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos (Decretum
de iustificatione). Y el Concilio Vaticano II afirma que: “Los obispos,
como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor [...] la misión de enseñar a
todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los
hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan
la salvación” (Lumen gentium, 24).
2074 Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y gaurdamos
sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus
hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra
del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. “Este es el
mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,
12).
2075 “¿Qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?” – “Sí [...]
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 16-17).
692 Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el
“Paráclito”, literalmente “aquel que es llamado junto a uno”, advocatus (Jn
14, 16). “Paráclito” se traduce habitualmente por “Consolador”, siendo Jesús el
primer consolador. El mismo Señor llama al Espíritu Santo “Espíritu de Verdad”.
729 Solamente cuando ha llegado la hora en que va a ser glorificado, Jesús promete
la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el
cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres: El Espíritu de verdad, el otro
Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será
enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre
porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo
conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo
enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio
de Él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al
mundo, lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.
2615 En el Espíritu Santo, la oración cristiana es comunión de amor con el
Padre, no solamente por medio de Cristo, sino también en Él.
788 Cuando fueron privados los discípulos de su presencia visible, Jesús no
los dejó huérfanos. Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los
tiempos, les envió su Espíritu. Por eso, la comunión con Jesús se hizo en
cierto modo más intensa: “Por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos,
reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo”
(C. Vaticano II, Lumen gentium, 7).
Concilio Vaticano II
Mas lo que el Señor ha predicado una vez o lo que en Él se ha obrado para
la salvación del género humano, debe proclamarse y extenderse hasta los últimos
confines de la tierra, comenzando desde Jerusalén, de modo que lo que una vez
se obró para todos en orden a la salvación, alcance su efecto en todos a través
de los tiempos.
Para conseguir esto plenamente, Cristo envió desde el Padre al Espíritu
Santo para que realizara desde dentro su obra salvífica e impulsara a la
Iglesia a su propia expansión. Sin duda, el Espíritu Santo actuaba ya en el
mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés
vino sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia
manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio
entre los pueblos mediante la predicación de la fe, por la Iglesia de la Nueva
Alianza que habla en todas las lenguas, comprende y abraza en la caridad a
todas las lenguas, superando así la dispersión de Babel.
Decreto “Ad gentes divinitus”, 3-4.
San Agustín
Dice el Señor: Todavía un poco y el mundo ya no me verá (Jn 14,
19). ¿Qué decir? ¿Es que entonces le veía el mundo? En efecto, con el nombre de
“mundo” quiere indicar a aquellos de quienes habló antes, diciendo con
referencia al Espíritu Santo: A quien el mundo no puede recibir, porque no
lo ve ni lo conoce (Jn 14, 17). El mundo, es verdad, veía con los ojos de
la carne a quien se había hecho visible mediante la carne, pero no veía a la
Palabra que se ocultaba en la carne; veía al hombre, pero no veía a Dios; veía
el vestido, pero no al hombre vestido. Mas como después de su resurrección
mostró a los discípulos también la carne, no solo para que la vieran, sino para
que la tocaran, pero no quiso manifestarla a los que no eran de los suyos.
¿Qué significa: Porque yo vivo, también vosotros viviréis? ¿Por
qué se refiere a sí mismo en el presente y a ellos en el futuro, sino porque
les prometió que poseerían también la vida del cuerpo, pero un cuerpo
resucitado, cual aquella en la que él les iba a preceder? Y como estaba tan
próxima su resurrección, utilizó el presente para indicar esa inmediatez;
refiriéndose a ellos, en cambio, no dijo: “vivís”, sino viviréis, puesto
que la suya se difiere hasta el fin del mundo.
[...] El que tiene mis mandatos y los observa es quien me ama (Jn
14, 21): el que los tiene en su memoria y los observa en su vida; el que los
tiene presentes en sus palabras y los observa en sus costumbres; quien los
tiene porque los escucha y los observa practicándolos, o quien los tiene porque
los lleva a la práctica y los observa perseverando en ellos.
Comentarios
sobre el evangelio de San Juan 75, 2-5. I, pgs. 584-586.
Los Santos Padres.
Continuamente necesitamos obras, y no palabras
vanas y fastuosas. A todos resulta fácil decir y prometer, pero no es tan fácil
dar cumplimiento... Os he ordenado que os améis los unos a los otros para que
hagáis a unos y a otros lo que yo os hice. La obediencia a estas palabras y la
sumisión al amado manifiestan vuestro amor.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Juan, 75, 1. IVb, 190.
No porque uno diga que ama a Dios obtendrá
inmediatamente la gloria del verdadero amor, ya que la fuerza la virtud no está
en las solas palabras, ni la belleza de la piedad para con Dios se expresa con
desnudas palabras, sino que se reconoce por las buenas obras y por una actitud
de obediente escucha.
Cirilo de Alejandría, Comentario al Ev. de Juan, 9, 1. IVb, 190.
Tengamos bien presente que, sin el Espíritu Santo,
nosotros no podemos amar a Cristo ni guardar sus mandamientos, y que tanto
menos podremos hacerlo cuanto menos de Él tengamos, y que lo haremos con tanta
mayor plenitud cuanto más de Él participemos.
Agustín, Tratados sobre el Ev. de Juan, 74, 1-2. IVb, pg.
195.
“Pero vosotros me veréis”. Es como si dijera:
“Vendré a vosotros, pero no de la misma forma que antes, cuando estaba con
vosotros todos los días”.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Juan, 75, 2. IVb, pg.
197.
San Juan de Ávila
“Poco ha que os dije: Yo rogaré al Padre, y daros ha otro consolador
(Jn 14, 16); mas no penséis que he de rogar por vosotros, como acaece rogar uno
a su amigo que dé algo a otros, con los cuales aquel rogado está mal; y lo que
les da es solamente porque ama mucho al que se lo ruega; y quédanse los otros
desamados y desagradables como antes se estaban. No es así, porque por haberme
amado y creído, mi Padre os quiere bien, y le parecéis bien; y tenéis licencia,
como gente amada con propio amor y que tiene propia gracia y justicia, para
entrar vosotros delante su acatamiento, y pedirle lo que habéis menester en mi
nombre. Y lo que yo por vosotros ruego es como por gente amada, a la cual el
Padre hace mercedes, porque yo las pido, y porque para vosotros las pido”.
Audi, filia (II). I, pgs. 732-733.
Mas mirad que el mundo malo, a quien no hemos de oír, no es este mundo
que vemos y que Dios creó, mas en la ceguedad y maldad y vanidad, que los
hombres apartados de Dios inventaron, rigiéndose por su parecer y no por la
lumbre y gracia de Dios, siguiendo su voluntad propria y no sujetándose a la de
su Criador; y poniendo su amor en las honras y deleites y bien presentes,
siéndoles dados no para pegarse al corazón en ellos, mas para usar de ellos
recibiéndolos y sirviendo con ellos al Señor que los dio. Esto son los mundanos
tan miserables que de ellos dice Cristo nuestro Señor: El mundo no puede
recebir el Espíritu de la verdad (Jn 14, 17), porque, si este corazón malo
y vano no echa de sí, no podrá recebir la verdad del Señor. Porque es tan
grande la contrariedad que hay del uno al otro, que quien de Cristo y de su
espíritu quisiere ser, es necesario que no sea del mundo; y quien del mundo
quisiere ser, a Cristo no ha perdido.
Audi, filia (I). I, pg. 410-411.
Y el que tiene mis mandamientos y los guarda, aquel es el que ama (Jn 14, 21), dando claramente a
entender, que quien no guarda sus palabras, no tiene su amor ni amistad,
porque, como dice San Agustín, “no puede uno amar al rey, cuyo mandamiento
aborrece”.
Audi, filia (I), I, pg. 480.
Y por el mesmo San Juan dice: Et ego rogabo Patrem, etc. (Jn 14,
6-17). No puede el mundo recebir el Espíritu Santo, porque Dios y el mundo son
capitales enemigos. Tan largamente se ha probado esto, tantas veces nos lo ha
dicho Dios, que plega a Él que, tantas veces dicho, sea por hombre creído.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 204.
Mirad la diversidad de corazones. El mundo no nos estima. ¿Esto no es
verdad? ¿A quién estiman por de mejor linaje, al hijo del rey o aun hijo de
Dios? Porque el mundo no nos conoce ni conoce a Dios. San Juan: Et ego
rogabo, Patrem, etc. (Jn 14, 16-17). Y San Pablo para ad Corintios: Animalis
autem homo non percipit ea que sunt Spiritus Dei; stultitia enim est illi et
non potest intelligere quia spiritualiter examinatur (1 Cor 2, 14). El
hombre animal no puede entender las cosas que son del Espíritu de Dios; tiene
necesidad y no puede entender, porque está examinado espiritualmente.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pgs. 269-270.
Y por el mesmo San Juan: Et ego rogabo Patrem, etc. (Jn 14,
16-17). No puede el mundo recebir el Espíritu Santo, porque Dios y el
mundo son enemigos capitales. Tan largamente se ha probado esto, tantas veces
nos lo ha dicho Dios, que plega a Dios que sea de los hombres creído, y no
sirva solamente de acusador en el Juicio.
Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 379.
Fue Jesucristo al cielo, dice San Pablo, a parecer delante del gesto del
Padre, para ofrecelle su pasión y recabarnos el Espíritu Santo.
Domingo
infraoctava de la Ascensión, 29 mayo 1552. Pg. 334.
Nuestro Redemptor encargó a sus sagrados apóstoles muchas cosas, y que
las guardase, so pena de perder su amistad; y tanto es esto verdad que quien no
guarda lo que Cristo manda, va perdido sin ningún remedio. Y porque por ventura
los discípulos no tenían en tanto las palabras de Cristo por ser suyas, tanto
como si fueran de Dios, dijoles Cristo: “Y porque no penséis que son mías estas
palabras y que de mí digo lo que digo. Las palabras que os he dicho y habéis
oído, no son mías, sino de mi Padre, que me envió; tenedlas en mucha
reverencia y acatamiento, y guardadlas, pues sabéis cuyas son”.
Domingo
de Pentecostés. En la profesión de una monja. Pg. 351-552.
Nadie puede entender esto ni alcanzarlo sino quien tuviere Espíritu
Santo. “Consolados habéis estado conmigo; alegres habéis estado con mi
presencia, enseñados con mi doctrina, fuertes con mi presencia. Yo me voy, y
rogaré a mi Padre que os envíe otro consolador en mi nombre”. Hasta aquí yo
os he consolado; yo me iré, y yéndome yo, os enviaré otro Consolador, otra
persona”, – ¡Oh poderoso Dios! ¿Quién es este Consolador que habéis de enviar?
– Espíritu de verdad, que morará en vosotros, que os enseñará verdades, no
opiniones, no engaños.
Domingo
de Pentecostés. Pg. 365.
¿Queréis más? ¿Estáis contentos? ¿Andaréis ya echando mano de las
sombras, buscando dineros, buscando honras, deseando subir y valer, y buscar
oficios? ¿Queréis más? Dice San Bernardo: “¡Oh endurecidos corazones a quien
tal cuchillo no corta, y tal fuego no enciende, y tal bondad no mueve, y amansa
y ablanda!”. Viniendo el Hijo y el Padre, también el Espíritu Santo. No te
llames huérfano de aquí adelante porque el mundo no te hace honra, porque el
mundo no te favorece, porque no tienes prosperidades y riquezas de acá. –
¿Quédate más, Señor, quédate más que dar? – Yo regaré al Padre, y enviaros
ha otro Consolador.
O.c. Pg.
366.
Representaría Jesucristo, en cuanto hombre, delante del Padre, mostraría
el testimonio de nuestra redempción, mostraría las señales de los clavos y el
costado partido de la lanzada, y diría: “Padre mío, habed compasión de aquellas
ovejuelas que en el mundo están sin pastor; están flaquillas, están tristes,
envialdes, Padre mío, vuestro Espíritu, por los dolores que por ellos pasé.
Ellos están esperando el Consolador que yo les dije que les había de enviar:
enviádselo, Padre mío, por mi amor; no les haya salido en vano su esperanza.
Mira, Padre, a tal Hijo, y no le niegues lo que te pidiere; ámalos, Padre mío.
Por mis merecimientos merecen ellos ser consolados; consuélalos, Padre,
envíales el Espíritu Santo”.
Martes
de Pentecostés. Pg. 397-398.
No
penséis, amigo, que tanto uno ama a Dios cuanto siente de Él y cuanto en aquel
estado de su devoción piensa él que ama, sino cuanto fuere fundado en virtudes,
en caridad y en guardar sus mandamientos (cf. Jn 14, 15.21). Este tal es
verdadero amador y amigo.
Carta
a un mancebo. IV, pg. 608.
Estas
cosas tan claras no las conoce el mundo, porque él está en ceguedad, y como el
Señor dice: No puede recibir el Espíritu Santo, porque no te conoce ni ve (cf.
Jn 14, 17). Pues ¡Triste del mundo! Si no puede recibir al Espíritu Santo,
forzosa cosa es que reciba al espíritu malo. Y de aquí le vienen los males:
que, como gente guiada por espíritu de error y maldad, hacen cosas conforme a
su corazón. Mas sentencia firme es de Dios que el mundo se pasa y sus
codicias, y que el que hace la voluntad del Señor vive y permanece para siempre
(1 Jn 2, 17).
A un
su conocido. IV, pg. 557.
San Oscar Romero.
Queridos hermanos, en las vísperas de Pentecostés, en este día del
trabajo, yo les invito a que hagamos de nuestro trabajo, cualquiera que sea, no
un motivo de divisiones, de contiendas, de rivalidades. Todos los trabajos son
honrados, todas las situaciones sociales son buenas cuando se dejan arrastrar
por esta corriente que nos eleva por Cristo hasta Dios, y de Dios baja llena de
amor a los hombres. Por eso, Cristo pone como señal de pertenecer a esta
corriente, de permanecer a esta vida de Dios, una condición indispensable:
"si me amáis, guardaréis mis mandamientos". Y al final del Evangelio
dice: "El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama". Aquí
está el secreto de la verdadera dinámica. Aquí está la verdadera fuerza del
cristianismo: EL AMOR.
Por eso no me cansaré, hermanos, aún cuando las fuerzas revolucionarias
que solamente lo esperan todo de metralletas y de cosas que no pueden sembrar
paz, sino odio y rencor; que quieren criticar a la Iglesia porque sólo predica
el amor; o de aquellos lenguajes que no quieren entender el amor que la Iglesia
predica porque es un amor dinámico, no es un amor de muerte, no es un amor de
conformismo; es amor que lucha. Y en el primero de mayo yo les quiero decir a
los obreros: que está bien la lucha de sus reivindicaciones, pero no las hagan
consistir sólo en las débiles fuerzas de sus brazos y de sus organizaciones.
Quiero leerles este pensamiento del Papa Pablo VI cuando en "la
Evangelización del mundo actual" dice esto: "La Iglesia se esfuerza
por insertar siempre la lucha cristiana por la liberación en el designio de
salvación que Ella anuncia". Quiere decir, que todas esas luchas de
liberación en las cuales están empeñados los obreros, las organizaciones,
cualquier gente que se agrupa para defender un derecho humano, una liberación,
la Iglesia "no la mira con indiferencia" fíjense bien - "no la
mira con indiferencia". Pero no quiere decir que se identifique con ella.
Lo que la Iglesia hace es asumir el esfuerzo liberador de los hombres e
insertarlo en la salvación que Ella predica. Porque Ella sabe que toda
salvación, que toda liberación, que toda reivindicación de obreros, campesinos,
gente que quiera trabajar, no tiene eficacia, no tendrá éxito si no se
incorpora a la gran salvación que la Iglesia predica. La Iglesia es la
liberadora por excelencia, porque Ella predica la obra de Cristo.
Homilía, 30 de abril de 1978.
Papa León XIV. Regina Caeli. 3 de
mayo de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Como la
Iglesia primitiva, en el tiempo pascual volvemos a escuchar palabras de Jesús
que despliegan su pleno significado a la luz de su pasión, muerte y
resurrección. Lo que los discípulos antes no entendían o les provocaba
turbación, ahora vuelve a su memoria, les hace arder el corazón y les da
esperanza.
El
Evangelio proclamado este domingo nos introduce en el diálogo del Maestro con
los suyos durante la última cena. En particular, escuchamos una promesa que nos
involucra ya desde ahora en el misterio de su resurrección. Jesús dice: «Cuando
haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos
conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes» (Jn 14,3).
Los apóstoles descubren así que en Dios hay lugar para cada uno. Dos de
ellos lo habían experimentado durante su primer encuentro con Jesús, en el río
Jordán, cuando Él se había dado cuenta de que lo seguían y los había invitado a
quedarse esa tarde en su casa (cf. Jn 1,39). También ahora,
frente a la muerte, Jesús habla de una casa, esta vez muy grande: es la casa
del Padre suyo y Padre nuestro, donde hay lugar para todos. El Hijo se describe
como el siervo que prepara las habitaciones, para que cada hermano y hermana,
al llegar, encuentre lista la suya y se sienta desde siempre esperado y
finalmente encontrado.
Queridos
hermanos, en el viejo mundo todavía estamos en camino, lo que atrae la
atención son los lugares exclusivos, las experiencias al alcance de unos
pocos, el privilegio de entrar donde ningún otro puede hacerlo. En
cambio, en el mundo nuevo donde el Resucitado nos lleva, lo más
valioso está al alcance de todos. Pero no por eso pierde atracción. Al
contrario, lo que está abierto a todos ahora causa alegría; la gratitud toma
el puesto de la competición; la acogida elimina la exclusión; la
abundancia ya no genera desigualdad. Sobre todo, nadie se confunde con
otro, nadie está perdido. La muerte amenaza con borrar el nombre y la
memoria, pero en Dios cada uno es finalmente uno mismo. En verdad, este es
el lugar que buscamos toda la vida, en ocasiones dispuestos a todo con tal de
lograr un poco de atención y de reconocimiento.
“Tengan
fe”, nos dice Jesús. ¡Este es el secreto! «Crean en Dios y crean
también en mí» (Jn 14,1). Precisamente esta fe libera nuestro
corazón de la ansiedad por tener y obtener, del engaño de tener que correr tras
un puesto de prestigio para valer algo. Cada uno posee ya un valor infinito
en el misterio de Dios, que es la verdadera realidad. Amándonos los unos a los
otros como Jesús nos ha amado, nos damos esta certeza. Es el mandamiento nuevo:
anticipamos así el cielo en la tierra, revelamos a todos que la fraternidad
y la paz son nuestro destino. De hecho, en el amor, en medio de una
multitud de hermanos, cada uno descubre que es único.
Recemos
pues a María Santísima, Madre de la Iglesia, para que toda comunidad cristiana
sea una casa abierta a todos y atenta a cada uno.
Papa León XIV. Audiencia general.
29 de abril de 2026. El Viaje apostólico a Argelia, Camerún, Angola y Guinea
Ecuatorial
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy
deseo hablar sobre el viaje
apostólico que realicé del 13 al 23 de abril visitando cuatro países africanos:
Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.
Desde el
inicio de mi pontificado, había pensado en un viaje a África. Doy gracias al
Señor, que me ha permitido realizarlo como Pastor para visitar y animar al
pueblo de Dios, y vivirlo como mensaje de paz en un momento histórico marcado
por guerras y graves y frecuentes violaciones del derecho internacional.
Expreso mi más sincero agradecimiento a los obispos y a las autoridades civiles
que me han acogido, así como a todos aquellos que han colaborado en la
organización.
La
providencia quiso que la primera etapa fuera precisamente el país donde se
encuentran los lugares de san Agustín, es decir, Argelia. Así, por una parte,
he podido comenzar desde las raíces de mi identidad espiritual; y, por otra
parte, me ha sido posible atravesar y consolidar puentes muy importantes para
el mundo y la Iglesia de hoy: el puente con la época fecundísima de los Padres
de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; el puente con el continente
africano.
En Argelia
he recibido una acogida no solamente respetuosa, sino también cordial, y hemos
podido comprobar de primera mano y mostrar al mundo que es posible vivir
juntos como hermanos y hermanas, incluso de religiones distintas, cuando nos
reconocemos hijos del mismo Padre misericordioso. Asimismo, ha sido una
ocasión propicia para entrar en la escuela de san Agustín: con su
experiencia de vida, sus escritos y su espiritualidad, él es maestro en la
búsqueda de Dios y de la verdad. Su testimonio es hoy de gran importancia
para los cristianos y para cualquier persona.
En los
siguientes tres países que he visitado, la población es, en cambio, de mayoría
cristiana, y, por tanto, me he sumergido en un ambiente de fiesta de la fe, de
acogida calurosa, favorecida también por el carácter típico de la gente
africana. Al igual que mis predecesores, yo también he experimentado un poco de
lo que le sucedía a Jesús con las multitudes de Galilea: Él las veía sedientas
y hambrientas de justicia, y les anunciaba: “Bienaventurados los pobres en el
espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que trabajan por la
paz…” Y reconociendo su fe, decía: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz
del mundo” (cfr. Mt 5,1-16).
La
visita a Camerún me ha permitido reforzar el llamamiento a
comprometernos juntos con la reconciliación y la paz, porque también este
país, desgraciadamente, está marcado por tensiones y violencia. Me alegro de
haber ido a Bamenda, en la zona anglófona, donde he animado a trabajar juntos
por la paz. Camerún es llamado “África en miniatura”, con referencia a la variedad
y a la riqueza de su naturaleza y de sus recursos; pero también podemos
entender esta expresión en el sentido de que en Camerún encontramos las
grandes necesidades de todo el continente africano: la necesidad de una
distribución equitativa de las riquezas; de dar espacio a los jóvenes,
superando la corrupción endémica; de promover el desarrollo integral y
sostenible, oponiendo a las varias formas de neocolonialismo una cooperación
internacional con visión de futuro. Doy las gracias a la Iglesia en Camerún
y a todo el pueblo camerunés, que me ha acogido con tanto amor; y rezo para que
el espíritu de unidad que se ha manifestado durante mi visita se mantenga vivo
y guíe las decisiones y las acciones futuras.
La
tercera etapa del viaje ha sido Angola, gran país al sur del ecuador, de
tradición cristiana multisecular, ligada a la colonización portuguesa. Como
muchos países africanos, después de haber alcanzado la independencia, Angola ha
atravesado un periodo difícil, que en su caso ha sido ensangrentado por una
larga guerra interna. En el crisol de esta historia, Dios ha guiado y
purificado la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio, de
la promoción humana, de la reconciliación y de la paz. ¡Iglesia libre
para un pueblo libre! En el santuario
mariano de Mamã Muxima – que significa “Madre del corazón”
– he sentido latir el corazón del pueblo angoleño. Y en los varios eventos he
visto con alegría muchas religiosas y religiosos de todas las edades, profecía
del Reino de los cielos en medio de su gente; he visto catequistas que se
dedican enteramente al bien de la comunidad; he visto rostros de ancianos
esculpidos por fatigas y sufrimientos, y que transparentan la alegría del
Evangelio; he visto mujeres y hombres danzar al ritmo de cantos de alabanza
al Señor resucitado, fundamento de una esperanza que resiste a las desilusiones
causadas por las ideologías y las promesas vanas de los poderosos.
Esta
esperanza exige un compromiso concreto, y la Iglesia tiene la
responsabilidad, con el testimonio y el anuncio valiente de la Palabra de
Dios, de reconocer los derechos de todos y de promover su respeto efectivo.
He podido asegurar a las autoridades civiles angoleñas, y también a las de los
otros países, la voluntad de la Iglesia Católica de seguir ofreciendo esta
contribución, especialmente en los campos sanitario y educativo.
El
último país que he visitado es Guinea Ecuatorial, en el 170°. aniversario de la
primera evangelización. Con la sabiduría de la tradición y a la luz de Cristo,
el pueblo guineano ha atravesado los acontecimientos de su historia, y, en los
pasados días, en presencia del Papa, ha renovado con gran entusiasmo su
voluntad de caminar unido hacia un futuro de esperanza.
No puedo
olvidar lo
sucedido en la cárcel de Bata, en Guinea Ecuatorial: los reclusos cantaron
a pleno pulmón un canto de agradecimiento a Dios y al Papa, pidiéndole que rece
“por sus pecados y su libertad”. Nunca había visto nada semejante. Y luego han
rezado conmigo el Padre Nuestro, bajo una lluvia torrencial. ¡Un signo auténtico
del Reino de Dios! Y, siempre bajo la lluvia, comenzó el gran encuentro
con la juventud en el estadio de Bata. Una fiesta de alegría cristiana, con
testimonios conmovedores de jóvenes que han encontrado en el Evangelio el
camino para un crecimiento libre y responsable. Esta fiesta culminó con la
celebración eucarística del día siguiente, que coronó dignamente la visita a
Guinea Ecuatorial y todo el viaje
apostólico.
Queridos
hermanos y hermanas, la visita del Papa es, para las poblaciones africanas, una
ocasión para hacer oír sus voces, para expresar la alegría de ser pueblo de
Dios y la esperanza en un futuro mejor, de dignidad para cada uno y para todos.
Me alegro de haberles dado esta oportunidad, y, al mismo tiempo, doy gracias al
Señor por lo que ellos me han dado: una riqueza inestimable para mi corazón y
mi ministerio.
Papa Francisco. Regina Caeli. 14 de mayo de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy, sexto domingo de Pascua, nos habla del Espíritu Santo,
que Jesús llama Paráclito (cfr. Jn 14,15-17). Paráclito es
una palabra que proviene del griego, y que significa al mismo tiempo el
que consuela y abogado. El Espíritu Santo nunca nos
deja solos, está junto a nosotros, como un abogado que asiste al imputado
estando a su lado. Y nos sugiere cómo defendernos de quien nos acusa.
Recordemos que el gran acusador es siempre el diablo, que pone dentro de uno
el deseo del pecado, los pecados, la maldad. Reflexionemos sobre estos dos
aspectos: su cercanía y su ayuda contra quien nos acusa.
Su cercanía: el Espíritu Santo, dice Jesús, “permanece con vosotros y estará en
vosotros” (cfr. v. 17). No nos abandona nunca. El Espíritu Santo quiere
quedarse con nosotros: no es un huésped de paso que viene a hacernos una
visita de cortesía. Es un compañero de vida, una presencia estable,
es Espíritu y desea morar en nuestro espíritu. Es paciente y está con
nosotros también cuando caemos. Se queda porque nos ama de verdad, no finge
querernos para luego dejarnos solos en medio de las dificultades. No, es leal,
es transparente, es auténtico.
Es más, sin nos encontramos en una situación de prueba, el Espíritu Santo nos
consuela, trayéndonos el perdón y la fuerza de Dios. Y cuando nos pone ante
nuestros errores y nos corrige, lo hace con suavidad: en su voz, que habla al
corazón, están siempre presentes el timbre de la ternura y el calor del amor.
Cierto, el Espíritu Paráclito es exigente, porque es un verdadero amigo,
fiel, que no esconde nada, que nos sugiere qué cambiar y cómo crecer. Pero cuando
nos corrige jamás nos humilla y nunca infunde desánimo; por el contrario,
nos transmite la certeza de que con Dios podemos lograrlo, siempre. Esta es su
cercanía. ¡Es una hermosa certeza!
Segundo aspecto, el Espíritu Paráclito es nuestro abogado, nos
defiende. Nos defiende de quien nos acusa: de nosotros mismos
cuando no nos queremos y no nos perdonamos, llegando quizá incluso a
decirnos que somos unos fracasados buenos para nada; del mundo, que descarta
a quien no responde a sus esquemas y sus modelos; del diablo, que es el
“acusador” por excelencia (cfr. Ap 12,10) y el que divide,
y que hace todo lo posible para que nos sintamos incapaces e infelices.
Ante todos estos pensamientos acusatorios, el Espíritu Santo nos sugiere
cómo responder. ¿De
qué modo? El Paráclito, dice Jesús, es Aquel que nos enseña y nos recuerda todo
lo que Jesús nos ha dicho (cfr. Jn 14,26). Él nos recuerda
las palabras del Evangelio, y nos permite así responder al diablo acusador no
con palabras nuestras, sino con las palabras mismas del Señor. Sobre todo,
nos recuerda que Jesús hablaba siempre del Padre que está en los cielos, que
nos lo ha dado a conocer y nos ha revelado su amor por nosotros, que somos sus
hijos. Si invocamos al Espíritu, aprenderemos a acoger y recordar la realidad
más importante de la vida. ¿Y cuál es esta realidad más importante de la vida? Que
somos hijos amados de Dios. Somos hijos amados de Dios: esta es la realidad
más importante, y el Espíritu Santo nos la recuerda.
Hermanos y hermanas, preguntémonos hoy: ¿Invocamos al Espíritu Santo, le
rezamos con frecuencia? ¡No nos olvidemos de Él, que está junto a nosotros,
es más, en nuestro interior! Y asimismo, ¿prestamos atención a su voz, tanto
cuando nos anima como cuando nos corrige? ¿Respondemos con las palabras de
Jesús a las acusaciones del mal, a los “tribunales” de la vida? ¿Nos
acordamos de que somos hijos amados de Dios? Que María nos haga dóciles a
la voz del Espíritu Santo y sensibles a su presencia.
Papa Francisco. Regina Caeli. 3 de
mayo de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (cf. Juan 14, 15-21)
presenta dos mensajes: el cumplimiento de los mandamientos y la promesa del
Espíritu Santo.
Jesús vincula el amor a Él con el cumplimiento de
los mandamientos, y en esto insiste en su discurso de despedida: «Si me amáis,
guardaréis mis mandamientos» (v. 15); «El que tiene mis mandamientos y los
guarda, ése es el que me ama» (v. 21). Jesús nos pide que le amemos, pero
explica: este amor no se agota en un deseo de Él, o en un sentimiento, no,
requiere la disponibilidad a seguir su camino, es decir, la voluntad del Padre.
Y esta se resume en el mandamiento del amor mutuo —el primer amor [en la actuación]—
dado por el mismo Jesús: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado» (Juan
13, 34). No dijo: “Amadme como os he amado”, sino “amaos recíprocamente como yo
os he amado”. Nos ama sin pedirnos nada a cambio. El amor de Jesús es un amor
gratuito, nunca nos pide nada a cambio. Y quiere que este amor gratuito suyo se
convierta en la forma concreta de vida entre nosotros: esta es su voluntad.
Para ayudar a los discípulos a recorrer este
camino, Jesús promete que rogará al Padre que envíe «otro Paráclito» (v. 16),
es decir, un Consolador, un Defensor que tome su lugar y les dé la inteligencia
para escuchar y el valor para observar sus palabras. Este es el Espíritu Santo,
que es el don del amor de Dios que desciende al corazón del cristiano. Después
de que Jesús muriera y resucitara, su amor se da a aquellos que creen en Él y
son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El
Espíritu mismo los guía, los ilumina, los fortalece, para que cada uno pueda
caminar en la vida, incluso en medio de la adversidad y la dificultad, en las
alegrías y las penas, permaneciendo en el camino de Jesús. Esto es posible
precisamente permaneciendo dócil al Espíritu Santo, de modo que, a través de su
presencia activa, no sólo consuele sino que transforme los corazones,
abriéndolos a la verdad y al amor.
Frente a la experiencia del error y del pecado —por
la que todos pasamos—, el Espíritu Santo nos ayuda a no sucumbir y nos hace
acoger y vivir plenamente el sentido de las palabras de Jesús: «Si me amáis,
guardaréis mis mandamientos» (v. 15). Los mandamientos no se nos han dado
como una especie de espejo en el que vemos reflejadas nuestras miserias e
incoherencias. No, no son así. La Palabra de Dios se nos da como Palabra
de vida, que transforma el corazón, la vida, que renueva, que no juzga para
condenar, sino que cura y tiene como fin el perdón. La misericordia de Dios
es así. Una palabra que ilumina nuestros pasos. ¡Y todo esto es obra del
Espíritu Santo! Es el Don de Dios, es Dios mismo, que nos ayuda a ser
personas libres, personas que quieren y saben amar, personas que han
comprendido que la vida es una misión para proclamar las maravillas que el
Señor realiza en aquellos que confían en Él.
Que la Virgen María, modelo de la Iglesia que sabe
escuchar la Palabra de Dios y acoger el don del Espíritu Santo, nos ayude a
vivir el Evangelio con alegría, sabiendo que el Espíritu nos sostiene, fuego
divino que caldea nuestros corazones e ilumina nuestros pasos.
Regina Coeli, 17 de mayo de 2020.
Papa Francisco. Regina Caeli. 21
de mayo de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy (cf. Juan 14, 15-21), continuación del
domingo pasado, nos lleva a ese momento conmovedor y dramático que es la Última
cena de Jesús con sus discípulos. El evangelista Juan recoge de boca y del
corazón del Señor sus últimas enseñanzas, antes de la pasión y de la muerte.
Jesús promete a sus amigos, en ese momento triste, oscuro, que, después de Él,
recibirán «otro Paráclito» (v. 16). Esta palabra significa otro “Abogado”, otro
Defensor, otro Consolador: «el Espíritu de la verdad» (v. 17); y añade: «no os
dejaré huérfanos: volveré a vosotros» (v. 18). Estas palabras transmiten la
alegría de una nueva venida de Cristo: Él, resucitado y glorificado, vive
en el Padre y, al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en
esta su nueva venida se revela nuestra unión con Él y con el Padre:
«comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (v.
20).
Meditando estas palabras de Jesús, nosotros hoy percibimos ser el Pueblo de
Dios en comunión con el Padre y con Jesús mediante el Espíritu Santo. En este
misterio de comunión, la Iglesia encuentra la fuente inagotable de la propia
misión, que se realiza mediante el amor. Jesús dice en el Evangelio de hoy: «El
que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y el que me ame,
será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (v. 21). Es el
amor que nos introduce en el conocimiento de Jesús, gracias a la acción de
este “Abogado” que Jesús nos ha enviado, es decir el Espíritu Santo. El
amor a Dios y al prójimo es el mandamiento más grande del Evangelio. El Señor
hoy nos llama a corresponder generosamente a la llamada evangélica, al amor,
poniendo a Dios en el centro de nuestra vida y dedicándonos al servicio de los
hermanos, especialmente a los más necesitados de apoyo y consuelo.
Si existe una actitud que nunca es fácil, no se da por descontado tampoco
para una comunidad cristiana, es precisamente la de saberse amar, de quererse
en el ejemplo del Señor y con su gracia. A veces los contrastes, el orgullo,
las envidias, las divisiones dejan la marca también en el rostro bello de la
Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y
sin embargo es precisamente allí que el maligno “mete la pata” y nosotros a
veces nos dejamos engañar. Y quienes lo pagan son las personas espiritualmente
más débiles. Cuántas de ellas —y vosotros conocéis algunas— cuántas de ellas se
han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas,
no se han sentido amadas. Cuántas personas se han alejado, por ejemplo de
alguna parroquia o comunidad por el ambiente de chismorreos, de celos, de
envidias que han encontrado ahí. También para un cristiano saber amar no
es nunca un dato adquirido una vez para siempre; cada día se debe empezar de
nuevo, se debe ejercitar porque nuestro amor hacia los hermanos y las
hermanas que encontramos se haga maduro y purificado por esos límites o pecados
que lo hacen parcial, egoísta, estéril e infiel. Cada día se debe aprender
el arte de amar. Escuchad esto: cada día se debe aprender el arte de amar, cada
día se debe seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día se debe
perdonar y mirar a Jesús, y esto, con la ayuda de este “Abogado”, de este
Consolador que Jesús nos ha enviado que es el Espíritu Santo.
La Virgen María, perfecta discípula de su Hijo y Señor, nos ayude a ser
cada vez más dóciles al Paráclito, al Espíritu de verdad, para aprender cada
día a amarnos como Jesús nos ha amado.
Papa Francisco. Regina Caeli. 25 de mayo de 2014.
Señor Presidente Mahmoud Abbas, en este lugar donde nació el Príncipe de la
paz, deseo invitarle a usted y al Señor Presidente Shimon Peres, a que elevemos
juntos una intensa oración pidiendo a Dios el don de la paz. Ofrezco la
posibilidad de acoger este encuentro de oración en mi casa, en el Vaticano.
Todos deseamos la paz; muchas personas la construyen cada día con pequeños
gestos; muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de intentar
edificarla. Y todos tenemos el deber, especialmente los que están al servicio
de sus pueblos, de ser instrumentos y constructores de la paz, sobre todo con
la oración.
Construir la paz es difícil, pero vivir sin ella es un tormento. Los
hombres y mujeres de esta tierra y del todo el mundo nos piden presentar a Dios
sus anhelos de paz.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Mientras nos preparamos para concluir esta celebración, dirigimos nuestro
pensamiento a María Santísima, que precisamente aquí en Belén dio a luz a su
hijo Jesús. La Virgen es la persona que más ha contemplado a Dios en el rostro
humano de Jesús. Ayudada por José, lo envolvió en pañales y lo recostó en el
pesebre.
A Ella encomendamos esta tierra y todos los que la habitan, para que vivan
con justicia, con paz y fraternidad. Encomendamos también los peregrinos que
aquí llegan para beber de las fuentes de la fe cristiana, algunos de los cuales
están presentes también en esta Santa Misa.
Vela, Oh Madre, por las familias, los jóvenes, los ancianos. Vela por todos
los que han perdido la fe y la esperanza; consuela a los enfermos, los
encarcelados y todos los que sufren; sostén a los Pastores y a toda la
Comunidad de los creyentes, para que sean “sal y luz” en esta tierra bendita;
fortalece las instituciones educativas, en particular la Bethlehem
University.
Contemplando a la Sagrada Familia aquí, en Belén, mi pensamiento se dirige
espontáneamente a Nazaret, adonde espero ir, si Dios quiere, en otra ocasión.
Abrazo desde aquí a los fieles cristianos que viven en Galilea y aliento la
realización del Centro Internacional para la Familia en Nazaret.
Encomendamos a la Virgen Santa la suerte de la humanidad, para que se le
abra al mundo un horizonte nuevo y prometedor de fraternidad, solidaridad y
paz.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 29 de mayo de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra que,
tras una primera violenta persecución, la comunidad cristiana de Jerusalén, a
excepción de los Apóstoles, se dispersó en las regiones circundantes y Felipe,
uno de los diáconos, llegó a una ciudad de Samaría. Allí predicó a Cristo
resucitado y numerosas curaciones acompañaron su anuncio, de forma que la
conclusión del episodio es muy significativa: «La ciudad se llenó de alegría» (Hch 8,
8). Cada vez nos impresiona esta expresión, que esencialmente nos comunica un
sentido de esperanza; como si dijera: ¡es posible! Es posible que la
humanidad conozca la verdadera alegría, porque donde llega el Evangelio,
florece la vida; como un terreno árido que, regado por la lluvia,
inmediatamente reverdece. Felipe y los demás discípulos, con la fuerza del
Espíritu Santo, hicieron en los pueblos de Palestina lo que había hecho Jesús:
predicaron la Buena Nueva y realizaron signos prodigiosos. Era el Señor quien
actuaba por medio de ellos. Como Jesús anunciaba la venida del reino de Dios,
así los discípulos anunciaron a Jesús resucitado, profesando que él es Cristo,
el Hijo de Dios, bautizando en su nombre y expulsando toda enfermedad del
cuerpo y del espíritu.
«La ciudad se llenó de alegría». Leyendo este pasaje, espontáneamente se
piensa en la fuerza sanadora del Evangelio, que a lo largo de los siglos
ha «regado», como río benéfico, a tantas poblaciones. Algunos grandes santos y
santas han llevado esperanza y paz a ciudades enteras: pensemos en san Carlos
Borromeo en Milán, en el tiempo de la peste; en la beata madre Teresa de
Calcuta; y en tantos misioneros, cuyos nombres Dios conoce, que han dado la
vida por llevar el anuncio de Cristo y hacer que florezca entre los hombres la
alegría profunda. Mientras los poderosos de este mundo buscaban conquistar
nuevos territorios por intereses políticos y económicos, los mensajeros de
Cristo iban por todas partes con el objetivo de llevar a Cristo a los hombres y
a los hombres a Cristo, sabiendo que sólo él puede dar la verdadera libertad y
la vida eterna. También hoy la vocación de la Iglesia es la
evangelización: tanto de las poblaciones que todavía no han sido «regadas»
por el agua viva del Evangelio; como de aquellas que, aun teniendo antiguas
raíces cristianas, necesitan linfa nueva para dar nuevos frutos, y redescubrir
la belleza y la alegría de la fe.
Queridos amigos, el beato Juan Pablo II fue un gran misionero, como lo
documenta también una muestra preparada estos días en Roma. Él relanzó la
misión ad gentes y, al mismo tiempo, promovió la nueva
evangelización. Confiamos una y otra a la intercesión de María santísima. Que
la Madre de Cristo acompañe siempre y en todas partes el anuncio del Evangelio,
para que se multipliquen y se amplíen en el mundo los espacios en los que los
hombres reencuentren la alegría de vivir como hijos de Dios.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 27 de abril de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Acaba de concluir en la basílica de San Pedro la celebración
durante la cual he ordenado a veintinueve nuevos sacerdotes. Cada año, este
es un momento de gracia especial y de gran fiesta: savia renovada penetra en el
tejido de la comunidad, tanto eclesial como civil. Si la presencia de los
sacerdotes es indispensable para la vida de la Iglesia, del mismo modo es
valiosa para todos. En los Hechos de los Apóstoles se lee que
el diácono Felipe llevó el Evangelio a una ciudad de Samaria; la gente acogió
con entusiasmo su predicación, viendo también los signos prodigiosos que
realizaba en favor de los enfermos: "La ciudad se llenó de alegría" (Hch 8,
8).
Como he recordado a los nuevos presbíteros durante la celebración
eucarística, este es el sentido de la misión de la Iglesia y en particular
de los sacerdotes: sembrar en el mundo la alegría del Evangelio. Donde
se anuncia a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo y se lo acoge con corazón
abierto, la sociedad, aunque tenga muchos problemas, se transforma en
"ciudad de la alegría", como reza el título de un célebre libro
referido a la obra de la madre Teresa de Calcuta. Por tanto, mi deseo para
los nuevos sacerdotes, por los cuales os invito a todos a rezar, es este: que
en sus lugares de destino difundan la alegría y la esperanza que brotan del
Evangelio.
En realidad, este es también el mensaje que llevé en los días pasados a
Estados Unidos, en un viaje
apostólico que tenía por lema estas palabras: "Christ our
Hope", "Cristo, nuestra esperanza". Doy gracias a Dios
porque bendijo abundantemente esta singular experiencia misionera y me concedió
convertirme en instrumento de la esperanza de Cristo para esa Iglesia y para
ese país. Al mismo tiempo, le doy gracias porque yo mismo fui confirmado en la
esperanza por los católicos estadounidenses; en efecto, constaté una gran
vitalidad y la voluntad decidida de vivir y testimoniar la fe en Jesús. El
miércoles próximo, durante la audiencia general, hablaré más ampliamente de mi
visita a Estados Unidos.
Hoy muchas Iglesias orientales celebran, según el calendario juliano, la
gran solemnidad de Pascua. Deseo expresar a estos hermanos y hermanas nuestros
mi fraterna cercanía espiritual. Los saludo cordialmente, pidiendo a Dios uno y
trino que los confirme en la fe, los llene de la luz resplandeciente que brota
de la resurrección del Señor y los consuele en las difíciles situaciones en las
que a menudo deben vivir y testimoniar el Evangelio. Os invito a todos a uniros
a mí para invocar a la Madre de Dios, a fin de que el camino del diálogo y de
la colaboración, emprendido desde hace tiempo, lleve pronto a una comunión más
completa entre todos los discípulos de Cristo, para que sean un signo cada vez
más luminoso de esperanza para toda la humanidad.
Benedicto XVI. Regina Caeli. 1 de
mayo de 2005.
Amadísimos hermanos y hermanas:
Me dirijo a vosotros por primera vez desde esta ventana, que la amada
figura de mi predecesor ha hecho familiar a innumerables personas en el mundo
entero. Y pensamos también en la otra ventana. De domingo en domingo, Juan
Pablo II, fiel a una cita que se transformó en una amable costumbre, acompañó
durante más de un cuarto de siglo la historia de la Iglesia y del mundo, y
nosotros seguimos sintiéndolo más cercano que nunca.
Mi primer sentimiento es, una vez más, de gratitud a quienes me han
sostenido con la oración durante estos días, y a cuantos, desde todas las
partes del mundo, me han enviado mensajes de felicitación.
Quisiera saludar con particular afecto a las Iglesias ortodoxas, a las
Iglesias ortodoxas orientales y a las Iglesias orientales católicas, que
precisamente este domingo celebran la resurrección de Cristo. A estos queridos
hermanos nuestros les dirijo el tradicional anuncio de alegría: Christós
anesti! Sí, Cristo ha resucitado; en verdad, ha resucitado. Deseo de
corazón que la celebración de la Pascua sea para ellos una oración coral de fe
y de alabanza a Aquel que es nuestro Señor común, y que nos llama a recorrer
con decisión el camino hacia la comunión plena.
Hoy iniciamos el mes de mayo con una memoria litúrgica muy arraigada en el
pueblo cristiano, la de San José Obrero. Y, como sabéis, yo me llamo José. Fue
instituida por el Papa Pío XII, de venerada memoria, precisamente hace
cincuenta años, para destacar la importancia del trabajo y de la presencia de
Cristo y de la Iglesia en el mundo obrero. Es necesario testimoniar también en
la sociedad actual el "evangelio del trabajo", del que habló Juan
Pablo II en su encíclica Laborem
exercens. Deseo que jamás falte el trabajo, especialmente a los
jóvenes, y que las condiciones laborales sean cada vez más respetuosas de la
dignidad de la persona humana.
Pienso con afecto en todos los trabajadores, y saludo a los que están
reunidos en la plaza de San Pedro, pertenecientes a numerosas asociaciones. En
particular, saludo a los amigos de las Asociaciones cristianas de trabajadores
italianos (ACLI), que este año celebran el sexagésimo aniversario de su
fundación, y les deseo que sigan viviendo la opción de "fraternidad
cristiana" como valor que es preciso encarnar en el ámbito del trabajo y
de la vida social, para que la solidaridad, la justicia y la paz sean los
pilares sobre los que se construya la unidad de la familia humana.
Por último, dirijo mi pensamiento a María: a ella está dedicado
particularmente el mes de mayo. Con la palabra, y más aún con el ejemplo, el
Papa Juan Pablo II nos ha enseñado a contemplar a Cristo con los ojos de María,
especialmente valorando la oración del santo rosario. Con el canto del Regina
caeli encomendemos a la Virgen todas las necesidades de la Iglesia y
de la humanidad.
DOMINGO DE LA
ASCENSIÓN DEL SEÑOR.
Monición de entrada.-
Este domingo es el domingo de la Ascensión de Jesús.
Han pasado cuarenta días desde que
resucitó el domingo de Pascua.
Y hoy nos acordamos de cuando se fue a una
montaña.
Allí, delante de los once apóstoles, subió
al cielo.
Pero no se fue para no volver.
Porque Jesús vuelve cada vez que estamos
en misa.
Señor, ten piedad.-
Tú que has
subido al cielo. Señor, ten piedad.
Tú que estás
sentado con el Padre. Cristo, ten
piedad.
Tú que bajas
para estar con nosotros. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa León y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por la Iglesia, a quien
le mandaste enseñar tus palabras; para que lo haga sin miedo. Te lo pedimos,
Señor.
Jesús, te pido por los que mandan en las
naciones; para que tengan sentimientos de paz. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por las personas que
sufren; para que se sientan consoladas por ti. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por las niñas y niños que
estas semanas están tomando la primera comunión; para que no se separen de
ti. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros; para que
ilumines nuestro corazón. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
María. queremos darte las gracias porque
nos enseñas a tener siempre en nuestro corazón a Jesús, escuchándole, yendo a
misa y queriendo a los demás.

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