Lectura
del libro de Isaías 42, 1-4.6-7.
Esto dice el Señor:
-Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me
complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las
naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no
la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con
verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En
su ley esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí
de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones,
para que abras los ojos a los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la
prisión a los que habitan en tinieblas.
Textos
paralelos.
Este es mi siervo a quien yo sostengo.
Mt 12, 17-21: Así se cumplió lo que anunció el profeta Isaías:
Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero. Sobre él
pondré mi Espíritu para que anuncie el derecho a los paganos. No gritará, no
altercará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo
vacilante no lo apagará. Promoverá eficazmente el derecho. En su nombre
esperarán los paganos.
Is 11, 1-10: Pero retoñará el tocón de Jesé, de su cepa brotará un
vástago, sobre el cual se posará el espíritu del Señor: espíritu de sensatez e
inteligencia, espíritu de valor y de prudencia, espíritu de conocimiento y
respeto del señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará solo de oídas;
juzgará con justicia a los desvalidos, sentenciará con rectitud a los
oprimidos, ejecutará al violento con el cetro de su sentencia y con su aliento
dará muerte al culpable. Se terciará como banda la justicia y se ceñirá como
fajín la verdad. Entonces el lobo y el cordero irán juntos, y la pantera se
tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos; un chiquillo
los pastorea; la vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas, el león
comerá paja como el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura
meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por
todo mi Monte Santo, porque se llenará el país de conocimiento del Señor, como
colman las aguas del mar. Aquel día la cepa de Jesé estará enhiesta como enseña
de los pueblos, a ella acudirán las naciones y será gloriosa su morada.
Jn 1, 32-34: Juan dio este testimonio: Contemplé al Espíritu, que
bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él. Yo no lo conocía, pero
el que me envió a bautizar me había dicho: Aquel sobre el que veas bajar y
posarse el Espíritu es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Yo lo he visto
y atestiguo que él es el Hijo de Dios.
Mt 3, 16: Jesús se bautizó, salió del agua y al punto se abrió el
cielo y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre
él.
Proclamará la justicia con lealtad.
Jn 8, 45: Cuando yo digo la verdad no me creéis.
Is 14, 6: Al que golpeaba furioso a los pueblos con golpes
incesantes y oprimía iracundo a las naciones con opresión implacable.
A ser luz de las naciones.
Jn 8, 12: De nuevo les habló Jesús: Yo soy la luz del mundo, quien
me siga no caminará en tinieblas, antes tendrá la luz de la vida.
Sacar del calabozo al preso.
Lc 7, 22: Después les respondió: Id a informar a Juan lo que
habéis visto y oído: ciegos recobran la vista, cojos caminan, leprosos quedan
limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la buena noticia.
Jn 9, 6: Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la
saliva, se lo untó en los ojos y le dijo: Ve a lavarte en la alberca de Siloé
(que significa Enviado). Fue, se lavó y volvió con vista.
Jn 8, 32: Entendéis la verdad y la verdad os hará libres.
Sal 107, 10: Yacían en oscuridad y tinieblas, cautivos de hierros
y desgracias.
Lc 1, 79: Que ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombra
de muerte, que endereza nuestros pasos por un camino de paz.
Notas
exegéticas.
42 Este es el primero de los cuatro
cantos del Siervo. Algunos ponen fin a este primer canto en el v. 7, otros en
el v. 4. En este poema, se presenta al siervo como un profeta, objeto de una
misión y de una predestinación divina, animado por el Espíritu para enseñar a
toda la tierra con discreción y firmeza a pesar de las oposiciones. Pero su
misión rebasa la de los demás profetas, puesto que él mismo es alianza y luz y
lleva a cabo una obra de liberación y de salvación.
42 1 A la elección del Siervo
acompaña una efusión del Espíritu, como en el caso de los jefes carismáticos de
los tiempos antiguos, los Jueces, y los primeros reyes, Saúl y David. El relato
del bautismo de Jesús asocia a la venida del Espíritu una cita que combina este
v. y Sal 2, 7 y los versículos 1-4 son aplicados a Jesús por Mateo. Al precisar
“Jacob, mi siervo,… Israel, mi elegido”, la versión griega da fe,
como la glosa de 49, 3, de una tradición judía que reconocía en el Siervo a la
comunidad de Israel, así designada en otros textos del Segundo Isaías (41, 8).
42, 4 “ni se quebrará”, griego.
Targum (lo yeros); “no correrá” lo yaras hebreo.
42 6 Término idéntico al usado en Gn
2, 6 para describir a Yahvé modelando al primer hombre.
Salmo
responsorial
Sal 29 (28), 1b-9-10 (R/. 11b)
El
Señor bendice a su pueblo con la paz R/.
Hijos
de Dios, aclamad al Señor,
aclamad
la gloria del nombre del Señor,
postraos
ante el Señor en el atrio sagrado. R/.
La
voz del Señor sobre las aguas,
el
Señor sobre las aguas torrenciales.
La
voz del Señor es potente,
la
voz del Señor es magnífica. R/.
El
Dios de la gloria ha tronado.
En
su templo, un grito unánime: “¡Gloria!”.
El
Señor se sienta sobre las aguas del diluvio,
el
Señor se sienta como rey eterno. R/.
Textos
paralelos.
Sal 18, 14: Mientras el Señor
tronaba en el cielo, el Altísimo lanzaba su voz.
Sal 68, 9: La tierra tembló, el
cielo destiló, ante el Dios del Sinaí, ante Dios, el Dios de Israel.
Sal 77, 17-19: Pero ellos
volvieron a pecar contra él rebelándose en el yermo contra el Altísimo.
Tentaron a Dios en el corazón pidiendo una comida para su apetito. Hablaron
contra Dios, dijeron: ¿podrá Dios poner la mesa en el desierto?
Sal 97, 2-6: Nubes y nubarrones
lo rodean. Justicia y Derecho sostienen su trono. Delante de él avanza Fuego
abrasando en torno a sus enemigos. Sus relámpagos deslumbran el orbe, al verlo,
la tierra se estremece. Los montes se derriten como cera ante el Señor, ante el
Dueño de toda la tierra. Los cielos proclaman su justicia y todos los pueblos
contemplan su gloria.
Sal 144, 5-6: Señor, inclina
tus cielos y desciende: toca las montañas y echarán humo. Fulmina el rayo y
dispérsalos, dispara tus saetas y desbarátalos.
Ex 19, 16: Al tercer día por la
mañana hubo truenos y relámpagos y una nube espesa en el monte, mientras el
toque de la trompeta crecía en intensidad, y el pueblo se echó a temblar en el
campamento.
Ha 3, 6: Se detiene y tiembla
la tierra, lanza una mirada y dispersa a las naciones; se derrumban las viejas
montañas, se prosternan los collados primordiales, los órbitas primordiales,
ante él.
Rendid a Yahvé la gloria
de su nombre.
Sal 96, 7-9: Tributad al Señor,
familias de los pueblos, tributad al Señor gloria y poder. Tributad al Señor la
gloria de su nombre, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. Postraos ante el
Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra entera.
La voz de Yahvé sobre las
aguas.
Sal 77, 19: Rodaba el estruendo
de tu trueno, los relámpagos deslumbraban el orbe, la tierra temblaba y
retemblaba.
Sal 104, 7: Pero a tu bramido
huyeron, a fragor de tu trueno se precipitaron.
Is 30, 30: El Señor hará oír la
majestad de su voz, mostrará su brazo que descarga con ira furiosa y rayos
abrasadores, con tormenta y aguacero y pedrisco.
Ez 10, 5: El rumor de las alas
de los querubines llegó hasta el atrio exterior: era como la voz del
Todopoderoso cuando habla.
Jb 37, 4-5: Tras él ruge su
voz, atruena con voz majestuosa y ya no los detiene una vez que se escucha su
voz. Dios atruena con voz maravillosa y realiza proezas que no comprendemos.
Yahvé se sentó sobre el
diluvio.
Gn 7, 11: Tenía Noé seiscientos
años cuando reventaron las fuentes del océano y se abrieron las compuertas del
cielo. Era exactamente el diecisiete del mes segundo.
Yahvé bendice a su pueblo
con la paz.
Dn 7, 27: El poder real y el
dominio sobre todos los reinos bajo el cielo serán entregados al pueblo de los
santos del Altísimo. Serán un reino eterno al que temerán y se someterán todos
los soberanos.
Notas
exegéticas.
29
La tormenta evoca el poder y la gloria divinos,
que causan pavor a los enemigos de Israel y aseguran la paz al pueblo de Dios.
29
1 (a) El griego precisa la utilización de este
salmo “para la clausura de la Fiesta de las Tiendas” (Dt 16, 13), fiesta en la
que se pedía la lluvia (Za 14, 16-19).
29
1 (b) Lit. “hijos de los dioses”, identificados
con los ángeles que forman la corte divina. El pasaje se aplica en ocasiones a
Israel, “hijo de Dios”. Griego y Vulgata tienen a continuación la variante:
“Traed a Yahvé crías de carnero”.
29
2 Se trata del cielo, réplica invisible del
Templo de Jerusalén.
29
9 (a) “las encinas” o quizás “los terebintos”,
hebreo (elot conjugado: (hace parir a) las ciervas, ayyalot hebreo.
Los grandes árboles pueden ser aquí y en el v. 5 el símbolo de los enemigos
orgullos de Dios y de su pueblo.
29
9 (b) En el cielo o en el Templo de Jerusalén ,
cuya liturgia repite las alabanzas celestes, o, en fin, en la Tierra Santa,
consagrada a Yahvé, su casa.
Segunda
lectura.
Lectura
del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34-38.
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
-Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de
personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la
nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena
Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Vosotros conocéis lo
que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que
predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del
Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por
el diablo, porque Dios estaba con él.
Textos
paralelos.
Hch 2, 22: Israelitas, escuchad
mis palabras, Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante vosotros
con los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por su medio, como bien
sabéis.
Verdaderamente comprendo
que Dios.
Dt 10, 17: Que el Señor,
vuestro Dios, es Dios de dioses y Señor de señores; Dios grande, fuerte y
terrible, no es parcial ni acepta soborno.
Ga 2, 6: En cuanto a los
respetables - hasta qué punto lo eran no me importa, pues Dios no es parcial
con los hombres – esos respetables no me impusieron nada.
Rm 2, 10-11: Habrá gloria y
honor para todo el que obre bien – primero para el judío, después para el
griego –. Que Dios no es parcial.
1 P 1, 17: Y si llamáis Padre
al que juzga imparcialmente las acciones de cada uno, proceded con cautela
durante vuestra permanencia en la tierra.
Anunciándoles la Buena
Nueva.
Is 52, 7: ¡Qué hermosos son
sobre los montes los pies del heraldo que anuncia la paz, que trae la buena
nueva, que pregona la Victoria, que dice: “Ya reina tu Dios”!
Na 2, 1: Mirad sobre los montes
los pies del heraldo que pregona la paz; “Festeja tu fiesta, Judá, cumple tus
votos, que el Criminal no volverá a atravesarte porque ha sido aniquilado”.
Vosotros sabéis lo que
sucedió en toda Judea.
Rm 10, 12: Y no hay diferencia
entre judíos y griegos; pues es el mismo el señor de todos, generoso con todos
los que lo invocan.
Lc 4, 44: Y predicaba en las
sinagogas de Judea.
Después que Juan predicó
el bautismo como Dios ungió con el Espíritu Santo.
Is 61, 1: El espíritu del Señor
está sobre mí, porque el señor me ha ungido. Me ha enviado para dar una buena
noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar
la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad.
Mt 3, 16: Jesús se bautizó,
salió del agua y al punto se abrió el cielo y vio al Espíritu de Dios que
bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Hch 1, 8: Pero recibiréis la
fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis testigos míos en
Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo.
Hch 4, 27: Se levantaron los
reyes de la tierra y los gobernantes se aliaron contra el Señor y contra su
Ungido.
Hch 2, 22: Israelitas, escuchad
mis palabras. Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante vosotros
con los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por su medio, como bien
sabéis.
Mt 4, 1: Entonces Jesús, movido
por el Espíritu, se retiró al desierto para ser puesto a prueba por el Diablo.
Hch 8, 35: Felipe tomó la
palabra y, comenzando por aquel texto, le explicó la buena noticia de Jesús.
Notas exegéticas.
10 35 Terminología cultual. Es grato
a Dios el sacrificio irreprochable o el que lo ofrece. Isaías (56, 7) había
anunciado que, al fin de los tiempos, los sacrificios de los gentiles serían
gratos a Yahvé.
10 36 Var.: “La palabra que ha
enviado”.
10 37 (a) Los vv. 37-42 forman un resumen
de la historia evangélica que subraya los puntos que el mismo Lucas pone de
relieve en su evangelio.
10 37 (b) Variante: “el comienzo”.
10 38 Ver Lc 4, 18-21 (citando a Is
61, 1), que sugiere que la bajada del Espíritu sobre Jesús con ocasión de su
bautismo fue una unción. Este mismo Espíritu va a descender sobre los
incircuncisos creyentes que escuchan a Pedro.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 3, 13-17.
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán
y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo
diciéndole:
-Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú
acudes a mí?
Jesús le contestó:
-Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda
justicia.
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó
Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios
bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que
decía:
-Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.
Textos paralelos.
|
Mc 1, 9-11 |
Mt 3, 13-17 |
Lc 3, 21-22 |
Jn 1, 29-34 |
|
Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: -Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco. |
Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: -Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Jesús le contestó: -Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua: se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre
él. Y vino una voz de los cielos que decía: -Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. |
Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una
paloma y vino una voz del cielo: -Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco. |
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: -Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es
aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de
mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar
con agua, para que sea manifestado a Israel. Y Juan dio testimonio diciendo: -He contemplado al espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se
posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el
que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios. |
2 R 5, 9-10: Llegó Naamán con sus carros y caballos
y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a
decirle: “Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás
limpio”.
Juan trataba de impedírselo.
2 S 24, 20-21: Arauná se asomó y vio al rey y a sus
servidores subir hacia él. Entonces salió y se postró ante el rey, rostro a
tierra. Arauná preguntó: “¿Por qué ha venido el rey, mi Señor, a ver a su
siervo? El rey contestó: “A comprarte la era, para edificar un altar al Señor y
que se detenga la plaga sobre el pueblo”.
Lc 1, 43: ¿Quién soy yo para que me visite la madre
de mi Señor?
Jn 13, 6: Llegó a Simón Pedro y este le dice:
“Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”.
Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda
justicia.
2 Co 8, 21: Al que no conocía el pecado, lo hizo
pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en
él.
Jn 5, 17: Jesús les dijo: “Mi Padre sigue actuando,
y yo también actúo”.
Se abrieron los cielos.
Ez 1, 1: El año treinta, el día cinco del mes
cuarto, estando yo entre los deportados junto al río Quebar, se abrieron los
cielos y tuve visiones de Dios.
Hch 7, 56: Y [Esteban] dijo: “Veo los cielos
abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios”.
El Espíritu de Dios que bajaba.
Hch 10, 11: Contemplando el cielo abierto y una
especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo, que era
descolgado a la tierra sostenido por los cuatro extremos.
Is 11, 2: Sobre él se posará el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
Is 61, 1: El Espíritu del Señor, Dios, está sobre
mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los
pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los
cautivos, y a los prisioneros la libertad.
Jn 1, 32-34: Y Juan dio testimonio diciendo: “He
contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre
él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel
sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza
con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el
Hijo de Dios.
Una paloma y venia sobre él.
Is 42, 1b: He puesto mi espíritu sobre él,
manifestará la justicia a las naciones.
Este es mi Hijo amado.
Is 42, 1a: Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi
elegido, en quien me complazco.
Mt 12, 18: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado,
en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho
a las naciones.
Mt 17, 5: Todavía estaba hablando cuando una nube
luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: “Este es mi
Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.
Jn 12, 28: “Padre, glorifica tu nombre”. Entonces
vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
3 15 (a) La iglesia naciente se persuadió
muy pronto de que Jesús estaba libre de pecado. De ahíq eu se quisiera explicar
por qué se sometía al bautismo de Juan (en el que el mismo reconocía un paso
querido por Dios, preparación última de la era mesiánica). Muy conciso Mt 3, 15
dice: (a) que, con su bautismo, Jesús satisface la justicia salvífica de Dios
que preside el plan de la salvación, (b), que él mismo era justo obrando así,
(c) que tenía que identificarse con los pecadores y (d) que así preparaba el bautismo
futuro de los cristianos, poniéndose como modelo (nótese el plural “nosotros”).
3 15 (b) Una leyenda apócrifa se ha
interferido aquí en dos manuscritos de la Vetus Latina: “Y mientras era
bautizado, una intensa luz se difundió fuera del agua, hasta el punto que todos
los asistentes fueron presa del temor”.
3 16 (a) Adicción: “para él”, es decir, a
sus ojos.
3 16 (b) El Espíritu que aleteaba sobre
las aguas de la primera creación, Gn 1, 2, aparece aquí en el preludio de la
nueva creación. Por un lado, unge a Jesús para su misión mesiánica, que en
adelante seguirá dirigiendo; por otro, como lo han entendido los Padres,
santifica el agua y prepara el bautismo cristiano.
3 17 Esta visión interpretativa
designa ante todo a Jesús como el verdadero Siervo anunciado por Isaías. Con
todo, el término “Hijo” que sustituye al de “Siervo” (gracias al doble sentido
del término griego pais) subraya el carácter mesiánico y propiamente
filial de su relación con el Padre.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.
13-17 El bautismo de Jesús y las
tentaciones (4, 1-11) son los dos goznes de su actividad mesiánica:
glorificación y sufrimiento. El bautismo viene a ser como la consagración
oficial de Jesús para su misión. Es pasaje trinitario: el Padre, el Hijo –
designado como tal con énfasis especial, en tono superior al usado a veces en
el AT para la relación del hombre con Dios – y el Espíritu.
13 LLEGÓ: lit. en tiempo verbal de
presente histórico.
14. Al expresar la negativa de Juan
para bautizar a Jesús, ¿pensaba Mt evitar el escándalo de quienes podrían
considerar a Cristo con pecados personales? // Quevedo comenta con cierto
humor: “Este respeto [de Juan a Jesús] era heredado de santa Elisabet, su madre,
y la respuesta fue la misma casi”.
15 EN RESPUESTA... DIJO: por primera
vez aparece esta fórmula, frecuente en los Evangelios y Hch con diversas
variantes, y que, lit., suena habiendo (sido) respondido... dijo. Se
trata de un semitismo, probablemente indirecto, como calco de un giro empleado
en la LXX. Variantes de esa fórmula son los aramaísmos respondió diciendo,
respondió y dijo (expresión preferida de Jn). La traducción los presenta
así: “En respuesta, dijo”, o “como respuesta dijo”, o “respondió así”; o bien,
cuando no precede de una pregunta explícita: “tomando la palabra, dijo”. //
TODO LO QUE ES JUSTO: lit. toda justicia (toda norma de obrar
determinada por la voluntad de Dios). En Mt las primeras palabras del Hijo de
Dios humanado son “la justicia”; en su conciencia de Hijo, la norma
suprema y absoluta de su conducta moral, durante toda su vida, fue la santa
voluntad del Padre. Ahora Jesús y Juan tienen que realizar una acción
“justa”; lo mismo que su muerte, llamada también bautismo, el bautismo
de Jesús en el Jordán fue “según las Escrituras”. // PERMITIÓ: lit. en tiempo
verbal presente histórico: permite.
16 SE LE ABRIERON a Jesús (la visión
fue para él). Algunos manuscritos dicen genéricamente: se abrieron. Según
Jn 1, 32-34, la revelación fue también para el Bautista. // COMO desciende,
suavemente, UNA PALOMA (Lc 3, 22 amplifica con más realismo); esa PALOMA,
¿simbolizaba a Israel (escritos rabínicos)?; ¿al Espíritu divino, que actúa en
la “nueva creación” (cf. Gn 1, 2).
17 DIJO: lit. diciendo.
Notas exegéticas de la Biblia
Didajé.
3, 13-17 El bautismo de Cristo marcó el
comienzo de su ministerio público y la aceptación de su misión como Siervo
doliente (cf. Is 42, 1). Aunque no había cometido pecado solicitó ser bautizado
por Juan el Bautista, tal y como hacían los pecadores. Este bautismo anticipó
el “bautismo de su Pasión y Muerte, a través del cual se identificó con los
pecadores y cargó sobre sí los pecados del mundo. También prefigura el
sacramento del bautismo, que Cristo encomendará a sus discípulos para que lo
lleven a cabo (cf. Mt 28, 19). Cat. 535-536 y 1223-1224.
3, 15 Cumplir toda justicia: el bautismo de
Cristo por parte de Juan Bautista simboliza la absoluta sumisión a la voluntad
de su Padre: morir para redimir a las personas del pecado.
3, 16 Se abrieron los cielos: El pecado de Adán
cerró las puertas del cielo (cf. Gn 3, 24), pero Cristo las reabrió con su
sacrificio redentor. Como una paloma: la paloma es un símbolo del Espíritu
Santo. La acción de la paloma sobre las aguas, descendiendo sobre Cristo, es
una reminiscencia del Espíritu de Dios cerniéndose sobre las aguas en la
creación (cf. Gn 1, 2); el hombre llega a ser, mediante el Bautismo, una nueva
creación en Cristo (cf. 2 Co 5, 17). Posarse sobre él: el profeta Isaías
predijo que una señal del Mesías era el espíritu reposando sobre él (cf. Is 11,
2; 42, 1; 61, 1). Cat. 536, 701, 1224 y 1286.
3, 17 Voz del cielo: el bautismo de
Cristo manifiesta la Trinidad: la voz del Padre, el bautismo del Hijo, y la
venida del Espíritu Santo en forma de paloma. En la Transfiguración también se
escuchó la voz del Padre, afirmando de nuevo que Cristo es el Hijo de Dios (cf.
Mt 17, 5). Cat. 444 y 713.
Catecismo de la Iglesia Católica.
535 El comienzo de la vida pública de
Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán. Juan proclamaba “un bautismo de
conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores,
publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas viene a hacerse
bautizar por él. “Entonces aparece Jesús”. El Bautista duda. Jesús insiste y
recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre
Jesús, y la voz del cielo proclama que él es “mi Hijo amado” (Mt 3, 13-17). Es
la manifestación (“Epifanía”) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.
536 El bautismo de Jesús es, por su
parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja
contar entre los pecadores; es ya “el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo” (Jn 1, 29); anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta. Viene ya
a “cumplir toda justicia” (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la
remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que
pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud
desde su concepción viene a “posarse” sobre él. De él manará este Espíritu para
toda la humanidad. En su bautismo, “se abrieron los cielos” (Mt 3, 16) que el
pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso
de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.
537 Por el Bautismo, el cristiano se
asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su
resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de
arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del
agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y
“vivir una vida nueva” (Rm 6, 4).
1223 Todas las prefiguraciones de la
Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública después de
hacerse bautizar por san Juan el Bautista en el Jordán y, después de su
Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles.
1224 Nuestro Señor se sometió
voluntariamente al Bautismo de san Juan, destinado a los pecadores, para
“cumplir toda justicia” (Mt 3, 14). Este gesto de Jesús es una manifestación de
su anonadamiento. El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación
desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre
manifiesta a Jesús como su “Hijo amado” (Mt 3, 16-17).
701 La paloma. Al final del diluvio
(cuyo simbolismo se refiere al Bautismo), la paloma soltada por Noé vuelve con
una rama tierna de olivo en el pico, signo de que la tierra es habitable de
nuevo. Cuando Cristo sale del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma
de paloma, baja y se posa sobre él. El Espíritu desciende y reposa en el
corazón purificado de los bautizados. En algunos templos, la Santa Reserva
eucarística se conserva en un receptáculo metálico en forma de paloma (el columbarium),
suspendido por encima del altar. El símbolo de la paloma para sugerir al
Espíritu Santo es tradicional en la iconografía cristiana.
1286 En el Antiguo Testamento, los
profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías
esperado para realizar su misión salvífica. El descenso del Espíritu Santo
sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir,
el Mesías, el Hijo de Dios.
Concilio Vaticano II
En ese cuerpo, la vida de Cristo se comunica a los
creyentes, quienes están unidos a Cristo paciente y glorioso por los
sacramentos, de un modo arcano[1],
pero real (cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologia). Por el bautismo,
en efecto, nos configuramos en Cristo, porque también nosotros hemos sido
bautizados en un solo Espíritu (1 Co 12, 13), ya que en este sagrado rito
se representa y realiza el consorcio con la muerte y resurrección de Cristo.
Lumen Gentium, 7.
San Agustín
Esto es lo que vio Juan en él y conoció lo que aún
no sabía. No ignoraba que Jesús era el Hijo de Dios, que era el Señor, el
Cristo, el que había de bautizar en el agua y el Espíritu Santo; todo esto ya
lo sabía. Pero lo que le enseña la paloma es que Cristo se reserva esta
potestad, que no transmite a ninguno de sus ministros. Esta potestad que Cristo
se reserva exclusivamente, sin transferirla a ninguno de sus ministros, aunque
se sirva de ellos para bautizar, es el fundamento de la unidad de la Iglesia, de
la que se dice: Mi paloma es única, única para su madre (Ct 6, 8). Si,
pues, como ya dije, hermanos míos, el Señor comunicase esta potestad al
ministro, habría tantos bautismos como ministros, y se destruiría así la unidad
del bautismo.
Comentarios sobre el evangelio de San Juan 6, 5-8. I, pg. 230.
Los Santos Padres.
Aunque no necesitaba ser bautizado, sin embargo, por medio de él, debía
santificar nuestra purificación en las aguas del bautismo.
Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 2, 5. Ia, pg. 97.
Con este hecho mostró Jesús que era “manso y humilde de corazón” (Mt 11,
29), habiendo ido hacia los que eran inferiores a él, haciendo todo lo que
siguió para humillarse a sí mismo y ser obediente hasta la muerte.
Orígenes, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 52. Ia, pg. 96.
El Salvador recibió el bautismo de Juan por tres motivos: primero, porque
habiendo nacido como hombre quería cumplir toda justicia y la humildad de la
Ley. Segundo, para confirmar con su bautismo el bautismo de Juan. Tercero, para
que, santificando las aguas del Jordán, manifestará por el descenso de la
paloma la venida del Espíritu Santo en el bautismo de los fieles.
Jerónimo, Comentario al Ev. de Mateo, 1, 3, 13. Ia, pg. 97.
Siempre que hay reconciliación con Dios hay una paloma, como en el arca
de Noé..., anunciando la compasión de Dios al mundo y al mismo tiempo mostrando
de forma evidente que es necesario que lo espiritual sea manso, sencillo y sin
fraude (cf. Mt 10, 16).
Orígenes, o.c. I, pg. 100.
San Juan de Ávila
Pues en tales espejos se mire el sacerdote que va a consagrar, y entre
ellos no olvide aquel tan principal que es San Juan Bautista, que, de solamente
echar agua en la cabeza de Cristo, se tenía por indigno, y con profundo temblor
y reverencia decía: Ego a Te debeo baptizari,
et Tu venis ad me? (Mt 3, 14). Y, a esta cuenta, mayor santidad ha menester un sacerdote y
mayor espanto y admiración le ha de tomar, pues trata al Señor con trato más
familiar que San Juan Bautista.
Tratado sobre el sacerdocio. I, pg. 927.
¿Qué sacerdote, si profundamente considerase esta admirable obediencia
que Cristo le tiene, mayor a menor, Rey a vasallo, Dios a criatura, tenía
corazón para no obedecer a nuestro Señor en sus santos mandamientos y para
perder antes la vida, aun en cruz, que perder su obediencia? ¿Quién alzaría el
cuello contra su mayor, quién no se abajaría a su igual y menor? Viendo esto
San Juan, se espantó y dijo: Ego a te debeo baptizari et tu venis ad me? Y aun así podríamos nosotros
decir: “Yo, Señor, había de ir a ti y obedecerte, ¿y tú vienes a mí?”. Y
respondernos ha lo que a él respondió: Sic enim decet implere omne iustitiam (cf. Mt 3, 14-15). Y dice la
glosa que “toda humildad”, scilicet, humillarse al mayor, igual y menor. Sic decet: ¿Para qué, Señor? Para abajar nuestra
soberbia, para que tenga vergüenza el sacerdote de parecer soberbio y
desobediente, siendo Dios tan humilde para con él.
A los sacerdotes. I, pg. 788
No seamos, señora, de aquestos; agradezcámosle que nos quiere por casa,
pues Salomón le agradeció que le dio licencia para hacerle una casa fuera de
sí. Oigamos este mensaje de Dios, que quiere venir a nos, como lo oyó la
bienaventurada María, que toda se ofreció por esclava de Dios (cf. Lc 1, 38), y conozcamos esta merced; y
tengámonos por indignos de ella, diciendo con San Juan: Yo tengo de ir a ti, ¡y
tú vienes a mí! (cf.
Mt 3, 14).
Carta una mujer devota en tiempo de Adviento. IV, pg. 372.
Mas fue tanto el mal que Dios nuestro Señor vio que había de venir al
pueblo cristiano por los muchos excesos y vanísima vanidad de estos vestidos y
aparato de casas, que no se contentó con dar a entender cuánto le desagradan,
con vestirse Él bajamente en el tiempo de su mortalidad, cuando sudaba y
trabajaba haciendo penitencia por nosotros; mas para cumplir toda justicia (cf. Mt 3, 15), que decía, con
obras, muy más claro que si fueran palabras, subido ya al cielo, reinando sobre
todos los ángeles, celebrando victoria y lleno de gloria, desciende a nosotros
más pobremente vestido que estaba de antes, añadiendo humildad sobre humildad.
Sermón en la infraoctava del Corpus. III, pg. 652.
De manera que ni se da la gracia ni se da la gloria sino a Jesucristo.
Y según esto, dijo el mesmo Señor: Ninguno sube al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo de
la Virgen que está en el cielo (Jn 3, 13); y como dice San Agustín, que, “como Cristo solo descendió
del cielo, solo Cristo sube al cielo” (Sermón 91). Y conforme a esta sentencia, dice San
Mateo que siendo Cristo baptizado le fueron abiertos los cielos (Mt 3, 16).
Sermón en la infraoctava del Corpus. III, pg. 697.
De manera que, así como dice el santo Evangelio que, siendo el Señor
baptizado, se abrieron los cielos a él (Mt 3, 16), porque, aunque muchos han
entrado allá después de él, a ninguno se le abren sino por causa de él; así
podemos decir que las entrañas de su Eterno Padre, que se abren para conceder
nuestros ruegos, a Cristo se abren; y él es el oído del Padre, pues que la
gracia y favores con que somos oídos, por él lo tenemos.
Audi, filia (II). I, pg. 720.
Acordarse de Cristo, mirando qué obró en la tierra de Jordán donde fue bautizado para nuestro provecho y le fueron abiertos los
cielos (Mt 3, 16), no para Él, que abiertos le
estaban, mas para nosotros, a quien por Adán estaban cerrados. Y porque se nos
abrieron por Cristo, dice el evangelio que le fueron los cielos abiertos,
porque aquél se dice hecha una merced por cuyo amor se hace, aunque él no
llevase parte de ella. Pues mirando... A quien así mira que por Cristo le son
los cielos abiertos y que por el santo bautismo es tomado por hijo de Dios, osa
esperar como hijo la herencia del cielo viviendo en obediencia de los
mandamientos de Dios.
Carta a un señor de
estos reinos. IV, pg. 92.
¡Quién te viese Señor cómo estás amansando al Padre! ¡Qué razones
alegas! ¡Cómo pides por nosotros! Está uno enojado de su hijo, viene un amigo
suyo o su mujer, si es muy discreto: “Señor, dejad agora ese enojo, hablemos
por me hacer merced en otra cosa”. Después que le ha desenojado, ruégale por
amor de mi Señor que le perdonéis. Responde: “Sabéisme contentar cómo no haré
lo que decís; sabéisme quitar el enojo. ¿Qué queréis que haga? ¿Que en lugar de
azotes le dé abrazo por amor de vos?”. Hic est Filius meus dilectus, in quo mihi bene
complacui (Mt
3, 17). Él es el que le hace quitar el enojo, y no solamente no le castiga, mas
echa él espada acullá y dale abrazos de amor en lugar de castigos; y no solo
está rogando por nosotros, mas por los pecados de todo el mundo. No habría
predicadores verdaderos que predicasen esto. Dios es amansamiento por todos los
pecados del mundo; no hay que temer, que pagados están todos los pecados y los
pecados de los que están en el infierno. Catad que tenemos negociador en la corte.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 150.
Del Señor leemos que en su santo baptismo fue declarado por voz
celestial por Hijo
carísimo del
Eterno Padre (Mt 3, 17); mas tras este favor se siguió ser llevado al desierto a ser
tentado por el enemigo (Mt 4, 1). No se engañe nadie ni se tenga por seguro porque sea
recreado por el Señor con mercedes y consolaciones, ahora sean espirituales,
ahora corporales. Menester es entender muy bien este negocio, y por no lo haber
con lo próspero presente, dijeron lo que David: Yo dije en mi abundancia. No seré movido para
siempre (Sal
29, 7). Y como sucedió la tribulación y no estaban apercibidos para ella,
cayeron muy fácilmente y perdieron lo que habían recebido.
Sermón a San José. III, pg. 1003.
San Oscar Romero.
Y por eso finalmente,
hermanos, mi tercer pensamiento.
Esta es su misión encargada a la Iglesia. Misión difícil:
arrancar de la historia los pecados, arrancar de la política los pecados,
arrancar los pecados de la economía, arrancar los pecados allí donde estén.
¡Qué dura tarea! Tiene que encontrar conflictos en medio de tantos egoísmos, de
tantos orgullos, de tantas vanidades, de tantos que han entronizado el reino
del pecado entre nosotros. Tiene que sufrir la Iglesia por decir la verdad, por
denunciar el pecado, por arrancar el pecado. A nadie le gusta que le toquen una
llaga y por eso salta una sociedad que tiene tantas llagas cuando hay quien le
toque con valor; tienes que curar, tienes que arrancar eso.
Homilía, 15 de enero de 1978.
Papa León XIV. Ángelus. 1 de enero
de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz año nuevo!
Mientras
el ritmo de los meses se repite, el Señor nos invita a renovar nuestro
tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los
pueblos. Sin este deseo de bien, no tendría sentido girar las páginas del
calendario y llenar nuestras agendas.
El
Jubileo, que está por concluir,
nos ha enseñado cómo cultivar la esperanza de un mundo nuevo: convirtiendo el
corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en
consolación y los propósitos de virtud en obras buenas. De hecho, es con
este estilo que Dios mismo habita la historia y la rescata del olvido, dando al
mundo al Redentor: Jesús. Él es el Hijo Unigénito que se hace nuestro hermano e
ilumina las conciencias de buena voluntad, para que podamos construir el futuro
como casa acogedora para todo hombre y toda mujer que nace.
En este
sentido, la fiesta de Navidad lleva hoy nuestra mirada a María, que fue la
primera en sentir palpitar el corazón de Cristo. En el silencio de su seno
virginal, el Verbo de la vida se anuncia como latido de gracia.
Dios,
creador bueno, conoce desde siempre el corazón de María y el nuestro.
Haciéndose hombre, Él nos da a conocer el suyo; por eso el corazón de Jesús
late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a acogerlo,
como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes. Su corazón
no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita por
los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que
cambien de vida y encuentren paz.
El
Salvador viene al mundo naciendo de una mujer; detengámonos a adorar este
acontecimiento, que resplandece en María Santísima y se refleja en cada recién
nacido, revelando la imagen divina impresa en nuestro cuerpo.
En esta
Jornada oremos todos juntos por la paz; sobre todo entre las naciones
ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las
familias heridas por la violencia y el dolor. Con la certeza de que Cristo,
nuestra esperanza, es el sol de justicia que nunca declina, supliquemos
confiados la intercesión de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia.
Papa León XIV. Ángelus. 4 de enero de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En este
segundo domingo después de la Natividad
del Señor, deseo en primer lugar renovar mis felicitaciones a todos
ustedes. Pasado mañana, con
el cierre de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, concluiremos
el Jubileo de la esperanza,
y es precisamente el Misterio de la Navidad, en el que estamos inmersos,
el que nos recuerda que el fundamento de nuestra esperanza es la encarnación
de Dios. El Prólogo de Juan, que también la liturgia nos propone hoy, nos
lo recuerda: «Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).
La esperanza cristiana, en efecto, no se basa en previsiones
optimistas o cálculos humanos, sino en la decisión de Dios de compartir nuestro
camino, para que nunca estemos solos en la travesía de la vida. Esta es la
obra de Dios: en Jesús se hizo uno de nosotros, eligió estar con nosotros,
quiso ser para siempre el Dios-con-nosotros.
La
venida de Jesús en la debilidad de la carne humana, si por una parte reaviva en
nosotros la esperanza, por otra nos confía un doble compromiso, uno hacia
Dios y el otro hacia el ser humano.
Hacia
Dios, porque si Él se hizo carne,
si eligió nuestra humana fragilidad como su morada, entonces siempre estamos
llamados a pensar en Dios a partir de la carne de Jesús y no desde una doctrina
abstracta. Por eso, siempre debemos verificar nuestra espiritualidad y
las formas en las que expresamos la fe, para que sean realmente encarnadas,
es decir, capaces de pensar, rezar y anunciar al Dios que viene a nuestro
encuentro en Jesús; no un Dios distante que habita en un cielo perfecto sobre
nosotros, sino un Dios cercano que habita nuestra tierra frágil, se hace
presente en el rostro de los hermanos, se revela en las situaciones de cada
día.
Hacia el
ser humano, nuestro compromiso debe ser igualmente coherente. Si Dios se ha
hecho uno de nosotros, toda criatura humana es un reflejo suyo, lleva en sí
su imagen, conserva un destello de su luz; y esto nos llama a reconocer en
cada persona su dignidad inviolable y a ejercitarnos en el amor mutuo unos
hacia otros. De este modo, la encarnación nos pide también un compromiso
concreto por la promoción de la fraternidad y de la comunión, para que la
solidaridad sea el criterio de las relaciones humanas; por la justicia y por la
paz; por el cuidado de los más frágiles y la defensa de los débiles. Dios
se hizo carne, por eso no hay un culto auténtico hacia Dios sin el cuidado
de la carne humana.
Hermanos
y hermanas, que la alegría de la Navidad nos anime a continuar nuestro camino,
mientras pedimos a la Virgen María que nos haga cada vez más disponibles para
servir a Dios y al prójimo.
Papa León XIV. Ángelus. 6 de enero de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este
período hemos vivido varios días festivos y la solemnidad de la
Epifanía que, ya en su nombre, nos sugiere lo que hace posible la alegría
incluso en tiempos difíciles. Como saben, en efecto, la palabra “epifanía”
significa “manifestación”, y nuestra alegría nace de un Misterio que ya no
se encuentra oculto. La vida de Dios se ha revelado: muchas veces y de
diferentes maneras, pero con definitiva claridad en Jesús, de modo que ahora
sabemos, a pesar de muchas tribulaciones, que podemos tener esperanza. “Dios
salva”: no tiene otras intenciones, no tiene otro nombre. Sólo lo que
libera y salva viene de Dios y es epifanía de Dios.
Arrodillarnos
como los magos ante el Niño de Belén significa, también para nosotros, confesar
que hemos encontrado la verdadera humanidad, en la que resplandece la gloria de Dios. En Jesús ha aparecido la
verdadera vida, el hombre viviente, es decir, aquel que no existe para sí
mismo, sino abierto y en comunión, lo que nos hace decir: «en la tierra como en
el cielo» (Mt 6,10). Sí, la vida divina ahora está a nuestro
alcance, se ha manifestado para involucrarnos en su dinamismo liberador que
disipa los miedos y nos hace encontrarnos en la paz. Es una posibilidad, una
invitación: la comunión no puede ser impuesta, pero, ¿qué más se podría desear?
En el
relato evangélico y en nuestros nacimientos, los magos presentan al Niño Jesús
unos regalos preciosos: oro, incienso y mirra (cf. Mt 2,11).
No parecen cosas útiles para un niño, pero expresan una intención que nos hace
reflexionar mucho al llegar al final del Año jubilar. Da mucho quien lo da
todo. Recordemos a aquella pobre viuda, observada por Jesús, que había
echado en el tesoro del Templo sus últimas monedas, todo lo que tenía
(cf. Lc 21,1-4). No sabemos qué poseían los magos, venidos de
Oriente, pero su viaje, el arriesgarse, sus propios dones nos sugieren que
todo, realmente todo lo que somos y poseemos, reclama ser ofrecido a Jesús,
tesoro inestimable. El Jubileo nos ha recordado esta justicia basada en
la gratuidad; tiene en sí mismo la llamada a reorganizar la convivencia, a
redistribuir la tierra y los recursos, a devolver “lo que se tiene” y “lo que
se es” a los sueños de Dios, más grandes que los nuestros.
Queridos
hermanos, la esperanza que anunciamos debe tener los pies en la tierra: viene
del cielo, pero para generar aquí abajo una historia nueva. En los regalos de
los magos vemos, pues, lo que cada uno de nosotros puede poner en común, lo que
ya no se puede guardar para sí mismo, sino compartir, para que Jesús crezca
entre nosotros. Que crezca su Reino, que se cumplan en nosotros sus palabras, que
los extraños y los adversarios se conviertan en hermanos y hermanas, que en
lugar de las desigualdades haya equidad, que en vez de la industria de la
guerra se afirme la artesanía de la paz. Artesanos de esperanza, caminemos
hacia el futuro por otro camino (cf. Mt 2,12).
León XIV. Audiencia general. 31 de
diciembre de 2025. (Lectura: Ef 3,20-21)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Vivimos este encuentro de reflexión en el último día del año civil, cerca
del final del Jubileo y en el corazón del tiempo de Navidad.
El año que ha pasado ha estado marcado por eventos importantes: algunos
felices, como la peregrinación de tantos fieles con ocasión del Año Santo;
otros dolorosas, como el fallecimiento del añorado Papa Francisco y los
escenarios de guerra que siguen devastando el planeta. Al concluir el año,
la Iglesia nos invita a poner todo frente al Señor, encomendándonos a Su
Providencia y pidiéndole que se renueven, en nosotros y a nuestro alrededor, en
los días venideros, los prodigios de su gracia y de su misericordia.
En esta dinámica se inscribe la tradición del solemne canto del Te
Deum, con el que esta tarde agradeceremos al Señor por los beneficios
recibidos. Cantaremos: «Te alabamos, Dios», «Tú eres nuestra esperanza», «Que
tu misericordia esté siempre con nosotros». A este respecto, el Papa Francisco
observaba que mientras «la gratitud mundana, la esperanza mundana son
aparentes, […] aplastadas por el yo, por sus intereses, […] en esta
Liturgia se respira otra atmósfera diferente: la de la alabanza, del asombro,
del agradecimiento» (Homilía de las Primeras Vísperas de la Solemnidad
de María Santísima Madre de Dios, 31 de diciembre de 2023).
Y es con estas actitudes que hoy estamos llamados a meditar sobre lo que
el Señor ha hecho por nosotros el año pasado, así como también a hacer
un honesto examen de conciencia, a valorar nuestra respuesta a sus dones y a
pedir perdón por todos los momentos en los que no hemos sabido atesorar sus
inspiraciones e invertir mejor los talentos que nos ha confiado (cfr Mt 25,14-30).
Esto nos lleva a reflexionar sobre otro gran signo que nos ha acompañado en
los meses pasados: el del “camino” y de la “meta”. Tantos peregrinos han
venido, este año, desde todas las partes del mundo, a rezar sobre la Tumba de
Pedro y a confirmar su adhesión a Cristo. Esto nos recuerda que toda nuestra
vida es un viaje, cuya meta última transciende el espacio y el tiempo, para
cumplirse en el encuentro con Dios y en la plena y eterna comunión con Él (cfr Catequismo
de la Iglesia Católica, 1024). Pediremos también esto en la oración
del Te Deum, cuando digamos: «Acógenos en tu gloria en la asamblea
de los santos». No en vano, San Pablo VI definía el Jubileo como un gran
acto de fe en «la espera de nuestros futuros destinos […] que desde ahora
anticipamos y […] preparamos» (Audiencia general, 17 de diciembre de
1975).
Y en esta perspectiva escatológica del encuentro entre lo finito y lo
infinito se encuadra un tercer signo: el paso de la Puerta Santa, que
hemos hecho muchos, rezando e implorando la indulgencia para nosotros y para
nuestros seres queridos. Esto expresa nuestro “sí” a Dios, que con su perdón
nos invita a cruzar el umbral de una vida nueva, animada por la gracia,
modelada en el Evangelio, inflamada por el «amor al prójimo, en cuya
definición [está…] comprendido todo el hombre, […] necesitado de
comprensión, de ayuda, de consuelo, de sacrificio, aunque sea un desconocido
para nosotros, aunque sea molesto y hostil, pero dotado de la incomparable
dignidad de hermano» (S. Pablo VI, homilía con ocasión del cierre del
Año Santo, 25 de diciembre de 1975; cfr Catecismo de la Iglesia
Católica,1826-1827). Es nuestro “sí” a una vida vivida con compromiso en
el presente y orientada a la eternidad.
Queridos, nosotros meditamos sobre estos signos en la luz de la Navidad. San
León Magno, al respecto, veía en la fiesta del Nacimiento de Jesús el
anuncio de una alegría que es para todos. «Que exulte el santo –
exclamaba –, porque se acerca la recompensa; que se alegre el pecador,
porque se le ha ofrecido el perdón; que recupere el ánimo el pagano, porque
está llamado a la vida» (Primer discurso para la Navidad del Señor,
1).
Su invitación hoy va dirigida a todos nosotros, santos por el Bautismo,
porque Dios se hizo nuestro compañero en el camino hacia la Vida verdadera; a
nosotros, pecadores, para que, perdonados, con su gracia podamos levantarnos y
volvernos a poner en marcha; y, por último, a nosotros, pobres y frágiles, para
que el Señor, haciendo suya nuestra debilidad, la ha redimido y nos ha mostrado
la belleza y la fuerza en su humanidad perfecta (cfr Jn 1,14).
Por ello, quisiera concluir recordando las palabras con las que San
Pablo VI, al finalizar el Jubileo de 1975, describía el mensaje fundamental:
este, decía, se resume, en una palabra: “amor”. Y añadía: «¡Dios es
amor! Esta es la revelación inefable, de la que el Jubileo, con su pedagogía,
con su indulgencia, con su perdón y finalmente con su paz, llena de lágrimas y
de alegría, nos ha querido llenar el espíritu hoy y siempre la vida mañana:
¡Dios es amor! ¡Dios me ama! ¡Dios me espera y yo lo he encontrado! ¡Dios
es misericordia! ¡Dios es perdón! ¡Dios, sí, Dios es la vida!» (Audiencia
general, 17 de diciembre de 1975).
Que nos acompañen estos pensamientos en el paso entre el viejo y el nuevo
año y después siempre en nuestra vida.
Papa Francisco. Ángelus. 8 de
enero de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor y el Evangelio nos presenta
una escena asombrosa: es la primera vez que Jesús aparece en público después
de su vida oculta en Nazaret; llega a la orilla del río Jordán para que
Juan lo bautice (Mt 3,13-17). Era un rito con el que la gente se
arrepentía y se comprometía a convertirse; un himno litúrgico dice que el
pueblo iba a bautizarse “desnuda el alma y desnudos los pies” —un alma abierta,
desnuda, sin ocultar nada—, es decir, con humildad y con el corazón
transparente. Pero, viendo que Jesús se mezcla con los pecadores, uno se queda
sorprendido y se pregunta: ¿por qué Jesús tomó esta decisión? Él, que es
el Santo de Dios, el Hijo de Dios sin pecado, ¿por qué tomó esa decisión?
Encontramos la respuesta en las palabras que Jesús dirige a Juan: «Deja ahora,
pues conviene que así cumplamos toda justicia» (v. 15). Cumplir
toda justicia: ¿Qué quiere decir?
Haciendo que Juan le bautice, Jesús nos desvela la justicia de Dios, esa
justicia que Él ha venido a traer al mundo. Muchas veces tenemos una idea
limitada de la justicia, y pensamos que significa que el que se equivoca, paga,
y así repara el mal que ha hecho. Pero la justicia de Dios, como enseña
la Escritura, es mucho más grande: no tiene como fin la condena del
culpable, sino su salvación y su regeneración, volverlo justo: de injusto a
justo. Es una justicia que proviene del amor, de esas entrañas de
compasión y misericordia que son el corazón mismo de Dios, Padre que se
conmueve cuando estamos oprimidos por el mal y caemos bajo el peso de los
pecados y de las fragilidades. Así, la justicia de Dios no busca distribuir
penas y castigos sino, como afirma el apóstol Pablo, consiste en hacernos
justos a nosotros, sus hijos (cfr. Rm 3,22-31), librándonos de
las ataduras del mal, resanándonos, levantándonos. El Señor está siempre con
la mano tendida para ayudarnos a levantarnos, no está nunca listo para
castigarnos. Y entonces comprendemos que, en la orilla del Jordán,
Jesús nos revela el sentido de su misión: Él ha venido para llevar a cabo la
justicia divina, que es salvar a los pecadores; ha venido para tomar sobre sus
hombros el pecado del mundo y descender a las aguas del abismo, de la muerte,
con el fin de recuperarnos e impedir que nos ahoguemos. Él nos muestra hoy
que la verdadera justicia de Dios es la misericordia que salva. Nos da
miedo pensar que Dios es misericordia, pero Dios es misericordia, porque su
justicia es la misericordia que salva, es el amor que comparte nuestra
condición humana, que se hace cercano, solidario con nuestro dolor, entrando en
nuestras oscuridades para restablecer la luz.
Benedicto XVI afirmó
que «Dios ha querido salvarnos yendo él mismo hasta el fondo del abismo de
la muerte, con el fin de que todo hombre, incluso el que ha caído tan bajo que
ya no ve el cielo, pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de
subir desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado» (Homilía,
13 de enero de 2008).
Hermanos y hermanas, tenemos miedo de pensar en un justicia tan
misericordiosa, pero sigamos adelante, Dios es misericordia. Su justicia es
misericordia. Dejemos que Él nos tome de la mano. También nosotros,
discípulos de Jesús, estamos llamados a ejercer de este modo la justicia en
las relaciones con los demás, en la Iglesia, en la sociedad: no con la dureza
de quien juzga y condena dividiendo las personas en buenas y
malas, sino con la misericordia de quien acoge compartiendo las
heridas y las fragilidades de las hermanas y de los hermanos para levantarlos.
Quisiera decirlo así: no dividiendo, sino compartiendo. No
dividir, sino compartir. Hagamos como Jesús: compartamos, llevemos los pesos
los unos de los otros, en vez de chismorrear y destruir, mirémonos con
compasión, ayudémonos mutuamente. Preguntémonos: ¿yo soy una persona que
divide o que comparte? Reflexionemos: ¿soy un discípulo del amor de
Jesús o un discípulo del chismorreo que divide? El chismorreo es un arma
letal: mata, mata el amor, mata la sociedad, mata la fraternidad.
Preguntémonos: ¿soy una persona que divide o una persona que comparte?
Y ahora recemos a la Virgen, que dio a la luz a Jesús sumergiéndolo en
nuestra fragilidad para que recuperásemos la vida.
Papa Francisco. Ángelus. 12 de
enero de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Una vez más he
tenido la alegría de bautizar a algunos niños en la fiesta de hoy del
Bautismo del Señor. Hoy eran treinta y dos. Recemos por ellos y sus familias.
La liturgia de este año nos propone el acontecimiento del bautismo de Jesús
según el relato evangélico de Mateo (cf. 3, 13-17). El evangelista describe el
diálogo entre Jesús, que pide el bautismo, y Juan el Bautista, que se niega y
observa: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» (v.
14). Esta decisión de Jesús sorprende al Bautista: de hecho, el Mesías no
necesita ser purificado, sino que es Él quien purifica. Pero Dios es Santo,
sus caminos no son los nuestros, y Jesús es el Camino de Dios, un camino
impredecible. Recordemos que Dios es el Dios de las sorpresas.
Juan había declarado que existía una distancia abismal e insalvable entre
él y Jesús. «No soy digno de llevarle las sandalias» (Mateo 3, 11),
dijo. Pero el Hijo de Dios vino precisamente para salvar esta distancia entre
el hombre y Dios. Si Jesús está del lado de Dios, también está del lado del
hombre, y reúne lo que estaba dividido. Por eso le respondió a Juan: «Déjame
ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (v. 15). El Mesías
pide ser bautizado para que se cumpla toda justicia, para que se realice el
proyecto del Padre, que pasa por el camino de la obediencia filial y de la
solidaridad con el hombre frágil y pecador. Es el camino de la humildad y de la
plena cercanía de Dios a sus hijos.
El profeta Isaías proclama también la justicia del Siervo de Dios, que
lleva a cabo su misión en el mundo con un estilo contrario al espíritu mundano:
«No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña
quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará» (42, 2-3). Es la actitud de
mansedumbre ―es lo que Jesús nos enseña con su humildad, la mansedumbre―, la
actitud de sencillez, respeto, moderación y ocultamiento, que se requiere aún
hoy de los discípulos del Señor. Cuántos ―es triste decirlo―, cuántos
discípulos del Señor alardean como discípulos del Señor. No es un buen
discípulo el que alardea de ello. El buen discípulo es el humilde, el manso que
hace el bien sin ser visto. En la acción misionera, la comunidad
cristiana está llamada a salir al encuentro de los demás siempre proponiendo y
no imponiendo, dando testimonio, compartiendo la vida concreta de la gente.
Tan pronto como Jesús fue bautizado en el río Jordán, los cielos se
abrieron y el Espíritu Santo descendió sobre él como una paloma, mientras que
desde lo alto resonaba una voz que decía: «Este es mi Hijo amado; en el que me
complazco» (Mateo 3, 17). En la fiesta del Bautismo de Jesús
redescubrimos nuestro bautismo. Así como Jesús es el Hijo amado del Padre,
también nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, sabemos que somos
hijos amados ―¡el Padre nos ama a todos!―, que somos objeto de la satisfacción
de Dios, hermanos y hermanas de muchos otros, con una gran misión de
testimoniar y anunciar a todos los hombres y mujeres el amor ilimitado del
Padre.
Esta fiesta del Bautismo de Jesús nos recuerda nuestro bautismo. Nosotros
también renacemos en el bautismo. En el bautismo el Espíritu Santo vino a
permanecer en nosotros. Por eso es importante saber la fecha del bautismo.
Sabemos la fecha de nuestro nacimiento, pero no siempre sabemos la fecha de
nuestro bautismo. Seguramente algunos de vosotros no la saben... Una tarea.
Cuando regreses a casa pregunta: ¿Cuándo fui bautizada? ¿Cuándo fui bautizado?
Y celebra la fecha de tu bautismo en tu corazón cada año. Hazlo. Es también un
deber de justicia hacia el Señor que ha sido tan bueno con nosotros.
Que María Santísima nos ayude a comprender cada vez más el don del bautismo
y a vivirlo coherentemente en las situaciones cotidianas.
Papa Francisco. Ángelus. 8 de
enero de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, el Evangelio (Mt 3, 13-17)
nos presenta la episodio ocurrido a orillas del río Jordán: en medio de la
muchedumbre penitente que avanza hacia Juan Bautista para recibir el Bautismo
también se encuentra Jesús —hacía fila—. Juan querría impedírselo diciendo:
«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti» (Mt 3, 14). En
efecto, el Bautista es consciente de la gran distancia que hay entre él y
Jesús. Pero Jesús vino precisamente para colmar la distancia entre el hombre y
Dios: si Él está completamente de parte de Dios también está completamente
de parte del hombre, y reúne aquello que estaba dividido. Por eso pide a
Juan que le bautice, para que se cumpla toda justicia (cf. v. 15), es
decir, se realice el proyecto del Padre, que pasa a través de la vía de la
obediencia y de la solidaridad con el hombre frágil y pecador, la vía de la
humildad y de la plena cercanía de Dios a sus hijos. ¡Porque Dios está muy
cerca de nosotros, mucho!
En el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del
río Jordán, la voz de Dios Padre se hace oír desde lo alto: «Este es mi Hijo
amado, en quien me complazco» (v. 17). Y al mismo tiempo el Espíritu Santo, en
forma de paloma, se posa sobre Jesús, que da públicamente inicio a su misión de
salvación; misión caracterizada por un estilo, el estilo del siervo humilde y
dócil, dotado sólo de la fuerza de la verdad, como había profetizado Isaías:
«no vociferará ni alzará el tono, [...] la caña quebrada no partirá, y la mecha
mortecina no apagará. Lealmente hará justicia» (42, 2-3). Siervo humilde y
manso, he aquí el estilo de Jesús, y también el estilo misionero de los
discípulos de Cristo: anunciar el Evangelio con docilidad y firmeza, sin
gritar, sin regañar a alguien, sino con docilidad y firmeza, sin arrogancia o
imposición. La verdadera misión nunca es proselitismo sino atracción a
Cristo. ¿Pero cómo? ¿Cómo se hace esta atracción a Cristo? Con el
propio testimonio, a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la
adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el
más pequeño de los hermanos. Imitando a Jesús, pastor bueno y misericordioso, y
animados por su gracia, estamos llamados a hacer de nuestra vida un
testimonio alegre que ilumina el camino, que lleva esperanza y amor.
Esta fiesta nos hace redescubrir el don y la belleza de ser un pueblo de
bautizados, es decir, de pecadores —todos lo somos— de pecadores salvados por la gracia
de Cristo, inseridos realmente, por obra del Espíritu Santo, en la relación
filial de Jesús con el Padre, acogidos en el seno de la madre Iglesia, hechos
capaces de una fraternidad que no conoce confines ni barreras.
Que la Virgen María nos ayude a todos nosotros cristianos a conservar una
conciencia siempre viva y agradecida de nuestro Bautismo y a recorrer con
fidelidad el camino inaugurado por este Sacramento de nuestro renacimiento. Y siempre
humildad, docilidad y firmeza.
Papa Francisco. Ángelus. 12 de
enero de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor. Esta mañana he bautizado a treinta
y dos recién nacidos. Doy gracias con vosotros al Señor por estas criaturas y
por cada nueva vida. A mí me gusta bautizar a los niños. ¡Me gusta mucho! Cada
niño que nace es un don de alegría y de esperanza, y cada niño que es bautizado
es un prodigio de la fe y una fiesta para la familia de Dios.
La página del Evangelio de hoy subraya que, cuando Jesús recibió el
bautismo de Juan en el río Jordán, «se abrieron los cielos» (Mt 3,
16). Esto realiza las profecías. En efecto, hay una invocación que la liturgia
nos hace repetir en el tiempo de Adviento: «Ojalá rasgases el cielo y
descendieses!» (Is 63, 19). Si el cielo permanece cerrado,
nuestro horizonte en esta vida terrena es sombrío, sin esperanza. En
cambio, celebrando la Navidad, la fe una vez más nos ha dado la certeza de que
el cielo se rasgó con la venida de Jesús. Y en el día del bautismo de Cristo
contemplamos aún el cielo abierto. La manifestación del Hijo de Dios en la
tierra marca el inicio del gran tiempo de la misericordia, después de
que el pecado había cerrado el cielo, elevando como una barrera entre el
ser humano y su Creador. Con el nacimiento de Jesús, el cielo se abre. Dios nos
da en Cristo la garantía de un amor indestructible. Desde que el Verbo se
hizo carne es, por lo tanto, posible ver el cielo abierto. Fue
posible para los pastores de Belén, para los Magos de Oriente,
para el Bautista, para los Apóstoles de Jesús, para san Esteban,
el primer mártir, que exclamó: «Veo los cielos abiertos» (Hch 7,
56). Y es posible también para cada uno de nosotros, si nos dejamos invadir
por el amor de Dios, que nos es donado por primera vez en el Bautismo.
¡Dejémonos invadir por el amor de Dios! ¡Éste es el gran tiempo de la
misericordia! No lo olvidéis: ¡éste es el gran tiempo de la misericordia!
Cuando Jesús recibió el Bautismo de penitencia de Juan el Bautista,
solidarizándose con el pueblo penitente —Él sin pecado y sin necesidad de
conversión—, Dios Padre hizo oír su voz desde el cielo: «Éste es mi Hijo amado,
en quien me complazco» (v. 17). Jesús recibió la aprobación del Padre
celestial, que lo envió precisamente para que aceptara compartir nuestra
condición, nuestra pobreza. Compartir es el auténtico modo de amar. Jesús no se
disocia de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros. Así, nos
hace hijos, juntamente con Él, de Dios Padre. Ésta es la revelación y la fuente
del amor auténtico. Y, ¡este es el gran tiempo de la misericordia!
¿No os parece que en nuestro tiempo se necesita un suplemento de
fraternidad y de amor? ¿No os parece que todos necesitamos un suplemento de caridad? No esa
caridad que se conforma con la ayuda improvisada que no nos involucra, no nos
pone en juego, sino la caridad que comparte, que se hace cargo del malestar
y del sufrimiento del hermano. ¡Qué buen sabor adquiere la vida cuando
dejamos que la inunde el amor de Dios!
Pidamos a la Virgen Santa que nos sostenga con su intercesión en nuestro
compromiso de seguir a Cristo por el camino de la fe y de la caridad, la senda
trazada por nuestro Bautismo.
Benedicto XVI. Ángelus. 9 de enero de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia celebra el Bautismo del Señor, fiesta que concluye el tiempo
litúrgico de la Navidad. Este misterio de la vida de Cristo muestra
visiblemente que su venida en la carne es el acto sublime de amor de las tres
personas divinas. Podemos decir que desde este solemne acontecimiento la acción
creadora, redentora y santificadora de la santísima Trinidad será cada vez más
manifiesta en la misión pública de Jesús, en su enseñanza, en sus milagros, en
su pasión, muerte y resurrección. En efecto, leemos en el Evangelio
según san Mateo que «bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto
se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma
y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo
amado, en quien me complazco”» (3, 16-17). El Espíritu Santo «mora» en el Hijo
y da testimonio de su divinidad, mientras la voz del Padre, proveniente de los
cielos, expresa la comunión de amor. «La conclusión de la escena del bautismo
nos dice que Jesús ha recibido esta “unción” verdadera, que él es el Ungido [el
Cristo] esperado» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 49), como
confirmación de la profecía de Isaías: «He aquí mi siervo que yo sostengo, mi
elegido en quien se complace mi alma» (Is 42, 1). Verdaderamente es
el Mesías, el Hijo del Altísimo que, al salir de las aguas del Jordán,
establece la regeneración en el Espíritu y da, a quienes lo deseen, la
posibilidad de convertirse en hijos de Dios. De hecho, no es casualidad que
todo bautizado adquiera el carácter de hijo a partir del nombre
cristiano, signo inconfundible de que el Espíritu Santo hace nacer «de
nuevo» al hombre del seno de la Iglesia. El beato Antonio Rosmini afirma que «el
bautizado sufre una operación secreta pero potentísima, por la cual es
elevado al orden sobrenatural, es puesto en comunicación con Dios» (Del
principio supremo della metodica…, Turín 1857, n. 331). Todo esto se ha
verificado de nuevo esta mañana, durante la celebración
eucarística en la Capilla Sixtina, donde he conferido el sacramento del
Bautismo a veintiún recién nacidos.
Queridos amigos, el Bautismo es el inicio de la vida espiritual, que
encuentra su plenitud por medio de la Iglesia. En la hora propicia del
sacramento, mientras la comunidad eclesial reza y encomienda a Dios un nuevo
hijo, los padres y los padrinos se comprometen a acoger al recién bautizado
sosteniéndolo en la formación y en la educación cristiana. Es una gran
responsabilidad, que deriva de un gran don. Por esto, deseo alentar a todos los
fieles a redescubrir la belleza de ser bautizados y pertenecer así a la gran
familia de Dios, y a dar testimonio gozoso de la propia fe, a fin de que esta
fe produzca frutos de bien y de concordia.
Lo pedimos por intercesión de la santísima Virgen María, Auxilio de los
cristianos, a quien encomendamos a los padres que se están preparando al
Bautismo de sus hijos, al igual que a los catequistas. Que toda la comunidad
participe de la alegría del renacimiento del agua y del Espíritu Santo.
Benedicto XVI. Ángelus. 13 de enero de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Con la fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos hoy, se concluye
el tiempo
litúrgico de Navidad. El Niño, a quien los Magos de Oriente vinieron a
adorar en Belén, ofreciéndole sus dones simbólicos, lo encontramos ahora
adulto, en el momento en que se hace bautizar en el río Jordán por el gran
profeta Juan (cf. Mt 3, 13). El Evangelio narra que cuando
Jesús, recibido el bautismo, salió del agua, se abrieron los cielos y bajó
sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3, 16).
Se oyó entonces una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo amado, en
quien me complazco" (Mt 3, 17). Esa fue su primera
manifestación pública, después de casi treinta años de vida oculta en Nazaret.
Testigos oculares de ese singular acontecimiento fueron, además del
Bautista, sus discípulos, algunos de los cuales se convirtieron desde entonces
en seguidores de Cristo (cf. Jn 1, 35-40). Se trató
simultáneamente de cristofanía y teofanía: ante todo, Jesús se manifestó como
el Cristo, término griego para traducir el hebreo Mesías,
que significa "ungido". Jesús no fue ungido con óleo a la manera de
los reyes y de los sumos sacerdotes de Israel, sino con el Espíritu Santo. Al
mismo tiempo, junto con el Hijo de Dios aparecieron los signos del Espíritu
Santo y del Padre celestial.
¿Cuál es el significado de este acto, que Jesús quiso realizar —venciendo la resistencia del
Bautista— para obedecer a la voluntad del Padre? (cf. Mt 3,
14-15). Su sentido profundo se manifestará sólo al final de la vida terrena de
Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan
juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la
culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que "quita" el
pecado del mundo (cf. Jn 1, 29). Obra que consumó en la
cruz, cuando recibió también su "bautismo" (cf. Lc 12,
50). En efecto, al morir se "sumergió" en el amor del Padre y
derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de
aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna.
Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarnos en el Espíritu
Santo, para librarnos de la esclavitud de la muerte y "abrirnos el
cielo", es decir, el acceso a la vida verdadera y plena, que será
"sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que
estamos desbordados simplemente por la alegría" (Spe
salvi, 12).
Es lo que sucedió también a los trece niños a los cuales administré el
sacramento del bautismo esta mañana en la capilla Sixtina. Invoquemos sobre
ellos y sobre sus familiares la protección materna de María santísima. Y oremos
por todos los cristianos, para que comprendan cada vez más el don del bautismo
y se comprometan a vivirlo con coherencia, testimoniando el amor del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo.
DOMINGO 2 T. O.
Monición de entrada.-
Bienvenidos a la misa de hoy.
A Jesús le gustaba estar con sus amigos, por
eso buscó doce de ellos para caminar con ellos.
Y ellos estaban con él y le escuchaban.
Aquí vamos a hacer lo mismo que hicieron dos
amigos de Jesús, a estar con él.
Señor, ten piedad.-
Tú que quieres estar con nosotros. Señor, ten piedad.
Tú que quieres hablarnos. ten piedad.
Tú que quieres escucharnos. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por la Iglesia, para que cada día nos hable
de Dios con las palabras de Jesús. Te lo pedimos, Señor.
Por el papa León, para que oigas sus
oraciones. Te lo pedimos, Señor.
Por los sacerdotes, para que les ayudes
mucho. Te lo pedimos, Señor.
Por todos los niños, sobre todo los que cada
noche suben en barcas para venir a Europa, para que no se ahoguen en el mar. Te
lo pedimos, Señor.
Por los que estamos en esta misa, para que
cada día tengamos unos minutos para rezar y estar contigo. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias .-
Virgen María, queremos darte gracias por
nuestros amigos, con los que nos lo pasamos muy bien y jugamos. Gracias porque
ellos son un regalo de Jesús.
BIBLIOGRAFÍA.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. BAC.
Madrid. 2016.
Biblia de Jerusalén. 5ª edición – 2018. Desclée De Brouwer. Bilbao. 2019.
Biblia del Peregrino. Edición de Luis Alonso Schökel. EGA-Mensajero.
Bilbao. 1995.
Nuevo Testamento. Versión crítica sobre el texto original griego de M.
Iglesias González. BAC. Madrid. 2017.
Biblia Didajé con comentarios del Catecismo de la Iglesia Católica. BAC.
Madrid. 2016.
Secretariado Nacional de Liturgia. Libro de la Sede. Primera edición: 1983.
Coeditores Litúrgicos. Barcelona. 2004.
Pío de Luis, OSA, dr. Comentarios de San Agustín a las lecturas litúrgicas
(NT). II. Estudio Agustiniano. Valladolid. 1986.
Merino Rodríguez, Marcelo, dr. ed. en español. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia.
Nuevo Testamento. 2. Evangelio según san Marcos. Ciudad Nueva. Madrid.
2009.
San Juan de Ávila. Obras Completas i. Audi, filia – Pláticas –
Tratados. BAC. Madrid. 2015.
San Juan
de Ávila. Obras Completas II. Comentarios bíblicos – Tratados de reforma –
Tratados y escritos menores. BAC.
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San Juan de Ávila. Obras Completas III.
Sermones. BAC. Madrid. 2015.
San Juan de Ávila. Obras Completas IV. Epistolario. BAC. Madrid. 2003.
http://www.vatican.va/content/vatican/es.htmlTrinidad. Reza el Padrenuestro mirándolo.
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