domingo, 1 de marzo de 2026

298. 2º Tiempo de Cuaresma. 1 de marzo de 2026.

 


Primera lectura.

Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a.

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:

-Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias del mundo.

Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

 

Textos paralelos.

Sb 10, 5: Cuando la confusión de los pueblos malvados, / ella se fijó en el justo Abrahán, lo conservó intachable ante Dios / y lo mantuvo firme a pesar del amor a su hijo.

Hch 7, 2-3: [Esteban] respondió: “Hermanos y hermanas, escuchad. El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abrahán cuando estaba en Mesopotamia; antes de establecerse en Jarán, y le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que te mostraré”.

Hb 11, 8s: Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba. Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba. Por la fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas.

Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.

Jr 4, 2: Si jurases “¡Por vida del Señor!” / con verdad, justicia y derecho, / todas las naciones se bendecirían, / se darían parabienes entre sí / utilizando el nombre del Señor.

Si 44, 21: [Abrahán] Por eso Dios le prometió con juramento / bendecir a las naciones por su descendencia, / multiplicaré como el polvo de la tierra, / exaltar su estirpe como las estrellas, / y darle una herencia de mar a mar, / desde el Río hasta los confines de la tierra.

Hch 3, 25: Vosotros sois los hijos de los profetas; los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán: ·En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”.

Ga 3, 8: En efecto, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia de que por ti serán benditas todas las naciones.

 

Notas exegéticas.

12 (a) Titulo que debe entenderse de forma neutra: relatos en torno a los patriarcas.

12 (b) Los relatos sobre Abrahán tal como se presentan en el Génesis, son una “teología de la promesa”, la doble promesa divina de descendencia y del don de la tierra son los ejes centrales en torno a los cuales de un modo u otro se organiza todo lo que los escritores sagrados tienen que decir sobre el patriarca.

12 (c) Los capítulos 12-13 pertenece a lo esencia de las tradiciones yahvistas, pero no todo se sitúa en el mismo nivel de la tradición o de su fijación escrita. Muy probablemente una breve noticia de salida de Jarán y de llegada a Canaán, especie de itinerario, con la orden divina de abandonar Jarán, 12, 1-4, y un primer punto de asentamiento alrededor de Betel, 12, 8; 13, , son el núcleo central de la tradición. El itinerario continua con el relato de la separación de Abrahán y Lot, 13 3 s. Promesas de descendencia y de bendición 12, 2-3, y luego del don de la tierra, 12, 7, han podido ser añadidas en un estadio relativamente antiguo de la tradición, lo mismo que el relato de la bajada a Egipto, 12, 10-20, relato que no habla de Lot, con 13, 1-4. Un desarrollo más reciente puede ser la promesa solemne de 13, 14-17. A los autores sacerdotales se deben algunos complementos en los que se insiste en la riqueza de Abrahán y de Lot, motivo de su separación. 12, 4-5; 13, 2.4-5. Si tal ha podido ser el desarrollo de los dos capítulos, la doble promesa de descendencia y del don de la tierra vienen a ocupar un lugar cada vez más preponderante. Rompiendo todos sus vínculos terrenos. Abrahán sale para un país desconocido, con su mujer estéril, 11 30, porque Dios le ha llamado y le ha prometido una posteridad. Primer acto de fe de Abrahán que volverá a expresarse cuando le sea renovada la promesa, 15 5-6+, y que Dios pondrá a prueba reclamándole a Isaac, fruto de esta promesa, 22 +. La existencia y el porvenir del pueblo elegido dependen de este acto absoluto de fe. Hb 11, 8-19. No se trata solamente de su descendencia carnal, sino de todos aquellos a quienes la misma fe hará hijos de Abrahán, como enseña san Pablo, Rm 4; Ga 3, 7

12 3 La fórmula se repite (con la palabra “nación” o “linaje” en 18 18; 22 18; 26 45; 28 14. En sentido estricto, significa (ver v. 2 y 48 20; Jr 29 22): “las gentes dirán: ‘Bendito seas como Abrahán’”. Pero Si 44 21, la tradición de los LXX y el NT han entendido: “En ti serán benditas todas las naciones”.

 

Salmo responsorial

Sal 32, 4-5.18-20.22

 

Que tu misericordia, Señor,

venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R/.

La palabra del Señor es sincera,

y todas sus acciones son leales;

él ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra. R/.

 

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,

en los que esperan su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre.  R/.

 

Nosotros aguardamos al Señor:

él es nuestro auxilio y escudo.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti. R/.

 

Textos paralelos.

 Pues recta es la palabra de Yahvé.

Dt 32, 4: Él es la Roca, sus obras son perfectas, / sus caminos son justos, / es un Dios fiel, sin maldad; / es justo y recto.

Sal 89, 15: Justicia y derecho sostienen tu trono, / misericordia y fidelidad te preceden.

Los ojos de Yahvé sobre sus adeptos.

Sal 32, 8: Te instruiré y te enseñaré / el camino que has de seguir, / fijaré en ti mis ojos.

Sal 34, 16: Los ojos del Señor miran a los justos, / sus oídos escuchan sus gritos.

Esperamos anhelantes a Yahvé.

Sal 115, 9: Israel confía en el Señor; / él es su auxilio y escudo.

 

Notas exegéticas.

33 18 Lit. “los que le temen”.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 8b-10.

Querido hermano:

Toma parte en los padecimientos por el evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del evangelio.

 

Textos paralelos.

 Nos ha llamado a una vocación santa.

Tt 3, 5: No por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo.

Rm 8, 28: Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien, a los cuales les ha llamado conforme a su designio.

Rm 16, 25s: Al que puede consolidaros según mi Evangelio y el mensaje de Jesucristo que proclamo, conforme a la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora mediante las Escrituras proféticas, dado a conocer según disposición del Dios eterno para que todas las gentes llegaran a la obediencia de la fe a Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Esta gracia se ha hecho patente ahora.

Tt 2, 11: Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

3, 4: Más cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre.

Rm 6, 9: Pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.

Rm 8, 2: Pues la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

Hb 2, 14-15: Por tanto, lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por medio de la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.

 

Notas exegéticas:

1 9 La palabra designa en primer lugar la llamada de los cristianos a la salvación, ver Rm 1 6-7; 8, 28; 1 Co 1 2.24; Col 3 15; Ef 1 18; 4 4; Flp 3, 14 etc., y luego, por metonimia, el estado (vocación) al que son llamados los cristianos. Ambos sentidos son igualmente posibles.

1 10 Este término [manifestación] ver 1 Tm 6 14+, designa aquí el ministerio de Jesús.

 

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9.

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

-Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:

-Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo.

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

-Levantaos, no temáis.

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte Jesús les mandó:

-No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

 

Textos paralelos.

 

Mc 9, 2-9

Mt 17, 1-9

Lc 9, 28-36

Seis días más tarde Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solos a un monte alto,

 

y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

 

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía qué decir, pues estaban asustados.

 

Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:

 

 

 

 

“Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

 

 Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

 

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.

 

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

 

 

De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

-Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

 

 

 

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:

 

 

 

-Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo.

 

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

-Levantaos, no temáis.

 

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

 

 

Cuando bajaban del monte Jesús les mandó:

-No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

 

Unos ocho días después de estas palabras, tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar.

 

 

Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.

 

 

 

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.

 

Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía lo que decía.

 

 

Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía:

 

“Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

 

 

Tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan.

2 Pe 1, 16-18: Pues no nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz: “Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido”. Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada.

Se transfiguró.

Ex 24, 13-16: Se levantó Moisés, con Josué, su ayudante, y subieron a la montaña de Dios. A los ancianos les dijo: “Quedaos aquí hasta que volvamos; Aarón y Jur están con vosotros, el que tenga algún asunto que se lo traiga a ellos”. Subió, pues, Moisés a la montaña; la nube cubría la montaña. La gloria del Señor descansaba sobre la montaña del Sinaí y la nube cubrió la montaña durante seis días. Al séptimo día llamó a Moisés desde la nube.

Blancos como la luz.

Mt 28, 3: Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve.

Todavía estaba hablando.

Ex 19, 16: Al tercer día, al amanecer, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre la montaña; se oía un fuerte sonido de trompeta y toda la gente que estaba en el campamento se echó a temblar.

Mt 24, 30: Entonces aparecerá el Hijo del hombre sobre nubes del cielo con gran poder y gloria.

Salió de la nube una voz.

Mt 3, 17: Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Mt 12, 18: “Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho de las naciones”.

Gn 22, 2 (LXX): Dijo Dios: “Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria, y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré”.

Dt 18, 15-19: El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharéis.

Is 42, 1: Mirad a mi siervo, / a quien sostengo; / mi elegido, / en quien me complazco. / He puesto mi espíritu sobre él, / manifestará la justicia a las naciones.

Dn 10, 9: Entonces oí el sonido de sus palabras y, al oírlo, caí de bruces, en un letargo, con el rostro en tierra.

Ha 3, 2 (LXX): Señor, he oído tu fama. / En medio de los años, realízala; / en medio de los años, manifiéstala; / en el terremoto acuérdate de la misericordia.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

1-13 Para los discípulos, que acaban de oír que el Mesías realizaría su misión mediante el sufrimiento, la transfiguración de Jesús tenía una funciónpedagógica: sostener su fe con una experiencia de gloria, breve anticipación de lo que verían cuando el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos (v. 9). Como todos los misterios de la vida terrena de Jesús, también la Transfiguración está relacionada con la Encarnación: en ella asumió nuestrta carne para poder transfigurarla.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica:

1 Pedro, Santiago y Juan. cf. referencias bíblicas en Mc 5, 37.

2 Se transfiguró: o fue transfigurado (por Dios; voz pasiva “teológica”).

3 Moisés, junto con Elías, representan la revelación del AT, la alianza antigua.

4 Tomando Pedro la palabra: cf. 3, 15. Lo que lit. dice Pedro es: Señor, hermoso (o bueno) es nosotros aquí estar. Como el verbo “einai” a veces equivale a “permanecer” (p.ej. v. 17; 2,13), y en el griego del NT es corriente la indeterminación de grados de comparación, las palabras de Pedro suenan así: “Lo mejor [que podemos hacer] es quedarnos aquí”. ¿Pensaba Pedro en la fiesta de los Tabernáculos, cuyo rito principal era hacer o poner cabañas de ramaje y habitar en ellas (Ex 23,16; Lv 23,33-36; Dt 16,13)? Probablemente como le ocurrió en otras ocasiones, “no sabía lo que decía” (lo anotan expresamente Mc 9, 6 y Lc 9, 33).

5 Estaba hablando, cuando una nube… (lit. él hablante, mira, nube,…). En las teofanías más importantes del AT la nube indica la presencia de Dios que se manifiesta. Es un elemento de las tradiciones judías sobre la fiesta de los Tabernáculos, junto con la gloria o esplendor de Dios (v. 2). Cabaña y nube. Dios habita entre los suyos y los protege.

Los cubrió (probablemente solo a Jesús y a sus dos interlocutores) con su sombra; o los envolvió.

Este es mi Hijo… (cf. Mc 1,1), en quien me complazco: el tiempo verbal griego es aoristo.

7 No tengáis miedo: dejad de tener miedo, no sigáis teniendo miedo (imperativo griego negativo de presente).

8 Más que… solo: lit. sino a él en persona a Jesús solo.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé:

17, 1-13 En la Transfiguración aparece la divinidad de Cristo de una manera extraordinaria. Moisés y Elías recuerdan dos montañas sagradas: el monte Sinaí y el Horeb, respectivamente y representan la Ley y los Profetas. Cristo, en el centro, se muestra como el referente de toda la revelación de Dios. Cat. 444 y 554.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

444 Los evangelios narran dos momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como “Hijo amado” (Mt 3, 17; 17, 5).

554 A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro “comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21). Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como luz. Moisés y Elías aparecieron y le “hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén” (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: “Este es mi Hijo, mi elegido, escuchadle” (Lc 9, 35).

 

Concilio Vaticano II

Vino, pues, el Hijo, enviado por el Padre, que nos eligió en Él antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser sus hijos adoptivos porque quiso instaurar todas las cosas en Él. Cristo, por tanto, para cumplir la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y nos redimió con su obediencia. La Iglesia, o el reino de Cristo presenta ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios.

Lumen gentium 3.

 

Los Santos Padres.

Y cuando se transfiguró su rostro brilló como el sol porque se manifestó a los hijos de la luz que habían abandonado las obras de las tinieblas y fueron revestidos de la armas de la luz (cf. Ef 5, 8); ya no eran hijos de las tinieblas ni de la noche, sino que eran hijos del día, comportándose honradamente como a pleno día. Jesús, una vez manifestado, ya no brillará simplemente como un sol, sino que les demostrará que Él es “el sol de justicia”.

Orígenes. Comentarios al Ev. de Mateo, 12, 37.

Los dos [Moisés y Elías] se enfrentaron valientemente a tiranos: Moisés al de Egipto, Elías a Acab, y en favor de hombres ingratos y rebeldes. Porque los dos se vieron en extremo peligro por culpa justamente de los mismos a quienes habían salvado. Los dos trataron de librar al pueblo de la idolatría, y los dos eran hombres privados. El uno era mudo y de escasa voz; el otro de trato rústico. Los dos, seguidores de la suma perfección de la pobreza puesto que ni Moisés poseía nada, ni menos Elías. ¿Qué tenía este fuera de una piel de oveja?

San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 56, 2.

Puede que la nube luminosa sea también el Espíritu Santo, que da sombra a los justos y habla proféticamente, pues es Dios quien actúa en esa nube: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido”. Incluso me atrevería a decir que esta nube es también nuestro salvador.

Orígenes. Comentarios al Ev. de Mateo, 12, 42.

Escuchad al que han anunciado los misterios de la Ley y han cantado la voz de los profetas. Escuchad al que ha redimido al mundo con su sangre, ha arado al diablo y le ha arrebatado sus armas; ha roto la cédula del pecado y el pacto de la prevaricación. Escuchad al que abre el camino del cielo y por el suplicio de la cruz os prepara la escala para subir al reino.

San León Magno, Sermones, 51, 7.

Es que la soledad, la altura, el silencio grande, la transfiguración del Señor, llena de tanto estremecimiento; aquella luz purísima, aquella nube que los cubría, todo hubo de contribuir a infundirles un gran terror.

San Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 56, 2.

 

San Agustín

En ella está el Señor, la Ley y los profetas; pero el Señor como Señor; la ley en Moisés; la profecía en Elías, en condición de servidores, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban.

El que me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré. Y como si te preguntase: “Dado que le amas, ¿qué le vas a dar?”. Y me mostraré a él. ¡Gran don y gran promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico, pero si no tienes a Dios, ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a Dios, ¿qué no tiene?

Ahora, no obstante, dice: “Desciende [Pedro] a trabajar a la tierra, a servir a la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió la Vida para encontrar la muerte; bajó el Pan para sentir hambre; bajó el Camino para cansarse en el camino; descendió el manantial para sentir sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas. Ten caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad.

Comentario al salmo 90, II 6-7[1].

 

San Juan de Ávila

Sea el primero, que la tal revelación o espíritu no venga sola, mas acompañada de la Escriptura de Dios, contenida en el Viejo y Nuevo Testamento, y nuevas cosas conforme a la enseñanza y vida de Cristo y de los santos pasados. De esta manera leemos que, cuando apareció Cristo en el monte Tabor, no fue solo, mas con copia de abonados testigos (cf. Mt 17, 1ss). No porque Él los hobiese menester, pues es verdad inmutable, de cuya participación reciben firmeza todas las otras verdades, mas por darnos a entender  que así como en otras cosas Él padeció y hizo por nuestro ejemplo que mirando a Él no había necesidad de hacerlo, así trayendo testigos el que no los hubo menester, se nos da a entender que no debemos recebir cosa ninguna de aquestas, si no trae por testigos al Viejo Testamento, con sus profetas, que son figurados en Moisén y Elías, y al Nuevo y doctrina apostólica, figurado en San Pedro, San Juan y Santiago, que presentes estaban.

Audi, filia (I). I, pg. 485.

Y cierto, si con esos ojos miráredes a Cristo, no os parecerá feo, como a los canales, que en su pasión le despreciaban; mas con los santos apóstoles que en el monte Tabor le miraron, pareceros ha su cara resplandeciente como el sol, y sus vestiduras blancas como la nieve (Mt 18, 2), y tan blancas que, como dice San Marcos, ningún batanero sobre la tierra los pudiera emblanquecer tan bien (Mc 9, 2), lo cual significa que nosotros, que somos dichos vestidura de Cristo (Is 49, 18), porque le rodeamos y ataviamos con creerle y alabarle, y amarle, somos tan blanqueados por Él, que ningún hombre sobre la tierra nos pudiera dar la hermosura que Él nos dio. Parézcaos Él como el sol, y las almas por Él redimidas blancas como la nieve. Aquellas , digo, que confesando y conociendo y aborreciendo su propia fealdad, piden ser hermoseadas y lavadas en esta piscina de sangre del Salvador, de la cual salen tan hermoseadas por Él que basten para enamorar a Dios, y que les sean cantadas con gran verdad las palabras ya dichas: Deseará el Rey tu hermosura.

Audi, filia (I). I, pg. 532.

Y, cierto, si con otros ojos mirásedes a Cristo, no os parecería feo, como aa los carnales que en su pasión le despreciaban; mas, con los santos apóstoles, que en el monte Tabor lo miraban, pareceros ha su rostro resplandeciente como el sol, y sus vestiduras blancas como la nieve (Mt 17, 2).

Audi, filia (II), pg. 780.

Y aunque a toda Escriptura de Dios hayáis de inclinar vuestra oreja con muy gran reverencia, mas inclinada con muy mayor y particular devoción y humildad a las benditas palabras del Verbo de Dios hecho carne, abriendo vuestras orejas del cuerpo y del ánima a cualquier palabra de este Señor, particularmente dado a nosotros por maestro, por voz del Eterno Padre, que dijo: Este es mi amado Hijo, en el cual me he aplacido, a él oíd (Mt 17, 5). Sed estudiosa de leer y oír con atención y deseo de aprovechar estas palabras de Jesucristo. E sin duda hallaréis en ellas una excelente eficacia que obre en vuestra ánima, la cual no la hallaréis en todas las cosas, que desde el principio del mundo Dios ha hablado ni ha de hablar hasta el fin de él.

Audi, filia (I). I, pg. 476.

T aunque a toda la Escritura de Dios hayáis de inclinar vuestra oreja con igual crédito de fe, porque toda ella es palabra de una misma suma Verdad, mas debéis tener particular respecto de os aprovechar de las benditas palabras que en la tierra habló el verdadero Dios hecho carne, abriendo con devota atención vuestras orejas de cuerpo y de ánima a cualquier palabra de este Señor, dado a nosotros por especial maestro, por voz del Eterno Padre, que dijo: Este es mi muy amado Hijo, en el cual me he agradado; a él oíd (Mt 17, 5). Sed estudiosa de leer y oír aquellas palabras, y sin dubda hallaréis en ellas una singular medicina y poderosa eficacia para lo que a vuestra anima toda, cual no hallaréis en todas las otras que desde el principio del mundo Dios haya hablado.

Audi, filia (II). I, pg. 633.

Una vez quiso el Señor de este mundo enseñar la hermosura de su cuerpo en el monte Tabor (cf.. Mt 17, 2), y quedaron los que le vieron tan aficionados y tan satisfechos, que tuvieron por gran bienaventuranza cebar siempre sus ojos en tal hermosura, aunque ni bebieran, ni comieran, ni tuvieran otra riqueza. Y cierto, nosotros haríamos lo que ellos hicieron si viésemos lo que ellos vieron y se quitase el Señor su velo que allí le encubre para que le pudiésemos ver faz a faz. Y si esto no hace, no es por privarnos de tanto placer, mas por darnos ocasión de mayor provecho.

Sermón vísperas del Corpus. III, pg. 454.

Y así como Él es lucidísimo y hermosísimo sol, así la parara ella resplandeciente, semejante a Él, como fue figurado cuando se transfiguró en el monte Tabor, y le resplandeció la cara como el sol, y fueron hechas sus vestiduras blancas como la nieve (Mt 17, 2). Nosotros nos vestimos de Cristo, como dice San Pablo (cf. Gal 3, 27), porque nuestros bienes son gloria suya y lo atavían y honran, pues son testimonio de su grande bondad, con que nos lo dio, y el gran valor de su sangre, con que nos lo mereció (cf. 1 Cor 12, 27). Y estas vestiduras que atavían su cuerpo, y aun se llaman su cuerpo, que somos nosotros cuando nos transformamos en Él, participamos del resplandor que recibió en su cara cuando se transformó siendo emblanquecido más que la nieve, como David lo deseaba y pedía, diciendo: Rociarme has, Señor, con hisopo, y seré limpio; lo cual se hace cuando nos limpian de pecados mortales; lavarme has, y seré emblanquecido más que la nieve (Sal 50, 9), cuando se nos limpian de pecados veniales.

Sermón del Santísimo Sacramento. III, pg. 671.

Y después de recebido el anillo, que hermosea un aparte del cuerpo, vístela su benditísimo Hijo de vestidura de muy blanca holanda, la cual color es la que usa en el cielo y significa la gracia, sin la cual el ánima está desnuda y ennegrecida, sigún Cristo lo dice: Aconséjote que te vistas de vestiduras blancas, porque no aparezca tu desnudez (cf. Ap 3, 18). Y también significa a la gloria , que es gracia acabada y preciosa vestidura del ánima, que se dará a los que bien vivieren, sigún lo ha prometido Jesucristo nuestro Señor, diciendo: Andarán conmigo y con vestiduras blancas (cf. Ap 3, 4). Y así los ángeles que aparecieron a los santos apóstoles en el día de la ascensión del Señor, vestiduras blancas traían (Hch 1, 10); y cuando el Señor quiso declarar su gloria en el monte Tabor, fueron sus vestiduras hechas blancas como la nieve (cf. Mt 17, 2) con gloria.

Sermón fiesta de la Asunción de María. III, pg. 984-985.

Este es el Señor, por el cual el Padre nos mira con agraciados ojos, por vernos hechos miembros de Aquel de quien el Padre mismo dio testimonio diciendo: Este es mi Hijo muy amado, en el cual yo me he agradado (Mt 17, 5). Y así como la desgracia de Adán se extendió a los que venían de él, así mucho más el amor y agradamiento que Dios Padre tiene en su Hijo es cosa universal  y general para todos, chicos y grandes, que se quisieren juntar e encorporar en el mismo Hijo.

Sermón de Jueves Santo. III, pg. 426.

Mas diréis: ¿Por que le llama escondrijo? Por cierto con mucha razón; porque así como la faz divina no es escondrijo, sino cosa luciente, según la divinidad, así la faz de Cristo, Dios y hombre, se llama escondrijo según la humanidad, y esto no cuando en el monte Tabor resplandeció su faz, como sol y sus vestiduras como luz (Mt 17, 2), mas cuando se desfiguró en el mone Calvario y parecieron sus vestiduras y carne bermejas con la sangre que de Él salía en precio de nuestro rescate.

Carta a un su devoto. IV, pg. 273.

Si en la noche del nacimiento del Señor llevaron a vuestra merced al monte Calvario y le dieron compasión del Crucificado y lágrimas con que lavar sus pies, de creer es que agora, en Cuaresma y cerca del tiempo en que se representa su pasión, la terná el Señor por tan moradora de aquel monte, que de allí no la deje salir. Bien está allí, señora. Dígale al señor como San Pedro: Bien es que nos estemos aquí (Mt 17, 4), y será mejor petición. Porque él deseaba el monte donde había el descanso; en estotro hay trabajo; y por esto lo postrero es señal de mayor amor, pues no en el descansar, mas en el penar se demuestra y emplea el amor del Señor.

A una señora. IV, pg. 459.

También parecía grande amor querer estar San Pedro en el monte a la golosina de la transfiguración de Jesucristo (cf. Mt 17, 4), y era propio amor e interés, pues lo quería vestido de gloria y no penado en la cruz.

A un mancebo. IV, pg. 610.

El dechado que el Padre Eterno ha dado a todo género de personas para que acierten a servir a Dios según su contento, es su benditísimo Hijo Jesucristo nuestro Señor, cuya doctrina y vida ha de ser el nivel de la nuestra y ha de ser la que nos ha de juzgar en el día postrero. Y así en el monte Tabor sonó la voz: Este es mi Hijo muy amado; a Él oíd (Mt 17, 5). Y el mismo Señor, dado por maestro en la doctrina, amonesta muchas veces a la imitación de su vida, así en obrar virtudes como en la mortificación de la cruz, aun hasta perder por su amor en ella la vida.

A un señor de este reino, siendo asistente de Sevilla. IV, pg. 58.

 

San Oscar Romero.

La Cuaresma transfigura, la Cuaresma renueva al hombre. Ojalá que todo el pueblo santo de Dios al celebrar después de la Cuaresma, la Pascua de la muerte y la resurrección de Cristo, sintamos que todo aquel amor que lo llevó al Calvario y toda aquella vida que exhala de todos sus poros, no como un transfigurado de la tierra sino como quien posee la plenitud de la vida eterna para darlo a los hombres, sea nuestro amor, sea nuestra vida la de Cristo Nuestro Señor, que en esto consiste ser bautizado, ser cristiano. Y la Cuaresma no es otra cosa que revivir nuestro compromiso bautismal que nos identificó con el Cristo que por nosotros murió y que para nosotros resucitó.

Segundo domingo de Cuaresma. 19 de febrero de 1978.

 

Papa León XIV. Ángelus. 22 de febrero de 2026.

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!

Hoy, primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de Jesús que, guiado por el Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo (cf. Mt 4,1-11). Después de ayunar durante cuarenta días, siente el peso de su humanidad: el hambre a nivel físico y las tentaciones del diablo a nivel moral. Enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino y, resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas.

La liturgia, con esta Palabra de vida, nos invita a considerar la Cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella, y de comprometernos a hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera.

Es verdad, se trata de un camino exigente, y existe el riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder (cf. Mt 4,3-8). Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.

Por eso, san Pablo VI enseñaba que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte «que tiene como término el amor y el abandono en el Señor» (Const. ap. Paenitemini, 17 febrero 1966, I). De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y vivir, con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con Él y entre nosotros.

En este tiempo de gracia, practiquémosla generosamente, junto con la oración y las obras de misericordia; demos espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario. Entonces, como dice san Agustín, “nuestra oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la paz” (cf. Sermón 206,3).

A la Virgen María, Madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba, le confiamos nuestro camino cuaresmal.   

 

León XIV. Audiencia general. 18 de febrero de 2026. Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II - I. Constitución dogmática Lumen gentium 1. El misterio de la Iglesia, sacramento de la Unión con Dios y de la unidad de todo el género humano

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.

El Concilio Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando quiso describir la Iglesia se preocupó, ante todo, de explicar de dónde proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución dogmática Lumen gentium, aprobada el 21 de noviembre de 1964, tomó de las Cartas de San Pablo el término “misterio”. Eligiendo este vocablo no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”. Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la Carta a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba escondida y que ahora ha sido revelada.

Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.

La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.

Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por Dios, no puede, sin embargo, limitarse a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Por eso, el Concilio Vaticano II, al inicio de la Constitución Lumen gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1). Con el uso del término “sacramento” y la consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un signo. Además, al término “sacramento” se añade también el de “instrumento”, precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas.

La unión con Dios encuentra su reflejo en la unión de las personas humanas. Es esta la experiencia de la salvación. No es casualidad que en la Constitución Lumen gentium en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utiliza de nuevo la descripción de la Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”: «Porque Cristo – dice el Concilio –  levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».

Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos.

 

Papa Francisco. Ángelus. 5 de marzo de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este segundo Domingo de Cuaresma se proclama el Evangelio de la Transfiguración: Jesús lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan a un monte y se revela ante ellos en toda su belleza de Hijo de Dios (cf. Mt 17,1-9).

Detengámonos un momento en esta escena y preguntémonos: ¿En qué consiste esta belleza? ¿Qué ven los discípulos? ¿Un efecto especial? No, no es eso. Ven la luz de la santidad de Dios resplandecer en el rostro y en los vestidos de Jesús, imagen perfecta del Padre. Se revela la majestad de Dios, la belleza de Dios. Pero Dios es Amor, y, por lo tanto, los discípulos han visto con sus ojos la belleza y el esplendor del Amor divino encarnado en Cristo. ¡Tuvieron un anticipo del paraíso! ¡Qué sorpresa para los discípulos! ¡Habían tenido ante sus ojos durante tanto tiempo el rostro del Amor y no se habían dado cuenta de lo hermoso que era! Solo ahora se dan cuenta y con tanta alegría, con inmensa alegría.

Jesús, en realidad, con esta experiencia los está formando, los está preparando para un paso todavía más importante. Poco después, en efecto, deberán saber reconocer en Él la misma belleza, cuando suba a la cruz y su rostro sea desfigurado. A Pedro le cuesta entender: quisiera detener el tiempo, poner la escena en “pausa”, estar allí y alargar esta experiencia maravillosa; pero Jesús no lo permite. Su luz, de hecho, no se puede reducir a un “momento mágico”. Así se convertiría en algo falso, artificial, que se disuelve en la niebla de los sentimientos pasajeros. Al contrario, Cristo es la luz que orienta el camino, como la columna de fuego para el pueblo en el desierto (cf. Ex 13,21). La belleza de Jesús no aparta a los discípulos de la realidad de la vida, sino que les da la fuerza para seguirlo hasta Jerusalén, hasta la cruz. La belleza de Cristo no es alienante, te lleva siempre adelante, no hace que te escondas: ¡sigue adelante!

Hermanos, hermanas, este Evangelio traza también para nosotros un camino: nos enseña lo importante que es estar con Jesús, incluso cuando no es fácil entender todo lo que dice y lo que hace por nosotros. De hecho, es estando con él como aprendemos a reconocer en su rostro la belleza luminosa del amor que se entrega, incluso cuando lleva las marcas de la cruz. Y es en su escuela donde aprendemos a captar la misma belleza en los rostros de las personas que cada día caminan junto a nosotros: los familiares, los amigos, los colegas, quienes en diversos modos cuidan de nosotros. ¡Cuántos rostros luminosos, cuántas sonrisas, cuántas arrugas, cuántas lágrimas y cicatrices hablan de amor en torno a nosotros! Aprendamos a reconocerlos y a llenarnos el corazón con ellos. Y después pongámonos en marcha, para llevar también a los demás la luz que hemos recibido, con las obras concretas del amor (cf. 1 Jn 3,18), sumergiéndonos con más generosidad en las tareas cotidianas, amando, sirviendo y perdonando con más entusiasmo y disponibilidad. La contemplación de las maravillas de Dios, la contemplación del rostro de Dios, de la cara del Señor, nos debe empujar al servicio a los demás.

Podemos preguntarnos: ¿Sabemos reconocer la luz del amor de Dios en nuestra vida? ¿La reconocemos con alegría y gratitud en los rostros de las personas que nos quieren? ¿Buscamos en torno a nosotros las señales de esta luz, que nos llena el corazón y lo abre al amor y al servicio? ¿O preferimos los fuegos fatuos de los ídolos, que nos alienan y nos cierran en nosotros mismos? La gran luz del Señor y la luz falsa, artificial de los ídolos. ¿Qué prefiero yo?

Que María, que ha custodiado en el corazón la luz de su Hijo, también en la oscuridad del Calvario, nos acompañe siempre en el camino del amor.


Papa Francisco. Ángelus. 1 de marzo de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este primer domingo de Cuaresma, el Evangelio (cf. Mateo 4, 1-11) relata que Jesús, después de su bautismo en el río Jordán, «fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (v. 1). Se prepara para comenzar su misión como anunciador del Reino de los Cielos y, como Moisés y Elías (cf. Éxodo 24, 18; I Reyes 19, 8) en el Antiguo Testamento, lo hace con un ayuno de cuarenta días. Entra en “Cuaresma”.

Al final de este período de ayuno, el tentador, el diablo, irrumpe e intenta poner a Jesús en dificultades tres veces. La primera tentación se inspira en el hecho de que Jesús tiene hambre; el diablo le sugiere: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (v. 3). Un desafío. Pero la respuesta de Jesús es clara: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (4, 4). Hace referencia a Moisés, cuando recuerda al pueblo el largo viaje realizado en el desierto, en el que aprendió que su vida depende de la Palabra de Dios (cf. Deuteronomio 8, 3).

Entonces el diablo lo intenta por segunda vez (vv. 5-6), se hace aún más astuto, citando las Sagradas Escrituras él mismo. La estrategia es clara: si tienes tanta confianza en el poder de Dios, entonces experiméntalo, ya que la propia Escritura afirma que serás socorrido por los ángeles (v. 6). Pero, incluso en este caso, Jesús no se deja confundir, porque quien cree sabe que a Dios no se le somete a prueba, sino que se confía en su bondad. Por lo tanto, a las palabras de la Biblia, interpretadas instrumentalmente por Satanás, Jesús responde con otra cita: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios» (v. 7).

Finalmente, el tercer intento (vv. 8-9) revela el verdadero pensamiento del diablo: como la venida del Reino de los Cielos marca el comienzo de su derrota, el maligno quiere desviar a Jesús de su misión, ofreciéndole una perspectiva de mesianismo político. Pero Jesús rechaza la idolatría del poder y la gloria humana y, al final, expulsa al tentador diciéndole «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto» (v. 10). Y en este punto, los ángeles se acercaron a Jesús, fiel a la consigna del Padre, para servirle (cf. v. 11).

Esto nos enseña una cosa: Jesús no dialoga con el diablo. Jesús responde al diablo con la Palabra de Dios, no con su palabra. En la tentación muchas veces empezamos a dialogar con la tentación, a dialogar con el diablo: “Sí, pero puedo hacer esto..., luego me confieso, luego esto, luego lo otro...”. Nunca se habla con el diablo. Jesús hace dos cosas con el diablo: lo expulsa o, como en este caso, responde con la Palabra de Dios. Tened cuidado: nunca dialoguéis con la tentación, nunca dialoguéis con el diablo.

También hoy Satanás irrumpe en la vida de las personas para tentarlas con sus propuestas tentadoras; mezcla las suyas con las muchas voces que tratan de domar la conciencia. Desde muchos lugares llegan mensajes que invitan a la gente a “dejarse tentar” para experimentar la embriaguez de la transgresión. La experiencia de Jesús nos enseña que la tentación es el intento de tomar caminos alternativos a los de Dios: “Pero haz esto, no hay ningún problema, ¡luego Dios te perdona! Pero tómate un día de alegría...” – “¡Pero es un pecado!” – “No, no es nada”. Caminos alternativos, caminos que nos dan la sensación de autosuficiencia, de disfrutar de la vida como un fin en sí misma. Pero todo esto es ilusorio: pronto nos damos cuenta de que cuanto más nos alejamos de Dios, más impotentes y desamparados nos sentimos ante los grandes problemas de la existencia.

Que la Virgen María, la Madre de Aquel que quebró la cabeza a la serpiente, nos ayude en este tiempo de Cuaresma a estar vigilantes ante las tentaciones, a no someternos a ningún ídolo de este mundo, a seguir a Jesús en la lucha contra el mal; y también nosotros saldremos vencedores como Jesús.

 

Papa Francisco. Ángelus. 12 de marzo de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta la narración de la Transfiguración de Jesús (cf. Mateo 17, 1-9). Se lleva aparte a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, Él subió con ellos a un monte alto, y allí ocurrió este singular fenómeno: el rostro de Jesús «se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (v. 2). De tal manera el Señor hizo resplandecer en su misma persona la gloria divina que se podía percibir con la fe en su predicación y en sus gestos milagrosos. Y la transfiguración es acompañada, en el monte, con la aparición de Moisés y de Elías, «que conversaban con él» (v. 3).

La “luminosidad” que caracteriza este evento extraordinario simboliza el objetivo: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que puedan comprender claramente quién es su Maestro. Es un destello de luz que se abre de repente sobre el misterio de Jesús e ilumina toda su persona y toda su historia.

Ya en marcha hacia Jerusalén, donde deberá padecer la condena a muerte por crucifixión, Jesús quiere preparar a los suyos para este escándalo —el escándalo de la cruz—, para este escándalo demasiado fuerte para su fe y, al mismo tiempo, preanunciar su resurrección, manifestándose como el Mesías, el Hijo de Dios. Y Jesús les prepara para ese momento triste y de tanto dolor. En efecto, Jesús estaba demostrando ser un Mesías diverso respecto a lo que se esperaba, a lo que ellos imaginaban sobre el Mesías, como fuese el Mesías: no un rey potente y glorioso, sino un siervo humilde y desarmado; no un señor de gran riqueza, signo de bendición, sino un hombre pobre que no tiene donde apoyar su cabeza; no un patriarca con numerosa descendencia, sino un célibe sin casa ni nido. Es de verdad una revelación de Dios invertida, y el signo más desconcertante de esta escandalosa inversión es la cruz. Pero precisamente a través de la cruz Jesús alcanzará la gloriosa resurrección, que será definitiva, no como esta transfiguración que duró un momento, un instante.

Jesús transfigurado sobre el monte Tabor quiso mostrar a sus discípulos su gloria no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde lleva la cruz. Quien muere con Cristo, con Cristo resurgirá. Y la cruz es la puerta de la resurrección. Quien lucha junto a Él, con Él triunfará. Este es el mensaje de esperanza que la cruz de Jesús contiene, exhortando a la fortaleza en nuestra existencia. La Cruz cristiana no es un ornamento de la casa o un adorno para llevar puesto, la cruz cristiana es un llamamiento al amor con el cual Jesús se sacrificó para salvar a la humanidad del mal y del pecado. En este tiempo de Cuaresma, contemplamos con devoción la imagen del crucifijo, Jesús en la cruz: ese es el símbolo de la fe cristiana, es el emblema de Jesús, muerto y resucitado por nosotros. Hagamos que la cruz marque las etapas de nuestro itinerario cuaresmal para comprender cada vez más la gravedad del pecado y el valor del sacrificio con el cual el Redentor nos ha salvado a todos nosotros. La Virgen Santa supo contemplar la gloria de Jesús escondida en su humanidad. Nos ayude a estar con Él en la oración silenciosa, a dejarnos iluminar por su presencia, para llevar en el corazón, a través de las noches más oscuras, un reflejo de su gloria.

 

 

Papa Francisco. Ángelus. 16 de marzo de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio nos presenta el acontecimiento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, el domingo pasado; la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto» (Mt 17, 1). La montaña en la Biblia representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el sitio de la oración, para estar en presencia del Señor. Allí arriba, en el monte, Jesús se muestra a los tres discípulos transfigurado, luminoso, bellísimo; y luego aparecen Moisés y Elías, que conversan con Él. Su rostro estaba tan resplandeciente y sus vestiduras tan cándidas, que Pedro quedó iluminado, en tal medida que quería permanecer allí, casi deteniendo ese momento. Inmediatamente resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo: «Escuchadlo» (v. 5). ¡Esta palabra es importante! Nuestro Padre que dijo a los apóstoles, y también a nosotros: «Escuchad a Jesús, porque es mi Hijo predilecto». Mantengamos esta semana esta palabra en la cabeza y en el corazón: «Escuchad a Jesús». Y esto no lo dice el Papa, lo dice Dios Padre, a todos: a mí, a vosotros, a todos, a todos. Es como una ayuda para ir adelante por el camino de la Cuaresma. «Escuchad a Jesús». No lo olvidéis.

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como hacían las multitudes del Evangelio que lo seguían por los caminos de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le había dado el Padre, a lo largo de los caminos, recorriendo trayectos no siempre previsibles y a veces poco libres de obstáculos. Seguir a Jesús para escucharle. Pero también escuchamos a Jesús en su Palabra escrita, en el Evangelio. Os hago una pregunta: ¿vosotros leéis todos los días un pasaje del Evangelio? Sí, no… sí, no… Mitad y mitad… Algunos sí y algunos no. Pero es importante. ¿Vosotros leéis el Evangelio? Es algo bueno; es una cosa buena tener un pequeño Evangelio, pequeño, y llevarlo con nosotros, en el bolsillo, en el bolso, y leer un breve pasaje en cualquier momento del día. En cualquier momento del día tomo del bolsillo el Evangelio y leo algo, un breve pasaje. Es Jesús que nos habla allí, en el Evangelio. Pensad en esto. No es difícil, ni tampoco necesario que sean los cuatro: uno de los Evangelios, pequeñito, con nosotros. Siempre el Evangelio con nosotros, porque es la Palabra de Jesús para poder escucharle.

De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida. Y esto es curioso. Cuando oímos la Palabra de Jesús, escuchamos la Palabra de Jesús y la tenemos en el corazón, esa Palabra crece. ¿Sabéis cómo crece? ¡Donándola al otro! La Palabra de Cristo crece en nosotros cuando la proclamamos, cuando la damos a los demás. Y ésta es la vida cristiana. Es una misión para toda la Iglesia, para todos los bautizados, para todos nosotros: escuchar a Jesús y donarlo a los demás. No olvidarlo: esta semana, escuchad a Jesús. Y pensad en esta cuestión del Evangelio: ¿lo haréis? ¿Haréis esto? Luego, el próximo domingo me diréis si habéis hecho esto: llevar un pequeño Evangelio en el bolsillo o en el bolso para leer un breve pasaje durante el día.

Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para continuar con fe y generosidad este itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y escuchar a Jesús y a «bajar» con la caridad fraterna, anunciando a Jesús.

Al término de la oración mariana, el Santo Padre, tras saludar a los grupos presentes, dirigió las siguientes palabras.

Os invito a recordar en la oración a los pasajeros y a la tripulación del avión de Malasia y a sus familiares. Estamos cerca de ellos en este difícil momento.

A todos deseo un feliz domingo y un buen almuerzo. ¡Hasta la vista!

 

Benedicto XVI. Ángelus.  20 de marzo de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias al Señor que me ha permitido vivir en los días pasados los ejercicios espirituales, y me siento agradecido a cuantos me han manifestado su cercanía con la oración. Este domingo, segundo de Cuaresma, se suele denominar de la Transfiguración, porque el Evangelio narra este misterio de la vida de Cristo. Él, tras anunciar a sus discípulos su pasión, «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 1-2). Según los sentidos, la luz del sol es la más intensa que se conoce en la naturaleza, pero, según el espíritu, los discípulos vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso, el de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la historia de la salvación. San Máximo el Confesor afirma que «los vestidos que se habían vuelto blancos llevaban el símbolo de las palabras de la Sagrada Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas» (Ambiguum 10: pg 91, 1128 b).

Dice el Evangelio que, junto a Jesús transfigurado, «aparecieron Moisés y Elías conversando con él» (Mt 17, 3); Moisés y Elías, figura de la Ley y de los Profetas. Fue entonces cuando Pedro, extasiado, exclamó: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17, 4). Pero san Agustín comenta diciendo que nosotros tenemos sólo una morada: Cristo; él «es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la Ley, Palabra de Dios en los Profetas» (Sermo De Verbis Ev. 78, 3: pl 38, 491). De hecho, el Padre mismo proclama: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17, 5). La Transfiguración no es un cambio de Jesús, sino que es la revelación de su divinidad, «la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 361). Pedro, Santiago y Juan, contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un antiguo himno: «En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre» (Kontákion eis ten metamórphosin, en: Menaia, t. 6, Roma 1901, 341).

Queridos amigos, participemos también nosotros de esta visión y de este don sobrenatural, dando espacio a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios. Además, especialmente en este tiempo de Cuaresma, os exhorto, como escribe el siervo de Dios Pablo vi, «a responder al precepto divino de la penitencia con algún acto voluntario, además de las renuncias impuestas por el peso de la vida diaria» (const. ap. Pænitemini, 17 de febrero de 1966, iii, c: aas 58 [1966] 182). Invoquemos a la Virgen María, para que nos ayude a escuchar y seguir siempre al Señor Jesús, hasta la pasión y la cruz, para participar también en su gloria.

 

Benedicto XVI. Ángelus.  17 de febrero de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer se concluyeron aquí, en el palacio apostólico, los ejercicios espirituales durante los cuales, como todos los años, se unieron en la oración y en la meditación el Papa y sus colaboradores de la Curia romana. Doy las gracias a cuantos nos han acompañado espiritualmente: el Señor los recompense por su generosidad.

Hoy, segundo domingo de Cuaresma, prosiguiendo el camino penitencial, la liturgia, después de habernos presentado el domingo pasado el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad. De este modo, podríamos decir que estos dos domingos son como dos pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, más aún, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.

El monte —tanto el Tabor como el Sinaí— es el lugar de la cercanía con Dios. Es el espacio elevado, con respecto a la existencia diaria, donde se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en la presencia del Señor, como Moisés y Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del "éxodo" que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua.
La Transfiguración es un acontecimiento de oración: orando, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a él, se adhiere con su voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y así la luz lo invade y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. También el vestido de Jesús se vuelve blanco y resplandeciente. Esto nos hace pensar en el Bautismo, en el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (cf. Ap 7, 9. 13).

Aquí está el punto crucial: la Transfiguración es anticipación de la resurrección, pero esta presupone la muerte. Jesús manifiesta su gloria a los Apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios. La voz del Padre, que resuena desde lo alto, proclama que Jesús es su Hijo predilecto, como en el bautismo en el Jordán, añadiendo: "Escuchadlo" (Mt 17, 5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirlo por el camino de la cruz, llevando en el corazón, como él, la esperanza de la resurrección. Spe salvi, salvados en esperanza. Hoy podemos decir: "Transfigurados en esperanza".

Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconozcamos en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de Cristo, y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma.

 

 

DOMINGO 3º TIEMPO DE CUARESMA. MISA DE NIÑOS.

Monición de entrada.-

Hola:

Igual que Jesús se encontró con una chica que iba a sacar agua del pozo.

Hoy Jesús se encuentra con nosotros.

Y también nos da a beber un agua que quita la sed.

Este agua es la Palabra de Dios y la comunión.

 

 Señor ten piedad.-

Porque no hacemos caso de las promesas del bautismo. Señor, ten piedad.

Porque hemos hecho de nuestro corazón un pozo sin agua. Cristo, ten piedad.

Porque nos hemos olvidado de ti, la fuente de agua viva. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Jesús,  te pido por el Papa León y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por los cristianos, para que tengamos sed de ti.  Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por los que no te conocen, para que te encuentren. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por los que piensan que la felicidad es tener cosas y se olvidan que la felicidad es estar contigo y las personas que nos quieren. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros, para que te conozcamos mejor  y aprendamos a vivir como tu vivías. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias por ayudarnos en esta misa a abrir los ojos del corazón y ver en la comunión a Jesús.

 


[1] Pío de Luis, OSA. Comentarios de san Agustín a las lecturas litúrgicas (NT). Selección de textos e introducción. Estudio Agustiniano. Valladolid. 1986.