Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14.22-33
El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once,
levantó su voz y con toda solemnidad declaró:
-Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad
atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante
vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él,
como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía
establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de
hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte,
por cuanto no era posible que esta lo retuvieran bajo su dominio, pues David
dice, refiriéndose a él: “Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi
derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de
los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado
senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”. Hermanos, permitidme
hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, su sepulcro
está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios
“le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, dijo
que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no
experimentará corrupción·. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos
nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo
recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo
que estáis viendo y oyendo.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
Jesús Nazoreo,
hombre acreditado.
Mt 2, 23: Y se
estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de
los profetas, que se llamaría nazareno.
Lc 24, 19: Lo de
Jesús el Nazareno, que fue un profeta en obras y palabras, ante Dios y ante
todo el pueblo.
Hch 10, 38: Me
refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo,
que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque
Dios estaba con él.
Lc 5, 17: Un día
estaba él enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley,
venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor
estaba con él para realizar curaciones.
Dios lo resucitó.
Sal 18, 6: Me sacó a
un lugar espacioso / me libró porque me amaba.
Hch 13, 34-35: Y que
resucitó de la muerte para nunca volver a la corrupción, llo tiene expresado
así: “Os cumpliré las promesas santas y seguras hechas a David”. Por eso dice
en otro lugar: No dejarás que tu santo experimente la corrupción”.
Veía constantemente
al Señor.
Sal 16, 10: Porque
no me abandonarás en la región de los muertos / ni dejarás a tu fiel ver la
corrupción.
Como era profeta
sabía que Dios le había asegurado.
2 S 7, 12: En
efecto, cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré
descendencia tuya después de ti: Al que salga de tus entrañas le afirmaré su
reino.
Sal 132, 11: El
Señor ha jurado a David / una promesa que no retractará: “A uno de tu linaje /
pondré sobre tu trono”.
Mt 9, 27: Cuando
Jesús salía de allí, dos ciegos lo seguían gritando: “Ten compasión de
nosotros, hijo de David”.
Así pues, exaltado
por la diestra de Dios.
Hch 1, 8:
Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la
tierra.
Hch 1, 5: Porque
Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo
dentro de no muchos días.
Ez 36, 27: Os
infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardáis
y cumpláis mis mandamientos.
Jn 15, 26: Cuando
venga el Paráclito que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que
procede del Padre, él dará testimonio de mí.
Notas
exegéticas.
2 14 Pedro obra como cabeza del
colegio apostólico y aparece en primer plano. En ocasiones Juan aparece junto a
él, pero algo así como su doble.
2 22 (a) El contenido de la
predicación apostólica primitiva (Kerygma), de la que tenemos aquí una
primera exposición, se nos ha transmitido esquemáticamente en cinco discursos
de Pero (Hch 2, 14-39; 3, 12-26; 4, 9-12; 5,, 29-32; 10, 34-43, y uno de Pablo,
13, 16-41. El núcleo central es un testimonio que tiene por objeto la muerte,
la resurrección de Cristo y su exaltación. Luego, detalles como su misión,
anunciada por Juan el Bautista, preparada por la enseñanza y sus milagros,
concluida con las apariciones del Resucitado y la efusión del Espíritu.
Finalmente, perspectivas más amplias que, por las profecías del AT, hunden sus
raíces en el pasado y miran el futuro: advenimiento de los tiempos mesiánicos y
llamamiento a judíos y gentiles a la conversión para apresurar la Vuelta de
Cristo. Los evangelios, que son un desarrollo de la predicación primitiva,
siguen este esquema.
2 22 (b) Este epíteto [Nazoreo],
cuyo origen y significado sigue siendo oscuro es aplicado con frecuencia a
Jesús en Hechos.
2 22 (c) Esta formulación solemne,
inspirada probablemente en el AT (Ex 7, 3) parece designar esencialmente las
curaciones realizadas por Jesús. Fórmulas análogas, reducidas a dos términos,
designan los milagros por los que Dios acreditará la predicación apostólica.
2 23 (a) Las profecías del AT
prueban este designio de Dios.
2 23 (b) Aquí los romanos. Pero la
predicación primitiva contiene análogas acusaciones contra los judíos, contra
los cuales se opone la intervención de Dios, que resucita a Jesús.
2 24 “Del Hades”, texto occidental, “de la muerte”, texto recibido. El
“Hades” en los LXX corresponde al seol, Nm 16, 33.
2 25 Citado según los LXX. El texto
hebreo sólo expresaba el deseo de escapar a una muerte inminente: “No dejarás a
tu amigo ver la fosa”. El argumento supone el empleo de la versión griega, que
introduce una idea distinta, traduciendo “fosa” (=tumba) por “corrupción”.
2 27 El original hebreo dice “tu
fiel” (hasidka).
2 29 En la antigua colina de Sión,
por debajo del Templo, 1 R 2, 10. Una interpretación exagerada de este
versículo dio lugar a la leyenda de la tumba de David que veneran hoy en el
lugar tradicional del Cenáculo, en la colina occidental que, desde los primeros
siglos del cristianismo, recibió el nombre de Sión.
2 30 [A uno de tu linaje] Lit.
“fruto de tus riñones” ( de tus lomos). Equivalencia en 1 S 7, 12-13.
2 33 (a) Palabras inspiradas en el
Salmo 118 (v. 16 LXX, “la diestra del Señor me ha exaltado”), que la
predicación apostólica utiliza considerándolo mesiánico. Pero también pudiera
traducirse: “Habiendo sido exaltado a la diestra de Dios” y ver en ello la
introducción de la cita que recoge otro tema de la predicación apostólica.
2 33 (b) Los profetas habían
anunciado el don del Espíritu para los tiempos mesiánicos. Y por este Espíritu,
“derramado”, según el anuncio de Joel 3, 1-2, por Cristo resucitado explica
Pedro el milagro de que son testigos sus oyentes.
Salmo
responsorial
Salmo 16 (15), 1-2.5.7-11.
R/. Señor,
me enseñarás el sendero de la vida.
Protégeme,
Dios mío, que me refugio en ti.
Yo
digo al Señor: “Tú eres mi Dios”.
El
Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi
suerte está en tu mano. R/.
Bendeciré
al Señor que me aconseja,
hasta
de noche me instruye internamente.
Tengo
siempre presente al Señor,
con
él a mi derecha no vacilaré. R/.
Por
eso se me alegra el corazón,
se
gozan mis entrañas,
y
mi carne descansa esperanzada.
Porque
no me abandonarás en la región de los muertos
ni
dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.
Me
enseñarás el sendero de la vida,
me
saciarás de gozo en tu presencia,
de
alegría perpetua a tu derecha. R/.
Textos
paralelos.
Tengo
siempre presente a Yahvé
Sal 121, 5: No
permitirá que resbale tu pie, / tu guardián de Israel.
Por
eso se me alegra el corazón.
Hch 2, 27: Porque
no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo
experimente la corrupción.
Pues
no me abandonará al Seol.
Hch 13, 35: Por eso dice en
otro lugar: No dejarás que tu santo experimente la corrupción.
Nm 16, 33: [Coré,
Datán y Abirón] Bajaron vivos al abismo con todo lo que tenían. La tierra los
cubrió y desaparecieron de la asamblea.
Sal 49, 16: Pero a
mí, Dios me salva, / me arranca de las garras del abismo.
Sal 73, 24: Me
guías según tus planes, / y después me recibirás en la gloria.
Notas
exegéticas.
16 1 Sentido dudoso del término miktam.
El griego dice: “Inscripción en una estela”; el Targum: “Forma correcta”;
Jerónimo y algunas tradiciones rabínicas “Humílde e íntegro David”. Esta
rúbrica se encuentra encabezando los salmos cuya recitación pública podía
provocar la ira de los paganos señores de Jerusalén.
16 3 Los versículos 2-3 son oscuros,
y la traducción conjetural. El hebreo se traduciría literalmente: “Mi Señor, tú
(eres) mi dicha, nada por encima de ti. A los santos, estos de la tierra,
aquello y estos que imponen(¿), todo mi placer está en ellos”. – Estos
versículos podrían dirigirse a quienes pretenden unir la adoración a Yahvé y el
culto a los dioses locales, sincretismo que fue durante mucho tiempo la
tentación de Israel, ver Is 57, 6.
16 7 [La conciencia] Lit. “mis riñones”, sede de los
pensamientos y de los afectos secretos.
16 10 El salmista ha elegido a
Yahvé. El realismo de su fe y las exigencias de su vida mística piden una
intimidad indisoluble con él: necesita, pues, escapar a la muerte que le
separaría de él, Sal 6, 6. Esperanza imprecisa aún, que preludia la fe en la
resurrección. Las versiones traducen “fosa” por “corrupción”. La aplicación
mesiánica, admitida por el Judaísmo, se ha verificado en la resurrección de
Cristo.
Segunda
lectura.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17-21
Queridos hermanos:
Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según
las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra
peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta
inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o
plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin
mancha. Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los
últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo
resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y
vuestra esperanza estén puestas en Dios.
Textos
paralelos.
Si llamáis Padre.
Dt 10, 17: Pues el Señor,
vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de los señores, el Dios grande, fuerte y
terrible, que no es parcial ni acepta soborno.
Hb 11, 6: Y sin fe es imposible complacerlo, pues el
que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes lo
buscan.
Conducíos con temor.
2 Co 5, 6: Así pues, siempre
llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos
desterrados lejos del Señor.
Is 52, 3: Porque estos dice el
Señor: / “Por nada fuisteis vendidos, / sin precio seréis rescatados”.
1 Co 6, 20: Pues habéis sido
comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!
1 Co 7, 23: Habéis sido
comprados a buen precio. No os hagáis esclavos de los hombres.
Sino con la sangre
preciosa de Cristo.
Ef 4, 17: Esto es lo que digo y
aseguro en el Señor, que no andéis ya, como es el caso de los gentiles, en la
vaciedad de sus ideas.
Ap 5, 9: Y cantan un cántico
nuevo: “Eres digno de recibir el libro y abrir sus sellos, porque fuiste
degollado y con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda tribu,
lengua, pueblo y nación”.
Jn 1, 29: Al día siguiente, al
ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo”.
Rm 3, 24-25: Y son justificados
gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.
Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre, para
mostrar su justicia pasando por alto los pecados del pasado.
Jn 17, 24: Padre, este es mi
deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi
gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.
Ga 4, 4: Mas cuando llegó la
plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la rey.
Hb 1, 2: En esta etapa final,
nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio
del cual ha realizado los siglos.
Rm 1, 16: Pues no me avergüenzo
del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree,
primero del judío, y también del griego.
Rm 1, 4: Constituido Hijo de
Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los
muertos: Jesucristo, nuestro Señor.
Rm 8, 11: Y si el Espíritu del
que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó
de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos
mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Notas
exegéticas:
1 18 A propósito del tema del
rescate ver Rm 3, 24.
1 19 Cualidades exigidas del cordero
pascual (Ex 12, 5).
1 21 El rescate, Rm 3, 25, por la
sangre de Cristo, Mt 26, 28, así como su resurrección, dependían del designio
eterno del Padre, que así consagraba a su nuevo pueblo de creyentes. Se
barrunta en esta sección el eco de una catequesis o incluso de una liturgia
bautismal.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 24, 13-35
Aquel mismo día (el primero de
la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada
Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre
ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en
persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces
de reconocerlo. Él les dijo:
-¿Qué conversación es esa que
traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron con aire
entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, lke respondió:
-¿Eres tú el único forastero en
Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allíe stos días?
Él les dijo:
-¿Qué?
Ellos le contestaron:
-Lo de Jesús el Nazareno, que
fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo,
como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran
a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a
Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto
sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado,
pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su
cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles,
que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y
lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.
Entonces él les dijo:
-¡Qué necios y torpes sois para
creer que lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías
padeciera esto y entrara así en su gloria?
Y, comenzando por Moisés y
siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas
las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a
seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
-Quédate con nosotros, porque
atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con
ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo
partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro:
-¿No ardía nuestro corazón
mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y, levantándose en aquel
momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con
sus compañeros, que estaban diciendo:
-Era verdad, ha resucitado el
Señor y se ha aparecido a Simón.
Y ellos contaron lo que les
había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Textos
paralelos.
Aquel mismo día iban dos
de ellos a un pueblo.
Mc 16, 12-13: Después se
apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También
ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
Lo de Jesús el Naroeo.
Mt 2, 23: Y se estableció en
una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas,
que se llamaría nazareno.
Mt 16, 14: Ellos contestaron:
“Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los
profetas”.
Hch 7, 22: Y fue educado Moisés
en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso de palabras y de obras.
Iba a ser él quien nos
liberaría.
Lc 1, 54: Auxilia a Israel, su
siervo, acordándose de la misericordia.
Lc 2, 38: Presentándose en
aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que
aguardaban la liberación de Jerusalén.
Fueron de madrugada al
sepulcro.
Lc 24, 9: Habiendo vuelto del
sepulcro anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás.
¡Qué poco perspicaces
sois y que mente más tarda tenéis para creer…!
Mc 4, 13: Y añadió: “¿No
entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás?”.
Mt 8, 10: Al oírlo, Jesús quedó
admirado y dijo a los que lo seguían: “En verdad os digo que en Israel no he
encontrado en nadie tanta fe”.
Hch 3, 24: Y, desde Samuel en
adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
Lc 18, 31: Tomando consigo a
los Doce, le dijo: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y se cumplirá en el
Hijo del hombre todo lo escrito por los profetas”.
Lc 9, 22: Porque decía: “El
Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos
sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.
¿No era necesario que el Cristo padeciera…?
1 P 1, 11: Tratando de averiguar a quién y a
qué momento apuntaba ( el Espíritu de Cristo que había en ellos [los profetas]
/ cuando atestiguaba por anticipado la pasión del Mesías / y su consiguiente
glorificación.
Lc 16, 29-31: Abraham le dice: “Tienen a
Moisés y a los profetas que los escuchen”. Pero él le dijo: ·No, padre Abrahán.
Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: ·Si no
escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un
muerto”.
Se les abrieron los ojos.
Lc 24, 16-17: Mientras conversaban y
discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus
ojos no eran capaces de reconocerlo.
El Señor ha resucitado.
1 Co 15, 5: Y que se apareció a Cefas y más
tarde a los Doce.
Como lo habían reconocido al partir el pan.
Lc 24, 16: Pero sus ojos no eran capaces de
reconocerlo.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
24 13 Variante menos apoyada: “ciento
sesenta”. – Se discute la identificación de este pueblo. El relato que sigue se
distingue de otros que narran las apariciones del resucitado y es afín a la
historia de Felipe y el eunuco Hch 8, 26-40: en ambos casos la perplejidad
inicial queda resuelta por la instrucción, y cada relato concluye con una
acción sacramental.
24 16 En las apariciones referidas por
Lc y Jn, los discípulos no reconocen al Señor a la primera, sino solo a
consecuencia de su palabra o de un signo. Y es que, aun manteniéndose idéntico
a sí mismo, el cuerpo del Resucitado se encuentra en un estado nuevo que
modifica su figura exterior y lo libra de las condiciones sensibles de este
mundo. Sobre el estado de los cuerpos gloriosos ver 1 Co 15, 44.
24 17 Variante: “¿De qué discutís
entre vosotros mientras vais andando con aire entristecido?”.
24 19 Var.: “el Nazareno”.
24 24 O plural de generalización, v.
12, o bien alusión a la visita hecha por Pedro y Juan juntos y referida por Jn
20, 3-10.
24 27 Moisés, es decir, la Ley,
constituye junto con los Profetas lo esencial de las escrituras, leídas en el
culto de la sinagoga.
24 30 Es poco probable que Jesús
reprodujese la última Cena. Pero Lc utiliza un vocabulario eucarístico para que
sus lectores sean conscientes de que la fracción del pan les permite
reencontrarse con el Resucitado, como en el caso de los discípulos de Emaús.
24 34 Este hecho es mencionado en la
antigua lista de 1 Co 15, 5. Ya fue anunciado en 22, 31-32, donde se encuentra
el mismo nombre arcaico de “Simón”.
24 35 Lucas, al emplear aquí este
´termino técnico que repetirá en los Hechos piensa sin duda en la Eucaristía.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
13 Dos de ellos: del grupo amplio de
los discípulos de Jesús, no del grupo de los once apóstoles.
Emaús: aldea o alquería cuya
localización se discute; no podía distar mucho de Jerusalén.
Setenta estadios (es menos probable la lectura
de algunos manuscritos: ciento sesenta estadios) son unos 11 kilómetro
(cada estadio equivalía a 185 metros.
15 Jesús mismo: lit. en persona Jesús.
17 Qué conversación… mientras vais
caminando: lit.
cuáles las palabras estas que dirigís hacia uno y otro caminantes.
18 De Cleofás, discípulo de Jesús, no tenemos
más datos en el NT (quizás es el mismo que nombra indirectamente Jn 19, 25, al
decir: “María, la [esposa] de Cleofás. Sus palabras, lit. son: tú
solo habitas – como – forastero Jerusalén y no conociste las cosas sucedidas….Jesús les pareció un judío de fuera, peregrino a Jerusalén para la
fiesta de Pascua.
19-24 El diálogo, rico en pinceladas
psicológicas, parece ir entreverando las frases de los dos discípulos: la
opinión positiva de uno de ellos acerca de Jesús, con la reacción pesimista y
negativa del otro; pero lo más importante es lo que descubre: los discípulos de
Jesús, a pesar de su larga convivencia con él, no habían logrado entender su
mensaje más que en términos materiales; el “escándalo de la cruz” fue lo que
provocó en ellos una crisis de fe que todavía no habían superado.
19 Un profeta: lit. varón profeta.
Poderoso de obra y de palabra: el mismo orden que aparece en
Hch 1,1: primero “las obras”, luego “las palabras”. En el “primer” Moisés el
orden es inverso: “era poderoso en sus palabras y obras” (Hch 7, 22).
20 Para condenarlo a muerte: lit. para sentencia de
muerte.
21 Esperábamos: detrás está, posiblemente, un
verbo arameo (sbr) que tiene dos significados: esperar y pensar.
22 De nuestro grupo: lit. de entre nosotros.
25 Torpes de corazón: lit. lentos en cuanto al
corazón (hebraísmo), es decir, cortos de entendimiento.
Para creer en… : la fórmula griega pieûein
epí + dativo, indica: el objeto de la fe (creer en todo…) o el
fundamento sobre el que se basa la fe (creer apoyados en todo…); en este
pasaje también: para creer, ¡con todo lo que dijeron los profetas!
“Habían perdido la fe y la esperanza. Muertos caminaban con el Viviente; los
muertos caminan con la vida misma. La Vida caminaba con ellos, pero en sus
corazones todavía no habitaba la “Vida” (san Agustín).
27 Moisés: los libros del AT se que atribuían a Moisés, o sea: el
Pentateuco.
29 Quédate con nosotros: cf. en las referencias bíblicas a otras peticiones semejantes.
30-31 “La fracción del pan”
no parece que fuera propiamente la Eucaristía, pero Lc describe la escena con
terminología eucarística.
Se les abrieron los ojos: como diría
san Efrén, “el pan se les convirtió en llave” que les abrió la inteligencia del
misterio de Cristo resucitado.
31 Lit. de ellos se abrieron los
ojos y él invisible se hizo lejos de ellos. La anagnórisis (el
reconocimiento de Jesús resucitado por quienes lo vieron) no es un mero recurso
literario, un “truco” poético como en relatos y poemas más o menos de ficción –
famoso entre ellos el de Ulises al llegar a Ítaca después de la guerra de Troya
- , sino una verdadera obra de caridad, humana y sobrenatural, con los suyos.
32 ¿No estaba ardiendo nuestro
corazón (lit. L no el corazón de nosotros
ardiente estaba): esta expresión conoce muchas variantes en los manuscritos
y en las versiones antiguas (¿no estaba nuestro corazón cegado… ; o
bien: …. obtuso, o ….pesado?), lo que hace sospechar una posible
confusión entre dos palabras arameas: yaqîr / yaqîd.
34 En contraste, es chocante la
redacción de Mc 16, 13 (“pero ni a ellos creyeron”). Que los cuatro
evangelistas hayan transmitido relatos de apariciones del resucitado sin
armonizarlos, sin corregir la redacción, sin preocuparse de ordenar
correctamente los datos, sin que inquiete a los primeros cristianos ese
“desorden” es, precisamente, una garantía más de que, en sí mismo, el hecho
de la resurrección de Jesús es cierto, no un invento elaborado, ni un “crimen
perfecto”.
Despertó: lit. fue despertado (se
entiende: por Dios; voz pasiva teológica.
De la aparición de Jesús a Simón Pedro tenemos esta
referencia de Lc y la de 1 Cor 15, 5: los discípulos, refractarios al
testimonio de las mujeres, dan crédito a lo que dice Pedro, que comienza así su
misión de “reafirmar a sus hermanos” (22, 32).
35 La expresión lit. del
reconocimiento es: cómo llegó a ser conocido para ellos; o cómo se
hizo cognoscible para ellos.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
24, 13-35 En algunos casos, como en el
camino de Emaús, el resucitado se presentó con su gloria velada y a la vista de
los discípulos. En la historia de Emaús, Cristo abrió la mente de los
discípulos con el significado real de las palabras proféticas de las Escrituras
respecto de él. Se les recordaba que los profetas habían anunciado los
acontecimientos que recientemente habían presenciado. Cristo tuvo la
oportunidad de explicar por qué tuvo que sufrir y morir para ser glorificado.
Cat. 601-602, 643.
24, 25-27 La ruptura de la alianza
mediante el pecado había dejado a la raza humana sometida a la muerte y
necesitada de purificación. Solo por la muerte y resurrección de Cristo se
podía lograr esta purificación. Cat. 112-113, 554-555, 572-573, 645, 710.
24, 30 Obsérvese la semejanza de esta
secuencia con el relato de la última Cena (Lc 22, 19). Los peregrinos de Emaús sólo
reconocieron la presencia de Cristo “en la fracción del pan”. Cat 112, 659,
1329, 1345-1347.
24, 34 Puesto que Pedro era la cabeza
de la Iglesia y fue llamado a fortalecer la fe de la comunidad, su testimonio
por haber visto al Señor resucitado aportó gran credibilidad dentro de la
comunidad. Cat. 552, 641, 644, 645.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
601 Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el
Justo” (Is 53, 11) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio
de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la
esclavitud del pecado (Is 53, 11-12). San Pablo profesa en una confesión de fe
que asegura haber recibido que “Cristo ha muerto por nuestros pecados según las
escrituras” (1 Co 15, 3). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular,
la profecía del Siervo doliente. Después de su Resurrección dio esta
interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús, luego a los
apóstoles.
572 La Iglesia permanece fiel a “la interpretación de todas las Escrituras”
dada por Jesús mismo antes como después de su Pascua: “¿No era necesario que
Cristo padeciera eso y entrara en su gloria?” (Lc 24, 26-27). Los padecimientos
de Jesús han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber sido
“reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas” (Mt 8, 31),
que lo “entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y
crucificarle” (Mt 20, 19).
573 Por tanto, la fe puede escrutar las circunstancias de la muerte de Jesús,
que han sido transmitidas fielmente por los evangelios (cf. C. Vaticano II, Dei
Verbum, 19) e iluminadas por otras fuentes históricas, a fin de comprender
mejor el sentido de la redención.
645 Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas
mediante el tacto y el compartir la comida. Les invita así, a reconocer que él
no es un espíritu, pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado
con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y
crucificado, ya que sigue llevando las huellas de la pasión. Este cuerpo
auténtico y real posee, sin embargo, al mismo tiempo , las propiedades nuevas
de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero
puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y como quiere porque su
humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al
dominio divino del Padre.
Concilio Vaticano II
Dios, inspirador y autor de los libros de uno y otro testamento, dispuso
en su sabiduría que el Nuevo Testamento estuviera latente en el Antiguo y en el
Nuevo el antiguo se hiciera patente (cf. S. Agustín, Quaest in Hept., 2,
73). Pues aunque Cristo en su sangre fundó una Nueva Alianza (cf. Lc 22, 20);
sin embargo, los libros del Antiguo Testamento, asumidos en su integridad en la
predicación evangélica (cf. S. Ireneo, Adv. haer. III, 21, 3 y S.
Cirilo de Jerusalén, Catech., 4, 35), adquieren y muestran su completa
significación en el Nuevo Testamento (cf. Lc 24, 27), y a su vez lo iluminan y
explican.
Dei Verbum,
17.
El mismo día de Pentecostés, en el que la Iglesia se mostró al mundo,
“los que recibieron la palabra de Pedro fueron bautizados”. Y eran
perseverantes en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunicación de la
fracción del pan... alabando a Dios y gozando de la estima general del pueblo”
(Hch 2, 41-47(. Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para
celebrar el misterio pascual; leyendo “cuanto a él se refiere en toda la
Escritura” (Lc 24, 27), celebrando la Eucaristía, en la que “se hace de nuevo
presente la victoria y el triunfo de la muerte” (Concilio de Trento, Ses. 13,
Decr. De ss. Eucharist., c. 5), y dando gracias al mismo tiempo “a Dios
por el don inefable” (2 Cor 9, 15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef
1, 12) por la fuerza del Espíritu Santo.
Para llevar a cabo una obra tan grande, Cristo está siempre presente en
la Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el
sacrificio de la misa, no solo en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora
por el misterio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”
(C. Trento, Ses. 22, De ss. Missae sacrif., c. 2), sino también sobre
todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los
sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza (cf.
S. Agustín, In Io. Ev. Tractatus VI, 6). Está presente en su palabra,
pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura.
Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo
que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo
en medio de ellos” (Mt 18, 20).
Sacrosanctum Concilium, 7.
San Agustín
Esta esperanza de la resurrección, este don, esta promesa, esta gracia
tan grande la vieron desaparecer de su alma los discípulos cuando murió Cristo.
Con su muerte se les vino abajo toda su esperanza. Se les anunciaba que había
resucitado, y les parecían un delirio las palabras de quienes lo anunciaban.
¡La verdad se había convertido en un delirio!
Sus palabras indican dónde tenían el corazón estos dos discípulos a
quienes se apareció el Señor y que tenían los ojos enturbiados, lo que les
impedía el reconocerlo.
Aprended a acoger a los huéspedes, pues en ellos se reconoce a Cristo. ¿O
ignoráis que si acogéis a un cristiano, lo acogéis a él?
Personalmente está lleno, pero siente necesidad en los suyos. Quien
personalmente está lleno, pero necesitado en los suyos, conduce a sí a los
necesitados.
Sermón 236,
2-3. I, pg. 487ss.
Los Santos Padres.
Como convenía que su corazón fuese mejor instruido, rechaza el darse a
conocer.
Agustín, Sermón 232. III, pg. 498.
Abarcó todo el Antiguo Testamento, pues todo él pregona a Cristo; pero se
necesitan oídos que le perciban. Y les abrió el sentido para que entendiesen
las Escrituras. Por lo cual, nosotros también debemos pedirle esto: que Él abra
nuestro sentido.
Agustín, Tratado sobre la primera Carta de Juan, 2, 1. III, pg.
501.
Bueno es el amor que posee alas de fuego ardiente para volar por el pecho
y el corazón de los santos, y que abrasa todo lo material y terreno que
encuentra en ellos, y pone a prueba todo lo que es puro y mejora con su fuego
todo lo que toca. Este fuego es el que ha mandado el Señor a la tierra (cf. Lc
12, 49) y hace brillar la fe, si encuentra devoción, si está iluminada la
caridad, si resplandece la justicia. Con este fuego inflamó el corazón de los
apóstoles como lo atestigua Cleofás, que dice: “¿No ardía dentro nuestro
corazón mientras Él nos explicaba las Escrituras?”. Alas de fuego son, pues,
las llamas de la divina Escritura.
Ambrosio, Sobre Isaac o el alma, 8, 77. III, pg. 504.
San Juan de Ávila
Cuando tú alzas los ojos y ves en el altar, que es la
mesa, el cuerpo sacratísimo de Jesucristo, ¿qué habláis de hacer? ¡Qué
darle gracias!, ¡qué esfuerzo habías de tomar contra todos los vicios!, ¡qué
fuego había de arder en tus entrañas! Y aunque tuvieses un pie en los
infiernos, habías de cobrar fuerzas; y aunque vinieses helado y muerto de frío,
te habías de abrasar en amor. Que este santo Sacramento es figurado, según dice
Damasceno, por el carbón encendido que tomó el ángel del
altar y lo puso en los labios de Esaías (cf. Is 6, 6-7), con el cual fue
limpio. Cuando está el fuego presente, huye el frío, y cuando el buen cristiano
está presente al cuerpo y sangre de Jesucristo, habían de saltar centellas de
amor de su corazón, por frío que estuviese. Caro ignata, caro Christi (la
carne inmolada, la carne de Cristo). ¿No lo dijeron los discípulos
cuando iban al castillo de Emaús? None ardens erat cor nostrum? ¿Por
ventura no era nuestro corazón encendido en tanto amor que nos hablaba
por el camino? ¿No nos ardía el corazón con fuego de amor oyéndole
lo que las Escrituras nos delcaraba? (cf. Lc 24, 32).
Sermón en la Infraoctaba del Corpus. III, pg. 526.
¡Oh palabra dulcísima, que de la boca del Señor el
día del juicio oirá el cristiano que aquí hobiere bien recebido el cuerpo del
Señor: Huésped era, y acogísteme; tomad el reino que os está
aparejado! ¡Oh palabra más que dulcísima! En la cárcel estaba, y venisteis
a mí; tomad el reino que os está aparejado. ¿Entendéis esto? ¿Qué
sabio hay que guarde estas cosas y entienda estas misericordias? Huésped era, y
acogísteisme; y en la cárcel estaba, y venisteis a mí (cf. Mt 25, 35-36).
¿No lo veis extranjero, debajo de hábito más disimulado que el que
llevaba cuando se junto con los discípulos de Emaús? (Lc 24, 15).
En la Infraoctava del Corpus. III, pg. 575.
No tomó disfraz de caballero, de rey, de emperador,
de cónsul, de sumo sacerdote, de profeta, sino toma máscara de peregrino.
Por eso la tomó, porque en todo extrañamente
conviene su vida con la de un peregrino. No fue otra cosa toda la vida de
Cristo sino una romería, una peregrinación, como dice Bernardo.
¿Qué particularidad es un peregrino? ¿En qué se
diferencia de los otros hombres, desconocido por tal? Lo primero hallo yo en el
hábito. Atavía de un paño tosco, que mejor pueda recebir las tempestades del
cielo; tiene una esclavina de paño grueso y con eso lo encueran para que mejor
les defienda del agua, e que este hábito pobre no sean conocidos por las
tierras do han de pasar. El Verbo, igual
con el Padre, quiso hacer romería e pasar por el mundo peregrino. Toma ropa de
paño grueso, el sayal de nuestra humanidad; pasa desconocido con esta
ropa.(...) Segundo, en la pobreza se conoce. No tienen propia casa. Hoy están
en un mesón o hospital, mañana en otro; están en tierra extraña, fuera de su
naturaleza. (...) No tuvo renta, casa ni posesión. Santa Marta le acogía como
pobre, y otros le ayudaban con sus haciendas, siendo Él Señor de todas las del
mundo, tanto que nace en casa ajena, que el día de su muerte en sábana ajena y
sepultura de otro le enterraron e celebraron sus exequias.
Ansí aparece a los cristianos. Recíbenle para
echalle mañana, queriendo que clamen: Mane nobiscum, Domine (quédate
con nosotros, Señor, Lc 24, 29); no así de pasada; pará en nosotros. El Evangelio de
industria: cómo lo detengamos, no se vaya. Si eres rico caballero, le compeles
(obligues) en los pobres; si de la Iglesia, hablas de Él contigo; luego le
oirás habar a él, no como peregrino.
Sermón del Lunes de Pascua. III, pg. 220ss.
¡Oh cuanta razón, Señor, tenéis de iros de
nosotros! ¡Cuánta razón tenemos de deciros con los discípulos: Quedaos,
Señor, con nosotros, porque ya es tarde (cf. Lc 24, 29). No nos
castiguéis con vuestra ausencia, como habéis castigado a otros, y como nuestros
pecados merecen; porque tenemos, Señor, poca lumbre y estamos en tarde, y si
vos os vais, quedaremos en noche. No, Señor, no por vuestra misericordia: mas
vos de vuestra poderosa mano sanad el fastidio que nuestras ánimas tienen de
aqueste divino manjar, por lo cual llegado a las puertas de la muerte; y por no lo recebir,
unas veces habemos llegado a peligros de pecar mortalmente y otras hemos caído
en ellos. ´
Sermón Santísimo Sacramento. III, pg. 765.
Desengáñese de toda criatura y sepa que si el Rey
del cielo entró en su reino por tribulaciones (cf. Lc 24, 26),
por aquel mesmo camino hemos nosotros de entrar. No hay otro camino sino
Jesucristo, y este crucificado; y quien otro buscare, no lo hallará; y si por
otro caminare, perderse ha, y verá que aunque es cosa desabrida padecer aquí,
que lo es más padecer en la otra vida.
Carta a una señora viuda. IV, pg. 421.
Padecer, señora, conviene para ir al cielo, y con
razón está puesta esta ley; y hízolo tan bien el dador de ella, que quiso Él
ser el propio que la cumpliese. Y convino ansí para nuestro consuelo, porque no
se nos hiciesen de mal los trabajos pesados, viendo ir al mismo Jesucristo
delante llevando sobre sí, no los suyos, sino los nuestros; y no como quiera,
sino como dice el profeta: el más trabajado de todos los hombres (cf. Is 53, 3ss; 1
Pe 2, 24). Convino ansí por lo dicho y por otras que entrase en su gloria, para
entrar en su reino (Lc 24, 26), donde nos está esperando gozándose, viendo sus
siervos ir tras Él, siguiendo sus pisadas.
Carta a una su devota. IV, pg. 662.
Pues si es doctrina de Dios no venir bien uso de
carne con uso de oración, ¿cómo le parecerá bien que se junten en uno cuidados
que impiden la oración y carne que impide la elevación del espíritu y lo embota
para recebir al Señor que quiere ser recebido, con sentido que diiudicet
corpus Domini (considere bien el cuerpo del Señor, cf. 1 Cor 11,
29), y lo discierna de todo lo que no es Él, y esté pronto para conocerle en la
habla, como San Juan (cf. Jn 21, 7), y en el fragimiento del pan, como los dos
discípulos (cf. Lc 24, 35). Si me dijeran qe algún casado o casada hacían esto
cada día, aun me maravillara, mas no mucho; mas que muchas, no alcanza mi fe a
creer que el Señor es de ello contento.
Carta a un predicador. IV, pg. 25.
San Oscar Romero.
El pasaje del evangelio es típico, hermanos. Cristo va
caminando con los discípulos camino de Emaús y -diríamos bromeando como que les
va tomando el pelo. "Sólo Ud. -le dicen- no sabe lo que ha pasado en
Jerusalén. Que raro, si todo mundo habla". "¿De quién?", Les
dice Cristo haciéndose el ignorante. "De Jesús de Nazaret que era grande
profeta. Habla anunciado que iba a librar a Israel, pero ya ve, son tres días,
ya se tronchó toda la esperanza. Es cierto que unas mujeres andan diciendo por
allí que lo han visto resucitado, pero a El no lo han visto". ¡Este es el
cálculo humano cuando perdemos de vista la presencia de Cristo escondido en
aquel peregrino! Y por eso, cuando llegan al castillo de Emaús, el peregrino
les dice: "muchas gracias por su compañía yo sigo adelante". Y le
dicen: "quédate con nosotros Señor, ¿no ves que ya es muy tarde?" Se
los había ganado. Y cuando prepararon su cenita y se sentaron a cenar, Jesús
debió hacer un gesto tan divino al partir el pan, que lo conocieron; pero
cuando lo conocieron desapareció. Y entonces el comentario: "¿Qué no ardía
nuestro corazón cuando íbamos con Él y nos iba platicando por el camino?
Corramos a avisar a los once". Y corrieron a Jerusalén apuntarse en
comunidad.
Esto es el sacramento. Por eso, hermanos, estamos haciendo
conciencia de que los sacramentos hay que recibirlos con más conocimiento. No
vale traer un niño a confirmación sin saber lo que va a recibir. O hacer una
fiesta de bautismo sólo por la fiesta y no saber qué es el sacramento. Va
pasando Cristo disfrazado de peregrino y no lo conocemos, como aquella bonita
canción: "Soy el Señor y no me conocéis, soy vuestro Dios que está
presente en la misa de domingo y os aburre mi misa". Esto es la causa por
qué no somos católicos ni participamos los sacramentos porque como los
peregrinos de Emaús vamos con Él y no lo conocemos. Sólo al partir el pan,
ahora si, lo conocí. Conozcámoslo, hermanos, no es necesario verlo. "
¡Bienaventurado el que sin ver cree!", Le dijo el domingo pasado Cristo a
Tomás y ahora les da la lección a estos dos discípulos desapareciendo cuando ya
lo conocieron. No le gusta ser visible mientras dure esta vida que debe de ser
de fe y de esperanza.
Homilía, 9 de abril de 1978.
Papa León XIV.
Audiencia general. 8 de abril de 2026. Catequesis - Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución
dogmática Lumen gentium. 7. La santidad y
los consejos evangélicos en la Iglesia.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
La Constitución
del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG)
sobre la Iglesia dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación
a la santidad de todos los fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en
la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La
santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos
pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de
la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo.
La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes
están llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud
«rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin» (LG,
42). El nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es
el martirio, «supremo testimonio de fe y de caridad» (LG, 50): por
este motivo, el texto conciliar enseña que todo creyente debe estar dispuesto a
confesar a Cristo hasta el derramamiento de sangre (cf. LG, 42),
como siempre ha sucedido y sucede también hoy. Esta disposición para el
testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan señales de fe y
de amor en la sociedad, comprometiéndose por la justicia.
Todos
los sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace crecer
una vida santa, asimilando cada
persona a Cristo, modelo y medida de la santidad. Él santifica la Iglesia, de
la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un don
suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con
alegría y le correspondemos con compromiso. A este respecto, San Pablo VI, en la
Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia,
para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban «ser santos,
es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles». Esto se
realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada
persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG,
40).
La Lumen
gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de
sus características constitutivas, que debe acogerse en la fe, en cuanto se
cree que es «indefectiblemente santa» (LG, 39): eso no significa que lo
sea de forma plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don
divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna, caminando «entre las
persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (S. Agustín, De
civ. Dei 51,2; LG, 8).
La
triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio
cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad.
Precisamente esta gracia infinita, que santifica la Iglesia, nos confía una
misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión. Por eso, la
santidad no tiene solamente una naturaleza práctica, como si se pudiera reducir
a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la
esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria.
En esta
perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida consagrada, que se
aborda en el capítulo sexto de la Constitución conciliar (cf. nn. 43-47). En el
pueblo santo de Dios, esta constituye una señal profética del mundo nuevo,
experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De hecho, señales del
Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son
aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida
consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes
no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del
Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a
Dios. La pobreza expresa la plena entrega a la Providencia,
liberando del cálculo y del interés; la obediencia tiene como modelo la
entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la desconfianza
y del dominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el
amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.
Conformándose
a este estilo de vida, las personas consagradas dan testimonio de la vocación
universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento
radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación plena en la vida
de Cristo, hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio del Crucificado
que todos somos redimidos y santificados! Contemplando este evento, sabemos que
no hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido
en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad. La
gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en toda prueba,
indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se
hizo hombre por amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del Verbo
encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.
Papa León XIV. Ángelus. 12 de
abril de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo y feliz Pascua!
Hoy,
segundo domingo de Pascua, dedicado por san Juan Pablo II a la Divina
Misericordia, leemos en el Evangelio sobre la aparición de Jesús resucitado al
apóstol Tomás (cf. Jn 20,19-31). El hecho ocurre ocho días
después de la Pascua, mientras la comunidad está reunida, y es allí donde Tomás
se encuentra con el Maestro, quien lo invita a mirar las marcas de los clavos,
a meter la mano en la herida de su costado y a creer (cf. v. 27). Es una escena
que nos hace reflexionar sobre nuestro encuentro con Jesús resucitado. ¿En
dónde encontrarlo? ¿Cómo reconocerlo? ¿Cómo creer? San Juan, que narra el
acontecimiento, nos da indicaciones precisas: Tomás se encuentra con Jesús en
el octavo día, con la comunidad reunida, y lo reconoce
en las marcas de su sacrificio. De esta experiencia brota su
profesión de fe, la más elevada de todo el cuarto Evangelio: «¡Señor mío y Dios
mío!» (v. 28).
Ciertamente,
creer no siempre es fácil. No lo fue para Tomás y tampoco lo es para
nosotros. La fe necesita ser alimentada y sostenida. Por eso, en el
“octavo día”, es decir, cada domingo, la Iglesia nos invita a hacer lo mismo
que los primeros discípulos: reunirnos y celebrar juntos la Eucaristía. En ella
escuchamos las palabras de Jesús, oramos, profesamos nuestra fe, compartimos
los dones de Dios en la caridad, ofrecemos nuestra vida en unión al Sacrificio
de Cristo, nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre, para luego ser, también
nosotros, testigos de su Resurrección, como lo indica el término “Misa”, es
decir, “envío”, “misión” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica,
1332).
La
Eucaristía dominical es indispensable para la vida cristiana. Mañana saldré para el Viaje
apostólico a África, y precisamente algunos mártires de la Iglesia africana
de los primeros siglos, los mártires de Abitinia, nos han dejado un
hermoso testimonio al respecto. Ante la propuesta de salvar sus vidas a
cambio de renunciar a celebrar la Eucaristía, respondieron que no podían vivir
sin celebrar el día del Señor. Es ahí donde se nutre y crece nuestra fe.
Es ahí donde nuestros esfuerzos, aunque limitados, por la gracia de Dios se
funden como acciones de los miembros de un único cuerpo —el Cuerpo de
Cristo— en la realización de un único gran proyecto de salvación que abarca a
toda la humanidad. Es a través de la Eucaristía que también nuestras manos
se convierten en “manos del Resucitado”, testigos de su presencia, de su
misericordia y de su paz; marcadas por el trabajo, por los sacrificios, por la
enfermedad, por el paso de los años que a menudo están grabados en ellas,
como también por la ternura de una caricia, de un apretón de manos o de un
gesto de caridad.
Queridos
hermanos y hermanas, en un mundo que tanto necesita la paz, esto nos compromete
más que nunca a ser asiduos y fieles a nuestro encuentro eucarístico con el
Resucitado, para salir de él como testigos de la caridad y portadores de la
reconciliación. Que nos ayude a ello la Virgen María, bienaventurada porque fue
la primera en creer sin haber visto (cf. Jn 20,29).
Papa Francisco. Ángelus. 23 de
abril de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este tercer domingo de Pascua, el Evangelio narra el encuentro de Jesús
resucitado con los discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35). Se
trata de dos discípulos que, resignados ante la muerte del Maestro, el día de
Pascua deciden abandonar Jerusalén y volver a casa. Quizá estaban un poco
inquietos porque habían escuchado a las mujeres que venían del sepulcro y
decían que lo habían encontrado vacío… Mientras caminan tristes hablando de lo
sucedido, Jesús se les acerca, pero ellos no lo reconocen. Él les pregunta por
qué están tan tristes, y ellos exclaman: «¡Tú eres el único forastero en
Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!» (v. 18). Y Jesús pregunta de
nuevo: «¿Qué ha ocurrido?» (v. 19). Ellos le cuentan toda la historia, Jesús
les hace contar lo sucedido. Luego, mientras caminan, les ayuda a releer los
hechos de modo diverso, a la luz de las profecías, de la Palabra de Dios, de
todo lo que había sido anunciado al pueblo de Israel. Releer: esto es lo que
Jesús hace con ellos, ayudarles a releer. Detengámonos en este aspecto.
En efecto, también para nosotros es importante releer nuestra historia
junto a Jesús: la historia de nuestra vida, de un cierto periodo, de nuestras
jornadas, con las desilusiones y las esperanzas. También nosotros, como
aquellos discípulos, podemos encontrarnos perdidos en medio de los
acontecimientos, solos y sin certezas, con muchas preguntas y
preocupaciones, con desilusiones, muchas cosas. El Evangelio de hoy nos
invita a contarle todo a Jesús con sinceridad, sin temer molestarlo —Él nos
escucha—, sin tener miedo de decir algo equivocado, sin avergonzarnos de lo que
nos cuesta comprender. El Señor está contento cuando nos abrimos a Él; solo
de este modo puede tomarnos de la mano, acompañarnos y hacer que vuelva a arder
nuestro corazón (cfr. v. 32). También nosotros, como los discípulos de
Emaús, estamos llamados a dialogar con Jesús, para que, al atardecer, Él se
quede con nosotros (cfr. v. 29).
Existe un buen modo para hacer esto, y hoy quisiera proponéroslo:
consiste en dedicar un tiempo, cada noche, a un breve examen de
conciencia. ¿Qué ha pasado hoy dentro de mí? Esta es la
pregunta. Se trata de releer la jornada con Jesús: abrirle el
corazón, llevarle las personas, las decisiones, los miedos, las caídas,
las esperanzas, todas las cosas que han sucedido; para aprender
gradualmente a mirar las cosas con ojos diversos, con sus ojos y no
solo con los nuestros. Así podremos revivir la experiencia de aquellos dos
discípulos. Ante el amor de Cristo, incluso lo que nos parece fatigoso e inútil
puede aparecer bajo otra luz: una cruz difícil de abrazar, la elección de
perdonar una ofensa, una victoria no alcanzada, el cansancio del trabajo,
la sinceridad que cuesta, las pruebas de la vida familiar… nos aparecerán bajo
una luz nueva, la luz del Crucificado Resucitado, que sabe transformar cada
caída en un paso adelante. Pero para hacer esto es importante quitar
las defensas: dejar tiempo y espacio a Jesús, no esconderle nada, llevarle
las miserias, dejarse herir por su verdad, permitir que el corazón vibre con el
aliento de su Palabra.
Podemos comenzar hoy dedicando esta noche un momento de oración durante el
que preguntarnos: ¿Cómo ha sido mi jornada? ¿Cuáles han sido las alegrías, las
tristezas, las cosas aburridas, cómo ha ido, qué ha pasado? ¿Cuáles han sido
las perlas de la jornada, quizá escondidas, por las que dar gracias? ¿Ha habido
un poco de amor en lo que he hecho? ¿Y cuáles son las caídas, las
tristezas, las dudas y los miedos que he de llevar a Jesús para que me abra
vías nuevas, me conforte y me anime?
Que María, Virgen sapiente, nos ayude a reconocer a Jesús que camina con
nosotros y a releer —la palabra: re-leer— ante Él cada día de
nuestra vida.
Papa Francisco. Ángelus. 23 de
abril de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy, ambientado en el día de Pascua, cuenta el episodio de
los dos discípulos de Emaús (cf. Lucas 24, 13-35). Es una
historia que comienza y finaliza en camino. De hecho, narra el
viaje de ida de los discípulos que, tristes por el epílogo de la historia de
Jesús, abandonan Jerusalén y regresan a casa, a Emaús, caminando alrededor de
once kilómetros. Es un viaje que tiene lugar durante el día, con gran parte
del viaje cuesta abajo. Luego tiene lugar el viaje de regreso: otros
once kilómetros, pero recorridos al caer la noche, con parte del viaje cuesta
arriba después de la fatiga del viaje de ida y todo el día. Dos viajes:
uno fácil durante el día y el otro agotador por la noche. Sin embargo, el
primero tiene lugar en la tristeza, el segundo en la alegría. En el
primero está el Señor caminando a su lado, pero no lo reconocen; en el segundo
ya no lo ven, pero lo sienten cerca de ellos. En el primero están desanimados y
desesperanzados; en el segundo corren para llevar a los demás la buena noticia del
encuentro con Jesús Resucitado.
Los dos diferentes caminos de aquellos primeros discípulos nos dicen, a los
discípulos de Jesús de hoy, que en la vida tenemos ante nosotros dos
direcciones opuestas: hay un camino de los que, como aquellos dos del
principio, se dejan paralizar por las desilusiones de la vida y siguen
tristemente; y hay un camino de los que no se ponen a sí mismos y sus
problemas en primer lugar, sino a Jesús que nos visita, y a los hermanos
que esperan que nos ocupemos de ellos. Este es el punto de inflexión: dejar
de orbitar alrededor de uno mismo, de las decepciones del pasado, de los
ideales no realizados, de las muchas cosas malas que han sucedido en la vida de
uno. Tantas veces nos dejamos llevar por ese dar vueltas y vueltas... Déjalo
y sigue adelante con la mirada puesta en la realidad más grande y verdadera
de la vida: Jesús está vivo, Jesús me ama. Esta es la mayor
realidad. Y puedo hacer algo por los demás. ¡Es una hermosa realidad, positiva,
solar, bella! La inversión de marcha es ésta: pasar de los
pensamientos en torno a mí mismo a la realidad de mi Dios;
pasar —con otro juego de palabras— del “si” al “sí”.
Del “si” al “sí”. ¿Qué significa eso? “Si Él nos hubiera liberado, si Dios
me hubiera escuchado, si la vida hubiera sido como yo quería, si tuviera
esto y aquello...”, en tono de queja. Este “si” no ayuda, no es fecundo, no nos
ayuda ni a nosotros ni a los demás. Aquí están nuestros “si”, similares a los
de los dos discípulos... Pero pasan al sí: “sí, el Señor está vivo, camina
con nosotros. Sí, ahora, y no mañana, nos ponemos en marcha de nuevo
para anunciarlo”. “Sí, puedo hacer esto para que la gente sea más feliz,
para que la gente sea mejor, para ayudar a tanta gente. Sí, sí, puedo”. Del si
al sí, de las quejas a la alegría y a la paz, porque cuando nos
quejamos, no estamos en la alegría; estamos grises, grises, ese aire gris de
tristeza. Y eso ni siquiera nos ayuda a crecer bien. De si a sí, de la queja a
la alegría del servicio.
Este cambio de paso, de yo a Dios, del si al sí, ¿cómo ocurrió en
los discípulos? Encontrándose con Jesús: los dos de Emaús primero le
abren su corazón; luego le escuchan explicar las Escrituras; luego
le invitan a su casa. Son tres pasos que también nosotros podemos dar en
nuestras casas: primero, abrir el corazón a Jesús, confiándole
las cargas, las dificultades, las desilusiones de la vida, confiándole
los “si”; y luego, segundo paso, escuchar a Jesús, tomar el
Evangelio en mano, leyendo hoy mismo este pasaje, en el capítulo
veinticuatro del Evangelio de Lucas; tercero, rezar a Jesús,
con las mismas palabras de aquellos discípulos: “Señor, «quédate con
nosotros». (v. 29). Señor, quédate conmigo. Señor, quédate con todos
nosotros, porque te necesitamos para encontrar el camino. Y sin ti es de
noche”.
Queridos hermanos y hermanas, en la vida siempre estamos en camino. Y nos
convertimos en aquello hacia lo que vamos. Escojamos el camino de Dios, no
el camino del ego; el camino del sí, no el camino del si. Descubriremos que
no hay ningún imprevisto, no hay cuesta arriba, no hay ninguna noche que no se
pueda afrontar con Jesús. Que Nuestra Señora, Madre del Camino, que al aceptar
la Palabra hizo de toda su vida un “sí” a Dios, nos muestre el camino.
Papa Francisco. Ángelus. 30 de abril
de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
No dejan de llegar noticias dramáticas sobre la situación en Venezuela y el
agravarse de los enfrentamientos, con numerosos muertos, heridos y detenidos.
Mientras me uno al dolor de los familiares de las víctimas, para quienes
aseguro oraciones de sufragio, dirijo un apremiante llamamiento al Gobierno y a
todos los componentes de la sociedad venezolana para que se evite cualquier
ulterior forma de violencia, sean respetados los derechos humanos y se busquen
soluciones negociadas a la grave crisis humanitaria, social, política y
económica que está agotando a la población. Encomendamos a la Santísima Virgen
María la intención de la paz, de la reconciliación y de la democracia en ese
querido país. Y rezamos por todos los países que atraviesan graves dificultades,
pienso en particular en estos días en la ex República Yugoslava de Macedonia.
Ayer, en Verona, fue proclamada beata Leopoldina Naudet, fundadora de las
Hermanas de la Sagrada Familia. Crecida en la corte de los Habsburgo, primero
en Florencia y después en Viena, tuvo desde pequeña una fuerte vocación a la
oración, pero también al servicio educativo. Se consagró a Dios y, a través de
diferentes experiencias, llegó a formar en Verona una nueva comunidad
religiosa, bajo la protección de la Sagrada Familia, que todavía hoy está viva
en la Iglesia. Nos unimos a su alegría y a su acción de gracias.
Hoy en Italia se celebra la Jornada por la Universidad Católica del Sagrado
Corazón. Animo a sostener esta importante institución, que continúa invirtiendo
en la formación de los jóvenes para mejorar el mundo.
La formación cristiana se basa en la Palabra de Dios. Por esto me gusta
recordar también que hoy en Polonia se celebra el “domingo bíblico”. En las
iglesias parroquiales, en las escuelas y en los medios de comunicación se lee
públicamente una parte de la Sagrada Escritura. Deseo todo lo mejor a esta
iniciativa.
Y vosotros, queridos amigos de Acción Católica, al
finalizar este encuentro ¡os doy las gracias de corazón por vuestra
presencia! Y a través de vosotros saludo a todos vuestros grupos parroquiales,
las familias, los niños y los adolescentes, los jóvenes y los ancianos. ¡Id
adelante!
Y extiendo mi saludo a los peregrinos que a esta hora se han unido a
nosotros para la oración mariana, especialmente a los venidos de España,
Croacia, Alemania y Puerto Rico. Juntos nos dirigimos a María nuestra Madre. Le
damos gracias de forma particular por el viaje
apostólico a Egipto que acabo de realizar. Pido al Señor que bendiga a
todo el pueblo egipcio, tan acogedor, a las autoridades y a los fieles
cristianos y musulmanes; y que done paz a ese país. Regina Coeli...
Papa Francisco. Ángelus. 4 de mayo
de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo, que es el tercer domingo de Pascua, es el de
los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Estos eran dos
discípulos de Jesús, los cuales, tras su muerte y pasado el sábado, dejan
Jerusalén y regresan, tristes y abatidos, hacia su aldea, llamada precisamente
Emaús. A lo largo del camino Jesús resucitado se les acercó, pero ellos no lo
reconocieron. Viéndoles así tristes, les ayudó primero a comprender que la
pasión y la muerte del Mesías estaban previstas en el designio de Dios y
anunciadas en las Sagradas Escrituras; y así vuelve a encender un fuego de
esperanza en sus corazones.
Entonces, los dos discípulos percibieron una extraordinaria atracción hacia
ese hombre misterioso, y lo invitaron a permanecer con ellos esa tarde. Jesús
aceptó y entró con ellos en la casa. Y cuando, estando en la mesa, bendijo el
pan y lo partió, ellos lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista,
dejándolos llenos de estupor. Tras ser iluminados por la Palabra, habían
reconocido a Jesús resucitado al partir el pan, nuevo signo de su presencia. E
inmediatamente sintieron la necesidad de regresar a Jerusalén, para referir a
los demás discípulos esta experiencia, que habían encontrado a Jesús vivo y lo
habían reconocido en ese gesto de la fracción del pan.
El camino de Emaús se convierte así en símbolo de nuestro camino de fe: las
Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro
con el Señor. También
nosotros llegamos a menudo a la misa dominical con nuestras preocupaciones,
nuestras dificultades y desilusiones... La vida a veces nos hiere y nos
marchamos tristes, hacia nuestro «Emaús», dando la espalda al proyecto de Dios.
Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos
explica las Escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la
fe y de la esperanza, y en la Comunión nos da fuerza. Palabra de Dios,
Eucaristía. Leer cada día un pasaje del Evangelio. Recordadlo bien: leer
cada día un pasaje del Evangelio, y los domingos ir a recibir la comunión,
recibir a Jesús. Así sucedió con los discípulos de Emaús: acogieron la
Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se
sentían, pasaron a estar alegres. Siempre, queridos hermanos y hermanas, la
Palabra de Dios y la Eucaristía nos llenan de alegría. Recordadlo bien. Cuando
estés triste, toma la Palabra de Dios. Cuando estés decaído, toma la Palabra de
Dios y ve a la misa del domingo a recibir la comunión, a participar del
misterio de Jesús. Palabra de Dios, Eucaristía: nos llenan de alegría.
Por intercesión de María santísima, recemos a fin de que cada cristiano,
reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, especialmente en la misa
dominical, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor, con
el Señor resucitado, que está siempre con nosotros. Siempre hay una Palabra
de Dios que nos da la orientación después de nuestras dispersiones; y a través
de nuestros cansancios y decepciones hay siempre un Pan partido que nos hace ir
adelante en el camino.
Benedicto XVI. Ángelus. 8 de mayo de
2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Al concluir esta
solemne celebración eucarística, dirigimos nuestra mirada a María, Regina
caeli. En el alba de la Pascua, se convirtió en la Madre del Resucitado y
su unión con él es tan profunda que donde está presente el Hijo no puede faltar
la Madre. En estos espléndidos lugares, don y signo de la belleza de Dios,
¡cuántos santuarios, iglesias y capillas están dedicados a María! En ella se
refleja el rostro luminoso de Cristo. Si la seguimos con docilidad, la Virgen
nos conduce a él. En estos días del tiempo pascual, dejémonos conquistar por
Cristo resucitado. En él comienza el nuevo mundo de amor y de paz que
constituye la profunda aspiración de todo corazón humano. Que el Señor os
conceda a quienes habitáis en estas tierras, ricas de una larga historia
cristiana, vivir el Evangelio según el modelo de la Iglesia naciente, en la
cual «el grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,
32). Invoquemos a María santísima, que sostuvo a los primeros testigos de su
Hijo en la predicación de la Buena Nueva, para que sostenga también hoy los
esfuerzos apostólicos de los sacerdotes; haga fecundo el testimonio de los
religiosos y de las religiosas; anime la obra diaria de los padres en la
primera transmisión de la fe a sus hijos; ilumine el camino de los jóvenes para
que avancen con confianza por la senda trazada por la fe de sus padres; colme
de firme esperanza el corazón de los ancianos; conforte con su cercanía a los
enfermos y a todos los que sufren; refuerce la obra de los numerosos laicos que
colaboran activamente en la nueva evangelización, en las parroquias, en las
asociaciones, como los scouts y la Acción católica —tan enraizada y presente en
estas tierras—, y en los movimientos, que con la variedad de sus carismas y de
sus acciones son un signo de la riqueza del tejido eclesial —pienso en
realidades como el Movimiento de los Focolares, Comunión y Liberación o el
Camino Neocatecumenal, por mencionar sólo algunas—. Aliento a todos a trabajar
con verdadero espíritu de comunión en esta gran viña a la que el Señor nos ha
llamado a trabajar. María, Madre del Resucitado y de la Iglesia, ¡ruega por
nosotros!
Benedicto XVI. Ángelus. 6 de abril
de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de este domingo —el tercero de Pascua— es el célebre relato
llamado de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). En él
se nos habla de dos seguidores de Cristo que, el día siguiente al sábado, es
decir, el tercero desde su muerte, tristes y abatidos dejaron Jerusalén para
dirigirse a una aldea poco distante, llamada precisamente Emaús. A lo largo del
camino, se les unió Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron.
Sintiéndolos desconsolados, les explicó, basándose en las Escrituras, que el
Mesías debía padecer y morir para entrar en su gloria. Después, entró con ellos
en casa, se sentó a la mesa, bendijo el pan y lo partió. En ese momento lo
reconocieron, pero él desapareció de su vista, dejándolos asombrados ante aquel
pan partido, nuevo signo de su presencia. Los dos volvieron inmediatamente a
Jerusalén y contaron a los demás discípulos lo que había sucedido.
La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Hay diversas
hipótesis, y esto es sugestivo, porque nos permite pensar que Emaús
representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el
camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros
caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro
corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna.
En la conversación de los discípulos con el peregrino desconocido
impresiona la expresión que el evangelista san Lucas pone en los labios de uno
de ellos: «Nosotros esperábamos...» (Lc 24, 21). Este verbo
en pasado lo dice todo: Hemos creído, hemos seguido, hemos esperado..., pero
ahora todo ha terminado. También Jesús de Nazaret, que se había manifestado
como un profeta poderoso en obras y palabras, ha fracasado, y nosotros estamos
decepcionados.
Este drama de los discípulos de Emaús es como un espejo de la situación de
muchos cristianos de nuestro tiempo. Al parecer, la esperanza de la fe ha fracasado. La
fe misma entra en crisis a causa de experiencias negativas que nos llevan a
sentirnos abandonados por el Señor. Pero este camino hacia Emaús,
por el que avanzamos, puede llegar a ser el camino de una purificación y
maduración de nuestra fe en Dios.
También hoy podemos entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra.
También hoy, él parte el pan para nosotros y se entrega a sí mismo como
nuestro pan. Así, el encuentro con Cristo resucitado, que es posible
también hoy, nos da una fe más profunda y auténtica, templada, por
decirlo así, por el fuego del acontecimiento pascual; una fe sólida, porque
no se alimenta de ideas humanas, sino de la palabra de Dios y de su presencia
real en la Eucaristía.
Este estupendo texto evangélico contiene ya la estructura de la santa misa:
en la primera parte, la escucha de la Palabra a través de las sagradas
Escrituras; en la segunda, la liturgia eucarística y la comunión con Cristo
presente en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La Iglesia,
alimentándose en esta doble mesa, se edifica incesantemente y se renueva día
tras día en la fe, en la esperanza y en la caridad. Por intercesión de
María santísima, oremos para que todo cristiano y toda comunidad, reviviendo la
experiencia de los discípulos de Emaús, redescubra la gracia del encuentro
transformador con el Señor resucitado.
DOMINGO
4º DE PASCUA.
Monición
de entrada.-
Hoy es el domingo del Buen Pastor.
Porque Jesús dijo una vez a sus amigos que él era el buen
pastor.
El que nos alimenta y nos cuida.
Y él lo hace en misa hablándonos y dándonos a comer la
comunión.
Empecemos la misa mirando a él y sintiéndonos ovejitas en
sus brazos.
Señor,
ten piedad.-
Tú, el Buen
Pastor que nos curas con suavidad.
Señor, ten piedad.
Tú, el Buen
Pastor que nos hablas con cariño. Cristo, ten piedad.
Tú, el Buen
Pastor que nos alimentas con la comunión. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús, te pido por el Papa León y el obispo Enrique.
Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido
por la Iglesia y sus pastores. Te lo
pedimos, Señor.
Jesús, te pido
por nosotros, para que tengamos buenos pastores. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido
por las personas que mandan, para lo hagan pensando en nosotros. Te lo pedimos,
Señor.
Jesús, te pido
por nosotros, para que seamos como tú, portándonos bien sobre todo con nuestros
hermanos pequeños y nuestros abuelos. Te lo pedimos, Señor.
Acción
de gracias.-
María, queremos
darte gracias por que el sábado cuatro de pascua es tu fiesta, la de la Divina
Pastora. Este nombre se refiere al cuadro que en muchos pueblos iba por las
casas y las personas con él te rezaban.

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