Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 42-47
Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la
comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba
impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes
vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los
repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudía
a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban
el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien
vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se
iban salvado.
Textos
paralelos.
El temor se
apoderaba de todos.
Hch 5, 11-12a: Y se
extendió un gran temor en toda la Iglesia y entre todos los que lo oían contar.
Por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del
pueblo.
Lc 1, 12: Al verlo, Zacarías se sobresaltó y
quedó sobrecogido de temor.
Todos los creyentes estaban de acuerdo y
tenían todo en común.
Hch 4, 32: El grupo de los creyentes tenía un
solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía,
pues lo poseían todo en común.
Hch 4, 34-35: Entre ellos no había
necesitados, pues los que poseían tierras
o casas las vendía, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los
pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.
Acudían diariamente al Templo.
Hch 5, 12: Por mano de los apóstoles se
realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Todos se reunían con
un mismo espíritu en el pórtico de Salomón.
Lc 24, 53: Y estaban siempre en el templo
bendiciendo a Dios.
Alabando a Dios.
Hch 4, 21: Pero ellos, repitiendo la
prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del
pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido.
Hch 5, 13: Los demás no se atrevían a
juntárseles, aunque la gente se hacía lengua de ellos.
El Señor agregaba al grupo a los que cada día
se iban salvando.
Hch 2, 41: Los que aceptaron sus palabras se
bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
Notas
exegéticas.
2 42 (a) Comparar con 4, 32-35 y 5,
12-16. Estos tres “resúmenes”, de redacción heterogénea, describen con rasgos
análogos la vida de la primera comunidad cristiana.
2 42 (b) Instrucciones a los nuevos
convertidos, en las que se explicaban las Escrituras a la luz de los hechos
cristianos: no era la proclamación de la Buena Nueva a los no cristianos.
2 42 (c) ·Comunión·, 1 Co 1, 9,
viene aquí sin complemento. Ciertamente hay que entender aquí la entrega de los
bienes a la comunidad que expresa y refuerza la unión de los corazones,
resultante de la partición del Evangelio y de todos los bienes recibidos de Dios
por medio de Jesucristo en la comunidad apostólica. El sentido no se limita a
una mutua ayuda social, ni a una ideología o a un sentimiento de solidaridad.
2 42 (d) Expresión considerada en sí
misma evoca una comida judía, y el que preside, pronuncia una bendición antes
de partir el pan. Pero en el lenguaje cristiano se refiere al rito eucarístico.
Este no se celebraba en el Templo, sino en alguna casa, y no se separaba de una
verdadera comida.
2 42 Las oraciones en común,
presididas por los apóstoles. Adicción: “en Jerusalén, y un gran temor pesaba
sobre todos”.
2 44 Nueva forma de designar a los
cristianos, mediante un participio del verbo “creer” (pisteuontes). Este
uso, ciertamente antiguo manifiesta la importancia (confirmada casi en cada
página de Hechos) que daban los cristianos a su fe en Jesús.
2 46 El gozo que sigue a la fe.
2 47 (b) La salvación en el Juicio
está asegurada para los miembros de la comunidad cristiana. La Iglesia se
identifica de este modo con el “Resto de Israel” (Is 4, 3).
Salmo
responsorial
Salmo 117
R/. Dad
gracias al Señor porque es bueno,
porque
es eterna su misericordia.
Diga
la casa de Isael:
eterna
es su misericordia.
Diga
la casa de Aarón:
eterna
es su misericordia.
Digan
los que temen al Señor:
eterna
es su misericordia. R/.
Empujaban
y empujaban para derribarme,
pero
el Señor me ayudó;
el
Señor es mi fuerza y mi energía,
él
es mi salvación.
Escuchad:
hay cantos de victoria
en
las tiendas de los justos. R/.
La
piedra que desecharon los arquitectos
es
ahora la piedra angular.
Es
el Señor quien lo ha hecho,
ha
sido un milagro patente.
Este
es el día que hizo el Señor:
sea
nuestra alegría y nuestro gozo. R/.
Textos
paralelos[1].
Dad
gracias a Yahvé, porque es bueno.
Sal 100, 5: El
Señor es bueno, / su misericordia es eterna, / su fidelidad por todas las
edades.
Sal 136, : Dad
gracias al Señor porque es bueno; / porque es eterna su misericordia.
Diga
la casa de Israel: eterno es su amor.
Sal 115, 9: Israel
confía en el Señor: / él es su auxilio y su escudo.
Sal 115, 11: Los
que temen al Señor confían en el Señor; / él es su auxilio y su escudo.
Sal 135, 19-20:
Casa de Israel, bendice al Señor; / casa de Aarón, bendice al Señor; / casa de
Leví, bendice al Señor; / los que teméis al Señor, bendecid al Señor.
No he
de morir, viviré.
Sal 115, 17-18: Los
muertos ya no alaban al Señor, / ni los que bajan al silencio. / Nosotros, los
que vivimos, bendeciremos al Señor, / ahora y por siempre. / ¡Aleluya!
La
piedra que desecharon los albañiles.
Is 28, 16: Por eso
así dice el Señor, Dios: / “He puesto en Sión como fundamento una piedra, / una
piedra probada, / una piedra angular preciosa, / un fundamento sólido. / Quien
se apoya en ella no vacila.
Za 3, 9: Mirad la
piedra que pongo ante Josué, / es piedra única con siete ojos. / Yo mismo
grabaré su inscripción / -oráculo del Señor del universo –, / y apartaré el
pecado de este país / en un solo día – oráculo del Señor.
Za 4, 7: ¿Quién
eres tú, gran montaña? Conviértete en llano ante Zorobabel. ¡Él es quien saca
la piedra de remate entre aclamaciones y vivas!
Mt 21, 42: Y Jesús
les dice: ¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los
arquitectos es ahora la piedra angular? Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido
un milagro patente?”.
Hch 4, 11: Él es la
piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos y que se ha convertido en la
piedra angular.
Ef 2, 20: Estáis
edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo
Jesús es la piedra angular.
1 Co 3, 11: Pues
nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.
Notas
exegéticas.
118 Este canto cierra el Hallel. Un
invitatorio precede al himno de acción de gracias puesto en labios de la
comunidad personificada, completado en la serie de responsorios recitados por
diversos grupos cuando la procesión entraba en el Templo. El conjunto se
utilizó quizá para la fiesta descrita en Ne 8, 1
118 23 El Templo ha sido
reconstruido. La “piedra angular” (o “clave de la bóveda”), ver Jr 51, 26, que
puede convertirse en “piedra de escándalo” es un tema mesiánico, Is 8, 14.
Segunda
lectura.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, por su
gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos,
nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible,
intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la
fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a
revelarse en el momento final. Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso
padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más
preciosa que el oro, que, aunque perecedero, se aquilata a fuego, merecerá
premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo
amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo
inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de
vuestras almas.
Textos
paralelos.
Bendito sea el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo.
2 Co 1, 3: ¡Bendito sea el Dios
y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo
consuelo!
Ef 1, 3: Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo, / que nos ha bendecido en Cristo / con toda
clase de bendiciones espirituales en los cielos.
1 Pe 1, 25: Pero la palabra del
Señor permanece para siempre. Pues esa es la palaba del Evangelio que se os
anunció.
Mediante la Resurrección
de Jesucristo.
Jn 3, 5: En verdad, en verdad
te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de
Dios.
1 Jn 2, 29: Si sabéis que él es
justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él.
1 Jn 3, 9: Todo el que ha
nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede
pecar, porque ha nacido de Dios.
Rm 1, 4: Constituido Hijo de
Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los
muertos: Jesucristo nuestro Señor.
Col 1, 5: A causa de la
esperanza que os está reservada en los cielos y de la que oísteis hablar cuando
se os anunció la verdad del Evangelio de Dios.
Col 1, 12: Dando gracias a Dios
Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la
luz.
Col 3, 3-4: Porque habéis
muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca
Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos
juntamente con él.
Mt 6, 18: Para que tu ayuno lo
note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que
ve en lo escondido, te recompensará.
Ef 1, 19: Y cuál la
extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según
la eficacia de su fuerza poderosa.
1 Jn 3, 2: Queridos, ahora
somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que,
cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual
es.
Notas
exegéticas:
1 3 (a) La fórmula de bendición
heredada del Antiguo Testamento, Gn 14, 20, se ha hecho cristiana: los
beneficios por los que se alaba a Dios se vinculan a la persona de Cristo y
sobre todo a su resurrección.
1 3 (b) Este término no designa aquí
una actitud interior, sino la cosa esperada, como lo indica el paralelismo con
“herencia”.
1 4 Término corrientemente empleado
en el AT con referencia a la Tierra prometida. En el NT designa el reino
prometido a los creyentes.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 20, 19-31
Al anochecer de aquel día, el
primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas
cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les
dijo:
-Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó
las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al
Señor. Jesús repitió:
-Paz a vosotros. Como el Padre
me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, sopló sobre
ellos y les dijo:
-Recibid el Espíritu Santo; a
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado
el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le
decía:
-Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
Si no veo en sus manos la señal
de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano
en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra
vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las
puertas, se puso en medio y dijo:
-Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
-Trae tu dedo, aquí tienes mis
manos, trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
-¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
-¿Por qué me has visto has
creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no
están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos
han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y
para que creyendo, tengáis vida en su nombre.
Textos
paralelos.
Al atardecer de aquel
día, el primero de la semana.
// Mc 16, 14-18: Por último, se
apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su
incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían
resucitado. Y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la
creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea les
acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas
nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les
hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.
// Lc 24, 36-49: Estaban
hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
“Paz a vosotros·. Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un
espíritu. Y él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro
corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta
de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Dicho
esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la
alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo de comer?”. Ellos le
ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les
dijo: “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario
que se cumpliera todo lo escrito en la ley de moisés y en los Profetas y Salmos
acerca de mí”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las
Escrituras. Y les dijo: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de
entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para
el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la
promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta
que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto”.
Entonces se presentó
Jesús.
Jn 14, 27: La paz os dejo, mi
paz os doy; no os la doy como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón
ni se acobarde.
Jn 16, 33: Os he hablado de
esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened
valor: yo he vencido al mundo.
La paz con vosotros.
Lc 24, 16: Pero sus ojos no
eran capaces de reconocerlo.
Los discípulos se
alegraron de ver al Señor.
Jn 15, 11: Os he hablado de
esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Jn 16, 22: También vosotros
ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y
nadie os quitará vuestra alegría.
Como el Padre me envió.
Jn 17, 18: Como tú me enviaste
al mundo, así yo los envío también al mundo.
Mt 28, 19: Id, pues, y haced
discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo.
Mc 16, 15: Y les dijo: “Id al
mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
Dicho esto sopló.
Lc 24, 47: Y en su nombre se
proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos
comenzando por Jerusalén.
Hch 1, 8: En cambio, recibiréis
la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis
testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra.
Jn 1, 33: Yo no lo conocía,
pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar
el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Mt 16, 19: Te daré las llaves
del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos,
y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.
Mt 18, 18: En verdad os digo
que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que
desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Tomás, uno de los Doce.
Jn 11, 16: Entonces Tomás,
apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: “Vamos también nosotros y
muramos con él”.
Jn 14, 5: Tomás le dice:
“Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”.
La paz con vosotros.
Jn 14, 27: La paz os dejo, mi
paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro
corazón ni se acobarde.
Trae tu mano y métela en
mi costado.
Jn 19, 34: Sino que uno de los
soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.
Dichosos los que no han
visto y han creído.
Lc 1, 45: Bienaventurada la que
ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
20 19 Saludo ordinario de los judíos,
ver Jc 19, 20. Este saludo se repite en el v. 21, indicio quizá de una
inserción más tardía de los vv. 20-21, bajo la influencia del relato paralelo
de Lc.
20 20 Lc 24, 39 tiene una perspectiva
más apologética. Aquí se trata de poner de relieve la continuidad entre el
Jesús que ha sufrido y el que está para siempre con ellos. El Señor glorioso de
la Iglesia no es otro que Jesús crucificado.
20 22 El soplo de Jesús simboliza al
Espíritu (en hebreo: soplo) principio de vida. Igual verbo raro que en Gn 2, 7:
Cristo resucitado da a los discípulos el Espíritu que realiza como una
recreación de la humanidad. Poseyendo desde ahora este principio de vida, el
hombre ha pasado de la muerte a la vida y no morirá jamás. Es el principio de
una escatología ya realizada. Para Pablo (al menos en sus primeras cartas),
esta recreación de la humanidad no se producirá hasta la vuelta de Cristo. Jn
hace suya una fórmula tradicional que es necesario entender, en la medida de lo
posible, en el marco de su propia teología: los discípulos perdonarán o
retendrán los pecados en la medida en que prolonguen la misión de Jesús en el
mundo. Las tradiciones católica y ortodoxa piensan que el poder de perdonar los
pecados incumbe a los miembros del colegio apostólico, al que se encomienda, en
comunión con Jesús, la tarea pastoral. Para la tradición reformada, este poder
y esta tarea pastoral compiten a todos los discípulos, es decir, a los
creyentes de todos los tiempos, y no a Pedro en particular o a un determinado
orden sacerdotal. Escuchando su testimonio, los hombres creerán (serán
perdonados sus pecados) o se escandalizarán (se juzgarán a sí mismos; sus
pecados les serán retenidos).
20 24 Esta segunda aparición de Cristo
a los discípulos es literariamente un calco de la primera. Cristo reprocha en
ella a Tomás el no haber creído en el testimonio de los otros discípulos y
haber exigido “ver” para creer. Como Jn 4, 48 este relato se dirige a los
cristianos de la segunda generación.
20 27 Juan, al fin de su evangelio,
vuelve una vez más su mirada de creyente hacia la llaga del costado.
20 28 Esta última confesión de fe del
evangelio asocia los títulos “Señor” y “Dios”. Quizá estamos ante el eco de una
aclamación litúrgica.
20 29 Sobre el testimonio de los
Apóstoles, ver Hch 1, 8.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
19 Estando candadas… las puertas…
llegó…: el
cuerpo glorioso y “espiritualizado” de Jesús queda fuera de las leyes físicas
del mundo material (cf. 1 Cor 15, 44).
20 Les enseñó… las heridas de las manos y
del costado, signos de identificación; el resucitado es el mismo que
fue crucificado. Y las huellas transfiguradas del sufrimiento anterior ya no
causan tristeza.
21-22 Para la impresión de que
resurrección, ascensión, venida del Espíritu y misión de la Iglesia sucedieron
en el mismo día.
Me envió: el tiempo verbal griego
(perfecto) equivale a “me envió y continúo siendo enviado”.
Sopló: como en una nueva creación, es
necesario “el aliento” (el espíritu) de Dios.
Espíritu Santo: aliento divino, dador de vida
sobrenatural, como el soplo que infundió vida al primer hombre (cf. Gn 2, 7).
Sin duda hay que sobreentender dos artículos determinados en el texto griego (“el
Espíritu el Santo”), usados por Jn otras veces. Jesús comunica el
Espíritu Santo, primeramente para suscitar y reafirmar en ellos la fe en su
resurrección (para que vean, es decir, para que crean), y luego, para
hacer que otros vean, quitando la ceguera del pecado.
23 Es verdad de fe definida que las
palabras de Jesús en estos versículos “hay que entenderlas de la potestad de
perdonar y de retener los pecados en el sacramento de la penitencia” (DS 1703 y
1670). “Atar (retener) y desatar” (cf. Mt 16, 19; 18, 18) se aplican aquí,
concretamente a los pecados.
27-29 Jesús condesciende con las
exigencias de Tomás, sin forzarlo a convencerse. La fe sigue siendo libre.
Mejor: ¡[se] creyente!”.
¡Señor mío…! esta explícita confesión de fe
en la divinidad de Jesús es lit., el Señor mí y el Dios de mí.
Felices los que… sin embargo
creen: el Señor
“se deja encontrar por quienes no le exigen pruebas, se revela a los que no
desconfían de él” (Sab 1, 2).
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
20, 11-18 “Dios permite ser visto y
reconocido por aquellos que son puros de corazón”, enseña san Gregorio de Nisa
(De beatitudinibus, t). María Magdalena fue discípula de Cristo, citada
por Juan por haber sido una de las mujeres al pie de la cruz; Lucas la describe
como si hubiera sido una mujer poseída por el demonio a la que Cristo había
sanado. Su búsqueda sincera de Cristo después de descubrir la tumba vacía fue
recompensada con la aparición de Cristo resucitado. Los discípulos de Cristo
son aquellos que, pese a las debilidades humanas, son curados por él y que se
comprometen a seguirlo, convirtiéndose en testigos de su amor misericordioso.
Cat. 640-641.
20, 14 Debido a su estado glorificado,
María Magdalena no reconoció inmediatamente a Cristo hasta que habló con ella.
Cat 645 y 660.
20, 17 Cristo y sus fieles comparten
indudablemente el mismo Padre. Sin embargo, Cristo es Hijo de Dios por
naturaleza, y nosotros somos sus hijos e hijas de adopción, a través del
bautismo y de la gracia del Espíritu Santo. Cat 443, 654, 660 y 2795.
20, 22-23 Inmediatamente después de la
Resurrección, el último signo de la victoria sobre el pecado y la muerte,
Cristo instituyó el sacramento de la penitencia y la reconciliación otorgando a
los Apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados en su nombre.
Soplando sobre los Apóstoles – denominado a veces como “El Pentecostés de Juan”
– fue un presagio de la venida del Espíritu Santo. Por lo tanto, ellos
recibieron el Espíritu Santo de Cristo y así están facultados para actuar en su
nombre. Para los Apóstoles, los primeros sacerdotes ordenados, el poder de
perdonar los pecados fue una parte vital en su papel de santificar al pueblo.
Al enviarlos al mundo, Jesús les mandó continuar su misión de curación
espiritual a través de los sacramentos del Bautismo y la Penitencia. Creer en
el perdón de los pecados es una declaración esencial del Credo de los Apóstoles
y el Credo de Nicea, que se rezan en la liturgia de las Iglesia. Cat. 730, 858,
976, 1287, 1485-1488.
20, 24-29 La obstinada incredulidad de
Tomás mostró cómo incluso algunos de los discípulos de Cristo tuvieron
dificultades para creer que había resucitado de entre los muertos. ¡Señor mío y
Dios mío!: la exclamación de Tomás fue no solo una expresión del reconocimiento,
sino también la adoración. A través de los ojos de la fe, los cristianos son
capaces de reconocer a Cristo vivo en la Eucaristía. Cat. 448, 643-645, 659 y
1381.
20, 30 Juan explica aquí sus
intenciones al escribir el Evangelio. Como testigo presencial de la vida de
Cristo, desea desafiar a sus lectores con una narrativa convincente que llevará
al lector a creer en Jesús como Cristo, el Hijo de Dios. Su Evangelio – y por
extensión los otros Evangelios – no es una historia o biografía completa de
Cristo ya que hay muchas cosas que no se presentan aquí, como Juan dejó bien
claro. Lo que aparece está escrito con el fin de inspirar fe en el lector más
que el hecho de ser biografía comprensiva. Cat. 105, 124-126, 442 y 514.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
640. En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se
encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del
cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo. A pesar de eso,
el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su
descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del
hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar de las santas mujeres,
después de Pedro. “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al
entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo” (Jn 20, 6),
“vio y creyó”. Esto supone que constató en el estado del sepulcro vacío la
ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había
vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido la de Lázaro.
641. Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al
Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la
comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a
Simón! (Jn 24, 34).
642 La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de
hombres concretos, conocidos de los cristianos, y de los que la mayor parte aún
vivían entre ellos. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” son ante todo
Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de
quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez además de
Santiago y de todos los Apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).
643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo
fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por
los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la
pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano. La
sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de
ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios,
lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos
presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados.
Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus
palabras les parecieron como desatinos” (Lc 24, 11). Cuando Jesús se manifiesta
a los once la tarde de Pascua, “les echó en cara su incredulidad y su dureza de
cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).
644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de
Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. “No
acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41).
Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea
referida por Mateo, “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la
hipótesis según la cual la Resurrección habría sido un “producto” de la fe (o
de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su
fe en la Resurrección nació – bajo la acción de la gracia divina – de la
experiencia directa en la realidad de Jesús resucitado.
651 La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que
Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al
espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado
la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.
652 La Resurrección de Cristo es el cumplimiento de las promesas del Antiguo
Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal.
653 La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su
resurrección.
654 Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del
pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en
primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios.
858 Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, “llamó
a los que él quiso (...) y vinieron donde él. Instituyó a los Doce para que
estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14).
Concilio Vaticano II
Como el Padre envió al Hijo, también este envió a sus Apóstoles (cf. Jn
20, 21) con estas palabras: “Id y enseñad a todas las gentes y bautizadlas en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñadles a guardar todo
lo que os he mandado. Mirad... Yo estaré con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo” (Mt 28, 18-20). La Iglesia recibió de los Apóstoles este solemne
mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva para cumplirlo hasta los
confines de la tierra (cf. Hch 1, 8). Por eso hace suya las palabras del
Apóstol: “¡Ay de mí sino anunciare el Evangelio” (1 Cor 9, 16). Sigue, por
tanto, sin cesar enviando predicadores hasta que las nuevas Iglesias estén
plenamente formadas y ellas mismas puedan continuar la tarea de anunciar el Evangelio.
Es impulsada, en efecto, por el Espíritu Santo a colaborar a que se lleve a
cabo el plan de Dios que constituyó a Cristo principio de salvación para todo
el mundo. Mediante la predicación del Evangelio, la Iglesia atrae a los oyentes
a la fe y a la confesión de fe, los prepara para el bautismo, los libra de la
esclavitud del error y los incorpora a Cristo para que lleguen a la plenitud en
Él por la caridad. Realiza su tarea para que todo lo bueno que hay sembrado en
el corazón y en la inteligencia de estos hombres, o de los ritos particulares,
o de las culturas de estos pueblos, no solo no se pierda, sino que mejore, se
desarrolle y llegue a su perfección para gloria de Dios, para confusión del
demonio y para felicidad del hombre. A todos los discípulos de Cristo incumbe,
por su parte, el encargo de sembrar la fe según sus posibilidades. Pero, aunque
cualquier creyente puede bautizar, sin embargo es propio del sacerdote realizar
la construcción del Cuerpo con el sacrificio de la Eucaristía, cumpliendo así
las palabras de Dios por medio del profeta: “Mi nombre es grande en todos los
pueblos situados entre la salida y la puesta del sol, y en todos los lugares se
ofrece a mi nombre un sacrificio puro (Mal 1, 11). De esta manera la Iglesia
ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en
Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo y para que en
Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de
todos.
Lumen gentium, 17.
San Agustín
Si piensas, dijo, que es poco el que me presente a tus ojos, me ofrezco
también a tus manos. quizás seas de aquellos que cantan en el salmo: En el
día de mi tribulación busqué al Señor con mis manos, de noche, en su presencia”.
¿Por qué buscaba con las manos? Porque buscaba de noche. ¿Qué significa ese
buscar de noche? Que llevaba en su corazón las tinieblas de la infidelidad.
Mas esto se hizo no solo por él, sino también por aquellos que iban a
negar la verdadera carne del Señor. Efectivamente, Cristo podía haber curado
las heridas de la carne sin que hubiesen quedado ni las huellas de sus
cicatrices; podía haberse visto libre de las señales de los clavos de sus manos
y de la llaga de su costado; pero quiso que se quedasen en su carne las
cicatrices para eliminar de los corazones de los hombres la herida de la
incredulidad y que las señales de las heridas curasen las verdaderas heridas.
Sermón 375
C.
Los Santos Padres.
Era de noche, más por la tristeza que por la hora. Era noche para las
mentes obscurecidas por la sombría nube de la tristeza y la pesadumbre, porque,
aun cuando la noticia de su resurrección les había dado una tenue claridad, sin
embargo el Señor todavía no había brillado con todo el resplandor de su luz.
Pedro Crisólogo. Sermones, 84, 2.2.
Con el saludo de su paz les infunde ánimos y tranquilidad, a la vez que
les concede el Espíritu Santo.
Máximo el Confesor. Capítulos sobre el conocimiento, 2, 46.17.
Saluda a sus discípulos con estas palabras: “Paz a vosotros”,
definiéndose a sí mismo como la paz. En efecto, los que están cerca de Cristo
gozan de la paz y de la tranquilidad de espíritu. Es lo mismo que auguraba
Pablo a los fieles cuando decía: “La paz de Dios, que supera toda inteligencia,
guarde vuestros corazones y vuestras inteligencias” (Flp 4, 7). En efecto, la
paz de Cristo supera toda inteligencia, no es cosa distinta de su Espíritu, que
colma con toda clase de bienes a los que participan de Él. ´
Cirilo de Alejandría. Comentario al Ev. de Juan 12, 1.19.
Yo os envío no con la autoridad del que manda, sino con todo el afecto
con el que yo os amo. Os envío a soportar el hambre, a sufrir el peso de las
cadenas, la aspereza de la cárcel, a sobrellevar toda clase de penas, a sufrir
una muerte execrable por todos: todas las cosas que la caridad, no el poder,
impone a las almas humanas.
Pedro Crisólogo. Sermones.84, 6.7.
Causa mucha alegría lo que sigue: “Bienaventurados los que sin haber
visto hayan creído”. Sentencia en la que, sin duda, estamos señalados nosotros,
que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne. Sí, en ella
estamos significados nosotros, pero con tal que nuestras obras se conformen con
nuestra fe, porque quien cumple en la práctica lo que cree, ese es el que cree
en verdad.
Gregorio Magno. Homilías sobre los Evangelios, 2, 26, 8-9.55
San Juan de Ávila
Todos estos tienen por oficio encaminar las ánimas
para el cielo. Sicut misit me Pater, et ego mitto vos (Jn 20, 21). Y, por
tanto, yo saco la conclusión que han de ser ejemplares, y que, si no lo son, se
perderán; porque, si el rey criase un capitán, no satisfaría si fuese soldado. Ideo
vos estis lux mundi, sal terrae (cf. Mt 5, 14.13). Pero entra agora la duda
cómo ha de ser ese ejemplo; porque hic labor et dolor [este
es un trabajo duro y penoso]. Lo que se os puede decir, hermanos, es que, si
sois clérigo, habéis de vivir, hablar y tratar y conversar, etc., taliter
[de
tal manera] que provoquéis a otros a servir a Dios. La candela, cuando la
encienden, no es para matalla y ponella debajo del medio
celemín, ut ait Christus y ansí, en ordenándoos, sois candela que habéis de
dar lumbre.
Platica a sacerdotes. I, pg. 852.
El mismo Señor dijo a sus apóstoles, cuando
instituyó el sacramento de la penitencia: Cuyos pecados perdonáredes, son
perdonados (Jn 20, 23), etc. Y, por consiguiente, se da gracia y justicia por este
sacramento, pues no puede haber perdón de pecados sin que se dé la gracia, la
cual es significada y contenida en todos los siete sacramentos de la Iglesia; y
se da a quien bien los recibe, y con mayor abundancia que la disposición de
quien los recibe, por ser obras previlegiadas, que por la misma obra que son,
dan gracia.
Audi filia (II). I, pg. 631.
¿Qué hace que me siento con gran flaqueza? Buscá el
remedio donde os vino la llaga; buscad la gracia de Dios: Él os la dará, que él
dijo la ley de la gracia para cumplirla: Gavisi sunt discipuli, viso
Domino (Jn 20, 20).
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 189.
Y luego tras este preámbulo, podrá decirles cómo el
fin del sacerdote es sacar almas de pecado, y para esto Cristo le instituyó en
la gracia, según aquello de San Juan, capítulo 20, como el Padre me envió, así os
envío a vosotros. Y pues Cristo fue enviado a sacar almas del pecado, así también ellos
son enviados.
Para un sermón a los clérigos. II, pg. 1044.
Así lo nota Eusebio: que por eso los Evangelistas
escribieron tan poco, porque este negocio no es de muchas palabras, y estilo de
corte y audiencia; y por eso no son menester muchas premáticas [pragmáticas,
leyes]. Que hallaréis en la Santa Madre Iglesia de tradiciones que no están
escriptas en los Evangelistas, como es la forma de consagrar. Por eso nos dijo
nuestro Señor: “Allá os doy mi Espíritu Santo (cf. Jn 20, 22); y
donde se infunde este Espíritu Santo y la práctica que procede del Espíritu
Santo, habla y es tradición de Dios. Y por eso, lo que los santos Padres,
alumbrados por el Espíritu Santo, ordenaron, es ordenado de Dios; y por eso se
escribió poco, porque lo remitió a aquellos que fuesen ayuntados [unidos] en el
Espíritu Santo.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 334.
Materia necesaria y materia voluntaria, ambas son
materias. Si queréis confesar los pecados veniales por las claves del
sacramento, son perdonados, porque son pecados. Nuestro Señor dijo: Los
pecados que perdonáredes serán perdonados (Jn 20, 23), pecados también se
entienden veniales, y es materia voluntaria.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 165.
Hay palabras suyas que dan medicina a esas llagas.
Arrepentíos de haber ofendido a Dios, confesaos. Mirad que dijo Dios a los
sacerdotes: Cuyos pecados perdonáredes, serán perdonados (Jn 20, 23). Dice
el confesor: “Yo te absuelvo de todos pecados”. Ansíos a esa palabra: que veis
ahí los remedios que Dios dejó para los que le ofendieren.
Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 339.
Por el pecado venial no se quita la amistad con
Dios; y si pecastes mortalmente, remedio hay. ¿Quebrantaste la palabra de la
castidad, la de no jurar? Palabra hay con que se suelde y remedie. ¿Qué
palabra? Arrepentíos y confesaos, y con esta palabra se remediará el mal de la
otra. Conviene a saber: Quorum remiseritis peccata (Jn 20, 23). Que,
si por pecar habéis de perder el esperanza, San Pedro pecó y David. Levantaos,
que Dios os da la mano.
Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 456.
A cuando se os muere algún hijo chiquito, que
lloráis y dais gritos. ¿Y de qué lloráis? Si el niño supiese hablar diría: “No
lloréis, madre, mas gozaos de mi bien, que voy a gozar a Dios”. ¿Qué sentiremos
de esta subida de Cristo a lo alto? Dijo en otra parte a la Magdalena: Decid
a mis hermanos que subo al Padre mío y al Padre vuestro, al Dios mío y al Dios
vuestro (cf. Jn 20, 19).
Sermón del Jueves de la Ascensión. III, pg. 229.
Un día de aquella semana. En
medio (Lc 24, 36; Jn 20, 26). Ese es el lugar suyo: medio de animales nace,
dotores disputar, latronum figitur, apparet in medio [es
crucificado entre ladrones]. Medio inter Padre y Espíritu Santo. Vino a
ser de medio entre Dios y hombres, mediator, y en la gloria medio
beatorum [centro de la visión beatífica]. Sicut me misit (cf. Jn 20, 21). No
fue desamor de mi Padre, ni mío, enviaros a predicar mi nombre, poneros a
fuerza e violencia del mundo. Para un gran hecho gran ayuda. Accipite
Spiritum Sanctum (Jn 20, 23). Extraña largueza,
que aquel poder que hasta aquel punto ante Dios quería dar a entender que Dios
le tenía, no usó de él: que un hombre pueda abrir o cerrar el cielo.
Y Tomás no estaba allí. No le privó de tan gran
merced. ¡Velle! (...). ¿Cómo? Apóstol, ¿eso habéis aprovechado en su escuela?
¿Sabés que la fe entra por el oído? Si lo veis, daos por despedido de la fe. No
digo que tengo de creer lo que quiero ver. Viendo la humanidad, creeré la
divinidad. Ansí, llamándole Cristo: ¡Ven acá! - ¡Oh Señor mío! (cf. Jn 20, 28). Es
que veo a Dios. Confieso, creo e adoro. ¡Oh bondad de Dios inmensa! Como trata
de ganar, gana a todos. A mí, a mí. No hay palabra baldía. Él, como águila,
trata cosas subidas: regeneración doblada investigación.
Sermón del Martes de Pascua. III, pg. 227.
Y a quien le pareciere pequeña la autoridad de
ellos, oiga la palabra de Cristo nuestro Redemptor, que dice: Cuyos
pecados perdonáredes, serán perdonados; y los que retuviéredes, serán retenidos
(Jn
20, 23). En las cuales palabras instituyó el santísimo sacramento de la
penitencia, por el cual son perdonados a los que vienen dispuestos, no solo los
mortales, mas aun los veniales; que muy mal se engañaron los que pensaron que
los pecados veniales no son materia del santísimo sacramento de la Penitencia.
Sermón del Santísimo Sacramento. III, pg. 657.
Pues ansí lo hizo Jesucristo con nosotros, que nos
dio poder para que negocien con nosotros todo lo que a su hacienda y honra
tocare; y que por soberbio, por sucio, por abominable, por endiablado que sea
el hombre, por deshonra que haya hecho a Dios y con ellos al hombre, dirá Dios:
“Id a un sacerdote, pues le he dado poder para que de mi parte os perdone y
absuelva de todos vuestros pecados, y él os perdonará en mi nombre”. - ¿Quién
lo dijo, padre? ¿Es por ventura Escoto, es San Agustín? – Más que eso, es el
mismo Jesucristo. ¡Bendito Él sea! Amén. A quienes perdonáredes sus
pecados, serles han perdonados, etc. (Jn 20, 23).
Sermón de la Octava del Corpus. III, pg. 784.
¡Oh, bienaventurado aquel que entiende qué cosa es
fe! Bien lo dijiste, niño, cuando fuiste grande: ¡Bienaventurados los que no
vieron y creyeron! (Jn 20, 29).
Sermón de la Epifanía. III, pg. 92.
Así que no habéis de querer ver nada, sino procura
de ser fiel en creer que no faltará la palabra de Jesucristo, porque más vale
creer que ver (cf. Jn 20, 29).
Sermón en la infraoctava del Corpus. III, pg. 553.
Cierto es que nació en pobreza y aspereza, y de la
misma manera vivió, y con crecimiento de esto murió. Y habiendo Él traído la
embajada del Padre con este tan humilde aparato, no se agradará que su
embajador, pues es de rey celestial, vaya con aparato de mundo, pues dijo por
San Juan: Sicut misit me Pater, et ego mittam vos (Jn 20, 21). El
corazón ardiendo en celo de la honra del Padre y de la salvación de las ánimas
le trajo al mundo.
A un obispo de Córdoba. IV, pg. 603.
Diga misa cada día, aunque no sienta devoción, y
confiese a más tardar de tres en tres días, con profundo conocimiento de sus
males y crédito que son muy más y mayores que él conoce, y con entera fe y
devoción en este sacramento, por la palabra del Señor: Quorum
remiseritis peccata, etc. (Jn 20, 23), y si Dios le da luz con que se
conozca y fe para esta palabra, serle ha este sacramento grandísima dulcedumbre
y seguridad.
A un predicador. IV, pg. 39.
Y por tanto, quitemos los impedimentos nosotros y
soseguemos nuestro corazón dentro de nos; esperemos allí a Cristo, el cual entra,
las puertas cerradas, a visitar (cf. Jn 20, 26) y alegrar sus discípulos, y
sin duda será con nosotros, porque de Él dice David: Oyó
el Señor el deseo de los pobres, y el aparejo de su corazón oyó su oído (Sal 9, 17). Y pues
Cristo principalmente ha de obrar esto en nosotros, no hay por qué
desconfiemos; mas fuertes en la fe de tal guiador, comencemos con fervor esta
carrera, que lleva a alcanzar a Dios.
A una persona religiosa. IV, pg. 320.
San Oscar Romero.
Ahora, hermanos, a la luz de esta verdad ¡qué fácil es
comprender las tres lecturas que se han hecho hoy! Yo titularía este comentario
de hoy así: El resucitado vive en su Iglesia. La historia de la resurrección
que estamos considerando en estos días es el testimonio fundamental, esencial,
de una Iglesia apostólica. La resurrección de Cristo es el título que la
Iglesia muestra al público para justificar su pretensión de ser ella un
instrumento de la salvación del mundo. ¿Por qué? Precisamente lo que aparece en
las lecturas de hoy: el Cristo revivido insufla en la Iglesia naciente su
espíritu: "Como mi Padre me envió, así os envío", dice el evangelio
de hoy. Y soplando, como el soplo del Génesis cuando a aquel ser de barro Dios
sopla el espíritu de vida, Cristo que es Dios, insufla toda su misión de
redención al mundo en este organismo que El ha creado: "Como mi Padre me
envió yo os envío".
Y en aquel soplo El interpreta: recibid el Espíritu Santo, a
los que perdonaréis les queda perdonado: la misión de la Iglesia; entonces, ha
nacido como en un nuevo paraíso: Adán despierta inteligente, libre, capaz de
amar, imagen de Dios; la Iglesia despierta de aquel sueño de Pentecostés como
una nueva creación. Eso son ustedes, hermanos que me escuchan y meditan
conmigo. Eso somos la Iglesia, el nuevo ser que lleva el soplo de una vida que
no va a morir nunca, de una vida de resucitado.
Pero para comprenderlo, distribuyo mi pensamiento en estas
dos ideas: lº.) Cristo vive; 2º) Cristo vive no sólo en su cielo sino en su
comunidad de creyentes en la tierra.
Homilía, 2 de abril de 1978.
Papa León XIV.
Audiencia general. 1 de abril de 2026. Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II -
II. Constitución
dogmática Lumen gentium. 6. Piedras vivas en la Iglesia
y testigos en el mundo: los laicos en el pueblo de Dios
Hermanos
y hermanas, ¡buenos días!
Seguimos
nuestro camino de reflexión sobre la Iglesia como se nos presenta en la Constitución
conciliar Lumen gentium (LG). Hoy afrontamos el
cuarto capítulo, que trata sobre los laicos. Todos recordamos lo que al Papa Francisco le
gustaba repetir: «Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de
Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados» (Exhort.
ap. Evangelii gaudium, 102).
Esta
sección del Documento se preocupa de explicar en positivo la naturaleza
y la misión de los laicos, después de siglos en los que habían sido
definidos simplemente como aquellos que no forman parte de los clérigos o de
los consagrados. Por esto me gusta releer con vosotros un pasaje muy hermoso,
que habla de la grandeza de la condición cristiana: «Por tanto, el Pueblo de
Dios, por Él elegido, es uno: ‘un Señor, una fe, un bautismo’ (Ef 4,5).
Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo;
común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola
salvación, única la esperanza e indivisa la caridad» (LG, 32).
Antes
que cualquier diferencia de ministerio o de estado de vida, el Concilio afirma
la igualdad de todos los bautizados. La Constitución no quiere que se olvide lo que ya había afirmado en el
capítulo sobre el pueblo de Dios, es decir que la condición del pueblo
mesiánico es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios (cfr LG,
9).
Naturalmente,
cuanto más grande es el don, más grande también es el compromiso. Por esto el
Concilio, junto con la dignidad, subraya también la misión de los laicos en
la Iglesia y en el mundo. ¿Pero dónde se funda esta misión y en qué
consiste? Nos lo dice la descripción misma de los laicos que el Concilio se
propone: «Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos
[…] que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo
de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y
real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo
cristiano en la parte que a ellos corresponde» (LG, 31).
El
pueblo santo de Dios, por tanto,
nunca es una masa informe, sino el cuerpo de Cristo o, como decía san
Agustín, el Christus totus: es la comunidad orgánicamente
estructurada, en virtud de la relación fecunda entre sus formas de
participación al sacerdocio de Cristo: sacerdocio común de los fieles y
sacerdocio ministerial (cfr LG, 10). En virtud del Bautismo, los
fieles laicos participan al mismo sacerdocio de Cristo. De hecho, «Cristo
Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio
por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a
toda obra buena y perfecta» (LG, 34).
¿Cómo no
recordar, en este sentido, a san Juan Pablo II y
su exhortación
apostólica Christifideles laici (30 de diciembre de 1988)?
En ella él subrayaba que «el Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal,
espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente espléndidas sobre la
naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles
laicos. Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento
de Cristo, han convocado a todos los fieles laicos, hombres y
mujeres, a trabajar en la viña» (n. 2). De este modo, mi venerado
predecesor relanzaba el apostolado de los laicos, a quienes el Concilio había
dedicado un Documento específico, del que hablaremos más adelante. [1]
El
amplio campo del apostolado laical no se limita al espacio de la Iglesia, sino
que se amplía al mundo. La
Iglesia, de hecho, está presente en todos los lugares donde sus hijos
profesan y testimonian el Evangelio: en los ambientes de trabajo, en la
sociedad civil y en todas las relaciones humanas, allá donde ellos, con sus
elecciones, muestran la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora
la justicia y la paz que serán plenas en el Reino de Dios. El mundo necesita
que «se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en
la justicia, en la caridad y en la paz» (LG, 36). ¡Y esto es
posible solamente con la contribución, el servicio y el testimonio de los
laicos!
Es la
invitación a ser esa Iglesia “en salida” de la que nos ha hablado el Papa Francisco: una
Iglesia encarnada en la historia, siempre abierta a la misión, en la que todos
estamos llamados a ser discípulos-misioneros, apóstoles del Evangelio, testigos
del Reino de Dios, ¡portadores de la alegría del Cristo que hemos encontrado!
Hermanos
y hermanas, ¡la Pascua que nos preparamos a celebrar renueve en nosotros la
gracia de ser, como María Magdalena, como Pedro y Juan, testigos del
Resucitado!
_________________________
[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Apostolicam actuositatem (18 de noviembre 1965).
Papa León XIV. Ángelus. 5 de abril
de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡Cristo ha resucitado! ¡Feliz Pascua!
Este
saludo, lleno de asombro y de alegría, nos acompañará toda la semana. Al
celebrar el día nuevo que el Señor ha hecho para nosotros, la liturgia celebra
el ingreso de toda la creación en el tiempo de la salvación; la desesperación
de la muerte es removida para siempre, en el nombre de Jesús.
El
Evangelio de hoy (Mt 28,
8-15) nos pide elegir entre dos relatos: el de las mujeres, que han
encontrado al Resucitado (vv. 9-11), o el de los guardias, que han sido
sobornados por los jefes del sanedrín (vv. 11-14). Las primeras anuncian la
victoria de Cristo sobre la muerte; los segundos anuncian que la muerte vence
siempre y en todo caso. En su versión, Jesús no ha resucitado, sino que su
cadáver ha sido robado. De un mismo hecho, el sepulcro vacío, brotan dos
interpretaciones: una es fuente de vida nueva y eterna, la otra de muerte
cierta y definitiva.
Este
contraste nos hace reflexionar sobre el valor del testimonio cristiano y sobre
la honestidad de la comunicación humana. A menudo, el relato de la verdad es
oscurecido por fake news —como se dice hoy—, es decir, por mentiras, alusiones y acusaciones
sin fundamento. No obstante, frente a tales obstáculos, la verdad no
permanece oculta, al contrario, viene a nuestro encuentro, viva y radiante,
iluminando las tinieblas más densas. Tal como a las mujeres que fueron al
sepulcro, Jesús también hoy a nosotros nos dice: «No teman. Vayan a anunciar»
(v. 10). Jesús mismo se convierte así en la buena noticia que hay que
testimoniar en el mundo: la Pascua del Señor es nuestra Pascua —la Pascua de la
humanidad— porque este hombre, que ha muerto por nosotros, es el Hijo de Dios,
que por nosotros ha dado su vida. Así como el Resucitado —siempre vivo y
presente— libera el pasado de un final destructivo, así el anuncio pascual
exime del sepulcro nuestro futuro.
Queridos
amigos, ¡cuán importante es que este Evangelio llegue sobre todo a quienes
están oprimidos por la maldad, que corrompe la historia y confunde las
conciencias! Pienso en los pueblos atormentados por la guerra, en los
cristianos perseguidos por su fe, en los niños privados de la educación. Anunciar
con palabras y obras la Pascua de Cristo significa dar nueva voz a la
esperanza, que de otro modo sería sofocada en manos de los violentos.
Cuando es proclamada en el mundo, la Buena Nueva disipa toda sombra, en cada
época.
Con
particular afecto, a la luz del Resucitado, recordamos hoy al Papa Francisco, que
precisamente el Lunes de Pascua del año pasado entregó su vida al Señor. Al
recordar su gran testimonio de fe y de amor, recemos juntos a la Virgen María,
Trono de la Sabiduría, para que podamos convertirnos en anunciadores cada vez
más luminosos de la verdad.
Papa Francisco. Ángelus. 16 de
abril de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, domingo de la Divina Misericordia, el Evangelio nos narra dos
apariciones de Jesús resucitado a los discípulos y en particular a Tomás, el
“apóstol incrédulo” (cfr. Jn 20,24-29).
Tomás, en realidad, no es el único al que le cuesta creer, es más, nos
representa un poco a todos nosotros. De hecho, no siempre es fácil creer,
especialmente cuando, como en su caso, se ha sufrido una gran decepción. Después
de una gran decepción es difícil creer. Ha seguido a Jesús durante años,
corriendo riesgos y soportando penalidades, pero el Maestro fue crucificado
como un delincuente y nadie lo ha liberado, ¡nadie ha hecho nada! Ha muerto y
todos tienen miedo. ¿Cómo fiarse todavía? ¿Cómo fiarse de la noticia que dice
que está vivo? La duda está dentro de él.
Pero Tomás demuestra que tiene valentía: mientras los otros están
encerrados en el cenáculo por el miedo, él sale, con el riesgo de que alguien
pueda reconocerlo, denunciarlo y arrestarlo. Podríamos incluso pensar que, con
su valentía, merecería más que los otros encontrar al Señor resucitado. Sin
embargo, precisamente por haberse alejado, cuando Jesús se aparece por primera
vez a los discípulos la noche de Pascua, Tomás no está y pierde la ocasión. Se
había alejado de la comunidad. ¿Cómo podrá recuperarla? Solo volviendo con los
otros, volviendo allí, en esa familia que ha dejado asustada y triste. Cuando
lo hace, cuando vuelve, le dicen que Jesús ha venido, pero a él le cuesta
creer; quisiera ver sus llagas. Y Jesús le complace: ocho días después, aparece
de nuevo en medio de sus discípulos y le muestra sus llagas, las manos, los
pies, esas llagas que son las pruebas de su amor, que son los canales siempre
abiertos de su misericordia.
Reflexionemos sobre estos hechos. Para creer, Tomás quisiera una señal
extraordinaria: tocar las llagas. Jesús se las muestra, pero de forma
ordinaria, presentándose ante de todos, en la comunidad, no fuera. Como
diciéndole: si tú quieres encontrarme no busques lejos, quédate en la
comunidad, con los otros; y no te vayas, reza con ellos, parte con ellos el pan.
Y nos lo dice a nosotros también. Es ahí que puedes encontrarme, es ahí que
te mostraré, impresas en mi cuerpo, las señales de las llagas: las señales del
Amor que vence el odio, del Perdón que desarma la venganza, las señales de la
Vida que derrota la muerte. Es ahí, en la comunidad, que descubrirás mi
rostro, mientras compartes con los hermanos momentos de oscuridad y de miedo,
aferrándote aún más fuerte a ellos. Sin la comunidad es difícil encontrar a
Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, la invitación hecha a Tomás es válida también
para nosotros. Nosotros, ¿dónde buscamos al Resucitado? ¿En algún evento
especial, en alguna manifestación religiosa espectacular o sorprendente,
únicamente en nuestras emociones o sensaciones? ¿O en la comunidad, en la
Iglesia, aceptando el desafío de quedarnos, aunque no sea perfecta? No
obstante todos sus límites y sus caídas, que son nuestros límites y nuestras
caídas, nuestra Madre Iglesia es el Cuerpo de Cristo; y es ahí, en el Cuerpo de
Cristo, que se encuentran impresas, aún y para siempre, las señales más grandes
de su amor. Pero, preguntémonos si, en nombre de este amor, en nombre de las
llagas de Jesús, estamos dispuestos a abrir los brazos a quien está herido por
la vida, sin excluir a nadie de la misericordia de Dios, sino acogiendo a
todos; a cada uno como un hermano, como una hermana. Dios acoge a todos, Dios
acoge a todos.
Que María, Madre de Misericordia, nos ayude a amar a la
Iglesia y a hacer una casa acogedora para todos.
Papa Francisco. Ángelus. 19 de
abril de 2020.
Queridos hermanos y hermanas:
Ha sido significativo celebrar
la Eucaristía de este segundo Domingo de Pascua aquí, en la iglesia
del Espíritu Santo en Sassia, que san Juan Pablo II quiso
que fuera el Santuario de la Divina Misericordia. La respuesta de los
cristianos en las tempestades de la vida y de la historia no puede ser otra que
la misericordia: el amor compasivo entre nosotros y por todos, especialmente
hacia los que sufren, los que tienen que afrontar más dificultades, los más
abandonados... sin pietismo, sin asistencialismo, pero con la compasión que
viene del corazón. Y la misericordia divina viene del Corazón de Cristo,
del Cristo Resucitado. Brota de la herida de su costado, siempre abierta,
abierta para nosotros, que siempre necesitamos perdón y consuelo. Que la
misericordia cristiana también inspire la colaboración justa entre las naciones
y sus instituciones, para hacer frente a la crisis actual de una manera
solidaria.
Quiero felicitar a los hermanos y hermanas de las Iglesias Orientales que
hoy celebran la fiesta de la Pascua. Juntos anunciamos: «¡Es verdad! ¡El Señor
ha resucitado!» (Lucas 24, 34). Especialmente en este tiempo de
dificultad, ¡sintamos qué gran regalo es la esperanza que surge de haber
resucitado con Cristo! En particular, me alegro con las comunidades católicas
orientales que, por razones ecuménicas, celebran la Pascua junto con las
ortodoxas: que esta fraternidad sirva de consuelo allá donde los cristianos son
una pequeña minoría.
Con alegría pascual nos dirigimos ahora a la Virgen María, Madre de la
Misericordia.
Papa Francisco. Ángelus. 23 de abril
de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Cada domingo, hacemos memoria de la resurrección del Señor Jesús, pero en
este periodo después de Pascua, el domingo reviste un significado más
iluminador. En la tradición de la Iglesia, este domingo después de la Pascua,
se le denomina “in albis”. ¿Qué significa esto? La expresión pretendía recordar
el rito que cumplían aquellos que habían recibido el bautismo en la Vigilia
pascual. A cada uno de ellos se le entregaba un hábito blanco —“alba”,
“blanca”— para indicar su nueva dignidad de hijos de Dios. Hoy todavía se sigue
haciendo esto: a los neonatos se les coloca una pequeña tela simbólica,
mientras que los adultos se ponen uno auténtico y verdadero, como lo hemos
visto en la Vigilia pascual. Esta ropa blanca, en pasado, se llevaba puesta
durante una semana, hasta este domingo, y de ahí deriva el nombre in
albis deponendis, que significa el domingo en el cuál se quita el hábito
blanco. Y así, quitada la ropa blanca, los neófitos comenzaban su nueva vida en
Cristo y en la Iglesia.
Hay otra cosa. En el Jubileo del año 2000, san Juan Pablo II estableció
que este domingo estaría dedicado a la Divina Misericordia. Es verdad, fue una
bonita intuición: el Espíritu Santo le inspiró. Hemos concluido el Jubileo
extraordinario de la Misericordia hace pocos meses y este domingo nos invita a
retomar con fuerza la gracia que viene de la misericordia de Dios. El Evangelio
de hoy es la narración de la aparición de Cristo resucitado a los discípulos
reunidos en el cenáculo (cf. Juan 20, 19-31). Escribe san Juan
que Jesús, después de haber saludado a sus discípulos, les dijo: «Como el Padre
me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán
perdonados» (vv. 21-23). He aquí el sentido de la misericordia que se presenta
precisamente en el día de la resurrección de Jesús como perdón de los pecados. Jesús
resucitado, ha transmitido a su Iglesia, como primera misión, su propia misión
de llevar a todos el anuncio concreto del perdón. Este es el primer deber:
anunciar el perdón. Este signo visible de su misericordia lleva consigo la
paz del corazón y la alegría del encuentro renovado con el Señor.
La misericordia a la luz de la Pascua se deja percibir como una verdadera
forma de conocimiento. Y esto es importante: la misericordia es una
verdadera forma de conocimiento. Sabemos que se conoce a través de muchas
formas. Se conoce a través de los sentidos, se conoce a través de la intuición,
a través de la razón y aún de otras formas. Bien, se puede conocer también a
través de la experiencia de la misericordia, porque la misericordia abre la
puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra
existencia personal. La misericordia nos hace comprender que la
violencia, el rencor, la venganza no tienen ningún sentido y la primera víctima
es quien vive de estos sentimientos, porque se priva de su propia dignidad.
La misericordia también abre la puerta del corazón y permite expresar la
cercanía sobre todo hacia aquellos que están solos y marginados, porque les
hace sentirse hermanos e hijos de un solo Padre. Favorece el
reconocimiento de cuantos tienen necesidad de consuelo y hace encontrar
palabras adecuadas para dar consuelo.
Hermanos y hermanas, la misericordia calienta el corazón y le hace
sensible a las necesidades de los hermanos, a través del compartir y de la
participación. La misericordia, en definitiva, compromete a todos a ser
instrumentos de justicia, de reconciliación y de paz. No olvidemos nunca
que la misericordia es la llave en la vida de fe, y la forma concreta con la
cual damos visibilidad a la resurrección de Jesús.
Papa Francisco. Ángelus. 27 de
abril de 2014.
Queridos hermanos y hermanas:
Antes de concluir esta fiesta de la fe, quiero saludar y dar las gracias a
todos vosotros.
Doy las gracias a los hermanos cardenales y a los numerosísimos obispos y
sacerdotes de todas las partes del mundo.
Mi agradecimiento se dirige a las delegaciones oficiales de numerosos
países, llegadas para rendir homenaje a dos Pontífices que contribuyeron de
manera indeleble a la causa del desarrollo de los pueblos y de la paz. Un
agradecimiento especial dirijo a las autoridades italianas por la preciosa
colaboración.
Con gran afecto saludo a los peregrinos de las diócesis de Bérgamo y de
Cracovia. Queridísimos hermanos, honrad la memoria de los dos Papas santos
siguiendo fielmente sus enseñanzas.
Expreso mi agradecimiento a todos aquellos que con gran generosidad han
preparado estas jornadas memorables: a la diócesis de Roma con el cardenal
Vallini, al ayuntamiento de Roma con el alcalde Ignazio Marino, a las fuerzas
del orden y a las diversas organizaciones, a las asociaciones y a los numerosos
voluntarios. ¡Gracias a todos!
Mi saludo se dirige a todos los peregrinos —aquí en la plaza de San Pedro,
en las calles adyacentes y en otros lugares de Roma—; así como a cuantos están
unidos a nosotros mediante la radio y la televisión; y gracias a los dirigentes
y a los operadores de los medios de comunicación, que han dado la posibilidad
de participar a muchas personas. Llegue un saludo especial a los enfermos y a
los ancianos, a quienes los nuevos santos estuvieron especialmente cercanos.
Y ahora nos dirigimos en oración a la Virgen María, a la que san Juan XXIII
y san Juan Pablo II amaron como sus hijos auténticos.
Benedicto XVI. Ángelus. 1 de mayo de
2011.
Saludo con alegría a las delegaciones oficiales, a las autoridades civiles
y militares de los países de lengua francesa, así como a los cardenales, los
obispos, los sacerdotes y los numerosos peregrinos venidos a Roma para la
beatificación. Queridos amigos, que la vida y la obra del beato Juan Pablo II
sea fuente de un compromiso renovado al servicio de todos los hombres y de todo
el hombre. Le pido a él que bendiga los esfuerzos de cada uno para construir
una civilización del amor, en el respeto de la dignidad de cada persona humana,
creada a imagen de Dios, con una atención particular a la que es más frágil.
Con él seguid las huellas luminosas de los beatos y los santos de vuestros
países. Que la Virgen María os acompañe. Con mi bendición.
Saludo a los visitantes de habla inglesa presentes en la misa de hoy. De
modo particular, doy la bienvenida a las distinguidas autoridades civiles y
representantes de todas las naciones del mundo que se unen a nosotros para
honrar al beato Juan Pablo II. Que su ejemplo de fe firme en Cristo,
Redentor del hombre, nos impulse a vivir plenamente la nueva vida que
celebramos en Pascua, a ser iconos de la divina misericordia y a trabajar por
un mundo en el que se respeten y promuevan la dignidad y los derechos de todo
hombre, mujer y niño. Confiando en vuestras oraciones, invoco de corazón
sobre vosotros y sobre vuestras familias la paz del Salvador resucitado.
Con gran alegría saludo a todos los hermanos y hermanas de lengua alemana,
entre ellos a los hermanos en el episcopado y a las distintas delegaciones
gubernamentales. El beato Papa Juan Pablo II sigue todavía vivo ante nuestros
ojos, al igual que cuando nos anunció la lozanía del Evangelio, y encarnó a
través de su acción la misericordia de Dios y el amor de Cristo. Pidamos al
nuevo beato que seamos testigos gozosos de la presencia de Dios en el mundo.
Que la paz del Señor resucitado os acompañe a todos en vuestro camino.
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, y en especial a los
cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y numerosos fieles,
así como a las delegaciones oficiales y autoridades civiles de España y
Latinoamérica. El nuevo beato recorrió incansable vuestras tierras,
caracterizadas por la confianza en Dios, el amor a María y el afecto al Sucesor
de Pedro, sintiendo en cada uno de sus viajes el calor de vuestra estima
sincera y entrañable. Os invito a seguir el ejemplo de fidelidad y amor a
Cristo y a la Iglesia, que nos dejó como preciosa herencia. Que desde el
cielo os acompañe siempre su intercesión, para que la fe de vuestros pueblos
se mantenga en la solidez de sus raíces, y la paz y la concordia favorezcan el
progreso necesario de vuestras gentes. Que Dios os bendiga.
Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua portuguesa, de modo
especial a los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y
numerosos fieles, así como a las delegaciones oficiales de los países de habla
portuguesa venidos para la beatificación del Papa Juan Pablo II. A todos deseo
la abundancia de los dones del cielo por intercesión del nuevo beato, cuyo
testimonio debe seguir resonando en vuestro corazón y en vuestros labios,
repitiendo como él al inicio de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid, más
aún, ¡abrid de par en par las puertas a Cristo!». Que Dios os bendiga.
Mi cordial saludo va a los polacos participantes en esta beatificación,
tanto en persona como a través de los medios de comunicación. Saludo a los
cardenales, los obispos, los presbíteros, las personas consagradas y a todos
los fieles. Saludo a las autoridades del Estado y de las regiones, comenzando
por el señor presidente de la República. Os encomiendo a todos a la intercesión
de vuestro beato compatriota, el Papa Juan Pablo II. Que él obtenga para
vosotros y para su patria terrena el don de la paz, de la unidad y de toda
prosperidad.
Dirijo, por último, mi cordial saludo al presidente de la República
italiana y a su séquito, con un especial agradecimiento a las autoridades
italianas por su apreciada colaboración en la organización de estas jornadas de
fiesta. Y ¿cómo podría dejar de mencionar aquí a todos los que han preparado,
desde hace tiempo y con gran generosidad, este acontecimiento: mi diócesis de
Roma con el cardenal Vallini, el ayuntamiento de la ciudad con su alcalde,
todas las fuerzas del orden y las diversas organizaciones, asociaciones, los
numerosísimos voluntarios y cuantos, también individualmente, se han mostrado
disponibles para dar su contribución? Mi agradecimiento va también a las
instituciones y a las oficinas vaticanas. En tanto empeño veo un signo de gran
amor hacia el beato Juan Pablo II. Por último, dirijo mi más afectuoso saludo a
todos los peregrinos —reunidos aquí en la plaza de San Pedro, en las calles
adyacentes y en otros varios lugares de Roma— y a cuantos están unidos a
nosotros mediante la radio y la televisión, cuyos dirigentes y operadores no
han escatimado esfuerzos para ofrecer también a los que están lejos la
posibilidad de participar en este gran día. A los enfermos y a los ancianos,
hacia quienes el nuevo beato se sentía particularmente unido, llegue un saludo
especial. Y ahora, en unión espiritual con el beato Juan Pablo II, nos
dirigimos con amor filial a María santísima, confiándole a ella, Madre de la
Iglesia, el camino de todo el pueblo de Dios.
Benedicto XVI. Ángelus. 30 de marzo
de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Durante el jubileo del año 2000, el amado siervo de Dios Juan Pablo II estableció
que en toda la Iglesia el domingo que sigue a la Pascua, además de Dominica
in Albis, se denominara también Domingo de la Misericordia Divina.
Esto sucedió en concomitancia con la canonización de Faustina
Kowalska, humilde religiosa polaca, celosa mensajera de Jesús
misericordioso, que nació en 1905 y murió en 1938.
En realidad, la misericordia es el núcleo central del mensaje
evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que se reveló en la
Antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y
redentor. Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia
y se manifiesta mediante los sacramentos, especialmente el de la
Reconciliación, y mediante las obras de caridad, comunitarias e individuales.
Todo lo que la Iglesia dice y realiza, manifiesta la misericordia que Dios
tiene para con el hombre. Cuando la Iglesia debe recordar una verdad olvidada, o un bien
traicionado, lo hace siempre impulsada por el amor misericordioso, para que los
hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10, 10).
De la misericordia divina, que pacifica los corazones, brota además la
auténtica paz en el mundo, la paz entre los diversos pueblos, culturas y
religiones.
Como sor Faustina, Juan Pablo II se hizo a su vez apóstol de la
Misericordia divina. La tarde del inolvidable sábado 2 de abril de 2005, cuando
cerró los ojos a este mundo, era precisamente la víspera del segundo domingo de
Pascua, y muchos notaron la singular coincidencia, que unía en sí la dimensión
mariana —era el primer sábado del mes— y la de la Misericordia divina. En
efecto, su largo y multiforme pontificado tiene aquí su núcleo central; toda su
misión al servicio de la verdad sobre Dios y sobre el hombre y de la paz en el
mundo se resume en este anuncio, como él mismo dijo en Cracovia-Lagiewniki en
el año 2002 al inaugurar el gran santuario de la Misericordia Divina: «Fuera
de la misericordia de Dios no existe otra fuente de esperanza para el hombre»
(Homilía
durante la misa de consagración del santuario de la Misericordia Divina, 17
de agosto: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
23 de agosto de 2002, p. 4). Así pues, su mensaje, como el de santa
Faustina, conduce al rostro de Cristo, revelación suprema de la misericordia de
Dios. Contemplar constantemente ese Rostro es la herencia que nos ha dejado y
que nosotros, con alegría, acogemos y hacemos nuestra.
Sobre la Misericordia divina se reflexionará de modo especial durante los
próximos días con ocasión del primer Congreso apostólico mundial sobre la
Misericordia divina, que tendrá lugar en Roma y se inaugurará con la santa misa
que, si Dios quiere, presidiré el miércoles 2 de abril por la mañana, en el tercer
aniversario de la piadosa muerte del siervo de Dios Juan Pablo II. Ponemos
el Congreso bajo la protección celestial de María santísima, Mater
misericordiae. A ella le encomendamos la gran causa de la paz en el mundo,
para que la misericordia de Dios realice lo que resulta imposible a las solas
fuerzas humanas, e infunda en los corazones la valentía del diálogo y de la
reconciliación.
DOMINGO III DE PASCUA.
Monición
de entrada.-
Estamos en el tercer domingo de Pascua.
Y en este domingo vamos a escuchar lo que les pasó a dos
amigos de Jesús que se fueron a Emaús.
Él estuvo con ellos, les habló de la Biblia y de porque
había muerto.
Además cenó con ellos, partiendo el pan.
Eso es lo que hacemos nosotros en cada misa: le
escuchamos y el sacerdote parte el pan, que es Jesús.
Señor,
ten piedad.-
Porque nos cuesta
entender la Biblia. Señor, ten piedad.
Porque nos cuesta
verte en el pan partido y el vino. Cristo, ten piedad.
Porque nos cuesta
escucharte con el corazón. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús, te pido por el Papa León y el obispo Enrique.
Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido
por la Iglesia para que caminando con las personas sepa llevar la alegría de
que tú has resucitado. Te lo pedimos,
Señor.
Jesús, te pido
por los que no tienen fe ni esperanza, como tus amigos de Emaús; para que
camines con ellos y les abras el corazón. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido
por los valencianos, que hemos celebrado a nuestro patrono san Vicente Ferrer.
Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido
por los que estamos en misa, para que te veamos en los demás, en la Biblia y en
el pan y el vino. Te lo pedimos, Señor.
Acción
de gracias.-

No hay comentarios:
Publicar un comentario