lunes, 6 de julio de 2026

Nº 315. 12 de julio de 2026.

 


Primera lectura.

Lectura de la profecía de Isaías 55, 10-11 

Esto dice el Señor:

Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo.

 

Textos paralelos.

Para que dé simiente al sembrador.

2 Co 9, 10: El que proporciona semilla al que siembra y da pan para comer proporcionará y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia.

Así será la palabra de mi boca.

Jn 1, 1: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

No tornará a mí de vacío.

Sb 18, 14-15: Cuando un silencio apacible lo envolvía todo / y la noche llegaba a la mitad de su carrera, / tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, / cual guerrero implacable, sobre una tierra condenada al exterminio; / empuñaba la espada afilada de tu decreto irrevocable.

Pues realizará lo que me he propuesto.

Za 1, 5-6: ¿Dónde están vuestros padres? Y los profetas, ¿vivirán para siempre? ¡Ay! ¿No es verdad que mis palabras y mandatos que les di por medio de mis siervos los profetas hicieron mella en vuestros padres y se convirtieron diciendo: “El Señor del universo nos ha tratado como había pensado, según nuestro comportamiento y nuestras acciones?”.

Am 8, 11: Vienes días – oráculo del Señor Dios – / que enviaré hambre al país: / no hambre de pan, ni sed de agua, / sino de escuchar las palabras del Señor.

 

Notas exegéticas.

55 Última exhortación a participar en los bienes de la nueva alianza y a convertirse mientras aún hay tiempo.

55 11 La palabra de Yahvé es semejante a un mensajero que no vuelve hasta cumplir con su misión. Está personificada cono en otro lugar la Sabiduría, Pr 8, 22, o el Espíritu, Is 11, 2.

 

Salmo responsorial

Sal 65 (64), 10-14


R/. La semilla cayó en tierra buena, y dio fruto.



Tú cuidas la tierra, la riegas

y la enriqueces sin medida;

la acequia de Dios va llena de agua,

preparas los trigales. R/.

Así preparas la tierra.

Riegas los surcos,

igualas los terrones,

tu llovizna los deja mullidos,

bendices sus brotes. R/.

 

Coronas el año con tus bienes,

tus carriles rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo,

y las colinas se orlan de alegría. R/.

 

Las praderas se cubren de rebaños,

y los valles se visten de mieses,

que aclaman y cantan. R/.

 

Textos paralelos.

 

Te ocupas de la tierra y la riegas.

Jl 2, 22: No temáis fieras del campo, / pues florecen las dehesas, / y los árboles dan su producto, / la higuera y la viña dan su fruto.

Is 30, 23: Te dará lluvia para la semilla / que siembras en el campo, / y el grano cosechado en el campo / será abundante y suculento; / aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas.

Is 30.25: En toda alta montaña, / en toda colina elevada / habrá canales y cauces de agua / el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.

Lv 26, 4: Yo os mandaré lluvias a su tiempo, para que la tierra dé sus cosechas y el árbol del campo su fruto.

Coronas el año con tus bienes.

Am 9, 13: Vienen días – oráculo del Señor – / cuando se encontrarán el que ara con el que siega, / y el que pisa la uva con quien esparce la semilla, / las montañas destilarán mosto / y las colinas se derretirán.

Las colinas se adornan de alegría.

Sal 96, 12: Vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, / aclamen los árboles del bosque.

Los valles se cubren de trigales.

Is 44, 23: Exultad, cielos, porque el Señor ha actuado, / aclamad profundidades de la tierra, / romped en gritos de júbilo, montañas, / el bosque con todos sus árboles, / porque el Señor ha rescatado a Jacob, / ha manifestado su gloria en Israel.

Entre gritos de júbilo y canciones.

Sal 66, 1: Aclamad al Señor, tierra entera.

 

 Notas exegéticas.

65 Después de un año fértil y de abundantes aguas, el pueblo da gracias al Creador. La primera parte, vv. 2-9, recuerda a Isaías por sus perspectivas universalistas. La segunda, vv. 10-14, con cambio de ritmo en el v. 11, es una entusiasta descripción de la primavera judaita.

65 10 El poeta evoca las cámaras altas del cielo, donde están los depósitos de las aguas, y no el río simbólico de Sión.

65 12 El carro divino recorre la tierra dándole fertilidad.

65 14 Lit. “dan gritos de gozo, incluso cantan”.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23

Hermanos:

Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

 

Textos paralelos.

Los sufrimientos del tiempo no se pueden comparar con la gloria.

Sb 3, 5: Sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes bienes, / porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de él.

Rm 5, 2-5: Por lo cual hemos obtenido, además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

2 Co 4, 17: Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve, en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.

La creación entera espera ansiosa.

Col 3, 3-4: Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos juntamente con él.

1 Jn 3, 2: Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

La caducidad no espontáneamente.

Gn 3, 17: A Adán le dijo: “Por haber hecho caso a tu mujer / y haber comido del árbol del que te prohibí, / maldito el suelo por tu culpa: / comerás de él con fatiga mientras vivas: / brotará para ti cardos y espinas, / y comerás hierba del campo.

Gn 6, 20: De cada especie de aves, de ganados y de reptiles de la tierra, entrará una pareja contigo para conservar la vida.

Os 4, 3: Por eso está de luto el país, / y languidecen sus habitantes, / junto con los animales del campo / y las aves del cielo. / ¡Sí hasta los peces desaparecen del mar!

Pues sabemos que la creación entera viene gimiendo.

2 P 3, 12-13: Mientras esperáis y apresuráis la llegada del Día de Dios. Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados. Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.

Ap 21, 1: Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe.

Anhelando la liberación de nuestro cuerpo.

2 Co 5, 2-5: Y, de hecho, en esta situación suspiramos anhelando ser revestidos de la morada que viene del cielo, si es que nos encuentran vestidos y no desnudos. Pues los que vivimos en esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida; y el que nos ha preparado para esto es Dios, el cual nos ha dado como garantía el Espíritu.

Flp 3, 20-21: Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Rm 3, 24: Y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.

Rm 7, 24: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor!

 

Notas exegéticas:

8 19 El mundo material, creado para el hombre, participa de su mismo destino. Maldito a causa del pecado del hombre, actualmente se halla en un estado violento: “caducidad” , cualidad de orden moral ligada al pecado del hombre, “esclavitud de la corrupción”, cualidad de orden físico. Mas, como el cuerpo del hombre, destinado a la gloria, también él es objeto de redención: también él tendrá su parte en la “libertad” del estado glorioso. La filosofía griega quería liberar el espíritu de la materia considerada como mala, el cristianismo libera la materia misma. Igual extensión de la salvación al mundo no humano (especialmente el mundo angélico).

8 20 Es decir, probablemente, el hombre por su pecado. Otros: Dios por su autoridad vindicativa; o también, Dios como creador.

8 21 Probablemente el mismo sentido, que “caducidad” del verso previo.

8 23 Adicción: “la adopción filial”, que aquí tendrá matiz escatológico.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas:

-Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga.

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

-¿Por qué les hablas en parábolas?

Él les contestó:

-A vosotros se os ha dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces y es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra significa el que escucha la palabra y la entiende: ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno.

 

Textos paralelos.

 

Mc 4, 1-20.25

Mt 13, 1-23

Lc 8, 4-15.18

Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar.

 

Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar.

 

Escuchad:

 

 

 

-Salió el sembrador a sembrar, al sembrar algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron.

 

 

Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó.

 

Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano.

 

El resto cayó en tierra buena, nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del setenta o del ciento por uno.

 

Y añadió:

-El que tenga oídos para oír, que oiga”.

 

Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaron el sentido de las parábolas. Él les dijo:

 

 

-A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas,

 

para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”.

 

Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se el quitará hasta lo que tiene.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y añadió:

 

 

 

-¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás?

 

El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.

 

Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben.

 

Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril.

 

Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta y del sesenta o del ciento por uno.

 

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago.

 

Se reunión junto a él una gran multitud, así que él subió a una barca y se sentó, mientras la multitud estaba de pie en la orilla.

 

Les explicó muchas cosas con parábolas:

 

 

-Salió un sembrador a sembrar. Al sembrar, unos granos cayeron junto al camino, vinieron pájaros y se los comieron.

 

Otros cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad, brotaron enseguida; pero, al salir el sol, se abrasaron, y, como no tenían raíces, se secaron.

 

 

Otros cayeron entre cardos: crecieron los cardos y los ahogaron.

 

Otros cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unos ciento, otros sesenta, otros treinta.

 

 

 

Quien tenga oídos que escuche.

 

 

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

-¿Por qué les hablas contando parábolas?

Él les respondió:

 

-Porque a vosotros se os concede conocer los secretos del reinado de Dios, a ellos no se les concede.

 

 

 

 

 

 

 

Al que tiene le darán y le sobrará; al que no tiene le quitarán aún lo que tiene.

 

Por eso les hablo contando parábolas: porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni comprenden. Se cumple en ellos aquella profecía de Isaías: “Por más que escuchéis, no comprenderéis; por más que miréis, no veréis. Se ha embotado la mente de este pueblo; se han vuelto duros de oído, se han tapado los ojos. No vayan a ver con los ojos, a oír con los oídos, a entender con la mente, a convertirse, para que yo los sane”. Dichosos vuestros ojos que ven y vuestros oídos que oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.

 

Vosotros escuchad la explicación de la parábola del sembrador.

 

 

 

 

 

Si uno escucha el discurso sobre el reino y no lo entiende, viene el maligno y le arrebata lo sembrado en su mente. Ese es el grano sembrado junto al camino.

 

 

El sembrado en terreno pedregoso es el que escucha el discurso y lo acoge enseguida con gozo; pero no echa raíz y resulta efímero. Llega la tribulación o la persecución por el mensaje, y falla.

 

 

 

 

El sembrado entre cardos es el que escucha el discurso; pero las preocupaciones mundanas y la seducción de la riqueza lo ahogan, y no da fruto.

 

 

 

 

El sembrado en tierra fértil es el que escucha el discurso y lo entiende. Ese da fruto: ciento o sesenta o treinta.

 

 

 

Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad,

 

 

 

dijo en parábola:

 

 

 

-Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron y los pájaros del cielo se lo comieron.

 

Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar se secó por falta de humedad.

 

 

 

 

Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.

 

Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno”.

 

 

 

Dicho esto, exclamó:

-El que tenga oídos para oír, que oiga”.

 

Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola. Él les dijo:

 

 

 

-A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.

Mirad, pues, cómo oís,

 

 

 

 

pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sentido de la parábola es este:

 

 

 

 

 

 

la semilla es la palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.

 

Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.

 

 

 

 

 

Los que cayó entre abrojos son los que han oído, pero dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.

 

 

 

Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.

 

 

Aquel día salió Jesús de casa.

Mc 2, 13: Salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.

Y les habló muchas cosas en parábolas.

Mc 3, 9: Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.

Otras cayeron en pedregal.

Si 40, 15: La estirpe de los impíos tiene pocas ramas, / las raíces impuras solo encuentran piedra áspera.

Entre abrojos.

Jb 31, 40: ¡que en vez de trigo dé espinas; / en vez de cebada, ortigas!

Otra setenta.

Jn 15, 8: Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

Jn 15, 16: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé.

El que tenga oídos, que oiga.

Mt 11, 15: El que tenga oídos, que oiga.

¿Por qué hablas en parábolas?

Mt 11, 25: En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”.

 A quien no tiene se le quitará hasta lo que tiene.

Mt 25, 29: Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.

Pr 11, 24: Hay quien es generoso y se enriquece, / quien ahorra injustamente y se empobrece.

Jr 5, 21: Oíd bien lo que voy a decir, / gente insensata, sin juicio / (tienen ojos y no ven, / oídos, pero no escuchan).

Mc 8, 18: ¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís=

Lc 19, 42: Mientras decía: “¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos.

Oír, oiréis, pero no entenderéis.

Is 6, 9-10: Él me dijo: “Ve y di a la gente: “Por más que escuchéis no entenderéis, por más que miréis, no comprenderéis. Embota el corazón de esta gente, endurece su oído, ciega sus ojos: que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda, que no se convierta y sane”.

Jn 12, 40: Ha cebado sus ojos y ha endurecido sus corazones, para que no vean con sus ojos y entiendan en su corazón y se conviertan y los cure.

Hch 28, 26: Ve a este pueblo y dile: / oiréis con el oído pero no entenderéis, / miraréis con los ojos pero no veréis.

Os aseguro que muchos profetas y justos.

Lc 17, 22: Dijo a sus discípulos: “Vendrán días en que desearéis ver un solo día del Hijo del hombre, y no lo veréis”.

Jn 8, 56: Abraham, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría.

Ef 3, 5: Que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas.

1 P 1, 10-12: Sobre esta salvación estuvieron explorando e indagando los profetas / que profetizaron sobre la gracia destinada a vosotros / tratando de averiguar a quien y a qué momento apuntaba / el Espíritu de Cristo que había en ellos / cuando atestiguaba por anticipado la pasión del Mesías / y su consiguiente glorificación. / Y se les reveló que no era en beneficio propio, sino en el vuestro / por lo que administraban estas cosas / que ahora os anuncian quienes os proclaman el Evangelio / con la fuerza del Espíritu Santo enviado desde el cielo. / Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.

Viene el Maligno.

Dt 30, 14: El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas.

Jn 6, 63: El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida.

El que oye la palabra y de momento la recibe con alegría.

1 Ts 1, 6: Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo.

Entre abrojos:

Jr 4, 3-4: Esto dice el Señor / a los habitantes de Judá y Jerusalén: / Roturad bien los campos, / no sembréis entre cardos. / Circuncidaos en el nombre del Señor, / quitad el prepucio de vuestros corazones, / habitantes de Judá y Jerusalén, / no sea que estalle mi cólera / como fuego; arda y no haya quien la extinga / a causa de vuestras malas acciones.

El que fue sembrado en tierra buena.

Si 1, 21: El temor del Señor aleja los pecados, / el que persevera aleja la cólera.

Produce: uno ciento.

Jn 15, 8: Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

Jn 15, 16: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo de.

Ga 5, 22: En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

13 1 Esta expresión estereotipada es una simple transición, sin valor cronológico.

13 3 (a) A las dos parábolas que tiene en común con Mc y Mt añade otras cinco, poniendo así siete. No se trata de simples comparaciones extraídas de la vida diaria para ilustrar una enseñanza. Son relatos cuya composición y vocabulario remiten a la propia vida de Jesús. En este sentido, pueden ser calificados alegóricos.

13 3 (b) Más que una enseñanza sobre el contraste entre el comienzo y final la parábola concierne al rendimiento de la semilla según los terrenos: tres terrenos estériles y una tierra buena con un triple rendimiento. Jesús anuncia un acontecimiento escatológico: han sido inaugurados los últimos tiempos, ha tenido lugar el encuentro entre el germen y la tierra (Za 6, 12-13). Hay dos interpretaciones principales: 1. confianza en el fruto final a pesar de los fracasos actuales. 2. llamada a ser una buena tierra que haga fructificar la simiente sembrada.

13 9 Adicc.: “para oír”. Igualmente 11,15 y 13, 43.

13 11 La expresión “misterios del Reino” era conocida en la apocalíptica del tiempo de Jesús y designaba las disposiciones ocultas de Dios respecto al final de los tiempos. En los evangelios solo aparecen aquí y alude al Reino en cuanto tal (a los discípulos se les concede el conocimiento del Reino), o bien al misterio o secreto de Jesús como inaugurador del Reino.

13 12 A las almas bien dispuestas se les dará, además de la antigua alianza, el perfeccionamiento de la nueva; a las almas mal dispuestas se les quitará hasta lo que tienen.

13 13 Endurecimiento voluntario y culpable que causa y explica la retirada de la gracia. Todos los relatos preceden, preparan el discurso parabólico, ilustrando este endurecimientos. A estos espíritus oscurecidos, a los que la plena luz sobre el carácter humilde y oculto del verdadero mesianismo no haría sino cegar más no les podrá dar Jesús más que una luz tamizada por los símbolos: luz a medias que también será una gracia, una invitación a pedir mejor y recibir más.

13 19 Este extraño giro proviene de una cierta confusión en la interpretación de la parábola que identifica a los hombres unas veces con los diversos terrenos que reciben más o menos bien la Palabra, otras con la semilla misma, de mejor o peor calidad, que produce treinta, sesenta o cien.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica

10 Lit. y habiéndose acercado los discípulos dijeron a él.

11 SE OS HA CONCEDIDO (Voz pasiva “teológica”: “Dios os ha concedido”.

A ELLOS: a los demás, a los que no pertenecen al grupo de discípulos.

14-15 AQUELLA PROFECÍA: lit. la profecía. // Con frase popular: en el pecado llevan la penitencia, es decir, el que voluntariamente se cierra a Dios tiene el castigo en su misma obcecación: Dios no podrá curar la ceguera ni la sordera de ese “corazón embotado”.

15-17 QUE VEN… QUE ESCUCHAN: o porque ven… porque escuchan.

18 OÍD LA PARÁBOLA: oíd lo que significa la parábola. En hebreo hay un término específico para “significar” o “significado”; por eso, el verbo ser llena ese cometido, como equivalente de “significar”, o “representar”, o “estar representados”.

19 Antes que el oyente entienda, EL MALVADO, siempre activo, le ROBA la Palabra; le hace “oír sin entender”.

21 ENSEGUIDA CAE: más lit., con un helenismo que entró en nuestra lengua: enseguida se escandaliza.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé:

13, 1-53 Cristo habló a menudo en forma de parábolas, contando historias con imágenes o metáforas para ilustrar los misterios del reino de Dios. A través de estas parábolas, Cristo nos instruyó para que reflexionáramos sobre la naturaleza del reino de Dios y cómo crece dentro de nosotros. La parábola del sembrador describe cómo aquellos que reciben a Cristo de todo corazón crecerán en santidad y darán buenos frutos, mientras que aquellos que rechazan o no aceptan plenamente la Palabra no darán frutos. Cat. 546 y 1724.

13, 11 Cristo explica los “secretos del reino de los cielos” a sus elegidos en privado. Dios quiere que todos los hombres se salven, y por eso Cristo habla a toda la multitud. Pero habla con el lenguaje sapiencial de las parábolas, que exige del oyente un ejercicio de inteligencia, que es una llamada a la libertad humana para que despierte. Hay quien “no tendrá oídos para oír”. Hay quien no aceptará la mediación de los elegidos, de los discípulos, de la Iglesia a la que se le ha confiado el depósito (Cat. 84, 787 y 546). El hecho de no aceptar la mediación, de no querer oír, hace que el pecador se endurezca más en el pecado.

13, 12 El apego a la riqueza material y a los asuntos temporales nos puede distraer de buscar a Cristo y dirigir nuestra atención a la voluntad de Dios. Para ser fecundos, tenemos que responder a Dios en la fe y escuchar su palabra. Cat. 29 y 1153.

13, 23 Aquellos que reciben la palabra de Dios darán fruto según sus buenas disposiciones. Cat. 1802.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

546 Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los cielos” (Mt 13, 11). Para los que están fuera, la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (Mt 13, 10-15).

1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ello avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.

787 Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida, les reveló el misterio del reino.

29 Esta unión íntima y vital con Dios puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencias religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye de su llamada.

1802 La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es preciso que la asimilemos en la fe y en la oración, y las pongamos en práctica. Así se forma la conciencia moral.

 

Concilio Vaticano II

Es necesario que todos los clérigos, y ante todo los sacerdotes de Cristo y los demás que, como los diáconos o los catequistas, se dedican legítimamente al misterio de la Palabra, se adhieran a las Escrituras mediante la asidua lectura sagrada y el estudio exhaustivo, no vaya a ser que alguno de ellos se convierta en “un vacío predicador hacia fuera de la Palabra de Dios que no es un oyente por dentro” (S. Agustín), mientras debe comunicar a los fieles a él encomendados las amplias riquezas de la divina palabra, especialmente en la sagrada liturgia. Asimismo, el santo Sínodo exhorta vehemente y especialmente a todos los cristianos; en primer lugar, a los religiosos, a aprender con la frecuente lectura de las divinas Escrituras “la eminente ciencia de Jesucristo” (Flp 3, (). “Pues la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo” (S. Jerónimo). Acérquense, pues, de buen grado al texto sagrado ya mediante la sagrada liturgia colmada de divinas palabras, ya mediante la lectura piadosa, ya mediante iniciativas adecuadas y otros recursos que, con la aprobación y cuidado de los pastores de la Iglesia, hoy día se difunden laudablemente por doquier. Mas recuerden que la oración ha de acompañar a la lectura de la Sagrada Escritura para que se produzca un diálogo entre Dios y el hombre pues “a él nos dirigimos cuando oramos, a él escuchamos cuando leemos los oráculos divinos”.

 

Los Santos Padres.

La razón por la que Cristo habla en parábolas es que intenta mostrar que Él es el profetizado, el mismo de quien dijo David: “Abriré mi boca en parábolas” (Sal 77, 2).

Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 164. 1a, pg. 348.

Mas considerad, os ruego, cómo no es uno solo el camino de la perdición, sino varios y distantes los unos de los otros. Porque entre los que reciben la palabra de Dios, unos se parecen al camino, y son negligentes, tibios y desdeñosos; mas los de la roca son solamente débiles.

Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 44, 3. 1a, pg. 352.

Si habla de este modo es porque quiere salvarlos, pues, de no ser así, lo propio hubiera sido no hablar en absoluto, callar. Solo que Él hace todo, no por propia gloria, sino por la salvación de ellos.

Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 166. 1a, pg. 357.

Muestra la bienaventuranza del tiempo de los apóstoles, cuyos ojos y oídos han sido tocados para ver y entender la salvación divina, mientras que los profetas y los justos deseaban ver y entender la alegría reservada a los apóstoles mediante el cumplimiento de esa espera en el tiempo establecido.

Hilario de Poitieres. Sobre el Ev. de Mateo, 13, 3. 1a, pg. 357.

 

San Jerónimo.

1.2. Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió mucha gente junto a él. El pueblo no podía entrar en la casa de Jesús ni estar allí donde los apóstoles escuchaban los misterios. Por eso el Señor compasivo y misericordioso sale de su casa y se sienta junto al mar de este siglo para que las multitudes se reunan junto a él, escuchen en la orilla lo que no merecían oír en el interior.

3. Les habló muchas cosas en parábolas. Y observemos que no dijo todo en parábolas, sino muchas cosas. Pues si hubiera dicho todo en parábolas, los pueblos se retirarían sin provecho. Mezcla lo oscuro con lo claro, para que eso mismo que comprenden los incite a querer conocer lo que no comprenden.

Una vez salió el sembraron a sembrar. Estaba adentro, permanecía en su casa, exponía los misterios a sus discípulos. Por eso el que siembra la palabra de Dios salió de su casa para sembrar en las multitudes. El sentido es: el sembrador que siembra es el Hijo de Dios y siembra en los pueblos la palabra del Padre.

9. El que tenga oídos para oír, que oiga. Cada vez que se nos exhorta con esta expresión, se nos incita a esforzarnos por comprender sus palabras.

16. Pero felices vuestros ojos, porque ven y vuestros oídos porque oyen. Yo pienso que los ojos felices son los que pueden conocer los misterios de Cristo, porque son invitados por Jesús a levantarse hacia lo alto para ver la resplandeciente blancura de sus cosechas y son felices los oídos de los que habla Isaías: El Señor me ha dado un oído (Is 50, 4).

19. Todo el que oye la palabra del Reino y no la comprende. Con este preámbulo nos exhorta a escuchar más diligentemente su palabra.

Viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. El maligno arrebata la buena semilla. Al mismo tiempo, entiéndelo, la semilla fue sembrada en el corazón y las tierras diversas son las almas creyentes.

22. El que fue sembrado entre espinas. Todo el que se entrega a los placeres y cuidados de este mundo, comerá el pan celestial y el verdadero alimento entre espinas. Y la seducción de las riquezas ahora la palabra. Pues las riquezas son seductoras, pero una cosa son sus promesas y otra sus efectos. Su posesión es inestable, zarandeadas de aquí para allá, con marcha incierta, abandonan a quienes las poseen o colman a quienes no las tienen. Por eso el Señor afirma que los ricos difícilmente entrarán en el Reino de los cielos, ya que las riquezas ahogan la palabra de Dios y debilitan el rigor de las virtudes.

23. Pero el que fue sembrado en tierra buena es el que oye la palabra y la comprende; este produce fruto. Así como había tres variedades en la tierra mala: junto al camino, lugares pedregosos y lugares espinosos, así también hay tres variedades en la tierra buena: produce ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno. Los que reciben la semilla son los corazones tanto de los incrédulos como de los creyentes. Por segunda y  tercera vez dice: Este es el que escucha la palabra. También en la explicación de la tierra buena, este es el que escucha la palabra. Por tanto primero debemos escuchar, luego entender y después de haber entendido producir el fruto de la enseñanza, y dar cien, sesenta o treinta.

 

San Agustín.

Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinos, sino tierra buena.  No sea camino donde el enemigo, cual ave, arrebate la semilla pisada por los transeúntes; ni pedregal donde la escasez de la tierra haga germinar pronto lo que luego no puede soportar el calor del sol; ni zarzas que son las ambiciones terrenas y los cuidados de una vida viciosa y disoluta. Estírpense las espinas, prepárense el campo, siémbrese la semilla, llegue la hora de la recolección, suspírese por llegar al granero y desaparezca el temor al fuego.

 

San Juan de Ávila.

Y grandes mercedes nos heciste en darnos tu divina Escritura, tan provechosa y necesaria para te servir. Mas porque, siendo el viento que en este mar sopla viento del cielo, y quisieron algunos navegar por él con viento de tierra, que son sus ingenios y estudios, ahogáronse en él, permitiéndolo tú. Porque así como en las parábolas que predicabas, Señor, en la tierra, eran secretamente enseñados aquellos que tenía disposición para ello, y eran otros con ellas mismas encegados por tu justo juicio (cf. Mt 13, 11ss), así tienes tú, el profundo mar de tu divina Escritura, diputado para hacer misericordia a tus corderos, que naden en el provecho suyo y ajeno, y también para hacer justicia con que los soberbios elefantes se ahoguen, y ahoguen a otros. Temida, y muy temida, debe ser la entrada en la divina Escritura, y nadie se debe arrojar a ella sino con mucho aparejo, como cosa en que hay mucho peligro. Lleve quien hobiere de entrar en ella el sentido de la Iglesia católica romana, y evitará el peligro de la herejía. Lleve, para aprovecharse de ella, limpieza de vida, como dice San Atanasio, por las palabras siguientes: “Necesaria es la bondad de vida, y limpieza de ánima, y cristiana piedad, para la investigación y verdadera ciencia de las Escrituras”.

Audi, filia (II). I, pg. 640.

Y porque para hablar de este día es menester particular gracia, para que hablemos lo que él quiere y obremos lo que él manda. Mayormente que el mesmo Señor, hablando de este día, dice: El que tuviere oídos oya (Mt 13, 9). Cuando el Señor nos manda tener atención, mucho hay que mirar.

Sermón del domingo 1 de Adviento. III, pg. 22.

¡Cristianos, cristianos!, recordad, por reverencia de Dios, de sueño tan pesado y tan peligroso; limpiad vuestro gusto de fastidio tan sin porqué; conoced la merced que Dios os hizo, y entended que a nosotros dijo Jesucristo nuestro Señor: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis y las orejas que oyen lo que vosotros oís. Dígoos de verdad que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo alcanzaron (cf. Mt 13, 16-17). Si con el solo olor de este sacratísimo Pan – que más era hambre que hartura – tanto se consolaban, en tanto lo estimaban; si aquel maná de poco valor hacían gracias por él; si tenían en tanta honra el arca de Setín, que bailaban delante de ella con mucho regocijo, ¿qué hicieran si tuvieran presente lo figurado por aquellas figuras, que es este sagrado manjar que presente tenemos? ¿Cómo? ¡Y tenemos corazón para hacer tal afrenta a este Señor y dar tal mancha a nuestra honra, que antes que al mundo viniese fue llamado el Deseado de todas las gentes, y que después de venido se llama el fastidiado y teniendo por cosa que no os va mucho en recebirlo o no recebirlo!

Sermón del Santísimo Sacramento. III, pg. 765.

Muy bien me parece la ida a Escalaceli o alguna parte semejante, donde vacase a sí solo algún día; y si esto no alcanza, querría que tuviese su compañía del padre fray Luis. Y en lo de la Escriptura sagrada, le digo que la de nuestro Señor a trueque de persecución. A vosotros – dice el mesmo Señor – es dado a conocer el misterio del reino de Dios, mas a los otros en parábolas (Lc 8, 10; cf. Mt 13, 11). ¿Quien son estos vosotros? A vosotros, discípulos míos, que no vivís de gana en este mundo y lo despreciáis, atribulados por mí, hechos escoria de este mundo (1 Co 4, 13). Si algo de ello Dios me dijo – que si dio – a trueque de esto me lo dio. Y sin esto no aprovecha nada leer. Paréceme que, leyendo a San Juan y San Pablo y a Esaías, que luego han de saber la Escriptura, y veo mucho leerlos y no saben nada de ella. Y ansí veo que, si aquel Señor abre y descubre y enseña el sentido de la Escriptura, que tiene la llave, el poder y mando y autoridad en el reino espiritual de la Iglesia, figurando por el reino de David, lo cual es tanta verdad, que, como dice San Jerónimo, no puede otro enseñar el verdadero sentido de la Escriptura sino este solo Señor. Yo no sé más, padre, qué decirle, sino que lea a estos; y cuando no los entendiera, vea a algún intérprete santo sobre ellos, y especialmente lea a San Agustín, Contra pelagianos y contra otros de aquella secta; y tome un crucifijo delante y Aquel entienda en todo porque Él es todo y todos predican de este. Ore y medite y estudie. No se más.

Carta a fray Alonso de Vergara, dominico. IV, pg. 22.

Sentencia del Señor es, y muy justa, que a la fortaleza del que fuertemente busca el bien público le eche Dios su bendición con que se la acrecentar y galardonar; y al que en esto es flaco, le quiten lo bueno, si algo tenía: Qui enim habet, dabitur, et abundabit; qui autem non habet, et quod habet auferetur ab eo (Mt 13, 12).

A un señor de este reino, siendo asistente de Sevilla. IV, pg. 63.

 

San Oscar Romero. Homilía.

Que crezcan los charrales, las espinas, de los placeres de este mundo, no los quiero dejar, pero sí quisiera ser cristiano. Voy a misa, pero quisiera oír que el sacerdote endulzara mis oídos y no me tocara las llagas. Ya ahora ya no se puede ir a misa porque en todas partes molestan. ¡Claro!, es el que quisiera que crecieran en su corazón la Palabra de Dios junto con los vicios, junto con sus egoísmos. ¡No puede ser!, no se puede servir a dos señores. Y la Iglesia auténtica, tiene que predicar el verdadero y único Señor. La verdadera y única Palabra. La única que salva, la que germina, la que Cristo planta, no la que el demonio y las conveniencias de los hombres quisieran plantar.

Homilía, 16 de julio de 1978.

 

Papa León XIV. Angelus. 5 de julio de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 11,25-30) nos invita a compartir la alabanza que Jesús eleva al Padre, «Señor del cielo y de la tierra» (v. 25). El Hijo de Dios, hecho hombre, manifiesta su amor al incluir a todas las criaturas en esta acción de gracias.

La sencillez de un gesto tan espontáneo y alegre corresponde al estilo de Dios, que ama revelarse “a los pequeños”, mientras permanece oculto “a los sabios y entendidos” (cf. v. 25). Estos, en efecto, están tan llenos de sus propias ideas que no reconocen la presencia de Cristo, el Mesías que visita a su pueblo. La sabiduría humana se convierte entonces en arrogancia y la doctrina degenera en soberbia. La verdadera sabiduría de Dios se revela, en cambio, en la humildad de la carne y su enseñanza se dirige a quienes pasan más dificultad: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas» (v. 28), dice el Señor. Acudir a Jesús significa corresponder a su amor y compartir su vida hasta la cruz, tal y como Él mismo nos explicó: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga» (Mt 16,24). Precisamente la entrega de sí mismo por amor es el “yugo” de Jesús (cf. Mt 11,29), es decir, la síntesis de su enseñanza, el corazón de su sabiduría, ardiente de caridad hacia todos.

Hermanos y hermanas, ¿cómo puede ser “ligero” y “suave” el peso de la cruz (cf. v. 30)? Por una única razón: porque el Señor lo lleva primero y junto con todos nosotros, sin dejarnos nunca solos ante lo que nos abate. Como auténtico maestro, Jesús se hace cargo de la humanidad herida por el mal, para cuidar de ella. La sabiduría que Él nos dona es, pues, un anuncio de salvación, y su yugo nos levanta en cada caída. Al seguir a Cristo, nuestro camino no es, por tanto, una ascética que mortifica: es una escuela de libertad, que se toma en serio el drama de la historia y siempre ilumina su sentido, sobre todo en los momentos más oscuros. De hecho, sólo en la cruz de Jesús se redime el mal: sólo en su pasión nuestro cansancio mortal encuentra consuelo y redención.

En la esclavitud, Cristo es liberación. Bajo el azote de la guerra, Cristo es esperanza. En la hora del pecado, Cristo es perdón. Esta es la verdadera sabiduría, es decir, el camino que queremos recorrer juntos, unidos en su nombre como discípulos. Jesús nos lo enseña como Hijo, haciéndose nuestro hermano: con la fuerza del Espíritu Santo, Él mismo revela a la Iglesia la verdad de Dios y del hombre, porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (v. 27).

Queridos amigos, mientras damos gracias al Señor por esta muestra de confianza llena de amor, pidamos la intercesión de María, Reina de la paz, por el bien de la Iglesia y del mundo entero.

 

Papa Francisco. Angelus. 16 de julio de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio nos presenta la parábola del sembrador (cfr Mt 13,1-23). La de la “siembra” es una imagen muy hermosa, y Jesús la usa para describir el don de su Palabra. Imaginemos una semilla: es pequeña, casi no se ve, pero hace crecer plantas que dan frutos. La Palabra de Dios es así; pensemos en el Evangelio, un pequeño libro, sencillo y al alcance de todos, que produce vida nueva en quien lo acoge. Por tanto, si la Palabra es la semilla, nosotros somos el terreno: podemos recibirla o no. Pero Jesús, “buen sembrador”, no se cansa de sembrarla con generosidad. Conoce nuestro terreno, sabe que las piedras de nuestra inconstancia y las espinas de nuestros vicios (cfr vv. 21-22) pueden sofocar la Palabra, y sin embargo espera, siempre espera que nosotros podamos dar fruto abundante (cfr v. 8).

Así actúa el Señor y así estamos llamados a actuar también nosotros: a sembrar sin cansarnos. ¿Pero cómo se puede hacer esto, sembrar continuamente sin cansarnos? Pongamos algún ejemplo.

En primer lugar, los padres: ellos siembran el bien y la fe en los hijos, y están llamados a hacerlo sin desanimarse aunque a veces estos parecen no entenderlos y no apreciar sus enseñanzas, o si la mentalidad del mundo “rema en contra”. La semilla buena se queda, esto es lo que cuenta, y echará raíces en el momento adecuado. Pero si, cediendo a la desconfianza, renuncian a sembrar y dejan a los hijos a merced de las modas y del móvil, sin dedicarles tiempo, sin educarles, entonces el terreno fértil se llenará de malas hierbas. Padres, ¡no os canséis de sembrar en los hijos!

Miramos después a los jóvenes: también ellos pueden sembrar el Evangelio en los surcos de la vida cotidiana. Por ejemplo, con la oración: es una pequeña semilla que no se ve, pero con la cual se encomienda a Jesús todo lo que se vive, y así Él puede hacerlo madurar. Pero pienso también en el tiempo para dedicar a los otros, a quien lo necesita más: puede parecer perdido, sin embargo es tiempo santo, mientras las satisfacciones aparentes del consumismo y del hedonismo dejan las manos vacías. Y pienso en el estudio: es verdad, es cansado y no es inmediatamente satisfactorio, como cuando se siembra, pero es esencial para construir un futuro mejor para todos.

Hemos visto los padres, hemos visto los jóvenes; ahora vemos los sembradores del Evangelio, muchos buenos sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos en el anuncio, que viven y predican la Palabra de Dios a menudo sin registrar éxitos inmediatos. No olvidemos nunca, cuando anunciamos la Palabra, que también donde parece que no sucede nada, en realidad el Espíritu Santo está trabajando y el reino de Dios ya está creciendo, a través y más allá de nuestros esfuerzos. Por eso, ¡adelante con alegría, queridos hermanos y hermanas! Recordemos a las personas que han puesto la semilla de la Palabra de Dios en nuestra vida – cada uno de nosotros piense: “¿cómo empezó mi fe?” -; quizá ha brotado años después de que hayamos encontrado sus ejemplos, ¡pero ha sucedido precisamente gracias a ellos!

A la luz de todo esto podemos preguntarnos: ¿yo siembro el bien? ¿Me preocupo solo por recoger para mí o también de sembrar para los otros? ¿Lanzo algunas semillas del Evangelio en la vida de todos los días: estudio, trabajo, tiempo libre? ¿Me desanimo o, como Jesús, sigo sembrando, también si no veo resultados inmediatos? María, que hoy veneramos como Virgen del Monte Carmelo, nos ayude a ser sembradores generosos y alegres de la Buena Noticia.

 

Papa Francisco. Angelus. 12 de julio de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este domingo (cfr. Mt 13,1-23) Jesús cuenta a una gran multitud la parábola —que todos conocemos bien— del sembrador, que lanza la semilla en cuatro tipos diferentes de terreno. La Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo.

Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas. Esta sería la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos por todo, por las cosas mundanas.

Otra posibilidad: podemos acoger la Palabra de Dios como un pedregal, con poca tierra. Allí la semilla brota en seguida, pero también se seca pronto, porque no consigue echar raíces en profundidad. Es la imagen de aquellos que acogen la Palabra de Dios con entusiasmo momentáneo pero que permanece superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera dificultad, pensemos en un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las piedras.

Podemos, también —una tercera posibilidad de la que Jesús habla en la parábola—, acoger la Palabra de Dios como un terreno donde crecen arbustos espinosos. Y las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra crece un poco, pero se ahoga, no es fuerte, muere o no da fruto.

Finalmente —la cuarta posibilidad— podemos acogerla como el terreno bueno. Aquí, y solamente aquí la semilla arraiga y da fruto. La semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en la vida de cada día.

La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros. Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre. Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.

La Virgen María, modelo perfecto de tierra buena y fértil, nos ayude, con su oración, a convertirnos en terreno disponible sin espinas ni piedras, para que podamos llevar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

 

Papa Francisco. Angelus. 16 de julio de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple y usaba también imágenes, que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana, para poder ser comprendidos fácilmente por todos. Por esto le escuchaban encantados y apreciaban su mensaje que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender, el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente.

Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no era una teología complicada. Y un ejemplo es el que hoy lleva el Evangelio: la parábola del sembrador (Mateo 13, 1-23).

El sembrador es Jesús. Notamos que, con esta imagen, Él se presenta como uno que no se impone, sino que se propone; no nos atrae conquistándonos, sino donándose: echa la semilla. Él esparce con paciencia y generosidad su Palabra, que no es una jaula o una trampa, sino una semilla que puede dar fruto. ¿Y cómo puede dar fruto? Si nosotros lo acogemos.

Por ello la parábola se refiere sobre todo a nosotros: habla efectivamente del terreno más que del sembrador. Jesús efectúa, por así decir una “radiografía espiritual” de nuestro corazón, que es el terreno sobre el cual cae la semilla de la Palabra.

Nuestro corazón, como un terreno, puede ser bueno y entonces la Palabra da fruto —y mucho— pero puede ser también duro, impermeable. Ello ocurre cuando oímos la Palabra, pero nos es indiferente, precisamente como en una calle: no entra.

Entre el terreno bueno y la calle, el asfalto —si nosotros echamos una semilla sobre los “sanpietrini” no crece nada— sin embargo hay dos terrenos intermedios que, en distinta medida, podemos tener en nosotros. El primero, dice Jesús, es el pedregoso.

Intentemos imaginarlo: un terreno pedregoso es un terreno «donde no hay mucha tierra» (cf v. 5), por lo que la semilla germina, pero no consigue echar raíces profundas. Así es el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca. Es un corazón sin profundidad, donde las piedras de la pereza prevalecen sobre la tierra buena, donde el amor es inconstante y pasajero. Pero quien acoge al Señor solo cuando le apetece, no da fruto.

Está luego el último terreno, el espinoso, lleno de zarzas que asfixian a las plantas buenas. ¿Qué representan estas zarzas? «La preocupación del mundo y la seducción de la riqueza» (v. 22), así dice Jesús, explícitamente. Las zarzas son los vicios que se pelean con Dios, que asfixian su presencia: sobre todo los ídolos de la riqueza mundana, el vivir ávidamente, para sí mismos, por el tener y por el poder. Si cultivamos estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede reconocer a sus pequeñas o grandes zarzas, los vicios que habitan en su corazón, los arbustos más o menos radicados que no gustan a Dios e impiden tener el corazón limpio. Hay que arrancarlos, o la Palabra no dará fruto, la semilla no se desarrollará.

Queridos hermanos y hermanas, Jesús nos invita hoy a mirarnos por dentro: a dar las gracias por nuestro terreno bueno y a seguir trabajando sobre los terrenos que todavía no son buenos.

Preguntémonos si nuestro corazón está abierto a acoger con fe la semilla de la Palabra de Dios. Preguntémonos si nuestras piedras de la pereza son todavía numerosas y grandes; individuemos y llamemos por nombre a las zarzas de los vicios. Encontremos el valor de hacer una buena recuperación del suelo, una bonita recuperación de nuestro corazón, llevando al Señor en la Confesión y en la oración nuestras piedras y nuestras zarzas.

Haciendo así, Jesús, buen sembrador, estará feliz de cumplir un trabajo adicional: purificar nuestro corazón, quitando las piedras y espinas que asfixian la Palabra.

La Madre de Dios, que hoy recordamos con el título de Beata Virgen del Monte Carmelo, insuperable en el acoger la Palabra de Dios y en ponerla en práctica (cf. Lucas 8, 21), nos ayude a purificar el corazón y a custodiar la presencia del Señor.

 

Papa Francisco. Angelus. 13 de julio de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23) nos presenta a Jesús predicando a orillas del lago de Galilea, y dado que lo rodeaba una gran multitud, subió a una barca, se alejó un poco de la orilla y predicaba desde allí. Cuando habla al pueblo, Jesús usa muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida cotidiana.

La primera que relata es una introducción a todas las parábolas: es la parábola del sembrador, que sin guardarse nada arroja su semilla en todo tipo de terreno. Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno donde cae. Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino los pájaros se comen la semilla; en el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tienen raíz; en medio de las zarzas las espinas ahogan la semilla. El cuarto terreno es el terreno bueno, y sólo allí la semilla prende y da fruto.

En este caso, Jesús no se limitó a presentar la parábola, también la explicó a sus discípulos. La semilla que cayó en el camino indica a quienes escuchan el anuncio del reino de Dios pero no lo acogen; así llega el Maligno y se lo lleva. El Maligno, en efecto, no quiere que la semilla del Evangelio germine en el corazón de los hombres. Esta es la primera comparación. La segunda es la de la semilla que cayó sobre las piedras: ella representa a las personas que escuchan la Palabra de Dios y la acogen inmediatamente, pero con superficialidad, porque no tienen raíces y son inconstantes; y cuando llegan las dificultades y las tribulaciones, estas personas se desaniman enseguida. El tercer caso es el de la semilla que cayó entre las zarzas: Jesús explica que se refiere a las personas que escuchan la Palabra pero, a causa de las preocupaciones mundanas y de la seducción de la riqueza, se ahoga. Por último, la semilla que cayó en terreno fértil representa a quienes escuchan la Palabra, la acogen, la custodian y la comprenden, y la semilla da fruto. El modelo perfecto de esta tierra buena es la Virgen María.

Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a quienes escuchaban a Jesús hace dos mil años. Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente la semilla de su Palabra y de su amor. ¿Con qué disposición la acogemos? Y podemos plantearnos la pregunta: ¿cómo es nuestro corazón? ¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal, a una zarza? Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero trabajado y cultivado con cuidado, a fin de que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Y nos hará bien no olvidar que también nosotros somos sembradores. Dios siembra semilla buena, y también aquí podemos plantearnos la pregunta: ¿qué tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca? Nuestras palabras pueden hacer mucho bien y también mucho mal; pueden curar y pueden herir; pueden alentar y pueden deprimir. Recordadlo: lo que cuenta no es lo que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón.

Que la Virgen nos enseñe, con su ejemplo, a acoger la Palabra, custodiarla y hacerla fructificar en nosotros y en los demás.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 10 de julio de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

Os agradezco que hayáis venido para la cita del Ángelus aquí a Castelgandolfo, a donde llegué hace pocos días. Aprovecho de buen grado la ocasión para dirigir mi saludo cordial también a todos los habitantes de esta querida localidad, con el deseo de una feliz estación estival. Saludo en particular a nuestro obispo de Albano.

En el Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23), Jesús se dirige a la multitud con la célebre parábola del sembrador. Es una página de algún modo «autobiográfica», porque refleja la experiencia misma de Jesús, de su predicación: él se identifica con el sembrador, que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, y percibe los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio. Hay quien escucha superficialmente la Palabra pero no la acoge; hay quien la acoge en un primer momento pero no tiene constancia y lo pierde todo; hay quien queda abrumado por las preocupaciones y seducciones del mundo; y hay quien escucha de manera receptiva como la tierra buena: aquí la Palabra da fruto en abundancia.

Pero este Evangelio insiste también en el «método» de la predicación de Jesús, es decir, precisamente, en el uso de las parábolas. «¿Por qué les hablas en parábolas?», preguntan los discípulos (Mt 13, 10). Y Jesús responde poniendo una distinción entre ellos y la multitud: a los discípulos, es decir, a los que ya se han decidido por él, les puede hablar del reino de Dios abiertamente; en cambio, a los demás debe anunciarlo en parábolas, para estimular precisamente la decisión, la conversión del corazón; de hecho, las parábolas, por su naturaleza, requieren un esfuerzo de interpretación, interpelan la inteligencia pero también la libertad. Explica san Juan Crisóstomo: «Jesús pronunció estas palabras con la intención de atraer a sí a sus oyentes y solicitarlos asegurando que, si se dirigen a él, los sanará» (Com. al Evang. de Mat., 45, 1-2). En el fondo, la verdadera «Parábola» de Dios es Jesús mismo, su Persona, que, en el signo de la humanidad, oculta y al mismo tiempo revela la divinidad. De esta manera Dios no nos obliga a creer en él, sino que nos atrae hacia sí con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado: de hecho, el amor respeta siempre la libertad.

Queridos amigos, mañana celebraremos la fiesta de san Benito, abad y patrono de Europa. A la luz de este Evangelio, contemplémoslo como maestro de la escucha de la Palabra de Dios, una escucha profunda y perseverante. Debemos aprender siempre del gran patriarca del monaquismo occidental a dar a Dios el lugar que le corresponde, el primer lugar, ofreciéndole, con la oración de la mañana y de la tarde, las actividades de cada día. Que la Virgen María nos ayude a ser, según su modelo, «tierra buena» donde la semilla de la Palabra pueda dar mucho fruto.

 

DOMINGO XVI T.O.

 

Monición de entrada.-

A la iglesia venimos todos y todos podemos entrar.

Porque aquí no vienen solo las buenas personas, sino los buenos y los buenos buenos.

La familia de Jesús, la Iglesia, es santa y pecadora, todo a la vez.

La Iglesia sin mancha ni arruga es la misma que le pide perdón a Jesús por sus pecados.

 

Señor, ten piedad.-

Tú que siembras en nosotros la buena semilla. Señor, ten piedad.

Tú que tienes paciencia con nosotros.  Cristo, ten piedad.

Tú que eres nuestra paz. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Para que ayudes al Papa León y a nuestro obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Para que las parroquias aceptemos con paciencia que tu Palabra crece lentamente.  Te lo pedimos, Señor.

Para que nadie divida el mundo en buenos y malos. Te lo pedimos, Señor.

Para que nadie se sienta mal visto por nosotros. Te lo pedimos, Señor.

Para que respetemos el juicio de Dios y no llamemos cizaña a las personas que pueden ser trigo. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias por ayudarnos a tener la mirada de madre que tu tienes. Porque una madre por mal que se porte su hija o su hijo no piensa que sea malo.

No hay comentarios: