Primera lectura.
Lectura de la profecía de Isaías 55,
10-11
Esto dice el Señor:
Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá
sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que
dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi
boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi
encargo.
Textos
paralelos.
Para que dé simiente
al sembrador.
2 Co 9, 10: El que
proporciona semilla al que siembra y da pan para comer proporcionará y
multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia.
Así será la palabra
de mi boca.
Jn 1, 1: En el
principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era
Dios.
No tornará a mí de
vacío.
Sb 18, 14-15: Cuando
un silencio apacible lo envolvía todo / y la noche llegaba a la mitad de su
carrera, / tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real,
/ cual guerrero implacable, sobre una tierra condenada al exterminio; /
empuñaba la espada afilada de tu decreto irrevocable.
Pues realizará lo
que me he propuesto.
Za 1, 5-6: ¿Dónde
están vuestros padres? Y los profetas, ¿vivirán para siempre? ¡Ay! ¿No es
verdad que mis palabras y mandatos que les di por medio de mis siervos los
profetas hicieron mella en vuestros padres y se convirtieron diciendo: “El
Señor del universo nos ha tratado como había pensado, según nuestro
comportamiento y nuestras acciones?”.
Am 8, 11: Vienes
días – oráculo del Señor Dios – / que enviaré hambre al país: / no hambre de
pan, ni sed de agua, / sino de escuchar las palabras del Señor.
Notas
exegéticas.
55 Última exhortación a participar
en los bienes de la nueva alianza y a convertirse mientras aún hay tiempo.
55 11 La palabra de Yahvé es
semejante a un mensajero que no vuelve hasta cumplir con su misión. Está
personificada cono en otro lugar la Sabiduría, Pr 8, 22, o el Espíritu, Is 11,
2.
Salmo
responsorial
Sal 65 (64), 10-14
R/. La
semilla cayó en tierra buena, y dio fruto.
Tú
cuidas la tierra, la riegas
y
la enriqueces sin medida;
la
acequia de Dios va llena de agua,
preparas
los trigales. R/.
Así
preparas la tierra.
Riegas
los surcos,
igualas
los terrones,
tu
llovizna los deja mullidos,
bendices
sus brotes. R/.
Coronas
el año con tus bienes,
tus
carriles rezuman abundancia;
rezuman
los pastos del páramo,
y
las colinas se orlan de alegría. R/.
Las
praderas se cubren de rebaños,
y
los valles se visten de mieses,
que
aclaman y cantan. R/.
Textos
paralelos.
Te
ocupas de la tierra y la riegas.
Jl 2, 22: No temáis
fieras del campo, / pues florecen las dehesas, / y los árboles dan su producto,
/ la higuera y la viña dan su fruto.
Is 30, 23: Te dará
lluvia para la semilla / que siembras en el campo, / y el grano cosechado en el
campo / será abundante y suculento; / aquel día, tus ganados pastarán en anchas
praderas.
Is 30.25: En toda
alta montaña, / en toda colina elevada / habrá canales y cauces de agua / el
día de la gran matanza, cuando caigan las torres.
Lv 26, 4: Yo os
mandaré lluvias a su tiempo, para que la tierra dé sus cosechas y el árbol del
campo su fruto.
Coronas
el año con tus bienes.
Am 9, 13: Vienen
días – oráculo del Señor – / cuando se encontrarán el que ara con el que siega,
/ y el que pisa la uva con quien esparce la semilla, / las montañas destilarán
mosto / y las colinas se derretirán.
Las
colinas se adornan de alegría.
Sal 96, 12: Vitoreen
los campos y cuanto hay en ellos, / aclamen los árboles del bosque.
Los
valles se cubren de trigales.
Is 44, 23: Exultad,
cielos, porque el Señor ha actuado, / aclamad profundidades de la tierra, /
romped en gritos de júbilo, montañas, / el bosque con todos sus árboles, /
porque el Señor ha rescatado a Jacob, / ha manifestado su gloria en Israel.
Entre
gritos de júbilo y canciones.
Sal 66, 1: Aclamad
al Señor, tierra entera.
Notas exegéticas.
65 Después de un año fértil y de
abundantes aguas, el pueblo da gracias al Creador. La primera parte, vv. 2-9,
recuerda a Isaías por sus perspectivas universalistas. La segunda, vv. 10-14,
con cambio de ritmo en el v. 11, es una entusiasta descripción de la primavera
judaita.
65 10 El poeta evoca las cámaras
altas del cielo, donde están los depósitos de las aguas, y no el río simbólico
de Sión.
65 12 El carro divino recorre la
tierra dándole fertilidad.
65 14 Lit. “dan gritos de gozo,
incluso cantan”.
Segunda
lectura.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23
Hermanos:
Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con
la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está
aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue
sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió,
con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la
corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque
sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.
Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del
Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la
redención de nuestro cuerpo.
Textos
paralelos.
Los sufrimientos del
tiempo no se pueden comparar con la gloria.
Sb 3, 5: Sufrieron pequeños
castigos, recibirán grandes bienes, / porque Dios los puso a prueba y los halló
dignos de él.
Rm 5, 2-5: Por lo cual hemos
obtenido, además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos
y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos
incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la
paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no
defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que se nos ha dado.
2 Co 4, 17: Pues la leve
tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de
gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve, en
efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.
La creación entera espera
ansiosa.
Col 3, 3-4: Porque habéis
muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca
Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos
juntamente con él.
1 Jn 3, 2: Queridos, ahora
somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que,
cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual
es.
La caducidad no
espontáneamente.
Gn 3, 17: A Adán le dijo: “Por
haber hecho caso a tu mujer / y haber comido del árbol del que te prohibí, /
maldito el suelo por tu culpa: / comerás de él con fatiga mientras vivas: /
brotará para ti cardos y espinas, / y comerás hierba del campo.
Gn 6, 20: De cada especie de
aves, de ganados y de reptiles de la tierra, entrará una pareja contigo para
conservar la vida.
Os 4, 3: Por eso está de luto
el país, / y languidecen sus habitantes, / junto con los animales del campo / y
las aves del cielo. / ¡Sí hasta los peces desaparecen del mar!
Pues sabemos que la
creación entera viene gimiendo.
2 P 3, 12-13: Mientras esperáis
y apresuráis la llegada del Día de Dios. Ese día los cielos se disolverán
incendiados y los elementos se derretirán abrasados. Pero nosotros, según su
promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la
justicia.
Ap 21, 1: Y vi un cielo nuevo y
una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el
mar ya no existe.
Anhelando la liberación
de nuestro cuerpo.
2 Co 5, 2-5: Y, de hecho, en
esta situación suspiramos anhelando ser revestidos de la morada que viene del
cielo, si es que nos encuentran vestidos y no desnudos. Pues los que vivimos en
esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino
sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida; y el que nos ha
preparado para esto es Dios, el cual nos ha dado como garantía el Espíritu.
Flp 3, 20-21: Nosotros, en
cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor
Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su
cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.
Rm 3, 24: Y son justificados
gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.
Rm 7, 24: ¡Desgraciado de mí!
¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios por Jesucristo
nuestro Señor!
Notas
exegéticas:
8 19 El mundo material, creado para
el hombre, participa de su mismo destino. Maldito a causa del pecado del
hombre, actualmente se halla en un estado violento: “caducidad” , cualidad de
orden moral ligada al pecado del hombre, “esclavitud de la corrupción”,
cualidad de orden físico. Mas, como el cuerpo del hombre, destinado a la
gloria, también él es objeto de redención: también él tendrá su parte en la
“libertad” del estado glorioso. La filosofía griega quería liberar el espíritu
de la materia considerada como mala, el cristianismo libera la materia misma.
Igual extensión de la salvación al mundo no humano (especialmente el mundo
angélico).
8 20 Es decir, probablemente, el
hombre por su pecado. Otros: Dios por su autoridad vindicativa; o también, Dios
como creador.
8 21 Probablemente el mismo sentido,
que “caducidad” del verso previo.
8 23 Adicción: “la adopción filial”,
que aquí tendrá matiz escatológico.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 13, 1-23
Aquel día, salió Jesús de casa
y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una
barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas
cosas en parábolas:
-Salió el sembrador a sembrar.
Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la
comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y
como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se
abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la
ahogaron. Otra en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra,
treinta. El que tenga oídos, que oiga.
Se le acercaron los discípulos
y le preguntaron:
-¿Por qué les hablas en
parábolas?
Él les contestó:
-A vosotros se os ha dado a
conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene
se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que
tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír
ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos
sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de
este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos,
ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo
los cure. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque
oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y
no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que
significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin
entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa
lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el
que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces
y es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la
palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha
la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la
palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra significa el que escucha la
palabra y la entiende: ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por
uno.
Textos
paralelos.
|
Mc 4, 1-20.25 |
Mt 13, 1-23 |
Lc 8, 4-15.18 |
|
Jesús se puso a enseñar otra
vez junto al mar.
Acudió un gentío tan enorme
que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se
quedó en tierra junto al mar.
Escuchad:
-Salió el sembrador a
sembrar, al sembrar algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se
lo comieron.
Otra parte cayó en terreno
pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó
enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se
secó.
Otra parte cayó entre
abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano.
El resto cayó en tierra
buena, nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta
o del setenta o del ciento por uno.
Y añadió: -El que tenga oídos para oír,
que oiga”.
Cuando se quedó a solas, los
que lo rodeaban y los Doce le preguntaron el sentido de las parábolas. Él les
dijo:
-A vosotros se os ha dado el
misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en
parábolas,
para que “por más que miren,
no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean
perdonados”.
Porque al que tiene se le
dará, y al que no tiene se el quitará hasta lo que tiene.
Y añadió:
-¿No entendéis esta parábola?
¿Pues cómo vais a conocer todas las demás?
El sembrador siembra la
palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra;
pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en
ellos.
Hay otros que reciben la
semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida
la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando
viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben.
Hay otros que reciben la
semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes
de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los
invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril.
Los otros son los que reciben
la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha
del treinta y del sesenta o del ciento por uno.
|
Aquel día salió
Jesús de casa y se sentó junto al lago.
Se reunión junto a
él una gran multitud, así que él subió a una barca y se sentó, mientras la
multitud estaba de pie en la orilla.
Les explicó muchas
cosas con parábolas:
-Salió un
sembrador a sembrar. Al sembrar, unos granos cayeron junto al camino,
vinieron pájaros y se los comieron.
Otros cayeron en
terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad, brotaron
enseguida; pero, al salir el sol, se abrasaron, y, como no tenían raíces, se
secaron.
Otros cayeron
entre cardos: crecieron los cardos y los ahogaron.
Otros cayeron en
tierra fértil y dieron fruto: unos ciento, otros sesenta, otros treinta.
Quien tenga oídos
que escuche.
Se le acercaron
los discípulos y le preguntaron: -¿Por qué les
hablas contando parábolas? Él les respondió:
-Porque a vosotros
se os concede conocer los secretos del reinado de Dios, a ellos no se les
concede.
Al que tiene le
darán y le sobrará; al que no tiene le quitarán aún lo que tiene.
Por eso les hablo
contando parábolas: porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni comprenden.
Se cumple en ellos aquella profecía de Isaías: “Por más que escuchéis, no
comprenderéis; por más que miréis, no veréis. Se ha embotado la mente de este
pueblo; se han vuelto duros de oído, se han tapado los ojos. No vayan a ver
con los ojos, a oír con los oídos, a entender con la mente, a convertirse,
para que yo los sane”. Dichosos vuestros ojos que ven y vuestros oídos que
oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros
veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.
Vosotros escuchad
la explicación de la parábola del sembrador.
Si uno escucha el
discurso sobre el reino y no lo entiende, viene el maligno y le arrebata lo
sembrado en su mente. Ese es el grano sembrado junto al camino.
El sembrado en
terreno pedregoso es el que escucha el discurso y lo acoge enseguida con
gozo; pero no echa raíz y resulta efímero. Llega la tribulación o la
persecución por el mensaje, y falla.
El sembrado entre
cardos es el que escucha el discurso; pero las preocupaciones mundanas y la
seducción de la riqueza lo ahogan, y no da fruto.
El sembrado en
tierra fértil es el que escucha el discurso y lo entiende. Ese da fruto:
ciento o sesenta o treinta. |
Habiéndose reunido una gran
muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad,
dijo en parábola:
-Salió el sembrador a sembrar
su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron y los
pájaros del cielo se lo comieron.
Otra parte cayó en terreno
pedregoso, y, después de brotar se secó por falta de humedad.
Otra parte cayó entre
abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.
Y otra parte cayó en tierra
buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno”.
Dicho esto, exclamó: -El que tenga oídos para oír,
que oiga”.
Entonces le preguntaron los
discípulos qué significaba esa parábola. Él les dijo:
-A vosotros se os ha otorgado
conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para
que viendo no vean y oyendo no entiendan. Mirad, pues, cómo oís,
pues al que tiene se le dará
y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.
El sentido de la parábola es
este:
la semilla es la palabra de
Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el
diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
Los del terreno pedregoso son
los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los
que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
Los que cayó entre abrojos
son los que han oído, pero dejándose llevar por los afanes, riquezas y
placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
Los de la tierra buena son
los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan
fruto con perseverancia.
|
Aquel día salió Jesús de
casa.
Mc 2, 13: Salió de nuevo a la
orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.
Y les habló muchas cosas
en parábolas.
Mc 3, 9: Encargó a sus
discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el
gentío.
Otras cayeron en
pedregal.
Si 40, 15: La estirpe de los
impíos tiene pocas ramas, / las raíces impuras solo encuentran piedra áspera.
Entre abrojos.
Jb 31, 40: ¡que en vez de trigo
dé espinas; / en vez de cebada, ortigas!
Otra setenta.
Jn 15, 8: Con esto recibe
gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Jn 15, 16: No sois vosotros los
que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que
vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al
Padre en mi nombre, os lo dé.
El que tenga oídos, que
oiga.
Mt 11, 15: El que tenga oídos,
que oiga.
¿Por qué hablas en
parábolas?
Mt 11, 25: En aquel momento
tomó la palabra Jesús y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la
tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las
has revelado a los pequeños”.
A quien no tiene se le quitará hasta lo que
tiene.
Mt 25, 29: Porque al que tiene
se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.
Pr 11, 24: Hay quien es generoso
y se enriquece, / quien ahorra injustamente y se empobrece.
Jr 5, 21: Oíd bien lo que voy a
decir, / gente insensata, sin juicio / (tienen ojos y no ven, / oídos, pero no
escuchan).
Mc 8, 18: ¿Tenéis ojos y no
veis, tenéis oídos y no oís=
Lc 19, 42: Mientras decía: “¡Si
reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está
escondido a tus ojos.
Oír, oiréis, pero no
entenderéis.
Is 6, 9-10: Él me dijo: “Ve y
di a la gente: “Por más que escuchéis no entenderéis, por más que miréis, no
comprenderéis. Embota el corazón de esta gente, endurece su oído, ciega sus
ojos: que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda,
que no se convierta y sane”.
Jn 12, 40: Ha cebado sus ojos y
ha endurecido sus corazones, para que no vean con sus ojos y entiendan en su
corazón y se conviertan y los cure.
Hch 28, 26: Ve a este pueblo y
dile: / oiréis con el oído pero no entenderéis, / miraréis con los ojos pero no
veréis.
Os aseguro que muchos
profetas y justos.
Lc 17, 22: Dijo a sus
discípulos: “Vendrán días en que desearéis ver un solo día del Hijo del hombre,
y no lo veréis”.
Jn 8, 56: Abraham, vuestro
padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría.
Ef 3, 5: Que no había sido
manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el
Espíritu a sus santos apóstoles y profetas.
1 P 1, 10-12: Sobre esta
salvación estuvieron explorando e indagando los profetas / que profetizaron
sobre la gracia destinada a vosotros / tratando de averiguar a quien y a qué
momento apuntaba / el Espíritu de Cristo que había en ellos / cuando
atestiguaba por anticipado la pasión del Mesías / y su consiguiente
glorificación. / Y se les reveló que no era en beneficio propio, sino en el
vuestro / por lo que administraban estas cosas / que ahora os anuncian quienes
os proclaman el Evangelio / con la fuerza del Espíritu Santo enviado desde el
cielo. / Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Viene el Maligno.
Dt 30, 14: El mandamiento está
muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas.
Jn 6, 63: El Espíritu es quien
da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu
y vida.
El que oye la palabra y
de momento la recibe con alegría.
1 Ts 1, 6: Y vosotros seguisteis nuestro
ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación,
con la alegría del Espíritu Santo.
Entre abrojos:
Jr 4, 3-4: Esto dice el Señor /
a los habitantes de Judá y Jerusalén: / Roturad bien los campos, / no sembréis
entre cardos. / Circuncidaos en el nombre del Señor, / quitad el prepucio de
vuestros corazones, / habitantes de Judá y Jerusalén, / no sea que estalle mi
cólera / como fuego; arda y no haya quien la extinga / a causa de vuestras
malas acciones.
El que fue sembrado en tierra buena.
Si 1, 21: El temor del Señor aleja los
pecados, / el que persevera aleja la cólera.
Produce: uno ciento.
Jn 15, 8: Con esto recibe gloria mi Padre,
con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Jn 15, 16: No sois vosotros los que me
habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y
deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en
mi nombre os lo de.
Ga 5, 22: En cambio, el fruto del Espíritu
es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
13 1 Esta expresión estereotipada es
una simple transición, sin valor cronológico.
13 3 (a) A las dos parábolas que tiene en
común con Mc y Mt añade otras cinco, poniendo así siete. No se trata de simples
comparaciones extraídas de la vida diaria para ilustrar una enseñanza. Son
relatos cuya composición y vocabulario remiten a la propia vida de Jesús. En
este sentido, pueden ser calificados alegóricos.
13 3 (b) Más que una enseñanza sobre el
contraste entre el comienzo y final la parábola concierne al rendimiento de la
semilla según los terrenos: tres terrenos estériles y una tierra buena con un
triple rendimiento. Jesús anuncia un acontecimiento escatológico: han sido
inaugurados los últimos tiempos, ha tenido lugar el encuentro entre el germen y
la tierra (Za 6, 12-13). Hay dos interpretaciones principales: 1. confianza en
el fruto final a pesar de los fracasos actuales. 2. llamada a ser una buena
tierra que haga fructificar la simiente sembrada.
13 9 Adicc.: “para oír”. Igualmente
11,15 y 13, 43.
13 11 La expresión “misterios del
Reino” era conocida en la apocalíptica del tiempo de Jesús y designaba las
disposiciones ocultas de Dios respecto al final de los tiempos. En los evangelios
solo aparecen aquí y alude al Reino en cuanto tal (a los discípulos se les
concede el conocimiento del Reino), o bien al misterio o secreto de Jesús como
inaugurador del Reino.
13 12 A las almas bien dispuestas se
les dará, además de la antigua alianza, el perfeccionamiento de la nueva; a las
almas mal dispuestas se les quitará hasta lo que tienen.
13 13 Endurecimiento voluntario y
culpable que causa y explica la retirada de la gracia. Todos los relatos
preceden, preparan el discurso parabólico, ilustrando este endurecimientos. A
estos espíritus oscurecidos, a los que la plena luz sobre el carácter humilde y
oculto del verdadero mesianismo no haría sino cegar más no les podrá dar Jesús
más que una luz tamizada por los símbolos: luz a medias que también será una
gracia, una invitación a pedir mejor y recibir más.
13 19 Este extraño giro proviene de
una cierta confusión en la interpretación de la parábola que identifica a los
hombres unas veces con los diversos terrenos que reciben más o menos bien la Palabra,
otras con la semilla misma, de mejor o peor calidad, que produce treinta,
sesenta o cien.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
10 Lit. y habiéndose acercado
los discípulos dijeron a él.
11 SE OS HA CONCEDIDO (Voz pasiva
“teológica”: “Dios os ha concedido”.
A ELLOS: a los demás, a los que
no pertenecen al grupo de discípulos.
14-15 AQUELLA PROFECÍA: lit. la
profecía. // Con frase popular: en el pecado llevan la penitencia, es
decir, el que voluntariamente se cierra a Dios tiene el castigo en su
misma obcecación: Dios no podrá curar la ceguera ni la sordera de ese “corazón
embotado”.
15-17 QUE VEN… QUE ESCUCHAN: o porque
ven… porque escuchan.
18 OÍD LA PARÁBOLA: oíd lo que
significa la parábola. En hebreo hay un término específico para
“significar” o “significado”; por eso, el verbo ser llena ese cometido,
como equivalente de “significar”, o “representar”, o “estar representados”.
19 Antes que el oyente entienda, EL
MALVADO, siempre activo, le ROBA la Palabra; le hace “oír sin entender”.
21 ENSEGUIDA CAE: más lit., con un
helenismo que entró en nuestra lengua: enseguida se escandaliza.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
13, 1-53 Cristo habló a menudo en forma
de parábolas, contando historias con imágenes o metáforas para ilustrar los
misterios del reino de Dios. A través de estas parábolas, Cristo nos instruyó
para que reflexionáramos sobre la naturaleza del reino de Dios y cómo crece
dentro de nosotros. La parábola del sembrador describe cómo aquellos que
reciben a Cristo de todo corazón crecerán en santidad y darán buenos frutos,
mientras que aquellos que rechazan o no aceptan plenamente la Palabra no darán
frutos. Cat. 546 y 1724.
13, 11 Cristo explica los “secretos del
reino de los cielos” a sus elegidos en privado. Dios quiere que todos los
hombres se salven, y por eso Cristo habla a toda la multitud. Pero habla con el
lenguaje sapiencial de las parábolas, que exige del oyente un ejercicio de
inteligencia, que es una llamada a la libertad humana para que despierte. Hay
quien “no tendrá oídos para oír”. Hay quien no aceptará la mediación de los
elegidos, de los discípulos, de la Iglesia a la que se le ha confiado el
depósito (Cat. 84, 787 y 546). El hecho de no aceptar la mediación, de no
querer oír, hace que el pecador se endurezca más en el pecado.
13, 12 El apego a la riqueza material y
a los asuntos temporales nos puede distraer de buscar a Cristo y dirigir
nuestra atención a la voluntad de Dios. Para ser fecundos, tenemos que
responder a Dios en la fe y escuchar su palabra. Cat. 29 y 1153.
13, 23 Aquellos que reciben la palabra
de Dios darán fruto según sus buenas disposiciones. Cat. 1802.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
546 Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico
de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige
también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo;
las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo
para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra?
¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este
mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en
el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del
Reino de los cielos” (Mt 13, 11). Para los que están fuera, la enseñanza de las
parábolas es algo enigmático (Mt 13, 10-15).
1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica describen
los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ello avanzamos paso a paso
mediante los actos de cada día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo.
Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para
la gloria de Dios.
787 Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida, les reveló el
misterio del reino.
29 Esta
unión íntima y vital con Dios puede ser olvidada, desconocida e incluso
rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes
muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la
indiferencias religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas, el mal
ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión,
y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y
huye de su llamada.
1802 La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es preciso que la
asimilemos en la fe y en la oración, y las pongamos en práctica. Así se forma
la conciencia moral.
Concilio Vaticano II
Es necesario que todos los clérigos, y ante todo los sacerdotes de Cristo
y los demás que, como los diáconos o los catequistas, se dedican legítimamente
al misterio de la Palabra, se adhieran a las Escrituras mediante la asidua
lectura sagrada y el estudio exhaustivo, no vaya a ser que alguno de ellos se
convierta en “un vacío predicador hacia fuera de la Palabra de Dios que no es
un oyente por dentro” (S. Agustín), mientras debe comunicar a los fieles a él
encomendados las amplias riquezas de la divina palabra, especialmente en la
sagrada liturgia. Asimismo, el santo Sínodo exhorta vehemente y especialmente a
todos los cristianos; en primer lugar, a los religiosos, a aprender con la
frecuente lectura de las divinas Escrituras “la eminente ciencia de Jesucristo”
(Flp 3, (). “Pues la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo” (S.
Jerónimo). Acérquense, pues, de buen grado al texto sagrado ya mediante la
sagrada liturgia colmada de divinas palabras, ya mediante la lectura piadosa,
ya mediante iniciativas adecuadas y otros recursos que, con la aprobación y
cuidado de los pastores de la Iglesia, hoy día se difunden laudablemente por
doquier. Mas recuerden que la oración ha de acompañar a la lectura de la
Sagrada Escritura para que se produzca un diálogo entre Dios y el hombre pues
“a él nos dirigimos cuando oramos, a él escuchamos cuando leemos los oráculos
divinos”.
Los Santos Padres.
La razón por la que Cristo habla en parábolas es que
intenta mostrar que Él es el profetizado, el mismo de quien dijo David: “Abriré
mi boca en parábolas” (Sal 77, 2).
Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de
Mateo, 164. 1a, pg. 348.
Mas considerad, os ruego, cómo no es uno solo el
camino de la perdición, sino varios y distantes los unos de los otros. Porque
entre los que reciben la palabra de Dios, unos se parecen al camino, y son
negligentes, tibios y desdeñosos; mas los de la roca son solamente débiles.
Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 44,
3. 1a, pg. 352.
Si habla de este modo es porque quiere salvarlos,
pues, de no ser así, lo propio hubiera sido no hablar en absoluto, callar. Solo
que Él hace todo, no por propia gloria, sino por la salvación de ellos.
Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de
Mateo, 166. 1a, pg. 357.
Muestra la bienaventuranza del tiempo de los
apóstoles, cuyos ojos y oídos han sido tocados para ver y entender la salvación
divina, mientras que los profetas y los justos deseaban ver y entender la
alegría reservada a los apóstoles mediante el cumplimiento de esa espera en el
tiempo establecido.
Hilario de Poitieres. Sobre el Ev. de Mateo,
13, 3. 1a, pg. 357.
San Jerónimo.
1.2. Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó a orillas del mar. Y se
reunió mucha gente junto a él. El pueblo no podía entrar en la casa de Jesús ni estar allí donde los
apóstoles escuchaban los misterios. Por eso el Señor compasivo y misericordioso
sale de su casa y se sienta junto al mar de este siglo para que las multitudes
se reunan junto a él, escuchen en la orilla lo que no merecían oír en el
interior.
3.
Les habló muchas cosas en parábolas. Y observemos que no dijo todo en
parábolas, sino muchas cosas. Pues si hubiera dicho todo en parábolas, los
pueblos se retirarían sin provecho. Mezcla lo oscuro con lo claro, para que eso
mismo que comprenden los incite a querer conocer lo que no comprenden.
Una vez salió el sembraron a sembrar. Estaba adentro, permanecía en su casa,
exponía los misterios a sus discípulos. Por eso el que siembra la palabra de
Dios salió de su casa para sembrar en las multitudes. El sentido es: el
sembrador que siembra es el Hijo de Dios y siembra en los pueblos la palabra
del Padre.
9. El que tenga oídos para oír, que oiga. Cada vez que se nos exhorta con esta
expresión, se nos incita a esforzarnos por comprender sus palabras.
16.
Pero felices vuestros ojos, porque ven y vuestros oídos porque oyen. Yo
pienso que los ojos felices son los que pueden conocer los misterios de Cristo,
porque son invitados por Jesús a levantarse hacia lo alto para ver la
resplandeciente blancura de sus cosechas y son felices los oídos de los que
habla Isaías: El Señor me ha dado un oído (Is
50, 4).
19. Todo el que oye la palabra
del Reino y no la comprende. Con este preámbulo nos exhorta a escuchar más
diligentemente su palabra.
Viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. El maligno arrebata la buena
semilla. Al mismo tiempo, entiéndelo, la semilla fue sembrada en el corazón y
las tierras diversas son las almas creyentes.
22. El que fue sembrado entre espinas. Todo
el que se entrega a los placeres y cuidados de este mundo, comerá el pan
celestial y el verdadero alimento entre espinas. Y la seducción de las
riquezas ahora la palabra. Pues las riquezas son seductoras, pero una cosa
son sus promesas y otra sus efectos. Su posesión es inestable, zarandeadas de
aquí para allá, con marcha incierta, abandonan a quienes las poseen o colman a
quienes no las tienen. Por eso el Señor afirma que los ricos difícilmente
entrarán en el Reino de los cielos, ya que las riquezas ahogan la palabra de
Dios y debilitan el rigor de las virtudes.
23. Pero el que fue sembrado en
tierra buena es el que oye la palabra y la comprende; este produce fruto. Así
como había tres variedades en la tierra mala: junto al camino, lugares
pedregosos y lugares espinosos, así también hay tres variedades en la tierra
buena: produce ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno. Los que reciben la
semilla son los corazones tanto de los incrédulos como de los creyentes. Por
segunda y tercera vez dice: Este es
el que escucha la palabra. También en la explicación de la tierra buena,
este es el que escucha la palabra. Por tanto primero debemos escuchar,
luego entender y después de haber entendido producir el fruto de la enseñanza,
y dar cien, sesenta o treinta.
San Agustín.
Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinos,
sino tierra buena. No sea camino donde
el enemigo, cual ave, arrebate la semilla pisada por los transeúntes; ni
pedregal donde la escasez de la tierra haga germinar pronto lo que luego no
puede soportar el calor del sol; ni zarzas que son las ambiciones terrenas y
los cuidados de una vida viciosa y disoluta. Estírpense las espinas, prepárense
el campo, siémbrese la semilla, llegue la hora de la recolección, suspírese por
llegar al granero y desaparezca el temor al fuego.
San Juan de Ávila.
Y grandes mercedes nos heciste en darnos tu divina Escritura, tan
provechosa y necesaria para te servir. Mas porque, siendo el viento que en este
mar sopla viento del cielo, y quisieron algunos navegar por él con viento de
tierra, que son sus ingenios y estudios, ahogáronse en él, permitiéndolo tú.
Porque así como en las parábolas que predicabas, Señor, en la tierra, eran
secretamente enseñados aquellos que tenía disposición para ello, y eran otros
con ellas mismas encegados por tu justo juicio (cf. Mt 13, 11ss), así tienes
tú, el profundo mar de tu divina Escritura, diputado para hacer misericordia a
tus corderos, que naden en el provecho suyo y ajeno, y también para hacer
justicia con que los soberbios elefantes se ahoguen, y ahoguen a otros. Temida,
y muy temida, debe ser la entrada en la divina Escritura, y nadie se debe
arrojar a ella sino con mucho aparejo, como cosa en que hay mucho peligro.
Lleve quien hobiere de entrar en ella el sentido de la Iglesia católica romana,
y evitará el peligro de la herejía. Lleve, para aprovecharse de ella, limpieza
de vida, como dice San Atanasio, por las palabras siguientes: “Necesaria es la
bondad de vida, y limpieza de ánima, y cristiana piedad, para la investigación
y verdadera ciencia de las Escrituras”.
Audi, filia (II). I, pg. 640.
Y porque para hablar de este día es menester particular gracia, para que
hablemos lo que él quiere y obremos lo que él manda. Mayormente que el mesmo
Señor, hablando de este día, dice: El que tuviere oídos oya (Mt 13, 9).
Cuando el Señor nos manda tener atención, mucho hay que mirar.
Sermón del domingo 1 de Adviento. III, pg. 22.
¡Cristianos, cristianos!, recordad, por reverencia de Dios, de sueño tan
pesado y tan peligroso; limpiad vuestro gusto de fastidio tan sin porqué;
conoced la merced que Dios os hizo, y entended que a nosotros dijo Jesucristo
nuestro Señor: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis y las
orejas que oyen lo que vosotros oís. Dígoos de verdad que muchos profetas y
reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo alcanzaron (cf. Mt 13,
16-17). Si con el solo olor de este sacratísimo Pan – que más era hambre que
hartura – tanto se consolaban, en tanto lo estimaban; si aquel maná de poco
valor hacían gracias por él; si tenían en tanta honra el arca de Setín, que
bailaban delante de ella con mucho regocijo, ¿qué hicieran si tuvieran presente
lo figurado por aquellas figuras, que es este sagrado manjar que presente
tenemos? ¿Cómo? ¡Y tenemos corazón para hacer tal afrenta a este Señor y dar
tal mancha a nuestra honra, que antes que al mundo viniese fue llamado el Deseado
de todas las gentes, y que después de venido se llama el fastidiado y
teniendo por cosa que no os va mucho en recebirlo o no recebirlo!
Sermón del Santísimo Sacramento. III, pg. 765.
Muy bien me parece la ida a Escalaceli o alguna parte semejante, donde
vacase a sí solo algún día; y si esto no alcanza, querría que tuviese su
compañía del padre fray Luis. Y en lo de la Escriptura sagrada, le digo que la
de nuestro Señor a trueque de persecución. A vosotros – dice el mesmo
Señor – es dado a conocer el misterio del reino de Dios, mas a los otros en
parábolas (Lc 8, 10; cf. Mt 13, 11). ¿Quien son estos vosotros? A
vosotros, discípulos míos, que no vivís de gana en este mundo y lo despreciáis,
atribulados por mí, hechos escoria de este mundo (1 Co 4, 13). Si algo de ello
Dios me dijo – que si dio – a trueque de esto me lo dio. Y sin esto no
aprovecha nada leer. Paréceme que, leyendo a San Juan y San Pablo y a Esaías,
que luego han de saber la Escriptura, y veo mucho leerlos y no saben nada de
ella. Y ansí veo que, si aquel Señor abre y descubre y enseña el sentido de la
Escriptura, que tiene la llave, el poder y mando y autoridad en el reino
espiritual de la Iglesia, figurando por el reino de David, lo cual es tanta
verdad, que, como dice San Jerónimo, no puede otro enseñar el verdadero sentido
de la Escriptura sino este solo Señor. Yo no sé más, padre, qué decirle, sino
que lea a estos; y cuando no los entendiera, vea a algún intérprete santo sobre
ellos, y especialmente lea a San Agustín, Contra pelagianos y contra
otros de aquella secta; y tome un crucifijo delante y Aquel entienda en todo
porque Él es todo y todos predican de este. Ore y medite y estudie. No se más.
Carta a fray Alonso de Vergara, dominico. IV, pg. 22.
Sentencia del Señor es, y muy justa, que a la fortaleza del que
fuertemente busca el bien público le eche Dios su bendición con que se la
acrecentar y galardonar; y al que en esto es flaco, le quiten lo bueno, si algo
tenía: Qui enim habet, dabitur, et abundabit; qui autem non habet, et quod
habet auferetur ab eo (Mt 13, 12).
A un señor de este reino, siendo asistente de Sevilla. IV, pg. 63.
San Oscar Romero. Homilía.
Que crezcan los charrales, las espinas, de los placeres de este mundo, no
los quiero dejar, pero sí quisiera ser cristiano. Voy a misa, pero quisiera oír
que el sacerdote endulzara mis oídos y no me tocara las llagas. Ya ahora ya no
se puede ir a misa porque en todas partes molestan. ¡Claro!, es el que quisiera
que crecieran en su corazón la Palabra de Dios junto con los vicios, junto con
sus egoísmos. ¡No puede ser!, no se puede servir a dos señores. Y la Iglesia
auténtica, tiene que predicar el verdadero y único Señor. La verdadera y única
Palabra. La única que salva, la que germina, la que Cristo planta, no la que el
demonio y las conveniencias de los hombres quisieran plantar.
Homilía, 16
de julio de 1978.
Papa León XIV. Angelus. 5 de julio
de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 11,25-30) nos invita a
compartir la alabanza que Jesús eleva al Padre, «Señor del cielo y de la
tierra» (v. 25). El Hijo de Dios, hecho hombre, manifiesta su amor al incluir a
todas las criaturas en esta acción de gracias.
La sencillez de un gesto tan espontáneo y alegre corresponde al estilo de
Dios, que ama revelarse “a los pequeños”, mientras permanece oculto “a los
sabios y entendidos” (cf. v. 25). Estos, en efecto, están tan llenos de
sus propias ideas que no reconocen la presencia de Cristo, el Mesías que
visita a su pueblo. La sabiduría humana se convierte entonces en arrogancia y
la doctrina degenera en soberbia. La verdadera sabiduría de Dios se revela, en
cambio, en la humildad de la carne y su enseñanza se dirige a quienes pasan más
dificultad: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas» (v. 28),
dice el Señor. Acudir a Jesús significa corresponder a su amor y compartir
su vida hasta la cruz, tal y como Él mismo nos explicó: «Si alguno quiere
venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga» (Mt 16,24).
Precisamente la entrega de sí mismo por amor es el “yugo” de Jesús (cf. Mt 11,29),
es decir, la síntesis de su enseñanza, el corazón de su sabiduría, ardiente de
caridad hacia todos.
Hermanos y hermanas, ¿cómo puede ser “ligero” y “suave” el peso de la
cruz (cf. v. 30)? Por una única razón: porque el Señor lo lleva primero
y junto con todos nosotros, sin dejarnos nunca solos ante lo que nos abate.
Como auténtico maestro, Jesús se hace cargo de la humanidad herida por el mal,
para cuidar de ella. La sabiduría que Él nos dona es, pues, un anuncio de
salvación, y su yugo nos levanta en cada caída. Al seguir a Cristo, nuestro
camino no es, por tanto, una ascética que mortifica: es una escuela de
libertad, que se toma en serio el drama de la historia y siempre ilumina su
sentido, sobre todo en los momentos más oscuros. De hecho, sólo en la
cruz de Jesús se redime el mal: sólo en su pasión nuestro cansancio mortal
encuentra consuelo y redención.
En la esclavitud, Cristo es liberación. Bajo el azote de la guerra, Cristo
es esperanza. En la hora del pecado, Cristo es perdón. Esta es la verdadera
sabiduría, es decir,
el camino que queremos recorrer juntos, unidos en su nombre como discípulos.
Jesús nos lo enseña como Hijo, haciéndose nuestro hermano: con la fuerza del
Espíritu Santo, Él mismo revela a la Iglesia la verdad de Dios y del hombre,
porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar» (v. 27).
Queridos amigos, mientras damos gracias al Señor por esta muestra de
confianza llena de amor, pidamos la intercesión de María, Reina de la paz, por
el bien de la Iglesia y del mundo entero.
Papa Francisco. Angelus. 16 de
julio de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy el Evangelio nos presenta la parábola del sembrador (cfr Mt 13,1-23).
La de la “siembra” es una imagen muy hermosa, y Jesús la usa para describir
el don de su Palabra. Imaginemos una semilla: es pequeña, casi no se ve,
pero hace crecer plantas que dan frutos. La Palabra de Dios es así; pensemos en
el Evangelio, un pequeño libro, sencillo y al alcance de todos, que produce
vida nueva en quien lo acoge. Por tanto, si la Palabra es la semilla,
nosotros somos el terreno: podemos recibirla o no. Pero Jesús, “buen
sembrador”, no se cansa de sembrarla con generosidad. Conoce nuestro
terreno, sabe que las piedras de nuestra inconstancia y las espinas de nuestros
vicios (cfr vv. 21-22) pueden sofocar la Palabra, y sin embargo espera,
siempre espera que nosotros podamos dar fruto abundante (cfr v. 8).
Así actúa el Señor y así estamos llamados a actuar también nosotros: a
sembrar sin cansarnos. ¿Pero cómo se puede hacer esto, sembrar continuamente sin cansarnos?
Pongamos algún ejemplo.
En primer lugar, los padres: ellos siembran el bien y la fe en
los hijos, y están llamados a hacerlo sin desanimarse aunque a veces estos
parecen no entenderlos y no apreciar sus enseñanzas, o si la mentalidad del
mundo “rema en contra”. La semilla buena se queda, esto es lo que
cuenta, y echará raíces en el momento adecuado. Pero si, cediendo a
la desconfianza, renuncian a sembrar y dejan a los hijos a merced de las modas
y del móvil, sin dedicarles tiempo, sin educarles, entonces el terreno
fértil se llenará de malas hierbas. Padres, ¡no os canséis de sembrar en
los hijos!
Miramos después a los jóvenes: también ellos pueden sembrar el Evangelio en
los surcos de la vida cotidiana. Por ejemplo, con la oración: es una pequeña
semilla que no se ve, pero con la cual se encomienda a Jesús todo lo que se
vive, y así Él puede hacerlo madurar. Pero pienso también en el tiempo para
dedicar a los otros, a quien lo necesita más: puede parecer perdido, sin
embargo es tiempo santo, mientras las satisfacciones aparentes del consumismo y
del hedonismo dejan las manos vacías. Y pienso en el estudio: es verdad, es
cansado y no es inmediatamente satisfactorio, como cuando se siembra, pero es
esencial para construir un futuro mejor para todos.
Hemos visto los padres, hemos visto los jóvenes; ahora vemos los
sembradores del Evangelio, muchos buenos sacerdotes, religiosos y laicos
comprometidos en el anuncio, que viven y predican la Palabra de Dios a menudo
sin registrar éxitos inmediatos. No olvidemos nunca, cuando anunciamos la
Palabra, que también donde parece que no sucede nada, en realidad el Espíritu
Santo está trabajando y el reino de Dios ya está creciendo, a través y más allá
de nuestros esfuerzos. Por eso, ¡adelante con alegría, queridos hermanos y
hermanas! Recordemos a las personas que han puesto la semilla de la Palabra
de Dios en nuestra vida – cada uno de nosotros piense: “¿cómo empezó mi
fe?” -; quizá ha brotado años después de que hayamos encontrado sus ejemplos,
¡pero ha sucedido precisamente gracias a ellos!
A la luz de todo esto podemos preguntarnos: ¿yo siembro el bien? ¿Me
preocupo solo por recoger para mí o también de sembrar para los otros?
¿Lanzo algunas semillas del Evangelio en la vida de todos los días: estudio,
trabajo, tiempo libre? ¿Me desanimo o, como Jesús, sigo sembrando, también si
no veo resultados inmediatos? María, que hoy veneramos como Virgen del Monte
Carmelo, nos ayude a ser sembradores generosos y alegres de la Buena Noticia.
Papa Francisco. Angelus. 12 de julio
de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el Evangelio de este domingo (cfr. Mt 13,1-23) Jesús
cuenta a una gran multitud la parábola —que todos conocemos bien— del
sembrador, que lanza la semilla en cuatro tipos diferentes de terreno. La
Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra
abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado
en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir
acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo.
Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como
un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas.
Esta sería la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados
por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades
de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio,
del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de
perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos
por todo, por las cosas mundanas.
Otra posibilidad: podemos acoger la Palabra de Dios como un pedregal,
con poca tierra. Allí la semilla brota en seguida, pero también se seca pronto,
porque no consigue echar raíces en profundidad. Es la imagen de aquellos que
acogen la Palabra de Dios con entusiasmo momentáneo pero que permanece
superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera
dificultad, pensemos en un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe
todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las
piedras.
Podemos, también —una tercera posibilidad de la que Jesús habla en la
parábola—, acoger la Palabra de Dios como un terreno donde crecen arbustos
espinosos. Y las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las
preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra crece un poco, pero se ahoga, no es
fuerte, muere o no da fruto.
Finalmente —la cuarta posibilidad— podemos acogerla como el terreno
bueno. Aquí, y solamente aquí la semilla arraiga y da fruto. La
semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la
Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en
la vida de cada día.
La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque
habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios
es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce
por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el
corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla
de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros.
Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino,
al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno
bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la
Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende
de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo
estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es
difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la
única que hace libre. Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la
Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad
siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del
Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para
que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la
semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.
La Virgen María, modelo perfecto de tierra buena y fértil, nos ayude, con
su oración, a convertirnos en terreno disponible sin espinas ni piedras, para
que podamos llevar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.
Papa Francisco. Angelus. 16 de
julio de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Jesús, cuando hablaba, usaba un lenguaje simple y usaba también imágenes,
que eran ejemplos tomados de la vida cotidiana, para poder ser comprendidos
fácilmente por todos. Por esto le escuchaban encantados y apreciaban su mensaje
que llegaba directo a su corazón; y no era ese lenguaje complicado de entender,
el que usaban los doctores de la ley de la época, que no se entendía bien pero
que estaba lleno de rigidez y alejaba a la gente.
Y con este lenguaje Jesús hacía entender el misterio del Reino de Dios; no
era una teología complicada. Y un ejemplo es el que hoy lleva el Evangelio: la
parábola del sembrador (Mateo 13, 1-23).
El sembrador es Jesús. Notamos que, con esta imagen, Él se presenta como
uno que no se impone, sino que se propone; no nos atrae conquistándonos, sino
donándose: echa la semilla. Él esparce con paciencia y generosidad su
Palabra, que no es una jaula o una trampa, sino una semilla que puede dar
fruto. ¿Y cómo puede dar fruto? Si nosotros lo acogemos.
Por ello la parábola se refiere sobre todo a nosotros: habla
efectivamente del terreno más que del sembrador. Jesús efectúa, por así decir
una “radiografía espiritual” de nuestro corazón, que es el terreno sobre
el cual cae la semilla de la Palabra.
Nuestro corazón,
como un terreno, puede ser bueno y entonces la Palabra da fruto —y
mucho— pero puede ser también duro, impermeable. Ello ocurre cuando oímos
la Palabra, pero nos es indiferente, precisamente como en una calle: no
entra.
Entre el terreno bueno y la calle, el asfalto —si nosotros echamos una
semilla sobre los “sanpietrini” no crece nada— sin embargo hay dos terrenos
intermedios que, en distinta medida, podemos tener en nosotros. El primero,
dice Jesús, es el pedregoso.
Intentemos imaginarlo: un terreno pedregoso es un terreno «donde no
hay mucha tierra» (cf v. 5), por lo que la semilla germina, pero no
consigue echar raíces profundas. Así es el corazón superficial, que acoge al
Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no
“despega” nunca. Es un corazón sin profundidad, donde las piedras de
la pereza prevalecen sobre la tierra buena, donde el amor es
inconstante y pasajero. Pero quien acoge al Señor solo cuando le apetece,
no da fruto.
Está luego el último terreno, el espinoso, lleno de zarzas
que asfixian a las plantas buenas. ¿Qué representan estas zarzas? «La
preocupación del mundo y la seducción de la riqueza» (v. 22), así dice Jesús,
explícitamente. Las zarzas son los vicios que se pelean con Dios, que
asfixian su presencia: sobre todo los ídolos de la riqueza mundana, el
vivir ávidamente, para sí mismos, por el tener y por el poder. Si cultivamos
estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede
reconocer a sus pequeñas o grandes zarzas, los vicios que habitan en su
corazón, los arbustos más o menos radicados que no gustan a Dios e impiden
tener el corazón limpio. Hay que arrancarlos, o la Palabra no dará fruto,
la semilla no se desarrollará.
Queridos hermanos y hermanas, Jesús nos invita hoy a mirarnos por
dentro: a dar las gracias por nuestro terreno bueno y a seguir trabajando sobre
los terrenos que todavía no son buenos.
Preguntémonos si nuestro corazón está abierto a acoger con fe la semilla de
la Palabra de Dios. Preguntémonos si nuestras piedras de la pereza son
todavía numerosas y grandes; individuemos y llamemos por nombre a las
zarzas de los vicios. Encontremos el valor de hacer una buena recuperación
del suelo, una bonita recuperación de nuestro corazón, llevando al
Señor en la Confesión y en la oración nuestras piedras y nuestras zarzas.
Haciendo así, Jesús, buen sembrador, estará feliz de cumplir un
trabajo adicional: purificar nuestro corazón, quitando las piedras y espinas
que asfixian la Palabra.
La Madre de Dios, que hoy recordamos con el título de Beata Virgen del
Monte Carmelo, insuperable en el acoger la Palabra de Dios y en ponerla en
práctica (cf. Lucas 8, 21), nos ayude a purificar el corazón y
a custodiar la presencia del Señor.
Papa Francisco. Angelus. 13 de
julio de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23) nos presenta a Jesús
predicando a orillas del lago de Galilea, y dado que lo rodeaba una gran
multitud, subió a una barca, se alejó un poco de la orilla y predicaba desde
allí. Cuando habla al pueblo, Jesús usa muchas parábolas: un lenguaje
comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las
situaciones de la vida cotidiana.
La primera que relata es una introducción a todas las parábolas: es
la parábola del sembrador, que sin guardarse nada arroja su semilla en todo
tipo de terreno. Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente
la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno donde cae. Los
primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino los pájaros
se comen la semilla; en el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente
porque no tienen raíz; en medio de las zarzas las espinas ahogan la semilla. El
cuarto terreno es el terreno bueno, y sólo allí la semilla prende y da fruto.
En este caso, Jesús no se limitó a presentar la parábola, también la
explicó a sus discípulos. La semilla que cayó en el camino indica a quienes
escuchan el anuncio del reino de Dios pero no lo acogen; así llega el Maligno y
se lo lleva. El Maligno, en efecto, no quiere que la semilla del Evangelio
germine en el corazón de los hombres. Esta es la primera comparación. La
segunda es la de la semilla que cayó sobre las piedras: ella representa a las
personas que escuchan la Palabra de Dios y la acogen inmediatamente, pero con
superficialidad, porque no tienen raíces y son inconstantes; y cuando llegan
las dificultades y las tribulaciones, estas personas se desaniman enseguida. El
tercer caso es el de la semilla que cayó entre las zarzas: Jesús explica que se
refiere a las personas que escuchan la Palabra pero, a causa de las preocupaciones
mundanas y de la seducción de la riqueza, se ahoga. Por último, la semilla que
cayó en terreno fértil representa a quienes escuchan la Palabra, la acogen, la
custodian y la comprenden, y la semilla da fruto. El modelo perfecto de esta
tierra buena es la Virgen María.
Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a quienes
escuchaban a Jesús hace dos mil años. Nos recuerda que nosotros somos el
terreno donde el Señor arroja incansablemente la semilla de su Palabra y de su
amor. ¿Con qué disposición la acogemos? Y podemos plantearnos la pregunta:
¿cómo es nuestro corazón? ¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal,
a una zarza? Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas
ni piedras, pero trabajado y cultivado con cuidado, a fin de que pueda dar
buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.
Y nos hará bien no olvidar que también nosotros somos sembradores. Dios
siembra semilla buena, y también aquí podemos plantearnos la pregunta: ¿qué
tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca? Nuestras palabras
pueden hacer mucho bien y también mucho mal; pueden curar y pueden
herir; pueden alentar y pueden deprimir. Recordadlo: lo que cuenta no es lo
que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón.
Que la Virgen nos enseñe, con su ejemplo, a acoger la Palabra, custodiarla
y hacerla fructificar en nosotros y en los demás.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 10 de
julio de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Os agradezco que hayáis venido para la cita del Ángelus aquí a
Castelgandolfo, a donde llegué hace pocos días. Aprovecho de buen grado la
ocasión para dirigir mi saludo cordial también a todos los habitantes de esta
querida localidad, con el deseo de una feliz estación estival. Saludo en
particular a nuestro obispo de Albano.
En el Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23), Jesús se dirige
a la multitud con la célebre parábola del sembrador. Es una página de
algún modo «autobiográfica», porque refleja la experiencia misma de
Jesús, de su predicación: él se identifica con el sembrador, que
esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, y percibe los diversos efectos
que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio. Hay quien escucha
superficialmente la Palabra pero no la acoge; hay quien la acoge en un
primer momento pero no tiene constancia y lo pierde todo; hay quien
queda abrumado por las preocupaciones y seducciones del mundo; y hay
quien escucha de manera receptiva como la tierra buena: aquí la
Palabra da fruto en abundancia.
Pero este Evangelio insiste también en el «método» de la predicación de
Jesús, es decir, precisamente, en el uso de las parábolas. «¿Por qué les
hablas en parábolas?», preguntan los discípulos (Mt 13, 10). Y
Jesús responde poniendo una distinción entre ellos y la multitud: a los
discípulos, es decir, a los que ya se han decidido por él, les puede hablar
del reino de Dios abiertamente; en cambio, a los demás debe anunciarlo
en parábolas, para estimular precisamente la decisión, la conversión
del corazón; de hecho, las parábolas, por su naturaleza, requieren un esfuerzo
de interpretación, interpelan la inteligencia pero también la
libertad. Explica san Juan Crisóstomo: «Jesús pronunció estas palabras con
la intención de atraer a sí a sus oyentes y solicitarlos asegurando que, si se
dirigen a él, los sanará» (Com. al Evang. de Mat., 45, 1-2). En el
fondo, la verdadera «Parábola» de Dios es Jesús mismo, su Persona, que,
en el signo de la humanidad, oculta y al mismo tiempo revela la divinidad.
De esta manera Dios no nos obliga a creer en él, sino que nos atrae hacia sí
con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado: de hecho, el amor
respeta siempre la libertad.
Queridos amigos, mañana celebraremos la fiesta de san Benito, abad y
patrono de Europa. A la luz de este Evangelio, contemplémoslo como maestro
de la escucha de la Palabra de Dios, una escucha profunda y perseverante.
Debemos aprender siempre del gran patriarca del monaquismo occidental a
dar a Dios el lugar que le corresponde, el primer lugar, ofreciéndole,
con la oración de la mañana y de la tarde, las actividades de cada día. Que
la Virgen María nos ayude a ser, según su modelo, «tierra buena» donde la
semilla de la Palabra pueda dar mucho fruto.
DOMINGO XVI T.O.
Monición de entrada.-
A la iglesia venimos todos y todos podemos
entrar.
Porque aquí no vienen solo las buenas
personas, sino los buenos y los buenos buenos.
La familia de Jesús, la Iglesia, es santa y
pecadora, todo a la vez.
La Iglesia sin mancha ni arruga es la misma
que le pide perdón a Jesús por sus pecados.
Señor, ten piedad.-
Tú que siembras en nosotros la buena semilla.
Señor, ten piedad.
Tú que tienes paciencia con nosotros. Cristo, ten piedad.
Tú que eres nuestra paz. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Para que ayudes al Papa León y a nuestro
obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.
Para que las parroquias aceptemos con
paciencia que tu Palabra crece lentamente.
Te lo pedimos, Señor.
Para que nadie divida el mundo en buenos y
malos. Te lo pedimos, Señor.
Para que nadie se sienta mal visto por
nosotros. Te lo pedimos, Señor.
Para que respetemos el juicio de Dios y no
llamemos cizaña a las personas que pueden ser trigo. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-

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