Primera lectura.
Lectura del libro de
Isaías 55, 6-9
Buscad al Señor mientras
se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca. Que el malvado abandone su
camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá
piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque mis planes no son vuestros
planes, vuestros caminos no son mis caminos – oráculo del Señor –. Cuanto dista
el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de
vuestros planes.
Textos paralelos.
Buscad a
Yahvé.
Os 5, 6: Como ovejas y vacas / irán en busca del
Señor, / sin encontrarlo, / pues se ha apartado de ellos.
Mientras está cercano.
Sal 145, 18: Cerca está el Señor de los que lo
invocan, / de los que lo invocan sinceramente.
Dt 4, 7: Pues ¿qué nación grande tiene un dios tan
cercano como está el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?
Se vuelva a Yahvé, el compasivo.
Lc 15, 20: Y se puso en camino a casa de su padre.
Estaba aún distante, cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se
le echó al cuello y le besó.
Za 1, 3: Ahora diles: Así dice el Señor de los
ejércitos. Volved a mí – oráculo del Señor de los ejércitos –, y yo volveré a
vosotros – dice el Señor de los ejércitos.
Pues cuanto se elevan.
Sal 103, 11: Pues como se eleva el cielo sobre la
tierra, / así vence su misericordia a sus fieles.
Notas exegéticas.
55 Última exhortación a participar en los bienes de la nueva alianza,
vv.1-5, y a convertirse mientras aún es tiempo, vv. 6-11.
Salmo responsorial
Sal 144, 1-3.8-9.17-18
R/. Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo
invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.
Textos paralelos.
Todos los días te
bendeciré.
Sal 44, 5: ¡Tú eres mi
Rey y mi Dios, / que asignas las victorias a Jacob!
Sal 34, 2: Bendigo al
Señor en todo momento, / su alabanza está siempre en mi boca.
Sal 68, 20: Bendito el
Señor cada día: / Dios carga con nuestra salvación.
Grande es Yahvé, muy
digno de alabanza.
Sal 48, 2: ¡Grande es el
Señor! y muy digno de alabanza / en la ciudad de nuestro Dios.
Sal 95, 3: Porque el
Señor es un Dios Máximo, / rey supremo de todos los dioses.
Jb 36, 26: Mira, Dios es
sublime, no lo entendemos / y no podemos contar sus años.
Sal 71, 18: Ahora, en la
vejez y las canas, / Dios, no me abandones, / hasta que anuncie tu brazo y tu
fuerza / a la generación venidera.
Sal 78, 4: No lo
encubriremos a nuestros hijos, / lo contaremos a las siguientes generaciones.
Es Yahvé clemente y
misericordioso.
Sal 103, 8: “El Señor es
compasivo y clemente, / paciente y misericordioso.
Bueno es Yahvé para
con todos.
Sal 103, 13: Como un
padre se enternece con sus hijos, / así se enternece el Señor con sus fieles.
Sb 1, 13-14: Dios no
hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. / Todo lo creó para que
subsistiera; / las criaturas del mundo son saludables; / no hay en ellas veneno
de muerte ni el abismo impera en la tierra.
Yahvé es justo cuando
actúa.
Dt 32, 4: Él es la Roca,
sus obras son perfectas, / sus caminos son justos.
Cerca está Yahvé de
los que lo invocan.
Dt 4, 7: Pues, ¿qué
nación grande tiene un dios tan cercano como está el Señor, nuestro Dios,
cuando lo invocamos?
Jr 29, 13: Me buscaréis
y me encontraréis, si me buscáis de todo corazón.
Is 58, 9: Entonces
clamarás al Señor, / y te responderá; / pedirás auxilio, y te dirá: Aquí estoy.
/ Si destierras de ti los cepos, / y el señalar con el dedo, / y la
maledicencia.
Notas exegéticas.
145 Salmo “alfabético”, que toma prestados segmentos de otros salmos.
Segunda lectura.
Lectura de la carta del
apóstol san Pablo a los Filipenses 1,20c-24.27a.
Hermanos:
Cristo será glorificado
en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo y el morir
un trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en esta alternativa: por
un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero,
por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Lo
importante es que vosotros llevéis una vida digna del evangelio de Cristo.
Textos paralelos.
Cristo será glorificado en mi cuerpo.
1 Co 6, 20: Os ha comprado pagando un precio, por tanto glorificad a
Dios con vuestro cuerpo.
Ga 2, 20: Y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí. Y mientras vivo
en carne mortal, vivo de fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.
Col 3, 3: Pues habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo
en Dios.
Me quedaré con todos vosotros.
Flp 1, 4: Y siempre que pido cualquier cosa por todos vosotros, lo hago
con gozo.
Flp 2, 16: Ostentando el mensaje de la vida. Esa será mi gloria el día
de Cristo: la prueba de que no he corrido en vano ni me he fatigado en vano.
1 Co 15, 31: Día a día estoy muriendo. Lo juro, hermanos, por el
orgullo que siento de vosotros ante Cristo Jesús Señor nuestro.
2 Co 1, 14: Y como lo habéis comprendido en parte, espero que lo
comprenderéis del todo: que el día de nuestro Señor Jesús seremos vuestro
orgullo como vosotros el nuestro.
2 Co 5, 12: Y no intentamos otra vez recomernos a vosotros; deseamos
más bien daros ocasión de estar orgullosos de nosotros frente a los que
presumen de apariencias y no de lo interior.
1 Ts 2, 19: Pues,
cuando venga el Señor nuestro, Jesús, ¿quién sino vosotros será nuestra
esperanza y gozo y la corona de la que estemos orgullosos de él?
Notas exegéticas.
1 20 Pablo
razona aquí para formarse una decisión discerniendo entre lo que es
teóricamente mejor, es decir, “estar con Cristo”, vv. 21-23, y lo que es
necesario para el bien de la comunidad, v. 24.
1 25 Este
presentimiento – que no llega a certeza, ver 2, 17 – se cumplió (ver Hch 20,
1-6 y las Epístolas Pastorales), contrariamente a lo que expresó en el discurso
de Mileto, Hch 20, 26.
1 26 O
bien: “orgullo” (kaúchema). El motivo profundo de esta satisfacción de los filipenses es la
comunión en Cristo, que se verá también reavivada por su vuelta a Filipos (“por
mi causa”, lit. “en mí”). Más tarde (2, 16, ver 1 Ts 2, 19), será la vida de la
comunidad la fuente del orgullo de Pablo.
1 27 (a) El
término griego (politeúomai) significa propiamente “llevar vida de ciudadanos”, conforme a las
leyes de una ciudad. La Ciudad nueva del Reino de Dios tiene por Rey a Cristo,
al Evangelio como ley, y al cristiano como ciudadano, ver 3, 20; Ef 2, 19.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer
salió a contratar jornaleros para sus viñas. Después de ajustarse con ellos en
un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio
a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a
mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a
media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados,
y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le
respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi
viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y
págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros·.
Vinieron los del atardecer y y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron
los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un
denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos
últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que
hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo
tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti, ¿Es que no tengo
libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia
porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.
Textos paralelos.
Al atardecer dijo el dueño de la viña.
Lv 19, 13: No explotarás a tu prójimo ni lo expropiarás. No dominará
contigo hasta el día siguiente el jornal del obrero.
Dt 24, 14-15: No explotarás al jornalero, pobre y necesitado, sea
hermano tuyo o emigrante, que vive en tu tierra, en tu ciudad.
¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero?
Rm 9, 19-21: Objetarás: ¿Por qué se queja, si nadie puede oponerse a su
decisión? Y tú, hombre, ¿quién eres para replicar a Dios? ¿Puede la obra
reclamar al artesano que la hace así? ¿No tiene el alfarero libertad para hacer
de la misma masa un objeto preciso y otro sin valor?
¿O va a tu ojo malo porque yo soy bueno?
Mt 19, 30: Pero muchos primeros serán últimos y últimos serán primeros.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
20 Contratando
hasta la tarde a obreros sin trabajo y dándoles a todos el jornal completo, el
dueño de la viña da pruebas de una bondad que sobrepasa la justicia, sin
lesionarla por lo demás. Así es Dios, que admite en su Reino a los que han
llegado tarde, como los pecadores y paganos. Los llamados a primera hora (los
judíos beneficiarios de la alianza desde Abrahán) no deben escandalizarse por
ello.
20 15 Aquí acababa probablemente la parábola original, dirigida quizá a los
fariseos, lo mismo que las parábolas de Lc 15.
20 16 Adicción: “Porque muchos son llamados, más pocos escogidos”, sin duda
tomado de 22, 14.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.
20, 1-16 La parábola, que enlaza con 19,30 mediante el “pues” inicial, contradice
nuestro concepto humano de “justicia” y establece que se ha definido (Daniélou)
·el derecho de Dios a tratar con los hombres con la más perfecta desigualdad y
sin tener en cuenta los diversos derechos” (cf. 6, 1 a propósito de recompensa).
Esta doctrina no estaba lejos de la aceptada en los círculos de judíos
piadosos, como lo prueba esta «perla en la boca de los rabinos de Yamnia (s.
I): “Quizás dirás: yo hago mucho, y él (=mi prójimo) poco. Pero nosotros hemos
aprendido: es igual el que hace poco que el que hace mucho, a condición,
únicamente, de que dirija su corazón hacia el cielo”» (BBer 2, 16).
1 EL
REINO DE LOS CIELOS ES PARECIDO A…: con el reino de los cielos (cf. 3, 2) pasa
lo que con… (cf. 13, 24). // UN AMO: lit. un hombre dueño, el “dueño de
la casa”, como en 13, 52 y en otros pasajes.
3-6 [LA] HORA TERCIA: lo que para nosotros son las 8-9 de la mañana. //
PARADOS: lit. en pie, aunque no haya que entenderlo materialmente. SIN
TRABAJO: el vocablo griego tiene también el significado de “infructuoso”, “sin
producir fruto”. // [LA] HORA SEXTA: de 11 a 12 de mediodía. La hora NONA: de 2
a 3 de la tarde. // [LA] HORA UNDÉCIMA: lo que para nosotros son las 4-5 de la
tarde.
10 RECIBIRÁN:
lit. recibirán (como copiando el estilo directo; pensaban: recibiremos).
13 COMPAÑERO:
al igual que en 22, 12 y 26, 50, no es el apelativo de la amistad el
vocablo griego, que aquí va envuelto en ironía, tiene matiz negativo.
15 EN
MIS ASUNTOS: o bien, si la expresión griega (lit. en las cosas mías) se
le da sentido local: en mis fincas, en mis tierras. // VES CON MALOS
OJOS…: lit. el ojo de ti malo es porque (= por la envidia que tienes al
ver que) yo bueno soy.
16 Estas
palabras forman inclusión con las de 19, 30.
Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.
20, 1-16 Nuestras buenas obras no son un pago para ganarnos la salvación, sino una
respuesta y un don de la gracia de Dios. La parábola nos ayuda a distinguir
entre la idea cristiana de mérito y la idea más bien mercenaria (pelagiana) de
salario. Al final, todos los que responden a su gracia y han sido justificados
por Dios reciben la plenitud de la vida eterna. Catecismo de la Iglesia
Católica, 2008.
Catecismo de la Iglesia Católica.
2008 El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios
ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción
paternal de Dios es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del
hombre es lo segundo, en cuanto que este colabora, de suerte que los méritos de
las obras buenas deben atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al
fiel, seguidamente. Por otra parte, el mérito del hombre recae también en Dios,
pues sus buenas acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de
los auxilios del Espíritu Santo.
Concilio Vaticano II
Aunque tenemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior y
deseamos estar con Cristo. Esta misma caridad nos apremia a vivir cada vez más
para Aquel que murió y resucitó por nosotros. Intentamos, por tanto, agradar a
Dios en todo y nos ponemos la armadura de Dios para poder permanecer firmes
frente a las acechanzas del diablo y resistir en el día malo. Como no sabemos
ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar
continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en
la tierra, mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos
y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las
tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes. En efecto,
antes de reinar con Cristo glorioso, todos compareceremos ante el tribunal de
Cristo para dar cuenta cada uno del bien y del mal que hizo durante su vida en
este cuerpo. Al fin del mundo, los que hicieron el mal resucitarán para el
juicio. Considerando, por tanto, que los sufrimientos de esta vida no se pueden
comparar con la gloria futura que se manifestará en nosotros, fuertes en la fe
aguardamos la feliz esperanza y la venida gloriosa del gran Dios y de nuestro
Salvador Jesucristo. Él transformará nuestro humilde cuerpo en un cuerpo
glorioso parecido al suyo y vendrá a que lo glorifiquen todos sus santos y lo
admiren todos sus creyentes.
Lumen gentium, 48.
Los Santos Padres.
¿Qué es, pues, lo que dice la parábola? Esto es lo que ante todo es
menester poner en claro para resolver luego otras dificultades. Llama viña a
los preceptos y mandamientos de dios; tiempo de trabajo es la presente vida;
obreros, los que de diversos modos son llamados a guardar los mandamientos de
Dios; horas de la mañana, tercia, sexta, nona y undécima, los que en diversas
edades se vuelven a Dios y se distinguen por su virtud.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 64, 3. 1b, pg.
145.
El Señor, huyendo de la ambición, habla sobre otro amo, siendo Él mismo
el amo y administrador del Reino del Cielo. Por día expresa todo el periodo
durante el que, en diferentes momentos desde la transgresión de Adán, llama a
los justos a la obra divina, apartando una recompensa por sus acciones. En
torno a la primera hora se refiere a aquellos del tiempo de Adán y Henoc, los
de la tercera hora son los de los tiempos de Noé, Sem y los justos que
descienden sobre ellos. (...). Los trabajadores llamados a la hora sexta son
los de los tiempos de Abrahán, el tiempo de la institución de la circuncisión;
los de la undécima hora son los del momento antes de la venida de Cristo.
Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 226. 1b,
pg. 146.
¿Con qué fin fue compuesta esta parábola y qué trata de conseguir? Lo que
la parábola intenta es animar más y más a los que en su vejez se han convertido
a Dios y han corregido su vida, y no consentirles que se tengan por inferiores.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 65. 1b, pag. 147.
San Jerónimo.
20.1.2. El Reino de los cielos se parece a un padre de familia que salió muy de
madrugada. Esa
parábola o comparación sobre el Reino de los cielos se explica por lo que
precede. Un poco antes está escrito: Muchos de los primeros serán los
últimos y muchos de los últimos serán los primeros; el Señor no se refiere
al tiempo sino a la fe.
Todos, igualmente sublevados por la envidia contra los últimos, acusaron
de injusticia al padre de familia, no porque hubieran recibido menos de lo
convenido sino porque querían recibir más que aquellos sobre los que se había
derramado la bondad del patrón.
Según mi parecer, los obreros de la primera hora son Samuel, Jeremías y
Juan Bautista, que pueden decir con el salmista: desde el seno de mi madre
tú eres mi Dios (Sal 21,11). Los obreros de la tercera hora son los que
comenzaron a servir a Dios desde la adolescencia; de la hora sexta, los que
recibieron el yugo de Cristo en la edad madura; de la novena, los que lo
hicieron al declinar en la vejez, y finalmente, los de la undécima, los que
estaban en extrema ancianidad.
Algunos comentaban la parábola de otra manera. Según ellos, a la primera
hora fueron enviados a la viña Adán y los demás patriarcas hasta Noé; a la
tercera, el mismo Noé hasta Abraham y la circuncisión que le fue prescrita; a
la sexta desde Abraham hasta Moisés cuando fue dada la Ley; a la novena el
mismo Moisés y los profetas; a la undécima los apóstoles y el pueblo de los
gentiles a quienes todos envidian.
Todos los que fueron llamados antes envidian a los gentiles y se
retuercen por la gracia del Evangelio. Por eso el Salvador concluye la parábola
diciendo: Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros
porque los judíos, de cabeza que eran se convirtieron en cola y nosotros
pasamos de ser cola a ser cabeza.
13. Amigo, no soy injusto contigo. He leído en un libro [Orígenes, Comentario
a Mateo, XV, 35) que este amigo, a quien increpa el padre de familia,
obrero de la primera hora, designa al primer hombre creado y a aquellos que han
creído en aquel tiempo.
15.16. ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno? Encontramos el mismo sentido en aquella
parábola de Lucas donde el hijo mayor, celoso del menor, no quiere recibirlo
arrepentido y acusa a su padre de injusticia. Y para que sepamos que el sentido
es el que hemos propuesto, el título de esta parábola y su conclusión se
corresponden: Así, dice, los últimos serán los primeros y los
primeros serán los últimos; en efecto, muchos son los llamados, pocos los
elegidos.
San Agustín.
Pensad que sois vosotros
quienes habéis sido conducidos a la viña. Quienes vinieron siendo aún niños,
considérense los conducidos a primera hora; quienes siendo adolescentes, a la
hora tercia, quienes en su madurez, a la sexta; quienes eran ya más graves, a
la nona, y quienes ya ancianos, a la hora undécima. No os preocupéis del
tiempo. Mirad el trabajo que realizáis; esperad seguros la recompensa. Y si
consideráis quién es vuestro Señor, no tengáis envidia si la recompensa es para
todos igual. Sabéis cuál es el trabajo, pero lo recordaré. Escuchad lo que ya
sabéis y realizad lo que oísteis.
Presentemos todos
nuestro corazón a Dios, para que lo vea, y realicemos el trabajo con ilusión.
No ofendamos a quien nos contrata, para recibir con a frente alta la
recompensa.
Sermón 49,2.
San Juan de Ávila.
1.El
oficio de padre de las campañas: el que tiene casa y hacienda [y] lleva obreros
a trabajar, hales de pagar muy bien a los trabajadores el jornal que puso con
ellos; no los ha de defraudar en la paga de su trabajo. El que derrama la
sangre de su prójimo y el que no paga el jornal al que trabajo en su
hacienda, igualmente peca, hermanos son (Eclo 34, 27), iguales los hace
la sagrada Escritura. El que tiene hacienda para llevar a ella quien se la cure
y labre, tenga manos para pagalle su jornal y trabajo. El cargo del que va a
trabajar es hacer fielmente todo lo que pudiere y trabajar con diligencia y
cuidado.
2. Véislo,
pues, aquí bien repartido. El Señor de la viña es Dios, es muy buen pagador a
maravilla. Quejaos por ahí de ese pagador. ¿Págaos mal lo que por él trabajáis?
Los trabajadores somos nosotros. ¡Cuáles somos! Dios nos haga mejores por su
bondad y misericordia.
5. Veislo
hasta aquí cuidado en enviar a trabajar gente a su viña; a la noche verlo heis
bondadoso en pagar, y como les hizo pagar igualmente, y como murmuraron los que
primero habían venido a la viña, y lo que el padre de las compañas respondió.
6.
A este propósito digo: extrema bondad es sacar bien de mal; y por el contrario,
gran mal es sacar mal de bien y bondad; arte y condición del diablo es sacar
mal y bien. Dios es contrario de esto, que saca bien del mal; arte suya y
propiedad suya es sacar del mal bien. Tu ojo está malo, que yo bueno soy; en ti
está la maldad, que yo bien hago; a este hago misericordia y a ti justicia, a
ninguno hago injuria; yo quiero a este darle tanto como a vos. Yo me igualé con
vos, que os daría un denario; tomadlo y ios enhorabuena (cf. Mt 20, 13-14).
¿Qué os da a vos que dé yo tanto a este que vino a la postre como a los que
vinieron de mañana? Vois sois malo, que os pesa del bien que hago, y yo soy
bueno en lo hacer. ¿Por qué no podré yo hacer bien a quien yo quisiere?
Así será que los postreros serán primeros y los primeros postreros;
muchos son los llamados y pocos los escogidos (Mt 20, 16). Díjolo esto el Señor a este
primero para dar a entender que muchos que comienzan a servir a Dios, porque no
os descuidéis, que muchos de estos primeros son postreros: serán flacos y
tibios y se quedarán atrás, y otros, que comenzaron después, pasarán delante en
aprovechamiento de devoción, aunque vinieron a la postre.
7. –
Señor, pues que trabaja uno más que otro, ¿por qué le dan igual jornal? – Estos
son los juicios de Dios. Debieron de trabajar estos postreros con calidad
alguna, con la cual no trabajaron los otros; que aprovechamiento en el servicio
de Dios, el saber en la escuela, no está en la mansedumbre de los años y obras,
sino en el amor vivo, en aquello que es como mostaza que quema, que está dentro
la fuerza y su virtud, en el hervor con que lo haces, en la intención con que
lo enderezas, en el sabor con que en ello aplaques. Así acontecerá que, por la
gracia de Dios, más de uno que da una blanca por Dios que otro que da un gran
numero de ducados; un sospiro que dio uno en un rincón, que cuantos ayunos y
disciplinas que otro haga días y noches.
Sentencia es de Jesucristo, que no mira tanto Nuestro Señor al don cuanto
a la voluntad y amor con que se da. Mira más Nuestro Señor al amor con que das,
aquella dificultad que hallas en hacer alguna cosa y el trabajo que pones en
cumplir y obedecer a Nuestro Señor, aquella ansia que tienes por cumplir lo que
te mando, aquel celo de la honra de Dios que le deseas dar, aquello es lo que
Dios mira, que no al otro que sin amor ni vivez, como de costumbre, lo hace,
sin más sentimiento, como si no hiciese nada; aquello no es tan acepto al Señor
ni lo paga tan en abundancia. Los postreros que vinieron a trabajar debieron de
arrepentirse, porque vinieron tarde a la viña del Señor, y dolerse hían por lo
poco que trabajaron, y los que trabajaron debió ser con gran ansia y con deseo
que no se les acabara el día para trabajar más, y no mirar a lo que el Señor
les había de dar, sino a hacer su hacienda y contentar a su Señor.
Sermón domingo de Septuogésima. OC III. Pg. 113-116.
-Señor, ¿qué he de hacer?, ¿tengo que irme al yermo? Soy casado, ¿heme de
enflaquecer ayunando?, ¿he de dar toda mi hacienda por amor de Dios, que no me
quede nada para mi mujer y para mis hijos? - ¡Oh santo Dios! Dice Pablo: Si
linguis hominum loquar (aunque hablara todas las lenguas), etc. (1 Co 13,
1). Acullá dice Cristo que si dierdes un jarro de agua fría por su amor, que no
quedaréis sin galardón. ¿Cómo, pues, se tiemplan estas cuerdas? ¿Cómo
concertaremos esta vigüela, que suene bien, y que digan? La caridad lo hace. Si
no tienes caridad con que ames a Dios y al prójimo, todo no te vale nada (1 Co
13, 3); aunque te vendas en tierra de moros y des por Dios el precio que dieron
por ti, no vale nada y un jarro de agua que des con caridad y amor no irá sin
galardón (Mc 9, 40), si le das con intención de servir y agradar a Dios. ¿Qué
es trabajar en la viña de Dios? En la plaza puedes estar y cavando en el campo,
y otro en el altar ofreciendo a Dios en sacrificio a su Hijo, y tú trabajas en
la viña de Dios, y el otro en la del diablo, si tú haces aquello por mantener
tus hijos y mujer, y el otro por la pitanza [razón de comida que se distribuye
a los que viven en comunidad o a los pobres] o por querer parecer santo. Los
corazones son los que agradan a Dios, los que reciben a Dios, no lo material de
la obra. Ansí acá, si no va vestida o entrañada con esta intención de su
servicio y amor. Si está jugando a las cañas por honra de Dios y en la Iglesia
va por ver a hulana, los lugares diversos son, pero porque allí está con
corazón maldito y acá con sana intención, para ti la iglesia viña es del
demonio, y para el otro la plaza y las ventanas y los gastos y sedas, viña es
de Dios, que entonces la labras.
No se engañe nadie con decir: “Casado soy, ocupado estoy; no puedo ni
tengo ni hallo lugar para entender en cosas de Dios; harto tengo que hacer en
proveer mi casa”. Ve a la plaza por amor de Dios; ama a tu mujer y hijos por
amor de Dios; entiende en tu oficio y trato lícito, ganando con que sustentes
lo que Dios te dio a cargo, y tente por jornalero. Lo que Dios pide es esto, la
diferencia de los corazones, no la diferencia de la obra. Una misma obra puede
ser labranza de Dios y del diablo, según la intención que se hace, porque, si
lo hiceres con esta intención de agradar a Dios y provecho del prójimo, esto es
trabajar en la viña de tu ánima, alquilado de Dios; esto es ser su jornalero.
El que de esta manera trabajare espera recebir el jornal del padre de las
compañas, que es Dios.
Sermón domingo de Septuogésima. OC III. Pg. 121-122.
¡Qué bien pagada será allí la obra de misericordia que por honra de esta
santa procesión hicieres mañana perdonando a quien te ha ofendido o dando de
comer al probre, vistiendo al desnudo, rescatando al cautivo, con otras obras
semejantes, pues en pago de ellas te hará Dios participante en aquella grande,
entera e inefable misericordia que tiene prometido de hacer allá con los aquí
obraren misericordia! La cual, así como Jesucristo nuestro Señor nos la ganó
con su preciosa muerte y pasión, viviendo en esta vida mortal, así Él mismo,
reinando en el cielo y sentado en el trono de gloria que el Eterno Padre le
dio, nos ha de poner en posesión de la gloria que nos ha de ser dada y
conservarnos en ella, pues Él es Juez de vivos y muertos y mayordomo de su
Padre, al cual dijo que pagase el jornal a los trabajadores (cf. Mt 20, 8).
Sermón del Santísimo Sacramento. OC III. Pg. 512.
San Oscar Romero. Homilía. 24 de
septiembre de 1978.
El objetivo de esta parábola de los trabajadores de la viña, refleja la
crisis del primer cristianismo: eran los fariseos, los judíos que se convertían
al cristianismo, que se sentían dueños del cristianismo, porque era la Biblia,
era Cristo. Y decían que ellos habían venido a adorar al Dios desde las
primeras horas del día, se sentían con derechos, en cambio a estos gentiles que
San Pablo iba encontrando y dándoles a conocer el mismo Cristo los consideraban
como cristianos de segundo orden. Y San Pablo y la primitiva comunidad decían
que sólo en Cristo hay salvación. Y el judío no se salva por guardar la ley de
Moisés, sino por creer en Cristo. Y el gentil, el pagano, se salva por Cristo.
Uno y otro no tienen derechos, más que agradecimiento al Cristo. Y esto lo
resolvió la primera comunidad, así como se resuelve la parábola de hoy: pagando
igual a todos, es decir, dándoles a conocer el Dios que les acabo de presentar;
un Dios que no reconoce privilegios, más que la santidad de cada hombre, venga
de donde viniere.
León XIV. Audiencia. 9 de septiembre de 2026. Catequesis - Catequesis – Los documentos del Concilio Vaticano II. IV.
Constitución pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 2.
La dignidad humana: don y responsabilidad
Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
La Constitución conciliar Gaudium
et spes (GS), al dedicar el primer capítulo a la dignidad de la
persona humana, subraya que esta es fundamento y condición de aquellos «valores
que hoy disfrutan la máxima consideración», pero que necesitan no perder la
relación con «su fuente divina», para sustraerse a las posibles distorsiones
debidas a la «la corrupción del corazón humano» (GS,
11).
Papa León XIV. Angelus. 13 de
septiembre de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy el Evangelio (cf. Mt 18,21-35) nos
habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo
enseñó y lo atestiguó hasta en la cruz, donde oró al Padre por sus
perseguidores con las palabras que todos conocemos: «Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
En el pasaje de hoy, Pedro interroga al Maestro
precisamente sobre este tema: «Señor —le pregunta—, ¿cuántas veces tendré que
perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21).
Sus palabras revelan un corazón generoso: el número siete, de hecho,
simboliza en la Biblia la plenitud, y “perdonar siete veces” significa
perdonar con gran generosidad. La respuesta de Jesús, sin embargo, va más allá:
«No te digo que hasta siete veces —afirma—, sino hasta setenta veces siete» (v.
22), es decir, más allá de todo límite, sin medida.
Y para aclarar mejor su pensamiento, el Salvador cuenta
la parábola de un siervo que tenía, una deuda tan grande con su señor, que era
prácticamente imposible de pagar. Aunque por pura misericordia, había obtenido
la condonación no había mostrado la misma piedad hacia uno de sus compañeros, y
por eso fue reprendido y castigado severamente (vv. 23-30).
Con estas palabras, Jesús nos recuerda que el don y el
perdón son la base de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor, y
ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta
bondad. Por eso, la gratuidad, que es la fuente de nuestra propia
vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia. Lo
experimentamos cada día. El perdón es indispensable, sin él no se puede
vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, surgen
conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones,
dividen a las familias y desencadenan guerras.
Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde
la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el
horizonte y ha hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa
incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol. El
mismo san Pedro lo experimentó en varias ocasiones a lo largo de su vida; en
particular cuando, tras haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al
encontrárselo resucitado a orillas del lago, escuchó una única pregunta: «Simón
[…], ¿me amas?» (Jn 21,15), acompañada de una invitación: «Sígueme»
(v. 19). Exactamente como al principio, el día de su primer encuentro, como si
nada hubiera pasado. Y esta caridad, que olvida y sana, supondrá para el
primero de los apóstoles la confirmación de su misión.
Pidamos, pues, a la Virgen María, Madre de la
Misericordia, que nos ayude a perdonar siempre, incluso cuando resulte difícil
dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y
sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor.
Papa Francisco. Angelus. 24 de
septiembre de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de la Liturgia del día nos presenta una parábola sorprendente:
el propietario de una viña sale desde las primeras horas del alba hasta la
noche para llamar a algunos jornaleros, pero, al final, paga a todos del mismo
modo, incluso a los que han trabajado solamente una hora (cf. Mt 20,1-16).
Podría parecer una injusticia, pero no hay que leer la parábola a través de
criterios salariales; más bien nos quiere mostrar los criterios de Dios,
que no hace el cálculo de nuestros méritos, sino que nos ama como hijos.
Detengámonos sobre dos acciones divinas que emergen del relato. En primer
lugar, Dios sale a todas las horas para llamarnos; en segundo lugar, paga a
todos con la misma “moneda”.
Ante todo, Dios es Aquel que sale a todas las horas para llamarnos.
La parábola dice que el propietario «al amanecer salió a contratar jornaleros
para su viña» (v. 1), pero después continúa saliendo a varias horas
del día hasta el atardecer, para buscar a aquellos a los que nadie había
incorporado al trabajo todavía. Comprendemos así que en la parábola los
trabajadores no son solamente los hombres, sino Dios, que sale siempre, sin
cansarse, todo el día. Así es Dios: no espera nuestros esfuerzos para venir
a nosotros, no nos hace un examen para valorar nuestros méritos antes de
buscarnos, no se rinde si tardamos en responderle; al contrario, Él a
menudo ha tomado la iniciativa y en Jesús “ha salido” hacia nosotros, para
manifestarnos su amor. Y nos busca a todas las horas del día que, como afirma
San Gregorio Magno, representan las diversas fases y estaciones de nuestra vida
hasta la vejez (cf. Homilías sobre el Evangelio,19). Para su
corazón nunca es demasiado tarde, Él nos busca y nos espera siempre. No nos
olvidemos de esto: El Señor nos busca y nos espera siempre, ¡siempre!
Precisamente porque tiene el corazón tan amplio, Dios – es la
segunda acción – paga a todos con la misma “moneda”, que es su amor. He
aquí el sentido último de la parábola: los jornaleros de la última hora son
pagados como los primeros, porque, en realidad, la de Dios es una justicia
superior. Va más allá. La justicia humana dicta “dar a cada uno lo suyo,
según lo que merece”, mientras que la justicia de Dios no mide el amor
en la balanza de nuestros rendimientos, de nuestras prestaciones y de nuestros
fallos: Dios nos ama y basta, nos ama porque somos hijos, y lo hace
con un amor incondicional, un amor gratuito.
Hermanos y hermanas, a veces corremos el riesgo de tener una relación
“mercantil” con Dios, centrándonos más en nuestras propias bondades que en su
generosidad y su gracia. A veces también como Iglesia, en vez de
salir a cada hora del día y tender los brazos a todos, podemos sentirnos los
primeros de la clase, juzgando a los demás lejanos, sin pensar que Dios los ama
también a ellos con el mismo amor que tiene para nosotros.
Y también en nuestras relaciones, que son el tejido de la sociedad, la
justicia que practicamos a veces no es capaz de salir de la jaula del cálculo y
nos limitamos a dar según lo que recibimos, sin atrevernos a más, sin
apostar por la eficacia del bien hecho gratuitamente y del amor ofrecido con
amplitud de corazón. Hermanos, hermanas, preguntémonos: Yo cristiano, yo
cristiana, ¿sé salir hacia los demás? ¿Soy generoso, soy generosa hacia todos, sé
dar ese “más” de comprensión, de perdón, como Jesús hizo conmigo y hace todos
los días conmigo?
Que la Virgen nos ayude a convertirnos a la medida de Dios, esa de un amor
sin medida.
Papa Francisco. Ángelus. 20 de
septiembre de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La página del Evangelio de hoy (cfr. Mt 20,1-16)
narra la parábola de los trabajadores llamados a jornal por el dueño de una
viña. A través de esta historia, Jesús nos muestra el sorprendente modo de
actuar de Dios, representado en dos actitudes del dueño: la llamada y la
recompensa.
En primer lugar, la llamada. El dueño de la viña
sale en cinco ocasiones a la plaza y llama a trabajar para él: a las seis, a
las nueve, a las doce, a las tres y a las cinco de la tarde. Es conmovedora la
imagen de este dueño que sale varias veces a la plaza a buscar trabajadores
para su viña. Ese dueño representa a Dios, que llama a todos y llama
siempre, a cualquier hora. Dios actúa así también hoy: nos sigue llamando a
cada uno, a cualquier hora, para invitarnos a trabajar en su Reino. Este es el
estilo de Dios, que hemos de aceptar e imitar. Él no está encerrado en su
mundo, sino que “sale”: Dios siempre está en salida, buscándonos; no
está encerrado. Dios sale, sale continuamente a la búsqueda de las personas,
porque quiere que nadie quede excluido de su plan de amor.
También nuestras comunidades están llamadas a
salir de los varios tipos de “fronteras”, que pueden existir, para ofrecer a
todos la palabra de salvación que Jesús vino a traer. Se trata de abrirse
a horizontes de vida que ofrezcan esperanza a cuantos viven en las periferias
existenciales y aún no han experimentado, o han perdido, la fuerza y la luz
del encuentro con Cristo. La Iglesia debe ser como Dios: siempre en salida; y cuando
la Iglesia no sale, se pone enferma de tantos males que tenemos en la
Iglesia. ¿Por qué estas enfermedades en la Iglesia? Porque no sale. Es cierto
que cuando uno sale existe el peligro de que tenga un accidente. Pero es mejor
una Iglesia accidentada por salir, por anunciar el Evangelio, que una Iglesia
enferma por estar encerrada. Dios sale siempre, porque es Padre, porque ama. La
Iglesia debe hacer lo mismo: siempre en salida.
La segunda actitud del dueño, que representa la de
Dios, es su modo de recompensar a los trabajadores: ¿cómo paga Dios? El dueño
se pone de acuerdo con los primeros obreros, contratados por la mañana, para
pagarles «un denario» (v. 2). En cambio, a los que llegan a continuación les
dice: «Os daré lo que sea justo» (v. 4). Al final de la jornada, el dueño de la
viña ordena que a todos les sea dada la misma paga, es decir, un denario.
Quienes han trabajado desde la mañana temprano se indignan y se quejan del
dueño, pero él insiste: quiere dar el máximo de la recompensa a todos, incluso
a quienes llegaron los últimos (vv. 8-15). Dios siempre paga el máximo. No
se queda a mitad del pago. Paga todo. Y aquí se comprende que Jesús no
está hablando del trabajo y del salario justo, que es otro problema, sino del
Reino de Dios y de la bondad del Padre celestial que sale continuamente a
invitar y paga el máximo salario a todos.
De hecho, Dios se comporta así: no mira el
tiempo y los resultados, sino la disponibilidad, mira la generosidad con la que
nos ponemos a su servicio. Su actuar es más que justo, en el sentido de que
va más allá de la justicia y se manifiesta en la Gracia. Todo es Gracia.
Nuestra salvación es Gracia. Nuestra santidad es Gracia. Donándonos la Gracia,
Él nos da más de lo que merecemos. Y entonces, quien razona con la lógica humana,
la de los méritos adquiridos con la propia habilidad, pasa de ser el primero a
ser el último. “Pero yo he trabajado mucho, he hecho mucho en la Iglesia,
he ayudado tanto, ¿y me pagan lo mismo que a este que ha llegado el último?”.
Recordemos quién fue el primer santo canonizado en la Iglesia: el Buen Ladrón.
“Robó” el Cielo en el último momento de su vida. Esto es Gracia, así es Dios,
también con todos nosotros. El que piensa en sus propios méritos, fracasa;
quien se confía con humildad a la misericordia del Padre, pasa de último —como
el Buen Ladrón— a primero (cfr. v. 16).
Que María Santísima nos ayude a sentir todos los
días la alegría y el estupor de ser llamados por Dios a trabajar para Él en su
campo, que es el mundo, en su viña, que es la Iglesia. Y de tener como única
recompensa su amor, la amistad de Jesús.
Papa Francisco. Angelus. 24 de septiembre
de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la página del Evangelio de hoy (cf Mt 20, 1-6)
encontramos la parábola de los trabajadores llamados jornaleros, que Jesús
cuenta para comunicar dos aspectos del Reino de Dios: el primero, que Dios
quiere llamar a todos a trabajar para su Reino; el segundo, que al final quiere
dar a todos la misma recompensa, es decir, la salvación, la vida
eterna.
El dueño de un viñedo, que representa a Dios, sale al alba y contrata a un
grupo de trabajadores, concordando con ellos el salario para una jornada.
Después sale también en las horas sucesivas, hasta la tarde, para contratar a
otros obreros que ve desocupados. Al finalizar la jornada, el dueño manda que
se dé dinero a todos, también a los que habían trabajado pocas horas.
Naturalmente, los obreros que fueron contratados al principio se quejan, porque
ven que son pagados de igual modo que aquellos que han trabajado menos. Pero el
jefe les recuerda que han recibido lo que había estado pactado; si después él
quiere ser generoso con otros, ellos no deben ser envidiosos.
En realidad, esta «injusticia» del jefe sirve para provocar, en
quien escucha la parábola, un salto de nivel, porque aquí Jesús no
quiere hablar del problema del trabajo y del salario justo, ¡sino del Reino de
Dios! Y el mensaje es éste: en el Reino de Dios no hay desocupados, todos
están llamados a hacer su parte; y todos tendrán al final la compensación que
viene de la justicia divina —no humana, ¡por fortuna!—, es decir, la
salvación que Jesucristo nos consiguió con su muerte y resurrección. Una
salvación que no ha sido merecida, sino donada, para la que «los últimos
serán los primeros y los primeros, los últimos» (Mt 20, 16).
Con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del
amor del Padre, que es gratuito y generoso. Se trata de dejarse asombrar
y fascinar por los «pensamientos» y por los «caminos» de Dios que, como
recuerda el profeta Isaías no son nuestros pensamientos y no son nuestros
caminos (cf Is 55, 8). Los pensamientos humanos están, a
menudo, marcados por egoísmos e intereses personales y nuestros caminos
estrechos y tortuosos no son comparables a los amplios y rectos caminos del
Señor. Él usa la misericordia, perdona ampliamente, está lleno de
generosidad y de bondad que vierte sobre cada uno de nosotros, abre a todos los
territorios de su amor y de su gracia inconmensurables, que solo pueden dar al
corazón humano la plenitud de la alegría.
Jesús quiere hacernos contemplar la mirada de aquel jefe: la mirada con la que ve a cada uno
de los obreros en espera de trabajo y les llama a ir a su viña. Es una mirada
llena de atención, de benevolencia; es una mirada que llama,
que invita a levantarse, a ponerse en marcha, porque quiere la vida para
cada uno de nosotros, quiere una vida plena, ocupada, salvada del vacío y de la
inercia. Dios que no excluye a ninguno y quiere que cada uno alcance su
plenitud.
Que María Santísima nos ayude a acoger en nuestra vida la lógica del
amor, que nos libera de la presunción de merecer la recompensa de Dios y del
juicio negativo sobre los demás.
Papa Francisco. Angelus. 21 de
septiembre de 2014.
Queridos hermanos y hermanas:
Antes de que acabe esta celebración, me gustaría dirigir un saludo a todos
ustedes, venidos de Albania y de otros países vecinos. Les agradezco su
presencia y el testimonio que dan de su fe.
En especial me dirijo a ustedes jóvenes. Dicen que Albania
es el país más joven de Europa y me dirijo a ustedes. Los invito a cimentar su
existencia en Jesucristo, en Dios: quien pone su fundamento en Dios edifica
sobre roca, porque Él siempre permanece fiel, incluso aunque nosotros seamos
infieles (cf. 2 Tm 2,13). Jesús nos conoce mejor que nadie;
cuando nos equivocamos, no nos condena, sino que nos dice: «Anda, y en adelante
no peques más» (Jn 8,11). Queridos jóvenes, ustedes son la nueva
generación, la nueva generación de Albania, el futuro de la patria. Con la
fuerza del Evangelio y el ejemplo de sus antepasados y el ejemplo de los
mártires, digan no a la idolatría del dinero –no a la idolatría del dinero–, no
a la engañosa libertad individualista, no a las dependencias y a la violencia;
y digan sí, en cambio, a la cultura del encuentro y de la solidaridad, sí a la
belleza inseparable del bien y de la verdad; sí a la vida entregada con magnanimidad
y fidelidad en las pequeñas cosas. Así construirán una Albania y un mundo
mejor, siguiendo las huellas de sus antepasados.
Dirijámonos ahora a la Virgen Madre, que veneran sobre todo con el título
de “Nuestra Señora del Buen Consejo”. Me acerco espiritualmente a su Santuario
de Escútari, al que tanta devoción tienen, y pongo en sus manos toda la Iglesia
en Albania y todo el pueblo albanés, particularmente las familias, los niños y
los ancianos, que son la memoria viva del pueblo. La Virgen María los
lleve, “juntos con Dios, hacia la esperanza que no defrauda”.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 18 de
septiembre de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
En la liturgia de hoy comienza la lectura de la carta de san Pablo
a los Filipenses, es decir a los miembros de la comunidad que el apóstol
mismo fundó en la ciudad de Filipos, importante colonia romana en Macedonia,
hoy norte de Grecia. San Pablo llegó a Filipos durante su segundo viaje
misionero, procedente de la costa de Anatolia y atravesando el Mar Egeo. En esa
ocasión, fue la primera vez que el evangelio llegó a Europa. Nos encontramos en
torno al año 50, o sea, cerca de veinte años después de la muerte y la
resurrección de Jesús. No obstante, en la carta a los Filipenses se
encuentra un himno a Cristo que ya presenta una síntesis completa de su
misterio: encarnación, kénosis, es decir humillación hasta la
muerte de cruz, y glorificación. Este mismo misterio llegó a ser una sola cosa
con la vida del apóstol san Pablo, que escribe esta carta mientras está en
prisión, a la espera de una sentencia de vida o de muerte. Afirma: «Para mí la
vida es Cristo y el morir una ganancia» (Flp 1, 21). Es un nuevo
sentido de la vida, de la existencia humana, que consiste en la comunión con
Jesucristo vivo; no sólo con un personaje histórico, un maestro de sabiduría,
un líder religioso, sino con un hombre en quien habita personalmente Dios. Su muerte
y resurrección es la Buena Noticia que, partiendo de Jerusalén, está destinada
a llegar a todos los hombres y a todos los pueblos, y a transformar desde
dentro a todas las culturas, abriéndolas a la verdad fundamental: Dios es amor,
se hizo hombre en Jesús y con su sacrificio rescató a la humanidad de la
esclavitud del mal donándole una esperanza fiable.
San Pablo era un hombre que resumía en sí tres mundos: el judío, el griego
y el romano. No por casualidad Dios le confió la misión de llevar el evangelio
desde Asia Menor hasta Grecia y luego a Roma, construyendo un puente que habría
proyectado el cristianismo hasta los últimos confines de la tierra. Hoy vivimos
en una época de nueva evangelización. Vastos horizontes se abren al anuncio del
Evangelio, mientras que regiones de antigua tradición cristiana están llamadas
a redescubrir la belleza de la fe. Protagonistas de esta misión son hombres y
mujeres que, como san Pablo, pueden decir: «Para mí vivir es Cristo». Personas,
familias, comunidades que aceptan trabajar en la viña del Señor, según la
imagen del evangelio de este domingo (cf. Mt 20, 1-16):
obreros humildes y generosos, que no piden otra recompensa sino la de
participar en la misión de Jesús y de su Iglesia. «Si el vivir esta vida mortal
—escribe una vez más san Pablo— me supone trabajo fructífero, no sé qué
escoger» (Flp 1, 22): si la unión plena con Cristo más allá de la
muerte, o el servicio a su cuerpo místico en esta tierra.
Queridos amigos, el evangelio ha transformado el mundo, y lo sigue
transformando, como un río que irriga un inmenso campo. Dirijámonos en oración
a la Virgen María, para que en toda la Iglesia maduren vocaciones sacerdotales,
religiosas y laicales para el servicio de la nueva evangelización.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 21 de
septiembre de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Quizá recordéis que el día
de mi elección, cuando me dirigí a la multitud en la plaza de San Pedro, se
me ocurrió espontáneamente presentarme como un obrero de la viña del Señor.
Pues bien, en el evangelio de hoy (cf. Mt 20, 1-16) Jesús
cuenta precisamente la parábola del propietario de la viña que, en diversas
horas del día, llama a jornaleros a trabajar en su viña. Y al atardecer da a
todos el mismo jornal, un denario, suscitando la protesta de los de la primera
hora. Es evidente que este denario representa la vida eterna, don que Dios
reserva a todos. Más aún, precisamente aquellos a los que se considera
"últimos", si lo aceptan, se convierten en los "primeros",
mientras que los "primeros" pueden correr el riesgo de acabar
"últimos".
Un primer mensaje de esta parábola es que el propietario no tolera,
por decirlo así, el desempleo: quiere que todos trabajen en su viña. Y,
en realidad, ser llamados ya es la primera recompensa: poder trabajar en
la viña del Señor, ponerse a su servicio, colaborar en su obra, constituye de
por sí un premio inestimable, que compensa por toda fatiga. Pero eso
sólo lo comprende quien ama al Señor y su reino; por el contrario, quien
trabaja únicamente por el jornal nunca se dará cuenta del valor de este
inestimable tesoro.
El que narra la parábola es san Mateo, apóstol y evangelista, cuya fiesta
litúrgica, por lo demás, se celebra precisamente hoy. Me complace subrayar que
san Mateo vivió personalmente esta experiencia (cf. Mt 9, 9).
En efecto, antes de que Jesús lo llamara, ejercía el oficio de publicano y, por
eso, era considerado pecador público, excluido de la "viña del
Señor". Pero todo cambia cuando Jesús, pasando junto a su mesa de
impuestos, lo mira y le dice: "Sígueme". Mateo se levantó y lo
siguió. De publicano se convirtió inmediatamente en discípulo de Cristo. De
"último" se convirtió en "primero", gracias a la lógica de
Dios, que —¡por suerte para nosotros!— es diversa de la del mundo. "Mis
pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis
caminos", dice el Señor por boca del profeta Isaías (Is 55,
8).
También san Pablo, de quien estamos celebrando un particular Año jubilar,
experimentó la alegría de sentirse llamado por el Señor a trabajar en su viña.
¡Y qué gran trabajo realizó! Pero, como él mismo confiesa, fue la gracia de
Dios la que actuó en él, la gracia que de perseguidor de la Iglesia lo
transformó en Apóstol de los gentiles, hasta el punto de decir: "Para mí
la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia" (Flp 1, 21).
Pero añade inmediatamente: "Pero si el vivir en la carne significa para mí
trabajo fecundo, no sé qué escoger" (Flp 1, 22). San Pablo
comprendió bien que trabajar para el Señor ya es una recompensa en esta tierra.
La Virgen María, a la que hace una semana tuve la alegría de venerar en
Lourdes, es sarmiento perfecto de la viña del Señor. De ella brotó el fruto
bendito del amor divino: Jesús, nuestro Salvador. Que ella nos ayude a
responder siempre y con alegría a la llamada del Señor y a encontrar nuestra
felicidad en poder trabajar por el reino de los cielos.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 18 de
septiembre de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
Mientras está a punto de terminar el Año
de la Eucaristía, quisiera retomar un tema particularmente importante, que
interesaba mucho también a mi venerado predecesor Juan Pablo II: la relación
entre la santidad, senda y meta del camino de la Iglesia y de todo cristiano, y
la Eucaristía. En particular, mi pensamiento va hoy a los sacerdotes, para
subrayar que precisamente en la Eucaristía radica el secreto de su
santificación. En virtud de la ordenación sagrada, el sacerdote recibe el don y
el compromiso de repetir sacramentalmente los gestos y las palabras con las que
Jesús, en la última Cena, instituyó el memorial de su Pascua. Entre sus manos
se renueva este gran milagro de amor, del que él está llamado a ser testigo y
anunciador cada vez más fiel (cf. Mane
nobiscum Domine, 30). Por eso, el presbítero ante todo debe adorar y
contemplar la Eucaristía, desde el momento mismo en que la celebra. Sabemos
bien que la validez del sacramento no depende de la santidad del celebrante,
pero su eficacia será tanto mayor, para él mismo y para los demás, cuanto más
lo viva con fe profunda, amor ardiente y ferviente espíritu de oración.
Durante el año, la liturgia nos presenta como ejemplos a santos ministros
del altar, que han sacado la fuerza para imitar a Cristo de la intimidad diaria
con él en la celebración y en la adoración eucarística. Hace algunos días
celebramos la memoria de san Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla a
finales del siglo IV. Fue definido "boca de oro" por su
extraordinaria elocuencia; pero también fue llamado "doctor
eucarístico", por la amplitud y profundidad de su doctrina sobre el santísimo
Sacramento. La "divina liturgia" que más se celebra en las Iglesias
orientales lleva su nombre, y su lema: "basta un hombre lleno de celo para
transformar un pueblo", muestra cuán eficaz es la acción de Cristo a
través de sus ministros.
En nuestra época, sobresale la figura de san Pío de Pietrelcina, al que
recordaremos el viernes próximo. Cuando celebraba la santa misa, revivía con
tal fervor el misterio del Calvario, que edificaba la fe y la devoción de
todos. También los estigmas, que Dios le donó, eran expresión de su íntima
configuración con Jesús crucificado.
Además, al pensar en los sacerdotes enamorados de la Eucaristía, no se
puede olvidar a san Juan María Vianney, humilde párroco de Ars en tiempos de la
Revolución francesa. Con la santidad de su vida y su celo pastoral, logró
convertir aquella aldea en un modelo de comunidad cristiana animada por la
palabra de Dios y los sacramentos.
Nos dirigimos ahora a María, orando en especial por los sacerdotes de todo
el mundo, para que saquen como fruto de este Año de la Eucaristía un amor
renovado al Sacramento que celebran. Que por intercesión de la Virgen Madre de
Dios vivan y testimonien siempre el misterio puesto en sus manos para la
salvación del mundo.
DOMINGO XXVI T. O.
Monición de entrada.-
Cada domingo venimos a misa porque
necesitamos oír una y otra vez a Jesús.
Y así ir cambiando poquito a poco.
Por eso la misa es tan importante para
nosotros.
Porque sin ella no seríamos mejores amigos de
Jesús.
Señor, ten piedad.-
Tú quieres que cambiemos. Señor, ten piedad.
Tú quieres salvarnos. Cristo, ten piedad.
Tú quieres darnos la vida. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por el Papa León. Te lo pedimos, Señor.
Por el curso de catequesis y Juniors que
empezaremos pronto. Te lo pedimos,
Señor.
Por el curso que hemos empezado en la
escuela. Te lo pedimos, Señor.
Por las personas que les cuesta escuchar a
Jesús. Te lo pedimos, Señor.
Por nosotros, que a veces, no le hacemos
caso. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-

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