domingo, 16 de agosto de 2026

Nº 320. 16 de agosto de 2026.

 


Primera lectura.

Lectura del libro de Isaías 56, 1.6-7 

Esto dice el Señor:

-Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar, y mi justicia se va a manifestar. A los extranjeros que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que observan el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios será aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.

 

Textos paralelos.

Mi salvación está a punto de llegar.

Is 46, 13: Yo acerco mi victoria, no está lejos; / mi salvación no tardará; / traeré la salvación a Sión / y mi honor a Israel.

Is 51, 6: Levantad los ojos al cielo, / mirad abajo, a la tierra: / el cielo se disipa como humo, / la tierra se gasta como ropa, / sus habitantes mueren / como mosquitos; / pero mi salvación dura por siempre, / mi victoria no tendrá fin.

Is 51, 8: Pues la polilla los roerá como a la ropa / como los gusanos roen la lana; / pero mi victoria dura por siempre, / mi salvación de edad en edad.

En cuanto a los extranjeros adheridos a Yahvé.

Is 18, 7: Entonces traerá tributo / al Señor de los ejércitos, / el pueblo esbelto, de piel bruñida, / la gente temida / de cercanos y lejanos, / el pueblo nervudo y dominador, / cuya tierra surcan canales, / al lugar dedicado / al Señor de los ejércitos, / al Monte Sión.

Yo les traeré a mi monte santo.

Sal 15, 1: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? / ¿quién habitará en tu monte santo?

1 Re 8, 41-43: También el extranjero, que no pertenece a tu pueblo, Israel, cuando venga de un país lejano atraído por tu fama- porque oirán hablar de tu gran fama de tu mano fuerte y tu brazo extendido –, cuando venga a rezar en este templo, escúchalo tú desde el cielo, donde moras; haz lo que te pida, para que todas las naciones del mundo conozcan tu fama y te teman como tu pueblo, Israel, y sepan que tu nombre ha sido invocado en este templo que he construido.

Sus holocaustos y sacrificios serán gratos.

Mt 21, 13: Les dijo: “Está escrito que mi casa será casa de oración, mientras que vosotros la habéis convertido en guarida de bandidos.

 

Notas exegéticas.

56 (b) Oráculo en prosa rítmica compuesta probablemente después del regreso del Destierro. Fiel a las tradiciones de varios grandes profetas el autor anuncia que pronto se admitirá en el judaísmo a prosélitos, extranjeros, a condición de que estén “fielmente adheridos”, lo cual debe incluir la circuncisión, señal de la alianza. Quedan abolidas las restricciones previstas por Dt 23, 2-9, en especial lo que se refería a los eunucos.

56 6 No se trata aquí de extranjeros residentes, sino de extranjeros que están de paso. Aunque acogidos en Israel, no disfrutaban de derechos. Estaban excluidos del culto y privados de múltiples ventajas, si no explotados. Ezequiel les prohíbe el acceso al Templo. Sorprende el cambio anunciado por nuestro texto.

56 7 Estas palabras que Jesús cita en circunstancias graves de su vida, Mt 21, 13, anuncian dos novedades: la oración se impone a los sacrificios, aun en el templo a donde se invita a todos los del pueblo.

 

Salmo responsorial

Sal 67 (66), 1-3.5-6.8

 

R/. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

Que Dios tenga piedad y nos bendiga,

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación. R/.

Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia

y gobiernas las naciones de la tierra. R/.

 

Oh, Dios, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

Que Dios nos bendiga; que le teman

todos los confines de la tierra. R/.

 

Textos paralelos.

Que Dios tenga piedad.

Nm 6, 24-25: El Señor te bendiga y te guarde, / el Señor te muestre su rostro radiante / y tenga piedad de ti, / el Señor te muestre su rostro / y te conceda la paz.

Que nos muestre su rostro.

Sal 31, 17: Muestra a tu siervo tu rostro radiante, / sálvame por tu lealtad.

Conozca así la tierra su proceder.

Sal 4, 7:  Muchos dicen: ¿Quién nos hará gozar de la dicha / si la luz de tu rostro, Señor, / se ha alejado de nosotros?

Y todas las naciones su salvación.

Jr 33, 9: Jerusalén será título de gozo, alabanza y honor, para mí y para todas las naciones de la tierra que oigan contar todo el bien que les he hecho, y los temerán y respetarán, por todo el bien y la paz que les he dado.

Que se alegren y exulten las naciones.

Sal 98, 9: Delante del Señor, que ya llega / a regir la tierra.

Pues juzgas al mundo con justicia.

Sal 82, 8: ¡Levántate, Dios, y juzga la tierra, / porque tú eres el dueño de todos los pueblos!

¡Dios nos bendiga y lo teman!

Os 2, 24: la tierra escuchará al trigo / y al vino y al aceite, / y estos escucharán a Yesrael. / Y me la sembraré en el país / me compadeceré de Incompadecida / y diré a No-pueblo-mío. / Eres mi pueblo, / y él responderá: Dios mío.

 

Notas exegéticas.

67 Recitado probablemente durante la fiesta con que se daba por terminada la cosecha. Ver Ex 23, 14.

67 5 “Juzgas al mundo con justicia”. Sinaítico, ver Sal 9,9; ominitdo por hebraico.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 13-15.29-32

Hermanos:

A vosotros, gentiles, os digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos. Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

 

Textos paralelos.

Que los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

Rm 9, 6: No es que haya fallado la promesa de Dios. Pues no todos los que proceden de Israel constituyen a Israel.

Nm 23, 19: Dios no miente como hombre ni se arrepiente a lo humano. ¿Puede decir y no hacer, puede prometer y no cumplir?

1 S 15, 29: ¿Por qué no has obedecido Señor? ¿Por qué has echado mano a los despojos, haciendo lo que el Señor reprueba?

En otro tiempo rebeldes para Dios.

Rm 3, 26: Y demuestra su justicia en el presente siendo justo y haciendo justos a los que creen en Jesús.

Ellos también se han revelado ahora.

Rm 11, 11: Pregunto: ¿tropezaron hasta sucumbir? ¡De ningún modo! Solo que su tropiezo ha provocado la salvación de los paganos, provocando a su vez sus celos.

Dios encerró a todos los hombres en rebeldía.

Ga 3, 22: Pero la Escritura incluye a todos bajo el pecado, de modo que lo prometido se entregue a los creyentes por la fe en Jesucristo.

Ez 18, 31: Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y así no moriréis, casa de Israel.

 

Notas exegéticas:

11 13 Es decir, los cristianos venidos de las naciones: los gentiles convertidos. Así, aun como apóstol de los gentiles, Pablo trabaja para la salvación de sus hermanos de raza (“los de mi raza”, lit. “de mi carne”).

11 14 Lit. “mi carne”.

11 15 (a) El término griego apoholé tiene varios matices: rechazo, abandono, defección, pérdida. El primer sentido no conviene aquí, por cuanto el primer versículo del capítulo dice que Dios no ha rechazado a su pueblo. Algunos lo interpretan como si Israel fuera el sujeto (su rechazo del Evangelio), pero el contexto no favorece esta solución. Los otros matices pueden valer todos, en tanto en cuanto no contradigan a 11, 1-2. Lo importante es ver bien que Pablo no insiste en el abandono como tal: éste es, en efecto, provisional y paradójicamente va a servir al designio salvífico de Dios para la humanidad entera, Israel y los gentiles.

11 15 (b) Fórmula diversamente interpretada. Si la conversión de los gentiles puede parangonarse con la primera fase de la obra redentora, la reconciliación del mundo la de Israel será un beneficio tal que no se la puede comparar más con la segunda, la resurrección final que Pablo parece tener aquí presente. Pero no dice que la conversión de Israel deba preceder inmediatamente a la resurrección general – Otros traduce: “un revivir de entre los muertos”. Hacer volver de la muerte a la vida es una obra particularmente maravillosa, reservada al poder de Dios.

11 31 Algunos testigos no reproducen este “ahora”, o bien dicen en su lugar: “más tarde”.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

-Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

-Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él le contestó:

-No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.

Pero ella repuso:

-Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Jesús le respondió:

-Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.

 

Textos paralelos.

// Mc 7, 24-30: Desde allí se puso en camino y se dirigió al territorio de Tiro. Entró en una casa con intención de pasar desapercibido, pero no logró ocultarse. Una mujer que tenía a su hija poseída por un espíritu inmundo se enteró de su llegada, acudió y se postró a sus pies. La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. Le respondió: “Deja que se sacien primero los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Ella replicó: “Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas de los niños”. Le dijo: “Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija”. Se volvió a su casa y encontró a la hija tendida en la cama; el demonio había salido.

Una mujer cananea.

1 R 17, 7-16: Pero al cabo del tiempo el torrente se secó, porque no había llovido en la región. Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías: “Anda, vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo mandaré a una viuda que te dé la comida”. Elías se puso en camino hacia Sarepta, y al llegar a la entrada del pueblo encontró allí a una viuda recogiendo leña. La llamó y le dijo: “Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para beber”. Mientras iba a buscarla, Elías le gritó: “Por favor, tráeme en la mano un trozo de pan”. Ella respondió: “¡Vive el Señor, tu Dios! No tengo pan; solo me queda un puñado de harina en el jarro y un poco de aceite en la aceitera. Ya ves, estaba recogiendo cuatro astillas; voy a hacer un pan para mí y mi hijo, nos lo comeremos y luego moriremos”. Elías le dijo: “No temas. Anda a hacer lo que dices, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “El cántaro de harina no se vaciará, la aceitera de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre ella·”. Ella marchó a hacer lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo durante mucho tiempo. El cántaro de harina no se vació ni la aceitera se agotó, como lo había dicho el Señor por Elías.

Mt 9, 27: Mientras Jesús seguía adelante, dos ciegos lo seguían dando voces: “¡Hijo de David! Ten piedad de nosotros”.

Ten piedad de mí, Señor.

Nm 27, 1-10: Se acercaron las hijas de Salfajad, hijo de Jéfer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, del clan de Manasés, hijo de José, que se llamaban Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsa, y se presentaron a Moisés, a Eleazar, a los jefes y a la comunidad entera a la entrada de la tienda del encuentro, y declararon: “Nuestro padre ha muerto en el desierto. No era de la banda de Córaj, de los que se rebelaron contra el Señor, sino que él murió por su propio pecado. Y no ha dejado hijos. Porque no haya dejado hijos no va a borrarse el nombre de nuestro padre dentro de su clan. Danos a nosotras una propiedad entre los hermanos de nuestro padre”. Moisés presentó la causa al Señor, y el Señor dijo a Moisés: “Las hijas de Salfajad tienen razón. Dales alguna propiedad en heredad entre los hermanos de su padre; pásales a ellas la herencia de su padre. Después di a los israelitas: Cuando alguien muera sin dejar hijos, pasaréis su herencia a su hija; si no tiene hijos, daréis su herencia a sus hermanos; si no tiene hermanos, daréis su herencia a los hermanos de su padre.

Mt 8, 29: ¡Hijo de Dios! ¿qué tienes con nosotros? ¿Has venido antes de tiempo a atormentaros?

Sus discípulos acercándose.

Lc 11, 6: Os digo que, si no se levanta por amistad, se levantará por su importunidad a darle cuanto necesita.

No he sido enviado más que a las ovejas.

Mt 10, 6: Dirigíos más bien a las ovejas descarriadas de la Casa de Israel.

Rm 15, 8: Quiero decir que Cristo se hizo ministro de los circuncisos en atención a la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas de los patriarcas.

Mujer, grande es tu fe.

Mt 8, 10: Al oírlo Jesús se admiró y dijo a los que lo seguían: “Os lo aseguro, una fe semejante no la he encontrado en ningún israelita”.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

15 21 Como en 11, 21 la expresión “Tiro y Sidón” tiene también un valor teológico, designa a las naciones paganas que, en determinadas condiciones que el relato precisa, van a tomar parte en el ministerio de Jesús.

15 23 (a) Los fenicios se llamaban a sí mismos cananeos. A lo largo de la historia, el nombre “Canaán” designó diversas zonas mal delimitadas: la tierra prometida ocupada por los antiguos israelitas, las tribus autóctonas del país, la Fenicia de tiempos de Jesús.

15 23 (b) La gracia finalmente concedida por Jesús a esta pagana se hace probablemente en tierra de Israel.

15 23 Los discípulos piden al maestro que la despedida concediéndole lo que pide: la misma palabra griega en 18, 27.

15 26 Jesús debe dedicarse a la salvación de los judíos, “hijos” de Dios y de las personas, antes de ocuparse de los paganos, que a los ojos de los judíos no eran más que “perros”. El carácter tradicional de esta imagen, y la forma diminutiva empleada, atenúan en labios de Jesús lo que el epíteto podía tener de despectivo. Por otra parte, la buena acogida final de la petición de la mujer por parte de Jesús podría anunciar, en un caso excepcional, el acceso de los paganos a la salvación tras su muerte y resurrección. Numerosos textos mateanos fundamentan esta interpretación (8, 5-13; 21, 33-44,…).

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica:

22 CANANEA: del país de Canaán, tal como se entendía este apelativo en tiempo de Jesús: Fenicia, zona de gentiles (cf. Mc 7, 26). // QUE HABÍA SALIDO DE: puede significar: oriunda de. // SE PUSO A GRITAR: lit. gritaba. Si nos dejamos llevar del sonido del vocablo griego onomatopéyico, casi habría que traducir ladraba. En cambio, en el v. 25, el verbo griego que indica postrarse no tiene relación etimológica con la palabra griega kyôn: perro.

23 SE ACERCARON A ROGARLE: la formulación lit. “habiéndose acercado… rogaban a él”, da este matiz: le insistían. // DESPÍDELA: dale de una vez lo que quiere y despáchala.

25 SE POSTRÓ: lit. en imperfecto: se postraba (porque hacía gestos repetidos de reverencia; o porque el verbo griego proskynéô equivale, aquí, a suplicar.

28 LE RESPONDIÓ ASÍ: cf. 3, 15. Las palabras literales – hágase para ti como quieres ­­– son como la tercera petición de un Padrenuestro dicho al reves, de Dios a su criatura: hágase tu voluntad.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé:

15, 21-28 La insistencia de esta mujer nos sirve de ejemplo sobre cómo debemos orar, incluso aunque parezca que nuestras oraciones no son atendidas o incluso están seguidas de más sufrimiento. Al igual que con el centurión romano (Mt 8, 10), Cristo admiró y actuó en respuesta a la gran fe de la cananea. Cat. 493, 448, 2610.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

448 Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús, y esperan de él socorro y curación (Mt 15, 22). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: “¡Es el Señor!”.

2510 Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: “Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido” (Mt 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, “todo es posible para quien cree” (Mc 9, 23), con una fe “que no duda” (Mt 21, 21). Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la poca fe de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira de la gran fe del centurión romano (Mt 8, 10) y de la cananea (Mt 15, 28).

 

Concilio Vaticano II

[Los obispos] deben esforzarse, pues, sin cesar para que los fieles conozcan y vivan más profundamente el misterio pascual por la Eucaristía, de manera que formen un solo Cuerpo compenetradísimo en la unidad de caridad de Cristo. Dedicándose a la oración y al ministerio de la palabra han de trabajar para que todos los que están confiados a sus cuidados sean unánimes en la oración, crezcan en la gracia por la recepción de los sacramentos y sean testigos fieles del Señor.

Christus Dominus, 15.

 

San Jerónimo.

21 Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y Sidón. Abandona a los escribas y fariseos calumniadores y pasa a la región de Tiro y de Sidón para curar a los Tirios y a los Sidonios. Observa que la curación de la hija de la cananea acontece en el decimo quinto lugar.

22 Mi hija está cruelmente atormentada por el demonio. Considero que la hija de la Iglesia son las almas de los creyentes cruelmente atormentados por el demonio, ignoraban al Creador y adoraban a la piedra.

23 Él no respondió palabra. No por soberbia farisaica ni por desdén como los escribas, sino para que no pareciera contradecir la regla que había impuesto. No toméis el camino de los gentiles ni entréis en las ciudades de los samaritanos. No quería dar ocasión a los calumniadores y se reservaba la plenitud de la salvación de los gentiles al tiempo de su pasión y resurrección.

25 Pero ella vino a postrarse ante él y le dijo. Admira, en la persona de la mujer cananea la fe, la paciencia, la humildad de la Iglesia: la fe, porque creyó que su hija podía ser sanada, la paciencia porque a pesar de tantos rechazos persevera rogando, la humildad cuando no se compara a los perros sino a los cachorros. Los perros son los paganos llamados así a causa de su idolatría, perros que alimentados con sangre y con cadáveres se vuelven rabiosos. Observa que esta cananea, perseverando en su petición, lo llama primero Hijo de David, luego Señor, y finalmente lo adora como Dios.

 

San Agustín

Si ella clamó tan intensamente en favor de su hija, ¡cuál debe ser nuestro clamor en favor de nuestra carne y nuestra alma! Veis lo que consiguió con su clamor. En un primer momento fue despreciada, pues era cananea, un pueblo malo que adoraba ídolos. El Señor Jesucristo, en cambio, caminaba por Judea, tierra de los patriarcas y de la Virgen María, que dio a luz a Cristo: era el único pueblo que adoraba al verdadero Dios y no a los ídolos. Así, pues, cuando le interpeló no sé qué mujer cananea, no quiso escucharla. No le hacía caso precisamente porque sabía lo que le tenía reservado: no para negarle el beneficio, sino para que lo mereciera ella, con su perseverancia.

Mereció el beneficio cuando reconoció la verdad del insulto; donde reconoció la iniquidad, allí fue coronada la humildad. Hace poco la llamó perro, ahora mujer; ladrando se ha transformado. Deseaba las migajas que caían de la mesa, e inmediatamente, se encontró sentada a la mesa. En efecto, cuando el Señor le dice: Grande es tu fe, ya la había contado entre aquellos cuyo pan no quería que se echase a los perros.

Sermón 154. II, pgs. 1150-1151.

 

Los Santos Padres.

Ella gritaba ansiosa por obtener el beneficio, y llamaba con fuerza; Él disimulaba, no para negar la misericordia, sino para estimular el deseo, y no solo para acrecentar el deseo, sino también, como dije antes, para recomendar la humildad.

Agustín, Sermones, 77. 1b, pg. 52.

Los discípulos, compadecidos, unen su oración; pero Él, que mantenía el misterio de la voluntad del Padre, respondió que había sido enviado a las ovejas perdidas de Israel para manifestar con claridad meridiana que la hija de la cananea representaba una figura de la Iglesia por el hecho de que reclamara lo que se había concedido a otros; no que no debiera concederse también la salvación a los gentiles, sino que el Señor había venido para los suyos y para su casa, y por ello atendía las primicias de la fe de aquellos por los cuales había venido, mientras que los otros serían salvados después mediante la predicación de los apóstoles.

Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 15. 1b, pg. 53.

Mas, juntamente con la fe, considerad, os ruego, la humildad de esta cananea. El Señor había llamado hijos a los judíos; ella no se contentó con eso y les dio el nombre de señores.

Jerónimo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 52. 1b, pg. 55.

“En verdad os digo, no encontré tanta fe en Israel”. ¿Qué significa “tanta”? Tan grande. ¿De dónde procede esa magnitud? De la pequeñez, es decir, la grande procede de la humildad. “No encontré tanta fe”. Era semejante al grano de mostaza, cuanto más pequeño, más activo. Así injertaba ya el Señor el acebuche [olivo silvestre, los paganos] en el olivo.

Agustín. Sermones, 77. 1b, pg. 56.

 

San Juan de Ávila

Y si a todo cristiano está encomendado el ejercicio de oración y que sea con instancia, y compasión, llorando con los que lloran, ¿con cuanta más razón debe de hacer esto el que tiene por propio oficio pedir limosna por los pobres, salud para los enfermos, rescate para los encarcelados, perdón para culpados, vida para muertos, conservación de ella para vivos, conversión para infieles, y, en fin, que, mediante su oración y sacrificio, se aplique a los hombres el mucho bien que el Señor en la cruz les ganó? Y si de aquellos sacerdotes hubiese que, como otra viuda de Naím, llorase al hijo muerto (cf. Lc 7, 11ss), importunase al Señor como la cananea (cf. Mt 15, 22ss), y le ofreciese devotos ruegos por el hijo endemoniado (cf. Mt 17, 44ss), que unas veces lo lanza en el fuego el demonio, y otras, en el agua, consolarlos hía el Señor, diciendo: No queráis llorar (cf. Lc 7, 13); y darlos hía ánimas resucitadas y sanas, como dio a las otras personas corporal salud y vida; y, por ventura, espiritual también para los hijos.

Tratado sobre el sacerdocio. I, pg. 917.

Jesucristo predicó en persona a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel no más (Mt 15, 24), y después, sus santos apóstoles, en el mismo pueblo de Israel, comenzaron a predicar y convirtiéndose no todos los judíos, mas algunos.

Audi, filia (I). I, pg. 526.

Jesucristo predicó en persona a las ovejas que habían perecido dew la casa de Israel, no más (Mt 15, 24); y después sus santos apóstoles en el mismo pueblo de Israel comenzaron a predicar, y convirtiéndose no todos los judíos.

Audi, filia (II). I, pg. 773.

2. Miserere mei, etc. Las palabras que darán fundamento a nuestro sermón las dijo una mujer atribulada a nuestro Señor Jesucristo y alcanzó de Él lo que pedía. Escríbelas San Mateo, capítulo 15. Parecióme predicar de ella, porque tiene esta mujer muchos devotos. Dicen en romance: ¡Jesús, hijo de David, habé misericordia de mí! (Mt 15, 22). […] Vino hoy una mujercita y extranjera en el campo, para hacer campo, y llevaba un pleito ruin, y tomóse a palabras con Cristo y vencióle y hízolo decir: Mujer, grande es tu fe, hágase lo que quieres (Mt 15, 28). ¿No es buena justa? ¿No es buen torneo= ¿Qué buena guerra donde vence la mujer y se hace lo que pide!

Esta historia de la Cananea es muy notoria, todos lo sabéis; pero lo que una vez no entendistes, impusible es que, oyéndolo otra vez, no lo entendáis; que ésta es la condición de la Sagrada Escriptura, que cuanto más uno sube a mayor perfección de vida y conocimiento de Dios, ansí va más entendiendo en un mismo paso lo que antes no entendió. No se añeja la sagrada Escritura de Dios; siempre hallamos en las cosas que muchas veces hemos leído cosas nuevas que entender y secretos que otras veces no habías entendido.

3. Fuese de allí a Tiro y Sidón, ciudades de gentiles, de gente infiel, dando a entender Cristo en esta ida que se va de los corazones fingidos de los hombres doblados que no tienen ni curan más de otra cosa que de tener las apariencias buenas. Fuese de allí, de aquellos que tenían los corazones dañados.

4. El principal cuidado del cristiano ha de ser del corazón. Guárdenos Dios de tener el corazón dañado y enfermo. Ansí como en lo corporal es gran mal la enfermedad del corazón, ansi es mucho más en lo espiritual tener dañado el corazón. Vase el Señor de allí y sale una mujer al camino, que tenía a su hija endemoniada. 

5. Sale al camino. Había oído decir de Cristo grandes bienes y cómo hacía grandes milagros y lanzaba demonios. Salióle al camino. ¡Bienaventurado aquel a cuyos oídos han venido estas nuevas de Cristo! Albricias habías de dar a quien nos la s trajese.

7. Oyó esta mujer extranjera con las orejas del ánima, y con esta fe salió al camino a pedir remedio para sus trabajos. ¡Oíd! Quizá os ha acaecido alguna vez esto. Teníades alguna necesidad: pedís al Señor con fe, mirad en esta expiriencia, que si Dios os dio a conocer que pedisteis, aunque se tarde, daros ha y responderos ha. Sentiréis algunas veces que cuando se tardan, un no sé qué, no sé cómo se es esto; cuando con fe demandamos nos dan a entender que nos oirán y que nos darán lo que pedimos; sentís algunas veces que tuvo efecto vuestra petición. […] Compañeras inseparables son oración y misericordia. Oración de corazón, que mana de fe viva, alcanzará lo que pidiere. Si el Señor te ha hecho merced en darte el don de la oración, darte ha también lo que pidieres, porque, aunque te lo dilate, no se le olvida.

8. Salió esta mujer bien armada. No está enferma. Es tanto lo que le dolía el mal que la otra padecía, que lo tenía por suyo propio. Tomar los males ajenos por nuestros propios, compadecernos de ellos como si nosotros los padeciésemos, no entendemos esta palabra. ¿Quién hay agora que sienta la afrenta y necesidad que su prójimo padece, que se dúela de sus males como si él mesmo los tuviese, y él se sienta pobre con el pobre, y tentado con el tentado, y afligido con el afligido? No sabemos qué es esto. No entendemos este lenguaje. Antes, padre, apenas me puedo condoler de los males ajenos, cuánto más tenerlos por míos proprios.

10. Y esta es la regla de la caridad, que no sabemos dónde mora. Lo que hace la carne por parentesco, ¿no haría la gracia con caridad y Espíritu Santo? Si no tenemos, pidámoslo al Señor. Esto dice esta buena mujer cananea. Esto dice a los padres sacerdotes. Llámaos así, tristes, pues tal carga tenéis a cuestas. Cuando los quieren ordenar, examínanlos si saben cantar y leer, si tienen buen patrimonio; pues ya, si saben unas pocas de cánones y tienen buen patrimonio, ¡sus!, ordenar. ¿En qué examinará Dios? En la caridad para con todos y en la oración, si saben bien orar y importunar a Dios por los prójimos y amansando y hacer amistad entre Dios y los hombres, y sentir males ajenos y llorarlos, y sentir lo que no conocieron y lo que no vieron. Y si esto no sabe, ¿qué aprovecha todo esotro? Esto aprendimos de la Cananea.

11. Aquí calló con esta mujer, y el domingo pasado habló con el demonio, cuando con las palabras de la sagrada Escriptura le venció. ¿Habéis sufrido esta lanzada en la oración, cuando os salís de ella tan frío y tan seco y tan sin devoción como entrastes y algunas  veces peor y más duro? A`rended de esta mujer, que fue a rogar a Dios, y, como no le respondió, fue a sus santos, llegóse a sus santos discípulos y rogóles que hablasen por ella a Jesucristo. ¡Qué soolicitud traía de unos en otros! Y cómo los importunaba, pues que los apóstoles dijeron a Cristo: haced ya, Señor, lo que esta mujer os ruega, que viene dando voces tras nosotros. Y dijo Cristo: no soy enviado yo sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (cf. Mt 15, 23-24). ¿Agora respondéis con eso, Señor, después de importunado y rogado por ella y por los santos apóstoles, que puso por rogadores? ¿Con eso salís? Peor es eso, Señor, que callar. ¿Quién tuviera un arnés de Milán para sufrir eso?

12. Póneste a un rinconcillo a rogar a Dios alguna cosa, y parece que te desecha y te dice: “Anda, calla, déjate de eso, que no es para ti eso, no se puede hacer, que no te has de salvar, que no estás bien con Dios, apártate allá”. Y con todo esto porfía la mujer. Vase ella a Cristo y dice: Domie, adiuva me (cf. Mt 15, 25). Aun no estás llagada, ¿y pides ayuda? ¿Qué refrescos traes para pedir? ¿Mientras más disfavor mayor esperanza? Abrahán creyó en la esperanza contra toda esperanza (Rm 4, 18).

14. Querría que no le pidiésemos señales, como os prediqué el domingo. Ansi lo hace la mujer cananea, que habiéndola desechado Cristo, vuelve como de primero con fuerzas frescas, y mirad qué respuesta le dieron. No hacía Jesucristo aquello de cruel y áspero, sino porque conozca el universo mundo la grandísima fe de esta mujer: No es bueno tomar el pan de los hijos y darlo a los perros. Eso que tú pides es para hijos y tú eres perra. Espera, Señor, que si es perra, quizá os morderá. Dícete a ti: Quien esto ha hecho, ¿pide misericordia? Quien tanto ha pecado, ¿osa llegar a Dios? Esto es llamarte perra.

No pido yo lo que se ha de dar a los hijos buenos. Habéis dado tanto a los hijos, habéisles predicado, enseñado; nacistes entre ellos, habéis sanado, resucitado, ¿qué, Señor, hay que no hayáis hecho por ellos? Dadme a mi de lo que sobra. Parecióle bien la perseverancia y fe viva de esta mujer, y respondióle: Mujer, grande es tu fe, hágase como lo pides; y sanóle la hija de aquella hora (Mt 15, 26-28). ¡Basta!, que va el señor vencido, pues se hizo todo lo que la Cananea, de gran fe, le pidió.

Sermón del Jueves de la Semana I de Cuaresma. III, pgs. 140ss.

Y los pequeños, Señor, los huérfanos de linaje humanal, ¿no tendrán parte en vuestro convite? ¿No comerán siquiera de las migajas que caen de la mesa de los señores? (cf. Mt 15, 27). ¿Qué dices, Señor?; que te piden los pobres manjar para que no perezcan de hambre; y pues has hartado los grandes, no te olvides, Señor, de los chicos. Los pobres y menesterosos – dice Dios – buscan agua, y no la hay; la lengua de ellos con sed se ha secado. Yo el Señor los oiré; Dios de Israel, no los desampararé (Is 41, 17). ¿Qué comeremos, Señor, y beberemos los pobres a la mesa de los ángeles ricos?

Sermón del Santísimo Sacramento. III, pg. 754.

A la priesa de las oraciones de la Virgen responde Dios. Tráelo de los cielos a la tierra, entra en su vientre, ármale de unas armas y carne tan delicada, que le fatiga la hambre y la sed y el cansancio, y le punzan las espinas, dándole cinco mil y tantos azotes; ¡y Él al Padre: ¡Perdónalos, Señor! (Lc 23, 24). ¿Quién puede alcanzar delante de Dios negocio tan grande? Mediante las oraciones de la Virgen. Dice Dios: Mujer, grande es tu fe; hágase como tú quieres (Mt 15, 28).

Sermón de la Presentación del Señor. III, pg. 850.

Despierte ya, señora, y tenga a sí por quien es, y a Dios por quien es. Y si desechada se sintiere, súfralo con humildad, pues así lo merece. E si el Señor dice que es perra, diga con la cananea que es verdad (cf. Mt 15, 26); mas por eso no desmaye y peque dos veces, una en el poco conocimiento suyo, otra en no sentir bien de la suma bondad del Señor, pensando que no la quiere o no quiere que lo busque. ¿E por qué osó decir tan gran falsedad y testimonio falsísimo? ¿Por qué pone mancha en la pureza de la misericordia divina y en el blanco Cordero, que dijo: A todo aquel que viniere a mí, no le echaré fuera? (Jn 6, 37). ¿Por qué tiene por enemigo al que la castiga y sospecha contra su Médico? Amor es todo lo que hace el Señor con ella, sino, como no conoce por amor sino al regalo, parécele que quien ama a su hijo multiplica los azotes (Si 30, 1); y tratándola el Señor así, aun no se conoce ni es vil en sus ojos.

Carta a una doncella enferma y desmayada en el camino de Dios. IV, pg. 182-183.

Y está el hombre entero todo, de dentro y fuera, puesto en desconsuelo de cruz; gime y pide socorro a nuestro Señor, y no solo se hace sordo y escondido más que detrás de siete paredes, mas aun siente que el Señor se desvía de ella, no solo no dándole favor, mas aun enseñándole el disfavor, como lo hizo con la Cananea, que primero no la respondió y después la llamó de perra (cf. Mt 15, 26). Hora es aquella de grande angustia; y en ninguna parte halla el ánima reposo, como cuando uno se ahoga en un profundo mar, sin hallar en qué hacer pie, o como el que está atado de pies y manos, y prueba a levantarse, y no puede. Porque ansí como aquel a quien Dios consuela, ningún tormento ni pena le puede desconsolar, así al que Dios desconsuela ninguna cosa le puede alegrar.

Mas por tal desierto e imagen de muerte conviene ir a los siervos de Dios tras su Señor, y por aquellas tinieblas y tristezas conviene pasar para llegar al descanso.

A una religiosa, hija suya espiritual. IV, pg. 578-579.

No esta, señora, en sentimientos el aprovechamiento, sino en conocimientos de sí mesmo y en despreciarse y desearlo ser; en tomar trabajos de dentro y de fuera; en saber padecer por prójimos y en poner la vida por ellos, si fuera menester; en cumplir todo lo que Dios manda, porque Él lo manda y por amor, aunque no nos hubiese de dar nada; en confiar en Él, aunque nos llame perros, como a la cananea (cf. Mt 15, 26). Y quien destas cosas más tiene, más agradable es, aunque no tenga sentimientos orando ni comulgando ni en otro tiempo.

A una persona que padecía sequedades y tentaciones. IV, pg. 735.

Que así como una castidad es probada en cosas contrarias, una humildad con deshonras, una paciencia contrabajos, una caridad con hacer bien a quien nos hace Mal, así es la fe y confianza probada con enviar Dios trabajos que parezcan sacar de juicio, y esconderse Él, y parecer que añade más mientras más es rogado. Conviene pasar esto si queremos oír: ¡Mujer, grande es tu fe! (Mt 15, 28). Esta lucha hemos de vencer, si queremos nombre y corona de verdaderos y perfectos fieles. Y conviene recebir azotes y que escuezcan hasta el ánima, y creer que son abracijos de grande amor. En esto que de fuera parece ira, hemos de creer el corazón de Dios muy pacífico, y sus entrañas muy paternales, para que no vivamos en sentido de carne, sino en fe, que es muerte de sentido de carne.

Esta, señora, es la sabiduría de la cruz, que a ojos cerrados se subjecta a la santa ordenación de Dios; y con este no juzgar, sino confiar en Él, es más sabia que todo el saber del mundo. Porque quien a Dios quiere conocer y agradar, no alcance, sino abaje los ojos con humildad; y no escudriñar y alcanzará el verdadero saber, y hallará el Señor de las virtudes, que en todas las cosas es suave para los suyos, y entonces les hace mayores bienes cuando a los ojos de la carne parece que los desampara.

A una señora. IV, pg. 144.

Mas en esto se verá si sois cananea, en que, siendo injuriada y desechada, importunéis al Señor, y siguiendo al que huye y humillándoos al que os trata como perra, no le dejéis de amar pura y sencillamente, como si sintiésedes grandes regalos y favores de Él, que al fin os responderá: ¡Mujer, grande es tu fe; hágase como tú quieres! (Mt 15, 28). Mas estad vos determinada de serle fiel y que le digáis de corazón: “Yo, Señor, os quiero amar, aunque vos no me améis; yo os quiero buscar y enseñar buena cara, aunque vos huyáis de mí. Ameos yo, y haced de mí lo que fueredes servido”. Y así, tornárseos han los disfavores en ejercicio de verdadero amor, con el cual debéis de quedar más contenta que con los disfavores penada.

A una religiosa, hija suya espiritual. IV, pg. 580.

 

San Oscar Romero.

Es hermoso sentirse hermanos cada domingo, sobre todo en este momento, que es un momento de familia. Somos la familia de Dios que peregrina en la tierra y cada domingo, como las familias unidas, en un fin de semana se unen con sus padres a los otros miembros que están dispersos a lo largo del trabajo de la semana; y venimos a compartir, a sentir de veras que lo que cada uno hace le interesa a todos; y que así vamos unidos en una misma fuerza de amor, de fe, de esperanza en medio de un mundo que nos ofrece tantas dificultades, pero precisamente las familias se unen más, cuanto más arrecian por fuera las tempestades.

Por eso en este ambiente de familia, es el Padre el que nos orienta, el que nos aconseja, el que nos habla; y el padre es nuestro Dios al que dentro de poco llamaremos: Padre Nuestro. El nos habla y el sacerdote o el Obispo que predica no es más que un mensajero suyo entresacado de la misma familia para comunicar su mensaje divino. Y se ha organizado este mensaje a lo largo del Año Litúrgico, de tal manera, que cada domingo es novedad, nos va presentando aspectos diversos de esta familia tan maravillosa que se llama, la Iglesia, principio del reino de Dios en la tierra. Cómo no va a ser maravilloso, si se trata del reino de Dios, aunque todavía envuelto en las limitaciones, en las imperfecciones de los hombres que la formamos; pero que vamos tratando de hacernos menos indignos de esa vida que Dios quiere participar con nosotros en su plenitud cuando esta peregrinación termine. De allí, que los aspectos que este domingo nos ofrece la divina palabra, como de costumbre yo lo resumo en este pensamiento: El dinamismo misionero, espiritual y social del reino de Dios en su Iglesia. Estos serán los tres aspectos de la homilía de hoy.

20 de agosto de 1978.

 

León XIV.  Audiencia. 5 de agosto de 2026. Los Documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la Iglesia

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica.

Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).

En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece volver a ser descubierta en su verdad.

La Constitución Sacrosanctum Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba profundamente al Papa San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).

En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo» (SC, 5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC, 84).

Por eso, San Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const. ap. Laudis canticum).

Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración cristiana.

Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él.

Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros. Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra; le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).

Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo, las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso glorioso del Señor.

 

León XIV.  Audiencia. 12 de agosto de 2026. Los Documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 6. El año litúrgico.

Queridos hermanos y hermanas,

el quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema sobre el cual hoy queremos detenernos, para explicar su importancia en la vida de todo creyente.

En primer lugar, hay que recordar que esta manera de definir el ciclo de las celebraciones cristianas “año litúrgico” se extendió en el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el abad Prosper Guéranger (1805-1875).

En la encíclica Mediator Dei, Papa Pio XII afirma que «no es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple […] recuerdo de una edad pretérita. Más bien, el año litúrgico es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […] con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y por ellos en cierto modo vivan; misterios que están presentes y obran constantemente» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). Por lo tanto, el año litúrgico debe entenderse como constante actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los fieles llenarse de la gracia de la salvación (cf. SC, 102c). El encuentro con Jesús, que murió y resucitó por nosotros, es el fin que la Iglesia persigue siempre, situando en el centro de cada momento la celebración del acontecimiento pascual.

Por esta razón, los padres conciliares consideran «fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» precisamente el domingo «el día de la fiesta primordial» (cf. SC, 106). En varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”, “el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!

San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, “el día de los días”: «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía» (n.75), cuando todos resucitaremos.

Para santificar el domingo es fundamental celebrar la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC, 106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede sustituirse por una presencia meramente virtual, ni se reduce a una reunión meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en la participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para que «den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1Pe, 1,3)» (ibid.).

En este sentido, os animo a todos a crear las mejores condiciones posibles para que también puedan participar en la Santa Misa aquellos que los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del trabajo.

Queridos hermanos, el año litúrgico, marcado por los domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la devoción de la Iglesia. De hecho, ya desde el siglo II d. C., a la celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «la máxima solemnidad» (SC, 102), que se extendía a lo que se denomina el «tiempo de gran alegría» de cincuenta días, que culminaba en Pentecostés y se preparaba mediante el tiempo de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC, 109). El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar posteriormente siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo. La Iglesia ha incorporado además en los distintos tiempos la veneración de la Santísima Virgen María, «unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo» (SC, 103), y «el recuerdo de los mártires y de los demás santos […] cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros» (SC, 104).

El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.

 

Papa León XIV. Angelus. 2 de agosto de 2026.

Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!

Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús. Son gestos que manifiestan su especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él trae al mundo. El Señor se presenta como Aquel que da sentido a la vida, liberándola del mal y del pecado.

Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el Reino de Dios está cerca. Por eso el Evangelio de hoy (Mt 14,13-21) da testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece de ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos. Al sordo, que vuelve a oír, el Señor le dirige la Buena Noticia para que escuche; al ciego, que ve nuevamente, le muestra la espléndida obra de la redención que se realiza en él. Del mismo modo, Jesús da de comer al que tiene hambre. El episodio de la multiplicación de los panes significa que el encuentro con el Señor es una experiencia que nos alimenta. En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras necesidades, Cristo es el pan de vida. Con Él, lo esencial es sobreabundante: «Comieron todos y se saciaron» y sobraron «doce cestos llenos» (v. 20). Este número demuestra que el don del Señor es universal, y que su Providencia hacia nosotros nunca falla.

Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de la humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto nos enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el descarte, en cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia. Esta enfermedad del alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas, hasta el punto de olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. Y, de ese modo, ante la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos tendidas de quienes no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no tienen paz.

En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos con cuánta bondad el Señor, «alzando la mirada al cielo», «pronunció la bendición», «partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los repartieran a la gente (cf. v. 19). En este milagro de la caridad reconocemos las acciones típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la última Cena, donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en humanidad. Al saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a testimoniar su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos. En compañía de Jesús, también las vacaciones pueden convertirse en tiempo de serena fraternidad, incluyendo a quienes están a nuestro lado y pasan necesidad.

Pidamos pues a la Virgen María, Madre premurosa, que nos haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano.

 

Papa León XIV. Angelus. 9 de agosto de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).

Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.

Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).

Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.

Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.

Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.

Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).

 

Papa León XIV. Angelus. 15 de agosto de 2026.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Una fiesta de gran importancia, tanto para la teología católica como para la piedad popular; efectivamente, es una celebración muy apreciada en muchas comunidades, especialmente en donde la catedral o la iglesia parroquial están dedicadas a Nuestra Señora de la Asunción.

Para contemplar este misterio de la fe, podemos recurrir a los dos modelos iconográficos con los que, a lo largo de los siglos, los artistas lo han representado.

El primero, el más antiguo, que fue el único durante casi un milenio, es el de la «dormición» de la Madre de Dios: ella aparece recostada sobre un ataúd, dormida en la muerte; a su alrededor están los apóstoles, quienes la veneran conmovidos en oración; en el centro, de pie, se encuentra Jesús resucitado, quien sostiene en sus brazos el alma de María, como a una niña recién nacida. Ha venido a buscarla para llevarla consigo a la gloria de Dios, “al cielo”, como decimos simbólicamente. El Señor ha cumplido en su Madre aquello que prometió a todos sus amigos: «Cuando vaya [al Padre] y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes» (Jn 14,3).

Este primer modelo pone de relieve la verdad central: es Cristo, muerto y resucitado, quien nos conduce a la meta a la que desde siempre hemos sido destinados, a la vida eterna. Es lo que generaciones y generaciones de fieles han contemplado al orar frente a las imágenes de la Dormición, y que se puede admirar en Roma, en el gran mosaico del ábside de la Basílica de Santa María la Mayor.

La iconografía más reciente, que se desarrolló posteriormente en Occidente, nos muestra, por el contrario, a la Virgen María de cuerpo entero, en el cielo, rodeada de luz, a menudo con ángeles y santos alrededor. En esta, se encuentra el cuerpo glorificado de la Virgen en el centro, conforme a lo que se lee en el libro del Apocalipsis: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1).

Algunos artistas han juntado ambos esquemas, representando a la Virgen gloriosa en alto y su tumba vacía abajo, frecuentemente llena de flores de diversos colores, y a los apóstoles con la mirada fija hacia ella, en el cielo.

Este segundo modelo pone de relieve la verdad de que María fue asunta en cuerpo y alma, es decir, en la integridad de su persona. Esa mujer que en la tierra dio cuerpo y sangre al Verbo encarnado y lo siguió hasta la unión perfecta en el sacrificio de amor, fue atraída por Él a la gloria para siempre.

De este modo, esta iconografía nos permite también contemplar nuestro destino final. La plenitud de vida, que hoy admiramos con alegría en María, nos espera también a nosotros, al final de los tiempos, cuando, como dice san Pablo, Cristo Resucitado «transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso» (Flp 3,21), vistiendo lo que es corruptible de incorruptibilidad y lo que es mortal de inmortalidad (cf. 1 Co 15,54). Entonces, con nuestra carne transformada por el amor del Redentor, viviremos para siempre, en la fiesta sin fin.

¡Alabemos al Señor, que ha hecho grandes cosas en su Santísima Madre, que es también la nuestra!

 

Papa Francisco. Angelus. 15 de agosto de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, contemplamos su ascensión en cuerpo y alma a la gloria del Cielo. También el Evangelio de hoy nos la presenta ascendiendo, esta vez a una "región montañosa" (Lc 1, 39). ¿Y por qué sube? Para ayudar a su prima Isabel, y allí proclama el cántico gozoso del Magnificat. María sube y la Palabra de Dios nos revela lo que la caracteriza mientras sube: El servicio al prójimo y la alabanza a Dios. Ambas cosas: María es la mujer del servicio al prójimo y María es la mujer que alaba a Dios. Por otra parte, el evangelista Lucas narra la propia vida de Cristo como una ascensión, hacia Jerusalén, el lugar de la entrega de sí mismo en la cruz, y del mismo modo describe el camino de María. Jesús y María, en definitiva, recorren el mismo camino: dos vidas que suben hacia lo alto, glorificando a Dios y sirviendo a los hermanos. Jesús como el Redentor, que da su vida por nosotros, por nuestra justificación; María como la sierva que sale a servir: dos vidas que vencen a la muerte y resucitan; dos vidas cuyos secretos son el servicio y la alabanza. Detengámonos en estos dos aspectos: servicio y alabanza.

El servicio. Es cuando nos agachamos para servir a nuestros hermanos y hermanas es cuando subimos: es el amor lo que eleva la vida. Nosotros vamos a servir a nuestros hermanos y hermanas y por este servicio vamos "subiendo". Pero servir no es fácil: la Virgen, que acaba de concebir, recorre casi 150 kilómetros para llegar a casa de Isabel desde Nazaret. Ayudar tiene su precio, a todos nosotros. Lo experimentamos siempre, en el cansancio, la paciencia y las preocupaciones que conlleva el cuidado de los demás. Pensemos, por ejemplo, en los kilómetros que muchas personas recorren cada día para ir y volver del trabajo y realizar muchas tareas en favor del prójimo; pensemos en los sacrificios de tiempo y de sueño para cuidar a un niño o a un anciano; y en el compromiso de servir a los que no tienen nada que devolver, tanto en la Iglesia como en el voluntariado. Yo admiro el voluntariado. Es fatigoso, pero es subir hacia lo alto, ¡es ganar el Cielo! Esto es verdadero servicio.

Pero el servicio corre el riesgo de ser estéril sin la alabanza a Dios. En efecto, cuando María entra en casa de su prima, alaba al Señor. No habla de su cansancio por el viaje, sino que de su corazón brota un cántico de júbilo. Porque quien ama a Dios sabe alabar. Y el Evangelio de hoy nos muestra "una cascada de alabanzas": el niño salta de alegría en el seno de Isabel (cf. Lc 1,44), que pronuncia palabras de bendición y "la primera bienaventuranza": "Feliz de ti por haber creído" (Lc 1,45); y todo culmina en María, que proclama el Magnificat (cf. Lc 1,46-55). La alabanza aumenta la alegría. La alabanza es como una escalera: eleva los corazones. La alabanza levanta el ánimo y vence la tentación de caer. ¿Han visto que las personas aburridas, las que viven de la charlatanería, son incapaces de alabar? Pregúntense: ¿soy capaz de alabar? ¡Qué bueno es alabar a Dios cada día, y también a los demás! ¡Qué bueno es vivir de gratitud y bendición en lugar de lamentaciones y quejas, mirar hacia lo alto en lugar de enfadarse! Las quejas: hay gente que se queja todos los días. Pero mira que Dios está cerca de ti, mira que te ha creado, mira las cosas que te ha dado. ¡Alaba, alaba! Y eso es salud espiritual.

Servicio y alabanza. Tratemos de preguntarnos: ¿Yo vivo mi trabajo y mis ocupaciones cotidianas con espíritu de servicio o con egoísmo? ¿Me dedico a alguien gratuitamente, sin buscar beneficios inmediatos? En definitiva, ¿hago del servicio el "trampolín" de mi vida? Y pensando en la alabanza: ¿sé, como María, exultar en Dios (cf. Lc 1,47)? ¿Rezo bendiciendo al Señor? Y, después de alabarlo, ¿contagio su alegría entre las personas que encuentro? Cada uno intente responder a estas preguntas.

Que nuestra Madre, Asunta al Cielo, nos ayude a subir cada día más hacia lo alto mediante el servicio y la alabanza.

 

Papa Francisco. Angelus. 20 de agosto de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio narra el encuentro de Jesús con una mujer cananea, fuera del territorio de Israel (cf. Mt 15,21-28). Esta le pide que libere a su hija, atormentada por un demonio, pero el Señor no la escucha. Ella insiste y los discípulos le piden que la atienda para que pare, pero Jesús explica que su misión está destinada a los hijos de Israel y usa esta imagen: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Y la mujer, valiente, responde: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Entonces Jesús le dice: «“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. En aquel momento quedó curada su hija» (vv. 26-28). ¡Una historia hermosa esta! Y esto sucedió a Jesús.

Vemos que Jesús cambia de actitud y lo que le hace cambiar es la fuerza de la fe de aquella mujer. Detengámonos, entonces, brevemente, en estos dos aspectos: el cambio de Jesús y la fe de la mujer.

El cambio de Jesús. Él estaba dirigiendo su predicación al pueblo elegido; después, el Espíritu Santo empujaría la Iglesia hasta los confines del mundo. Pero aquí tiene lugar, podemos decir, un adelanto, por el que, en el episodio de la mujer cananea, ya se manifiesta la universalidad de la obra de Dios. Es interesante esta disponibilidad de Jesús: frente a la oración de la mujer “adelanta los planes”, ante su caso concreto se convierte aún en más condescendiente y compasivo. Dios es así: es amor, y quien ama no permanece rígido. Sí, permanece firme, pero no rígido. No permanece rígido en sus propias posiciones, sino que se deja mover y conmover; sabe cambiar sus esquemas. Y el amor es creativo y nosotros cristianos, si queremos imitar a Cristo, estamos invitados a la disponibilidad del cambio. Cuánto bien hace en nuestras relaciones, pero también en la vida de fe, ser dóciles, escuchar verdaderamente, enternecernos en nombre de la compasión y del bien ajeno, como Jesús hizo con la cananea. La docilidad para cambiar. Corazones dóciles para cambiar.

Miremos entonces a la fe de la mujer, que el Señor alaba, diciendo que es «grande» (v. 28). A los discípulos les parece grande solo su insistencia, pero Jesús alaba diciendo que es grande, Jesús ve la fe; los discípulos ven la insistencia solamente. Si pensamos en ello, aquella mujer extranjera probablemente conocía poco, o nada, las leyes y los preceptos religiosos de Israel. ¿En qué consiste entonces su fe?

La mujer no es rica de conceptos, sino que es rica de hechos: la cananea se acerca, se postra, insiste, mantiene un diálogo estrecho con Jesús, supera todos los obstáculos con tal de hablar con Él. Supera todos los obstáculos para hablarle. He aquí la concreción de la fe, que no es una etiqueta religiosa -la fe no es una etiqueta religiosa-, sino una relación personal con el Señor. ¿Cuántas veces se cae en la tentación de confundir la fe con una etiqueta? La fe de la mujer no está hecha de protocolo teológico, sino de insistencia: llama a la puerta, llama, llama; no está hecha de palabras, sino de oración. Y Dios no resiste cuando se le reza. Porque dijo: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).

Hermanos y hermanas, a la luz de todo esto podemos hacernos algunas preguntas. A partir del cambio de Jesús, por ejemplo: ¿yo soy capaz de cambiar de opinión? ¿Sé ser comprensivo, sé ser compasivo o permanezco rígido en mis posiciones? ¿En mi corazón   hay algo de rigidez? Que no es firmeza: la rigidez es mala, la firmeza es buena.  Y a partir de la fe de la mujer: ¿cómo es mi fe? ¿Se detiene en conceptos y palabras o es realmente vivida con la oración y las acciones? ¿Sé dialogar con el Señor, sé insistir con Él, o me conformo con recitar cualquier fórmula hermosa? Que la Virgen nos haga disponibles al bien y concretos en la fe.

 

Papa Francisco. Angelus. 16 de agosto de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cfr. Mt 15, 21-28) describe el encuentro entre Jesús y una mujer cananea. Jesús está al norte de Galilea, en territorio extranjero, para estar con sus discípulos un poco alejado de las multitudes, que lo buscan cada vez más numerosas. Y entonces se acerca una mujer que implora ayuda para la hija enferma: «¡Ten piedad de mí, Señor!» (v. 22). Es el grito que nace de una vida marcada por el sufrimiento, por el sentido de impotencia de una madre que ve a la hija atormentada por el mal y no puede curarla. Jesús al principio la ignora, pero esta madre insiste, insiste, también cuando el Maestro dice a los discípulos que su misión está dirigida solamente a las «ovejas perdidas de la casa de Israel» (v. 24) y no a los paganos. Ella le sigue suplicando, y Él, a este punto, la pone a prueba citando un proverbio —parece casi un poco cruel esto— : «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26). Y la mujer enseguida, despierta, angustiada, responde: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos» (v. 27).

Con estas palabras esta madre demuestra haber intuido que la bondad del Dios Altísimo, presente en Jesús, está abierta a toda necesidad de sus criaturas. Esta sabiduría plena de confianza toca el corazón de Jesús y le arrebata palabras de admiración: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas» (v. 28). ¿Cuál es la fe grande? La fe grande es aquella que lleva la propia historia, marcada también por las heridas, a los pies del Señor pidiéndole que la sane, que le dé sentido.

Cada uno de nosotros tiene su propia historia y no siempre es una historia limpia; muchas veces es una historia difícil, con muchos dolores, muchos problemas y muchos pecados. ¿Qué hago, yo, con mi historia? ¿La escondo? ¡No! Tenemos que llevarla delante del Señor: “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!” Esto es lo que nos enseña esta mujer, esta buena mujer: la valentía de llevar la propia historia de dolor delante de Dios, delante de Jesús; tocar la ternura de Dios, la ternura de Jesús. Hagamos, nosotros, la prueba de esta historia, de esta oración: cada uno que piense en la propia historia. Siempre hay cosas feas en una historia, siempre. Vamos donde Jesús, llamamos al corazón de Jesús y le decimos: “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Y nosotros podremos hacer esto si tenemos delante de nosotros el rostro de Jesús, si nosotros entendemos cómo es el corazón de Cristo: un corazón que tiene compasión, que lleva sobre sí nuestros dolores, que lleva sobre sí nuestros pecados, nuestros errores, nuestros fracasos.

Pero es un corazón que nos ama así, como somos, sin maquillaje. “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Y por esto es necesario entender a Jesús, tener familiaridad con Jesús. Y vuelvo siempre al consejo que os doy: llevar siempre un pequeño Evangelio de bolsillo y leed cada día un pasaje. Llevad el Evangelio: en el bolso, en el bolsillo y también en el móvil, para ver a Jesús. Y allí encontraréis a Jesús como Él es, como se presenta; encontraréis a Jesús que nos ama, que nos ama mucho, que nos quiere mucho. Recordad la oración: ¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Bonita oración. Que el Señor nos ayude, a todos nosotros, a rezar esta bonita oración que nos enseña una mujer pagana: no cristiana, ni judía, sino pagana.

La Virgen María interceda con su oración, para que crezca en cada bautizado la alegría de la fe y el deseo de comunicarla con el testimonio de una vida coherente, que nos dé la valentía de acercarnos a Jesús y decirle: ¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”.

 

Papa Francisco. Angelus. 20 de agosto de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy (Mateo 15, 21-28) nos presenta un singular ejemplo de fe en el encuentro de Jesús con una mujer cananea, una extranjera respecto a los judíos. La escena se desarrolla mientras Él está en camino hacia la ciudad de Tiro y Sidón, en el noroeste de Galilea: es aquí donde la mujer implora a Jesús que cure a su hija la cual —dice el Evangelio— «está malamente endemoniada» (v. 22).

El Señor, en un primer momento, parece no escuchar este grito de dolor, hasta el punto de suscitar la intervención de los discípulos que interceden por ella. El aparente distanciamiento de Jesús no desanima a esta madre, que insiste en su invocación. La fuerza interior de esta mujer, que permite superar todo obstáculo, hay que buscarla en su amor materno y en la confianza de que Jesús puede satisfacer su petición. Y esto me hace pensar en la fuerza de las mujeres. Con su fortaleza son capaces de obtener cosas grandes. ¡Hemos conocido muchas! Podemos decir que es el amor lo que mueve la fe y la fe, por su parte, se convierte en el premio del amor. El amor conmovedor por la propia hija la induce «a gritar: “¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!”» (v. 22). Y la fe perseverante en Jesús le consiente no desanimarse ni siquiera ante su inicial rechazo; así la mujer «vino a postrarse ante Él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”» (v. 25).

Al final, ante tanta perseverancia, Jesús permanece admirado, casi estupefacto, por la fe de una mujer pagana. Por tanto, accede diciendo: «“Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”. Y desde aquel momento quedó curada su hija» (v. 28). Esta humilde mujer es indicada por Jesús como ejemplo de fe inquebrantable. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros estímulo para no desanimarnos, para no desesperar cuando estamos oprimidos por las duras pruebas de la vida. El Señor no se da la vuelta ante nuestras necesidades y, si a veces parece insensible a peticiones de ayuda, es para poner a prueba y robustecer nuestra fe. Nosotros debemos continuar gritando como esta mujer: «¡Señor, ayúdame! ¡Señor ayúdame!». Así, con perseverancia y valor. Y esto es el valor que se necesita en la oración.

Este episodio evangélico nos ayuda a entender que todos tenemos necesidad de crecer en la fe y fortalecer nuestra confianza en Jesús. Él puede ayudarnos a encontrar la vía cuando hemos perdido la brújula de nuestro camino; cuando el camino no parece ya plano sino áspero y arduo; cuando es fatigoso ser fieles con nuestros compromisos. Es importante alimentar cada día nuestra fe, con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la celebración de los Sacramentos, con la oración personal como «grito» hacia Él —«Señor, ayúdame»—, y con actitudes concretas de caridad hacia el prójimo.

Encomendémonos al Espíritu Santo para que Él nos ayude a perseverar en la fe. El Espíritu infunde audacia en el corazón de los creyentes; da a nuestra vida y a nuestro testimonio cristiano la fuerza del convencimiento y de la persuasión; nos anima a vencer la incredulidad hacia Dios y la indiferencia hacia los hermanos. La Virgen María nos haga cada vez más conscientes de nuestra necesidad del Señor y de su Espíritu; nos obtenga una fe fuerte, plena de amor, y un amor que sabe hacerse súplica, súplica valiente a Dios.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 14 de agosto de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la región a donde Jesús se estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf. Mt 15, 22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt 15, 22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo» (Sermo 77, 1: PL 38, 483). El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2, 13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor.

Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe, con la escucha profunda de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, a la que mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo, para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber encontrado al Señor.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 17 de agosto de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

En este XX domingo del tiempo ordinario, la liturgia propone a nuestra reflexión las palabras del profeta Isaías: "A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, (...) los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración (...), porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos" (Is 56, 6-7). A la universalidad de la salvación hace referencia también el apóstol san Pablo en la segunda lectura, así como la página evangélica que narra el episodio de la mujer cananea, una extranjera respecto a los judíos, a la que el Señor atendió por su gran fe. La palabra de Dios nos ofrece así la oportunidad de reflexionar sobre la universalidad de la misión de la Iglesia, constituida por pueblos de toda raza y cultura. Precisamente de aquí proviene la gran responsabilidad de la comunidad eclesial, llamada a ser casa hospitalaria para todos, signo e instrumento de comunión para toda la familia humana.

Es sumamente importante, especialmente en nuestro tiempo, que toda comunidad cristiana tome cada vez más profundamente conciencia de ello, a fin de ayudar también a la sociedad civil a superar cualquier tentación que se pueda dar de racismo, de intolerancia y de exclusión, y a organizarse con opciones respetuosas de la dignidad de todo ser humano. Una de las grandes conquistas de la humanidad es en efecto precisamente la superación del racismo. Pero, desgraciadamente, se registran en diversos países nuevas manifestaciones preocupantes, vinculadas a menudo a problemas sociales y económicos, que sin embargo jamás pueden justificar el desprecio y la discriminación racial. Oremos para que por doquier crezca el respeto a toda persona, junto a la conciencia responsable de que sólo en la acogida recíproca de todos se puede construir un mundo marcado por auténtica justicia y paz verdadera.

Hoy os propongo rezar por otra intención, dadas las noticias que llegan de numerosos y graves accidentes de tráfico, especialmente en este período. No debemos acostumbrarnos a esta triste realidad. Efectivamente, demasiado precioso es el bien de la vida humana y demasiado indigno del hombre es morir o encontrarse inválido por causas que, en la mayor parte de los casos, se podrían evitar. Es necesario ciertamente mayor sentido de responsabilidad. Ante todo, por parte de los automovilistas, porque los accidentes se deben a menudo a la excesiva velocidad y a comportamientos imprudentes. Conducir un vehículo por las calles públicas requiere sentido moral y sentido cívico. Para promocionar este último es indispensable la constante obra de prevención, vigilancia y represión por parte de las autoridades competentes. Como Iglesia, en cambio, nos sentimos interpelados directamente en el plano ético: los cristianos ante todo deben hacer un examen de conciencia personal sobre la propia conducta de automovilistas; asimismo, las comunidades eduquen a todos a considerar también la conducción como un campo de defensa de la vida y de ejercicio concreto del amor al prójimo.

Encomendemos las problemáticas sociales que he recordado a la materna intercesión de María, a la que ahora invocamos juntos con el rezo del Ángelus.

 

DOMINGO XXI T. O.

 

Monición de entrada.-

Buenos días:

Los que vemos a misa creemos en Jesús.

Y en las enseñanzas de san Pedro y los Apóstoles.

Así los domingos decimos el Credo, que es el resumen de lo que enseñaron los apóstoles.

Gracias a ellos conocemos a Jesús y en misa estamos con Él.

 

Señor, ten piedad.-

En ti creemos. Señor, ten piedad.

A ti acudimos.  Cristo, ten piedad.

A ti elegimos. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.-

Por el Papa León, que ha recibido de Jesús la misión de guardar la unidad y confirmar en la fe a sus hermanos y por el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Por los que mandan en los países.  Te lo pedimos, Señor.

Por los que quieren a Jesús pero no creen que sea el Hijo de Dios. Te lo pedimos, Señor.

Por nosotros, que somos piedras vivas apoyadas en los apóstoles. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias porque los apóstoles, que nos hablaron de Jesús y a los que tú querías como a hijos.

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