Primera lectura.
Lectura del libro de Isaías 56, 1.6-7
Esto dice el Señor:
-Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación
está por llegar, y mi justicia se va a manifestar. A los extranjeros que se han
unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus
servidores, que observan el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los
traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus
holocaustos y sacrificios será aceptables sobre mi altar; porque mi casa es
casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.
Textos
paralelos.
Mi salvación está a
punto de llegar.
Is 46, 13: Yo acerco
mi victoria, no está lejos; / mi salvación no tardará; / traeré la salvación a
Sión / y mi honor a Israel.
Is 51, 6: Levantad
los ojos al cielo, / mirad abajo, a la tierra: / el cielo se disipa como humo,
/ la tierra se gasta como ropa, / sus habitantes mueren / como mosquitos; /
pero mi salvación dura por siempre, / mi victoria no tendrá fin.
Is 51, 8: Pues la
polilla los roerá como a la ropa / como los gusanos roen la lana; / pero mi
victoria dura por siempre, / mi salvación de edad en edad.
En cuanto a los
extranjeros adheridos a Yahvé.
Is 18, 7: Entonces
traerá tributo / al Señor de los ejércitos, / el pueblo esbelto, de piel
bruñida, / la gente temida / de cercanos y lejanos, / el pueblo nervudo y
dominador, / cuya tierra surcan canales, / al lugar dedicado / al Señor de los
ejércitos, / al Monte Sión.
Yo les traeré a mi
monte santo.
Sal 15, 1: Señor,
¿quién puede hospedarse en tu tienda? / ¿quién habitará en tu monte santo?
1 Re 8, 41-43:
También el extranjero, que no pertenece a tu pueblo, Israel, cuando venga de un
país lejano atraído por tu fama- porque oirán hablar de tu gran fama de tu mano
fuerte y tu brazo extendido –, cuando venga a rezar en este templo, escúchalo tú
desde el cielo, donde moras; haz lo que te pida, para que todas las naciones
del mundo conozcan tu fama y te teman como tu pueblo, Israel, y sepan que tu
nombre ha sido invocado en este templo que he construido.
Sus holocaustos y
sacrificios serán gratos.
Mt 21, 13: Les dijo:
“Está escrito que mi casa será casa de oración, mientras que vosotros la habéis
convertido en guarida de bandidos.
Notas
exegéticas.
56 (b) Oráculo en prosa rítmica
compuesta probablemente después del regreso del Destierro. Fiel a las
tradiciones de varios grandes profetas el autor anuncia que pronto se admitirá
en el judaísmo a prosélitos, extranjeros, a condición de que estén “fielmente
adheridos”, lo cual debe incluir la circuncisión, señal de la alianza. Quedan
abolidas las restricciones previstas por Dt 23, 2-9, en especial lo que se
refería a los eunucos.
56 6 No se trata aquí de extranjeros
residentes, sino de extranjeros que están de paso. Aunque acogidos en Israel,
no disfrutaban de derechos. Estaban excluidos del culto y privados de múltiples
ventajas, si no explotados. Ezequiel les prohíbe el acceso al Templo. Sorprende
el cambio anunciado por nuestro texto.
56 7 Estas palabras que Jesús cita
en circunstancias graves de su vida, Mt 21, 13, anuncian dos novedades: la
oración se impone a los sacrificios, aun en el templo a donde se invita a todos
los del pueblo.
Salmo
responsorial
Sal 67 (66), 1-3.5-6.8
R/. Oh, Dios, que te alaben los
pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que
Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine
su rostro sobre nosotros;
conozca
la tierra tus caminos,
todos
los pueblos tu salvación. R/.
Que
canten de alegría las naciones,
porque
riges el mundo con justicia
y
gobiernas las naciones de la tierra. R/.
Oh,
Dios, que te alaben los pueblos,
que
todos los pueblos te alaben.
Que
Dios nos bendiga; que le teman
todos
los confines de la tierra. R/.
Textos
paralelos.
Que Dios tenga piedad.
Nm 6, 24-25: El Señor te bendiga y te guarde, / el Señor te
muestre su rostro radiante / y tenga piedad de ti, / el Señor te muestre su
rostro / y te conceda la paz.
Que nos muestre su rostro.
Sal 31, 17: Muestra a tu siervo tu rostro radiante, / sálvame por
tu lealtad.
Conozca así la tierra su proceder.
Sal 4, 7: Muchos dicen:
¿Quién nos hará gozar de la dicha / si la luz de tu rostro, Señor, / se ha
alejado de nosotros?
Y todas las naciones su salvación.
Jr 33, 9: Jerusalén será título de gozo, alabanza y honor, para mí
y para todas las naciones de la tierra que oigan contar todo el bien que les he
hecho, y los temerán y respetarán, por todo el bien y la paz que les he dado.
Que se alegren y exulten las naciones.
Sal 98, 9: Delante del Señor, que ya llega / a regir la tierra.
Pues juzgas al mundo con justicia.
Sal 82, 8: ¡Levántate, Dios, y juzga la tierra, / porque tú eres
el dueño de todos los pueblos!
¡Dios nos bendiga y lo teman!
Os 2, 24: la tierra escuchará al trigo / y al vino y al aceite, /
y estos escucharán a Yesrael. / Y me la sembraré en el país / me compadeceré de
Incompadecida / y diré a No-pueblo-mío. / Eres mi pueblo, / y él responderá:
Dios mío.
Notas
exegéticas.
67 Recitado probablemente durante la
fiesta con que se daba por terminada la cosecha. Ver Ex 23, 14.
67 5 “Juzgas al mundo con justicia”.
Sinaítico, ver Sal 9,9; ominitdo por hebraico.
Segunda
lectura.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 13-15.29-32
Hermanos:
A vosotros, gentiles, os digo: siendo como soy apóstol de los
gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y
salvo a algunos de ellos. Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué
no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida? Pues los dones
y la llamada de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros, en otro
tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la
desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de
la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos
alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia,
para tener misericordia de todos.
Textos
paralelos.
Que los dones y la
llamada de Dios son irrevocables.
Rm 9, 6: No es que haya fallado
la promesa de Dios. Pues no todos los que proceden de Israel constituyen a
Israel.
Nm 23, 19: Dios no miente como
hombre ni se arrepiente a lo humano. ¿Puede decir y no hacer, puede prometer y
no cumplir?
1 S 15, 29: ¿Por qué no has
obedecido Señor? ¿Por qué has echado mano a los despojos, haciendo lo que el
Señor reprueba?
En otro tiempo rebeldes
para Dios.
Rm 3, 26: Y demuestra su
justicia en el presente siendo justo y haciendo justos a los que creen en
Jesús.
Ellos también se han
revelado ahora.
Rm 11, 11: Pregunto:
¿tropezaron hasta sucumbir? ¡De ningún modo! Solo que su tropiezo ha provocado
la salvación de los paganos, provocando a su vez sus celos.
Dios encerró a todos los
hombres en rebeldía.
Ga 3, 22: Pero la Escritura
incluye a todos bajo el pecado, de modo que lo prometido se entregue a los
creyentes por la fe en Jesucristo.
Ez 18, 31: Quitaos de encima
los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu
nuevo, y así no moriréis, casa de Israel.
Notas
exegéticas:
11 13 Es decir, los cristianos
venidos de las naciones: los gentiles convertidos. Así, aun como apóstol de los
gentiles, Pablo trabaja para la salvación de sus hermanos de raza (“los de mi
raza”, lit. “de mi carne”).
11 14 Lit. “mi carne”.
11 15 (a) El término griego apoholé tiene varios matices: rechazo,
abandono, defección, pérdida. El primer sentido no conviene aquí, por cuanto el
primer versículo del capítulo dice que Dios no ha rechazado a su pueblo.
Algunos lo interpretan como si Israel fuera el sujeto (su rechazo del
Evangelio), pero el contexto no favorece esta solución. Los otros matices
pueden valer todos, en tanto en cuanto no contradigan a 11, 1-2. Lo importante
es ver bien que Pablo no insiste en el abandono como tal: éste es, en efecto,
provisional y paradójicamente va a servir al designio salvífico de Dios para la
humanidad entera, Israel y los gentiles.
11 15 (b) Fórmula diversamente interpretada.
Si la conversión de los gentiles puede parangonarse con la primera fase de la
obra redentora, la reconciliación del mundo la de Israel será un beneficio tal
que no se la puede comparar más con la segunda, la resurrección final que Pablo
parece tener aquí presente. Pero no dice que la conversión de Israel deba
preceder inmediatamente a la resurrección general – Otros traduce: “un revivir
de entre los muertos”. Hacer volver de la muerte a la vida es una obra
particularmente maravillosa, reservada al poder de Dios.
11 31 Algunos testigos no reproducen
este “ahora”, o bien dicen en su lugar: “más tarde”.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús salió y
se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de
uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
-Ten compasión de mí, Señor,
Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
-Atiéndela, que viene detrás
gritando.
Él le contestó:
-No está bien tomar el pan de
los hijos y echárselo a los perritos.
Pero ella repuso:
-Tienes razón, Señor; pero
también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Jesús le respondió:
-Mujer, qué grande es tu fe:
que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada
su hija.
Textos paralelos.
// Mc 7, 24-30: Desde allí se puso en camino y se dirigió al territorio
de Tiro. Entró en una casa con intención de pasar desapercibido, pero no logró
ocultarse. Una mujer que tenía a su hija poseída por un espíritu inmundo se
enteró de su llegada, acudió y se postró a sus pies. La mujer era pagana,
natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. Le
respondió: “Deja que se sacien primero los hijos. No está bien quitar el pan a
los hijos para echárselo a los perritos”. Ella replicó: “Señor, también los
perritos, debajo de la mesa, comen de las migas de los niños”. Le dijo: “Por
eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija”. Se volvió a su
casa y encontró a la hija tendida en la cama; el demonio había salido.
Una mujer cananea.
1 R 17, 7-16: Pero al cabo del tiempo el torrente se secó, porque no
había llovido en la región. Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías:
“Anda, vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo mandaré a una viuda que te dé
la comida”. Elías se puso en camino hacia Sarepta, y al llegar a la entrada del
pueblo encontró allí a una viuda recogiendo leña. La llamó y le dijo: “Por
favor, tráeme un poco de agua en un jarro para beber”. Mientras iba a buscarla,
Elías le gritó: “Por favor, tráeme en la mano un trozo de pan”. Ella respondió:
“¡Vive el Señor, tu Dios! No tengo pan; solo me queda un puñado de harina en el
jarro y un poco de aceite en la aceitera. Ya ves, estaba recogiendo cuatro
astillas; voy a hacer un pan para mí y mi hijo, nos lo comeremos y luego
moriremos”. Elías le dijo: “No temas. Anda a hacer lo que dices, pero primero
hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y tu hijo lo harás después. Porque
así dice el Señor, Dios de Israel: “El cántaro de harina no se vaciará, la
aceitera de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia
sobre ella·”. Ella marchó a hacer lo que le había dicho Elías, y comieron él,
ella y su hijo durante mucho tiempo. El cántaro de harina no se vació ni la
aceitera se agotó, como lo había dicho el Señor por Elías.
Mt 9, 27: Mientras Jesús seguía adelante, dos ciegos lo seguían dando
voces: “¡Hijo de David! Ten piedad de nosotros”.
Ten piedad de mí, Señor.
Nm 27, 1-10: Se acercaron las hijas de Salfajad, hijo de Jéfer, hijo de
Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, del clan de Manasés, hijo de José, que
se llamaban Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsa, y se presentaron a Moisés, a
Eleazar, a los jefes y a la comunidad entera a la entrada de la tienda del
encuentro, y declararon: “Nuestro padre ha muerto en el desierto. No era de la
banda de Córaj, de los que se rebelaron contra el Señor, sino que él murió por
su propio pecado. Y no ha dejado hijos. Porque no haya dejado hijos no va a
borrarse el nombre de nuestro padre dentro de su clan. Danos a nosotras una
propiedad entre los hermanos de nuestro padre”. Moisés presentó la causa al
Señor, y el Señor dijo a Moisés: “Las hijas de Salfajad tienen razón. Dales
alguna propiedad en heredad entre los hermanos de su padre; pásales a ellas la
herencia de su padre. Después di a los israelitas: Cuando alguien muera sin
dejar hijos, pasaréis su herencia a su hija; si no tiene hijos, daréis su
herencia a sus hermanos; si no tiene hermanos, daréis su herencia a los
hermanos de su padre.
Mt 8, 29: ¡Hijo de Dios! ¿qué tienes con nosotros? ¿Has venido antes de
tiempo a atormentaros?
Sus discípulos acercándose.
Lc 11, 6: Os digo que, si no se levanta por amistad, se levantará por
su importunidad a darle cuanto necesita.
No he sido enviado más que a las ovejas.
Mt 10, 6: Dirigíos más bien a las ovejas descarriadas de la Casa de
Israel.
Rm 15, 8: Quiero decir que Cristo se hizo ministro de los circuncisos
en atención a la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas de los patriarcas.
Mujer, grande es tu fe.
Mt 8, 10: Al oírlo Jesús se admiró y dijo a los que lo seguían: “Os lo
aseguro, una fe semejante no la he encontrado en ningún israelita”.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
15 21 Como en 11, 21 la expresión “Tiro y Sidón” tiene también un valor teológico, designa a
las naciones paganas que, en determinadas condiciones que el relato precisa,
van a tomar parte en el ministerio de Jesús.
15 23 (a) Los fenicios se llamaban a sí mismos
cananeos. A lo largo de la historia, el nombre “Canaán” designó diversas zonas
mal delimitadas: la tierra prometida ocupada por los antiguos israelitas, las
tribus autóctonas del país, la Fenicia de tiempos de Jesús.
15 23 (b) La gracia finalmente concedida por Jesús a
esta pagana se hace probablemente en tierra de Israel.
15 23 Los discípulos piden al maestro que la
despedida concediéndole lo que pide: la misma palabra griega en 18, 27.
15 26 Jesús debe dedicarse a la salvación de los
judíos, “hijos” de Dios y de las personas, antes de ocuparse de los paganos,
que a los ojos de los judíos no eran más que “perros”. El carácter tradicional
de esta imagen, y la forma diminutiva empleada, atenúan en labios de Jesús lo
que el epíteto podía tener de despectivo. Por otra parte, la buena acogida
final de la petición de la mujer por parte de Jesús podría anunciar, en un caso
excepcional, el acceso de los paganos a la salvación tras su muerte y
resurrección. Numerosos textos mateanos fundamentan esta interpretación (8,
5-13; 21, 33-44,…).
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica:
22 CANANEA:
del país de Canaán, tal como se entendía este apelativo en tiempo de Jesús:
Fenicia, zona de gentiles (cf. Mc 7, 26). // QUE HABÍA SALIDO DE: puede
significar: oriunda de. // SE PUSO A GRITAR: lit. gritaba. Si nos
dejamos llevar del sonido del vocablo griego onomatopéyico, casi habría que
traducir ladraba. En cambio, en el v. 25, el verbo griego que indica postrarse
no tiene relación etimológica con la palabra griega kyôn: perro.
23 SE
ACERCARON A ROGARLE: la formulación lit. “habiéndose acercado… rogaban a
él”, da este matiz: le insistían. // DESPÍDELA: dale de una vez lo que
quiere y despáchala.
25 SE
POSTRÓ: lit. en imperfecto: se postraba (porque hacía gestos repetidos
de reverencia; o porque el verbo griego proskynéô equivale, aquí, a
suplicar.
28 LE
RESPONDIÓ ASÍ: cf. 3, 15. Las palabras literales – hágase para ti como
quieres – son como la tercera petición de un Padrenuestro dicho al reves,
de Dios a su criatura: hágase tu voluntad.
Notas exegéticas desde la Biblia
Didajé:
15, 21-28 La insistencia de esta mujer nos sirve de ejemplo sobre cómo debemos
orar, incluso aunque parezca que nuestras oraciones no son atendidas o incluso
están seguidas de más sufrimiento. Al igual que con el centurión romano (Mt 8,
10), Cristo admiró y actuó en respuesta a la gran fe de la cananea. Cat. 493,
448, 2610.
Catecismo de la Iglesia Católica.
448 Con mucha frecuencia, en los
evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título
expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús, y esperan de
él socorro y curación (Mt 15, 22). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa
el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús
resucitado, se convierte en adoración: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28).
Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la
tradición cristiana: “¡Es el Señor!”.
2510 Del mismo modo que Jesús ora al
Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia
filial: “Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido” (Mt
11, 24). Tal es la fuerza de la oración, “todo es posible para quien cree” (Mc
9, 23), con una fe “que no duda” (Mt 21, 21). Tanto como Jesús se entristece
por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la poca fe de sus discípulos
(Mt 8, 26), así se admira de la gran fe del centurión romano (Mt 8, 10) y de la
cananea (Mt 15, 28).
Concilio Vaticano II
[Los obispos] deben esforzarse, pues, sin cesar para
que los fieles conozcan y vivan más profundamente el misterio pascual por la
Eucaristía, de manera que formen un solo Cuerpo compenetradísimo en la unidad
de caridad de Cristo. Dedicándose a la oración y al ministerio de la palabra
han de trabajar para que todos los que están confiados a sus cuidados sean
unánimes en la oración, crezcan en la gracia por la recepción de los
sacramentos y sean testigos fieles del Señor.
Christus Dominus, 15.
San Jerónimo.
21 Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y Sidón. Abandona a los escribas y
fariseos calumniadores y pasa a la región de Tiro y de Sidón para curar a los
Tirios y a los Sidonios. Observa que la curación de la hija de la cananea
acontece en el decimo quinto lugar.
22 Mi hija está cruelmente atormentada por el demonio. Considero que la hija de la
Iglesia son las almas de los creyentes cruelmente atormentados por el demonio,
ignoraban al Creador y adoraban a la piedra.
23 Él no respondió palabra. No por soberbia farisaica ni por desdén como los escribas, sino para que
no pareciera contradecir la regla que había impuesto. No toméis el camino de
los gentiles ni entréis en las ciudades de los samaritanos. No quería dar
ocasión a los calumniadores y se reservaba la plenitud de la salvación de los
gentiles al tiempo de su pasión y resurrección.
25 Pero ella vino a postrarse ante él y le dijo. Admira, en la persona de la
mujer cananea la fe, la paciencia, la humildad de la Iglesia: la fe, porque
creyó que su hija podía ser sanada, la paciencia porque a pesar de tantos
rechazos persevera rogando, la humildad cuando no se compara a los perros sino
a los cachorros. Los perros son los paganos llamados así a causa de su
idolatría, perros que alimentados con sangre y con cadáveres se vuelven
rabiosos. Observa que esta cananea, perseverando en su petición, lo llama
primero Hijo de David, luego Señor, y finalmente lo adora como Dios.
San Agustín
Si ella clamó tan
intensamente en favor de su hija, ¡cuál debe ser nuestro clamor en favor de
nuestra carne y nuestra alma! Veis lo que consiguió con su clamor. En un primer
momento fue despreciada, pues era cananea, un pueblo malo que adoraba ídolos.
El Señor Jesucristo, en cambio, caminaba por Judea, tierra de los patriarcas y
de la Virgen María, que dio a luz a Cristo: era el único pueblo que adoraba al
verdadero Dios y no a los ídolos. Así, pues, cuando le interpeló no sé qué
mujer cananea, no quiso escucharla. No le hacía caso precisamente porque sabía
lo que le tenía reservado: no para negarle el beneficio, sino para que lo
mereciera ella, con su perseverancia.
Mereció el beneficio
cuando reconoció la verdad del insulto; donde reconoció la iniquidad, allí fue
coronada la humildad. Hace poco la llamó perro, ahora mujer; ladrando se ha
transformado. Deseaba las migajas que caían de la mesa, e inmediatamente, se encontró
sentada a la mesa. En efecto, cuando el Señor le dice: Grande es tu fe,
ya la había contado entre aquellos cuyo pan no quería que se echase a los
perros.
Sermón 154. II, pgs. 1150-1151.
Los Santos Padres.
Ella gritaba ansiosa por obtener el beneficio, y llamaba con fuerza; Él
disimulaba, no para negar la misericordia, sino para estimular el deseo, y no
solo para acrecentar el deseo, sino también, como dije antes, para recomendar
la humildad.
Agustín, Sermones, 77. 1b, pg. 52.
Los discípulos, compadecidos, unen su oración; pero Él, que mantenía el
misterio de la voluntad del Padre, respondió que había sido enviado a las
ovejas perdidas de Israel para manifestar con claridad meridiana que la hija de
la cananea representaba una figura de la Iglesia por el hecho de que reclamara
lo que se había concedido a otros; no que no debiera concederse también la
salvación a los gentiles, sino que el Señor había venido para los suyos y para
su casa, y por ello atendía las primicias de la fe de aquellos por los cuales
había venido, mientras que los otros serían salvados después mediante la
predicación de los apóstoles.
Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 15. 1b, pg. 53.
Mas, juntamente con la fe, considerad, os ruego, la humildad de esta
cananea. El Señor había llamado hijos a los judíos; ella no se contentó con eso
y les dio el nombre de señores.
Jerónimo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 52. 1b, pg. 55.
“En verdad os digo, no encontré tanta fe en Israel”. ¿Qué significa
“tanta”? Tan grande. ¿De dónde procede esa magnitud? De la pequeñez, es decir,
la grande procede de la humildad. “No encontré tanta fe”. Era semejante al
grano de mostaza, cuanto más pequeño, más activo. Así injertaba ya el Señor el
acebuche [olivo silvestre, los paganos] en el olivo.
Agustín. Sermones, 77. 1b, pg. 56.
San Juan de Ávila
Y si a todo cristiano está encomendado el ejercicio
de oración y que sea con instancia, y compasión, llorando con los que lloran,
¿con cuanta más razón debe de hacer esto el que tiene por propio oficio pedir
limosna por los pobres, salud para los enfermos, rescate para los encarcelados,
perdón para culpados, vida para muertos, conservación de ella para vivos,
conversión para infieles, y, en fin, que, mediante su oración y sacrificio, se
aplique a los hombres el mucho bien que el Señor en la cruz les ganó? Y si de
aquellos sacerdotes hubiese que, como otra viuda de Naím, llorase al hijo
muerto (cf. Lc 7, 11ss), importunase al Señor como la cananea (cf. Mt 15,
22ss), y le ofreciese devotos ruegos por el hijo endemoniado (cf. Mt 17, 44ss),
que unas veces lo lanza en el fuego el demonio, y otras, en el agua,
consolarlos hía el Señor, diciendo: No queráis llorar (cf. Lc 7, 13); y
darlos hía ánimas resucitadas y sanas, como dio a las otras personas corporal
salud y vida; y, por ventura, espiritual también para los hijos.
Tratado sobre el sacerdocio. I, pg. 917.
Jesucristo predicó en persona a las
ovejas que habían perecido de la casa de Israel no más (Mt 15, 24), y después,
sus santos apóstoles, en el mismo pueblo de Israel, comenzaron a predicar y
convirtiéndose no todos los judíos, mas algunos.
Audi, filia (I). I, pg. 526.
Jesucristo predicó en persona a las
ovejas que habían perecido dew la casa de Israel, no más (Mt 15, 24);
y después sus santos apóstoles en el mismo pueblo de Israel comenzaron a
predicar, y convirtiéndose no todos los judíos.
Audi, filia (II). I, pg. 773.
2. Miserere mei, etc. Las palabras que darán fundamento a nuestro sermón las dijo una mujer
atribulada a nuestro Señor Jesucristo y alcanzó de Él lo que pedía. Escríbelas
San Mateo, capítulo 15. Parecióme predicar de ella, porque tiene esta mujer
muchos devotos. Dicen en romance: ¡Jesús, hijo de David, habé misericordia
de mí! (Mt 15, 22). […] Vino hoy una mujercita y extranjera en el campo,
para hacer campo, y llevaba un pleito ruin, y tomóse a palabras con Cristo y
vencióle y hízolo decir: Mujer, grande es tu fe, hágase lo que quieres (Mt
15, 28). ¿No es buena justa? ¿No es buen torneo= ¿Qué buena guerra donde vence
la mujer y se hace lo que pide!
Esta historia de la Cananea es muy notoria, todos lo sabéis; pero lo que una vez no
entendistes, impusible es que, oyéndolo otra vez, no lo entendáis; que ésta es
la condición de la Sagrada Escriptura, que cuanto más uno sube a mayor
perfección de vida y conocimiento de Dios, ansí va más entendiendo en un mismo
paso lo que antes no entendió. No se añeja la sagrada Escritura de Dios;
siempre hallamos en las cosas que muchas veces hemos leído cosas nuevas que
entender y secretos que otras veces no habías entendido.
3. Fuese de allí a Tiro y Sidón, ciudades de gentiles, de gente infiel,
dando a entender Cristo en esta ida que se va de los corazones fingidos de los
hombres doblados que no tienen ni curan más de otra cosa que de tener las
apariencias buenas. Fuese de allí, de aquellos que tenían los corazones
dañados.
4. El
principal cuidado del cristiano ha de ser del corazón. Guárdenos Dios de tener
el corazón dañado y enfermo. Ansí como en lo corporal es gran mal la enfermedad
del corazón, ansi es mucho más en lo espiritual tener dañado el corazón. Vase
el Señor de allí y sale una mujer al camino, que tenía a su hija
endemoniada.
5. Sale
al camino. Había oído decir de Cristo grandes bienes y cómo hacía grandes
milagros y lanzaba demonios. Salióle al camino. ¡Bienaventurado aquel a cuyos
oídos han venido estas nuevas de Cristo! Albricias habías de dar a quien nos la
s trajese.
7. Oyó
esta mujer extranjera con las orejas del ánima, y con esta fe salió al camino a
pedir remedio para sus trabajos. ¡Oíd! Quizá os ha acaecido alguna vez esto.
Teníades alguna necesidad: pedís al Señor con fe, mirad en esta expiriencia,
que si Dios os dio a conocer que pedisteis, aunque se tarde, daros ha y
responderos ha. Sentiréis algunas veces que cuando se tardan, un no sé qué, no
sé cómo se es esto; cuando con fe demandamos nos dan a entender que nos oirán y
que nos darán lo que pedimos; sentís algunas veces que tuvo efecto vuestra
petición. […] Compañeras inseparables son oración y misericordia. Oración de
corazón, que mana de fe viva, alcanzará lo que pidiere. Si el Señor te ha hecho
merced en darte el don de la oración, darte ha también lo que pidieres, porque,
aunque te lo dilate, no se le olvida.
8.
Salió esta mujer bien armada. No está enferma. Es tanto lo que le dolía el mal
que la otra padecía, que lo tenía por suyo propio. Tomar los males ajenos por
nuestros propios, compadecernos de ellos como si nosotros los padeciésemos, no
entendemos esta palabra. ¿Quién hay agora que sienta la afrenta y necesidad que
su prójimo padece, que se dúela de sus males como si él mesmo los tuviese, y él
se sienta pobre con el pobre, y tentado con el tentado, y afligido con el
afligido? No sabemos qué es esto. No entendemos este lenguaje. Antes, padre,
apenas me puedo condoler de los males ajenos, cuánto más tenerlos por míos
proprios.
10. Y esta es la regla de la caridad, que no sabemos dónde mora. Lo que hace
la carne por parentesco, ¿no haría la gracia con caridad y Espíritu Santo? Si
no tenemos, pidámoslo al Señor. Esto dice esta buena mujer cananea. Esto dice a
los padres sacerdotes. Llámaos así, tristes, pues tal carga tenéis a cuestas.
Cuando los quieren ordenar, examínanlos si saben cantar y leer, si tienen buen
patrimonio; pues ya, si saben unas pocas de cánones y tienen buen patrimonio,
¡sus!, ordenar. ¿En qué examinará Dios? En la caridad para con todos y en la
oración, si saben bien orar y importunar a Dios por los prójimos y amansando y
hacer amistad entre Dios y los hombres, y sentir males ajenos y llorarlos, y
sentir lo que no conocieron y lo que no vieron. Y si esto no sabe, ¿qué
aprovecha todo esotro? Esto aprendimos de la Cananea.
11. Aquí calló con esta mujer, y el domingo pasado habló con el demonio,
cuando con las palabras de la sagrada Escriptura le venció. ¿Habéis sufrido
esta lanzada en la oración, cuando os salís de ella tan frío y tan seco y tan
sin devoción como entrastes y algunas
veces peor y más duro? A`rended de esta mujer, que fue a rogar a Dios,
y, como no le respondió, fue a sus santos, llegóse a sus santos discípulos y
rogóles que hablasen por ella a Jesucristo. ¡Qué soolicitud traía de unos en
otros! Y cómo los importunaba, pues que los apóstoles dijeron a Cristo: haced
ya, Señor, lo que esta mujer os ruega, que viene dando voces tras
nosotros. Y dijo Cristo: no soy enviado yo sino a las ovejas que
perecieron de la casa de Israel (cf. Mt 15, 23-24). ¿Agora respondéis con
eso, Señor, después de importunado y rogado por ella y por los santos
apóstoles, que puso por rogadores? ¿Con eso salís? Peor es eso, Señor, que
callar. ¿Quién tuviera un arnés de Milán para sufrir eso?
12. Póneste a un rinconcillo a rogar a Dios alguna cosa, y parece que te
desecha y te dice: “Anda, calla, déjate de eso, que no es para ti eso, no se
puede hacer, que no te has de salvar, que no estás bien con Dios, apártate
allá”. Y con todo esto porfía la mujer. Vase ella a Cristo y dice: Domie,
adiuva me (cf. Mt 15, 25). Aun no estás llagada, ¿y pides ayuda? ¿Qué
refrescos traes para pedir? ¿Mientras más disfavor mayor esperanza? Abrahán
creyó en la esperanza contra toda esperanza (Rm 4, 18).
14. Querría que no le pidiésemos señales, como os prediqué el domingo. Ansi
lo hace la mujer cananea, que habiéndola desechado Cristo, vuelve como de
primero con fuerzas frescas, y mirad qué respuesta le dieron. No hacía
Jesucristo aquello de cruel y áspero, sino porque conozca el universo mundo la
grandísima fe de esta mujer: No es bueno tomar el pan de los hijos y darlo a
los perros. Eso que tú pides es para hijos y tú eres perra. Espera, Señor,
que si es perra, quizá os morderá. Dícete a ti: Quien esto ha hecho, ¿pide
misericordia? Quien tanto ha pecado, ¿osa llegar a Dios? Esto es llamarte
perra.
No pido yo lo que se ha de dar a los hijos buenos. Habéis dado tanto a
los hijos, habéisles predicado, enseñado; nacistes entre ellos, habéis sanado,
resucitado, ¿qué, Señor, hay que no hayáis hecho por ellos? Dadme a mi de lo
que sobra. Parecióle bien la perseverancia y fe viva de esta mujer, y
respondióle: Mujer, grande es tu fe, hágase como lo pides; y sanóle la hija
de aquella hora (Mt 15, 26-28). ¡Basta!, que va el señor vencido, pues se
hizo todo lo que la Cananea, de gran fe, le pidió.
Sermón del Jueves de la Semana I de Cuaresma. III, pgs. 140ss.
Y los pequeños, Señor, los huérfanos de linaje humanal, ¿no tendrán parte
en vuestro convite? ¿No comerán siquiera de las migajas que caen de la mesa
de los señores? (cf. Mt 15, 27). ¿Qué dices, Señor?; que te piden los
pobres manjar para que no perezcan de hambre; y pues has hartado los grandes,
no te olvides, Señor, de los chicos. Los pobres y menesterosos – dice
Dios – buscan agua, y no la hay; la lengua de ellos con sed se ha secado. Yo
el Señor los oiré; Dios de Israel, no los desampararé (Is 41, 17). ¿Qué
comeremos, Señor, y beberemos los pobres a la mesa de los ángeles ricos?
Sermón del Santísimo Sacramento. III, pg. 754.
A la priesa de las oraciones de la Virgen responde Dios. Tráelo de los
cielos a la tierra, entra en su vientre, ármale de unas armas y carne tan
delicada, que le fatiga la hambre y la sed y el cansancio, y le punzan las
espinas, dándole cinco mil y tantos azotes; ¡y Él al Padre: ¡Perdónalos,
Señor! (Lc 23, 24). ¿Quién puede alcanzar delante de Dios negocio tan
grande? Mediante las oraciones de la Virgen. Dice Dios: Mujer, grande es tu
fe; hágase como tú quieres (Mt 15, 28).
Sermón de la Presentación del Señor. III, pg. 850.
Despierte ya, señora, y tenga a sí por quien es, y a Dios por quien es. Y
si desechada se sintiere, súfralo con humildad, pues así lo merece. E si el
Señor dice que es perra, diga con la cananea que es verdad (cf.
Mt 15, 26); mas por eso no desmaye y peque dos veces, una en el poco
conocimiento suyo, otra en no sentir bien de la suma bondad del Señor, pensando
que no la quiere o no quiere que lo busque. ¿E por qué osó decir tan gran
falsedad y testimonio falsísimo? ¿Por qué pone mancha en la pureza de la
misericordia divina y en el blanco Cordero, que dijo: A todo aquel que
viniere a mí, no le echaré fuera? (Jn 6, 37). ¿Por qué tiene por enemigo al
que la castiga y sospecha contra su Médico? Amor es todo lo que hace el Señor
con ella, sino, como no conoce por amor sino al regalo, parécele que quien
ama a su hijo multiplica los azotes (Si 30, 1); y tratándola el Señor así,
aun no se conoce ni es vil en sus ojos.
Carta a una doncella enferma y desmayada en el camino de Dios. IV, pg. 182-183.
Y está el hombre entero todo, de dentro y fuera, puesto en desconsuelo de
cruz; gime y pide socorro a nuestro Señor, y no solo se hace sordo y escondido
más que detrás de siete paredes, mas aun siente que el Señor se desvía de ella,
no solo no dándole favor, mas aun enseñándole el disfavor, como lo hizo con la
Cananea, que primero no la respondió y después la llamó de perra (cf. Mt 15,
26). Hora es aquella de grande angustia; y en ninguna parte halla el ánima
reposo, como cuando uno se ahoga en un profundo mar, sin hallar en qué hacer
pie, o como el que está atado de pies y manos, y prueba a levantarse, y no puede.
Porque ansí como aquel a quien Dios consuela, ningún tormento ni pena le puede
desconsolar, así al que Dios desconsuela ninguna cosa le puede alegrar.
Mas por tal desierto e imagen de muerte conviene ir a los siervos de Dios
tras su Señor, y por aquellas tinieblas y tristezas conviene pasar para llegar
al descanso.
A una religiosa, hija suya espiritual. IV, pg. 578-579.
No esta, señora, en sentimientos el aprovechamiento, sino en
conocimientos de sí mesmo y en despreciarse y desearlo ser; en tomar trabajos
de dentro y de fuera; en saber padecer por prójimos y en poner la vida por
ellos, si fuera menester; en cumplir todo lo que Dios manda, porque Él lo manda
y por amor, aunque no nos hubiese de dar nada; en confiar en Él, aunque nos
llame perros, como a la cananea (cf. Mt 15, 26). Y quien destas cosas más
tiene, más agradable es, aunque no tenga sentimientos orando ni comulgando ni
en otro tiempo.
A una persona que padecía sequedades y tentaciones. IV, pg. 735.
Que así como una castidad es probada en cosas contrarias, una humildad
con deshonras, una paciencia contrabajos, una caridad con hacer bien a quien
nos hace Mal, así es la fe y confianza probada con enviar Dios trabajos que
parezcan sacar de juicio, y esconderse Él, y parecer que añade más mientras más
es rogado. Conviene pasar esto si queremos oír: ¡Mujer, grande es tu fe! (Mt
15, 28). Esta lucha hemos de vencer, si queremos nombre y corona de verdaderos
y perfectos fieles. Y conviene recebir azotes y que escuezcan hasta el ánima, y
creer que son abracijos de grande amor. En esto que de fuera parece ira, hemos
de creer el corazón de Dios muy pacífico, y sus entrañas muy paternales, para
que no vivamos en sentido de carne, sino en fe, que es muerte de sentido de
carne.
Esta, señora, es la sabiduría de la cruz, que a ojos cerrados se subjecta
a la santa ordenación de Dios; y con este no juzgar, sino confiar en Él, es más
sabia que todo el saber del mundo. Porque quien a Dios quiere conocer y
agradar, no alcance, sino abaje los ojos con humildad; y no escudriñar y
alcanzará el verdadero saber, y hallará el Señor de las virtudes, que en todas
las cosas es suave para los suyos, y entonces les hace mayores bienes cuando a
los ojos de la carne parece que los desampara.
A una señora. IV, pg. 144.
Mas en esto se verá si sois cananea, en que, siendo injuriada y
desechada, importunéis al Señor, y siguiendo al que huye y humillándoos al que
os trata como perra, no le dejéis de amar pura y sencillamente, como si
sintiésedes grandes regalos y favores de Él, que al fin os responderá: ¡Mujer,
grande es tu fe; hágase como tú quieres! (Mt 15, 28). Mas estad vos
determinada de serle fiel y que le digáis de corazón: “Yo, Señor, os quiero
amar, aunque vos no me améis; yo os quiero buscar y enseñar buena cara, aunque
vos huyáis de mí. Ameos yo, y haced de mí lo que fueredes servido”. Y así,
tornárseos han los disfavores en ejercicio de verdadero amor, con el cual
debéis de quedar más contenta que con los disfavores penada.
A una religiosa, hija suya espiritual. IV, pg. 580.
San Oscar Romero.
Es hermoso sentirse hermanos cada domingo, sobre todo en este
momento, que es un momento de familia. Somos la familia de Dios que peregrina
en la tierra y cada domingo, como las familias unidas, en un fin de semana se
unen con sus padres a los otros miembros que están dispersos a lo largo del
trabajo de la semana; y venimos a compartir, a sentir de veras que lo que cada
uno hace le interesa a todos; y que así vamos unidos en una misma fuerza de
amor, de fe, de esperanza en medio de un mundo que nos ofrece tantas
dificultades, pero precisamente las familias se unen más, cuanto más arrecian
por fuera las tempestades.
Por eso en este ambiente de familia, es el Padre el que nos
orienta, el que nos aconseja, el que nos habla; y el padre es nuestro Dios al
que dentro de poco llamaremos: Padre Nuestro. El nos habla y el sacerdote o el
Obispo que predica no es más que un mensajero suyo entresacado de la misma
familia para comunicar su mensaje divino. Y se ha organizado este mensaje a lo
largo del Año Litúrgico, de tal manera, que cada domingo es novedad, nos va
presentando aspectos diversos de esta familia tan maravillosa que se llama, la
Iglesia, principio del reino de Dios en la tierra. Cómo no va a ser
maravilloso, si se trata del reino de Dios, aunque todavía envuelto en las
limitaciones, en las imperfecciones de los hombres que la formamos; pero que
vamos tratando de hacernos menos indignos de esa vida que Dios quiere
participar con nosotros en su plenitud cuando esta peregrinación termine. De
allí, que los aspectos que este domingo nos ofrece la divina palabra, como de
costumbre yo lo resumo en este pensamiento: El dinamismo misionero, espiritual
y social del reino de Dios en su Iglesia. Estos serán los tres aspectos de la
homilía de hoy.
20 de agosto de 1978.
León XIV. Audiencia. 5 de agosto de 2026. Los Documentos
del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la
Iglesia
Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la
Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum
Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la
oración litúrgica.
Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el
que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en
la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la
oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la
Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado.
«Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse
para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la
Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo
presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo
tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para
alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).
En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una
mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede
parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica
pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión.
Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración,
mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica
más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La
oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece
volver a ser descubierta en su verdad.
La Constitución Sacrosanctum
Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba
profundamente al Papa
San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio
Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra
primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se
nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso,
Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).
En la Constitución, de hecho, el
término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es
decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la
participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como
el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la
humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo»
(SC,
5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad
del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su
Cuerpo, al Padre» (SC,
84).
Por eso, San Pablo VI deseaba
ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública
cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara
profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y
alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const.
ap. Laudis
canticum).
Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de
las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los
bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a
rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la
escuela de la oración cristiana.
Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de
las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu
Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad
entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza»
(SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y
conformados a Él.
Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la
oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del
Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo
único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de
Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros.
Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra;
le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra
voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).
Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la
Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana,
empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la
fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo,
las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos
encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante
nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso
glorioso del Señor.
León XIV. Audiencia. 12 de agosto de 2026. Los Documentos
del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 6. El año
litúrgico.
Queridos hermanos y hermanas,
el quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum
Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema sobre el
cual hoy queremos detenernos, para explicar su importancia en la vida de todo
creyente.
En primer lugar, hay que recordar que esta manera de
definir el ciclo de las celebraciones cristianas “año litúrgico” se extendió en
el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el abad Prosper
Guéranger (1805-1875).
En la encíclica Mediator
Dei, Papa
Pio XII afirma que «no es una representación fría e inerte de cosas
que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple […] recuerdo de una edad
pretérita. Más bien, el año litúrgico es Cristo mismo que persevera en su
Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta
vida mortal […] con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se
pongan en contacto con sus misterios y por ellos en cierto modo vivan;
misterios que están presentes y obran constantemente» (III Divinum Officium et
Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). Por lo tanto, el año litúrgico debe
entenderse como constante actualización de la obra de salvación que Cristo
realiza en la historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia
permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los
fieles llenarse de la gracia de la salvación (cf. SC, 102c).
El encuentro con Jesús, que murió y resucitó por nosotros, es el fin que la
Iglesia persigue siempre, situando en el centro de cada momento la celebración
del acontecimiento pascual.
Por esta razón, los padres conciliares consideran
«fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» precisamente el domingo «el
día de la fiesta primordial» (cf. SC, 106).
En varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”,
“el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la
referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con
Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!
San Juan Pablo II,
en la Carta apostólica Dies
Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día
del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, “el
día de los días”: «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se
recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los
muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. […]
Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los
años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la
segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía»
(n.75),
cuando todos resucitaremos.
Para santificar el domingo es fundamental celebrar
la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo
implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC,
106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha asamblea, la
comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da testimonio de su
pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede
sustituirse por una presencia meramente virtual, ni se reduce a una reunión
meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en la
participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para que «den
gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección
de Jesucristo de entre los muertos (1Pe, 1,3)» (ibid.).
En este sentido, os animo a todos a crear las mejores
condiciones posibles para que también puedan participar en la Santa Misa
aquellos que los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del trabajo.
Queridos hermanos, el año litúrgico, marcado por los
domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la
devoción de la Iglesia. De hecho, ya desde el siglo II d. C., a la celebración
de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «la máxima solemnidad» (SC,
102), que se extendía a lo que se denomina el «tiempo de gran alegría» de
cincuenta días, que culminaba en Pentecostés y se preparaba mediante el tiempo
de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC,
109). El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar posteriormente
siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir los misterios de la
encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo.
La Iglesia ha incorporado además en los distintos tiempos la veneración de la
Santísima Virgen María, «unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su
Hijo» (SC,
103), y «el recuerdo de los mártires y de los demás santos […] cantan la
perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros» (SC,
104).
El año litúrgico propone así, de forma sacramental,
la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la
espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de
la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del
misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más
profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador
y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.
Papa León XIV. Angelus. 2 de
agosto de 2026.
Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!
Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia
escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús. Son gestos que
manifiestan su especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él
trae al mundo. El Señor se presenta como Aquel que da sentido a la vida,
liberándola del mal y del pecado.
Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los
sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el
Reino de Dios está cerca. Por eso el Evangelio de hoy (Mt 14,13-21)
da testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece de
ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos. Al sordo, que vuelve a oír, el
Señor le dirige la Buena Noticia para que escuche; al ciego, que ve nuevamente,
le muestra la espléndida obra de la redención que se realiza en él. Del mismo
modo, Jesús da de comer al que tiene hambre. El episodio de la multiplicación
de los panes significa que el encuentro con el Señor es una experiencia que nos
alimenta. En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras necesidades, Cristo
es el pan de vida. Con Él, lo esencial es sobreabundante: «Comieron todos y se
saciaron» y sobraron «doce cestos llenos» (v. 20). Este número demuestra que el
don del Señor es universal, y que su Providencia hacia nosotros nunca falla.
Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de la
humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto nos
enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el descarte, en
cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia. Esta enfermedad del
alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas, hasta el punto de
olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. Y, de ese modo, ante
la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos tendidas de quienes
no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no tienen paz.
En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos con
cuánta bondad el Señor, «alzando la mirada al cielo», «pronunció la bendición»,
«partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los repartieran a la
gente (cf. v. 19). En este milagro de la caridad reconocemos las acciones
típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la última Cena, donde
el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en humanidad. Al
saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a testimoniar su belleza
en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la mesa, cuando
compartimos el pan en familia y entre los amigos. En compañía de Jesús, también
las vacaciones pueden convertirse en tiempo de serena fraternidad, incluyendo a
quienes están a nuestro lado y pasan necesidad.
Pidamos pues a la Virgen María, Madre premurosa, que nos
haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano.
Papa León XIV. Angelus. 9 de
agosto de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de
Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una
tormenta (cf. Mt 14,22-33).
Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21),
el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar,
mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin
embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una
experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo
prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las
olas y el viento en contra.
Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro
sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v.
26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia
del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas
hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el
Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente
del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de
Dios» (v. 33).
Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un
milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la
experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de
este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía,
encontrando paz incluso en medio de la tempestad.
Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen
fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así
sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el
lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en
medio de la furia de las aguas.
Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no
dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo,
a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos
sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos
parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier
circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca
de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—,
en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.
Que nos ayude María a vivir así, abandonados
confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).
Papa León XIV. Angelus. 15 de
agosto de 2026.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos la solemnidad
de la Asunción de la Santísima Virgen María. Una fiesta de gran
importancia, tanto para la teología católica como para la piedad popular;
efectivamente, es una celebración muy apreciada en muchas comunidades,
especialmente en donde la catedral o la iglesia parroquial están dedicadas a
Nuestra Señora de la Asunción.
Para contemplar este misterio de la fe, podemos recurrir
a los dos modelos iconográficos con los que, a lo largo de los siglos, los
artistas lo han representado.
El primero, el más antiguo, que fue el único durante casi
un milenio, es el de la «dormición» de la Madre de Dios: ella aparece recostada
sobre un ataúd, dormida en la muerte; a su alrededor están los apóstoles,
quienes la veneran conmovidos en oración; en el centro, de pie, se encuentra
Jesús resucitado, quien sostiene en sus brazos el alma de María, como a una
niña recién nacida. Ha venido a buscarla para llevarla consigo a la gloria de
Dios, “al cielo”, como decimos simbólicamente. El Señor ha cumplido en su Madre
aquello que prometió a todos sus amigos: «Cuando vaya [al Padre] y les prepare
un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también
ustedes» (Jn 14,3).
Este primer modelo pone de relieve la verdad central: es
Cristo, muerto y resucitado, quien nos conduce a la meta a la que desde siempre
hemos sido destinados, a la vida eterna. Es lo que generaciones y generaciones
de fieles han contemplado al orar frente a las imágenes de la Dormición, y que
se puede admirar en Roma, en el gran mosaico del ábside de la Basílica de Santa
María la Mayor.
La iconografía más reciente, que se desarrolló
posteriormente en Occidente, nos muestra, por el contrario, a la Virgen María
de cuerpo entero, en el cielo, rodeada de luz, a menudo con ángeles y santos
alrededor. En esta, se encuentra el cuerpo glorificado de la Virgen en el
centro, conforme a lo que se lee en el libro del Apocalipsis: «Un gran signo
apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una
corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1).
Algunos artistas han juntado ambos esquemas,
representando a la Virgen gloriosa en alto y su tumba vacía abajo,
frecuentemente llena de flores de diversos colores, y a los apóstoles con la
mirada fija hacia ella, en el cielo.
Este segundo modelo pone de relieve la verdad de que
María fue asunta en cuerpo y alma, es decir, en la integridad de su persona.
Esa mujer que en la tierra dio cuerpo y sangre al Verbo encarnado y lo siguió
hasta la unión perfecta en el sacrificio de amor, fue atraída por Él a la
gloria para siempre.
De este modo, esta iconografía nos permite también
contemplar nuestro destino final. La plenitud de vida, que hoy admiramos con
alegría en María, nos espera también a nosotros, al final de los tiempos,
cuando, como dice san Pablo, Cristo Resucitado «transformará nuestro cuerpo
humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso» (Flp 3,21),
vistiendo lo que es corruptible de incorruptibilidad y lo que es mortal de
inmortalidad (cf. 1 Co 15,54). Entonces, con nuestra carne
transformada por el amor del Redentor, viviremos para siempre, en la fiesta sin
fin.
¡Alabemos al Señor, que ha hecho grandes cosas en su
Santísima Madre, que es también la nuestra!
Papa Francisco. Angelus. 15 de agosto de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, contemplamos su
ascensión en cuerpo y alma a la gloria del Cielo. También el Evangelio de hoy
nos la presenta ascendiendo, esta vez a una "región montañosa" (Lc 1,
39). ¿Y por qué sube? Para ayudar a su prima Isabel, y allí proclama el cántico
gozoso del Magnificat. María sube y la Palabra de Dios nos revela
lo que la caracteriza mientras sube: El servicio al prójimo y la
alabanza a Dios. Ambas cosas: María es la mujer del servicio al prójimo y
María es la mujer que alaba a Dios. Por otra parte, el evangelista Lucas narra
la propia vida de Cristo como una ascensión, hacia Jerusalén, el lugar de la
entrega de sí mismo en la cruz, y del mismo modo describe el camino de María.
Jesús y María, en definitiva, recorren el mismo camino: dos vidas que suben
hacia lo alto, glorificando a Dios y sirviendo a los hermanos. Jesús como el
Redentor, que da su vida por nosotros, por nuestra justificación; María como la
sierva que sale a servir: dos vidas que vencen a la muerte y resucitan; dos
vidas cuyos secretos son el servicio y la alabanza.
Detengámonos en estos dos aspectos: servicio y alabanza.
El servicio. Es
cuando nos agachamos para servir a nuestros hermanos y hermanas es cuando
subimos: es el amor lo que eleva la vida. Nosotros vamos a servir a nuestros
hermanos y hermanas y por este servicio vamos "subiendo". Pero servir
no es fácil: la Virgen, que acaba de concebir, recorre casi 150 kilómetros para
llegar a casa de Isabel desde Nazaret. Ayudar tiene su precio, a todos
nosotros. Lo experimentamos siempre, en el cansancio, la paciencia y las
preocupaciones que conlleva el cuidado de los demás. Pensemos, por ejemplo, en
los kilómetros que muchas personas recorren cada día para ir y volver del
trabajo y realizar muchas tareas en favor del prójimo; pensemos en los
sacrificios de tiempo y de sueño para cuidar a un niño o a un anciano; y en el
compromiso de servir a los que no tienen nada que devolver, tanto en la Iglesia
como en el voluntariado. Yo admiro el voluntariado. Es fatigoso, pero es subir
hacia lo alto, ¡es ganar el Cielo! Esto es verdadero servicio.
Pero el servicio corre el riesgo de ser estéril sin la alabanza a
Dios. En efecto, cuando María entra en casa de su prima, alaba al Señor. No
habla de su cansancio por el viaje, sino que de su corazón brota un cántico de
júbilo. Porque quien ama a Dios sabe alabar. Y el Evangelio de hoy nos muestra
"una cascada de alabanzas": el niño salta de alegría en el seno de
Isabel (cf. Lc 1,44), que pronuncia palabras de bendición y "la primera
bienaventuranza": "Feliz de ti por haber creído" (Lc 1,45); y
todo culmina en María, que proclama el Magnificat (cf. Lc
1,46-55). La alabanza aumenta la alegría. La alabanza es como una escalera:
eleva los corazones. La alabanza levanta el ánimo y vence la tentación de caer.
¿Han visto que las personas aburridas, las que viven de la charlatanería, son
incapaces de alabar? Pregúntense: ¿soy capaz de alabar? ¡Qué bueno es alabar a
Dios cada día, y también a los demás! ¡Qué bueno es vivir de gratitud y
bendición en lugar de lamentaciones y quejas, mirar hacia lo alto en lugar de
enfadarse! Las quejas: hay gente que se queja todos los días. Pero mira que
Dios está cerca de ti, mira que te ha creado, mira las cosas que te ha dado.
¡Alaba, alaba! Y eso es salud espiritual.
Servicio y alabanza. Tratemos de preguntarnos: ¿Yo vivo mi trabajo y mis
ocupaciones cotidianas con espíritu de servicio o con egoísmo? ¿Me dedico a
alguien gratuitamente, sin buscar beneficios inmediatos? En definitiva, ¿hago
del servicio el "trampolín" de mi vida? Y pensando en la alabanza:
¿sé, como María, exultar en Dios (cf. Lc 1,47)? ¿Rezo bendiciendo al Señor? Y,
después de alabarlo, ¿contagio su alegría entre las personas que encuentro?
Cada uno intente responder a estas preguntas.
Que nuestra Madre, Asunta al Cielo, nos ayude a subir cada día más hacia lo
alto mediante el servicio y la alabanza.
Papa Francisco. Angelus. 20 de
agosto de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy el Evangelio narra el encuentro de Jesús con una mujer cananea, fuera
del territorio de Israel (cf. Mt 15,21-28). Esta le pide que
libere a su hija, atormentada por un demonio, pero el Señor no la escucha. Ella
insiste y los discípulos le piden que la atienda para que pare, pero Jesús
explica que su misión está destinada a los hijos de Israel y usa esta imagen:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Y la
mujer, valiente, responde: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se
comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Entonces Jesús le dice:
«“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. En aquel momento
quedó curada su hija» (vv. 26-28). ¡Una historia hermosa esta! Y esto sucedió a
Jesús.
Vemos que Jesús cambia de actitud y lo que le hace cambiar es la fuerza de
la fe de aquella mujer. Detengámonos, entonces, brevemente, en estos dos
aspectos: el cambio de Jesús y la fe de la mujer.
El cambio de Jesús. Él estaba dirigiendo su predicación al pueblo elegido; después, el
Espíritu Santo empujaría la Iglesia hasta los confines del mundo. Pero aquí
tiene lugar, podemos decir, un adelanto, por el que, en el episodio de la
mujer cananea, ya se manifiesta la universalidad de la obra de Dios. Es
interesante esta disponibilidad de Jesús: frente a la oración de la mujer
“adelanta los planes”, ante su caso concreto se convierte aún en más
condescendiente y compasivo. Dios es así: es amor, y quien ama no permanece
rígido. Sí, permanece firme, pero no rígido. No permanece rígido en sus propias
posiciones, sino que se deja mover y conmover; sabe cambiar sus
esquemas. Y el amor es creativo y nosotros cristianos, si queremos imitar a
Cristo, estamos invitados a la disponibilidad del cambio. Cuánto
bien hace en nuestras relaciones, pero también en la vida de fe, ser dóciles,
escuchar verdaderamente, enternecernos en nombre de la compasión y del bien
ajeno, como Jesús hizo con la cananea. La docilidad para cambiar. Corazones
dóciles para cambiar.
Miremos entonces a la fe de la mujer, que el Señor
alaba, diciendo que es «grande» (v. 28). A los discípulos les parece grande
solo su insistencia, pero Jesús alaba diciendo que es grande, Jesús ve la fe;
los discípulos ven la insistencia solamente. Si pensamos en ello, aquella mujer
extranjera probablemente conocía poco, o nada, las leyes y los preceptos
religiosos de Israel. ¿En qué consiste entonces su fe?
La mujer no es rica de conceptos, sino que es rica de hechos: la cananea se acerca, se postra,
insiste, mantiene un diálogo estrecho con Jesús, supera todos los obstáculos
con tal de hablar con Él. Supera todos los obstáculos para hablarle. He
aquí la concreción de la fe, que no es una etiqueta
religiosa -la fe no es una etiqueta religiosa-, sino una relación
personal con el Señor. ¿Cuántas veces se cae en la tentación de confundir
la fe con una etiqueta? La fe de la mujer no está hecha de protocolo teológico,
sino de insistencia: llama a la puerta, llama, llama; no está hecha de
palabras, sino de oración. Y Dios no resiste cuando se le reza. Porque
dijo: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).
Hermanos y hermanas, a la luz de todo esto podemos hacernos algunas
preguntas. A partir del cambio de Jesús, por ejemplo: ¿yo soy
capaz de cambiar de opinión? ¿Sé ser comprensivo, sé ser compasivo o permanezco
rígido en mis posiciones? ¿En mi corazón hay algo de rigidez? Que
no es firmeza: la rigidez es mala, la firmeza es buena. Y a partir de
la fe de la mujer: ¿cómo es mi fe? ¿Se detiene en conceptos y
palabras o es realmente vivida con la oración y las acciones? ¿Sé dialogar con
el Señor, sé insistir con Él, o me conformo con recitar cualquier fórmula
hermosa? Que la Virgen nos haga disponibles al bien y concretos en la fe.
Papa Francisco. Angelus. 16 de
agosto de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (cfr. Mt 15, 21-28) describe
el encuentro entre Jesús y una mujer cananea. Jesús está al norte de Galilea,
en territorio extranjero, para estar con sus discípulos un poco alejado de las
multitudes, que lo buscan cada vez más numerosas. Y entonces se acerca una mujer
que implora ayuda para la hija enferma: «¡Ten piedad de mí, Señor!» (v. 22). Es
el grito que nace de una vida marcada por el sufrimiento, por el sentido de
impotencia de una madre que ve a la hija atormentada por el mal y no puede
curarla. Jesús al principio la ignora, pero esta madre insiste, insiste,
también cuando el Maestro dice a los discípulos que su misión está dirigida
solamente a las «ovejas perdidas de la casa de Israel» (v. 24) y no a los
paganos. Ella le sigue suplicando, y Él, a este punto, la pone a prueba citando
un proverbio —parece casi un poco cruel esto— : «No está bien tomar el pan de
los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26). Y la mujer enseguida, despierta,
angustiada, responde: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas
que caen de la mesa de sus amos» (v. 27).
Con estas palabras esta madre demuestra haber intuido que la bondad del
Dios Altísimo, presente en Jesús, está abierta a toda necesidad de sus
criaturas. Esta sabiduría plena de confianza toca el corazón de Jesús y le
arrebata palabras de admiración: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como
deseas» (v. 28). ¿Cuál es la fe grande? La fe grande es aquella que lleva la
propia historia, marcada también por las heridas, a los pies del Señor
pidiéndole que la sane, que le dé sentido.
Cada uno de nosotros tiene su propia historia y no siempre es una historia limpia;
muchas veces es una historia difícil, con muchos dolores, muchos problemas y
muchos pecados. ¿Qué hago, yo, con mi historia? ¿La escondo? ¡No! Tenemos que
llevarla delante del Señor: “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!” Esto es lo
que nos enseña esta mujer, esta buena mujer: la valentía de llevar la propia
historia de dolor delante de Dios, delante de Jesús; tocar la ternura de
Dios, la ternura de Jesús. Hagamos, nosotros, la prueba de esta historia,
de esta oración: cada uno que piense en la propia historia. Siempre hay cosas
feas en una historia, siempre. Vamos donde Jesús, llamamos al corazón de Jesús
y le decimos: “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Y nosotros podremos
hacer esto si tenemos delante de nosotros el rostro de Jesús, si nosotros
entendemos cómo es el corazón de Cristo: un corazón que tiene compasión,
que lleva sobre sí nuestros dolores, que lleva sobre sí nuestros pecados,
nuestros errores, nuestros fracasos.
Pero es un corazón que nos ama así, como somos, sin maquillaje.
“¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Y por esto es necesario entender a
Jesús, tener familiaridad con Jesús. Y vuelvo siempre al consejo que os doy:
llevar siempre un pequeño Evangelio de bolsillo y leed cada día un pasaje.
Llevad el Evangelio: en el bolso, en el bolsillo y también en el móvil, para
ver a Jesús. Y allí encontraréis a Jesús como Él es, como se presenta;
encontraréis a Jesús que nos ama, que nos ama mucho, que nos quiere mucho.
Recordad la oración: ¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Bonita oración.
Que el Señor nos ayude, a todos nosotros, a rezar esta bonita oración que nos
enseña una mujer pagana: no cristiana, ni judía, sino pagana.
La Virgen María interceda con su oración, para que crezca en cada bautizado
la alegría de la fe y el deseo de comunicarla con el testimonio de una vida
coherente, que nos dé la valentía de acercarnos a Jesús y decirle: ¡Señor, si
Tú quieres, puedes sanarme!”.
Papa Francisco. Angelus. 20 de
agosto de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy (Mateo 15, 21-28) nos presenta un singular
ejemplo de fe en el encuentro de Jesús con una mujer cananea, una extranjera
respecto a los judíos. La escena se desarrolla mientras Él está en camino hacia
la ciudad de Tiro y Sidón, en el noroeste de Galilea: es aquí donde la mujer
implora a Jesús que cure a su hija la cual —dice el Evangelio— «está malamente
endemoniada» (v. 22).
El Señor, en un primer momento, parece no escuchar este grito de dolor,
hasta el punto de suscitar la intervención de los discípulos que interceden por
ella. El aparente distanciamiento de Jesús no desanima a esta madre, que
insiste en su invocación. La fuerza interior de esta mujer, que permite
superar todo obstáculo, hay que buscarla en su amor materno y en la confianza
de que Jesús puede satisfacer su petición. Y esto me hace pensar en la
fuerza de las mujeres. Con su fortaleza son capaces de obtener cosas grandes.
¡Hemos conocido muchas! Podemos decir que es el amor lo que mueve la fe y la
fe, por su parte, se convierte en el premio del amor. El amor conmovedor
por la propia hija la induce «a gritar: “¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de
David!”» (v. 22). Y la fe perseverante en Jesús le consiente no desanimarse ni
siquiera ante su inicial rechazo; así la mujer «vino a postrarse ante Él y le dijo:
“¡Señor, socórreme!”» (v. 25).
Al final, ante tanta perseverancia, Jesús permanece admirado, casi
estupefacto, por la fe de una mujer pagana. Por tanto, accede diciendo:
«“Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”. Y desde aquel momento
quedó curada su hija» (v. 28). Esta humilde mujer es indicada por Jesús como
ejemplo de fe inquebrantable. Su insistencia en invocar la intervención de
Cristo es para nosotros estímulo para no desanimarnos, para no desesperar
cuando estamos oprimidos por las duras pruebas de la vida. El Señor no
se da la vuelta ante nuestras necesidades y, si a veces parece insensible a
peticiones de ayuda, es para poner a prueba y robustecer nuestra fe.
Nosotros debemos continuar gritando como esta mujer: «¡Señor, ayúdame! ¡Señor
ayúdame!». Así, con perseverancia y valor. Y esto es el valor que se necesita
en la oración.
Este episodio evangélico nos ayuda a entender que todos tenemos
necesidad de crecer en la fe y fortalecer nuestra confianza en Jesús. Él
puede ayudarnos a encontrar la vía cuando hemos perdido la brújula de nuestro
camino; cuando el camino no parece ya plano sino áspero y arduo; cuando es
fatigoso ser fieles con nuestros compromisos. Es importante alimentar cada día
nuestra fe, con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la celebración de
los Sacramentos, con la oración personal como «grito» hacia Él —«Señor,
ayúdame»—, y con actitudes concretas de caridad hacia el prójimo.
Encomendémonos al Espíritu Santo para que Él nos ayude a perseverar en la
fe. El Espíritu infunde audacia en el corazón de los creyentes; da a nuestra
vida y a nuestro testimonio cristiano la fuerza del convencimiento y de la
persuasión; nos anima a vencer la incredulidad hacia Dios y la indiferencia
hacia los hermanos. La Virgen María nos haga cada vez más conscientes de
nuestra necesidad del Señor y de su Espíritu; nos obtenga una fe fuerte, plena
de amor, y un amor que sabe hacerse súplica, súplica valiente a Dios.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 14 de
agosto de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la
región a donde Jesús se estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea,
tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él
pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf. Mt 15,
22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en
el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo
de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los
Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt 15,
22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud
del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer
desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la
intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el
dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba
indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar
su deseo» (Sermo 77, 1: PL 38, 483). El aparente
desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas
de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!»
(v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza
—«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—,
no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta
poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del
Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le
dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).
Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a
abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar
asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino
que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de
todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre
a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su
Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El
conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en
definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa
abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona,
que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer
toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia
de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo
al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2,
13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a
su Amor.
Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe,
con la escucha profunda de la Palabra de Dios, con la celebración de los
sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la
caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, a la
que mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo,
para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber
encontrado al Señor.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 17 de
agosto de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
En este XX domingo del tiempo ordinario, la liturgia propone a nuestra
reflexión las palabras del profeta Isaías: "A los extranjeros que se han
dado al Señor, para servirlo, (...) los traeré a mi monte santo, los alegraré
en mi casa de oración (...), porque mi casa es casa de oración y así la
llamarán todos los pueblos" (Is 56, 6-7). A la universalidad
de la salvación hace referencia también el apóstol san Pablo en la segunda
lectura, así como la página evangélica que narra el episodio de la mujer
cananea, una extranjera respecto a los judíos, a la que el Señor atendió por su
gran fe. La palabra de Dios nos ofrece así la oportunidad de reflexionar sobre
la universalidad de la misión de la Iglesia, constituida por pueblos de toda
raza y cultura. Precisamente de aquí proviene la gran responsabilidad de la
comunidad eclesial, llamada a ser casa hospitalaria para todos, signo e
instrumento de comunión para toda la familia humana.
Es sumamente importante, especialmente en nuestro tiempo, que toda
comunidad cristiana tome cada vez más profundamente conciencia de ello, a fin
de ayudar también a la sociedad civil a superar cualquier tentación que se
pueda dar de racismo, de intolerancia y de exclusión, y a organizarse con
opciones respetuosas de la dignidad de todo ser humano. Una de las grandes
conquistas de la humanidad es en efecto precisamente la superación del racismo.
Pero, desgraciadamente, se registran en diversos países nuevas manifestaciones
preocupantes, vinculadas a menudo a problemas sociales y económicos, que sin
embargo jamás pueden justificar el desprecio y la discriminación racial. Oremos
para que por doquier crezca el respeto a toda persona, junto a la conciencia
responsable de que sólo en la acogida recíproca de todos se puede construir un
mundo marcado por auténtica justicia y paz verdadera.
Hoy os propongo rezar por otra intención, dadas las noticias que llegan de
numerosos y graves accidentes de tráfico, especialmente en este período. No
debemos acostumbrarnos a esta triste realidad. Efectivamente, demasiado
precioso es el bien de la vida humana y demasiado indigno del hombre es morir o
encontrarse inválido por causas que, en la mayor parte de los casos, se podrían
evitar. Es necesario ciertamente mayor sentido de responsabilidad. Ante todo,
por parte de los automovilistas, porque los accidentes se deben a menudo a la
excesiva velocidad y a comportamientos imprudentes. Conducir un vehículo por
las calles públicas requiere sentido moral y sentido cívico. Para promocionar
este último es indispensable la constante obra de prevención, vigilancia y
represión por parte de las autoridades competentes. Como Iglesia, en cambio,
nos sentimos interpelados directamente en el plano ético: los cristianos ante
todo deben hacer un examen de conciencia personal sobre la propia conducta de
automovilistas; asimismo, las comunidades eduquen a todos a considerar también
la conducción como un campo de defensa de la vida y de ejercicio concreto del
amor al prójimo.
Encomendemos las problemáticas sociales que he recordado a la materna
intercesión de María, a la que ahora invocamos juntos con el rezo del Ángelus.
DOMINGO XXI T. O.
Monición de entrada.-
Buenos días:
Los que vemos a misa creemos en Jesús.
Y en las enseñanzas de san Pedro y los
Apóstoles.
Así los domingos decimos el Credo, que es el
resumen de lo que enseñaron los apóstoles.
Gracias a ellos conocemos a Jesús y en misa
estamos con Él.
Señor, ten piedad.-
En ti creemos. Señor, ten piedad.
A ti acudimos. Cristo, ten piedad.
A ti elegimos. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por el Papa León, que ha recibido de Jesús la
misión de guardar la unidad y confirmar en la fe a sus hermanos y por el obispo
Enrique. Te lo pedimos, Señor.
Por los que mandan en los países. Te lo pedimos, Señor.
Por los que quieren a Jesús pero no creen que
sea el Hijo de Dios. Te lo pedimos, Señor.
Por nosotros, que somos piedras vivas
apoyadas en los apóstoles. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-

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