Primera lectura.
Lectura del libro de
Isaías 22, 19-23
Esto dice el Señor a
Sobná, mayordomo de palacio:
-Te echaré de tu puesto,
te destituirán de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliaquín, hijo de
Esquías, le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será
padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. Pongo sobre
sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y
nadie abrirá. Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de
gloria para la estirpe de su padre.
Textos paralelos.
Aquel día
llamaré a mi siervo Eliaquín.
Is 36, 3: Salieron a recibirlo Eliaquín, hijo de
Jelcías, mayordomo de palacio; Sobna, el secretario, y Yoaj el canciller, hijo
de Asaf.
Is 36, 11: Eliaquín, Sobná y Yoaj dijeron al copero
mayor: “Por favor, háblanos en arameo, que lo entendemos; no nos hables en
hebreo ante la gente que está en las murallas.
Is 36, 22: Entonces Eliaquín, hijo de Jelcías, el
mayordomo de palacio, Sobná, el secretario, y Yoaj el canciller, hijo de Asaf,
se presentaron al rey Ezequías con las vestiduras rasgadas y le comunicaron las
palabras del copero mayor.
2 R 18, 18: Llamaron al rey, y salieron a recibirlos
Eliacín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio; Sobná, el secretario, y el
heraldo Yoaj, hijo de Asaf.
2 R 18, 26: Eliacín, hijo de Jelcías, Sobná y Yoaj
dijeron al copero mayor: “Por favor, háblanos en arameo, que lo entendemos. No
nos hables en hebreo, ante la gente que está en las murallas.
2 R 18, 37: Eliacín, hijo de Jelcías, mayordomo de
palacio; Sobná, el secretario, y el heraldo Yoaj, hijo de Asaf, se presentaron
al rey con las vestiduras rasgadas, y le comunicaron las palabras del copero
mayor.
Notas exegéticas.
22 Este oráculo se sitúa después de la liberación de Jerusalén el
701, que puso fin a la campaña hasta entonces victoriosa de Senaquerib.
22 19 “te destituiré” versiones: “te destituirá”, hebreo.
22 22 Abrir y cerrar las puertas de la “casa del rey” era una función
del visir egipcio; cuyo equivalente en Israel es el mayordomo del palacio. Esa
será la función de Pedro en la Iglesia, reino de Dios. Mt 16 19, Ap 3 7 citará
este texto y lo aplicará al Mesías como lo hace la liturgia en la antífona del
Magnificat en las vísperas del 20 de diciembre: “O clavis David et sceptrum
domuns Israel”.
Salmo responsorial
Sal 137, 1-3.6.8cd
R/. Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra
de tus manos.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi
boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. R/.
Daré gracias a tu nombre,
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor de mi alma. R/.
El Señor es sublime, se fija en el
humilde,
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.
Textos paralelos.
Te doy gracias Yahvé
de todo corazón.
Sal 9, 2: Te doy
gracias, Señor, de todo corazón / contando todas tus maravillas.
Me postraré en
dirección a tu santo Templo.
Sal 5, 8: Yo en cambio,
por tu gran bondad, / puedo entrar en tu casa / y postrarme hacia tu santuario
/ con reverencia.
¡Excelso es Yahvé, y
mira al humilde!
Is 57, 15: Porque así
dice el Alto y Excelso, / Morador eterno, / cuyo nombre es Santo. / Yo moro en
la altura sagrada, / pero estoy con los de ánimo / humilde y quebrantado, /
para reanimar a los humildes, / para reanimar el corazón quebrantado.
Lc 1, 51-52: Su poder se
ejerce con su brazo; / desbarata a los soberbios en sus planes.
¡Tu amor es eterno,
Yahvé!
Sal 100, 5: “El Señor es
bueno, su misericordia es eterna, / su fidelidad de edad en edad”.
Notas exegéticas.
Sal 137, 1-3.6.8cd
138 1 (a) Griego. Verso omitido por hebreo.
138 1 (b) En lugar de “ángeles” (griego, Vulgata, ver Sal 8 6 [el autor
piensa en los seres misteriosos que componen la corte de Yahvé, los “ángeles”
del griego y de la Vulgata]), se traduce a veces “dioses” (los ídolos a los que
desafía el salmista): siriaco traduce “reyes”, ver Sal 45 7, y el Tárgum
“jueces”, ver Sal 58 2.
138 2 Lit. “has engrandecido tu promesa por encima de tu renombre”.
Texto dudoso.
138 3 “aumentaste”, siriaco; “me conturbaste” hebreo.
Segunda lectura.
Lectura de la segunda
carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36.
¡Qué abismo de riqueza,
de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y
qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién le ha dado primero para tener
derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él existe todo. A él la
gloria por los siglos. Amén.
Textos paralelos.
¡Qué abismo de riqueza, de
sabiduría y de ciencia hay en Dios!
Sal 139, 6: Tanto saber me sobrepasa, / es sublime y no lo abarco.
¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!
Is 40, 28: ¿A caso no lo sabes, / es que no lo has oído? / El Señor es
un Dios eterno / y creó los confines del orbe.
En efecto, ¿quién conoció el pensamiento del Señor?
Jb 15, 8: ¿Has asistido al consejo de Dios?, / ¿has acaparado la
sabiduría?
Is 40, 13: ¿Quién ha medido / el espíritu del Señor? / ¿Quién le ha
sugerido su proyecto?
1 Co 2, 11: Para no dar ocasión a Satanás, que se nos ocultan sus
ardides.
1 Co 2, 16: Para estos hedor de muerte que mata, para aquellos
fragancia de vida que purifica.
Porque todas las cosas provienen de él.
1 Co 8, 6: Para nosotros existe un solo Dios, el Padre, que es
principio de todo y fin nuestro, y existe un solo Señor Jesucristo, por quien
todo existe y también nosotros.
Col 1, 16-17: Pues por él fue creado todo, en el cielo y en la tierra:
/ lo visible y lo invisible, / majestades, señoríos, autoridades y potestades.
/ Todo fue creado por él y para él, él es anterior a todo y todo tiene en él su
consistencia.
Textos paralelos.
|
Mc 8, 27-30 |
Mt 16, 13-19 |
Lc 9, 18-21 |
|
Jesús
emprendió el viaje con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Felipe.
Por
el camino preguntaba a los discípulos:
-¿Quién
dicen los hombres que soy yo?
Respondieron:
-Unos
que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas.
Él
les preguntó a ellos: -Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió
Pedro:
-Tú
eres el Mesías.
Entonces los amonestó para que a nadie
hablasen de ello.
|
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo,
Jesús preguntó a sus discípulos:
-¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron: -Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno
de los profetas.
Él les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
-Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
-¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha
revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y
el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los
cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que
desates en la tierra quedará desatado en los cielos. |
Estando
él una vez orando a solas,
se
acercaron los discípulos y él los interrogó:
-¿Quién
dice la gente que soy yo?
Contestaron:
-Unos
que Juan Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de
los antiguos.
Les
preguntó: -Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió
Pedro:
-Tú
eres el Mesías de Dios.
Él
los amonestó encargándoles que no se lo dijeran a nadie. |
Unos que Juan el Bautista.
Mt 8, 20: Las zorras tienen madrigueras, los pájaros tienen nidos, pero
este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.
Mt 14, 2: Y [Herodes] dijo a sus cortesanos: “Este es Juan el Bautista,
que ha resucitado, y por eso el poder milagroso actúa por medio de él”.
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Mt 14, 28: Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir por el
agua hasta ti”.
Mt 4 3: Se acercó el tentador y le dijo: “Si eres hijo de Dios, di que
estas piedras se conviertan en pan”.
Jn 6, 69: Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Consagrado
de Dios.
Mt 11, 27: Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo,
sino el Padre, nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo
decida revelárselo.
Gal 1, 15-16a: Pero, cuando el que me apartó desde el vientre materno y
me llamó por puro favor, tuvo a bien revelarme a su Hijo para que yo lo
anunciara a los paganos.
Rm 7, 5: Mientras vivimos bajo el instinto, las pasiones pecaminosas,
incitadas por la ley, actuaban en nuestros miembros y dábamos fruto para la
muerte.
Hb 2, 14: Como los hijos comparten carne y sangre, lo mismo las
compartió él, apra anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir,
al Diablo.
Gn 17, 5: Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre
de una multitud.
Is 28, 16: Él Señor dice así: Mirad, yo coloco en Sión una piedra /
probada, angular, / preciosa, de cimiento: / “Quien se apoya no vacila”.
Jn 1, 42: Y lo condujo a Jesús. Jesús lo miró y dijo: “Tú eres Simón
hijo de Juan; te llamarás Cefas (que significa piedra).
Gn 22, 17: Te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las
estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán
las ciudades de sus enemigos.
Is 45, 1-2: Así dice el Señor / a su ungido, Ciro, / a quien lleva de
la mano. / Doblegaré ante él naciones, / desceñiré las cinturas de los reyes, /
abriré ante él las puertas, / los batientes no se cerrarán. / Yo iré delante de
ti / allanándote cerros: haré trizas las
puertas de bronce, / arrancaré los cerrojos de hierro.
Jb 38, 17: ¿Te han enseñado las puertas de la Muerte, / o has visto los
portales de las Sombras?
Sal 9, 14: ¡Piedad, Señor! Mira mi desgracia, / tú que levantas del
portal de la Muerte.
Sb 16, 13: Porque tú tienes poder sobre la vida y la muerte, / llevas a
las puertas del infierno y haces regresar.
Lc 22, 32: Pero yo he rezado por ti para que no falle tu fe. Y tú, una
vez convertido, fortalece a tus hermanos.
Is 22, 22: Le pondré en el hombre / la llave del palacio de David: / lo
que él abra nadie lo cerrará, / lo que él cierre nadie lo abrirá.
Ap 3, 7: Al ángel de la iglesia de Filadelfia escríbele: Esto dice el
Santo, el veraz, el que tiene la llave de David; el que abre y nadie cierra,
cierra y nadie abre.
Mt 18, 18: Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el
cielo, lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Jn 20, 23: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a
quienes se los mantengáis les quedan mantenidos.
Dt 17, 8-9: Si una causa te parece demasiado difícil de sentenciar,
causas dudosas de homicidio, pleitos, lesiones, que surjan en tus ciudades,
subirás al lugar elegido por el Señor, acudirás a los sacerdotes levitas, al
juez que esté en funciones y les consultarás: ellos te comunicarán la
sentencia.
Mc 1, 34: Él curó a muchos enfermos de dolencias diversas, expulsó
muchos demonios, y no les permitía hablar, porque lo conocían.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
16 13 Encontramos en el Pentateuco paralelos sobre
la institución de un “alto funcionario”.
16 14 Este título de “profeta”, que Jesús solo de
manera indirecta y velada reivindica, pero que la gente le otorga claramente,
tenía valor mesiánico. Pues el espíritu de profecía, extinguido desde
Malaquías, debía reaparecer, según expertos del Judaísmo, como señal de la era
mesiánica o en la persona de Elías, o, en forma de efusión general del
Espíritu. De hecho muchos (falsos) profetas se presentaron en tiempo de Jesús.
Juan Bautista fue, sí, verdadero profeta, pero el título de precursor venido
con el espíritu de Elías y él mismo negó ser “el Profeta” que había anunciado
Moisés. Solo Jesús es para la fe cristiana este Profeta. Sin embargo, habiéndose
difundido el carisma profético en la Iglesia primitiva después de Pentecostés
este título de Jesús cayó pronto en desuso ante otros títulos más específicos
de la cristología.
16 16 A la confesión de la mesianidad de Jesús
referida por Mc y Lc Mt añade la de la filiación divina.
16 17 Esta expresión designa al hombre, subrayando
el aspecto material limitado de su naturaleza por oposición al mundo de los
espíritus.
16 18 (a) Este cambio de nombre pudo haberse producido
antes. El término griego Pétros no se usaba como nombre de persona antes
que Jesús llamara así al jefe de los apóstoles para simbolizar su papel en la
fundación de la Iglesia. Pero su correspondiente arameo Kefa (“piedra”)
está atestiguado por lo menos una vez en un documento de Elefantita, en 416 a.
de JC.
16 18 (b) El término semítico traducido por ekklesía
significa “asamblea” y se encuentra con frecuencia en el AT para designar a
la comunidad del pueblo elegido. Algunos círculos judíos, que se creían el
Resto de Israel de los últimos tiempos, como la comunidad de Qumrán,
denominaron así a su agrupación. El término ekklesía designa aquí a la
nueva comunidad que Jesús va a crear y de la que san Pedro será los cimientos.
Esta declaración de Jesús corresponde al papel eminente que, según el NT,
ejerció Pedro en los primeros días de la Iglesia. La tradición católica se
refiere a este texto para fundamentar la doctrina según la cual los sucesores
de Pedro heredan su primado. La tradición ortodoxa considera que, en sus
diócesis, todos los obispos que confiesan la verdadera fe están en la línea de
sucesión de Pedro y en la del resto de los apóstoles. Los exégetas
protestantes, al tiempo que reconocen el puesto y el papel privilegiado de
Pedro en los orígenes de la Iglesia, creen que Jesús solo se refiere aquí a la
persona de Pedro.
16 18 (c) Sobre el Hades (en hebreo el seol)
designación de la mansión de los muertos. Aquí sus “puertas” personificadas
evocan las potencias del Mal que, tras haber arrastrado a los hombres a la
muerte del pecado, los encadenan definitivamente en la muerte eterna. A
imitación de su Maestro, muerto, “descendido a los infiernos” y resucitado, la
misión de la Iglesia será la de arrancar a los elegidos al imperio de la muerte
temporal y sobre todo eterna, para hacerles entrar en el Reino de los Cielos.
16 19 Al igual que la Ciudad de la Muerte, también
la Ciudad de Dios tiene puertas, que no dejan entrar más que los dignos de
ella. “Atar” y “desatar” son dos términos técnicos del lenguaje rabínico que
primeramente se aplicaban al campo disciplinar de la excomunión a la que se
“condena” (atar) o de la que se “absuelve” (desatar) a alguien, y ulteriormente
a las decisiones doctrinales o jurídicas, con el sentido de “prohibir” (atar) o
“permitir” (desatar). Pedro, como mayordomo (cuyo distintivo son las llaves) de
la Casa de Dios, ejercerá el poder disciplinar de admitir o excluir a quien le
parezca bien, y administrará la comunidad por medio de todas las decisiones
oportunas en materia de doctrina y de moral. Esta autoridad prometida a Pedro
se amplía después al conjunto de los discípulos, el colegio apostólico; se le
concede a los discípulos reunidos. Se manifiesta especialmente en el perdón de
los pecados y permite el acceso al Reino de Dios. Este se halla, pues vinculado
de algún modo a una Iglesia cuyos rasgos no son todavía precisos, pero que
aparece ya aquí, con el poder de las llaves, como no desprovista de ciertas
estructuras. – La exégesis católica sostiene que estas promesas eternas no
valen solo para la persona de Pedro, sino también para sus sucesores, si bien
esta consecuencia no está explícitamente indicada en el texto –. Dos textos
más, Lc 22, 31s y Jn 21, 15s. subrayan que el primado de Pedro se ha de ejercer
especialmente en el orden de la fe.
16 20 Vulgata: “Jesucristo”.
Notas exegéticas Nuevo Testamento,
versión crítica
13-20 De los tres pasajes del NT sobre la primacía o primado de Pedro en la
Iglesia (Mt 16, 13-20; Lc 22, 32; Jn 21, 15-17), este de Mt, críticamente
seguro, es de especial importancia. Es de fe divina y católica, solemnemente
definida (DS 3055), que Cristo, conforme a su promesa, concedió a Pedro el
primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia.
13 CESAREA
DE: Herodes FILIPO: de construcción reciente, esta ciudad, llamada así en honor
del emperador (=césar) Tiberio y de Filipo el tetrarca, daba nombre a su
distrito; estaba en el norte de Palestina, al pie del monte Hermón, cerca del
nacimiento del Jordán. // PREGUNTÓ: lit. preguntaba, los apremiaba o
estimulaba con preguntas.
16 En
la primera parte de su respuesta, Pedro confiesa la dignidad mesiánica
de Jesús; en la segunda, la calidad mesiánica de Jesús: es más que “Hijo
de David”, está en relación completamente única con Dios-Padre. “La primitiva
forma del dogma cristiano es la profesión de fe, centran en el NT: Jesucristo
es Hijo de Dios” (Comisión Teológica Internacional, 31 octubre 1989). // VIVO:
en vez de esta palabra, el texto griego llamado “occidental” (códice D) traduce
que salva; quizás leyó el arameo jyy, que puede significar las
dos cosas.
17 FELIZ
TÚ (lit. feliz eres), SIMÓN BARJONÁ: SIMÓN (o Simeón) es nombre hebreo
de persona, frecuente en el NT; significa: “el Señor escucha”, BARJONÁ
(aramaísmo) significa “hijo de Jonás” o “hijo de Juan”, Jn 1, 43). Al
pronunciar ese nombre con su apellido, Jesús los inutiliza y los deja
anticuados; en adelante, con la misma importancia y fuerza que revisten en la
Biblia los cambios de nombre, SIMÓN se llamará y será Pedro, aunque,
hasta la efusión del Espíritu en Pentecostés coexistirán en él el hombre
viejo (el Simón de las negaciones en la pasión) con el hombre nuevo
(el Pedro del arrepentimiento y del “Tú sabes que te amo”). // CARNE Y SANGRE
(hebraísmo): la naturaleza humana, una criatura de carne y hueso con sus
propias fuerzas naturales y con el matiz peyorativo de debilidad y limitación.
18 PEDRO
Y PEÑA, traducen el arameo kêfa (“Cefas” 1 Cor 1, 12). El mejor
equivalente griego sería pétra (“roca”, “peñasco”), no pétros,
que significa “piedra”, “guijarro” (sin solidez), pero el masculino pétros pareció
a los primeros cristianos más apto para nombre de varón, aunque, como tal,
inusitado hasta entonces; así lo tradujeron al griego. “Dar Cristo a san Pedro
este nuevo público nombre fue cierta señal [de] que en lo secreto del alma le
infundía a él, más que a ninguno de sus compañeros, un don de firmeza no
vencible” (fray Luis de León). // EDIFICARÉ la Iglesia, como plaza fortificada
sobre roca (cf. 7, 24s), como ciudad en la cima de un monte (cf. 5, 14). En
textos de Qumrán (como 4QpSI 37, col. III, 16) se habla del Maestro a quien
Yahweh estableció para “edificar” la comunidad de los que pertenecen a la
sociedad de salvación; en algún pasaje se habla de poner “sobre la roca” el
cimiento de una “construcción solida que no se derrumbará”. // MI IGLESIA: solo
Mt, entre los evangelistas, emplea este vocablo (cf. Hch 5, 11); aquí con el
sentido de comunidad universal de los creyentes en Cristo (“mi
Iglesia). En 18, 17 se trata de la comunidad local, dotada de cierta
estructura. // LAS PUERTAS (metonimia = ciudad amurallada) DE LA MORADA
DE LOS MUERTOS (cf. Ap 1, 17s): circunlocución hebrea, que significa las
fuerzas de la muerte, de la destrucción; menos exactamente de la ciudad
infernal, o el anti-reino. Esas fuerzas contrarias NO PODRÁN CONTRA ELLA, es
decir, la Iglesia no morirá, no será destruida (menos exactamente: “la ciudad
infernal no la vencerá”).
19 LAS
LLAVES: símbolo de poder, en el AT y en el rabinismo; en particular, del
poder de enseñar, de adoctrinar. Pedro administra un poder cuyo dueño es Jesús.
EL REINO DE LOS CIELOS es aquí, por contexto, el reino de Dios existente en la
tierra (cuyo instrumento de extensión, y su puerta de entrada, es la Iglesia).
Jesús entregará a Pedro la suprema autoridad visible sobre su Iglesia; cuando
Jesús se ausente visiblemente, Pedro quedará haciéndolo presente y visible, con
una presencia singular. // LO QUE ATES… LO QUE DESATES (cf. 18, 18): esa bina
de términos opuestos es un semitismo que indica totalidad de poder: todo
poder. ¿En qué campo? En terminología rabínica, “atar y desatar” es “declarar
lícito-declarar ilícito” en lo doctrinal, permitir-prohibir, y “admitir-rechazar”
(in-comulgar y excomulgar) en la comunidad religiosa, sin duda, incluye
plenos poderes para absolver o condenar; en N es frecuente la perífrasis “sry-sbq”
para indicar el perdón (cf. Jn 20, 20). La afirmación de Lutero, de que estas
palabras de Jesús solo se dirigían a Pedro, no a sus sucesores, es una de las
proposiciones condenadas por la bula Exurge, Domine, de León X (DS
1476).
20 Sobre
la consigna del silencio, cf. Mc 8, 29s; 9,9.
Notas exegéticas desde la Biblia
Didajé:
16, 13-20 Simón Pedro fue el primero de los apóstoles en Mateo que reconoce
verbalmente que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (una verdad indispensable
de la fe que le había sido revelada por el Padre a través del Espíritu). Cat.
50, 153, 298, 424, 440-442.
16, 18 Cristo cambió el nombre de Simón por Pedro, “piedra”, y designó a este
como la piedra sobre la que edificaría su Iglesia. Pedro serviría como punto
visible de unidad y sería pastor de los apóstoles y de la Iglesia entera. Esta
llamada especial al Pedro es el origen del ministerio petrino, el oficio papal,
que continua en el obispo de Roma en una línea ininterrumpida hasta nuestros
días. La autoridad del obispo en su diócesis está representada por su sede (en
latín, cathedra). Cat. 552-553, 816, 834, 881, 935-937.
16, 19 Estas “llaves” representan la autoridad otorgada a Pedro para regir la
Iglesia e incluyen tanto el poder de absolver pecados como el de llevar a cabo
pronunciamientos doctrinales y disciplinares. Por lo tanto, Pedro y sus
sucesores, los obispos de Roma, son el signo de la unidad de la Iglesia entera.
La Iglesia ha interpretado siempre que esta autoridad se ha entregado a los
sucesores de Pedro, los papas. Esta garantía de verdad se vio reforzada con el
dogma de la infalibilidad papal en materia de fe y de moral, formalmente
definido en el Concilio Vaticano I en el año 1870. Cat. 85-86, 567, 869, 1444.
Catecismo de la Iglesia Católica.
50 Mediante
la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus
obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún
modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación Divina (cf. C.
Vaticano I, Dei Filius). Por una decisión enteramente libre, Dios se
revela y se da al hombre. Lo hace revelando su misterio, su designio
benevolente que estableció desde la eternidad en Cristo en favor de todos los
hombres. Revela plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, y al Espíritu Santo.
153 Cuando san Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo,
Jesús le declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la
sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). La fe es un don
de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. “Para dar esta respuesta de
la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con
los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a
Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la
verdad” (C. Vaticano II, Dei Verbum, 5).
424. Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre,
nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo
de Dios vivo” (Mt 16, 16). Sobre la roca de esta fe, confesada por Pedro,
Cristo ha construido su Iglesia.
440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías
anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre.
552 En el colegio de los Doce, Simón Pedro ocupa el primer lugar. Jesús le
confía una misión única. Gracias a una revelación del Padre, Pedro había
confesado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Entonces
Nuestro Señor te declaró: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18).
Cristo, “Piedra viva” (cf. Mc 3, 16), asegura a su Iglesia edificada sobre
Pedro, la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe
confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión
de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus
hermanos” (Lc 22, 32).
553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “A ti te daré las
llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los
cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,
19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios,
que es la Iglesia.
881 El Señor hizo de Simó, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él,
la piedra de la Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo
instituyó pastor de todo el rebaño. “Consta que también el colegio de los
apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a
Pedro” (C. Vaticano II, Lumen gentium, 22). Este oficio pastoral de
Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se
continua por los obispos bajo el primado del Papa.
937 El Papa “goza, por institución divina, de una potestad suprema, plena,
inmediata y universal para cuidar las almas” (C. Vaticano II, Chistus
Dominus, 2).
Concilio Vaticano II
En esta Iglesia de Cristo, el Romano Pontífice es el sucesor de Pedro, a
quien Cristo encarrgó apacentar sus ovejas y corderos. Como tal, goza, por
institución divina, de una potestad suprema, plena, inmediata y universal para
cuidar las almas. Él ha sido enviado como pastor de todos los fieles para
procurar el bien común de la Iglesia universal y el bien de cada Iglesia. Por
eso tiene el primado de la potestad ordinaria sobre todas las Iglesias.
Decreto Crhistus Dominus, 2.
Los Santos Padres.
Vosotros, es decir, los que estáis siempre conmigo, los que me veis hacer
milagros, los que por virtud mía habéis hecho también muchos.
Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev de Mateo, 54. 1b, pg. 52.
No dijo Pedro: tú eres Cristo, o hijo de Dios, sino “el Cristo, el Hijo
de Dios”. Pues hay muchos cristos de acuerdo a la gracia, que tienen la
dignidad de la adopción, pero solo uno es por naturaleza el Hijo de Dios. Por
esto dijo: “el Cristo, el Hijo de Dios” con artículo determinado. Llamándolo
“hijo de Dios vivo” muestra que Él es la vida y que la muerte no lo domina. E
incluso si la carne fuera débil durante un corto espacio de tiempo y muriera,
se levantaría, pues, la Palabra que hay en ella y que no puede ser dominada por
las cadenas de la muerte.
Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 190. 1b,
pg. 73.
San Jerónimo.
13. No dijo: ¿quién dicen los hombres que soy yo? sino el hijo del
hombre, para que no creyeran que s pregunta estaba inspirada por la
vanidad. Y fíjate que en todas partes donde en el Antiguo Testamento figura
“hijo del hombre”, el hebreo trae “hijo de Adán”, y allí donde leemos en el
salmo: Hijos del hombre, ¿hasta cuándo vais a tener el corazón injurioso? (Sal
4,3), el hebreo dice “hijos de Adán”. La pregunta está, pues, bien planteada: ¿Quién
dicen los hombres que es el hijo del hombre? porque los que hablan del hijo
del hombre son hombres, pero los que reconocen su divinidad ya no son hombres,
sino dioses.
15.16. Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Prudente lector, fíjate que, según el
contexto, los apóstoles no son llamados hombres sino dioses, pues después de
estas palabras agregó, ¿quién decís que soy? Ellos, porque son hombres,
opinan como hombres, pero vosotros que sois dioses, ¿quién creéis que soy?
Pedro, en nombre de todos los apóstoles, hace esta profesión de fe: Tú eres
el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Lo llama Dios vivo para distinguirlo de
los otros dioses, que pasan por dioses pero están muertos: Saturno, Júpiter,
Ceres, Baco, Hércules y todos los otros ídolos monstruosos.
17.
De su profesión de fe proviene el nombre que indica que ha recibido su
revelación del Espíritu Santo, de quien debe también ser hijo. En efeto, Bar
Iona significa en nuestra lengua [latín] “hijo de la paloma”. Otros entienden
simplemente que Simón, es decir Pedro, es hijo de Juan, según la pregunta hecha
en otro pasaje: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? (Jn 21, 16), a lo que
respondió: Ser, tú lo sabes y pretenden que hay un error de los
copistas: en lugar de “Bar Iohanna”, es decir, hijo de Juan, omitiendo una
sílaba, habrían escrito Bar Iona. Iohanna significa gracia del Señor. Los dos
nombres admiten una interpretación mística porque la paloma designa al Espíritu
Santo y la gracia de Dios un don del Espíritu. En cuanto a las palabras: Porque
no te lo reveló la carne ni la sangre, compáralas al relato del Apóstol
donde dice: De inmediato, sin consultar a la carne ni a la sangre (Ga 1,
16); aquí la carne y la sangre designa a los judíos, de modo que, con otros
términos, se muestra que no es la doctrina de los Fariseos sino la gracia de
Dios la que le ha revelado a Cristo, Hijo de Dios.
18. Que tú eres pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Así como él mismo dio la luz a
los apóstoles para que fueran llamados luz del mundo (cf. Mt 5, 6) y también
los otros nombres que recibieron del Señor, así a Pedro, que creía en la piedra
que es Cristo, le fue concedido el nombre de Pedro y, siguiendo con la metáfora
de Piedra le dice justamente: Edificaré mi Iglesia sobre ti. Y las puertas
del infierno no prevalecerán contra ella. Por puertas del infierno yo
entiendo los vicios y pecados o, al menos, las doctrinas de los herejes que
seducen a los hombres y los conducen al infierno. Nadie crea, pues, que se
trata de la muerte y que los apóstoles no estaban sujetos a la condición mortal
ya que vemos resplandecer su martirio.
19.
Te daré las llaves… No sea que al no comprender este pasaje los obispos
y presbíteros adquieran un orgullo farisaico y condenen a los inocentes o
juzguen que pueden absolver a los culpables, cuando Dios examina no la
sentencia de los sacerdotes sino la vida de los acusados. Leemos en el
Levítico, respecto de los leprosos, que deben mostrarse a los sacerdotes y, si
tuvieran lepra, ellos lo declararán impuros. No se trata de que los sacerdotes
los hagan leprosos o impuros, sino que, como saben distinguir el leproso del
que no lo es, también puedan discernir el que es puro del que es impuro. De la
misma manera que allí el sacerdote hace impuro a un leproso, también aquí el
obispo o el sacerdote ata o desata, no indiferentemente a inocentes y
culpables, sino, en virtud de su ministerio, después de haber oído los diversos
pecados, sabe qué es lo que debe ser atado y qué desatado.
San Agustín.
Quien confiesa que
Cristo vino en la carne, automáticamente confiesa que el Hijo de Dios vino en
la carne. Diga ahora el arriano si confiesa que Cristo vino en la carne. Si
confiesa que el Hijo de Dios vino en la carne, entonces confiesa que Cristo
vino en la carne. Si niega que Cristo es hijo de Dios, desconoce a Cristo;
confunde a una persona con otra, no habla de la misma. ¿Qué es, pues, el Hijo
de Dios? Como antes preguntábamos qué era Cristo y escuchamos que era el Hijo
de Dios, preguntemos ahora qué es el Hijo de Dios. He aquí el Hijo de Dios: En
el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era
Dios (Jn 1,1)
Sermón
183, 3-4
San Juan de Ávila.
Y el mismo Señor, habiéndole San Pedro confesado por verdadera Hijo de
Dios y por Mesías prometido en la Ley, dándole a entender que no a sus fuerzas,
sino al don de Dios había de agradecer tal fe y confesión, le dijo: Bienaventurado
eres, Simón, hijo de Joná, porque no te descubrió aquestas cosas la carne y la
sangre, mas mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 17). Y en otra parte
dice: Todo aquel que oyó y aprendió de mi Padre, viene a mí (Jn 6, 45).
Soberana escuela es aquesta, donde Dios Padre es el que enseña, y la doctrina
que enseña es la fe de Jesucristo, su Hijo, y que vayan a él con pasos de fe y
de amor.
Audi, filia (II). I, pg. 626.
Esta fe es fundamento de todos los bienes, y la primera reverencia que el
hombre hace al Señor cuando le toma por Dios; y es fundamento tan firme de todo
el edificio de Dios que no le pueden derribar ni vientos ni persecuciones, ni
ríos de deleites carnales, ni lluvias de espirituales tentaciones, mas entre
todos los peligros tiene el ánima en marcha firmeza como el áncora tiene a la
nao en las mudanzas del mar. Y es tanta su firmeza, que las puertas de los
infiernos, que son errores y pecados, y hombres malos y demonios, no
prevalecerán contra ella (cf. Mt 16, 18); porque no la enseñó carne ni
sangre, mas el Padre que está en los cielos, a cuyas obras y poder no hay quien
resista.
Audi, filia (II), I, pg. 436.
Mirad en lo que ha parado los que se apartaron de la creencia de esta
Iglesia católica y cómo fueron semejables a un ruido de viento que prestó se
pasa y presto se olvida; y cómo la firmeza de nuestra fe ha quedado por
vencedora, y aunque combatida, nunca vencida, por estar firmada sobre firme
piedra (cf. Mt 7, 25), contra la cual ni lluvias, ni vientos, ni ríos,
ni las puertas del infierno pueden prevalecer (Mt 16, 18).
Audi, filia (I), I, pg. 477.
Y mirad, por otra parte, la firmeza de nuestra fe y de nuestra Iglesia, y
cómo ha quedado por vencedora; y, aunque combatida desde su nacimiento nunca
vencida, por estar fundada sobre firme piedra (cf. Mt 7, 25), contra la
cual ni lluvias, ni vientos, ni ríos, ni las puertas de los infiernos pueden
prevalecer (cf. Mt 16, 18).
Audi, filia (II), I, pg. 635.
Y así, se ha de esforzar a tratar esto por tales maneras de hablar, que
dé a entender a los oyentes esta buena nueva del Evangelio; y traiga a su
memoria, que por eso él se llama predicador evangélico, porque lo principal que
incumbe a su oficio es declarar la buena nueva de la Redención, que por eso
Cristo nuestro Redentor dijo: Praedicate Evangelium omni creaturae (Mt
16, 15). Porque evangelium quiere decir buena nueva; la cual es esta que
está dicha. Y así, de ella ha de sacar todos estos frutos en los oyentes: lo
primero, agradecimiento a Dios y grande amor a Él; lo segundo, grande amor a
Cristo nuestro Redentor en cuanto hombre, porque hizo tal obra; lo tercero,
grande confianza y esperanza para despertar los hombres, que esperen por
aquella Sangre y pasión remedio para sus almas,...
Escrito sobre el pecado original y la Redención. II, pg. 1041.
Super hunc Ecce ego vobiscum sum usque ad consummationen seculi (Mt 28, 20) y Spuer petram
aedificabo eclesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversus eam (Mt
16, 18). Claro es que, muertos los apóstoles, la Iglesia no se pasó a la gente
que adoraba ídolos, sino a la que recibió la fe de Cristo, ensañada por los
apóstoles, y permaneció en ella. Y, si estos en quien sucedió, fueron
engañados, no ha habido Iglesia en todo este tiempo en la tierra, siendo
imposible, de ley ordinaria de Dios, que haya tiempo, aunque muy breve, que
haya estado sin ella, pues el Señor dijo que estaría con ella omnibus diebus
(Mt 28, 20). Y, si no ha habido Iglesia, no hay fundamento para recibir alguna
escriptura por de inefable, verdad, pues que por otro medio no tenemos los
católicos ni los herejes a una escriptura por inefable sino porque la Iglesia
la aprobó por tal.
Tercera causa de las herejías. II, pg. 543.
Después de te haber humillado y abajado tus ojos con el publicano
arrepentido (cf. Lc 18, 13), toma confianza cristiana para los alzar al Señor,
y dije con muy firme fe: “Yo creo, Señor, que tú eres Cristo, Hijo de Dios
vivo, como dijo San pedro (Mt 16, 16), y dile con todas tus entrañas:
“Gracias te hago, Señor, porque derramaste tu sangre y perdiste tu vida por mí.
También, Señor, te bendigo, y particularmente te agradezco, que por tu gran
caridad te quisiste quedar con nosotros en manjar para vida, y en defensa de
nuestros peligros, y en remedio cumplido de todas nuestras necesidades.
Sermón Vísperas del Corpus, 90. III. Pg. 483
Y porque al mundo importaba la salvación, saber los hombres quién es
Jesucristo, y ellos no lo podían saber, proveyó el Eterno Padre de lo decir por
boca del apóstol San Pedro, diciendo: Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo
(Mt 16, 16).
Sermón Natividad de la Virgen, 1. III. Pg. 801.
Y si los pasados en alguna cosa como hombres faltaron, para eso está la
Iglesia romana, a la cual en su Pontífice es dado poder de las llaves del
reino de los cielos y de apacentar la universal Iglesia (cf. Mt 16, 19); y
a quien esto está dado, también le es dada la lumbre para discernir y juzgar
cuál o cuál es la verdadera doctrina y el verdadero sentido de la Escriptura;
porque ¿cómo tiene llave, si no abre la verdad por encerrada que esté? ¿Y cómo
apacentará, si no me dice qué he de creer, pues el pasto es de doctrina? Así
que, en esto, señor, haga lo que hace y busque oraciones que lo pidan al Señor,
que Él tornará por su verdad, como lo ha hecho en otros mayores conflictos, y
abajará toda ciencia, que con soberbia se ensalza, con firmeza de la Piedra
cristiana.
Carta a un predicador. IV, pgs. 52-53.
San Oscar Romero. Homilía.
Ven cómo el Papa, en el primer Papa, Pedro, nos refleja su razón de ser.
El Papa es el que garantiza nuestra fe. Cristo mismo ha aprobado la confesión
de San Pedro -así se llama este episodio del evangelio: la confesión de San
Pedro Entonces nuestra fe de Iglesia, la que nos pregunta cuando nos van a
bautizar. ¿Crees en Dios Padre creador del cielo y de la tierra? -Sí, creo.
¿Crees en Jesucristo su único hijo que nació de la Virgen, murió, resucitó y
está sentado a la derecha del Padre? -Sí, creo. ¿Crees en el Espíritu Santo que
ese Cristo Redentor nos ha enviado y es la vida de esta Iglesia a la que tú
quieres pertenecer? -Sí, creo. ¿Crees en la vida eterna, crees en el perdón de
los pecados, crees en la redención omnipotente de Cristo? -Sí, creo. Y el
Sacerdote, haciéndose voz de la Iglesia dice: Esta es la fe de nuestra Iglesia.
¿Quieres ser bautizado en esta fe? -Sí, quiero. ¡Qué honor pertenecer a esta
confesión, pero cuya roca sólida está allá en el fundamento: El Papa!
Homilía, 27
de agosto de 1978.
León XIV. Audiencia. 5 de agosto de 2026. Los Documentos
del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la
Iglesia
Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la
Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum
Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la
oración litúrgica.
Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el
que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en
la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la
oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la
Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado.
«Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse
para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la
Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de
nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al
mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para
alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).
En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una
mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede
parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica
pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión.
Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración,
mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica
más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La
oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece
volver a ser descubierta en su verdad.
La Constitución Sacrosanctum
Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba
profundamente al Papa
San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio
Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra
primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se
nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso,
Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).
En la Constitución, de hecho, el
término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es
decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la
participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como
el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la
humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo»
(SC,
5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad
del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su
Cuerpo, al Padre» (SC,
84).
Por eso, San Pablo VI deseaba
ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública
cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara
profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y
alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const.
ap. Laudis
canticum).
Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de
las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los
bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a
rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la
escuela de la oración cristiana.
Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de
las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu
Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad
entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza»
(SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y
conformados a Él.
Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la
oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del
Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo
único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de
Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros.
Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra;
le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra
voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).
Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la
Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana,
empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la
fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo,
las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos
encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante
nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso
glorioso del Señor.
León XIV. Audiencia. 12 de agosto de 2026. Los Documentos
del Concilio Vaticano II Constitución Sacrosanctum Concilium 7. La música
sacra.
Queridos hermanos y hermanas,
el sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum
Concilium (SC) del Concilio
Vaticano II está dedicado a la música sagrada. Este
afirma: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de
valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas,
principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una
parte necesaria o integral de la Liturgia solemne» (SC, 112)
y precisa: «La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más
íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor
delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor
solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).
Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que
confirma y profundiza en la función ministerial de la música
en la liturgia, ya resaltado por San Pio X en el
Motu Proprio Inter
sollicitudines (22 de noviembre de 1903). De hecho, la música
forma parte de la acción litúrgica, y no es un mero adorno de la celebración.
En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, sintonizando el propio
corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios, en la
participación activa en el misterio celebrado. Precisamente la música
expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma San Agustín:
«Cantare amantis est», es decir «cantar es proprio de quien ama» (Sermo 336,1).
Esto es muy importante, porque ayuda en abrir el corazón a la acción de Dios
en la gracia y en dejarse moldear por ella.
El canto, además, favorece la comunión.
Por medio de la sinfonía de las voces contribuye a unir los ánimos,
superando las diferencias entre las personas y reuniendo todos en la
alabanza a Dios. Así se convierte en una epifanía de la Iglesia, manifestación
tangible de la comunión que pertenece a su naturaleza.
De la profunda relevancia teológica del canto sacro, como
parte integrante de la acción litúrgica, derivan algunas exigencias. La
primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares
de los autores, debe responder en todos los niveles a lo que resulta más
adecuado para el momento de la celebración. Además, la forma,
especialmente en su aspecto melódico, debe ser a la vez noble y sencilla, de
alta calidad musical y fácil de ejecutar, sobretodo cuando está destinada a
ser cantada por toda la asamblea (cf. SC,
121).
Por la misma razón, el
Concilio recomienda que los textos también sean adecuados,
profundos y, al mismo tiempo, simples de comprender, inspirados principalmente
en la Sagrada Escritura, en los libros litúrgicos y en la Tradición espiritual
de la Iglesia. Sobre esto hay que velar, para que se mantenga viva y para
que crezca la dinámica expresada en el antiguo principio “lex orandi lex
credendi”, es decir, la ley de la oración es también la ley de la fe.
Sacrosanctum
Concilium dedica mucho espacio al tema de la participación
activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «se ha de comprender […]
partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su
relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum
caritatis, 52) en un «espíritu de conversión continua que ha de
caracterizar la vida de cada fiel» (ibid. 55).
En cuanto a la manera concreta con la que esta se puede realizar por medio del
rol específico de la música sagrada, la Constitución ofrece una respuesta
clara: «se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la
salmodia, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC,
30), y exhorta a cada uno, ministro o simple fiel, a desempeñar «todo y sólo
aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas
litúrgicas» (SC,
28) en el equilibrio armonioso entre los distintos ministerios, las diversas
intervenciones y los momentos de silencio.
El
Concilio concede además gran importancia al canto gregoriano, sin
excluir de la celebración otros géneros de música sagrada. Se presta también
especial atención al órgano (cfr. SC,
120), mientras que se admite el uso de otros instrumentos «siempre que sean
aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y
contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC,
120).
Un tema muy importante para la reforma conciliar es el de
la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se
subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las
diferentes culturas, la importancia de tenerlas muy en cuenta, como parte de la
vida religiosa y social de las personas. Por ello, se recomienda, por un lado,
poner en práctica en todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC,
119) y, por el otro, «dentro de lo posible […] puedan promover la música
tradicional de su pueblo, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas»
(ibid.).
En el contexto litúrgico, se reconoce una función
especial a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya
promoción se recomienda, con la misión de «velar por la ejecución exacta de las
partes que le corresponden, según los distintos géneros de canto, y favorecer
la participación activa de los fieles en el canto» (S. CONGR. DE LOS RITOS,
Instrucción Musicam sacram, 19).
Con este fin, el compositor de música sacra debe conocer
y preservar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para
dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la
sensibilidad contemporánea y las diferentes tradiciones culturales, de modo que
«purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión
descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza
del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la
música litúrgica» ( S. JUAN PABLO II, Quirógrafo
sobre la música sagrada, 22 de noviembre de 2003, 3).
Por todas estas razones, los Padres conciliares
recomiendan fomentar la formación y la práctica de la música sacra «en los
seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de
estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115)
y garantizar a los músicos y cantantes una sólida formación litúrgica
(cf. ibid.).
Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia
concedieron gran importancia al canto litúrgico, símbolo de la comunión
eclesial. Por eso podemos concluir con estas hermosas palabras de San Ignacio
de Antioquía: «Que cada uno de vosotros también se convierta en coro, a fin de
que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad,
cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que
os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo» (Carta
a los Efesios, 4,2).
Papa León XIV. Angelus. 16 de
agosto de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Ayer
contemplamos a la Virgen María en su relación indisoluble con su Hijo:
ni siquiera la muerte pudo interrumpir esa comunión de alma y cuerpo, que es
vida eterna. Cada domingo nos recuerda que esa misma plenitud está reservada a
quienes siguen a Jesús: su resurrección no es un acontecimiento del pasado,
sino una vida nueva que nos compromete.
Así lo demuestra hoy la mujer cananea protagonista del
Evangelio proclamado en la liturgia (cf. Mt 15,21-28). Aunque
no pertenece a su pueblo y vive en una región extranjera, intenta con
insistencia hablar con Jesús, siguiéndole como una discípula que ya tiene un
vínculo con Él. Probablemente nunca se habían encontrado, pero,
misteriosamente, la fe ya había surgido en ella. No desea algo para sí misma,
sino la paz para su hija atormentada, y confía en Jesús, a quien reconoce como
el Mesías, descendiente de David (cf. v. 22).
El evangelista no oculta los obstáculos a los que se
enfrenta esta mujer. Los discípulos la ven como una persona molesta, y el
propio Jesús se resiste a sus peticiones. De hecho, el Maestro se había
retirado a aquella región (cf. v. 21) y podemos imaginar que, como en otras
ocasiones, buscaba un lugar apartado donde orar y formar a los suyos. Sin
embargo, en ese momento ocurre algo inesperado. Al meditar sobre ello, podemos
comprender la obediencia de Jesús, que cumple su misión dejándose conmover por
lo que ve y lo que oye. Al final le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se
cumpla lo que deseas» (v. 28).
También hoy la Iglesia puede dejarse sorprender por la
obra de Dios y comunicar la paz de Cristo más allá de las fronteras ya trazadas.
Su misión es anticipada por la gracia divina, que actúa en lo más recóndito de
las conciencias, de modo que en cada encuentro, incluso en aquellos que
trastocan nuestros planes, hay que aguzar el oído, abrir los ojos y el corazón
a lo que Dios quiere decirnos.
De la mujer cananea aprendemos la humildad y la
determinación. Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada para
todos y que a nadie le corresponden las migajas (cf. vv. 26-27), porque cada
uno tiene su propio lugar junto al Padre. A la luz de esta fe, resultan
insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que
pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios.
Queridos hermanos y hermanas: somos la Iglesia de
Jesucristo en un mundo atormentado, en un mundo que busca la paz. A María,
nuestra Madre, le pedimos que interceda por nosotros. «De sus labios brota el
himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat»
(Magnifica
humanitas, 244): es el canto de quien ya ve la realidad con la
mirada de Dios y, por eso, no pierde la esperanza y actúa con caridad.
Papa Francisco. Angelus. 27 de
agosto de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy en el Evangelio (cf. Mt 16,13-20) Jesús pregunta a los
discípulos – una hermosa pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del
hombre?» (v. 13).
Es una pregunta que podemos hacernos también nosotros: ¿Qué dice la gente
de Jesús? En general, cosas hermosas: muchos lo ven como un gran maestro, como
una persona especial: buena, justa, coherente, valiente… Pero, ¿esto es
suficiente para entender quién es, y, sobre todo, es suficiente para Jesús?
Parece que no. Si Él fuera solamente un personaje del pasado – como lo eran
para la gente de aquel tiempo las figuras citadas en el mismo Evangelio, Juan
Bautista, Moisés, Elías y los grandes profetas – sería solo un hermoso recuerdo
de un tiempo pasado. Y esto para Jesús no está bien. Por eso, inmediatamente
después, el Señor plantea a los discípulos la pregunta decisiva: «Y vosotros – ¡vosotros!
– ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). ¿Quién soy yo para vosotros, ahora? Jesús
no quiere ser un protagonista de la historia, sino que quiere ser protagonista
de tu presente, de mi presente; no un profeta lejano: Jesús quiere ser el
Dios cercano.
Cristo, hermanos y hermanas, no es un recuerdo del pasado, sino el Dios del
presente. Si fuera solo un personaje histórico, imitarlo hoy sería imposible:
nos encontraríamos frente al gran foso del tiempo y, sobre todo, ante su
modelo, que es como una montaña altísima e inalcanzable; deseosos de escalarla,
pero sin las capacidades ni los medios necesarios. En cambio, Jesús está vivo:
recordemos esto, Jesús está vivo, Jesús vive en la Iglesia, vive en el mundo,
Jesús nos acompaña, Jesús está a nuestro lado, nos ofrece su Palabra,
nos ofrece su gracia, que iluminan y reconfortan en el camino: Él, guía experto
y sabio, está feliz de acompañarnos en los senderos más difíciles y en las
ascensiones más impracticables.
Queridos hermanos y hermanas, en el camino de la vida no estamos solos,
porque Cristo está con nosotros, Cristo nos ayuda a caminar, como hizo con
Pedro y con los demás discípulos. Precisamente Pedro, en el Evangelio de hoy,
lo comprende y por gracia reconoce en Jesús «el Hijo del Dios vivo» (v. 16):
“Tú eres el Cristo, Tú eres el Hijo de Dios vivo”, dice Pedro; no es un
personaje del pasado, sino el Cristo, es decir, el Mesías, el esperado; no es
un héroe difunto, sino el Hijo de Dios vivo, hecho hombre y venido para
compartir las alegrías y las fatigas de nuestro camino. No nos desanimemos
si a veces la cima de la vida cristiana parece demasiado alta y el camino
demasiado empinado. Miremos a Jesús, siempre; miremos a Jesús que camina
junto a nosotros, que acoge nuestras fragilidades, comparte nuestros esfuerzos
y apoya sobre nuestros hombros débiles su brazo firme y suave. Con Él cerca,
también nosotros tendámonos la mano los unos a los otros y renovemos la
confianza: ¡Con Jesús lo que parece imposible en solitario ya no lo es, con
Jesús se puede avanzar!
Hoy nos hará bien repetirnos la pregunta decisiva, que sale de su boca: «Y
vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (cf. v. 15). Tú – Jesús te dice – tú,
¿quién dices que soy yo? Escuchemos la voz de Jesús que nos pregunta
esto. En otras palabras: Para mí, ¿quién es Jesús? ¿Un gran personaje,
un punto de referencia, un modelo inalcanzable? ¿O es el Hijo de Dios, que
camina a mi lado, que puede llevarme hasta la cima de la santidad, allí donde
en solitario no soy capaz de llegar? ¿Jesús está realmente vivo en mi vida,
Jesús vive conmigo? ¿Es mi Señor? ¿Yo me encomiendo a él en los momentos de
dificultad? ¿Cultivo su presencia a través de la Palabra, a través de los
Sacramentos? ¿Me dejo guiar por Él, junto a mis hermanos y hermanas, en la
comunidad?
Que María, Madre del Camino, nos ayude a sentir a su Hijo vivo y presente
junto a nosotros.
Papa Francisco. Angelus. 23 de
agosto de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (cfr. Mt 16,13-20) presenta
el momento en el que Pedro profesa su fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios.
Esta confesión del Apóstol es provocada por el mismo Jesús, que quiere conducir
a sus discípulos a dar el paso decisivo en su relación con Él. De hecho, todo
el camino de Jesús con los que le siguen, especialmente con los Doce, es un
camino de educación de su fe. Antes que nada Él pregunta: «¿Quién dicen los
hombres que es el Hijo del hombre?» (v. 13). A los apóstoles les gustaba
hablar de la gente, como a todos nosotros. El chisme gusta. Hablar de los
demás no es tan exigente, por esto, porque nos gusta; también “despellejar” a
los otros. En este caso ya se requiere la perspectiva de la fe y no el
chisme, es decir, pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Y los
discípulos parece que hacen una competición en el referir las diferentes
opciones, que quizá en gran parte ellos mismos compartían. Ellos mismos
compartían. Básicamente, Jesús de Nazaret era considerado un profeta (v. 14).
Con la segunda pregunta, Jesús les toca directamente: «¿quién decís que soy
yo?» (v. 15). A este punto, nos parece percibir algún instante de silencio,
porque cada uno de los presentes es llamado a involucrarse, manifestando el
motivo por el que sigue a Jesús; por esto es más que legítima una cierta
vacilación. También si yo ahora os preguntara a vosotros: “¿Para ti, quién es
Jesús?”, habrá un poco de vacilación. Les quita la vergüenza Simón, que con
ímpetu declara: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Esta
respuesta, tan plena y luminosa, no le viene de su ímpetu, por generoso que
sea —Pedro era generoso—, sino que es fruto de una gracia particular del
Padre celeste. De hecho, Jesús mismo lo dice: «No te ha revelado esto la carne
ni la sangre —es decir la cultura, lo que has estudiado— no, esto no te lo ha
revelado. Te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos» (v. 17). Confesar
a Jesús es una gracia del Padre. Decir que Jesús es el Hijo del Dios vivo,
que es el Redentor, es una gracia que nosotros debemos pedir: “Padre,
dame la gracia de confesar a Jesús”. Al mismo tiempo, el Señor reconoce la
pronta correspondencia de Simón con la inspiración de la gracia y por tanto
añade, en tono solemne: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (v. 18). Con esta
afirmación, Jesús hace entender a Simón el sentido del nuevo nombre que le ha
dado, “Pedro”: la fe que acaba de manifestar es la “piedra” inquebrantable
sobre la cual el Hijo de Dios quiere construir su Iglesia, es decir la
Comunidad. Y la Iglesia va adelante siempre sobre la fe de Pedro, sobre la fe
que Jesús reconoce [en Pedro] y lo hace jefe de la Iglesia.
Hoy, escuchamos dirigida a cada uno de nosotros la pregunta de Jesús: “¿Y
vosotros quién decís que soy yo?”. A cada uno de nosotros. Y cada uno de
nosotros debe dar una respuesta no teórica, sino que involucra la fe, es decir
la vida, ¡porque la fe es vida! “Para mí tú eres…”, y decir la confesión de
Jesús. Una respuesta que nos pide también a nosotros, como a los primeros
discípulos, la escucha interior de la voz del Padre y la consonancia con lo que
la Iglesia, reunida en torno a Pedro, continúa proclamando. Se trata de
entender quién es para nosotros Cristo: si Él es el centro de nuestra vida, si
Él es el fin de todo nuestro compromiso en la Iglesia, de nuestro compromiso en
la sociedad. ¿Quién es Jesús para mí? Quién es Jesucristo para ti, para ti, para
ti… Una respuesta que nosotros debemos dar cada día.
Pero estad atentos: es indispensable y loable que la pastoral de nuestras
comunidades esté abierta a las muchas pobrezas y emergencias que están por
todos lados. La caridad es siempre la vía maestra del camino de fe, de la
perfección de la fe. Pero es necesario que las obras de solidaridad, las
obras de caridad que nosotros hacemos, no desvíen del contacto con el Señor
Jesús. La caridad cristiana no es simple filantropía sino, por un lado, es
mirar al otro con los mismos ojos que Jesús y; por el otro, es ver a Jesús en
el rostro del pobre. Este es el camino verdadero de la caridad cristiana,
con Jesús en el centro, siempre. María Santísima, beata porque ha creído, sea
para nosotros guía y modelo en el camino de la fe en Cristo, y nos haga
conscientes de que la confianza en Él da sentido pleno a nuestra caridad y a
toda nuestra existencia.
Papa Francisco. Angelus. 27 de
agosto de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (Mateo 16, 13-20) nos cuenta un
pasaje clave en el camino de Jesús con sus discípulos: el momento en el que Él
quiere verificar en qué punto está su fe en Él. Primero quiere saber qué piensa
de Él la gente; y la gente piensa que Jesús es un profeta, algo que es verdad,
pero no recoge el centro de su Persona, no coge el centro de su misión.
Después, plantea a sus discípulos la pregunta que más le preocupa, es decir,
les pregunta directamente: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). Y
con ese «y» Jesús separa definitivamente a los apóstoles de la masa, como
diciendo: y vosotros, que estáis conmigo cada día y me conocéis de cerca, ¿qué
habéis aprendido más? El Maestro espera de los suyos una respuesta alta y otra
respecto a la de la opinión pública. Y, de hecho, precisamente tal respuesta
proviene del corazón de Simón llamado Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios vivo» (v. 16). Simón Pedro encuentra en su boca palabras más grandes que
él, palabras que no vienen de sus capacidades naturales. Quizá él no había
estudiado en la escuela, y es capaz de decir estas palabras, ¡más fuertes que
él! Pero están inspiradas por el Padre celeste (cf v. 17), el cual revela al
primero de los Doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo
enviado por Dios para salvar a la humanidad. Y de esta respuesta, Jesús
entiende que, gracias a la fe donada por el Padre, hay un fundamento sólido
sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por eso dice a Simón:
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (v. 18).
También con nosotros, hoy, Jesús quiere continuar construyendo su Iglesia,
esta casa con fundamento sólido pero donde no faltan las grietas, y que
continuamente necesita ser reparada. Siempre. La Iglesia siempre necesita
ser reformada, reparada. Nosotros ciertamente no nos sentimos rocas, sino solo
pequeñas piedras. Aún así, ninguna pequeña piedra es inútil, es más, en las
manos de Jesús la piedra más pequeña se convierte en preciosa, porque Él la
recoge, la mira con gran ternura, la trabaja con su Espíritu, y la coloca en el
lugar justo, que Él desde siempre ha pensando y donde puede ser más útil a toda
la construcción. Cada uno de nosotros es una pequeña piedra, pero en las
manos de Jesús participa en la construcción de la Iglesia. Y todos
nosotros, aunque seamos pequeños, nos hemos convertido en «piedras vivas»,
porque cuando Jesús toma en la mano su piedra, la hace suya, la hace viva,
llena de vida, llena de vida del Espíritu Santo, llena de vida de su amor,
y así tenemos un lugar y una misión en la Iglesia: esta es comunidad de vida,
hecha de muchísimas piedras, todas diferentes, que forman un único edificio en
su signo de la fraternidad y de la comunión.
Además, el Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús ha querido para su
Iglesia también un centro visible de comunión en Pedro —tampoco él es una gran
piedra, pero tomada por Jesús se convierte en centro de comunión— en Pedro y en
aquellos que le sucederían en la misma responsabilidad de primacía, que desde
los orígenes se han identificado en los Obispos de Roma, la ciudad donde Pedro
y Pablo han dado el testimonio de la sangre. Encomendémonos a María, Reina de
los Apóstoles, Madre de la Iglesia. Ella estaba en el cenáculo, junto a Pedro,
cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y les empujó a salir, a
anunciar a todos que Jesús es el Señor. Hoy nuestra Madre nos sostenga y nos
acompañe con su intercesión, para que realicemos plenamente esa unidad y esa
comunión por la que Cristo y los Apóstoles han rezado y han dado la vida.
Papa Francisco. Angelus. 24 de
agosto de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) es el célebre
pasaje, centrado en el relato de Mateo, en el cual Simón, en nombre de los
Doce, profesa su fe en Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios vivo»; y Jesús
llamó «bienaventurado» a Simón por su fe, reconociendo en ella un don especial
del Padre, y le dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia».
Detengámonos un momento precisamente en este punto, en el hecho de que
Jesús asigna a Simón este nuevo nombre: «Pedro», que en la lengua de
Jesús suena «Kefa», una palabra que significa «roca». En
la Biblia este término, «roca», se refiere a Dios. Jesús lo asigna a Simón
no por sus cualidades o sus méritos humanos, sino por su fe genuina y
firme, que le es dada de lo alto.
Jesús siente en su corazón una gran alegría, porque reconoce en Simón la
mano del Padre, la acción del Espíritu Santo. Reconoce que Dios Padre dio a
Simón una fe «fiable», sobre la cual Él, Jesús, podrá construir su Iglesia, es
decir, su comunidad, con todos nosotros. Jesús tiene el propósito de dar vida a
«su» Iglesia, un pueblo fundado ya no en la descendencia, sino en la fe,
lo que quiere decir en la relación con Él mismo, una relación de amor y de
confianza. Nuestra relación con Jesús construye la Iglesia. Y, por lo tanto, para
iniciar su Iglesia Jesús necesita encontrar en los discípulos una fe sólida,
una fe «fiable». Es esto lo que Él debe verificar en este punto del camino.
El Señor tiene en la mente la imagen de construir, la imagen de la
comunidad como un edificio. He aquí por qué, cuando escucha la profesión de fe
franca de Simón, lo llama «roca», y manifiesta la intención de construir su
Iglesia sobre esta fe.
Hermanos y hermanas, esto que sucedió de modo único en san Pedro, sucede
también en cada cristiano que madura una fe sincera en Jesús el Cristo, el Hijo
del Dios vivo. El Evangelio de hoy interpela también a cada uno de nosotros.
¿Cómo va tu fe? Que cada uno responda en su corazón. ¿Cómo va tu fe? ¿Cómo
encuentra el Señor nuestro corazón? ¿Un corazón firme como la piedra o un
corazón arenoso, es decir, dudoso, desconfiado, incrédulo? Nos hará bien
hoy pensar en esto. Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe no digo
perfecta, pero sincera, genuina, entonces Él ve también en nosotros las piedras
vivas con la cuales construir su comunidad. De esta comunidad, la piedra
fundamental es Cristo, piedra angular y única. Por su parte, Pedro es piedra,
en cuanto fundamento visible de la unidad de la Iglesia; pero cada bautizado
está llamado a ofrecer a Jesús la propia fe, pobre pero sincera, para que Él
pueda seguir construyendo su Iglesia, hoy, en todas las partes del mundo.
También hoy mucha gente piensa que Jesús es un gran profeta, un maestro de
sabiduría, un modelo de justicia... Y también hoy Jesús pregunta a sus
discípulos, es decir a todos nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
¿Qué responderemos? Pensemos en ello. Pero sobre todo recemos a Dios Padre, por
intercesión de la Virgen María; pidámosle que nos dé la gracia de responder,
con corazón sincero: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Esta es una
confesión de fe, este es precisamente «el credo». Repitámoslo juntos tres
veces: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».
Papa Benedicto XVI. Angelus. 14 de
agosto de 2011.
Queridos amigos,
Ahora vais a regresar a vuestros lugares de residencia habitual. Vuestros
amigos querrán saber qué es lo que ha cambiado en vosotros después de haber
estado en esta noble Villa con el Papa y cientos de miles de jóvenes de todo el
orbe: ¿Qué vais a decirles? Os invito a que deis un audaz testimonio de vida
cristiana ante los demás. Así seréis fermento de nuevos cristianos y haréis que
la Iglesia despunte con pujanza en el corazón de muchos.
¡Cuánto he pensado en estos días en aquellos jóvenes que aguardan vuestro
regreso! Transmitidles mi afecto, en particular a los más desfavorecidos, y
también a vuestras familias y a las comunidades de vida cristiana a las que
pertenecéis.
No puedo dejar de confesaros que estoy realmente impresionado por el número
tan significativo de Obispos y sacerdotes presentes en esta Jornada. A todos
ellos doy las gracias muy desde el fondo del alma, animándolos al mismo tiempo
a seguir cultivando la pastoral juvenil con entusiasmo y dedicación.
Saludo con afecto al Señor Arzobispo castrense y agradezco vivamente al
Ejército del Aire el haber cedido con tanta generosidad la Base Aérea de Cuatro
Vientos, precisamente en el centenario de la creación de la aviación militar
española. Pongo a todos los que la integran y a sus familias bajo el materno
amparo de María Santísima, en su advocación de Nuestra Señora de Loreto.
Asimismo, y al conmemorarse ayer el tercer aniversario del grave accidente
aéreo ocurrido en el aeropuerto de Barajas, que ocasionó numerosas víctimas y
heridos, deseo hacer llegar mi cercanía espiritual y mi afecto entrañable a
todos los afectados por ese lamentable suceso, así como a los familiares de los
fallecidos, cuyas almas encomendamos a la misericordia de Dios.
Me complace anunciar ahora que la sede de la próxima Jornada Mundial de la
Juventud, en el dos mil trece, será Río de Janeiro. Pidamos al Señor ya desde
este instante que asista con su fuerza a cuantos han de ponerla en marcha y
allane el camino a los jóvenes de todo el mundo para que puedan reunirse
nuevamente con el Papa en esa bella ciudad brasileña.
Queridos amigos, antes de despedirnos, y a la vez que los jóvenes de España
entregan a los de Brasil la cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud, como
Sucesor de Pedro, confío a todos los aquí presentes este gran cometido: Llevad
el conocimiento y el amor de Cristo por todo el mundo. Él quiere que seáis sus
apóstoles en el siglo veintiuno y los mensajeros de su alegría. ¡No lo
defraudéis! Muchas gracias.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 24 de
agosto de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia de este domingo nos dirige a los cristianos, pero al mismo
tiempo a todo hombre y a toda mujer, la doble pregunta que Jesús planteó un día
a sus discípulos. Primero les interrogó diciendo: "¿Quién dice la gente
que es el Hijo del hombre?". Ellos le respondieron que para algunos del
pueblo él era Juan el Bautista resucitado; para otros, Elías, Jeremías o alguno
de los profetas. Entonces el Señor interpeló directamente a los Doce: "¿Y
vosotros quién decís que soy yo?". En nombre de todos, con impulso y
decisión, fue Pedro quien tomó la palabra: "Tú eres el Cristo, el Hijo del
Dios vivo". Solemne profesión de fe, que desde entonces la Iglesia sigue
repitiendo.
También nosotros queremos proclamar esto hoy con íntima convicción: ¡Sí,
Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! Lo hacemos con la conciencia
de que Cristo es el verdadero "tesoro" por el que vale la pena
sacrificarlo todo; él es el amigo que nunca nos abandona, porque conoce las
expectativas más íntimas de nuestro corazón. Jesús es el "Hijo del
Dios vivo", el Mesías prometido, que vino a la tierra para ofrecer a la
humanidad la salvación y para colmar la sed de vida y de amor que siente todo
ser humano. ¡Cuán beneficioso sería para la humanidad si acogiera este anuncio
que conlleva la alegría y la paz!
"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". A esta inspirada
profesión de fe por parte de Pedro, Jesús replica: "Tú eres Pedro y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos". Es la
primera vez que Jesús habla de la Iglesia, cuya misión es el cumplimiento del
plan grandioso de Dios de reunir en Cristo a toda la humanidad en una única
familia.
La misión de Pedro y de sus sucesores consiste precisamente en servir a
esta unidad de la única Iglesia de Dios formada por judíos y paganos de todos los pueblos; su
ministerio indispensable es hacer que no se identifique nunca con una sola
nación, con una sola cultura, sino que sea la Iglesia de todos los pueblos,
para hacer presente entre los hombres, marcados por numerosas divisiones y
contrastes, la paz de Dios y la fuerza renovadora de su amor. Por tanto, la
misión particular del Papa, Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, consiste en servir
a la unidad interior que proviene de la paz de Dios, la unidad de cuantos
en Jesucristo se han convertido en hermanos y hermanas.
Ante la enorme responsabilidad de esta tarea, siento cada vez más el
compromiso y la importancia del servicio a la Iglesia y al mundo que el Señor
me ha confiado. Por eso, os pido, queridos hermanos y hermanas, que me
sostengáis con vuestra oración para que, fieles a Cristo, podamos anunciar y
testimoniar juntos su presencia en nuestro tiempo. Que nos obtenga esta gracia
María, a la que invocamos confiados como Madre de la Iglesia y Estrella de la
evangelización.
DOMINGO XXII T. O. 3 de septiembre de 2023.
Monición de entrada.-
Buenos
días:
Somos
cristianos porque Jesús nos ha llamado a seguirle.
Pero
ser amigos de Jesús no quiere decir ir con él solo cuando vamos a misa, sino
todos los días.
La
misa de hoy nos animará a eso, a ser amigo de Jesús.
No
una hora a la semana sino todas las horas de todos los días.
Señor, ten
piedad.-
Porque no
pensamos como tú. Señor, ten piedad.
Porque no te
seguimos todas las horas. Cristo, ten
piedad.
Porque no
aprovechamos nuestra vida. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por el Papa Francisco; para que sus
palabras nos iluminen todos los días. Te lo pedimos, Señor.
Por la Iglesia; para que acepte sufrir
por el Evangelio. Te lo pedimos, Señor.
Por los que dan su vida por los demás;
para que se sientan ayudados por las palabras de Jesús. Te lo pedimos, Señor.
Por los cristianos que viven donde no
son queridos; para que el Espíritu Santo les ayude. Te lo pedimos, Señor.
Por nosotros; para que aprendamos a
caminar al lado de Jesús todos los días las 24 horas. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-

No hay comentarios:
Publicar un comentario