viernes, 21 de agosto de 2026

Nº 321. Domingo 21 T. Ordinario. 23 de agosto de 2026.

 


Primera lectura.

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23 

Esto dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:

-Te echaré de tu puesto, te destituirán de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliaquín, hijo de Esquías, le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá. Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre.

 

Textos paralelos.

 Aquel día llamaré a mi siervo Eliaquín.

Is 36, 3: Salieron a recibirlo Eliaquín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio; Sobna, el secretario, y Yoaj el canciller, hijo de Asaf.

Is 36, 11: Eliaquín, Sobná y Yoaj dijeron al copero mayor: “Por favor, háblanos en arameo, que lo entendemos; no nos hables en hebreo ante la gente que está en las murallas.

Is 36, 22: Entonces Eliaquín, hijo de Jelcías, el mayordomo de palacio, Sobná, el secretario, y Yoaj el canciller, hijo de Asaf, se presentaron al rey Ezequías con las vestiduras rasgadas y le comunicaron las palabras del copero mayor.

2 R 18, 18: Llamaron al rey, y salieron a recibirlos Eliacín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio; Sobná, el secretario, y el heraldo Yoaj, hijo de Asaf.

2 R 18, 26: Eliacín, hijo de Jelcías, Sobná y Yoaj dijeron al copero mayor: “Por favor, háblanos en arameo, que lo entendemos. No nos hables en hebreo, ante la gente que está en las murallas.

2 R 18, 37: Eliacín, hijo de Jelcías, mayordomo de palacio; Sobná, el secretario, y el heraldo Yoaj, hijo de Asaf, se presentaron al rey con las vestiduras rasgadas, y le comunicaron las palabras del copero mayor.

 

Notas exegéticas.

22 Este oráculo se sitúa después de la liberación de Jerusalén el 701, que puso fin a la campaña hasta entonces victoriosa de Senaquerib.

22 19 “te destituiré” versiones: “te destituirá”, hebreo.

22 22 Abrir y cerrar las puertas de la “casa del rey” era una función del visir egipcio; cuyo equivalente en Israel es el mayordomo del palacio. Esa será la función de Pedro en la Iglesia, reino de Dios. Mt 16 19, Ap 3 7 citará este texto y lo aplicará al Mesías como lo hace la liturgia en la antífona del Magnificat en las vísperas del 20 de diciembre: “O clavis David et sceptrum domuns Israel”.

 

Salmo responsorial

Sal 137, 1-3.6.8cd

 

R/. Señor, tu misericordia es eterna,

no abandones la obra de tus manos.

 

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,

porque escuchaste las palabras de mi boca;

delante de los ángeles tañeré para ti;

me postraré hacia tu santuario. R/.

Daré gracias a tu nombre,

por tu misericordia y tu lealtad,

porque tu promesa supera tu fama.

Cuando te invoqué, me escuchaste,

acreciste el valor de mi alma. R/.

 

El Señor es sublime, se fija en el humilde,

y de lejos conoce al soberbio.

Señor, tu misericordia es eterna,

no abandones la obra de tus manos. R/.

 

 Textos paralelos.

Te doy gracias Yahvé de todo corazón.

Sal 9, 2: Te doy gracias, Señor, de todo corazón / contando todas tus maravillas.

Me postraré en dirección a tu santo Templo.

Sal 5, 8: Yo en cambio, por tu gran bondad, / puedo entrar en tu casa / y postrarme hacia tu santuario / con reverencia.

¡Excelso es Yahvé, y mira al humilde!

Is 57, 15: Porque así dice el Alto y Excelso, / Morador eterno, / cuyo nombre es Santo. / Yo moro en la altura sagrada, / pero estoy con los de ánimo / humilde y quebrantado, / para reanimar a los humildes, / para reanimar el corazón quebrantado.

Lc 1, 51-52: Su poder se ejerce con su brazo; / desbarata a los soberbios en sus planes.

¡Tu amor es eterno, Yahvé!

Sal 100, 5: “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, / su fidelidad de edad en edad”.

 

Notas exegéticas.

Sal 137, 1-3.6.8cd

138 1 (a) Griego. Verso omitido por hebreo.

138 1 (b) En lugar de “ángeles” (griego, Vulgata, ver Sal 8 6 [el autor piensa en los seres misteriosos que componen la corte de Yahvé, los “ángeles” del griego y de la Vulgata]), se traduce a veces “dioses” (los ídolos a los que desafía el salmista): siriaco traduce “reyes”, ver Sal 45 7, y el Tárgum “jueces”, ver Sal 58 2.

138 2 Lit. “has engrandecido tu promesa por encima de tu renombre”. Texto dudoso.

138 3 “aumentaste”, siriaco; “me conturbaste” hebreo.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36.

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

 

Textos paralelos.

 ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de ciencia hay en Dios!

Sal 139, 6: Tanto saber me sobrepasa, / es sublime y no lo abarco.

¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!

Is 40, 28: ¿A caso no lo sabes, / es que no lo has oído? / El Señor es un Dios eterno / y creó los confines del orbe.

En efecto, ¿quién conoció el pensamiento del Señor?

Jb 15, 8: ¿Has asistido al consejo de Dios?, / ¿has acaparado la sabiduría?

Is 40, 13: ¿Quién ha medido / el espíritu del Señor? / ¿Quién le ha sugerido su proyecto?

1 Co 2, 11: Para no dar ocasión a Satanás, que se nos ocultan sus ardides.

1 Co 2, 16: Para estos hedor de muerte que mata, para aquellos fragancia de vida que purifica.

Porque todas las cosas provienen de él.

1 Co 8, 6: Para nosotros existe un solo Dios, el Padre, que es principio de todo y fin nuestro, y existe un solo Señor Jesucristo, por quien todo existe y también nosotros.

Col 1, 16-17: Pues por él fue creado todo, en el cielo y en la tierra: / lo visible y lo invisible, / majestades, señoríos, autoridades y potestades. / Todo fue creado por él y para él, él es anterior a todo y todo tiene en él su consistencia.

 

Textos paralelos.

 

Mc 8, 27-30

Mt 16, 13-19

Lc 9, 18-21

Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Felipe.

 

Por el camino preguntaba a los discípulos:

 

-¿Quién dicen los hombres que soy yo?

 

Respondieron:

-Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas.

 

 

Él les preguntó a ellos:

-Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

 

Respondió Pedro:

 

 

-Tú eres el Mesías.

 

 

 Entonces los amonestó para que a nadie hablasen de ello.

 

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo,

 

 

Jesús preguntó a sus discípulos:

 

-¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

 

Ellos contestaron:

-Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

 

Él les preguntó:

-Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

 

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

 

-Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

 

Jesús le respondió:

 

 

 

-¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.

Estando él una vez orando a solas,

 

se acercaron los discípulos y él los interrogó:

 

 

-¿Quién dice la gente que soy yo?

 

Contestaron:

-Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos.

 

Les preguntó:

-Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

 

Respondió Pedro:

 

 

-Tú eres el Mesías de Dios.

 

 

Él los amonestó encargándoles que no se lo dijeran a nadie.

 

Unos que Juan el Bautista.

Mt 8, 20: Las zorras tienen madrigueras, los pájaros tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

Mt 14, 2: Y [Herodes] dijo a sus cortesanos: “Este es Juan el Bautista, que ha resucitado, y por eso el poder milagroso actúa por medio de él”.

Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Mt 14, 28: Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti”.

Mt 4 3: Se acercó el tentador y le dijo: “Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”.

Jn 6, 69: Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Consagrado de Dios.

Mt 11, 27: Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo, sino el Padre, nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo decida revelárselo.

Gal 1, 15-16a: Pero, cuando el que me apartó desde el vientre materno y me llamó por puro favor, tuvo a bien revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos.

Rm 7, 5: Mientras vivimos bajo el instinto, las pasiones pecaminosas, incitadas por la ley, actuaban en nuestros miembros y dábamos fruto para la muerte.

Hb 2, 14: Como los hijos comparten carne y sangre, lo mismo las compartió él, apra anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al Diablo.

Gn 17, 5: Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de una multitud.

Is 28, 16: Él Señor dice así: Mirad, yo coloco en Sión una piedra / probada, angular, / preciosa, de cimiento: / “Quien se apoya no vacila”.

Jn 1, 42: Y lo condujo a Jesús. Jesús lo miró y dijo: “Tú eres Simón hijo de Juan; te llamarás Cefas (que significa piedra).

Gn 22, 17: Te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos.

Is 45, 1-2: Así dice el Señor / a su ungido, Ciro, / a quien lleva de la mano. / Doblegaré ante él naciones, / desceñiré las cinturas de los reyes, / abriré ante él las puertas, / los batientes no se cerrarán. / Yo iré delante de ti / allanándote cerros:  haré trizas las puertas de bronce, / arrancaré los cerrojos de hierro.

Jb 38, 17: ¿Te han enseñado las puertas de la Muerte, / o has visto los portales de las Sombras?

Sal 9, 14: ¡Piedad, Señor! Mira mi desgracia, / tú que levantas del portal de la Muerte.

Sb 16, 13: Porque tú tienes poder sobre la vida y la muerte, / llevas a las puertas del infierno y haces regresar.

Lc 22, 32: Pero yo he rezado por ti para que no falle tu fe. Y tú, una vez convertido, fortalece a tus hermanos.

Is 22, 22: Le pondré en el hombre / la llave del palacio de David: / lo que él abra nadie lo cerrará, / lo que él cierre nadie lo abrirá.

Ap 3, 7: Al ángel de la iglesia de Filadelfia escríbele: Esto dice el Santo, el veraz, el que tiene la llave de David; el que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre.

Mt 18, 18: Os aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

Jn 20, 23: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos.

Dt 17, 8-9: Si una causa te parece demasiado difícil de sentenciar, causas dudosas de homicidio, pleitos, lesiones, que surjan en tus ciudades, subirás al lugar elegido por el Señor, acudirás a los sacerdotes levitas, al juez que esté en funciones y les consultarás: ellos te comunicarán la sentencia.

Mc 1, 34: Él curó a muchos enfermos de dolencias diversas, expulsó muchos demonios, y no les permitía hablar, porque lo conocían.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

16 13 Encontramos en el Pentateuco paralelos sobre la institución de un “alto funcionario”.

16 14 Este título de “profeta”, que Jesús solo de manera indirecta y velada reivindica, pero que la gente le otorga claramente, tenía valor mesiánico. Pues el espíritu de profecía, extinguido desde Malaquías, debía reaparecer, según expertos del Judaísmo, como señal de la era mesiánica o en la persona de Elías, o, en forma de efusión general del Espíritu. De hecho muchos (falsos) profetas se presentaron en tiempo de Jesús. Juan Bautista fue, sí, verdadero profeta, pero el título de precursor venido con el espíritu de Elías y él mismo negó ser “el Profeta” que había anunciado Moisés. Solo Jesús es para la fe cristiana este Profeta. Sin embargo, habiéndose difundido el carisma profético en la Iglesia primitiva después de Pentecostés este título de Jesús cayó pronto en desuso ante otros títulos más específicos de la cristología.

16 16 A la confesión de la mesianidad de Jesús referida por Mc y Lc Mt añade la de la filiación divina.

16 17 Esta expresión designa al hombre, subrayando el aspecto material limitado de su naturaleza por oposición al mundo de los espíritus.

16 18 (a) Este cambio de nombre pudo haberse producido antes. El término griego Pétros no se usaba como nombre de persona antes que Jesús llamara así al jefe de los apóstoles para simbolizar su papel en la fundación de la Iglesia. Pero su correspondiente arameo Kefa (“piedra”) está atestiguado por lo menos una vez en un documento de Elefantita, en 416 a. de JC.

16 18 (b) El término semítico traducido por ekklesía significa “asamblea” y se encuentra con frecuencia en el AT para designar a la comunidad del pueblo elegido. Algunos círculos judíos, que se creían el Resto de Israel de los últimos tiempos, como la comunidad de Qumrán, denominaron así a su agrupación. El término ekklesía designa aquí a la nueva comunidad que Jesús va a crear y de la que san Pedro será los cimientos. Esta declaración de Jesús corresponde al papel eminente que, según el NT, ejerció Pedro en los primeros días de la Iglesia. La tradición católica se refiere a este texto para fundamentar la doctrina según la cual los sucesores de Pedro heredan su primado. La tradición ortodoxa considera que, en sus diócesis, todos los obispos que confiesan la verdadera fe están en la línea de sucesión de Pedro y en la del resto de los apóstoles. Los exégetas protestantes, al tiempo que reconocen el puesto y el papel privilegiado de Pedro en los orígenes de la Iglesia, creen que Jesús solo se refiere aquí a la persona de Pedro.

16 18 (c) Sobre el Hades (en hebreo el seol) designación de la mansión de los muertos. Aquí sus “puertas” personificadas evocan las potencias del Mal que, tras haber arrastrado a los hombres a la muerte del pecado, los encadenan definitivamente en la muerte eterna. A imitación de su Maestro, muerto, “descendido a los infiernos” y resucitado, la misión de la Iglesia será la de arrancar a los elegidos al imperio de la muerte temporal y sobre todo eterna, para hacerles entrar en el Reino de los Cielos.

16 19 Al igual que la Ciudad de la Muerte, también la Ciudad de Dios tiene puertas, que no dejan entrar más que los dignos de ella. “Atar” y “desatar” son dos términos técnicos del lenguaje rabínico que primeramente se aplicaban al campo disciplinar de la excomunión a la que se “condena” (atar) o de la que se “absuelve” (desatar) a alguien, y ulteriormente a las decisiones doctrinales o jurídicas, con el sentido de “prohibir” (atar) o “permitir” (desatar). Pedro, como mayordomo (cuyo distintivo son las llaves) de la Casa de Dios, ejercerá el poder disciplinar de admitir o excluir a quien le parezca bien, y administrará la comunidad por medio de todas las decisiones oportunas en materia de doctrina y de moral. Esta autoridad prometida a Pedro se amplía después al conjunto de los discípulos, el colegio apostólico; se le concede a los discípulos reunidos. Se manifiesta especialmente en el perdón de los pecados y permite el acceso al Reino de Dios. Este se halla, pues vinculado de algún modo a una Iglesia cuyos rasgos no son todavía precisos, pero que aparece ya aquí, con el poder de las llaves, como no desprovista de ciertas estructuras. – La exégesis católica sostiene que estas promesas eternas no valen solo para la persona de Pedro, sino también para sus sucesores, si bien esta consecuencia no está explícitamente indicada en el texto –. Dos textos más, Lc 22, 31s y Jn 21, 15s. subrayan que el primado de Pedro se ha de ejercer especialmente en el orden de la fe.

16 20 Vulgata: “Jesucristo”.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica

13-20 De los tres pasajes del NT sobre la primacía o primado de Pedro en la Iglesia (Mt 16, 13-20; Lc 22, 32; Jn 21, 15-17), este de Mt, críticamente seguro, es de especial importancia. Es de fe divina y católica, solemnemente definida (DS 3055), que Cristo, conforme a su promesa, concedió a Pedro el primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia.

13 CESAREA DE: Herodes FILIPO: de construcción reciente, esta ciudad, llamada así en honor del emperador (=césar) Tiberio y de Filipo el tetrarca, daba nombre a su distrito; estaba en el norte de Palestina, al pie del monte Hermón, cerca del nacimiento del Jordán. // PREGUNTÓ: lit. preguntaba, los apremiaba o estimulaba con preguntas.

16 En la primera parte de su respuesta, Pedro confiesa la dignidad mesiánica de Jesús; en la segunda, la calidad mesiánica de Jesús: es más que “Hijo de David”, está en relación completamente única con Dios-Padre. “La primitiva forma del dogma cristiano es la profesión de fe, centran en el NT: Jesucristo es Hijo de Dios” (Comisión Teológica Internacional, 31 octubre 1989). // VIVO: en vez de esta palabra, el texto griego llamado “occidental” (códice D) traduce que salva; quizás leyó el arameo jyy, que puede significar las dos cosas.

17 FELIZ TÚ (lit. feliz eres), SIMÓN BARJONÁ: SIMÓN (o Simeón) es nombre hebreo de persona, frecuente en el NT; significa: “el Señor escucha”, BARJONÁ (aramaísmo) significa “hijo de Jonás” o “hijo de Juan”, Jn 1, 43). Al pronunciar ese nombre con su apellido, Jesús los inutiliza y los deja anticuados; en adelante, con la misma importancia y fuerza que revisten en la Biblia los cambios de nombre, SIMÓN se llamará y será Pedro, aunque, hasta la efusión del Espíritu en Pentecostés coexistirán en él el hombre viejo (el Simón de las negaciones en la pasión) con el hombre nuevo (el Pedro del arrepentimiento y del “Tú sabes que te amo”). // CARNE Y SANGRE (hebraísmo): la naturaleza humana, una criatura de carne y hueso con sus propias fuerzas naturales y con el matiz peyorativo de debilidad y limitación.

18 PEDRO Y PEÑA, traducen el arameo kêfa (“Cefas” 1 Cor 1, 12). El mejor equivalente griego sería pétra (“roca”, “peñasco”), no pétros, que significa “piedra”, “guijarro” (sin solidez), pero el masculino pétros pareció a los primeros cristianos más apto para nombre de varón, aunque, como tal, inusitado hasta entonces; así lo tradujeron al griego. “Dar Cristo a san Pedro este nuevo público nombre fue cierta señal [de] que en lo secreto del alma le infundía a él, más que a ninguno de sus compañeros, un don de firmeza no vencible” (fray Luis de León). // EDIFICARÉ la Iglesia, como plaza fortificada sobre roca (cf. 7, 24s), como ciudad en la cima de un monte (cf. 5, 14). En textos de Qumrán (como 4QpSI 37, col. III, 16) se habla del Maestro a quien Yahweh estableció para “edificar” la comunidad de los que pertenecen a la sociedad de salvación; en algún pasaje se habla de poner “sobre la roca” el cimiento de una “construcción solida que no se derrumbará”. // MI IGLESIA: solo Mt, entre los evangelistas, emplea este vocablo (cf. Hch 5, 11); aquí con el sentido de comunidad universal de los creyentes en Cristo (“mi Iglesia). En 18, 17 se trata de la comunidad local, dotada de cierta estructura. // LAS PUERTAS (metonimia = ciudad amurallada) DE LA MORADA DE LOS MUERTOS (cf. Ap 1, 17s): circunlocución hebrea, que significa las fuerzas de la muerte, de la destrucción; menos exactamente de la ciudad infernal, o el anti-reino. Esas fuerzas contrarias NO PODRÁN CONTRA ELLA, es decir, la Iglesia no morirá, no será destruida (menos exactamente: “la ciudad infernal no la vencerá”).

19 LAS LLAVES: símbolo de poder, en el AT y en el rabinismo; en particular, del poder de enseñar, de adoctrinar. Pedro administra un poder cuyo dueño es Jesús. EL REINO DE LOS CIELOS es aquí, por contexto, el reino de Dios existente en la tierra (cuyo instrumento de extensión, y su puerta de entrada, es la Iglesia). Jesús entregará a Pedro la suprema autoridad visible sobre su Iglesia; cuando Jesús se ausente visiblemente, Pedro quedará haciéndolo presente y visible, con una presencia singular. // LO QUE ATES… LO QUE DESATES (cf. 18, 18): esa bina de términos opuestos es un semitismo que indica totalidad de poder: todo poder. ¿En qué campo? En terminología rabínica, “atar y desatar” es “declarar lícito-declarar ilícito” en lo doctrinal, permitir-prohibir, y “admitir-rechazar” (in-comulgar y excomulgar) en la comunidad religiosa, sin duda, incluye plenos poderes para absolver o condenar; en N es frecuente la perífrasis “sry-sbq” para indicar el perdón (cf. Jn 20, 20). La afirmación de Lutero, de que estas palabras de Jesús solo se dirigían a Pedro, no a sus sucesores, es una de las proposiciones condenadas por la bula Exurge, Domine, de León X (DS 1476).

20 Sobre la consigna del silencio, cf. Mc 8, 29s; 9,9.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé:

16, 13-20 Simón Pedro fue el primero de los apóstoles en Mateo que reconoce verbalmente que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (una verdad indispensable de la fe que le había sido revelada por el Padre a través del Espíritu). Cat. 50, 153, 298, 424, 440-442.

16, 18 Cristo cambió el nombre de Simón por Pedro, “piedra”, y designó a este como la piedra sobre la que edificaría su Iglesia. Pedro serviría como punto visible de unidad y sería pastor de los apóstoles y de la Iglesia entera. Esta llamada especial al Pedro es el origen del ministerio petrino, el oficio papal, que continua en el obispo de Roma en una línea ininterrumpida hasta nuestros días. La autoridad del obispo en su diócesis está representada por su sede (en latín, cathedra). Cat. 552-553, 816, 834, 881, 935-937.

16, 19 Estas “llaves” representan la autoridad otorgada a Pedro para regir la Iglesia e incluyen tanto el poder de absolver pecados como el de llevar a cabo pronunciamientos doctrinales y disciplinares. Por lo tanto, Pedro y sus sucesores, los obispos de Roma, son el signo de la unidad de la Iglesia entera. La Iglesia ha interpretado siempre que esta autoridad se ha entregado a los sucesores de Pedro, los papas. Esta garantía de verdad se vio reforzada con el dogma de la infalibilidad papal en materia de fe y de moral, formalmente definido en el Concilio Vaticano I en el año 1870. Cat. 85-86, 567, 869, 1444.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

50 Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación Divina (cf. C. Vaticano I, Dei Filius). Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre. Lo hace revelando su misterio, su designio benevolente que estableció desde la eternidad en Cristo en favor de todos los hombres. Revela plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo.

153 Cuando san Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad” (C. Vaticano II, Dei Verbum, 5).

424. Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre, nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Sobre la roca de esta fe, confesada por Pedro, Cristo ha construido su Iglesia.

440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre.

552 En el colegio de los Doce, Simón Pedro ocupa el primer lugar. Jesús le confía una misión única. Gracias a una revelación del Padre, Pedro había confesado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Entonces Nuestro Señor te declaró: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Cristo, “Piedra viva” (cf. Mc 3, 16), asegura a su Iglesia edificada sobre Pedro, la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos” (Lc 22, 32).

553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia.

881 El Señor hizo de Simó, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de la Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño. “Consta que también el colegio de los apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro” (C. Vaticano II, Lumen gentium, 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continua por los obispos bajo el primado del Papa.

937 El Papa “goza, por institución divina, de una potestad suprema, plena, inmediata y universal para cuidar las almas” (C. Vaticano II, Chistus Dominus, 2).

 

Concilio Vaticano II

En esta Iglesia de Cristo, el Romano Pontífice es el sucesor de Pedro, a quien Cristo encarrgó apacentar sus ovejas y corderos. Como tal, goza, por institución divina, de una potestad suprema, plena, inmediata y universal para cuidar las almas. Él ha sido enviado como pastor de todos los fieles para procurar el bien común de la Iglesia universal y el bien de cada Iglesia. Por eso tiene el primado de la potestad ordinaria sobre todas las Iglesias.

Decreto Crhistus Dominus, 2.

 

Los Santos Padres.

Vosotros, es decir, los que estáis siempre conmigo, los que me veis hacer milagros, los que por virtud mía habéis hecho también muchos.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev de Mateo, 54. 1b, pg. 52.

No dijo Pedro: tú eres Cristo, o hijo de Dios, sino “el Cristo, el Hijo de Dios”. Pues hay muchos cristos de acuerdo a la gracia, que tienen la dignidad de la adopción, pero solo uno es por naturaleza el Hijo de Dios. Por esto dijo: “el Cristo, el Hijo de Dios” con artículo determinado. Llamándolo “hijo de Dios vivo” muestra que Él es la vida y que la muerte no lo domina. E incluso si la carne fuera débil durante un corto espacio de tiempo y muriera, se levantaría, pues, la Palabra que hay en ella y que no puede ser dominada por las cadenas de la muerte.

Cirilo de Alejandría. Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 190. 1b, pg. 73.

 

San Jerónimo.

13. No dijo: ¿quién dicen los hombres que soy yo? sino el hijo del hombre, para que no creyeran que s pregunta estaba inspirada por la vanidad. Y fíjate que en todas partes donde en el Antiguo Testamento figura “hijo del hombre”, el hebreo trae “hijo de Adán”, y allí donde leemos en el salmo: Hijos del hombre, ¿hasta cuándo vais a tener el corazón injurioso? (Sal 4,3), el hebreo dice “hijos de Adán”. La pregunta está, pues, bien planteada: ¿Quién dicen los hombres que es el hijo del hombre? porque los que hablan del hijo del hombre son hombres, pero los que reconocen su divinidad ya no son hombres, sino dioses.

15.16. Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Prudente lector, fíjate que, según el contexto, los apóstoles no son llamados hombres sino dioses, pues después de estas palabras agregó, ¿quién decís que soy? Ellos, porque son hombres, opinan como hombres, pero vosotros que sois dioses, ¿quién creéis que soy? Pedro, en nombre de todos los apóstoles, hace esta profesión de fe: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Lo llama Dios vivo para distinguirlo de los otros dioses, que pasan por dioses pero están muertos: Saturno, Júpiter, Ceres, Baco, Hércules y todos los otros ídolos monstruosos.

17. De su profesión de fe proviene el nombre que indica que ha recibido su revelación del Espíritu Santo, de quien debe también ser hijo. En efeto, Bar Iona significa en nuestra lengua [latín] “hijo de la paloma”. Otros entienden simplemente que Simón, es decir Pedro, es hijo de Juan, según la pregunta hecha en otro pasaje: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? (Jn 21, 16), a lo que respondió: Ser, tú lo sabes y pretenden que hay un error de los copistas: en lugar de “Bar Iohanna”, es decir, hijo de Juan, omitiendo una sílaba, habrían escrito Bar Iona. Iohanna significa gracia del Señor. Los dos nombres admiten una interpretación mística porque la paloma designa al Espíritu Santo y la gracia de Dios un don del Espíritu. En cuanto a las palabras: Porque no te lo reveló la carne ni la sangre, compáralas al relato del Apóstol donde dice: De inmediato, sin consultar a la carne ni a la sangre (Ga 1, 16); aquí la carne y la sangre designa a los judíos, de modo que, con otros términos, se muestra que no es la doctrina de los Fariseos sino la gracia de Dios la que le ha revelado a Cristo, Hijo de Dios.

18. Que tú eres pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Así como él mismo dio la luz a los apóstoles para que fueran llamados luz del mundo (cf. Mt 5, 6) y también los otros nombres que recibieron del Señor, así a Pedro, que creía en la piedra que es Cristo, le fue concedido el nombre de Pedro y, siguiendo con la metáfora de Piedra le dice justamente: Edificaré mi Iglesia sobre ti. Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Por puertas del infierno yo entiendo los vicios y pecados o, al menos, las doctrinas de los herejes que seducen a los hombres y los conducen al infierno. Nadie crea, pues, que se trata de la muerte y que los apóstoles no estaban sujetos a la condición mortal ya que vemos resplandecer su martirio.

19. Te daré las llaves… No sea que al no comprender este pasaje los obispos y presbíteros adquieran un orgullo farisaico y condenen a los inocentes o juzguen que pueden absolver a los culpables, cuando Dios examina no la sentencia de los sacerdotes sino la vida de los acusados. Leemos en el Levítico, respecto de los leprosos, que deben mostrarse a los sacerdotes y, si tuvieran lepra, ellos lo declararán impuros. No se trata de que los sacerdotes los hagan leprosos o impuros, sino que, como saben distinguir el leproso del que no lo es, también puedan discernir el que es puro del que es impuro. De la misma manera que allí el sacerdote hace impuro a un leproso, también aquí el obispo o el sacerdote ata o desata, no indiferentemente a inocentes y culpables, sino, en virtud de su ministerio, después de haber oído los diversos pecados, sabe qué es lo que debe ser atado y qué desatado.

 

San Agustín.

Quien confiesa que Cristo vino en la carne, automáticamente confiesa que el Hijo de Dios vino en la carne. Diga ahora el arriano si confiesa que Cristo vino en la carne. Si confiesa que el Hijo de Dios vino en la carne, entonces confiesa que Cristo vino en la carne. Si niega que Cristo es hijo de Dios, desconoce a Cristo; confunde a una persona con otra, no habla de la misma. ¿Qué es, pues, el Hijo de Dios? Como antes preguntábamos qué era Cristo y escuchamos que era el Hijo de Dios, preguntemos ahora qué es el Hijo de Dios. He aquí el Hijo de Dios: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios (Jn 1,1)

Sermón 183, 3-4

San Juan de Ávila.

Y el mismo Señor, habiéndole San Pedro confesado por verdadera Hijo de Dios y por Mesías prometido en la Ley, dándole a entender que no a sus fuerzas, sino al don de Dios había de agradecer tal fe y confesión, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Joná, porque no te descubrió aquestas cosas la carne y la sangre, mas mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 17). Y en otra parte dice: Todo aquel que oyó y aprendió de mi Padre, viene a mí (Jn 6, 45). Soberana escuela es aquesta, donde Dios Padre es el que enseña, y la doctrina que enseña es la fe de Jesucristo, su Hijo, y que vayan a él con pasos de fe y de amor.

Audi, filia (II). I, pg. 626.

Esta fe es fundamento de todos los bienes, y la primera reverencia que el hombre hace al Señor cuando le toma por Dios; y es fundamento tan firme de todo el edificio de Dios que no le pueden derribar ni vientos ni persecuciones, ni ríos de deleites carnales, ni lluvias de espirituales tentaciones, mas entre todos los peligros tiene el ánima en marcha firmeza como el áncora tiene a la nao en las mudanzas del mar. Y es tanta su firmeza, que las puertas de los infiernos, que son errores y pecados, y hombres malos y demonios, no prevalecerán contra ella (cf. Mt 16, 18); porque no la enseñó carne ni sangre, mas el Padre que está en los cielos, a cuyas obras y poder no hay quien resista.

Audi, filia (II), I, pg. 436.

Mirad en lo que ha parado los que se apartaron de la creencia de esta Iglesia católica y cómo fueron semejables a un ruido de viento que prestó se pasa y presto se olvida; y cómo la firmeza de nuestra fe ha quedado por vencedora, y aunque combatida, nunca vencida, por estar firmada sobre firme piedra (cf. Mt 7, 25), contra la cual ni lluvias, ni vientos, ni ríos, ni las puertas del infierno pueden prevalecer (Mt 16, 18).

Audi, filia (I), I, pg. 477.

Y mirad, por otra parte, la firmeza de nuestra fe y de nuestra Iglesia, y cómo ha quedado por vencedora; y, aunque combatida desde su nacimiento nunca vencida, por estar fundada sobre firme piedra (cf. Mt 7, 25), contra la cual ni lluvias, ni vientos, ni ríos, ni las puertas de los infiernos pueden prevalecer (cf. Mt 16, 18).

Audi, filia (II), I, pg. 635.

Y así, se ha de esforzar a tratar esto por tales maneras de hablar, que dé a entender a los oyentes esta buena nueva del Evangelio; y traiga a su memoria, que por eso él se llama predicador evangélico, porque lo principal que incumbe a su oficio es declarar la buena nueva de la Redención, que por eso Cristo nuestro Redentor dijo: Praedicate Evangelium omni creaturae (Mt 16, 15). Porque evangelium quiere decir buena nueva; la cual es esta que está dicha. Y así, de ella ha de sacar todos estos frutos en los oyentes: lo primero, agradecimiento a Dios y grande amor a Él; lo segundo, grande amor a Cristo nuestro Redentor en cuanto hombre, porque hizo tal obra; lo tercero, grande confianza y esperanza para despertar los hombres, que esperen por aquella Sangre y pasión remedio para sus almas,...

Escrito sobre el pecado original y la Redención. II, pg. 1041.

Super hunc Ecce ego vobiscum sum usque ad consummationen seculi (Mt 28, 20) y Spuer petram aedificabo eclesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversus eam (Mt 16, 18). Claro es que, muertos los apóstoles, la Iglesia no se pasó a la gente que adoraba ídolos, sino a la que recibió la fe de Cristo, ensañada por los apóstoles, y permaneció en ella. Y, si estos en quien sucedió, fueron engañados, no ha habido Iglesia en todo este tiempo en la tierra, siendo imposible, de ley ordinaria de Dios, que haya tiempo, aunque muy breve, que haya estado sin ella, pues el Señor dijo que estaría con ella omnibus diebus (Mt 28, 20). Y, si no ha habido Iglesia, no hay fundamento para recibir alguna escriptura por de inefable, verdad, pues que por otro medio no tenemos los católicos ni los herejes a una escriptura por inefable sino porque la Iglesia la aprobó por tal.

Tercera causa de las herejías. II, pg. 543.

Después de te haber humillado y abajado tus ojos con el publicano arrepentido (cf. Lc 18, 13), toma confianza cristiana para los alzar al Señor, y dije con muy firme fe: “Yo creo, Señor, que tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo, como dijo San pedro (Mt 16, 16), y dile con todas tus entrañas: “Gracias te hago, Señor, porque derramaste tu sangre y perdiste tu vida por mí. También, Señor, te bendigo, y particularmente te agradezco, que por tu gran caridad te quisiste quedar con nosotros en manjar para vida, y en defensa de nuestros peligros, y en remedio cumplido de todas nuestras necesidades.

Sermón Vísperas del Corpus, 90. III. Pg. 483

Y porque al mundo importaba la salvación, saber los hombres quién es Jesucristo, y ellos no lo podían saber, proveyó el Eterno Padre de lo decir por boca del apóstol San Pedro, diciendo: Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16).

Sermón Natividad de la Virgen, 1. III. Pg. 801.

Y si los pasados en alguna cosa como hombres faltaron, para eso está la Iglesia romana, a la cual en su Pontífice es dado poder de las llaves del reino de los cielos y de apacentar la universal Iglesia (cf. Mt 16, 19); y a quien esto está dado, también le es dada la lumbre para discernir y juzgar cuál o cuál es la verdadera doctrina y el verdadero sentido de la Escriptura; porque ¿cómo tiene llave, si no abre la verdad por encerrada que esté? ¿Y cómo apacentará, si no me dice qué he de creer, pues el pasto es de doctrina? Así que, en esto, señor, haga lo que hace y busque oraciones que lo pidan al Señor, que Él tornará por su verdad, como lo ha hecho en otros mayores conflictos, y abajará toda ciencia, que con soberbia se ensalza, con firmeza de la Piedra cristiana.

Carta a un predicador. IV, pgs. 52-53.

 

San Oscar Romero. Homilía.

Ven cómo el Papa, en el primer Papa, Pedro, nos refleja su razón de ser. El Papa es el que garantiza nuestra fe. Cristo mismo ha aprobado la confesión de San Pedro -así se llama este episodio del evangelio: la confesión de San Pedro Entonces nuestra fe de Iglesia, la que nos pregunta cuando nos van a bautizar. ¿Crees en Dios Padre creador del cielo y de la tierra? -Sí, creo. ¿Crees en Jesucristo su único hijo que nació de la Virgen, murió, resucitó y está sentado a la derecha del Padre? -Sí, creo. ¿Crees en el Espíritu Santo que ese Cristo Redentor nos ha enviado y es la vida de esta Iglesia a la que tú quieres pertenecer? -Sí, creo. ¿Crees en la vida eterna, crees en el perdón de los pecados, crees en la redención omnipotente de Cristo? -Sí, creo. Y el Sacerdote, haciéndose voz de la Iglesia dice: Esta es la fe de nuestra Iglesia. ¿Quieres ser bautizado en esta fe? -Sí, quiero. ¡Qué honor pertenecer a esta confesión, pero cuya roca sólida está allá en el fundamento: El Papa!

Homilía, 27 de agosto de 1978.

 

León XIV.  Audiencia. 5 de agosto de 2026. Los Documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la Iglesia

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica.

Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).

En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece volver a ser descubierta en su verdad.

La Constitución Sacrosanctum Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba profundamente al Papa San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).

En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo» (SC, 5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC, 84).

Por eso, San Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const. ap. Laudis canticum).

Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración cristiana.

Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él.

Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros. Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra; le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).

Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo, las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso glorioso del Señor.

 

León XIV.  Audiencia. 12 de agosto de 2026. Los Documentos del Concilio Vaticano II  Constitución Sacrosanctum Concilium 7. La música sacra.

Queridos hermanos y hermanas,

el sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sagrada. Este afirma: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne» (SC, 112) y precisa: «La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).

Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya resaltado por San Pio X en el Motu Proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). De hecho, la música forma parte de la acción litúrgica, y no es un mero adorno de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, sintonizando el propio corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios, en la participación activa en el misterio celebrado. Precisamente la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma San Agustín: «Cantare amantis est», es decir «cantar es proprio de quien ama» (Sermo 336,1). Esto es muy importante, porque ayuda en abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y en dejarse moldear por ella

El canto, además, favorece la comunión. Por medio de la sinfonía de las voces contribuye a unir los ánimos, superando las diferencias entre las personas y reuniendo todos en la alabanza a Dios. Así se convierte en una epifanía de la Iglesia, manifestación tangible de la comunión que pertenece a su naturaleza.

De la profunda relevancia teológica del canto sacro, como parte integrante de la acción litúrgica, derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos los niveles a lo que resulta más adecuado para el momento de la celebración. Además, la forma, especialmente en su aspecto melódico, debe ser a la vez noble y sencilla, de alta calidad musical y fácil de ejecutar, sobretodo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).

Por la misma razón, el Concilio recomienda que los textos también sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, simples de comprender, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, en los libros litúrgicos y en la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto hay que velar, para que se mantenga viva y para que crezca la dinámica expresada en el antiguo principio “lex orandi lex credendi”, es decir, la ley de la oración es también la ley de la fe.

Sacrosanctum Concilium dedica mucho espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «se ha de comprender […] partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 52) en un «espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel» (ibid. 55). En cuanto a la manera concreta con la que esta se puede realizar por medio del rol específico de la música sagrada, la Constitución ofrece una respuesta clara: «se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30), y exhorta a cada uno, ministro o simple fiel, a desempeñar «todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC, 28) en el equilibrio armonioso entre los distintos ministerios, las diversas intervenciones y los momentos de silencio.

El Concilio concede además gran importancia al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sagrada. Se presta también especial atención al órgano (cfr. SC, 120), mientras que se admite el uso de otros instrumentos «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).

Un tema muy importante para la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas muy en cuenta, como parte de la vida religiosa y social de las personas. Por ello, se recomienda, por un lado, poner en práctica en todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por el otro, «dentro de lo posible […] puedan promover la música tradicional de su pueblo, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).      

En el contexto litúrgico, se reconoce una función especial a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión de «velar por la ejecución exacta de las partes que le corresponden, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (S. CONGR. DE LOS RITOS, Instrucción Musicam sacram, 19).

Con este fin, el compositor de música sacra debe conocer y preservar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las diferentes tradiciones culturales, de modo que «purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» ( S. JUAN PABLO II, Quirógrafo sobre la música sagrada, 22 de noviembre de 2003, 3).

Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan fomentar la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115) y garantizar a los músicos y cantantes una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia concedieron gran importancia al canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por eso podemos concluir con estas hermosas palabras de San Ignacio de Antioquía: «Que cada uno de vosotros también se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4,2).

 

Papa León XIV. Angelus. 16 de agosto de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Ayer contemplamos a la Virgen María en su relación indisoluble con su Hijo: ni siquiera la muerte pudo interrumpir esa comunión de alma y cuerpo, que es vida eterna. Cada domingo nos recuerda que esa misma plenitud está reservada a quienes siguen a Jesús: su resurrección no es un acontecimiento del pasado, sino una vida nueva que nos compromete.

Así lo demuestra hoy la mujer cananea protagonista del Evangelio proclamado en la liturgia (cf. Mt 15,21-28). Aunque no pertenece a su pueblo y vive en una región extranjera, intenta con insistencia hablar con Jesús, siguiéndole como una discípula que ya tiene un vínculo con Él. Probablemente nunca se habían encontrado, pero, misteriosamente, la fe ya había surgido en ella. No desea algo para sí misma, sino la paz para su hija atormentada, y confía en Jesús, a quien reconoce como el Mesías, descendiente de David (cf. v. 22).

El evangelista no oculta los obstáculos a los que se enfrenta esta mujer. Los discípulos la ven como una persona molesta, y el propio Jesús se resiste a sus peticiones. De hecho, el Maestro se había retirado a aquella región (cf. v. 21) y podemos imaginar que, como en otras ocasiones, buscaba un lugar apartado donde orar y formar a los suyos. Sin embargo, en ese momento ocurre algo inesperado. Al meditar sobre ello, podemos comprender la obediencia de Jesús, que cumple su misión dejándose conmover por lo que ve y lo que oye. Al final le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

También hoy la Iglesia puede dejarse sorprender por la obra de Dios y comunicar la paz de Cristo más allá de las fronteras ya trazadas. Su misión es anticipada por la gracia divina, que actúa en lo más recóndito de las conciencias, de modo que en cada encuentro, incluso en aquellos que trastocan nuestros planes, hay que aguzar el oído, abrir los ojos y el corazón a lo que Dios quiere decirnos.

De la mujer cananea aprendemos la humildad y la determinación. Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada para todos y que a nadie le corresponden las migajas (cf. vv. 26-27), porque cada uno tiene su propio lugar junto al Padre. A la luz de esta fe, resultan insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: somos la Iglesia de Jesucristo en un mundo atormentado, en un mundo que busca la paz. A María, nuestra Madre, le pedimos que interceda por nosotros. «De sus labios brota el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat» (Magnifica humanitas, 244): es el canto de quien ya ve la realidad con la mirada de Dios y, por eso, no pierde la esperanza y actúa con caridad.

 

Papa Francisco. Angelus. 27 de agosto de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy en el Evangelio (cf. Mt 16,13-20) Jesús pregunta a los discípulos – una hermosa pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (v. 13).

Es una pregunta que podemos hacernos también nosotros: ¿Qué dice la gente de Jesús? En general, cosas hermosas: muchos lo ven como un gran maestro, como una persona especial: buena, justa, coherente, valiente… Pero, ¿esto es suficiente para entender quién es, y, sobre todo, es suficiente para Jesús? Parece que no. Si Él fuera solamente un personaje del pasado – como lo eran para la gente de aquel tiempo las figuras citadas en el mismo Evangelio, Juan Bautista, Moisés, Elías y los grandes profetas – sería solo un hermoso recuerdo de un tiempo pasado. Y esto para Jesús no está bien. Por eso, inmediatamente después, el Señor plantea a los discípulos la pregunta decisiva: «Y vosotros – ¡vosotros! – ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). ¿Quién soy yo para vosotros, ahora? Jesús no quiere ser un protagonista de la historia, sino que quiere ser protagonista de tu presente, de mi presente; no un profeta lejano: Jesús quiere ser el Dios cercano.

Cristo, hermanos y hermanas, no es un recuerdo del pasado, sino el Dios del presente. Si fuera solo un personaje histórico, imitarlo hoy sería imposible: nos encontraríamos frente al gran foso del tiempo y, sobre todo, ante su modelo, que es como una montaña altísima e inalcanzable; deseosos de escalarla, pero sin las capacidades ni los medios necesarios. En cambio, Jesús está vivo: recordemos esto, Jesús está vivo, Jesús vive en la Iglesia, vive en el mundo, Jesús nos acompaña, Jesús está a nuestro lado, nos ofrece su Palabra, nos ofrece su gracia, que iluminan y reconfortan en el camino: Él, guía experto y sabio, está feliz de acompañarnos en los senderos más difíciles y en las ascensiones más impracticables.

Queridos hermanos y hermanas, en el camino de la vida no estamos solos, porque Cristo está con nosotros, Cristo nos ayuda a caminar, como hizo con Pedro y con los demás discípulos. Precisamente Pedro, en el Evangelio de hoy, lo comprende y por gracia reconoce en Jesús «el Hijo del Dios vivo» (v. 16): “Tú eres el Cristo, Tú eres el Hijo de Dios vivo”, dice Pedro; no es un personaje del pasado, sino el Cristo, es decir, el Mesías, el esperado; no es un héroe difunto, sino el Hijo de Dios vivo, hecho hombre y venido para compartir las alegrías y las fatigas de nuestro camino. No nos desanimemos si a veces la cima de la vida cristiana parece demasiado alta y el camino demasiado empinado. Miremos a Jesús, siempre; miremos a Jesús que camina junto a nosotros, que acoge nuestras fragilidades, comparte nuestros esfuerzos y apoya sobre nuestros hombros débiles su brazo firme y suave. Con Él cerca, también nosotros tendámonos la mano los unos a los otros y renovemos la confianza: ¡Con Jesús lo que parece imposible en solitario ya no lo es, con Jesús se puede avanzar!

Hoy nos hará bien repetirnos la pregunta decisiva, que sale de su boca: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (cf. v. 15). Tú – Jesús te dice – tú, ¿quién dices que soy yo? Escuchemos la voz de Jesús que nos pregunta esto.  En otras palabras: Para mí, ¿quién es Jesús? ¿Un gran personaje, un punto de referencia, un modelo inalcanzable? ¿O es el Hijo de Dios, que camina a mi lado, que puede llevarme hasta la cima de la santidad, allí donde en solitario no soy capaz de llegar? ¿Jesús está realmente vivo en mi vida, Jesús vive conmigo? ¿Es mi Señor? ¿Yo me encomiendo a él en los momentos de dificultad? ¿Cultivo su presencia a través de la Palabra, a través de los Sacramentos? ¿Me dejo guiar por Él, junto a mis hermanos y hermanas, en la comunidad?

Que María, Madre del Camino, nos ayude a sentir a su Hijo vivo y presente junto a nosotros.

 

Papa Francisco. Angelus. 23 de agosto de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (cfr. Mt 16,13-20) presenta el momento en el que Pedro profesa su fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Esta confesión del Apóstol es provocada por el mismo Jesús, que quiere conducir a sus discípulos a dar el paso decisivo en su relación con Él. De hecho, todo el camino de Jesús con los que le siguen, especialmente con los Doce, es un camino de educación de su fe. Antes que nada Él pregunta: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (v. 13). A los apóstoles les gustaba hablar de la gente, como a todos nosotros. El chisme gusta. Hablar de los demás no es tan exigente, por esto, porque nos gusta; también “despellejar” a los otros. En este caso ya se requiere la perspectiva de la fe y no el chisme, es decir, pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Y los discípulos parece que hacen una competición en el referir las diferentes opciones, que quizá en gran parte ellos mismos compartían. Ellos mismos compartían. Básicamente, Jesús de Nazaret era considerado un profeta (v. 14).

Con la segunda pregunta, Jesús les toca directamente: «¿quién decís que soy yo?» (v. 15). A este punto, nos parece percibir algún instante de silencio, porque cada uno de los presentes es llamado a involucrarse, manifestando el motivo por el que sigue a Jesús; por esto es más que legítima una cierta vacilación. También si yo ahora os preguntara a vosotros: “¿Para ti, quién es Jesús?”, habrá un poco de vacilación. Les quita la vergüenza Simón, que con ímpetu declara: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Esta respuesta, tan plena y luminosa, no le viene de su ímpetu, por generoso que sea  —Pedro era generoso—, sino que es fruto de una gracia particular del Padre celeste. De hecho, Jesús mismo lo dice: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre —es decir la cultura, lo que has estudiado— no, esto no te lo ha revelado. Te lo ha revelado mi Padre que está en los cielos» (v. 17). Confesar a Jesús es una gracia del Padre. Decir que Jesús es el Hijo del Dios vivo, que es el Redentor, es una gracia que nosotros debemos pedir: “Padre, dame la gracia de confesar a Jesús”. Al mismo tiempo, el Señor reconoce la pronta correspondencia de Simón con la inspiración de la gracia y por tanto añade, en tono solemne: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (v. 18). Con esta afirmación, Jesús hace entender a Simón el sentido del nuevo nombre que le ha dado, “Pedro”: la fe que acaba de manifestar es la “piedra” inquebrantable sobre la cual el Hijo de Dios quiere construir su Iglesia, es decir la Comunidad. Y la Iglesia va adelante siempre sobre la fe de Pedro, sobre la fe que Jesús reconoce [en Pedro] y lo hace jefe de la Iglesia.

Hoy, escuchamos dirigida a cada uno de nosotros la pregunta de Jesús: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”. A cada uno de nosotros. Y cada uno de nosotros debe dar una respuesta no teórica, sino que involucra la fe, es decir la vida, ¡porque la fe es vida! “Para mí tú eres…”, y decir la confesión de Jesús. Una respuesta que nos pide también a nosotros, como a los primeros discípulos, la escucha interior de la voz del Padre y la consonancia con lo que la Iglesia, reunida en torno a Pedro, continúa proclamando. Se trata de entender quién es para nosotros Cristo: si Él es el centro de nuestra vida, si Él es el fin de todo nuestro compromiso en la Iglesia, de nuestro compromiso en la sociedad. ¿Quién es Jesús para mí? Quién es Jesucristo para ti, para ti, para ti… Una respuesta que nosotros debemos dar cada día.

Pero estad atentos: es indispensable y loable que la pastoral de nuestras comunidades esté abierta a las muchas pobrezas y emergencias que están por todos lados. La caridad es siempre la vía maestra del camino de fe, de la perfección de la fe. Pero es necesario que las obras de solidaridad, las obras de caridad que nosotros hacemos, no desvíen del contacto con el Señor Jesús. La caridad cristiana no es simple filantropía sino, por un lado, es mirar al otro con los mismos ojos que Jesús y; por el otro, es ver a Jesús en el rostro del pobre. Este es el camino verdadero de la caridad cristiana, con Jesús en el centro, siempre. María Santísima, beata porque ha creído, sea para nosotros guía y modelo en el camino de la fe en Cristo, y nos haga conscientes de que la confianza en Él da sentido pleno a nuestra caridad y a toda nuestra existencia.

 

Papa Francisco. Angelus. 27 de agosto de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Mateo 16, 13-20) nos cuenta un pasaje clave en el camino de Jesús con sus discípulos: el momento en el que Él quiere verificar en qué punto está su fe en Él. Primero quiere saber qué piensa de Él la gente; y la gente piensa que Jesús es un profeta, algo que es verdad, pero no recoge el centro de su Persona, no coge el centro de su misión. Después, plantea a sus discípulos la pregunta que más le preocupa, es decir, les pregunta directamente: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). Y con ese «y» Jesús separa definitivamente a los apóstoles de la masa, como diciendo: y vosotros, que estáis conmigo cada día y me conocéis de cerca, ¿qué habéis aprendido más? El Maestro espera de los suyos una respuesta alta y otra respecto a la de la opinión pública. Y, de hecho, precisamente tal respuesta proviene del corazón de Simón llamado Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (v. 16). Simón Pedro encuentra en su boca palabras más grandes que él, palabras que no vienen de sus capacidades naturales. Quizá él no había estudiado en la escuela, y es capaz de decir estas palabras, ¡más fuertes que él! Pero están inspiradas por el Padre celeste (cf v. 17), el cual revela al primero de los Doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo enviado por Dios para salvar a la humanidad. Y de esta respuesta, Jesús entiende que, gracias a la fe donada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por eso dice a Simón: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (v. 18).

También con nosotros, hoy, Jesús quiere continuar construyendo su Iglesia, esta casa con fundamento sólido pero donde no faltan las grietas, y que continuamente necesita ser reparada. Siempre. La Iglesia siempre necesita ser reformada, reparada. Nosotros ciertamente no nos sentimos rocas, sino solo pequeñas piedras. Aún así, ninguna pequeña piedra es inútil, es más, en las manos de Jesús la piedra más pequeña se convierte en preciosa, porque Él la recoge, la mira con gran ternura, la trabaja con su Espíritu, y la coloca en el lugar justo, que Él desde siempre ha pensando y donde puede ser más útil a toda la construcción. Cada uno de nosotros es una pequeña piedra, pero en las manos de Jesús participa en la construcción de la Iglesia. Y todos nosotros, aunque seamos pequeños, nos hemos convertido en «piedras vivas», porque cuando Jesús toma en la mano su piedra, la hace suya, la hace viva, llena de vida, llena de vida del Espíritu Santo, llena de vida de su amor, y así tenemos un lugar y una misión en la Iglesia: esta es comunidad de vida, hecha de muchísimas piedras, todas diferentes, que forman un único edificio en su signo de la fraternidad y de la comunión.

Además, el Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús ha querido para su Iglesia también un centro visible de comunión en Pedro —tampoco él es una gran piedra, pero tomada por Jesús se convierte en centro de comunión— en Pedro y en aquellos que le sucederían en la misma responsabilidad de primacía, que desde los orígenes se han identificado en los Obispos de Roma, la ciudad donde Pedro y Pablo han dado el testimonio de la sangre. Encomendémonos a María, Reina de los Apóstoles, Madre de la Iglesia. Ella estaba en el cenáculo, junto a Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y les empujó a salir, a anunciar a todos que Jesús es el Señor. Hoy nuestra Madre nos sostenga y nos acompañe con su intercesión, para que realicemos plenamente esa unidad y esa comunión por la que Cristo y los Apóstoles han rezado y han dado la vida.

 

Papa Francisco. Angelus. 24 de agosto de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) es el célebre pasaje, centrado en el relato de Mateo, en el cual Simón, en nombre de los Doce, profesa su fe en Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios vivo»; y Jesús llamó «bienaventurado» a Simón por su fe, reconociendo en ella un don especial del Padre, y le dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Detengámonos un momento precisamente en este punto, en el hecho de que Jesús asigna a Simón este nuevo nombre: «Pedro», que en la lengua de Jesús suena «Kefa», una palabra que significa «roca». En la Biblia este término, «roca», se refiere a Dios. Jesús lo asigna a Simón no por sus cualidades o sus méritos humanos, sino por su fe genuina y firme, que le es dada de lo alto.

Jesús siente en su corazón una gran alegría, porque reconoce en Simón la mano del Padre, la acción del Espíritu Santo. Reconoce que Dios Padre dio a Simón una fe «fiable», sobre la cual Él, Jesús, podrá construir su Iglesia, es decir, su comunidad, con todos nosotros. Jesús tiene el propósito de dar vida a «su» Iglesia, un pueblo fundado ya no en la descendencia, sino en la fe, lo que quiere decir en la relación con Él mismo, una relación de amor y de confianza. Nuestra relación con Jesús construye la Iglesia. Y, por lo tanto, para iniciar su Iglesia Jesús necesita encontrar en los discípulos una fe sólida, una fe «fiable». Es esto lo que Él debe verificar en este punto del camino.

El Señor tiene en la mente la imagen de construir, la imagen de la comunidad como un edificio. He aquí por qué, cuando escucha la profesión de fe franca de Simón, lo llama «roca», y manifiesta la intención de construir su Iglesia sobre esta fe.

Hermanos y hermanas, esto que sucedió de modo único en san Pedro, sucede también en cada cristiano que madura una fe sincera en Jesús el Cristo, el Hijo del Dios vivo. El Evangelio de hoy interpela también a cada uno de nosotros. ¿Cómo va tu fe? Que cada uno responda en su corazón. ¿Cómo va tu fe? ¿Cómo encuentra el Señor nuestro corazón? ¿Un corazón firme como la piedra o un corazón arenoso, es decir, dudoso, desconfiado, incrédulo? Nos hará bien hoy pensar en esto. Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe no digo perfecta, pero sincera, genuina, entonces Él ve también en nosotros las piedras vivas con la cuales construir su comunidad. De esta comunidad, la piedra fundamental es Cristo, piedra angular y única. Por su parte, Pedro es piedra, en cuanto fundamento visible de la unidad de la Iglesia; pero cada bautizado está llamado a ofrecer a Jesús la propia fe, pobre pero sincera, para que Él pueda seguir construyendo su Iglesia, hoy, en todas las partes del mundo.

También hoy mucha gente piensa que Jesús es un gran profeta, un maestro de sabiduría, un modelo de justicia... Y también hoy Jesús pregunta a sus discípulos, es decir a todos nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». ¿Qué responderemos? Pensemos en ello. Pero sobre todo recemos a Dios Padre, por intercesión de la Virgen María; pidámosle que nos dé la gracia de responder, con corazón sincero: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Esta es una confesión de fe, este es precisamente «el credo». Repitámoslo juntos tres veces: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 14 de agosto de 2011.

Queridos amigos,

Ahora vais a regresar a vuestros lugares de residencia habitual. Vuestros amigos querrán saber qué es lo que ha cambiado en vosotros después de haber estado en esta noble Villa con el Papa y cientos de miles de jóvenes de todo el orbe: ¿Qué vais a decirles? Os invito a que deis un audaz testimonio de vida cristiana ante los demás. Así seréis fermento de nuevos cristianos y haréis que la Iglesia despunte con pujanza en el corazón de muchos.

¡Cuánto he pensado en estos días en aquellos jóvenes que aguardan vuestro regreso! Transmitidles mi afecto, en particular a los más desfavorecidos, y también a vuestras familias y a las comunidades de vida cristiana a las que pertenecéis.

No puedo dejar de confesaros que estoy realmente impresionado por el número tan significativo de Obispos y sacerdotes presentes en esta Jornada. A todos ellos doy las gracias muy desde el fondo del alma, animándolos al mismo tiempo a seguir cultivando la pastoral juvenil con entusiasmo y dedicación.

Saludo con afecto al Señor Arzobispo castrense y agradezco vivamente al Ejército del Aire el haber cedido con tanta generosidad la Base Aérea de Cuatro Vientos, precisamente en el centenario de la creación de la aviación militar española. Pongo a todos los que la integran y a sus familias bajo el materno amparo de María Santísima, en su advocación de Nuestra Señora de Loreto.

Asimismo, y al conmemorarse ayer el tercer aniversario del grave accidente aéreo ocurrido en el aeropuerto de Barajas, que ocasionó numerosas víctimas y heridos, deseo hacer llegar mi cercanía espiritual y mi afecto entrañable a todos los afectados por ese lamentable suceso, así como a los familiares de los fallecidos, cuyas almas encomendamos a la misericordia de Dios.

Me complace anunciar ahora que la sede de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en el dos mil trece, será Río de Janeiro. Pidamos al Señor ya desde este instante que asista con su fuerza a cuantos han de ponerla en marcha y allane el camino a los jóvenes de todo el mundo para que puedan reunirse nuevamente con el Papa en esa bella ciudad brasileña.

Queridos amigos, antes de despedirnos, y a la vez que los jóvenes de España entregan a los de Brasil la cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud, como Sucesor de Pedro, confío a todos los aquí presentes este gran cometido: Llevad el conocimiento y el amor de Cristo por todo el mundo. Él quiere que seáis sus apóstoles en el siglo veintiuno y los mensajeros de su alegría. ¡No lo defraudéis! Muchas gracias.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 24 de agosto de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de este domingo nos dirige a los cristianos, pero al mismo tiempo a todo hombre y a toda mujer, la doble pregunta que Jesús planteó un día a sus discípulos. Primero les interrogó diciendo: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?". Ellos le respondieron que para algunos del pueblo él era Juan el Bautista resucitado; para otros, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Entonces el Señor interpeló directamente a los Doce: "¿Y vosotros quién decís que soy yo?". En nombre de todos, con impulso y decisión, fue Pedro quien tomó la palabra: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". Solemne profesión de fe, que desde entonces la Iglesia sigue repitiendo.

También nosotros queremos proclamar esto hoy con íntima convicción: ¡Sí, Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! Lo hacemos con la conciencia de que Cristo es el verdadero "tesoro" por el que vale la pena sacrificarlo todo; él es el amigo que nunca nos abandona, porque conoce las expectativas más íntimas de nuestro corazón. Jesús es el "Hijo del Dios vivo", el Mesías prometido, que vino a la tierra para ofrecer a la humanidad la salvación y para colmar la sed de vida y de amor que siente todo ser humano. ¡Cuán beneficioso sería para la humanidad si acogiera este anuncio que conlleva la alegría y la paz!

"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". A esta inspirada profesión de fe por parte de Pedro, Jesús replica: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos". Es la primera vez que Jesús habla de la Iglesia, cuya misión es el cumplimiento del plan grandioso de Dios de reunir en Cristo a toda la humanidad en una única familia.

La misión de Pedro y de sus sucesores consiste precisamente en servir a esta unidad de la única Iglesia de Dios formada por judíos y paganos de todos los pueblos; su ministerio indispensable es hacer que no se identifique nunca con una sola nación, con una sola cultura, sino que sea la Iglesia de todos los pueblos, para hacer presente entre los hombres, marcados por numerosas divisiones y contrastes, la paz de Dios y la fuerza renovadora de su amor. Por tanto, la misión particular del Papa, Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, consiste en servir a la unidad interior que proviene de la paz de Dios, la unidad de cuantos en Jesucristo se han convertido en hermanos y hermanas.

Ante la enorme responsabilidad de esta tarea, siento cada vez más el compromiso y la importancia del servicio a la Iglesia y al mundo que el Señor me ha confiado. Por eso, os pido, queridos hermanos y hermanas, que me sostengáis con vuestra oración para que, fieles a Cristo, podamos anunciar y testimoniar juntos su presencia en nuestro tiempo. Que nos obtenga esta gracia María, a la que invocamos confiados como Madre de la Iglesia y Estrella de la evangelización.

 

DOMINGO XXII T. O. 3 de septiembre de 2023.

 

Monición de entrada.-

Buenos días:

Somos cristianos porque Jesús nos ha llamado a seguirle.

Pero ser amigos de Jesús no quiere decir ir con él solo cuando vamos a misa, sino todos los días.

La misa de hoy nos animará a eso, a ser amigo de Jesús.

No una hora a la semana sino todas las horas de todos los días.

 

Señor, ten piedad.-

Porque no pensamos como tú. Señor, ten piedad.

Porque no te seguimos todas las horas.  Cristo, ten piedad.

Porque no aprovechamos nuestra vida. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.-

Por el Papa Francisco; para que sus palabras nos iluminen todos los días. Te lo pedimos, Señor.

Por la Iglesia; para que acepte sufrir por el Evangelio.  Te lo pedimos, Señor.

Por los que dan su vida por los demás; para que se sientan ayudados por las palabras de Jesús. Te lo pedimos, Señor.

Por los cristianos que viven donde no son queridos; para que el Espíritu Santo les ayude. Te lo pedimos, Señor.

Por nosotros; para que aprendamos a caminar al lado de Jesús todos los días las 24 horas. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias porque tu si quisiste a Jesús todos los días y le hiciste siempre caso, estando a su lado cuando estaba en la cruz.

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