Primera lectura.
Lectura del libro de
Ezequiel 18, 25-28
Esto dice el Señor:
-Insistís: “No es justo
el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No
es más bien vuestro proceder el que es injusto? Cuando el inocente se aparta de
su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y
cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la
justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos
cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.
Textos paralelos (Biblia del
Peregrino).
Objetáis: No es justo el proceder de
Dios.
Gn 18, 24-25:
¡Lejos de ti hacer tal cosa! Matar al inocente con el culpable, confundiendo al
inocente con el culpable. ¡Lejos de ti! El juez de todo el mundo ¿no hará
justicia?
Notas exegéticas.
18, 26 El hebreo añade “a causa de ellos”, omitido por el griego y
siriaco.
Salmo responsorial
Sal 24, 4-9
R/. Recuerda, Señor, tu ternura.
Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y
Salvador,
y todo el día te estoy esperando. R/.
Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R/.
El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.
Textos paralelos.
Muéstrame tus
caminos, Yahvé.
Sal 27,11: Indícame,
Señor, tu camino, / guíame por un sendero llano / pues me están espiando.
Sal 86, 11: Enséñame,
Señor, tu camino / para que lo siga con fidelidad; / unifica mi corazón / en el
respeto de tu nombre.
Sal 119, 35: Encamíname
por la senda de tus mandatos, / porque la quiero.
Sal 143, 8: Por la
mañana dame noticia de tu lealtad, / pues en ti confío. / Indícame el camino
que he de seguir, / pues acudo a ti.
Jn 14, 6: Le dice Jesús:
“Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí”.
Pues tú eres el Dios
que me salva.
Jn 16, 13: Cuando venga
él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará
por su cuenta, sino que dirá lo que oye y os anunciará el futuro.
De mis faltas
juveniles no te acuerdes.
Jb 13, 26: Apuntas en mi
cuenta rebeldías, / me imputas las culpas de mi juventud.
Is 64, 8: No te excedas en
la ira, Señor, / no recuerdes siempre nuestra culpa: / mira que somos tu
pueblo.
Sal 106, 4: Acuérdate,
Señor, por amor a tu pueblo, / ocúpate de mí con tu salvación.
Notas exegéticas.
25 (24) 7 El códice hebreo añade aquí “y mis faltas”, duplicado omitido por
el códice Siriaco.
25 (24) 9 “pobres”, siriaco; el hebreo repite “humildes”.
Segunda lectura.
Lectura de la carta del
apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 1-11
Hermanos:
Si queréis darme el
consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y
tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y
concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por
ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No
os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.
Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo
de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se
despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los
hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó
sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de
Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda
lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Textos paralelos.
Una entrañable
misericordia.
2 Co 13, 13: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la
comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros.
Un mismo sentir.
Flp 1, 4: Y siempre que pido cualquier cosa por todos vosotros lo hago
con gozo.
Buscad un mismo amor.
1 Co 1, 10: Pues el mensaje de la cruz es locura para los que se
pierden; para los que se salvan es fuerza de Dios.
Sin buscar el propio interés.
1 Co 10, 24: Nadie busque su interés, sino el del prójimo.
El cual, siendo de condición divina.
Sb 2, 23: Dios creó al hombre para la inmortalidad / y lo hizo imagen
de su propio ser.
A ser tratado igual a Dios.
Is 53, 12: Por eso le asignaré / una porción entre los grandes / y
repartirá botín con los poderosos: / porque desnudó el cuello para morir / y
fue contado entre los pecadores, / él cargó con el pecado de todos / e
intercedió por los pecadores.
Sino que se despojó de sí mismo.
2 Co 8, 9: Pues, conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo,
que siendo rico, por vosotros se hizo pobre para enriqueceros con su pobreza.
Asumiendo semejanza humana.
Ga 4, 4: Pero cuando se cumplió el plazo, envió Dios a su Hijo, nacido
de una mujer, nacido bajo la ley.
Haciéndose obediente hasta la muerte.
Rm 5, 19: Como por la desobediencia de uno todos resultaron pecadores,
así por la obediencia de uno todos resultarán justos.
Por eso Dios lo exaltó.
Is 52, 13: Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho.
Le otorgó el Nombre.
Rm 14, 9: Para eso murió el Mesías y resucitó: para ser Señor de
muertos y vivos.
Toda rodilla se doble.
Is 45, 23: Acudid a mí para salvaros, / confines de la tierra, / pues
yo soy Dios, y no hay otro.
Para gloria de Dios Padre.
1 Co 12, 3: Por eso os hago
notar que nadie, movido por el Espíritu de Dios puede decir ¡maldito sea Jesús!
Y nadie puede decir ¡Señor Jesús! Si no es movido por el Espíritu Santo.
Notas exegéticas.
2 1 (a) Lit.
“Si hay alguna exhortación apremiante…”; especie de conjuro afectuoso que tiene
el sentido de: “Si alguna fuerza tiene una exhortación en Cristo…”.
2 1 (b) Si
comparamos este versículo con 2 Co 13, 13 podemos encontrar en él una alusión
al Hijo, al Padre (a quien se atribuyen con frecuencia el amor) y al Espíritu.
2 2 Esta
apremiante exhortación a la unidad permite adivinar que existían divisiones
internas que amenazaban la paz de la comunidad de Filipos. Véase también Flp 1,
15-17, y nótese la insistencia que pone pablo en interpelar a “todos” en común:
Flp 1, 1.4.7.8.25.
2 5 Los
vv. 6-11 son probablemente un primitivo himno cristiano semejante a Col 1,,
15-20, que Pablo transcribe. Tradicionalmente ha sido interpretado en función
de un esquema de descenso-ascenso divino, según el cual la kénosis de Cristo fue la renuncia a su gloria divina con el fin de vivir
una vida humana y asumir el sufrimiento. Sin embargo, su estructura se basa
manifiestamente en el esquema bíblico de la humillación (vv. 6-8) seguida de la
exaltación (vv. 9-11), según el cual un justo atribulado es premiado por Dios,
Sal 49, 15-16. Es, pues, más probable que Jesús, como segundo o último Adán sea
implícitamente puesto en parangón con el primer Adán.
2 6 (a) Lit.
“en la forma de Dios”. La misma palabra griega (morphe) es utilizada en el v. 7 (lit: “tomando
forma de esclavo”). Su significado es casi idéntico al de “imagen” (eikón), y los dos términos son
utilizados indistintamente por los LXX. La “forma de Dios” es, pues sinónimo de
“imagen de Dios”, que es el predicado aplicado a Adán y a Cristo.
2 6 (b) Cristo
al no tener pecado no tenía que morir (idéntica idea aparece en algunos
apócrifos, como Henoc, IV Esdras o II Baruc). Tenía, pues, el derecho a vivir
eternamente algo propio de la divinidad. Otras traducciones posibles: “No
retuvo celosamente el rango que le igualaba a Dios” o “No retuvo celosamente el
rango que le igualaba a Dios. En este último caso, habría una oposición
implícita entre Jesús, segundo o último Adán, y el primer Adán.
2 7 (a) Lit.:
“Se vació a sí mismo”. El término kénosis procede de una raíz que significa “vaciar”. La fórmula está tomada de Is 53, 12. El
pronombre reflexivo que aparece en el v. 7 (y ver Ga 2, 20) subraya la decisión
del mismo Cristo que optó por la muerte.
2 7 (b) Este
modo de existencia a la luz de la alusión a Is 53, 12, solo puede ser el del
humillado Siervo paciente de Yahvé, que murió por los demás. Nótese el
contraste con Señor.
2 7 (c) No
hay intención de atenuar la humanidad de Jesús. No obstante, si no hubiera sido
diferente, no habría podido salvarnos. Él, que estaba “vivo”, resucitó a los
que estaban “muertos”. Él no tenía necesidad de ser reconciliado con Dios,
mientras todos los demás la tenían.
2 7 (d) Aunque
diferente en su modo de existencia, Cristo compartió la naturaleza humana común
a todos.
2 8 (a) Al
envío del Hijo por el Padre para salvar a la humanidad corresponde de parte de
Cristo la obediencia.
2 8 (b) Mientras
que la tradición primitiva sólo insistía en el efecto salvífico de la muerte de
Cristo, Pablo subraya lógicamente que el valor ejemplar de esta muerte está en
el cruel castigo de la crucifixión. ç
2 9 (a) Lit.:
“sobre-exaltó”. El verbo griego hypsoô, que significa normalmente elevar, se traduce a menudo por “exaltar”.
Aquí lleva además el prefijo hyper (del que forma el mismo verbo), que redobla su significado por el hecho
de que, si es cierto que todos los justos serán exaltados, Cristo es superior a
todos ellos.
2 9 (b) El
nombre es el de “Señor”, como explica el v. 11. Se trata aquí de un término
funcional que no se refiere precisamente a la naturaleza de Cristo, es un
título que Cristo lo consigue por su pasión y resurrección. A pesar de su uso
cotidiano, y de su frecuente aplicación a Cristo a lo largo de todo el NT, aquí
se toma como un título “que está sobre todo nombre”; la razón es que el NT lo
reserva para Dios.
2 10 (a) La
humanidad entera reconoce la hueva dignidad de Jesús, como estaba anunciado que
las naciones reconocieran a Yahvé. El nombre propio de “Jesús” – sin más
añadidura – se usa aquí deliberadamente para evocar la figura humillada y
paciente de los vv. 6-8.
2 10 (b) Estas
frases que alteran la cuidada escritura del himno fueron probablemente añadidos
por Pablo con el fin de poner en relieve tanto el ilimitado alcance de la
autoridad de Cristo como la dependencia respecto de su Padre.
2 11 Es
la profesión de fe esencial del cristianismo. – El Padre, que ha exaltado a
Jesús, recibe toda gloria cuando el Nombre que Él le ha dado es adorado y
confesado. En el desenlace pues, la glorificación del Hijo y, al mismo tiempo,
su humillación.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del
pueblo:
-¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le
dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero
después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le
contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de
su padre?
Contestaron:
-El primero.
Jesús les dijo:
-En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante
de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el
camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las
prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os
arrepentisteis ni le creísteis.
Textos paralelos.
Un hombre tenía dos hijos.
Lc 15, 11: Un hombre tenía dos hijos.
Os aseguro que los publicanos y las prostitutas llegarán antes.
Lc 18, 10: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el
otro publicano.
// Lc 7, 29-30: Todo el pueblo que escuchó y los publicanos dieron la
razón a Dios aceptando el bautismo de Juan; en cambio, los fariseos y escribas
rechazaron lo que Dios quería de ellos, al no dejarse bautizar por él.
Pr 8, 20: Camino por la vía de la justicia / y sigo las sendas del
derecho.
Pr 12, 20: Al honrado no le pasa nada malo, / los malvados andan llenos
de desgracias.
No creísteis en él.
Pr 21, 21 (LXX): El que busca justicia y misericordia / alcanzará vida
y gloria.
Lc 7, 36-37: Un fariseo lo invitó a comer. Jesús entró en casa del
fariseo y se recostó en la mesa. En esto, una mujer pecadora pública, enterada
de que estaba a la mesa en casa del fariseo, acudió con un frasco de perfume de
mirra.
Lc 19, 1-3: Entró en Jericó y la fue atravesando, cuando un hombre
llamado Zaqueo, jefe de publicanos y muy rico, intentaba ver quién era Jesús,
pero a causa del gentío, no lo conseguía, porque era bajo de estatura.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
21 29 Algunos manuscritos invierten el orden de las respuestas en los vv. 29 y
30.
21 32 Expresión bíblica: Juan practicaba y predicaba esa conformidad con la
voluntad de Dios que hace “justo” al hombre.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.
28-32 La parábola es una acusación directa contra los fariseos, que dicen “sí”
a la voluntad de Dios expresada en la Ley, pero no hacen la voluntad de Dios
manifestada en el Evangelio.
28 VETE
HOY A TRABAJAR: lit. vete hoy, trabaja.
29-30 ÉL RESPONDIÓ ASÍ (lo mismo en el versículo siguiente): cf. 3, 15. Ninguno
de los hijos pidió a Dios la gracia que recomienda pedir san Ignacio de Loyola:
“No ser sordo a su llamamiento, mas presto y diligente para hacer su santísima
Voluntad”. Ni podían conocer la sentencia del Rabí Judá ben Tenmá (finales del
s. II): “Se fuerte como leopardo para cumplir la voluntad de tu Padre que está
en el cielo” (Abot 5,20). // PERO DESPUÉS: o también: pero al fin. // YO
[VOY], SEÑOR: lit. yo, señor, casi: “Aquí me tienes, señor”. La
dificultad está en que no basta decir: “¡Señor, Señor!”, sino se hace la
voluntad del Padre.
31-32 VAN DELANTE DE VOSOTROS: puede
entenderse como exclusivo: ellos entran en el reino de Dios, y vosotros no. //
POR [EL] CAMINO DE…: lit. en camino de justicia, caminando
(=procediendo) él justamente (=santamente, según el querer de Dios). Otra
posibilidad: “vino Juan…. enseñándoos a caminar por el camino de la
justicia”. // LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS, que vivían sin ley, más
aún, contra la Ley, CREYERON la predicación de JUAN y se arrepintieron.
Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.
21, 28-32 Esta parábola ilustra el hecho de que no basta con proclamar de boquilla
la importancia de la voluntad de Dios; por el contrario, su voluntad debe ser
efectiva en nuestras acciones. El más virtuoso de los hijos no era el que
simplemente dijo que haría la voluntad de su padre sino el que, a pesar de
negarse al principio, después se arrepiente y cumple realmente su petición.
Esta parábola se aplica a quien tiene un propósito de enmienda, sobre todo en
el sacramento de la penitencia y reconciliación. Catecismo de la Iglesia
Católica 535, 546
Catecismo de la Iglesia Católica.
535 El comienzo de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el
Jordán. Juan proclamaba un bautismo de conversión para el perdón de los
pecados. Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos
y prostitutas vienen a hacerse bautizar por él.
546 Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico
de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige
también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo;
las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo
para el hombre.
Concilio Vaticano II
Cristo fue enviado por el Padre a anunciar la Buena Noticia a los
pobres... a sanar a los de corazón destrozado, a buscar y salvar a lo que
estaba perdido. Del mismo modo la Iglesia abraza con amor a todos los que
sufren bajo el peso de la debilidad humana; más aún, descubre en los pobres y
en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y sufriente, se preocupa de
aliviar su miseria y busca servir a Cristo en ellos. Mientras que Cristo,
santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a
expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, en cambio, abrazando en su seno a
los pecadores, es santa y a la vez siempre necesitada de purificación, y busca
sin cesar la conversión y la renovación.
Lumen Gentium, 8.
Los Santos Padres.
El hijo mayor se refiere al pueblo que proviene de los fariseos y es
informado continuamente por Dios mediante la profecía de Juan para que
obedeciera sus mandamientos. Este pueblo era orgulloso, desobediente y rebelde
a las advertencias de Dios, porque había puesto su seguridad en la Ley y había
rechazado el arrepentirse de los propios pecados, vanagloriándose de la noble
prerrogativa que había recibido de Abrahán. Pero luego, ante los milagros
realizados después de la resurrección del Señor por los apóstoles, y ante la
realidad de los hechos, queriendo actuar conforme al Evangelio y
arrepintiéndose, reconoció la culpa de su anterior arrogancia. En cambio el
hijo menor representa a la muchedumbre de publicanos y pecadores que,
proviniendo de la condición pecadora en la que se encontraba, recibió de Juan
el mandato de atender a la salvación de Cristo y creer, una vez bautizados.
Pero al decir que esa muchedumbre ha prometido ir y no ha ido, indica que han
creído en Juan, pero da a entender que no han ido, porque no han podido recibir
la doctrina evangélica de los apóstoles sino de la pasión del Señor – momento
en el que debían cumplirse los misterios de la salvación -. En definitiva, no
dice que no han querido, sino que no han ido. Su comportamiento está libre de
la acusación de infidelidad.
Hilario de Poitiers. Sobre el Ev. de Mateo, 21. 1b, pg. 177.
Para excitar la emulación [imitación de las acciones del otro; RAE], les
pone delante a publicanos y rameras. En realidad, estos son los dos extremos
del pecado; los dos engendrados de un mal amor: la concupiscencia de la carne y
la codicia de las riquezas.
Grande alabanza de los publicanos y mayor condenación de los fariseos: “A
vosotros vino y no le entendisteis; a los publicanos no vino y lo recibieron. Y
ni aun a estos queréis como ejemplo”. Mirad de cuántos modos alaba a los unos y
condena a los otros. “A vosotros vino, no a ellos. Vosotros no creísteis, y
esto no les escandalizó a ellos. Ellos creyeron, y esto no os aprovechó a
vosotros”. Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 67. 1b, pg.
178-179.
San Jerónimo.
28-32. Son los dos hijos descritos en la parábola de Lucas [del Hijo Pródigo],
uno sobrio y el otro disoluto, de los que también habla el profeta Zacarías: Me
procuré dos cayados, a uno lo llamé “gracia” y al otro “cordel”, y apacenté el
rebaño (Za 11, 7).
Primero se le dice al pueblo pagano por el conocimiento de la ley
natural. Él respondió con soberbia: No quiero, sin embargo, después de la
venida del Salvador, hizo penitencia, trabajó en la viña de Dios y reparó con
su esfuerzo la obstinación de sus palabras.
El segundo hijo es el pueblo judío, que respondió a Moisés: Haremos
todo lo que ha dicho el Señor (Ex 24, 3), pero no fue a la viña porque
después de haber muerto el hijo del padre de familia se consideró el heredero.
Otros no creen que la parábola se refiera a los paganos y los judíos sino
simplemente a los pecadores y a los justos.
Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os precederán. Aquellos que por su mala
conducta se habían negado a servir al Señor, después recibieron de Juan el
bautismo de penitencia; mientras que los fariseos que hacían profesión de
justicia y se jactaban de cumplir la Ley de Dios, depreciando el bautismo de
Juan, no cumplieron los preceptos de Dios.
Ellos dijeron: el último, sepamos que los ejemplares auténticos no
traen “el último” sino “el primero”, de modo que ellos se condenan a sí mismos
por su propio juicio. Si quisiéramos leer “el último” la interpretación es
clara: digamos que los judíos comprenden bien la verdad per la tergiversan y no
dicen lo que piensan, como cuando sabiendo que el bautismo de Juan venía del
cielo, no lo quisieron confesar.
San Agustín.
¡Ea, hermanos! Volveos a
vuestro interior, examinaos, interrogaos, respondeos la verdad y juzgaos sin
consideración hacia vuestra persona, emitid una justa sentencia. Eres
cristiano, frecuentas la iglesia, escuchas la palabra de Dios y te emociones de
alegría con su lectura. Tú alabas a quien la expone, yo busco quién la cumple;
tu – repito – alabas a quien habla, yo busco quien la cumpla. Eres cristiano,
frecuentas la iglesia, amas la palabra de Dios y la escuchas de buena gana. Ve
lo que te propongo, examínate al respecto, estate pendiente de ello, sube al
tribunal de tu mente, ponte en presencia de ti mismo, y júzgate; y si
encuentras que eres un malvado, corrígete.
Sermón 178, 6-7
San Juan de Ávila.
Las rameras y los arrendadores – malos arrendadores quiere decir – irán
delante de vosotras al reino de los cielos (Mt 21,31). Aquellos sí, y
vosotros, no. No entendáis que también estos irán, aunque atrás, sino que ellos
no y los otros sí. Porque aquellos conocieron que Juan baptista era enviado de
Dios, humilláronse, baptizáronse, y recibieron perdón de Dios por la penitencia
que hicieron; mas los fariseos aquellos, hinchados y no santos, menos preciaron
el consejo de Dios. Aquellos se arrepintieron y nosotros no.
Ciclo santoral. Sermones de santos. 75. Santa María Magdalena. OC III. Pg. 1031.
San Oscar Romero. Homilía. 24 de
septiembre de 1978.
A propósito, ya que estamos dedicando el pensamiento a Juan Pablo [I],
uno de los episodios que a mí me han conmovido mucho, entre los muchos de su
breve pontificado, dicen que se acercó una mujer a su trono pontificio en la
audiencia general para decirle: Santo Padre, me siento tan vacía, pecadora, ¿me
salvará, me perdonará el Señor? Y que el Papa le dijo: ¿Cuántos años tienes? Le
dijo ella, tengo 30 años. Le dijo ¿por qué te aflijes?, eres joven, tienes por
delante unos 40 años más o menos, ¿por qué no aprovechas tu vida para
arrepentirte y caminar por el buen camino? Y sobre el camino de aquella
prostituta se hizo la luz que Juan Bautista encendió, es la luz que la Iglesia
va encendiendo, y ojalá hermanos, yo no me avergüenzo de que mi palabra humilde
tuviera el inmenso honor de ser un rayito de luz y de esperanza, llegando tal
vez a los burdeles, llegando tal vez a las cuevas de los criminales, llegando
tal vez a las tabernas de los viciosos; sé que me escuchan en muchas partes,
ojalá la palabra de Cristo llegue hoy a quien más la necesita. Los publicanos y
las prostitutas van delante en el reino de Dios cuando escuchan a Juan que vino
a predicar el arrepentimiento y la justicia, y no ustedes, embusteros y
orgullosos que solamente tienen para criticar y distorsionar la palabra del
evangelio. Quiera el Señor que no sea demasiado tarde cuando se arrepientan de
sus equivocaciones.
Homilía 1 de octubre de 1978.
León XIV. Audiencia. 23 de septiembre de 2026. Catequesis - Catequesis
- Catequesis - Los documentos del Concilio Vaticano II. IV. Constitución pastoral Gaudium et spes (GS
12-22) 4. El sentido de la actividad humana en el universo (GS, 33-39)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y
bienvenidos!
Continuando nuestro recorrido por la Constitución
pastoral Gaudium et Spes del Concilio
Ecuménico Vaticano II, llegamos al tercer capítulo de la primera parte, que
tiene un título atractivo: «La actividad humana en el mundo». La pregunta de
fondo es esta: ¿cuál es el valor de la actividad humana en el mundo, y, por lo
tanto, del progreso técnico, social y científico? Podemos recordar que, menos
de cuatro años después de la clausura del Concilio, en la noche entre el 20 y
el 21 de julio de 1969, el hombre pisó la Luna por primera vez.
Creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es
agente del progreso. Mediante la libertad y la inteligencia aumenta sus propios
conocimientos, logrando así que toda la sociedad progrese. Esto se aprecia
fácilmente al considerar la mejora en las condiciones de vida a lo largo de las
sucesivas generaciones. En efecto, dice el Documento, un «gran número de bienes
que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy
los obtiene por sí mismo» (n. 33).
Por este motivo, algunos pensadores han presentado el
progreso técnico-científico como algo que debilita la relación del hombre con
Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo
contrario a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado, respecto a las épocas
precedentes, un cambio en la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo. Un
prejuicio de este tipo prevalece, principalmente, en esa parte de la cultura
occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana. En los
humanismos postcristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente
como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el
hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios,
al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de
la persona humana. Es el “drama del humanismo ateo”, bien descrito por un
importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac. [1]
El Concilio
desea proporcionar una respuesta clara. Afirma la Gaudium
et spes: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana
individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el
hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida,
considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34). Es más,
prosigue la Constitución, «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas
logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional
pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que
las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su
inefable designio» (ibid.). En resumen, Dios ha puesto en las manos del hombre
y de la mujer una creación todavía in statu viae -es decir, en camino,
en crecimiento- para que ellos la conduzcan a buen término por medio de su
sabia actividad [2].
Se encuentra aquí una importante referencia al misterio
de la Encarnación. La humanidad -y, con ella, el trabajo, el progreso y la
autonomía de las realidades creadas- no queda absorbida o anulada por el
encuentro con Dios, sino más bien asumida en su totalidad; y sigue siendo, en
Cristo, libre y operosa: efectivamente, en Él encuentra la verdad y la libertad
plenas. Asimismo, en la celebración eucarística, el fruto del trabajo humano,
representado por el pan y el vino, se coloca cada día sobre el altar para ser
transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para
encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas,
sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo
cotidiano y santificándolo [3]. Los cristianos participan, como todos,
en la edificación de la ciudad de los hombres, con la mirada puesta en el fin
de todas las cosas y en el encuentro con Dios, y recordando este fin último a
aquellos con quienes comparten la aventura del progreso, la ciencia y la vida.
Ciertamente, es preciso distinguir bien el progreso
temporal del crecimiento del reino de Cristo; sin embargo, el Concilio afirma
que tal progreso, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad
humana, interesa en gran medida al reino de Dios. […] Todos los frutos
excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos
propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato,
volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados»
(n. 39).
Finalmente, recordemos que, para constituir auténtico
progreso humano -es decir, de todo el hombre y de todos los hombres-, el
progreso técnico y científico debe estar animado y orientado por la caridad.
Solo así se podrá utilizar siempre para defender la dignidad del hombre y
promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más
desfavorecidos.
Queridos hermanos y hermanas, el Concilio
Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para
que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus
potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios,
un futuro mejor.
___________________________
[1] Cfr. H. de Lubac, Le drame de l’humanisme athée
(1944), tr. it. Brescia 2013.
[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 302, 306, 307.
[3] Cfr. S. Juan Pablo II,
Homilia
para la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer (6 de octubre de 2002).
Papa León XIV. Angelus. 13 de
septiembre de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En la liturgia de hoy, el Señor, por boca del profeta
Isaías, nos da un gran motivo de esperanza, diciéndonos que sus pensamientos no
son nuestros pensamientos y que sus caminos no son nuestros caminos (cf. Is
55,8). Sí, los designios de Dios son infinitamente más grandes y, digamos,
más “humanos” que aquellos que nosotros, hombres y mujeres marcados por el
pecado, podemos concebir y llevar a cabo. Por eso, he aquí el llamado más
actual que nunca del profeta: abandonar nuestros caminos torcidos y volver al
Señor, que es misericordia y perdón (cf. vv. 6-7).
En el Evangelio, las parábolas de Jesús describen
la novedad de lo que Dios tiene reservado para nosotros, pero por lo general
también revelan la resistencia que estamos inclinados a objetar a una
justicia más generosa y a un amor más grande. Hoy, en particular,
escuchamos la historia de los trabajadores llamados a trabajar en la viña (cf. Mt
20,1-16), unos trabajaron todo el día, otros sólo unas horas, y otros desde el
atardecer. Pero el punto central de la parábola está en el momento de la
retribución, cuando el propietario, cumpliendo con su palabra, les paga
según lo acordado a los trabajadores de la primera hora, pero quiere que vean
su generosidad y, ante sus ojos, trata a los últimos de la misma manera.
De hecho, hay un detalle que no debemos dejar que pase
desapercibido. El propietario le da al administrador una orden precisa que
debe seguir: hay que pagar a los trabajadores «empezando por los últimos
y acabando por los primeros» (Mt 20,8). La reacción negativa de quienes
habían trabajado todo el día se habría podido evitar fácilmente; sin embargo,
es intencional, porque la revelación de la bondad de Dios es para todos, no
sólo para unos cuantos. Dios tiene caminos diferentes y pensamientos nuevos
incluso para aquellos que se consideran los primeros y creen haberse ganado lo
que son, haber merecido los resultados que han alcanzado. Todos, por el
contrario, ganamos alegría, inteligencia y futuro cuando la ley del amor
interrumpe la del cálculo, la experiencia de la misericordia extiende la
del mérito, el don de la paz detiene las rivalidades y nos hace cercanos en la
gratitud.
Hermanos y hermanas, es una gracia ser colaboradores
de Dios, trabajar en su viña, servir a su Reino de justicia y de paz. No
hay lugar para la envidia y la división allí donde irrumpe la novedad de Dios.
Busquemos, pues, al Señor mientras se deja encontrar; invoquémoslo mientras
está cerca; abandonemos los caminos torcidos y los pensamientos inicuos (cf. Is
55,6-7).
Miremos a nuestra Santísima Madre: es una criatura como
nosotros, pero está libre de toda mancha; por eso nos ayuda a tener esperanza
en Dios y a confiar en su misericordia, para que sus caminos se conviertan en
nuestros caminos y sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos.
Papa Francisco. Angelus. 1 de
octubre de 2023.
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
Hoy el Evangelio habla de dos hijos, a los que el padre pide que vayan a
trabajar a la viña (cf. Mt 21,28-32). Uno de ellos responde inmediatamente
"sí", pero luego no va; el otro dice "no", pero luego se
arrepiente y va.
¿Qué se puede decir de ambos comportamientos? Se puede inmediatamente
pensar que ir a trabajar a la viña requiere sacrificio y santificarse;
sacrificarse cuesta, no es espontáneo, aun con lo hermoso de saberse hijos y
herederos. El problema no está aquí tan ligado a la resistencia a ir a
trabajar en la viña, sino en la sinceridad o al menos frente al padre y
frente a uno mismo. Si de hecho ninguno de los dos hijos se porta de
manera impecable, uno miente, mientras que el otro se equivoca, pero permanece
sincero.
Miremos al hijo que dice “sí”, pero luego no va. Él no quiere hacer la
voluntad del padre, pero tampoco quiere ponerse a discutir y hablar. Así se
esconde detrás de un “sí”, detrás de un falso asenso, que esconde su pereza y
por el momento le salva la cara. Es un hipócrita. Se escabulle sin conflictos,
pero engaña y desilusiona a su padre, faltándole el respeto de peor forma de lo
que habría hecho un franco “no”. El problema de un hombre que se comporta
así es que no es solo un pecador, sino también un corrupto,
porque miente sin problemas para cubrir y camuflar su desobediencia, sin
aceptar algún dialogo, o enfrentamiento honesto.
El otro hijo, aquel que dice “no” pero luego va, es en cambio sincero. No
es perfecto pero sincero. Ciertamente, nos hubiera gustado verlo decir “sí”
inmediatamente. Pero no es así, al menos, manifiesta de manera franca y en un
cierto sentido valiente su reticencia. Se asume, por lo tanto, la
responsabilidad de su comportamiento y actúa bajo la luz del sol. Luego, con
esta honestidad de base, termina poniéndose en discusión, llegando a entender
que se ha equivocado y regresando por sus pasos. Es, podremos decir, un pecador,
pero no un corrupto. Escuchen esto: éste es un pecador, pero no es un
corrupto. Y para el pecador hay siempre esperanza de redención; para el
corrupto, en cambio, es mucho más difícil. De hecho, sus falsos “sí”,
aparentemente elegantes pero hipócritas y sus ficciones convertidas en habito
son como un grueso “muro di goma”, detrás del cual se resguarda de la voz de la
conciencia. Y estos hipócritas hacen tanto daño. Hermanos y hermanas,
pecadores sí, todos somos pecadores, ¡corruptos no! ¡Pecadores sí, corruptos
no!
Mirémonos ahora a nosotros mismos y, a la luz de todo esto, hagámonos
alguna pregunta. ¿Frente al cansancio de vivir una vida honesta y generosa,
de comprometerme yo -cada uno dice, me comprometo- según la voluntad del Padre,
estoy dispuesto a decir “sí” cada día, aunque cueste? Y cuando no lo consigo,
soy sincero en el enfrentarme con Dios sobre mis dificultades, mis caídas, ¿mis
fragilidades? Y cuando digo "no", ¿vuelvo atrás? Habla con el
Señor sobre esto. ¿Cuándo me equivoco, estoy dispuesto a arrepentirme y a
regresar sobre mis pasos? ¿O hago como si nada y vivo llevando una máscara,
preocupándome solo en aparecer como bueno y correcto? En definitiva, soy
un pecador, como todos, ¿o hay en mi algo de corrupto? No lo olviden:
pecadores sí, corruptos no.
Que María, espejo de santidad, nos ayude a ser cristianos sinceros.
Papa Francisco. Ángelus. 27 de
septiembre de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, en mi
tierra se dice: “Al mal tiempo buena cara”. Con esta “buena cara” os digo:
¡buenos días!
Con su predicación sobre el Reino de Dios, Jesús
se opone a una religiosidad que no involucra la vida humana, que no interpela
la conciencia y su responsabilidad frente al bien y al mal. Lo
demuestra también con la parábola de los dos hijos, que es propuesta en el
Evangelio de Mateo (cfr. 21, 28-32). A la invitación del padre de ir a trabajar
a la viña, el primer hijo responde impulsivamente “no, no voy”, pero después se
arrepiente y va; sin embargo el segundo hijo, que enseguida responde “sí, sí
papá”, en realidad no lo hace, no va. La obediencia no consiste en decir “sí” o
“no”, sino siempre en actuar, en cultivar la viña, en realizar el Reino de
Dios, en hacer el bien. Con este sencillo ejemplo, Jesús quiere superar una
religión entendida solo como práctica exterior y rutinaria, que no incide en la
vida y en las actitudes de las personas, una religiosidad superficial,
solamente “ritual”, en el mal sentido de la palabra.
Los exponentes de esta religiosidad “de fachada”, que Jesús
desaprueba, eran en aquella época «los sumos sacerdotes y los ancianos del
pueblo» (Mt 21, 23), los cuales, según la admonición del
Señor, en el Reino de Dios serán superados por los publicanos y las rameras
(cfr. v. 31). Jesús les dice: “Los publicanos, es decir los pecadores, y las
rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios”. Esta afirmación no debe
inducir a pensar que hacen bien los que no siguen los mandamientos de Dios, los
que no siguen la moral, y dicen: “Al fin y al cabo, ¡los que van a la Iglesia
son peor que nosotros!”. No, esta no es la enseñanza de Jesús. Jesús no
señala a los publicanos y las prostitutas como modelos de vida, sino como
“privilegiados de la Gracia”. Y quisiera subrayar esta palabra “gracia”, la
gracia, porque la conversión siempre es una gracia. Una gracia que Dios ofrece
a todo aquel que se abre y se convierte a Él. De hecho, estas personas,
escuchando su predicación, se arrepintieron y cambiaron de vida. Pensemos en
Mateo, por ejemplo, San Mateo, que era un publicano, un traidor a su patria.
En el Evangelio de hoy, quien queda mejor es el
primer hermano, no porque ha dicho «no» a su padre, sino porque después el “no”
se ha convertido en un “sí”, se ha arrepentido. Dios es paciente con
cada uno de nosotros: no se cansa, no desiste después de nuestro «no»;
nos deja libres también de alejarnos de Él y de equivocarnos. ¡Pensar en la
paciencia de Dios es maravilloso! Cómo el Señor nos espera siempre; siempre
junto a nosotros para ayudarnos; pero respeta nuestra libertad. Y espera
ansiosamente nuestro «sí», para acogernos nuevamente entre sus brazos paternos
y colmarnos de su misericordia sin límites. La fe en Dios pide renovar cada
día la elección del bien respecto al mal, la elección de la verdad
respecto a la mentira, la elección del amor del prójimo respecto al
egoísmo. Quien se convierte a esta elección, después de haber experimentado
el pecado, encontrará los primeros lugares en el Reino de los cielos, donde hay
más alegría por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos
(cfr. Lc 15, 7).
Pero la conversión, cambiar el corazón,
es un proceso, un proceso que nos purifica de las incrustaciones morales. Y a
veces es un proceso doloroso, porque no existe el camino de la santidad sin
alguna renuncia y sin el combate espiritual. Combatir por el bien,
combatir para no caer en la tentación, hacer por nuestra parte lo que podemos,
para llegar a vivir en la paz y en la alegría de las Bienaventuranzas. El
Evangelio de hoy cuestiona la forma de vivir la vida cristiana, que no está
hecha de sueños y bonitas aspiraciones, sino de compromisos concretos,
para abrirnos siempre a la voluntad de Dios y al amor hacia los hermanos.
Pero esto, también el compromiso concreto más pequeño, no se puede hacer sin
la gracia. La conversión es una gracia que debemos pedir siempre: “Señor
dame la gracia de mejorar. Dame la gracia de ser un buen cristiano”.
Que María Santísima nos ayude a ser dóciles en
la acción del Espíritu Santo. Él es quien derrite la dureza de los
corazones y los dispone al arrepentimiento, para obtener la vida y la
salvación prometidas por Jesús.
Papa Francisco. Angelus. 1 de
octubre de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
Ayer, en Bratislava (Eslovaquia), fue beatificado Titus Zeman, sacerdote
salesiano. Se suma al número de mártires del siglo XX, porque murió en 1969,
después de haber pasado un largo tiempo en la cárcel a causa de su fe y de su
servicio pastoral. Que su testimonio nos sustente en los momentos más difíciles
de la vida y nos ayude a reconocer, también en la prueba, la presencia del
Señor.
Este domingo culmina la semana dedicada de modo particular a la Palabra de
Dios, con la celebración ayer de la memoria de San Jerónimo, gran maestro de la
Sagrada Escritura. Demos gracias a Dios por el regalo de su Palabra y
dediquémonos con tesón a leer y meditar la Biblia, especialmente el Evangelio.
Finalmente, nos unimos espiritualmente a los fieles reunidos en el
Santuario de Pompeya por la tradicional Súplica a Nuestra Señora del Rosario,
presidida hoy por el Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el
cardenal Bassetti.
A todos vosotros, boloñeses nativos y «adoptivos», les deseo un buen
domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta
luego!
Papa Francisco. Angelus. 21 de
septiembre de 2014.
Queridos hermanos y hermanas:
Antes de que acabe esta celebración, me gustaría dirigir un saludo a todos
ustedes, venidos de Albania y de otros países vecinos. Les agradezco su
presencia y el testimonio que dan de su fe.
En especial me dirijo a ustedes jóvenes. Dicen que Albania
es el país más joven de Europa y me dirijo a ustedes. Los invito a cimentar su
existencia en Jesucristo, en Dios: quien pone su fundamento en Dios edifica
sobre roca, porque Él siempre permanece fiel, incluso aunque nosotros seamos
infieles (cf. 2 Tm 2,13). Jesús nos conoce mejor que nadie;
cuando nos equivocamos, no nos condena, sino que nos dice: «Anda, y en adelante
no peques más» (Jn 8,11). Queridos jóvenes, ustedes son la nueva
generación, la nueva generación de Albania, el futuro de la patria. Con la
fuerza del Evangelio y el ejemplo de sus antepasados y el ejemplo de los
mártires, digan no a la idolatría del dinero –no a la idolatría del dinero–, no
a la engañosa libertad individualista, no a las dependencias y a la violencia;
y digan sí, en cambio, a la cultura del encuentro y de la solidaridad, sí a la
belleza inseparable del bien y de la verdad; sí a la vida entregada con
magnanimidad y fidelidad en las pequeñas cosas. Así construirán una Albania y
un mundo mejor, siguiendo las huellas de sus antepasados.
Dirijámonos ahora a la Virgen Madre, que veneran sobre todo con el título
de “Nuestra Señora del Buen Consejo”. Me acerco espiritualmente a su Santuario
de Escútari, al que tanta devoción tienen, y pongo en sus manos toda la Iglesia
en Albania y todo el pueblo albanés, particularmente las familias, los niños y
los ancianos, que son la memoria viva del pueblo. La Virgen María los
lleve, “juntos con Dios, hacia la esperanza que no defrauda”.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 25 de
septiembre de 2011.
Queridos hermanos y hermanas
Concluimos ahora esta Santa
Misa solemne con el Angelus. Esta plegaria nos recuerda siempre el
comienzo histórico de nuestra salvación. El arcángel Gabriel presenta a la
Virgen María el plan de la salvación de Dios, según el cual Ella se convertiría
en la Madre del Redentor. María se turbó ante estas palabras, pero el Ángel del
Señor la consoló diciendo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante
Dios”. De esta forma, María pronuncia su gran “sí”. Este “sí” a ser
sierva del Señor es la afirmación confiada al designio de Dios y a nuestra
salvación. Y, finalmente, María nos dice este “sí” a todos nosotros, que bajo
la cruz fuimos confiados como hijos suyos (cf. Jn 19, 27). Nunca pone en
duda esta promesa. Por eso se le llama feliz, más aún, bienaventurada porque
creyó en el cumplimiento de lo que le había dicho el Señor (cf. Lc 1,
45). Recitando ahora este saludo del Angelus, podemos unirnos a este
“sí” de María y adherirnos con confianza a la belleza del plan de Dios y de la
providencia que Él, en su gracia, nos ha preparado. Entonces, el amor de Dios
se hará carne, por decirlo así, también en nuestra vida, tomará cada vez más
forma. En medio de todas nuestras preocupaciones, no debemos tener miedo. Dios
es bueno. Al mismo tiempo, podemos sentirnos sostenidos por la compañía de
tantos fieles de todo el mundo que ahora rezan el Angelus con nosotros,
a través de la radio y la televisión.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 28 de
septiembre de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la liturgia nos propone la parábola evangélica de los dos hijos
enviados por el padre a trabajar en su viña. De estos, uno le dice
inmediatamente que sí, pero después no va; el otro, en cambio, de momento
rehúsa, pero luego, arrepintiéndose, cumple el deseo paterno. Con esta
parábola Jesús reafirma su predilección por los pecadores que se convierten, y
nos enseña que se requiere humildad para acoger el don de la salvación.
También san Pablo, en el pasaje de la carta a los Filipenses que hoy meditamos,
nos exhorta a la humildad: "No hagáis nada por rivalidad, ni por
vanagloria -escribe-, sino con humildad, considerando cada cual a los demás
como superiores a sí mismos" (Flp 2, 3). Estos son los mismos
sentimientos de Cristo, que, despojándose de la gloria divina por amor a
nosotros, se hizo hombre y se humilló hasta morir crucificado (cf. Flp
2, 5-8). El verbo utilizado -ekenosen- significa literalmente que
"se vació a sí mismo", y pone bien de relieve la humildad profunda y
el amor infinito de Jesús, el Siervo humilde por excelencia.
Reflexionando sobre estos textos bíblicos, he pensado inmediatamente en el
Papa Juan Pablo I,
de cuya muerte se celebra hoy el trigésimo aniversario. Eligió como lema
episcopal el mismo de san Carlos Borromeo: Humilitas. Una sola
palabra que sintetiza lo esencial de la vida cristiana e indica la virtud
indispensable de quien, en la Iglesia, está llamado al servicio de la
autoridad. En una de las cuatro audiencias generales que tuvo durante su
brevísimo pontificado, dijo entre otras cosas, con el tono familiar que lo
caracterizaba: "Me limito a recordaros una virtud muy querida del Señor,
que dijo: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón"... Aun
si habéis hecho cosas grandes, decid: siervos inútiles somos". Y agregó:
"En cambio la tendencia de todos nosotros es más bien lo contrario:
ponerse en primera fila" (Audiencia
general, 6 de septiembre de 1978: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 10 de septiembre de 1978, p. 11). La humildad puede
considerarse como su testamento espiritual.
Precisamente gracias a esta virtud, bastaron treinta y tres días para que
el Papa Luciani entrara en el corazón de la gente. En sus discursos ponía
ejemplos tomados de hechos de la vida concreta, de sus recuerdos de familia y
de la sabiduría popular. Su sencillez transmitía una enseñanza sólida y
rica, que, gracias al don de una memoria excepcional y una vasta cultura,
adornaba con numerosas citas de escritores eclesiásticos y profanos. Así,
fue un catequista incomparable, siguiendo las huellas de san Pío X, su paisano
y predecesor, primero en la cátedra de san Marcos y después en la de san Pedro.
"Tenemos que sentirnos pequeños ante Dios", dijo en esa misma
audiencia. Y añadió: "No me avergüenzo de sentirme como un niño ante su
madre; a la madre se le cree; yo creo al Señor y creo lo que él me ha revelado"
(ib.,
p. 4). Estas palabras muestran toda la grandeza de su fe. A la vez que
damos gracias a Dios por haberlo dado a la Iglesia y al mundo, atesoremos su
ejemplo, comprometiéndonos a cultivar su misma humildad, que lo capacitó para
hablar con todos, especialmente con los pequeños y con los así llamados lejanos.
Con este fin, invoquemos a María santísima, humilde Esclava del Señor.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 25 de
septiembre de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
En este último domingo que transcurro en Castelgandolfo, deseo saludar
cordialmente a toda la comunidad ciudadana, renovando a todos mi vivo
agradecimiento por la acogida que me han reservado. Prosiguiendo la reflexión
sobre el misterio eucarístico, corazón de la vida cristiana, hoy quisiera
ilustrar el vínculo entre la Eucaristía y la caridad. "Caridad" ―en
griego ágape, en latín caritas― no significa en primer lugar el
acto o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual, el amor de Dios que el
Espíritu Santo infunde en el corazón humano y que lo impulsa a entregarse a su
vez a Dios mismo y al prójimo (cf. Rm 5, 5). Toda la existencia terrena
de Jesús, desde su concepción hasta su muerte en la cruz, fue un único acto de
amor, hasta tal punto que podemos resumir nuestra fe con estas palabras: Iesus
Caritas, Jesús Amor. En la última Cena, sabiendo que "había llegado su
hora" (Jn 13, 1), el divino Maestro dio a sus discípulos el ejemplo
supremo de amor, lavándoles los pies, y les confió su más preciosa herencia, la
Eucaristía, en la que se concentra todo el misterio pascual, como escribió el
venerado Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia
de Eucharistia (cf. n. 5).
"Tomad, comed: este es mi cuerpo... Bebed de ella todos, porque
esta es mi sangre" (Mt 26, 26-28). Las palabras de Jesús en el
Cenáculo anticipan su muerte y manifiestan la conciencia con que la afrontó,
transformándola en el don de sí, en el acto de amor que se entrega totalmente.
En la Eucaristía, el Señor se entrega a nosotros con su cuerpo, su alma y su
divinidad, y nosotros llegamos a ser una sola cosa con él y entre nosotros. Por
eso, nuestra respuesta a su amor debe ser concreta, debe expresarse en una
auténtica conversión al amor, en el perdón, en la acogida recíproca y en la
atención a las necesidades de todos. Numerosas y múltiples son las formas del
servicio que podemos prestar al prójimo en la vida diaria, con un poco de
atención. Así, la Eucaristía se transforma en el manantial de la energía
espiritual que renueva nuestra vida de cada día y renueva así también el mundo
en el amor de Cristo.
Ejemplares testigos de este amor son los santos, que han sacado de la
Eucaristía la fuerza de una caridad activa y, a menudo, heroica. Pienso ahora
sobre todo en san Vicente de Paúl, cuya memoria litúrgica celebraremos pasado
mañana. San Vicente de Paúl dijo: "¡Qué alegría servir a la persona de
Jesucristo en sus miembros pobres!". Y lo hizo con toda su vida. Pienso
también en la beata madre Teresa, fundadora de las Misioneras de la Caridad,
que en los más pobres de entre los pobres amaba a Jesús, recibido y contemplado
cada día en la Hostia consagrada. Antes y más que todos los santos, la caridad
divina colmó el corazón de la Virgen María. Después de la Anunciación,
impulsada por Aquel que llevaba en su seno, la Madre del Verbo encarnado fue de
prisa a visitar y ayudar a su prima Isabel. Oremos para que todo cristiano,
alimentándose del Cuerpo y de la Sangre del Señor, crezca cada vez más en el
amor a Dios y en el servicio generoso a los hermanos.
DOMINGO 27. T.O.
Monición
de entrada.-
A
todos los que nos han bautizado Jesús nos ha pedido que le ayudemos.
Porque
Jesús quiere que le queramos a los demás como Él nos quiere.
Pero,
¿somos obedientes?
¿Decimos
que sí a Jesús pero después no le hacemos caso?
O
¿decimos que no a Jesús y después le hacemos caso?
Estas
son las preguntan que las lecturas nos hacen.
Señor, ten piedad.-
Porque nos distraemos cuando se leen las lecturas.
Señor, ten piedad.
Porque nos olvidamos enseguida de lo que hemos
escuchado. Cristo, ten piedad.
Porque no hacemos caso a tus palabras. Señor, ten
piedad.
Peticiones.-
Por el Papa León. Te lo pedimos, Señor.
Por la Iglesia para que sea obediente a tus
palabras. Te lo pedimos, Señor.
Por las personas, para que escuchen las palabras que
Dios nos dice. Te lo pedimos, Señor.
Por las niñas y los niños que empezaran el catecismo
y los Juniors. Te lo pedimos, Señor.
Por nosotros, para que seamos obedientes a Jesús. Te
lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-

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