domingo, 26 de julio de 2026

Nº 318. Domingo 19 T. O. 2 de agosto de 2026.


 Primera lectura.

Lectura del libro de Isaías 55, 1-3. 

Esto dice el Señor:

-Oíd sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche. ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David.

 

Textos paralelos.

 ¡Sedientos todos, id por agua!

Jn 4, 10: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.

Hacedme caso y comeréis bien.

Pr 9, 3-6: Ha despachado a sus criadas a pregonarlo / en los puntos que dominan la ciudad. / “El que sea inexperto, venga acá; el falto de juicio le quiero hablar. / Venid a comer de mis manjares / y a beber el vino que he mezclado; / dejad la inexperiencia y viviréis, / seguid derechos el camino de la prudencia.

Si 24, 19-22: Venid a mí los que me amáis, / y saciaros de mis frutos; / recordarme es más dulce que la miel, / poseerme es mejor que los panales. / El que me come tendrá más hambre, / el que me bebe tendrá más sed; / el que me escucha no fracasará, / el que me pone en práctica no pecará.

Jn 6, 35: Yo soy el pan de vida: el que acude a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed.

Haré con vosotros alianza eterna.

2 S 7, 12: Y cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, estableceré después de ti a una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y consolidaré mi reino.

Hch 13, 34: Y que lo ha resucitado para que nunca se someta a la corrupción está anunciado así: Os daré fielmente lo prometido a David.

 

Notas exegéticas.

55 Última exhortación a participar en los bienes de la nueva alianza y a convertirse mientras aún es tiempo. Los vv. 1-2 evocan la invitación al banquete de la Sabiduría.

55 3 Sobre esta alianza eterna que es también la nueva alianza ver Jr 31, 31. La evocación de las promesas hechas a David es única en el Deutero-Isaías que jamás piensa en una restauración de la monarquía.

 

Salmo responsorial

Sal 144, 8-9,15-18


R/. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

 

El Señor es clemente y misericordioso,

lento a la cólera y rico en piedad,

el Señor es bueno con todos,

es cariñoso con todas sus criaturas.  R/.

Los ojos de todos te están aguardando,

tú les das la comida a su tiempo;

abres tú la mano

y sacias de favores a todo viviente. R/.

 

El Señor es justo en todos sus caminos,

es bondadoso en todas sus acciones.

Cerca está el Señor de los que lo invocan,

de los que lo invocan sinceramente. R/.

 

 Textos paralelo.

Es Yahvé clemente y misericordioso.

Sal 103, 8: El Señor es compasivo y clemente, / paciente y misericordioso.

Bueno es Yahvé para con todos.

Sal 103, 13: Como un padre se enternece con sus hijos, así se enternece el Señor con sus fieles.

Sb 1, 13-14: Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. / Todo lo creó para que subsistiera: / las criaturas del mundo son saludables: / no hay en ellas veneno de muerte ni el abismo impera en la tierra.

Los ojos de todos te miran esperando.

Sal 104, 27-28: Todos ellos aguardan, / a que les eches comida a su tiempo; / se la echas y la atrapan, / abres la mano y se sacian de bienes.

Tu abres la mano y sacias.

Mt 6, 25: Por eso os recomiendo que no andéis angustiados por la comida y la bebida para conservar la vida o por el vestido para cubrir el cuerpo. ¿No vale más la vida que el sustento, el cuerpo más que el vestido?

Yahvé es justo cuando actúa.

Dt 32, 4: Él es la Roca, sus obras son perfectas, / sus caminos son justos.

Cerca está Yahvé de los que lo invocan.

Dt 4, 2: Pues, ¿qué nación grande tiene un dios tan cercano como está el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?

Jr 29, 12-13: Me invocaréis, vendréis a rezarme y yo os escucharé; me buscaréis y me encontraréis, si me buscáis de todo corazón.

Is 58, 9: Entonces clamarás al Señor, / y te responderá; / pedirás auxilio y te dirá: Aquí estoy. / Si destierras de ti los cepos, / y el señalar con el dedo, / y la maledicencia.

 

 Notas exegéticas.

145 Salmo “alfabético”, que toma prestados segmentos de otros salmos.

 

Segunda lectura.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 35.37-39.

Hermanos:

¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

 

Textos paralelos.

 En todo esto salimos más que vencedores.

2 Tm 3, 12: Y todos los que quieran vivir religiosamente como cristianos, sufrirán persecuciones.

Jn 16, 33: Os he dicho esto para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo pasaréis aflicción; pero tened ánimo, que yo he vencido al mundo.

Ni los principados, ni lo presente ni lo futuro.

Ef 1,21: Por encima de toda autoridad y potestad y poder y soberanía, y de cualquier título que se pronuncie en este mundo o en el venidero.

 

Notas exegéticas:

8 39 “Potestades”, “altura”, “profundidad” designan sin duda las fuerzas misteriosas del cosmos, más o menos hostiles al hombre, según la concepción de los antiguos.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 13-21.

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar Jesús, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:

-Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida.

Jesús les replicó:

-No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.

Ellos le replicaron:

Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.

Les dijo:

-Traédmelos.

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se lo dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

Textos paralelos.

// Mc 6, 31-44: “Vosotros venid aparte, a un paraje despoblado, a descansar un rato”. Pues los que iban y venían eran tantos, que no sacaban tiempo ni para comer. Así que se fueron solos en barca a un paraje despoblado. Pero muchos los vieron marcharse y cayeron en la cuenta. De todos los poblados fueron corriendo a pie hasta allá y se les adelantaron. Al desembarcar, vio una gran multitud y sintió lástima, porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas. Como se hacía tarde, los discípulos fueron a decirle: “El lugar es despoblado y la hora es avanzada: despídelos para que vayan a los campos y las aldeas del contorno a comprar qué comer”. Él les respondió: “Dadles vosotros de comer”. Replicaron: “¿Tenemos que ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”. Les contestó: “¿Cuántos panes tenéis? Id a ver”. Lo averiguaron y le dijeron: “Cinco y dos peces”. Ordenó que los hicieran recostarse en grupos sobre la hierba verde. Se sentaron en filas de cien y de cincuenta. Tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la vista al cielo, bendijo y partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los sirvieran; y repartió los peces entre todos. Comieron todos y quedaron satisfechos. Recogieron las sobras de los panes y los peces y llenaron doce cestos. Los que comieron eran cinco mil.

// Lc 9, 10-12: Los apóstoles volvieron y contaron cuanto habían hecho. Él los tomó aparte y se retiró por su cuenta a una ciudad llamada Betsaida. Pero la gente se enteró y los siguió. Él los acogió y les hablaba del reinado de Dios y curaba a los que lo necesitaban. Como caía la tarde, los doce se acercaron a decirle: “Despide a la gente para que vayan a las aldeas y los campos del contorno y busquen hospedaje y comida, pues aquí estamos en despoblado”. Les contestó: “Dadles vosotros de comer”. Replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces: a no ser que vayamos nosotros a comprar comida para toda esa gente”. Los varones eran unos cinco mil. Él dijo a los discípulos: “Hacedlos recostarse en grupos de cincuenta”. Así lo hicieron y se recostaron todos. Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, alzó la vista al cielo, los bendijo, los partió y se los fue dando a los discípulos, apra que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y quedaron satisfechos, y recogieron los trozos sobrantes en doce cestos.

// Jn 6, 1-13: Algún tiempo después pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea (el Tiberiades). Lo seguía una gran multitud, pues veían las señales que hacía con los enfermos. Jesús se retiró a un monte y allí se sentó con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Alzando la vista y viendo la multitud que acudía a él, Jesús dice a Felipe: “¿Dónde compraremos pan para que coman esos? (Lo decía para ponerlo a prueba, pues bien sabía él lo que iba a hacer). Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo”. Uno de los discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?”. Jesús dijo: “Hace que la gente se siente”. (Había hierba abundante en el lugar). Se sentaron. Los varones eran cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados: todo lo que querían. Cuando quedaron satisfechos, dice Jesús a sus discípulos: “Recoged las sobras para que no se desaproveche nada”. Las recogieron y, con los trozos de los cinco panes de cebada que habían sobrado a los comensales llenaron doce cestas. Cuando la gente vio la señal que había hecho, dijeron: “Este es el p

Cuando Jesús se enteró.

Mt 15, 32-38: Jesús llamó a los discípulos y les dijo: “Me da lastima esa multitud, pues llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan por el camino”. Le dijeron los discípulos: “¿Dónde podremos en despoblado proveernos de panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?”. Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis?”. Contestaron: “Siete y algunos pescaditos”. Él ordenó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y pescados, dio gracias, partió el pan y lo dio a los discípulos: estos se lo dieron a la multitud. Comieron todos hasta quedar satisfechos; y con los restos llenaron siete cestos. Los que habían comido eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños.

2 R 4, 42-44: Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en Alforja. Eliseo dijo: “Dáselos a la gente, que coman”. El criado replicó: “¿Qué hago yo con esto para cien personas”. Eliseo insistió: “Dáselos a la gente, que coma. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará”. Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.

Siguieron a pie desde los pueblos.

Mt 4, 12: Al enterarse de que Juan había sido arrestado, Jesús se retiró a Galilea.

Al desembarcar vio tanta gente, que sintió compasión.

Mt 9, 36: Viendo a la multitud, se conmovió por ellos, porque andaban maltrechos y postrados, como ovejas sin pastor.

Mt 15, 32: Jesús llamó a los discípulos y les dijo: “Me da lástima esa multitud, pues llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan por el camino”.

Curó a los enfermos.

Mt 8, 3: Él extendió la mano y le tocó diciendo: “Lo quiero, queda curado”. Al punto se curó de la lepra.

No tenemos aquí más que cinco panes.

2 R 4, 42 (LXX): Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja.

Mt 16, 9: ¿No acabáis de entender? ¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil y cuantos cestos sobraron?

El dijo: traédmelos aquí.

1 S 21, 4: Ahora dame cinco panes, si los tienes a mano, o lo que tengas.

Levantando los ojos al cielo.

Sal 123, 1:  Levanto los ojos a ti / que habitas en el cielo.

Jn 11, 41: Retiraron la piedra. Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: “Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado”.

Mt 17, 1: Seis días más tarde tomó Jesús a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada.

Los distribuyó a la gente.

Sal 78, 29: Comieron hasta hartarse / y les satisfizo su avidez.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

14 13 (a) Mientras que Lc y Jn no relatan más que una multiplicación de panes Mt y Mc refieren dos. Se trata sin duda de un duplicado, seguramente muy antiguo que presenta el mismo acontecimiento según dos tradiciones diferentes. La primera, más arcaica, de origen palestino, parece situar el suceso en la orilla occidental del lago y habla de doce canastos, cifra de las tribus de Israel y de los apóstoles. La segunda, que procedería de ambientes cristianos de origen pagano, sitúa el acontecimiento en la orilla oriental del lago y habla de siete espuertas, cifra de las naciones de Canaán y de los diáconos helenistas. Las dos tradiciones describen el suceso a la luz de precedentes veterotestamentarios, en particular la multiplicación de aceite y de pan por Eliseo y el episodio del maná y de las codornices, Ex 16, Nm 11. Reanudando con un poder todavía superior estos repartos gratuitos de alimentos celestes, el gesto de Jesús fue entendido desde la más antigua tradición como una preparación del alimento escatológico por excelencia, la Eucaristía. Es lo que subraya la presentación literaria de los Sinópticos: comparar Mt 14 con el discurso sobre el pan de vida.

14 13 (b) Nada obliga a pensar en la orilla oriental del lago. Jesús ha podido atravesar de norte a sur y de sur a norte rodeando la costa occidental, y llegar así a “la otra orilla” de la ensenada que forma esta costa.

14 13 (c) Siguiendo por la orilla a la barca que navegaba mar adentro.

14 14 Según Mt Jesús ni “se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6, 34) ni “les hablaba del Reino de Dios” (Lc 9, 11). Con más claridad que Lc 7, sobre todo, que Mc Jesús se dedica en adelante a la formación de quienes le siguen.

14 19 Menos que Jn, pero más que Lc y, sobre todo, que Mc. Mt ofrece un relato calcado del de la institución de la eucaristía (Mt 26, 26).

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

19 El texto griego está construido a base de oraciones subordinadas de participio (“habiendo mandado”, “habiendo tomado”, “habiendo alzado”, “habiendo partido”), de modo que resaltan especialmente en indicativo los dos verbos importantes: rezó la bendición… y dio.

AQUEL GENTÍO: lit. las (artículo con valor demostrativo) muchedumbres.

21 HOMBRES: lit. varones.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé.

14, 13-21 El milagro de Cristo de dar a comer a cinco mil personas vaticina las innumerables personas que pueden recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía. Incluso las palabras utilizadas: “bendición…partió…dio” se parecen a las que empleó en la última Cena (Mt 26, 26). La multitud que recibió los panes de los apóstoles representa el nuevo pueblo de Dios, que recibe la Eucaristía de los sucesores de los apóstoles. Cat. 1329, 1335.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

1329 Banquete del Señor [la Eucaristía] porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de la pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero en la Jerusalén celestial.

1335 Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía. El signo del agua convertida en vino en Caná anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo convertido en Sangre de Cristo.

 

Concilio Vaticano II

[Los presbíteros] han de reunirse gustos y alegres, incluso para relajar sus ánimos, recordando las palabras con que el Señor mismo invitaba a sus Apóstoles cansados: “Venid, vosotros solos, a un lugar desierto, y descansad un poco” (Mc 6, 31).

Decreto Presbyterorum ordinis, 8.

 

Los Santos Padres.

“No tenemos más que cinco panes y dos peces”. De ahí que Marcos advierta que los discípulos no entendieron lo que el Señor les dijo, pues su corazón estaba endurecido.

Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 49. Ib, pg. 28.

Ellos respondieron que solo tenían cinco panes y dos peces, porque se encontraban todavía bajo el imperio de los cinco libros de la Ley  - los cinco panes – y se alimentaban de la enseñanza de dos peces, es decir, de los profetas y de Juan. En las obras de la Ley la vida estaba como en el pan, y en la predicación de los profetas y de Juan reanimaba la esperanza de la vida humana mediante la fuerza del agua.

Hilario de Poitiers, Sobre el Evangelio de Mateo, 14, 10. Ib, pg. 29.

Tomando consigo los panes y los peces, el Señor elevó los ojos al cielo, los bendijo y los partió, a la vez que daba gracias al Padre porque, después del tiempo de la Ley y de los profetas, Él se transformó en alimento evangélico.

Hilario de Poitiers, Sobre el Evangelio de Mateo, 14, 11. 1b, pg. 30.

Si hizo que sobraran dos canastos de pedazos, fue porque quería que hasta Judas se llevara el suyo. Podía muy bien el Señor haber hecho que las gentes sintieran el hambre; pero sus discípulos no se hubieran dado cuenta de su poder, pues eso mismo había sucedido con Elías.

Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Mateo, 49, 3. 1b, pg. 31.

 

San Jerónimo.

13 Acertadamente el evangelista no dice: huyó a un lugar desierto sino se retiró, más para evitar a sus perseguidores que por miedo a ellos.

Las gentes lo siguieron a pie, no sobre asnos, no sobre vehículos diversos, sino caminando esforzadamente para mostrar el ardor de su corazón.

14 Jesús desembarca; esto significa que las multitudes tenían la voluntad de ir a él pero no tenían fuerzas para llegar. Por eso el Salvador sale de su lugar y va hacia ellas, como en otra parábola va al encuentro del hijo arrepentido. Al ver a la multitud tiene compasión de ella y cura sus enfermedades para que su fe plena obtenga enseguida la recompensa.

15 Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo,… Todo esto está lleno de misterios. Se retira de Judea, va a un lugar desierto, lo siguen las multitudes dejando sus ciudades. Jesús sale a su encuentro, se apiada de ellas, cura a sus enfermos. Esto lo hace no por la mañana ni un poco más tarde, ni al mediodía sino por la tarde cuando se pone el sol de justicia.

16 Dadles vosotros de comer. No necesitan buscar alimentos diversos, comprar panes desconocidos, porque tienen consigo al pan celestial.

17 Aquí hay un muchacho. Pienso que este muchacho significa Moisés; en los dos peces vemos los dos testamentos, o bien el número par se refiere a la ley. Antes de la pasión del Salvador y del resplandor fulgurante del Evangelio los apóstoles no tenían sino cinco panes y dos pececitos que vivían en aguas saladas y olas amargas.

19 Levanta los ojos al cielo para enseñarnos a dirigir hacia allí nuestra mirada. Cuando el Señor parte los panes abundan los alimentos. En efecto, si hubieran permanecidos enteros, si no hubieran sido cortados en trozos ni divididos en cosecha multiplicada no hubieran podido alimentar a las gentes, los niños, las mujeres, a una multitud tan grande. Por eso la Ley con los profetas es fraccionada en trozos y son anunciados los misterios que contiene para que lo que estaba íntegro y en su primer estado no alimentaba, dividido en partas, alimente a la multitud de los pueblos.

 

San Agustín.

Al exponeros la Sagrada Escritura, actúo como si partiese el pan para vosotros. Vosotros, hambrientos, recibidlo y eructad la hartura con la alabanza del corazón. Y quienes tenéis banquetes de ricos, no seáis débiles en buenas obras y acciones. Lo que os sirvo a vosotros, no es mío; de lo que coméis, de eso como; de lo que vivís, de eso vivo. En el cielo tenemos nuestra común despensa; de ahí proceda la palabra de Dios.

Los siete panes significan la septiforme operación del Espíritu Santo; los cuatro mil hombres, la Iglesia constituida sobre los cuatro evangelios; los siete canastos de restos, la perfección de la Iglesia.

Ciertamente con siete panes se saciaron cuatro mil hombres. ¿Hay cosa más maravillosa? Y con todo, hubiese sido poco, si no se hubiesen llenado también siete canastas con los restos. ¡Grandes misterios! Con su mismo convertirse en realidad estaban hablando. Aquellos hechos, si los comprendes, son palabras. También vosotros estáis entre los cuatro mil, puesto que vivís bajo el cuádruple evangelio.

Sermón 95. II, pg. 1116-1117.

 

San Juan de Ávila.

Quien está con el Pan de vida no tiene necesidad de ir a otra parte a buscar de comer. […] Estas son las obras del Señor. Donde no hay pan, dar pan, y donde hay poco, hacer mucho.

Obras completas III. Sermones. Domingo IV después de Cuaresma. Pgs. 166-167.

 

Papa León XIV. Angelus. 26 de julio de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el centro de la enseñanza de Jesús se encuentra el misterio del Reino de Dios, que el Evangelio de hoy compara con una perla y un tesoro (cf. Mt 13,44-52). Las parábolas dan a entender la sorpresa de quien encuentra lo que ni siquiera podía esperar, hasta el punto de que vender o dejar todo ya no parece una renuncia, sino una ganancia. De hecho, desde las primeras páginas, los evangelistas describen el llamado de Jesús a seguirlo como algo irresistible: libre, sin duda, pero urgente y capaz de suscitar una respuesta inmediata y movida por el deseo. Este es un primer aspecto importante de la forma en que Dios está cerca y se deja encontrar: el encuentro con su Reino es un punto de inflexión que no limita, sino que amplía la vida. Si algo debe cambiar ahora, es para tener más posibilidades, no menos.    

Hay un segundo aspecto al que Jesús parece darle mucha importancia: quien encuentra el tesoro escondido en el campo es probablemente un campesino; la perla, en cambio, es reconocida como de gran valor por un comerciante, tal vez un viajero. Le siguen otras dos parábolas en las que los protagonistas son pescadores y un escriba experto en cosas antiguas y nuevas. Hay otras, además, en las que el Reino se deja vislumbrar en una mujer que amasa la harina, en otra que ordena la casa, en un rey que planea la guerra, en un hombre que diseña una torre, en administradores que gestionan pagos o inversiones, en pastores y agricultores. En resumen, el Reino de Dios revela su inestimable belleza de diversas maneras, pero llama a todos —hombres y mujeres, jóvenes y adultos mayores, pobres y ricos— a una profunda renovación. Todos pueden comprenderlo y se sienten atraídos por él.

Incluso hoy, la Iglesia es una comunión de personas diferentes en cuanto a origen, cultura, habilidades y nivel de responsabilidad, pero todas llamadas a reconocerse como “uno” en Jesucristo: Él es el tesoro escondido, la perla preciosa, la red que recoge al que está disperso. Desde el principio, de hecho, Jesús llamó y reunió a su alrededor a personas que, de otra manera, nunca se habrían conocido. Así fue precisamente como demostró que Dios no hace distinción de personas y que su elección es una predilección preferencial por los pequeños y los descartados.

Hermanos y hermanas, no nos queda más que pedir un don, el mismo que pidió el joven rey Salomón (cf. 1 R 3,5.7-12). Es el don de identificar la perla de gran valor, de saber reconocer el tesoro por el que vale la pena venderlo todo. Mientras que la industria del consumo nos altera el gusto, creando siempre nuevas necesidades para luego vendernos respuestas que no sacian y, a veces, envenenan el corazón, debemos aprender a captar lo que realmente importa: el tesoro de la relación con Dios, que nos abre a la alegría y nos ayuda a vivir mejor las relaciones entre nosotros.

La intercesión de María, Sede de la Sabiduría, oriente hacia Jesús nuestro deseo de vida, para que se realice en plenitud.

 

Papa Francisco. Angelus. 6 de agosto de 2023.

Queridos hermanos y hermanas:

Una palabra ha resonado muchas veces en estos días, y es: "gracias", mejor dicho, "obrigado". Es hermoso lo que el Patriarca de Lisboa nos acaba de explicar, que obrigado no sólo expresa la gratitud por lo que se ha recibido, sino también el deseo de corresponder al bien. En este acontecimiento de gracia, todos nosotros hemos recibido, y ahora, que nos preparamos para regresar a casa, el Señor nos hace sentir la necesidad de compartir también con los otros, testimoniando con alegría la gratuidad de Dios y lo que Dios puso en nuestros corazones.

Sin embargo, antes de despedirnos yo también quiero decir obrigado. En primer lugar, al Cardenal Clemente, y con él a la Iglesia y a todo el pueblo portugués: obrigado. Obrigado al señor Presidente, que nos ha acompañado en los eventos de estos días; obrigado a las instituciones nacionales y locales por el apoyo y la asistencia que nos han brindado; obrigado a los obispos, sacerdotes, consagrados y laicos; y obrigado a ti, Lisboa, que permanecerás en la memoria de estos jóvenes como "casa de fraternidad" y "ciudad de los sueños". Expreso también mi gratitud al Cardenal Farrell —que ha rejuvenecido en estas Jornadas— y a quienes han preparado estas Jornadas, así como a cuantos las han acompañado con la oración. ¡Obrigado a los voluntarios, a ellos este aplauso de corazón por su gran servicio! Y un agradecimiento especial a quienes desde el cielo han velado por la JMJ, es decir, a los santos patronos del evento, y a uno en particular: a Juan Pablo II, que dio vida a las Jornadas Mundiales de la Juventud.

¡Y obrigado a todos ustedes, queridos jóvenes! Dios ve todo lo bueno que ustedes son, y sólo Él conoce lo que ha sembrado en sus corazones. Ustedes se van de aquí con lo que Dios sembró en el corazón, háganlo crecer, cuídenlo con esmero. Quisiera hacerles una recomendación: mantengan presentes en su mente y en su corazón los momentos más hermosos. Para que así, cuando lleguen los momentos de cansancio y de desánimo —que son inevitables—, y tal vez la tentación de dejar de caminar o encerrarse en ustedes mismos, con el recuerdo reaviven las experiencias y la gracia de estos días, porque ―no lo olviden nunca― esta es la realidad, esto son ustedes: ¡el santo Pueblo fiel de Dios que camina con la alegría del Evangelio! Me gustaría también enviar un saludo a los jóvenes que no han podido estar aquí presentes, pero que han participado en las iniciativas organizadas por sus países, por las Conferencias episcopales, por las Diócesis; y pienso, por ejemplo, en los hermanos y hermanas subsaharianos reunidos en Tánger. A todos gracias, gracias.

Y de manera particular, acompañamos con el afecto y la oración a quienes no han podido venir a causa de conflictos y guerras. En el mundo son muchas las guerras, son muchos los conflictos. Pensando en este continente, siento un gran dolor por la querida Ucrania, que sigue sufriendo tanto. Amigos, permítanme también yo, ya viejo, comparta con ustedes, jóvenes, un sueño que llevo en el corazón: el sueño de la paz, el sueño de los jóvenes que rezan por la paz, viven en paz y construyen un futuro de paz. Por medio del Ángelus pongamos el futuro de la humanidad en manos de María, Reina de la Paz. Y hay un último obrigado que quisiera subrayar al final: obrigado a nuestras raíces, a nuestros abuelos, que nos trasmitieron la fe, que nos trasmitieron el horizonte de una vida. Son nuestras raíces. Y de regreso a casa, sigan rezando por la paz. Ustedes son un signo de paz para el mundo, un testimonio de cómo las diversas nacionalidades, las lenguas y las historias pueden unir en lugar de dividir. Ustedes son esperanza para un mundo diferente. Gracias. ¡Sigan adelante!

Y al final, hay un momento que todos esperan: el anuncio de la próxima etapa del camino. Pero antes de decirles cuál será la sede de la cuadragésima primera Jornada Mundial de la Juventud, quisiera hacerles una invitación. Doy cita a los jóvenes de todo el mundo para el 2025, en Roma, ¡para celebrar juntos el Jubileo de los Jóvenes! Y los espero aquí el 25 para celebrar juntos el Jubileo de los Jóvenes. Y la próxima Jornada Mundial de la Juventud tendrá lugar en Asia: ¡será en Corea del Sur, en Seúl! Y así, en el 2027, desde la frontera occidental de Europa se trasladará al Lejano Oriente: ¡este es un hermoso signo de la universalidad de la Iglesia y del sueño de unidad del que ustedes son testigos!

Y finalmente un último obrigado, se lo dirigimos a dos personas especiales, a dos protagonistas principales de este encuentro. Ellos estuvieron aquí con nosotros, y siguen estando siempre con nosotros; nunca pierden de vista nuestras vidas, aman nuestras vidas como ninguno podría hacerlo. Obrigado a Ti, Señor Jesús. Obrigado a ti, María, Madre nuestra; y ahora recemos.

 

Papa Francisco. Angelus. 2 de agosto de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes (cfr Mt 14,13-21). La escena se desarrolla en un lugar desierto, donde Jesús se había retirado con sus discípulos. Pero la gente lo alcanza para escucharlo y hacerse curar: sus palabras y sus gestos sanan y dan esperanza. Al caer el sol, la multitud está todavía allí, y los discípulos, hombres prácticos, invitan a Jesús a despedirse de ellos para que puedan ir a buscar comida. Pero Él responde: «Dadles vosotros de comer» (v. 16). ¡Imaginamos las caras de los discípulos! Jesús sabe bien lo que va a hacer, pero quiere cambiar la actitud de ellos: no decir “despídete, que se las arreglen, que encuentren ellos algo de comer”, no, sino “¿qué nos ofrece la Providencia para compartir?”. Dos actitudes contrarias. Y Jesús quiere llevarles a la segunda actitud, porque la primera propuesta es la propuesta de un hombre práctico, pero no generosa: “despídete, que vayan a encontrar, que se las arreglen”. Jesús piensa de otra manera. Jesús, a través de esta situación, quiere educar a sus amigos de ayer y de hoy en la lógica de Dios. ¿Y cuál es la lógica de Dios que vemos aquí? La lógica del hacerse cargo del otro. La lógica de no lavarse las manos, la lógica de no mirar a otro lado. La lógica del hacerse cargo del otro. El “que se las arreglen” no entra en el vocabulario cristiano.

Apenas uno de los Doce dice, con realismo: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces», Jesús responde: «Traédmelos acá» (vv. 17-18). Toma esa comida entre sus manos, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición e inicia a partir y a dar las porciones a los discípulos para distribuirlas. Y esos panes y esos peces no terminan, basta y sobra para miles de personas.

Con ese gesto Jesús manifiesta su poder, pero no de forma espectacular, sino como señal de la caridad, de la generosidad de Dios Padre hacia sus hijos cansados y necesitados. Él está inmerso en la vida de su pueblo, comprende los cansancios, comprende los límites, pero no deja que ninguno se pierda o falte: nutre con su Palabra y dona alimento abundante para el sustento.

En este pasaje evangélico se percibe también la referencia a la Eucaristía, sobre todo donde describe la bendición, la fracción del pan, la entrega a los discípulos, la distribución a la gente (v. 19). Y cabe señalar el vínculo estrecho entre el pan eucarístico, alimento para la vida eterna, y el pan cotidiano, necesario para la vida terrena. Antes de ofrecerse a sí mismo al Padre como Pan de salvación, Jesús se preocupa por el alimento para aquellos que lo siguen y que, por estar con Él, se han olvidado de hacer provisiones. A veces se contrapone espíritu y materia, pero en realidad el espiritualismo, como el materialismo, es ajeno a la Biblia. No es un lenguaje de la Biblia.

La compasión, la ternura que Jesús ha mostrado respecto a la multitud no es sentimentalismo, sino la manifestación concreta del amor que se hace cargo de las necesidades de las personas. Y nosotros estamos llamados a acercarnos a la celebración eucarística con estas mismas actitudes de Jesús: en primer lugar compasión de las necesidades de los otros. Esta palabra que se repite en el Evangelio cuando Jesús ve un problema, una enfermedad o esta gente sin comida. “Tuvo compasión”. Compasión no es un sentimiento puramente material; la verdadera compasión es padecer con, tomar sobre nosotros los dolores de los otros. Quizá nos hará bien hoy preguntarnos: ¿yo tengo compasión? Cuando leo las noticias de las guerras, del hambre, de las pandemias, tantas cosas, ¿tengo compasión de esa gente? ¿Yo tengo compasión de la gente que está cerca de mí? ¿Soy capaz de padecer con ellos, o miro a otro lado o digo “que se las arreglen”? No olvidar esta palabra “compasión”, que es confianza en el amor providente del Padre y significa valiente compartir.

María Santísima nos ayude a recorrer el camino que el Señor nos indica en el Evangelio de hoy. Es el recorrido de la fraternidad, que es esencial para afrontar las pobrezas y los sufrimientos de este mundo, especialmente en este momento grave, y que nos proyecta más allá del mundo mismo, porque es un camino que inicia en Dios y a Dios vuelve.

 

Papa Francisco. Angelus. 6 de agosto de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo, la liturgia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. La página evangélica de hoy cuenta que los apóstoles Pedro, Santiago y Juan fueron testigos de este suceso extraordinario. Jesús les tomó consigo «y los lleva aparte, a un monte alto» (Mateo 17, 1) y, mientras rezaba, su rostro cambió de aspecto, brillando como el sol, y sus ropas se convirtieron en cándidas como la luz. Aparecieron entonces Moisés y Elías, y empezaron a hablar con Él. En ese momento, Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es que estemos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías» (v. 4). Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió.

El evento de la Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza —así seremos nosotros, con Él—: nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de los hermanos.

La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el tiempo estivo es momento providencial para acrecentar nuestro esfuerzo de búsqueda y de encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están libres de compromisos escolares y muchas familias se van de vacaciones; es importante que en el periodo de descanso y desconexión de las ocupaciones cotidianas, se puedan restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando el camino espiritual.

Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El redescubrimiento cada vez más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos lleva a «bajar del monte», cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos, especialmente para quien sufre, para los que se encuentran en soledad y abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que, en distintas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia. En la Transfiguración se oye la voz del Padre celeste que dice: «Este es mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5). Miremos a María, la Virgen de la escucha, siempre preparada a acoger y custodiar en el corazón cada palabra del Hijo divino (cf. Lucas 1, 51). Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida. A Ella encomendamos las vacaciones de todos, para que sean serenas y provechosas, pero sobre todo el verano de los que no pueden tener vacaciones porque se lo impide la edad, por motivos de salud o de trabajo, las limitaciones económicas u otros problemas, para que aun así sea un tiempo de distensión, animado por las amistades y momentos felices.

 

Papa Francisco. Angelus. 3 de agosto de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este domingo el Evangelio nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y los peces (Mt 14, 13-21). Jesús lo realizó en el lago de Galilea, en un sitio aislado donde se había retirado con sus discípulos tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista. Pero muchas personas lo siguieron y lo encontraron; y Jesús, al verlas, sintió compasión y curó a los enfermos hasta la noche. Los discípulos, preocupados por la hora avanzada, le sugirieron que despidiese a la multitud para que pudiesen ir a los poblados a comprar algo para comer. Pero Jesús, tranquilamente, respondió: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16); y haciendo que le acercasen cinco panes y dos peces, los bendijo, y comenzó a repartirlos y a darlos a los discípulos, que los distribuían a la gente. Todos comieron hasta saciarse e incluso sobró.

En este hecho podemos percibir tres mensajes. El primero es la compasión. Ante la multitud que lo seguía y —por decirlo así— «no lo dejaba en paz», Jesús no reacciona con irritación, no dice: «Esta gente me molesta». No, no. Sino que reacciona con un sentimiento de compasión, porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero estemos atentos: compasión —lo que siente Jesús— no es sencillamente sentir piedad; ¡es algo más! Significa com-patir, es decir, identificarse con el sufrimiento de los demás, hasta el punto de cargarla sobre sí. Así es Jesús: sufre junto con nosotros, sufre con nosotros, sufre por nosotros. Y la señal de esta compasión son las numerosas curaciones que hizo. Jesús nos enseña a anteponer las necesidades de los pobres a las nuestras. Nuestras exigencias, incluso siendo legítimas, no serán nunca tan urgentes como las de los pobres, que no tienen lo necesario para vivir. Nosotros hablamos a menudo de los pobres. Pero cuando hablamos de los pobres, ¿nos damos cuenta de que ese hombre, esa mujer, esos niños no tienen lo necesario para vivir? Que no tienen para comer, no tienen para vestirse, no tienen la posibilidad de tener medicinas... Incluso que los niños no tienen la posibilidad de ir a la escuela. Por ello, nuestras exigencias, incluso siendo legítimas, no serán nunca tan urgentes como las de los pobres que no tienen lo necesario para vivir.

El segundo mensaje es el compartir. El primero es la compasión, lo que sentía Jesús, el segundo es el compartir. Es útil confrontar la reacción de los discípulos, ante la gente cansada y hambrienta, con la de Jesús. Son distintas. Los discípulos piensan que es mejor despedirla, para que puedan ir a buscar el alimento. Jesús, en cambio, dice: dadles vosotros de comer. Dos reacciones distintas, que reflejan dos lógicas opuestas: los discípulos razonan según el mundo, para el cual cada uno debe pensar en sí mismo; razonan como si dijesen: «Arreglaos vosotros mismos». Jesús razona según la lógica de Dios, que es la de compartir. Cuántas veces nosotros miramos hacia otra parte para no ver a los hermanos necesitados. Y este mirar hacia otra parte es un modo educado de decir, con guante blanco, «arreglaos solos». Y esto no es de Jesús: esto es egoísmo. Si hubiese despedido a la multitud, muchas personas hubiesen quedado sin comer. En cambio, esos pocos panes y peces, compartidos y bendecidos por Dios, fueron suficientes para todos. ¡Y atención! No es magia, es un «signo»: un signo que invita a tener fe en Dios, Padre providente, quien no hace faltar «nuestro pan de cada día», si nosotros sabemos compartirlo como hermanos.

Compasión, compartir. Y el tercer mensaje: el prodigio de los panes prenuncia la Eucaristía. Se lo ve en el gesto de Jesús que «lo bendijo» (v. 19) antes de partir los panes y distribuirlos a la gente. Es el mismo gesto que Jesús realizará en la última Cena, cuando instituirá el memorial perpetuo de su Sacrificio redentor. En la Eucaristía Jesús no da un pan, sino el pan de vida eterna, se dona a Sí mismo, entregándose al Padre por amor a nosotros. Y nosotros tenemos que ir a la Eucaristía con estos sentimientos de Jesús, es decir, la compasión y la voluntad de compartir. Quien va a la Eucaristía sin tener compasión hacia los necesitados y sin compartir, no está bien con Jesús.

Compasión, compartir, Eucaristía. Este es el camino que Jesús nos indica en este Evangelio. Un camino que nos conduce a afrontar con fraternidad las necesidades de este mundo, pero que nos conduce más allá de este mundo, porque parte de Dios Padre y vuelve a Él. Que la Virgen María, Madre de la divina Providencia, nos acompañe en este camino.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 31 de julio de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo describe el milagro de la multiplicación de los panes, que Jesús realiza para una multitud de personas que lo seguían para escucharlo y ser curados de diversas enfermedades (cf. Mt 14, 14). Al atardecer, los discípulos sugieren a Jesús que despida a la multitud, para que puedan ir a comer. Pero el Señor tiene en mente otra cosa: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16). Ellos, sin embargo, no tienen «más que cinco panes y dos peces». Jesús entonces realiza un gesto que hace pensar en el sacramento de la Eucaristía: «Alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14, 19). El milagro consiste en compartir fraternamente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento.

En este signo prodigioso se entrelazan la encarnación de Dios y la obra de la redención. Jesús, de hecho, «baja» de la barca para encontrar a los hombres. San Máximo el Confesor afirma que el Verbo de Dios «se dignó, por amor nuestro, hacerse presente en la carne, derivada de nosotros y conforme a nosotros, menos en el pecado, y exponernos la enseñanza con palabras y ejemplos convenientes a nosotros» (Ambiguum 33: PG 91, 1285 C). El Señor nos da aquí un ejemplo elocuente de su compasión hacia la gente. Esto nos lleva a pensar en tantos hermanos y hermanas que en estos días, en el Cuerno de África, sufren las dramáticas consecuencias de la carestía, agravadas por la guerra y por la falta de instituciones sólidas. Cristo está atento a la necesidad material, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre «tiene hambre de algo más, necesita algo más» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 315). En el pan de Cristo está presente el amor de Dios; en el encuentro con él «nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el “pan del cielo”» (ib., p. 316). Queridos amigos, «en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo» (Sacramentum caritatis, 88). Nos lo testimonia también san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, de quien hoy la Iglesia hace memoria. En efecto, Ignacio eligió vivir «buscando a Dios en todas las cosas, y amándolo en todas las criaturas» (cf. Constituciones de la Compañía de Jesús, III, 1, 26). Confiemos a la Virgen María nuestra oración, para que abra nuestro corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 3 de agosto de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

Os doy una cordial bienvenida a todos. Quiero dirigir unas palabras de agradecimiento en primer lugar a usted, querido obispo Egger, que ha hecho posible esta fiesta de fe. Gracias a usted he podido volver una vez más a mi pasado, proyectando al mismo tiempo mi futuro. Una vez más puedo pasar mis vacaciones en la hermosa Bressanone, esta tierra donde el arte, la cultura y la bondad de la gente están muy unidas. Le doy gracias por todo esto.

Naturalmente, doy las gracias a todos los que, juntamente con usted, han contribuido a hacer que yo pueda pasar aquí días de paz y serenidad. Doy las gracias a todos los que han organizado esta fiesta. Agradezco de corazón a las autoridades de la ciudad, de la región y del Estado lo que han hecho para organizarla; a los voluntarios que han prestado su ayuda; a los médicos; a las numerosas personas que han colaborado, y en particular a las fuerzas del orden. A todos doy las gracias por su colaboración. Seguramente he olvidado a algunas personas. Que el Señor os recompense a todos. A todos os encomiendo en mi oración, que es el único modo que tengo para agradeceros. Doy las gracias sobre todo a Dios, que nos ha dado esta tierra y que nos ha regalado también este domingo inundado de sol.

Así hemos llegado a la liturgia del día. La primera lectura nos recuerda que las cosas más grandes de nuestra vida no pueden ser adquiridas ni pagadas, porque las cosas más importantes y elementales de nuestra vida sólo pueden ser un regalo: el sol y su luz, el aire que respiramos, el agua, la belleza de la tierra, el amor, la amistad, la vida misma. Todos estos bienes esenciales y centrales no podemos comprarlos, sino que los recibimos como regalo.

La segunda lectura añade que eso significa que también hay cosas que nadie nos puede quitar, que ninguna dictadura, ninguna fuerza destructora nos puede robar. Nadie nos puede quitar el ser amados por Dios, que en Cristo nos conoce y ama a cada uno; y, mientras tengamos esto, no somos pobres, sino ricos.

El evangelio añade un tercer paso. Si de Dios recibimos dones tan grandes, también nosotros debemos dar: en ámbito espiritual debemos dar bondad, amistad y amor. Pero también debemos dar en el ámbito material. El evangelio habla de compartir el pan. Estas dos cosas deben penetrar hoy en nuestra alma. Debemos dar, porque también nosotros hemos recibido. Debemos transmitir a los demás el don de la bondad, del amor y de la amistad. A la vez, a todos los que necesitan de nosotros y a los que podemos ayudar, debemos darles también dones materiales, haciendo así que la tierra sea más humana, es decir, más cercana a Dios.

Ahora, queridos amigos, os invito a recordar con afecto filial, juntamente conmigo, al siervo de Dios Papa Pablo VI, de cuya muerte dentro de tres días conmemoraremos el trigésimo aniversario. En efecto, la tarde del 6 de agosto de 1978 entregó su alma a Dios. Era la tarde de la fiesta de la Transfiguración de Jesús, misterio de luz divina que siempre ejerció una gran fascinación sobre su espíritu. Como Pastor supremo de la Iglesia, Pablo VI guió al pueblo de Dios a la contemplación del rostro de Cristo, Redentor del hombre y Señor de la historia.

Precisamente la amorosa orientación de la mente y del corazón hacia Cristo fue uno de los ejes del concilio Vaticano II, una actitud fundamental que mi venerado predecesor Juan Pablo II heredó e impulsó con el gran jubileo del año 2000. En el centro de todo está siempre Cristo: en el centro de las Escrituras y de la Tradición; en el corazón de la Iglesia, del mundo y de todo el universo.

La divina Providencia llamó a Giovanni Battista Montini de la cátedra de Milán a la de Roma en el momento más delicado del Concilio, cuando la intuición del beato Juan XXIII corría el peligro de no tomar forma. ¡Cómo no dar gracias al Señor por su fecunda y valiente actividad pastoral! A medida que nuestra mirada retrospectiva se hace más amplia y consciente, resulta cada vez más grande, me atrevería a decir más sobrehumano, el mérito de Pablo VI al presidir la asamblea conciliar, al llevarla felizmente a término y al gobernar la agitada fase del posconcilio.

En realidad, podríamos decir, con el apóstol san Pablo, que la gracia de Dios en él "no fue vana" (cf. 1 Co 15, 10). Hizo fructificar sus notables dotes de inteligencia y su amor apasionado a la Iglesia y al hombre. A la vez que damos gracias a Dios por el don de este gran Papa, nos comprometemos a sacar provecho del tesoro de sus enseñanzas.

En el último período del Concilio, Pablo VI quiso rendir un homenaje especial a la Madre de Dios y la proclamó solemnemente "Madre de la Iglesia". A ella, la Madre de Cristo, nos dirigimos ahora con la plegaria del Ángelus.

 

Papa Benedicto XVI. Angelus. 7 de agosto de 2005.

Queridos hermanos y hermanas: 

Miles de jóvenes están a punto de partir, o ya están de viaje, hacia Colonia para la XX Jornada mundial de la juventud, que tiene como tema "Hemos venido a adorarlo" (Mt 2, 2).

Se puede decir que toda la Iglesia se ha movilizado espiritualmente para vivir este acontecimiento extraordinario, contemplando a los Magos como modelos singulares de buscadores de Cristo, para arrodillarse ante él en adoración. Pero ¿qué significa "adorar"? ¿Se trata, quizá, de una actitud de otros tiempos, sin sentido para el hombre contemporáneo? No; una oración muy conocida, que muchos rezan por la mañana y por la noche, comienza precisamente con estas palabras: "Te adoro, Dios mío, te amo con todo mi corazón". Al amanecer y al atardecer, el creyente renueva cada día su "adoración", es decir, su reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que brota desde lo más hondo del corazón y abarca todo el ser, porque el hombre sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de todas las cosas.

Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en quien, como afirma san Pablo, "reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). Una experiencia análoga, en cierto sentido, es la de los discípulos Pedro, Santiago y Juan —lo recuerda la fiesta de la Transfiguración, que celebramos precisamente ayer— a los que Jesús en el monte Tabor reveló su gloria divina, anunciando la victoria definitiva sobre la muerte.

Además, en la Pascua Cristo crucificado y resucitado manifestará plenamente su divinidad, ofreciendo a todos los hombres el don de su amor redentor. Los santos acogieron este don y llegaron a ser verdaderos adoradores del Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de su vida. Con el próximo encuentro de Colonia, la Iglesia quiere volver a proponer a todos los jóvenes del tercer milenio esta santidad, cumbre del amor.

¿Quién mejor que María puede acompañarnos en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que ella puede enseñarnos a adorar a Cristo? Que ella ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con entrega total.

 

DOMINGO 19 T. O.

 

Monición de entrada.-

No es fácil ser amigos de Jesús.

Porque ser amigos de Jesús es una aventura.

Y a veces, como pasa cuando hacemos una caminata muy larga, nos cansamos y desanimamos.

Pero Él nos dice lo mismo que dijo a los apóstoles:

No tengáis miedo.

 

 Señor, ten piedad.-

Tú eres el Salvador. Señor, ten piedad.

Tú eres el Mesías.  Cristo, ten piedad.

Tú eres el Hijo de Dios. Señor, ten piedad.

 

 Peticiones.-

Por el Papa León y a nuestro obispo Enrique, para que cuando están cansados les ayudes. Te lo pedimos, Señor.

Por la Iglesia, que en los días del Concilio volvió a las fuentes, para que tenga el mismo ánimo que en los días del Concilio.  Te lo pedimos, Señor.

Por los pescadores, para que cuando haya tormenta les ayudes. Te lo pedimos, Señor.

Por los que tienen miedo a ser amigos tuyos, para que confíen en ti. Te lo pedimos, Señor.

Por los campamentos que este verano se están haciendo en los Juniors y las parroquias, para que estes en el corazón de los acampados. Te lo pedimos, Señor.

Por nosotros, para que no tengamos miedo a ser cada vez más amigos tuyos. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias los campamentos y las fiestas de las calles y pueblos, gracias por estar en ellos y ayudarnos a no tener miedo a ser amigos de tu Hijo Jesús.

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