Primera lectura.
Lectura del libro de Isaías 55, 1-3.
Esto dice el Señor:
-Oíd sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no
tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde,
vino y leche. ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo
que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos
sustanciosos. Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré
con vosotros una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David.
Textos
paralelos.
¡Sedientos todos, id por agua!
Jn 4, 10: Si
conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a
él, y él te daría agua viva.
Hacedme caso y
comeréis bien.
Pr 9, 3-6: Ha
despachado a sus criadas a pregonarlo / en los puntos que dominan la ciudad. /
“El que sea inexperto, venga acá; el falto de juicio le quiero hablar. / Venid
a comer de mis manjares / y a beber el vino que he mezclado; / dejad la
inexperiencia y viviréis, / seguid derechos el camino de la prudencia.
Si 24, 19-22: Venid
a mí los que me amáis, / y saciaros de mis frutos; / recordarme es más dulce
que la miel, / poseerme es mejor que los panales. / El que me come tendrá más
hambre, / el que me bebe tendrá más sed; / el que me escucha no fracasará, / el
que me pone en práctica no pecará.
Jn 6, 35: Yo soy el
pan de vida: el que acude a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará
nunca sed.
Haré con vosotros
alianza eterna.
2 S 7, 12: Y cuando
hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados,
estableceré después de ti a una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y
consolidaré mi reino.
Hch 13, 34: Y que lo
ha resucitado para que nunca se someta a la corrupción está anunciado así: Os
daré fielmente lo prometido a David.
Notas
exegéticas.
55 Última exhortación a participar
en los bienes de la nueva alianza y a convertirse mientras aún es tiempo. Los
vv. 1-2 evocan la invitación al banquete de la Sabiduría.
55 3 Sobre esta alianza eterna que
es también la nueva alianza ver Jr 31, 31. La evocación de las promesas hechas
a David es única en el Deutero-Isaías que jamás piensa en una restauración de
la monarquía.
Salmo
responsorial
Sal 144, 8-9,15-18
R/. Abres
tú la mano, Señor, y nos sacias.
El
Señor es clemente y misericordioso,
lento
a la cólera y rico en piedad,
el
Señor es bueno con todos,
es
cariñoso con todas sus criaturas. R/.
Los
ojos de todos te están aguardando,
tú
les das la comida a su tiempo;
abres
tú la mano
y
sacias de favores a todo viviente. R/.
El
Señor es justo en todos sus caminos,
es
bondadoso en todas sus acciones.
Cerca
está el Señor de los que lo invocan,
de
los que lo invocan sinceramente. R/.
Textos paralelo.
Es
Yahvé clemente y misericordioso.
Sal 103, 8: El
Señor es compasivo y clemente, / paciente y misericordioso.
Bueno
es Yahvé para con todos.
Sal 103, 13: Como
un padre se enternece con sus hijos, así se enternece el Señor con sus fieles.
Sb 1, 13-14: Dios
no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. / Todo lo creó para que
subsistiera: / las criaturas del mundo son saludables: / no hay en ellas veneno
de muerte ni el abismo impera en la tierra.
Los
ojos de todos te miran esperando.
Sal 104, 27-28:
Todos ellos aguardan, / a que les eches comida a su tiempo; / se la echas y la
atrapan, / abres la mano y se sacian de bienes.
Tu
abres la mano y sacias.
Mt 6, 25: Por eso
os recomiendo que no andéis angustiados por la comida y la bebida para
conservar la vida o por el vestido para cubrir el cuerpo. ¿No vale más la vida
que el sustento, el cuerpo más que el vestido?
Yahvé
es justo cuando actúa.
Dt 32, 4: Él es la
Roca, sus obras son perfectas, / sus caminos son justos.
Cerca
está Yahvé de los que lo invocan.
Dt 4, 2: Pues, ¿qué
nación grande tiene un dios tan cercano como está el Señor, nuestro Dios, cuando
lo invocamos?
Jr 29, 12-13: Me
invocaréis, vendréis a rezarme y yo os escucharé; me buscaréis y me
encontraréis, si me buscáis de todo corazón.
Is 58, 9: Entonces
clamarás al Señor, / y te responderá; / pedirás auxilio y te dirá: Aquí estoy.
/ Si destierras de ti los cepos, / y el señalar con el dedo, / y la
maledicencia.
Notas exegéticas.
145 Salmo “alfabético”, que toma
prestados segmentos de otros salmos.
Segunda
lectura.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 35.37-39.
Hermanos:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la
angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la
espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.
Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, altura, ni
profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.
Textos
paralelos.
En todo esto salimos más que vencedores.
2 Tm 3, 12: Y todos los que
quieran vivir religiosamente como cristianos, sufrirán persecuciones.
Jn 16, 33: Os he dicho esto
para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo pasaréis aflicción; pero tened
ánimo, que yo he vencido al mundo.
Ni los principados, ni lo
presente ni lo futuro.
Ef 1,21: Por encima de toda
autoridad y potestad y poder y soberanía, y de cualquier título que se
pronuncie en este mundo o en el venidero.
Notas
exegéticas:
8 39 “Potestades”, “altura”,
“profundidad” designan sin duda las fuerzas misteriosas del cosmos, más o menos
hostiles al hombre, según la concepción de los antiguos.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Mateo 14, 13-21.
En aquel tiempo, al enterarse
Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un
lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los
poblados. Al desembarcar Jesús, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
-Estamos en despoblado y es muy
tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida.
Jesús les replicó:
-No hace falta que vayan,
dadles vosotros de comer.
Ellos le replicaron:
Si aquí no tenemos más que
cinco panes y dos peces.
Les dijo:
-Traédmelos.
Mandó a la gente que se
recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la
mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los
discípulos; los discípulos se lo dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron
y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin
contar mujeres y niños.
Textos
paralelos.
// Mc 6, 31-44: “Vosotros venid
aparte, a un paraje despoblado, a descansar un rato”. Pues los que iban y
venían eran tantos, que no sacaban tiempo ni para comer. Así que se fueron
solos en barca a un paraje despoblado. Pero muchos los vieron marcharse y
cayeron en la cuenta. De todos los poblados fueron corriendo a pie hasta allá y
se les adelantaron. Al desembarcar, vio una gran multitud y sintió lástima,
porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas. Como
se hacía tarde, los discípulos fueron a decirle: “El lugar es despoblado y la
hora es avanzada: despídelos para que vayan a los campos y las aldeas del
contorno a comprar qué comer”. Él les respondió: “Dadles vosotros de comer”.
Replicaron: “¿Tenemos que ir a comprar doscientos denarios de pan para darles
de comer?”. Les contestó: “¿Cuántos panes tenéis? Id a ver”. Lo averiguaron y
le dijeron: “Cinco y dos peces”. Ordenó que los hicieran recostarse en grupos
sobre la hierba verde. Se sentaron en filas de cien y de cincuenta. Tomó los
cinco panes y los dos peces, alzó la vista al cielo, bendijo y partió los panes
y se los fue dando a los discípulos para que los sirvieran; y repartió los
peces entre todos. Comieron todos y quedaron satisfechos. Recogieron las sobras
de los panes y los peces y llenaron doce cestos. Los que comieron eran cinco
mil.
// Lc 9, 10-12: Los apóstoles
volvieron y contaron cuanto habían hecho. Él los tomó aparte y se retiró por su
cuenta a una ciudad llamada Betsaida. Pero la gente se enteró y los siguió. Él
los acogió y les hablaba del reinado de Dios y curaba a los que lo necesitaban.
Como caía la tarde, los doce se acercaron a decirle: “Despide a la gente para
que vayan a las aldeas y los campos del contorno y busquen hospedaje y comida,
pues aquí estamos en despoblado”. Les contestó: “Dadles vosotros de comer”.
Replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces: a no ser que vayamos
nosotros a comprar comida para toda esa gente”. Los varones eran unos cinco
mil. Él dijo a los discípulos: “Hacedlos recostarse en grupos de cincuenta”.
Así lo hicieron y se recostaron todos. Entonces tomó los cinco panes y los dos
peces, alzó la vista al cielo, los bendijo, los partió y se los fue dando a los
discípulos, apra que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y quedaron
satisfechos, y recogieron los trozos sobrantes en doce cestos.
// Jn 6, 1-13: Algún tiempo
después pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea (el Tiberiades). Lo
seguía una gran multitud, pues veían las señales que hacía con los enfermos.
Jesús se retiró a un monte y allí se sentó con sus discípulos. Se acercaba la
Pascua, la fiesta de los judíos. Alzando la vista y viendo la multitud que
acudía a él, Jesús dice a Felipe: “¿Dónde compraremos pan para que coman esos?
(Lo decía para ponerlo a prueba, pues bien sabía él lo que iba a hacer). Felipe
le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastarían para que a cada uno le
tocase un pedazo”. Uno de los discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le
dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero
¿qué es eso para tantos?”. Jesús dijo: “Hace que la gente se siente”. (Había
hierba abundante en el lugar). Se sentaron. Los varones eran cinco mil.
Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los que estaban
sentados. Lo mismo hizo con los pescados: todo lo que querían. Cuando quedaron
satisfechos, dice Jesús a sus discípulos: “Recoged las sobras para que no se
desaproveche nada”. Las recogieron y, con los trozos de los cinco panes de
cebada que habían sobrado a los comensales llenaron doce cestas. Cuando la
gente vio la señal que había hecho, dijeron: “Este es el p
Cuando Jesús se enteró.
Mt 15, 32-38: Jesús llamó a los
discípulos y les dijo: “Me da lastima esa multitud, pues llevan tres días junto
a mí y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que
desfallezcan por el camino”. Le dijeron los discípulos: “¿Dónde podremos en
despoblado proveernos de panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?”.
Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis?”. Contestaron: “Siete y algunos
pescaditos”. Él ordenó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete
panes y pescados, dio gracias, partió el pan y lo dio a los discípulos: estos
se lo dieron a la multitud. Comieron todos hasta quedar satisfechos; y con los
restos llenaron siete cestos. Los que habían comido eran cuatro mil hombres,
sin contar mujeres y niños.
2 R 4, 42-44: Uno de Baal Salisá
vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano
reciente en Alforja. Eliseo dijo: “Dáselos a la gente, que coman”. El criado
replicó: “¿Qué hago yo con esto para cien personas”. Eliseo insistió: “Dáselos
a la gente, que coma. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará”. Entonces el
criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.
Siguieron a pie desde los
pueblos.
Mt 4, 12: Al enterarse de que
Juan había sido arrestado, Jesús se retiró a Galilea.
Al desembarcar vio tanta
gente, que sintió compasión.
Mt 9, 36: Viendo a la multitud,
se conmovió por ellos, porque andaban maltrechos y postrados, como ovejas sin
pastor.
Mt 15, 32: Jesús llamó a los
discípulos y les dijo: “Me da lástima esa multitud, pues llevan tres días junto
a mí y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que
desfallezcan por el camino”.
Curó a los enfermos.
Mt 8, 3: Él extendió la mano y
le tocó diciendo: “Lo quiero, queda curado”. Al punto se curó de la lepra.
No tenemos aquí más que
cinco panes.
2 R 4, 42 (LXX): Uno de Baal
Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada
y grano reciente en la alforja.
Mt 16, 9: ¿No acabáis de
entender? ¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil y cuantos
cestos sobraron?
El dijo: traédmelos aquí.
1 S 21, 4: Ahora dame cinco
panes, si los tienes a mano, o lo que tengas.
Levantando los ojos al
cielo.
Sal 123, 1: Levanto los ojos a ti / que habitas en el
cielo.
Jn 11, 41: Retiraron la piedra.
Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: “Te doy gracias, Padre, porque me has
escuchado”.
Mt 17, 1: Seis días más tarde
tomó Jesús a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una
montaña elevada.
Los distribuyó a la
gente.
Sal 78, 29: Comieron hasta
hartarse / y les satisfizo su avidez.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
14 13 (a) Mientras que Lc y Jn no relatan
más que una multiplicación de panes Mt y Mc refieren dos. Se trata sin duda de
un duplicado, seguramente muy antiguo que presenta el mismo acontecimiento
según dos tradiciones diferentes. La primera, más arcaica, de origen palestino,
parece situar el suceso en la orilla occidental del lago y habla de doce
canastos, cifra de las tribus de Israel y de los apóstoles. La segunda, que procedería
de ambientes cristianos de origen pagano, sitúa el acontecimiento en la orilla
oriental del lago y habla de siete espuertas, cifra de las naciones de Canaán y
de los diáconos helenistas. Las dos tradiciones describen el suceso a la luz de
precedentes veterotestamentarios, en particular la multiplicación de aceite y
de pan por Eliseo y el episodio del maná y de las codornices, Ex 16, Nm 11.
Reanudando con un poder todavía superior estos repartos gratuitos de alimentos
celestes, el gesto de Jesús fue entendido desde la más antigua tradición como
una preparación del alimento escatológico por excelencia, la Eucaristía. Es lo
que subraya la presentación literaria de los Sinópticos: comparar Mt 14 con el
discurso sobre el pan de vida.
14 13 (b) Nada obliga a pensar en la
orilla oriental del lago. Jesús ha podido atravesar de norte a sur y de sur a
norte rodeando la costa occidental, y llegar así a “la otra orilla” de la
ensenada que forma esta costa.
14 13 (c) Siguiendo por la orilla a la
barca que navegaba mar adentro.
14 14 Según Mt Jesús ni “se puso a
enseñarles muchas cosas” (Mc 6, 34) ni “les hablaba del Reino de Dios” (Lc 9,
11). Con más claridad que Lc 7, sobre todo, que Mc Jesús se dedica en adelante
a la formación de quienes le siguen.
14 19 Menos que Jn, pero más que Lc y,
sobre todo, que Mc. Mt ofrece un relato calcado del de la institución de la
eucaristía (Mt 26, 26).
Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión
crítica.
19 El texto griego está construido
a base de oraciones subordinadas de participio (“habiendo mandado”, “habiendo
tomado”, “habiendo alzado”, “habiendo partido”), de modo que resaltan
especialmente en indicativo los dos verbos importantes: rezó la bendición… y
dio.
AQUEL GENTÍO: lit. las (artículo
con valor demostrativo) muchedumbres.
21 HOMBRES: lit. varones.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé.
14, 13-21 El milagro de Cristo de dar a
comer a cinco mil personas vaticina las innumerables personas que pueden
recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía. Incluso las palabras
utilizadas: “bendición…partió…dio” se parecen a las que empleó en la última
Cena (Mt 26, 26). La multitud que recibió los panes de los apóstoles representa
el nuevo pueblo de Dios, que recibe la Eucaristía de los sucesores de los apóstoles.
Cat. 1329, 1335.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
1329 Banquete del Señor [la
Eucaristía] porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos
la víspera de la pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero
en la Jerusalén celestial.
1335 Los milagros de la
multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y
distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran
la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía. El signo del agua
convertida en vino en Caná anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús.
Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre,
donde los fieles beberán el vino nuevo convertido en Sangre de Cristo.
Concilio
Vaticano II
[Los presbíteros] han de
reunirse gustos y alegres, incluso para relajar sus ánimos, recordando las
palabras con que el Señor mismo invitaba a sus Apóstoles cansados: “Venid,
vosotros solos, a un lugar desierto, y descansad un poco” (Mc 6, 31).
Decreto Presbyterorum ordinis,
8.
Los
Santos Padres.
“No tenemos más que cinco
panes y dos peces”. De ahí que Marcos advierta que los discípulos no entendieron
lo que el Señor les dijo, pues su corazón estaba endurecido.
Juan Crisóstomo. Homilías
sobre el Ev. de Mateo, 49. Ib, pg. 28.
Ellos respondieron
que solo tenían cinco panes y dos peces, porque se encontraban todavía bajo el
imperio de los cinco libros de la Ley -
los cinco panes – y se alimentaban de la enseñanza de dos peces, es decir, de
los profetas y de Juan. En las obras de la Ley la vida estaba como en el pan, y
en la predicación de los profetas y de Juan reanimaba la esperanza de la vida
humana mediante la fuerza del agua.
Hilario de Poitiers,
Sobre el Evangelio de Mateo, 14, 10. Ib, pg. 29.
Tomando consigo los
panes y los peces, el Señor elevó los ojos al cielo, los bendijo y los partió,
a la vez que daba gracias al Padre porque, después del tiempo de la Ley y de
los profetas, Él se transformó en alimento evangélico.
Hilario de Poitiers,
Sobre el Evangelio de Mateo, 14, 11. 1b, pg. 30.
Si hizo que sobraran
dos canastos de pedazos, fue porque quería que hasta Judas se llevara el suyo.
Podía muy bien el Señor haber hecho que las gentes sintieran el hambre; pero
sus discípulos no se hubieran dado cuenta de su poder, pues eso mismo había
sucedido con Elías.
Juan Crisóstomo. Homilías
sobre el Ev. de Mateo, 49, 3. 1b, pg. 31.
San
Jerónimo.
13 Acertadamente el evangelista no
dice: huyó a un lugar desierto sino se retiró, más para evitar a
sus perseguidores que por miedo a ellos.
Las gentes lo siguieron a pie, no sobre asnos, no sobre
vehículos diversos, sino caminando esforzadamente para mostrar el ardor de su
corazón.
14 Jesús desembarca; esto significa
que las multitudes tenían la voluntad de ir a él pero no tenían fuerzas para
llegar. Por eso el Salvador sale de su lugar y va hacia ellas, como en otra parábola
va al encuentro del hijo arrepentido. Al ver a la multitud tiene compasión de
ella y cura sus enfermedades para que su fe plena obtenga enseguida la
recompensa.
15 Al atardecer se le acercaron los
discípulos diciendo,… Todo esto está lleno de misterios. Se retira de Judea, va a un lugar
desierto, lo siguen las multitudes dejando sus ciudades. Jesús sale a su
encuentro, se apiada de ellas, cura a sus enfermos. Esto lo hace no por la
mañana ni un poco más tarde, ni al mediodía sino por la tarde cuando se pone el
sol de justicia.
16 Dadles vosotros de comer. No necesitan buscar alimentos
diversos, comprar panes desconocidos, porque tienen consigo al pan celestial.
17 Aquí hay un muchacho. Pienso que este muchacho
significa Moisés; en los dos peces vemos los dos testamentos, o bien el número
par se refiere a la ley. Antes de la pasión del Salvador y del resplandor
fulgurante del Evangelio los apóstoles no tenían sino cinco panes y dos
pececitos que vivían en aguas saladas y olas amargas.
19 Levanta los ojos al cielo para
enseñarnos a dirigir hacia allí nuestra mirada. Cuando el Señor parte los panes
abundan los alimentos. En efecto, si hubieran permanecidos enteros, si no
hubieran sido cortados en trozos ni divididos en cosecha multiplicada no
hubieran podido alimentar a las gentes, los niños, las mujeres, a una multitud
tan grande. Por eso la Ley con los profetas es fraccionada en trozos y son
anunciados los misterios que contiene para que lo que estaba íntegro y en su
primer estado no alimentaba, dividido en partas, alimente a la multitud de los
pueblos.
San Agustín.
Al
exponeros la Sagrada Escritura, actúo como si partiese el pan para vosotros.
Vosotros, hambrientos, recibidlo y eructad la hartura con la alabanza del
corazón. Y quienes tenéis banquetes de ricos, no seáis débiles en buenas obras
y acciones. Lo que os sirvo a vosotros, no es mío; de lo que coméis, de eso
como; de lo que vivís, de eso vivo. En el cielo tenemos nuestra común despensa;
de ahí proceda la palabra de Dios.
Los
siete panes significan la septiforme operación del Espíritu Santo; los cuatro
mil hombres, la Iglesia constituida sobre los cuatro evangelios; los siete
canastos de restos, la perfección de la Iglesia.
Ciertamente
con siete panes se saciaron cuatro mil hombres. ¿Hay cosa más maravillosa? Y
con todo, hubiese sido poco, si no se hubiesen llenado también siete canastas
con los restos. ¡Grandes misterios! Con su mismo convertirse en realidad
estaban hablando. Aquellos hechos, si los comprendes, son palabras. También
vosotros estáis entre los cuatro mil, puesto que vivís bajo el cuádruple
evangelio.
Sermón
95. II, pg. 1116-1117.
San Juan de Ávila.
Quien está con el Pan de vida no tiene necesidad de ir a otra parte a
buscar de comer. […] Estas son las obras del Señor. Donde no hay pan, dar pan,
y donde hay poco, hacer mucho.
Obras completas
III. Sermones. Domingo IV después de Cuaresma. Pgs. 166-167.
Papa León XIV. Angelus. 26 de julio
de 2026.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En el centro de la enseñanza de Jesús se encuentra el misterio del Reino de
Dios, que el Evangelio de hoy compara con una perla y un tesoro (cf. Mt 13,44-52).
Las parábolas dan a entender la sorpresa de quien encuentra lo que ni siquiera
podía esperar, hasta el punto de que vender o dejar todo ya no parece una
renuncia, sino una ganancia. De hecho, desde las primeras páginas, los
evangelistas describen el llamado de Jesús a seguirlo como algo irresistible:
libre, sin duda, pero urgente y capaz de suscitar una respuesta inmediata y
movida por el deseo. Este es un primer aspecto importante de la forma en
que Dios está cerca y se deja encontrar: el encuentro con su Reino es un
punto de inflexión que no limita, sino que amplía la vida. Si algo debe
cambiar ahora, es para tener más posibilidades, no
menos.
Hay un segundo aspecto al que Jesús parece darle mucha importancia: quien
encuentra el tesoro escondido en el campo es probablemente un campesino; la
perla, en cambio, es reconocida como de gran valor por un comerciante, tal vez
un viajero. Le siguen otras dos parábolas en las que los protagonistas son
pescadores y un escriba experto en cosas antiguas y nuevas. Hay otras, además,
en las que el Reino se deja vislumbrar en una mujer que amasa la harina, en
otra que ordena la casa, en un rey que planea la guerra, en un hombre que
diseña una torre, en administradores que gestionan pagos o inversiones, en
pastores y agricultores. En resumen, el Reino de Dios revela su inestimable
belleza de diversas maneras, pero llama a todos —hombres y mujeres, jóvenes y
adultos mayores, pobres y ricos— a una profunda renovación. Todos pueden
comprenderlo y se sienten atraídos por él.
Incluso hoy, la Iglesia es una comunión de personas diferentes en cuanto a
origen, cultura, habilidades y nivel de responsabilidad, pero todas llamadas a
reconocerse como “uno” en Jesucristo: Él es el tesoro escondido, la perla
preciosa, la red que recoge al que está disperso. Desde el principio, de hecho,
Jesús llamó y reunió a su alrededor a personas que, de otra manera, nunca se
habrían conocido. Así fue precisamente como demostró que Dios no hace
distinción de personas y que su elección es una predilección preferencial por
los pequeños y los descartados.
Hermanos y hermanas, no nos queda más que pedir un don, el mismo que
pidió el joven rey Salomón (cf. 1 R 3,5.7-12). Es el
don de identificar la perla de gran valor, de saber reconocer el tesoro por el
que vale la pena venderlo todo. Mientras que la industria del consumo
nos altera el gusto, creando siempre nuevas necesidades para luego vendernos
respuestas que no sacian y, a veces, envenenan el corazón, debemos aprender a
captar lo que realmente importa: el tesoro de la relación con Dios, que nos
abre a la alegría y nos ayuda a vivir mejor las relaciones entre nosotros.
La intercesión de María, Sede de la Sabiduría, oriente hacia Jesús nuestro
deseo de vida, para que se realice en plenitud.
Papa Francisco. Angelus. 6 de agosto
de 2023.
Queridos hermanos y hermanas:
Una palabra ha resonado muchas veces en estos días, y es:
"gracias", mejor dicho, "obrigado". Es hermoso lo
que el Patriarca de Lisboa nos acaba de explicar, que obrigado no
sólo expresa la gratitud por lo que se ha recibido, sino también el deseo de
corresponder al bien. En este acontecimiento de gracia, todos nosotros hemos
recibido, y ahora, que nos preparamos para regresar a casa, el Señor nos hace
sentir la necesidad de compartir también con los otros, testimoniando con
alegría la gratuidad de Dios y lo que Dios puso en nuestros corazones.
Sin embargo, antes de despedirnos yo también quiero decir obrigado.
En primer lugar, al Cardenal Clemente, y con él a la Iglesia y a todo el pueblo
portugués: obrigado. Obrigado al señor Presidente,
que nos ha acompañado en los eventos de estos días; obrigado a
las instituciones nacionales y locales por el apoyo y la asistencia que nos han
brindado; obrigado a los obispos, sacerdotes, consagrados y
laicos; y obrigado a ti, Lisboa, que permanecerás en la
memoria de estos jóvenes como "casa de fraternidad" y "ciudad de
los sueños". Expreso también mi gratitud al Cardenal Farrell —que ha
rejuvenecido en estas Jornadas— y a quienes han preparado estas Jornadas, así
como a cuantos las han acompañado con la oración. ¡Obrigado a los
voluntarios, a ellos este aplauso de corazón por su gran servicio! Y un
agradecimiento especial a quienes desde el cielo han velado por la JMJ, es
decir, a los santos patronos del evento, y a uno en particular: a Juan Pablo II,
que dio vida a las Jornadas Mundiales de la Juventud.
¡Y obrigado a todos ustedes, queridos jóvenes! Dios ve
todo lo bueno que ustedes son, y sólo Él conoce lo que ha sembrado en sus
corazones. Ustedes se van de aquí con lo que Dios sembró en el corazón, háganlo
crecer, cuídenlo con esmero. Quisiera hacerles una recomendación: mantengan
presentes en su mente y en su corazón los momentos más hermosos. Para que así,
cuando lleguen los momentos de cansancio y de desánimo —que son inevitables—, y
tal vez la tentación de dejar de caminar o encerrarse en ustedes mismos, con el
recuerdo reaviven las experiencias y la gracia de estos días, porque ―no lo
olviden nunca― esta es la realidad, esto son ustedes: ¡el santo Pueblo fiel de
Dios que camina con la alegría del Evangelio! Me gustaría también enviar un
saludo a los jóvenes que no han podido estar aquí presentes, pero que han
participado en las iniciativas organizadas por sus países, por las Conferencias
episcopales, por las Diócesis; y pienso, por ejemplo, en los hermanos y
hermanas subsaharianos reunidos en Tánger. A todos gracias, gracias.
Y de manera particular, acompañamos con el afecto y la oración a quienes no
han podido venir a causa de conflictos y guerras. En el mundo son muchas las
guerras, son muchos los conflictos. Pensando en este continente, siento un gran
dolor por la querida Ucrania, que sigue sufriendo tanto. Amigos, permítanme
también yo, ya viejo, comparta con ustedes, jóvenes, un sueño que llevo en el
corazón: el sueño de la paz, el sueño de los jóvenes que rezan por la paz,
viven en paz y construyen un futuro de paz. Por medio del Ángelus pongamos el
futuro de la humanidad en manos de María, Reina de la Paz. Y hay un último obrigado que
quisiera subrayar al final: obrigado a nuestras raíces, a
nuestros abuelos, que nos trasmitieron la fe, que nos trasmitieron el horizonte
de una vida. Son nuestras raíces. Y de regreso a casa, sigan rezando por la
paz. Ustedes son un signo de paz para el mundo, un testimonio de cómo las diversas
nacionalidades, las lenguas y las historias pueden unir en lugar de dividir.
Ustedes son esperanza para un mundo diferente. Gracias. ¡Sigan adelante!
Y al final, hay un momento que todos esperan: el anuncio de la próxima
etapa del camino. Pero antes de decirles cuál será la sede de la cuadragésima
primera Jornada Mundial de la Juventud, quisiera hacerles una invitación. Doy
cita a los jóvenes de todo el mundo para el 2025, en Roma, ¡para celebrar
juntos el Jubileo de los Jóvenes! Y los espero aquí el 25 para
celebrar juntos el Jubileo de los Jóvenes. Y la próxima Jornada Mundial de la
Juventud tendrá lugar en Asia: ¡será en Corea del Sur, en Seúl! Y así, en el
2027, desde la frontera occidental de Europa se trasladará al Lejano Oriente:
¡este es un hermoso signo de la universalidad de la Iglesia y del sueño de
unidad del que ustedes son testigos!
Y finalmente un último obrigado, se lo dirigimos a dos personas
especiales, a dos protagonistas principales de este encuentro. Ellos estuvieron
aquí con nosotros, y siguen estando siempre con nosotros; nunca pierden de
vista nuestras vidas, aman nuestras vidas como ninguno podría hacerlo. Obrigado a
Ti, Señor Jesús. Obrigado a ti, María, Madre nuestra; y ahora
recemos.
Papa Francisco. Angelus. 2 de
agosto de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo nos presenta el milagro de la multiplicación
de los panes (cfr Mt 14,13-21). La escena se desarrolla en un
lugar desierto, donde Jesús se había retirado con sus discípulos. Pero la gente
lo alcanza para escucharlo y hacerse curar: sus palabras y sus gestos sanan y
dan esperanza. Al caer el sol, la multitud está todavía allí, y los discípulos,
hombres prácticos, invitan a Jesús a despedirse de ellos para que puedan ir a
buscar comida. Pero Él responde: «Dadles vosotros de comer» (v. 16).
¡Imaginamos las caras de los discípulos! Jesús sabe bien lo que va a hacer,
pero quiere cambiar la actitud de ellos: no decir “despídete, que se las
arreglen, que encuentren ellos algo de comer”, no, sino “¿qué nos ofrece la
Providencia para compartir?”. Dos actitudes contrarias. Y Jesús quiere
llevarles a la segunda actitud, porque la primera propuesta es la propuesta
de un hombre práctico, pero no generosa: “despídete, que vayan a encontrar, que
se las arreglen”. Jesús piensa de otra manera. Jesús, a través de esta
situación, quiere educar a sus amigos de ayer y de hoy en la lógica de Dios.
¿Y cuál es la lógica de Dios que vemos aquí? La lógica del hacerse cargo del
otro. La lógica de no lavarse las manos, la lógica de no mirar a otro lado.
La lógica del hacerse cargo del otro. El “que se las arreglen” no entra en el
vocabulario cristiano.
Apenas uno de los Doce dice, con realismo: «No tenemos aquí más que cinco
panes y dos peces», Jesús responde: «Traédmelos acá» (vv. 17-18). Toma esa
comida entre sus manos, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición e
inicia a partir y a dar las porciones a los discípulos para distribuirlas. Y
esos panes y esos peces no terminan, basta y sobra para miles de personas.
Con ese gesto Jesús manifiesta su poder, pero no de forma espectacular,
sino como señal de la caridad, de la generosidad de Dios Padre hacia sus hijos
cansados y necesitados. Él está inmerso en la vida de su pueblo, comprende
los cansancios, comprende los límites, pero no deja que ninguno se pierda o
falte: nutre con su Palabra y dona alimento abundante para el sustento.
En este pasaje evangélico se percibe también la referencia a la
Eucaristía, sobre todo donde describe la bendición, la fracción del pan, la
entrega a los discípulos, la distribución a la gente (v. 19). Y cabe señalar el
vínculo estrecho entre el pan eucarístico, alimento para la vida eterna, y el
pan cotidiano, necesario para la vida terrena. Antes de ofrecerse a sí mismo
al Padre como Pan de salvación, Jesús se preocupa por el alimento para aquellos
que lo siguen y que, por estar con Él, se han olvidado de hacer provisiones. A
veces se contrapone espíritu y materia, pero en realidad el espiritualismo,
como el materialismo, es ajeno a la Biblia. No es un lenguaje de la Biblia.
La compasión, la ternura que Jesús ha mostrado respecto a la multitud no es
sentimentalismo, sino la manifestación concreta del amor que se hace cargo de
las necesidades de las personas. Y nosotros estamos llamados a acercarnos a la celebración eucarística
con estas mismas actitudes de Jesús: en primer lugar compasión de las
necesidades de los otros. Esta palabra que se repite en el Evangelio cuando
Jesús ve un problema, una enfermedad o esta gente sin comida. “Tuvo compasión”.
Compasión no es un sentimiento puramente material; la verdadera compasión es
padecer con, tomar sobre nosotros los dolores de los otros. Quizá nos hará
bien hoy preguntarnos: ¿yo tengo compasión? Cuando leo las noticias de
las guerras, del hambre, de las pandemias, tantas cosas, ¿tengo compasión de
esa gente? ¿Yo tengo compasión de la gente que está cerca de mí? ¿Soy
capaz de padecer con ellos, o miro a otro lado o digo “que se las arreglen”? No
olvidar esta palabra “compasión”, que es confianza en el amor providente del
Padre y significa valiente compartir.
María Santísima nos ayude a recorrer el camino que el Señor nos indica en
el Evangelio de hoy. Es el recorrido de la fraternidad, que es esencial para
afrontar las pobrezas y los sufrimientos de este mundo, especialmente en este
momento grave, y que nos proyecta más allá del mundo mismo, porque es un camino
que inicia en Dios y a Dios vuelve.
Papa Francisco. Angelus. 6 de
agosto de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este domingo, la liturgia celebra la fiesta de la Transfiguración del
Señor. La página evangélica de hoy cuenta que los apóstoles Pedro, Santiago y
Juan fueron testigos de este suceso extraordinario. Jesús les tomó consigo «y
los lleva aparte, a un monte alto» (Mateo 17, 1) y, mientras
rezaba, su rostro cambió de aspecto, brillando como el sol, y sus ropas se
convirtieron en cándidas como la luz. Aparecieron entonces Moisés y Elías, y
empezaron a hablar con Él. En ese momento, Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es
que estemos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para
Moisés, y otra para Elías» (v. 4). Todavía estaba hablando, cuando una nube
luminosa los cubrió.
El evento de la Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de
esperanza —así seremos nosotros, con Él—: nos invita a encontrar a Jesús, para
estar al servicio de los hermanos.
La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar
sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino
hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y
orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que
permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión
espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a
redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del
Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de
belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la
Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior,
esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el
tiempo estivo es momento providencial para acrecentar nuestro esfuerzo de
búsqueda y de encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están
libres de compromisos escolares y muchas familias se van de vacaciones; es
importante que en el periodo de descanso y desconexión de las ocupaciones
cotidianas, se puedan restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu,
profundizando el camino espiritual.
Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los
discípulos bajaron del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el
encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El
redescubrimiento cada vez más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos
lleva a «bajar del monte», cargados con la fuerza del Espíritu divino, para
decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la
caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y
del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios
para todos nuestros hermanos, especialmente para quien sufre, para los que se
encuentran en soledad y abandono, para los enfermos y para la multitud de
hombres y de mujeres que, en distintas partes del mundo, son humillados por la
injusticia, la prepotencia y la violencia. En la Transfiguración se oye la voz
del Padre celeste que dice: «Este es mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5).
Miremos a María, la Virgen de la escucha, siempre preparada a
acoger y custodiar en el corazón cada palabra del Hijo divino (cf. Lucas 1,
51). Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la
Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra
vida. A Ella encomendamos las vacaciones de todos, para que sean serenas y
provechosas, pero sobre todo el verano de los que no pueden tener vacaciones
porque se lo impide la edad, por motivos de salud o de trabajo, las
limitaciones económicas u otros problemas, para que aun así sea un tiempo de
distensión, animado por las amistades y momentos felices.
Papa Francisco. Angelus. 3 de
agosto de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Este domingo el Evangelio nos presenta el milagro de la multiplicación de
los panes y los peces (Mt 14, 13-21). Jesús lo realizó en el lago
de Galilea, en un sitio aislado donde se había retirado con sus discípulos tras
enterarse de la muerte de Juan el Bautista. Pero muchas personas lo siguieron y
lo encontraron; y Jesús, al verlas, sintió compasión y curó a los enfermos
hasta la noche. Los discípulos, preocupados por la hora avanzada, le sugirieron
que despidiese a la multitud para que pudiesen ir a los poblados a comprar algo
para comer. Pero Jesús, tranquilamente, respondió: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,
16); y haciendo que le acercasen cinco panes y dos peces, los bendijo, y
comenzó a repartirlos y a darlos a los discípulos, que los distribuían a la
gente. Todos comieron hasta saciarse e incluso sobró.
En este hecho podemos percibir tres mensajes. El primero es la compasión.
Ante la multitud que lo seguía y —por decirlo así— «no lo dejaba en
paz», Jesús no reacciona con irritación, no dice: «Esta gente me molesta».
No, no. Sino que reacciona con un sentimiento de compasión,
porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero
estemos atentos: compasión —lo que siente Jesús— no es sencillamente
sentir piedad; ¡es algo más! Significa com-patir, es decir,
identificarse con el sufrimiento de los demás, hasta el punto de cargarla sobre
sí. Así es Jesús: sufre junto con nosotros, sufre con nosotros, sufre
por nosotros. Y la señal de esta compasión son las numerosas
curaciones que hizo. Jesús nos enseña a anteponer las necesidades de los
pobres a las nuestras. Nuestras exigencias, incluso siendo legítimas, no
serán nunca tan urgentes como las de los pobres, que no tienen lo necesario
para vivir. Nosotros hablamos a menudo de los pobres. Pero cuando hablamos
de los pobres, ¿nos damos cuenta de que ese hombre, esa mujer, esos niños no
tienen lo necesario para vivir? Que no tienen para comer, no tienen para
vestirse, no tienen la posibilidad de tener medicinas... Incluso que los niños
no tienen la posibilidad de ir a la escuela. Por ello, nuestras exigencias,
incluso siendo legítimas, no serán nunca tan urgentes como las de los pobres
que no tienen lo necesario para vivir.
El segundo mensaje es el compartir. El primero es la
compasión, lo que sentía Jesús, el segundo es el compartir. Es útil confrontar
la reacción de los discípulos, ante la gente cansada y hambrienta, con
la de Jesús. Son distintas. Los discípulos piensan que es mejor despedirla,
para que puedan ir a buscar el alimento. Jesús, en cambio, dice: dadles
vosotros de comer. Dos reacciones distintas, que reflejan dos lógicas
opuestas: los discípulos razonan según el mundo, para el cual cada
uno debe pensar en sí mismo; razonan como si dijesen: «Arreglaos vosotros
mismos». Jesús razona según la lógica de Dios, que es la de compartir. Cuántas
veces nosotros miramos hacia otra parte para no ver a los hermanos necesitados.
Y este mirar hacia otra parte es un modo educado de decir, con guante blanco,
«arreglaos solos». Y esto no es de Jesús: esto es egoísmo. Si hubiese despedido
a la multitud, muchas personas hubiesen quedado sin comer. En cambio, esos
pocos panes y peces, compartidos y bendecidos por Dios, fueron suficientes para
todos. ¡Y atención! No es magia, es un «signo»: un signo que invita a tener fe
en Dios, Padre providente, quien no hace faltar «nuestro pan de cada día», si
nosotros sabemos compartirlo como hermanos.
Compasión, compartir. Y el tercer mensaje: el prodigio de los panes
prenuncia la Eucaristía. Se lo ve en el gesto de Jesús que «lo
bendijo» (v. 19) antes de partir los panes y distribuirlos a la gente. Es el
mismo gesto que Jesús realizará en la última Cena, cuando instituirá el
memorial perpetuo de su Sacrificio redentor. En la Eucaristía Jesús no da un
pan, sino el pan de vida eterna, se dona a Sí mismo,
entregándose al Padre por amor a nosotros. Y nosotros tenemos que ir a
la Eucaristía con estos sentimientos de Jesús, es decir, la compasión y la
voluntad de compartir. Quien va a la Eucaristía sin tener compasión
hacia los necesitados y sin compartir, no está bien con Jesús.
Compasión, compartir, Eucaristía. Este es el camino que Jesús nos indica en
este Evangelio. Un camino que nos conduce a afrontar con fraternidad las
necesidades de este mundo, pero que nos conduce más allá de este mundo, porque
parte de Dios Padre y vuelve a Él. Que la Virgen María, Madre de la divina
Providencia, nos acompañe en este camino.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 31 de
julio de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de este domingo describe el milagro de la multiplicación de
los panes, que Jesús realiza para una multitud de personas que lo seguían para
escucharlo y ser curados de diversas enfermedades (cf. Mt 14,
14). Al atardecer, los discípulos sugieren a Jesús que despida a la multitud,
para que puedan ir a comer. Pero el Señor tiene en mente otra cosa: «Dadles
vosotros de comer» (Mt 14, 16). Ellos, sin embargo, no tienen «más
que cinco panes y dos peces». Jesús entonces realiza un gesto que hace
pensar en el sacramento de la Eucaristía: «Alzando la mirada al cielo,
pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los
discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14, 19). El milagro
consiste en compartir fraternamente unos pocos panes que, confiados al poder de
Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce
canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes
distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para
la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento
de la Palabra de vida y del Sacramento.
En este signo prodigioso se entrelazan la encarnación de Dios y la obra de
la redención. Jesús,
de hecho, «baja» de la barca para encontrar a los hombres. San
Máximo el Confesor afirma que el Verbo de Dios «se dignó, por amor nuestro,
hacerse presente en la carne, derivada de nosotros y conforme a nosotros, menos
en el pecado, y exponernos la enseñanza con palabras y ejemplos convenientes a
nosotros» (Ambiguum 33: PG 91, 1285 C). El Señor nos
da aquí un ejemplo elocuente de su compasión hacia la gente. Esto nos lleva
a pensar en tantos hermanos y hermanas que en estos días, en el Cuerno de
África, sufren las dramáticas consecuencias de la carestía, agravadas por la
guerra y por la falta de instituciones sólidas. Cristo está atento a la
necesidad material, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre
«tiene hambre de algo más, necesita algo más» (Jesús de Nazaret, Madrid
2007, p. 315). En el pan de Cristo está presente el amor de Dios; en el
encuentro con él «nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos
realmente el “pan del cielo”» (ib., p. 316). Queridos amigos, «en la
Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y
hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la
caridad para con el prójimo» (Sacramentum
caritatis, 88). Nos lo testimonia también san Ignacio de Loyola,
fundador de la Compañía de Jesús, de quien hoy la Iglesia hace memoria. En
efecto, Ignacio eligió vivir «buscando a Dios en todas las cosas, y amándolo en
todas las criaturas» (cf. Constituciones de la Compañía de Jesús, III,
1, 26). Confiemos a la Virgen María nuestra oración, para que abra nuestro
corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 3 de
agosto de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
Os doy una cordial bienvenida a todos. Quiero dirigir unas palabras de
agradecimiento en primer lugar a usted, querido obispo Egger, que ha hecho
posible esta fiesta de fe. Gracias a usted he podido volver una vez más a mi
pasado, proyectando al mismo tiempo mi futuro. Una vez más puedo pasar mis
vacaciones en la hermosa Bressanone, esta tierra donde el arte, la cultura y la
bondad de la gente están muy unidas. Le doy gracias por todo esto.
Naturalmente, doy las gracias a todos los que, juntamente con usted, han
contribuido a hacer que yo pueda pasar aquí días de paz y serenidad. Doy las
gracias a todos los que han organizado esta fiesta. Agradezco de corazón a las
autoridades de la ciudad, de la región y del Estado lo que han hecho para
organizarla; a los voluntarios que han prestado su ayuda; a los médicos; a las
numerosas personas que han colaborado, y en particular a las fuerzas del orden.
A todos doy las gracias por su colaboración. Seguramente he olvidado a algunas
personas. Que el Señor os recompense a todos. A todos os encomiendo en mi
oración, que es el único modo que tengo para agradeceros. Doy las gracias sobre
todo a Dios, que nos ha dado esta tierra y que nos ha regalado también este
domingo inundado de sol.
Así hemos llegado a la liturgia del día. La primera lectura nos recuerda
que las cosas más grandes de nuestra vida no pueden ser adquiridas ni pagadas,
porque las cosas más importantes y elementales de nuestra vida sólo pueden
ser un regalo: el sol y su luz, el aire que respiramos, el agua, la belleza
de la tierra, el amor, la amistad, la vida misma. Todos estos bienes esenciales
y centrales no podemos comprarlos, sino que los recibimos como regalo.
La segunda lectura añade que eso significa que también hay cosas
que nadie nos puede quitar, que ninguna dictadura, ninguna fuerza
destructora nos puede robar. Nadie nos puede quitar el ser amados por Dios,
que en Cristo nos conoce y ama a cada uno; y, mientras tengamos esto, no somos
pobres, sino ricos.
El evangelio añade un tercer paso. Si de Dios recibimos dones tan
grandes, también nosotros debemos dar: en ámbito espiritual debemos dar
bondad, amistad y amor. Pero también debemos dar en el ámbito material.
El evangelio habla de compartir el pan. Estas dos cosas deben penetrar hoy en
nuestra alma. Debemos dar, porque también nosotros hemos recibido.
Debemos transmitir a los demás el don de la bondad, del amor y de la amistad. A
la vez, a todos los que necesitan de nosotros y a los que podemos ayudar,
debemos darles también dones materiales, haciendo así que la tierra sea más
humana, es decir, más cercana a Dios.
Ahora, queridos amigos, os invito a recordar con afecto filial, juntamente
conmigo, al siervo de Dios Papa Pablo VI, de
cuya muerte dentro de tres días conmemoraremos el trigésimo aniversario. En
efecto, la tarde del 6 de agosto de 1978 entregó su alma a Dios. Era la tarde
de la fiesta de la Transfiguración de Jesús, misterio de luz divina que siempre
ejerció una gran fascinación sobre su espíritu. Como Pastor supremo de la
Iglesia, Pablo VI guió al pueblo de Dios a la contemplación del rostro de
Cristo, Redentor del hombre y Señor de la historia.
Precisamente la amorosa orientación de la mente y del corazón hacia
Cristo fue uno de los ejes del concilio
Vaticano II, una actitud fundamental que mi venerado predecesor Juan Pablo II heredó
e impulsó con el gran jubileo del año 2000. En el centro de todo está
siempre Cristo: en el centro de las Escrituras y de la Tradición; en el
corazón de la Iglesia, del mundo y de todo el universo.
La divina Providencia llamó a Giovanni Battista Montini de la cátedra de
Milán a la de Roma en el momento más delicado del Concilio, cuando la intuición
del beato Juan
XXIII corría el peligro de no tomar forma. ¡Cómo no dar gracias al
Señor por su fecunda y valiente actividad pastoral! A medida que nuestra mirada
retrospectiva se hace más amplia y consciente, resulta cada vez más grande, me
atrevería a decir más sobrehumano, el mérito de Pablo VI al presidir la
asamblea conciliar, al llevarla felizmente a término y al gobernar la agitada
fase del posconcilio.
En realidad, podríamos decir, con el apóstol san Pablo, que la gracia de
Dios en él "no fue vana" (cf. 1 Co 15, 10). Hizo
fructificar sus notables dotes de inteligencia y su amor apasionado a la
Iglesia y al hombre. A la vez que damos gracias a Dios por el don de este gran
Papa, nos comprometemos a sacar provecho del tesoro de sus enseñanzas.
En el último período del Concilio, Pablo VI quiso rendir un homenaje
especial a la Madre de Dios y la proclamó solemnemente "Madre de la
Iglesia". A ella, la Madre de Cristo, nos dirigimos ahora con la plegaria
del Ángelus.
Papa Benedicto XVI. Angelus. 7 de
agosto de 2005.
Queridos hermanos y hermanas:
Miles de jóvenes están a punto de partir, o ya están de viaje, hacia
Colonia para la XX Jornada mundial de la juventud, que tiene como tema
"Hemos venido a adorarlo" (Mt 2, 2).
Se puede decir que toda la Iglesia se ha movilizado espiritualmente para
vivir este acontecimiento extraordinario, contemplando a los Magos como modelos
singulares de buscadores de Cristo, para arrodillarse ante él en adoración.
Pero ¿qué significa "adorar"? ¿Se trata, quizá, de una actitud de
otros tiempos, sin sentido para el hombre contemporáneo? No; una oración muy
conocida, que muchos rezan por la mañana y por la noche, comienza precisamente
con estas palabras: "Te adoro, Dios mío, te amo con todo mi
corazón". Al amanecer y al atardecer, el creyente renueva cada día su
"adoración", es decir, su reconocimiento de la presencia de Dios,
Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que brota
desde lo más hondo del corazón y abarca todo el ser, porque el hombre sólo
puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de
todas las cosas.
Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en él al Mesías
prometido, al Hijo unigénito del Padre, en quien, como afirma san Pablo,
"reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad" (Col 2,
9). Una experiencia análoga, en cierto sentido, es la de los discípulos Pedro,
Santiago y Juan —lo recuerda la fiesta de la Transfiguración, que
celebramos precisamente ayer— a los que Jesús en el monte Tabor reveló su
gloria divina, anunciando la victoria definitiva sobre la muerte.
Además, en la Pascua Cristo crucificado y resucitado manifestará plenamente
su divinidad, ofreciendo a todos los hombres el don de su amor redentor. Los
santos acogieron este don y llegaron a ser verdaderos adoradores del
Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de su vida. Con el próximo
encuentro de Colonia, la Iglesia quiere volver a proponer a todos los jóvenes
del tercer milenio esta santidad, cumbre del amor.
¿Quién mejor que María puede acompañarnos en este exigente itinerario de
santidad? ¿Quién mejor que ella puede enseñarnos a adorar a Cristo? Que ella
ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el
verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con entrega total.
DOMINGO 19 T. O.
Monición de entrada.-
No es fácil ser amigos de Jesús.
Porque ser amigos de Jesús es una aventura.
Y a veces, como pasa cuando hacemos una
caminata muy larga, nos cansamos y desanimamos.
Pero Él nos dice lo mismo que dijo a los
apóstoles:
No tengáis miedo.
Señor,
ten piedad.-
Tú eres el Salvador. Señor, ten piedad.
Tú eres el Mesías. Cristo, ten piedad.
Tú eres el Hijo de Dios. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Por el Papa León y a nuestro obispo Enrique,
para que cuando están cansados les ayudes. Te lo pedimos, Señor.
Por la Iglesia, que en los días del Concilio
volvió a las fuentes, para que tenga el mismo ánimo que en los días del
Concilio. Te lo pedimos, Señor.
Por los pescadores, para que cuando haya
tormenta les ayudes. Te lo pedimos, Señor.
Por los que tienen miedo a ser amigos tuyos,
para que confíen en ti. Te lo pedimos, Señor.
Por los campamentos que este verano se están
haciendo en los Juniors y las parroquias, para que estes en el corazón de los
acampados. Te lo pedimos, Señor.
Por nosotros, para que no tengamos miedo a
ser cada vez más amigos tuyos. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-

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