Primera lectura.
Lectura del libro de Ezequiel 37, 12-14
Esto dice el Señor Dios:
“Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
y os sacaré de ellos, pueblo mío,
y os llevaré a la tierra de Israel.
Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis;
os estableceré en vuestra tierra
y comprenderéis que yo, el Señor,
lo digo y lo hago – oráculo del Señor –“.
Notas exegéticas de la Biblia
Didajé.
37,
12 Yo abriré vuestros sepulcros: es comprensible que los Padres
de la Iglesia vieran este pasaje como una profecía de la restauración de los
muertos. En el juicio final, las almas y los cuerpos de todos los que alguna
vez existieron se reunirán; en la gloria, para el caso de los justos, y en la
desgracia, para los condenados.
Salmo
responsorial
Salmo 129
R/. Del
Señor viene la misericordia,
la
redención copiosa.
Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor,
escucha mi voz;
estén
tus oídos atentos
a
la voz de mi súplica. R/.
Si
llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién
podrá resistir?
Pero
de ti procede el perdón,
y
así infundes temor. R/.
Mi
alma espera en el Señor,
espera
en su palabra;
mi
alma aguarda al Señor,
más
que el centinela la aurora.
Aguarde
Israel al Señor,
como
el centinela la aurora. R/.
Porque
del Señor viene la misericordia,
la
redención copiosa;
y
él redimirá a Israel
de
todos sus delitos. R/.
Textos
paralelos.
Desde
lo hondo a ti grito.
Sal 18, 5: Me
cercaban olas mortales, / torrentes destructores me aterraban.
Sal 69, 3: Me estoy
hundiendo en el cieno profundo / y no puedo hacer pie, / he entrado en la
hondura del agua, / me arrastra la corriente.
Jon 2, 3: Invoqué
al Señor en mi desgracia y me escuchó, / desde lo hondo del Abismo pedí auxilio
/ y escuchaste mi llamada.
Lm 3, 55: Invoqué
tu nombre, Señor, / desde lo hondo de la fosa.
Sal 5, 2-3: Señor,
escucha mis gritos de auxilio, / Rey mío y Dios mío. / A ti te suplico, Señor.
// Por la mañana escuchará mi voz, / por la mañana te expongo mi causa, / y me
quedo aguardando. // Tú no eres un Dios que ame la maldad, / ni el malvado es
tu huésped.
Sal 55, 2-3: Dios
mío, escucha mi oración, / no te cierres a mi súplica; // hazme caso y
respóndeme. / Me agitan mis ansiedades.
2 Cro 6, 40: Que
tus ojos, Dios mío, estén abiertos y tus oídos atentos a la súplica que se haga
en este lugar.
2 Cro 7, 15:
Mantendré mis ojos abiertos y mis oídos atentos a la oración que se haga en
este lugar.
Ne 1, 6: Esten tus
oídos atentos y abiertos para escuchar la plegaria de tu siervo, que yo
proclamo ahora ante ti, día y noche, por los hijos de Israel, tus siervos.
Jb 9, 2: Sé muy
bien que es así: / que el mortal no es justo ante Dios.
Na 1, 6: ¿Quién
resistirá tu ira? / ¿Quién aguantará el ardor de tu cólera?
Mi 7, 18: ¿Qué Dios
hay como tú, / capaz de perdonar el pecado, / de pasar por alto la falta / del
resto de tu heredad? / No conserva para siempre su cólera, / pues le gusta la
misericordia.
Ex 34, 7: Que
mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa el
delito y el pecado.
1 R 8, 39: Tú
escucharás en los cielos, lugar de tu morada, perdonarás e intervendrás, dando
a cada uno según su merecido, tú que conoces su corazón, tú el único que conoce
el corazón de los hijos de los hombres.
Sal 56, 5: En Dios,
cuya promesa alabo, / en Dios confío y no temo: / ¿qué podrá hacerme un mortal?
Sal 119, 81: Me
consumo ansiando tu salvación, / y espero en tu palabra.
Is 21, 11: Me
gritan desde Seir: / “vigía, ¿qué queda de la noche? Vigía, ¿qué queda de la
noche?”.
Is 26, 9: Mi alma
te ansía de noche, / mi espíritu en mi interior madruga por ti, / porque tus
juicios son luz de la tierra, / y aprenden la justicia los habitantes del orbe.
Is 30, 18: Pero el
Señor espera el momento de apiadarse, / se pone en pie para compadecerse; /
porque el Señor es un Dios de la justicia: / dichosos los que esperan en él.
Sal 68, 21: Nuestro
Dios es un Dios que salva, / el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Sal 86, 15: Pero
tú, Señor, / Dios clemente y misericordioso, / lento a la cólera, rico en
piedad y leal.
Sal 100, 5: El
Señor es bueno, / su misericordia es eterna, / su fidelidad por todas las
edades.
Sal 103, 8: El
Señor es compasivo y misericordioso, / lento a la ira y rico en clemencia.
Mt 1, 21: Dará a
luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de
sus pecados.
Sal 25, 22: Salva,
oh Dios, a Israel / de todos sus peligros.
Tt 2, 14: El cual
se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí
un pueblo de su propiedad, dedicado enteramente a las buenas obras.
Notas
exegéticas.
130 Salmo penitencial, pero más aún
salmo de esperanza. La liturgia cristiana de difuntos lo emplea ampliamente, no
como lamentación, sino commo oración en que se expresa la confianza en el Dios
redentor.
130 4 [pero de ti procede el perdón
y así infundes temor] El griego ha traducido “a causa de la ley”, relectura
jurídica.
130 7 Traducido según el griego. El
hebreo, corrompido, se traduciría lit.: “Espero en Yahvé, espera mi alma y su
palabra he aguardado. Mi alma por el Señor más que los centinelas la aurora,
los centinelas la aurora. Aguarde Israel a Yahvé”. El texto correspondiente de
Qumram dice: “Espera, alma mía, en el Señor más que el centinela en la aurora.
Más que el centinela en la aurora, Israel, pon tu esperanza en el Señor”.
Segunda
lectura.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8-11
Hermanos:
Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros
no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios
habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es
de Cristo.
Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el
pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que
resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de
entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales,
por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Textos
paralelos.
Mas vosotros no vivís
según la carne.
1 Jn 2, 15: No améis el mundo,
ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del
Padre.
Rm 7, 5-6: Mientras estábamos
en la carne, las pasiones pecaminosas, avivadas por la ley, actuaban en
nuestros miembros a fin de que diéramos frutos para la muerte; ahora, en
cambio, tras morir a aquella realidad en la que nos hallábamos prisioneros, hemos
sido liberados de la ley, de modo que podamos servir en la novedad del espíritu
y no en la caducidad de la letra.
El cuerpo está ya muerto
a causa del pecado.
Jn 3, 5-6: En verdad, en verdad
te digo: el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de
Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu.
1 Co 3, 23: Todo es vuestro,
vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.
Y el Espíritu de Aquel
que resucitó a Jesús.
Rm 5, 12: Por tanto, lo mismo
que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así
se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Rm 5, 8: Dios nos demostró su
amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
Notas
exegéticas:
8 10 La resurrección de los
cristianos se halla en estrecha dependencia de la de Cristo. Y el Padre los
resucitará a su vez por el mismo poder y el mismo don del Espíritu. Esta
transformación se prepara desde ahora en una vida nueva que hace de ellos
hijos, a imagen del Hijo, incorporación a Cristo resucitado que se realiza por
la fe y el bautismo.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 11, 1-45
En aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania,
la aldea de María y de Marta, su hermana María era la que ungió al Señor con
perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano
Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo:
-Señor, el que tú amas está enfermo.
Jesús, al oírlo, dijo:
-Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la
gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de
que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a
sus discípulos:
-Vamos otra vez a Judea.
Los discípulos le replicaron:
-Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a
volver de nuevo allí?
Jesús contestó:
-¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza,
porque ve la luz de este mundo, pero si camina de noche tropieza, porque la luz
no está en él. Dicho esto, añadió:
-Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.
Entonces le dijeron sus discípulos:
-Señor, si duerme, se salvará.
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que
hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente:
-Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos
estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro.
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
-Vamos también nosotros y muramos con él.
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían
ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta
se enteró de que llegana Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó
en casa. Y dijo Marta a Jesús:
-Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero
aún ahora sé que todo lo que pedas a Dios, Dios te lo concederá.
Jesús le dijo:
-Tu hermano resucitará.
Marta respondió:
-Sé que resucitará en la resurrección en el último día.
Jesús le dijo:
-Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya
muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees
esto?
Ella le contestó:
-Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que
tenía que venir al mundo.
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz
baja:
-El Maestro está ahí y te llama.
apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no
había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había
encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que
María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro
a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus
pies diciéndole:
-Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la
acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
-¿Dónde lo habéis enterrado?
Le contestaron:
-Señor, ven a verlo.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
-¡Cómo lo quería!
Pero algunos dijeron:
-Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber
impedido que este muriera?
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era
una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
-Quitad la losa.
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
-Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días.
Jesús le replicó:
-¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto,
dijo:
-Padre, te doy gracias porque me has escuchado, yo sé que tú me
escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú
me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente:
-Lázaro, sal afuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara
envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
-Desatadlo y dejadlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que
había hecho Jesús, creyeron en él.
Textos
paralelos.
Era en Betania, pueblo de
María y de su hermana Marta.
Lc 10, 41.: María ha escogido
la parte mejor, y no le será quitada.
Jn 12, 1: Seis días antes de la
Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de
entre los muertos.
Esta enfermedad no es de
muerte.
Jn 2, 11: Este fue el primero
de los signos que realizó en Caná de Galilea, así manifestó su gloria y sus
discípulos creyeron en él.
Jn 1, 14: Y el Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del
Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Jn 10,34: Jesús les replicó:
“¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses?”.
Rabí, hace poco los
judíos querían apedrearte.
Jn 8, 59: Entonces cogieron
piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.
Jn 10, 31: Los judíos agarraron
de nuevo piedras para apedrearlo.
Porque ve la luz de este
mundo.
Jn 8, 12: Yo soy la luz del
mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la
vida.
Nuestro amigo Lázaro
duerme.
Jn 2, 19: Jesús contestó:
“Destruid este templo y en tres días lo levantaré”.
Señor, si duerme, ya se
curará.
Mt 9, 24: ¡Retiraos! La niña no
está muerta, está dormida.
Me alegro por vosotros.
Jn 2, 11: Este fue el primero
de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así se manifestó su gloria
y sus discípulos creyeron en él.
Entonces Tomás.
Jn 14, 5: Tomás le dice:
“Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?
Jn 20, 28: Contestó Tomás:
“¡Señor mío y Dios mío!”
Vayamos a morir por él.
Mc 10, 32: Estaban subiendo por
el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban
sorprendidos y los que lo seguían tenían miedo.
Muchos judíos habían
venido a casa de Marta.
Jn 11, 45: Y muchos judíos que
habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús creyeron en él.
Jn 12, 9-11: Una muchedumbre de
judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también
para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos
sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su
causa, se les iban y creían en Jesús.
Jn 12, 17-18: Entre la gente
que daba testimonio se encontraban los que habían estado con él cuando llamó a
Lázaro del sepulcro y lo resucitó de entre l os muertos. Por esto, también le
salió al encuentro la muchedumbre porque habían oído que él había hecho este
signo.
Le salió a su encuentro.
Lc 10, 39: Esta tenía una
hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su
palabra.
Señor, si hubieras estado
aquí.
Jn 9, 31-33: Sabemos que Dios
no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se
oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no
viniera de Dios, no tendría ningú poder.
Ya sé que resucitará.
Jn 2, 19: Jesús contestó:
“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”.
Yo soy la resurrección.
Jn 6, 35: Jesús contestó: “Yo
soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no
tendrá sed jamás”.
Mt 22, 32: No es un Dios de
muertos, sino de vivos.
Aunque muera vivirá.
Jn 5, 24: En verdad, en verdad
os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y
no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.
1 Jn 3, 14: Nosotros sabemos
que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no
ama permanece en la muerte.
Señor, yo creo que tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios.
Jn 10, 34: ¿No está escrito en
vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”?
Jn 1, 9-10: El Verbo era la luz
verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. / En el mundo estaba;
/ el mundo se hizo por medio de él, / y el mundo no la conoció.
Jesús se conmovió entre
lágrimas.
Jn 13, 21: Diciendo esto, Jesús se turbó en su
espíritu y dio testimonio diciendo: “En verdad, en verdad os digo: uno de
vosotros me va a entregar”.
Hb 5, 7: Cristo, en los días de
su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que
podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.
Este, que abrió los ojos
a un ciego.
Jn 9, 10: Y le preguntaban: “¿Y
cómo se te han abierto los ojos?”.
Jn 9, 14: Era sábado el día que
Jesús hizo barro y le abrió los ojos.
Jn 9, 17: Y volvieron a
preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?”. Él
contestó: “Que es un profeta”.
Jn 9, 21: Pero cómo ve ahora,
no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos.
Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.
Jn 9, 26: Le preguntan de
nuevo: “¿Qué te hizo?, ¿cómo te abrió los ojos?”.
Jn 9, 30: Replicó él: “Pues eso
es lo raro: que vosotros no sabéis de donde viene, y, sin embargo, me ha
abierto los ojos”.
Jn 9, 32: Jamás se oyó decir
que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de
Dios, no tendría ningún poder.
Jn 10, 21: Otros decían: “Estas
no son palabras de un endemoniado; ¿Cómo puede un demonio abrir los ojos a los
ciegos?”.
¿No te he dicho que, si
crees, verás la gloria de Dios?
Jn 1, 14: Y el Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del
Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Jn 2, 11: Este fue el primero
de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y
sus discípulos creyeron en él.
Jesús levantó los ojos:
Jn 17, 1: Así habló Jesús y,
levantado los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu
Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti”.
Mt 14, 19: Mandó a la gente que
se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la
mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los
discípulos; los discípulos se lo dieron a la gente.
Bien sé que tú siempre me
escuchas.
Jn 9, 31: Sabemos que Dios no
escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad.
Por estos que me rodean.
Jn 12, 30: Jesús tomó la
palabra y dijo: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros”.
Crean que tú me has enviado.
Jn 1, 1: En el principio existía el Verbo, y
el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Gritó con fuerte voz.
Jn 5, 27-29: Y ha dado potestad
de juzgar, porque es el Hijo del hombre. No os sorprenda esto, porque viene la
hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el
bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una
resurrección de juicio.
Is 49, 9: Para decir a los cautivos:
“Salid”, / a los que están en tinieblas: “Venid a la luz”. / Aun por los
caminos pastarán, / tendrán praderas en todas las dunas.
¡Lázaro, sal afuera!
Jn 5, 34: No es que yo dependa del
testimonio de un hombre; si digo esto es para que os salvéis.
Jn 19, 40: Tomaron el cuerpo de Jesús y lo
envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre
los judíos.
Jn 20, 5: E inclinándose, vio los lienzos
tendidos, pero no entró.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
11 1 (a) Este nombre abreviado de Eleazar
(“Dios ayuda”) parece haber estado bastante extendido en el s. I. Se encuentra
también en la parábola de Lc 16, 19-31, donde se trata de un pobre recompensado
tras su muerte.
11 1 (b) Estas dos hermanas, que volverán
a aparecer en ocasión de un banquete dado a Jesús, 12, 1ss, son probablemente
las mismas de las que habla Lc en 10, 38-42. En los dos relatos, Marta es el
ama de casa que cuida del servicio del banquete, Jn 12, 2; Lc 10, 40, mientras
que María se sienta a los pies de Jesús, Jn 11, 20; 12, 3; Lc 10, 39. Se
advierte una tensión interna en el relato de Juan: en los vv. 1 y sobre todo
45, María parece el personaje principal. Pero a lo largo del relato y
especialmente en el v. 32 María no hace más que repetir las palabras
pronunciadas por Marta en el v. 21.
11 2 Con toda probabilidad, no se
trata de la pecadora de Lc 7, 37.
11 4 Expresión de doble sentido:
Jesús será glorificado por el milagro mismo, ver 1, 14; pero este milagro
traerá 11, 46-54, su propia muerte, que será también su glorificación 12, 32.
11 9 (a) Se trata de la jornada laboral,
que se extendía desde la salida a la puesta del sol. Jesús debe seguir con la
realización de la misión hasta el término fijado por el Padre, hasta la hora de
la noche o de las tinieblas (7, 8.33; 13, 30; 17, 1; Lc 22, 53).
11 9 (b) Jesús proporciona a los humanos
la luz que les permitirá caminar con seguridad (8, 12; 9, 14; 12, 46). El
verdadero peligro no está donde creen los discípulos, sino en no percibir la
luz que ilumina ahora o en imperir que Jesús cumpla con su obra buena hasta el
final.
11 11 “Dormir” es un eufemismo para
hablar de la muerte, tanto en griego como en hebreo. Al hablar de sueño cuando
Lázaro está muerto, Jn subraya un malentendido, y al mismo tiempo sugiere que
Jesús proporciona una nueva comprensión de la muerte (ver Mt 9, 24; Mc 5, 39;
Lc 8, 52).
11 15 La muerte de Lázaro es la
ocasión del milagro, que fortalecerá la fe de ellos.
11 16. Lit. “condiscípulos”. El texto
usa aquí la palabra griega symmazetai, en vez de la habitual mazetai,
“discípulos”. Es el único caso en toda la Biblia.
11 18 Unos 3 km.
11 22 Marta confía en Jesús, pero se
detiene, como en el umbral de una oración imposible.
11 24 La esperanza en la resurrección
escatológica se había desarrollado en ambientes influenciados por el
fariseísmo.
11 25 (b) En los vv. 23-25 Juan utiliza un
procedimiento literario clásico en él, 2, 19, para dar una enseñanza sobre la
resurrección. Marta entiende el verbo (v. 23) en el sentido de la escatología
judía heredada de Daniel 12, 2: a su muerte, el hombre baja al seol, Nm
16, 33, como una sombra privada de vida, pero resucitará en el último día.
Jesús rectifica esta idea en el sentido de una escatología ya realizada: él
mismo es la resurrección v. 25. El que cree en él no morirá jamás, v. 26; ver
8,51, ha pasado ya de la muerte a la vida, 5, 24; 1 Jn 3, 14, ha resucitado ya
en Cristo gracias a la vida nueva en él, Rm 6, 6-11; Col 2, 12-13; 3,1. La
muerte tal como la concebía Daniel ha sido abolida. Esta visión nueva supone
una distinción entre el alma que no muere, y el cuerpo, que se corrompe en la
tierra.
11 25 (c) En los vv. 25-26 tenemos una
nueva utilización de la fórmula “yo soy” para introducir una definición de
Cristo, 6, 34. Pero aquí la respuesta de Cristo parece más compleja (confrontar
con 8, 12 por ejemplo), con una repetición redaccional constituida por la
expresión “cree en mí”. El texto primitivo debía de decir simplemente: “El que
cree en mí () no morirá jamás”. La experiencia humana parece contradecir esta
afirmación, de ahí la glosa.
11 27 Como para Natanael, 1 49, la
expresión “Hijo de Dios” solo es para Marçrta un simple título mesiánico (ver
también Mc 15, 29 y Mt 4, 3). El evangelista le da un sentido más profundo (ver
10, 34).
11 33 Lit. “en espíritu” (to
pneúmati). La expresión puede denotar cólera ante los lamentos de
incredulidad o de falta de esperanza, o quizá también la emoción ante la
tristeza.
11 34 El evangelio emplea dos verbos
diferentes: klaíein, “lamentarse”, referido a María y a los judíos 11,
3133, y dakryein “derramar lágrimas” (el único empleo en el NT) referido
aquí a Jesús. Algunos ven en esto una alusión a la agonía de Jesús, ver Hb 5,
7.
11 39 Para rezar, los judíos se
volvían generalmente hacia el templo de Jerusalén; el hecho de levantar los
ojos al cielo llegó a ser bastante típico en la tradición litúrgica cristiana
(17, 1; Mc 6, 41; Lc 18, 13; Hch 7, 55).
11 42 Dada la constante comunión entre
el Padre y el Hijo, Jesús es en todo momento escuchado por Dios. En él se
realiza ya lo que anuncia a los suyos como posibilidad escatológica (ver 14, 3;
15, 7.16; 16, 23-44; 1 Jn 3, 21-22; 5, 14-15). Esta oración muestra que la
resurrección de Lázaro permite descubrir la relación filial de Jesús con Dios.
11 44 Es inútil quizá preguntarse si
era costumbre judía atar las manos y los pies de los muertos al sepultarlos.
Juan quiere indicar que Lázaro ha sido librado de los lazos de la
muerte:¡desatadlo!, Sal 116, 3; ver Sal 18, 6; Hch 2, 24
Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión
crítica:
11 Este capítulo y el siguiente
tienen sabor de muerte y de gloria. Pertenecen a la revelación de Jesús al
mundo (1ª parte de Jn) y, a la vez, a su revelación a la Iglesia (2ª parte de
Jn).
1 Betania (cf. Mc 11,1 s.) distaba de
Jerusalén “unos quince estadios” (v. 18), unos tres kilómetros. Lc habla de
esta familia de Betania (10, 38-42), aunque no nombra a Lázaro (sobre el
significado de este nombre, cf. Lc 16, 19s). Para Marta: cf. Lc 10, 38-42.
2 Fue: lit. era.
Le enjugó los pies de él): en tiempo pasado, aunque se
refiere a lo narrado en 12, 3; aquello había sucedido ya cuando esto se
escribía, y era conocido por los lectores de Jn.
3 Tu amigo: lit. al que quieres con
afecto de amistad (verbo griego phileîn, como en el v. 36). San
Agustín explica la brevedad del aviso: “Basta que lo sepas, pues no sabes amar
y desamparar a un amigo”. Pero Jn corrige en el v. 5: “Jesús amaba con amor
de caridad” (verbo agapân), que tiene exigencias superiores a lo que
puede pedir una mera amistad.
4 Hay dos niveles – natural y
sobrenatural – en el significado de las palabras: los apóstoles las entienden
en un nivel “terreno”, y Jesús tiene que explicarles el “otro” nivel en un
segundo momento (v. 14). Ocurre lo mismo respecto al “sueño”, en los vs. 11-12.
6 Se quedó dos días: el motivo de la demora se
insinúa en los vs. 4 y 15.
7 Solo después de esto: posiblemente equivale a “solo
después de ya pasados aquellos dos días”.
9 Doce horas: desde la salida del sol hasta
la puesta del sol.
La luz de este mundo, en sentido real y físico, es
el sol. En sentido figurado es Jesús.
10 No tiene luz: lit. la luz no está en él.
El peligro mayor para los discípulos no era el ser apedreados si volvía a
Judea, sino el de pasarse a la oscuridad.
13 Sueño real (no metafórico o analógico) es,
lit., la dormición del sueño, la dormición que es, o que consiste en, el sueño.
16 Dídimo: mellizo.
20 Para decir “quedarse en casa”,
el texto griego utiliza el semitismo “estar sentado en (la) casa”.
24 La resurrección en el último día: la fe pequeña de Marta no
quiere sobresaltos, prefiere asegurarse, y se queda con lo menos que puede
significar las palabras de Jesús.
25-26 El centro del relato lo
constituye la revelación que Jesús hace sí mismo: “Yo soy…” (cfr. 4, 25;
6, 35): no sólo poseo la vida (cfr. 1,4), Yo soy la vida; no sólo
resucitaré a otros en el último día. Yo soy la resurrección. La vida
sobrenatural, que Jesús concede ya ahora a quienes creen en él, contiene en
germen la resurrección final. “Vivir”, “morir”, pertenecen a dos lenguajes
distintos, según se trate de un creyente o de un incrédulo. El que… cree en
mí, de ningún modo morirá (negación enfática), porque está “adherido” a
quien es la Vida misma (en griego: dsôé), a quien es mucho más
que la simple existencia (en griego: bíos).
27 Creo…: lit. en tiempo gramatical de
perfecto: yo sigo estando ahora en la posesión de esta certeza… (cf. 6,
69).
33 Lanzó un suspiro profundo: el verbo griego, el mismo de
Mc 1, 43, es casi rugir o gruñir(como
diría fray Luis de León hablando de la palabra hebrea Yhwh: “Un sonido
rudo y desatado y que no hace figura… una voz tosca y, como si dijésemos, sin
rostro y sin facciones ni miembros”). Podría traducirse se enojó; ¿por
falta de fe? (y, ¿en quién la falta de fe?); o ¿por verse obligado a hacer un
milagro, que iba a ser ocasión de que algunos se cerraran aún más a la luz: cf.
vs. 46 ss? El giro griego – “enojarse en (el) espíritu”, o “enojarse en sí
mismo” (v. 38) – encubre un semitismo que la traducción entiende como suspirar
profundamente.
35 El realismo de la encarnación
(el Hijo de Dios se ha hecho verdadero hombre, capaz de todos los sentimientos
humanos que no implican imperfección moral) deja en el misterio la unión de los
atributos divinos con el funcionamiento de la psicología humana de Jesús. Las
lágrimas- el verbo griego no es klaiô, que
puede indicar un llorar descontrolado, sino dakyô, la traducción literal
sería: Jesús lagrimó – no suponen, por sí mismo, debilidad moral. Dice
santa Teresa: “Hay penas y penas; porque algunas penas hay producidas de presto
por la naturaleza… y aun de apiadarse de los prójimos, como hizo nuestro señor
cuando resucitó a Lázaro, y no quitan estas el estar unidas con la voluntad de
Dios, ni tampoco turban en ánima con una pasión inquieta y desasosegada”. Y en
otro pasaje piensa en otro motivo de las lágrimas de Jesús: “¡Oh cristianos
verdaderos! Ayudad a llorar a vuestro Dios, que no es por sólo Lázaro aquellas
piadosas lágrimas, sino por los que habían de querer resucitar aunque Su
Majestad los diese voces”.
36 Lo quería con amor de amistad.
38 Encima: o ¿tal vez “contra lo que
estaba puesta una losa? En este caso sería una piedra que tapaba la entrada
de una gruta en la pared vertical, no de una losa en el suelo.
44 La palabra pañuelo es en
griego (soudarion) un latinismo (sudarium).
45-46 Creyeron: empezaron a creer, dieron el
paso de la fe (pero cf. 8, 30). De nuevo, la ambivalencia de los milagros: el
que quiere creer, tiene en ellos una confirmación; el que quiere cerrarse a la
revelación, con ellos se endurece más.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
11, 1-44 En la resurrección de Lázaro,
Cristo no solo mostró que tiene poder para devolver la vida a los muertos, sino
que él mismo es la resurrección y la vida. Este dramático suceso es una señal
de su futura resurrección y de la resurrección general que tendrá lugar al
final de los tiempos, cuando Cristo devuelva la vida a aquellos que hayan
muerto en la fe y les guíe hacia la vida eterna; y a los condenados al castigo
eterno. Cat. 994 y 1001.
11,5 Cristo tenía una relación de
amistad especialmente estrecha con Lázaro, Marta y María. María era la que
ungió al Señor: esto se refiere a un incidente que se relata en el capítulo
siguiente (Jn 12, 1-8). Lázaro solo aparece aquí en los evangelios, en el marco
de este signo culminante que anuncia la resurrección (Cat 1939 y 2347). La
resurrección de Lázaro prefigura su propia resurrección de entre los muertos
(Cat 640).
16, 16 Betania está solamente a tres
kilómetros de Jerusalén, así que el trayecto a casa de Lázaro conllevaba volver
a entrar en Judea, donde los líderes judíos ya estaban planeando la captura de
Cristo. Tomás mostró valor al querer acompañar a Cristo, pero no lo conservaría
después de que Cristo fuera traicionado. Cat 2473.
11, 21s Aunque la fe y la esperanza de
Marta en Cristo y en su poder de curar a Lázaro eran evidentes, por la
conversación no parece que ella considerara posible (dentro de este todo lo
que pidas) la resurrección de Lázaro. Cat 1817-1818.
11, 24 La mayoría de los judíos del
siglo primero, incluidos los fariseos, creían en la resurrección de los
muertos. Los saduceos eran una secta judía que, por el contrario, no creían en
esto. Cat. 993.
11, 25 Esta es, en esencia, una
afirmación de la divinidad de Cristo. Nuestra esperanza en la resurrección y en
la vida eterna depende por completo de la resurrección y redención de Cristo. A
través de su muerte y resurrección todos nosotros resucitaremos de entre los
muertos y gozaremos de la vida eterna. Cat. 994.
11, 35 Al ser un perfecto hombre, Criso
sentía gran dolor ante la muerte de un ser querido. A pesar de que sabía que
Lázaro resucitaría pronto de entre los muertos, sintió una fuerte empatía
humana por el sufrimiento de Lázaro y se identificó con el dolor de su familia
y amigos. Cat. 472 y 531.
11, 39 Para los judíos del siglo
primero, la putrefacción del cuerpo comenzaba a los cuatro días de haber
muerto. La resurrección de Cristo tuvo lugar al tercer día en parte para
cumplir la profecía de que su cuerpo no experimentaría la corrupción de la
muerte (Sal 16, 9-10). Cat. 472 y 627.
11, 41 Cristo da gracias al Padre aun
antes de que se le conceda lo que pide, mostrando así la confianza filial que
debe guiar toda súplica. Dios Padre, en su amor, siempre otorgará lo mejor a
aquellos que son dóciles a su voluntad. Cat. 2604.
11, 43 Se trata de una señal de la
resurrección del último día, cuando Cristo llame a cada uno de los muertos que
resucitarán al oír su voz. El lenguaje que utilizó al resucitar a Lázaro se
parece al lenguaje que se utiliza en los exorcismos, y muestra la autoridad
absoluta de Cristo sobre la muerte. Cat. 1001.
11, 44 La resurrección de Lázaro es
cualitativamente diferente de la resurrección del último día o de la propia
resurrección de Cristo. Lázaro fue devuelto a la vida que tenía antes de su
muerte, y por tanto, experimentaría la muerte física una vez más. La resurrección
de los muertos el día del Juicio Final no es una continuación de la vida
terrenal, sino una reincorporación de las almas justas a su cuerpo físico en un
estado glorificado mientras acceden a la vida eterna. El Cuerpo de Cristo
glorificado después de su resurrección nos da una idea de cómo será nuestro
estado glorificado en el cielo. Cat. 640 y 646.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia
persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el
que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su
cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo
y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Jn
11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro
orden. De este acontecimiento único, Él habla como el signo de Jonás (cf. Mt
12, 39) del signo del templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su resurrección al
tercer día después de la muerte (cf. Mc 10, 34).
Concilio Vaticano II
El Hijo de Dios, en la naturaleza humana que tomó
para sí, venció a la muerte con su muerte y resurrección, y así redimió al
hombre y lo convirtió en una nueva criatura (Gal 6, 15; 2 Cor 5, 17). En
efecto, por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos, reunidos de todos
los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo.
En este cuerpo, la vida de Cristo se comunica a los
creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los
sacramentos de una manera misteriosa, pero real (cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa
Theologica III). En efecto, por medio del bautismo nos identificamos con
Cristo: “todos fuimos bautizados en un mismo Espíritu para ser un solo cuerpo”
(1 Co 12, 13). Este rito sagrado significa y realiza la participación en la
muerte y resurrección de Cristo: “en efecto, fuimos sepultados en Él por medio del
bautismo para morir”; pero si “estuvimos unidos a Él en la semejanza de su
muerte, también lo estaremos en la resurrección” (Rm 6, 4-5). En la fracción
del pan eucarístico compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva
hasta la comunión con Él y entre nosotros. “Puesto que el pan es uno, aunque
muchos, somos un solo cuerpo todos los que participamos de un mismo pan” (1 Cor
10, 17). Así todos somos miembros de su cuerpo (cf. 1 Cor 12, 27) “y cada uno
miembro del otro” (Rm 12, 5).
Lumen gentium, 7.
San Agustín
Os he dicho esto con el fin de convenceros de que nuestro Señor
Jesucristo realizó los milagros para significar algo con ellos, de forma que,
exceptuando su ser algo admirable, grande y divino, aprendiésemos otra cosa con
ellos.
Estos tres géneros de muertos corresponden a las tres clases de pecadores
que Cristo resucita también hoy.
Hay personas [la hija de Jairo] que han pecado ya en su corazón, pero el
pecado aún no se ha hecho realidad exterior. Todavía no ha habido contacto
corporal, pero ya consintió en su corazón. Tiene el muerto en su interior, pero
no lo ha sacado fuera.
Hay otros [el hijo de la viuda de Naím] que, después de haber consentido
pasan a la acción; es el caso paralelo a quienes sacan fuera el muerto, para
que aparezca a las claras lo que estaba oculto. ¿Han de perder la esperanza
estos que pasaron a la acción? Quien pecó de hecho, si amonestado y afectado
por la palabra de la verdad se levanta ante la palabra de Cristo, resucita
también.
Quienes a fuerza de obrar mal se
enredan en la mala costumbre de forma que esa misma mala costumbre no les deja
ver el mal, se convierten en defensores de sus malas acciones. Los tales,
sometidos a tan perversa costumbre, están como sepultados. El alma llega a esta
costumbre de que estoy hablando como en cuatro etapas. La primera consiste en
la seducción del placer en el corazón. La segunda en el consentimiento. La
tercera es ya la realización y la cuarta la costumbre. Llega el Señor para
quien todo es fácil y te presenta alguna dificultad. Se estremeció en su
espíritu y mostró que quienes se han endurecido tienen necesidad del gran grito
de la corrección. Sin embargo, ante la simple voz del Señor que llamaba, se
rompieron los lazos de la necesidad, Tembló el poder del infierno y Lázaro fue
devuelto vivo. También libera el Señor a los que por la costumbre llevan cuatro
días muertos, pues para él, que quería resucitarle, Lázaro solo dormía.
Resucitaron: revivieron quienes se hallaron descontentos de su vida anterior;
mas, no obstante haber revivido, no pueden caminar. Les atan los lazos de las
culpas. Es, pues, necesario que quien ha recobrado la vida sea desatado y se le
permita andar. Esta función la otorgó el Señor a sus discípulos cuando les
dijo: Lo que desatareis en la tierra quedará desatado en el cielo (Mt
18, 18).
Quizá estoy hablando a quien se halla oprimido por la dura piedra de la
costumbre, quien se ve atenazado por la fuerza de lo habitual, quien quizá ya
hiede de cuatro días. Tampoco este ha de perder la esperanza: es verdad que
yace muerto en lo profundo, pero profundo es Cristo. Sabe quebrar con su voz
los pesos terrenos, sabe vivificar interiormente y entregarlo a los discípulos
para que lo desaten. Hagan penitencia también ellos, pues ningún hedor quedó a
Lázaro, vuelto a la vista, a pesar de haber pasado cuatro días en el sepulcro.
Por tanto, los que gozan de vida, sigan viviendo; si alguien se halla
muerto, cualquiera que sea la muerte de las tres mencionadas en que se
encuentre, haga lo posible por resucitar cuanto antes.
Sermón 98,
4-7.
Los Santos Padres.
Mira como conoce sus pensamientos. No pretendía solo resucitar a Lázaro,
sino también que ella y quienes la acompañaran tuvieran conocimiento de la
resurrección. Este es el motivo por el que, antes de que sucediera, le instruye
con sus palabras.
Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Ev. de Juan, 62, 3.
Los judíos pensaban que Jesús lloró por la muerte de Lázaro. Sin embargo
Él llora, movido a compasión, por toda la naturaleza humana y no sólo por la
muerte de Lázaro, pues pensaba en el tiempo en que toda la humanidad permaneció
sometida a la muerte y había caído justamente bajo esa pena.
Cirilo de Alejandría. Comentario al Ev. de Juan, 7.35.
También ahora, sin darnos cuenta, existen Lázaros que después de haber
sido amigos de Jesús enferman, mueren y yacen, muertos entre los muertos, en el
sepulcro y en la región de los muertos. También estos son restituidos a la vida
mediante la oración de Jesús y son invitados por su voz a salir fuera del
sepulcro. El que confía (en Jesús) sale fuera llevando las ataduras de los
antiguos pecados que le hicieron merecedor de la muerte, y todavía con la vista
nublada, no puede ver ni caminar por culpa de las ataduras de la mortalidad,
hasta que Jesús nos mande, a quienes son capaces, soltarlo y dejarlo caminar.
Orígenes. Comentario al Ev. de Juan, 28, 54.
Orad, hermanos, para que los que hemos probado el sabor de la
resurrección, que nos ha brindado Lázaro, en el retorno de Cristo, merezcamos
ser llamados a la saciedad completa de la resurrección universal.
Pedro Crisólogo. Sermones, 65, 9.
San Juan de Ávila
Mas, para que veáis cómo est cuchillo de dolor, que
atravesaba el corazón del Señor, no le hería por sola una parte, mas que era de
entrambas partes agudo y muy lastimero, acordaos que el mismo Señor, mirando
al cielo, gimió y lloró sobre Lázaro, y sobre Jerusalén (Jn 11, 35; Lc 19,
41).
Audi, filia (II), 79. I, pg. 708.
Y no solo se quitan las penas de acá, mas del otro
mundo, porque, como San Bernardo dice, cese la voluntad propria y no habrá
infierno, mas así como es la cosa más provechosa de todas negar nuestra
voluntad, así es la cosa más trabajosa que hay; y aun por mucho que trabajemos
no saldremos con ello, si aquel Señor que mandó quitar la piedra de la sepultura de
Lázaro muerto (cf. Jn 11, 39), no quita esta dureza que tiene muertos a los que
debajo toma. Y, si no mata a este fuerte Goliat, que no hay quien pueda vencer
si no el que es invencible.
Audi, filia (I). I, pg. 513.
Mas, así como es la cosa más provechosa de todas
negar nuestra voluntad, así es la cosa más trabajosa que hay. Y aun por mucho
que trabajemos, no saldremos con ello, si aquel Señor que mandó quitar
la piedra de la sepoltura de Lázaro (cf. Jn 11, 39) muerto, no quita esta dureza
que tiene muertos a los que debajo toma; y si no mata a este fuerte Goliat, al
que no hay quien le pueda vencer, sino el que es invencible.
Audi, filia (II), 100. I, pg. 755.
Pues ¿quién tan humilde como el bendito Señor que
dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón? (Mt 11, 29). Por
eso fue oído, según estaba profetizado en su persona: No
quitó el Señor su faz de mí, y cuando clamé a Él me oyó (Sal 21, 25). Y el
mismo Señor dice en el Evangelio: Gracias te hago, Padre, porque siempre me
oyes.
Audi, filia (I). I, pg. 688.
Pues ¿quién tan humilde como el bendito Señor, que
dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón? (Mt 11, 29). Y
por eso fue oído según estaba profetizado en su persona: No
quitó el Señor su faz de mí, y cuando clamé a él me oyó (cf. Sal 21, 5). Y
el mismo Señor dice en el Evangelio: Gracias te hago, Padre, que siempre me oyes (Jn 11, 41-42).
Audi, filia (II), 85. I, pg. 723.
Dijo Marta: Mi hermano Lázaro está muerto de
cuatro días; ya hiede (Jn 11, 39). ¡Qué mala cosa es pecar, habiendo Dios
venido al mundo! ¿Cosa es sin razón, habiendo Dios venido al mundo, que es luz,
andar los hombres en tinieblas! ¡Cosa es sin razón! Hiede de cuatro días.
Pasada ley de naturaleza, ley cerimonial, ley de Escriptura y después pecar,
¡gran mal! Hiede mucho ese pecado.
Lecciones sobre 1 San Juan (I), 9. II, pg.
180.
Qui dicit se in luce esse. – Y por tanto,
como no sea esta obra de luz a su hermano, antes de tiniebla, el que lo
aborrece, aunque más le parezca que anda en luz, en tinieblas anda. Aunque es
cosa muy miseriable, venida ya la luz al mundo, andar aún en tinieblas; y ansí
lo son los pecados de los cristianos. Y esto es lo que con gran sentimiento
decía María: Quatridaunus est; iam fetet (Jn 11, 39). Hiede mucho el
hombre que ha cuatro días está muerto. Que es ley de naturaleza, y de
escriptura y de gracia, y de particulares inspiraciones de Dios.
Lecciones sobre 1 San Juan (II), 9. II, pg.
371.
Eran tres hermanos: María, Marta y Lázaro, personas
ricas y muy honradas según el mundo. Tenían una aldea que se decía Magdala.
Estaban en Betania, que es una legua de Hierusalem, a raíz del monte Olivete.
Todos tres eran grandes amigos y servidores de Nuestro Señor Jesucristo. Amábalos
el Señor a todos tres (cf. Jn 11, 5). ¡Como quien no dice nada!
¡Bienaventurado el pueblo que lo ame Dios y bienaventurado el que halló gracia
delante de Dios! (cf. Sal 143, 15). No hay más que subir. ¿Cómo no se van los
ojos tras esto?
Enfermó Lázaro. Aunque seáis bueno, no se pasó el
tiempo de tener trabajos. Bueno era Lázaro. Enfermó. Como ansí lo vieron sus
hermanas, enviaron a Jesucristo, que estaba lejos de allí, en la otra parte del
río Jordán, adonde bautizaba San Juan; hácenle un mensajero y escríbenle una
carta breve: Señor, sabé que el que amáis está enfermo (Jn 11, 3). Nun
amat et eum deserit, dice San Agustín. “No ama y desampara”. Esto tened por cierto, que si
Cristo os ama, que no os desamparará; si habéis alcanzado que os ame Dios, no
os dejará. Tomó la carta y leyola, y dijo a sus discípulos: Nuestro amigo
Lázaro está enfermo, pero esta su enfermedad no es para morir, sino para gloria
de Dios. Debió de contar estas palabras que dijo Jesucristo el mensajero a sus
señoras.
No hizo mudanza Nuestro Señor Jesucristo e dos días
estúvose allí. ¿Cómo? ¿Ansí se han de socorrer los amigos en las necesidades,
cuando os han menester? ¿Ansí estáis quedo en tiempo que os han menester, en
tiempos de trabajos y enfermedades, cuando tanta necesidad tienen de vuestra
ayuda y consuelo? ¿No os ha acontecido esto, estar en algún trabajo y llamar a
Jesucristo, y no venir tan presto, y en lugar de quitarseos aquel trabajo,
añadírseos otros? Cuando llamáis a Jesucristo y estase quedo, y vos con vuestros
trabajos, estáse Cristo dos dias y aun diez; y aun si queréis, tomad los días
por dos semanas y aun años o por dos docenas de años, que no viene ni se os
quitan vuestros trabajos; si el señor se tardare tres años, no desmayes; el
Señor verná, verná cierto, que no tardará a su tiempo. ¿Estás fatigado, tienes
trabajos, tienes tentaciones? Espera, que Él verná. Dañarte hia si agora
viniese y te sanase. Como a Lázaro, para más bien tuyo y honra suya, te dejaría
agora padecer hasta que de toda parte esté perdida la esperanza de remedio.
Para l que tú padeces, no quiere venir el Señor hasta que lo hayas todo probado
y experimentado; tus dineros, tus amigos, tus fuerzas, saber e industria, y
veas claramente que todo sin Dios no vale para socorrerte y librarte. No quiere
el Señor venir ni curarte; y mientras tu miseria fuere mayor y creciere tu
necesidad y Él y Él será más alabado y honrado en ti.
Quitan esa piedra: - ¡Oh Señor! dice Marta, que
hiede mucho; ha cuatro días que lo enterramos - ¿Tan presto
olvidaste, Marta, lo que os dije? ¿Por qué lo habéis olvidado? A los ruines
hiede, a mí no. Quitan la piedra y llega el Señor a la sepultura y da una voz
grande y recia, y sale Lázaro amortajado y vivo. Y dijo el Señor: Quitalde
la mortaja y desataldo (cf. 11, 7-45). Muchos de los judíos que allí
estaban, que vieron este milagro que Cristo hizo creyeron en Jesucristo; otros
no creyeron. Habéis visto las obsequias del difunto. Ansí pasó.
Dice el Evangelio: Infremuit Iesus (cf. Jn 11,
33). - ¿Por qué, Señor, o contra quien?
– Contra los pecados. ¿Cómo dice Jesucristo que se ha de perder lo que tanto
costó y lo que con toda mi sangre gané, derramándola en la cruz? – Señor mío,
¿para qué tomáis enojo? – Para que lo tomes tú con tus pecados.
Sermón del viernes de la semana 4 de Cuaresma. III, pgs. 195ss.
No tema nadie que lo que Jesucristo nuestro Señor,
en cuanto hombre, pidió para otros, le haya sido o sea negado, según Él da
testimonio diciendo: Gracias te hago, Padre, porque siempre me oyes
(cf.
Jn 11, 4). Ordenación de Dios es – y sea por ello su santo nombre bendito – que
los trabajos y santidad de su unigénito Hijo entren en provecho a los hombres
y, como de verdadera cabeza, corran los bienes del Señor a nosotros, y en este
caso haya unidad y compañía entre Él y nosotros, según dice San Pablo, que somos
llamados para la compañía de Jesucristo 8cf. 1 Cor 1, 3).
¡Oh compañía tan provechosa y tan honrosa entre Jesucristo y
nosotros, que en los santos trabajos y merecimientos de Él sea participante la
humana bajeza y pobreza!
Sermón en la Infraoctava del Corpus. III, pg. 690.
Y convidanle las dos hermanas, y resucita a su
hermano (cf. Jn 11, 43). Y por concluir, la cruz y sepulcro que lo recibieron
fueron llenos de honra, según su capacidad. ¿Quién será tan desconfiado que,
viendo tantos ejemplos de buena paga a los que lo recibieron siendo chico y
siendo grande, no espera, si bien se apareja, y no creerá que a los que bien se
aparejan el Señor recebido de ellos les hará muy grandes mercedes?
Sermón Santísimo Sacramento. III, pg. 535.
Ofrézcase a
la voluntad de Dios tan buen Padre a donde Él mandare sin que le resista.
Déjese llevar de tan buen Padre a donde Él mandare, y diga como dijo Santo
Tomás: Vamos y muramos con Él (Jn 11, 16). Mire que este
negocio no es palabras, sino obras y finos dolores y desampararos; y no tiene
uno más amor del que parece en tiempo de tribulación. Y cada cosa tiene su
tiempo: aquí tenemos de padecer con amor y hacer que abracemos la cruz; en el
otro mundo nos hará gozar del mesmo Dios. Sufra, señora, al amor su carga, que
Él se lo pagará con mil tanto en el cielo.
Carta a una señora que padecía trabajos. IV, pg. 426.
San Oscar Romero.
Y San Pablo está enseñándonos aquí que esta resurrección de
Cristo viene a superar todos esos errores, que no existen tales espíritus, que
solamente existe el rey de la gloria que se hizo hombre y redimió a los hombres
y que, por tanto, hay que buscar en El las cosas de arriba. Quiere decir: las
que Cristo ha traído, las que Cristo - encarnándose y viviendo en la historia-
ha puesto ya en la historia los gérmenes de las cosas celestiales. Vivir de las
cosas de arriba en esta mañana quiere decir: la justicia, la paz, el amor, el
derecho humano, el respeto al prójimo. Vivir las cosas de arriba quiere decir:
la vida nueva del resucitado ya la tienen que vivir en esta tierra. No quiere
decir: despreocuparse de las cosas de la tierra, sino manejar las cosas de la
tierra con los criterios de la justicia del cielo.
Domingo de Resurrección. 26 de marzo de 1978.
Papa León XIV. Audiencia general. 11
de marzo de 2026. Catequesis
- Los Documentos del Concilio Vaticano II - II. Constitución dogmática Lumen gentium. 2.
La Iglesia pueblo de Dios
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos
Continuando
en la reflexión sobre la Constitución dogmática Lumen
gentium (LG) hoy nos detenemos en el segundo capítulo,
dedicado al Pueblo de Dios.
Dios,
que creó el mundo y la humanidad y que desea salvar a todos los hombres, lleva
a cabo su obra de salvación en la historia eligiendo un pueblo concreto y
habitando en él. Por eso, Él llama a Abraham y le promete una descendencia
numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar (cf. Gen 22,17-18).
Con los hijos de Abraham, después de haberlos liberado de la condición de
esclavitud, Dios establece una alianza, los acompaña, los cuida y los recoge
cada vez que se pierden. Por ello, la identidad de este pueblo viene dada por
la acción de Dios y por la fe en Él. Está llamado a convertirse en luz para las
demás naciones, como un faro que atraerá a todos los pueblos, a toda la
humanidad (cf. Is 2,1-5).
El Concilio afirma
que «todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta
que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de
hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne» ( LG,
9). Es, de hecho, Cristo el que, en el don de su Cuerpo de su Sangre reúne en
sí mismo y de manera definitiva a este pueblo. Este está compuesto ya por
personas procedentes de cualquier nación; está unificado por la fe en Él, por
la adhesión a Él, por vivir su misma vida animados por el Espíritu del
Resucitado. Esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que toma su propia existencia
del cuerpo de Cristo [1] y
que es él mismo el cuerpo de Cristo; [2] no un pueblo como los demás, sino el
pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de
todos los pueblos de la Tierra. Su principio unificador no es una lengua, una
cultura, una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es, por lo tanto, –
según una espléndida expresión del Concilio –
«una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la
salvación y el principio de la unidad y de la paz» ( LG,
9).
Se trata
de un pueblo mesiánico, precisamente porque tiene como cabeza a Cristo, el
Mesías. Quienes forman parte de él no presumen de méritos ni títulos, sino solo
del don de ser, en Cristo o por medio de Él, hijas e hijos de Dios. Antes de
cualquier tarea o función, por lo tanto, lo que cuenta realmente en la Iglesia
es estar injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios. Este es
también el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos.
Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para
vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que
anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo
experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual
camina junto a toda la humanidad.
Unificada
en Cristo, Señor y Salvador de todos los hombres y las mujeres, la Iglesia
no puede nunca estar replegada en sí misma, sino que está abierta a todos y es
para todos. Si pertenecen a ella los creyentes en Cristo, el Concilio nos
recuerda que «todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo
de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe
extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio
de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana,
y a sus hijos, que estaban dispersos» (LG,
13).
Incluso
quienes no han recibido todavía el Evangelio están, de alguna manera,
orientados al pueblo de Dios y la Iglesia, cooperando a la misión de Cristo,
está llamada a difundir el Evangelio en todas partes y a todos (cf. LG,
17), para que cada uno pueda entrar en contacto con Cristo. Esto significa que en
la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está llamado
a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en los que
vive y obra. Así es como este pueblo muestra su catolicidad, acogiendo
las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo,
ofreciéndoles la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas
(cf. LG,
13).
En este
sentido, la Iglesia es una, pero incluye a todos. Así la ha descrito un gran
teólogo: «Arca única de la Salvación, debe acoger en su amplia nave todas las
diversidades humanas. Única sala del Banquete, los manjares que distribuye
proceden de toda la creación. Vestimenta sin costuras de Cristo, es también — y
es lo mismo — la vestimenta de José, de muchos colores». [3]
Es un
gran signo de esperanza — sobre
todo en nuestros días, atravesados por tantos conflictos y guerras — saber
que la Iglesia es un pueblo en el que conviven, en la fuerza de la fe, mujeres
y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura: es un signo puesto en
el corazón mismo de la humanidad, llamada y profecía de esa unidad y de esa paz
a la que Dios Padre llama a todos sus hijos.
[1] Cf. J. Ratzinger, Il nuovo popolo di
Dio, Brescia 1992, 97.
[2] Cf. Y. M.-J. Congar, Un popolo
messianico, Brescia 1976, 75.
[3] Cf. H. de Lubac, Cattolicismo.
Aspetti sociali del dogma, Milán 1992, 222.
Papa León XIV. Ángelus. 15 de marzo
de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El
Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos relata la curación de un
hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Por medio de la
simbología de este episodio, el evangelista Juan nos habla del misterio de la
salvación: mientras estábamos en la oscuridad, mientras la humanidad
caminaba en las tinieblas (cf. Is 9,1), Dios envió a su
Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra
vida.
Los
profetas habían anunciado que el Mesías abriría los ojos de los ciegos
(cf. Is 29,18; 35,5; Sal 146,8). Jesús mismo
acredita su misión mostrando que «los ciegos ven» (Mt 11,4); y se
presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). En efecto,
podemos decir que todos nosotros somos “ciegos de nacimiento”, porque solos
no podemos ver en profundidad el misterio de la vida. Por eso Dios se
hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el
aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace
capaces de ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad.
Llama la
atención el hecho de que durante siglos se haya difundido la opinión, presente
aún hoy, según la cual la fe sería una especie de “salto en la oscuridad”, una
renuncia a pensar, por lo que tener fe significaría creer “ciegamente”. El
Evangelio, en cambio, nos dice que en contacto con Cristo los ojos se abren,
hasta el punto de que las autoridades religiosas piden con insistencia al ciego
sanado: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Jn 9,10); y también:
«¿Cómo te abrió los ojos?» (v. 26).
Hermanos
y hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos
llamados a vivir un cristianismo “de ojos abiertos”. La fe no es un acto
ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción
religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la
fe nos ayuda a mirar «desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una
participación en su modo de ver» (Carta enc. Lumen fidei, 18)
y, por eso, nos pide que “abramos los ojos”, como hacía Él, sobre todo a los
sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo.
Hoy, en particular, frente a las numerosas preguntas
del corazón humano y a las dramáticas situaciones de injusticia, violencia y
sufrimiento que marcan nuestro tiempo, es necesaria una fe despierta, atenta
y profética, que abra los ojos ante las oscuridades del mundo y lleve allí la
luz del Evangelio por medio de un compromiso de paz, de justicia y de
solidaridad.
Pidamos
a la Virgen María que interceda por nosotros, para que la luz de Cristo abra
los ojos de nuestro corazón y podamos dar testimonio de Él con sencillez y
valentía.
Papa Francisco. Ángelus. 26 de
marzo de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, quinto domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta la resurrección
de Lázaro (cfr. Jn 11, 1-45). Es el último de los milagros de
Jesús narrados antes de la Pascua: la resurrección de su amigo Lázaro. Lázaro
es un querido amigo de Jesús. El Señor, que sabe que su amigo está a punto de
morir, se pone en camino, pero llega a casa de Lázaro cuatro días después de
que haya sido sepultado, cuando ya se ha perdido toda esperanza. Sin embargo,
su presencia enciende un poco de confianza en el corazón de las hermanas, Marta
y María (cfr. v. 22-27). Ellas, en medio del dolor, se aferran a esa luz, a este
pequeña esperanza. Y Jesús las invita a tener fe, y pide que abran el sepulcro.
Luego reza al Padre, y grita a Lázaro: «¡Sal fuera!» (v. 43). Éste vuelve a
vivir y sale. Este es el milagro, tal cual, sencillo.
El mensaje es claro: Jesús da la vida incluso cuando
parece que ya no hay esperanza. Sucede, a veces, que uno se siente sin
esperanza —a todos nos ha pasado esto—, o que encuentra personas
que han dejado de esperar, amargadas porque han vivido malas experiencias, el
corazón herido no puede esperar. A causa de una pérdida dolorosa, de
una enfermedad, de un cruel desengaño, de una injusticia o una traición
sufrida, de un grave error cometido… han dejado de esperar. En ocasiones,
oímos a alguien que dice: “Ya no hay nada que hacer”, y cierra la puerta a la
esperanza. Son momentos en los que la vida se asemeja a un sepulcro cerrado:
todo es oscuridad, en torno se ve solamente dolor y desesperación. El milagro
de hoy nos dice que no es así, que el final no es este, que en esos momentos
no estamos solos, al contrario, que precisamente en esos momentos Él se
hace más cercano que nunca para darnos de nuevo la vida. Jesús
llora: dice el Evangelio que Jesús, ante el sepulcro de Lázaro se echó a
llorar, y hoy Jesús llora con nosotros, como lloró por Lázaro: el
Evangelio repite dos veces que se conmovió (cfr. v. 33-38), y subraya que «se
echó a llorar» (cfr. v. 35). Y, al mismo tiempo, Jesús nos invita a no dejar
de creer y esperar, a no dejarnos abatir por los sentimientos negativos,
que nos roban el llanto. Se acerca a nuestros sepulcros y nos dice, como
entonces: «¡Quitad la piedra!» (v. 39). En esos momentos tenemos como un piedra
dentro y el único capaz de quitarla es Jesús, con su palabra: «¡Quitad la
piedra!».
Jesús nos dice esto también a nosotros. Quitad la piedra: no
escondáis el dolor, los errores, los fracasos, dentro de vosotros, en una
habitación oscura y solitaria, cerrada. Quitad la piedra: sacad
todo lo que hay dentro. “Me da vergüenza”, decimos. Pero el Señor
dice: ponedlo ante mí con confianza, yo no me escandalizo; ponedlo ante
mi sin temor, porque yo estoy con vosotros, os amo y deseo que volváis a vivir.
Y, como a Lázaro, repite a cada uno de nosotros: ¡Sal fuera! ¡Levántate,
reemprende el camino, reencuentra la confianza! Cuantas veces en la vida
nos hemos visto así, en la situación de no tener fuerzas para volver a
levantarnos. Y Jesús: “¡Ve, adelante! Yo estoy contigo”. Te tomo de la mano,
dice Jesús, como cuando de pequeño aprendías a dar los primeros pasos. Querido hermano,
querida hermana, quítate las vendas que te atan (cfr. v. 45), no
cedas, por favor, al pesimismo que deprime, no cedas al temor que aísla, no
cedas al desánimo por el recuerdo de malas experiencias, no cedas al miedo que
paraliza. Jesús nos dice: “¡Yo te quiero libre y te quiero vivo, no
te abandono, estoy contigo! Todo está oscuro, pero yo estoy contigo. No
te dejes aprisionar por el dolor, no dejes que muera la esperanza. Hermano,
hermana ¡vuelve a vivir!”. — “¿Cómo lo hago?” — “Tómame de la mano”, y Él nos
toma de la mano. Deja que te saque, Él es capaz de hacerlo. En esos malos
momentos por los que todos pasamos.
Queridos hermanos y hermanas, este pasaje del capítulo 11 del
Evangelio de Juan, que nos hace mucho bien leer, es un himno a la vida,
y se proclama cuando la Pascua está cerca. Quizá también nosotros llevamos
ahora en el corazón algún peso o algún sufrimiento que parece aplastarnos;
alguna cosa mala, algún viejo pecado que no logramos sacar a la luz,
algún error de juventud, ¡quién sabe! Estas cosas malas deben salir. Y
Jesús dice: “¡Sal fuera!”. Es el momento de quitar la piedra y de salir al
encuentro de Jesús que está cerca. ¿Somos capaces de abrirle el corazón y
confiarle nuestras preocupaciones? ¿Lo hacemos? ¿Somos capaces de abrir el
sepulcro de los problemas y mirar más allá del umbral, hacia su luz? ¿O tenemos
miedo? Y, a nuestra vez, como pequeños espejos del amor de Dios, ¿logramos
iluminar los ambientes en los que vivimos con palabras y gestos de vida? ¿Testimoniamos
la esperanza y la alegría de Jesús? Todos nosotros, pecadores. Y también
quisiera decir una palabra a los confesores: queridos hermanos, no
olvidéis que también vosotros sois pecadores, y estáis en el confesionario
no para torturar, para perdonar y para perdonar todo, como el
Señor perdona todo. Que María, Madre de la esperanza, renueve en
nosotros la alegría de no sentirnos solos y la llamada a llevar luz a la
oscuridad que nos rodea.
Papa Francisco. Ángelus. 29 de
marzo de 2020.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma es el de la Resurrección de
Lázaro (cf. Juan 11, 1-45). Lázaro era el hermano de Marta y
María; eran muy amigos de Jesús. Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba
ya cuatro días muerto; Marta corrió al encuentro del Maestro y le dijo: «Señor,
si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (v. 21). Jesús le
responde: «Tu hermano resucitará» (v. 23); y añade: «Yo soy la resurrección. El
que cree en mí, aunque muera, vivirá» (v. 25). Jesús se muestra como el Señor
de la vida, el que es capaz de dar vida incluso a los muertos. Luego llegan María
y otras personas, todas en lágrimas, y entonces Jesús —dice el Evangelio— «se
conmovió interiormente y [...] se echó a llorar» (vv. 33, 35). Con esta
amargura en su corazón, va al sepulcro, da gracias al Padre que siempre le
escucha, hace abrir la tumba y grita con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!». (v.
43). Y Lázaro salió «atado de pies y manos con vendas, y envuelto el rostro en
un sudario» (v. 44).
Aquí sentimos claramente que Dios es vida y da vida, pero asume el drama
de la muerte. Jesús podría haber evitado la muerte de su amigo Lázaro, pero
quiso hacer suyo nuestro dolor por la muerte de nuestros seres queridos y,
sobre todo, quiso mostrar el dominio de Dios sobre la muerte. En este pasaje
del Evangelio vemos que la fe del hombre y la omnipotencia de Dios, el amor
de Dios, se buscan y, finalmente, se encuentran. Es como un doble camino: la fe
del hombre y la omnipotencia del amor de Dios se buscan y finalmente se
encuentran. Lo vemos en el grito de Marta y María y todos nosotros con ellas:
“¡Si hubieras estado aquí!...”. Y la respuesta de Dios no es un discurso,
no, la respuesta de Dios al problema de la muerte es Jesús: “Yo soy la
resurrección y la vida... ¡Tened fe! En medio del llanto seguid teniendo fe,
aunque la muerte parezca haber vencido. ¡Quitad la piedra de vuestro corazón!
Que la Palabra de Dios devuelva la vida allí donde hay muerte”.
También hoy nos repite Jesús: “Quitad la piedra”: Dios no nos ha creado
para la tumba, nos ha creado para la vida, bella, buena, alegre. Pero «por
envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sabiduría 2, 24),
dice el libro de la Sabiduría, y Jesucristo ha venido a liberarnos de sus
lazos.
Por lo tanto, estamos llamados a quitar las piedras de todo lo que sabe
a muerte: por ejemplo, la hipocresía con la que vivimos la fe es la
muerte; la crítica destructiva hacia los demás es la muerte; la
ofensa, la calumnia, son la muerte; la marginación de los pobres es
la muerte. El Señor nos pide que quitemos estas piedras de nuestros corazones,
y la vida volverá a florecer a nuestro alrededor. Cristo vive, y quien lo acoge
y se adhiere a Él entra en contacto con la vida. Sin Cristo, o fuera de Cristo,
no sólo no hay vida, sino que se recae en la muerte.
La resurrección de Lázaro es también un signo de la regeneración que tiene
lugar en el creyente a través del Bautismo, con la plena inserción en el
Misterio Pascual de Cristo. Gracias a la acción y al poder del Espíritu Santo,
el cristiano es una persona que camina en la vida como una nueva criatura: una
criatura para la vida y que camina hacia la vida.
Que la Virgen María nos ayude a ser tan compasivos como su Hijo Jesús, que
hizo suyo nuestro dolor. Que cada uno de nosotros esté cerca de los que están
en la prueba, convirtiéndose para ellos en un reflejo del amor y la ternura de
Dios, que libra de la muerte y hace vencer la vida.
Papa Francisco. Ángelus. 2 de abril
de 2017.
LLAMAMIENTOS
Estoy profundamente apenado por la tragedia que ha golpeado Colombia, donde
una gigantesca avalancha de fango causada por lluvias torrenciales embistió la
ciudad de Mocoa causando numerosos muertos y heridos. Rezo por las víctimas y
aseguro mi cercanía y la vuestra a cuantos lloran la desaparición de sus seres
queridos, y doy las gracias a todos los que están trabajando para prestar
socorro.
Siguen llegando noticias de sangrientos enfrentamientos armados en la
región de Kasai en la República Democrática del Congo, enfrentamientos que
están causando víctimas y desplazamientos y que también afectan a las personas
y propiedades de la Iglesia: iglesias, hospitales, escuelas. Aseguro mi
cercanía a esta nación, y exhorto a todos a rezar por la paz, para que los
corazones de los artífices de tales crímenes no permanezcan esclavos del odio y
de la violencia, porque siempre el odio y la violencia destruyen.
Además, sigo con gran atención lo que está ocurriendo en Venezuela y en
Paraguay. Rezo por aquellas poblaciones, muy queridas para mí, e invito a todos
a perseverar sin descanso, evitando cualquier tipo de violencia, en la búsqueda
de soluciones políticas.
Papa Francisco. Ángelus. 6 de
abril de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma nos narra la resurrección
de Lázaro. Es la cumbre de los «signos» prodigiosos realizados por Jesús: es un
gesto demasiado grande, demasiado claramente divino para ser tolerado por los
sumos sacerdotes, quienes, al conocer el hecho, tomaron la decisión de matar a
Jesús (cf. Jn 11, 53).
Lázaro estaba muerto desde hacía cuatro días, cuando llegó Jesús; y a las
hermanas Marta y María les dijo palabras que se grabaron para siempre en la
memoria de la comunidad cristiana. Dice así Jesús: «Yo soy la resurrección y la
vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree
en mí, no morirá para siempre» (Jn 11, 25-26). Basados en esta
Palabra del Señor creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus
mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e
inmortal. Como Jesús que resucitó con el propio cuerpo, pero no volvió a una
vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán
transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza
del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quien está unido a
Él.
Ante la tumba sellada del amigo Lázaro, Jesús «gritó con voz potente: “Lázaro,
sal afuera”. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la
cara envuelta en un sudario» (vv. 43-44). Este grito perentorio se dirige a
cada hombre, porque todos estamos marcados por la muerte, todos nosotros;
es la voz de Aquel que es el dueño de la vida y quiere que todos «la tengan en
abundancia» (Jn 10, 10). Cristo no se resigna a los sepulcros
que nos hemos construido con nuestras opciones de mal y de muerte, con nuestros
errores, con nuestros pecados. Él no se resigna a esto. Él nos invita, casi
nos ordena salir de la tumba en la que nuestros pecados nos han sepultado.
Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la que
estamos encerrados, contentándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre.
«Sal afuera», nos dice, «Sal afuera». Es una hermosa invitación a la libertad
auténtica, a dejarnos aferrar por estas palabras de Jesús que hoy repite a cada
uno de nosotros. Una invitación a dejarnos liberar de las «vendas», de
las vendas del orgullo. Porque el orgullo nos hace esclavos, esclavos de
nosotros mismos, esclavos de tantos ídolos, de tantas cosas. Nuestra
resurrección comienza desde aquí: cuando decidimos obedecer a este
mandamiento de Jesús saliendo a la luz, a la vida; cuando caen de nuestro
rostro las máscaras —muchas veces estamos enmascarados por el pecado, las
máscaras tienen que caer— y volvemos a encontrar el valor de nuestro rostro
original, creado a imagen y semejanza de Dios.
El gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la
fuerza de la gracia de Dios, y, por lo tanto, hasta dónde puede llegar nuestra
conversión, nuestro cambio. Pero escuchad bien: no existe límite alguno para la
misericordia divina ofrecida a todos. No existe límite alguno para la
misericordia divina ofrecida a todos, recordad bien esta frase. Y podemos
decirla todos juntos: «No existe límite alguno para la misericordia divina
ofrecida a todos». Digámoslo juntos: «No existe límite alguno para la
misericordia divina ofrecida a todos». El Señor está siempre dispuesto a
quitar la piedra de la tumba de nuestros pecados, que nos separa de Él, la
luz de los vivientes.
Benedicto XVI. Ángelus. 10 de
abril de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Ya sólo faltan dos semanas para la Pascua y todas las lecturas bíblicas de
este domingo hablan de la resurrección. Pero no de la resurrección de Jesús,
que irrumpirá como una novedad absoluta, sino de nuestra resurrección, a la que
aspiramos y que precisamente Cristo nos ha donado, al resucitar de entre los
muertos. En efecto, la muerte representa para nosotros como un muro que nos
impide ver mas allá; y sin embargo nuestro corazón se proyecta mas allá de este
muro y, aunque no podemos conocer lo que oculta, sin embargo, lo pensamos,
lo imaginamos, expresando con símbolos nuestro deseo de eternidad.
El profeta Ezequiel anuncia al pueblo judío, en el destierro, lejos de la
tierra de Israel, que Dios abrirá los sepulcros de los deportados y los hará
regresar a su tierra, para descansar en paz en ella (cf. Ez 37,
12-14). Esta aspiración ancestral del hombre a ser sepultado junto a sus padres
es anhelo de una «patria» que lo acoja al final de sus fatigas terrenas. Esta
concepción no implica aún la idea de una resurrección personal de la muerte,
pues esta sólo aparece hacia el final del Antiguo Testamento, y en tiempos de
Jesús aún no la compartían todos los judíos. Por lo demás, incluso entre los
cristianos, la fe en la resurrección y en la vida eterna con frecuencia
va acompañada de muchas dudas y mucha confusión, porque se trata de una
realidad que rebasa los límites de nuestra razón y exige un acto de fe. En
el Evangelio de hoy —la resurrección de Lázaro—, escuchamos la voz de la fe de
labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: «Tu hermano
resucitará», ella responde: «Sé que resucitará en la resurrección en el último
día» (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: «Yo soy la resurrección y la
vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25).
Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo
derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es
vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la
resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que
ante Dios es como un sueño (cf. Jn 11, 11).
Pero hay otra muerte, que costó a Cristo la lucha más dura, incluso el
precio de la cruz: se trata de la muerte espiritual, el pecado, que amenaza con
arruinar la existencia del hombre. Cristo murió para vencer esta muerte,
y su resurrección no es el regreso a la vida precedente, sino la apertura de
una nueva realidad, una «nueva tierra», finalmente unida de nuevo con el cielo
de Dios. Por este motivo, san Pablo escribe: «Si el Espíritu del que resucitó a
Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los
muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el
mismo Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11). Queridos
hermanos, encomendémonos a la Virgen María, que ya participa de esta
Resurrección, para que nos ayude a decir con fe: «Sí, Señor: yo creo que tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios» (Jn 11, 27), a descubrir que él es
verdaderamente nuestra salvación.
Benedicto XVI. Ángelus. 9 de marzo
de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
En nuestro itinerario cuaresmal hemos llegado al quinto domingo,
caracterizado por el evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11,
1-45). Se trata del último gran "signo" realizado por Jesús, después
del cual los sumos sacerdotes reunieron al sanedrín y deliberaron matarlo; y
decidieron matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de
Cristo, Señor de la vida y de la muerte.
En realidad, esta página evangélica muestra a Jesús como verdadero hombre y
verdadero Dios. Ante todo, el evangelista insiste en su amistad con Lázaro y
con sus hermanas Marta y María. Subraya que «Jesús los amaba» (Jn 11,
5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro, nuestro amigo, está
dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11), así les habló a los
discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto de vista de Dios
sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un sueño, del que
se puede despertar.
Jesús demostró un poder absoluto sobre esta muerte: se ve cuando devuelve
la vida al joven hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 11-17) y
a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43). Precisamente de ella
dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39), provocando
la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así: la muerte
del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier momento.
Este señorío sobre la muerte no impidió a Jesús experimentar una sincera
com-pasión por el dolor de la separación. Al ver llorar a Marta y María y a cuantos habían acudido
a consolarlas, también Jesús «se conmovió profundamente, se turbó» y, por
último, «lloró» (Jn 11, 33. 35). El corazón de Cristo es
divino-humano: en él Dios y hombre se encontraron perfectamente, sin separación
y sin confusión. Él es la imagen, más aún, la encarnación de Dios, que es amor,
misericordia, ternura paterna y materna, del Dios que es Vida.
Por eso declaró solemnemente a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida:
el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí,
no morirá para siempre». Y añadió: «¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26).
Una pregunta que Jesús nos dirige a cada uno de nosotros; una pregunta que
ciertamente nos supera, que supera nuestra capacidad de comprender, y nos pide
abandonarnos a él, como él se abandonó al Padre.
La respuesta de Marta es ejemplar: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el
Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,
27). ¡Sí, oh Señor! También nosotros creemos, a pesar de nuestras dudas y de
nuestras oscuridades; creemos en ti, porque tú tienes palabras de vida eterna;
queremos creer en ti, que nos das una esperanza fiable de vida más allá de la
vida, de vida auténtica y plena en tu reino de luz y de paz.
Encomendemos esta oración a María santísima. Que su intercesión
fortalezca nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús, especialmente en los
momentos de mayor prueba y dificultad.
MISA DE NIÑOS. DOMINGO DE RAMOS.
Monición de entrada.-
Buenos días:
Desde que comenzó la cuaresma hemos intentado
ser mejores para así ir a la fiesta de la Pascua queriendo más a Jesús y las
personas.
Esta mañana, cuando queda una semana para el
domingo de pascua, comenzamos la Semana Santa con todos los católicos.
En esta semana nos acordaremos de cuando
Jesús sufrió, murió y resucitó. Pero lo primero que hizo fue entrar en
Jerusalén.
Acordándonos de la entrada en Jerusalén desde
aquí vamos a acompañar a Jesús con las palmas y los ramos de olivo, para que un
día entremos en el cielo.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa León y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por la Iglesia para que anime
a las personas que están tristes. Te lo
pedimos, Señor.
Jesús, te pido por todos los cristianos que
estas semanas nos acordaremos de tu muerte y resurrección, para que estemos
unidos. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por las personas que esta
semana estarán en los hospitales, para que no pierdan la ilusión por curarse.
Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros, para que tus
palabras, que escucharemos esta semana, nos ayuden a ser mejores amigos tuyos.
Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
