lunes, 6 de abril de 2026

302. Domingo de Pascua.


 Primera lectura.

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles  10, 34a.37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

-Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios por la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.

 

Textos paralelos.

Vosotros sabéis lo que sucedió en toda Judea.

Rm 10, 12: En efecto, no hay distinción entre judío y griego, porque uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan.

Comenzando por Galilea.

Lc 4, 44: Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder.

Is 61,1: El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, / porque el Señor me ha ungido. / Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, / para curar los corazones desgarrados, / proclamar la amnistía a los cautivos, / y a los prisioneros la libertad.

Mt 3, 16: Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba en él.

Hch 1, 8: En cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra.

Como pasó haciendo el bien.

Hch 4, 27: Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra su santo siervo Jesús, a quien ungiste.

Hch 2, 22: Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús, el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis.

Mt 4, 1: Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.

Nosotros somos testigos.

Mt 8, 29: Y le dijeron a gritos: “¿Qué tenemos que ver nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”.

Cuanto hizo en la región de los judíos.

Hch 1, 22: Comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección.

Dios lo resucitó.

Hch 2, 23: A este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos.

Sino a los testigos que Dios había escogido de antemano.

Hch 1, 3-4: Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino “aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar”.

Hch 13, 31: Durante muchos días, se pareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo.

Jn 14, 22: Le dijo Judas, no el Iscariote: “Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?”.

Bebimos con él después que resucitó.

Lc 24, 41-43: Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónicos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. 

Constituido por Dios juez de vivos y muertos.

Hch 2, 36: Por tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.

Todos los profetas dan testimonio.

Hch 2, 38: Pedro les contestó: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Alcanzará, por su nombre, el perdón de los pecados.

Hch 3, 16: Por la fe en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos vosotros.

 

Notas exegéticas.

10 37 (a) Los vv. 37-42 forman un resumen de la historia evangélica que subraya los puntos que el mismo Lucas pone de relieve en su evangelio.

10 37 (b) Variante: “el comienzo”.

10 38 Ver Lc 4, 18-21 (citando a Is 61, 1), que sugiere que la bajada del Espíritu sobre Jesús con ocasión del bautismo fue una unción. Este mismo Espíritu va a descender sobre los incircuncisos creyentes que escuchan a Pedro.

10 40 “Lo resucitó al tercer día”: la fórmula clásica de la predicación y de la fe cristianas. Aparece ya en el Credo embrionario de 1 Co 15, 4, con esta precisión: “según las Escrituras”. La fórmula es eco de Jon 2, 1.

10 41 (a) Separado así del grupo de testigos privilegiados, al pueblo judíos solo le queda, en cierto sentido, una prerrogativa: ser el primer destinatario de un mensaje que Pedro anuncia también en este momento a las naciones paganas.

10 41 (b) Adicción texto occidental: “y vivimos familiarmente en su compañía cuarenta días después de su resurrección de entre los muertos”.

10 42 (a) El “Pueblo” por excelencia es el pueblo de Israel.

10 42 (b) Los “vivos”: los que en el momento de la parusía [segunda venida de Cristo] estarán vivos; los “muertos”: los que muertos ya resucitarán entonces para el juicio. Dios, resucitando a Jesús, le ha constituido en la dignidad de Juez soberano; así pues, la proclamación de la Resurrección es a la vez para los hombres una invitación al arrepentimiento.

10 43 (a) Único recurso explícito, en este discurso, a un aspecto fundamental de la predicación apostólica: el cumplimento de las profecías. El autor piensa en textos proféticos relativos a la fe y el perdón de los pecados.

10 43 (b) Esta afirmación completa la que abría el discurso y anuncia la que dará fin a todo el “ciclo” de Cornelio. En Jesús muerto y resucitado, Señor de todos, la salvación será ofrecida a cualquiera que crea, judío o pagano. Solo la fe purifica verdaderamente los corazones.

 

Salmo responsorial

Salmo 118 (117), 1-2.16-17.22-23 (R:/24).


R/. Este es el día que hizo el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo.

 

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia. R/.

La diestra del Señor es poderosa,

la diestra del Señor es excelsa.

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor. R/.

 

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente. R/.

 

Textos paralelos.

Dad gracias a Yahvé, porque es bueno.

Sal 100, 5: El Señor es bueno, / su misericordia es eterna, / su fidelidad por todas las edades.

Sal 136, : Dad gracias al Señor porque es bueno; / porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterno es su amor.

Sal 115, 9: Israel confía en el Señor: / él es su auxilio y su escudo.

Sal 115, 11: Los que temen al Señor confían en el Señor; / él es su auxilio y su escudo.

Sal 135, 19-20: Casa de Israel, bendice al Señor; / casa de Aarón, bendice al Señor; / casa de Leví, bendice al Señor; / los que teméis al Señor, bendecid al Señor.

No he de morir, viviré.

Sal 115, 17-18: Los muertos ya no alaban al Señor, / ni los que bajan al silencio. / Nosotros, los que vivimos, bendeciremos al Señor, / ahora y por siempre. / ¡Aleluya!

La piedra que desecharon los albañiles.

Is 28, 16: Por eso así dice el Señor, Dios: / “He puesto en Sión como fundamento una piedra, / una piedra probada, / una piedra angular preciosa, / un fundamento sólido. / Quien se apoya en ella no vacila.

Za 3, 9: Mirad la piedra que pongo ante Josué, / es piedra única con siete ojos. / Yo mismo grabaré su inscripción / -oráculo del Señor del universo –, / y apartaré el pecado de este país / en un solo día – oráculo del Señor.

Za 4, 7: ¿Quién eres tú, gran montaña? Conviértete en llano ante Zorobabel. ¡Él es quien saca la piedra de remate entre aclamaciones y vivas!

Mt 21, 42: Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular? Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?”.

Hch 4, 11: Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos y que se ha convertido en la piedra angular.

Ef 2, 20: Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.

1 Co 3, 11: Pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.

 

Notas exegéticas.

118 Este canto cierra el Hallel. Un invitatorio precede al himno de acción de gracias puesto en labios de la comunidad personificada, completado en la serie de responsorios recitados por diversos grupos cuando la procesión entraba en el Templo. El conjunto se utilizó quizá para la fiesta descrita en Ne 8, 1

118 23 El Templo ha sido reconstruido. La “piedra angular” (o “clave de la bóveda”), ver Jr 51, 26, que puede convertirse en “piedra de escándalo” es un tema mesiánico, Is 8, 14.

 

Segunda lectura.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 6b-8

Hermanos:

¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de la corrupción y de la maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad.

Palabra de Dios.

 

Textos paralelos.

Si habéis resucitado con Cristo.

Ef 2, 6: Nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él.

Flp 3, 20: Nosotros en cambio somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.

Hch 2, 33: Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.

Sal 110, 1: Oráculo del Señor a mi Señor: / “Siéntate a mi derecha, / y haré de tus enemigos / estrado de tus pies”.

Cuando aparezca Cristo.

Col 2, 13: Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros pecados y la incircuncisión de vuestra carne; os vivificó con él.

1 Jn 3, 2: Queridos, ahora sois hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Rm 8, 19: Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios.

Col 1, 27: A quienes Dios ha querido dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria.

 

Notas exegéticas:

3 1 Es decir, la nueva vida revelada en Jesucristo, por oposición al mundo antiguo (“las de la tierra”, v. 2). Pero no se trata de un menosprecio a las realidades terrestres”.

3 4 (b) El cristiano, unido a Cristo por el bautismo participa ya realmente de su vida celestial, pero esta vida es espiritual y oculta, y no llegará a ser manifiesta y gloriosa sino en la Parusía.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

-Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado `rimero al sepulcro: vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

Textos paralelos.

Echó a correr.

Mt 28, 10: Jesús les dijo: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verás”.

Jn 18, 15: Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote.

Entró en el sepulcro.

Jn 11, 44: El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadlo andar”.

Jn 19, 40: Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos.

Lc 24, 12: Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido.

Hasta entonces no había comprendido.

Jn 5, 39: Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas la vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí.

Jn 14, 26: Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

1 Co 15, 4: Y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

20 1 (a) Convertido en el “Día del Señor”, el domingo cristiano.

20 1 (b) Los sinópticos hablan de una actuación de varias mujeres, entre las que siempre es mencionada María Magdalena, que también estuvo presente en el Calvario.

20 2 Este plural es quizá la huella de un estadio más antiguo de la tradición, que mencionaba la presencia de varias mujeres en la tumba.

20 5 El discípulo reconoce en Pedro cierta preeminencia.

20 8 A diferencia de María, el discípulo percibe en la tumba vacía y en los lienzos cuidadosamente plegados el signo que le lleva a comprender que el cuerpo no ha sido robado ni desplazado, y a reconocer en la fe la resurrección de Jesús.

20 19 El evangelista no cita ningún texto. Quiere subrayar el estado de falta de preparación de los discípulos en cuanto a la revelación pascual, a pesar de la escritura.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica

Para Juan la resurrección corona la glorificación del Hijo, realizada ya en la muerte en cruz.

1 El primer (día) de la semana. Lit. el uno de los sábados) para los seguidores de Jesús es, ya, el domingo – “día del Señor” –.

2 Echa a correr y llega: lit. corre, pues, y va.

Al que Jesús … especialmente: lit. al que quería-con-afecto-de-amistad el Jesús.

Llevaron… no sabemos…: el plural gramatical no se refiere necesariamente a varias mujeres; la sustitución de “yo” por “nosotras” era un modismo del arameo hablado en Galilea (G. Dalman).

5 Que yacían allanados suavemente, sin el relieve que habían tenido al envolver el cadáver.

6 Llegó… y observó. En el texto griego todo el pasaje abunda en verbos en presente de indicativo, a la manera de presentes descriptivos que hacen al lector revivir de cerca, casi nerviosamente, lo ocurrido.

7 De modo diverso: la traducción entiende el verbo griego kloris no en sentido local (=separadamente) , sino en sentido de modo: el pañuelo estaba “independiente” de los lienzos.

8 Vio y creyó: aunque el hecho de encontrar el sepulcro vacío tiene gran importancia, en sí mismo no es prueba de la resurrección de Jesús, sino una especie de contraprueba, un signo según la terminología teológica de Jn; el pañuelo aún enrollado, y la sábana caída suavemente en el suelo, liberada del cuerpo que cubría, indicaba que el cadáver de Jesús había desaparecido, pero que no había sido robado ni había habido violencia. Después la gracia de comprender la Escritura, y las apariciones de Jesús resucitado fueron datos determinantes para la fe de la primera comunidad cristiana.

9 La escritura…: o quizás: aquel texto de la Escritura: “Él tiene que resucitar (lit. levantarse), etc.”. Jn no cita ningún pasaje bíblico concreto.

 

Notas exegéticas desde la Biblia Didajé:

20, 1-31 Cuando Cristo se apareció a sus discípulos, mostró su Cuerpo glorificado; se podía reconocer su cuerpo humano pero con aptitudes totalmente nuevas que trascendía los límites del tiempo, espacio y materia. Cat. 640-645, 659.

20, 1-10 El sepulcro vacío no es en ´si mismo evidencia irrefutable de la Resurrección, pero es evidentemente una señal esencia de la Resurrección. Cat. 640.

20, 1 El domingo es el día de la Resurrección de Cristo. Por esa razón, la Iglesia considera el domingo como el Día del Señor y estableció su culto en el mismo día para la celebración de la Eucaristía. En la Iglesia primitiva, antes de que los cristianos se separaran completamente del judaísmo, realizaban el culto en el Templo y en las sinagogas el Sabbat y después se reunían para celebrar la eucaristía en casas privadas al día siguiente, que era domingo. Siendo el primer día, el domingo también nos recuerda el primer día de la creación y, por lo tanto, significa una nueva creación en Cristo. Cat. 2174, 2190-2195.

20, 4 El otro discípulo (juan) llegó a la tumba en primer lugar, pero dejó entrar a Pedro antes que él. Esto fue como deferencia hacia Pedro en su papel de cabeza de los Apóstoles, a quien hoy reconocemos como el primer Papa. Cat 552-553.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

638 “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creía y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la cruz.

639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento.

640 En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo. A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro.

641 María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce.

642 La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que Él había realizado antes de Pascua. (...) La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la resurrección, el cuerpo de Jesús se llena de poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es el hombre celestial.

2174 Jesús resucitó de entre los muertos “el primer día de la semana” (Mt 16, 2). En cuanto es el “primer día”, el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En cuanto es el “octavo día”, que sigue al sábado, significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo. Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor (Hè kryiakè hemera, dies dominica), el “domingo”: “Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día  en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos” (S. Justino, Apología 1, 67).

2191 La Iglesia celebra el día de la Resurrección de Cristo el octavo día, que es llamado con toda razón día del Señor, o domingo.

 

Concilio Vaticano II

La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o domingo. Así pues, en este día los fieles deben reunirse para, escuchando la palabra de Dios, y participando en la Eucaristía, recordar la Pasión, Resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los “hizo renacer a la esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (1 Pe 1, 3).

Sacrosanctum Concilium, 106.

 

San Agustín

La resurrección de nuestro Señor es nueva vida para los que creen en Jesús. Y este es el misterio de su pasión y resurrección que debéis conocer bien y vivirlo. Pues no sin motivo vino la vida a la muerte; no sin motivo la fuente de la vida, de la que se bebe para vivir, bebió este cáliz que no le correspondía. Cristo, en efecto, no debía morir. Si investigamos el origen de la muerte, de donde procede, el pecado es el padre de ella. Si nadie hubiese pecado nunca, nadie moriría. El primer hombre recibió la ley de Dios, esto es, una orden de Dios, con la condición de que viviría si la guardaba y moriría si la transgredía. Creyendo que no iba a morir fue causante de la muerte, y encontró ser cierto lo que había dicho quien había dado la ley. De ahí viene la muerte, de ahí la condición mortal, de ahí la fatiga, la miseria; de ahí también la muerte segunda después de la primera muerte. (...) El sábado, en efecto, es el séptimo día, el que completa la semana. El Señor yació en el sepulcro el día del sábado, es decir, el séptimo, y resucitó al octavo. Su resurrección nos renueva. En consecuencia en el octavo día nos circunda. Con esta esperanza vivimos.

Sermón 231. I, pgs. 425-426.

 

Los Santos Padres.

Ese día primero de la semana es el que, en memoria de la resurrección del Señor, los cristianos tienen por costumbre llamar el día del señor.

San Agustín. Tratados sobre el Ev. de Juan, 120, 6.2

De igual manera que al nacer no rompió la virginidad de su madre virgen, tampoco al resucitar rompió los sellos del sepulcro. Por eso no puedo expresar con la palabra ni su nacimiento ni tampoco puedo abarcar lo referente a la tumba.

San Juan Crisóstomo. Homilía sobre el sábado santo. 10, 3.

 

San Juan de Ávila

Y así como buscastes pensar con vuestras miserias un rato de la noche, y un lugar recogido, y con mayor vigilancia, buscad otro rato antes que amanezca, o por la mañana, en que con atención penséis en aquel que tomó sobre sí vuestras miserias y pagó vuestros pecados para daros a vos la libertad y descanso. Y el modo que ternéis será este, si otro mejor no se ofreciere. Repartid los pasos de la pasión por los dáis de la semana en esta manera: (...) Del domingo no hablo, porque ya sabéis que es diputado [elegido] el pensamiento de la resurrección (cf. Jn 20, 1 ss) y a la gloria que en el cielo poseen los que allá están, y en esto os habéis de ocupar aquel día.

Audi, filiae (I). I, pg. 460.

 

San Oscar Romero.

 

En esta noche de la historia donde hay tantas intrigas, tantas sombras y tantos pecados, tantos crímenes que parece que se quedarán ocultos, tantos desaparecidos que parece que nadie dará cuenta de ellos, la Iglesia está alumbrando con su lucecita en la noche: brillará la verdad, brillará la justicia, volverá el Señor y no se quedará nadie sin recibir su justa paga. La misión de la Iglesia es estar anunciando esta presencia viva del resucitado.

Homilía, 26 de marzo de 1978.

 

Papa León XIV. Audiencia general. 25 de marzo de 2026.
Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II - II. Constitución dogmática Lumen gentium5. Sobre el fundamento de los Apóstoles. La Iglesia en su dimensión jerárquica

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, comentando la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (LG). Después de haberla presentado como pueblo de Dios, hoy consideraremos su forma jerárquica.

La Iglesia Católica encuentra su fundamento en los apóstoles, que Cristo quiso como columnas vivas de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que obra al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus miembros. Este Orden sacro está permanentemente fundado sobre los apóstoles (cfr. Ef 2,20; Ap 21,14) en cuanto testigos autorizados de la resurrección de Jesús (cfr At 1,22; 1Cor 15,7) y enviados por el Señor mismo en misión al mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19). Como los apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas salvíficas del Maestro (cfr. 2Tm 1,13-14), transmiten su ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando, guiando e instruyendo la Iglesia «gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral» (CIC, n. 857).

El capítulo III de la Lumen Gentium, titulado Constitución jerárquica de la Iglesia, y particularmente del episcopado, profundiza en esta sucesión apostólica fundada en el Evangelio y en la Tradición. El Concilio enseña que la estructura jerárquica no es una construcción humana que sirve para la organización interna de la Iglesia como cuerpo social (cfr. LG, 8), sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los apóstoles.

El hecho de que esta temática se afronte en el capítulo III, después de que en los dos primeros se ha contemplado la esencia verdadera y propia de la Iglesia (cfr. Acta Synodalia III/1, 209-210), no implica que la constitución jerárquica sea un elemento sucesivo respecto al pueblo de Dios: como afirma el Decreto Ad gentes, «los Apóstoles fueron los gérmenes del nuevo Israel y, al mismo tiempo, origen de la sagrada Jerarquía» (n. 5), en cuanto comunidad de los redimidos por la Pascua de Cristo, establecida como medio de salvación para el mundo.

A fin de captar la intención del Concilio, es oportuno leer bien el título del capítulo III de Lumen Gentium, que explicita la estructura fundamental de la Iglesia, recibida de Dios Padre mediante el Hijo y llevada a cumplimiento con la efusión del Espíritu Santo. Los Padres conciliares no quisieron presentar los elementos institucionales de la Iglesia, como podría dar a entender el sustantivo “constitución” si se entiende en el sentido moderno. El documento se concentra, en cambio, en el «sacerdocio ministerial o jerárquico», que difiere «esencialmente y no sólo en grado» del sacerdocio común de los fieles, y recuerda que «se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (LG, 10). Así, el Concilio trata el ministerio que se transmite a hombres que son investidos de sacra potestas (cfr. LG, 18) para el servicio en la Iglesia: se detiene, especialmente, en el episcopado (LG, 18-27), y luego en el presbiterado (LG, 28) y el diaconado (LG, 29) como grados del único sacramento del Orden.

Con el adjetivo “jerárquica”, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro del ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus relaciones internas. Los obispos, ante todo, y, a través de ellos, los presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera) que los llevan a estar al servicio de «todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios» para que «tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación» (LG, 18).

La Lumen Gentium recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que «el encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio» (LG, 24). Se comprende entonces por qué San Pablo VI presentó la jerarquía como realidad «nacida de la caridad de Cristo para realizar, difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia» (Disc. 14 de sept. de 1964, en Acta Synodalia III/1, 147).

Queridas hermanas, queridos hermanos, pidamos al Señor que mande a su Iglesia ministros ardientes en la caridad evangélica, entregados al bien de todos los bautizados y misioneros valientes en todos los lugares del mundo.

 

Papa León XIV. Ángelus. 29 de marzo de 2026.

Queridos hermanos y hermanas:

Al comienzo de la Semana Santa, con nuestra oración estamos más cerca que nunca, de los cristianos de Oriente Medio que sufren las consecuencias de un conflicto atroz y, en muchos casos, no pueden vivir plenamente los ritos de estos días santos. Precisamente, mientras la Iglesia contempla el misterio de la Pasión del Señor, no podemos olvidar a quienes hoy participan de manera real en su sufrimiento. La prueba que ellos atraviesan interpela la conciencia de todos. Elevemos nuestra súplica al Príncipe de la paz, para que sostenga a los pueblos heridos por la guerra y abra caminos concretos de reconciliación y paz.

Asimismo, encomiendo al Señor a todos los marineros víctimas de la guerra: rezo por los difuntos, por los heridos y por sus familiares. ¡La tierra, el cielo y el mar han sido creados para la vida y para la paz!

Y recemos por todos los migrantes fallecidos en el mar, en particular por aquellos que han perdido la vida en los últimos días frente a las costas de la isla de Creta.

¡Saludo y agradezco a todos ustedes, romanos y peregrinos, que han participado en esta celebración! Juntos nos dirigimos ahora a la Virgen María, confiando a su intercesión todas nuestras súplicas. Dejémonos guiar por ella en estos días santos, para seguir con fe y amor a Jesús, nuestro Salvador.

 

Papa Francisco. Ángelus. 10 de abril de 2023. Lunes del ángel.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio nos hace revivir el encuentro de las mujeres con Jesús resucitado en la mañana de Pascua. Nos recuerda así que fueron ellas, las discípulas, las primeras en verlo y encontrarlo.

Podríamos preguntarnos: ¿por qué ellas? Por una razón muy sencilla: porque fueron las primeras en ir al sepulcro. Como todos los discípulos, también ellas sufrían por el modo en que parecía haber terminado la historia de Jesús; pero, a diferencia de los demás, no se quedaron en casa paralizadas por la tristeza y el miedo: por la mañana temprano, al salir el sol, fueron a honrar el cuerpo de Jesús llevando ungüentos aromáticos. El sepulcro había sido sellado y se preguntan quién nos podría quitar esa piedra (cf. Mc 16,1-3), tan pesada. Pero su voluntad de realizar aquel gesto de amor prevalece por encima de todo. No se desaniman, salen de sus miedos y de sus angustias. Este es el camino para encontrar al Resucitado: salir de nuestros temores, salir de nuestras angustias.

Recorramos la escena descrita en el Evangelio: las mujeres llegan, ven el sepulcro vacío y, «con miedo y gran gozo», corren —dice el texto— «a dar el anuncio a sus discípulos» (Mt 28,8). Ahora bien, justo cuando van a hacer este anuncio, Jesús sale a su encuentro. Fijémonos bien en esto: Jesús sale a su encuentro cuando van a anunciarlo. Esto es hermoso: Jesús las encuentra mientras van a anunciarlo. Cuando anunciamos al Señor, el Señor viene a nosotros. A veces pensamos que la manera de estar cerca de Dios es tenerlo estrechamente junto a nosotros; porque después, si nos exponemos y hablamos de esto, llegan los juicios, las críticas, tal vez no sabemos responder a ciertas preguntas o provocaciones, y entonces es mejor no hablar de esto y cerrarse: no, esto no es bueno. En cambio, el Señor viene cuando lo anunciamos. Tú siempre encuentras al Señor en el camino del anuncio. Anuncia al Señor y lo encontrarás. Busca al Señor y lo encontrarás. Siempre en camino, esto es lo que nos enseñan las mujeres: a Jesús se le encuentra dando testimonio de Él. Pongamos esto en el corazón: a Jesús se le encuentra dando testimonio de Él.

Pongamos un ejemplo. Nos habrá ocurrido alguna vez que recibimos una noticia maravillosa, como el nacimiento de un hijo. Entonces, una de las primeras cosas que hacemos es compartir este feliz anuncio con los amigos: “¿Sabes? He tenido un hijo… es hermoso”. Y al contárselo, también nos lo repetimos a nosotros mismos y, de alguna manera, hacemos que cobre aún más vida en nosotros. Si esto ocurre con una buena noticia, de todos los días o de algunos días importantes, ocurre infinitamente más con Jesús, que no sólo es una buena noticia, ni tampoco la mejor noticia de la vida, no, sino que Él es la vida misma, Él es «la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Cada vez que lo proclamamos, no con propaganda o proselitismo, eso no. Anunciar es una cosa, hacer propaganda o proselitismo es otra. El cristiano anuncia. Quien tiene otros fines hace proselitismo y eso no está bien. Cada vez que lo anunciamos el Señor viene a nuestro encuentro. El viene con respeto y amor, como el don más hermoso para compartir. Jesús habita más en nosotros cada vez que lo anunciamos.

Pensemos una vez más en las mujeres del Evangelio: estaba la piedra sellada y, sin embargo, ellas van al sepulcro; toda la ciudad había visto a Jesús en la cruz y, no obstante eso, ellas van a la ciudad a anunciarlo vivo. Queridos hermanos y hermanas, cuando se encuentra a Jesús, ningún obstáculo puede impedirnos anunciarlo. En cambio, si nos guardamos solo para nosotros su alegría, tal vez sea porque todavía no lo hemos encontrado de verdad.

Hermanos, hermanas, ante la experiencia de las mujeres nos preguntamos: Dime, ¿Cuándo fue la última vez que diste testimonio de Jesús? ¿Cuándo fue la última vez que yo di testimonio de Jesús? ¿Qué hago hoy para que las personas con las que me encuentro reciban la alegría de su anuncio? Y aún más: ¿alguien puede decir “esta persona es serena, es feliz, es buena porque ha encontrado a Jesús”? ¿Se puede decir esto de cada uno de nosotros? Pidamos a la Virgen que nos ayude a ser alegres anunciadores del Evangelio.

 

Papa Francisco. Ángelus. 12 de abril de 2020.

Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!

Hoy, lunes de Pascua, resuena el alegre anuncio de la Resurrección de Cristo. La lectura del Evangelio (cf. Mateo 28, 8-15) nos cuenta que las mujeres, asustadas, salen apresuradamente del sepulcro de Jesús, que han encontrado vacío; pero Jesús mismo se les aparece en el camino diciendo: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (v. 10). Con estas palabras, el Resucitado confía a las mujeres un mandato misionero hacia los Apóstoles. De hecho, ellas dieron un admirable ejemplo de fidelidad, dedicación y amor a Cristo tanto en su vida pública como en su Pasión; ahora son recompensadas por Él con este gesto de atención y predilección. Las mujeres, siempre las primeras: María, la primera; las mujeres, las primeras.

Primero las mujeres, luego los discípulos y, en particular, Pedro, ven la realidad de la resurrección. Jesús les había predicho repetidamente que, después de la pasión y la cruz, resucitaría, pero los discípulos no lo habían entendido, porque aún no estaban preparados. Su fe tenía que dar un salto cualitativo, que sólo el Espíritu Santo, don del Resucitado, podía desencadenar.

Al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, oímos a Pedro declarar con audacia, con coraje, con franqueza: «A este Jesús Dios le resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hechos 2, 32). Como si dijera: «Yo doy la cara por Él. Yo doy mi vida por Él». Y luego dará su vida por Él. A partir de ese momento, el anuncio de que Cristo ha resucitado se extiende por todas partes y llega a todos los rincones de la tierra, convirtiéndose en el mensaje de esperanza para todos. La resurrección de Jesús nos dice que a la muerte no le corresponde la última palabra, sino a la vida. Al resucitar al Hijo unigénito, Dios Padre ha manifestado plenamente su amor y misericordia por la humanidad de todos los tiempos.

Si Cristo ha resucitado, es posible mirar con confianza cada hecho de nuestra existencia, incluso los más difíciles, llenos de angustia e incertidumbre. Este es el mensaje de Pascua que estamos llamados a proclamar, con palabras y, sobre todo, con el testimonio de la vida. Que esta noticia resuene en nuestros hogares y en nuestros corazones: «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!» (Secuencia Pascual). Esta certeza refuerza la fe de todo bautizado y anima especialmente a aquellos que se enfrentan a grandes sufrimientos y dificultades.

Que la Virgen María, testigo silencioso de la muerte y resurrección de su hijo Jesús, nos ayude a creer firmemente en este misterio de salvación: si se abraza con fe, puede cambiar nuestras vidas. Este es el deseo de Pascua que os renuevo a todos vosotros. Se lo confío a Ella, nuestra Madre, a quien ahora invocamos con la oración del Regina Coeli.

 

Papa Francisco. Ángelus. 16 de abril de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este lunes de fiesta, llamado «Lunes del Ángel», la liturgia hace resonar el anuncio de la Resurrección proclamado ayer: «Cristo ha resucitado, ¡aleluya!». En el actual pasaje evangélico podemos percibir el eco de las palabras que el ángel dirigió a las mujeres que acudieron al sepulcro: «id enseguida a decir a sus discípulos: “ha resucitado de entre los muertos”» (Mateo 28, 7). Oímos como dirigida también a nosotros la invitación a “darnos prisa” y a “ir” a anunciar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo este mensaje de alegría y de esperanza. De esperanza cierta, porque desde cuando, en la aurora del tercer día, Jesús crucificado resucitó, ¡la última palabra ya no la tiene la muerte, sino la vida! Y esta es nuestra certeza. La última palabra no es el sepulcro, ¡no es la muerte, es la vida! Por eso repetimos tanto: “Cristo ha resucitado”. Porque en Él el sepulcro ha sido derrotado, ha nacido la vida.

En virtud de este evento, que constituye la auténtica y verdadera novedad de la historia y del cosmos, estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos según el Espíritu, afirmando el valor de la vida. ¡Hay vida! ¡Esto es ya comenzar a resurgir! Seremos hombres y mujeres de resurrección, hombres y mujeres de vida, si, en medio de los sucesos que afligen al mundo —hay muchos hoy—, en medio de la mundanidad que aleja de Dios, sabremos tener gestos de solidaridad, gestos de acogida, alimentar el deseo universal de la paz y la aspiración a un ambiente libre del degrado. Se trata de signos comunes y humanos, pero que, sostenidos y animados por la fe en el Señor Resucitado, adquieren una eficacia muy superior a nuestras capacidades. Y esto es así. Sí, porque Cristo está vivo y obra en la historia por medio de su Santo Espíritu: redime nuestras miserias, alcanza cada corazón humano y devuelve esperanza para cualquiera que es oprimido y sufriente.

Que la Virgen María, testigo silencioso de la muerte y resurrección de su hijo Jesús, nos ayude a ser signos límpidos de Cristo resucitado entre los eventos del mundo, para que cuantos se encuentran en la tribulación y en dificultades no permanezcan víctimas del pesimismo y de la derrota, de la resignación, sino que encuentren en nosotros a muchos hermanos y hermanas que les ofrecen su apoyo y consolación. Que nuestra Madre nos ayude a creer fuertemente en la resurrección de Jesús: Jesús ha resucitado, está vivo aquí, entre nosotros, y esto es un admirable misterio de salvación con la capacidad de transformar los corazones y la vida. E interceda de manera particular por las comunidades cristianas perseguidas y oprimidas que están hoy, en muchas partes del mundo, llamadas a un más difícil y valiente testimonio. Y ahora, en la luz y la alegría de la Pascua, nos dirigimos a Ella con la oración que durante cincuenta días, hasta Pentecostés, toma el lugar del Ángelus.

 

Papa Francisco. Ángelus. 21 de abril de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

¡Feliz Pascua! «Cristòs anèsti! — Alethòs anèsti!», «¡Cristo ha resucitado! — ¡Verdaderamente ha resucitado!». Está entre nosotros, ¡aquí en la plaza! En esta semana podemos seguir intercambiándonos la felicitación pascual, como si fuese un único día. Es el gran día que hizo el Señor.

El sentimiento dominante que brota de los relatos evangélicos de la Resurrección es la alegría llena de asombro, ¡pero un asombro grande! ¡La alegría que viene de dentro! Y en la liturgia revivimos el estado de ánimo de los discípulos por las noticias que las mujeres les habían llevado: ¡Jesús ha resucitado! ¡Nosotros lo hemos visto!

Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también en nuestro corazón y se transparente en nuestra vida. Dejemos que el asombro gozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos, en las miradas, en las actitudes, en los gestos y en las palabras... ¡Ojalá fuésemos así de luminosos! Pero esto no es un maquillaje. Viene de dentro, de un corazón inmerso en la fuente de este gozo, como el de María Magdalena, que lloraba la pérdida de su Señor y no creía a sus ojos al verlo resucitado. Quien experimenta esto se convierte en testigo de la Resurrección, porque en cierto sentido resucita él mismo, resucita ella misma. De este modo es capaz de llevar un «rayo» de la luz del Resucitado a las diversas situaciones: a las que son felices, haciéndolas más hermosas y preservándolas del egoísmo; a las dolorosas, llevando serenidad y esperanza.

En esta semana, nos hará bien tomar el libro del Evangelio y leer los capítulos que hablan de la Resurrección de Jesús. ¡Nos hará mucho bien! Tomar el libro, buscar los capítulos y leer eso. Nos hará bien, en esta semana, pensar también en la alegría de María, la Madre de Jesús. Tan profundo fue su dolor, tanto que traspasó su alma, así su alegría fue íntima y profunda, y de ella se podían nutrir los discípulos. Tras pasar por la experiencia de la muerte y resurrección de su Hijo, contempladas, en la fe, como la expresión suprema del amor de Dios, el corazón de María se convirtió en una fuente de paz, de consuelo, de esperanza y de misericordia. Todas las prerrogativas de nuestra Madre derivan de aquí, de su participación en la Pascua de Jesús. Desde el viernes al domingo por la mañana, Ella no perdió la esperanza: la hemos contemplado Madre dolorosa, pero, al mismo tiempo, Madre llena de esperanza. Ella, la Madre de todos los discípulos, la Madre de la Iglesia, es Madre de esperanza.

A Ella, silenciosa testigo de la muerte y resurrección de Jesús, pidamos que nos introduzca en la alegría pascual. Lo haremos recitando el Regina caeli, que en el tiempo pascual sustituye a la oración del Ángelus.

 

Benedicto XVI. Ángelus. 25de abril de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

Surrexit Dominus vere! Alleluja! La Resurrección del Señor marca la renovación de nuestra condición humana. Cristo ha derrotado la muerte, causada por nuestro pecado, y nos reconduce a la vida inmortal. De ese acontecimiento brota toda la vida de la Iglesia y la existencia misma de los cristianos. Lo leemos precisamente hoy, lunes del Ángel, en el primer discurso misionero de la Iglesia naciente: «A este Jesús —proclama el apóstol Pedro— lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo» (Hch 2, 32-33). Uno de los signos característicos de la fe en la Resurrección es el saludo entre los cristianos en el tiempo pascual, inspirado en un antiguo himno litúrgico: «¡Cristo ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!». Es una profesión de fe y un compromiso de vida, precisamente como aconteció a las mujeres descritas en el Evangelio de san Mateo: «De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (28, 9-10). «Toda la Iglesia —escribe el siervo de Dios Pablo VI— recibe la misión de evangelizar, y la actividad de cada miembro constituye algo importante para el conjunto. Permanece como un signo, opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa» (Ex. ap. Evangelii nuntiandi8 de diciembre de 1975, n. 15: AAS 68 [1976] 14).

¿Cómo podemos encontrar al Señor y ser cada vez más sus auténticos testigos? San Máximo de Turín afirma: «Quien quiera encontrar al Salvador, lo primero que debe hacer es ponerlo con su fe a la diestra de la divinidad y colocarlo con la persuasión del corazón en los cielos» (Sermo XXXIX A, 3: CCL 23, 157), es decir, debe aprender a dirigir constantemente la mirada de la mente y del corazón hacia la altura de Dios, donde está Cristo resucitado. Por consiguiente, en la oración, en la adoración, Dios encuentra al hombre. El teólogo Romano Guardini observa que «la adoración no es algo accesorio, secundario (...). Se trata del interés último, del sentido y del ser. En la adoración el hombre reconoce lo que vale en sentido puro, sencillo y santo» (La Pasqua, Meditazioni, Brescia 1995, p. 62). Sólo si sabemos dirigirnos a Dios, orar a él, podemos descubrir el significado más profundo de nuestra vida, y el camino diario queda iluminado por la luz del Resucitado.

Queridos amigos, la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, hoy festeja a san Marcos evangelista, sabio anunciador del Verbo y escritor de las doctrinas de Cristo, como se lo definía antiguamente. Él es también el patrono de la ciudad de Venecia, a donde, si Dios quiere, iré en visita pastoral los días 7 y 8 del próximo mes de mayo. Invoquemos ahora a la Virgen María, para que nos ayude a cumplir fielmente y con alegría la misión que el Señor resucitado nos encomienda a cada uno.

 

Benedicto XVI. Ángelus. 24 de marzo de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

En la solemne Vigilia pascual volvió a resonar, después de los días de Cuaresma, el canto del Aleluya, palabra hebrea universalmente conocida, que significa «alabad al Señor». Durante los días del tiempo pascual esta invitación a la alabanza se propaga de boca en boca, de corazón en corazón. Resuena a partir de un acontecimiento absolutamente nuevo: la muerte y resurrección de Cristo. El aleluya brotó del corazón de los primeros discípulos y discípulas de Jesús en aquella mañana de Pascua, en Jerusalén.

Casi nos parece oír sus voces: la de María Magdalena, la primera que vio al Señor resucitado en el jardín cercano al Calvario; las voces de las mujeres, que se encontraron con él mientras corrían, asustadas y felices, a dar a los discípulos el anuncio del sepulcro vacío; las voces de los dos discípulos que con rostros tristes se habían encaminado a Emaús y por la tarde volvieron a Jerusalén llenos de alegría por haber escuchado su palabra y haberlo reconocido «en la fracción del pan»; las voces de los once Apóstoles, que aquella misma tarde lo vieron presentarse en medio de ellos en el Cenáculo, mostrarles las heridas de los clavos y de la lanza y decirles: «¡La paz con vosotros!». Esta experiencia ha grabado para siempre el aleluya en el corazón de la Iglesia, y también en nuestro corazón.

De esa misma experiencia deriva también la oración que rezamos hoy y todos los días del tiempo pascual en lugar del Ángelus: el Regina caeli. El texto que sustituye durante estas semanas al Ángelus es breve y tiene la forma directa de un anuncio: es como una nueva «anunciación» a María, que esta vez no hace un ángel, sino los cristianos, que invitamos a la Madre a alegrarse porque su Hijo, a quien llevó en su seno, resucitó como lo había prometido.

En efecto, «alégrate» fue la primera palabra que el mensajero celestial dirigió a la Virgen en Nazaret. Y el sentido era este: Alégrate, María, porque el Hijo de Dios está a punto de hacerse hombre en ti. Ahora, después del drama de la Pasión, resuena una nueva invitación a la alegría: «Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia», «Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya».

Queridos hermanos y hermanas, dejemos que el aleluya pascual también se grabe profundamente en nosotros, de modo que no sea sólo una palabra en ciertas circunstancias exteriores, sino la expresión de nuestra misma vida: la existencia de personas que invitan a todos a alabar al Señor y lo hacen actuando como «resucitados». Decimos a María: «Ruega al Señor por nosotros», para que Aquel que en la resurrección de su Hijo devolvió la alegría al mundo entero, nos conceda gozar de esa alegría ahora y siempre, en nuestra vida actual y en la vida sin fin.

 

DOMINGO 2 T. P. DE LA DIVINA MISERICORDIA.

Monición de entrada:

Querido amigos:

El domingo pasado hicimos la vigilia pascual y el encuentro.

Hoy es el segundo domingo de pascua, en el que le damos gracias a Jesús por ser muy bueno con nosotros y perdonarnos las cosas que hacemos mal.

 

 

Señor, ten piedad.

Tú que eres muy bueno. Señor, ten piedad.

Tú que te olvidas de las veces que nos portamos mal.   Cristo, ten piedad.

Tú que nos perdonas siempre. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Te pedimos por el Papa León, para que siga haciendo de la iglesia una casa donde todos pueden entrar. Te lo pedimos Señor.

Te pedimos por las personas que ayudan a los demás. Te lo pedimos Señor.

Te pedimos por los niños que vamos a volver el martes a la escuela. Te lo pedimos Señor.

Te pedimos por las ancianas que van a recibir la comunión en su casa. Te lo pedimos, Señor.

Te pedimos por nosotros, para que no nos cansemos de besar y dar abrazos a nuestros abuelos. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias:

Virgen María,

esta mañana queremos darte gracias por que en la cuaresma, la Semana Santa y estos días nos has ayudado a querer mucho a Jesús y sentirle vivo en nuestro corazón.

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