Primera lectura.
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34a.37-43
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
-Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por
Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret,
ungido por Dios por la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y
curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en
Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al
tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a
los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él
después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al
pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y
muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él
reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.
Textos
paralelos.
Vosotros sabéis lo
que sucedió en toda Judea.
Rm 10, 12: En
efecto, no hay distinción entre judío y griego, porque uno mismo es el Señor de
todos, generoso con todos los que lo invocan.
Comenzando por
Galilea.
Lc 4, 44: Y
predicaba en las sinagogas de Judea.
Dios ungió con el
Espíritu Santo y con poder.
Is 61,1: El Espíritu
del Señor, Dios, está sobre mí, / porque el Señor me ha ungido. / Me ha enviado
para dar la buena noticia a los pobres, / para curar los corazones desgarrados,
/ proclamar la amnistía a los cautivos, / y a los prisioneros la libertad.
Mt 3, 16: Apenas se
bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de
Dios bajaba como una paloma y se posaba en él.
Hch 1, 8: En cambio,
recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la
tierra.
Como pasó haciendo
el bien.
Hch 4, 27: Pues en
verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el
pueblo de Israel contra su santo siervo Jesús, a quien ungiste.
Hch 2, 22:
Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús, el Nazareno, varón acreditado por
Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por
medio de él, como vosotros mismos sabéis.
Mt 4, 1: Entonces
Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.
Nosotros somos
testigos.
Mt 8, 29: Y le
dijeron a gritos: “¿Qué tenemos que ver nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido
aquí a atormentarnos antes de tiempo?”.
Cuanto hizo en la
región de los judíos.
Hch 1, 22:
Comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado
al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección.
Dios lo resucitó.
Hch 2, 23: A este,
entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis,
clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos.
Sino a los testigos
que Dios había escogido de antemano.
Hch 1, 3-4: Se les
presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que
estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de
Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén,
sino “aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído
hablar”.
Hch 13, 31: Durante
muchos días, se pareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén,
y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo.
Jn 14, 22: Le dijo
Judas, no el Iscariote: “Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros
y no al mundo?”.
Bebimos con él
después que resucitó.
Lc 24, 41-43: Pero
como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónicos, les dijo:
“¿Tenéis ahí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo
tomó y comió delante de ellos.
Constituido por Dios
juez de vivos y muertos.
Hch 2, 36: Por
tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a
quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
Todos los profetas
dan testimonio.
Hch 2, 38: Pedro les
contestó: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de
Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del
Espíritu Santo.
Alcanzará, por su
nombre, el perdón de los pecados.
Hch 3, 16: Por la
fe en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por
medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido
completamente la salud, a la vista de todos vosotros.
Notas
exegéticas.
10 37 (a) Los vv. 37-42 forman un
resumen de la historia evangélica que subraya los puntos que el mismo Lucas
pone de relieve en su evangelio.
10 37 (b) Variante: “el comienzo”.
10 38 Ver Lc 4, 18-21 (citando a Is
61, 1), que sugiere que la bajada del Espíritu sobre Jesús con ocasión del
bautismo fue una unción. Este mismo Espíritu va a descender sobre los
incircuncisos creyentes que escuchan a Pedro.
10 40 “Lo resucitó al tercer día”:
la fórmula clásica de la predicación y de la fe cristianas. Aparece ya en el Credo
embrionario de 1 Co 15, 4, con esta precisión: “según las Escrituras”. La
fórmula es eco de Jon 2, 1.
10 41 (a) Separado así del grupo de
testigos privilegiados, al pueblo judíos solo le queda, en cierto sentido, una
prerrogativa: ser el primer destinatario de un mensaje que Pedro anuncia
también en este momento a las naciones paganas.
10 41 (b) Adicción texto occidental:
“y vivimos familiarmente en su compañía cuarenta días después de su
resurrección de entre los muertos”.
10 42 (a) El “Pueblo” por excelencia
es el pueblo de Israel.
10 42 (b) Los “vivos”: los que en el
momento de la parusía [segunda venida de Cristo] estarán vivos; los “muertos”:
los que muertos ya resucitarán entonces para el juicio. Dios, resucitando a
Jesús, le ha constituido en la dignidad de Juez soberano; así pues, la proclamación
de la Resurrección es a la vez para los hombres una invitación al
arrepentimiento.
10 43 (a) Único recurso explícito,
en este discurso, a un aspecto fundamental de la predicación apostólica: el
cumplimento de las profecías. El autor piensa en textos proféticos relativos a
la fe y el perdón de los pecados.
10 43 (b) Esta afirmación completa
la que abría el discurso y anuncia la que dará fin a todo el “ciclo” de
Cornelio. En Jesús muerto y resucitado, Señor de todos, la salvación será
ofrecida a cualquiera que crea, judío o pagano. Solo la fe purifica
verdaderamente los corazones.
Salmo
responsorial
Salmo 118 (117), 1-2.16-17.22-23
(R:/24).
R/. Este
es el día que hizo el Señor:
sea
nuestra alegría y nuestro gozo.
Dad
gracias al Señor porque es bueno,
porque
es eterna su misericordia.
Diga
la casa de Israel:
eterna
es su misericordia. R/.
La
diestra del Señor es poderosa,
la
diestra del Señor es excelsa.
No
he de morir, viviré
para
contar las hazañas del Señor. R/.
La
piedra que desecharon los arquitectos
es
ahora la piedra angular.
Es
el Señor quien lo ha hecho,
ha
sido un milagro patente. R/.
Textos
paralelos.
Dad
gracias a Yahvé, porque es bueno.
Sal 100, 5: El
Señor es bueno, / su misericordia es eterna, / su fidelidad por todas las
edades.
Sal 136, : Dad
gracias al Señor porque es bueno; / porque es eterna su misericordia.
Diga
la casa de Israel: eterno es su amor.
Sal 115, 9: Israel
confía en el Señor: / él es su auxilio y su escudo.
Sal 115, 11: Los
que temen al Señor confían en el Señor; / él es su auxilio y su escudo.
Sal 135, 19-20:
Casa de Israel, bendice al Señor; / casa de Aarón, bendice al Señor; / casa de
Leví, bendice al Señor; / los que teméis al Señor, bendecid al Señor.
No he
de morir, viviré.
Sal 115, 17-18: Los
muertos ya no alaban al Señor, / ni los que bajan al silencio. / Nosotros, los
que vivimos, bendeciremos al Señor, / ahora y por siempre. / ¡Aleluya!
La
piedra que desecharon los albañiles.
Is 28, 16: Por eso
así dice el Señor, Dios: / “He puesto en Sión como fundamento una piedra, / una
piedra probada, / una piedra angular preciosa, / un fundamento sólido. / Quien
se apoya en ella no vacila.
Za 3, 9: Mirad la
piedra que pongo ante Josué, / es piedra única con siete ojos. / Yo mismo
grabaré su inscripción / -oráculo del Señor del universo –, / y apartaré el
pecado de este país / en un solo día – oráculo del Señor.
Za 4, 7: ¿Quién
eres tú, gran montaña? Conviértete en llano ante Zorobabel. ¡Él es quien saca
la piedra de remate entre aclamaciones y vivas!
Mt 21, 42: Y Jesús
les dice: ¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los
arquitectos es ahora la piedra angular? Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido
un milagro patente?”.
Hch 4, 11: Él es la
piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos y que se ha convertido en la
piedra angular.
Ef 2, 20: Estáis
edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo
Jesús es la piedra angular.
1 Co 3, 11: Pues
nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo.
Notas
exegéticas.
118 Este canto cierra el Hallel. Un
invitatorio precede al himno de acción de gracias puesto en labios de la
comunidad personificada, completado en la serie de responsorios recitados por
diversos grupos cuando la procesión entraba en el Templo. El conjunto se
utilizó quizá para la fiesta descrita en Ne 8, 1
118 23 El Templo ha sido
reconstruido. La “piedra angular” (o “clave de la bóveda”), ver Jr 51, 26, que
puede convertirse en “piedra de escándalo” es un tema mesiánico, Is 8, 14.
Segunda
lectura.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 6b-8
Hermanos:
¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barred
la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha
sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua,
no con levadura vieja (levadura de la corrupción y de la maldad), sino con los
panes ácimos de la sinceridad y la verdad.
Palabra de Dios.
Textos
paralelos.
Si habéis resucitado con
Cristo.
Ef 2, 6: Nos ha resucitado con
Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él.
Flp 3, 20: Nosotros en cambio
somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor
Jesucristo.
Hch 2, 33: Exaltado, pues, por
la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo,
lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.
Sal 110, 1: Oráculo del Señor a
mi Señor: / “Siéntate a mi derecha, / y haré de tus enemigos / estrado de tus
pies”.
Cuando aparezca Cristo.
Col 2, 13: Y a vosotros, que
estabais muertos por vuestros pecados y la incircuncisión de vuestra carne; os
vivificó con él.
1 Jn 3, 2: Queridos, ahora sois
hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él
se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Rm 8, 19: Porque la creación,
expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios.
Col 1, 27: A quienes Dios ha
querido dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre
los gentiles, que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria.
Notas
exegéticas:
3 1 Es decir, la nueva vida
revelada en Jesucristo, por oposición al mundo antiguo (“las de la tierra”, v.
2). Pero no se trata de un menosprecio a las realidades terrestres”.
3 4 (b) El cristiano, unido a Cristo
por el bautismo participa ya realmente de su vida celestial, pero esta vida es
espiritual y oculta, y no llegará a ser manifiesta y gloriosa sino en la
Parusía.
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana,
María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio
la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el
otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
-Se han llevado del sepulcro al
Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro
discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo
corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose,
vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él
y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían
cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado `rimero al
sepulcro: vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura:
que él había de resucitar de entre los muertos.
Textos
paralelos.
Echó a correr.
Mt 28, 10: Jesús les dijo: “No
temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verás”.
Jn 18, 15: Simón Pedro y otro
discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote.
Entró en el sepulcro.
Jn 11, 44: El muerto salió, los
pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les
dijo: “Desatadlo y dejadlo andar”.
Jn 19, 40: Tomaron el cuerpo de
Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a
enterrar entre los judíos.
Lc 24, 12: Pedro, sin embargo,
se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se
volvió a su casa, admirándose de lo sucedido.
Hasta entonces no había
comprendido.
Jn 5, 39: Estudiáis las
Escrituras pensando encontrar en ellas la vida eterna; pues ellas están dando
testimonio de mí.
Jn 14, 26: Pero el Paráclito,
el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe
todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
1 Co 15, 4: Y que fue sepultado
y que resucitó al tercer día, según las Escrituras.
Notas
exegéticas Biblia de Jerusalén.
20 1 (a) Convertido en el “Día del
Señor”, el domingo cristiano.
20 1 (b) Los sinópticos hablan de una
actuación de varias mujeres, entre las que siempre es mencionada María
Magdalena, que también estuvo presente en el Calvario.
20 2 Este plural es quizá la huella
de un estadio más antiguo de la tradición, que mencionaba la presencia de
varias mujeres en la tumba.
20 5 El discípulo reconoce en Pedro
cierta preeminencia.
20 8 A diferencia de María, el
discípulo percibe en la tumba vacía y en los lienzos cuidadosamente plegados el
signo que le lleva a comprender que el cuerpo no ha sido robado ni desplazado,
y a reconocer en la fe la resurrección de Jesús.
20 19 El evangelista no cita ningún
texto. Quiere subrayar el estado de falta de preparación de los discípulos en
cuanto a la revelación pascual, a pesar de la escritura.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica
Para Juan la resurrección corona
la glorificación del Hijo, realizada ya en la muerte en cruz.
1 El primer (día) de la semana. Lit. el uno de los sábados)
para los seguidores de Jesús es, ya, el domingo – “día del Señor” –.
2 Echa a correr y llega: lit. corre, pues, y va.
Al que Jesús … especialmente: lit. al que
quería-con-afecto-de-amistad el Jesús.
Llevaron… no sabemos…: el plural gramatical no se
refiere necesariamente a varias mujeres; la sustitución de “yo” por “nosotras”
era un modismo del arameo hablado en Galilea (G. Dalman).
5 Que yacían allanados suavemente, sin el relieve que habían tenido al
envolver el cadáver.
6 Llegó… y observó. En el texto griego todo el
pasaje abunda en verbos en presente de indicativo, a la manera de presentes
descriptivos que hacen al lector revivir de cerca, casi nerviosamente, lo
ocurrido.
7 De modo diverso: la traducción entiende el
verbo griego kloris no en sentido local (=separadamente) , sino en
sentido de modo: el pañuelo estaba “independiente” de los lienzos.
8 Vio y creyó: aunque el hecho de
encontrar el sepulcro vacío tiene gran importancia, en sí mismo no es prueba de
la resurrección de Jesús, sino una especie de contraprueba, un signo
según la terminología teológica de Jn; el pañuelo aún enrollado, y la sábana
caída suavemente en el suelo, liberada del cuerpo que cubría, indicaba que el
cadáver de Jesús había desaparecido, pero que no había sido robado ni había
habido violencia. Después la gracia de comprender la Escritura, y las
apariciones de Jesús resucitado fueron datos determinantes para la fe de la
primera comunidad cristiana.
9 La escritura…: o quizás: aquel texto de la
Escritura: “Él tiene que resucitar (lit. levantarse), etc.”.
Jn no cita ningún pasaje bíblico concreto.
Notas
exegéticas desde la Biblia Didajé:
20, 1-31 Cuando Cristo se apareció a sus
discípulos, mostró su Cuerpo glorificado; se podía reconocer su cuerpo humano
pero con aptitudes totalmente nuevas que trascendía los límites del tiempo,
espacio y materia. Cat. 640-645, 659.
20, 1-10 El sepulcro vacío no es en ´si
mismo evidencia irrefutable de la Resurrección, pero es evidentemente una señal
esencia de la Resurrección. Cat. 640.
20, 1 El domingo es el día de la
Resurrección de Cristo. Por esa razón, la Iglesia considera el domingo como el
Día del Señor y estableció su culto en el mismo día para la celebración de la
Eucaristía. En la Iglesia primitiva, antes de que los cristianos se separaran
completamente del judaísmo, realizaban el culto en el Templo y en las sinagogas
el Sabbat y después se reunían para celebrar
la eucaristía en casas privadas al día siguiente, que era domingo. Siendo el
primer día, el domingo también nos recuerda el primer día de la creación y, por
lo tanto, significa una nueva creación en Cristo. Cat. 2174, 2190-2195.
20, 4 El otro discípulo (juan) llegó
a la tumba en primer lugar, pero dejó entrar a Pedro antes que él. Esto fue
como deferencia hacia Pedro en su papel de cabeza de los Apóstoles, a quien hoy
reconocemos como el primer Papa. Cat 552-553.
Catecismo
de la Iglesia Católica.
638 “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios
la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13, 32-33).
La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creía
y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida
como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo
Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo
que la cruz.
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que
tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo
Testamento.
640 En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se
encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del
cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo. A pesar de eso,
el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su
descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del
hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres,
después de Pedro.
641 María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de
Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del
Sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron
las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios
Apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los
Doce.
642 La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el
caso de las resurrecciones que Él había realizado antes de Pascua. (...) La
Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado,
pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la
resurrección, el cuerpo de Jesús se llena de poder del Espíritu Santo;
participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo
puede decir de Cristo que es el hombre celestial.
2174 Jesús resucitó de entre los muertos “el primer día de la semana” (Mt 16,
2). En cuanto es el “primer día”, el día de la Resurrección de Cristo recuerda
la primera creación. En cuanto es el “octavo día”, que sigue al sábado,
significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo. Para los
cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las
fiestas, el día del Señor (Hè kryiakè hemera, dies dominica), el
“domingo”: “Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día en que Dios, sacando la materia de las
tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó
de entre los muertos” (S. Justino, Apología 1, 67).
2191 La Iglesia celebra el día de la Resurrección de Cristo el octavo día, que
es llamado con toda razón día del Señor, o domingo.
Concilio Vaticano II
La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene
su origen en el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio
pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o
domingo. Así pues, en este día los fieles deben reunirse para, escuchando la
palabra de Dios, y participando en la Eucaristía, recordar la Pasión,
Resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los “hizo
renacer a la esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo de entre los
muertos” (1 Pe 1, 3).
Sacrosanctum Concilium, 106.
San Agustín
La resurrección de nuestro Señor es nueva vida para los que creen en
Jesús. Y este es el misterio de su pasión y resurrección que debéis conocer
bien y vivirlo. Pues no sin motivo vino la vida a la muerte; no sin motivo la
fuente de la vida, de la que se bebe para vivir, bebió este cáliz que no le
correspondía. Cristo, en efecto, no debía morir. Si investigamos el origen de
la muerte, de donde procede, el pecado es el padre de ella. Si nadie hubiese
pecado nunca, nadie moriría. El primer hombre recibió la ley de Dios, esto es,
una orden de Dios, con la condición de que viviría si la guardaba y moriría si
la transgredía. Creyendo que no iba a morir fue causante de la muerte, y
encontró ser cierto lo que había dicho quien había dado la ley. De ahí viene la
muerte, de ahí la condición mortal, de ahí la fatiga, la miseria; de ahí
también la muerte segunda después de la primera muerte. (...) El sábado, en
efecto, es el séptimo día, el que completa la semana. El Señor yació en el
sepulcro el día del sábado, es decir, el séptimo, y resucitó al octavo. Su
resurrección nos renueva. En consecuencia en el octavo día nos circunda. Con
esta esperanza vivimos.
Sermón 231.
I, pgs. 425-426.
Los Santos Padres.
Ese día primero de la semana es el que, en memoria de la resurrección del
Señor, los cristianos tienen por costumbre llamar el día del señor.
San Agustín. Tratados sobre el Ev. de Juan, 120, 6.2
De igual manera que al nacer no rompió la virginidad de su madre virgen,
tampoco al resucitar rompió los sellos del sepulcro. Por eso no puedo expresar
con la palabra ni su nacimiento ni tampoco puedo abarcar lo referente a la
tumba.
San Juan Crisóstomo. Homilía sobre el sábado santo. 10, 3.
San Juan de Ávila
Y así como buscastes pensar con vuestras miserias
un rato de la noche, y un lugar recogido, y con mayor vigilancia, buscad otro
rato antes que amanezca, o por la mañana, en que con atención penséis en aquel
que tomó sobre sí vuestras miserias y pagó vuestros pecados para daros a vos la
libertad y descanso. Y el modo que ternéis será este, si otro mejor no se
ofreciere. Repartid los pasos de la pasión por los dáis de la semana en esta
manera: (...) Del domingo no hablo, porque ya sabéis que es diputado [elegido]
el pensamiento de la resurrección (cf. Jn 20, 1 ss) y a la gloria que en el
cielo poseen los que allá están, y en esto os habéis de ocupar aquel día.
Audi, filiae (I). I, pg. 460.
San Oscar Romero.
En esta noche de la historia donde hay tantas intrigas,
tantas sombras y tantos pecados, tantos crímenes que parece que se quedarán
ocultos, tantos desaparecidos que parece que nadie dará cuenta de ellos, la
Iglesia está alumbrando con su lucecita en la noche: brillará la verdad,
brillará la justicia, volverá el Señor y no se quedará nadie sin recibir su
justa paga. La misión de la Iglesia es estar anunciando esta presencia viva del
resucitado.
Homilía, 26 de marzo de 1978.
Papa León XIV.
Audiencia general. 25 de marzo de 2026.
Catequesis - Los
Documentos del Concilio Vaticano II - II. Constitución dogmática Lumen gentium. 5.
Sobre el fundamento de los Apóstoles. La Iglesia en su dimensión jerárquica
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Continuamos
con las catequesis sobre los documentos del Concilio
Vaticano II, comentando la Constitución dogmática Lumen
Gentium sobre la Iglesia (LG).
Después de haberla presentado como pueblo de Dios, hoy consideraremos su forma
jerárquica.
La
Iglesia Católica encuentra su fundamento en los apóstoles, que Cristo quiso
como columnas vivas de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que
obra al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus
miembros. Este Orden sacro está permanentemente fundado sobre los apóstoles
(cfr. Ef 2,20; Ap 21,14) en cuanto testigos
autorizados de la resurrección de Jesús (cfr At 1,22; 1Cor 15,7)
y enviados por el Señor mismo en misión al mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19).
Como los apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas
salvíficas del Maestro (cfr. 2Tm 1,13-14), transmiten su
ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando,
guiando e instruyendo la Iglesia «gracias a aquellos que les suceden en su
ministerio pastoral» (CIC, n. 857).
El
capítulo III de la Lumen
Gentium, titulado Constitución jerárquica de la
Iglesia, y particularmente del episcopado, profundiza en esta sucesión
apostólica fundada en el Evangelio y en la Tradición. El Concilio enseña que la
estructura jerárquica no es una construcción humana que sirve para la
organización interna de la Iglesia como cuerpo social (cfr. LG,
8), sino que es una institución divina que tiene como finalidad
perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los
apóstoles.
El hecho
de que esta temática se afronte en el capítulo III, después de que en los dos
primeros se ha contemplado la esencia verdadera y propia de la Iglesia
(cfr. Acta Synodalia III/1, 209-210), no implica que la
constitución jerárquica sea un elemento sucesivo respecto al pueblo de Dios:
como afirma el Decreto Ad gentes, «los Apóstoles fueron los
gérmenes del nuevo Israel y, al mismo tiempo, origen de la sagrada Jerarquía»
(n. 5), en cuanto comunidad de los redimidos por la Pascua de Cristo,
establecida como medio de salvación para el mundo.
A fin de
captar la intención del Concilio, es oportuno leer bien el título del capítulo
III de Lumen
Gentium, que explicita la estructura fundamental de la Iglesia,
recibida de Dios Padre mediante el Hijo y llevada a cumplimiento con la efusión
del Espíritu Santo. Los Padres conciliares no quisieron presentar los elementos
institucionales de la Iglesia, como podría dar a entender el sustantivo
“constitución” si se entiende en el sentido moderno. El documento se concentra,
en cambio, en el «sacerdocio ministerial o jerárquico», que difiere
«esencialmente y no sólo en grado» del sacerdocio común de los fieles, y
recuerda que «se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del
único sacerdocio de Cristo» (LG,
10). Así, el Concilio trata el ministerio que se transmite a hombres que son
investidos de sacra potestas (cfr. LG,
18) para el servicio en la Iglesia: se detiene, especialmente, en el episcopado
(LG,
18-27), y luego en el presbiterado (LG,
28) y el diaconado (LG,
29) como grados del único sacramento del Orden.
Con el
adjetivo “jerárquica”, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro
del ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus
relaciones internas. Los obispos, ante todo, y, a través de ellos, los
presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera)
que los llevan a estar al servicio de «todos cuantos pertenecen al Pueblo de
Dios» para que «tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la
salvación» (LG,
18).
La Lumen
Gentium recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter
colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que «el encargo
que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que
en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio»
(LG,
24). Se comprende entonces por qué San Pablo VI presentó
la jerarquía como realidad «nacida de la caridad de Cristo para realizar,
difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del
ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia» (Disc.
14 de sept. de 1964, en Acta Synodalia III/1, 147).
Queridas
hermanas, queridos hermanos, pidamos al Señor que mande a su Iglesia ministros
ardientes en la caridad evangélica, entregados al bien de todos los bautizados
y misioneros valientes en todos los lugares del mundo.
Papa León XIV. Ángelus. 29 de marzo
de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas:
Al
comienzo de la Semana
Santa, con nuestra oración estamos más cerca que nunca, de los cristianos
de Oriente Medio que sufren las consecuencias de un conflicto atroz y, en
muchos casos, no pueden vivir plenamente los ritos de estos días santos.
Precisamente, mientras la Iglesia contempla el misterio de la Pasión del
Señor, no podemos olvidar a quienes hoy participan de manera real en su
sufrimiento. La prueba que ellos atraviesan interpela la conciencia de
todos. Elevemos nuestra súplica al Príncipe de la paz, para que sostenga a
los pueblos heridos por la guerra y abra caminos concretos de reconciliación y
paz.
Asimismo,
encomiendo al Señor a todos los marineros víctimas de la guerra: rezo por los
difuntos, por los heridos y por sus familiares. ¡La tierra, el cielo y el mar
han sido creados para la vida y para la paz!
Y
recemos por todos los migrantes fallecidos en el mar, en particular por
aquellos que han perdido la vida en los últimos días frente a las costas de la
isla de Creta.
¡Saludo
y agradezco a todos ustedes, romanos y peregrinos, que han participado en esta
celebración! Juntos nos dirigimos ahora a la Virgen María, confiando a su
intercesión todas nuestras súplicas. Dejémonos guiar por ella en estos días
santos, para seguir con fe y amor a Jesús, nuestro Salvador.
Papa Francisco. Ángelus. 10 de
abril de 2023. Lunes del ángel.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy el Evangelio nos hace revivir el encuentro de las mujeres con Jesús
resucitado en la mañana de Pascua. Nos recuerda así que fueron ellas, las
discípulas, las primeras en verlo y encontrarlo.
Podríamos preguntarnos: ¿por qué ellas? Por una razón muy sencilla: porque
fueron las primeras en ir al sepulcro. Como todos los discípulos, también ellas
sufrían por el modo en que parecía haber terminado la historia de Jesús; pero, a
diferencia de los demás, no se quedaron en casa paralizadas por la tristeza y
el miedo: por la mañana temprano, al salir el sol, fueron a honrar el
cuerpo de Jesús llevando ungüentos aromáticos. El sepulcro había sido sellado y
se preguntan quién nos podría quitar esa piedra (cf. Mc 16,1-3),
tan pesada. Pero su voluntad de realizar aquel gesto de amor prevalece por
encima de todo. No se desaniman, salen de sus miedos y de sus angustias.
Este es el camino para encontrar al Resucitado: salir de nuestros temores,
salir de nuestras angustias.
Recorramos la escena descrita en el Evangelio: las mujeres llegan, ven el
sepulcro vacío y, «con miedo y gran gozo», corren —dice el texto— «a dar el
anuncio a sus discípulos» (Mt 28,8). Ahora bien, justo
cuando van a hacer este anuncio, Jesús sale a su encuentro. Fijémonos bien en
esto: Jesús sale a su encuentro cuando van a anunciarlo. Esto es
hermoso: Jesús las encuentra mientras van a anunciarlo. Cuando anunciamos al
Señor, el Señor viene a nosotros. A veces pensamos que la manera de estar
cerca de Dios es tenerlo estrechamente junto a nosotros; porque después, si nos
exponemos y hablamos de esto, llegan los juicios, las críticas, tal vez no
sabemos responder a ciertas preguntas o provocaciones, y entonces es mejor no
hablar de esto y cerrarse: no, esto no es bueno. En cambio, el Señor viene
cuando lo anunciamos. Tú siempre encuentras al Señor en el camino del
anuncio. Anuncia al Señor y lo encontrarás. Busca al Señor y lo
encontrarás. Siempre en camino, esto es lo que nos enseñan las mujeres: a Jesús
se le encuentra dando testimonio de Él. Pongamos esto en el corazón: a Jesús
se le encuentra dando testimonio de Él.
Pongamos un ejemplo. Nos habrá ocurrido alguna vez que recibimos una
noticia maravillosa, como el nacimiento de un hijo. Entonces, una de las
primeras cosas que hacemos es compartir este feliz anuncio con los amigos:
“¿Sabes? He tenido un hijo… es hermoso”. Y al contárselo, también nos lo
repetimos a nosotros mismos y, de alguna manera, hacemos que cobre aún más vida
en nosotros. Si esto ocurre con una buena noticia, de todos los días o de
algunos días importantes, ocurre infinitamente más con Jesús, que no sólo es
una buena noticia, ni tampoco la mejor noticia de la vida, no, sino que Él es
la vida misma, Él es «la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Cada
vez que lo proclamamos, no con propaganda o proselitismo, eso no. Anunciar es
una cosa, hacer propaganda o proselitismo es otra. El cristiano anuncia.
Quien tiene otros fines hace proselitismo y eso no está bien. Cada vez que
lo anunciamos el Señor viene a nuestro encuentro. El viene con respeto y
amor, como el don más hermoso para compartir. Jesús habita más en nosotros
cada vez que lo anunciamos.
Pensemos una vez más en las mujeres del Evangelio: estaba la piedra sellada
y, sin embargo, ellas van al sepulcro; toda la ciudad había visto a Jesús en la
cruz y, no obstante eso, ellas van a la ciudad a anunciarlo vivo. Queridos
hermanos y hermanas, cuando se encuentra a Jesús, ningún obstáculo puede
impedirnos anunciarlo. En cambio, si nos guardamos solo para nosotros su
alegría, tal vez sea porque todavía no lo hemos encontrado de verdad.
Hermanos, hermanas, ante la experiencia de las mujeres nos preguntamos:
Dime, ¿Cuándo fue la última vez que diste testimonio de Jesús? ¿Cuándo
fue la última vez que yo di testimonio de Jesús? ¿Qué hago hoy para que las
personas con las que me encuentro reciban la alegría de su anuncio? Y aún más:
¿alguien puede decir “esta persona es serena, es feliz, es buena porque ha
encontrado a Jesús”? ¿Se puede decir esto de cada uno de nosotros? Pidamos
a la Virgen que nos ayude a ser alegres anunciadores del Evangelio.
Papa Francisco. Ángelus. 12 de
abril de 2020.
Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!
Hoy, lunes de Pascua, resuena el alegre anuncio de la Resurrección de
Cristo. La lectura del Evangelio (cf. Mateo 28, 8-15) nos
cuenta que las mujeres, asustadas, salen apresuradamente del sepulcro de Jesús,
que han encontrado vacío; pero Jesús mismo se les aparece en el camino
diciendo: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán» (v. 10). Con estas palabras, el Resucitado confía a las mujeres un
mandato misionero hacia los Apóstoles. De hecho, ellas dieron un admirable
ejemplo de fidelidad, dedicación y amor a Cristo tanto en su vida pública como
en su Pasión; ahora son recompensadas por Él con este gesto de atención y
predilección. Las mujeres, siempre las primeras: María, la primera; las
mujeres, las primeras.
Primero las mujeres, luego los discípulos y, en particular, Pedro, ven la
realidad de la resurrección. Jesús les había predicho repetidamente que,
después de la pasión y la cruz, resucitaría, pero los discípulos no lo habían
entendido, porque aún no estaban preparados. Su fe tenía que dar un salto
cualitativo, que sólo el Espíritu Santo, don del Resucitado, podía
desencadenar.
Al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, oímos a Pedro
declarar con audacia, con coraje, con franqueza: «A este Jesús Dios le
resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hechos 2, 32).
Como si dijera: «Yo doy la cara por Él. Yo doy mi vida por Él». Y luego dará su
vida por Él. A partir de ese momento, el anuncio de que Cristo ha resucitado se
extiende por todas partes y llega a todos los rincones de la tierra,
convirtiéndose en el mensaje de esperanza para todos. La resurrección de
Jesús nos dice que a la muerte no le corresponde la última palabra, sino a la
vida. Al resucitar al Hijo unigénito, Dios Padre ha manifestado
plenamente su amor y misericordia por la humanidad de todos los tiempos.
Si Cristo ha resucitado, es posible mirar con confianza cada hecho de
nuestra existencia, incluso los más difíciles, llenos de angustia e
incertidumbre. Este
es el mensaje de Pascua que estamos llamados a proclamar, con palabras y, sobre
todo, con el testimonio de la vida. Que esta noticia resuene en nuestros
hogares y en nuestros corazones: «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!»
(Secuencia Pascual). Esta certeza refuerza la fe de todo bautizado y anima
especialmente a aquellos que se enfrentan a grandes sufrimientos y
dificultades.
Que la Virgen María, testigo silencioso de la muerte y resurrección de su
hijo Jesús, nos ayude a creer firmemente en este misterio de salvación: si se
abraza con fe, puede cambiar nuestras vidas. Este es el deseo de Pascua que os
renuevo a todos vosotros. Se lo confío a Ella, nuestra Madre, a quien ahora
invocamos con la oración del Regina Coeli.
Papa Francisco. Ángelus. 16 de abril
de 2017.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este lunes de fiesta, llamado «Lunes del Ángel», la liturgia hace
resonar el anuncio de la Resurrección proclamado ayer: «Cristo ha resucitado,
¡aleluya!». En el actual pasaje evangélico podemos percibir el eco de las
palabras que el ángel dirigió a las mujeres que acudieron al sepulcro: «id
enseguida a decir a sus discípulos: “ha resucitado de entre los muertos”» (Mateo 28,
7). Oímos como dirigida también a nosotros la invitación a “darnos prisa” y a
“ir” a anunciar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo este mensaje de
alegría y de esperanza. De esperanza cierta, porque desde cuando, en la aurora
del tercer día, Jesús crucificado resucitó, ¡la última palabra ya no la tiene
la muerte, sino la vida! Y esta es nuestra certeza. La última palabra no es
el sepulcro, ¡no es la muerte, es la vida! Por eso repetimos tanto: “Cristo
ha resucitado”. Porque en Él el sepulcro ha sido derrotado, ha nacido la vida.
En virtud de este evento, que constituye la auténtica y verdadera novedad
de la historia y del cosmos, estamos llamados a ser hombres y mujeres nuevos
según el Espíritu, afirmando el valor de la vida. ¡Hay vida! ¡Esto es ya
comenzar a resurgir! Seremos hombres y mujeres de resurrección, hombres y
mujeres de vida, si, en medio de los sucesos que afligen al mundo —hay
muchos hoy—, en medio de la mundanidad que aleja de Dios, sabremos tener
gestos de solidaridad, gestos de acogida, alimentar el deseo universal de la
paz y la aspiración a un ambiente libre del degrado. Se trata de signos
comunes y humanos, pero que, sostenidos y animados por la fe en el Señor
Resucitado, adquieren una eficacia muy superior a nuestras capacidades. Y esto
es así. Sí, porque Cristo está vivo y obra en la historia por medio de su
Santo Espíritu: redime nuestras miserias, alcanza cada corazón humano y
devuelve esperanza para cualquiera que es oprimido y sufriente.
Que la Virgen María, testigo silencioso de la muerte y resurrección de su
hijo Jesús, nos ayude a ser signos límpidos de Cristo resucitado entre los
eventos del mundo, para que cuantos se encuentran en la tribulación y en
dificultades no permanezcan víctimas del pesimismo y de la derrota, de la
resignación, sino que encuentren en nosotros a muchos hermanos y hermanas que
les ofrecen su apoyo y consolación. Que nuestra Madre nos ayude a creer
fuertemente en la resurrección de Jesús: Jesús ha resucitado, está vivo
aquí, entre nosotros, y esto es un admirable misterio de salvación con la
capacidad de transformar los corazones y la vida. E interceda de manera
particular por las comunidades cristianas perseguidas y oprimidas que están
hoy, en muchas partes del mundo, llamadas a un más difícil y valiente
testimonio. Y ahora, en la luz y la alegría de la Pascua, nos dirigimos a Ella
con la oración que durante cincuenta días, hasta Pentecostés, toma el lugar del
Ángelus.
Papa Francisco. Ángelus. 21 de
abril de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
¡Feliz Pascua! «Cristòs anèsti! — Alethòs anèsti!», «¡Cristo ha
resucitado! — ¡Verdaderamente ha resucitado!». Está entre nosotros, ¡aquí en la
plaza! En esta semana podemos seguir intercambiándonos la felicitación pascual,
como si fuese un único día. Es el gran día que hizo el Señor.
El sentimiento dominante que brota de los relatos evangélicos de la
Resurrección es la alegría llena de asombro, ¡pero un asombro grande! ¡La alegría que viene de
dentro! Y en la liturgia revivimos el estado de ánimo de los discípulos por las
noticias que las mujeres les habían llevado: ¡Jesús ha resucitado! ¡Nosotros lo
hemos visto!
Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también
en nuestro corazón y se transparente en nuestra vida. Dejemos que el asombro
gozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos, en las miradas, en
las actitudes, en los gestos y en las palabras... ¡Ojalá fuésemos así de
luminosos! Pero esto no es un maquillaje. Viene de dentro,
de un corazón inmerso en la fuente de este gozo, como el de María Magdalena,
que lloraba la pérdida de su Señor y no creía a sus ojos al verlo resucitado.
Quien experimenta esto se convierte en testigo de la Resurrección, porque en
cierto sentido resucita él mismo, resucita ella misma. De este modo es capaz de
llevar un «rayo» de la luz del Resucitado a las diversas situaciones: a las que
son felices, haciéndolas más hermosas y preservándolas del egoísmo; a las
dolorosas, llevando serenidad y esperanza.
En esta semana, nos hará bien tomar el libro del Evangelio y leer los
capítulos que hablan de la Resurrección de Jesús. ¡Nos hará mucho bien! Tomar el
libro, buscar los capítulos y leer eso. Nos hará bien, en esta semana,
pensar también en la alegría de María, la Madre de Jesús. Tan
profundo fue su dolor, tanto que traspasó su alma, así su alegría fue íntima y
profunda, y de ella se podían nutrir los discípulos. Tras pasar por la
experiencia de la muerte y resurrección de su Hijo, contempladas, en la fe,
como la expresión suprema del amor de Dios, el corazón de María se convirtió
en una fuente de paz, de consuelo, de esperanza y de misericordia. Todas
las prerrogativas de nuestra Madre derivan de aquí, de su participación
en la Pascua de Jesús. Desde el viernes al domingo por la mañana, Ella
no perdió la esperanza: la hemos contemplado Madre dolorosa, pero, al mismo
tiempo, Madre llena de esperanza. Ella, la Madre de todos los discípulos, la
Madre de la Iglesia, es Madre de esperanza.
A Ella, silenciosa testigo de la muerte y resurrección de Jesús, pidamos
que nos introduzca en la alegría pascual. Lo haremos recitando el Regina
caeli, que en el tiempo pascual sustituye a la oración del Ángelus.
Benedicto XVI. Ángelus. 25de abril
de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
Surrexit Dominus vere! Alleluja! La Resurrección del Señor marca la renovación de
nuestra condición humana. Cristo ha derrotado la muerte, causada por nuestro pecado, y nos
reconduce a la vida inmortal. De ese acontecimiento brota toda la vida de la
Iglesia y la existencia misma de los cristianos. Lo leemos precisamente
hoy, lunes del Ángel, en el primer discurso misionero de la Iglesia naciente:
«A este Jesús —proclama el apóstol Pedro— lo resucitó Dios, de lo cual todos
nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo
recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo
que estáis viendo y oyendo» (Hch 2, 32-33). Uno de los signos
característicos de la fe en la Resurrección es el saludo entre los cristianos
en el tiempo pascual, inspirado en un antiguo himno litúrgico: «¡Cristo
ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!». Es una profesión de fe y un
compromiso de vida, precisamente como aconteció a las mujeres descritas en el
Evangelio de san Mateo: «De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:
“Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea;
allí me verán» (28, 9-10). «Toda la Iglesia —escribe el siervo de Dios Pablo
VI— recibe la misión de evangelizar, y la actividad de cada miembro constituye
algo importante para el conjunto. Permanece como un signo, opaco y luminoso al
mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su
permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa» (Ex. ap. Evangelii
nuntiandi, 8 de diciembre de 1975, n. 15: AAS 68 [1976] 14).
¿Cómo podemos encontrar al Señor y ser cada vez más sus auténticos
testigos? San Máximo
de Turín afirma: «Quien quiera encontrar al Salvador, lo primero que debe hacer
es ponerlo con su fe a la diestra de la divinidad y colocarlo con la
persuasión del corazón en los cielos» (Sermo XXXIX A, 3: CCL 23,
157), es decir, debe aprender a dirigir constantemente la mirada de la mente
y del corazón hacia la altura de Dios, donde está Cristo resucitado. Por
consiguiente, en la oración, en la adoración, Dios encuentra al hombre.
El teólogo Romano Guardini observa que «la adoración no es algo accesorio,
secundario (...). Se trata del interés último, del sentido y del ser. En la
adoración el hombre reconoce lo que vale en sentido puro, sencillo y santo» (La
Pasqua, Meditazioni, Brescia 1995, p. 62). Sólo si sabemos
dirigirnos a Dios, orar a él, podemos descubrir el significado más profundo de
nuestra vida, y el camino diario queda iluminado por la luz del Resucitado.
Queridos amigos, la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, hoy
festeja a san Marcos evangelista, sabio anunciador del Verbo y escritor de las
doctrinas de Cristo, como se lo definía antiguamente. Él es también el patrono
de la ciudad de Venecia, a donde, si Dios quiere, iré en visita pastoral los
días 7 y 8 del próximo mes de mayo. Invoquemos ahora a la Virgen María, para
que nos ayude a cumplir fielmente y con alegría la misión que el Señor
resucitado nos encomienda a cada uno.
Benedicto XVI. Ángelus. 24 de marzo
de 2008.
Queridos hermanos y hermanas:
En la solemne Vigilia pascual volvió a resonar, después de los días de
Cuaresma, el canto del Aleluya, palabra hebrea universalmente conocida,
que significa «alabad al Señor». Durante los días del tiempo pascual
esta invitación a la alabanza se propaga de boca en boca, de corazón en
corazón. Resuena a partir de un acontecimiento absolutamente nuevo: la muerte y
resurrección de Cristo. El aleluya brotó del corazón de los primeros
discípulos y discípulas de Jesús en aquella mañana de Pascua, en Jerusalén.
Casi nos parece oír sus voces: la de María Magdalena, la primera que vio al
Señor resucitado en el jardín cercano al Calvario; las voces de las mujeres,
que se encontraron con él mientras corrían, asustadas y felices, a dar a los
discípulos el anuncio del sepulcro vacío; las voces de los dos discípulos que
con rostros tristes se habían encaminado a Emaús y por la tarde volvieron a
Jerusalén llenos de alegría por haber escuchado su palabra y haberlo reconocido
«en la fracción del pan»; las voces de los once Apóstoles, que aquella misma
tarde lo vieron presentarse en medio de ellos en el Cenáculo, mostrarles las
heridas de los clavos y de la lanza y decirles: «¡La paz con vosotros!». Esta
experiencia ha grabado para siempre el aleluya en el corazón de la Iglesia, y
también en nuestro corazón.
De esa misma experiencia deriva también la oración que rezamos hoy y todos
los días del tiempo pascual en lugar del Ángelus: el Regina caeli.
El texto que sustituye durante estas semanas al Ángelus es breve y tiene la
forma directa de un anuncio: es como una nueva «anunciación» a María, que esta
vez no hace un ángel, sino los cristianos, que invitamos a la Madre a alegrarse
porque su Hijo, a quien llevó en su seno, resucitó como lo había prometido.
En efecto, «alégrate» fue la primera palabra que el mensajero celestial
dirigió a la Virgen en Nazaret. Y el sentido era este: Alégrate, María, porque
el Hijo de Dios está a punto de hacerse hombre en ti. Ahora, después del drama
de la Pasión, resuena una nueva invitación a la alegría: «Gaude et
laetare, Virgo Maria, alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia»,
«Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor
ha resucitado, aleluya».
Queridos hermanos y hermanas, dejemos que el aleluya pascual también se
grabe profundamente en nosotros, de modo que no sea sólo una palabra en ciertas
circunstancias exteriores, sino la expresión de nuestra misma vida: la
existencia de personas que invitan a todos a alabar al Señor y lo hacen
actuando como «resucitados». Decimos a María: «Ruega al Señor por
nosotros», para que Aquel que en la resurrección de su Hijo devolvió la alegría
al mundo entero, nos conceda gozar de esa alegría ahora y siempre, en nuestra
vida actual y en la vida sin fin.
DOMINGO
2 T. P. DE LA DIVINA MISERICORDIA.
Monición
de entrada:
Querido amigos:
El domingo pasado
hicimos la vigilia pascual y el encuentro.
Hoy es el segundo
domingo de pascua, en el que le damos gracias a Jesús por ser muy bueno con
nosotros y perdonarnos las cosas que hacemos mal.
Señor,
ten piedad.
Tú que eres muy
bueno. Señor, ten piedad.
Tú que te olvidas
de las veces que nos portamos mal.
Cristo, ten piedad.
Tú que nos
perdonas siempre. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Te pedimos por el
Papa León, para que siga haciendo de la iglesia una casa donde todos pueden
entrar. Te lo pedimos Señor.
Te pedimos por
las personas que ayudan a los demás. Te lo pedimos Señor.
Te pedimos por
los niños que vamos a volver el martes a la escuela. Te lo pedimos Señor.
Te pedimos por
las ancianas que van a recibir la comunión en su casa. Te lo pedimos, Señor.
Te pedimos por
nosotros, para que no nos cansemos de besar y dar abrazos a nuestros abuelos.
Te lo pedimos, Señor.
Acción
de gracias:
Virgen María,

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