lunes, 19 de enero de 2026

233. 2º domingo tiempo ordinario. 18 de enero de 2026.

 


Lectura del libro de Isaías 49, 3.5-6.

Me dijo el Señor:

-Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré.

Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza:

-Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

 

Textos paralelos.

Tú eres mi siervo fiel, en ti se manifestará mi gloria.

Is 53, 10-12: El Señor quería triturarlo con el sufrimiento: si entrega su vida como expiación verá su descendencia, prolongará sus años y por su medio triunfará el plan del Señor. Por los trabajos soportados verá la luz, se saciará de saber, mi siervo inocente rehabilitará a todos porque cargó con sus crímenes. Por eso le asignaré una porción entre los grandes y repartirá botín con los poderosos: porque desnudó el cuello para morir y fue contado entre los pecadores, él cargó con el pecado de todos e intercedió por los pecadores.

Yo era valioso a los ojos de Yahvé.

Flp 2, 8-11: Se humilló, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte en cruz. Por eso Dios lo exaltó y le concedió un título superior a todo título, para que, ante el título de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo, la tierra y el abismo; y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre: ¡Jesucristo es Señor!

Jn 17, 5: Ahora tú, Padre, dame gloria junto a ti, la gloria que tenía junto a ti, antes de que hubiera mundo.

Te voy a hacer luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra.

Hch 13, 47: Así nos lo tiene ordenado el Señor: Te hago luz de las naciones, para que mi salvación actúe hasta el confín de la tierra.

Lc 2, 32: Como luz revelada a los paganos y como gloria de tu pueblo Israel.

 

Notas exegéticas.

49 3 Esta palabra se considera generalmente glosa inspirada en 44, 21 e incompatible con los vv. 5-6, que distinguen entre el Siervo y Jacob-Israel. Sin embargo, la palabra se encuentra en todos los testigos del texto. Quizá se justifica por la ambivalencia de la figura del Siervo, que es o Israel, o su jefe y salvador.

49 5 “se le una” lo ye’asep versiones 1QIs [manuscrito de Isaías hallado en la cueva 1 de Qumram; “no se una” lo’ye’asep Texto Masorético.

49 6 Al comienzo del v. el hebreo trae “Y dijo”, considerado un añadido por la crítica. Griego y Vetus Latina traen Y me dijo.

 

Salmo responsorial

Sal 40 (39), 2-4.7-10

 

Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad. R/.

Yo esperaba con ansia al Señor;

él se inclinó y escuchó mi grito.

Me puso en la boca un cántico nuevo,

un himno a nuestro Dios. R/.

 

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,

y, en cambio, me abriste el oído;

no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,

entonces yo digo: “Aquí estoy”.  R/.

 

“-Como está escrito en mi libro –

para hacer tu voluntad.

Dios mío, lo quiero,

y llevo tu ley en las entrañas”. R/.

 

He proclamado tu justicia

ante la gran asamblea;

no he cerrado los labios, Señor, tu lo sabes. R/.

 

Textos paralelos.

Me sacó de la fosa fatal.

Sal 18, 5: Me cercaban lazos de la Muerte, torrentes destructores me aterraban.

Sal 69, 2-3: ¡Sálvame, Dios, que me llega el agua al cuello! Me hundo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; me he adentrado en aguas hondas y me arrastra la corriente.

Sal 69, 15-16: Arráncame del cieno, que no me hunda, líbrame de los que me aborrecen y de las aguas sin fondo. Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no se cierre la poza sobre mí.

Jr 38, 6: Ellos prendieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Malaquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. Een el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo.

No has querido sacrificio ni oblación.

Hb 10, 5-7: Por eso dice al entrar en el mundo: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo. No te agradan holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, he venido para cumplir, oh Dios, tu voluntad – como está escrito de mí en el libro.

Is 50, 5: Él Señor me abrió el oído: yo no me resistí ni me eché atrás.

Am 5, 21: Detesto y rehúso vuestras fiestas, no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas.

Sal 50, 15: Invócame en el peligro, te libraré y tú me darás gloria.

Sal 51, 18-19: Un sacrificio no te satisface; si te ofrezco un holocausto, no lo aceptas. Para Dios sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y triturado, tú, Dios, no lo desprecias.

Sal 69, 31-32: Alabaré el nombre de Dios con cantos: te engrandeceré con acción de gracias; le agradará a Dios más que un toro, que un novillo con cuernos y pezuña partida.

He proclamado tu justicia.

Sal 37, 31: Lleva en el corazón la ley de su Dios; sus pasos no vacilan.

Jn 4, 34: Jesús les dice: Mi sustento es cumplir la voluntad del que me envió y dar remate a su obra.

Jn 8, 29: Él que me envió está conmigo y no me deja solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.

Sal 22, 23: Sálvame de las fauces del león, de los cuernos de búfalos a este desgraciado.

Sal 35, 18: Y te daré gracias en la gran asamblea, ante un pueblo numeroso te alabaré.

Sal 149, 1: ¡Aleluya! Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los leales.

 

Notas exegéticas.

40 Al himno de acción de gracias sigue un grito de angustia convertido en el Sal 70. En el conjunto actual, la primer aparte aparece como un examen del pasado, opuesto a las miserias del presente y que justifica el recurso a Yahvé.

 

Segunda lectura.

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3.

Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corintio, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

 

Textos paralelos.

Rm 1, 1-4: De Pablo, siervo de Jesús Mesías, llamado a ser apóstol, reservado para anunciar la buena noticia prometida en las escrituras sagradas acerca de su Hijo, nacido por línea carnal del linaje de David a partir de la resurrección, establecido por el Espíritu Santo Hijo de Dios con poder.

Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios.

Hch 18, 17: Entonces (los griegos) agarraron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal, mientras Galión se desentendía de todo.

Hch 5, 11: Toda la Iglesia y cuantos se enteraron quedaron espantados.

Llamados a ser santos junto con cuantos, en cualquier lugar, invocan el nombre de Jesucristo.

Hch 9, 13: Ananías respondió: Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre contar todo el daño que ha hecho a los consagrados de Jerusalén.

Hch 2, 21: Todos los que invoquen el nombre del Señor se salvarán.

 

Notas exegéticas.

1 1 Tal vez se trata del personaje mencionado en Hch 18, 17.

1 2 (a) Expresión favorita de Pablo (2 Co 1, 1; Ga 1, 13; 1 Ts 2, 14; 2 Ts 1, 4; 1 Tm 3, 4). Comparar las iglesias de Cristo. Esta expresión se inspira en el AT: la asamblea del Señor (Dt 23, 2-9), que era la reunión del pueblo convocado por Yahvé.

1 2 (b) Otra traducción: “con cuantos en cualquier lugar: el suyo y el nuestro invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro. – La expresión proviene de Jl 3, 5: “Y todos los que invoquen el nombre de Yahvé se salvarán”. El NT transfiere a Jesús lo que el AT dice de Yahvé (Hch 2, 21).

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34.

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

-Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.

Y Juan dio testimonio diciendo:

-He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios.

 

Textos paralelos.

 He aquí el Cordero de Dios

1 Jn 3, 5: Y ya sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado.

1 S 9, 17: En cuanto Samuel vio a Saúl, el Señor le advirtió: “Este es el hombre de quien te hablé. Ese gobernará a mi pueblo”.

Porque existía antes que yo.

Jn 8, 58: Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy”.

Jn 1, 1: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

He visto al Espíritu que bajaba como una paloma.

Is 11, 2: Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.

Is 61, 1: El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad.

Mc 1, 10: Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma.

Mt 3, 16: Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.

Lc 3, 21-22: Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma.

Jn 1, 33: Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.

Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo.

Jn 3, 5: Jesús contestó: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”.

Mt 3, 11: Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

Lo he visto y doy testimonio.

Is 42, 1: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones.

Es el Elegido de Dios.

Lc 9, 35: Y una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”.

Lc 23, 35: El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo; si él es el Mesías de Dios, el elegido”.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

1 29 El “pecado” (en singular) por excelencia es negarse a reconocer a Cristo como el enviado de Dios, aquel que ha venido a revelarnos la “verdad”; es estar “ciego” hasta el punto de no saber cuál es la voluntad de Dios sobre el hombre rechazando al nuevo Moisés. Como el Siervo de Dios del que habla Is 42, 1-4, y al que aludirá Jn 1, 34, él quita el pecado gracias a la enseñanza que nos da. Por eso, algunos han pensado que el término “cordero” era una mala traducción de un original hebreo que significaba también “siervo”. – La tradición joánica conoce posiblemente la interpretación targúmica del sacrificio de Isaac, “atado sobre el monte como un cordero sobre el altar”, Gn 22, 2.6-9, y ve en Isaac una figura de Cristo. Para Jn, Jesús es también el “Cordero” pascual que, por su muerte, recibe dominio sobre los hombres y por tanto quita el “pecado” del mundo. – Para la primera carta de Juan, Jesús ha venido a quitar tanto nuestros pecados como los de todo el mundo.

1 31 Según las tradiciones judías, el Mesías, que no se distinguía en nada de los demás hombres, debía permanecer de incógnito hasta el día en que fuera manifestado como Mesías, por Elías vuelto a la tierra, Ml 3, 23-24. Este tema es el que se evoca en 1, 26. 31, ver 7, 27, versículos que quizá estaban unidos en una redacción más antigua.

1 33 Por cuanto el Espíritu reposa sobre él Cristo podrá comunicarlo a los demás, realizando así la profecía de Ez 36, 26-27, ver alianza nueva de Jr 31, 31. Pero esta efusión del Espíritu solo tendrá lugar una vez que Cristo haya sido “glorificado” o “elevado” a la diestra de Dios el día de Pentecostés.

1 34 Alusión a Is 42, 1. Jesús es el Siervo sobre el que Dios ha puesto su Espíritu. Juan invierte los datos del relato del bautismo de Cristo. Mc 1, 9-11: ya no es Jesús, sino el Bautista, quien ve el Espíritu bajar; ya no es la voz celeste la que da testimonio de Cristo, sino el Bautista. Variante: “el Hijo de Dios”, por armonización con Mt 3, 17.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

29 EL CORDERO (cf. referencias bíblicas; otras posibles alusiones en Ex 12 y Ap 14; es imagen común en la literatura apocalíptica): J. Jeremías piensa que la misma palabra ambivalente – en arameo talyá, en hebreo taléh – fue usada por el Bautista con el significado de siervo, pero al traducirse al griego su testimonio se entendió con su segundo significado: cordero. También, es probable que, en este título haya influido la literatura targúmica, que daba mucha importancia al sacrificio de Isaac “atado sobre el monte como un cordero sobre el altar”, como sacrificio expiatorio. O podría tratarse de un título emblemático (A. Schökel): en contraste con los títulos de los poderosos en Oriente (“león”, “novillo”, etc.), Jesús llevaría el nombre del animal más frágil e indefenso. De cualquier forma, es el cordero DE DIOS, el que pertenece a Dios, sobre el que Dios tiene derechos; o bien, con el Targum: el cordero preparado por Dios. Con el sacrificio de su vida ofrecida a Dios, este Cordero VA A CARGAR SOBRE SÍ (lit. participio de presente con valor de futuro) EL PECADO específico de la incredulidad (para Jn “el pecado” – en griego hê hamartía – no es tanto una culpa moral concreta cuanto no creer que Jesús es Hijo de Dios). // Fray Luis de León sabía muy bien que “cuando san Juan de este Cordero dice que quita los pecados del mundo, no solamente dice que los quita, sino que, según la fuerza de la palabra [griega: aírô], así los quita de nosotros que los carga sobre sí mismo y los hace como suyos para ser él castigado por ellos y que quedásemos libres”.

31 AL BAUTIZAR. lit. bautizando.

32 El texto supone que los lectores conocen ya la narración del bautismo de Jesús.

34 VI... TESTIFICO: la traducción intenta reproducir el matiz de perfecto gramatical de los dos verbos griegos del texto. En el proceso entablado entre la luz y la oscuridad, el Bautista cumple perfectamente su misión de ser testigo de la luz (cf. vs. 7-8).

 

Notas exegéticas de la Biblia Didajé.

1, 19-34 Juan Bautista no se identificó como Cristo ni con Elías o Moisés; más bien afirmó que era la voz que clamaba en el desierto, que preparaba el camino para la venida del Mesías, Cordero de Dios. Cat. 438, 613.

1, 29 El cordero es una imagen que se asocia con la fiesta de la Pascua y con el Éxodo, cuando Dios mandó a los israelitas que sacrificaran a un cordero sin defecto y rociaran con su sangre las jambas y el dintel de la casa donde lo comieran, para librarse de la misma plaga, en la que morirían los primogénitos. Esta imagen también lleva a cumplimiento las profecías del Siervo doliente en Isaías, ya que retrata al protagonista como un cordero inocente sacrificado para expiar los pecados de los demás (Is 53, 7-12). Pecado del mundo: Este término se refiere a las consecuencias del pecado original y a la totalidad de los pecados personales de la humanidad. Cat. 408, 523, 1137 y 1505.

1, 32 Cristo no tenía necesidad de arrepentirse, pero se bautizó junto a los pecadores para identificarse con la humanidad pecadora. Juan Bautista testificó como el Espíritu vino a posarse en Cristo, corroborando así las narraciones del bautismo de los evangelios sinópticos. Para Juan (y para nosotros), el descenso del Espíritu ratifica que Jesús es el Mesías, Dios Hijo ungido por el Espíritu Santo. Cat. 438, 486, 536, 719 y 1286.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

438 La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión divina. “Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobrentendido Él que ha ungido. Él que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: Él que ha ungido, es el Padre, Él que ha sido ungido, es el Hijo, y lo que ha sido en el Espíritu que es la Unción. Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su bautismo, por Juan cuando “Dios le ungió por el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10, 38) “para que él fuese manifestado a Israel” (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como “el santo de Dios”.

613 La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del “Cordero que quita el pecado del mundo”  (Jn 1, 29) y el sacrifico de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con Él por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

408 Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de san Juan: “el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Mediante esta expresión significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres (cf. S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 16).

1137 El Apocalipsis de san Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que “un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono”: “el Señor Dios” (Is 6, 1). Luego revela al Cordero, “inmolado y de pie” (Ap 5, 6; Jn 1, 29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero, el mismo “que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado” (Liturgia Bizantina. Anáfora de San Juan Crisóstomo).

486 Toda la vida de Jesucristo manifestará “como Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10, 38).

536 El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29); anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta (Mc 10, 38).

719 Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las “indagaciones de los profetas” y el ansia de los ángeles (1 Pe 1, 10-12): “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo, Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios [...] He aquí el Cordero de Dios” (Jn 1, 33-36).

1286 En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado para realizar su misión salvífica. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios.

 

Concilio Vaticano II

Cordero inocente, con su entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2, 20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.

Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual Gaudium et Spes, 22

 

San Agustín

Por tanto, hermanos míos, cuando aquella Trinidad se manifestó sensiblemente en la carne, apareció la Trinidad entera en el río en que Juan bautizó al Señor. Una vez bautizado, salió del agua, descendió la paloma y sonó la voz del cielo: Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido (Mt 3, 17). El Hijo se manifiesta en el hombre; el Espíritu en la paloma; el Padre en la voz. Algo inseparable se ha manifestado separablemente. [...] Mas he aquí que en atención a los hombres, hermanos, se manifestó sirviéndose de una paloma, y así se cumplió: Sobre él florecerá mi santificación. Florecerá, se dijo; esto es, se manifestará claramente, pues nada hay más resplandeciente y más visible en un árbol que su flor.

Sermón 308 A, 4-5. II, pg. 712.

 

Los Santos Padres.

Quien es tan puro que puede incluso purificar a los demás limpiándolos de sus pecados, evidentemente no se acerca al Bautista para confesar sus pecados, sino para prestar a tan admirable precursor una nueva ocasión de grabar en la mente de sus oyentes las palabras que ya había dicho y para añadir, además, otras enseñanzas. 

San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Juan, 17, 1. IVa, pg. 130.

Puesto que son cinco los animales ofrecidos sobre el altar: tres de la tierra y dos volátiles (cf. Lv 5, 6-7.18), me parece que conviene preguntarse por qué el Salvador es llamado por Juan “cordero” [...] Los cinco animales son: un ternero, una oveja, una cabra, una tórtola y una paloma, de los tres son de la tierra, es decir, ternero, oveja y cabra. [...] Se trata del Cordero que, según razones inefables, es llevado al sacrificio de expiación por el universo entero (cf. Ap 5, 9), que ha aceptado incluso ser inmolado conforme a la medida de amor del Padre para con los hombres; con su sangre nos ha rescatado de aquel que nos había comprado, en cuanto que estábamos corrompidos por los pecados.

Orígenes, Comentarios al Ev. de Juan, 6. IVa, pg. 131.

El Cordero que quita el pecado del mundo – cordero que nos sustenta con el alimento de su carne y de su sangre para que no perezcamos –, estranguló al león que trajo el pecado del mundo.

San Beda, Homilías sobre los Evangelios, 2, 7. IVa, pg. 131.

Es representado como carnero, porque va delante del rebaño; es hallado entre espinos, cuando a nuestro padre Abrahán se le mandó perdonar a su hijo, pero que no volviera sin haber ofrecido un sacrificio. Isaac era Cristo y el carnero era Cristo. Isaac lleva la leña para su propio sacrificio; Cristo fue cargado con el peso de su propia cruz.

Agustín, Sermones, 19, 3. IVa, pg. 132.

Abel supo también dividir, ya que ofreció un sacrificio de las primicias de las ovejas, enseñando que no iban a agradar a Dios los dones de la tierra, que habían degenerado en un pecador, sino esos dones en los cuales brillará la gracia del divino misterio. Así pues, profetizó que nosotros habíamos sido redimidos de la culpa por la pasión del Señor, sobre el cual está escrito: “He aquí el Cordero de Dios; he aquí el que quita el pecado del mundo”.

San Ambrosio, El misterio de la Encarnación del Señor, 1, 4. IVa, pg. 132-133.

Eleazar dio a Rebeca como esposa [a Isaac] junto al agua de los pozos (Gn 24, 2-67); Jacob hizo lo mismo con Raquel (Gn 29, 1-21) y Moisés respecto a Sefora (Ex 2, 16-21). Todos fueron figuras de nuestro Señor que desposó a su Iglesia en las aguas del Jordán. Lo mismo que Eleazar, junto a la fuente, mostró a Rebeca a su señor Isaac, que avanzaba por el campo a su encuentro, así también Juan, desde la fuente del río Jordán, mostró a nuestro Señor: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

San Efrén de Nisibi, Comentario al Diatessaron, 3, 17. IVa, pg. 134.

El mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, posee el Espíritu Santo en todo, siempre y continuamente.

San Gregorio Magno, Libros morales, 2, 56, 90-92. IVa, pg. 135.

 

San Juan de Ávila

Y aunque tanto hobieses hecho tú como el mismo demonio que te trae a desesperación, debes esforzarte en Cristo, Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo (Jn 1, 29); del cual estaba profetizado que había de arrojar todos nuestros pecados en el profundo mar (Mi 7, 19) y que había de ser ungido el Santo de los santos, y tener fin el pecado, y haber sempiterna justicia (Dn 9, 24). Pues, si los pecados están ahogados, quitados y muertos, ¿qué es la causa pr que enemigos tan flacos y vencidos te vencen, y te hacen desesperar?

Audi filia (II), 19. I, pg. 579.

Pues, si uno, que es David, tantos tiene, ¿quién contará los que no tienen todos los hombres, muchos de los cuales hicieron más y mayores pecados que no David? ¡En cuánto trabajo te metiste, oh cordero de Dios, para quitar los pecados del mundo! (cf. Jn 1, 29).

Audi filia (II), 79. I, pg. 709.

Veamos, pues, las condiciones del Esposo. Díganoslo San Juan: Ecce agnus Dei (Jn 1, 29). Cordero se llama manso, humilde, obediente, sufrido. Esta es la condición, señoras, de vuestro Esposo. Pues, ¿cuál ha de ser la condición de la esposa? Él lo dice en los Cantares, donde la llama paloma (Ct 2, 14; 5, 2; 8, 8) y tórtola (Ct 1, 9; 2, 12). Paloma sin hiel, mansa sufrida, paciente como paloma. La monja airada, la monja enojada, brava y mal sufrida, la que es vocinglera, no es buena esposa de Jesucristo, pues no tiene las condiciones de su Esposo, no es paloma.

Platica a las clarisas de Montilla, 7. I, pg. 885.

Dice San Juan: “¿Quién es el que nos hace este bien? Ecce agnus Dei, ecce qyi tollit peccata mundi (Jn 1, 29). ¿No se habían de ir los pecadores tras este Cordero? Es cordero manso y quita los pecados.

Lecciones sobre 1 San Juan (I), pg. II, pg. 280.

Que con el Salvador nació nuestra justicia. De manera que los que se condenan, por su culpa es; y lo mesmo los que hacen pecados, y por su gran pereza; pues quien quisiere tomar la medicina, sanará, y quien quisiere jugar de las armas, vencerá. En el mundo está: venido es ya el cordero de Dios, el que quita los pecados: Ecce agnus Dei... Et peccatum in eo non et (Jn 1, 29). Que, si pecado alguno tuviera, no fuera bueno para perdonar pecados. Nunc autem. Porque no lo tiene, ni lo puede tener.

Lecciones sobre 1 San Juan (II), lección 19. II, pg. 425.

Pregúntasme dónde está Cristo para que me llegue y por Él suba al Padre, y responderte he señalando con el dedo como San Juan Baptista, y decirte he tan grande verdad como dice él, y la mesma verdad que dijo él: he allí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo (Jn 1, 29). Allí está, vestido de unos accidentes de pan, y por harto más maravillosa manera que estaba cuando lo señaló San Juan con su dedo.

Homilía Jueves Santo. III, pg. 419.

Este Señor es Cordero y quita los pecados del mundo (cf. Jn 1, 29), cuya muerte tuvo virtud para esto, aun antes que Él la padeciese en la cruz; por lo cual se dice muerto desde el principio del mundo (Ap 13, 8). Este es el árbol de la vida, puesto en medio de la Iglesia para que quien comiere de él viva para siempre.

Homilía Santísimo Sacramento. III, pg. 597.

Sale al camino. Había oído decir de Cristo grandes bienes y cómo hacía grandes milagros y lanzaba los demonios. Salióle al camino. ¡Bienaventurado aquel a cuyos oídos han venido estas nuevas de Cristo! Albricias habríamos de dar a quien nos las trajese. En discípulo que San Juan dijo: Ecce agnus Dei (Jn 1, 29-36), vanse tras de Él sus discípulos. ¿Pequeñas nuevas son decir que tienes quien te ama tanto que tan atravesado te tiene en su corazón, que murió por ti en una cruz? ¿Albricias, que es venido quien hará las amistades entre Dios y los hombres, quien amansará a Dios, quien te dará alegría en tu corazón y te consolará en tus trabajos! Este es el que te rescató del poderío del demonio y de la subjección de los pecados, y te quitó de los males y trabajos, y te hinchió de todos los bienes y descansos.

Homilía Jueves de la semana I de Cuaresma. III, pg. 141.

¿A qué veniste, Señor, pues no veniste en balde?

El Espíritu del Señor está sobre mí, entended en cuanto hombre, que, en cuanto Dios, antes el Espíritu Santo procede de Él y del Padre, y por tanto se ha de entender en cuanto hombre, y de esta manera lo entendió Sant Joan en el c. 1, ca dice: No le fue dao el Espíritu por medida (Jn 3, 34; 1, 32s), porque le fue dada a la santísima ánima de Cristo grandísima copia de gracia, no como a los otros santos, quia de plenitudine eius omnes acceptamus (Jn 1, 16).

Homilía en vísperas de Navidad. III, pg. 51.

¡Oh Jesús benditísimo, Hijo de Dios Padre y de la bendita Madre Virgen María, cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo (cf. Jn 1, 29.36), abogado y amansamiento delante del padre por nosotros tus siervos, consuelo de tristes, riqueza de pobres, poderoso esfuerzo de los enflaquecidos!

A una señora afligida contrabajos corporales y tristezas espirituales. IV, pg. 231.

419, 597 141, 97, 51

 

San Oscar Romero.

 A mí me da mucho gusto, hermanos -perdonen Uds. que son fieles que me escuchan con amor, con devoción-, que les diga que me da más gusto que me escuchen los enemigos. Me están escuchando porque sé que les llevo una palabra de amor. No los odio, no deseo venganza, no les deseo males. Les pido que se conviertan, que vengan a ser felices con esta felicidad que ustedes los hijos de la parábola que siempre estuvieron con el Padre, gozaron las alegrías de su fe, sintieron como me dijo un amigo ayer con tanto cariño: "Sepa que todo lo bueno está con usted". Hermanos, yo no sé distinguir entre bueno y malo. Todos son hijos de Dios, a todos los quiere el Señor. Un llamamiento universal de salvación está aquí en las lecturas de hoy.

Homilía. 15 de enero de 1978.

 

Papa León XIV. Ángelus.  11 de enero de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

La fiesta del Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, da comienzo al Tiempo Ordinario. Este periodo del año litúrgico nos invita a seguir juntos al Señor, a escuchar su Palabra e imitar sus gestos de amor al prójimo. De ese modo, confirmamos y renovamos nuestro Bautismo, es decir, el sacramento que nos hace cristianos, liberándonos del pecado y transformándonos en hijos de Dios, por el poder de su Espíritu de vida.

El Evangelio que hoy escuchamos describe cómo surge este signo eficaz de la gracia. Jesús, cuando se hizo bautizar por Juan en el río Jordán, «vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él» (Mt 3,16). Al mismo tiempo, de los cielos abiertos se oyó la voz del Padre que decía: «Este es mi Hijo muy querido» (v. 17). Toda la Trinidad se hace presente en la historia: así como el Hijo desciende en las aguas del Jordán, así el Espíritu Santo desciende sobre Él y se nos da como fuerza de salvación por medio suyo.

Queridos hermanos, Dios no mira el mundo desde lejos, al margen de nuestra vida, de nuestras aflicciones y de nuestras esperanzas. Él viene entre nosotros con la sabiduría de su Verbo hecho carne, haciéndonos parte de un sorprendente proyecto de amor para toda la humanidad.

Es por eso que Juan el Bautista, lleno de asombro, preguntó a Jesús: «¿Y tú acudes a mí?» (v. 14). Sí, en su santidad el Señor se hace bautizar como todos los pecadores, para revelar la infinita misericordia de Dios. El Hijo unigénito, en quien somos hermanos y hermanas, viene, en efecto, para servir y no para dominar, para salvar y no para condenar. Él es el Cristo redentor; carga sobre sí lo que es nuestro, incluido el pecado, y nos da lo que es suyo, es decir, la gracia de una vida nueva y eterna.

El sacramento del Bautismo realiza este acontecimiento en todo tiempo y lugar, introduciéndonos a cada uno de nosotros en la Iglesia, que es el pueblo de Dios, formado por hombres y mujeres de toda nación y cultura, regenerados por su Espíritu. Dediquemos entonces este día a hacer memoria del gran don recibido, comprometiéndonos a testimoniarlo con alegría y coherencia. Precisamente hoy he bautizado a algunos niños, que se han convertido en nuestros nuevos hermanos y hermanas en la fe. Qué hermoso es celebrar como una única familia el amor de Dios, que nos llama por nuestro nombre y nos libera del mal. El primero de los sacramentos es un signo sagrado, que nos acompaña para siempre. En las horas oscuras, el Bautismo es luz; en los conflictos de la vida, el Bautismo es reconciliación; en la hora de la muerte, el Bautismo es la puerta del cielo.

Recemos juntos a la Virgen María, pidiéndole que sostenga cada día nuestra fe y la misión de la Iglesia.

 

León XIV. Audiencia general. 7 de enero de 2026.  Catequesis. El Concilio Vaticano II a través de sus documentos. Catequesis introductoria

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Después del Año jubilar, durante el cual nos hemos detenido sobre los misterios de la vida de Jesús, empezamos un nuevo ciclo de catequesis que se dedicará al Concilio Vaticano II y a la relectura de sus Documentos. Se trata de una ocasión valiosa para redescubrir la belleza y la importancia de este evento eclesial. San Juan Pablo II, al final del Jubileo del 2000, afirmaba así: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Cart. ap. Novo millennio ineunte, 57).

Junto al aniversario del Concilio de Nicea, en el 2025 hemos recordado los sesenta años del Concilio Vaticano II. Aunque el tiempo que nos separa de este evento no es mucho, también es verdad que la generación de Obispos, teólogos y creyentes del Vaticano II hoy ya no están. Por tanto, mientras sentimos la llamada a no apagar la profecía y seguir buscando caminos y formas para implementar las intuiciones, será importante conocerlo nuevamente de cerca, y hacerlo no a través “de oídas” o de interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando sobre su contenido. De hecho, se trata del Magisterio que constituye todavía hoy la estrella polar del camino de la Iglesia. Como enseñaba Benedicto XVI «los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada» (Primer mensaje después de la misa con los cardenales electores20 abril de 2005).

Cuando el Papa san Juan XXIII abrió la asamblea conciliarel 11 de octubre de 1962, habló de ello como de la aurora de un día de luz para toda la Iglesia. El trabajo de los numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de todos los continentes, en efecto allanó el camino para una nueva época eclesial. Después de una rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, nos ha ayudado a abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir los brazos hacia la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y de las angustias de los pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna.

Gracias al Concilio Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» (S. Pablo VI, Cart. enc. Ecclesiam suam, 34), comprometiéndose a buscar la verdad a través del camino del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del diálogo con las personas de buena voluntad.

Este espíritu, esta actitud interior, debe caracterizar nuestra vida espiritual y la acción pastoral de la Iglesia, porque todavía debemos realizar más plenamente la reforma eclesial en clave ministerial y, delante de los desafíos actuales, estamos llamados a seguir siendo atentos intérpretes de los signos de los tiempos, alegres anunciadores del Evangelio, valientes testigos de justicia y de paz. Mons. Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, como Obispo de Vittorio Veneto, al principio del Concilio escribió proféticamente: «Existe como siempre la necesidad de realizar no tanto organismos o métodos o estructuras, sino santidad más profunda y extensa. […] Puede ser que los frutos excelentes y abundantes de un Concilio se vean después de siglos y maduren superando laboriosamente contrastes y situaciones adversas». [1] Redescubrir el Concilio, por tanto, como ha afirmado el Papa Francisco, nos ayuda a «volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres que Él ama» ( Homilía en el 60° aniversario de inicio del Concilio Vaticano II, 11 de octubre 2022).

Hermanos y hermanas, lo que dijo san Pablo VI a los Padres conciliares al final de los trabajos, permanece también para nosotros, hoy, un criterio de orientación; él afirmó que había llegado la hora de la salida, de dejar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio, en la conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaba pasado, presente y futuro: «El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque nos separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores, sus virtudes... El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed, consciente o inconsciente, de una vida más elevada: la que precisamente la Iglesia de Cristo puede y quiere darles» (S. Pablo VI, Mensaje a los Padres conciliares, 8 de diciembre de 1965).

También es así para nosotros. Acercándonos a los Documentos del Concilio Vaticano II y redescubriendo la profecía y la actualidad, acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y renovamos la alegría de correr al encuentro del mundo para llevar el Evangelio del reino de Dios, reino de amor, de justicia y de paz.

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[1] A. Luciani – Giovanni Paolo I, Notas sobre el Concilio, en Opera omnia, vol. II, Vittorio Veneto 1959-1962. Discursos, escritos, artículos, Padua 1988, 451-453.

 

Papa Francisco. Ángelus. 15 de enero de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de la liturgia de hoy (cfr. Jn 1,29-34) recoge el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús después de haberlo bautizado en el río Jordán. Dice así: « Éste es de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo» (vv. 29-30).

Esta declaración, este testimonio, revela el espíritu de servicio de Juan. Él fue enviado a preparar el camino al Mesías, y lo hizo sin ahorrar esfuerzos. Humanamente, se podría pensar que le será entregado un “premio”, un puesto relevante en la vida pública de Jesús. En cambio, no. Una vez cumplida su misión, Juan sabe hacerse a un lado, se retira de la escena para dejar el sitio a Jesús. Ha visto al Espíritu descender sobre Él (cfr. vv. 33-34), lo ha señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y ahora se dispone a escucharlo humildemente. De ser profeta pasa a ser discípulo. Ha predicado al pueblo, ha reunido discípulos y los ha formado durante mucho tiempo. Y, sin embargo, no ata a nadie a sí. Esto es difícil, pero es el signo del verdadero educador: no atar a las personas a uno mismo. Juan sitúa a sus discípulos sobre las huellas de Jesús. No está interesado en tener seguidores, en obtener prestigio y éxito, sino que presenta su testimonio y luego da un paso atrás para que muchos tengan la alegría de encontrar a Jesús. Podríamos decir: abre la puerta y se va.

Con este espíritu de servicio, con su capacidad de hacer sitio a Jesús, Juan el Bautista nos enseña una cosa importante: la libertad respecto a los apegos. Sí, porque es fácil apegarse a roles y posiciones, a la necesidad de ser estimados, reconocidos y premiados. Y esto, aunque es natural, no es algo bueno, porque el servicio implica la gratuidad, el cuidar de los demás sin ventajas para uno mismo, sin segundos fines, sin esperar algo a cambio. Nos hará bien cultivar, como Juan, la virtud del hacernos a un lado en el momento oportuno, testimoniando que el punto de referencia de la vida es Jesús. Hacerse a un lado, aprender a despedirse: he cumplido esta misión, he realizado este encuentro, me hago a un lado y dejo sitio al Señor. Aprender a hacerse a un lado, no pretender algo a cambio para nosotros.

Pensemos en lo importante que es esto para un sacerdote, que está llamado a predicar y celebrar no por afán de protagonismo o por interés, sino para acompañar a los demás hacia Jesús. Pensemos en lo importante que es para los padres, que crían a sus hijos con muchos sacrificios y luego deben dejarlos libres de emprender su propio camino en el trabajo, en el matrimonio, en la vida. Es hermoso y justo que los padres sigan asegurando su presencia diciendo a los hijos: «no os dejamos solos»; pero con discreción, sin intromisión. La libertad de crecer. Y lo mismo vale para otros ámbitos como la amistad, la vida de pareja, la vida comunitaria. Liberarse de los propios apegos y saber hacerse a un dado cuesta, pero es muy importante: es el paso decisivo para crecer en el espíritu de servicio sin pretender nada a cambio.

Hermanos, hermanas, probemos a preguntarnos: ¿somos capaces de hacer sitio a los demás? ¿De escucharlos, de dejarlos libres, de no atarlos a nosotros pretendiendo gratitud? También, a veces, de dejarlos hablar. No decir: “¡Tú no sabes nada!”, sino dejar hablar, hacer sitio a los demás. ¿Atraemos a los demás hacia Jesús o hacia nosotros mismos? Y aún más, siguiendo el ejemplo de Juan: ¿sabemos alegrarnos de que las personas emprendan su propio camino y sigan su llamada, incluso si eso implica un poco de desapego respecto a nosotros? ¿Nos alegramos de sus logros, con sinceridad y sin envidia? Esto es dejar crecer a los demás.

Que María, la sierva del Señor, nos ayude a librarnos de los apegos para hacer sitio al Señor y dar espacio a los demás.


Papa Francisco. Ángelus. 19 de enero de 2020.

Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!

Este segundo domingo del tiempo ordinario supone una continuación a la Epifanía y la fiesta del Bautismo de Jesús. El pasaje evangélico (cf. Juan 1, 29-34) nos habla aún de la manifestación de Jesús. En efecto, después de haber sido bautizado en el río Jordán, Jesús fue consagrado por el Espíritu Santo que se posó sobre Él y fue proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre celestial (cf. Mateo 3, 16-17 y siguientes). El evangelista Juan, a diferencia de los otros tres, no describe el evento, sino que nos propone el testimonio de Juan el Bautista. Fue el primer testigo de Cristo. Dios lo había llamado y preparado para esto.

El Bautista no puede frenar el urgente deseo de dar testimonio de Jesús y declara: «Y yo lo he visto y doy testimonio» (v. 34). Juan vio algo impactante, es decir, al Hijo amado de Dios en solidaridad con los pecadores; y el Espíritu Santo le hizo comprender la novedad inaudita, un verdadero cambio de rumbo. De hecho, mientras que en todas las religiones es el hombre quien ofrece y sacrifica algo para Dios, en el caso de Jesús es Dios quien ofrece a su Hijo para la salvación de la humanidad. Juan manifiesta su asombro y su consentimiento ante esta novedad traída por Jesús, a través de una expresión significativa que repetimos cada día en la misa: «¡He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (v. 29).

El testimonio de Juan el Bautista nos invita a empezar una y otra vez en nuestro camino de fe: empezar de nuevo desde Jesucristo, el Cordero lleno de misericordia que el Padre ha dado por nosotros. Sorprendámonos una vez más por la elección de Dios de estar de nuestro lado, de solidarizarse con nosotros los pecadores, y de salvar al mundo del mal haciéndose cargo de él totalmente.

Aprendamos de Juan el Bautista a no dar por sentado que ya conocemos a Jesús, que ya lo conocemos todo de Él (cf. v. 31). No es así. Detengámonos en el Evangelio, quizás incluso contemplando un icono de Cristo, un “Rostro Santo”. Contemplemos con los ojos y más aún con el corazón; y dejémonos instruir por el Espíritu Santo, que dentro de nosotros nos dice: ¡Es Él! Es el Hijo de Dios hecho cordero, inmolado por amor. Él, sólo Él ha cargado, sólo Él ha sufrido, sólo Él ha expiado el pecado de cada uno de nosotros, el pecado del mundo, y también mis pecados. Todos ellos. Los cargó todos sobre sí mismo y los quitó de nosotros, para que finalmente fuéramos libres, no más esclavos del mal. Sí, todavía somos pobres pecadores, pero no esclavos, no, no somos esclavos: ¡somos hijos, hijos de Dios!

Que la Virgen María nos otorgue la fuerza de dar testimonio de su Hijo Jesús; de anunciarlo con alegría con una vida liberada del mal y palabras llenas de fe maravillada y gratitud.

 

Papa Francisco. Ángelus. 15 de enero de 2017.

Queridos hermanos y hermanas:

En el centro del Evangelio de hoy (Juan 1, 29-34) está la palabra de Juan Bautista: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29). Una palabra acompañada por la mirada y el gesto de la mano que le señalan a Él, Jesús. Imaginamos la escena. Estamos en la orilla del río Jordán. Juan está bautizando; hay mucha gente, hombres y mujeres de distintas edades, venidos allí, al río, para recibir el bautismo de las manos de ese hombre que a muchos les recordaba a Elías, el gran profeta que nueve siglos antes había purificado a los israelitas de la idolatría y les había reconducido a la verdadera fe en el Dios de la alianza, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.

Juan predica que el Reino de los cielos está cerca, que el Mesías va a manifestarse y es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; e inicia a bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia (cf Mateo 3, 1-6). Esta gente venía para arrepentirse de sus pecados, para hacer penitencia, para comenzar de nuevo la vida. Él sabe, Juan sabe, que el Mesías, el Consagrado del Señor ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre Él se posará el Espíritu Santo; de hecho Él llevará el verdadero bautismo, el bautismo en el Espíritu Santo (cf Juan 1, 33).

Y el momento llega: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la gente, de los pecadores —como todos nosotros—. Es su primer acto público, la primera cosa que hace cuando deja la casa de Nazaret, a los treinta años: baja a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por Juan. Sabemos qué sucede —lo hemos celebrado el domingo pasado—: sobre Jesús baja el Espíritu Santo en forma de paloma y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf Mateo 3, 16-17). Es el signo que Juan esperaba. ¡Es Él! Jesús es el Mesías. Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de una forma impensable: en medio de los pecadores, bautizado como ellos, es más, por ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la justicia de Dios, se cumple su diseño de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que toma consigo y quita el pecado del mundo.

Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Porque Juan tenía un numeroso círculo de discípulos, que lo habían elegido como guía espiritual, y precisamente algunos de ellos se convertirán en los primeros discípulos de Jesús. Conocemos bien sus nombres: Simón, llamado después Pedro, su hermano Andrés, Santiago y su hermano Juan. Todos pescadores, todos galileos como Jesús.

Queridos hermanos y hermanas: ¿Por qué nos hemos detenido mucho en esta escena? ¡Porque es decisiva! No es una anécdota, es un hecho histórico decisivo. Es decisiva por nuestra fe; es decisiva también por la misión de la Iglesia. La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan el Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Él es un el único Salvador, Él es el Señor, humilde, en medio de los pecadores. Pero es Él. Él, no es otro poderoso que viene. No, no. Él.

Y estas son las palabras que nosotros sacerdotes repetimos cada día, durante la misa, cuando presentamos al pueblo el pan y el vino convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, la cual no se anuncia a sí misma. Ay, ay cuando la Iglesia se anuncia a sí misma. Pierde la brújula, no sabe dónde va. La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a Cristo. Porque es Él y solo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libera y lo guía a la tierra de la vida y de la libertad.

La Virgen María, Madre del Cordero de Dios, nos ayude a creer en Él y a seguirlo.

 

Papa Francisco. Ángelus. 19de enero de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el domingo pasado, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado «ordinario». En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, a orillas del río Jordán. Quien lo relata es el testigo ocular, Juan evangelista, quien antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista, junto a su hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores. El Bautista, por lo tanto, ve a Jesús que avanza entre la multitud e, inspirado desde lo alto, reconoce en Él al enviado de Dios, por ello lo indica con estas palabras: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29).

El verbo que se traduce con «quita» significa literalmente «aliviar», «tomar sobre sí». Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargando sobre sí las culpas de la humanidad. ¿De qué modo? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado si no es con el amor que impulsa al don de la propia vida por los demás. En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene los rasgos del Siervo del Señor, que «soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores» (Is 53, 4), hasta morir en la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el río de nuestro pecado, para purificarnos.

El Bautista ve ante sí a un hombre que hace la fila con los pecadores para hacerse bautizar, incluso sin tener necesidad. Un hombre que Dios mandó al mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento el término «cordero» se le encuentra en más de una ocasión, y siempre en relación a Jesús. Esta imagen del cordero podría asombrar. En efecto, un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez si carga en sus propios hombros un peso tan inaguantable. La masa enorme del mal es quitada y llevada por una creatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí mismo. El cordero no es un dominador, sino que es dócil; no es agresivo, sino pacífico; no muestra las garras o los dientes ante cualquier ataque, sino que soporta y es dócil. Y así es Jesús. Así es Jesús, como un cordero.

¿Qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús Cordero de Dios? Significa poner en el sitio de la malicia, la inocencia; en el lugar de la fuerza, el amor; en el lugar de la soberbia, la humildad; en el lugar del prestigio, el servicio. Es un buen trabajo. Nosotros, cristianos, debemos hacer esto: poner en el lugar de la malicia, la inocencia, en el lugar de la fuerza, el amor, en el lugar de la soberbia, la humildad, en el lugar del prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero no significa vivir como una «ciudadela asediada», sino como una ciudad ubicada en el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres.

 

Benedicto XVI. Ángelus.  16 de enero de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo se celebra la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, que cada año nos invita a reflexionar sobre la experiencia de tantos hombres y mujeres, y de tantas familias, que abandonan su propio país en busca de mejores condiciones de vida. Esta migración a veces es voluntaria; otras veces, por desgracia, es forzada por guerras o persecuciones, y con frecuencia, como sabemos, se realiza en condiciones dramáticas. Por esto, se instituyó hace sesenta años el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados. En la fiesta de la Sagrada Familia, inmediatamente después de Navidad, recordamos que también los padres de Jesús tuvieron que huir de su tierra y refugiarse en Egipto para salvar la vida de su niño: el Mesías, el Hijo de Dios fue un refugiado. La Iglesia, desde siempre, vive en su interior la experiencia de la migración. A veces, lamentablemente, los cristianos se ven obligados a abandonar su tierra, con sufrimiento, empobreciendo así a los países en los que han vivido sus antepasados. Por otro lado, los desplazamientos voluntarios de los cristianos, por diferentes motivos, de una ciudad a otra, de un país a otro, de un continente a otro, son una ocasión para incrementar el dinamismo misionero de la Palabra de Dios y permiten que el testimonio de la fe circule más en el Cuerpo místico de Cristo, atravesando los pueblos y las culturas, y alcanzando nuevas fronteras, nuevos ambientes.

«Una sola familia humana» es el tema del Mensaje que he enviado con motivo de esta Jornada. Un tema que indica el fin, la meta del gran viaje de la humanidad a través de los siglos: formar una sola familia, naturalmente con todas las diferencias que la enriquecen, pero sin barreras, reconociéndonos todos como hermanos. El concilio Vaticano II afirma: «Todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la entera faz de la tierra» (Nostra aetate, 1). La Iglesia —sigue diciendo el Concilio— «es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium1). Por esto, es fundamental que los cristianos, aunque estén esparcidos por todo el mundo y, por eso, tengan diferentes culturas y tradiciones, sean uno, como quiere el Señor.

Este es el objetivo de la «Semana de oración por la unidad de los cristianos», que tendrá lugar en los próximos días, del 18 al 25 de enero. Este año se inspira en un pasaje de los Hechos de los Apóstoles: «Perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42). Mañana, la Jornada de diálogo judeocristiano precede a la Semana de oración por la unidad de los cristianos: la cercanía de ambas es muy significativa, pues recuerda la importancia de las raíces comunes que unen a judíos y cristianos.

Al dirigirnos a la Virgen María, con la oración del Ángelus, encomendamos a su protección a todos los emigrantes y a quienes están comprometidos en el trabajo pastoral entre ellos. Que María, Madre de la Iglesia, nos obtenga, además, avanzar en el camino hacia la plena comunión de todos los discípulos de Cristo.

 

Benedicto XVI. Ángelus.  20 de enero de 2008.

Gracias. Queridos hermanos y hermanas, recemos juntos el Ángelus.

Hace dos días comenzamos la Semana de oración por la unidad de los cristianos, durante la cual católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes, conscientes de que sus divisiones constituyen un obstáculo para la acogida del Evangelio, imploran juntos al Señor, de modo aún más intenso, el don de la comunión plena. Esta iniciativa providencial nació hace cien años, cuando el padre Paul Wattson inició el "Octavario" de oración por la unidad de todos los discípulos de Cristo. Por eso hoy están presentes en la plaza de San Pedro los hijos y las hijas espirituales del padre Wattson, los hermanos y las hermanas del Atonement, a quienes saludo cordialmente y animo a proseguir en su especial entrega a la causa de la unidad.

Todos tenemos el deber de orar y trabajar por la superación de las divisiones entre los cristianos, respondiendo al anhelo de Cristo "Ut unum sint". La oración, la conversión del corazón y el fortalecimiento de los vínculos de comunión constituyen la esencia de este movimiento espiritual, que esperamos lleve pronto a los discípulos de Cristo a la celebración común de la Eucaristía, manifestación de su unidad.

El tema bíblico de este año es significativo: "Orad sin cesar" (1 Ts 5, 17). San Pablo se dirige a la comunidad de Tesalónica, que vivía en su seno discordias y conflictos, para recordar con fuerza algunas actitudes fundamentales, entre las cuales destaca precisamente la oración incesante. Con esta invitación, quiere hacer comprender que de la nueva vida en Cristo y en el Espíritu Santo proviene la capacidad de superar todo egoísmo, de vivir juntos en paz y en unión fraterna, de llevar cada uno, de buen grado, las cargas y los sufrimientos de los demás.

Jamás nos debemos cansar de orar por la unidad de los cristianos. Cuando Jesús, durante la última Cena, oró para que los suyos "sean uno", tenía en la mente una finalidad precisa: "para que el mundo crea" (Jn 17, 21). Por tanto, la misión evangelizadora de la Iglesia pasa por el camino ecuménico, el camino de la unidad de fe, del testimonio evangélico y de la auténtica fraternidad.

Como todos los años, el viernes próximo, día 25 de enero, iré a la basílica de San Pablo extramuros para concluir, con las Vísperas solemnes, la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Invito a los romanos y a los peregrinos a unirse a mí y a los cristianos de las Iglesias y comunidades eclesiales que participarán en la celebración para implorar de Dios el don valioso de la reconciliación entre todos los bautizados.

La santa Madre de Dios, cuya aparición a Alfonso de Ratisbona en la iglesia de San Andrés delle Fratte se recuerda hoy, obtenga del Señor para todos sus discípulos la abundancia del Espíritu Santo, de modo que juntos podamos llegar a la unidad perfecta y dar así el testimonio de fe y de vida que el mundo necesita con urgencia.

 

DOMINGO III T.O. 22 de enero de 2023.

 

Monición de entrada.-

Queridos hermanos:

Después de ser bautizado Jesús se fue al desierto.

Y cuando volvió llamó a los primeros apóstoles.

Ellos le dijeron que sí.

También en la misa Jesús nos pide que estemos con Él.

 

 

Señor ten piedad.-

Jesús, te creemos. Señor, ten piedad.

Jesús, queremos parecernos a ti . Cristo, ten piedad.

Jesús, en ti ponemos nuestra ilusión. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Jesús,  te pido por el Papa Francisco y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por la unión de los cristianos. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por los cristianos que no son católicos. Señor.

Jesús, te pido por las personas que nos enseñan. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros que queremos estar a tu lado. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, hoy tú nos señalas con el dedo a Jesús y nos dices que seamos sus amigos. Ayúdanos a ser buenos amigos de Jesús.

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