Lectura
del libro de Isaías 49, 3.5-6.
Me dijo el Señor:
-Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré.
Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como
siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he
sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza:
-Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y
traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.
Textos
paralelos.
Tú eres mi siervo fiel, en ti se manifestará mi gloria.
Is 53, 10-12: El Señor quería triturarlo con el sufrimiento: si
entrega su vida como expiación verá su descendencia, prolongará sus años y por
su medio triunfará el plan del Señor. Por los trabajos soportados verá la luz,
se saciará de saber, mi siervo inocente rehabilitará a todos porque cargó con
sus crímenes. Por eso le asignaré una porción entre los grandes y repartirá
botín con los poderosos: porque desnudó el cuello para morir y fue contado
entre los pecadores, él cargó con el pecado de todos e intercedió por los
pecadores.
Yo era valioso a los ojos de Yahvé.
Flp 2, 8-11: Se humilló, se hizo obediente hasta la muerte y una
muerte en cruz. Por eso Dios lo exaltó y le concedió un título superior a todo
título, para que, ante el título de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo,
la tierra y el abismo; y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre:
¡Jesucristo es Señor!
Jn 17, 5: Ahora tú, Padre, dame gloria junto a ti, la gloria que
tenía junto a ti, antes de que hubiera mundo.
Te voy a hacer luz de las naciones para que mi salvación alcance
hasta los confines de la tierra.
Hch 13, 47: Así nos lo tiene ordenado el Señor: Te hago luz de las
naciones, para que mi salvación actúe hasta el confín de la tierra.
Lc 2, 32: Como luz revelada a los paganos y como gloria de tu
pueblo Israel.
Notas
exegéticas.
49 3 Esta palabra se considera
generalmente glosa inspirada en 44, 21 e incompatible con los vv. 5-6, que
distinguen entre el Siervo y Jacob-Israel. Sin embargo, la palabra se encuentra
en todos los testigos del texto. Quizá se justifica por la ambivalencia de la
figura del Siervo, que es o Israel, o su jefe y salvador.
49 5 “se le una” lo ye’asep versiones
1QIs [manuscrito de Isaías hallado en la cueva 1 de Qumram; “no se una” lo’ye’asep
Texto Masorético.
49 6 Al comienzo del v. el hebreo
trae “Y dijo”, considerado un añadido por la crítica. Griego y Vetus Latina
traen Y me dijo.
Salmo
responsorial
Sal 40 (39), 2-4.7-10
Aquí
estoy Señor, para hacer tu voluntad. R/.
Yo
esperaba con ansia al Señor;
él
se inclinó y escuchó mi grito.
Me
puso en la boca un cántico nuevo,
un
himno a nuestro Dios. R/.
Tú
no quieres sacrificios ni ofrendas,
y,
en cambio, me abriste el oído;
no
pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,
entonces
yo digo: “Aquí estoy”. R/.
“-Como
está escrito en mi libro –
para
hacer tu voluntad.
Dios
mío, lo quiero,
y
llevo tu ley en las entrañas”. R/.
He
proclamado tu justicia
ante
la gran asamblea;
no
he cerrado los labios, Señor, tu lo sabes. R/.
Textos
paralelos.
Me sacó de la fosa fatal.
Sal 18, 5: Me cercaban lazos de
la Muerte, torrentes destructores me aterraban.
Sal 69, 2-3: ¡Sálvame, Dios,
que me llega el agua al cuello! Me hundo en un cieno profundo y no puedo hacer
pie; me he adentrado en aguas hondas y me arrastra la corriente.
Sal 69, 15-16: Arráncame del
cieno, que no me hunda, líbrame de los que me aborrecen y de las aguas sin
fondo. Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no
se cierre la poza sobre mí.
Jr 38, 6: Ellos prendieron a
Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Malaquías, príncipe real, en el patio
de la guardia, descolgándolo con sogas. Een el aljibe no había agua, sino lodo,
y Jeremías se hundió en el lodo.
No has querido sacrificio
ni oblación.
Hb 10, 5-7: Por eso dice al
entrar en el mundo: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un
cuerpo. No te agradan holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces dije:
Aquí estoy, he venido para cumplir, oh Dios, tu voluntad – como está escrito de
mí en el libro.
Is 50, 5: Él Señor me abrió el
oído: yo no me resistí ni me eché atrás.
Am 5, 21: Detesto y rehúso
vuestras fiestas, no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas.
Sal 50, 15: Invócame en el
peligro, te libraré y tú me darás gloria.
Sal 51, 18-19: Un sacrificio no
te satisface; si te ofrezco un holocausto, no lo aceptas. Para Dios sacrificio
es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y triturado, tú, Dios, no lo
desprecias.
Sal 69, 31-32: Alabaré el
nombre de Dios con cantos: te engrandeceré con acción de gracias; le agradará a
Dios más que un toro, que un novillo con cuernos y pezuña partida.
He proclamado tu
justicia.
Sal 37, 31: Lleva en el corazón
la ley de su Dios; sus pasos no vacilan.
Jn 4, 34: Jesús les dice: Mi
sustento es cumplir la voluntad del que me envió y dar remate a su obra.
Jn 8, 29: Él que me envió está
conmigo y no me deja solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.
Sal 22, 23: Sálvame de las
fauces del león, de los cuernos de búfalos a este desgraciado.
Sal 35, 18: Y te daré gracias
en la gran asamblea, ante un pueblo numeroso te alabaré.
Sal 149, 1: ¡Aleluya! Cantad al
Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los leales.
Notas
exegéticas.
40 Al himno de acción de gracias
sigue un grito de angustia convertido en el Sal 70. En el conjunto actual, la
primer aparte aparece como un examen del pasado, opuesto a las miserias del
presente y que justifica el recurso a Yahvé.
Segunda
lectura.
Comienzo
de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3.
Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y
Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corintio, a los
santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier
lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro:
a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Textos
paralelos.
Rm 1, 1-4: De Pablo, siervo de
Jesús Mesías, llamado a ser apóstol, reservado para anunciar la buena noticia
prometida en las escrituras sagradas acerca de su Hijo, nacido por línea carnal
del linaje de David a partir de la resurrección, establecido por el Espíritu
Santo Hijo de Dios con poder.
Pablo, llamado a ser
apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios.
Hch 18, 17: Entonces (los
griegos) agarraron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza
delante del tribunal, mientras Galión se desentendía de todo.
Hch 5, 11: Toda la Iglesia y
cuantos se enteraron quedaron espantados.
Llamados a ser santos
junto con cuantos, en cualquier lugar, invocan el nombre de Jesucristo.
Hch 9, 13: Ananías respondió:
Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre contar todo el daño que ha hecho a
los consagrados de Jerusalén.
Hch 2, 21: Todos los que
invoquen el nombre del Señor se salvarán.
Notas exegéticas.
1 1 Tal vez se trata del personaje mencionado en
Hch 18, 17.
1 2 (a) Expresión favorita de Pablo (2 Co 1, 1; Ga
1, 13; 1 Ts 2, 14; 2 Ts 1, 4; 1 Tm 3, 4). Comparar las iglesias de Cristo. Esta
expresión se inspira en el AT: la asamblea del Señor (Dt 23, 2-9), que era la reunión del pueblo
convocado por Yahvé.
1 2 (b) Otra traducción: “con cuantos en cualquier
lugar: el suyo y el nuestro invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro. –
La expresión proviene de Jl 3, 5: “Y todos los que invoquen el nombre de Yahvé
se salvarán”. El NT transfiere a Jesús lo que el AT dice de Yahvé (Hch 2, 21).
Evangelio.
X Lectura del santo evangelio según
san Juan 1, 29-34.
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia
él, exclamó:
-Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por
delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a
bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.
Y Juan dio testimonio diciendo:
-He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo
como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a
bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse
sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado
testimonio de que este es el Hijo de Dios.
Textos paralelos.
He aquí el
Cordero de Dios
1 Jn 3, 5: Y ya sabéis que él se manifestó para
quitar los pecados, y en él no hay pecado.
1 S 9, 17: En cuanto Samuel vio a Saúl, el Señor le
advirtió: “Este es el hombre de quien te hablé. Ese gobernará a mi pueblo”.
Porque existía antes que yo.
Jn 8, 58: Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os
digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy”.
Jn 1, 1: En el principio existía el Verbo, y el
Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
He visto al Espíritu que bajaba como una paloma.
Is 11, 2: Sobre él se posará el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
Is 61, 1: El Espíritu del Señor, Dios, está sobre
mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los
pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los
cautivos, y a los prisioneros la libertad.
Mc 1, 10: Apenas salió del agua, vio rasgarse los
cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma.
Mt 3, 16: Apenas se bautizó Jesús, salió del agua;
se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y
se posaba sobre él.
Lc 3, 21-22: Y sucedió que, cuando todo el pueblo
era bautizado, también Jesús fue bautizado; y mientras oraba, se abrieron los
cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una
paloma.
Jn 1, 33: Yo no lo conocía, pero el que me envió a
bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse
sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se
queda sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo.
Jn 3, 5: Jesús contestó: “En verdad, en verdad te
digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de
Dios”.
Mt 3, 11: Yo os bautizo con agua para que os
convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni
llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Lo he visto y doy testimonio.
Is 42, 1: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi
elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la
justicia a las naciones.
Es el Elegido de Dios.
Lc 9, 35: Y una voz desde la nube decía: “Este es mi
Hijo, el Elegido, escuchadlo”.
Lc 23, 35: El pueblo estaba mirando, pero los
magistrados le hacían muecas diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí
mismo; si él es el Mesías de Dios, el elegido”.
Notas exegéticas Biblia de
Jerusalén.
1 29 El “pecado” (en singular) por
excelencia es negarse a reconocer a Cristo como el enviado de Dios, aquel que
ha venido a revelarnos la “verdad”; es estar “ciego” hasta el punto de no saber
cuál es la voluntad de Dios sobre el hombre rechazando al nuevo Moisés. Como el
Siervo de Dios del que habla Is 42, 1-4, y al que aludirá Jn 1, 34, él quita el
pecado gracias a la enseñanza que nos da. Por eso, algunos han pensado que el
término “cordero” era una mala traducción de un original hebreo que significaba
también “siervo”. – La tradición joánica conoce posiblemente la interpretación
targúmica del sacrificio de Isaac, “atado sobre el monte como un cordero sobre
el altar”, Gn 22, 2.6-9, y ve en Isaac una figura de Cristo. Para Jn, Jesús es
también el “Cordero” pascual que, por su muerte, recibe dominio sobre los
hombres y por tanto quita el “pecado” del mundo. – Para la primera carta de
Juan, Jesús ha venido a quitar tanto nuestros pecados como los de todo el
mundo.
1 31 Según las tradiciones judías, el
Mesías, que no se distinguía en nada de los demás hombres, debía permanecer de
incógnito hasta el día en que fuera manifestado como Mesías, por Elías vuelto a
la tierra, Ml 3, 23-24. Este tema es el que se evoca en 1, 26. 31, ver 7, 27,
versículos que quizá estaban unidos en una redacción más antigua.
1 33 Por cuanto el Espíritu reposa
sobre él Cristo podrá comunicarlo a los demás, realizando así la profecía de Ez
36, 26-27, ver alianza nueva de Jr 31, 31. Pero esta efusión del Espíritu solo
tendrá lugar una vez que Cristo haya sido “glorificado” o “elevado” a la
diestra de Dios el día de Pentecostés.
1 34 Alusión a Is 42, 1. Jesús es el
Siervo sobre el que Dios ha puesto su Espíritu. Juan invierte los datos del
relato del bautismo de Cristo. Mc 1, 9-11: ya no es Jesús, sino el Bautista,
quien ve el Espíritu bajar; ya no es la voz celeste la que da testimonio de
Cristo, sino el Bautista. Variante: “el Hijo de Dios”, por armonización con Mt
3, 17.
Notas
exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.
29 EL CORDERO (cf. referencias
bíblicas; otras posibles alusiones en Ex 12 y Ap 14; es imagen común en la
literatura apocalíptica): J. Jeremías piensa que la misma palabra ambivalente –
en arameo talyá, en hebreo taléh – fue usada por el Bautista con
el significado de siervo, pero al traducirse al griego su testimonio se
entendió con su segundo significado: cordero. También, es probable que,
en este título haya influido la literatura targúmica, que daba mucha
importancia al sacrificio de Isaac “atado sobre el monte como un cordero sobre
el altar”, como sacrificio expiatorio. O podría tratarse de un título
emblemático (A. Schökel): en contraste con los títulos de los poderosos en
Oriente (“león”, “novillo”, etc.), Jesús llevaría el nombre del animal más frágil
e indefenso. De cualquier forma, es el cordero DE DIOS, el que pertenece a
Dios, sobre el que Dios tiene derechos; o bien, con el Targum: el cordero preparado
por Dios. Con el sacrificio de su vida ofrecida a Dios, este Cordero VA A
CARGAR SOBRE SÍ (lit. participio de presente con valor de futuro) EL PECADO
específico de la incredulidad (para Jn “el pecado” – en griego hê
hamartía – no es tanto una culpa moral concreta cuanto no creer que
Jesús es Hijo de Dios). // Fray Luis de León sabía muy bien que “cuando san
Juan de este Cordero dice que quita los pecados del mundo, no solamente dice
que los quita, sino que, según la fuerza de la palabra [griega: aírô],
así los quita de nosotros que los carga sobre sí mismo y los hace como suyos
para ser él castigado por ellos y que quedásemos libres”.
31 AL BAUTIZAR. lit. bautizando.
32 El texto supone que los lectores
conocen ya la narración del bautismo de Jesús.
34 VI... TESTIFICO: la traducción
intenta reproducir el matiz de perfecto gramatical de los dos verbos griegos
del texto. En el proceso entablado entre la luz y la oscuridad, el Bautista
cumple perfectamente su misión de ser testigo de la luz (cf. vs. 7-8).
Notas exegéticas de la Biblia
Didajé.
1, 19-34 Juan Bautista no se identificó
como Cristo ni con Elías o Moisés; más bien afirmó que era la voz que clamaba
en el desierto, que preparaba el camino para la venida del Mesías, Cordero de
Dios. Cat. 438, 613.
1, 29 El cordero es una imagen que se
asocia con la fiesta de la Pascua y con el Éxodo, cuando Dios mandó a los
israelitas que sacrificaran a un cordero sin defecto y rociaran con su sangre
las jambas y el dintel de la casa donde lo comieran, para librarse de la misma
plaga, en la que morirían los primogénitos. Esta imagen también lleva a
cumplimiento las profecías del Siervo doliente en Isaías, ya que retrata al
protagonista como un cordero inocente sacrificado para expiar los pecados de
los demás (Is 53, 7-12). Pecado del mundo: Este término se refiere a las
consecuencias del pecado original y a la totalidad de los pecados personales de
la humanidad. Cat. 408, 523, 1137 y 1505.
1, 32 Cristo no tenía necesidad de
arrepentirse, pero se bautizó junto a los pecadores para identificarse con la
humanidad pecadora. Juan Bautista testificó como el Espíritu vino a posarse en
Cristo, corroborando así las narraciones del bautismo de los evangelios
sinópticos. Para Juan (y para nosotros), el descenso del Espíritu ratifica que
Jesús es el Mesías, Dios Hijo ungido por el Espíritu Santo. Cat. 438, 486, 536,
719 y 1286.
Catecismo de la Iglesia Católica.
438 La consagración mesiánica de
Jesús manifiesta su misión divina. “Por otra parte eso es lo que significa su
mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobrentendido Él que ha
ungido. Él que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: Él
que ha ungido, es el Padre, Él que ha sido ungido, es el Hijo, y lo que ha sido
en el Espíritu que es la Unción. Su eterna consagración mesiánica fue revelada
en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su bautismo, por Juan cuando
“Dios le ungió por el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10, 38) “para que él
fuese manifestado a Israel” (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras
lo dieron a conocer como “el santo de Dios”.
613 La muerte de Cristo es a la vez
el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los
hombres por medio del “Cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29) y el sacrifico de la Nueva
Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con
Él por “la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26,
28).
408 Las consecuencias del pecado
original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en
su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de
san Juan: “el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Mediante esta expresión significa
también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones
comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los
hombres (cf. S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 16).
1137 El Apocalipsis de san Juan, leído
en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que “un trono estaba
erigido en el cielo y Uno sentado en el trono”: “el Señor Dios” (Is 6, 1).
Luego revela al Cordero, “inmolado y de pie” (Ap 5, 6; Jn 1, 29): Cristo
crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero, el
mismo “que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado” (Liturgia Bizantina.
Anáfora de San Juan Crisóstomo).
486 Toda la vida de Jesucristo
manifestará “como Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder” (Hch 10,
38).
536 El bautismo de Jesús es, por su
parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja
contar entre los pecadores; es ya “el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo” (Jn 1, 29); anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta (Mc 10,
38).
719 Con respecto a Juan, el Espíritu
colma así las “indagaciones de los profetas” y el ansia de los ángeles (1 Pe 1,
10-12): “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése
es el que bautiza con el Espíritu Santo, Y yo lo he visto y doy testimonio de
que este es el Hijo de Dios [...] He aquí el Cordero de Dios” (Jn 1, 33-36).
1286 En el Antiguo Testamento, los
profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías
esperado para realizar su misión salvífica. El descenso del Espíritu Santo
sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir,
el Mesías, el Hijo de Dios.
Concilio Vaticano II
Cordero inocente, con su entrega libérrima de su
sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y
nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de
nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a
sí mismo por mí (Gal 2, 20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para
seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la
muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.
Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo
Actual Gaudium et Spes, 22
San Agustín
Por tanto, hermanos míos, cuando aquella Trinidad se
manifestó sensiblemente en la carne, apareció la Trinidad entera en el río en
que Juan bautizó al Señor. Una vez bautizado, salió del agua, descendió la
paloma y sonó la voz del cielo: Este es mi Hijo amado, en quien me he
complacido (Mt 3, 17). El Hijo se manifiesta en el hombre; el Espíritu en
la paloma; el Padre en la voz. Algo inseparable se ha manifestado
separablemente. [...] Mas he aquí que en atención a los hombres, hermanos, se
manifestó sirviéndose de una paloma, y así se cumplió: Sobre él florecerá mi
santificación. Florecerá, se dijo; esto es, se manifestará claramente, pues
nada hay más resplandeciente y más visible en un árbol que su flor.
Sermón 308 A, 4-5. II, pg. 712.
Los Santos Padres.
Quien es tan puro que puede incluso purificar a los demás limpiándolos de
sus pecados, evidentemente no se acerca al Bautista para confesar sus pecados,
sino para prestar a tan admirable precursor una nueva ocasión de grabar en la
mente de sus oyentes las palabras que ya había dicho y para añadir, además,
otras enseñanzas.
San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Juan, 17, 1. IVa,
pg. 130.
Puesto que son cinco los animales ofrecidos sobre el altar: tres de la
tierra y dos volátiles (cf. Lv 5, 6-7.18), me parece que conviene preguntarse
por qué el Salvador es llamado por Juan “cordero” [...] Los cinco animales son:
un ternero, una oveja, una cabra, una tórtola y una paloma, de los tres son de
la tierra, es decir, ternero, oveja y cabra. [...] Se trata del Cordero que,
según razones inefables, es llevado al sacrificio de expiación por el universo
entero (cf. Ap 5, 9), que ha aceptado incluso ser inmolado conforme a la medida
de amor del Padre para con los hombres; con su sangre nos ha rescatado de aquel
que nos había comprado, en cuanto que estábamos corrompidos por los pecados.
Orígenes, Comentarios al Ev. de Juan, 6. IVa, pg. 131.
El Cordero que quita el pecado del mundo – cordero que nos sustenta con
el alimento de su carne y de su sangre para que no perezcamos –, estranguló al
león que trajo el pecado del mundo.
San Beda, Homilías sobre los Evangelios, 2, 7. IVa, pg. 131.
Es representado como carnero, porque va delante del rebaño; es hallado
entre espinos, cuando a nuestro padre Abrahán se le mandó perdonar a su hijo,
pero que no volviera sin haber ofrecido un sacrificio. Isaac era Cristo y el
carnero era Cristo. Isaac lleva la leña para su propio sacrificio; Cristo fue
cargado con el peso de su propia cruz.
Agustín, Sermones, 19, 3. IVa, pg. 132.
Abel supo también dividir, ya que ofreció un sacrificio de las primicias
de las ovejas, enseñando que no iban a agradar a Dios los dones de la tierra,
que habían degenerado en un pecador, sino esos dones en los cuales brillará la
gracia del divino misterio. Así pues, profetizó que nosotros habíamos sido
redimidos de la culpa por la pasión del Señor, sobre el cual está escrito: “He
aquí el Cordero de Dios; he aquí el que quita el pecado del mundo”.
San Ambrosio, El misterio de la Encarnación del Señor, 1, 4. IVa,
pg. 132-133.
Eleazar dio a Rebeca como esposa [a Isaac] junto al agua de los pozos (Gn
24, 2-67); Jacob hizo lo mismo con Raquel (Gn 29, 1-21) y Moisés respecto a
Sefora (Ex 2, 16-21). Todos fueron figuras de nuestro Señor que desposó a su
Iglesia en las aguas del Jordán. Lo mismo que Eleazar, junto a la fuente,
mostró a Rebeca a su señor Isaac, que avanzaba por el campo a su encuentro, así
también Juan, desde la fuente del río Jordán, mostró a nuestro Señor: “Este es
el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
San Efrén de Nisibi, Comentario al Diatessaron, 3, 17. IVa, pg.
134.
El mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, posee el
Espíritu Santo en todo, siempre y continuamente.
San Gregorio Magno, Libros morales, 2, 56, 90-92. IVa, pg. 135.
San Juan de Ávila
Y aunque tanto hobieses hecho tú como el mismo
demonio que te trae a desesperación, debes esforzarte en Cristo, Cordero
de Dios, que quita los pecados del mundo (Jn 1, 29); del cual estaba
profetizado que había de arrojar todos nuestros pecados en el
profundo mar (Mi 7, 19) y que había de ser ungido el Santo de los santos, y
tener fin el pecado, y haber sempiterna justicia (Dn 9, 24). Pues, si los pecados
están ahogados, quitados y muertos, ¿qué es la causa pr que enemigos tan flacos
y vencidos te vencen, y te hacen desesperar?
Audi filia (II), 19. I, pg. 579.
Pues, si uno, que es David, tantos tiene, ¿quién
contará los que no tienen todos los hombres, muchos de los cuales hicieron más
y mayores pecados que no David? ¡En cuánto trabajo te metiste, oh cordero
de Dios, para quitar los pecados del mundo! (cf. Jn 1, 29).
Audi filia (II), 79. I, pg. 709.
Veamos, pues, las condiciones del Esposo. Díganoslo
San Juan: Ecce agnus Dei (Jn 1, 29). Cordero se llama
manso, humilde, obediente, sufrido. Esta es la condición, señoras, de vuestro
Esposo. Pues, ¿cuál ha de ser la condición de la esposa? Él lo dice en los
Cantares, donde la llama paloma (Ct 2, 14; 5, 2; 8, 8) y tórtola (Ct 1, 9; 2,
12). Paloma sin hiel, mansa sufrida, paciente como paloma. La
monja airada, la monja enojada, brava y mal sufrida, la que es vocinglera, no
es buena esposa de Jesucristo, pues no tiene las condiciones de su Esposo, no
es paloma.
Platica a las clarisas de Montilla, 7. I, pg. 885.
Dice San Juan: “¿Quién es el que nos hace este
bien? Ecce agnus Dei, ecce qyi tollit peccata mundi (Jn 1, 29). ¿No se
habían de ir los pecadores tras este Cordero? Es cordero manso y quita los
pecados.
Lecciones sobre 1 San Juan (I), pg. II, pg.
280.
Que con el Salvador nació nuestra justicia. De
manera que los que se condenan, por su culpa es; y lo mesmo los que hacen
pecados, y por su gran pereza; pues quien quisiere tomar la medicina, sanará, y
quien quisiere jugar de las armas, vencerá. En el mundo está: venido es ya el
cordero de Dios, el que quita los pecados: Ecce agnus Dei... Et peccatum in
eo non et (Jn 1, 29). Que, si pecado alguno tuviera, no fuera bueno para perdonar
pecados. Nunc autem. Porque no lo tiene, ni lo puede tener.
Lecciones sobre 1 San Juan (II), lección
19. II,
pg. 425.
Pregúntasme dónde está Cristo para que me llegue y
por Él suba al Padre, y responderte he señalando con el dedo como San Juan
Baptista, y decirte he tan grande verdad como dice él, y la mesma verdad que
dijo él: he allí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo
(Jn
1, 29). Allí está, vestido de unos accidentes de pan, y por harto más
maravillosa manera que estaba cuando lo señaló San Juan con su dedo.
Homilía Jueves Santo. III, pg. 419.
Este Señor es Cordero y quita los pecados del
mundo (cf. Jn 1, 29), cuya muerte tuvo virtud para esto, aun antes que Él la
padeciese en la cruz; por lo cual se dice muerto desde el principio del
mundo (Ap 13, 8). Este es el árbol de la vida, puesto en medio de la Iglesia
para que quien comiere de él viva para siempre.
Homilía Santísimo Sacramento. III, pg. 597.
Sale al camino. Había oído decir de Cristo grandes
bienes y cómo hacía grandes milagros y lanzaba los demonios. Salióle al camino.
¡Bienaventurado aquel a cuyos oídos han venido estas nuevas de Cristo!
Albricias habríamos de dar a quien nos las trajese. En discípulo que San Juan
dijo: Ecce agnus Dei (Jn 1, 29-36), vanse tras de Él
sus discípulos. ¿Pequeñas nuevas son decir que tienes quien te ama tanto que
tan atravesado te tiene en su corazón, que murió por ti en una cruz?
¿Albricias, que es venido quien hará las amistades entre Dios y los hombres,
quien amansará a Dios, quien te dará alegría en tu corazón y te consolará en
tus trabajos! Este es el que te rescató del poderío del demonio y de la
subjección de los pecados, y te quitó de los males y trabajos, y te hinchió de
todos los bienes y descansos.
Homilía Jueves de la semana I de Cuaresma. III, pg. 141.
¿A qué veniste, Señor, pues no veniste en balde?
El Espíritu del Señor está sobre mí, entended en cuanto
hombre, que, en cuanto Dios, antes el Espíritu Santo procede de Él y del Padre,
y por tanto se ha de entender en cuanto hombre, y de esta manera lo entendió
Sant Joan en el c. 1, ca dice: No le fue dao el Espíritu por medida (Jn 3, 34; 1, 32s),
porque le fue dada a la santísima ánima de Cristo grandísima copia de gracia,
no como a los otros santos, quia de plenitudine eius omnes acceptamus (Jn 1, 16).
Homilía en vísperas de Navidad. III, pg. 51.
¡Oh Jesús benditísimo, Hijo de Dios Padre y de la
bendita Madre Virgen María, cordero de Dios, que quitas los pecados del
mundo
(cf. Jn 1, 29.36), abogado y amansamiento delante del padre por nosotros tus
siervos, consuelo de tristes, riqueza de pobres, poderoso esfuerzo de los
enflaquecidos!
A una señora afligida contrabajos corporales y
tristezas espirituales. IV, pg. 231.
419, 597 141, 97, 51
San Oscar Romero.
A mí me da mucho
gusto, hermanos -perdonen Uds. que son fieles que me escuchan con amor, con
devoción-, que les diga que me da más gusto que me escuchen los enemigos. Me
están escuchando porque sé que les llevo una palabra de amor. No los odio, no
deseo venganza, no les deseo males. Les pido que se conviertan, que vengan a
ser felices con esta felicidad que ustedes los hijos de la parábola que siempre
estuvieron con el Padre, gozaron las alegrías de su fe, sintieron como me dijo
un amigo ayer con tanto cariño: "Sepa que todo lo bueno está con
usted". Hermanos, yo no sé distinguir entre bueno y malo. Todos son hijos
de Dios, a todos los quiere el Señor. Un llamamiento universal de salvación
está aquí en las lecturas de hoy.
Homilía. 15 de enero de 1978.
Papa León XIV. Ángelus. 11 de enero de 2026.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
La
fiesta del Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, da comienzo al Tiempo
Ordinario. Este periodo del año litúrgico nos invita a seguir juntos al Señor,
a escuchar su Palabra e imitar sus gestos de amor al prójimo. De ese modo,
confirmamos y renovamos nuestro Bautismo, es decir, el sacramento que nos hace
cristianos, liberándonos del pecado y transformándonos en hijos de Dios, por el
poder de su Espíritu de vida.
El
Evangelio que hoy escuchamos describe cómo surge este signo eficaz de la
gracia. Jesús, cuando se hizo bautizar por Juan en el río Jordán, «vio al
Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él» (Mt 3,16).
Al mismo tiempo, de los cielos abiertos se oyó la voz del Padre que decía:
«Este es mi Hijo muy querido» (v. 17). Toda la Trinidad se hace presente en la
historia: así como el Hijo desciende en las aguas del Jordán, así el Espíritu
Santo desciende sobre Él y se nos da como fuerza de salvación por medio suyo.
Queridos
hermanos, Dios no mira el mundo desde lejos, al margen de nuestra vida, de
nuestras aflicciones y de nuestras esperanzas. Él viene entre nosotros con la
sabiduría de su Verbo hecho carne, haciéndonos parte de un sorprendente
proyecto de amor para toda la humanidad.
Es por
eso que Juan el Bautista, lleno de asombro, preguntó a Jesús: «¿Y tú acudes a
mí?» (v. 14). Sí, en su santidad el Señor se hace bautizar como todos los
pecadores, para revelar la infinita misericordia de Dios. El Hijo
unigénito, en quien somos hermanos y hermanas, viene, en efecto, para
servir y no para dominar, para salvar y no para condenar. Él es el Cristo
redentor; carga sobre sí lo que es nuestro, incluido el pecado, y nos da lo que
es suyo, es decir, la gracia de una vida nueva y eterna.
El
sacramento del Bautismo realiza este acontecimiento en todo tiempo y lugar,
introduciéndonos a cada uno de nosotros en la Iglesia, que es el pueblo de
Dios, formado por hombres y mujeres de toda nación y cultura, regenerados por
su Espíritu. Dediquemos entonces este día a hacer memoria del gran don
recibido, comprometiéndonos a testimoniarlo con alegría y coherencia.
Precisamente hoy he
bautizado a algunos niños, que se han convertido en nuestros nuevos
hermanos y hermanas en la fe. Qué hermoso es celebrar como una única familia
el amor de Dios, que nos llama por nuestro nombre y nos libera del mal. El
primero de los sacramentos es un signo sagrado, que nos acompaña para siempre. En
las horas oscuras, el Bautismo es luz; en los conflictos de la vida, el
Bautismo es reconciliación; en la hora de la muerte, el Bautismo es la puerta
del cielo.
Recemos
juntos a la Virgen María, pidiéndole que sostenga cada día nuestra fe y la
misión de la Iglesia.
León XIV. Audiencia general. 7 de
enero de 2026. Catequesis.
El Concilio Vaticano II a través de sus documentos. Catequesis introductoria
Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Después del Año jubilar, durante el cual nos
hemos detenido sobre los misterios de la vida de Jesús, empezamos un nuevo
ciclo de catequesis que se dedicará al Concilio
Vaticano II y a la relectura de sus Documentos. Se trata de una
ocasión valiosa para redescubrir la belleza y la importancia de este evento
eclesial. San
Juan Pablo II, al final del Jubileo del 2000,
afirmaba así: «Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la
gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Cart.
ap. Novo
millennio ineunte, 57).
Junto al aniversario del Concilio de Nicea, en
el 2025 hemos recordado los sesenta años del Concilio
Vaticano II. Aunque el tiempo que nos separa de este evento no es mucho,
también es verdad que la generación de Obispos, teólogos y creyentes del
Vaticano II hoy ya no están. Por tanto, mientras sentimos la llamada a no
apagar la profecía y seguir buscando caminos y formas para implementar las
intuiciones, será importante conocerlo nuevamente de cerca, y hacerlo no a
través “de oídas” o de interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus
Documentos y reflexionando sobre su contenido. De hecho, se trata del
Magisterio que constituye todavía hoy la estrella polar del camino de la
Iglesia. Como enseñaba Benedicto XVI «los documentos conciliares no han
perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se
revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y
de la actual sociedad globalizada» (Primer
mensaje después de la misa con los cardenales electores, 20 abril
de 2005).
Cuando el Papa san Juan XXIII abrió
la asamblea conciliar, el
11 de octubre de 1962, habló de ello como de la aurora de un día de luz
para toda la Iglesia. El trabajo de los numerosos Padres convocados,
procedentes de las Iglesias de todos los continentes, en efecto allanó el
camino para una nueva época eclesial. Después de una rica reflexión bíblica,
teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, el Concilio
Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en
Cristo, nos llama a ser sus hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo,
luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios
y su pueblo; ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el
centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de
todo el Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, nos ha ayudado a abrirnos al
mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y
en la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir los brazos hacia
la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y de las angustias de los pueblos y
colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más fraterna.
Gracias al Concilio
Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la
Iglesia se hace coloquio» (S. Pablo VI, Cart. enc. Ecclesiam
suam, 34), comprometiéndose a buscar la verdad a través del camino
del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del diálogo con las personas de
buena voluntad.
Este espíritu, esta actitud interior, debe
caracterizar nuestra vida espiritual y la acción pastoral de la Iglesia,
porque todavía debemos realizar más plenamente la reforma eclesial en clave
ministerial y, delante de los desafíos actuales, estamos llamados a seguir
siendo atentos intérpretes de los signos de los tiempos, alegres anunciadores
del Evangelio, valientes testigos de justicia y de paz. Mons. Albino Luciani,
futuro Papa Juan Pablo I, como Obispo de Vittorio Veneto, al principio
del Concilio escribió proféticamente: «Existe como siempre la necesidad de
realizar no tanto organismos o métodos o estructuras, sino santidad más
profunda y extensa. […] Puede ser que los frutos excelentes y abundantes de
un Concilio se vean después de siglos y maduren superando laboriosamente
contrastes y situaciones adversas». [1] Redescubrir el Concilio, por
tanto, como ha afirmado el Papa Francisco, nos ayuda a «volver a dar la
primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su
Señor y por todos los hombres que Él ama» ( Homilía
en el 60° aniversario de inicio del Concilio Vaticano II, 11 de octubre
2022).
Hermanos y hermanas, lo que dijo san Pablo VI
a los Padres conciliares al final de los trabajos, permanece también para
nosotros, hoy, un criterio de orientación; él afirmó que había llegado la
hora de la salida, de dejar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la
humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio, en la conciencia de haber
vivido un tiempo de gracia en el que se condensaba pasado, presente y futuro:
«El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su
historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque nos
separamos para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados,
pero también con sus prodigiosos éxitos, sus valores, sus virtudes... El
porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una
mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed, consciente o inconsciente, de
una vida más elevada: la que precisamente la Iglesia de Cristo puede y quiere
darles» (S. Pablo VI, Mensaje
a los Padres conciliares, 8 de diciembre de 1965).
También es así para nosotros. Acercándonos a
los Documentos del Concilio
Vaticano II y redescubriendo la profecía y la actualidad,
acogemos la rica tradición de la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos
interrogamos sobre el presente y renovamos la alegría de correr al encuentro
del mundo para llevar el Evangelio del reino de Dios, reino de amor, de
justicia y de paz.
_______________
[1] A. Luciani – Giovanni Paolo I, Notas
sobre el Concilio, en Opera omnia, vol. II, Vittorio
Veneto 1959-1962. Discursos, escritos, artículos, Padua 1988, 451-453.
Papa Francisco. Ángelus. 15 de
enero de 2023.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de la liturgia de hoy (cfr. Jn 1,29-34)
recoge el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús después de haberlo
bautizado en el río Jordán. Dice así: « Éste es de quien yo dije: Detrás de mí
viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo»
(vv. 29-30).
Esta declaración, este testimonio, revela el espíritu de servicio de
Juan. Él fue enviado a preparar el camino al Mesías, y lo hizo sin ahorrar
esfuerzos. Humanamente, se podría pensar que le será entregado un “premio”, un
puesto relevante en la vida pública de Jesús. En cambio, no. Una vez
cumplida su misión, Juan sabe hacerse a un lado, se retira de la escena para
dejar el sitio a Jesús. Ha visto al Espíritu descender sobre Él (cfr. vv. 33-34),
lo ha señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y ahora se
dispone a escucharlo humildemente. De ser profeta pasa a ser discípulo.
Ha predicado al pueblo, ha reunido discípulos y los ha formado durante mucho
tiempo. Y, sin embargo, no ata a nadie a sí. Esto es difícil, pero es el
signo del verdadero educador: no atar a las personas a uno mismo. Juan
sitúa a sus discípulos sobre las huellas de Jesús. No está interesado en tener
seguidores, en obtener prestigio y éxito, sino que presenta su testimonio y
luego da un paso atrás para que muchos tengan la alegría de encontrar a Jesús.
Podríamos decir: abre la puerta y se va.
Con este espíritu de servicio, con su capacidad de hacer sitio a Jesús,
Juan el Bautista nos enseña una cosa importante: la libertad respecto a
los apegos. Sí,
porque es fácil apegarse a roles y posiciones, a la necesidad de ser
estimados, reconocidos y premiados. Y esto, aunque es natural, no es
algo bueno, porque el servicio implica la gratuidad, el cuidar de
los demás sin ventajas para uno mismo, sin segundos fines, sin esperar algo a
cambio. Nos hará bien cultivar, como Juan, la virtud del hacernos a un lado
en el momento oportuno, testimoniando que el punto de referencia de la vida es
Jesús. Hacerse a un lado, aprender a despedirse: he cumplido esta misión, he
realizado este encuentro, me hago a un lado y dejo sitio al Señor. Aprender
a hacerse a un lado, no pretender algo a cambio para nosotros.
Pensemos en lo importante que es esto para un sacerdote, que está
llamado a predicar y celebrar no por afán de protagonismo o por interés, sino para
acompañar a los demás hacia Jesús. Pensemos en lo importante que es para
los padres, que crían a sus hijos con muchos sacrificios y luego deben dejarlos
libres de emprender su propio camino en el trabajo, en el matrimonio, en la
vida. Es hermoso y justo que los padres sigan asegurando su presencia diciendo
a los hijos: «no os dejamos solos»; pero con discreción, sin intromisión. La
libertad de crecer. Y lo mismo vale para otros ámbitos como la amistad, la
vida de pareja, la vida comunitaria. Liberarse de los propios apegos y
saber hacerse a un dado cuesta, pero es muy importante: es el paso
decisivo para crecer en el espíritu de servicio sin pretender nada a cambio.
Hermanos, hermanas, probemos a preguntarnos: ¿somos capaces de hacer
sitio a los demás? ¿De escucharlos, de dejarlos libres, de no atarlos a
nosotros pretendiendo gratitud? También, a veces, de dejarlos hablar. No
decir: “¡Tú no sabes nada!”, sino dejar hablar, hacer sitio a los demás. ¿Atraemos
a los demás hacia Jesús o hacia nosotros mismos? Y aún más, siguiendo el
ejemplo de Juan: ¿sabemos alegrarnos de que las personas emprendan su propio
camino y sigan su llamada, incluso si eso implica un poco de desapego respecto
a nosotros? ¿Nos alegramos de sus logros, con sinceridad y sin envidia?
Esto es dejar crecer a los demás.
Que María, la sierva del Señor, nos ayude a librarnos de los apegos para
hacer sitio al Señor y dar espacio a los demás.
Papa Francisco. Ángelus. 19 de
enero de 2020.
Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!
Este segundo domingo del tiempo ordinario supone una continuación a
la Epifanía y
la fiesta
del Bautismo de Jesús. El pasaje evangélico (cf. Juan 1,
29-34) nos habla aún de la manifestación de Jesús. En efecto, después de haber
sido bautizado en el río Jordán, Jesús fue consagrado por el Espíritu Santo que
se posó sobre Él y fue proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre celestial
(cf. Mateo 3, 16-17 y siguientes). El evangelista Juan, a
diferencia de los otros tres, no describe el evento, sino que nos propone el
testimonio de Juan el Bautista. Fue el primer testigo de Cristo. Dios lo había
llamado y preparado para esto.
El Bautista no puede frenar el urgente deseo de dar testimonio de Jesús y
declara: «Y yo lo he visto y doy testimonio» (v. 34). Juan vio algo impactante,
es decir, al Hijo amado de Dios en solidaridad con los pecadores; y el Espíritu
Santo le hizo comprender la novedad inaudita, un verdadero cambio de rumbo. De
hecho, mientras que en todas las religiones es el hombre quien ofrece y
sacrifica algo para Dios, en el caso de Jesús es Dios quien ofrece a su Hijo
para la salvación de la humanidad. Juan manifiesta su asombro y su
consentimiento ante esta novedad traída por Jesús, a través de una expresión
significativa que repetimos cada día en la misa: «¡He ahí el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo!» (v. 29).
El testimonio de Juan el Bautista nos invita a empezar una y otra vez en
nuestro camino de fe: empezar de nuevo desde Jesucristo, el Cordero lleno de
misericordia que el Padre ha dado por nosotros. Sorprendámonos una vez más por
la elección de Dios de estar de nuestro lado, de solidarizarse con nosotros los
pecadores, y de salvar al mundo del mal haciéndose cargo de él totalmente.
Aprendamos de Juan el Bautista a no dar por sentado que ya
conocemos a Jesús, que ya lo conocemos todo de Él (cf. v. 31). No es así.
Detengámonos en el Evangelio, quizás incluso contemplando un icono de Cristo,
un “Rostro Santo”. Contemplemos con los ojos y más aún con el corazón; y
dejémonos instruir por el Espíritu Santo, que dentro de nosotros nos dice: ¡Es
Él! Es el Hijo de Dios hecho cordero, inmolado por amor. Él, sólo Él ha
cargado, sólo Él ha sufrido, sólo Él ha expiado el pecado de cada uno de
nosotros, el pecado del mundo, y también mis pecados. Todos ellos. Los cargó
todos sobre sí mismo y los quitó de nosotros, para que finalmente fuéramos
libres, no más esclavos del mal. Sí, todavía somos pobres pecadores, pero no
esclavos, no, no somos esclavos: ¡somos hijos, hijos de Dios!
Que la Virgen María nos otorgue la fuerza de dar testimonio de su Hijo
Jesús; de anunciarlo con alegría con una vida liberada del mal y palabras
llenas de fe maravillada y gratitud.
Papa Francisco. Ángelus. 15 de
enero de 2017.
Queridos hermanos y hermanas:
En el centro del Evangelio de hoy (Juan 1, 29-34) está la
palabra de Juan Bautista: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo» (v. 29). Una palabra acompañada por la mirada y el gesto de la mano que
le señalan a Él, Jesús. Imaginamos la escena. Estamos en la orilla del río
Jordán. Juan está bautizando; hay mucha gente, hombres y mujeres de distintas
edades, venidos allí, al río, para recibir el bautismo de las manos de ese
hombre que a muchos les recordaba a Elías, el gran profeta que nueve siglos
antes había purificado a los israelitas de la idolatría y les había reconducido
a la verdadera fe en el Dios de la alianza, el Dios de Abrahán, de Isaac y de
Jacob.
Juan predica que el Reino de los cielos está cerca, que el Mesías va a
manifestarse y es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia;
e inicia a bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de
penitencia (cf Mateo 3, 1-6). Esta gente venía para
arrepentirse de sus pecados, para hacer penitencia, para comenzar de nuevo la
vida. Él sabe, Juan sabe, que el Mesías, el Consagrado del Señor ya está cerca,
y el signo para reconocerlo será que sobre Él se posará el Espíritu Santo; de
hecho Él llevará el verdadero bautismo, el bautismo en el Espíritu Santo
(cf Juan 1, 33).
Y el momento llega: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la
gente, de los pecadores —como todos nosotros—. Es su primer acto público, la
primera cosa que hace cuando deja la casa de Nazaret, a los treinta años: baja
a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por Juan. Sabemos qué sucede —lo hemos
celebrado el domingo pasado—: sobre Jesús baja el Espíritu Santo en forma de
paloma y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf Mateo 3,
16-17). Es el signo que Juan esperaba. ¡Es Él! Jesús es el Mesías. Juan está
desconcertado, porque se ha manifestado de una forma impensable: en medio de
los pecadores, bautizado como ellos, es más, por ellos. Pero el Espíritu
ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la justicia de Dios, se
cumple su diseño de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no
con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que toma consigo y quita
el pecado del mundo.
Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Porque Juan tenía un
numeroso círculo de discípulos, que lo habían elegido como guía espiritual, y
precisamente algunos de ellos se convertirán en los primeros discípulos de
Jesús. Conocemos bien sus nombres: Simón, llamado después Pedro, su hermano
Andrés, Santiago y su hermano Juan. Todos pescadores, todos galileos como
Jesús.
Queridos hermanos y hermanas: ¿Por qué nos hemos detenido mucho en esta
escena? ¡Porque es decisiva! No es una anécdota, es un hecho histórico
decisivo. Es decisiva por nuestra fe; es decisiva también por la misión de la
Iglesia. La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo
Juan el Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: «Este es el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo». Él es un el único Salvador, Él es el
Señor, humilde, en medio de los pecadores. Pero es Él. Él, no es otro poderoso
que viene. No, no. Él.
Y estas son las palabras que nosotros sacerdotes repetimos cada día,
durante la misa, cuando presentamos al pueblo el pan y el vino convertidos en
el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico representa toda la misión
de la Iglesia, la cual no se anuncia a sí misma. Ay, ay cuando la Iglesia se
anuncia a sí misma. Pierde la brújula, no sabe dónde va. La Iglesia anuncia a
Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a Cristo. Porque es Él y solo Él quien
salva a su pueblo del pecado, lo libera y lo guía a la tierra de la vida y de
la libertad.
La Virgen María, Madre del Cordero de Dios, nos ayude a creer en Él y a
seguirlo.
Papa Francisco. Ángelus. 19de
enero de 2014.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el domingo pasado, hemos
entrado en el tiempo litúrgico llamado «ordinario». En este segundo domingo, el
Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista,
a orillas del río Jordán. Quien lo relata es el testigo ocular, Juan
evangelista, quien antes de ser discípulo de Jesús era discípulo del Bautista,
junto a su hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos
pescadores. El Bautista, por lo tanto, ve a Jesús que avanza entre la multitud
e, inspirado desde lo alto, reconoce en Él al enviado de Dios, por ello lo
indica con estas palabras: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo» (Jn 1, 29).
El verbo que se traduce con «quita» significa literalmente «aliviar»,
«tomar sobre sí». Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la
esclavitud del pecado, cargando sobre sí las culpas de la humanidad. ¿De qué
modo? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado si no es con el
amor que impulsa al don de la propia vida por los demás. En el testimonio de
Juan el Bautista, Jesús tiene los rasgos del Siervo del Señor, que «soportó
nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores» (Is 53, 4), hasta
morir en la cruz. Él es el verdadero cordero pascual, que se sumerge en el río
de nuestro pecado, para purificarnos.
El Bautista ve ante sí a un hombre que hace la fila con los pecadores para
hacerse bautizar, incluso sin tener necesidad. Un hombre que Dios mandó al
mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento el término «cordero» se le
encuentra en más de una ocasión, y siempre en relación a Jesús. Esta imagen del
cordero podría asombrar. En efecto, un animal que no se caracteriza ciertamente
por su fuerza y robustez si carga en sus propios hombros un peso tan
inaguantable. La masa enorme del mal es quitada y llevada por una creatura
débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y amor indefenso, que llega
hasta el sacrificio de sí mismo. El cordero no es un dominador, sino que es
dócil; no es agresivo, sino pacífico; no muestra las garras o los dientes ante
cualquier ataque, sino que soporta y es dócil. Y así es Jesús. Así es Jesús,
como un cordero.
¿Qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús
Cordero de Dios? Significa poner en el sitio de la malicia, la inocencia; en el
lugar de la fuerza, el amor; en el lugar de la soberbia, la humildad; en el
lugar del prestigio, el servicio. Es un buen trabajo. Nosotros, cristianos,
debemos hacer esto: poner en el lugar de la malicia, la inocencia, en el lugar
de la fuerza, el amor, en el lugar de la soberbia, la humildad, en el lugar del
prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero no significa vivir como una
«ciudadela asediada», sino como una ciudad ubicada en el monte, abierta,
acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino
proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a
Jesús nos hace más libres y más alegres.
Benedicto XVI. Ángelus. 16 de enero de 2011.
Queridos hermanos y hermanas:
En este domingo se celebra la Jornada
mundial del emigrante y del refugiado, que cada año nos invita a
reflexionar sobre la experiencia de tantos hombres y mujeres, y de tantas
familias, que abandonan su propio país en busca de mejores condiciones de vida.
Esta migración a veces es voluntaria; otras veces, por desgracia, es forzada
por guerras o persecuciones, y con frecuencia, como sabemos, se realiza en
condiciones dramáticas. Por esto, se instituyó hace sesenta años el Alto
Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados. En la fiesta de la
Sagrada Familia, inmediatamente después de Navidad, recordamos que también los
padres de Jesús tuvieron que huir de su tierra y refugiarse en Egipto para
salvar la vida de su niño: el Mesías, el Hijo de Dios fue un refugiado. La
Iglesia, desde siempre, vive en su interior la experiencia de la migración. A
veces, lamentablemente, los cristianos se ven obligados a abandonar su tierra,
con sufrimiento, empobreciendo así a los países en los que han vivido sus
antepasados. Por otro lado, los desplazamientos voluntarios de los cristianos,
por diferentes motivos, de una ciudad a otra, de un país a otro, de un
continente a otro, son una ocasión para incrementar el dinamismo misionero de
la Palabra de Dios y permiten que el testimonio de la fe circule más en el
Cuerpo místico de Cristo, atravesando los pueblos y las culturas, y alcanzando
nuevas fronteras, nuevos ambientes.
«Una sola familia humana» es el tema del Mensaje que
he enviado con motivo de esta Jornada. Un tema que indica el fin, la meta del
gran viaje de la humanidad a través de los siglos: formar una sola familia,
naturalmente con todas las diferencias que la enriquecen, pero sin barreras,
reconociéndonos todos como hermanos. El concilio Vaticano II afirma: «Todos los
pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo origen, puesto que Dios
hizo habitar a todo el género humano sobre la entera faz de la tierra» (Nostra
aetate, 1). La Iglesia —sigue diciendo el Concilio— «es en Cristo
como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano» (Lumen
gentium, 1). Por esto, es fundamental que los cristianos, aunque
estén esparcidos por todo el mundo y, por eso, tengan diferentes culturas y
tradiciones, sean uno, como quiere el Señor.
Este es el objetivo de la «Semana de oración por la unidad de los
cristianos», que tendrá lugar en los próximos días, del 18 al 25 de enero. Este
año se inspira en un pasaje de los Hechos de los Apóstoles:
«Perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción
del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42). Mañana, la Jornada de
diálogo judeocristiano precede a la Semana de oración por la unidad de los
cristianos: la cercanía de ambas es muy significativa, pues recuerda la
importancia de las raíces comunes que unen a judíos y cristianos.
Al dirigirnos a la Virgen María, con la oración del Ángelus, encomendamos a
su protección a todos los emigrantes y a quienes están comprometidos en el
trabajo pastoral entre ellos. Que María, Madre de la Iglesia, nos obtenga,
además, avanzar en el camino hacia la plena comunión de todos los discípulos de
Cristo.
Benedicto XVI. Ángelus. 20 de enero de 2008.
Gracias. Queridos hermanos y hermanas, recemos juntos el Ángelus.
Hace dos días comenzamos la Semana de oración por la unidad de los
cristianos, durante la cual católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes,
conscientes de que sus divisiones constituyen un obstáculo para la acogida del
Evangelio, imploran juntos al Señor, de modo aún más intenso, el don de la
comunión plena. Esta iniciativa providencial nació hace cien años, cuando el
padre Paul Wattson inició el "Octavario" de oración por la unidad de
todos los discípulos de Cristo. Por eso hoy están presentes en la plaza de San
Pedro los hijos y las hijas espirituales del padre Wattson, los hermanos y las
hermanas del Atonement, a quienes saludo cordialmente y animo a proseguir en su
especial entrega a la causa de la unidad.
Todos tenemos el deber de orar y trabajar por la superación de las
divisiones entre los cristianos, respondiendo al anhelo de Cristo "Ut
unum sint". La oración, la conversión del corazón y el fortalecimiento
de los vínculos de comunión constituyen la esencia de este movimiento
espiritual, que esperamos lleve pronto a los discípulos de Cristo a la
celebración común de la Eucaristía, manifestación de su unidad.
El tema bíblico de este año es significativo: "Orad sin cesar" (1
Ts 5, 17). San Pablo se dirige a la comunidad de Tesalónica, que vivía
en su seno discordias y conflictos, para recordar con fuerza algunas actitudes
fundamentales, entre las cuales destaca precisamente la oración incesante. Con
esta invitación, quiere hacer comprender que de la nueva vida en Cristo y en el
Espíritu Santo proviene la capacidad de superar todo egoísmo, de vivir juntos
en paz y en unión fraterna, de llevar cada uno, de buen grado, las cargas y los
sufrimientos de los demás.
Jamás nos debemos cansar de orar por la unidad de los cristianos. Cuando
Jesús, durante la última Cena, oró para que los suyos "sean uno",
tenía en la mente una finalidad precisa: "para que el mundo crea" (Jn 17,
21). Por tanto, la misión evangelizadora de la Iglesia pasa por el camino
ecuménico, el camino de la unidad de fe, del testimonio evangélico y de la
auténtica fraternidad.
Como todos los años, el viernes próximo, día 25 de enero, iré a la basílica
de San Pablo extramuros para concluir, con las Vísperas solemnes, la Semana de
oración por la unidad de los cristianos. Invito a los romanos y a los
peregrinos a unirse a mí y a los cristianos de las Iglesias y comunidades
eclesiales que participarán en la celebración para implorar de Dios el don
valioso de la reconciliación entre todos los bautizados.
La santa Madre de Dios, cuya aparición a Alfonso de Ratisbona en la iglesia
de San Andrés delle Fratte se recuerda hoy, obtenga del Señor
para todos sus discípulos la abundancia del Espíritu Santo, de modo que juntos
podamos llegar a la unidad perfecta y dar así el testimonio de fe y de vida que
el mundo necesita con urgencia.
DOMINGO
III T.O. 22 de enero de 2023.
Monición de entrada.-
Queridos
hermanos:
Después
de ser bautizado Jesús se fue al desierto.
Y
cuando volvió llamó a los primeros apóstoles.
Ellos
le dijeron que sí.
También
en la misa Jesús nos pide que estemos con Él.
Señor ten piedad.-
Jesús, te creemos.
Señor, ten piedad.
Jesús,
queremos parecernos a ti . Cristo, ten piedad.
Jesús,
en ti ponemos nuestra ilusión. Señor, ten piedad.
Peticiones.-
Jesús,
te pido por el Papa Francisco y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por la unión de los
cristianos. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por los cristianos que no
son católicos. Señor.
Jesús, te pido por las personas que nos
enseñan. Te lo pedimos, Señor.
Jesús, te pido por nosotros que queremos
estar a tu lado. Te lo pedimos, Señor.
Acción de gracias.-
María, hoy tú nos señalas con el dedo a
Jesús y nos dices que seamos sus amigos. Ayúdanos a ser buenos amigos de Jesús.

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