viernes, 23 de enero de 2026

Nº 294. Domingo 3º Tiempo Ordinario. 25 de enero de 2026.

 


Lectura del libro de Isaías 8, 23b-9,3.

En otro tiempo, humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero luego ha llenado de gloria el camino del mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

 

Textos paralelos.

En otro tiempo ultrajó a los países de Zabulón y de Neftalí.

Is 9,1: El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa, los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz.

Mt 4, 13-16: Salió de Nazaret y se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: Territorio de Zabulón y territorio de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz intensa, a los que habitaban en sombra de muerte les amaneció la luz.

Percibió una luz cegadora.

Jn 8, 12: De nuevo les habló Jesús: Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, antes tendrá la luz de la vida.

Acrecentaste el regocijo.

Sal 126, 1-3: Cuando cambió el Señor la suerte de Sión, creíamos soñar; se nos llenaba de risas la boca, la lengua de júbilo. Hasta los paganos comentaban: El Señor ha estado grande con ellos. El Señor ha estado grande con nosotros, y celebramos fiesta.

Porque el yugo que les pesaba.

Is 10, 25-26: Porque dentro de muy poco la ira se acabará y mi furor los aniquilará. El Señor de los ejércitos sacudirá contra ellos su látigo, como cuando hirió a Madián en Sur Oreb, como cuando alzó su bastón contra el mar, en el camino de Egipto.

La coyunda de su hombro.

Is 14, 25: Quebrantaré a Asiria en mi país, la pisotearé en mis montañas; resbalará de los míos su yugo, su carga resbalará de sus hombros.

Has roto, como en el día de Madián.

Jc 7, 15-26: Cuando Gedeón oyó el sueño y su interpretación, se prosternó. Luego volvió al campamento israelita y ordenó: ¡Arriba, que el Señor os entrega el campamento de Madián!

 

Notas exegéticas.

8 23 Este v. que, para las regiones del norte de Palestina, contrapone un porvenir glorioso a su pasado de humillación, parece aludir a las campañas de Teglatfalasar en Galilea y a la deportación de 732, ver 2 R 21, 10, como el hecho de recurrir a los espíritus. Esto explica quizá la cercanía de los dos oráculos (19-20 y 21-22).

9 1 El contraste ultraje-honor (8, 23) es seguido aquí por el contraste oscuridad-luz. La oscuridad es símbolo de desgracia y más concretamente de opresión, de cautiverio y de muerte. La luz es símbolo de salvación. Pero el contraste con la oscuridad evoca aquí con más precisión la salida del sol, con la mentalidad de la época y, en particular los rituales dinásticos comparaban el advenimiento de un rey (la aparición del faraón en el trono era expresada  en egipcio jeroglífico mediante la salida del sol: se encuentra la misma imagen a propósito de Davido de sus sucesores en 2 S 23, 3-4; Sal 110, 3; el rey comparado al sol en Sal 72, 5.17. Puede ser pues que el advenimiento real descrito en los vv. 5-6 sea ya evocado aquí (ver también la aparición de la gloria de Yahvé comparada con la salida del sol en Is 60, 1-2.

9 2 “El regocijo” haggîlâ; “la gente no” haggôy lo hebreo.

9 3 (a) Lit. “el yugo de su carga”. Según el contexto no se trata del yugo de la dinastía nacional sino de un yugo extranjero, en este caso el de Asiria, que se dejaba sentir en las provincias del Norte.

9 3 (b) El recuerdo del día de Madián muestra que la victoria anunciada por el oráculo se deberá a la intervención divina y no a la importancia de las fuerzas humanas utilizadas. Por otra parte, se trata de un recuerdo concerniente al conjunto de las provincias del Norte (Manasés, Aser, Zabulón, Neftalí), salvo Efraín.

 

Salmo responsorial

Sal 27 (26), 1.4.13-14

 

El Señor es mi luz y mi salvación. R/.

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar? R/.

 

Una cosa pido al Señor,

eso buscaré: habitar en la casa del Señor

por los días de mi vida;

gozar de la dulzura del Señor

contemplando su templo.  R/.

 

Espero gozar de la dicha del Señor

en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,

ten ánimo, espera en el Señor. R/.

 

Textos paralelos.

Yahve es mi luz y mi salvación.

Sal 18, 29: Tú, Señor, enciendes mi lámpara, Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.

Sal 36, 10: Porque en ti está la fuente viva y a tu luz vemos la luz.

Sal 43, 3: Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada.

Mi 7, 8: No cantes victoria, mi enemiga: si caí, me alzaré; si me siento en tinieblas, el Señor es mi luz.

Is 10, 17: La luz de Israel se convertirá en fuego, su Santo en una llama que arderá y devorará sus zarzas y cardos en un solo día.

Morar en la Casa de Yahvé todos los días de mi vida.

Sal 23, 6: Tu bondad y lealtad me escoltan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del Señor por días sin término.

Sal 42, 3: Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Creo que gozaré de la bondad de Yahvé.

Sal 116, 9: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Sal 142, 6: A ti grito, Señor, te digo: Tú eres mi refugio, mi lote en la tierra de los vivos.

 

Notas exegéticas.

27 13 Puede entenderse también: “¡Ah, si no pudiese gozar!”. Este pasaje se interpretó en la época macabea en función de la fe en la vida futura.

 

Segunda lectura.

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13.17.

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo? Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

 

Textos paralelos.

 Unánimes en el hablar y no haya entre vosotros divisiones.

Rm 15, 5: El Dios de la paciencia y el consuelo os conceda el mutuo acuerdo, siguiendo a Cristo Jesús.

En una misma forma de pensar y en idénticos criterios.

Flp 2, 2: Colmad mi alegría sintiendo lo mismo, con amor mutuo, concordia y buscando lo mismo.

Yo soy de Pablo, Yo de Apolo, Yo de Cefas.

Hch 18, 24: Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y versado en la Escritura.

Jn 1, 42: Y lo condujo a Jesús. Jesús lo miró y dijo: Tú eres Simón hijo de Juan; te llamarás Cefas (que significa piedra).

1 Co 3, 22-23: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida y la muerte, el presente y el futuro. Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo, Cristo es de Dios.

 

Notas exegéticas.

1 11 No se sabe a punto fijo quien era esta Cloe, probablemente una industrial o comerciante de Éfeso, con personal formado por esclavos, libertos y hombres libres.

1 12 (a) Sea que Cefas (Pedro) hubiera visitado la iglesia de Corintio, sea que, sin haberla visto, algunos cristianos de aquella iglesia se hubieran apoyado particularmente en su autoridad reconocida por todos.

1 12 (b) Quizás se apoyaban en Cristo conocido en su vida terrena y en sus testigos directos, con preferencia a los demás; o bien tenían la pretensión de adherirse a Cristo in intermediarios humanos. O quizá “Yo de Cristo" sea simplemente la respuesta de Pablo a los que se apoyaban en tal o cual maestro humano.

1 17 (a) A esta sabiduría humana (alusión a las especulaciones del pensamiento y los artificios de la retórica) se opondrá la sabiduría de Dios.

1 17 (b) Lit.: “vaciar” (de su contenido). Pablo desarrolla este punto en 2, 1-5.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23.

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: “Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán. Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombra de muerte, una luz les brilló. Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

-Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo:

-Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curanto da enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

 

Textos paralelos.

 

Mc 1, 14-20.39; 3, 7-8

Mt 4, 12-23

Lc 4, 14; 5, 1-11; 4, 14-15.44; 6, 17-18

Después de que Juan fue entregado,

 

Jesús se marchó a Galilea

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a proclamar el Evangelio de Dios; decía:

-Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.

 

Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, idumea y Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.

 

 

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan

 

se retiró a Galilea. Dejando Nazaret

 

 

se estableció en Cafarnaún, junto al mar,  en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

-Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.

 

 

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

-Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Les dijo:

-Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

 

 

Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

 

 

 

 

 

 

 

Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

 

 

 

Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu;

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y su fama se extendió por toda la comarca.

 

 

 

 

 

 

Una vez que la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, estando él de pie junto al lago de Getnesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores,

 

 

 que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar dio a Simón:

-Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.

Respondió Simón y dijo:

-Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por la palabra, echaré las redes.

Y, puestos a la obra, hicieron una redada tang rande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las otras barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón

Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:

-Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador.

Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido, y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

 

Y Jesús dijo a Simón:

-No temas; desde ahora serás pescador de hombres.

Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura.

 

Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Después de bajar con ellos, se

 

 

 

 

paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

 

Venían a oírlo y a que los curara de todas sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados.

 

Se retiró a Galilea.

Jn 4, 1: Cuando supo Jesús que habían oído los fariseos que Jesús hacía más discípulos que Juan y que bautizaba (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), dejó Judea y partió de nuevo para Galilea.

Fue a residir a Cafarnaún.

Jn 3, 43-45: Después de dos días, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado: “un profeta no es estimado en su propia patria”. Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque había visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Territorio de Zabulón y Neftalí.

Mt 13, 53: Fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: “¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros?

Tierra de Zabulón.

Is 8, 23-9,1: ¡No habrá ya oscuridad para la tierra que está angustiada! En otro tiempo humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero luego ha llenado de gloria el camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.

Galilea de los paganos.

1 M 5, 14-15: Estaban todavía leyendo las cartas, cuando otros mensajeros, con la ropa hecha jirones, llegaron de Galilea con esta noticia: “Se han aliado los de Tolemaida, Tiro, Sidón y toda la Galilea de los gentiles para acabar con nosotros”.

Jn 7, 52: Ellos le replicaron: “¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.

El pueblo que habitaba en tinieblas.

Lc 1, 79: Para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

Jn 8, 12: Jesús les habló de nuevo diciendo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

Rm 2, 17-19: Pero si tú te llamas judío y encuentras tu descanso en la ley y te glorías en Dios; conoces la voluntad divina y, al saberte instruido por la ley, te crees capaz de discernir lo que es mejor; te consideras guía de ciegos, luz de los que viven en tinieblas.

Convertíos, porque el Reino de Dios ha llegado.

Mt 3, 1-2: Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

Dn 7, 14: A él [el Hijo del hombre] se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará.

Vio a dos hermanos.

Jn 1, 35-42: Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?”. Ellos le contestaron: “Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?”. Él les dijo: “Venid y veréis”. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.

Mt 10, 2: Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

Eran pescadores.

Jn 21, 3: Simón Pedro le dice: “Me voy a pescar”. Ellos contestan: “Vamos también nosotros contigo”. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Venid conmigo, y os haré pescadores de personas.

2 R 6, 19: Él les dijo: “No es este el camino ni es esta la ciudad. Seguidme y os conduciré al hombre que buscáis”.

Ez 47, 10: Se instalarán pescadores en la orilla; será un tendedero desde Engadí hasta Engalín. Habrá peces de todas las especies y en gran abundancia, como en el Mar Grande.

Ellos dejaron las redes al instante y le siguieron.

Mt 8, 19-22: Otro, que era de los discípulos, le dijo: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a los muertos”.

Mt 13, 47: El reino de los cielos se parece a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces.

Mt 19, 27: Entonces dijo Pedro a Jesús: “Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?”.

Sanando las enfermedades y dolencias de la gente.

Mt 9, 35: Jesús recorría las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.

Is 35, 5: Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

4, 12 “entregado”, e.d. arrestado, encarcelado, como se dice de Jesús (17, 22). La elección del verbo (paradídomi) y su forma pasiva sugieren que, si bien los hombres son los actores del drama, es Dios quien los guía según sus designios.

14, 13 (a) “Nazará”, forma muy rara, atestiguada por excelentes autoridades: B, Z, Orígenes k: la masa de testigos ha vuelto a la forma común “Nazaret”.

14, 13 (b) Se trata del lago de Genesaret. Cafarnaún es localizada generalmente al noroeste de lago.

14, 16 Para precisar no solo el lugar, sino el significado profético del ministerio de Jesús desde sus inicios, Mareo (solo él) cita a Is 8, 23-9,1, modificando además profundamente el texto. Estas palabras caracterizan el conjunto de su evangelio en Galilea. Jesús se dirige a las tribus del pueblo más amenazadas por la “noche” pagana, como lo fue Israel por parte de los asirios. Así, su ministerio entra en corazón con “todas las gentes”. Mientras que otros se retiran al desierto (p.e.: la gente de Qumrán o Juan Bautista) o concentran su actividad en Jerusalén, Jesús, el Emmanuel anunciado por los profetas escoge la “Galilea de los paganos”, algo que Mateo evoca a lo largo de su evangelio.

4 17 La Realeza de Dios sobre el pueblo elegido, y a través de él sobre el mundo, es el tema central de la predicación de Jesús, como lo era el del idea teocrático del AT. Implica un Reino de “santos”, cuyo Rey verdadero será Dios, porque su reinado será aceptado por ellos con conocimiento y amor. Esta realeza, comprometida por la rebelión del pecado, debe ser restablecida por una intervención soberana de Dios y de su Mesías (Dn 1, 28). Es esta intervención la que Jesús, después de Juan Bautista, anuncia como inminente. Antes de su realización escatológica definitiva en la que los elegidos vivirán cerca del Padre en la alegría del banquete celestial, el Reino aparece con comienzos humildes, misteriosos, impugnados, como una realidad ya comenzada, en relación con la Iglesia. Predicado en el universo por la misión apostólica será definitivamente establecido y devuelto al Padre por el retorno glorioso de Cristo en el Juicio final. Entretanto se presenta como una gran gracia, aceptada por los humildes y los abnegados, rechazada por los soberbios y los egoístas. Solo se entra en él con la vestidura nupcial de la vida nueva; hay excluidos. Hay que velar para estar a punto cuando venga de improviso.

4 20 En el judaísmo del s. I el verbo “seguir” (akoloutheo) denotaba generalmente el respeto, la obediencia y los numerosos servicios que los discípulos de los rabís debían a sus maestros. Al aplicar este término a Jesús y a sus discípulos, Mt transforma su sentido en varios aspectos: 1, no es el discípulo quien elige al maestro; la llamada viene de Jesús y es respondida generalmente por una obediencia inmediata; 2, los discípulos siguen a Jesús no solo como oyentes, sino como colaboradores, testigos del Reino de Dios; 3, Mt subraya que la muchedumbre sigue a Jesús, indicando así que buscan en él al maestro que no han encontrado entre los rabís oficiales de la sinagoga; 4, en un segundo momento, Jesús procede a criticar tal seguimiento, haciendo ver que significa mucho más de lo que habían imaginado los discípulos y la muchedumbre; seguir a Jesús no es ni más ni menos que cargar con la cruz.

4 23 (a) Lit. el “Evangelio del Reino”, expresión propia de Mateo. Designa bien el anuncio de la llegada del Reino, o bien el anuncio como tal, con todas las instrucciones prácticas de Jesús que el evangelista vincula a él, e.d. todo el evangelio mateano.

4 23 (b) Las curaciones mesiánicas son la señal preferente del advenimiento mesiánico.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

13 NAZARET: lit. en la forma rara de Nazará. // CAFARNAÚN: al noroeste del MAR, e.d., del lago de Genesaret, a poca distancia de la desembocadura del Jordán en el lago; pequeña ciudad, estratégica como nudo de comunicaciones.

15 CAMINO DEL MAR: o, con valor de preposición: hacia el mar.

16 Lit.: ... comenzó Jesús a predicar y decir. Jesús usa las mismas palabras que el Bautista (cf. 3, 2); la diferencia está en que Juan anunciaba el reino de Dios (Mc 1, 15) pensando en el juicio divino sobre el mundo, mientras que Jesús lo proclamaba, especialmente, con la oferta de la misericordia y el perdón del Padre a quien quisiera acogerlo.

19 VENID (lit. aquí; adverbio griego con valor y forma griega de imperativo) DETRÁS DE MÍ: el primer mandamiento decía: “No vayáis detrás de otros dioses” (Dt 6, 14); Jesús dice: VENID DETRÁS DE MÍ, y lo hace para vincularlos no precisamente a una nueva escuela al estilo de los rabinos, sino a su persona, a la comunidad de vida con Él. // PESCADORES DE HOMBRES: “congregadores” de hombres para ofrecerles la salvación definitiva.

21 REPARANDO: o poniendo en orden; o recomponiendo. Este verbo griego se usa en las cartas del NT para una tarea propia de los “pescadores de hombres”: rehacer la armonía entre los creyentes en Jesús: cf. 1 Co 1, 10; 2 Co 6, 1.

23 TODA GALILEA: lit. en toda la Galilea. // ENSEÑANDO..., PREDICANDO... Y CURANDO: así resume Mt, como en 9, 35, la actividad de Jesús; es la misma que, en orden inverso, encomendará a los suyos (cf. 10, 1.7s). Discursos y milagros, “obras y palabras” (Hch 1, 1), son también el esquema de Mt. // DEL REINO (se sobreentiende de Dios): el contenido del Evangelio, de lo que se habla en el Evangelio, es el Reino de Dios.

 

Notas exegéticas de la Biblia Didajé.

4, 17 Convertíos: el griego emplea la palabra metanoia, que significa conversión profunda del corazón acompañada de un apartamiento del pecado. Cristo llamó a la gente a la conversión, a responder a Dios movidos por la gracia, y alejarse del pecado para obtener así la justificación. Reino de los cielos: esta frase en lugar de “reino de Dios” es un semitismo propio de Mateo. Este reino describe la felicidad eterna a la que Dios llama a su pueblo. La misión de Cristo fue establecer este reino. Cat. 1720, 1989.

4, 18 Nacido en Betsaida, Andrés fue discípulo de Juan el Bautista antes de convertirse en seguidor de Cristo, a quien también llevó a su hermano Pedro. Según la tradición, predicó luego el evangelio en Grecia y fue crucificado en Patras en una cruz con forma de X en el año 60 a.C.

4, 19 Ya en virtud de su bautismo, todos los cristianos están llamados a un discipulado expresado en santidad y en evangelización. Pero Dios escoge personalmente a hombres con una vocación especial para las sagradas órdenes. Al conferir los sacramentos, los obispos y los sacerdotes actúan en la persona de Cristo, Cabeza (in persona Christi capitis) de su Cuerpo Místico, la Iglesia. Cat. 878-879, 897-902.

4, 23-25 El poder sanador de Cristo era símbolo de su divinidad y el cumplimiento de la profecía de Isaías del Siervo doliente. Cat. 1503.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

1720 El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada del Reino de Dios; la visión de Dios: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8); la entrada en el gozo del Señor (Mt 25, 21-23); la entrada en el descanso de Dios (Hb 4, 7-11). “Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin?” (San Agustín. La Ciudad de Dios).

1989 La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: “Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. “La justificación no es solo la remisión de los pecados, sino también la santificación y renovación interior del hombre” (Concilio de Trento, Sesión 6ª. Decretum de iustificatione).

878 Es propio de la naturaleza sacramental del ministerio eclesial tener carácter personal. Cuando los ministros de Cristo actúan en comunión, actúan también de manera personal. Cada uno ha sido llamado personalmente (“Tú sígueme”, Jn 21, 22) para ser, en la misión común, testigo personal, que es personalmente portador de la responsabilidad ante Aquel que da la misión, que actúa “in persona Christi· y en favor de personas.

898 “Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. A ellos de manera especial corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que estas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor” (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 31).

1503 La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7, 16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también para perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 36). Su amor de predilección con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos para aliviar a los que sufren.

 

Concilio Vaticano II

Vino, por tanto, el Hijo, enviado por el Padre, quien nos eligió en Él antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en Él todas las cosas (cf. Ef 1, 4-5.10). Así, pues, Cristo, en cumplimiento de la voluntad de Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención.

Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 3.

 

San Agustín

Hay ciertos espirituales que anidan en los cedros del Líbano; es decir, ciertos siervos de Dios que escuchan las palabras del evangelio: Deja todas tus cosas, o vende todos tus bienes y dalos a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme (Mt 19, 21). Esto lo oyeron no solo los grandes; lo han escuchado también los pequeños; y también los pequeños quisieron cumplirlo y hacerse espirituales: no se unen en matrimonio, no se consumen en la preocupación de los hijos, no tienen morara propia que les ligue, sino que eligen una forma de vida común. Pero ¿qué abandonaron estos pájaros? En efecto, los pájaros parecen los seres más pequeños del mundo. ¿Qué abandonaron? ¿Qué dejaron que fuera grande? Un hombre se convirtió, dejó la pobre casa paterna, apenas un lecho y un arca. Pero se convirtió, se hizo pájaro, buscó los bienes espirituales. Bien, muy bien; no le insultemos ni le digamos: “No has abandonado nada”. Sabemos que Pedro era pescador; cuando siguió al Señor, ¿qué pudo abandonar? Dígase lo mismo de su hermano Andrés, de los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, también ellos eran pescadores (Mt 14, 18.21).

 

Los Santos Padres.

Luz grande es Cristo nuestro Señor y la luminosidad de la predicación evangélica, pero no lo era la ley, que se asemeja una lámpara. Por eso siempre ardía una lámpara en el Tabernáculo, por la pequeñez del brillo de la ley, que solo podía extender su propia luz a los límites judíos. De ahí que los gentiles estuvieran en las tinieblas al no tener esta lámpara luminosa.

Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 34. Ia, pg. 116.

El reino de los cielos no está en un lugar, sino en una disposición. Pues “está dentro de nosotros”. Observa que si Juan predica que el reino de los cielos se está acercando, Cristo Rey nos entregará a Dios y al Padre.

Orígenes, Frangmentos sobre el Ev. de Mateo, 74. Ia, pg. 119.

 

San Juan de Ávila

Lo que les mandan predicar es que el rey de los cielos se ha acercado (Mt 3, 2; 4, 17) de pretérito, que quiere decir: las leyes del Evangelio, que son conformes a las del cielo y la gracia del Espíritu Santo, que se ganó por la muerte del Señor, Regnum Dei non est esca et potus sed iustitia, pax et gaudium in Spiritu Sancto (cf. Rm 14, 17).

Sermón de la Fiesta de los Evangelistas. III, pg. 1087.

-Pues, padre, ¿es mucho pecar mortalmente? Confiésome, comúlgome.

-Por cierto, de eso tengo gran duda: si te confesaste como debías, porque al enfermo que lo curan de raíz y lo purgan del mal humor y queda perfectamente sano, no torna fácilmente a recaer porque coma un racimo de uvas o por otra poca cosa; y si ligeramente torna a recaer, clara cosa es que no quedó bien sano, sino sobresano. No entendáis que el que está en gracia no puede caer de ella y pecar, sicut aliqui haeretici dixerunt, sino que no volverías a pecar tan ligeramente si tuvieras entero y verdadero arrepentimiento de los pecados y firmísimo propósito de antes morir que volver a ellos por ninguna cosa. ¿Cómo? ¿Por ver una mujer te rindes luego a la obra o al deseo? ¿Por una palabrica te embraveces como tigre cuando le llevan los hijos? “¿Piensas que estás en gracia? Peligrosamente estás engañado.

Sermón domingo 19 después de Pentecostés. III, pg. 293-294.

 

San Oscar Romero.

Hay una inquietud inmensa, hermanos; el llamamiento de la conversión ha despertado muchos corazones que estaban dormidos en Zabulón y Neftalí, en el pecado, pensando que la Iglesia estaba metiéndose en política, en otros campos que no son los suyos. Y han comprendido, al fin, que no está haciendo más que predicar el reino de Dios, el cual señala el pecado aunque el pecado se encuentre en la política y se encuentre también en las situaciones económicas y demás situaciones de la humanidad.

La Iglesia no puede menos que ser la voz de Cristo, de decir: Convertíos porque el reino de Dios está cerca y el que lo quiera aprovechar, no lo logrará si no es convirtiéndose, arrepintiéndose de su pecado, acercándose a Dios. Este ha sido el clamor de la Iglesia en estos últimos tiempos: la conversión. Por eso, queridos hermanos: Convertíos. Yo el primero necesito conversión, todos necesitamos conversión porque el Apocalipsis dice: El que es santo, santifíquese más; el que es justo, justifíquese más y, naturalmente, el que está en pecado, póngase en gracia de Dios, renuncie a sus injusticias, a sus egoísmos, a sus atropellos. Póngase amigo de Dios; el pecado no lo quiere Dios.

Homilía, 22 de enero de 1978.

 

Papa León XIV. Ángelus.  18 de enero de 2026.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Jn 1,29-34) nos habla de Juan el Bautista, que reconoce en Jesús al Cordero de Dios, el Mesías, diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29). Y añade: «He venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel» (v. 31).

Juan reconoce en Jesús al Salvador, proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se aparta, una vez cumplida su tarea, como atestiguan estas palabras suyas: «Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo» (v. 30).

El Bautista es un hombre muy querido por las multitudes, hasta el punto de ser temido por las autoridades de Jerusalén (cf. Jn 1,19). Le habría sido fácil aprovecharse de esta fama; en cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la popularidad. Frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y le da espacio a su grandeza. Sabe que ha sido enviado para preparar «el camino del Señor» (Mc 1,3; cf. Is 40,3), y cuando el Señor viene, reconoce su presencia con alegría y humildad y se retira de la escena.

¡Qué importante es para nosotros hoy su testimonio! De hecho, a menudo se le da una importancia excesiva a la aprobación, al consenso y a la visibilidad, hasta el punto de condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las personas, causando sufrimiento y divisiones, y produciendo estilos de vida y de relación efímeros, decepcionantes y oprimentes. En realidad, no necesitamos estos “sucedáneos de la felicidad”. Nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos.

El amor del que nos habla Jesús es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y asumir nuestras cargas, revelándonos quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos.

Queridos hermanos, no nos dejemos distraer ante su paso. No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón, conformándonos con lo necesario y encontrando cada día, en cuanto sea posible, un momento especial en el que detenernos en silencio para rezar, reflexionar, escuchar; en definitiva, para “ir al desierto”, y allí encontrarnos con el Señor y estar con Él.

Que nos ayude en esto la Virgen María, modelo de sencillez, sabiduría y humildad.

 

León XIV. Audiencia general. 14 de enero de 2026.  Catequesis - Los documentos del Concilio Vaticano II.I. Constitución dogmática Dei Verbum. 1. Dios habla a los hombres como amigos 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hemos iniciado el ciclo de catequesis sobre el Concilio Vaticano II. Hoy comenzamos a profundizar en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación. Se trata de uno de los documentos más bellos y más importantes de la asamblea conciliar; para introducirnos en él, puede sernos útil recordar las palabras de Jesús: «Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre» (Jn 15, 15). Este es un punto fundamental de la fe cristiana que nos recuerda la Dei Verbum: Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con Dios; de ahora en adelante, será una relación de amistad. Por eso, la única condición de la nueva alianza es el amor.

Al comentar este pasaje del cuarto Evangelio, San Agustín insiste en la perspectiva de la gracia, que es la única que puede hacernos amigos de Dios en su Hijo (Comentario al Evangelio de Juan, Homilía 86). Efectivamente, un antiguo lema decía: “Amicitia aut pares invenit, aut facit”, “la amistad o nace entre iguales o los hace tales”. Nosotros no somos iguales a Dios, pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo.

Por eso, como podemos ver en todas las Escrituras, en la Alianza hay un primer momento de distancia, ya que el pacto entre Dios y el hombre permanece siempre asimétrico: Dios es Dios y nosotros somos criaturas. Pero con la venida del Hijo en la carne humana, la Alianza se abre a su fin último: en Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a hacernos semejantes a Él a pesar de nuestra frágil humanidad. Nuestra semejanza con Dios, entonces, no se alcanza mediante la transgresión y el pecado, como sugirió la serpiente a Eva (cfr. Gen 3,5), sino en la relación con el Hijo hecho hombre.

Las palabras del Señor Jesús que hemos recordado – “Yo los llamo amigos” – son retomadas en la Constitución Dei Verbum, que afirma: «Por esta revelación, Dios invisible (cfr. Col 1,15; 1Tm 1,17) habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos (cfr. Bar 3,38), para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (n. 2). El Dios del Génesis ya se manifestó a nuestros primeros padres, dialogando con ellos (cfr. Dei Verbum, 3); y cuando este diálogo se interrumpió a causa del pecado, el Creador no dejó de procurar encontrarse con sus criaturas y establecer una alianza con ellas cada vez. En la Revelación cristiana, es decir, cuando Dios se hace carne en su Hijo para venir a buscarnos, el diálogo que se había interrumpido se restablece de manera definitiva: la Alianza es nueva y eterna, nada nos puede separar de su amor. La Revelación de Dios, por tanto, posee el carácter dialógico de la amistad y, como sucede en la experiencia de la amistad humana, no soporta el mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras verdaderas.

La Constitución Dei Verbum nos recuerda también esto: Dios nos habla. Es importante comprender la diferencia entre la palabra y la charla: esta última se detiene en la superficie y no realiza una comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no solo sirve para intercambiar informaciones y noticias, sino también para revelar quiénes somos. La palabra posee una dimensión reveladora que crea una relación con el otro. Así, hablándonos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la amistad con Él.

Desde esta perspectiva, la primera actitud que hemos de cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones. Al mismo tiempo, estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos.

De ahí la necesidad de la oración, en la que estamos llamados a vivir y a cultivar la amistad con el Señor. Esto se realiza, primeramente, en la oración litúrgica y comunitaria, en la que no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla por medio de la Iglesia. Además, se cumple en la oración personal, que tiene lugar en el interior del corazón y de la mente. Durante la jornada y la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión. Solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.

Nuestra experiencia nos dice que las amistades pueden terminar a causa de algún gesto clamoroso de ruptura, o también por una serie de desatenciones cotidianas que desgastan la relación hasta romperla. Si Jesús nos llama a ser sus amigos, intentemos no desoír su llamada. Acojámosla, cuidemos esta relación, y descubriremos que la amistad con Dios es nuestra salvación.

 

Papa Francisco. Ángelus. 22 de enero de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio de la Liturgia (Mt 4,12-23) narra la llamada de los primeros discípulos que, en el lago de Galilea, lo dejan todo para seguir a Jesús. Algunos de ellos ya lo conocían gracias a Juan el Bautista, y Dios había sembrado en ellos la semilla de la fe (cf. Jn 1,35-39). Y ahora Jesús vuelve a buscarlos al lugar donde viven y trabajan. El Señor nos busca siempre; el Señor siempre se acerca a nosotros, siempre. Y esta vez les hace un llamamiento directo: «Venid conmigo» (Mt 4,19). Y ellos «al instante, dejando las redes, le siguieron» (v. 20). Detengámonos en esta escena: es el momento del encuentro decisivo con Jesús, el momento que recordarán durante toda su vida y que entra en el Evangelio. Desde entonces siguen a Jesús, y para seguirlo, lo dejan todo.

Dejar para seguir. Siempre es así con Jesús. Se puede comenzar de alguna manera a sentir su atracción, quizás gracias a otros. Luego el conocimiento puede ser más personal y encender una luz en el corazón. Se convierte en algo hermoso que compartir: “Mira, ese pasaje del Evangelio me ha emocionado, esa experiencia de servicio me ha conmovido”. Algo que te toca el corazón. Lo mismo habrán hecho los primeros discípulos (cf. Jn 1,40-42). Pero antes o después llega el momento en que hay que dejarlo todo para seguirle (cf. Lc 11,27-28). Y aquí hay que decidir: ¿dejo atrás algunas certezas y me embarco en una nueva aventura, o me quedo como soy? Es un momento decisivo para todo cristiano, porque se juega el sentido de todo lo demás. Si no se encuentra la valentía de ponerse en marcha, se corre el riesgo de quedarse como espectador de la propia existencia y vivir la fe a medias.

Permanecer con Jesús, por lo tanto, requiere la valentía de dejar, de ponerse en camino. ¿Qué debemos dejar? Nuestros vicios, nuestros pecados, por supuesto, que son como anclas que nos sujetan a la orilla y nos impiden remar mar adentro. Para empezar a dejar es justo que empecemos pidiendo perdón, perdón por las cosas que no fueron buenas: dejo esas cosas y sigo adelante. Pero hay que dejar también lo que nos impide vivir plenamente, por ejemplo, los miedos, los cálculos egoístas, las garantías seguridad viviendo una vida mediocre. Y también hay que renunciar al tiempo que se pierde en tantas cosas inútiles. Qué hermoso es dejar todo esto para vivir, por ejemplo, el arduo pero gratificante riesgo del servicio, o dedicar tiempo a la oración para crecer en la amistad con el Señor. Pienso también en una familia joven, que deja una vida tranquila para abrirse a la impredecible y hermosa aventura de la maternidad y de la paternidad. Es un sacrificio, pero basta una mirada a los hijos para comprender que era justo dejar ciertos ritmos y comodidades, para vivir esta alegría. Pienso en ciertas profesiones, por ejemplo, en un médico o en un profesional sanitario que han renunciado a mucho tiempo libre para estudiar y prepararse, y ahora hacen el bien dedicando muchas horas del día y de la noche, muchas energías físicas y mentales a los enfermos. Pienso en los trabajadores que dejan sus comodidades, que dejan el "dolce far niente", el placer de no hacer nada, para llevar el pan a casa. En fin, para realizar la vida hay que aceptar el reto de dejar. A ello nos invita Jesús a cada uno de nosotros.

Y sobre esto os dejo algunas preguntas. En primer lugar: ¿recuerdo algún “momento fuerte” en el que ya haya encontrado a Jesús? Cada uno de nosotros piense en su propia historia: ¿ha habido en mi vida algún momento fuerte en el que encontré a Jesús? ¿Y algo hermoso y significativo que sucedió en mi vida por haber dejado atrás cosas menos importantes? Y hoy, ¿hay algo a lo que Jesús me pide que renuncie? ¿Cuáles son las cosas materiales, las formas de pensar, las actitudes que necesito dejar atrás para decirle “sí” a Él? Que María nos ayude a decir, como ella, un sí pleno a Dios, a saber dejar algo atrás para seguirle mejor. No tengáis miedo de dejarlo todo si es para seguir a Jesús, siempre estaremos mejor y seremos mejores.

 

Papa Francisco. Ángelus. 26 de enero de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy (cf. Mateo 4, 12-23) nos presenta el comienzo de la misión pública de Jesús. Esto ocurrió en Galilea, un área periférica con respecto a Jerusalén, y a la que se miraba con recelo por su mezcla con los paganos. Nada bueno ni nuevo se esperaba de esa región; en cambio, fue allí donde Jesús, que había crecido en Nazaret de Galilea, comenzó su predicación.

Proclama el núcleo de su enseñanza resumido en el llamamiento: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca» (v. 17). Esta proclamación es como un poderoso rayo de luz que atraviesa la oscuridad y penetra la niebla, y evoca la profecía de Isaías que se lee en la noche de Navidad: «El pueblo que andaba a oscuras vio una luz intensa. Sobre los que vivían en tierra de sombras brilló una luz» (9, 1). Con la venida de Jesús, luz del mundo, Dios Padre mostró a la humanidad su cercanía y amistad. Nos las dio libremente más allá de nuestros méritos. La cercanía y la amistad de Dios no son mérito nuestro: son un don gratuito de Dios. Debemos cuidar este don.

La llamada a la conversión, que Jesús dirige a todos los hombres de buena voluntad, se comprende plenamente a la luz del acontecimiento de la manifestación del Hijo de Dios, sobre el que hemos meditado los últimos domingos. Muchas veces es imposible cambiar de vida, abandonar el camino del egoísmo, del mal, abandonar el camino del pecado porque el compromiso de conversión se centra sólo en uno mismo y en las propias fuerzas, y no en Cristo y su Espíritu. Pero nuestra fidelidad al Señor no puede reducirse a un esfuerzo personal, no. Creer esto también sería un pecado de soberbia. Nuestra fidelidad al Señor no puede reducirse a un esfuerzo personal, sino que debe expresarse en una apertura confiada de corazón y mente para recibir la Buena Nueva de Jesús. ¡Es esto – la Palabra de Jesús, la Buena Nueva de Jesús, el Evangelio – lo que cambia el mundo y los corazones! Estamos llamados, por lo tanto, a confiar en la palabra de Cristo, a abrirnos a la misericordia del Padre y a dejarnos transformar por la gracia del Espíritu Santo.

Aquí es donde comienza el verdadero camino de la conversión. Justamente como sucedió con los primeros discípulos: el encuentro con el divino Maestro, con su mirada, con su palabra, les dio el impulso para seguirlo, para cambiar su vida concretamente sirviendo al Reino de Dios.

El encuentro sorprendente y decisivo con Jesús inició el camino de los discípulos, transformándolos en anunciadores y testigos del amor de Dios por su pueblo. Siguiendo el ejemplo de estos primeros anunciadores y mensajeros de la Palabra de Dios, que cada uno de nosotros pueda moverse sobre las huellas del Salvador, para ofrecer esperanza a los que tienen sed de ella.

Que la Virgen María, a quien nos dirigimos en esta oración del Ángelus, sostenga estas intenciones y las confirme con su intercesión materna.

 

Papa Francisco. Ángelus. 22 de enero de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy (cf. Mateo 4, 12-23) narra el inicio de la predicación de Jesús en Galilea. Él deja Nazaret, una aldea de las montañas, y se establece en Cafarnaúm, un centro importante a orillas del lago, habitado en su mayor parte por paganos, punto de cruce entre el Mediterráneo y el interior mesopotámico. Esta elección indica que los destinatarios de su predicación no son sólo sus compatriotas, sino todos los que llegan a la cosmopolita «Galilea de los gentiles» (v 15; cf. Isaías 8, 23): así se llamaba. Vista desde la capital Jerusalén, aquella tierra es geográficamente periférica y religiosamente impura, porque estaba llena de paganos, por la mezcla con quienes no pertenecían a Israel. Ciertamente de Galilea no se esperaban grandes cosas para la historia de la salvación. Y sin embargo, justamente desde allí — justo desde allí— se difunde aquella “luz” sobre la cual hemos meditado los domingos pasados: la luz de Cristo. Se difunde precisamente desde la periferia. El mensaje de Jesús reproduce el del Bautista, proclamando el «Reino de los Cielos» (v. 17). Este Reino no conlleva la instauración de un nuevo poder político, sino el cumplimiento de la alianza entre Dios y su pueblo, que inaugurará un periodo de paz y de justicia. Para estrechar este pacto de alianza con Dios, cada uno está llamado a convertirse, transformando su propio modo de pensar y de vivir. Esto es importante: convertirse no solo es cambiar la manera de vivir, sino también el modo de pensar. Es una transformación del pensamiento. No se trata de cambiar la ropa, ¡sino las costumbres! Lo que diferencia a Jesús de Juan Bautista es el estilo y el método. Jesús elige ser un profeta itinerante. No se queda esperando a la gente, sino que se dirige a su encuentro. ¡Jesús está siempre en la calle! Sus primeras salidas misioneras tienen lugar alrededor del lago de Galilea, en contacto con la muchedumbre, en particular con los pescadores. Allí Jesús no sólo proclama la llegada del Reino de Dios, sino que busca compañeros que se asocien a su misión de salvación. En este mismo lugar encuentra dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan; les llama diciendo: «Venid conmigo y los haré pescadores de hombres» (v. 19). La llamada les llega en plena actividad de cada día: el Señor se nos revela no de manera extraordinaria o asombrosa, sino en la cotidianidad de nuestra vida. Ahí debemos encontrar al Señor; y ahí Él se revela, hace sentir su amor a nuestro corazón; y ahí —con este diálogo con Él en la cotidianidad de nuestra vida— cambia nuestro corazón. La respuesta de los cuatro pescadores es rápida e inmediata: «al instante, dejando las redes, le siguieron» (v. 20). Sabemos efectivamente que habían sido discípulos del Bautista y que, gracias a su testimonio, ya habían empezado a creer en Jesús como el Mesías (cf. Juan 1, 35-42).

Nosotros, cristianos de hoy en día, tenemos la alegría de proclamar y testimoniar nuestra fe, porque hubo ese primer anuncio, porque existieron esos hombres humildes y valientes que respondieron generosamente a la llamada de Jesús. A orillas del lago, en una tierra impensable, nació la primera comunidad de discípulos de Cristo. Que la conciencia de estos inicios suscite en nosotros el deseo de llevar la palabra, el amor y la ternura de Jesús a todo contexto, incluso a aquel más dificultoso y resistente. ¡Llevar la Palabra a todas las periferias! Todos los espacios del vivir humano son terreno al que arrojar las semillas del Evangelio, para que dé frutos de salvación.

Que la Virgen María nos ayude con su maternal intercesión a responder con alegría a la llamada de Jesús, a ponernos al servicio del Reino de Dios.

 

Papa Francisco. Ángelus. 26 de enero de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo relata los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los poblados de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como «Galilea de los gentiles» (Is 8, 23).

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diversas por raza, cultura y religión. La Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: presencia simultánea de diversas culturas, necesidad de confrontación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una «Galilea de los gentiles», y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluido de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir, la misericordia del Padre. «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Jesús comienza su misión no sólo desde un sitio descentrado, sino también con hombres que se catalogarían, así se puede decir, «de bajo perfil». Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con diligencia para la venida del reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, a orillas del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, el Señor llama también hoy. El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana. Incluso hoy, en este momento, aquí, el Señor pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el reino de Dios, en las «Galileas» de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice «sígueme» sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. «Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz» (ibid., 288).

 

Benedicto XVI. Ángelus.  23 de enero de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

En estos días, del 18 al 25 de enero, se está llevando a cabo la Semana de oración por la unidad de los cristianos. El tema de este año es un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles, que resume en pocas palabras la vida de la primera comunidad cristiana de Jerusalén: «Perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2, 42). Es muy significativo que hayan propuesto este tema las Iglesias y comunidades cristianas de Jerusalén, reunidas en espíritu ecuménico. Sabemos cuántas pruebas deben afrontar los hermanos y hermanas de Tierra Santa y Oriente Medio. Por tanto, su servicio es todavía más valioso, avalorado por un testimonio que, en ciertos casos, ha llegado hasta el sacrificio de la vida. Por eso, mientras acogemos con alegría los puntos de reflexión que nos dan las comunidades que viven en Jerusalén, les expresamos nuestra cercanía, y esto se convierte en un factor más de comunión para todos.

También hoy, para ser en el mundo signo e instrumento de íntima unión con Dios y de unidad entre los hombres, los cristianos debemos basar nuestra vida en estos cuatro «ejes»: la vida fundada en la fe de los Apóstoles transmitida en la Tradición viva de la Iglesia, la comunión fraterna, la Eucaristía y la oración. Sólo de este modo, permaneciendo firmemente unida a Cristo, la Iglesia puede cumplir eficazmente su misión, pese a los límites y las faltas de sus miembros, pese a las divisiones, que ya el Apóstol Pablo tuvo que afrontar en la comunidad de Corinto, como recuerda la segunda lectura bíblica de este domingo, donde dice: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir» (1, 10). El Apóstol, en efecto, había sabido que en la comunidad cristiana de Corinto habían surgido discordias y divisiones; por eso, con gran firmeza, añade: «¿Está dividido Cristo?» (1, 13). Al decir esto, afirma que toda división en la Iglesia es una ofensa a Cristo; y, al mismo tiempo, que es siempre en él, única Cabeza y único Señor, en quien podemos volver a encontrarnos unidos, por la fuerza inagotable de su gracia.

Esta es, pues, la llamada siempre actual del Evangelio de hoy: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos» (Mt 4, 17). El compromiso serio de conversión a Cristo es el camino que lleva a la Iglesia, con los tiempos que Dios disponga, a la plena unidad visible. Un signo de ello son los encuentros ecuménicos que en estos días se multiplican en todo el mundo. Aquí, en Roma, además de estar presentes varias delegaciones ecuménicas, comenzará mañana una sesión de encuentro de la Comisión para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las antiguas Iglesias orientales. Y pasado mañana concluiremos la Semana de oración por la unidad de los cristianos con la solemne celebración de las Vísperas en la fiesta de la Conversión de San Pablo. Que en este camino nos acompañe siempre la Virgen María, Madre de la Iglesia.

 

Benedicto XVI. Ángelus.  27de enero de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de hoy el evangelista san Mateo, que nos acompañará durante todo este año litúrgico, presenta el inicio de la misión pública de Cristo. Consiste esencialmente en el anuncio del reino de Dios y en la curación de los enfermos, para demostrar que este reino ya está cerca, más aún, ya ha venido a nosotros. Jesús comienza a predicar en Galilea, la región en la que creció, un territorio de "periferia" con respecto al centro de la nación judía, que es Judea, y en ella, Jerusalén. Pero el profeta Isaías había anunciado que esa tierra, asignada a las tribus de Zabulón y Neftalí, conocería un futuro glorioso: el pueblo que caminaba en tinieblas vería una gran luz (cf. Is 8, 23-9, 1), la luz de Cristo y de su Evangelio (cf. Mt 4, 12-16).

El término "evangelio", en tiempos de Jesús, lo usaban los emperadores romanos para sus proclamas. Independientemente de su contenido, se definían "buenas nuevas", es decir, anuncios de salvación, porque el emperador era considerado el señor del mundo, y sus edictos, buenos presagios. Por eso, aplicar esta palabra a la predicación de Jesús asumió un sentido fuertemente crítico, como para decir: Dios, no el emperador, es el Señor del mundo, y el verdadero Evangelio es el de Jesucristo.

La "buena nueva" que Jesús proclama se resume en estas palabras: "El reino de Dios —o reino de los cielos— está cerca" (Mt 4, 17; Mc 1, 15). ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente, no indica un reino terreno, delimitado en el espacio y en el tiempo; anuncia que Dios es quien reina, que Dios es el Señor, y que su señorío está presente, es actual, se está realizando.

Por tanto, la novedad del mensaje de Cristo es que en él Dios se ha hecho cercano, que ya reina en medio de nosotros, como lo demuestran los milagros y las curaciones que realiza. Dios reina en el mundo mediante su Hijo hecho hombre y con la fuerza del Espíritu Santo, al que se le llama "dedo de Dios" (cf. Lc 11, 20). El Espíritu creador infunde vida donde llega Jesús, y los hombres quedan curados de las enfermedades del cuerpo y del espíritu. El señorío de Dios se manifiesta entonces en la curación integral del hombre. De este modo Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida. En consecuencia, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte, la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira.

Pidamos a María santísima que obtenga siempre para la Iglesia la misma pasión por el reino de Dios que animó la misión de Jesucristo: pasión por Dios, por su señorío de amor y de vida; pasión por el hombre, encontrándolo de verdad con el deseo de darle el tesoro más valioso: el amor de Dios, su Creador y Padre.

 

DOMINGO IV T.O.

 

Monición de entrada.-

Queridos hermanos:

La misa es la fiesta de las personas que nos sentimos pobres ante Dios.

Si no fuese porque Dios nos alimenta con las lecturas y la comunión no podríamos ser buenos cristianos.

Y en esta misa de nuevo escucharemos las palabras que Jesús dijo.

Será en una montaña y desde allí nos dirá como ser muy felices.

 

Señor ten piedad.-

Tú que te hiciste pobre. Señor, ten piedad.

Tú que moriste por nosotros . Cristo, ten piedad.

Tú que cuidas de los que sufren. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Jesús,  te pido por el Papa León y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por la misión de la Iglesia de Valencia. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por los cristianos, para que seamos pobres de corazón. Señor.

Jesús, te pido por los pobres y los que lloran, para que te sientan en su corazón Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros, para que confiemos mucho en ti. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, tú eres como las personas que Jesús nos ha dicho que son felices. Gracias por ser así y ayudarnos a parecernos un poquita a ellas.

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