martes, 27 de enero de 2026

295. Domingo 3º T. O. 1 de febrero de 2026.


 


Primera lectura.

Lectura de la profecía de Sofonías 2,3;3,12-13.

Buscad al Señor los humildes de la tierra, los que practican su derecho, buscad la justicia, buscad la humildad, quizá podáis resguardaros el día de la ira del Señor. Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor. El resto de Israel no hará más el mal, no mentirá ni habrá engaño en su boca. Pastarán y descansarán, y no habrá quien los inquiete.

 

Textos paralelos.

Buscad a Yahvé, vosotros los humildes del país

Am 5,4: Así dice el señor a la casa de Israel: Buscadme y viviréis.

Quizá encontréis cobijo.

Is 57, 15: Porque así dice el Alto y Excelso, Morador eterno, cuyo nombre es Santo: Yo moro en la altura sagrada, pero estoy con los de ánimo humilde y quebrantado, para reanimar a los humildes, para reanimar el corazón quebrantado.

Ni dirán mentiras.

Is 53, 9: Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.

Ap 14, 5: En su boca no hubo mentira: son intachables.

 

Notas exegéticas.

2 3 “Humildes” o “pobres”, en hebreo ‘anawîm. Los pobres tienen gran importancia en la Biblia. Si la literatura sapiencial tiende a considerar la pobreza, rês, como efecto de la pereza. Pr 10, 4, los profetas saben que los pobres son ante todo los oprimidos aniyyim, reclaman justicia para los débiles y pequeños dallim y los indigentes ebyonim. El Deuteronomío, siguiendo a Ex 22, 20-26, les hace eco con su legislación humanitaria, Dt 24,10. Con Sofonías, el vocabulario de la pobreza toma un colorido moral y escatológico. Los anawîm son en una palabra los israelitas sumisos a la voluntad divina. En la época de los LXX, el ´termino anaw (o ani) expresa cada vez más una idea de altruismo, Za 9, 9. A los “pobres” es a quienes será enviado el Mesías. Él mismo será humilde y manso y será incluso oprimido.

 

Salmo responsorial

Sal 146 (145), 6-10

 

Bienaventurados los pobres en el espíritu,

porque de ellos es el reino de los cielos. R/.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,

hace justicia a los oprimidos,

da su pan a los hambrientos.

El Señor liberta a los cautivos. R/.

 

El Señor abre los ojos al ciego,

el Señor endereza a los que ya se doblan;

el Señor ama a los justos.

El Señor guarda a los peregrinos.   R/.

 

Sustenta al huérfano y a la viuda

y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente,

tu Dios, Sión, de edad en edad. R/.

 

Textos paralelos.

Hace justicia a los oprimidos.

Sal 103, 6: El Señor hace justicia y defiende a los oprimidos.

Yahvé libera a los condenados.

Sal 68, 7: Dios da un hogar a los que están solos, saca de la prisión a los cautivos; solos los rebeldes se quedan en el yermo.

Is 49,9: Para decir a los cautivos: Salid, a los que están en tinieblas: Venid a la luz; aun por los caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas.

Is 61, 1: Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a

Sal 145, 14: El Señor sostiene a los que van a caer y endereza a los que ya se doblan.

Yahvé protege al forastero.

Ex 22, 20: No oprimirás ni vejarás al emigrante, porque emigrantes fuisteis vosotros en Egipto.

Sostiene al huérfano y a la viuda.

Sal 68, 6: Padre de huérfanos, protector de viudas es Dios en su santa morada.

Yahvé ama a los honrados.

Sal 11, 7: Porque el Señor es justo y ama la justicia; los rectos verán su rostro.

Yahvé reina para siempre.

Ex 15, 18: El Señor reina por siempre jamás.

Sal 145, 13: Tu reinado es un reinado eterno, tu gobierno, de generación en generación.

 

Notas exegéticas.

146 Este salmo es el comienzo de un tercer Hallel (salmos 146-150), que los judíos recitaban por la mañana.

 

Segunda lectura.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 26-31.

Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así – como está escrito –: “el que se gloríe, que se gloríe en el Señor”.

 

Textos paralelos.

Ni muchos poderosos.

Rm 7, 5: Mientras vivamos bajo el instinto, las pasiones pecaminosas incitadas por la ley, actuaban en nuestros miembros y dábamos fruto para la muerte.

St 2, 5: Escuchad, hermanos míos queridos: ¿no escogió Dios a los pobres de bienes mundanos y ricos de fe como herederos del reino que prometió a los que lo aman?

Ha escogido más bien a lo que el mundo tiene por necios para confundir a los débiles.

Jc 7, 2: El Señor dijo a Gedeón: Llevas demasiada gente par que yo os entregue Madián. No sea que luego Israel se me gloríe diciendo: Mi mano me ha dado la victoria.

1 S 16, 7: Pero el Señor le dijo: No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia. El Señor ve el corazón.

2 Co 4, 7: Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que su fuerza superior procede de Dios y no de nosotros.

De ese modo, ningún mortal podrá alardear de nada ante Dios.

Dt 8, 13-18: Cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro y abundes de todo, te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud.

Rm 3, 27: ¿Dónde, pues, queda el orgullo? Queda excluido. ¿Por qué ley?, ¿de las obras? Nada de eso, por la ley de la fe.

El cual hizo Dios para nosotros sabiduría de Dios.

Ef 2, 9: No por las obras, para que nadie se jacte.

El que se gloríe, gloríese en el Señor.

Jr 9, 22-23: Así dice el Señor: No se gloríe el sabio de su saber, no se gloríe el soldado de su valor, no se gloríe el rico de su riqueza.

2 Co 10, 17: ¿Quién se gloría que se gloríe del Señor?

 

Notas exegéticas.

1 26 Es decir, dese el punto de vista puramente humano.

1 30 (a) La palabra tiene un sentido muy estricto. Los que antes no existíais a los ojos del mundo, ahora existís en Jesucristo, mientras que los que existen según el mundo, quedan reducidos a la nada. De esta existencia nueva en Jesucristo debéis gloriaros y solo de ellos.

1 30 (b) No es, pues, la sabiduría cristiana fruto de un esfuerzo humano según la carne, sino que proviene de un ser humano aparecido en la plenitud de los tiempos, Cristo, a quien hay que ganar para encontrarse en él todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Y esta sabiduría se identifica con la salvación total: justicia, santificación y redención.

1 30 (c) Estas tres últimas palabras aluden a los temas fundamentales de la futura epístola a los Romanos.

 

Evangelio.

X Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a.

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

Textos paralelos.

 

Mt 5, 1-12a

Lc 6, 20-23

Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos;

 

y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

 

 

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

 

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

 

 

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

 

 

 

 

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

 

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

 

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

 

 

 

Él levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:

 

Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

 

 

 

Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.

 

 

Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

 

Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.

 

 

 

 

 

 

 

 

Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan,

 

 

 y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre.

 

Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Esto es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

 

Pero ¡ay de vosotros, los ricos,...

 

Tomando la palabra.

Sb 2, 16: Nos considera moneda falsa y, nos esquiva como a impuros. Proclama dichoso el destino de los justos, y presume de tener por padre a Dios.

Si 14, 20: Dichoso el hombre que aplica la sabiduría y razona con su inteligencia.

Si 25, 7: Hay nueve situaciones que considero dichosas y una décima que la diré con palabras: el hombre satisfecho de sus hijos, el que en vida puede ver la caída de sus enemigos.

Dichosos los humildes.

Sal 37, 11: En cambio, los sufridos poseen la tierra y disfrutan de paz abundante.

Gn 13, 15:  [Dios a Abraham] Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tus descendientes para siempre.

Lv 25, 23: La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois emigrantes y huéspedes en mi tierra.

Dichosos los que lloran.

Tb 13, 14: Malditos quienes te agravien, quienes te destruyan y abatan tus muros, arrasen tus torres y quemen tus casas. Pero benditos sean por siempre quienes trabajen por construirte.

Si 48, 24:  Con gran inspiración vio el fin de los tiempos y consoló a los afligidos de Sión.

Sal 126, 5: Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

Dichosos los que tienen hambre.

Is 61, 2-3: Para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos.

Is 40, 1: Consolad, consolad a mi pueblo – dice vuestro Dios –.

Sal 107, 5-6: Pasaban hambre y sed, se les iba agotando la vida; pero gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación.

Is 51, 1: Escuchadme, los que vais tras la justicia, los que buscáis al Señor: Mirad la roca de donde os tallaron, la cantera de donde os extrajeron.

Dichosos los misericordiosos.

Am 8, 11-12: Vienen días – oráculo del Señor Dios – en que enviaré hambre al país; no hambre de pan, ni sed de agua, sino de escuchar las palabras del Señor. Andarán errantes de mar a mar y de septentrión a oriente deambularán buscando la palabra del Señor, pero no la encontrarán.

Lc 1, 53: A los hambrientes los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Sal 37, 19: No se agostarán en tiempo de sequía, entiempo de hambre se saciarán.

Pr 9, 5: Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado.

Si 24, 21: Los que me comen todavía tendrán hambre, y los que me beben todavía tendrán sed.

Jn 6, 35: Jesús contestó: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

Dichos los limpios de corazón.

Gn 20, 5: [Abimelec después de tomar a Sara, creyendo que era hermana de Abrahán] ¿No me dijo él: “Es mi hermana”, y ella misma dijo: “Es mi hermano”? Lo he hecho de buena fe y con manos limpias.

Sal 24, 3-4: ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura con engaño.

Sal 11, 7: Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro.

Pr 22, 11: Al rey le gusta un corazón sincero, se complace en quien habla con ingenio.

Ex 33, 20: [Dios a Moisés]Y añadió: “Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida”.

Dichosos los que trabajan por la paz.

Hb 12, 14: Buscad la paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor.

Sal 34, 14: Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad.

Pr 12, 20: Quien trama el mal provoca amargura, quien fomenta la paz produce alegría.

Dichosos los perseguidos.

Za 8, 15: De la misma forma, ahora, cambio de actitud y planeo hacer el bien a Jerusalén y a la casa de Judá. No temáis.

Os 11, 1: Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo.

Dichosos seréis cuando os injurien.

1 P 3, 14: Pero si en vuestro corazón tenéis envidia amarga y rivalidad, no presumáis, mintiendo contra la verdad.

Is 51, 7: Escuchadme, los que conocéis lo que es recto, el pueblo que conserva mi ley en su corazón: no temáis la afrenta de los hombres, no desmayéis por sus ultrajes.

Hch 5, 41: Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre.

Flp 1, 29: Porque a vosotros se os ha concedido, gracias a Cristo, no solo el don de creer en él, sino también de sufrir por él.

Alegraos y regocijaos.

Col 1, 24: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.

Hb 10, 34: Compartisteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que teníais bienes mejores y permanentes.

St 1, 2: Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas.

Gn 15, 1: Después de estos sucesos, el Señor dirigió a Abráh, en una visión, la siguiente palabra: “No temas, Abrán, yo soy tu escudo y tu paga abundante”.

Si 2, 8: Los que teméis al Señor, confiad en él, y no se retrasará vuestra recompensa.

Mt 23, 34: Mirad, yo os envío profetas y sabios y escribas. A unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad.

 

Notas exegéticas Biblia de Jerusalén.

5 1 Una de las colinas próximas a Cafarnaún.

5 3 (a) El AT empleaba a veces fórmulas de felicitación como estas, a propósito de piedad, de sabiduría, de prosperidad. Felicitaciones de carácter sapiencial se han descubierto en Qumrán. Jesús recuerda en el espíritu de los profetas, que también los pobres participan de estas “bendiciones”: las tres primeras bienaventuranzas declaran que hombres considerados de ordinario como desgraciados y malditos son felices, ya que son aptos para recibir la bendición del Reino. Las felicitaciones siguientes apuntan más directamente a la actitud moral del hombre. Otras bienaventuranzas de Jesús: Mt 11, 6; 13, 16; 16, 17; 24, 46; Lc 11, 27-28.

5 3 (a) También podría traducirse “los que tienen disposición de pobres”. Cristo recoge la palabra “pobre” con el matiz moral perceptible ya en Sofonías, hecho aquí explícito por la expresión “de espíritu”, ausente en Lc 6, 20. Indefensos y oprimidos, los “pobres” o los “humildes” están a punto para el Reino de los Cielos; tal es el tema de las Felicitaciones. La “pobreza” viene a parecerse a la “infancia espiritual” necesaria para entrar en el Reino (el misterio revelado a los “pequeños”, nepioi). A los “pobres”, ptójoi, corresponden también los “humildes”, tapeinoi, los “últimos” opuestos a los primeros, los “pequeños” opuestos a los “grandes”. Si bien la fórmula de Mt 5, 3 subraya el espíritu de pobreza, tanto en el rico como en el pobre, a lo que Cristo se refiere generalmente es a una pobreza efectiva, en especial para sus discípulos. El mismo da ejemplo de pobreza y de humildad. Se identifica con los pequeños y desdichados. O: “los mansos”. Tomado del Sal 37, 11 según el griego. – El v. 4 podría no ser más que una glosa del v. 3, su omisión dejaría en siete el número de las felicitaciones.

5 5 Lit. “los que están en duelo”. No se trata de los melancólicos, sino probablemente de quienes todavía esperan el Consuelo definitivo (Lc 2, 25), única situación que liberará a la gente de su aflicción.

5 6 Seguramente no se trata de la justicia divina (e.d. de la salvación escatológica), pues Jesús siempre aconseja la espera vigilante. Tampoco de la justicia social en la tierra, sino de la justicia de las obras de una vida cristiana cada vez más perfecta, que es la fuente de la justicia entre las personas.

5 12 Los discípulos son los sucesores de los profetas.

 

Notas exegéticas Nuevo Testamento, versión crítica.

5, 1-2 AQUEL GENTÍO: lit. las (artículo con valor de pronombre demostrativo) multitudes (plural que puede reflejar un uso del griego tardío). // Sentarse e instruir (sentarse para enseñar): expresión gráfica en los escritos rabínicos para resumir la actividad de un rabino. // TOMANDO LA PALABRA: lit., con fórmula del AT: habiendo abierto la boca de él. Después de la proclamación, viene la enseñanza catequética para los seguidores de Jesús. Este discurso inaugural es programático: habla de reforma interior, de las actitudes internas necesarias para ese nuevo tipo de existencia, o nuevo estilo de vida, llamado “salvación”, “reino de Dios”, “vida nueva”, “civilización del amor” (término de san Pablo VI). “Las bienaventuranzas no tienen como objeto, propiamente, unas normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no coinciden con los mandamientos. Pero no hay separación o discrepancia entre bienaventuradas y mandamientos, pues ambos se refieren al bien, a la vida eterna. “[Las bienaventuranzas] son, ante todo, promesas de las que también se derivan, de forma indirecta, indicaciones normativas para la vida moral. En su profundidad original son una especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por eso, son invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida con él” (san Juan Pablo II).

3 LOS QUE TIENEN ESPÍRITU DE POBRES: lit. los pobres (en cuanto) al espíritu. ESOS POBRES son los anawîm del AT: conscientes de su radical necesidad de Dios, ponen solo en Él su confianza; son los humildes, más bien que los que carecen de bienes materiales (san León Magono). Esos pobres pueden ser ricos, como el rey David, que “llámase pobre, aunque está claro que era rico, porque no tenía en las riquezas su voluntad [...]; si fuera realmente pobre, y de la voluntad no lo fuera, no era verdaderamente pobre” (san Juan de la Cruz). Cf. en Eclo 31, 8-11 la bienaventuranza del rico que usa bien sus riquezas. En cambio, puede existir un triunfalismo de la pobreza, no evangélico: en Qumrán (p.ej. en 1 QM col. 14,7) “pobres de espíritu” parece ser el título honorífico que se atribuía a sí misma la comunidad. // SUYO ES EL REINO DE LOS CIELOS: “Si uno se pregunta en qué sentido el reino de los cielos es suyo, se puede responder: porque suyo es Cristo, ya que Él es el reino mismo” (Orígenes).

4 SERÁN CONSOLADOS por Dios: ejemplo de la llamada voz pasiva “teológica” (como en los vs. 6,7 y 9): “Dios los consolará”, “Dios los saciará” (v. 6), “Dios los llamará hijos suyos”.

5 LOS que son MANSOS, no precisamente porque les haya tocado en suerte un temperamento tranquilo (cf. Gal 5, 23 sobre la mansedumbre), HERERARÁN LA TIERRA prometida por Dios (cf. 1 Pe 1, 3-5).

6 LA única verdadera JUSTICIA: puede ser el veredicto divino liberador que, en retorno, hace posible nuestra justicia, e.d., nuestra fidelidad a la voluntad de Dios. Aquí se trata probablemente, de esta última.

7 “El que tuviere los malos ajenos por suyos, a semejanza de madre que está enferma y llorosa con la enfermedad de su unigénito hijo que él mismo hijo que padece el mal, este es el buen misericordioso” (san Juan de Ávila). // OBTENDRÁN MISERICORDIA: lit. serán objeto de misericordia, se tendrá misericordia con ellos: Dios se apiadará de ellos (voz pasiva “teológica”.

8 LOS DE CORAZÓN LIMPIO. lit. los limpios (en cuanto) al corazón; los leales con Dios, “los que han puesto de acuerdo su inteligencia y su voluntad con la exigencia de la santidad de Dios, principalmente en tres campos: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor a la verdad y la ortodoxia de la fe. Existe una ilación entre la pureza del corazón, del cuerpo y de la fe” (Catecismo 2518). La actitud profunda de tales personas es la “no doblez” (cf. el capítulo 6 sobre la pureza de intención). VERÁN A DIOS: experimentarán su favor, y se transformarán en imagen de Dios. Según san Juan de la Cruz “los limpios de corazón son llamados por nuestro Salvador bienaventurados; lo cual es tanto como decir enamorados, pues que bienaventuranza no se da por menos que amor”. Y, llamando “limpios” a quienes no viven según los sentidos, afirma en otro pasaje que no solo VERÁN A DIOS en la otra vida, sino que lo encuentran aquí y en todo: “Este tal, ya limpio de corazón, en todas las cosas halla noticia gozosa, casta, pura, espiritual, alegre y amorosa”.

9 “Ser llamado” (semitismo): ser. En escritos rabínicos se aplica a los israelitas esta expresión, o la equivalente “ser (llamados) hijos del Lugar (santo)”.

10 LOS PERSEGUIDOS: expresando mejor el matiz del tiempo verbal griego (perfecto), tenemos: “Los que, perseguidos en el pasado, llevan ahora las huellas de aquella persecución”. // POR CAUSA DE [LA] JUSTICIA: por ser fieles a Dios (a Jesucristo: cf. “por mi causa” en el v. 11). PORQUE SUYO ES EL REINO DE LOS CIELOS: la frase forma inclusión con el v. 3, y cierra así la unidad literaria de esta serie de bendiciones, que son todas explicitación de la primera; los pobres son: los que sufren, los mansos, los pacificadores, los perseguidos, etc.

11 CALUMNIAS La tradición manuscrita occidental dice lit.: y digan toda clase de maldad contra vosotros mintiendo (e.d. calumniando).

12 PARA ESTREMECEOS DE GOZO, cf. Lc 1, 47. Jesús considera a sus discípulos como sucesores de los PROFETAS del AT (cf. 10, 14 y 23, 34). // EN LOS CIELOS: giro semítico reverencial: ante Dios; “Dios os recompensará”.

 

Notas exegéticas de la Biblia Didajé.

5, 1 En la montaña: la enseñanza de la montaña comienza con las bienaventuranzas (“los estados de mayor bendición o felicidad”), situadas en el centro de la buena noticia. Se pronuncian en la montaña que recuerda el monte Sinaí, donde Dios entregó la Ley a Moisés. La montaña es un lugar sobresaliente de revelación y encuentro de Dios con el hombre. En el Sermón de la montaña, Cristo proclamó la nueva Ley, que lleva a cumplimiento la antigua. Las bienaventuranzas cumplen las promesas de Dios a Abrahán y a su pueblo elegido, les dirigen a la tierra prometida” del reino de los cielos. Las bienaventuranzas son en el fondo un retrato del rostro de Jesucristo. Así mismo expresan la vocación de cada persona en actos y disposiciones características de quien vive una vida cristiana. Cat. 581, 764, 1716-1729, 2763-2764.

5, 3 Gregorio de Nisa (año 394) equiparó la pobreza de espíritu con la humildad. Más en general, se refiere en el Antiguo Testamento a los anawim, los pobres de Yahvé, aquellos israelitas que, viviendo rectamente buscaban a Dios en medio de sus dificultades y tribulaciones (cf. Is 11, 4). Los pobres no son aquí tanto una clase social cuanto una clase o un modo de vida de fe. Esta bienaventuranza está en tiempo presente (de ellos es el reino), para indicar que la felicidad propuesta se encuentra ya aquí, en medio del sufrimiento de la tierra, porque se está en el camino hacia la felicidad eterna. Cat. 544, 1716, 2546.

5, 4 Los mansos son aquellos que tratan de imitar a Cristo, manso y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29; 21, 5), mostrando paciencia, reprimiendo la ira. Cat. 716, 1716.

5, 5 Los que lloran incluyen a aquellos que sufren por amor a otros afligidos, por la realidad del pecado y por el consiguiente distanciamiento de Dios que produce. Cat 1716.

5, 6 Los que tienen hambre y sed de la justicia son aquellos que imitando a Jesús, cuyo alimiento es hacer la voluntad del Padre, tienen un sentido de urgencia tanto para vivir el Evangelio como para comunicarlo a otros. Cat. 1716.

5, 7 Los misericordiosos son los compasivos en relación al sufrimiento y necesidades de los demás. En imitación de Cristo compasivo (cf. Mc 6, 34), ayudar a los que sufren y necesitan el bien del Evangelio. Cat. 1716, 2447.

5, 8 Los limpios de corazón albergan pureza en la intención de conformar sus voluntades y sus mentes con la de Dios. Dan especial importancia a la caridad y a la castidad como virtud liberadora que conduce a la oración contemplativa. Ellos verán a Dios: se trata de una referencia al cielo, donde los salvados contemplan a Dios cara a cara en la visión beatífica. Cat. 1720, 1722, 1967, 2516, 2639.

5, 9 Los que trabajan por la paz no buscan su propia reconciliación con Dios y con el prójimo, sino también tratan de ayudar a los demás a reconciliarse y a sembrar la paz en todas las relaciones. Cat. 2305 y 2330.

5, 10 Los perseguidos son verdaderos discípulos que perseveran fielmente en la fe y sufren por su fidelidad a Cristo. Cat. 886, 1716 y 1967.

5, 12 La invitación a seguir a Cristo implica la aceptación alegre de la miseria y la persecución por su causa. Cat. 520.

 

Catecismo de la Iglesia Católica.

581 La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: “Habéis oído también que se dijo a los antepasados [...] pero yo os digo (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas “tradiciones humanas”  (cf. Mc 7, 8) de los fariseos que “anulan la Palabra de Dios”.

764 “Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo” (C. Vaticano II, Lumen gentium, 5). Acoger la palabra de Dios es acoger “el Reino” (Ib.).

1716 Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no solo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.

1717 Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

1718 Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único de lo puede satisfacer. “Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada” (S. Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4). “¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive en mi alma y mi alma vive de ti” (S. Angustín, Confessiones, 10, 20, 29). “Solo Dios sacia” (Sto. Tomás de Aquino. In Symbolum Apostolorum scilicet Credo in Deum expositio, c. 15: Opera omnia, v. 27).

1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.

1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4) y de la vida eterna (cf. Jn 17, 3). Con ella el hombre entra en la gloria de Cristo (cf. Rm 8, 18) y en el gozo de la vida trinitaria.

1722 “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y seguirá viviendo”, porque el Padre es inaccesible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios [...] “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4,20, 5).

1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino solo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.

2546 “Bienaventurados los pobres en el espíritu” (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino (cf. Lc 6, 20).

2518 La sexta bienaventuranza proclama: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Los “corazones limpios” designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en los tres dominios: la caridad (cf. 1 Ts 4, 3-9), la castidad o rectitud sexual (1 Ts 4, 7) y la ortodoxia de la fe (Tt 1, 15). Existe un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe.

2519 A los “limpios de corazón” se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él. La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

2305 La paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo, el “Príncipe de la paz” mesiánica (Is 9, 5). Por la sangre de su cruz “dio muerte al odio en su carne”, reconcilió con Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios (C. Vaticano II, Lumen gentium, 1). “Él es nuestra paz” (Ef 2, 14). Declara “bienaventurados a los que construyen la paz “ (Mt 5, 9).

1967 La Ley evangélica “da cumplimiento”, purifica, supera y lleva a su perfección a la Ley antigua. En las “Bienaventuranzas” da cumplimiento a las promesas divinas elevándolas y ordenándolas al “Reino de los cielos”. Se dirige a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva: los pobres, los humildes, los afligidos, los limpios de corazón, los perseguidos a causa de Cristo, trazando así los caminos sorprendentes del Reino.

 

Concilio Vaticano II

Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de sus ángeles (cf. Mt 25, 31) y, destruida la muerte, le son  sometidos todas las cosas (cf. 1 Co 15, 26-27), de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es; mas todos, en forma y grado diverso, vivimos unidos en una misma caridad para con Dios y para con el prójimo y cantamos idéntico himno de gloria a nuestro Dios. Pues todos los que son de Cristo por poseer su Espíritu constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen a Él (cf. Ef 4, 16). La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación.

Lumen gentium, 49

 

San Agustín

No rehúse el combate si se ama el premio. Enardézcase el ánimo a ejecutar alegremente la tarea ante la recomendación de la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que pedimos vendrá después. Lo que se nos ordena hacer con vistas a lo que vendrá después, hemos de realizarlo ahora.

Considera de quién eres tú ahora. Sé pobre de espíritu. Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es el pobre de espíritu. El reino de los cielos está arriba, pero quien se humilla será ensalzado (Lc 14, 11)

Considera lo que viene a continuación: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Este es el fin de nuestro amor: fin con que llegamos a la perfección  no fin con el que no acabamos. Se acaba el alimento, se acaba el vestido; el alimento se acaba porque se consume al ser comido; el vestido porque se concluye su tejedura. Una y otra cosa se acaban, pero un fin es lo que obramos bien, nuestros esfuerzos, nuestras laudables ansias e inmaculados deseos, se acabarán cuando lleguemos a la visión de Dios. Entonces no buscaremos más. ¿Qué puede buscar quien tiene a Dios. Entonces no buscaremos más. ¿Qué puede buscar quien tiene a Dios? O ¿qué le puede bastar a quien no le basta Dios? Queremos ver a Dios, buscamos verlo y ardemos por conseguirlo. ¿Quién no? Pero mira lo que se dijo: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Prepara tu corazón para llegar a ver.

Sermón 53. II, pg. 759ss.

 

Los Santos Padres.

Ha colocado la posesión del reino de los cielos en aquellos que tienen humildad de espíritu, es decir, en los que se acuerdan de ser hombres...: conscientes de que nada les pertenece, de que no poseen nada, sino que todos poseen el mismo don del único Padre que les hace llegar a la vid ay les ofrece los mismos medios para ser felices.

Hilario de Poitiers, Sobre el Ev. de Mateo, 4, 2. 1a, 133.

No se refiere aquí al llanto de los muertos según la ley común de la naturaleza, sino a los muertos por sus pecados y vicios. Así lloró Samuel a Saúl, porque Dios se había arrepentido de haberlo ungido rey de Israel; así el apóstol Pablo dice que llora y se aflige por los que después de sus fornicaciones e inmundicias no han hecho penitencia.

Jerónimo, Comentario al Ev. de Mateo, 1, 5, 5. 1a, 134.

Rían, pues, los carnales e iracundos y peleen por los bienes terrenos y temporales, más “bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”, de la que no podrán ser desposeídos.

Agustín, Sermón del Señor en la Montaña, 1, 2, 4. 1a, 135.

Seguidamente determina también aquí unj premio sensible, diciendo: “Porque ellos serán saciados”. Realmente, todo el mundo piensa que es la avaricia la que nos hace ricos; pero el Señor afirma que es verdad lo contrario: la que nos hace ricos es la justicia. Si obras, pues, justamente, no has de temer la pobreza ni temblar por el hambre. Porque quienes lo pierden todo son los que viven de rapiñas. El que ama la justicia tiene seguro cuanto posee. Ahora bien, si quienes no codician lo ajeno gozan de esa prosperidad, mucho más los que dan hasta de lo propio.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 4. 1a, 137.

Los hombres practican la misericordia como hombres, pero alcanzan misericordia del Dios del universo. No es lo mismo la misericordia humana que la divina. Entre ellos existe la misma distancia que entre la maldad y la bondad.

Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev. de Mateo, 15, 4. 1a, 138.

No se te permitirá ver con el corazón impuro lo que no se ve sino con el corazón puro.

Agustín, Sermones, 53. 1a, pg. 139.

Pacífico es el que muestra a los otros que la aparente contradicción de las Escrituras es la armonía de las antiguas con las nuevas, de la ley con los profetas, de los Evangelios entre ellos. Por esto imitando al Hijo de Dios “se llamarán hijo”, recibiendo por su pobra “el Espíritu de filiación adoptiva”.

Cirilo de Alejandría, Fragmentos sobre el Ev. de Mateo, 38. 1a, pg. 141.

 

San Francisco de Asís

Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3). Hay muchos que permanecen constantes en la oración y en los divinos oficios y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero por una sola palabra que parece ser injuriosa para sus cuerpos o por cualquier cosa que se les quite, se escandalizan y en seguida se alteran. Estos tales no son pobres de espíritu: porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a los que le golpeen en la mejilla (cf. Mt 5, 39).

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8). Son verdaderamente de corazón limpio los que desprecian lo terreno, buscan lo celestial y nunca dejan de adorar y contemplar al Señor Dios vivo y verdadero con corazón y ánimo limpio.

Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9). El Siervo de Dios no puede saber cuánta paciencia y humildad posee mientras todo le vaya a su gusto. Mas cuanta paciencia y humildad muestra el día en que le contrarían quienes debieran complacerle, tanta tiene y no más.

Dichos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de todas las cosas que padecen en este siglo, conservan, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, la paz de alma y cuerpo.

Admoniciones 13-16.

 

San Juan de Ávila

Y con mucha razón, pues en lo que en otras partes ha dicho, ha sido hablar él por boca de sus siervos; y lo que habló en la huanidad que tomó, hablólo por su propia persona; abriendo su propia boca para hablar (cf. Mt 5, 2), el primero había abierto y después abrió la boca de otros que en el Viejo Testamento y Nuevo hablaron. Y mirad no seáis desagradecida a tan grande merced como Dios nos hizo, de querer él ser nuestro maestro, dándonos la leche de su palabra para mantenernos, el mismo que nos dio el ser para que fuésemos algo.

Audi filia (II). I, pg. 633.

Aprended, pues, sierva de Cristo, de vuestro maestro y señor aquesta santa bajeza, para que seáis ensalzada, porque palabra suya es: Quien se humillare, será ensalzado (Lc 14, 11). E tened en vuestra ánima aquesta pobreza, porque de ella se entiende: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3). E tened por cierto que, pues Jesucristo nuestro Señor fue por camino de humildad ensalzado, el que no la tuviera fuera va de camino; e débese desengañar con lo que dice San Agustín: “Si me preguntardes cuál es el camino del cielo, responderos he que la humildad; o si otra vez me lo preguntardes responderos he que la humildad; e si la tercera vez me lo preguntardes, responderos he lo mismo; e si mi veces me lo preguntardes, mil veces os responderé que no hay otro camino sino la humildad”. 

Audi, filia (I). I, pg. 452.

Aprended, pues, sierva de Cristo, de vuestro maestro y Señor, aquesta santa bajeza, para que seáis ensalzada, según su palabra: Quién se humillare será ensalzado (Lc 14, 11). Y tened en vuestra ánima esta santa pobreza, porque de ella se entiende: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3). Y tened por cierto que, pues Jesucristo nuestro Señor fue ensalzado por camino de humildad, el que no la tuviere fuera va de camino.

Audi, filia (II). I, pg. 671.

No es flojo ni descuidado en servir hoy, por haber servido muchos años pasados; ni se tiene por desobligado de hacer un servicio, porque ha hecho otro, como dice el santo Evangelio; mas tiene de continuo un hambre y sed de justicia (cf. Mt 5, 6), que todo lo hecho tiene por poco, mirando lo mucho que ha recibido, y lo mucho que merece el Señor a quien sirve.

Audi, filia (II), I, pg. 739.

Pues, doncella, en cualquier cosa que en vuestro prójimo viéredes, mirad qué es lo que vos sentís, o querríades que otros sintiesen de vos, si aquello os acaeciese y con aquellos ojos que pasan por vos, compadeceos de él, y remedialdo en cuanto pudiéredes; y seréis medida de Dios con esta piadosa medida que vos midiéredes, según su palabra: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Y así habréis sacado conocimiento del prójimo de vuestro propio conocimiento y seréis piadosa para con todos.

Audi filia (II). I, pg. 742.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El que fuere tan humilde que tuviere claro conocimiento como de sí mesmo es nada y amare mucho su desprecio, dando de corazón la honra a Dios y no queriendo nada para sí de estima ni de riqueza temporal, este será pobre de espíritu.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. El que se hallare libre no solo del deseo de venganza, mas aun de la turbación de la ira, dándose suave y afable a los rencillosos, sus injuriadores, como si no hubiera sido injuriado, este es manso de corazón.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. El que huyere de los deleites presentes y tomare el gemido por música, abrazando los trabajos con mayor afición que los mundanos sus falsos placeres, ese es lloroso bienaventurado.

Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. El que con fervor de espíritu hiciere el deber en todas las cosas y tuviere mayor deseo del manjar espiritual que los muy golosos tienen del manjar corporal, este tiene hambre y sed de justicia.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Cualquiera que tuviere los males ajenos por suyos propios, a semejanza de madre, que está más enferma y llorosa con la enfermedad de su hijo que el mesmo que padece el mal, ese será misericordioso.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. El que tuviere perfecta limpieza de alma y mortificare en todo sus pasiones, virtud en que consiste la verdadera santidad que agrada a Dios, ese, sin duda, es limpio de corazón.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. El que tuviere tan sosegados los movimientos que estén sujetos a la razón, y fuere tan conforme en su voluntad con la de Dios que, procurando esta paz su alma, la deseare y solicitare en los prójimos aunque sea a costa de muchos trabajos, ese verdaderamente es pacífico.

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. El que padeciere por defensa de la virtud y justicia hasta sufrir martirio, si fuere necesario, por Dios, procurando siempre su mayor gloria, aunque todo el mundo se levante contra él, de este tal con verdad se dice que padece persecución por la justicia.

En estos ocho grados, por donde se camina y sube a la alteza de la perfección evangélica, consiste la bienaventuranza de esta vida y la firme esperanza de la eterna felicidad que esperamos.

Breve exposición de las Bienaventuranzas. II, pg. 809-810.

Dice más Jesús: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados (Mt 5, 5). ¡Oh palabra tan nueva a las orejas del mundo y dificultosa de creer! Si Cristo no lo dijera, ¿quién nunca vido por llorar ser bienaventurados, pues que el mismo llorar se tiene por miseria? Pues, en fin, conviene creer lo que la Verdad dice, que los que lloran son bienaventurados. Empero, no pensemos que habla aquí de las lágrimas que derraman por muertes de bienqueridos, o pérdidas de haciendas, o desastres de honras, o semejantes acaecimeintos temporales; antes las tales lágrimas son claramente señal que demasiadamente eran aquellas cosas amadas y vanamente se gozaban con ellas, pues tanta pena reciben por habellas perdido.

Exposición de las Bienaventuranzas. II, pg. 799.

Por deseos de ver la cara de Dios es aquí dicho lloro bienaventurado. [...] ¡Cuántos sospiros echan al cielo, donde está lo que desean, y su sola consolación es conformarse con la voluntad de Dios, que quiere que vivan acá y ver algún provecho que su vida a los prójimos hace! Estos cumplen lo que dijo San Pablo: Los que son de Cristo crucificaron sus carnes con sus vicios y deseos (Ga 5, 24). Y a este mundo tienen en lo que es razón, porque, a semejanza de Cristo, el cual tomó estado de pobreza y extranjero, pasan con él como caminantes que van muy de prisa y miran las cosas de él no como ciudadanos, mas como extranjeros y desterrados, que usan de él como si no usasen y pasan lo más desembarazados que pueden. Estos son bienaventurados llorosos, a los cuales promete Jesucristo, nuestro Redentor, que serán consolados (Ga 5, 24).

Exposición de las bienaventuranzas. II, pg. 804.

Quien tiene luz, tiene compañía de Dios; así agora: quien hace justicia, tiene compañía con Dios. Entended: justicia, virtud general. Ansí dijo nuestro Señor: Bienaventurado el que tiene hambre y sed de justicia; quiere decir, quien tiene grandísimo deseo de ser bueno. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia (Mt 5, 6-10). No quiere decir aquí que, porque el alcalde me ahorque, por eso seré bienaventurado. No; sino que: bienaventurado el que padece persecución por hacer lo que debe.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 262.

San Ambrosio dice que la palabra de la piedad hace tanto en quien la guarda, que, aunque tenga flaquezas de la carne, vapulabit plagis, mas no lo dejará Dios perder. Beati misericordes, quoniam ipsi misericordiam consequentur (Mt 5, 8). He aquí por qué no le dejará Dios caer; y si cayese, le ayudará a levantar. Justa cosa es hacer misericordia con aquellos que la hacen con sus prójimos. No que el que hiciere misericordia, si por otra parte tiene un vicio, no se dejará de condenar por la misericordia, si no dejó el vicio, sino que se ha de tener esperanza que Dios le trairá a buen estado y conocimiento, porque no se pierda. Sácase luego de aquí que tener entrañas de misericordia, tener compasión y deseo de remediar males de prójimos, es grande señal de hijos de Dios.

Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 446.

La octava, viva con cuidado de no hacer cosa que no deba contra su prójimo, y mire si le puede ayudar en alguna cosa, como limosna, consuelo, o favor, o cualquiera otra cosa; hágalo, porque Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7); y: Juicio sin misericordia será hecho a quien no quiere misericordia (St 2, 13).

Reglas de espíritu. II, pg. 845.

Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt (Mt 5, 8). Porque toda su esperanza de estos es de ver a Dios. Su madrugar es por esto: cómo agradaré a Dios. Su velar, sus ayunos, sus trabajos y desconsuelos: todo por saber cómo terná contenta la majestad de Dios. Plega al Señor lo sepamos hacer; Dios nos dé su gracia. Amén.

Lecciones sobre 1 San Juan (I). II, pg. 273.

Y también: Beati mundi corde, quoniam ipsi Deum videbunt (Mt 5, 8). Pues ved aquí el bien que esperan los hijos de Dios, para el cual se santifican, scilicet, y se alimpian de las cosas de la tierra, quitando de ellas su afición; como Él es santo limpísimo, que ninguna cosa ama, sino por sí. Pues, si hemos de ser semejantes al Santo, conviene que nos santifiquemos, y si el limpio, que nos alimpiemos.

Lecciones sobre 1 San Juan (II). II, pg. 422.

Los limpios de corazón ellos verán a Dios (Mt 5, 8) y gozarán de la divina contemplación. Por lo cual ternéis grandísimo cuidado de no perder tiempo, sino traed el corazón ocupado siempre en buenos deseos y pensamientos; huid de las malas conversaciones y compañías, no se os dé nada faltar al mundo por que cumpláis con Dios.

Dialogus inter confessarum et paenitentem. II, pg. 781.

 

San Oscar Romero.

Por eso les dije al principio, queridos hermanos, que esta página de las Bienaventuranzas no la podemos comprender plenamente, y así se explica que haya sobre todo jóvenes que crean que no es con el amor de las Bienaventuranzas que se va a ser un mundo mejor, sino que optan por la violencia, por la guerrilla, por la revolución. La Iglesia jamás hará suyo ese camino, que quede bien claro una vez más, que la Iglesia no opta por esos caminos de violencia, que todo lo que se diga en este sentido es calumnia. Que la opción de la Iglesia es esta página de Cristo: LAS BIENAVENTURANZAS. No me extraña, digo, que no se comprenda, porque sobre todo el joven es impaciente y quiere ya un mundo mejor, pero Cristo, que hace veinte siglos predicó esta página, sabía que sembraba una revolución moral de largo alcance, de largo plazo, en la medida en que los hombres nos vayamos convirtiendo de los pensamientos mundanos.

Homilía, 29 de enero de 1978.

 

Papa León XIV. Ángelus.  26 de enero de 2026.

Hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!

Después de recibir el bautismo, Jesús comienza su predicación y llama a los primeros discípulos: Simón, llamado Pedro, Andrés, Santiago y Juan (cf. Mt 4,12-22). Al observar de cerca esta escena del Evangelio de hoy, podemos hacernos dos preguntas: una sobre el momento en que Jesús inicia su misión y otra sobre el lugar que elige para predicar y llamar a los apóstoles. Preguntémonos: ¿Cuándo comienza?, ¿dónde comienza?

En primer lugar, el evangelista nos dice que Jesús comenzó su predicación «cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado» (v. 12). Por lo tanto, ocurre en un momento que no parece el más adecuado: el Bautista acaba de ser arrestado y, por lo tanto, los líderes del pueblo están poco dispuestos a acoger la novedad del Mesías. Se trata de un momento que sugeriría prudencia, pero precisamente en esta situación oscura Jesús comienza a llevar la luz de la buena nueva: «el Reino de los Cielos está cerca» (v. 17).

También en nuestra vida personal y eclesial, a veces debido a resistencias internas o a circunstancias que no consideramos favorables, pensamos que no es el momento adecuado para anunciar el Evangelio, para tomar una decisión, para hacer una elección, para cambiar una situación. Sin embargo, el riesgo es quedarnos bloqueados en la indecisión o prisioneros de una prudencia excesiva, mientras que el Evangelio nos pide que asumamos el riesgo de confiar; Dios obra en todo momento y todo momento es bueno para el Señor, aunque no nos sintamos preparados o la situación no parezca la mejor.

El relato evangélico nos muestra también el lugar desde donde Jesús comienza su misión pública: «Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm» (v. 13). Permanece, de todas formas, en Galilea, un territorio habitado principalmente por paganos, que debido al comercio es también una tierra de paso y de encuentros; podríamos decir que es un territorio multicultural atravesado por personas de diferentes orígenes y pertenencias religiosas. De este modo, el Evangelio nos dice que el Mesías viene de Israel, pero traspasa las fronteras de su tierra para anunciar al Dios que se hace cercano a todos, que no excluye a nadie, que no ha venido sólo para los puros, sino que, por el contrario, se mezcla en las situaciones y en las relaciones humanas. Por lo tanto, también nosotros, los cristianos, debemos vencer la tentación de cerrarnos. El Evangelio, de hecho, debe ser anunciado y vivido en todas las circunstancias y en todos los ambientes, para que sea levadura de fraternidad y paz entre las personas, entre las culturas, las religiones y los pueblos.

Hermanos y hermanas, como los primeros discípulos, estamos llamados a acoger la llamada del Señor, con la alegría de saber que cada momento y cada lugar de nuestra vida son visitados por Él y atravesados por su amor. Roguemos a la Virgen María para que nos conceda esta confianza interior y nos acompañe en el camino.

 

León XIV. Audiencia general. 21 de enero de 2026.  Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II. I. Constitución dogmática Dei Verbum 2. Jesucristo, revelador del Padre. 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, sobre la divina Revelación. Hemos visto que Dios se revela en un diálogo de alianza, en el que se dirige a nosotros como a amigos. Se trata, entonces, de un conocimiento relacional, que no solo comunica ideas, sino que comparte una historia y llama a la comunión en la reciprocidad. El cumplimiento de esta revelación se realiza en un encuentro histórico y personal en el cual Dios mismo se entrega a nosotros, haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra verdad más profunda.  Es lo que sucedió en Jesucristo. Dice el Documento: «La verdad íntima acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación» (DV, 2).

Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su propia relación con Él. En el Hijo enviado por Dios Padre, «los hombres […] tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina» (ibid.). Llegamos, pues, al pleno conocimiento de Dios entrando en la relación del Hijo con su Padre, en virtud de la acción del Espíritu. Así lo atestigua, por ejemplo, el evangelista Lucas cuando nos cuenta la oración de júbilo del Señor: «En aquel momento, Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo e de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,21-22).

Gracias a Jesús conocemos a Dios del mismo modo en que somos conocidos por Él (cf. Gal 4,9; 1Cor 13,13). En efecto, en Cristo, Dios se nos ha comunicado y, al mismo tiempo, nos ha manifestado nuestra verdadera identidad de hijos, creados a imagen del Verbo. Este «Verbo eterno ilumina a todos los hombres» (DV, 4) revelando su verdad en la mirada del Padre: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.8), dice Jesús; y añade que «el Padre conoce bien nuestras necesidades (cf. Mt 6,32). Jesucristo es el lugar en el cual reconocemos la verdad de Dios Padre, mientras nos descubrimos conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena. San Pablo escribe: «Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, [...] para hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: “¡Abba!, es decir, ¡Padre!”» (Gal 4,4-6).

Por último, Jesucristo es revelador del Padre con su propia humanidad.

Precisamente porque es el Verbo encarnado que habita entre los seres humanos, Jesús nos revela a Dios con su verdadera e íntegra humanidad. Dice el Concilio: «Jesucristo -ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9)-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación» (DV, 4). Para conocer a Dios en Cristo debemos acoger su humanidad integral: la verdad de Dios no se revela plenamente cuando se le quita algo a lo humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino. Es la humanidad integral de Jesús la que nos revela la verdad del Padre (cf. Jn 1,18).

Lo que nos salva y nos convoca no son solo la muerte y la resurrección de Jesús, sino su persona misma: el Señor que se encarna, nace, sana, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros. Por eso, para honrar la grandeza de la Encarnación, no basta con considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales. Si Jesús tiene un cuerpo real, la comunicación de la verdad de Dios se realiza en ese cuerpo, con su manera propia de percibir y sentir la realidad, con su manera de habitar el mundo y de atravesarlo. El mismo Jesús nos invita a compartir su mirada sobre la realidad: «Miren los pájaros del cielo – dice -: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y, sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?» (Mt 6,26).

Hermanos y hermanas, siguiendo hasta el final el camino de Jesús, llegamos a la certeza de que nada podrá separarnos del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros – escribe san Pablo –, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, […] ¿no nos concederá con Él toda clase de favores?» (Rm 8,31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a Dios Padre y se abandona a Él con confianza.

 

Papa Francisco. Ángelus. 29 de enero de 2023.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la Liturgia de hoy se proclaman las bienaventuranzas según el Evangelio de Mateo (cfr. Mt 5,1-12). La primera es fundamental y dice así: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (v. 3).

¿Quiénes son los “pobres de espíritu”? Son aquellos que saben que no se bastan consigo mismos, que no son autosuficientes, y viven como “mendicantes de Dios”: se sienten necesitados de Dios y reconocen que el bien viene de Él, como don, como gracia. Quien es pobre de espíritu atesora lo que recibe; por eso desea que ningún don se desperdicie. Hoy quisiera detenerme sobre este aspecto típico de los pobres de espíritu: no desperdiciar. Los pobres en espíritu buscan no desperdiciar nada. Jesús nos muestra la importancia de no desperdiciar, por ejemplo, después de la multiplicación de los panes y de los peces, cuando pide que se recoja la comida que ha sobrado para que nada se pierda (cfr. Jn 6,12). No desperdiciar nos permite apreciar el valor de nosotros mismos, de las personas y de las cosas. Pero lamentablemente es un principio a menudo desatendido, sobre todo en las sociedades más ricas, en las que domina la cultura del derroche y la cultura del descarte: ambas son una peste. Quisiera proponeros tres desafíos contra la mentalidad del derroche y del descarte.

Primer desafío: no desperdiciar el don que nosotros somos. Cada uno de nosotros es un bien, independientemente de las cualidades que tiene. Cada mujer, cada hombre es rico no solo de talentos, sino de dignidad, es amado por Dios, vale, es valioso. Jesús nos recuerda que somos bienaventurados no por lo que tenemos, sino por lo que somos.  Y cuando una persona se deja ir y se abandona, se desperdicia a sí misma. Luchemos, con la ayuda de Dios, contra la tentación de considerarnos inadecuados, equivocados, y de compadecernos a nosotros mismos. 

Después, segundo desafío: no desperdiciar los dones que tenemos. Resulta que en el mundo cada año se desperdicia cerca de un tercio de la producción total de alimentos. ¡Y esto mientras muchos mueren de hambre! Los recursos de la creación no se pueden usar así; los bienes deben ser custodiados y compartidos, de forma que a nadie le falte lo necesario. ¡No malgastemos lo que tenemos, difundamos una ecología de la justicia y de la caridad, del compartir!

Finalmente, tercer desafío: no descartar a las personas. La cultura del descarte dice: te uso hasta que me sirves; cuando ya no me intereses o seas un obstáculo para mí, te tiro. Y se tratan así especialmente a los más frágiles: los niños todavía no nacidos, los ancianos, los necesitados y los desfavorecidos. Pero las personas no se pueden tirar, ¡los desfavorecidos no se pueden tirar! Cada uno es un don sagrado, y cada uno es un don único, a cualquier edad y en cualquier condición. ¡Respetemos y promovamos la vida siempre!  ¡No descartemos la vida!

Queridos hermanos y hermanas, planteémonos algunas preguntas. En primer lugar, ¿cómo vivo la pobreza de espíritu? ¿Sé hacer espacio a Dios, creo que Él es mi bien, mi verdadera y gran riqueza? ¿Creo que Él me ama o me dejo ir con tristeza, olvidando que soy un don? Y también: ¿estoy atento a no desperdiciar, soy responsable en el uso de las cosas, de los bienes? ¿Y estoy dispuesto a compartirlos con los otros o soy un egoísta? Finalmente: ¿considero a los más frágiles como dones valiosos que Dios me pide que custodie? ¿Me acuerdo de los pobres, de quién está privado de lo necesario?

Que nos ayude María, Mujer de las bienaventuranzas, a testimoniar la alegría de que la vida es un don y la belleza de hacernos don.

 

Papa Francisco. Ángelus. 2 de febrero de 2020.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor: cuando la Virgen María y San José presentaron a Jesús recién nacido en el templo. En esta fecha también celebramos el Día de la Vida Consagrada, que nos recuerda el gran tesoro dentro de la Iglesia que suponen aquellos que siguen de cerca al Señor al profesar los consejos evangélicos.

El Evangelio (cf. Lucas 2, 22-40) cuenta que, cuarenta días después de su nacimiento, los padres de Jesús llevaron al Niño a Jerusalén para consagrarlo a Dios, como prescribe la ley judía. Y, mientras describe un rito previsto por la tradición, este episodio llama nuestra atención sobre el comportamiento de algunos personajes. Están reflejados en el momento en que experimentan el encuentro con el Señor en el lugar donde se hace presente y cercano al hombre. Estos son María y José, Simeón y Ana, que son modelos de acogida y entrega de sus vidas a Dios. Estos cuatro no eran iguales, eran todos diferentes, pero todos buscaban a Dios y se dejaban guiar por el Señor.

El evangelista Lucas describe a los cuatro en una doble actitud: actitud de movimiento y actitud de admiración.

La primera actitud es el movimiento. María y José se ponen en camino hacia Jerusalén; por su parte, Simeón, movido por el Espíritu, va al templo, mientras que Ana sirve a Dios día y noche sin descanso. De esta manera, los cuatro protagonistas del pasaje evangélico nos muestran que la vida cristiana requiere dinamismo y requiere la voluntad de caminar, dejándose guiar por el Espíritu Santo. El inmovilismo no se corresponde con el testimonio cristiano y la misión de la Iglesia. El mundo necesita cristianos que se dejen conmover, que no se cansen de andar por las calles de la vida, para llevar a todos la palabra consoladora de Jesús. Todo bautizado ha recibido la vocación de proclamar, de anunciar algo, de anunciar a Jesús, la vocación a la misión evangelizadora: ¡anunciar a Jesús! Las parroquias y las diversas comunidades eclesiales están llamadas a fomentar el compromiso de los jóvenes, las familias y los ancianos, para que todos tengan una experiencia cristiana, viviendo la vida y la misión de la Iglesia como protagonistas.

La segunda actitud con la que San Lucas presenta a los cuatro personajes de la historia es la admiración. María y José «estaban admirados de lo que se decía de él [de Jesús]» (v. 33). La admiración es también una reacción explícita del viejo Simeón, que en el Niño Jesús ve con sus ojos la salvación obrada por Dios en nombre de su pueblo: esa salvación que había estado esperando durante años. Y lo mismo ocurre con Ana, que también «alababa a Dios» (v. 38) y hablaba de Jesús a la gente. Es una santa habladora, hablaba bien, hablaba de cosas buenas, no de cosas malas. Decía, anunciaba: una santa que iba de una mujer a otra mostrándoles a Jesús. Estas figuras de creyentes están envueltas en la admiración, porque se dejaron capturar e involucrar por los eventos que estaban sucediendo ante sus ojos. La capacidad de maravillarse ante las cosas que nos rodean favorece la experiencia religiosa y hace fructífero el encuentro con el Señor. Por el contrario, la incapacidad de admirar nos hace indiferentes y amplía la distancia entre el viaje de la fe y la vida cotidiana. ¡Hermanos y hermanas, siempre en movimiento y dejándonos abiertos a la admiración!

Que la Virgen María nos ayude a contemplar cada día en Jesús el Don de Dios para nosotros, y a dejarnos implicar por Él en el movimiento del don, con alegre admiración, para que toda nuestra vida se convierta en una alabanza a Dios al servicio de nuestros hermanos.

 

Papa Francisco. Ángelus. 29 de enero de 2017.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La liturgia de este domingo nos hace meditar sobre las Bienaventuranzas (cf. Mateo 5, 1-12a), que abren el gran discurso llamado “de la montaña”, la “carta magna” del Nuevo Testamento. Jesús manifiesta la voluntad de Dios de conducir a los hombres a la felicidad. Este mensaje estaba ya presente en la predicación de los profetas: Dios está cerca de los pobres y de los oprimidos y les libera de los que les maltratan. Pero en esta predicación, Jesús sigue un camino particular: comienza con el término “bienaventurados”, es decir felices; prosigue con la indicación de la condición para ser tales; y concluye haciendo una promesa. El motivo de las bienaventuranzas, es decir de la felicidad, no está en la condición requerida —“pobres de espíritu”, “afligidos”, “hambrientos de justicia”, “perseguidos”…— sino en la sucesiva promesa, que hay que acoger con fe como don de Dios. Se comienza con las condiciones de dificultad para abrirse al don de Dios y acceder al mundo nuevo, el “Reino” anunciado por Jesús. No es un mecanismo automático, sino un camino de vida para seguir al Señor, para quien la realidad de miseria y aflicción es vista en una perspectiva nueva y vivida según la conversión que se lleva a cabo. No se es bienaventurado si no se convierte, para poder apreciar y vivir los dones de Dios.

Me detengo en la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (v. 4). El pobre de espíritu es el que ha asumido los sentimientos y la actitud de esos pobres que en su condición no se rebelan, pero saben que son humildes, dóciles, dispuestos a la gracia de Dios. La felicidad de los pobres en espíritu tiene una doble dimensión: en lo relacionado con los bienes y en lo relacionado con Dios. Respecto a los bienes materiales esta pobreza de espíritu es sobriedad: no necesariamente renuncia, sino capacidad de gustar lo esencial, de compartir; capacidad de renovar cada día el estupor por la bondad de las cosas, sin sobrecargarse en la monotonía del consumo voraz. Más tengo, más quiero; más tengo, más quiero. Este es el consumo voraz y esto mata el alma. El hombre y la mujer que hace esto, que tiene esta actitud, “más tengo, más quiero”, no es feliz y no llegará a la felicidad. En lo relacionado con Dios es alabanza y reconocimiento que el mundo es bendición y que en su origen está el amor creador del Padre. Pero es también apertura a Él, docilidad a su señoría, es Él el Señor, es Él el grande. No soy yo el grande porque tengo muchas cosas. Es Él el que ha querido que el mundo perteneciera a los hombres, y lo ha querido así para que los hombres fueran felices.

El pobre en espíritu es el cristiano que no se fía de sí mismo, de las riquezas materiales, no se obstina en las propias opiniones, sino que escucha con respeto y se remite con gusto a las decisiones de los otros. Si en nuestras comunidades hubiera más pobres de espíritu, ¡habría menos divisiones, contrastes y polémicas! La humildad, como la caridad, es una virtud esencial para la convivencia en las comunidades cristianas. Los pobres, en este sentido evangélico, aparecen como aquellos que mantienen viva la meta del Reino de los cielos, haciendo ver que esto viene anticipado como semilla en la comunidad fraterna, que privilegia el compartir antes que la posesión. Esto quisiera subrayarlo: privilegiar el compartir antes que la posesión. Siempre tener las manos y el corazón así [el Papa hace un gesto con la mano abierta], no así [hace un gesto con puño cerrado]. Cuando el corazón está así [cerrado] es un corazón pequeño, ni siquiera sabe cómo amar. Cuando el corazón está así [abierto] va sobre el camino del amor.

La Virgen María, modelo y primicia de los pobres en espíritu porque es totalmente dócil a la voluntad del Señor, nos ayude a abandonarnos en Dios, rico en misericordia, para que nos colme de sus dones, especialmente de la abundancia de su perdón.

 

Papa Francisco. Ángelus. 2 de febrero de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. En esta fecha se celebra también la jornada de la vida consagrada, que recuerda la importancia que tienen para la Iglesia quienes acogieron la vocación a seguir a Jesús de cerca por el camino de los consejos evangélicos. El Evangelio de hoy relata que, cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María y José llevaron al Niño al templo para ofrecerlo y consagrarlo a Dios, como lo prescribe la Ley judía. Este episodio evangélico constituye también una imagen de la entrega de la propia vida por parte de aquellos que, por un don de Dios, asumen los rasgos típicos de Jesús virgen, pobre y obediente.

Esta entrega de sí mismos a Dios se refiere a todo cristiano, porque todos estamos consagrados a Él mediante el Bautismo. Todos estamos llamados a ofrecernos al Padre con Jesús y como Jesús, haciendo de nuestra vida un don generoso, en la familia, en el trabajo, en el servicio a la Iglesia, en las obras de misericordia. Sin embargo, tal consagración la viven de modo particular los religiosos, los monjes, los laicos consagrados, que con la profesión de los votos pertenecen a Dios de modo pleno y exclusivo. Esta pertenencia al Señor permite a quienes la viven de forma auténtica dar un testimonio especial del Evangelio del reino de Dios. Totalmente consagrados a Dios, están totalmente entregados a los hermanos, para llevar la luz de Cristo allí donde las tinieblas son más densas y para difundir su esperanza en los corazones desalentados.

Las personas consagradas son signo de Dios en los diversos ambientes de vida, son levadura para el crecimiento de una sociedad más justa y fraterna, son profecía del compartir con los pequeños y los pobres. La vida consagrada, así entendida y vivida, se presenta a nosotros como realmente es: un don de Dios, un don de Dios a la Iglesia, un don de Dios a su pueblo. Cada persona consagrada es un don para el pueblo de Dios en camino. Hay gran necesidad de estas presencias, que refuerzan y renuevan el compromiso de la difusión del Evangelio, de la educación cristiana, de la caridad hacia los más necesitados, de la oración contemplativa; el compromiso de la formación humana, de la formación espiritual de los jóvenes, de las familias; el compromiso por la justicia y la paz en la familia humana. ¿Pero pensamos qué pasaría si no estuviesen las religiosas en los hospitales, las religiosas en las misiones, las religiosas en las escuelas? ¡Pensad en una Iglesia sin las religiosas! No se puede pensar: ellas son este don, esta levadura que lleva adelante el pueblo de Dios. Son grandes estas mujeres que consagran su vida a Dios, que llevan adelante el mensaje de Jesús.

La Iglesia y el mundo necesitan este testimonio del amor y de la misericordia de Dios. Los consagrados, los religiosos, las religiosas son el testimonio de que Dios es bueno y misericordioso. Por ello es necesario valorar con gratitud las experiencias de vida consagrada y profundizar el conocimiento de los diversos carismas y espiritualidad. Es necesario rezar para que muchos jóvenes respondan «sí» al Señor que les llama a consagrarse totalmente a Él para un servicio desinteresado a los hermanos; consagrar la vida para servir a Dios y a los hermanos.

Por todos estos motivos, como ya se anunció, el año próximo estará dedicado de modo especial a la vida consagrada. Confiamos desde ahora esta iniciativa a la intercesión de la Virgen María y de san José, que, como padres de Jesús, fueron los primeros en ser consagrados por Él y en consagrar su vida a Él.

 

Benedicto XVI. Ángelus.  30 de enero de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

En este cuarto domingo del tiempo ordinario, el Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, en lo alto de las suaves colinas que rodean el lago de Galilea. «Al ver Jesús la multitud —escribe san Mateo—, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos; y, tomando la palabra, les enseñaba» (Mt 5, 1-2). Jesús, nuevo Moisés, «se sienta en la “cátedra” del monte» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 92) y proclama «bienaventurados» a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos (cf. Mt 5, 3-10). No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y toca la condición humana, precisamente la que el Señor, al encarnarse, quiso asumir, para salvarla. Por eso, «el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» (Jesús de Nazaret, p. 96). Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros. En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran, significa que, además de recompensar a cada uno de modo sensible, abre el reino de los cielos. «Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo» (ib., p. 101). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.

Un antiguo eremita afirma: «Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios… una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra» (Pedro de Damasco, en Filocalia, vol. 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque —como escribe san Pablo— «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1, 27-28). Por esto la Iglesia no teme la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad a menudo atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría» (De sermone Domini in monte, I, 5, 13: CCL 35, 13).

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, la Bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza para buscar al Señor (cf. So 2, 3) y seguirlo siempre, con alegría, por el camino de las Bienaventuranzas.

 

Benedicto XVI. Ángelus.  3 de febrero de 2008.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera encomendar a vuestra oración algunas intenciones. En primer lugar, recordando que ayer, fiesta litúrgica de la Presentación del Señor, celebramos la Jornada de la vida consagrada, os invito a rezar por aquellos a quienes Cristo llama a seguirlo más de cerca con una consagración especial. A estos hermanos y hermanas nuestros, que se dedican totalmente al servicio de Dios y de la Iglesia con los votos de pobreza, castidad y obediencia, va nuestra gratitud. La Virgen santísima obtenga muchas y santas vocaciones a la vida consagrada, que constituye una riqueza inestimable para la Iglesia y para el mundo.

Otra intención de oración nos la ofrece la Jornada por la vida, que se celebra hoy en Italia, y tiene como tema "Servir a la vida". Saludo y doy las gracias a cuantos se han dado cita aquí, en la plaza de San Pedro, para testimoniar su compromiso en la defensa y promoción de la vida y para reafirmar que "la civilización de un pueblo se mide según su capacidad de servir a la vida" (Mensaje de la Conferencia episcopal italiana para la XXX Jornada nacional por la vida). Cada uno, según sus posibilidades, su profesionalidad y su competencia, debe sentirse siempre impulsado a amar y servir a la vida, desde su inicio hasta su ocaso natural.

En efecto, es compromiso de todos acoger la vida humana como don que se debe respetar, tutelar y promover, mucho más cuando es frágil y necesita atención y cuidados, sea antes del nacimiento, sea en su fase terminal. Me uno a los obispos italianos para alentar a cuantos, con esfuerzo pero con alegría, sin estridencia y con gran entrega, atienden a familiares ancianos o discapacitados, y a quienes dedican regularmente parte de su tiempo para ayudar a personas de todas las edades, cuya vida está probada por numerosas y diversas formas de pobreza.

Oremos también para que la Cuaresma, que comenzará el miércoles próximo con el rito de imposición de la ceniza —que celebraré como todos los años en la basílica de Santa Sabina, en el Aventino—, sea un tiempo de auténtica conversión para todos los cristianos, llamados a un testimonio cada vez más auténtico y valiente de su fe.

Encomendemos estas intenciones de oración a la Virgen. Desde ayer hasta todo el día 11 de febrero, memoria de Nuestra Señora de Lourdes y 150° aniversario de las apariciones, se puede recibir la indulgencia plenaria, aplicable a los difuntos, con las acostumbradas condiciones —confesión, comunión y oración por las intenciones del Papa— y recogiéndose en oración ante una imagen bendita de la Virgen de Lourdes expuesta a la veneración pública. Los ancianos y los enfermos pueden lucrarla mediante el deseo del corazón.

Que María, Madre y Estrella de la esperanza, ilumine nuestros pasos y nos haga discípulos cada vez más fieles de Jesucristo.

 

GUIÓN MISA NIÑOS.

DOMINGO V T.O.  5 de febrer de 2023

 

Monición de entrada.-

Queridos hermanos:

La misa de hoy nos ayuda a hacernos esta pregunta:

¿Qué esperan las personas de nosotros, la Iglesia?

Hay muchos niños y mayores que nos ven y se preguntan: ¿Vale la pena ser cristianos?

¿Qué les contestaremos? ¿Como hacer verdad las palabras que Jesús nos dirá?

¿Somos la sal y la luz para los demás?

 

 Señor ten piedad.-

Tú que eres la luz brilla. Señor, ten piedad.

Tú que eres la luz que ilumina . Cristo, ten piedad.

Tú que eres la luz que da la vida. Señor, ten piedad.

 

Peticiones.-

Jesús,  te pido por el Papa León y el obispo Enrique. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por la Iglesia, para que sea luz. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido las personas que nos hablan de ti, para que su palabra nazca de escucharte a ti. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por las maestras y maestros, para que no se cansen. Te lo pedimos, Señor.

Jesús, te pido por nosotros, para que entendamos que venir a misa no tiene valor sino ayudamos a los pobres y nuestras palabras son siempre buenas. Te lo pedimos, Señor.

 

Acción de gracias.-

María, queremos darte las gracias por esta semana y por esta misa en la que Jesús nos ha ayudado a parecernos más a Él.

 

BIBLIOGRAFÍA.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. BAC. Madrid. 2016.

Biblia de Jerusalén. 5ª edición – 2018. Desclée De Brouwer. Bilbao. 2019.

Biblia del Peregrino. Edición de Luis Alonso Schökel. EGA-Mensajero. Bilbao. 1995.

Nuevo Testamento. Versión crítica sobre el texto original griego de M. Iglesias González. BAC. Madrid. 2017.

Biblia Didajé con comentarios del Catecismo de la Iglesia Católica. BAC. Madrid. 2016.

Merino Rodríguez, Marcelo, dr. ed. en español. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Nuevo Testamento. 1. Evangelio según san Mateo. Ciudad Nueva. Madrid. 2009.

Pío de Luis, OSA, dr. Comentarios de San Agustín a las lecturas litúrgicas (NT). II. Estudio Agustiniano. Valladolid. 1986.

San Francisco de Asís. Escritos, biografías y documentos de la época. BAC. Madrid. 1993.

San Juan de Ávila. Obras Completas i. Audi, filia – Pláticas – Tratados. BAC. Madrid. 2015.

San Juan de Ávila. Obras Completas II. Comentarios bíblicos – Tratados de reforma – Tratados y escritos menores. BAC. Madrid. 2013.

San Juan de Ávila. Obras Completas III. Sermones. BAC. Madrid.   2015.

San Juan de Ávila. Obras Completas IV. Epistolario. BAC. Madrid. 2003.

Secretariado Nacional de Liturgia. Libro de la Sede. Primera edición: 1983. Coeditores Litúrgicos. Barcelona. 2004.

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http://www.vatican.va/content/vatican/es.htmlTrinidad. Reza el Padrenuestro mirándolo.

https://www.bing.com/images/create?toWww=1&redig=8036EAF8BF8E4FF0B5D3540B038CBA2E

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